Amistad es una calle de La Habana
Saulo de Tarso o Apóstol Pablo (seudónimo)
Copyright 2011 Pedro Merino
First Edition
Published by Pedro Merino at Smashwords
ISBN: 978-1-936886-38-8
Smashwords Edition, License Notes
This ebook is licensed for your personal enjoyment only. This ebook may not be re-sold or given away to other people. If you would like to share this book with another person, please purchase an additional copy for each recipient. If you’re reading this book and did not purchase it, or it was not purchased for your use only, then please return to Smashwords.com and purchase your own copy. Thank you for respecting the hard work of this author.
A los talleres literarios de La Habana
(los nombres o apellidos solo pertenecen a personajes literarios)
--------------------
Ahora que me estiro en la cama recuerdo que mi colega Veitía me dijo:
—Si aparece un nuevo caso de homicidio te llamo.
Tardo en levantarme. Creo en la teoría de los colores. La puerta de mi cuarto está pintada de amarillo. Al mirar hacia esa tonalidad mi vista reposa. La veo recuperarse.
También rememoro aquellos tiempos, cuando pegaba mis ojos a las vigas de madera y losa y escuchaba a mi madre, que ahora está en el Reparto Bocarriba, orar, rezar e implorar por una casa nueva.
Entonces la blancura del techo me despeja ese pasado. Qué placa más bien hecha. Pero descubro telarañas en las esquinas.
—Tengo que eliminarlas, me digo.
Hasta que logro levantarme y recorro la casa, mi casa. Nadie me reprocha por haber dejado destendida la cama. Las voces de mi madre son vencidas por el volumen del radio de un vecino. No pone la música tan alta, aunque la voz de cascada, de mi pura, es inferior.
La soledad, pienso, está hecha de silencios, de voces alejadas y de un trabajo sudoroso que estresa a la más vigorosa persona.
Quizás creo que mi madre ya no hace falta y que soy un solitario acompañado, prontamente visitado por una amiga, ¿o una vecina?
—Fernandoo… Fernandiitooo.
Es ella. Pero cuál de las dos. Abro la puerta y… Coño, ¿Luz Divina o Lusbrillante?, le pregunto. Como tú quieras, si las dos están difíciles de conseguir, me dice. Tienes lagañas todavía. Luego estira una mano:
—Te traje esta novela. Te va a gustar.
—Ah, mira, le digo, no tengo pincha.
Entonces eso es noticia: La Habana, capital libre de homicidios.
No te rías, a lo mejor aparece en un editorial.
Estuvimos conversando un buen rato. Para mí era un placer que tan galante vecina me visitara, sobretodo cuando viraba la espalda, cuyas nalgas, a un ritmo acompasado, decían:
—Ni pa‛ ti ni pa‛ mí,
—Ni pa‛ ti ni pa‛ mí.
Yo voy a ver cuando esas masas se derritan y no sean más que pellejos. A ver si se le pega un mocoso, un mocoso nada más. Pero, así y todo, la preferiría… como vecina, socio, como vecina. ¿Qué tú pensaste? ¿Que si estuve con ella? No, no. Sí, sí. Ya te dije que ‛ estuvimos conversando un buen rato ‛ y punto y aparte; no dos puntos y seguido. No te rías, no te rías, estoy hablando en serio, ¿o es que el sargento Rodríguez no tiene seriedad ni un carajo? Claro que sí. La Soledad es una suegra de hostia. Prefiero, a veces, estar mal acompañado que solo. Porque siempre me avisa que la leche está hirviendo. Que el huevo frito se quemó. Oye, no jodas, compadre, ni la leche ni los huevos pagan seguro de vida.
--------------------
El sargento Rodríguez había soñado tales petulancias. Pensaba llevarlas a una libreta, luego de abrir los ojos encima de su cama. Ya levantado, escuchó la voz de una vecina que le traía una novela. Al despedirla, asombrado por la coincidencia de lo que había fantaseado, decidió hojear el libro. Me gusta, me va a gustar, creo yo.
Atrincherado en el sofá, comenzó a leer la primera hoja. Pasó la página del título, la de la portada y en un abrir sin cerrar los ojos quedó enganchado a las letras, imbuido en la lectura.
♫ La mar estaba en candela,
en candela estaba la mar…♫
Osmel Brito parodiaba esa canción. A intervalos breves miraba hacia Chava Henríquez, quien al darse cuenta que una mirada se entrometía en su aura personal, la buscaba sobremanera y seguía la musiquilla ésa, pero con otra letra:
♫ Que le den candela a esa gallina vieja
y que no sea en agua salá… ♫
Osmel alzó su voz. Quería opacar a la de Chava. ¿Qué te pasa, Osmel?, le pregunta, sentado en el contén de la acera. Nada, loco, estoy cantando igual que tú.
—Oye, creisi —le interrumpe Chava—, yo creo que nuestra brújula no indica hacia el norte.
—¿No será hacia el sur?
—Qué sur, Osmel. Oye, el tiro de la bolá se nos pone más difícil en cada intento.
Un ómnibus parece venir desde lejos. No saben si es la parte frontal o la trasera. Deciden esperar a que se acerque. Es posible que por una entrecalle de ese pueblucho haya doblado. Por ello no distinguen si avanza o se aleja.
—¡Viene! —exclama Chava—, ¡viene pa‛ acá, loco!
Ya habían abordado el vehículo. Otro ómnibus debían tomar. Para los dos amigos les era imprescindible narrar esa historia. De cómo habían fracasado y de los preparativos para una próxima incursión. Sin embargo, Chava Henríquez era más dado a la superstición que Osmel, el cual más bien se comportaba escéptico en cuestiones adivinatorias. Al observar, este último, el cielo infinito decía:
—Debe existir vida extraterrestre, pero no tiene que ser un hecho.
Cuando llegaron a su barriada habanera, la gente a penas los observó. Llevaban la etiqueta de bolas de churre. Varios días estuvieron repasando cada detalle de su fracaso. Añadían aquí, allá y acullá, con tal de rellenar los vacíos que afloraban y a veces se les desbordaban, porque todo podía ser imperfecto mientras no lo ejecutaran seres cubanos.
—¿Qué hicimos mal, bróder?
—Chava, oye, despeja eso. Mira, ya que a ti te gusta la tiradera de cartas, ¿por qué no visitamos al Babalao Alfonso?
—Coñó, Osmel, me has alumbrado.
—Sí, sí, espérate. Hay que ver cuánto nos va a cobrar.
—Deja eso de mi parte y vamos a ver qué hay con el tiro de la bolá.
Pusieron sus sienes en post de la cueva de ese babalao. Pronto la aventura guiaría sus pasos. Una nueva oportunidad les conformaría las ansias de colocarle riendas al objetivo y avanzar. Avanzar hacia la meta. Rebasarla.
Chava observaba a Osmel. Osmel miraba hacia Chava. Por vez vigésima coincidían en un mismo camino. Daban por hecho, solo en este caso, el misterio de saber por qué todo o casi todo le había salido de mal en peor.
Esta vez tenía que flotar cada pedazo de sus ambiciones. Cada fibra de sus ilusiones debía calcarse mediante matices, de vivos colores, tanto oscuros como claros sin llegar a morirse. Así les vibraba el corazón. Por los ojos les refulgía una nube de alegrones y esperanzas. Tan pronto avistaron el hogar del babalao, hicieron acto de suerte para que el susodicho se encontrara en su aposento. Debía estar allí. Quizás sentado en una silla, pegado a la mesa, en la consulta de sus menesteres, de su cotidiana lucha por salir adelante y dejar atrás los rezagos.
Pero no. Se estaba duchando. La esposa del babalao los conminó a entrar y tomar asiento. Era de muy buena lengua, tan dulce que atraía a la más amarga decepción cubana y la obligaba a descansar en aquellas imitaciones de una base cuadrada.
Al sentir un chancleteo por un pasillo, por el cual se salía del cuarto de baño, los dos jóvenes amigos se embelesaron por escuchar su voz y ver su silueta. De paso se hizo la voluntad de los visitantes. Era el Babalao Alfonso, vestido de blanco, con disímiles collares colgados en su cuello de elefante afrocubano.
—Ben-venida la visita —les dijo—. Supongo que ucja atendeclos. En breve seré su espejo. Con pecmiso.
Las palabras del tal babalao sobrecogieron a los dos jóvenes. Chava se extasiaba de nuevo. Osmel repasaba cada objeto hogareño, desde el Elegguá en un rinconcito hasta las ollas y vasijas llenas y vacías de elementos religiosos, colocados en un altar.
Tras un santiamén escucharon un toque de tambor. Osmel dijo que de un bongó. ¿Qué bongó, loco?; es de un batá. Te digo que es un tambor. Dejaron la controversia e hicieron silencio. El Babalao Alfonso acababa de reaparecer ante sus sienes. Ahora volvía a darles la bienvenida, mientras los dos jóvenes hablaban por turnos. Le pedían saber un poquito del futuro y ver si se podía olvidar el pasado y mejorar el presente.
El Babalao hizo silencio. Oraba o rezaba dentro de sí. Para Chava, Alfonso hablaba con el EL MÁS ALLÁ. Para Osmel, se ponía de acuerdo con EL MÁS ACÁ. Al terminar el rito sacerdotal comenzó a barajar las cartas. Mentó a los caracoles y hasta le escribió un pedido a un oricha secreto. Las cartas empezaron a hablar.
—Tú estás en grave problema, Osmel. Ocvídate de la salida del paí, ecobio. Ec futuro tuyo se enterró aquí, ¿me copias?
—Sí, sí, babalao, yo…
—Sio, no me hagas preguntas tontas. Báñate con estas yecbas pa‛ romper la mala suecte, escucha bien:…
—Coño, Babalao, ¿por qué no me lo escribes?
—Coge este papel, ¿tienes pluma?
Chava sacó un ejemplar. Tenía la tinta dormida. Al fin escribió. Se la dio a Osmel.
—Anota esto —le dijo el Babalao Alfonso—: quita macdición, rompezaragüey, espanta muecto y una cucharada de arró. Se hiecve esto con agua, se cuela y se dan tre‛ baños. Las yecbas se sacan y se dejan al lado de una palma.
—Ya, ya, ¿completo Camagüey?
—Qué va, Osmel, todavía no he ni empezao contigo. Mira, también tienes que limpiar ec gao. Pon ahí: siempreviva, espanta muecto y escobaamacga. Estas tre‛ hiecba se dividen a la mitá, pa‛ hacer dos mazo. Con un mazo se sacude la casa y con el otro se echa en agua pa‛ limpiar ec piso. Despué se cogen los dos mazos (ec de sacudir y ec de limpiar), se les echa accol (alcohol), se enciende detrá de la puecta, se les echa agua y se tira pa‛ la calle.
Chava permanecía callado. Calculaba el momento que le tocaría. A ver si tenía más suerte que su camarada.
—Coño, Alfonso —expresó Osmel—, ¿de verdá… ni el bombo me va ha llegar?
—Chen, ya te dije que te ocvidara dec mundo de afuera. Concéntrate en éste. Tu prócsimo mundo estará lleno de papeles, de un reguero de papeles dec carajo, de buró, de buroses… uh-jú, ¿a ver…? Sí, sí, chen, vas a ser delegado de una ciccuncripción.
—¿Circun… qué?
—Ciccuncripción, Osmel. E‛ buena pincha. Claro, la gente te va ‛joder, tú sabes.
Osmel se trasladó al puesto de Chava y viceversa. El Babalao Alfonso observó a Chava. Espiraba un aura mística.
—Bueno, santísimo babalao —intervino Chava—, espero que a mí sí se me dé la salida del país, ¿no?
—Eso lo dirán loc caracoles, chen —hizo una pausa—. Son cinco fulas, men —le dijo a Osmel.
—No se preocupe, babalao, Chava le va a pagar por los dos, ¿okey?
De súbito, el Babalao Alfonso comenzó a tirarle los caracoles. Levantaba la vista. Miraba hacia Chava. Después bajaba los ojos. En el piso brilloso centellaban, aún más, los caracoles.
Cambió la táctica con las cartas. A Chava le pareció precipitada esa brusquedad. A ratos interrumpía al Babalao.
—Concho, chen —le repetía Alfonso—, déjame hacer mi curralo, ¿okey?
—Sí, sí, siro.
Luego de varios minutos, el análisis maquinal del babalao arrojó algo que Chava desconocía. A su psiquis jamás le afloró semejante empresa.
—Consocte…, usté me puede tumbar ec negocio.
Esa última palabra se le escapó, como agua entre los dedos, al babalao.
—Pero, Alfonso, de qué se trata.
—Veo cruces, Chava, muchas cruces.
—Ay, Dios mío, ¿me voy a ‛ ñimpiar ‛?
—De‛so na‛, chen. Esas cruces no tienen al Señor crucificao.
—¡No, no!, no me digas que voy a ser sepulturero.
—Tampoco, chen. Concho, qué pendejos son ustede los white.
—Entonces, Babalao, dígame, dígame, ¿voy a ser administrador de una funeraria? Así tengo garantizado mi ataúd.
—Concho, Chava, tú me sacas de quicio —hizo una pausa Alfonso—: vas a ser un pastor.
—Cómo que pastor. ¿Voy a trabajar en el campo?... ¿en una granja llena de fango?
—No, Chava, no. Usté va‛ trabajar limpio, muy limpio. Mejor que acá, su amigo Osmel.
—¿Y nos vamos a ver la cara? —preguntó Osmel.
—Ambos serán políticos —sentenció Alfonso.
—Que qué —expresó Chava.
—‛Sí mismo. Hay do‛ tipo de políticos: ec belicoso y ec pacífico. La religión e‛ otra focma de hacer política, pero pacíficamente.
—No entiendo, babalao, explíqueme.
Osmel se reía. Acababa por saber lo que Alfonso le diría a su amigo.
—Concho, chen, a mí me parece que tú ere de vista cocta.
—No nací sabio, Alfonso, de verdá, no copio ahora.
—Mira, Chava, usté será pastor de una iglesia protestante.
—¿De una iglesia?
—Y vas a viajar de ve‛ en cuando.
—¿Sí? ¡Sí, sí!, ¡me gusta, me gusta esa pincha!
—Espe-espérate; pero no puedes quedacte, pocque desprestigias a la Iglesia. Lo que quiero e‛ que no hables mal de mí, ¿oíste?
—Sí, sí, coño, qué pasa, babalao, si usté me alumbró el camino.
—Son dié fula, ec de tu amigo y lo tuyo.
Chava tenía un billete de a veinte. Cójaselo todo. Gracia, chen. Tan pronto el Babalao Alfonso recogió las cartas, los caracoles y el libro de adivinaciones, Osmel y Chava lo despidieron y se marcharon con los ojos chispeantes. Chava le dijo a Osmel que con una vara iba a saltar por encima del Capitolio y del monumento a José Martí (antigua Plaza Cívica). Que le rompería el récord a Javier Sotomayor.
—Oye —le respondió Osmel—, ¿tú crees todas esas sandeces?
—Coño, Osmel, de verdá que no te entiendo.
—¿Sí?
—Loco, ese tipo tiene poderes espirituales.
—Vaya, vaya.
—Ah, ¿no?
Cruzaron una avenida lo más rápido que pudieron. A Chava le pareció otro confín urbano. Osmel se reía sin mirarlo. Casi todas las preguntas las hacía Chava. Siempre escuchaba respuestas cortas, llenas de escepticismo e ironía.
—¿De verdá sigues pensando en lo mismo?
—No sé, Chava.
—Entonces me hiciste gastar diez fulas.
—Diez no, vente. Yo te lo dije.
—¿Me lo dijiste?
—Sí.
—No. Tú me dijiste que no tenías guaniquiqui.
—Bueno, hombre, no lamentes el gasto. Ya veo que te diste en la vena del gusto.
Ahora Chava era el que respondía brevedades. Ni siquiera se fijó en una pepilla, de esas que le dicen ‛ café con leche ‛ por los colores del uniforme.
En verdad aquel encuentro místico podría cambiarles la vida. Osmel, ni por un segundo, se detuvo en meditar al respecto. Lo cierto ya había transcurrido.
Vivía en un repartico de Regla, lo que se dice: por los suburbios de La Habana. También pudiera decirse: por la periferia de la capital. Todo el tiempo se lo pasaba indagando por una permuta que lo acercara a los lugares céntricos de la ciudad. Jesús Consuegra, alias Chichi, comenzó a interrogar a cada personaje que se llegaba por el Paseo del Prado, donde cada día se citaban los interesados en litigios de permutas y compra-ventas de casas. A Chichi no le importaba lo segundo. Propietario de un apartamento, se obsesionaba con realizar su sueño, porque, además de esas ansias, poseía el don de darle vida a maderas preciosas, cuya anterior forma pertenecía a tronquitos y tarugos muertos, comprados y/o encargados por ahí, a quien sabe Dios, para venderlos en la Plaza de la Catedral.
Cuando su realidad dejó de ser un sueño, encontró a un matrimonio de jubilados, usufructuarios de un cuartico agrandado gracias al gran invento de los orientales en La Habana: la barbacoa. Permutó con ellos. Pagó una licencia ilícita y comenzó a fabricar dinero yanqui.
La soledad lo conllevó a buscar compañía. Fue así como conoció a una joven. Te gustará, deja que la veas.
—¿Pero es habanera habanera?
—No preguntes tanto, Chichi.
Se acomodaron en un banco de un parque donde un cajón de aire depuraba, aún más, aquel minipulmón de la ciudad. Desde esa comodidad podían ver a jóvenes y viejos, de ambos sexos, exponer con intensiones de venta, productos de uso, algo manchados. Osmel opinaba que eran de provincias. Chava no le iba a la contraria, aunque prefería decirle:
—Pueden ser de solares de la poma.
—Si fueran de la poma, como tú dices, estuvieran bien vestidos.
—No te fíes de las apariencias.
Habían cogido un airecito para seguir andando. La prisa ahora los maniataba. Querían, sobre todo, Chava, que las adivinaciones se les materializaran con la próxima mañana. Era tan importante, eso sí, para ambos, que sus sueños se vieran empatados con la realidad.
Un remolino de papeles comenzó a moverse frente a ellos. A Osmel lo levantó. Chava le pidió calma. Tápate los ojos, Chava, te va a caer una basurita. Qué va, chen, si no los veo, no haré el cuento. Las líneas escritas con tinta azul parecían ininteligibles. Por la cantidad de giros no podían leerse. Tras un santiamén el remolino cesó. Osmel y Chava aún no entendían lo que pretendían leer. Pudieron ver que esos escritos provenían de varias personas por los gestos gráficos. También estaban escritos con puntos. Usaron lápices, además. Sin embargo, Chava se acercó al bulto de papeles manuscritos: estaban garabateados. No había rastro de inteligencia humana. Te digo que pudieron ser niños.
—Sí, Chava, en eso puedes tener razón.
Después de abandonar aquel parque y al remolino que maniataba, de nuevo, a los papeles, algo estrujados, quizás escritos por menores de edad, los dos amigos se acercaban a su barriada. Los ojos les brillaban. Era un brillo extranatural. Si algún vecino se hubiera fijado en ellos, les habría descubierto una mueca de risa que un cirujano plástico jamás la eliminaría, porque formaría parte del ego de Chava y Osmel, de Osmel y Chava, dos amigos jóvenes, dos oportunidades de abrirse paso en la vida.
—Coño, Pupy, es que tú me dejas intrigao.
—Aprende de mí, que yo no soy etecno. Cuando me muera, ya no podrás saber qué hice y cómo lo llevé a cabo.
—Bueno, está bien —se decide Chichi—, preséntamela.
Andaban apurados, cuando Pupy se detiene y le pide calma a Chichi. Prosiguen el itinerario.
—Oye —expresa Chichi—, no puedo demoracme mucho. Dejé a mi ayudante al frente del negocio y, tú sabes que si se le da un filo, me roba.
—¿Tú no contaste la meccancía?
—Así y todo, me da, y fuecte.
—Entonces no es tu amigo.
—¿Amigo? —se asombra Chichi.
Y piensa: ‛ qué va, Pupy, amistá e‛ una calle de La‛bana ‛.
—No me has respondido la pregunta, chen.
—El vende mucho, sabe varios idiomas, se defiende, vaya, pero… tú sabes como son los ayudantes: cuando aprenden demasiado, abren mucho los ojos… y meten la mano.
—Ya, ya. Sí.
—Yo no soy ningún singao, fíjate. Le pago el 10% de la venta, ¿qué más quiere?
—Imagínate, después quiere el 20% y si vende más, pues el 30%.
—No, y cuando vienes a ver, gana hasta más que tú pocque no paga impuestos. Los ayudantes, los ayudantes son del carajo. Yo lo fui.
—Así que lo dices por ecperiencia propia.
—Porque también abrí demasiado los ojos…, ja, ja, ja.
—Je, je, je.
Pupy vuelve a detenerse. Recordó que debía pasar por casa de otro custodio. Le había dicho por teléfono que debían verse antes de él (Pupy) ir al trabajo. Ahora me acordé. De qué, Pupy. No, no, es problema mío. Coño, tú también tienes secretos.
—No, chico, es que uno de mis vecinos me pidió un favor.
—¿Un favor?
—Sí, un favor.
—¿Un favor nada más?
—Sí, uno solo.
—Coño, Pupy, mientes: los vecinos piden más de diez favores.
Tan pronto se divergieron en post de su hogar, un nubarrón provocó unas descargas eléctricas contra otro nubarrón. La fuerza de gravedad precipitó el agua. Cada quien, desde su alcoba, veía descender su esperanza. Una esperanza acuosa anti sedienta. Chava rememoró un verso de un poeta criollo:
“…los ríos humildes que construye la lluvia…”;
Se dispuso, imbuido por ese pensamiento, a leer un poemario de otro autor. Los versos eran modernos, flamantes y fríos, de diversas interpretaciones. Entonces creyó que su destino sería interpretado por EL MÁS ALLÁ de la manera más sui géneris. No esperaba más pequeñeces en su vida. Si en verdad el Babalao Alfonso acertaba, le construiría un altar. Sin embargo, iría en contra de la ética religiosa, de la iglesia, porque tal acción era pagana. También recordó las palabras de ese adivino cuando le profirió no hablar mal de él.
En ese momento vio a Pupy y a Chichi. Claro, todavía no los conocía, pero los iba a conocer en un futuro no muy distante, solo con el decursar de unos meses. La falta que me hace casarme, cavilaba Chava, “el varón es hombre cuando se casa y tiene hijos”. Ahora, cuando sea pastor, sí, sí, yo creo en todo lo bueno, sí, sí, tú verás, muchacho, tú verás como se me da ese mañana. Seguro podré escoger la esposa que me venga en gana, seguro. Eso sí, una nada más. Bueno, quizás, tal vez… no, no, no, tengo que tener cuidado. De eso nada. Un pastor en la viña del Señor no puede pecar así. Ni así ni asao. Es posible que ‛ asao ‛ sí pueda tirar mis piedrecitas al aire. No, no, tengo que conservar ese trabajo, mira que a lo mejor vivo afuera, vivo y muero afuera, quise decir. En cuanto a Osmel, no sé qué será de él. El Babalao Alfonso dijo que nos íbamos a ver. Que íbamos a seguir trabando amistad. Bueno, si es por el bien de los dos, bienvenido sea. Concho, Osmel sí va a pasar más trabajo que yo. No es fácil la vida de un delegado de una circunscripción. ‛ Un reguero de papeles del carajo ‛, rememoraba Chava. Bueno, tal vez le vaya mejor que a mí. Aunque, quizás, uno de los dos viva mejor y ayude al otro. Tú sabes, el empujoncito, como somos socios, de vez en vez nos empujamos…
--------------------
En verdad estoy alado por la novela. Me llama la atención esos saltos, o sea, las líneas en blanco que deja el autor y comienza, el mismo narrador omnisciente a contar otra historia.
Sin dudas serán otros personajes que en un momento determinado irán a ver, o al delegado de la circunscripción o al pastor. Ojalá no me equivoque.
Así que Rubén Corzo es el autor. Ni el nombre ni el apellido me suenan. Tampoco los títulos que tiene publicado. Debe ser mi cultura media la que no lo ha absorbido. Espero no arrojarlo. Por lo menos, mientras me dure este descanso, creo pasar muy bien el tiempo. Le dije a Lusbrillante o keroseno:
—¿Nada de pornografía ni de…?
—Seguro, Fernan, me respondió, te va a gustar.
Ahora pienso en el teniente Flechilla. Tremendo casito le tocó. Desde hace tiempo no tenía uno así. Pues que se joda, me dijo Veitía. A nosotros nos ha tocado peores, que se la mame.
Coño, si no fuera por esta armonía… le diría a Lusbrillante que me cocinara también. Los favores se hacen completos, no a medias. Si me prestó la novela, que me cocine también. En realidad la casa necesita una flor humana. ¿Qué semejanza existe entre la armonía y la soledad? Debo pensar la respuesta. También acerca de la ‛ diferencia ‛ entre ambas. Aunque, después, si me decidiera a que viva bajo mi techo, se coma lo que yo como y lo que no, nos convidáramos a salir… Sí, sí, lo bello es al principio del amor, porque al final se forma tremenda pegadera de tarros. No pienses para ti, Fernandito. ¿Qué no piense para mí? No seas ególatra. ¿Ególatra yo? Interrumpo a mi conciencia. A veces me dice cada cosa que no sé si está conmigo o contra mí. Ya, cuando me suenan las tripas, mi conciencia desaparece. Vuelvo a ser yo quien se desplaza hacia la cocina. Pienso en un almuerzo rápido, hecho en casa. Vuelvo a acordarme de los huevos, la tortilla está enseguida, pero tengo que quedarme frente a ella, hasta que se esparza por la sartén, y no se queme. Cada vez que se quema, se me quema la conciencia, en vez de la tortilla, porque me repite:
No te vayas, zángano de mierda, atiende su presencia porque, ‛ tan pronto me pongo amarilla, si no me viran a tiempo me vuelvo negra ‛.
Y es del carajo, le digo, jamarte achicharrada.
De verdad no concibo a esos matrimonios que se casan y se divorcian antes del primer aniversario. Todavía no acabo de entender ese dilema. Claro, como la caja de cervezas les llegó a los seis meses, me refiero al estímulo, al derecho de comprar los casados, pues flor amarilla, flor colorá, búscame a otra para volverme a casar.
--------------------
Pupy había estado analizando a Chichi. Quizás él se dio cuenta, piensa, mientras le dice:
—Oye, ¿todavía estás interesado en esa jeva?
—Coño, loco, ¿ya a ti se te olvidó?
—No.
—Entonces llévame al gao de esa mulata de fuego.
—Es una jabá capirra. Lo que se dice: mulata blanconasa.
—¿No será una ‛ palestina ‛?
—Asere, las orientales son mejores que las habaneras. Te procesan la leche mejor.
A penas se adentran por la barriada de Piedra Fina, notan los ambientes de guaguancó, de paladares baratos y confortables, tabaco y ron y coca colombiana. La Quinta de la Amistad está en peligro de derrumbe. Por doquier aparecen apuntalamientos que soportan secciones del techo y de paredes verduscas. Por la entrada principal acababa de salir la susodicha.
—Eh, eh —le dice Pupy—, ¿todavía andas suelta?
—Parece —le responde ella.
—¿No te hace falta una ayudante?
Chichi hace un respingo. Mira hacia Pupy, el cual ve dibujado en el rostro de su camarada un imprevisto.
—¿Qué pasa, bácbaro?
Detenidos frente a la muchacha, Pupy besa a la belleza cerca de los labios.
—Este es el bacán.
Jesús Consuegra espira un alegrón disimulado. Levanta la vista y cree verla diferente por la irradiación visual con que fue observado. Parece insinuarle a Pupy una aprobación.
—Encantada.
Le estira la diestra a Chichi. El se la retiene imbuido por saber si su mano es fresca o templada. Oyé: tierra caliente. ¿Hirviendo? No, mami: tierra caliente.
—Ya tú ves que te iba a gustar.
—¿No la habrás catado ya, Pupy?
—Coño, qué pasa. Es pa‛ un amigo mío.
—Buen regalo —expresa Chichi.
Ella había cambiado la vista. ¿Se hacía la inaccesible para atrasar la conquista? Chichi pensó lo mismo.
—Así que tú eres el habanero que me andaba buscando.
—No —repone Chichi—. Acá, mi consocte, me quiere poner la piedra contigo.
—Huuuh, ¿la piedra… en un lugar como Piedra Fina?
—Bonita coincidencia.
Chichi, desde el principio, le había catado su espíritu. Ahora está más interesado en su carne. Y bueno… Bueno qué; prosigue ella —Pupy permanece callado—. Bueno no, buena; buenísima. Ah, yo pensaba. Ven acá, y cuál es tu gracia. ¿Mi gracia? Sí, tu nombre, corazón de mujer. Corazón. Bah, no jorobes. Ná, mentira, me llamo Yuly. ¿Yuly?; es un nombre de huracán.
—¿De huracán?
—Sí, de huracán.
—Es posible.
—Ven acá, ¿tú crees en el amor a primera vista?
—A la segunda…
—¿Desconfiada?
—Soy mansa como paloma, pero astuta como serpiente.
—Qué te dije, Chichi —interviene Pupy—. Es filósofa, ademá.
Ya veo que tiene fibra doble: de carne y de espíritu. ¿Cómo es eso?, pregunta ella —Pupy volvió a quedarse mudo —. Tienes talento. Talento pa‛ qué. Ah, Yuly, eso lo debes saber tú.
--------------------
La vida del tiempo decursó sobremanera. Sin ton ni salsa y con son y timba cubana por la barriada de Piedra Fina se celebraron las elecciones. Osmel y sus confidentes fijaron varias hojas en paredes, postes de alumbrados y cristales de tiendas donde se reproducía su biografía para ser elegido como Delegado de la circunscripción 23 del Consejo Popular de Piedra Fina. Decía así:
Osmel Brito Pérez nació el 11 de octubre de 1974 en la calle Amistad 371 entre Camposanto y Campoamor, de la barriada de Piedra Fina. Desde temprana edad se vinculó al apoyo del CDR Tony Conzález, en el cual se destacó… (lugares comunes). Ganó la emulación pioneril Tres sellos y una estrella. Participó en fumigaciones por toda la capital de los cubanos. Le quitó la vida a 3 000 001 mosquitos (de patas negras y de patas negras y blancas y de patas de todos los colores), a 80 315 cucarachas y a