Reflexiones De Fe
Y Amor En Tu Peregrinar
By Jaime González-Yepes
Copyright 2011 Jaime González-Yepes
Smashwords Edition
Los Angeles, California, U. S. A.
Derechos de Autor @ Biblioteca del Congreso de USA
ISBN: 978-0-9852758-0-8
Este libro electrónico es solo para su uso personal. Este libro electrónico no se debe re-vender o dar a otras personas. Si usted quiere compartir este libro con otra persona, por favor compre otra copia adicional para cada recipiente. Gracias por respetar el arduo trabajo de este autor.
“Socorrednos, Señor, que nos hundimos”
Orar o Rezar: he ahí el problema
El desierto o retiro espiritual
El Catecismo de la Iglesia Católica
“Soy ateo por la gracia de Dios”
“El hombre de las bienaventuranzas”
“No hay mal que por bien no venga”
El sufrimiento y su aceptación
“Lo que Dios unió no lo separe el hombre”
Adán y Eva y sus descendientes
“Dejad que los niños vengan a mi”
La depresión: el mal del siglo
“De la abundancia del corazón habla la boca”
Los fieles difuntos y el purgatorio
El libro de Jaime González-Yepes, intitulado Reflexiones de Fe y Amor en Tu Peregrinar, no se puede leer de un solo tirón, ni en pocos días. Cada capítulo debe leerse detenidamente, con reflexión, como el mismo título insinúa. La obra, tan amena y tan embelesante, servirá de mucho provecho para las almas que buscan a Dios. No puedo menos de recomendar su lectura, no solamente por los ejemplos y anécdotas que presenta el autor, sino también por su mismo testimonio de vida netamente cristiana. Desde años conozco al Señor González-Yepes, y lo considero bueno y fiel hijo de la Iglesia Católica. Es mío el deseo sincero que se publique este libro y se le dé amplia difusión.
Monseñor José Herres
Arquidiócesis de Los Angeles
Al escribir este libro mi intención es compartir algunas reflexiones para tu peregrinar hacia la patria eterna. No estás solo, pues cuentas con ayudas celestiales y también terrenales. Entre las primeras están la oración, la fe, la esperanza y el amor. Tanto la fe como el amor son decisiones que necesitas tomar en cada momento. Ellas tienen un sinnúmero de ingredientes que gotita a gotita llenarán la vasija de tu recipiente, sea cual fuere el que portes en tu peregrinar.
La parte terrenal es importante. Es así como puedes acudir a la moderna psicología, la cual ha redescubierto el poder del pensamiento positivo para enfrentar las vicisitudes de la vida, sea por enfermedad, inclusive terminal, sea por depresión, ansiedades y angustias ante los eventos diarios o extraordinarios.
Este libro te ofrece esas reflexiones de pensamientos positivos llenos de fe y amor. En ellas doy mi propio testimonio y el de otros como vivencias y realidades. Al meditarlas en pequeñas dosis puedes obtener más efectividad para tu salud mental y sobre todo espiritual.
Mis hijas fueron una ayuda invaluable. Mi gratitud eterna, así como a cada una de las personas que de una u otra forma hicieron posible esta obra.
“Yo soy el camino, la verdad y la vida.
Nadie viene al Padre sino por Mi”
(Jn 14,6)
Peregrinar es “como ‘camino’ de renovación interior, de
profundización de la fe, del fortalecimiento del sentido
de comunión y de solidaridad con los hermanos”
Juan Pablo II
Hacia 1980 fui acompañado de la familia hacia el Santuario de las Lajas, en Ipiales, Nariño, Colombia. En nuestro peregrinar recorrimos muchos escalones para llegar hasta la entrada del Santuario. Aunque el frío puede ser agotador, miles de peregrinos de todo el mundo se dirigen allí. Se ha llamado “un milagro de Dios en el abismo”, pues está enclavado en las profundidades de la cordillera. Sólo hay que asomarse a los cañones de los ríos Guáitara y Rumichaca para sentir un escalofrío por el cuerpo. La imponente catedral y Basílica Menor, ha sido catalogada como la segunda maravilla arquitectónica de Colombia (2007) fue construida entre el año 1916 y 1949. Pero su historia data desde 1754 cuando una niña sordomuda, para sorpresa de su madre, dijo: “la mestiza me llama…”, refiriéndose a la Virgen del Rosario. Habían encontrado su imagen en una caverna que les sirvió de refugio.
El gran peregrino, Juan Pablo II, realizó muchas peregrinaciones durante su vida. En 1983, visitó el Santuario de las Lajas y quedó fascinado con esta magnificencia. En 1989, visitó el Santuario del Apóstol Santiago de la Compostela, sede de la Jornada Mundial de la Juventud. Este Santuario tiene una historia de siglos. Por “el Camino de Santiago” han convergido millones de peregrinos, llamados, como dice Juan Pablo, a una renovación espiritual y a una solidaridad con los hermanos cristianos del mundo.
Robert Hamma (2006) en Paisajes del Alma, nos dice que “la vida espiritual es esencialmente una peregrinación hacia un destino que nunca se puede alcanzar por completo en este mundo” (p.23). Nuestro peregrinar terrenal tiene una meta, como dice el padre Larrañaga: “ir tras el rostro del Señor” (Dios Adentro, p.11). Toda otra meta es “vanidad de vanidades”, un afán que llega a convertirse en fatiga, incertidumbre, inseguridad, peligros y avatares. Pero el fiel creyente tiene su camino verdadero: Jesús, quien también puede saciar nuestra hambre y calmar nuestra sed, para nunca más volver a sentirlas. El es Vida y en abundancia. Sin embargo, este peregrinar no es gratuito; exige mucha oración, meditación, silencios desérticos, infinita paciencia y sobre todo renunciación al yo. Esto significa un completo abandono en las manos del Padre. ¡Adelante, peregrino!
“Todo poder se me ha dado en el Cielo
y en la tierra. Por eso, vayan y hagan que
todos los pueblos sean mis discípulos.”
(Mt 28, 18-19)
Recién graduado de la Universidad estaba con un amigo en un bar de la capital de Colombia. Mi amigo me dijo que alguien me había enviado un saludo y una cerveza. No adivinaba quién podía haberlo hecho. Al pasar por la caja del bar un caballero me llamó por mi nombre y me dijo: “No recuerda quién soy yo, ¿verdad?” -“No, realmente” le contesté. -“Pues bien, yo fui uno de sus discípulos de catecismo hace veinte años. Siempre recuerdo sus enseñanzas”. Luego del abrazo de reencuentro, nos despedimos con un Dios nos acompañe.
Muchas veces me he preguntado si realmente he cumplido el mandato del Señor de continuar su obra evangelizadora. El relato anterior me hizo reflexionar que hasta cierto punto lo he hecho y nunca terminaré de hacerlo mientras viva; pero creo que ha sido muy poquito y aún me falta mucho por construir. Jesús nos dijo: “Hay mucho que cosechar, pero los obreros son pocos.” (Mt 10, 2). Ganas no me han faltado de ir de puerta en puerta, de pueblo en pueblo o por las calles y estadios proclamando la palabra de Dios. Pero a duras penas me he atrevido a unirme a algunos grupos de oración o comunidad (ya hechecitos) y con ellos he tocado algunas puertas.
Al cabo de los años, pero aún escondido tras la insensible pantalla de la computadora y el Internet, envío mensajes que van y vienen, pero que ahora tienen el sello de Cristo. Asimismo, este pequeño esfuerzo de escribir estas reflexiones de fe y amor son arenitas en la tarea inacabable de evangelizar. El Señor me anima al reafirmar: “No se preocupen porque lo que van a decir ni cómo tendrán que hacerlo; en esa misma hora se les dará lo que van a decir. Pues no van a ser ustedes los que hablarán, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes” (Mt. 10, 19-20). Si Dios está conmigo, ¿quién estará contra mí?
De joven seminarista y con mucho celo apostólico me atreví a discutir sobre la palabra de Dios con un hermano evangélico. Aún estaba este servidor muy en pañales en cuanto al conocimiento de la Sagrada Escritura y de los intríngulis de una discusión con los hermanos de otras iglesias. En esa ocasión constaté las palabras anteriores de Jesús. No sé cómo lo hice, pero el hermano quedó satisfecho y admirado de mis respuestas. El Espíritu Santo soplaba fuerte sobre mí en ese momento.
¿Cuántas veces, peregrino, has tenido temor de lanzarte a la contienda y discutir con otros tus pensamientos de fe? Déjate guiar por el Espíritu Santo. Te asombrará el poder de su palabra a través de ti. No solo te tocará a ti sino a quienes te dirijas en el nombre de Jesucristo, Nuestro Señor.
“Cuando un forastero vive junto a ti, en tu tierra, no lo
molestes. Al forastero que viva con ustedes lo mirarán
como uno de ustedes y lo amarás como a ti mismo”.
(Lev 19,33-34)
“Era forastero, y me acogisteis”
(Mt 25,35)
Estos textos bíblicos, coincidencialmente, fueron los escogidos por los obispos de Centro América para dirigirse al Congreso de Estados Unidos sobre el proyecto de ley de inmigración en el año 2007. No pueden ser más contundentes. Es asombroso que algunos o muchos de nuestros senadores y representantes puedan desconocer o hacerse los de la vista gorda ante este mandato divino. Dios sabe por qué ¡Que El los juzgue! Lo más aberrante de todo es el hecho de ignorar las raíces de esta nación norteamericana. Los Peregrinos (‘Pilgrims’) que vinieron allende los mares no son diferentes a los que siguen llegando de todos los continentes. Todos venimos en busca de mejores tierras, oportunidades y sobre todo de la anhelada libertad. El sueño americano.
Para muchos el sueño americano se ha convertido en una pesadilla. Los mismos nativos de América sufrieron al verse brutalmente despojados de sus tierras y de su vida pacífica, eólica, conservacionista y respetuosa del medio ambiente. La película "Avatar" nos lo recuerda patéticamente. También los hermanos de Latino América sufrieron grandes pesadillas cuando potencias extranjeras usurparon sus tierras, con cualquier pretexto. Ahora ellos son los forasteros y los que han perturbado el sueño americano. "Un Día sin Mexicanos" ha sido una advertencia. Las palabras del profeta Isaías parecen resonar hoy con más fuerza: “¡Ay, los que juntáis casa con casa, y campo a campo anexionáis, hasta ocupar todo el sitio y quedaros solos en medio del país!” (Is 5, 8). ¿Qué diría nuestro padre Abraham si le hubieran prohibido cruzar fronteras para poder llegar a su destino, trazado por el Señor? Y no menos tendrían que decir Moisés y demás caudillos en pos de la tierra prometida.
Quiero a mi segunda patria y estoy agradecido por su acogida y la de los míos. No todos han corrido igual suerte, y con ellos nos solidarizamos en su lucha por una justicia para todos. No queremos muros, no queremos barreras para nadie. Si a duras penas soportamos las asfixiantes filas fronterizas con el caótico desfile de pobres mercaderes de cuanto la imaginación se antoje. Ante tanta pobreza, no les queda otra. Ahora los campos están desolados, hay miedo por todos lados. ¿Qué haría el país más poderoso del mundo sin los inmigrantes, legales o no, que con tanto sacrificio (de su salud, sus familias) cultivan el campo, recogen las cosechas, sirven las mesas, cuidan nuestros niños y hacen tantas labores que otros no pueden o no quieren hacer?
Hermano inmigrante y peregrino contigo estamos y que el Señor continúe bendiciendo tus pasos.
“Entonces no teman, pues hasta los
cabellos de su cabeza están contados”
(Mt 10, 30)
Son muchas las historias con relación al fatídico septiembre 11 del 2001. Algunas de ellas se refieren a las personas que sobrevivieron “por pequeñas cosas”, como se suele decir, “se salvaron por un pelo.”
el jefe de una compañía llegó tarde porque su hijo iniciaba la escuela
a un hombre le encargaron traer las donas (“donuts”)
a una mujer se le hizo tarde porque su despertador no sonó a tiempo
un empleado no llegó a tiempo a causa del tráfico en la autopista, mientras otro perdió su autobús
a uno se le derramó la comida en la ropa y tuvo que cambiarse
a otro no le arrancó su automóvil
una señora se devolvió a contestar el teléfono
un ejecutivo no pudo conseguir un taxi a tiempo
un señor estrenaba zapatos y unas ampollas en los pies le impedían caminar. Entró a una farmacia a comprar una “curita”.
Casualidades, dirás. Pero no existe la casualidad. No se cae un cabello de tu pelo así porque sí. Todas las cosas, y con mayor razón nuestras vidas, son preciosas para el Creador y hay leyes inmutables que las rigen. Entonces, ¿somos marionetas en manos de Dios? De ninguna manera. Dios respeta profundamente nuestro libre albedrío. Por eso decía Luis Buñuel, “Soy ateo, gracias a Dios”.
Dejemos a los teólogos, filósofos y sabios blanquearse sus cabellos tratando de entender las cosas del más allá. Cayo Cornelio Tácito decía: “Es más santo y reverente creer en las obras de Dios que profundizar en ellas.” Siempre nos quedaremos cortos para explicar el fenómeno de la vida con todos sus componentes, procesos, desarrollos, decadencias y muerte. Con mayor razón si se trata de entender al Único Ser Que Es. “Yo soy el que soy” (Ex 3, 13-14), dijo Yahvé a Moisés.
Pero el mal cómo se explica, dirás tú. Platón dijo sabiamente: “Deben buscar para muchos males, otra causa que no sea Dios”. Dios es la antítesis del mal. El no lo creó, pero lo ha permitido en su Infinita Sabiduría para bien nuestro. El quiere definitivamente tu seguridad, tu bienestar, tu felicidad y te invita a participar de su Gloria. Sin embargo, tú puedes desatender su invitación, irte por la puerta ancha y perderte por toda una eternidad. “Dios que te creó sin ti, no te salvara sin ti”, dijo San Agustín. Por paradoja, tu parte no es otra cosa que entregarte por completo en sus Manos.
Peregrino, mantén la convicción de que todo está en las manos del Creador para tu retorno a El.
“Por la fe Abraham, llamado por Dios,
obedeció la orden de salir para un
país que se le daría como herencia,
y partió sin saber a dónde iba”
(Heb 11, 8-9)
A los 75 años salió Abrám de la pequeña Ur de los caldeos con su hermosa mujer, Saray, y con su sobrino Lot, sin rumbo conocido. Sólo obedecía la voz de Yahvé, quien lo guiaba de un lugar para otro y con la promesa de otorgarle tierras sin fin. A los 86 años Abrám concibe a Ismael, en unión con su esclava Agar. Pero por fin a sus 100 años le concede Yahvé tener un hijo legítimo, Isaac. A Abraham (su nuevo nombre) no le tembló la mano al intentar matar a su único hijo como se lo pedía el Señor. Pero el Ángel de Dios detuvo su mano y fue nuevamente bendecido por su fe y obediencia. De hecho, aunque solo fueron dos hijos, la descendencia de éstos fue numerosísima.
El pasaje del Evangelio en Juan 8, 30 a 59, nos ofrece una lección muy importante que Jesús quiso darnos sobre lo que significa una fe verdadera. El decía que quienes guardan siempre su palabra son sus verdaderos discípulos, “entonces conocerán la verdad y la verdad os hará libres” (v.32). No basta con llamarse hijo de Abraham para tener la verdad y ser libre. No reconocer a Jesús como enviado del Padre ni aceptar su mensaje es andar en la mentira, ser su esclavo. Y el padre de la mentira es el diablo. Nadie puede encontrar falsedad alguna en Jesús. El que no escucha la Palabra de Jesús no es de Dios y morirá para siempre. Abraham ansiaba ver la hora en que Jesús vendría a este mundo a dar testimonio de la verdad, la única que nos hace libres. Abraham se alegró de ver cumplido su deseo. El vive para siempre en la verdad eterna.
Nuestra fe cristiana y católica ha sufrido sacudidas fuertes en todos los tiempos. Han sido numerosos los enemigos de la verdad y sólo los fuertes han podido sobrevivir. Muchos mártires han dado un testimonio fehaciente de esa fe auténtica. “La sangre de mártires es semilla de cristianos”, decía Tertuliano. Dios ha permitido los embates contra nuestra fe católica de todas las direcciones y con fuertes vientos. Afortunadamente estos han despejado horizontes, confirmado y fortalecido nuestra fe. Nos han hecho más conscientes y comprometidos con ella. Hemos despertado de nuestro letargo en la oración comunitaria, disfrutando con danzas y cantos, como lo hacía el rey David. Hemos aprendido a acudir a los textos bíblicos, conocerlos más a fondo, aprender algunos de memoria y hasta podemos sentirnos mejor preparados para enfrentar los retos que sean necesarios. El Espíritu Santo está siempre con nosotros.
Ni un paso atrás, peregrino, pero muchos adelante. ¡Vive tu fe auténtica!
“Todo lo que pidan con una oración
llena de fe, lo conseguirán”
(Mt 21,22)
La Hermana Araceli Barajas, Rectora del Colegio Nuestra Señora del Pilar en Bogotá, Colombia, narra lo que sucedió en un taller de Educación de Padres de Familia, acerca de la fe. Un padre dio su testimonio personal. Tenía cáncer terminal en su cabeza y, como médico, agotó todos los recursos a su alcance. Era hombre de poca fe. Una noche lloraba junto a su esposa cuando su hijita de 5 años se acercó a ellos sigilosamente y los abrazó. Tomó de la mano al papá, lo hizo recostar en la cama, le puso sus manitas en la cabeza e invitó a su mamá a orar. La niña repetía: “¡Dios no me falla! Y rezó a la Virgen del Pilar, patrona del Colegio. Casi de inmediato el dolor fuerte de cabeza del papá empezó a ceder. El cáncer cerebral se había ido de repente, como se constató en repetidas radiografías. Nadie en el ámbito médico podía creerlo. “Entiendan, queridos padres de familia, ¿Por qué he vuelto a Dios y que mi pequeña, de sólo 5 años, ha sido mi gran maestra de la Fe?” Todos lloraban al terminar el testimonio del médico y padre de familia.
Testimonios como éste se podrían multiplicar. Muchos profesionales de la salud han tenido que reconocer, sea por experiencia propia o por la evidencia científica, que los milagros suceden. El padre Darío Betancourt trae el testimonio de la doctora Ana Solórzano, quien se curó de su artritis reumatoide en estado avanzado: “Como médica que soy, lo que me ha pasado no tiene ninguna explicación científica, pero no me queda duda de que la oración hecha por mí, ha alcanzado la bendición de mi salud que había buscado desde hace varios años sin ningún resultado” (Vengo a Sanar, p. 144). Según el mismo padre Betancourt, los médicos cristianos de Estados Unidos y en otros países han descubierto la importancia de integrar su intervención con la oración de sanación. Por otra parte, El padre Tardiff (Jesús Está Vivo) ofrece el testimonio del médico Nicolás Breuer: “Hay que admitir que más allá de la ciencia hay Alguien Superior para quien nada es imposible” (p.59).
También necesitamos ese granito de fe para aceptar que no siempre nuestras oraciones son respondidas, como lo esperamos. Recordemos que ninguna oración, hecha con fe, cae en el vacío. Por razones que escapan a nuestra pequeñez humana, Dios permite que la enfermedad o el sufrimiento físico o moral no desaparezcan. No dudemos que será para nuestro bien. “Será difícil hallar otra terapia tan liberadora como la adoración para sobrellevar con serenidad y altura las contradicciones y golpes de la vida. Pero ello, naturalmente, presupone una vida auténtica de fe”. (Ignacio Larrañaga. Del Sufrimiento a la Paz, pp.209-210).
Peregrino, para calmar tu sed de Dios encontraras en tu camino oasis de fe y amor. Llena tu cántaro y no desperdicies gota de tan rico manantial: tu fe sincera.
“Busquen primero el Reino y la justicia de Dios,
y esas cosas vendrán por añadidura. Ni se
preocupen por el día de mañana, pues el
mañana se preocupará de sí mismo.”
(Mt 6,33-34)
Hace muchos años vi la película sobre la vida de San Francisco de Asís. Me impresionó verlo despojarse de todas sus ricas vestiduras y marchar desnudo en pos de la mayor riqueza: el tesoro del Reino de los Cielos. Después de Jesús fue el pobre por excelencia, o mejor el Pobre de Asís o de Pavarello, como lo llama el padre Larrañaga. “El Hermano no tenía ropa, comida, techo. No tenía padre, madre, hermanos...Es un pobre hombre lanzado por una fuerza superior a un camino que nadie ha recorrido todavía...Cuando no se tiene nada, Dios se transforma en todo” (El Hermano de Asís (2003) pp.78-79). Seguir paso a paso los pormenores de tan extraordinaria vida, nos llevaría muchos y densos libros.
San Francisco de Asís vivió por excelencia en el aquí y ahora. Mi entrenamiento profesional tuvo mucho que ver con el aquí y ahora, puesto que estaba enraizado en el Humanismo Existencialista. Este movimiento estaba en franca oposición con escarbar el pasado y preocuparse por el futuro innecesariamente. Para una recuperación terapéutica es necesario creer y practicar el aquí y ahora. Las preocupaciones hacen estragos en la salud física y mental. Mucho se ha investigado sobre los efectos negativos del estrés, la ansiedad, la depresión y todas sus secuelas. ¿De qué nos sirve realmente cavilar y rumiar sobre lo que ya pasó o lo que vendrá después?
Desde tiempos inmemoriales se ha venido insistiendo en la importancia de vivir el ahora como estructura y forma de vida. Alcohólicos Anónimos y grupos similares insisten en sus principios y prácticas de que sólo tenemos 24 horas para estar sobrios. Mañana será otro día.
Jesús nos enseñó a confiar en un Padre Providente. “Miren cómo las aves del cielo no siembran, ni cosechan, ni guardan en bodegas, el Padre celestial, Padre de ustedes, las alimenta. ¿No valen ustedes más que las aves? ¿Quién de ustedes, por más que se preocupe, puede alargar su vida?” (Mt 6, 25-27). Amarnos a nosotros mismos es precisamente buscar la mejor opción de vida y ésta es vivir el aquí y ahora.
Nuestra única y trascendental preocupación es la salvación. “¿De qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero, si se pierde o se perjudica a sí mismo?” (Lc 9, 25).
Hermano peregrino, tu mayor riqueza es el desprendimiento mental de los bienes de este mundo. Deja de cargar el pesado fardo de los bienes materiales y más bien abandónate en las Poderosas Manos de la Divina Providencia. No te pesará tu decisión.
“En el amor no hay temor…Mientras uno
teme no conoce el amor perfecto”
(1Jn 4, 18)
Hacia el año 2000 fuimos mi esposa, mis hijas y sus esposos a conocer Las Bahamas. Desde Nassau tomamos un pequeño aeroplano que nos conduciría a Freeport, no muy lejos de la capital. De repente, el avión pareció irse en picada. Mi esposa se me aferró fuertemente. Los gritos se oían por doquier. Algunas damas rezaban con angustia. Yo oraba en silencio al Señor para que nos librara de una caída vertical y probablemente fatal. (Cantinflas, en situación similar, oraba:”No nos dejes caer de un golpe”). El avión se enderezó y continuó su vuelo rutinario. Nos repusimos del susto y pronto llegamos al destino. Ante una situación como ésta es normal el sentir temor ante un peligro real y ante lo desconocido. Pero la exageración del peligro o la irrealidad del mismo, crea estados de estrés, ansiedades, pánicos, y miedos patológicos.
En mi profesión como psicólogo he tenido que enfrentar muchos casos de clientes con temores y fobias. En el tratamiento médico-psicológico de personas con depresión, es frecuente encontrar los trastornos de ansiedad, temor y fobia. No entraremos en las sutilezas de definiciones, distinciones o tratamientos. Lo que importa saber es que gran parte de la humanidad sufre de estos males. Como lo expresa el psicólogo y sacerdote Ignacio Larrañaga (2004) en Las Fuerzas de la Decadencia, “el temor es la peor de las sensaciones, porque nos sofoca la fiesta de la vida” (p.157). “La mayoría de las personas con las que nos topamos son esclavas del temor, no son libres, no tienen paz” (p. 161).
Juan Pablo II fue un verdadero héroe y santo. El pontífice fue un paradigma insuperable de cómo enfrentar el miedo, no solo con su ejemplo sino también a través de numerosos escritos y discursos. Uno de sus libros: Cruzando el Umbral de la Esperanza, publicado en 1994 (Plaza y Janés Editores), es la mejor lección terapéutica sobre el tema. El sufrió en carne propia los horrores de las guerras mundiales y un atentado contra su vida. Nunca tuvo temor de enfrentarse a los líderes de todas las naciones del mundo cuyos suelos visitó, así, en muchos lugares, no fuera deseada su visita apostólica. El nos exhortó a no temerle a nada, ni a nadie, ni siquiera a las grandes manifestaciones de grandeza de Dios, pero salir al encuentro de las nuevas generaciones con esperanza, que es la nueva fuerza de Cristo.
Ve confiado en tu terrenal peregrinar sin temores y angustias. Confía plenamente pues como decía San Pablo “todo lo puedo en aquel que me fortalece” (Fil 4,13).
“Socorrednos, Señor, que nos hundimos”
“¿Quién es éste, a quien hasta
los vientos y el mar obedecen?
(Mt 8, 27)
El llamado Mar de Galilea, Mar o Lago de Tiberíades, es un lago tranquilo de agua dulce, el más bajo al nivel del mar. Tiene una superficie de 166 Km2, una profundidad máxima de 48 m, y una altura bajo el nivel del mar de 212 m. Allí desemboca el rió Jordán. En sus playas se encuentra Jesús con sus discípulos cuando abordan la barca para dirigirse a la otra orilla. Mar adentro se desata una tempestad violenta y las olas cubren la barca. Jesús duerme. Los discípulos aterrados llaman a Jesús para que los salve. El les dice: “Gente de poca fe, ¿Por qué tienen miedo?” Estando de pie increpa a los vientos para que se calmen. Todo queda tranquilo. Todos están admirados y atónitos ante quien la naturaleza obedece de inmediato” (Mt 8, 23-27).
San Pablo conoció a fondo las tormentas y naufragios. No tenía otra alternativa para lograr sus metas de apostolado. Cuenta Lucas (He 27), que en su viaje a Roma, para apelar al Cesar y ser juzgado como ciudadano romano, Pablo advirtió al capitán del grave riesgo que corrían si se adentraban a la mar. Este no hizo caso, pues confiaba más en sus hombres que en las palabras del santo. Los fuertes vientos arrasaron el barco y lo dejaron a la deriva. Se había perdido toda esperanza. Sin embargo, el ángel del Señor había dicho a Pablo: “No tengas miedo, tienes que presentarte ante el Cesar y Dios te concede la vida de todos los que navegan contigo” (v.24). El barco y la carga no se salvaron.
Las noticias nos alertan con frecuencia de huracanes, cada vez más amenazantes y a cuyo paso quedan arrasados puertos, islas y ciudades a la redonda. Ya el alfabeto se está quedando corto para nombrarlos. Quienes han sufrido las devastaciones de Katrina, el temible Ike, y otros, saben bien lo que significa la fuerza de la naturaleza. Muchos ponen su esperanza en el gobierno, en meteorólogos, en sus propios recursos, pero quizás no en Quien puede restablecer orden y calma. Dios parece dormido y desentendido de lo que sucede alrededor, pues El ha dejado que la naturaleza cumpla sus leyes y su rumbo. Sin embargo, la oración es tan poderosa que puede desviar los vientos, amainar las tempestades, aliviar las tensiones y volver la calma a nuestras vidas.
Toma todas las precauciones necesarias, pero eleva la bandera de la fe, la esperanza y la confianza en el Señor. Peregrino, recuerda la oración del rey David en el Salmo 69: “¡Oh Dios, sálvame, porque las aguas me llegan hasta el cuello… Me estoy sumergiendo en profundas aguas y las olas me cubren…Que no me ahoguen las olas ni me trague el abismo…No escondas tu rostro a tu siervo; estoy angustiado, óyeme pronto. Acércate a mí y rescátame”
“Confía en el Señor y haz bien...Pon tu porvenir en
manos del Señor, confía en él y déjalo actuar”
(Sal 37, 3 y 5)
“Venid a mí, todos los que estáis fatigados y
sobrecargados, y yo os daré descanso”
(Mt 11,28)
En 1989 unos amigos nos invitaron a pasar el fin de semana en su finca. Íbamos en el carro, mi esposa, hijas, otros familiares, la pareja que nos invitó y la madre de ella. Llegamos a la cima de la montaña desde donde íbamos a descender por una vía muy angosta e inclinada.
La madre de nuestra amiga se resistía a bajar en el carro, pero la convencimos y seguimos adelante. De pronto, los frenos del carro fallaron. Íbamos en descenso a lo que parecía más de 200 kilómetros por hora. No había nada que hacer para parar el carro. En el silencio más sepulcral, cada uno encomendaba su alma al Señor. En un momento dado vi lo inminente: íbamos a chocar contra un muro. Alcancé a exclamar: “Señor, líbranos de todo mal”.
En esa época el vehículo no tenía cinturones de seguridad. El carro dio varias vueltas y la madre de nuestra amiga salió expulsada. Mi esposa, quien manejaba, se cortó la cara y una mano contra el vidrio delantero; yo me disloqué el hombro izquierdo, y los otros tuvieron diferentes lesiones. El Señor se llevó a la señora, renuente en continuar el viaje; sólo El sabe por qué. ¡Loados sean sus inescrutables designios!
Los frenos de un carro son vitales para la seguridad y tranquilidad de los pasajeros. Desde hace varios años llevamos los vehículos al mismo taller. El mecánico es un señor con mucha experiencia, muy serio y honrado, en una palabra, confiable. No puede ser de otra manera. Tu vida no se la puedes confiar a un principiante, aprendiz o persona poco cuidadosa, no sólo en cuanto a vehículos se refiere, sino en todas las esferas de tu vida.
¿Y tu como peregrino itinerante a quién confías tu propia alma? Pues no se trata solo de un viaje terrenal sino del viaje a la eternidad y por toda una eternidad. ¿Confías en los hombres para tal empeño? Dura es la expresión del profeta Jeremías cuando nos advierte en no confiar ni apoyarnos sólo en otro hombre, sino en Dios, y en El poner su esperanza (Jer 17, 5 y 7). Jesús con toda su infinita dulzura y misericordia nos invita a poner toda nuestra confianza en El y no saldremos defraudados.