LA CENTINELA
PIERRE MARIE
MOURONVAL MORALES
Título: La centinela
© Pierre Marie Mouronval Morales, 2011, 2012
© Universal (Re)versos Project, 2005-2012
ISBN: 978-84-615-4665-7
Depósito legal: H-300-2005
Diseño de cubierta: Pierre Marie Mouronval Morales
Todos los derechos reservados. Esta publicación
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del autor.
LA CENTINELA
PIERRE MARIE
MOURONVAL MORALES
<<Estoy intentando hacer del mundo un lugar más abierto, ayudando a las personas a conectarse y compartir>>.
Mark
Zuckerberg, Facebook
<<La noche del jueves, Belle se encerró con su doncella y entre las dos lograron hacer de Meg una dama refinada. Le rizaron el pelo, le frotaron el cuello y los brazos con cierto polvo perfumado, aplicaron coralina en sus labios para que estuvieran más encarnados, y Hortense le hubiera dado color a las mejillas si Meg no se hubiese opuesto. Le embutieron en un vestido azul celeste tan ajustado que apenas podía respirar, y tan escotado que la pudorosa Meg se ruborizó al mirarse en el espejo. [...] Un ramillete de capullos de rosas en el pecho y una mantilla convencieron a Meg para que exhibiera la bonita palidez de sus hombros, y un par de botas de seda de tacón alto satisfizo el último deseo de su corazón>>.
Louise
May Alcott, Mujercitas
I
Domingo, 10:30 p.m.
Eva cerró el grifo del agua caliente. Acababa de ducharse. Cogió una toalla rosa y se frotó su pelo para que dejase de chorrear. Secó el resto de su cuerpo y salió de la ducha. Abriendo la ventana para evitar la condensación, sintió cómo entraba la brisa fresca del Mediterráneo. Se asomó al exterior para contemplar las vistas. Desde aquella planta 38ª del edificio Kronos se divisaba parte del skyline nocturno de Benidorm.
Después de colgar la toalla en una percha que había detrás de la puerta del cuarto de baño, se puso un sujetador y una braguita, una lencería de fino encaje rojo, y luego se dirigió descalza hacia su dormitorio.
La madera limpia y cálida del parqué le transmitía la agradable temperatura primaveral.
—Voy a llamar al restaurante Les Dunes para reservar una mesa —dijo el compañero sentimental de Eva, un joven de veintitantos años que recortaba noticias de periódicos en ese momento.
—¡Ni se te ocurra reservarla a nombre de Adán y Eva! —Ambos se echaron a reír—. Recuerda que la última vez te colgaron el teléfono —le dijo mientras se dirigía hacia su dormitorio.
Pero ella se detuvo, dándose la vuelta para echarle un vistazo a quien no veía desde hacía dos semanas.
Allí estaba él, con sus recortes de periódicos y su inseparable dispositivo móvil, sentado sobre un voluminoso sillón de cuero blanco, sin apoyabrazos. Un sillón que visualmente sentaba al hombre relajado en su sitio de calma y relax. La luz cenital de los focos lo proyectaba en la retina de ella como el cuerpo masculino que desearía y poseería la próxima madrugada.
En aquel salón-comedor no había elementos de decoración que pudieran distraer la atención de Eva, concentrada en ese cuerpo sentado que parecía levitar sobre las finas patas metálicas del sillón.
Esa austeridad del mobiliario del apartamento, con un monocromatismo blanco que imperaba en todas las habitaciones, irremediablemente, resaltaba cada detalle y movimiento del hombre que estaba contemplando.
Sonrió para sí misma, dejándole tranquilo con sus lecturas y recortes, y entró por fin en el dormitorio.
Su cabello húmedo desprendía un olor dulzón muy agradable. En la ducha, además de haber utilizado un champú regenerador, se había empleado a fondo con un acondicionador. De aquella mezcla de productos surgía ese aroma afrutado. Su pelo estaba lustroso, con su moreno más vivo, listo para peinarlo como se merecía.
Se sentó frente al tocador, y onduló parte del cabello, creando varias mechas rebeldes, buscando un peinado práctico y ligero, con un estilo ocasional de esos que transmitían espontaneidad. Dejó unas pocas capas largas tal y como habían quedado tras secarlas con la toalla. Solo así lograría un estilo informal que no pareciese descuidado. Las ondas irregulares marcadas por Eva, con mucha premeditación, eran un fiel reflejo de la última tendencia en las pasarelas.
Eva repartió la melena a ambos lados de sus hombros. Era la mejor forma de exhibir aquel peinado casi salvaje.
Se miró una y otra vez en el espejo, moviendo la cabeza de izquierda a derecha. El peinado parecía algo encrespado, aunque solo era una mera impresión. Quizás un efecto óptico... Ella dudaba. Pero no era un peinado errático en realidad. Le había quedado bien. Más que pasable...
Antes de empezar a maquillarse, cogió su dispositivo móvil y tecleó un número de identificación para acceder a los servicios de telecomunicaciones contratados. Luego escribió un comentario en su muro:
Eva destino Paraíso
¡¡¡Volvemos a reencontrarnos un año más!!! Sean bienvenidas a este muro de Pandora. Espero que esta temporada sea igual de fructífera que la anterior. Si el objetivo es alcanzar el Paraíso, desde aquí comenzaremos el viaje juntas.
Su dedo tocó enter, y una masa de cinco toneladas a treinta y seis mil kilómetros de la Tierra hizo que el comentario tardara un segundo en ir desde Benidorm hasta Silicon Valley y volver a las pantallas de los internautas benidormenses que estuvieran pendientes del muro de Eva.
Puro vértigo tecnológico.
El satélite artificial europeo W5A, recorriendo el espacio exterior a una velocidad de tres kilómetros por segundo aproximadamente, daba vida al dispositivo móvil de Eva.
Mirando hacia arriba, sin que el cielo se desplomase, Eva podía vislumbrar ese solitario y silencioso satélite posicionado en su órbita geoestacionaria, suministrándole un servicio continuo y avanzado de telecomunicación móvil de Internet y telefonía.
Volvió a escribir otro comentario en su página de Twitter:
TWITTER_EVA in Paradise
¡¡¡Hola a todas!!! En esta temporada tuitearé sobre la NO VIOLENCIA. Bienvenidas a este breve pero intenso Paraíso...
Le encantaban las redes sociales. Era una fanática de Facebook y Twitter, dos universos con millones y millones de usuarios, amigos y seguidores. <<Son fáciles de manejar. No hace falta ningún conocimiento de programación informática para utilizar las redes sociales. Son gratuitas, un ejemplo del proceso de universalización de Internet. Se desprivatizan los contenidos y solamente se paga la conexión. Mis comentarios ya no son esclavos de ninguna facturación>>, solía recordarse Eva.
En el espejo se reflejaba el típico semblante enérgico y cautivador de una veinteañera. Su piel tenía un aspecto terso y sano, tan propio de una mujer que sabía cuidar su cutis. Una piel así de esplendorosa también expresaba su constancia por mantener la belleza corporal, que jamás había descuidado ni desaprovechado. Aquel reflejo, sin resquicio alguno para la vanidad, se limitaba a constatar la hermosura de Eva.
TWITTER_EVA in Paradise
La violencia es un tsunami para la conciencia, ahogando cualquier capacidad de razonamiento.
Volviendo a tocar enter, bastaba para que el comentario obtuviera una repercusión inmediata en cualquier punto virtual de Benidorm. La red de redes en la ciudad enlazaba apartamentos, pisos, oficinas, bares, restaurantes... Todos los ciudadanos podían acceder al comentario de manera instantánea.
Ella afrontaba el tocador como un sacrosanto espacio de divertida calma, un hobby, un sano culto al cuerpo, un lugar de introspección preparado para pintar el lienzo de la piel que luego compartiría con el resto del mundo. Cuidaba y dibujaba artísticamente su rostro por amor a sí misma y al prójimo. A todo el mundo le gustaba ver a Eva radiante. Y sabía que el maquillaje era un acto de protesta contra esa parte del mundo más descolorido, feo, contaminado y descuidado. Porque la belleza comenzaba por una misma. <<Solo así podemos comprometernos en hacer que este mundo sea un poquito mejor para todas nosotras>>, pensó Eva.
TWITTER_EVA in Paradise
Las mujeres que no somos violentas repudiamos a los cobardes, porque hay que ser una valiente para no actuar como ellos.
Eva no respondía a los tweets de sus seguidoras. Solo contestaba alguno de los comentarios realizados en su muro de Facebook. Hacía un uso desigual de las dos redes sociales.
Se aplicó en el rostro un fondo de maquillaje muy especial: una crema que contenía elastina, colágeno, ácido hialurónico, vitamina C, antioxidantes... Aquella crema era como el bulldozer de la cosmética reparadora, rejuveneciendo realmente la piel, con sus vitaminas, minerales, ácidos orgánicos, aminoácidos... Y, además de reparar, hidrataba y blindaba la piel frente a cualquier nocivo agente externo como la polución atmosférica.
TWITTER_EVA in Paradise
Toda mujer sometida por la fuerza bruta del hombre, acosada y maltratada, debe liberarse primero del miedo a sí misma.
Un tweet así no convertía las miserias ajenas en espectáculo, pero sí las popularizaba. Aunque Twitter simplificara una realidad tan compleja, al menos publicitaba el sufrimiento cotidiano al que muchas mujeres estaban expuestas. Aquel tipo de tweets enviados por Eva era la propaganda de una realidad social incómoda.
Dejó reposar el rostro durante unos minutos. Luego volvió a reforzarlo echándose un serum líquido, un fluido ligero que la piel reabsorbía rápidamente, afinando y alisando el cutis gracias a las micropartículas de silicona del producto.
TWITTER_EVA in Paradise
Para amar a quienes nos maltratan hay que buscar la fuerza no violenta muy dentro de una misma. Esa es la fuerza más bella de nosotras.
Twitter era ideal para los comentarios directos sin contexto alguno. Pocas palabras, frases crudas y desgarradas. Mero reclamo. Un tweet era acción directa. Lo único que importaba era que el receptor captara su mensaje oculto pero descifrable.
Eva giró la cabeza varias veces. En el reflejo del espejo buscaba cualquier imperfección que pudiera quedar en su piel. No encontró ninguna. Simuló una sonrisa y la expresión de la duda. Al final reconoció que había conseguido el máximo brillo natural posible. Una textura pura, prenatal, iluminaría cada uno de sus gestos. Observó que su cutis estaba como el primer día de cualquier momento originario, como la primera vez de cualquier instante primigenio. El paroxismo cosmético podía ser mucho más freak que toda esa retahíla a punto de desatarse, pero Eva se tomaba muy en serio cada sesión de maquillaje y no aceptaba ningún tipo de mofa al respecto.
Adán entró en la habitación.
—Eva, ya he reservado una mesa para cenar.
Ella se levantó de la silla. Puso una mano en la nuca de Adán, y le atrajo hacia su boca. Estaba impaciente por nutrirse con sus besos. Le apetecía hacerlo con aquella insistencia. Porque él le pertenecía de esa manera. <<Las mujeres podemos apropiarnos de los hombres que nos aman, llenando nuestros vientres de amor>>.
Él se sorprendió. Eva jamás le había besado con tanta fruición. Aquella novedad le encantó. Y no dudó en alimentar unos besos así de apasionados y festivos con sus abrazos protectores.
Eva nunca aceptaría la maldición bíblica del Génesis. Desconfiaba de quien le obligaba a obedecer al hombre y de quien le condenaba a parir con dolor. Ningún ordenamiento atávico le enemistaría con Adán. No mientras amara y disfrutara de la virilidad de un cuerpo que le complementaba. Quien maldijo nunca se había hecho carne a través de Adán, así que era incapaz de comprender el gozo que sentían dos amantes.
Tomara o no la iniciativa, Eva pensaba que el hombre bueno no dominaba a la mujer. Era mentira que existiese una guerra abierta contra Adán. <<Cada una de nosotras ama a su amante. Nos dejamos querer. Así todas nosotras nos apropiamos del hombre a través del amor y el deseo>>.
Eva profundizó en la boca de Adán, rozándose con su barbilla rasurada y oliendo la penetrante fragancia de su aftershave.
—Ahora... vete al salón —le ordenó Eva con su tono de voz más dulce—. Tengo que pintarme.
Adán se marchó, respetando aquel lugar sagrado: el tocador.
Eva se comportaba tal y como era: una mujer joven con carácter. En parte, por eso le encantaba vivir en Benidorm. Una ciudad vertical le enseñaba el mundo desde arriba, con panorámicas y perspectivas distintas.
<<Los árboles no te dejan ver el bosque>>, solía repetirse Eva, adueñándose de cualquier dicho popular.
Esa noche, sin que sirviera de precedente, Eva decidió maquillarse solo los ojos y los labios. Era el mínimo espacio de su rostro que, según ella, exigía ser maquillado ante el espejo. Y eligió los colores más provocativos.
Vivir entre bastiones de hormigón y cemento desmentía las teorías apocalípticas y agoreras. La cuestión era muy sencilla: mucha gente no sabía divertirse en Benidorm. En sus calles, sin duda alguna, los seudointelectuales, que sistemáticamente desprestigiaban las ciudades verticales, se limitaban a expiar sus propias fobias y complejos. Y, obviamente, porque tenía los pies en la tierra, la realidad de su ciudad era desagradable en ocasiones puntuales. Pero era una noche de celebraciones. ¡No era el momento de entrar en detalles!
Pintó sus párpados superiores e inferiores con una sombra de ojos turquesa. Al difuminarla, la tonalidad transmitió un efecto ensoñador a su mirada. Resaltando la tez natural de Eva, aquel color hipnotizaba.
Trazó, en negro mate, una finísima línea a lo largo de las raíces de sus pestañas. Empleó el eyeliner más sofisticado que había en su tocador, reservado para sesiones de maquillaje tan minimalistas como aquella.
Pestañeó, estudiando el siguiente paso...
Una benidormense lo era todo a la vez: cosmopolita, hospitalaria, alegre, fashion, cool, cateta y provinciana.
Con el cepillo de una máscara de volumen para pestañas intensificó su enigmática mirada. Cepillaba las pestañas, tintándolas con un negro brillante. Quería alargarlas lo máximo posible, cruzándolas en sus zonas centrales.
Benidorm era una ciudad donde se vivía y se dejaba vivir con un modelo de convivencia festiva. Eva daba fe de ello: <<Vivir en esta ciudad es un auténtico privilegio>>.
Si algún día Eva y Adán se vieran obligados a trasladarse a otro lugar, se marcharían a New York. Porque había muy pocas ciudades en el mundo hermanadas por sus skylines.
Para su boca eligió un rojo puro, el color del deseo. No pasaría desapercibida con ese tono que venía rompiendo moldes desde la década de los ochenta. Delineó sus labios con un cremoso lápiz. Trazó el contorno del beso con absoluta precisión.
Esa misma noche, por las calles, acompañada de Adán, ella se cruzaría con muchos hombres. La mayoría de ellos pensarían que el maquillaje era para seducirlos. ¡Qué solo ellos sabrían valorar la capacidad de atracción de Eva!
Al rato, dejando la barra de labios sobre el tocador, volvió a contemplarse en el espejo. Le encantaba el resultado del maquillaje. Estaba sencillamente esplendida.
<<¡Qué lejos están los hombres del suelo que pisan!>>, pensó Eva. A ella le gustaba ser deseada, pero no ser un objeto de deseo. La mirada de la mayoría de los hombres todavía se racionalizaba en sus entrepiernas. Había excepciones, aunque muy pocas. Y a esa minoría, donde se incluía Adán, dedicaba Eva la sesión de maquillaje de aquella noche.
Recatada, sin perder de vista su reflejo en el espejo, dio unos pasos hacia delante y atrás. Esa falda de seda tenía estampada unos motivos florales amarillos y naranjas. Podía volar con ella a cada paso. Amplia y bien ceñida a su cintura. Pero se la quitó enseguida. Solo estaba probándosela. Aquella noche le apetecía ponerse otro tipo de ropa.
Abrió la puerta de un armario y sacó un imponente vestido de cuero dorado sin mangas. Al ponérselo, y subir despacio la cremallera que tenía detrás el vestido, su cuerpo quedó enfundado en una segunda piel. Y, al ser un vestido tan corto y ajustado, sus curvas se acentuaron.
Ese cuero sobre el cuerpo de Eva era altamente adictivo para la vista. Un cuero grueso capaz de cincelar palmo a palmo la piel que tocaba. De hecho, ella notaba su calidez y firmeza. Le agradaba ese vestido por todo lo que tenía de femenino, enseñando el cuerpo de una mujer tal y como era de atractivo, bello y sugerente.
—Nuestro apartamento es una fuente de dinero —dijo Adán desde el salón. El comentario lo había dicho en serio, no era una divagación.
—Si la ciudad lo supiera —afirmó Eva—, alguno nos echaría abajo la puerta.
Se puso las manos en la cintura, disfrutando de lo que reflejaba el espejo. Cuero de altísima calidad, un tesoro para su piel. Y solo para sus curvas.
Le guiñó un ojo al espejo, y abrió otro armario para buscar unos zapatos a juego.
—Por eso —agregó Adán distante— vivimos en uno de los apartamentos más altos del país, donde nadie nos ve...
—Donde podemos verlo todo.
Adornó sus pies con unas sandalias doradas de tacón alto. Cada zapato tenía seis tiras finas de piel trenzada que sujetaban y estilizaban de una forma notable el pie de una mujer. Era la cuarta vez que Eva se los calzaba. Tenía la certeza de que la comodidad de aquellas sandalias de tacón alto se debía al trabajo impecable de una diseñadora. Ningún hombre hubiese sido capaz de lograr esa comodidad con la vertiginosa altura que tenían esos tacones.
De cara a la galería, al círculo familiar y las amistades, Eva y Adán trabajaban en sucursales bancarias de Benidorm. Pero no era del todo cierto, porque no habían tenido ni una sola nómina en sus manos desde que llegaron a la ciudad. Sí que trabajaban en el sector financiero, pero no de la manera que aparentaban.
La sociedad actual necesitaba los ingresos generados por la economía criminal. Era un secreto a voces que el Fondo Monetario Internacional necesitaba la liquidez de los beneficios criminales en su mercado especulativo. El dinero hervía a cada momento y la ingeniería financiera se encargaba de evaporarlo. Ahí, precisamente, estaba Adán, quien lograba respirar un poco de esos vapores tan sustanciosos a pequeña escala. El propio sistema financiero era tan caprichoso que tenía contratados a profesionales como Adán para controlar los excesos permisibles de narcotraficantes, mafiosos, corruptos...
Cada año desaparecían miles de millones de euros de las contabilidades públicas nacionales y privadas. Y no pasaba absolutamente nada. El mundo seguía girando, quizás algo más avergonzado que el año anterior. Gran parte de ese dinero volatilizado llegaba a los paraísos fiscales, y de nuevo volvía a volatilizarse. Adán era uno de esos marineros que achicaba el agua para evitar que el barco se hundiese.
Mientras el contrabando de dinero en efectivo siguiera siendo la forma de blanqueo de dinero más típica y vulgar del mundo, Adán se apropiaría de parte de esos activos ilegales. Las autoridades financieras aún no estaban interesadas en evitar el transporte transfronterizo de dinero en efectivo. A nivel internacional, daba la impresión de que aterrizar en un paraíso fiscal con diez millones de euros en una maleta no era constitutivo de delito. ¡Esa era la parte circense del estado financiero del mundo! El dinero era un ciudadano tan libre que no tenía patria ni bandera, rindiéndose cuentas, literalmente, solo en su propio beneficio.
Los paraísos fiscales aceptaban dinero negro que jamás fagocitaban para regularizarlo o fiscalizarlo. Así que el sistema financiero internacional era una maravilla para encontrar dinero sucio en sus entrañas. Había que aprovechar el consentimiento de las finanzas especulativas por todo el planeta y, sobre todo, la falta de cooperación judicial entre los países donde estaban los paraísos fiscales. Pero Adán no era un carroñero financiero ni un oportunista. No necesitaba catalogarse o etiquetarse profesionalmente, porque jamás cobraría una pensión por lo que hacía. Le bastaba con disfrutar de todo aquello. Sabía cómo le hervía la sangre a un criminal cuando descubría la inexistencia de una de sus cuentas bancarias. Adán disfrutaba desplumando a esas cucarachas. Creía que, mejor que una detención o un enjuiciamiento, había que golpear al criminal donde más le dolía: el dinero, siempre codiciado.
Adán solo operaba sobre cuentas bancarias que estuviesen relacionadas directamente con las tríadas de China y Taiwán, los yakuzas en Japón, los cárteles colombianos, las posses jamaicanas, la maffya en Turquía, las mafias rusas, italianas y serbias... Las cuentas que desmantelaba no debían tener ninguna conexión legal: dinero negro que procediera directa o indirectamente de la droga, el tráfico de armas o mercancías prohibidas, el contrabando, los robos a otras entidades bancarias, la extorsión, el tráfico de inmigrantes, el proxenetismo... Porque era indispensable que el dinero estuviera bien sucio, que procediera de actividades lo más criminales e ilegales posibles. Adán garantizaba volatilizar una cuenta bancaria con dinero negro o sucio por el 5,6% de su saldo positivo. Y dichas cuentas no debían ser inferiores a los nueve millones de euros. Así, obtenía unas ganancias mínimas de medio millón de euros libres de impuestos. Una auténtica ganga para los directivos de los bancos situados en paraísos fiscales que se embolsaban más del 94% de la apropiación de sus propias cuentas irregulares.
La codicia de los directivos de entidades financieras en paraísos fiscales era un mal menor. ¿Quién no conocía la brutalidad de los narcotraficantes y mafiosos?
A Eva y Adán les encantaba apropiarse del dinero criminal. Aunque solo fuera por un pequeño porcentaje, ya era una ganancia moral incalculable. Mordían donde más daño podían hacerle a un criminal malnacido, titular de cuentas bancarias sangrientas.
Al menos ese 5,6% parecía estar cargado de buenas razones.
A la altura de las caderas de Eva, casi imperceptible, ya colgaba un minúsculo bolsito rígido en tela también dorada. En el interior solo había podido guardar las llaves de su apartamento, un minúsculo kit de maquillaje básico, un pañuelo de tela rosa y un par de cositas muy personales. El bolsito era toda una delicadeza para llevarlo con mucho mimo.
Pero llevar aquel tipo bolso era algo excepcional en ella, sobretodo con esa cadena de oro, porque Eva era alérgica a los metales. Así que, desde los catorce o quince años de edad, jamás se había puesto ni pulseras, ni pendientes ni anillos. Ahora, transcurridos tantos años, no le importaba prescindir de esos adornos metálicos, que tampoco había sustituido por pedrería u otros materiales plásticos o textiles. Incluso solía bromear sobre ese asunto: <<Me conformo con no ser alérgica a la piel ajena, los besos, el maquillaje, la lencería y la mayoría de las prendas de vestir>>.
Cuando salieron al portal para coger uno de los ascensores, Adán se fijó en un pequeño moratón que tenía Eva en la parte interior del antebrazo.
—¿Y este golpe que tienes aquí? —dijo levantándole el brazo con delicadeza.
—Un pequeño daño colateral... Del trabajito de ayer —respondió ella con sorna.
—¿Diste con un tipo duro?
—En apariencia, sí. Pero no tardé mucho en bajarle los humos.
—Eva —dijo con tono de preocupación—, por favor, ten cuidado con las visitas a domicilio.
—No te preocupes. Ya sabes que puedo cuidarme solita.
—Te lo digo en serio. —Con suavidad, le besó el moratón—. De diez, arriesga una. Pero de nueve, no arriesgues nada.
—Tus atenciones son mi mejor bálsamo...
Pero él continuó insistiendo.
—Eva, con el dinero que nos apropiamos, ¿es necesario que te expongas con tus salidas nocturnas?
—Si contratamos a alguien para hacer el trabajo sucio —le advirtió—, se nos iría de las manos toda nuestra labor.
—No me refería a contratar a gentuza.
—Entonces quieres que deje la mitad de mi trabajo.
—Eva, no quiero que te hagan daño.
—Supongo que todo esto acabará pronto.
—¿Cuándo?
—Pronto —le dijo Eva, sincera, sonriéndole.
—De acuerdo...
—Sabes que me arriesgo lo menos posible.
—Pero, ¿comprendes por qué me preocupo?
—Claro que sí, cariño —le confirmo ella—. Y tú debes tener presente que esto es solo una etapa de nuestra vida. Todo transcurrirá así hasta nueva orden —ironizó.
—¡Hasta que tú lo creas oportuno! —Se echó a reír.
—Exactamente. Veo que lo sigues entendiendo. Que hablamos el mismo lenguaje...
Ella le besó en los labios.
La luz del portal se apagó, pero ninguno de ellos hizo el amago de encenderla. Así estaban bien...
II
Lunes, 7:32 a.m.
Eva y Adán estaban desnudos sobre la cama, con las sábanas revueltas tras una noche de frenesí amoroso. Dormían plácidamente, boca abajo, abrazados. Un espectáculo de cuerpos jóvenes, vigorosos y tersos. Una imagen potente repleta de vertiginosas curvas femeninas y varoniles.
Las primeras luces del día penetraron en el dormitorio. El sol abandonaba las profundidades del mar Mediterráneo, asomándose poco a poco al skyline de Benidorm.
Eva se despertó, y sonrió. Agradecía estar abrazada a la persona que amaba.
Alargando un brazo hasta la mesilla de noche, cogió un frasco extraplano de cristal. Era el producto cosmético facial por excelencia: una exclusiva crema hidratante y reparadora. Lo abrió y untó las yemas de sus dedos con la suave crema que contenía. Se la extendió por el rostro con un masaje intensivo, asegurándose de que toda la crema se había adherido a su piel.
Luego aprovechó la vista que tenía ante sus ojos. Acarició, sin pudor y con todo su entusiasmo, la hercúlea espalda de Adán.
Él se despertó, y respondió con un beso de buenos días. Y ella le besó a su modo, deleitándose con la boca de Adán, enredando sus manos en el cabello corto y moreno, atrayéndolo a sus labios con más fuerza.
Hacía solo una semana que los dos amantes decidieron engendrar un hijo. Deseaban ser padres cuanto antes, pero sin presiones. Así que se estaban empleando a fondo para que ella se quedase embarazada.
Eva se giró, quedando acostada de lado y apoyada sobre uno de sus hombros. En cuanto él se arrimó a la espalda de Eva, amoldándose a la figura de su cuerpo, ella recogió las piernas para que Adán le poseyera.
Los primeros reflejos de la luz directa del sol perfilaron las superficies metálicas de los rascacielos. La ciudad también comenzaba a levantarse.
Eva sintió los besos de Adán en su nuca, bajando, besando su espalda. Entonces él comenzó a recorrer, con la punta cálida de su lengua, la columna vertebral de Eva. Y, a la vez que le acariciaba los senos con una mano, ahondaba lentamente en la parte más íntima de su amada.
Ella estaba fuera de sí, sintiendo todos los placeres que él le proporcionaba. Aquello era el Paraíso, y se dejó llevar por el ritmo lento y constante de Adán, moviéndose dentro de ella.
Él estaba atento a cada segundo de gloria que los tiempos de Eva le marcaban. Y ella reconocía a un buen hombre cuando le hacía navegar sobre aquel mar de calma y plenitud.
El sol salió finalmente del Mediterráneo.
De repente, una dulce y cálida tormenta invadió la entrepierna de Eva, quien ya apretaba uno de los muslos de Adán contra ella.
Los dos cuerpos, torrenciales, se elevaron y se descargaron con espasmos y fluidos varios, dibujando la geografía del deseo carnal sobre las sábanas.
En aquel instante, Eva volvió a confirmar que el Paraíso estaba mucho más cerca de lo que todo el mundo pensaba. Y que no había nada más hermoso y bueno que vararse en los brazos de su amado.
Eva gimió la vida. Aquel placer paradisíaco nutrió su cuerpo y su alma. Era lo que esperaba de Adán, y él se lo había concedido tal y como ella lo necesitaba.
Cuando terminaron de hacer el amor y mimarse con arrumacos, Adán cogió unos papeles que tenía sobre la mesilla de noche. Le enseñó a Eva una hoja de cálculo impresa de un banco de las Islas Caimán.
—Increíble... —murmuró ella después de leer las cifras con detenimiento.
—Pero cierto, Eva, muy cierto.
—Con esto puedes conseguir algo más de dos millones de euros para la semana que viene.
—Ahá.
—Parece que con la crisis los narcos se han vuelto más descuidados.
—Siempre han sido unos estúpidos —le aclaró Adán—. Ninguno de estos cerdos ha ido a la universidad. Y te aseguro que cuanto más dinero descubro en sus cuentas, más convencido estoy de que la codicia es siempre lo que acaba con ellos.
—Cariño, mira estas cuentas. —Le señaló varias columnas en color rojo, azul y negro—. Es una broma, ¿verdad?
—No lo es. Ya te lo he dicho. Esta gentuza, cuanto más dinero tiene más se le fríe el cerebro.
—Es como... —A Eva le resultaba sorprendente, y se echó a reír al ver determinadas fechas, saldos, transferencias y nombres—. Como si el narco llevara un cartel colgado del cuello donde se leyera SOY UN NARCOTRAFICANTE Y TENGO VARIAS CUENTAS BANCARIAS CON 87 MILLONES DE EUROS PORQUE YO LO VALGO.
Los dos soltaron varias carcajadas.
—Lo sé —dijo arqueando las cejas—. Los delincuentes llegan a ser así de grotescos con sus finanzas.
—Pues pégale un buen pellizco a... —Deslizó su dedo por la hoja de cálculo—. Por ejemplo, a esta cuenta. —Le enseñó las cifras a Adán—. Aunque tengas que rebajar al 3% tus ganancias...
—Sí, porque merece la pena ridiculizar a un narco de esta calaña.
Adán se levantó de la cama y se marchó al cuarto de baño. Y Eva aprovechó la ocasión para darle un repaso visual. Le encantaba ese cuerpo atlético.
Eva, desnuda y sudorosa, tenía un billete de 500€ entre las manos. Su textura era inconfundible: áspera, resistente y firme. Se mordió ligeramente el labio inferior, reprimiendo las ganas de seguir a Adán y asaltarle en plena ducha. Pero tuvo que conformarse con manosear la fibra pura de algodón más codiciada del mundo.
Tocaba el billete mientras lo miraba y giraba. Sus dedos percibían las marcas táctiles en los bordes, confirmando la autenticidad de su valor. Giraba y volvía a girar aquel trozo de papel, observando el anverso y el reverso una y otra vez. Sonreía, incapaz de comprender por qué un billete de 500€ fascinaba a tanta gente codiciosa.
Vio las siglas del Banco Central Europeo impresas en tres variantes lingüísticas. Estudió la firma singular del presidente de turno para dicho banco. Y contempló el dibujo referido a la arquitectura moderna del siglo XX.
Levantó el billete, y lo observó a contraluz, aprovechando que tenía el sol enfrente. La marca de agua era inconfundible. También pudo ver el hilo de seguridad en el que se leía los minúsculos caracteres de 500 y EURO.
Pero había dos elementos del billete que fascinaban a Eva: un parche holográfico, cuya imagen cambiaba al girar el billete, y esa cifra de 500 impresa en la parte inferior derecha del reverso, que cambiaba de color morado a marrón o verde oliva. Aquella tinta que cambiaba de color le divertía.
Eva se llevó el billete a la nariz. Olía a nuevo. Nada particular. Todo artificial, industrial y sistemático. ¡Qué podía esperarse de algo que no era una obra de arte!