Excerpt for 5 Mensajes en 1 Botella by Oscar Valero, available in its entirety at Smashwords

5 MENSAJES EN UNA BOTELLA

(AHORA O NUNCA)

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Copyright Oscar M. Valero 2010

Capítulo 1


Daniel se lamentaba de no haberse levantado más temprano. Se había jurado a sí mismo no ser perezoso aquella mañana, pero el cansancio le había podido. Y ahora todo le parecía lento, el tren, el metro, las colas, la gente bloqueando las escaleras mecánicas, todo parecía haberse puesto en su contra para que no pudiese llegar antes al trabajo.


Intentó relajarse leyendo la prensa. Atentados en Asia, escándalos políticos, accidentes, saltó directamente a las páginas de economía para leer las noticias que le podían afectar. Y le empezaba a preocupar que cada vez fueran más las que de una forma u otra lo hacían. Rezó para no ver ninguna noticia acerca del cliente con el que estaba trabajando en aquel momento, pero la encontró, y con un título ensalzado con letras grandes y en negrita, y era la primera noticia de la página. Maldijo su mala suerte.


Cuando hubo acabado de leer el artículo estuvo tentado de empezar a llamar a todo el mundo y hacer que se movieran con la misma urgencia que él. ¿Es que no entendían que todo dependía de cerrar el tema lo antes posible? Si no se movían rápido, aquella oportunidad iba a convertirse en un fracaso. Y precisamente no uno pequeño.

Por fin las puertas del vagón se abrieron. De nuevo, varias personas se habían interpuesto entre él y la salida, y se tomaron con mucha calma y paciencia el salto al andén. De nuevo lamentó no haberse anticipado y no haberse colocado antes que ellos cerca de las puertas.

Esquivó a uno, dos, tres, ya llegaba diez minutos tarde y quería llegar antes que nadie. No se podía imaginar haber forzado a todo el mundo a quedarse hasta tarde y hacerles madrugar para llegar temprano, y él en cambio llegar tarde. Y además quería ser el primero en sacar los datos de cierre del día anterior para poder demostrarles que tenía razón en su planteamiento. Estaba cansado de tener que discutir con ellos cada decisión. Si se lo demostraba con aquello nada más empezar, el resto del día sería más fácil porque le harían caso a la primera.


Por fin salió a la calle. El día se arreglaba, era temprano y no había cola en la puerta giratoria de entrada, ni siquiera tuvo que esperar detrás de nadie para pasar por el torno de acceso, uno de ellos no tenía a nadie esperando. Y para colmo de sus alegrías, un ascensor vacío parecía que le gritase “¡te estoy esperando! Era una buena señal, aquel, por fin, iba a ser un gran día.


Cuando llegó a su planta no vio a nadie. Era normal, era demasiado temprano. La gente encontraba normal que alguien saliese tarde del trabajo, pero difícilmente llegaría nadie antes de las nuevo. Incluso si alguien llegaba con tiempo suficiente porque los transbordos del tren habían funcionado a la perfección, preferiría tomarse un café en la esquina antes que entrar a trabajar en un despacho vacío. Al fin y al cabo, no tenía mucho sentido, nadie le vería.

Entró en la sala de trabajo sin ver a nadie ni oír nada. Un leve ronroneo del aire acondicionado, y ni siquiera se oía el zumbido de un ordenador, ni de la fotocopiadora calentándose, ni del hilo musical. Las secretarias no habían llegado y todavía no habían encendido nada. Miró a los grandes ventanales del fondo. El sol había salido hacía poco y se asomaba casi escondido entre la bruma del mar. Desde el primer día que había entrado a trabajar en aquel edificio había adorado aquellas vistas. El mar al fondo, el río, nada que estropease aquella maravillosa visión, aquello hacía sentirse a uno como en la cima del mundo, y ahí era donde quería llegar. Si todo iba bien, cualquier año le asignarían un despacho, y entonces ni siquiera tendría que levantar la cabeza o estar de pie para escaparse de las mamparas y las columnas. Y ese era uno de sus oscuros deseos, porque cuando opinaba en público no dudaba en afirmar que ningún despacho tenía nada que envidiar a aquella sala, ningún despacho tenía la amplitud de vista que tenía aquel gran ventanal. Y aunque era verdad, un despacho era un despacho.

Disfrutó por unos instantes la tranquilidad y la calma de la mañana, sabedor de que en menos de dos horas el bullicio rompería la belleza del momento, pero aún entonces admiraría aquel sitio, y aún entonces admiraría el sol desperezándose mientras el olor a café recién hecho de una taza sobre la mesa de alguien quedaría atrapado por una profunda aspiración nada inocente.


Fue entonces cuando oyó un crujido al final de la sala, y algo más que un crujido, algo se arrastraba. Estiró el cuello a la vez que asomaba la cabeza por un pasillo, y pudo ver una silla que fugaz se escondía detrás de una mampara.


Conocía quién trabajaba allí, uno de los de su equipo se le había adelantado. Como no, el más joven.


Ron no había oído entrar a nadie desde que había llegado. Y la verdad era que aunque hubiese entrado medio despacho en tropel, no los hubiera oído, porque estaba concentrado. Sabía que no estaba solo. Al llegar se había cruzado con alguien del servicio de limpieza, uno de esos personajes que enfundados en una bata azul cruzaba los pasillos arrastrando una escoba o una aspiradora. Tampoco se había fijado nunca en qué llevaban. De hecho, no se había fijado nunca en nada de aquellos personajes. Nunca los había contado, ni sabía para qué empresa trabajaban, ni si eran hombre o mujer, jóvenes o viejos. Eran anónimos, sin cara, siempre oculta cara al suelo, sin cruzar la mirada. Y no le importaba.


Lo importante era que había llegado antes que nadie. Tenía todas las cotizaciones de Wonderworld Inc con las que había cerrado en cualquier mercado, y las últimas de los que aún estaban abiertos. Pero aquello no tenía mucho mérito. Pero además había conseguido cruzar las peticiones de compras y ventas y tenía la lista de qué intermediarios habían sido los principales actores. Con aquellos datos no le costaría mucho hacer una aproximación de cuánto se estaba gastando Worldofdreams en comprar Wonderworld. Había sido un gran trabajo, lo sabía. Y lo había hecho solo.

Si algún sistema de control de la empresa seguía quién era el trabajador más madrugador, allí tenía que estar él, y tenía que demostrar que era más madrugador que todos los demás, incluso que el ordenador central mismo.

Y además había sido él quien había diseñado el programa que a partir de aquellos datos realizaba el cálculo aproximado de cuántas acciones estaba comprando Worldofdreams, aunque ese programa no lo había introducido en el sistema. Ese era suyo, y si alguien quería utilizarlo, se lo tendría que pedir a él.

Cuando a media mañana llegase el súper jefe, no le costaría dejarlo admirado con todo aquello. Incluso tenía una presentación preparada con otras alternativas Y lo más importante, vería que lo había hecho solo, sin tener que pedir permiso a nadie.


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