Licencia de texto: CC 3.0 by -nc -nd
Título:
Medievalario, un bestiario medieval
Primera edición: septiembre de 2011
Fran
Zabaleta
Ilustración de cubierta:
© 2011, Francisco Pérez Villanueva
Maquetación:
Pío García Edicións
Ediciones
Redelibros
C/. Urzaiz, 125 bajo
36205 Vigo, Galicia (España)
Conversión a ePub
http://algueirada.blogaliza.org
Published by Redelibros at Smashwords
ISBN: 978-84-939340-1-9
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Este es para mis padres,
que poblaron mi infancia de libros...
sin sospechar las consecuencias.
Lo que es de ley...
Ninguna novela es producto en exclusiva de su autor, y en el caso de Medievalario esta afirmación es si cabe más exacta por el curioso proceso que la ha llevado finalmente a tus manos. Lo habitual, cuando se pone el punto final, es enviar el texto al editor (o al agente, según el caso) y quedarse tan tranquilo a la espera mientras ellos hacen su trabajo: buscar editor, negociar condiciones, editarlo, revisarlo, maquetarlo, imprimirlo... Un proceso complicado, extenso, pero que en buena medida nos pasa desapercibidos a los autores, salvo alguna revisión ocasional. Son el editor y su equipo quienes se encargan de todo, y aunque haya muchas personas implicadas, estas pocas veces tienen nombre y rostro. Al menos, en su mayor parte.
Pero en este caso ha sido muy diferente. La novela que tienes entre las manos es un experimento, al menos en la forma en que ha sido editada. Como autor, he decidido “asumir el control” de todo el proceso. Yo mismo he encargado y supervisado la edición, la ilustración, la maquetación y la impresión, lo que ha resultado una experiencia fascinante...
... que, de paso, me ha cargado de deudas de gratitud que es preciso cumplimentar. Por eso quiero que quede constancia de mi admiración y mi amistad por Juan Ignacio Alonso, compañero de fatigas en otros proyectos editoriales, que se brindó generosamente a realizar la revisión de edición del libro... y cuyo trabajo solo puedo aplaudir.
También quiero agradecerle a Francisco Pérez Villanueva su excelente trabajo con las ilustraciones, que (a la vista está) son de una calidad que me hace tragar saliva, no sea el demonio que el lector se sienta desilusionado al no encontrar en el texto el debido equilibrio. Gracias, Quico, por tu paciencia antes mis sugerencias, por tu intuición y tu ánimo siempre dispuesto, gracias por aceptar con entusiasmo mi propuesta y por volcar en ella toda tu creatividad.
No puede faltar en estos agradecimientos Pío García, amigo donde los haya, siempre dispuesto, que soportó durante semanas mis dudas y mis cambios de última hora. A él le debo, entre otras muchas cosas, el booktrailer de la novela, la grabación de los audios de promoción y la maquetación del libro. ¡Ahí es nada!
Y Manuel Sánchez, por supuesto, maestro generoso y creativo como pocos, al que tengo la suerte de considerar amigo desde que una ya lejana tarde, allá por el año 2000, coincidimos en las fragas do Eume. Él es quien ha diseñado mi nueva web (¡espectacular web, no me digáis!), quien se ha encargado de los ajustes de la portada y quien no ha dejado de enriquecer esta novela y la web que la acoge con sus acertadas e inteligentes sugerencias.
También Aida Jover, cómo no, amiga desde que ambos éramos unos críos, siempre dispuesta a echar una mano, siempre cercana. Ella es la que me soporta habitualmente durante la etapa más difícil: cuando escribo. Ella es la que lee cada capítulo nada más salir del horno, la que aconseja, sugiere y anima cuando las fuerzas se escapan o cuando empiezo a creer que tanto esfuerzo no merece la pena (¡y pasa muy a menudo, os lo aseguro!). La mejor crítica que puedo tener, las más incondicional.
Gracias a Elena y a Tere, mis hermanas y también mis críticas, que demuestra su entusiasmo devorando el texto y pidiendo más; y a Lois, compañero y socio en la aventura de Redelibros, cuya capacidad de trabajo y su entrega conocemos bien cuantos disfrutamos de su amistad. Sus consejos han enriquecido considerablemente el libro que tenéis entre las manos.
Tampoco pueden faltar en la relación Gonzalo y Maribel, asimismo socios de Redelibros pero, sobre todo, los mejores libreros que nunca conocí, los primeros en animarme a seguir adelante con este proyecto.
A todos vosotros, y a muchos que no nombro pero que también tengo presentes, se debe que Medievalario, tras tantas peripecias, esté en las manos del lector.
Os debo mucho.
Índice
Unas aclaraciones quizá innecesarias
Los bestiarios fueron muy populares en la Edad Media. Eran volúmenes ilustrados que describían a los seres vivos, tanto reales como quiméricos. Pero no se limitaban a una simple enumeración de sus características, sino que incluían aspectos simbólicos o alegóricos de las bestias tratadas, con lo que se convertían de alguna forma en la representación física y moral del mundo.
Para la mentalidad medieval, el mundo es la Creación, con mayúscula: responde a una voluntad superior. Cada ser tiene un lugar, cumple una función y posee unas cualidades propias y específicas. Los bestiarios reflejan esta cosmovisión y atribuyen vicios y virtudes a los animales representados. El águila o el león simbolizan la fuerza y la nobleza; la paloma, la espiritualidad; la serpiente, el pecado y el demonio; el conejo, la lujuria; la sirena, mitológica, la seducción; el basilisco, también quimérico, la muerte...
De la misma forma que la naturaleza respondía a una voluntad divina, también la sociedad aparecía estructurada por dios, dividida en tres estamentos claramente separados: oratores, bellatores y laboratores, cada uno con virtudes y defectos propios y, sobre todo, con una función característica.
Esta división triestamental pretendía reflejar en la tierra la creencia cristiana en la trinidad divina, que afirma la existencia de un dios que es a la vez uno y triple: un solo dios con tres manifestaciones: el dios padre, el dios hijo y el dios espíritu santo. También la sociedad (creación divina, al cabo) es una y es trina: tres órdenes que trabajan unidos y que constituyen una sola creación encarnada en el rey.
Medievalario, al modo de los bestiarios medievales, busca retratar la sociedad medieval tanto en sus aspectos externos como en la forma de ser y de sentir de los hombres del medievo: sus miedos, sus creencias, sus obsesiones y, en fin, la dura realidad de unos seres que viven todavía dominados por la naturaleza, que dependen de sus ciclos y de la regularidad de las estaciones.
Al igual que los bestiarios retrataban a las bestias más representativas para, a través de ellas, ofrecer una visión completa del mundo, también en Medievalario cada historia se centra en un individuo representante de su grupo social y pretende, a través de ellos, dibujar el mundo de la Edad Media.
De correctione rusticorum cuenta la historia de Martiño de Braga, uno de los monjes que más hizo en los albores de la Edad Media por imponer el dominio de la iglesia romana frente a herejías y creencias paganas, un santo riguroso e intransigente, capaz de cualquier sacrificio por su dios.
El bando perdedor se centra en la figura de Lopo Feixoo de Milmanda, un caballero medieval que quiso regirse por los principios de la caballería en un mundo dominado por la violencia y la extorsión del débil.
El husmo de la tierra, narra la dura vida del pequeño Roi, un chiquillo campesino que vive en una posada del camino de Santiago, de padre desconocido y tan hermoso que todos le creen hijo del demonio.
Finalmente, Con los fierros relata la muerte del último rey de Galicia, García II, encarcelado durante diecisiete años por su hermano Alfonso en el castillo de Luna. El rey es quien da sentido a la sociedad, es la imagen simbólica que representa la unidad de esta sociedad trina. De ahí que sea el rey el que cierra este libro. La elección de entre todos los monarcas posibles de uno encadenado no es fortuita: simboliza esa sociedad también prisionera de sí misma.
Medievalario es, como los bestiarios medievales, una amalgama de hechos históricos y ficticios, de realidad e imaginación. Algunos protagonistas son personajes reales, otros son solo producto de mi imaginación. Y como hay tantas historias como historiadores, es muy posible que algunas de las actitudes de los personajes más conocidos resulten sorprendentes al lector.
Si así sucediera, si te resultaran chocantes o atrevidos los retratos de estas "bestias medievales", te ruego que consideres que no son sino eso: simples descripciones de un bestiario medieval. Y que quizá los retratados son tan reales como pudieron serlo el centauro, el grifo o la quimera...
Monasterio de Dumio, Braga, en el reino suevo de Gallaecia
Otoño de 576
Tiene el cuerpo menguado, consumido por el ayuno y por una vida entera de porfía contra las asechanzas del Diablo. Los miembros frágiles, el rostro de calavera de cuyo mentón cuelgan con desgana de chivo unas pocas hebras grises, las cuencas hundidas a las que asoma la blancura lechosa de sus ojos. Afirma que el Todopoderoso, en su infinita misericordia, le ha bendecido en sus postreros años con el don de la ceguera para evitarle la contemplación de las muchas desdichas que infestan estos tiempos aciagos. Quizá por eso no es consciente del desaliño de sus ropas, un destello de paños y oros que agotan la frágil arquitectura de sus huesos. Pues el abad Martiño, nadie lo duda, es un santo en vida, uno de los Elegidos que se sentarán a la diestra del Señor.
—¡Sois unos engendros malnacidos! ¡Bastardos sin padre!
Se halla de pie en el refectorio, el cuerpo encorvado pero todavía enérgico, con las manos apoyadas sobre la mesa como endebles pajarillos. Su voz es recia, tan desabrida y justiciera que solo puede prestársela el mismo Dios.
—¿De qué tenéis miedo, felones? ¿Cómo osáis desconfiar del Altísimo? —su indignación borbotea como el caldo espeso en el perol, recorre con la mirada ciega los semblantes descompuestos de sus monjes, uno tras otro, fustigándolos con santa furia—. ¿Dónde habéis extraviado vuestra fe?
Solo el silencio culpable le responde: un arrastrar de pies, un susurro de hábitos y miradas humilladas. La comunidad en pleno, puesta en pie tras la larga mesa de tablas, contiene la respiración. La estancia es estrecha y alargada, de paredes de madera y techo de colmo. Las vigas ennegrecidas sirven de sustento a gruesas telarañas y a través de las ventanas se escuchan los gruñidos de los puercos que hozan en el lodo del patio.
—Reverendo padre... —un monje a la diestra del anciano alza medrosa la voz, y con ella una oleada de esperanza recorre el refectorio—, sed comprensivo con nuestra debilidad, las noticias son malas, todos estamos nerviosos...
Los dedos del abad son garfios que tabalean sobre la madera en un gesto inconsciente de impaciencia. Alza la mano derecha, que por un momento se agita en el aire como el corazón estremecido de un gorrión. Mas ese sencillo gesto basta para silenciar al prior.
—¡Sopa! —proclama, severo—. Sopa y oración. ¡Os enseñaré a confiar en Dios!
Un murmullo de consternación sacude el refectorio. Un día más se alimentarán con un agua apenas manchada por unas tristes berzas. Un día más ven sus esperanzas frustradas por el santo rigor del abad, que el Señor bendiga su nombre.
―¿De qué os quejáis? ¿Acaso no sabéis que la mortificación de vuestros cuerpos pecadores os acerca al Cristo?
En medio de tanta desolación, los siervos comienzan a recoger los panes sabrosos y todavía calientes, las jarras de vino, las fuentes de carne. En su lugar colocan escudillas y cucharas y pronto comienzan a repartir el líquido desazonado. El silencio se hace profundo mientras los cuencos golpean la madera como clavos sobre un ataúd. Los frailes van venciéndose sobre sus taburetes como si fueran troncos abatidos por el leñador.
Pero el abad ya no les presta atención. Se encamina hacia la puerta del refectorio, tan seguro de que será obedecido como de que las estaciones se suceden unas a otras. No puede ver las expresiones de sus rostros, cierto, aunque le da lo mismo. Él siempre proclama que el silencio está cuajado de sonidos: leves roces, chasquidos, jadeos y resoplidos que son las luces que alimentan los ojos del alma.
“Basta un oído atento y un espíritu observador para interpretar el silencio”, repite con una sonrisa desdentada cada vez que se abren las bocas asombradas de sus frailes por una atinada deducción. Así que, si tal proclama es cierta, es muy probable que perciba cómo por un momento asoma al rostro de los dos o tres más osados un conato de rebelión. Pues a estos se les acelera la respiración, se les tensan los músculos de la espalda y sus labios se abren, a punto de perderse, dejando entrever las masas sonrosadas de sus lenguas.
Mas en el último instante sus miradas se traban con la del abad y en su blancura lechosa pierde ímpetu el demonio que les alienta. Al punto se les quiebran los hombros cual zorras heridas por lance de ballesta en plena carrera. Les vence el miedo, ya que no la vergüenza, y guardan para sí miradas y desafíos en espera de una ocasión mejor.
El abad no se percata. O, si lo hace, no lo demuestra. Da la espalda a los harapos de los frailes y se encamina hacia la puerta. Está a punto de traspasar el dintel cuando se detiene. La comunidad en pleno lo hace también, las respiraciones contenidas, los estómagos atribulados. Martiño se vuelve. Solo un poco, lo justo para que se perciba el albor de sus pupilas ciegas.
—¡Breixo! —ladra—. ¿Dónde está ese charrán?
Todas las miradas se vuelven hacia un monje de veintitantos años, sorprendido con la escudilla a medio camino de la boca hambrienta. Por un instante se le pinta en el rostro la lucha entre el anhelo del líquido y la urgencia del llamado hasta que, suavemente, cual si renunciara a un precioso manjar, deposita el cuenco sobre la tabla y se levanta.
—Ya voy, reverendo padre —y es pura resignación su voz.
Entonces sí, entonces el abad sale al fin de la estancia. Tras él se apresura Breixo, el fraile que le sirve, en estos postreros años, como los ojos y el báculo de su vejez.
—Vamos fuera —ordena el abad cuando el monje le alcanza—. Quiero que me describas lo que ves.
—¿Tras la palizada? Es peligroso, padre...
—¿Tú también, Breixo? ¿Tú también crees que el Buen Dios permitirá que me suceda algo, a mí, el último de sus siervos?
El fraile no responde. Repentinamente avergonzado, se acusa en silencio del pecado de egoísmo. Pues es un hombre honesto y no le duelen prendas en reconocer que no estaba pensando en la seguridad del santo, sino en la suya propia. El abad de seguro escapará de la ira divina, mas, ¿acaso puede esperar que a él, que es un indigno pecador, le suceda lo mismo? Ese pensamiento es una desazón en sus sienes y en su columna vertebral. El cerco enemigo permanece tranquilo a esas horas, pero nunca se está libre de una flecha volandera. Dos labriegos han perecido de ese modo en los últimos días, uno alcanzado en el rostro y el otro en el vientre, y ambos sufrieron espantosos dolores antes de fallecer. Y un tercero ha desaparecido sin dejar rastro, probablemente presa de alguna patrulla goda de exploración.
Mas nada de esto dice el joven fraile. Sujeta con dulzura el brazo del anciano y lo acompaña despaciosamente, a través el patio del monasterio, hasta más allá de las gruesas estacas de madera que cercan los edificios del cenobio.
—Cuéntame lo que ves, Breixo, cuéntamelo todo.
El monje echa un vistazo en derredor. A ambos lados, las lauras de los eremitas brotan de la muralla como tumores divinos sobre el cuerpo terreno de la Iglesia. No todas están vacías: algunos ermitaños se han negado a abandonar su retiro y yacen de bruces, entregados a la oración y el recogimiento, ajenos al espectáculo de la muerte que acecha. Breixo va a contarle al padre cuántos permanecen todavía en ellas pero en el último momento decide no hacerlo. Conoce bien la animadversión del santo hacia los eremitas, de los que afirma que convierten en ostentación pública la plegaria y el sufrimiento. Prefiere no incomodarlo.
Al frente se abren los campos de labor y el racimo de chozas de los siervos de Dumio. La ciudad de Braga no se ve desde donde se encuentran: se agacha a sus espaldas, oculta por la palizada y los edificios del monasterio. Pero está ahí, a un tiro de ballesta nada más, tan congestionada por los refugiados que han llegado de toda la comarca que semeja un pellejo a punto de reventar. Sus muros son altos, de gruesos sillares de piedra que ofrecen una buena protección frente al invasor. Por eso a Breixo le maravilla que el santo, que a la sazón es obispo de Braga, haya decidido abandonar la protección de la urbe para refugiarse en el miserable cenobio de Dumio.
Una luz desvaída baña la fronda del valle. Ha comenzado a llover. Una lluvia endeble y pertinaz tal que preces de beata, que les baña el rostro y baila indecisa en el aire calmo, como si se negara a aceptar su destino. A las montañas lejanas han llegado ya las primeras nevadas que anticipan el invierno inminente. Hoy se celebra la festividad de san Andrés y comienzan, por tanto, las cuatro semanas del Adviento. En latín se dice adventus, que significa llegada, pues este es el tiempo de espera ante el inminente nacimiento de Nuestro Señor. En las iglesias y en las casas pudientes se están colgando del techo las guirnaldas del Adviento, que son coronas hechas con ramas de acebo o hiedra con cuatro velas. Este domingo se encenderá la primera vela, y el próximo otra, y así cada semana, de manera que cuando llegue la Navidad se habrán consumido todas.
—Columnas de humo, padre. Se ven columnas por doquier. El mundo entero está ardiendo.
Asiente el santo, el rostro contraído por la indignación. Sí, humo. Las cenizas se le posan en la piel y le llenan las fosas nasales. El hedor de los animales sacrificados, de los campos quemados y de las aldeas abrasadas. El olor de los muertos y de la sinrazón.
—¿Y mis benditos? ¿Siguen ahí mis benditos?
Breixo busca el miserable cinturón de chozas que se yerguen como pueden en tierra de nadie, a un centenar de pasos de la abadía. Sentados delante de los chamizos, contemplando el valle como si ni la guerra ni la lluvia fueran con ellos, se hallan centenares de leprosos. El hedor acre de la carne podrida es tan habitual que ya no repara en él. Tampoco le llaman la atención los muñones hinchados y sin dedos, las ulceraciones de la carne, las extremidades roídas y esqueléticas. Son los benditos del santo, sus hijos más queridos. Dumio es, probablemente, el único lugar de la tierra en que los leprosos son bienvenidos.
—Ahí están todavía, padre.
—Ellos no se marcharán. Solo me tienen a mí.
El abad siente el desaliento como un yugo de plomo en el cuello. Los ejércitos del godo Leovigildo han conquistado buena parte del territorio suevo y cercan ya la ciudad de Braga. Pronto el reino caerá en sus manos y, con él, todo el norte volverá a ser presa de la herejía arriana. ¿Para eso ha consumido él sus años, llenándolos de esfuerzos y sacrificios? Por un tiempo llegó a pensar que culminaría la labor de su vida: llevar aquellos pueblos al redil del verdadero Dios. Bajo su dirección, los monarcas suevos abrazaron el catolicismo, pero ahora los cántabros han regresado al redil visigodo, el Bierzo ha caído y Ourense está a punto de hacerlo. Todo se desmorona como un castillo de arena. ¿Para eso ha dedicado su vida a la propagación de la fe? ¿Cómo es posible que el mismo Dios que le señaló el camino de la virtud le dé ahora la espalda? ¿Por qué le hace esto?
—¿Por qué, padre?
Le sobresalta la pregunta de Breixo, que al menos tiene la virtud de romper la negra secuencia de sus pensamientos.
—¿Qué?
—¿Por qué habéis venido a Dumio? No deberíais estar aquí, padre, por mucho que os lo agradezcamos, ¡vuestra vida es demasiado valiosa!
Sonríe el viejo para sí, secretamente complacido, aunque su rostro permanece grave y ausente. Es un buen monje, Breixo, sí que lo es. Piadoso y servicial, y un fantástico iluminador de códices, pese a que Martiño ya no pueda apreciarlos. Lo único malo es que tiene la mente aguda cual filo de guadaña, algo que ensoberbece a muchos y los aleja de Dios. Martiño lo quiere como a un hijo y reza cada día para que no caiga en tan terrible tentación. Por el momento, el Señor escucha sus oraciones, pero, ¿quién sabe lo que sucederá cuando él ya no esté?
Por qué ha regresado, le pregunta Breixo. Y también él se lo pregunta, en verdad. ¿Por qué no se quedó en Braga, donde los godos nunca entrarán salvo pacto o traición? Los años se le escapan ya y sus viejos huesos ansían encontrar el reposo de la paz celestial. Martiño siente que su fin no ha de tardar. Percibe una urgencia en el ambiente, un pujo que le desazona y que le despierta en medio de la noche. Las malas noticias se suceden como olas de un mar embravecido: grupos de bagaudas recorren el reino suevo sembrando el terror, y allí donde no alcanzan son las tropas godas las que hieren, saquean y matan. El Diablo, siempre atento para medrar en tiempos aciagos, ha soltado una legión de demonios sobre la tierra para que se alimenten de la miseria y el dolor. Por los caminos vuelven a verse velas encendidas para adorar a las piedras, a los árboles y a las fuentes y el aire está preñado de hechizos y encantamientos. Cada vez que un pájaro alza el vuelo, diez pares de ojos se elevan para vigilar si tuerce a diestra o a siniestra; cada vez que grazna un cuervo, diez gargantas predicen el porvenir. La vela de la verdadera fe católica, que comenzaba a prender en este norte de bosques y lobos, corre peligro de extinguirse ante la marea de la superchería y las idolatrías paganas a las que estas gentes nunca han renunciado en el fondo de sus corazones. Por si no bastara con ello, el arrianismo persiste como una peste maldita entre las grandes familias, de donde nunca fue totalmente extirpado pese a que ya hace más de quince años que el rey Teodomiro abrazó la auténtica fe. Y en lo más profundo de los bosques se esconden los seguidores del hereje Prisciliano, aferrándose a sus creencias como la hiedra venenosa al tronco del roble...
Hasta los mismos monjes de Dumio se asustan como gallinas medrosas, susurran a escondidas y hacen signos paganos sobre sus pechos para alejar el mal. Están convencidos de que el Diablo triunfará y de que toda la labor de su pastor, la ingente tarea que él, Martiño, ha desarrollado durante cinco fecundos lustros, se desmorona.
Pero no es así. Ahora que está quedándose ciego, lo ve todo con completa claridad. Percibe la delicada forma de las hebras que se entrelazan formando dibujos fantásticos y precisos, percibe la grácil tracería divina. Tantas desgracias le duelen, acongojan su corazón, pero sabe que los monjes se equivocan.
Todos se equivocan. Todas esas calamidades no son sino la última prueba que el Señor le pone. El Todopoderoso quiere probarlo una vez más. Quiere tentarlo para que caiga en el pecado y demostrarle así que no es digno de sentarse a Su diestra en el Paraíso.
Pero él, Martiño, el más humilde de entre los creyentes, superará también este obstáculo como lo ha hecho con todos los demás: con fervor y devoción. Pues su fe es firme como la roca contra la que se bate la tormenta. Tan firme que ni el mismísimo Dios Padre conseguirá hacerle vacilar.
—¿Por qué he venido, Breixo?
—Sí, ¿por qué no os habéis quedado en Braga, donde estaríais a salvo?
La mirada ciega del santo se clava en la del discípulo y su mano, sarmentosa como la garra de un viejo leñador, le hace daño en el hombro. Pero Breixo no osa quejarse. La brisa les lleva el hedor del estiércol desde los campos cercanos.
—Porque aquí fue donde todo empezó, Breixo. Aquí fue donde Dios me mostró el camino por primera vez.
Y en verdad así había sido. Aquí, en este preciso lugar, el Señor le había entregado a los leprosos. Y los leprosos le habían salvado.
En algún lugar del reino suevo de Gallaecia. Otoño de 549
El grupo avanzaba penosamente a través del bosque. Había llovido durante la mayor parte de la jornada y el agua goteaba desde un millar de hojas, empapando las ropas y las almas de los viajeros. Quedaban pocos: dos soldados, un monje y un noble, los cuatro agotados y ateridos, los cuatro temerosos, furtivos. Venían de la tierra de los francos y al partir formaban una imponente comitiva, pero la expedición se había visto diezmada por las calamidades. Primero la mar traicionera, luego la enfermedad y después las bandas de forajidos habían ido amenguando al grupo hasta dejarlo tan reducido, de suerte que en nada semejaba aquella triste compañía al solemne cortejo que comenzó el viaje. Y si porfiaban en su propósito más se debía a la falta de opciones que a un decidido empeño en alcanzar su destino. Avanzaban ya por inercia, dejándose llevar a lomos de unas bestias pequeñas y panzudas que mejor servirían de animales de carga que como monturas de viajeros principales. En la mísera aldea de pescadores a la que habían arribado unos días atrás no disponían de otras cabalgaduras mejores. Suerte habían tenido de que los pescadores se aviniesen a venderles aquellos pobres pencos.
El bosque se espesaba por momentos. Todavía no era media tarde, pero ya el cielo cuajado de nubes grises comenzaba a oscurecerse. Y a medida que decrecía la luz se tornaban siniestros los arbustos espinosos y los racimos colgantes de líquenes. Los árboles jóvenes ya no tenían cabida allí, en el corazón de la fronda, donde las hojas eran casi negras y los nudosos troncos de los robles parecían más antiguos que el mismo tiempo. El sendero de cabras culebreaba indeciso entre la espesura. La maleza arañaba los flancos de los caballos y las ramas retorcidas de los árboles se enganchaban en las ropas y se quebraban como dedos leprosos. El hedor a podredumbre invadía las fosas nasales, hacía relinchar a las bestias.
Llevaban largo rato sin hablar. Solo el monje mascullaba sus letanías, una confusa retahíla de plegarias, lamentos y conjuros con los que pretendía alejar de sí todo mal. Así pasaba hora tras hora, día tras día, de modo que marchaban envueltos en el murmullo apocado de los ensalmos, tan fastidioso y persistente como la misma lluvia.
—¡Por todos los demonios, padre, refrenad vuestra lengua!
La imprecación silbó en la floresta como un latigazo. Varias manos se cruzaron los pechos, medrosas como ratoncillos, no fuera el Diablo a sentirse interpelado.
—¡No tentéis a la suerte, Sulpicio, por lo que más queráis!
—¡Bah, bah, bah! ¡Harto me tenéis con tanta monserga, fraile, que no os sale de la boca otra cosa que vuestros malditos rezos! ¿Qué teméis, pardiez? ¿Pues no lleváis con vos las reliquias del santo? ¿Creéis que él quiere terminar perdido en estos bosques?
El monje masculló algo ininteligible y acarició maquinalmente el arca de madera que mantenía siempre cerca. Cada vez que pensaba en su contenido sentía que le renacía en el pecho la esperanza. Decía bien su compañero, nada malo podía pasarle mientras se mantuviera cerca de tan sagradas reliquias. ¡Los restos de la mortal envoltura de san Martín de Tours, el santo soldado, el apóstol de la verdadera fe frente a las asechanzas de los paganos!
—El bueno de san Martín, ah, san Martín —sonrió el fraile bobaliconamente.
En Amiens se contaba que un duro invierno, cuando el santo Martín entraba en la ciudad, se había encontrado con un mendigo que tiritaba de frío. Conmovido, se bajó del caballo, partió en dos su capa y le ofreció al pobre la mitad. “El resto no me pertenece a mí, sino al ejército romano al que sirvo”, explicó todavía, como pidiendo disculpas.
Al día siguiente, el mismísimo Cristo se le apareció vestido con la media capa para agradecerle su bondad, pues el mendigo no era otro que el Hijo de Dios. Martín abandonó la vida militar, se bautizó y llegó a ser obispo de Tours. Era un santo muy querido, cuya fama de milagrero sobrepasaba las fronteras de la Galia y extendía su luz sobre toda la cristiandad.
—No deberíamos haber venido —rezongó el monje al recordar el propósito de su viaje—. ¿Quiénes somos para perturbar su descanso? ¡Exponer los sagrados restos de esta forma!
—¡Ni que hubierais tomado vos la decisión! ¡Solo sois un emisario del rey, pardiez, no el mismísimo santo redivivo!
Se percibía un regusto de inquina en las palabras del noble Sulpicio, el hastío de una discusión cien veces emprendida. El monje le sacaba de quicio con sus protestas constantes. Era incapaz de asumir una misión que le abrumaba: trasladar las reliquias del santo de Tours hasta la corte sueva. La fama de san Martín había llegado a oídos del rey Carriarico, cuyo hijo yacía postrado presa de la epidemia de lepra que asolaba la Gallaecia. Carriarico, pese a ser de confesión arriana, había enviado ricas ofrendas al católico rey franco, Clotario, rogándole le enviase las reliquias y prometiendo que levantaría un gran templo que pondría bajo la advocación de san Martín.
Así que allí estaban los viajeros y allí estaba el fraile con las reliquias. La fama de su devoción por el santo y un lejano parentesco con el monarca franco le habían arrancado muy en contra de su voluntad de su abadía. Él, que solo aspiraba a honrar a Dios y a vivir en la paz del Señor, se había visto arrastrado hasta aquellas tierras salvajes...
—No deberíamos haber turbado su descanso —murmuró—. ¡No deberíamos!
—En verdad no entiendo que Clotario os confiara esta misión ―escupió Sulpicio, hastiado―. ¡Sois más pusilánime que una doncella! ¡Deberíais dar gracias de que me ofreciera para acompañaros!
El monje salió de su apatía al oír a su acompañante:
—Ya, claro.
—¿Cómo que “ya, claro”? ¿Qué queréis decir? —se encrespó Sulpicio, ofendido—. ¿Acaso no es cierto cuanto digo? ¿Creéis que si no fuera por mí habríais llegado hasta aquí?
Los soldados escrutaban la espesura. Se miraron entre sí con resignada exasperación y continuaron escudriñando la floresta con una expresión adusta en sus rostros barbados.
—Solo digo que ya, que claro.
—Ya.
—Eso.
—Lo que sucede, fraile, es que tenéis muy poco mundo. Eso es lo que pasa.
Los soldados volvieron a mirarse. El de más edad se encogió de hombros e hizo un gesto a su compañero para que se detuviera. Instintivamente, las otras monturas se detuvieron también, aunque ni fraile ni noble parecieron percatarse. Se quedaron allí plantados, en medio de la cada vez más oscura floresta, vomitando rencores y agravios.
—¡Solo un hombre que ha viajado y ha visto mundo está a la altura de esta misión!
—Ya. Y vos sois ese hombre —masculló el monje, mordaz—. Un hombre de mundo. Tan acostumbrado a las penalidades del viaje que os enerváis si no os sirven el primero o si consideráis que alguien menoscaba vuestra dignidad. Que dicho sea de paso es enorme, a juzgar por la frecuencia con que os ofendéis. Lástima que me encargaran la misión a mí y no a vos.
—¡Aunque os duela, yo he vivido en Palestina y he conocido los Santos Lugares! ¿Podéis vos decir lo mismo?
—Ah, sí, me olvidaba. Vuestros viajes.
Los hombres de armas intercambiaron otra mirada. Aquello tenía pinta de durar, y ya la noche se les echaba encima. Sin decir nada, desmontaron y comenzaron a preparar el sitio para pasar la noche.
—¡Mis viajes, en efecto!
—Emprendidos por amor a Dios, por supuesto. Nada tuvo que ver en ellos el que seáis el séptimo hijo varón de vuestros padres... sin más oficio ni beneficio que el que vos mismo os procuréis.
—¡Maldito seáis, fraile del demonio, sois torticero! ¿Quién sois vos para dudar de mi devoción?
Mucho habían mudado las tornas desde las primeras jornadas de la expedición, cuando las horas se hacían eternas sobre la cubierta del barco y las andanzas del boquiancho embelecaban a sus compañeros. Pues, a fe de sinceros, había que reconocerle a Sulpicio una facundia sin par, que sabía desgranar anécdotas y peripecias con donaire y abundancia de agudezas que hacían más ligeras las horas.
“¡Oh, ballenas! —contaba, por ejemplo, si avistaban una manada surcando las aguas—. ¿Os conté que en una ocasión conocí a un viejo pescador que afirmaba haber caminado sobre el lomo gigante de una ballena? El abuelo aseguraba que una vez, de regreso de uno de sus viajes, se toparon con una ínsula completamente desprovista de vegetación y decidieron detenerse a explorarla. Esa noche encendieron una hoguera para calentarse, pero cuando se sentaron en torno al fuego se estremecieron al comprobar que la isla comenzaba a moverse. Temerosos, regresaron precipitadamente a su barco y se alejaron de la tal ínsula... ¡que resultó ser una ballena gigante!”
Al principio sus acompañantes le escuchaban entre sorprendidos y maravillados. El monje no se despegaba de su vera y le pedía una y otra vez, con el fervor ardiendo en la mirada, que le describiera las tierras de Palestina que Sulpicio afirmaba haber contemplado con sus propios ojos. Incluso llegaba a imaginarse a sí mismo en aquellas maravillosas tierras, tal era la fascinación que las palabras del infanzón le producían.
“En el mismísimo Gólgota estuve, amigo, y os aseguro que es una experiencia sin igual...”
“Pues ¿cómo es?”, se admiraba el fraile.
“¡Oh, el Gólgota! Allí la tierra parece condensar todo el dolor de la Pasión. El hombre temeroso de Dios siente que resuenan las trompetas celestiales en su corazón. Si uno tiene el corazón limpio y permanece atento, es capaz de escuchar todavía el lamento desgarrado del Hijo de Dios clamando por su Padre. Yo lo escuché, os lo digo, y en ese instante comprendí el verdadero alcance del sacrificio de Cristo Nuestro Señor.”
“¡Alabado sea el Señor!”, respondía el monje, el alma arrebolada, cruzándose cien veces el pecho con devoción.
“Yo lo escuché, sí, yo lo escuché...”
Mas de aquellos arreboles solo quedaba ya el carmesí de la tirria que el fraile sentía por su compañero en lo más profundo de su corazón. Malquerencia de la que se culpaba y que rogaba a Dios extirpara de su interior. Pero era superior a sus fuerzas: no soportaba la fatuidad del noble. En el fondo era consciente de que se trataba de un pobre diablo, un fanfarrón que ocultaba sus miedos y su inseguridad tras un muro de proezas más imaginarias que reales. Rezaba por él al Señor para que le diera cordura y sensatez. Mas una cosa era rezar y otra muy distinta convertir tanta ojeriza en cristiana comprensión.
—Es hora de acampar.
Las palabras del hombre de armas bastaron para sacudir los fantasmas de los viajeros y acallaron la discusión. Ambos repararon en el bosque que se cerraba como la boca de una cueva en derredor. Un silencio profundo invadía la floresta, solo roto por el graznido seco de un grajo lejano y por el gorgoteo del agua de un arroyo.
—Bien, bien —dispuso Sulpicio al punto, cual si de él y no de otro partiera la propuesta—. Acamparemos aquí. Es tan buen lugar como cualquier otro.
El viejo soldado echó una ojeada al campamento que su compañero y él habían dispuesto. Las llamas de una hoguera comenzaban a chisporrotear, llenando la fronda de humo y promesas.
—Como ordenéis, mi señor —respondió tras una breve pausa.
El aullido de un lobo cercano quebró la noche. Por un instante, los cuatro hombres se detuvieron y prestaron atención a las tinieblas que les cercaban.
—Está hambriento —masculló el soldado más joven.
—Es un año de hambres —respondió el otro, la escudilla en la mano.
El hambre era la constante desde que habían pisado aquella tierra maldita. La lluvia pudría la tierra, las malas cosechas se sucedían, la caza escaseaba y las alimañas rondaban las aldeas.
—Es solo un lobo, muchacho —se burló el noble Sulpicio—. ¡Si tú le tienes miedo, él nos tiene más a nosotros!
Una brisa lúgubre cruzó el bosque. Los caballos relincharon inquietos. La oscuridad y la niebla envolvían el campamento como una mortaja desvaída, solo rotas por el crepitar de la hoguera. El monje se persignó y masculló un conjuro para sí. Los cuatro permanecieron un momento más a la escucha, pero el aullido no se repitió.
—Se ha ido —murmuró el joven soldado.
—¿Ves lo que te...? —Sulpicio no llegó a terminar la frase. Se quedó con la boca abierta, contemplando con estupor el espiche afilado que acababa de aparecer en la boca del soldado como si fuera una monstruosa lengua de madera. El joven gargajeó sangre y vísceras, los ojos vidriosos. Y después, sin proferir siquiera un lamento, se desplomó hacia delante.
—¡Aaaah!
El otro hombre de armas comenzó a retorcerse y a aullar, fuera de sí, como un animal herido. Un asta de madera acababa de brotar de su espalda a la altura de los riñones. Una segunda se le clavó en el costado mientras Sulpicio lo observaba.
—¿Qué...?
La noche estalló en un vocerío salvaje, un clamor de bramidos inhumanos que surgían del boscaje lechoso que les rodeaba, alaridos de criaturas infernales. Instintivamente buscó su espada con la mano, pero se hallaba demasiado trastornado para encontrarla. Desvió la mirada hacia el monje: se estaba levantando, la expresión demudada, para auxiliar al soldado. Pero en ese momento una sombra inmensa se interpuso entre el fraile y él y lo perdió de vista.
Vislumbró una fiera surgida de sus más escondidas pesadillas: una bestia de apariencia vagamente humana, vestido de pieles y con unas tremendas fauces de lobo sobre su cabeza. La aparición llevaba una azcona en su mano derecha y el rostro casi oculto por la pelambrera. Sonreía salvajemente mostrando una boca huérfana de dientes. ¡Sonreía!
Comenzó a gritar, convencido de que sus días habían terminado. Frenéticamente, intentó desenvainar su espada, pero su postura sedente le dificultaba el movimiento. El salvaje aulló y cogió impulso para clavarle la lanza. Retrocedió como pudo, gateando de espaldas, intentando desesperadamente huir de aquella aparición.
Entonces escuchó un violento crujido. Asombrado, sin comprender lo que sucedía, se fijó en que en el lado derecho de la cabeza de su atacante acababa de aparecer un... ¿qué era eso, por todos los demonios? Un bulto de madera. Lo reconoció: ¡era el cofre con los restos de san Martín! Antes de que pudiera darse cuenta de nada más, el gigante se desplomó como un fardo y detrás de él apareció la figura menuda del monje con el arca de las reliquias en la mano.
—¡Ah... ahhh!
—¡Corred, por vuestra vida!
No necesitó que se lo repitieran. Se levantó de un salto y echó a volar hacia la espesura protectora sin reparar mientes en nada más.
Siguió corriendo largo rato. Las ramas de árboles y arbustos le cruzaban el rostro como latigazos, los espinos le desgarraban las carnes y el miedo desbocaba su corazón más allá de toda razón. Corrió y corrió y solo cuando llevaba ya un buen rato huyendo se percató de que alguien lo seguía.
—¡Aaaaaah! —gritó aterrorizado al sentir el aliento de su perseguidor.
—¡Soy yo, soy yo! —resolló el fraile a sus espaldas.
Los alaridos fueron quedando atrás. El corazón retumbaba en su pecho y el aliento se le escapaba entre jadeos de agonía, pero no se atrevía a detener su carrera. Veía la azagaya saliendo de la boca del joven soldado y la figura diabólica del salvaje disponiéndose a clavarse su azcona y notaba que el más absoluto terror volvía a dominarle. La visión se le empañaba, se tornaba vidriosa como la del joven soldado en el momento de la muerte, pero siguió corriendo sin fijarse hacia dónde se dirigía, indiferente a los trallazos de las ramas, a la presa de las zarzas en sus brazos y en sus pantorrillas, a las piedras y a las raíces que herían sus pies. El bosque se cerraba a su alrededor, se espesaban el arraclán, la hiedra y la madreselva, se rendían los sonidos de la noche al abrazo siniestro de la fronda.
Sin darse tregua, monje y noble se fueron alejando del campamento. En derredor todo era umbría espesa de viejos robles. En algún momento comenzaron a ascender, al borde del agotamiento, una colina boscosa, los pechos resollantes, las miradas desquiciadas. Cuando fueron incapaces de dar un paso más, se dejaron caer contra la masa negruzca de un bolo de granito. Les alcanzó entonces, mientras jadeaban más allá de todo aliento, el ardor del rostro, el escozor de los brazos y las piernas donde las zarzas y las ramas les habían desgarrado la piel. Sangraban por multitud de rasponazos, pero no podían hacer otra cosa que apretar los dientes y aguantar el dolor.
—San Martín, ora pro nobis —oró el monje cuando recuperó mínimamente la respiración.
—¡Diablos! ¡Eran diablos, eran diablos!
El fraile no respondió. Se limitó a contemplar a su compañero sin acabar de comprender sus desvaríos.
—Si hubieran sido humanos, yo mismo me habría enfrentado a ellos, bien lo sabéis, lo habría hecho, por mi honor que lo habría hecho, ¡aunque fueran una horda de salvajes, daría buena cuenta de ellos! ¡Pero no, no lo eran, eran auténticos diablos!
El fraile se mantuvo en silencio. El sudor se enfriaba sobre su piel. La noche era una hura espesa y gélida.
—Bien sabéis que lo haría, ¿verdad?, ¿verdad? ¿Lo sabéis? Sí, me encargaría de ellos, ya lo hice en otras ocasiones, también en Palestina una vez, sí, en el desierto, pero aquellos eran solo bandidos y éstos engendros infernales, contra tales criaturas nada puede mi espada, sí, así sucedió...
La noche fue una tiritona, una desazón de sobresaltos y terrores. Apenas hablaron, pero tampoco durmieron. Solo un duermevela desgalichado destemplado y un aliento de lobos que les hurtaba el reposo. En algún momento volvió a llover. Por la mañana, ambos se hallaban empapados y febriles. El bolo de granito que protegía sus espaldas se alzaba en medio de una fraga espesa, un túnel de oscuro verdor. El olor de las hojas podridas y las cortezas mohosas atufaba sus fosas nasales.
—¿Qué va a ser de nosotros?
Deliraba el noble, el frío en la piel y en el alma, los ojos todavía alucinados. El monje mascullaba sus oraciones tumbado ante la piedra cual si fuera la víctima propiciatoria de algún ritual pagano. A su lado, en la base de la roca, se hallaba el cofre de madera que contenía los restos de san Martín de Tours.
—¡Alabado sea el Señor, fraile! ¡Habéis cargado con el santo!
Allí estaba, en efecto: una gruesa caja de madera de unos tres palmos de largo por dos de ancho y otros tantos de alto que contenía el cráneo y unos cuantos huesos del patrono de los soldados. El cerrojo estaba roto y manchado de sangre, la madera astillada y los bronces que lo decoraban doblados y rascados, pero allí estaba.
—Él nos ha salvado, alabado sea por siempre —murmuró el fraile.
Sulpicio contempló atónito los restos de san Martín. Inconscientemente se llevó la mano a la oreja derecha allí donde el cofre se había estrellado contra la cabeza del salvaje y revivió fugazmente el instante, la visión de su compañero con el arca en sus manos, la caída de la bestia como un fardo. Observó de hurtadillas al religioso, que oraba con fervor. Él nunca había sido demasiado piadoso. Creía en el Cristo, por supuesto, pero su espíritu amaba la actividad y no la contemplación. Ni siquiera en Palestina había experimentado una emoción particular, pese a lo que contaba para asombro de palurdos y crédulos. La primera vez que le preguntaron por su viaje se le ocurrió ser sincero: dijo que nada había en aquella tierra salvo el hastío del desierto, el calor aplastante y la molestia de las moscas que se le metían a uno por los ojos. Pero sus oyentes se burlaron de él, tratándole de falaz y embustero. ¿Que Tierra Santa era un desierto, que de sus fuentes no manaba leche y miel? ¡Con seguridad mentía, jamás había puesto los pies en Jerusalén! Comprendió que nada de cuanto dijera les haría cambiar y la siguiente ocasión en que le preguntaron por Palestina tuvo buen cuidado de decir lo que sus interlocutores querían oír. Y se asombró de la reacción. Cuanto más fantasioso era su relato, más se abrían los ojos y se desbordaban los pasmos...
No, no era especialmente piadoso. Siempre había considerado la religión cosa de mujeres y niños. Pero no podía negar lo que sus ojos habían visto: el cofre en manos del fraile, el golpe contra el cráneo justo cuando el salvaje se disponía a ensartarlo con su lanza. Si eso no era intervención divina, nada lo era.
—Así es, así es —murmuró—. El santo nos ha salvado, alabado sea por siempre.
Se persignó y cayó de hinojos al lado del monje.
Vagaron por la espesura interminable. La selva les rodeaba, les ceñía los alientos, les envolvía hasta asfixiarlos. Llovía. Llovía sin parar sobre el bosque y sobre su desesperación. Los días grises se sucedían, las luces grises se sucedían, la fronda les mareaba con su aliento a podrido. No tenían idea de dónde se hallaban ni hacia dónde se dirigían, si es que se movían en alguna dirección. Solo sentían frío, hambre, aflicción. Y fiebre, pues las numerosas heridas y la debilidad pronto hicieron presa en sus organismos debilitados. Por la mañana se despertaban con los rostros pálidos y las pieles ardiendo. Cada día les costaba más reunir las fuerzas necesarias para continuar.
—¡Moveos, fraile del infierno! —increpaba Sulpicio cuando su compañero, bastante más debilitado que él, se quedaba atrás—. ¡Moveos, así os lleven los demonios!
Discutían con frecuencia. Sus gritos se elevaban a través de la floresta como chillidos de aves exóticas.
—¡No tenéis temor de Dios! —increpaba el monje, asustado por las palabras de su compañero. Pues Sulpicio, pasado su arrebato místico, se preguntaba en voz alta para qué querría salvarles san Martín si iban a morir sin ver el final de aquella selva.
—¡Vos tenéis la culpa, monje maldito! ¡Vos y vuestra debilidad, que nos retrasa!
Intentaban cazar pequeños animales que les aliviaran de tanto padecimiento. Todas sus pertenencias habían quedado en el campamento: no tenían ropas, ni monturas, ni alimento, ni otras armas que la espada de Sulpicio. Nada con que pescar en alguno de los mil regatos que cruzaban, ninguna flecha para ensartar una liebre. De cuando en cuando divisaban las formas ágiles de una manada de corzos atravesando el boscaje, los veían detenerse y observarlos desde la distancia, como si se mofaran de su impotencia. Al llegar la noche se dejaban caer donde se encontraran, cada día más indiferentes a su suerte. Entonces el mundo se resumía en un goteo interminable, en el aliento gélido del viento, en los aullidos de los lobos y los gritos destemplados de las lechuzas que surcaban la noche como espectros.
—Están ahí, ¿no los oís? ¡Aguardan a que no podamos más!
Los lobos les rondaban. Les acompañaban sus gruñidos justo en el límite de su audición, les sobresaltaban sus aullidos en medio de la noche. Cada día más cerca, más osados, aguardando su momento. Sulpicio comenzó a avanzar con la espada desenvainada, la boca ahíta de maldiciones que escupía como sapos abotagados.
El fraile rezaba. Se encontraba más allá de la debilidad, pero rezaba. Solo la fuerza de las oraciones le impelía a seguir avanzando, otro paso más, otro paso más. A veces daba en pensar que la tierra misma le llamaba. ¡Sería tan dichoso descansar al fin, no tener que continuar avanzando! En su delirio, le asaltaba de súbito el aroma de un capón asado allá en su abadía o la imagen vívida del murmullo de la iglesia cuando todos los hermanos oraban al Señor. Entonces se le venían unas estúpidas lágrimas a los ojos que se confundían con las gotas de lluvia. Qué tontería, se decía entre desvaríos, qué tontería. Cuando vivía en el monasterio, sus muros de madera y sus techos de paja se le antojaban un triste templo indigno de la gloria de Dios. Mas en ese momento, mientras trastabillaba sin fuerzas tras Sulpicio, le parecía que la abadía era en verdad un templo de oro y piedras preciosas, tan acogedor como el mismísimo vientre gozoso de la Madre de Dios. ¡Lo que daría por volver a él!
—¡Apurad, fraile!
Sulpicio comenzaba a perder la paciencia. El menor chasquido le sobresaltaba. Sabía que las alimañas acechaban y todo su ser se rebelaba contra la perspectiva de morir. ¡No podía morir, no antes de haber alcanzado sus propósitos! Debía regresar a su hogar. Tenía que hacerlo para demostrar a sus hermanos que no los necesitaba. Siempre le habían despreciado. Era el último de una numerosa prole de varones. El último, el que nadie deseaba, aquel para el que nada quedaba ya de la menguada herencia paterna. Sus hermanos siempre le habían mirado de reojo, como si su simple existencia fuera una amenaza para sus patrimonios. Por eso se había marchado. Por eso y para demostrarles que él podía ser el menor, pero que también era el único que se merecía la herencia del padre: él y ningún otro llevaba en las venas la sangre que había ennoblecido a sus antepasados. Él llevaba el arrojo y el valor, el coraje y la visión. Hasta el momento no había tenido suerte en sus aventuras, pero tarde o temprano la tendría. Por eso se había embarcado en esa locura de viaje, porque había pensado que encontraría ocasión para mostrar su valía ante el rey. ¡Cuántas veces se había imaginado regresando triunfante tras salvar a sus compañeros de mil peligros!
Mas en aquellos momentos, mientras vagaban sin rumbo por un mundo siempre igual de troncos añosos y espesos matorrales, se le daban un ardite los maltratos de sus hermanos, los desprecios, los ninguneos. Una cosa era soñar con andanzas y honores y otra muy diferente ganárselos. ¡Qué sabrían sus hermanos, acomodados en sus tierras como puercos cebados y listos para la matanza! Siempre había algo que se interponía en su destino y le impedía alcanzar la gloria de la que se sabía merecedor. También en Palestina. Si aquel falso guía no le hubiera traicionado, él solo se habría bastado para salvar a toda la caravana. Pero se había visto obligado a huir para salvar el pellejo. Y ahora otra vez. Bien podría haberse encarado con sus atacantes si tan solo el joven soldado no se hubiera interpuesto en su visión. ¡Sí, lo habría hecho, mal que fueran espectros infernales!
Claro que quizá fuera cierto que san Martín le había salvado la vida. A través del fraile, de acuerdo, pero eran las reliquias del santo las que guardaba el cofre, así que se podía decir que el mismísimo santo le había salvado la vida cuando ya la muerte le mostraba sus fauces. La idea se adhirió a su mente mientras avanzaba por la selva, untuosa como el engrudo y dulce como la miel. ¡El mismísimo santo! ¿Sería que le veía con agrado, que le ponía bajo su protección?
¡Si no tuviera que cargar con el monje! Le retrasaba. Apenas podía avanzar cargando con él, aguardando por él, compartiendo con él el escaso alimento que conseguía. Era una obra de caridad, y se consolaba pensando que el Señor la vería con buenos ojos.
O quizá no. ¿Para qué le había salvado san Martín? Bien pudiera ser que malograra sus propósitos cargando con una responsabilidad que no le concernía. ¿Y si, después de todo, lo que quería el santo era que él, Sulpicio, se salvara? ¿Y si estaba dificultando los designios divinos con su bondad?
—Necesito descansar.
El monje tosía y la fiebre le hacía delirar. No podían seguir adelante. Ambos tenían empapadas las ropas y los huesos y necesitaban un refugio, una hura, cualquier lugar en el que secar las ropas y los mohos que se aferraban a las telas y les hacían estornudar.
—¡Maldito seáis, fraile, así jamás saldremos de aquí!
Pero se quedó con él. Encontraron un abrigo rocoso, poco más que un saliente que les ofrecía un mínimo de protección, y allí se tumbaron a descansar. Sulpicio renegaba. También él se hallaba al límite de sus fuerzas.
—El santo, el santo... —el fraile se desvivía por las reliquias de san Martín. Incluso en los momentos de máxima debilidad se aferraba al arcón y cargaba con él cual si en aquellos huesos se hallara su salvación.
—A vuestra vera, ahí mismo está.
Los lobos rondaban el abrigo. Veían sus ojos brillar en la penumbra, cada vez más osados, cada vez más hambrientos. Sulpicio se levantaba de cuando en cuando y agitaba la espada para ahuyentarlos.
—¡Malditos engendros, bestias infernales! —Pero hasta a él le salían los denuestos sin fuerza, como el vino aguado de los taberneros.
El fraile deliraba. La piel le ardía, las heridas infectadas segregaban pus y habían comenzado a oler mal. Ahora se pasaba la mayor parte del tiempo inconsciente y febril mientras Sulpicio mascullaba maldiciones.
—No hay derecho, fraile, no hay derecho. ¿Para qué me iba a salvar el santo, para morir aquí?
Él mismo estaba enfebrecido, agotado. Dormía, despertaba, en un limbo sin tiempo ni referencias. Una vez sintió el aliento de los lobos que se acercaban y se despertó de súbito, la espada en la mano, con tal suerte que el movimiento clavó la hoja en el costado de una fiera.
—¡Por todos los...!
El incidente le sacó de su sopor. Con esfuerzo, alzó la cabeza y examinó su situación. El fraile yacía a su vera, inconsciente, rodeando con sus brazos el arcón con los despojos. Desde la espesura le llegaban los gruñidos de los lobos. Examinó a su compañero: las heridas infectadas, la piel pálida, ardiente, más allá de toda salvación.
Más allá de toda salvación. La idea se filtró en su ánimo como la ponzoña de una víbora en la sangre fresca. Más allá de toda salvación. Se le ocurrió que san Martín bien podía haber permitido que el monje llegara hasta allí con un solo propósito.
—Bendito sea el Señor —masculló, sintiendo que renacían sus fuerzas. Sí, sí, eso tenía que ser. El santo todo lo hacía por alguna razón. Y los lobos estaban hambrientos.
Febril, se acercó al fraile. Se agachó a su lado e inclinó la oreja sobre su boca. Respiraba todavía. Le invadió la desazón. ¡Maldito fuera el condenado, se aferraba a su estúpida vida como si fuera un preciado tesoro! Trató de apartar los brazos del monje del cofre, pero este comenzó a agitarse y desistió.
—¡No es vuestro!
Estaba arrodillado junto al fraile. Se quedó allí largo rato, jadeando, delirando, maquinando. Un aullido cruzó el claro.
—¿Lo queréis? ¿Lo queréis? —gritó a la espesura—. No puedo hacer nada por él. ¡Nada!
Sus pensamientos se hundían lentamente, ramas podridas en una ciénaga. San Martín los había llevado hasta aquel lugar. Y ahora le tocaba al fraile hacer su contribución. Él, Sulpicio, ya no podía hacer más por el monje. ¡Bastante había hecho, manteniéndolo con vida tanto tiempo!
Aunque no podía dejarlo en ese estado. No sería... misericordioso. Comprendió al fin lo que tenía que hacer. Pero no se movió: se quedó quieto, meciéndose en la debilidad como la rama quebrada de un árbol en la brisa.
—Ayúdame, san Martín —masculló.
Llevó la punta de su espada al gaznate del fraile. “Es una obra de caridad”, se repitió con lágrimas en los ojos. San Martín así lo quería: lo había mantenido con vida para que ahora sirviera de alimento a los lobos y él, Sulpicio, tuviera tiempo de escapar con los sagrados restos.
Sí, eso era. ¡Alabado fuera el santo previsor! Por un momento sintió que una rabia honda se apoderaba de él. ¿Bendito el santo, que le dejaba a él la parte más dura? ¡No había derecho! Lo que tenía que hacer era... era...
Demasiado duro. Quizá sería preferible cargar con el arcón y marcharse sin más. Pero eso sería poco compasivo. El fraile podía despertar cuando los lobos se le echaran encima. Una muerte atroz. No, él sería misericordioso, mal que le doliera.
—¡Maldita sea, san Martín! ¿Qué te costaba hacerlo tú mismo?
Sujetó el pomo de la espada con las dos manos. Masculló una oración. Y, con rabia, se venció hacia delante, dejando que su peso hundiera la hoja en el cuello del monje.
Tardó mucho en ponerse en pie. El arcón pesaba una tonelada. Se preguntó cómo habría podido llevarlo el fraile hasta allí. Tiró de él para sacarlo de entre sus brazos y consiguió arrancárselo, pero cayó a su lado. Se hallaba demasiado débil. Una vez más se puso en pie y lo intentó. Apenas consiguió desplazarlo un palmo.
Pesaba demasiado para sus fuerzas. No tenía opción. Los pensamientos se cruzaban por su frente, etéreos como espectros sutiles. Una lágrima resbaló por su mejilla. Soltó una carcajada abrupta, amarga. Tenía que dejar al santo. Tenía que dejarlo. ¡San Martín había fracasado! Tanto esfuerzo por salvar sus tristes huesos y tenía que dejarlos allí. ¡No podía con ellos! Sintió que las mejillas se le humedecían, quizá por la rabia, quizá por la humillación.