Excerpt for La noche del zepelín by Norberto Luis Romero, available in its entirety at Smashwords

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LA NOCHE DEL ZEPELÍN

(Suite en cuatro estaciones)

Norberto Luis Romero



1ª Edición Digital. Noviembre 2011


Smashwords Edition

© Norberto Luis Romero, 1998

© de esta edición para:

Literaturas Com Libros

Literaturas Comunicación, S.L.

Parador del Sol 9. 28019 Madrid.

http://lclibros.com


ISBN: 978-84-15414-06-3


Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla



Smashwords Edition, License Notes

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Índice


Copyright

Dedicatoria

Primera estación. CIGOTO

Segunda estación. LARVA

Tercera estación. NINFA

Cuarta estación. IMAGO

Sobre el autor







Mi agradecimiento a Dina de Tula, coreógrafa.



Para Pilar Pedraza, las gemas.

Para Dieter Balling, ajeno a estos siniestros territorios.







El poder y la muerte tienen en común la arbitrariedad y la desmesura

Whan-Ly





Primera estación

CIGOTO



No había cantado el gallo cuando la gobernanta bajó a las bodegas llevando oculto entre los pliegues del delantal un infiernillo y una candela, moviéndose en las tinieblas de la casa a su antojo, como solo ella sabe hacerlo.

Su hijo aún permanecía en el suelo, desvanecido sobre un charco de sangre, desnudo de cintura abajo. Encendió la candela y el infiernillo y los dejó sobre la mesa. Se arremangó las faldas para no manchárselas, pero no pudo evitar que sus botines de charol se empaparan con el rojo intenso y espeso. Cogió una llave del poblado haz colgado a su cintura, la sujetó por un extremo envolviéndola en un trapo para no quemarse los dedos mientras la exponía a la llama azulada del infiernillo, donde se puso al rojo vivo.

Antes de cauterizar la herida abierta entre las piernas de su hijo, le llenó la boca de trapos para ahogar los chillidos. Se colocó a horcajadas sobre él sujetándole los brazos con sus propias rodillas puntiagudas, y cuando aplicó la llave ardiente, que al contacto con la sangre emitió una especie de chasquido seco, el olor denso de la carne quemada le invadió las fosas nasales hasta embotarle el sentido. El cuerpo del muchacho se resistió convulsionándose con violencia a pesar de su debilidad extrema. Y mientras Draya mantenía apretada la llave contra la carne abierta, brillando con la incandescencia de un ascua, de sus labios delgados brotó una maldición en voz muy baja: «Me arrepiento del nombre que llevas, lo maldigo una y mil veces, pues su significado desató el infortunio en esta casa».



La gobernanta abre las ventanas de par en par dispuesta a renovar el aire viciado y espeso de la alcoba. Defraudada, comprueba que la brisa que viene de las colinas, en lugar de refrescar, recalienta aún más la estancia, y deja caer las ligeras persianas de mimbre que, al menos, crean la ilusión de frescura con sus alternancias de luces y sombras. Enseguida vuelve a su labor junto a la señora.

Apenas cubierta por el camisón de lino, adormecida por la humedad de la resolana y por su desmesurado peso, al que debe sumar el de la criatura que espera, Iris jadea y se ahoga. Está exhausta, le falta el aire, sus movimientos son torpes y dificultosos. Dos enormes almohadones blancos de hilo rellenos de suave plumón de ganso, bordados en azul con las iniciales de los apellidos familiares de su difunto marido, acogen su cabeza húmeda de sudor y forman un hueco aureolado por una mancha rancia y amarilla.

Algo incómodo se gesta en sus entrañas. La gobernanta, que sentada a su lado, aplica una puntada tras otra en la tela adamascada, lo sabe por propia experiencia. Desde el principio intuyó que este sería un embarazo difícil, tal vez movida por sus conocimientos de la naturaleza humana, de un par de elementales leyes biológicas, y por las circunstancias que rodearon la concepción.

Previendo lo peor, aconsejó a Josefa, la jardinera y hortelana, que procurase mantener lozanas todas las flores blancas del jardín, en especial las rosas de la variedad Butterfly, de pétalos aterciopelados, cuya corola comprimida permite mantenerlas frescas durante varios días una vez cortadas.

De vez en cuando, mientras cambia la hebra, observa a la señora por encima de las gafas: desde que decidió recluirse, lleva varias semanas sin levantarse del lecho, tendida sobre esas sábanas que a pesar de cambiarse a menudo, huelen a transpiración, a orines rancios y a una mezcla confusa y repugnante de esencias orientales y líquido amniótico a punto de aflorar del vientre hinchado y tenso.

En el octavo mes de embarazo, ante la falta de respuesta de la gobernanta y demás criadas a sus gritos, demasiado débiles para esquivar o traspasar las paredes y llegar hasta lo más profundo de la casa, ordenó desmantelar la red inservible de cuerdas conectada a las sonoras campanillas de bronce que hasta hace poco repiqueteaban en las dependencias de la servidumbre, e instalar la electricidad de la que tanto se hablaba: timbres y algunas bombillas incandescentes en las habitaciones, y también, únicamente por capricho, una potente e historiada farola isabelina en el jardín delantero, junto a la entrada principal.

Gastó una fortuna en transportar el flujo milagroso desde la ciudad: esa hilera de postes delgados y altos en cuyos extremos dos cables paralelos, conducidos a lo largo del paisaje de colinas, profanan el azul del cielo hasta llegar a su egregia mansión, en la que penetran por un tubo de plomo embutido en la fachada principal, lejos del blasón familiar esculpido en lo alto del dintel. Escudo que la había dejado sin aliento cuando, dieciséis años atrás, alzó los ojos hacia él mientras descendía del coche de punto de la mano de su flamante consorte y supo, en aquel mismo instante, que todas las riquezas encerradas entre esos muros le pertenecerían para siempre. Aquel blasón simbolizaba sus anhelos más íntimos, ahora consolidados en la piedra, y sus ojos se entretuvieron largo tiempo descifrando los extraños y carcomidos bajorrelieves de la salamandra, la corona de laurel en campo de gules, la mirada torva del águila imperial de tres cabezas, y los cinco puñales. Cuando regresó del éxtasis y bajó la mirada, descubrió a ambos lados de la puerta dos filas de sirvientas impecablemente uniformadas, precedidas por la figura magra, altiva y rígida de Draya, la gobernanta, y a su lado un hermoso muchacho del que poco después se enteraría por boca de su esposo que se trataba de Asrael, hijo natural de esta, y aunque guapo y fuerte, corto de entendimiento y lascivo por naturaleza; tanto, que su madre procuraba mantenerlo alejado de las criadas a quienes perseguía por toda la casa diciéndoles guarradas, asaltándolas desde los rincones en las oscuridades de los sótanos para sobarles las tetas, subirles las faldas y aprovecharse del menor descuido o falta de resistencia, para toquetearles las piernas, las nalgas y toda anatomía que se interpusiera en el itinerario de sus largos y veloces dedos.

Durante días había vagado boquiabierta por las numerosas y deslumbrantes estancias, embobada ante tanto lujo y exotismo, pasando sus blancas y delgadas manos por la brillante y limpia superficie de los muebles, acariciando los gobelinos y las cortinas de damasco, escrutando con fijeza e incertidumbre la mirada torva de los ancestros enmarcados en tallas de madera sobredorada, mirándose con embeleso y soberbia en los inmensos espejos venecianos, abriendo y cerrando cajones y armarios. Y no tardó en asimilar su nueva condición social como si hubiera nacido con ella puesta y la hubiese mamado desde la cuna. Como su flamante alcurnia le exigía, jamás se dignó a bajar a las dependencias del servicio ni a subir a las múltiples buhardillas diseminadas bajo las amplias y empinadas techumbres de pizarra, y se mantuvo viviendo dignamente en las habitaciones superiores y salones de la planta baja por los que se accede a los jardines principales y a la rosaleda.



Las criadas suben las escaleras acarreando cubos y palanganas de agua caliente, jofainas y aguamaniles desbordantes de líquidos balsámicos, jabones de olor, pomadas alcanforadas o de esencia de eucalipto, toallas enormes, impecables, blancas como la nieve y suaves como pétalos de rosa, cremas y ungüentos para hidratar la piel; polvos de talco y arroz, potingues, coloretes y barras de labios importados de Europa. La señora, a pesar de su estado, exige estar hermosa y –a causa de su insuperable y lejano pasado a cuyo recuerdo retorna de vez en cuando con lastimera remembranza– digna de los escenarios.

Reconforta la tibieza de esas toallas impregnadas en lavanda y azahar. Alivia el olor fresco de los jabones de lima y magnolia, un perfume cuyas ráfagas impregnan la alcoba como un suspiro, la purifican alejando todo rastro de dolor o de sangre.

Nada parece aplacar su sed y bebe constantemente: de tres a cuatro litros diarios de agua, zumos de frutas que exprime Marisa, algunas, como los quinotos, especialmente traídas de países tan lejanos que, a decir de Elisa, apenas figuran en las cartografías convencionales de los atlas que hay en la biblioteca que fue del señor. Bebe y orina todo el día, y por la noche deben disponer los orinales de porcelana de Sèvres blanca ribeteada de azul cobalto a su alcance para que alivie sus hinchazones. Orinar le vendrá muy bien, dice la gobernanta, conocedora de embarazos, interrupciones y partos, experta en tisanas y bebedizos de hierbas salvajes.

La atienden sin proferir una sola queja, casi sin hablar más que los monosílabos imprescindibles de obediencia y cortesía, pero una vez en los bajos de la casa, en sus dominios, se ciñen los riñones con ambas manos y estiran la columna para aliviar los dolores de espalda.

—Mucha escalera hay en esta casa —se quejan entre ellas, cuando la señora y la gobernanta no las oyen—. No hay respiro en una casa tan grande y llena de cosas.

Le dan la vuelta, la incorporan para cambiarle las sábanas y almohadas por otras impecables y olorosas a mirto y manzana, que ya se ocupa la gobernanta de tener siempre en los armarios ramilletes y mondas frescas, y limpian sus heces oscuras sin una protesta, resignadas a su destino de sirvientas, soportando estoicamente olores, malos modos, castigos desmesurados e injustos, las rabietas de la señora que espera a su bastardo, la niña de sus ojos, que nadie sabe cómo se llamará, y que ,según la gobernanta, será hermosa como su madre. «Y será bailarina, y de las más famosas, sí. Y hará carrera en Europa, donde hay personas cultas y educadas que sabrán apreciar su arte en toda su magnitud, no como aquí, que no hay más que ignorantes y brutos.»

La señora gruñe o refunfuña:

—Me va a matar... Esta criatura acabará conmigo... Maldita la hora en que me embarqué y crucé el mar durante cuarenta días para venir a pudrirme a este infierno lleno de salvajes y alimañas... Me arrepiento de haber destrozado mi brillante carrera... cuando me hallaba en lo más alto...

—Sí, señora. ¿Le traigo el abanico? ¿Limonada y escarcha de jengibre?

Se le escapa una lágrima.

No se atreven a contrariarla ni a decir palabra, como no sea para preguntar por mera cortesía, qué nombre le pondrá a su hijo del alma. Pero ella lo mantiene en secreto, porque es supersticiosa y cree que revelarlo le traerá mala suerte.

—Todo a su tiempo —dice.

Unas se abocan a acomodar las muñecas esparcidas por la habitación, ponen a cada una en su sitio y les avientan las enaguas de organdí y los vestiditos de seda adamascada, de raso, de brocado; con diminutos cepillos les peinan los cabellos naturales –que serán de muerto, a decir de Octavia–; otras recelan de los ojos de vidrio que se abren y cierran al moverlas, y de los dientes minúsculos de sierra, como de rata, que exhiben diabólicamente entre imperturbables y rígidas sonrisas de porcelana inglesa. El señor había traído del último viaje un baúl repleto de ellas, y también cientos de cajas llenas de piezas diminutas de metal para los mecanismos de sus autómatas. Cuando terminan de ordenarlo todo, se retiran en silencio, porque, como dice Josefa, «no se debe perturbar la paz e ilusión de las madres que padecen el crecimiento de un fruto bendito en sus entrañas».

La señora duerme, aunque sin sueños, con la mente vagando por un blanco espumoso casi transparente, en el que cada velo oculta otro menos denso, y así hasta el infinito, hasta perderse en un laberinto de blancura deslumbrante y sosegada, que no conduce a nada ni a ninguna parte, salvo a una sensación de placidez muy próxima a la muerte. De vez en cuando acuden a su mente ráfagas de imágenes borrosas donde hay faldas al vuelo, remolinos de enaguas esponjosas, el eco de aplausos y vítores, luces de candilejas relumbrantes. Dentro de su vientre enorme, también en silencio, su retoño disfruta de una paz conmovedora, imperturbable... pero sueña, tiene sueños grandiosos: la gloria ciñe sus sienes mientras reposa en lo alto de un trono dorado, altivo, inalcanzable al resto de los mortales. Desde allí vigila, supervisa, y ordena, como su madre; también perdona o ajusticia, como su madre. Su destino está trazado como el de todo mortal, tallado de antemano con un cincel de oro en la dura superficie de una piedra sagrada, imborrable, enigmático...

A intervalos, regidas sus pulsiones por los arbitrarios relojes de su organismo inacabado, la criatura se manifiesta, acomoda su fragilidad y demuestra que está vivo, y que su vida depende de otras, que no puede subsistir por sus propios medios porque no está maduro ni terminado. Sueña con alcanzar todos los anhelos del mundo que su madre no pudo cumplir nunca. Flota a la deriva en las aguas de un océano propio fuera del alcance del mundo exterior, es casi ciego y sordo a cuanto en él ocurre: al dolor, a la tristeza, al llanto. Es dichoso allí dentro, aunque a veces la luz atraviesa las finas membranas de sus párpados y llega a sus pupilas bajo formas extrañas, con tonalidades rosadas que la sangre de su madre tiñe con su laberinto de arterias; a pesar de ciertos ecos desmedidos y confusos que lo irritan, de algunos ruidos cuya naturaleza incierta no alcanza a descifrar, pero que hieren sus blandos tímpanos, de voces y murmullos lejanos que se deslizan como temblores perversos y tergiversan o difaman su nombre secreto.

Los sueños le sirven para evadir todo lo molesto o doloroso que para su desconsuelo y temor se filtra desde afuera a través de la membrana tensa del vientre de su madre, y además le proponen un viaje tornasolado, libre: un vuelo ingrávido, exento de angustia y desdicha, rodeado de blandas y acuosas percepciones. Flota en un mar de paz único... en una extraña sensación de nácar que lo protege, que ahuyenta el filo imperceptible de la noche y suaviza sus cortantes aristas hasta redondearlas. Únicamente hay resabios de inquietud que amenazan rasgar el velo protector y dejar paso a otra luz más intensa, coralina y cegadora, capaz de proyectar sombras, siluetas confusas y agazapadas, que le hacen intuir puños en alto y el filo iridiscente de dagas ocultas, solapadas bajo espesas capas de soberbia, de ingratitud y traición.



Hay un revuelo de sirvientas en los bajos de la casa, un ir y venir enfebrecido y un estrépito de voces que resuena y cuyas ondas se dispersan a lo largo y ancho de pasillos y corredores.

La gobernanta ordena a gritos, empuña la fusta y la hace chascar en el aire con un sonido seco y terrible. Ellas obedecen sin rechistar, se afanan en cumplir sus labores, sudorosas, tiznadas de hollín y oliendo a humo de leña y a frituras. Corren de un lado a otro y tropiezan entre sí, abren y cierran alacenas y armarios, llenan de agua cacerolas y marmitas, vierten aceite y mantecas en las sartenes y lavan vajillas de porcelana china de antiguas dinastías, valiosas como las pupilas de los ojos de la niña que espera entre ayes la señora Iris. Arremangadas y manchadas de grasa y tizne, van y vienen por la casa, suben y bajan escaleras llevando y trayendo bandejas con té de jazmín, jerez, oporto, torta italiana de castañas, biscuit glasé, rosquillas de limón, rocas de coco bañadas con jalea de guindas, para la merienda de la señora. Pero en cuanto la gobernanta vuelve la cabeza o se amodorra, Octavia, avinagrado el carácter y correosa de cuerpo de tanto servir, escupe en las bebidas y echa alguna cucaracha u hormiga colorada picante en las ollas, sin pudor ni remordimiento algunos.

—Esto es para la ar-tis-ta —murmura entre dientes mientras revolea los ojos bajo los párpados cuarteados por los vahos de lejías y sosa.

Hay un complot secreto, un desorden de elementos naturales que se trastocan como en el engaño que devuelven los espejos, una ligera alteración en las inmutables leyes que sostienen y rigen al mundo, una amenaza urdida en la sombra y humedad de los sótanos, escrita con la sutil caligrafía de las telarañas y el verde ceniciento de los líquenes, y rubricada tal vez con la sangre hirviente de la venganza y el miedo.

Ordena que suban a limpiar a la señora, que ha vuelto a ensuciarse, y hace estallar la fusta en la atmósfera turbia de las cocinas. El timbre eléctrico podría enloquecer a cualquiera, porque si los gritos no pueden traspasar los anchos muros, el misterioso cordel de la electricidad que conduce las invisibles órdenes de la señora, es capaz de horadar las puertas del mismo infierno, y el minúsculo martillo no cesa de repiquetear en las entrañas cóncavas del caparazón de hierro.

Águeda y Elisa, las más jóvenes, vuelan escaleras arriba, saltando de a dos o tres peldaños. Suben de inmediato a lavar a la señora que se ha ensuciado otra vez, que no pudo controlar sus esfínteres dislocados. Llevan palanganas y jarras enlosadas rebosantes de agua caliente y perfumada, jabones olorosos a hierbas y a jengibre, y toallas de hilo profusamente bordadas cuyos largos flecos se enredan a menudo. Corren rumbo a las habitaciones de la señora, donde desde los rincones polvorientos, las muñecas de paño lency, papel maché y porcelana, lo observan todo con sus ojos de cristal fino.

Draya se deja caer exhausta en una silla produciendo un crujido de huesos anquilosados, resopla y se seca el sudor de la frente con el pañuelo basto y arrugado que habitualmente lleva en una manga hecho un bollo acartonado por los mocos.

—¡Daos prisa, haraganas! —les grita haciendo un esfuerzo y poniéndose roja de furia, sacando energías de donde no tiene. Hace restallar la fusta débilmente. Percibe la acritud que despide su cuerpo fatigado y tenso: un olor penetrante, mitad adrenalina y mitad aceites rancios y mantecas: un tufo que preludia la decrepitud inminente.

Aceleran sus movimientos hasta el vértigo, hasta desencajarse las articulaciones en el ajetreo impuesto por la gobernanta. Apenas hacen caso a sus suspiros cuando se lamenta de sus achaques, de su mala suerte, de su avanzada edad y su triste destino desde que a la señora se le espesaron los humores y se le agrió la bilis de un verde brillante, que ella conoce muy bien sus vómitos. La ven adormecerse en la silla, sin percatarse de que la fusta se le desliza de la mano al suelo. La cabeza, como una fruta madura, se le cae sobre el pecho acartonado y liso en cuyo interior rechifla un pitido ronco, apenas audible.

Ante la quietud se relajan: aliviadas, distienden los músculos, murmuran, cuchichean y miran a la gobernanta de reojo haciéndose guiños unas a otras, confiadas en la profundidad y consistencia de su sueño. Algunas se levantan las faldas y le muestran el culo redondo, rosado y terso, otras ofrecen un trasero flácido y caído, picoteado de hoyuelos, en el apogeo de la decrepitud. Advertida por los canales secretos del entendimiento, por un instinto que nunca descansa ni se adormece, la gobernanta vuelve en sí, despierta y estalla en cólera.

—¡Ingratas! —recoge la fusta del suelo. Se pone de pie y se abalanza hacia las más osadas, que escapan a su ira corriendo hacia otras dependencias y dando gritos agudos, escondiéndose en las bodegas o en los sótanos más profundos, a los que casi nunca bajan por su pestilencia y frialdad. Draya deja caer el peso de su furia sobre las más inocentes y tímidas, y con la fusta les abre surcos granates en las pantorrillas desnudas y en los brazos.

—¡Así aprenderéis a obedecerme, cerdas! —grita fuera de sí, a punto de desfallecer de cansancio por la debilidad de sus huesos y de sus carnes apergaminadas—. ¡Perras del infierno! —vuelve a gritarles, y extrae bríos insospechados para descargar una vez más el rayo de la fusta sobre las carnes prietas, que se estremecen con cada golpe.

Una vez que ha puesto orden vuelve a claudicar al sopor de la tarde: el peso de la humedad que se cierne en el aire la doblega y sumerge en un sueño denso, rodeada de olores a frituras, adobos, asados y especias. Las muchachas, envueltas en nubes de vapor, continúan las labores; escarmentadas, no se atreven a cuchichear y cumplen lo mandado, aunque lentas y desidiosas, echando miradas furtivas a la gobernanta y enseñándole la lengua de vez en cuando.

Marisa, la cocinera, saca de una alacena por sugerencia de Octavia, un trozo de magro de cerdo pasado sobre el que rondan moscardones azules como zafiros, lo mecha con tocino, lo ata con hilo de algodón hasta hacer un cilindro y lo rehoga en sartén de cobre con cebolla dorada y un diente de ajo finamente picados. Un aroma confuso, que oscila entre el hedor a carroña y el dulzor de la cebolla frita, se desprende a bocanadas.

Belinda persigue a las moscas azules carroñeras con una palmeta de enea, y guarda en una cajita de lata, que fue de pastillas de menta, el fruto de su cacería.

—Esto es para la cerda —dice Marisa mientras dora la carne, y le agrega un ramito de tomillo, un pellizco de polvo de estragón, una hoja fresca de laurel y sal—. Para que se harte hasta reventar como un sapo— y lo rocía con un vaso de vino blanco seco.

—¡Chicas, tenéis que tener más paciencia! —recomienda Belinda con dulzura, sin dejar de observar atentamente la presa azul brillante que sostiene por las alas entre el pulgar y el índice.

—¿Paciencia? Tú eres tonta. Deberíamos darle de comer mierda —agrega Octavia su granito de arena—. Seguramente es lo que habrá comido toda su puta vida antes de haber engatusado al señor...

En ese momento, la gobernanta despierta. Confusa, abre y cierra los ojos con el ritmo mecánico de los párpados de una muñeca de porcelana, como si pretendiese aprisionar entre sus legañosas pestañas la vigilia circundante.

Las muchachas aceleran sus movimientos y fingen interés en lo que hacen, se ponen serias, demasiado circunspectas ante la sagacidad de la gobernanta, que se deshace de inmediato de los restos de telarañas del sueño, reacciona y ordena:

—¡A trabajar, hatajo de vagas! —y hace chascar la fusta en el aire, y luego fustiga las columnas de hierro con estrépito, para meterles miedo—. ¡Tú y tú, subíos las faldas! —apunta con un índice artrítico y arbitrario.

Marisa y Octavia dejan de lado sus labores y obedecen sin demora, se suben las faldas, se tumban de bruces sobre la larga mesa de madera de roble, ofrecen los traseros rosados a la furia de la gobernanta, y vierten manantiales de lágrimas y ayes anticipados al tormento.

Las azota sin piedad dejándoles huellas rojas como lenguas de fuego en la superficie mullida de las nalgas: sutiles grietas de dolor intenso, llagas imborrables superpuestas a otras más antiguas e igualmente sensibles.

Belinda oculta con disimulo bajo sus faldas los frascos de vidrio y las cajitas de lata repletas de bichos.

—¡Toma, así, perras! —y acompaña cada descarga, cada centella de sangre con un insulto. Marisa y Octavia aúllan bajo el tormento; con manos y dientes torturan los bordes arremangados de sus faldas hasta destrozarlos; mientras las demás, pegadas a los muros, tiesas y calladas, con los puños apretados junto a la boca, contemplan el castigo reconociendo la arquitectura invisible del dolor, pues todas lo han catado muchas veces y sus traseros pueden testimoniarlo.

Elisa entiende que es imposible esperar un milagro que deshaga la rigidez de la gobernanta, pues descubrió que su amargura está regida por ciertos humores ingobernables y desmadrados, que únicamente volverían a su cauce con tratamientos de mesmerismo que, por desgracia, todavía no han llegado a esas tierras.

Cuando a la gobernanta le duele la muñeca, a punto de desencajarse la articulación, amaina los golpes, deja de insultarlas y maldecirlas, pero continúa murmurando nadie sabe qué cosas. Deja caer el brazo mortificado a un lado del cuerpo y promete nuevos castigos si no se corrigen. Blanca tiembla arrinconada entre un aparador y la gran fiambrera de alambre en cuyo interior se orean mortadelas, chorizos, salchichones y quesos curados. Belinda palpa sus frascos bajo las faldas. Marisa y Octavia se relajan, aflojan los músculos y sus carnes parecen deshacerse encima de la mesa como despojos de matarife. La gobernanta hace una señal a las demás para que les presten los cuidados necesarios, y las sirvientas acuden presurosas con emplastos de almidón y vinagre, y los aplican sobre las pieles escarnecidas. Otras ponen a hervir alcohol con hierbas medicinales, y una vez transferido su poder balsámico al líquido, se apresuran a enfriarlo para embeber en él algodones y trapos haciendo con ellos apósitos redentores. Las castigadas, todavía tumbadas en la mesa, suspiran y se enjugan las lágrimas con el ruedo de las faldas, que no se atreven a bajar por temor al roce de la estraza con los estigmas recientes.

—¡Ay, Dios mío! —suspiran angustiadas, hiposas, llenas de lágrimas y mocos que arrastran con las mangas. En voz baja maldicen su destino de sirvientas, la arbitrariedad de la gobernanta, su maldad sin límites. Octavia execra en silencio el fruto que la señora incuba en sus entrañas y le augura todos los males posibles en este mundo. Blanca, sin salir de su improvisada guarida, llora por lo bajo como si fuera ella la víctima. Luego se incorporan, aliviadas por el alcohol de romero y alcanfor, las cataplasmas de lino, almidón y vinagre. Piden perdón a la gobernanta y prometen ser buenas, obedientes, sumisas y diligentes en sus menesteres.

Cuando la gobernanta se marcha, reprimen una sonrisa malévola y vuelven de inmediato a las lejías, a las verduras y legumbres, y a las carnes que se cuecen atufando la estancia penumbrosa; a los fregoteos, y a las cacerolas de cobre. Belinda suspira aliviada y recobra sus frascos, ahora tibios por el calor de su cuerpo bajo las faldas. Dentro se apretujan enmarañadas madejas de antenas y patas todavía con vida.

Afuera el cielo se encapota como plomo derretido, la noche se bruñe y adquiere los tonos rosados de una media luna menguante enrojecida, cuya pereza contrasta con la inquietud que se desliza por la piel tirante del vientre de la señora Iris. Bajo la farola Isabelina, una extraña flor nocturna se abre como un corazón palpitante, exhala una fuerte fragancia a carne podrida, y deja caer un pétalo aterciopelado de un rojo muy oscuro, casi negro.



La señora gruñe y maldice su suerte mientras Laura, la criada que entró a servir hace tan solo unos meses y llegó soltera, pero en avanzado estado de gestación, se ocupa de asearla poniendo todo el empeño a pesar de su inexperiencia: sus mejores maneras para contentar a la señora extranjera de la cual circulan por la ciudad vivos y extraños rumores. La incorpora y le cambia la ropa de la cama; con paños humedecidos en agua tibia le limpia todo el cuerpo y los recovecos por donde más se escapan las substancias y los malos olores; la perfuma con agua de Colonia y otras esencias importadas, que nunca faltan en el tocador de la señora, la peina ensayando osadas y complejas formas, llenándole la cabeza de horquillas, bigudíes y peinetas de carey, hasta dejarla tan hermosa como una muñeca de porcelana.

—Lo único que imploro a los cielos es parir pronto, acabar de una vez este empinado calvario —murmura, casi sin aliento.

—Pues yo, lo único que pido a la vida es no ver el fin del mundo que se avecina —confiesa con un susurro la gobernanta, mientras cose a su lado.

—No aguanto más a esta criatura que me vacía desde hace meses y no deja de moverse y dar coces como una yegua salvaje —rezonga, como una letanía, mientras se deja hacer, se entrega a las manos hábiles de Laura—. No sabes lo que has hecho —le recrimina—. No imaginas el daño que haces trayendo un nuevo ser a este mundo hostil, lleno de injusticias y penalidades. —Y se lleva ambas manos al vientre, porque algo dentro se manifiesta activando los resortes del dolor.

Llegan otras criadas, presurosas, a vestir a la señora. Fingen gran entusiasmo al verla tan lozana, tan perfumada y tan limpia, luciendo un peinado tan elegante y moderno, y le preguntan con un interés candoroso tan falso como una moneda de plomo:

—¿Cómo se llamará, señora?

¡Perra! —contesta, y se queda observándolas—. Se llamará perra, como vosotras —aclara. Las mira de soslayo con sus pupilas dilatadas y renegridas acentuadas por la espesa capa de rímel, esperando una reacción que le dé pie a maldecirlas. Pero las mujeres, alertadas por la experiencia, festejan su ocurrencia.

—Muy ingeniosa la señora. Hoy está de un humor magnífico— proclama Elisa.

En la cara redonda de Iris aparece una sonrisa fina y recta de carmín. Se queda callada, observándolas con mirada torva bajo los semicírculos de las cejas falsas que parecen haber sido trazadas con un compás sobre la frente.

Laura abandona el peine y las horquillas, coge el cisne y aplica polvos de talco en la entrepierna de la señora, que se abanica para ahuyentar las nubes que la ahogan.

Una punzada traicionera le atraviesa el vientre de un extremo a otro: grita y crispa las manos. La voluntad se le escapa en un suspiro afónico. La cuerda de un espasmo le anuda los intestinos que, al distenderse, descontrolan los esfínteres.

Laura se mira las manos llenas de mierda, retrocede sin dar crédito a sus ojos, arroja a un lado el cisne embadurnado, que cae al suelo y produce un ruido denso.

La señora, aliviada, estalla en una carcajada sincera:

—Es tu bautismo en esta casa —y no puede dejar de reír, de convulsionarse, ni de evacuar el río de heces que escapa a borbotones.

—Son los dulces... se lo advertí —le recrimina suavemente la gobernanta—. No debe hacer excesos en su estado... —y deja a un lado la costura dispuesta a ocuparse personalmente de la señora.

Octavia hace un pronunciado gesto de fastidio que acompaña con alguna de sus maldiciones secretas.

Laura huye espantada, corre con las manos en alto, manteniéndolas alejadas del cuerpo para no mancharse con la mierda de la señora Iris, cuya voz alcanza a oír a mitad de la escalera:

—¡Es mierda con abolengo, desgraciada; deberías sentirte orgullosa! —y de un manotazo se deshace el peinado y arroja lejos las peinetas.

—Abolengo de puta —musita Octavia con una media sonrisa de lado.

Con voz apenas audible, aliviada de sus tormentos aunque débil, sumergida todavía en el charco de sus propios excrementos, la señora pide que pongan su música predilecta.

Elisa, la única que sabe leer, muestra el pesado álbum a la señora:

—Es este, ¿verdad?

Iris entreabre los ojos y distingue las figuras del Príncipe Cascanueces, rubio como el oro, del Hada de Azúcar con sus alas menudas y coloridas, de las flores, y asiente con un ligero movimiento de cabeza. Elisa ensarta uno de los discos en el eje del gramófono. En ese momento llega el resto del enjambre y, mientras unas se aprestan a volver a higienizarla y cambiar una vez más las sábanas y fundas; otras, provistas de perfumeros, la rocían con esencias de jazmín, de violeta y clavel. Blanca coloca verticalmente varas de sándalo en los pebeteros, las enciende y distribuye estratégicamente por todos los rincones. Elisa da cuerda al gramófono y deja caer la aguja en el borde del disco: un sonido diáfano de clarines hace vibrar la estancia. Draya abre todas las ventanas de par en par para ventilar, sube las persianas y descorre los visillos. Saca de uno de los cajones del tocador el bote de laca bermellón y le pinta las uñas de las manos y los pies. Águeda y Belinda vuelven a peinarla haciéndole verdaderas y originales fantasías con trenzas, postizos naturales, peinetas de concha y lazos de terciopelo.

—Quiero buñuelos de queso con canela —bosteza—, y soletillas con puré de castañas caliente y confitura de naranja amarga.

Octavia, a punto de salir de la habitación, se vuelve y susurra:

—Ya estamos... un día reventará, la cerda.

—No le conviene... —inicia el consejo la gobernanta, que no llegó a oír las palabras de Octavia, pero se siente lapidada de inmediato por unos ojos insobornables de acero y se interrumpe.

Marisa, ante el capricho de su ama, suplica ayuda con una mirada de la que ninguna acusa recibo. Baja a las cocinas resignada, dispuesta a emprender la labor de preparar los complicados dulces.

Laura regresa con las manos limpias y, aunque recelosa, se ocupa de darle polvos de arroz con un cisne nuevo, colorete en las mejillas, y de embadurnarle los párpados con un azul intenso que le resalta los ojos confiriéndoles una dimensión más malévola que la habitual.

—Me fascina Tchaikovsky— proclama dándose aires importantes, mientras se somete a los potingues. Estira el cuello todo lo alto que puede y ladea la cabeza disponiendo un oído hacia donde proviene la música—. Es tan bella —suspira y deja caer los parpados azules. Se adormece entre las manos blancas y expertas de Águeda, que se ha puesto a darle masajes suaves en los hombros y la nuca. La gobernanta vuelve a bajar las persianas y cerrar los visillos para mitigar la intensidad de la luz, disminuye el volumen del gramófono y hace una seña para que callen. Todas se retiran de puntillas para no turbar el reposo de la señora.

En la penumbra de la habitación, perfumada y envuelta en la cadencia sensual de la «Danza Árabe», únicamente relucen los ojos de las muñecas de porcelana, como si lo observasen todo con una indiferencia flagrante.

Laura va en último lugar y baja cada escalón con prudencia para no dañar el fruto de su vientre, y en cada descansillo se detiene, se ciñe los riñones con ambas manos, y emite un suspiro lastimero.

La gobernanta se queda en la alcoba atenta a la evolución de la señora, al ritmo de su respiración, en espera de las contracciones que podrían presentarse de un momento a otro. Vuelve a sentarse junto a la cama y a coger el costurero de mimbre. Enciende un quinqué para ver mejor. Bajo su luz amarillenta, enhebra la aguja con hilo de seda rosa y aplica rigurosas puntadas, diminutas, perfectas, como solo ella sabe hacerlo. Mutila la urdimbre con la punta de acero, abre la trama, anuda aquí y allá y traza senderos de vainica elaborando una complicada geometría de flores en la que se alterna el rosa y el vacío.


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