By Carlos Almira Picazo
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Copyright 2011 Carlos Almira Picazo
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El sujeto no pertenece al mundo, es un límite del mundo. (Wittgenstein)
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A Lola, mi mujer, mi compañera.
El país de Chole, que parece discurrir alargado de norte a sur, hacia el hemisferio austral, en realidad lo hace de noroeste a sureste. Recuerdo que en mi primer viaje este hecho insólito me sorprendió: yo no había alcanzado la cumbre del istmo, ocupada en su cara norte por la famosa presa de Onande que inunda varios valles y llanuras, cuando a mis pies vi dos espectáculos contradictorios: por una parte, hacia el sur, el mar verde y extenso que casi cubría todo el horizonte abarcable, de la selva, (con algunos árboles tan altos que sus copas sobresalen literalmente entre las nubes); y por otra, hacia el sureste, un sector abrupto del continente que terminaba de forma inesperada en un rosario de nítidos acantilados e icebergs.
Le pregunté a Manuel cómo se podía llegar hasta allí y me indicó, sin necesidad de moverse, un camino sinuoso que rodeaba la presa por un costado, internándose enseguida en páramos cada vez más secos y fríos.
La explicación de este contraste, sorprendente incluso para quien comprenda sus causas científicas, estriba en las masas de aire polar que, procedentes del extremo sur oceánico, recorren el pasillo de agua que baña las feraces costas orientales del continente: así, en cualquier punto costero que se elija por esta banda del país de Chole, se asiste al espectáculo inesperado de la selva cortada abruptamente por el páramo casi polar. Por si esto fuera poco, la corriente marina fría de Freeland sigue esta misma dirección sureste-noroeste, dificultando notablemente no ya la navegación costera sino incluso el paso de multitud de aves migratorias que en el invierno austral anidan en las tierras más cálidas del noroeste y del interior, y que normalmente evitan este pasillo helado.
En cuanto a la navegación, el principal problema aparte de los aparatosos (y bellísimos) icebergs, son los inesperados bloques de hielo que flotan a la deriva siguiendo el capricho de las mareas y las corriente durante todo el año, vagando ya paralelos, ya transversales, a la costa, ¡una costa tropical!
Por eso esta banda occidental apenas cuenta con algunos poblachos míseros de pescadores y guías marinos, aparte de las plantas científicas de la Compañía, diseminadas a lo largo de todo el litoral, cuyos recursos casi han permanecido vírgenes hasta hoy.
Y aún estos reducidos asentamientos se contentan con ocupar el límite raquítico de la selva que, a sólo unas decenas de metros hacia el interior, se adensa y enseñorea del paisaje. No obstante, en algunos puntos especialmente favorables, por formar puertos naturales o por estar al abrigo de las corrientes y las ventiscas del sureste, se esconden pequeños embarcaderos y puertos “comerciales”, pues, por el extremo occidental del continente también se puede navegar extremando la precaución hacia el noroeste, especialmente en los pocos meses templados del año. Por aquí se puede también rebasar el istmo de Yorkchole, aunque no es lo habitual.
A diferencia de la banda costera oriental, recorrida por un continuo rosario de animadas ciudades, entre las que se encuentran las más grandes del país, la costa occidental, separada de aquélla por una franja no excesivamente extensa de terreno, discurre por un yermo barrido continuamente por la ventisca. Pero también por aquí, una vez sobrepasado el istmo de Yorkchole hacia el noroeste, se desemboca en el litoral desdibujado por la niebla, con sus finas líneas de torres relucientes, esbeltas, e inolvidables.
Desde la banda oriental también resulta extraño ver hacia occidente no ya cumbres nevadas, sino imponentes masas de selva tropical. Y de pronto, sin solución de continuidad, pasar del hielo a las aguas templadas, de un color más oscuro. Las grandes cordilleras donde nacen y se forman los tres ríos principales del país de Chole se encuentran mucho más hacia el interior, pues el continente se va ensanchando imperceptiblemente en su franja central, con lo que resultan prácticamente invisibles desde cualquier punto de la costa.
Por otra parte la distancia entre la presa de Onande y el pequeño embarcadero, el más septentrional de los existentes en la banda oriental, es mucho menor que la que separa dicho embarcadero del istmo de Yorkchole, y no está jalonada por pueblos ni haciendas.
El propio terreno, predominantemente calizo y arcilloso en toda la sección occidental del continente, da paso aquí a una roca blanca, de formación mucho más antigua, que los indígenas llaman “piedra de la luna”, y que en realidad es en su mayor parte gneis y granito helado.
La vegetación se interrumpe casi completamente, en una línea rotunda que separa ambos sectores, el de la selva y el de los icebergs, al igual que el grueso de la fauna, que en el sector frío queda casi reducido, aparte de algunas especies de microorganismos e insectos, a unos pequeños pájaros que recorren continuamente el país de noreste a suroeste y viceversa, muy semejantes a nuestros estorninos.
Es muy difícil encontrar un guía seguro para cubrir esta ruta. Eso sí, una vez alcanzado el último embarcadero, es como si uno se encontrara ya en el hemisferio austral.
La variedad de especies vegetales y animales del sector cálido es en cambio vastísima: árbol con árbol, se disputan el espacio, el aire, y la luz, decenas de especies diferentes, de las que sólo prosperan en este medio exuberante los individuos más altos y robustos, los mejor adaptados; sus troncos emergen de la penumbra, casi de la oscuridad (taladrada ahora por el kikuyu que ha ocupado cada vez más espacio aclarado de la selva ), del sotobosque, entre un rompecabezas asfixiante de lianas, trepadoras y helechos, lo que los indígenas llaman la “noche verde”. Insectos, pequeños herbívoros y omnívoros, ranas, culebras, ratones ciegos, monos, etc. viven aquí totalmente ajenos al verdadero barullo, ritmo y movimiento vital de los pájaros que puebla el techo altísimo del bosque. Así era, a grandes rasgos, la selva del país de Chole antes de la introducción masiva del kikuyu, y así sigue pareciendo aún hoy desde la distancia con su engañoso y altísimo murallón de verde.
Hoy día estos pájaros, antaño anclados en las alturas, alborotan las aldeas, los patios y los huertos del interior de la selva, entre frescos y murmurantes riachuelos.
La gran presa de Onande, la mayor de este continente, fue construida por el gobierno de Chole en colaboración con la Compañía Mundial y la Asociación de Naciones Libres. Su fin era electrificar las plantaciones, y de paso también las haciendas y los arrabales de las ciudades del país de Chole. La revolución del kikuyu, como creo que ya es lícito llamarla, ha tenido entre otros muchos efectos inesperados el de sumir en el abandono más completo también la presa de Onande, junto con todas las infraestructuras de la Compañía. Así, sus cabeceras septentrionales siguen embalsando mes tras mes, sin desaguarlo, un caudal inquietante. Los cables, los hierros, las pernas, etc. de las torretas, han acabado formando parte del extraño mobiliario campesino.
En este momento, cuando se ven los icebergs, me dispongo a embarcar. Después de más de un año de viaje a través de este maldito continente, doy gracias a Dios por haber alcanzado al fin mi destino. Toda la labor de destrucción, necesaria para la Civilización, que ustedes me encomendaron hace hoy casi doce meses, ha llegado por fin a buen puerto.
No ha sido tan fácil como yo esperaba al partir. Ustedes tienen, perdónenme que se lo diga, una idea distorsionada de este continente. Hace años, o siglos, puede que fuera el lugar sumido en las tinieblas de la ignorancia y el fatalismo que ustedes se figuran, pero créanme que ha cambiado. No he visto países más corroídos por la esperanza, más amenazados por la felicidad, más próximos incluso a la beatitud y a la idiotez primitiva. Aunque afortunadamente nuestra misión ha culminado con éxito, no me extrañaría que en pocos años volvieran a surgir aquí problemas, y solicito de antemano que si tal ocurre, su Excelencia no lo quiera, no se me envíe a mí de nuevo aquí.
¿Su Excelencia no sabe que el General Fuentes, como todos los demás, hace tiempo que desapareció en la selva? Las noticias de este remoto país, pues es un país solo a pesar de la delirante diversidad de selvas, desiertos helados y montañas que lo circundan, no llegan ni siquiera a las controladoras costeras de la Compañía, cuánto menos a sus nevados rascacielos. Antes de describir mi extravagante misión, permítanme ponerles al corriente sucintamente sobre lo que ha sucedido aquí.
Nada más cruzar el ismo de Yorkchole, advertí que mi misión iba a ser casi imposible. Nadie me asaltó, ni me amenazó; la nube de mendigos andrajosos y corrompidos que esperaba encontrarme en el muelle, no apareció, entre otras cosas porque no había nadie prácticamente allí. Anduve solo junto al bueno y hermético de Andrews, melancólico, hasta las chozas rodeadas de huertos y de pequeños jardines de los arrabales de Chole, sin encontrar ni el más mínimo rastro de vida y actividad. Como pasara el mediodía, esperábamos ver gente por el mercado, pero no vimos a nadie en aquella ciudad fantasma.
El recepcionista del hotel no nos solicitó propina alguna ni intentó engañarnos con el precio. No logré descansar, abrumado, atosigado por la preocupación. ¿Adónde llegaríamos si permitimos a esta gente marcharse lindamente en busca de la felicidad? Es claro que la tierra de estos valles es rica, y, convenientemente trabajada, amenaza permanentemente con convertirse en un vergel a pesar de la selva y del hielo. ¿Pero y los pobres, y los ambiciosos; y los asesinatos, y las violaciones, y los generales, y los hacendados, y los curas, nuestros menos ingenuos y más fieles aliados aquí? ¿Qué será de la Civilización si permitimos a esta gente prosperar, o sencillamente irse a la selva?
Son tantas las preguntas, las dudas que me asaltan aún, a pesar de haber cumplido mi misión con éxito, un mes largo después de aquel día.
Al principio estuve tentado de preguntar al recepcionista y al camarero por la gente del lugar. Los policías que suelen rondar, mal afeitados y corruptos, alrededor de los extranjeros, tampoco aparecieron esta vez. Al fin decidí ser cauto y callarme mis aprensiones.
Al día siguiente tendría que madrugar. Antes de que asomara el sol, bajaría a la calle, limpiamente apisonada, en busca de un taxi. El taxista me indicaría el camino más corto hacia alguna Hacienda, rodeando los manglares que al amanecer despedirían un olor dulzón y mareante. Me cobraría escrupulosamente la carrera, e incluso me ayudaría a llevar nuestro equipaje hasta la destartalada escalinata de la casa principal de la Hacienda. Luego se quedaría mirándome con compasión y diría:
“No encontrará a nadie ahí, señor”, suspirando.
En efecto, nadie respondería al golpe de la aldaba. Sólo un perro y un gallo escapado de algún corral atravesarían persiguiéndose, delirantes, el extraño jardín abandonado.
Nada, casi nada, de todo esto ocurrió sin embargo exactamente así.
Aún recuerdo con congoja los días, las semanas que siguieron. Mis peores augurios se veían corroborados uno tras otro: en cuanto me adentré en la primera aldea que he visitado de la selva; las tierras, primorosamente cultivadas, rebosaban de frutos. Y lo que era peor aún, al parecer nadie las trabajaba salvo en momentos y labores muy puntuales y ocasionales; los animales de corral y de labor deambulan libremente entre las trochas y los majales sin que nadie se preocupe lo más mínimo por ellos, y en lugar de mermar día tras día, fruto del abandono negligente, aumentan y prosperan sin cesar como todo lo demás; en la exuberante espesura abundan los añosos árboles rodeados de frutales y huertos en perfecta armonía.
Anonadado, he tomado muchas veces un puñado de tierra cerca del camino: siempre era tan negra, tan espesa y tan fértil, como no he visto otra igual en ninguna parte. Con una azada hasta un niño podía removerla, airearla y sembrarla sin ningún esfuerzo, y despreocuparse totalmente de ella durante largo tiempo, dejándola prosperar.
Me he alejado finalmente de aquí desdeñando la hospitalidad de los campesinos, que se empeñaban en alojarme e incluso en prestarme toda clase de objetos sin garantía alguna. Pero por más que avanzaba, no encontraba la selva que aparece en nuestros mapas. En vez de los claros quemados, de la tierra exhausta y polvorosa, todo se extiende en un infernal vergel sin fin, de exuberante vigor, en el que se intercalaba la selva con los huertos de habichuelas, papayas y maíz. Tal vergel, me duele decirlo, no acaba nunca. Tras una semana de deambular por la selva, he vuelto sobre mis pasos, para volver otra vez a internarme en ella.
No hay pues tiempo que perder. En las insólitas condiciones de prosperidad del país, los campesinos se han entregado al parecer a tal holganza, que las plantaciones de la Compañía e incluso los campos de las Haciendas han sido completamente abandonados, y con ellos los tímidos heraldos del progreso y de la civilización, invadidos por el paraíso de la selva. El país se ha vuelto tan fértil, como poco antes en Yorkchole me habían informado, en efecto, debido a la maldita semilla de la habichuela quicuyu, ya conocida por los antepasados de estos indígenas: me dicen que hasta las laderas más pedregosas dan dos y tres cosechas al año sin esfuerzo alguno: en cuanto la hoja de la maldita planta cae al suelo, el campo se convierte en un vergel exuberante.
Al principio las autoridades, secundadas por los hacendados, por nuestro gobierno y por la Compañía, enviaron expediciones de castigo para obligar a los campesinos a volver al trabajo: intentaron quemar sus nuevas aldeas, cubrir sus nuevos campos de sal. Pero según he sabido, ha ocurrido con esto algo totalmente inesperado: los propios soldados, en su mayoría campesinos, empezaron a desertar para dedicarse al cultivo del quicuyu, ganados por el falso señuelo de la abundancia; cada noche desaparecían unidades y secciones enteras; en una de sus persecuciones por la selva oriental, el general Fuentes, la última esperanza del actual gobierno de este país, desapareció también durante un tiempo.
Al fin las autoridades, los hacendados y los técnicos de las plantaciones han desistido al parecer. Las noticias que han aportado a la Compañía eran tan descorazonadoras y confusas, tan increíbles, que ésta, si se me permite decirlo, ha dudado demasiado tiempo antes de decidirse por fin a tomar cartas en el asunto. Permítaseme decirlo sin ánimo de crítica. Lo peor está aún por venir: el ejemplo, con el propio cultivo del quicuyu, cundirá pronto si no lo extinguimos, si no lo impedimos ahora, desbordará pronto las fronteras del país, y se extenderá rápidamente a otros continentes. Estados enteros están amenazados en este momento de extinción ante este salvaje empuje del kikuyu, serán descuajados bárbaramente por la abundancia de la habichuela de los pobres, sin que generales, ingenieros, jueces, periodistas, ni embajadores puedan hacer nada para evitarlo, si no lo impedimos ahora nosotros.
Confieso que yo mismo he estado a punto de claudicar. Una vez incluso, me avergüenza reconocerlo, decidí embarcar, con mi carta de dimisión ya redactada, sabiendo que me esperaba la justa reprobación general e incluso la cárcel. Por suerte reconsideré a tiempo mi decisión. Me imaginé, tumbado en aquel pequeño huerto, atosigado por el perfume de las flores y el arrullo del agua, nuestro lejano país allá en el norte, invadido de huertos y gente primitivamente feliz. Nuestros lúgubres rascacielos, el cemento, el acero, el cristal y la nieve, sorprendidos de pronto por la exuberante abundancia de los jardines. La gente cantando por la calle; el metro desierto; los relojes parados e ignorados; las fábricas, inútiles. Como después de un ataque nuclear. Sentí escalofríos. Así he llegado a la conclusión de que mi misión es irrenunciable, sagrada.
Pero antes han pasado aún muchas cosas, algunas de ellas tan extrañas y extravagantes, que he dudado mucho tiempo antes de incluirlas en este informe. Por fin me he decidido a hacerlo.
Las últimas semanas de mi viaje han sido de vagabundeo por la costa de la banda occidental: las he aprovechado para reflexionar y para redactar este informe. Se preguntarán por qué no dejé su redacción para mejor momento, por qué he aplazado una vez y otra mi deber, aquello por lo que fui enviado aquí, embebido en la escritura. Yo mismo no lo sé.
Tal vez estas líneas sean el peor modo de aclarar el misterio. Pues, aparte de la obligación, del formulismo burocrático que impone toda misión de la Compañía, esta memoria no lo es sólo de mi misión, técnicamente hablando, sino también y sobre todo de mi experiencia en el país de Chole. No descarto la posibilidad de, antes de entregarla a los cauces oficiales, expurgar tanto exceso de subjetivismo. Sin embargo por el momento me es imposible describir lo que he visto de otra manera.
Aún recuerdo con emoción el día de mi partida: Evelyn había ido a despedirme al aeropuerto de la Compañía. El sol relucía en el cielo otoñal. De pronto me dio un beso. “Cuídate”. “No te preocupes”. El capitán Edwards, nuestro ayudante cuyo destino misterioso y trágico describo más adelante, me hizo una señal desde la escalerilla del avión. Cuando iba a responder sonó el silbato. El Supervisor General, tras el discurso protocolario, me despidió con un apretón de manos: “suerte”.
Me acercaba al istmo presa de un extraño remordimiento. En todas las misiones que me han sido encomendadas no he sentido nada igual. ¿Presentía acaso las enormes dificultades que me aguardaban esta vez?
Recuerdo con extraordinaria nitidez los campos perfectamente cultivados, como jardines, que jalonan el istmo del Gran Fundador: las filas de casonas coloniales que se abren en abanico alegremente hacia la bahía; las avenidas de plátanos de las zonas veraniegas de la Compañía. Así pues, iba de un mundo perfectamente ordenado y cuadriculado hasta el milímetro por el trabajo y el ocio, a otro salvaje, abandonado a la Naturaleza y a las pasiones.
Y en efecto, de pronto el paisaje cambió. Ringleros tropicales de mangos y plataneras, árboles del paraíso y, casi invisibles desde la altura a la que volábamos en aquel verde lujurioso, rosales, madreselvas, gallos, cachipombos... Turbas de pájaros de las más extrañas formas y colores, cuyo griterío amenazaba continuamente con ahogar el ruido mismo del motor, se reunían para desperdigarse y volverse a fundir bajo nosotros en delirantes y chillones escuadrones. Si soy extremadamente minucioso, incluso redundante, es porque aquel espectáculo me turbó hasta el punto de desequilibrarme.
La última autopista de la Compañía va a morir entre yerbajos cerca del aeropuerto de YorkChole. Una réplica de la Torre de La Libertad nos recibió solemnemente junto a la Terminal del Aeropuerto. Tras las maniobras de aproximación pudimos por fin tomar tierra antes de tener tiempo de borrar mis impresiones.
Ewdard dormía a mi lado lanzando acompasados resoplidos bajo su cuidadoso y abundante bigote. En los instantes previos a aterrizar abrió unos ojos acuosos y turbados, inocentes e infantiles. “Hemos llegado”, le anuncié.
En cuanto salimos del avión nos abofeteó el calor húmedo del trópico Un grupo de turistas, todos ellos obreros y empleados de oficina de vacaciones, recogían sus equipajes numerados e higienizados mientras el personal de control revisaba las tarjetas de identificación. Más allá, el puesto de aduanas, el de la policía, un nuevo puesto de seguridad, un retén militar de fronteras y un puesto médico, constituían otros tantos filtros de la terminal. Al advertir nuestras insignias nos dejaron pasar delante, ante la mirada reverente y curiosa de los demás pasajeros.
Entonces vi por primera vez el pequeño avión que nos había traído. Sentí un vértigo retrospectivo. El fuselaje parecía oxidado con la luz matinal. Solitario ante un hangar abierto, junto a la enorme pista, semejaba una desmadejada zancuda tropical.
Para alejar los extraños pensamientos que ya empezaban a turbarme revisé mi cartera. Entre el enorme fajo de papeles, informes, listas y formularios relativos al país de Chole, sólo dos tenían suma importancia. Los guardé entre los demás como se oculta una planta rara en un jardín común, y proseguí escoltado por el paso sonámbulo de Edward por los intrincados pasillos del aeropuerto.
Aquí y allá, funcionarios, turistas retenidos, y algunos, muy pocos, nativos en busca de un trabajo ocasional, entre los puestos improvisados de chicha y refrescos, plantados como tenderetes de nómadas en las pulcras salas y pasillos, anticipaban el desorden que nos esperaba fuera. No era la primera vez que cruzaba la mísera ciudad, apenas merecedora de ese nombre, consistente en cuatro o cinco decenas de calles sin asfaltar, casas de veraneo arruinadas junto al río Watergate, y un hotel para extranjeros lleno de mugre y parásitos, pero un hotel al fin y al cabo. Mi compañero de viaje, hermético y adormilado, esta vez no sería un consuelo en las largas horas y tal vez meses de aislamiento que nos esperaban una vez abandonásemos aquel villorrio fronterizo, según yo creía entonces.
Desplegué mentalmente, mientras registraban nuestras maletas, el mapa de la región que tantas veces había recorrido y que en los últimos meses, desde que se me encomendara la fatídica misión, había estudiado tan concienzudamente. Aunque los agentes de la Compañía Mundial tienen plena libertad de movimientos siempre que cumplan sus objetivos, me aseguré de que el itinerario no despertaría recelos entre mis superiores. Sobre todo teníamos que evitar los numerosos y pequeños países costeros asociados a la Compañía, tan recelosos de su soberanía e independencia, apenas más grandes que ciudades portuarias. Así pues desde el primer momento, aunque nadie nos había marcado un recorrido oficial, tendríamos que dirigirnos hacia el selvático interior. Quedó descartado el placentero viaje por la costa hacia el istmo por la Ruta Dorada, la Serpiente de Oro donde desembocan los tres grandes ríos del continente austral, ríos que en su curso bajo mecen plácidamente sus aguas, pero que apenas unos pocos kilómetros hacia el interior se retuercen impracticables e impetuosos entre las selvas y las montañas desconocidas. Evoqué los limpios hoteles, las impecables ciudades balneario, las playitas circundadas de palmeras, exclusivas y reservadas para turistas, que yo conocía por unas vacaciones obsequio de la Compañía para mi viaje de bodas. Los salvajes, los mosquitos, la exuberante vegetación, me irritaron de antemano.
El registro era tan concienzudo y minucioso, previo al interrogatorio y el test de la verdad de rigor, que tuve tiempo de calibrar el recorrido: ante nosotros, puesto que no podíamos costear, se levantaba una imponente pared coronada por la primera selva tropical del país. Una vez salvada, con ayuda de guías nativos, a lomo de mulas y burros, nos tocaría buscar el curso del río Pombo, también llamado Negro, para evitar la franja helada de Onande. Con un poco de suerte, si aún no había empezado para entonces la estación de las lluvias -pues recorrer esas pocas decenas de kilómetros nos llevaría más de un mes-, podríamos atravesarlo en barcazas por alguno de los muchos puntos en que se ensancha desde las laderas que aún, entre precipicios, se asoman a la costa Feliz. Por aquel itinerario los únicos asentamientos humanos eran los puestos de la Compañía (puestos de reclutamiento de braceros, de control de caminos, y de exploración para la construcción del Ferrocarril Transcontinental y de la Red Eléctrica, encargado en un futuro próspero de unir las bocaminas, las reservas de madera y las plantaciones del interior con los puertos de la Compañía que pondría esta riqueza al servicio del Mundo Civilizado). Pero una vez cruzado el río, hacia el suroeste, se hallan desperdigadas numerosas aldeas en valles de clima más templado, más o menos accesibles. Con ellas contábamos para reponer provisiones y hombres, descansar y, en su caso, esperar hasta el fin de la estación lluviosa para seguir hacia el interior, por esta región del país de Chole cuya capital se encuentra entre el segundo y el tercer gran río, en el Chole remoto y primitivo.
Si se me permite la digresión, diré que un emplazamiento semejante para la capital interior de un país, por incivilizado que éste sea, siempre me ha intrigado. Antes de este último viaje pasé muchas horas en las Bibliotecas de la Compañía repasando los Anales oficiales del país de Chole, y descubrí la razón de tal misterio: en una época remota, o en todo caso imprecisa, tras la independencia del último gran imperio antiguo del continente, los hacendados construyeron en este rincón remoto una guarnición para proteger sus plantaciones de caucho y café. Ya organizado el país según moldes que recuerdan, aunque sea pálidamente, los usos civilizados de la democracia, las nuevas autoridades decidieron convertir lo que aún era un incipiente asentamiento militar y nativo en capital administrativa del Estado al que después llamaron Chole, en memoria de uno de sus últimos Emperadores pre coloniales. Años después la Compañía incluyó al país de Chole en su programa de imborrable memoria “Recursos por Civilización”, acelerando sus construcciones, poblamiento y prosperidad. La razón principal por la que los gobiernos de los hacendados y de la Compañía escogieron finalmente tal emplazamiento interior de modo definitivo es muy sencilla: aquí no llegarían las comodidades, pero tampoco las influencias subversivas y corruptoras de la Costa Áurea, por entonces infestada ya por el idealismo que se extendía desde la vieja Europa. Y en mi modesta opinión fue una sabia decisión.
El único inconveniente era la inaccesibilidad durante la estación lluviosa, que a menudo hace que el curso de los dos grandes ríos siguientes, el Michelis y el Lincoln, se desborde inundando las tierras bajas y las precarias pistas de tierra, ya de por sí bastante impracticables. Pero entonces se abastece desde el aire, sin necesidad de aeropuerto alguno, arrojando en paracaídas las provisiones sobre la fantasmal ciudad amenazada constantemente por los yerbajos y por los árboles de la selva, auténtica marea verde con la que luchan sin descanso, codo con codo, funcionarios y nativos. Como por otra parte la estación lluviosa no dura aquí más de cuatro o cinco semanas, no es un inconveniente insalvable.
Repasando la Prehistoria del mundo, anterior a la fundación de la Compañía, he encontrado numerosos ejemplos parecidos a Chole, en épocas y latitudes muy diversas: capitales emplazadas en los enclaves más inhóspitos y aparentemente absurdos, pero que obedecían a una lógica subterránea y sabia de control civilizador de gentes y recursos, que de otro modo se hubiesen despilfarrado y perdido sin remedio.
¡Cuán admirable resulta entonces, cuando se escarba tras la superficie, la lógica escondida de las cosas! El hambre, la enfermedad, la muerte, la guerra, todas ellas aparentemente desgracias destructoras de la humanidad y la vida, y sin embargo artífices de la prosperidad y la civilización de los pueblos. Y por contra, la justicia, la igualdad, la cultura, en apariencia benéfico resultado de la civilización pero en el fondo, poderosos agentes corrosivos y disgregadores de la sociedad humana, inevitables y apocalípticos compañeros del Progreso. ¡Qué razón tenía nuestro Fundador de inolvidable memoria al proclamar: Trabajo, Trabajo, y Trabajo!: “no descanséis nunca, no busquéis la verdad, ni vivir, ni disfrutar; no cultivéis vuestra individualidad, no queráis saber más de la cuenta; no queráis ser libres: producir, consumir, engendrar, obedecer, he ahí las cualidades del verdadero ciudadano del mundo, del hombre (y la mujer) verdaderamente civilizados y libres”.
Conmovido, qué digo, aturdido por estas reflexiones, tras el exhaustivo control de rigor, salí del aeropuerto junto a mi soñoliento compañero, perdido tras una perenne expresión de bruma. Me sonrió estúpidamente como si adivinara mis pensamientos, y me sentí un poco más unido a él, sin necesidad de palabras.
Muchas veces, a lo largo de este viaje, antes y después de que la desgracia nos separara definitivamente, me he preguntado qué pensaría, qué sentiría este hombre.
Es sabido que para vivir no hace falta sentir ni pensar nada en especial, y si esto me preocupaba entonces se debía sin duda a un residuo primitivo de mi personalidad no desarraigado por desgracia del todo por mi educación. El caso es que nuestros intercambios verbales fueron tan pocos en el trayecto que nos tocó hacer juntos, que muchas veces, lo confieso, me olvidé de su presencia por completo. Avanzábamos juntos pero era como si avanzásemos solos. La extravagancia insólita del mundo que nos aguardaba en la otra orilla y más allá, no bastaba para entablar entre nosotros una comunicación fluida, a pesar de ser los únicos seres civilizados en muchos kilómetros a la redonda, y en muchos sentidos los únicos seres(¿o quizá, si se me permite aventurarlo no sin cierto escalofrío, por ello mismo?). Edward permaneció para mí, aunque no siempre ni para todos como se verá en este relato, me es doloroso y triste reconocerlo, absolutamente hermético.
Tras los minuciosos controles policiales pasamos por fin al pabellón médico: un doctor y dos enfermeras nos hicieron desnudar de cintura para arriba. Al comprobar que ninguno de los dos padecíamos síntomas de enfermedad infecciosa, nos vacunaron y extendieron un certificado al respecto que habríamos de adjuntar al pasaporte. Nos recomendaron no beber el agua del país, contaminada de paludismo, sino comprarla y llevarla siempre embotellada; evitar la carne cruda, la fruta de estación, y en general los alimentos no supervisados por la Compañía; en los economatos de ésta encontraríamos todo lo necesario para nuestra estancia. “Feliz viaje”.
Mientras hablaba, sin duda recitando de memoria un formulario, la enfermera miró de soslayo a Edward Andrews, quien parecía cohibido por su propia desnudez. Por una ventana estrecha que daba al parecer a una callejuela entraba un calor quieto y pegajoso. “Pueden vestirse”, concluyó, “y buen viaje de nuevo”.
Escribo estas líneas en la primera pensión “decente” que he encontrado después de casi una semana de viaje desde la capital interior. Al fin tengo una mesa, y útiles decentes de escritorio, aunque rudimentarios. El frío y la humedad que entran por las rendijas de la ventana desde un pequeño patio, donde prospera milagrosamente un manzano, me mantienen desvelado durante casi toda la noche, escribiendo hora tras hora sin parar, sin descanso alguno. Al amanecer releo las cuartillas garabateadas durante la noche, casi a oscuras, pues hace tiempo que la luz eléctrica no funciona, por lo que he de conformarme con un quinqué. Me doy cuenta de que, sin proponérmelo, he permitido que se infiltren entre líneas, en la atmósfera del relato, no sólo las impresiones de la ciudad, o del ascenso a Onande en medio de la lluvia, y del descenso posterior hasta la selva, sino también el ambiente glacial y desolado que se respira en estos páramos, donde el viento no deja de aullar día y noche como un alma en pena.
Mientras las releo, entre el escepticismo y el asombro, la callecita (la única merecedora de tal nombre de este pueblo), que se bifurca hacia la derecha muriendo bruscamente en un descampado mísero, empieza a despertar envuelta en una luz blanca, glauca. En el tejado de la casa vecina gira, solitario, el gallo de hierro de una veleta.
Me llamó la atención desde el primer momento la poca gente que circulaba por la calle a pesar de no ser aún mediodía. Muchos puestos y tiendas estaban cerrados, y por las pistas de tierra que hacían las veces de calzada apenas si circulaban melancólicos grupos de turistas, como perdidos en la ciudad fantasma. ¿Dónde estaban los nativos? ¿Los puestos de chicha y refrescos que acabábamos de ver en el aeropuerto? ¿Los taxistas, los corrillos de guías, los porteadores, las putas, los corredores de gallos de pelea? Miré a mi alrededor comparando las calles sumidas en el triste estremecimiento de la mañana con el bullicio que recordaba de otros viajes recientes, al menos en la pequeña avenida que se bifurca entre el hotel Emperador Austral y el puerto que enlaza el istmo con el continente, la orilla izquierda con la orilla derecha de Yorkchole.
De pronto el grupo de turistas con el que nos habíamos cruzado en el aeropuerto nos rebasó en dirección al hotel. Alguien apareció bruscamente junto a mí y nos dijo:
“El vaporcito los espera”.
E hizo un gesto de coger nuestras maletas.
“Por fin un ladrón”, pensé descorazonado. “Al menos, alguien normal”.
Pero resultó que el recién llegado, perfectamente educado y correcto, era quien decía ser: un enlace de la Compañía, el último que encontramos allí. Nuestra intención era pasar aquella noche en el hotel y embarcar al día siguiente ya descansados.
“¿Tan grave es la situación?”, le pregunté sin salir de mi asombro.
“Sí”. No logré arrancarle más que monosílabos.
Así pues, tras nosotros quedaron los turistas en medio de una nube de polvo. El embarcadero empezaba a unos cien metros de donde estábamos, al final de la calle barrida por la brisa del istmo, que no tardó en aparecer ante nosotros en toda su majestuosidad. Avanzamos pronto entre dos ringleros de árboles espinosos que afloraban suavemente mecidos. Al final, junto a varios barcos de guerra (cuyo soñoliento reflejo metálico parecía inundar, adormeciéndola, la bahía), apareció el vaporcito que había de cruzarnos al sector más continental de la ciudad.
El desconocido rechazó nuestra propina, nos deseó buen viaje y se alejó sin más.
Por suerte la travesía apenas duraba una hora. En aquella franja de agua resguardada por los acantilados apenas accesibles por dos o tres puntos sólo se movían las gaviotas y las pardelas entre alborotado griterío y condensado silencio. Recuerdo que su presencia, nada extraña, me impresionó sin embargo como un presagio siniestro. El barquito, sin apenas tripulación, encaró el istmo recalentado ya por el sol del mediodía. Avanzábamos solos, en silencio, como por un espejismo.
Conforme se desarrolla mi relato me doy cuenta de que abandono el estilo claro y preciso del principio, que debería presidir un informe objetivo e imparcial. Ya el empleo de la primera persona me hizo dudar desde las primeras líneas, y confieso que en más de una ocasión estuve tentado de destruirlo y empezarlo de nuevo en tercera persona. Si me contuve, y si finalmente me atrevo a elevar ante ustedes un documento tan subjetivo es porque no alcanzo a expresarme de otro modo. Es más resultado de una limitación que de una elección de estilo. Es tal el cúmulo de impresiones e información, tan insólito no mi relato sino el mundo extraño en que me introducía (perdón, nos introducíamos el capitán Edward y yo), que me confieso incapaz no ya de ser sino ni siquiera de pretender ser objetivo y claro. Así pues ruego su paciente benevolencia, y prosigo.
Me llamó la atención (pues confieso desconocer cuáles eran las impresiones de mi compañero), la práctica ausencia de tripulantes nativos en el barco, y en cuanto vi a uno de ellos en cubierta lo llamé. Tras regalarle la propina que el enlace había rechazado, el muchacho se dispuso a contarme lo que yo quisiera. Su mirada viva relampagueó en el rostro tostado, despierto.
“Dime, ¿dónde están los del pueblo?”.
“Se han ido a la selva casi todos”.
Miró hacia la masa de palmeras que coronaba el istmo que tendríamos que encarar al día siguiente en dirección a los grandes ríos de Onande. Calculé rápidamente, para dominar mi momentáneo desconcierto, cuánto tiempo disponíamos antes de las lluvias.
“¿La selva?”, repetí: “Se ha descubierto oro, supongo”.
El muchacho se encogió de hombros. No podía explicárselo por la sencilla razón de que ninguno de los emigrantes había vuelto para contárselo a él. Al menos eso es lo que aseguraba.
“Pero se habrán ido allí por algo”, dije irritado, “o se han vuelto locos”.
“Eso no lo sé, señor”, repuso tranquilamente: “tendrá usted que preguntar a otro más listo”.
“Tú si que eres listo”, pensé. Y dije, cambiando súbitamente de tono: “si sabes algo harás bien en decírmelo cuanto antes”. Pero fue inútil. Al poco rato se alejó con el dinero tintineando alegremente en su bolsillo. Qué estúpido fui, o qué desconcertado estaba, que no se me ocurrió preguntarle por qué él no se había marchado también a la selva, en busca de aquel oro o de lo que fuera. De pronto apareció en la sobrecubierta de popa, justo sobre nuestras cabezas, y sin pensármelo dos veces, aturdido y refrescado por el viento que empezaba ya a agitar el agua herrumbrosa, le grité:
“¿Y tú por qué no te has ido también?”.
El muchacho fingió no oírme, como si el viento se hubiese llevado mis palabras antes de que lograran alcanzarle, me sonrió y nos dio la espalda escabulléndose rápidamente.
“¿Usted no dice nada?”, me volví furioso hacia mi compañero.
El capitán Edward me miró y pude advertir enseguida su turbación en el enrojecimiento súbito de las mejillas, pero no logré arrancarle más que un leve, tímido movimiento de cabeza.
Poco después el barco atracó en las sucias y estancadas aguas del puertecito. Bajamos nuestras maletas y, como nadie nos ofreció un taxi, ni aparecieron portadores, ni guías, ni pedigüeños, ni putas, ni policías corruptos, al asalto en la dársena para ofrecernos sus servicios, más molestos que intrigados, presumo, recogimos nuestras maletas y nos alejamos calle abajo. Esta vez ni siquiera había turistas.
El hotel estaba en el otro extremo de la ciudad, pero ésta era tan pequeña que podía hacerse el trayecto andando en sólo unos pocos minutos. A nuestra derecha, las filas de casuchas oxidadas se asomaban sin esperanza al istmo como barcos varados, a punto del desguace. Aquí y allá asomaba una palmera su copa desgarbada y flotante. Densos macizos de azaleas y bugambos puestos más por el capricho de la naturaleza exuberante de estas latitudes que por la mano del jardinero. Y otras muchas especies de plantas, pájaros e insectos cuyo nombre desconozco aún hoy. Sin embargo apenas nos cruzamos con dos o tres nativos que, en cuanto nos vieron, nos rehuyeron rápidamente y desaparecieron.
Entonces me fijé por primera vez en las puertas y en las ventanas de las casas; en las entradas de los tenduchos y las iglesias; en los puestos del gobierno... La inmensa mayoría de ellos aparecían cerrados, como si llevaran largo tiempo sin abrir, producían la impresión de estar condenados para siempre a una extraña ausencia.
En el hotel tampoco supieron o no quisieron darnos razones de todo aquello. Como si una peste abominable se hubiese abatido sobre la ciudad y amenazara con propagarse por las palabras. Los pocos nativos con los que nos cruzamos parecían abatidos en el silencio y, lo que era más inquietante aún, parecían existir allí ante nosotros solo provisionalmente, a la espera de desvanecerse junto con el resto de la ciudad. De pronto comprendí, con una claridad brutal, la importancia, la gravedad de la misión que se nos había encomendado: un continente entero estaba a punto de desaparecer, de esfumarse sin más, de salirse de los circuitos y las relaciones del Mundo Civilizado; de sustraerse al trabajo y a las obligaciones comunes y entrañables de la humanidad, tan sabiamente dispuestos y salvaguardados por la Compañía; exasperado me encerré en mi habitación dándole vueltas a estas ideas. El enemigo, poderosísimo e invisible al que sin duda me enfrentaba, nos enfrentábamos, ya no tenía el rostro de un Partido o de una Idea Revolucionaria; no era una guerrilla, ni siquiera una guerrilla continental; ni un sindicato internacional de trabajadores que amenazara el orden establecido con tanto trabajo y sensatez; no era un loco difundiendo sus ideas mesiánicas, anarquistas, disolventes y peligrosas. ¿Qué era, quién era pues? En aquel momento yo lo ignoraba. Pero en cualquier caso, fuera lo que fuese, empezaba a actuar ya en mí mismo. De pronto mis convicciones más firmes, mis valores más inconmovibles, qué digo, todo mi equilibrio emocional e intelectual, cuidadosamente montado pieza a pieza por años de abnegada educación y de trabajo fructífero hasta hoy, amenazaba con derrumbarse por simpatía, de golpe y para siempre, sin que ninguna idea, ninguna persona, ni ninguna organización subversiva se hubiera tomado el trabajo de someterme a su propaganda. ¿De dónde venía pues el peligro, y en qué consistía exactamente? Esto me mantuvo despierto casi toda la tarde, mientras Edward roncaba en la habitación de al lado. Dudé de la idoneidad de mi compañero. ¡Dudé, fíjense en lo que les digo! Y por primera vez, recién llegado, aquella tarde enloquecida y sofocante en el hotel medio desierto, en aquel sitio de locos, estuve a punto de abandonar para siempre mí sagrada misión.
Que los nativos se fueran a la selva sin haberse puesto, al parecer, de acuerdo previamente; sin que se tuviesen noticias claras, (yo aún las ignoraba), del motivo o los motivos que los habían arrancado de sus casas; sin que, en los meses que ya duraba aquella locura, a ninguno de ellos se le hubiese ocurrido volver, si no desencantado, al menos empujado por la fuerza imperiosa de la nostalgia; y que no se hablase ni de oro, ni de piedras preciosas, ni de ninguna otra riqueza capaz de explicar aquella súbita y destructora fiebre colectiva, era algo que sobrepasaba toda imaginación y la más fantástica pesadilla; algo a lo que yo mismo confieso que estuve a punto de sucumbir.
Por fin el cansancio pudo más que aquellas impresiones y me quedé dormido. Al cabo desperté, ya comenzada la noche. Edward Andrews seguía roncando a sus anchas en el cuarto contiguo. Me costó varios minutos volverlo en sí, y al fin, bajamos juntos a cenar.
En la recepción encontré un paquete a mi nombre. ¡Evelyn!. Suspiré, considerando por primera vez las dimensiones de mi soledad en aquella tierra desquiciada, y lo guardé para leerlo más tarde -recuerdo que me molestó la mirada inquisitiva del capitán como un niño ante un regalo que sólo espera el permiso para destrozar el papel de envolver que lo cubre- . ¿Estaría allí en calidad de espía? ¿Consistiría su función, para mí desconocida, en examinar mi correspondencia y cada uno de mis pasos? Si algo de ello había de cierto, ruego que no se me malinterprete, de otra forma no lo mencionaría en este informe: yo comprendo y apruebo que la Compañía no escatime en medios, incluida la delación y el espionaje, para lograr sus sagrados fines; por eso entonces no dediqué ni un minuto a estas consideraciones personales. Se nos enseña acertadamente desde la más tierna infancia a sacrificar nuestra privacidad al bien común, y yo, Carlos Aymerich, nunca he sufrido inadaptación social. Si el capitán quería examinar mi correspondencia estaba en su pleno derecho incluso de reclamarla abiertamente, allí mismo delante de mí, como miembro de la Compañía, sin necesidad de violarla ni de leerla a escondidas, yo se la hubiese cedido entonces inmediatamente. Mi obligación es facilitar su misión, sea cual sea ésta, pero me parece que con semejante derecho y con los censores de lectura electrónica instalados en las múltiples instancias por las que pasa toda correspondencia antes de llegar a su destinatario, al menos una docena de funcionarios del correo, de la policía, y de la propia Compañía, habrían registrado y analizado ya minuciosamente el contenido de aquellos papeles sin encontrar nada, supongo. Nunca he tenido nada qué ocultar ni de qué avergonzarme, aunque reconozco no sin cierto rubor que en ese momento me molestó sentirme observado por el capitán; ¿por qué? Tal vez aquel ambiente estaba empezando silenciosamente a hacer mella en mí, y en tal caso la previsión de vigilarme había sido sin duda sabia y acertada, e increíblemente previsora. En todo caso, con semejantes derechos y medios tecnológicos, no creo que tuviera sentido que Edward espiase mi correspondencia ya espiada, sino que más bien su función consistiría, aventuré yo, en observar, en registrar e informar a nuestros superiores comunes de mis reacciones in situ, de mis gestos y mis palabras, que no estaban al alcance de la Compañía en aquel lugar exótico. Lo preocupante, lo verdaderamente novedoso, era que yo me inquietase, que me molestase, y me hiciese todas estas reflexiones más bien propias de una época histórica felizmente ya superada; que yo indagase molesto sobre las intenciones de mi compañero, en vez de admirar y aplaudir el celo y el rigor con que cumplía con su trabajo, aunque éste consistiese en espiarme a mí. ¿En qué lodazal moral, en qué confusión espiritual estaba yo cayendo? Y, ¿sería esto visible en mi expresión, en mis gestos, en mi actitud tan claramente como lo era ante mi conciencia entonces?
Recuerdo que para disipar de golpe todas estas aprensiones empecé a abrir decididamente el sobre, dispuesto ya a leer a viva voz su contenido ante todos los presentes, reducidos al capitán, un conserje aburrido que dormitaba a unos pasos de nosotros ante un periódico, y yo mismo. Pero en el último momento me contuvo el pudor. Me vinieron a la mente las palabras, grabadas como en un molde de bronce en mi interior desde mi remota época escolar: “excusatio non pedita, acusatio manifesta”. Y guardé el sobre a toda prisa con la intención, no exenta de culpabilidad, de leerlo más tarde, ya solo en la cómplice clandestinidad de mi cuarto. A juzgar por las dimensiones y por la forma del paquete debía de contener varios papeles, cartas o informes, ya aplastados y bastante deformados sin duda por los bultos bajo los que habría tenido que hacer aquel viaje.
¡Evelyn!.
¡Ojalá hubiese habido cámaras y sensores allí! Cuánto más libre se siente uno cuando se sabe observado las veinticuatro horas del día, porque el mismo ojo que nos vigila nos sostiene y evita que nos acerquemos demasiado al precipicio de nuestra conciencia y nuestra libertad. Al arrebatarnos nuestra libertad interior la Compañía se hace responsable hasta cierto punto de ella, y con ella nos arrebata también nuestra culpa. ¿No es hermoso? ¿No es todo ciudadano en el fondo un lobo solitario en potencia, incluso una alimaña peligrosa? Pero, ¿qué podía esperarse de aquel lugar abandonado, apartado en el borde mismo de la Civilización, de aquellas paredes opacas y cochambrosas, de aquellas lamparitas empalidecidas por el polvo, como las ventanas que daban a la calle sin asfaltar; de la alfombra incapaz de amortiguar paso alguno y llena de quemaduras ¡de cigarrillos!; del resto de las mesas del “Restaurante”, vacías, con sus jarrones y sus mantelitos amarillentos, fantasmales; de aquellos pobres diablos abandonados a sí mismos, con su libertad interior intacta, ausentes a aquella hora, Dios sabe en qué rincón remoto de la selva, dejados de la mano de la Compañía y ajenos a cualquier atisbo de civilización hasta el punto de correr a la selva sólo Dios sabe con qué absurdos propósitos, con qué descabelladas esperanzas y motivos.
Esperamos largo rato antes de que el único camarero del vasto y desierto (vasto por desierto) local advirtiese nuestra presencia. Entonces, arrastrando pesadamente los pies, se llegó hasta nosotros para informarnos de que la cocina ya estaba cerrada y que no había por lo tanto nada para cenar, pero, añadió en voz más baja, si queríamos, él tenía algunas botellas de vino y cigarrillos guardados para tales ocasiones. Nosotros ya entendíamos, dijo. Mi indignación llegó al punto de que estuve tentado de abalanzarme sobre él y emprenderla a golpes: ¡no sabes que el alcohol y el tabaco están PROHIBIDOS por el Tribunal Supremo Mundial y por la Compañía! El muchacho se quedó mirándome como sin comprender, y sin turbarse lo más mínimo, añadió: “también hay refrescos”. Miré a Edward, luego lo miré a él, y por fin pedí una botella de vino y cigarrillos.
Tal vez sumergiéndonos en las formas de vida de estas gentes lleguemos algún día a comprenderlas, dije. Y llené dos vasos de plástico hasta el borde de aquel vinazo espumoso.
Conforme avanzaba la velada y el vino y el tabaco iban haciendo sus efectos, el capitán parecía a punto de prorrumpir en sollozos, de empezar a hablar, a cantar, a divagar. Recuerdo que ya bastante achispado, embargado por una artificial alegría, le propuse:
“¿Quiere que le lea la carta ahora?”
“¡Deje toda esa mierda!”, contestó.
A continuación levantó el vaso y comenzó un fantástico, delirante discurso.
Mientras hablaba, apagaron todas las luces excepto la de la pequeña lamparita de nuestra mesa. El camarero y el conserje se fueron a dormir. Me vino a la cabeza la idea, por lo demás obvia, de que éramos los únicos huéspedes de todo el hotel, tal vez de toda la ciudad. Entretanto el capitán hablaba, cada vez más enredado en sus intrincadas elucubraciones, como si en aquel justo momento hubiese descubierto la asombrosa capacidad de hablar y quisiese agotarla de golpe.
Me puse inmediatamente en guardia por segunda vez aquella noche. Aquel hombre tan increíblemente hermético y reservado hasta ese momento, no podía ser el mismo que ahora se abandonaba a semejante verborrea; es decir, no podía serlo sin un motivo oculto, sin un propósito camuflado pero que resultaba demasiado simple, demasiado obvio y evidente por la forma en que se iban desarrollando las cosas, tan claro y diáfano a pesar de sus inútiles, de sus patéticos esfuerzos, tan diáfano como la luz del día; y ese motivo y ese propósito no podía ser otro, barrunté, que arrastrarme a mí mismo a hablar, a confesar el supuesto lado oscuro de mi vida y mi persona, como él hacía ahora supuestamente con el suyo. Así que de pronto, inesperadamente, los papeles se invirtieron: ahora el hombre abierto, diáfano y hablador era el capitán; y el hombre reservado, receloso, hermético, desconfiado hasta parecer estúpido, era yo mismo, el intachable Carlos Aymerich.
“...hay un momento en la vida de todo hombre en que se cuestiona hasta lo más nimio: lo que hasta ayer le parecía claro e incontrovertible, en que un moscardón azul y asqueroso agujereara su cerebro, recuerdo los escalones de mi casa, en la época gloriosa del Fundador la salud se extenderá a la humanidad, ya se ha acabado el hambre, cerca de la escuela había unos columpios, la nieve sosegaba los alfeizares de las ventanas y los tejados, y me embarqué, cómo me miraba mi madre, Sara me esperaba al salir del Instituto, cuando cogí el primer coche y lo estampé contra una farola, detesto las ciudades donde toda la gente se conoce, y un día decidí cerrar el pico y hacer la maleta, un hombre que no habla escucha mejor, ¡Dios mío, desde cuando no escucho los pájaros!, dejé de creer en Dios a los seis años, los estatutos de la Compañía lo dicen muy bien y claro, en todo caso llega un día en que todo salta dentro de uno por los aires hecho pedazos, y de qué mierda me habla ahora usted...”
Recuerdo que extraje mi cuaderno de notas y empecé a transcribir emocionado todo lo que decía, palabra por palabra. ¡Qué situación más insólita! Lejos de serenarse, de cohibirse, de arredrarse ante mi silencio deliberado, el capitán se enardeció aún más, dando rienda suelta a su increíble monólogo: como de una presa demasiado tiempo cerrada, las palabras empujadas por el vino salían a trompicones de su boca; y sus ojos y toda su expresión, y su voz, eran los de un hombre resucitado:
“...voy a decirle lo que pienso de esta mierda, mequetrefes, y payasos, por qué la gente tiene que esperar en fila en la parada del autobús, cuando era joven leía Crimen y Castigo, y fumo y bebo con el coche de mi padre destrozado contra una estúpida farola, ¿a qué espera para ahorcarse de una vez?, un día de toda esa gente, la misma mierda que me aleja de lo importante, ah, las palabras de la escuela antes de la Reforma Educativa resuenan como cobre, y mi padre borracho después de moler a palos a mi madre ahorcó al perro en el jardín y luego fue en mi busca mientras yo dormía, para qué hacer la jodida maleta porque un maldito tren pasa a las cuatro y cinco en punto de la mañana, y qué se le ha perdido en una ciudad donde todo el mundo se conoce y se odia, una vez fui niño, ¿sabe?, yo también fui niño, y arrastrarla, la maleta, hasta el jodido futuro, para convertirse uno en un hombre que calla y ya no escucha más, ya no se escucha a sí mismo, y entonces cuando no escucha a los pájaros ya todo está perdido, y Sara se fue a la Universidad de Livania a estudiar Leyes, mientras mi madre apaleada amarillenta como el celofán buscaba al perro ahorcado dando gritos por el jardín, pero no volveré más, y Sara se casó con un maldito abogado, sin la fotografía donde estábamos juntos en la puerta del Instituto, cuando mi padre borracho después de apalear a mi madre y de ahorcar al perro me encontró para matarme a mí también y luego matarse de paso, si el mundo fuera una cucaracha para aplastarla, habría que hacerlo, ¿no cree?, el coche destrozado, de bruces contra una estúpida farola, en un pueblo, en un pueblucho donde todo el jodido mundo se conoce y se odia, y al día siguiente hice la maleta para irme de allí cuanto antes para siempre, y cogí el tren de las cuatro y cinco en punto sin pararme en el jardín para nunca más, y por las calles no había una puta ventana iluminada, sólo árboles oscuros, mientras pensaba en Sara en el Instituto y lloré, ¿ya para qué nada más?, y me viene usted ahora con esa mierda cuando no sabe adónde vamos ni de qué se vive...”