Excerpt for La rebelión de los insectos by Miguel Baquero, available in its entirety at Smashwords



LA REBELIÓN DE LOS INSECTOS

Miguel Baquero



1ª Edición Digital. Noviembre 2011


Smashwords Edition

© Miguel Baquero, 2011

© de esta edición para:

Literaturas Com Libros

Literaturas Comunicación, S.L.

Parador del Sol 9. 28019 Madrid.

http://literaturascomlibros.es


ISBN: 978-84-15414-10-0


Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla


Smashwords Edition, License Notes

This ebook is licensed for your personal enjoyment only. This ebook may not be re-sold or given away to other people. If you would like to share this book with another person, please purchase an additional copy for each person. If you’re reading this book and did not purchase it, or it was not purchased for your use only, then please return to Smashwords.com and purchase your own copy. Thank you for respecting the hard work of this author.




Índice


Copyright

1. Lunes de otoño

2. Sábanas blancas en el tendedero

3. Diligencias policiales

4. Una extraña vocación

5. Mercedes

6. Las claves del negocio

7. Cuestión de orgullo

8. Sin fianza

9. Merodeadores

10. Bocanadas de humo

11. Un buzón sin nombre

12. El curso de los acontecimientos

13. Último «round»

14. Mantener el secreto

15. Un material lleno de sangre

Sobre el autor





1. Lunes de otoño


La peor época del año es, sin duda, el otoño. Llega de pronto –siempre llega de pronto– y extiende sobre el paisaje un solemne manto gris, bajo el que los olores se atenúan, los vientos se depravan, los pájaros trazan un vuelo huidizo y rasante y los días no parecen encerrar dentro de sí atractivo alguno. Antes bien, uno detrás de otro, parecen ir acumulándose de forma estúpida. Los hechos discurren en virtud de pesados mecanismos y una turbia quietud se adueña de la vida.

Aquel amanecer de otoño, lunes 17 de octubre de 2004, fue especialmente frío. Sobre el pavimento de la calle se sucedían los charcos, insolentes, orgullosos, al tiempo que unos escasos rayos de luz mortecina lograban a duras penas atravesar el nublado. Caminaba yo arrebujado en mi gabardina y no tuve ocasión siquiera de despojarme de ella al llegar al trabajo, pues según aparecí en la Brigada el comisario, casi de un empujón, me devolvió a la calle húmeda. Al parecer, hacía cosa de una hora, a eso de las seis y media de la mañana, un joven que hacía jogging por el parque de la Campa había descubierto, bajo un árbol, un cadáver con signos de violencia. Un agente me aguardaba en la puerta: era el encargado de conducirme hasta el lugar del hallazgo. También él estaba asombrado, ciertamente, de lo que madrugaban algunos para correr.

En un rincón del parque de la Campa, callada y monótonamente, giraban las luces azules de un coche patrulla. Habían acordonado el lugar del suceso y en torno de él se agolpaban ya algunos curiosos, pese a lo temprano de la hora y a que la mayoría de los fisgones no podían quedarse más que unos minutos, pues enseguida se les hacía tarde para ir a trabajar. Pasé por debajo de la cinta y llegué de dos zancadas hasta el centro del espacio acotado, justo debajo de un árbol. Allí, tendido en el suelo, la cabeza sobre el polvo, se hallaba tendido un hombre como de cuarenta años. Su ropa era un tanto estrafalaria: calzaba botas de tacón cubano y vestía pantalón de cuero negro, todo ello propio de la gente que anda segura de sí misma y gusta de darse importancia, aunque tanto las botas como el pantalón, si bien se miraban, tenían la piel ajada por ciertos sitios y mostraban algunos desconchones; junto con ello, una camisa muy llamativa, abundante en flores de diversos tamaños y formas allí donde no estaba embadurnada por la sangre; y una cazadora de ante, también con muestras de tener bastante historia, generosamente desabrochada por el pecho, como si se hubiera ofrecido a las dos profundas cuchilladas que rasgaban su vientre. Su pelo era largo, bastante largo, rizado y, pese al polvo que acumulaba, parecía brillar aún por algún unto de aceite; su tez era cobriza y su rostro –me acuclillé para observarlo con detenimiento– se encontraba por completo demacrado, y no solo por el rictus de dolor y de sorpresa en que había quedado detenido: eran también sus rasgos afilados, huesudos, los ojos como hundidos en dos cavernas, la piel cuarteada, los labios rajados… Esa apariencia, en fin, inconfundible.

Pese a la degeneración en que se hallaba sumida esa cara, y su gesto de agonía, algo había en ella que me resultaba familiar. Cerré los ojos, en un intento de hacer memoria. En aquel momento, alguien me tocó en el hombro.

—Inspector…

Me volví y era Gadea, un chaval nuevo en la Brigada. Había sido el primero en personarse en el parque, después de los agentes del coche patrulla, y ya se estaba haciendo cargo de todo el trámite. Había pedido refuerzos, llamado al juez, avisado a los de Criminalística… «Ya están todos en camino», me informó con profunda satisfacción, y quedó aguardando a que yo refrendara su competencia con algo así como un «muy bien, muchacho», un «excelente», o incluso con una mano posada sobre el hombro en señal de afecto y reconocimiento. En lugar de ello, volví a la contemplación del muerto. La boca abierta en un grito, el cuerpo retorcido sobre su vientre…

—No murió de buena manera, no —dije para mí.

—Nunca se muere de buena manera —se apresuró a replicar Gadea, que también se había sumido en la contemplación del cadáver.

Sonreí con disimulo. Gadea y sus frases. Poco tiempo, no sé si ya lo he dicho, llevaba este Gadea en la Brigada, pero pese a ello era ya de sobra conocido por todos. Conocido por su aplicación excesiva, casi atosigante, al trabajo; por la grandilocuencia con que se «producía» (esto lo digo yo) «en el esclarecimiento de la verdad» (esto lo decía él); por su espíritu idealista, bastante ramplón, y porque producía cierta lástima, mezclada con vergüenza ajena, oírle hablar delante de los veteranos de cómo el delito, por ejemplo, «es una válvula de escape ante una situación insostenible», y por ello «no deberíamos tanto, aunque también, perseguir al delincuente como tratar de suavizar dicha situación y prevenir así el delito». He tenido ocasión de oír pensamientos como este, sobre el crimen, infinidad de veces, incluso yo mismo soltaba alguno que otro parecido cuando ingresé en el cuerpo. A día de hoy, la verdad, no me interesa ninguna consideración abstracta y magnífica sobre el delito; los años, quizás, la rutina y el aburrimiento, me han enseñado a pensar en pequeño y a comprender cuestiones tan insignificantes como que los muertos, pese a todo, tienen derecho a su intimidad. Por ello, le pedí al agente que me había hecho de chófer que buscara en los distintos coches de la policía una manta vinílica con que cubrir el cadáver de las miradas de los curiosos, algo que a Gadea no se le había ocurrido.

Entretanto el agente buscaba la manta, fui a tomar declaración al corredor que había descubierto el cadáver. Accedió gustoso a responder a mis preguntas, aunque tuviese, en realidad –uf, uf, el hombre no paraba de trotar sobre el sitio–, poco de sustancioso que decir. Se hallaba corriendo por el parque –ya llevaba cerca de una hora de carrera– cuando vio el cuerpo. Era la primera vez que, aquella mañana, pasaba por la zona, y al principio le pareció un vagabundo que se había quedado dormido; pero por la extraña postura, y sobre todo por la sangre, pronto se dio cuenta de que se trataba de un cadáver. «Afortunadamente» (esta expresión usó), el hombre siempre llevaba el móvil consigo, por lo que enseguida, uf, uf, procedió a llamar a la policía y, hasta que esta llegó, no tocó nada ni se movió del lugar. Todo lo más hizo algún que otro estiramiento y permaneció corriendo, como podía ver, sobre el sitio, para no quedarse frío. Respiré hondo y le dije que había obrado como era debido, a lo que pareció enorgullecerse; luego me preguntó si, estando ya nosotros allí, podía seguir con su carrera. Le guiñé el ojo a un agente que, cerca de nosotros, estaba oyendo toda la conversación y le dije que mejor sería que esperara al señor juez, por si quería él también preguntarle algo. El hombre pareció resignarse y siguió moviendo los pies en suave carrera, pero sin moverse del sitio.

En aquel momento sonó mi teléfono. «Comisario», rezaba en el visor.

—Diga, Muñoz.

Me preguntó qué tal iban las cosas por el parque. «No parece nada importante», le respondí. «Un yonqui que ha llevado las de perder». Me preguntó si, en mi opinión, Gadea podía quedarse a cargo del asunto. «No creo que tenga muchos problemas», le respondí; «sinceramente», maticé. Pues mejor, porque, me contó, necesitaba que yo fuera aquella mañana a la comisaría de la calle del Cosmos, a tratar de resolver cierto asunto en el que llevábamos metidos varias semanas y que sería largo de explicar aquí. Cuestión, eso sí puedo decir, de burocracia y papeleo.

Le comuniqué, pues, a Gadea que quedaba encargado del asunto y pareció esponjarse como un gallo antes de cacarear. Una vez ya en la calle del Cosmos, le dije al agente que volviera con el coche a comisaría, me metí luego en un despacho que me habían preparado al efecto, y estuve entretenido durante toda la mañana revisando informes y ordenando expedientes, hasta que dieron las tres de la tarde. El subcomisario Cortés llamó y entreabrió la puerta del despacho cuando estaba más absorto en unos papeles.

—Torres, nos bajamos a comer, ¿se viene con nosotros? Le invitamos.

Le agradecí el ofrecimiento pero le respondí que no, que en cuanto terminara de revisar aquellos autos –ya me quedaba poco– tenía que irme, había cosas que hacer, mi mujer estaba sola… Puso, con afecto, su mano en mi hombro, antes de que terminara de excusarme.

—No he tenido ocasión de decírselo hasta ahora, Torres, ni sé si era oportuno, pero sepa que tanto yo como todos los que le conocemos en esta comisaría sentimos mucho lo que ocurrió. No hace falta decirle que, si necesita cualquier cosa de nosotros…

—Muchas gracias, Cortés. Lo sé.

Me apretó el hombro, en señal de afecto redoblado, y abandonó el cuarto. Recordé, no sé por qué, las palabras del psicólogo de ayuda a las familias: «Poco a poco –nos había dicho– hay que ir restableciendo las relaciones sociales, empezando por las más accesorias, con los vecinos o los compañeros de trabajo». Me levanté de la silla y abrí la puerta: encontré al subinspector a mitad de escalera. «Cortés, deme cinco minutos, para acabar esto, y bajo». «Estupendo; le esperamos en el bar de la esquina, ya sabe». «Sí».

Comí, pues, con Cortés y algunos viejos compañeros, con los que estuve un largo rato, muy distendido, recordando anécdotas de los tiempos de la Academia, hasta eso de las cinco. Tomé entonces un taxi; en la radio estaban dando las noticias. De pronto, la locutora contó que esa misma mañana, en el parque de la Campa, había aparecido el cuerpo del que antaño fuera famoso cantante Antonio Santos con signos de violencia. En concreto, dos puñaladas a la altura del vientre. La policía ya había practicado las primeras detenciones. La ex mujer del difunto y ex pareja artística, Mercedes Bullón, había sido conducida a comisaría como presunta autora del crimen. «Esperamos ofrecer, en breve, más datos sobre este luctuoso asunto». Luego la locutora dio paso a la información bursátil.

«Luctuoso asunto», me sonreí. En aquella expresión altisonante se echaba de ver, sin duda, la intervención de Gadea. Quizás él mismo había redactado la nota para entregar a los medios, o para ser leída por el portavoz policial. Si es que no, en algún momento de la tarde, había atendido en persona a los periodistas. Estaría exultante, desde luego: en apenas unas horas, en menos de medio día, había identificado un cadáver, practicado las primeras detenciones, esclarecido la verdad y devuelto, como dicen en las películas norteamericanas, «el orden a las calles». «Demasiado rápido, muchacho —murmuré—, demasiado rápido». El taxista me miró, extrañado, por el retrovisor. «Tranquilo —le dije—, no es por usted».




2. Sábanas blancas en el tendedero


Recuerdo con frecuencia los días de Mojácar. Era el verano de 1991: la perestroika, la guerra de Yugoslavia, los combates del Golfo, las revueltas en Rumanía… Yo tenía por aquel entonces veintiséis años. Todavía era, en el sentido más radiante de la palabra, joven; todavía, a la menor impresión, se exaltaban los sentidos, se desbordaba la imaginación, se removían las convicciones... Sin embargo, poco tiempo me quedaba para disfrutar de aquella, como dijo cierto escritor, «alucinada experiencia», de aquellos «tiempos bárbaros» de la juventud: al acabar aquel verano, a finales de septiembre, debía tomar posesión de mi plaza en el cuerpo. Eso significaba abandonar cualquier sueño fantástico –ninguno, por otra parte, se había cumplido– y preocuparme por lo que verdaderamente importa: ganar dinero, formar una familia, mantener una casa… Volverme, en fin, juicioso y contemplar cómo todo se convierte en serio, grave, rígido, conforme a la regla.

Pero aún, aquel verano de 1991, me quedaba algo de tiempo antes de ingresar en la vida de veras, y fue para apurar a conciencia, con alevosía, aquella pasión de los principios por lo que había viajado hasta Mojácar.


Sentado en lo alto de una peña al sol,

después de afinar su guitarra

se zurce el pantalón.

Siempre te pagan con la misma moneda,

siempre repites la misma canción.


Mojácar es un pueblo muy bonito. A unos dos kilómetros de la playa, aupada sobre un cerro, la población se extiende –se apretuja– al modo de las árabes. Sus calles se retuercen y escurren bajo los arcos, se quiebran en escalones, se bifurcan y se vuelven a encontrar. Las plazas acogen edificios únicos, construcciones singulares que se entremezclan de manera impulsiva; solo su blancura, como la de las salinas, hace de ellas un grupo homogéneo. Eso y la brisa que dobla sus esquinas, y el espejo del mar al fondo de cada calleja, y el fragante olor que brota de los balcones atestados de flores…


Llamaron a mi puerta una noche de abril,

malaje los truhanes que no dejan dormir.

En la calle no había más que una silla

que se dejó olvidada una muchachilla,

y un farol roto, y otro encendido,

y un gato que corría hacia lo escondido.

Ay quién llamó, ay quién llamara,

ay al fresco en la silla quién se sentara.


Había alquilado para todo el mes de agosto una casa frente a la playa. Era una casa blanca, rezumante de cal y de frescura, a cuya puerta se ofrecían las palmeras y por cuyas ventanas, en claros chorros de aire límpido, entraba perezosamente la mañana mientras yo despertaba entre sábanas blanquísimas que olían a sal, a brisa y a oleaje, sutil fragancia de la que se impregnaban en el tendedero. Al descorrer las cortinas, el mundo parecía recién inaugurado; el espacio parecía vibrar, azul, estremecido por su propia grandeza.


De primera mañana abro el corral,

saco las cabras y bajo

la raya hasta Portugal.

Un barquito velero hay en la bahía

que sube y que baja a cada oleá,

blancas son sus velas, blanca mi alegría,

azules sus ojos como la mar.

Echo al zurrón un queso y una cebolla,

aceitunas, tomates y un cacho pan.

Si subida en la peña pudiera verme,

al aire mi sombrero quiero agitar,

que los ángeles toquen mil cascabeles,

con esta polvareda no se ve ná.


Después del desayuno bajaba hasta la playa. Allí la arena ardía, el mar se deslizaba sosegado, el aire flotaba como un velo. Veía a los niños zambullirse alegres, a los padres reñir y disponer, a los más jóvenes desvelar, en corro, sus aventuras de la noche anterior, a los mayores caminar sin límite al hilo del agua… Sentía mi piel reconfortada por la caricia del sol, y sentía como si todas mis extremidades se estuvieran reconstruyendo por efecto de esa caricia y fueran a surgir a la vida con una extraña energía. En aquellos momentos, era capaz de sumergirme por completo en el presente, capaz de reconciliarme con el pasado y de cerrar los ojos y renovar el futuro con sueños imposibles.


Voy a sentarme a la puerta

a ver pasar a la gente,

que si todos se pasean

alguien querrán para verles.

Pues cógete esa silla

y siéntate a mirar,

que ahora mismito te saco

un tomatito con sal.

Me han pedío que les ayude

a transportar la madera,

yo les he recomendado

que me acerquen la caldera.

Porque no echo aceite dices

que soy mala cocinera,

y de freír salmonetes

tengo las sartenes negras.


A la tarde tomaba el coche y me internaba por un camino agreste, primigenio, que iba dificultosamente superando la costa escarpada, asomándose a trechos al abismo, hasta llegar a una cala, una suerte de tregua. Allí, al margen del mundo, entre unos cuantos chalados que se paseaban desnudos, me tumbaba a la sombra de la ladera a ver ocultarse el sol, observar cómo el cielo parecía alejarse y el mar adelante iba descubriendo su profundidad. Quedaba al fin la playa sola, en toda su hermosa pero inconmovible naturaleza. Pero no quería dejarme llevar por la melancolía y sí vivir, así que tomaba de nuevo el coche –al tiempo que se encendían algunas fogatas en la playa– y, dejando a un lado el mar, subía al pueblo por una carretera estrecha y serpenteante en la que restallaba un abundante tráfico. Las luces, la música, el rumor de las voces parecían haberse congregado en lo alto del cerro. De los locales salían y entraban riadas de individuos con los que yo me sentía profundamente hermanado; como hermanado estaba con los naturales del lugar –ancianos, niños, adultos– que contemplaban todo aquel trasiego desde sus viviendas, con una cierta sonrisa de escepticismo. Me sentaba en un rincón a observarles y, cerrando los ojos, era capaz de imaginar con la mayor viveza cómo sería su vida, cuáles sus sueños, sus esperanzas, sus temores. Por una rara suerte de azar, me encontraba pletórico, en contacto con todo lo que sucedía a mi alrededor. Me encontraba en el epicentro de la vida y me estaba dando plena cuenta de ello.


Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-10 show above.)