Operación “Fula”
By Pedro Merino
--------------------
Copyright 2011 Pedro Merino
First Edition 2004
Publicada bajo el título de Quinta de la Caridad, XI Premio de Novela Breve Juan March 2003 en España
Published by Pedro Merino at Smashwords
ISBN: 978-1-936886-37-1
Depósito legal: PM-677-1986
--------------------
A los escritores noveles de Cuba
(los nombres o apellidos solo pertenecen a personajes literarios)
--------------------
Llevo semanas en La Pollera y todavía no sé cuándo será el juicio, ni cuánto me pedirán, pero averigüé y me dijeron: desde uno hasta cuatro años y voy a protestar. Escribo cartas al Consejo de Estado y a los Derechos Humanos. Mis cartas se encaminan de menos a más y de más a menos y los belicosos me miran con jiña. Cada paso que doy es seguido por verdeolivos. Los cubículos por donde me muevo y nos mueven, son los rincones más inseguros de la Tierra y el médico me espera. El ojo sigue hinchado y del otro observo en tercera dimensión. Camino a la consulta, me abuchean los belicosos y logro entrar al consultorio.
—Por fin, doctor...
—A ver, ¿qué te pasa?
—Nada puede hacer con mi vida, excepto post mortem.
—No lo entiendo.
—Verá, doctor, he sido víctima de una mariconá.
—No me digas.
—Usted es doble agente, doctor, me ayudará.
—Bah, ¿estás seguro?
—La videncia ha llegado tarde a mi vida.
—Conque vidente.
—Quiero que usted publique mi historia.
—Lo siento, ¿con qué papel...?
—Usted sabe que los aviones tienen cajas negras, ¿eh?
—Claro.
—La mía está en el corazón.
—No me chives.
—Solo tiene que ponerse el estetoscopio y El, o sea, yo, le dictaré.
—Primero te vas a tomar un meprobamato...
—Doctor, usted simulará el diagnóstico médico. Escuchará a mi corazón con el estetoscopio y escribirá mi historia.
— ¿Qué pretendes, hijo?, aquí no hay escape.
—Por eso mismo, usted es doble agente...
—Vaya, qué videncia.
—Me llamo Sardiñas, Jaime Sardiñas, mejor dicho, el Gerente Sardiñas, el ex Gerente.
— ¿Cuál es tu causa?
—Tenencia ilegal de divisas.
—No estabas mal, ¿qué tiempo llevas aquí?
—Decenas de días.
—Y, ¿qué quieres de mí?
—Que publique mi historia en El Nuevo Herald de Miami.
— ¿En inglés o en español?
—En los dos.
— ¿Por qué ese periódico?
—O en el Pravda.
—Creo que ya no existe.
—O en ABC, en El País, en El Mundo.
—Ya entiendo, qué hinchado está ese ojo.
—No se preocupe, veo del otro.
—Es de operación.
—No pierda su tiempo, doctor, y recuerde nuestro trato, ¿lo promete?
—Los políticos son los que prometen.
—Anjá, usted me ayudará.
— ¿Qué quieres decirme... 96047?
—Sardiñas, doctor, yo era el Gerente de El Bodegón.
— ¿El restaurant dolarizado que está por La Rampa?
—Sí, doctor, allí me hicieron un 888.
—Cuente, escucho.
—Tengo poco tiempo de vida, mis enemigos piden mi cabeza.
—Por gusto no lo hacen.
—Fue por envidia... y por ambición.
— ¿Y eres inocente?
—Pero, si la divisa está penalizada y yo administraba un restaurante dolarizado, ¿sabe cuántos dólares recaudaba?: ¡miles!, el Estado me pagaba una miseria en moneda nacional y no podía ser flexible con mis subordinados. Me armaron un 888 en una Asamblea de Balance y sospecho de todos. ¿Sabe lo que me hicieron? : me echaron en la guayabera y en el portafolio cientos de fulas. Esas cantidades no las justifiqué y agregaron que planeaba irme del país porque un policía me vio en una costa, ¿entiende usted?
—Es incoherente lo que dices.
—Espere, doctor, ni me quería ir del país ni andaba en negocios. Solo manejaba dólares; pero claro que los tenía. Con el sueldo no podía mantener a mis hijos.
—Comprendo, aunque no creo que funcione lo del estetoscopio.
—Créame y hágalo, “la fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve”.
—Al principio te pregunté con qué papel vas a escribir...
—No, es usted, yo le voy a dictar mi historia, eeeh... me llaman... tengo que irme, recuérdelo, doctor, usted simulará que me explora el pecho, adiós, doctor.
—Adiós, hijoo... tómate el meprobamato. El ojo sano necesita esta pomada... y aquí tiene el turno para el hospital, carcelero. Sardiñas tendrá un solo ojo.
Al final de una calle, por un trillo, se llegaba a una mansión que antes de 1959 perteneció a un francés que la llamó Quinta de la Caridad y donde los pobres la habitaron a partir de la fecha en que el ricachón se fue del país y los jardines que tenía fueron suplantados por hiervas medicinales y platanales.
Dos policías fuera de servicio andaban por los contornos de la Quinta. Llevaban semanas en el chequeo de ese solar y apuntaban el más mínimo detalle, cada inquilino, cada visitante, lo que sacaba y entraba a la Quinta. A las caras nuevas que reincidían en las visitas, las seguían, les pedían el carné de identidad y les revisaban las jabas; sin embargo, lo policías vestidos de civil notaron que en la Quinta se movía mucho dinero y no tardaron en identificar lo que se proponían: el tráfico ilegal de divisas.
Si bien los policías tenían en jaque a los visitantes, también conocían de antemano que en la Quinta operaban informantes de diversos estratos sociales.
Además del trasiego de dólares, los policías comprendieron que la Quinta de la Caridad poseía la semejanza de un almacén de enseres turísticos, capaz de abastecer a varias barriadas de la capital.
En la época en que se planeó esta operación policial era común ver a los jóvenes construir balsas o embarcaciones rústicas que las ocultaban en los patios y en las azoteas con el objetivo de emigrar hacia EE. UU.
— ¿Qué pasa, Fuente? –preguntó Sarmiento.
—Me da mala espina, naue.
—Nos metemo toda la vida atrá de delincuente y no buscamo nada y ahora es nuestra opoltunidá.
—Qué va –dijo Fuente–, hay que metele mano, pero muelde y huye.
—A nadie se lo decimo.
—Solo a Vila y a Guancho.
—Con cinco podemo hacer la operación, ¿tú sabe cuánto fulas habrá?
—Una montaña, naue, y a cinco parte pol persona e batante.
—Sarmiento, silencio a partir de ahora.
—Ya lo creo, Fuente, esta Habana tiene fula con cojone.
Los policías observaban la Quinta, vestidos de civil, y estudiaban las horas en que entraban y salían extranjeros (que parqueaban los carros de chapa TUR) con jineteras, además de jineteros que los esperaban para proponerles paladares baratas y confortables, tabaco y ron y hasta coca colombiana y señoritas y señoritos con los chulos, mientras la noche ocultaba las intenciones de los policías desde un ángulo que divisaban todo. Amasaban los bolsillos; pero solo los arrugaban.
—Vamo hacelo –propuso Fuente– vestido de paisano.
— ¿De civil?
—Claro, Sarmiento, ¿no ve que sospecharán de nosotro?
—No, Fuente, primero hay que consultalo con Guancho y Vila... recuelda: la divisa está penalizada y unifolmado podemo andar más libre.
—Espérate.
Vieron a Guancho y a Vila en una patrulla. Le hicieron señas. Le silbaron; pero eran camaleones en la oscuridad. Sarmiento se alejó con cautela, mientras Fuentes observaba a la Quinta de la Caridad, a las jineteras que meneaban el trasero y caminaban con la seguridad de cobrarle el sexo a los extranjeros, en cuyo carro de chapa TUR se paseaban. Distinguió también a las lesbianas tatuadas en los brazos y en la espalda, en el pubis y en las nalgas; a las señoritas y señoritos con los proxenetas que ya tenían seleccionada la “mercancía” con fotos a color; y a los jineteros que se expresaban en espanglish y fumaban algo que los dejaba mareados.
— ¡Guancho...Guancho! –gritó Sarmiento.
—Frena, Vila, frena –dijo Guancho.
El patrullero frenó, dio marchatrás, una puerta se abrió y por ella salió Guancho. Vila parqueaba cerca de un bar y en minutos caminaba en busca de Guancho y Sarmiento, pegados a la barra.
La gente miró a los civiles junto a los policías. Hubo alguien que expresó con blasfemias esa reunión. El cantinero, a pesar de su neutralidad, observó con desgano a los civiles que conversaban con los policías.
Fuente llamó al cantinero para que viera la foto de un sospechoso y, de paso, pidió cuatro “dobles”. Los policías no beben, dijo Sarmiento. Por el uniforme, agregó Vila; pero, así y todo, se empinaron del vaso.
—No lo conozco –dijo el cantinero.
— ¿Qué no? –se asombró Vila–, si esta foto la tiramos aquí.
—No sé, guardia... pregúntele al que se alterna conmigo.
Los policías abandonaron la barra y se sentaron a una mesa aledaña.
—Tú no te pones viejo, Sarmiento.
—Los negro somo igual que Matusalén, Vila.
— ¿Qué tal la noche, compay? –preguntó Guancho.
—O.k. –respondió Sarmiento–, ayer mandamo pa‛ la unidá un casito de droga. Ando con Fuente por la Quinta aquélla.
Hizo una pausa y prosiguió con riquezas de palabras. Primero se las dejó caer a Guancho, y Vila creyó entender lo que tramaba. Luego Sarmiento explicó el plan y al final pidió ideas, si hacerlo con el uniforme o de paisano. Rápidamente escuchó a Vila: uniformados.
— ¿Es más fácil?, ¿lo cree, naue?
—Claro, Sarmiento –respondió Vila–, pero tenemos que quitarnos las chapillas, ¿oyeron bien? y ponernos gafas oscuras.
Sarmiento y Guancho entendieron mejor. El plan estaba perfecto, estrategia y táctica estudiadas, el Ambia en acción, la noche fijada, el horario en que entraban las jovencitas acompañadas por jovencitos, mientras las mayorcitas se bajaban de los carros de chapa TUR con “viejos verdes” que
le pasaban las manos por las nalgas tatuadas y la Quinta se embullaba a festejar con los chulos y los jineteros y casi todo el barrio se citaba sin discriminación de ningún tipo.
Se llamaba Yadel Malverde, pero era el agente Moscovi porque elogiaba ese carro soviético. Solo él ajustaba la caja de velocidad, el gran defecto de ese automóvil; sin embargo, en el barrio le decían Tatico.
Caminaba la barriada y memorizaba los puntos donde vendían drogas, peleaban gallos y hasta perros. Cuando le preguntaba el enlace, acertaba en las direcciones, nombres y apellidos.
Su oficio lo llevó a conocer a una gama de bisneros que se movían por La Habana en Ladas, Moscovis,
Volgas o en otros autos que tenían componentes rusos: motor, caja de velocidad y diferencial.
Al enlace le decía: “Si quieres comprenderlos, sé uno de ellos”, y por esa conducta lo reclutaron.
Una tarde estaba en la Quinta de la Caridad, se tomaba una cerveza, mientras veía pasar a niñas de 12 ó 13 años y niños afeminados de la misma edad que unos extranjeros los gozaban sexualmente y a jineteros que proponían a los turistas paladares baratas y confortables, tabaco y ron y hasta coca colombiana con la mejor naturalidad del mundo.
Frente a él los m a c e t a s contaban los fulas, eran adinerados que comenzaban a valorar su fortuna en dólares:
—Vaya, Tatico –le dijo un maceta–, tu parte.
—Coño, agradecido, esta es la verdad.
La Quinta de la Caridad estaba a tope esa noche. Imagínense, le habían construido barbacoas y en la azotea pensaban levantar paredes y reproducir las cuarterías.
Salían y entraban menores de edad por la entrada principal de la Quinta de la Caridad que mostraba esplendor, gritos de lujurias, palabrerías del vulgo y ¿por qué no?, también se escuchaban frases célebres, frases de amor, frases religiosas, frases de preocupaciones escolares, frases de la unidad familiar, frases del ajetreo cotidiano por conseguir productos alimenticios en dólares.
Esas frases estremecían a la Quinta de dentro hacia fuera, volvían a entrar, salían otra vez, ondulaban por las paredes pintadas aquí, despintadas por secciones allá, resanos desprendidos que descarnaban los ladrillos, por aquí, por allá y acullá, la Quinta de los pobres ya no era de la Caridad y Tatico contemplaba, escuchaba, idolatraba las frases que se registraban en su grabadora mental y automática y rebotaban por las paredes con nombres y apellidos, direcciones de menores de edad que regalaban la virginidad por fulas, de jineteros que pregonaban paladares baratas y confortables, tabaco y ron y hasta coca colombiana y putas de renombre y chulos relevantes y políticos médicos abogados profesores albañiles carpinteros ingenieros licenciados enfermeros marineros dependientes cocineros balseros amas de casa pioneros estudiantes de secundaria estudiantes universitarios seropositivos y enfermos de SIDA tuberculosos y leprosos deportistas el Delegado de la circunscripción la madre de Satanás y las once mil vírgenes que se casaron señoras.
Tatico miró el reloj y pensó que llegaría tarde a su casa. Observó a los macetas. Uno le dijo que el país jamás saldría del Periodo Especial, porque si en veinte años, desde 1970 hasta 1990, recibimos cien mil millones de fulas de los soviéticos, no sé qué carajo haremos ahora que no nos darán nada. Esto no hay quien lo tumbe, pero tampoco quien lo arregle y fíjese Tatico, usté se busca la vida por ahí con los fotingos americanos y rusos, pero todos no tienen entradas como tú, todos no pueden comprar diez libras de carne de res, ¿verdá, Tatico?, y estás en todas partes como Cristo y flotas en todas las aguas, yo me acuerdo que cuando el explote de los motores Aro, tú estabas allí y no te pasó nada, una pila de gente fue pal t a n q u e y tú seguiste rodando y flotando de aquí para allá y de allá para aquí, ¿te acuerdas de éso, Tatico? El agente Moscovi lo miraba y atravesaba los ojos de los extraños y de los conocidos:
—El que no la debe, no la teme.
Los demás se echaban a reír y amasaban los bolsillos, muchos, y pocos se metían las manos en los bolsillos del pantalón, en los de la mochila o en los bolsillos de lo que fuera y contaban los fulas, los faos, los dólares.
Tatico volvió a mirar el reloj y se despidió, mientras uno de los macetas le dijo que volviera mañana para que le echara un vistazo al Opel que le había instalado motor, caja de velocidad y diferencial de Lada, pero no le circulaba la electricidad y se le apagaba el motor: coño, como tú sabes, Tatico, ¿dónde lo aprendiste?, y Tatico lo miraba y tenía ganas de decirle que pasó un curso de mecánica automotriz en Moscú, gracias a una plaza que llegó a la unidad de mi municipal y que yo era el chivato más cojonudo y monté en el avión para conocer al Imperio Comunista y aprender de mecánica.
La noche se prestaba para los goces, y el barrio, aunque estaba iluminado a medias, raras veces se iba la luz, porque la vecindad tiraba pomos, piedras por la avenida, a los vehículos, a los transeúntes; rompía vidrieras y asaltaba las tiendas y escribía en las paredes ABAJO FIDEL; por lo tanto, la barriada de la Quinta de la Caridad siempre irradiaba de luz y los s e g u r o s o s habían acordado con la Empresa Eléctrica que bajo ninguna circunstancia le privaran el servicio, para ellos no volverse locos.
Ahora bien, la Quinta de la Caridad jamás vibró como esa noche. Los macetas festejaban las ganancias y planeaban un sueño. Parecía una reunión del Hampa junto con extranjeros que conformaban una red de tráfico humano hacia EE.UU. y de venta de drogas.
Esa noche se escucharon gemidos sexuales en exceso. Cada negociante servía y era servido. El olor a carne de puerco frita era comparado con la cena de fin de año, mientras Sarmiento, Fuente, Guancho y Vila concertaban el ataque en el momento oportuno, ni un segundo más ni un segundo menos, a merced de Ambia.
De pronto Tatico caminaba por el trillo de la Quinta de la Caridad, iba a pedirle disculpas a un maceta que la otra noche le dijo que arreglara el Opel, que pagaría en fula.
Tatico se desesaba, no coordinaba las palabras, las más justas para que el maceta lo comprendiera y le diera otra oportunidad.
Hasta que al fin lo vio frente a frente. Para su sorpresa volvió a ver a los extranjeros que sacaban del país a quien pagara cuatro mil fulas y como Tatico era de confianza, el maceta lo invitó a pasar. Sentado en una silla conectó la grabadora mental y automática y entre conversaciones, saladitos y cervezas, los cuatro policías penetraban en la Quinta de la Caridad.
Iban directos a los macetas que contaban los fulas, supervisados por los extranjeros que también manejaban un negocio de drogas con algunos jineteros.
— ¡Quietos y manos en la cabeza! –gritó Fuente.
Los policías apuntaban con pistolas, Vila no había desenfundado la suya, mientras se dedicaba a echar los fulas en el portafolio. Los extranjeros musitaban, uno de ellos alzó la voz y le pidió un arreglo, que no les pasara nada.
Tatico miraba con serenidad a los policías, no los conocía ni de vista, analizaba las fisonomías, las gorras gachas que tapaban la frente y las gafas redondas y oscuras que ocultaban los pómulos. Se fijaba en los uniformes, ninguno portaba chapillas, qué coincidencia, ni siquiera escuchaba por el “boquitoqui” los refuerzos, ¡sólo cuatro policías en la operación!
Era mucho para Tatico, no habló ni jota, se tocó el estómago, pensó en el baño y escuchó quejarse a los macetas que pidieron un ajuste con los policías.
En el interior de la Quinta, aglomerados, estaban los vecinos, mientras los policías sin bajar las pistolas hacían preguntas. Vila se encargaba de registrar las declaraciones en una grabadora y anotar los datos personales de los macetas y de los extranjeros. Sarmiento los esposaba y les ordenaba que lo siguieran hasta el vehículo.
A medida que salían de la Quinta de la Caridad, los vecinos se asomaban por las ventanas y cuchicheaban. Algunos negociantes se escondían y mandaban recados a los otros. Nadie gemía, nadie gritaba. Los chulos detenían a las putas. Las señoritas y señoritos se iban. Los jineteros no pregonaban paladares baratas y confortables a los turistas, ni tabaco ni ron ni coca colombiana y todos sentían el olor a carne de puerco quemada y maldiciones y blasfemias al comunismo y al periodo especial.
En el trayecto por la avenida los macetas trataban de convencer a los policías, de que no los encerraran. Uno de ellos lloró, dijo palabras de homosexual, y un extranjero le prometió a Vila un Capitolio si lo dejaba irse, mientras los demás policías ponían caras de justicieros.
—Así que quieren un perdón –les dijo Guancho.
—Denos un chance –suplicaba un maceta–, un filito nada más y aquí no ha pasado nada.
Vila manejaba y le dijo a Guancho:
—Caballeros, al Ambia no lo recogimos en el lugar acordado.
No escuchó respuestas, cuando Guancho miró a sus secuaces y les hizo una mueca. Después propuso la disyuntiva:
—Ahora o nunca.
— ¡Ahora! –gritaron Sarmiento, Fuente y Vila.
El vehículo se alejaba con menos carga y una algarabía de carnaval, a pesar de que faltaba el Ambia, mientras los macetas y los extranjeros se arrodillaban en la acera. Miraban al cielo y se lamentaban más los primeros que los últimos.
La Quinta de la Caridad se estremecía por las griterías y las paredes se rajaban aún más por las barbacoas que soportaban los meneos lenguosos y viriles y a los jineteros que proponían paladares - -tas y --tables, -baco y ron y coca -lombiana, y menores de edad que salían di-la-ta-dos.
Unos policías entraban presurosos, directos a una reunión de macetas y extranjeros, mientras la vecindad chismoseaba en el patio de la Quinta, miraba a los policías armados, engafados, que sabían lo que hacían, sólo que nadie se dio cuenta que ninguno usaba chapilla; aunque sí, Tatico de una ojeada se percataba.
Un policía esposaba a los macetas y a los extranjeros. Todos caminaban hacia el vehículo, abandonaban la Quinta con olores a carne de puerco quemada y maldiciones y blasfemias al comunismo, y a dos hombres, mejor dicho, a cinco hombres envueltos en una riña que se manoteaban y los dos primeros se acometían y al final sonaba la hoja de acero en las paredes, en una puerta, en un palo, y después en una carne y la sangre emanaba y chorreaba en la entrada de la Quinta. La sangre humana se mezclaba con la porcina y rodaba por la escalera y quedaba en la tierra.
Tatico salió disparado y sin mirar para abajo ni para atrás, sin fulas y sin deseos de hablar a no ser para defecar, bañarse, comer y dormir.
A las dos horas de haber ocurrido la contienda, un oficial de La Provincial junto con su ayudante, se personaban en la Quinta de la Caridad.
Las mujeres corrían, tocaban por las puertas y los hombres se hacían los dormidos, mientras los niños entraban en la vigilia. Algunos vecinos salieron a ver qué sucedía.
—Este ciudadano lleva muerto menos de tres horas –dijo el capitán Veitía.
—Al parecer en una bronca –agregó Rodríguez, el ayudante.
—Bien, compañeros –dijo Veitía-, alguien de aquí llamó a la policía, hubo un homicidio y el asesino voló: escucho.
El silencio azoraba a la vecindad, los diezmaba y los hacía cómplices y a no ser por la paciencia de Veitía que dejaba trabajar a los peritos, quienes tiraban fotos y buscaban huellas y trasladaban al difunto hacia el vehículo de criminalística, todo el tiempo lo empleaba en paseítos de un lado a otro con una mano en el mentón, mientras Rodríguez después de revisar el cadáver, le mostraba el carné de identidad a Veitía, quien entonces quedaba inmóvil, pasaba las hojitas del bolsilibro, buscaba la información laboral, cuya hoja estaba en blanco, luego analizaba la foto, la comparaba con la víctima acostada en el auto y por último estudiaba la firma.
—El arma homicida fue una mocha o un machete –dijo Veitía–, la pierna izquierda está abierta, ¿es la ingle?
—Qué sé yo –agregó Rodríguez.
—Se desangró y bastante que perdió... a juzgar por la rúbrica, era un ciudadano desconfiado.
—No entiendo, Veitía.
— ¿Ves esos trazos que envuelven al nombre?
—Ya.
—Es desconfianza, y hay más: la “R” de Rogelio está muy hinchada, como si fuera a reventarse, igual que la “g”, ¿no recuerdas lo que significa?
—Inclinación a los placeres obscenos, extravagancia en el vestir... si las consonantes del texto están hinchadas también.
—O.K., recuerda que la grafología examina los extremos negativos y positivos. Trata de evitar la intuición y busca ejemplos de grafismos.
Veitía se apoyaba en la ciencia de la escritura (la grafología) y retrataba a las víctimas, a pesar de que en este caso no hacía falta esa técnica de criminalística.
—Tenemos su vida privada –dijo Veitía–, nos falta su vida social, aunque quizás no necesitemos cartas del cadáver...
—Se llamaba Rogelio Báez Pérez –intervino Rodríguez–, natural de El Guaso, Guantánamo, ¿qué hacía en La Habana?
--------------
DATOS DE LA VICTIMA
Nombre y apellidos: Rogelio Báez Pérez.
Fecha de nacimiento: 14 de octubre de 1965.
Piel: negra.
Ojos: negros.
Estatura: 175 cms.
Peso: 60 kgs.
Ocupación: sin vínculo laboral.
Nivel de escolaridad: 7mo grado.
Estado civil: divorciado.
Residencia: Marti 56 entre Pacheco y Esperanza, El Guaso, Guantánamo.
Antecedentes penales: desfiguración de rostro (1985).
Observaciones: Vivía en casa de su hermana Sonia Báez Pérez en Alambique 766 entre Amargura y Desaire, Los Sitios, Centro Habana. Ha sido multado por escándalo público y operaba como chulo en Monte y Cienfuegos.
--------------
—Qué bien el Puesto de Mando, ¿ves?, no hacen falta cartas, era semianalfabeto.
— ¿Adónde vamos? –preguntó Rodríguez.
—Primero vamos a averiguar dónde vive el Delegado de la circunscripción, te voy a enseñar algo.
Enseguida dio con la residencia del Delegado al registrar la agenda de direcciones, mientras Rodríguez tuteaba con la vecindad.
Veitía le hizo señas para que lo siguiera. El vehículo de criminalística partió. Rodríguez se acercó al capitán y le dijo que hubo una operación policial antes del asesinato. Lo de nosotros es homicidio. Pero Veitía, los vecinos me hablaron de los dos sucesos. No te preocupes Rodriguito, es problema de esos policías.