Excerpt for Antes de mí, después by Sandra Becerril, available in its entirety at Smashwords

Antes de mí, después

By Sandra Becerril


Published by Ed. Amarante at Smashwords


Copyright 2011 Sandra Becerril

The prologue copyright 2011 Carlos de Tomás


Smashwords Edition, License Notes

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* * *


Para Ender y Leonardo. Los amo en todos los mundos posibles.


* * *


Mamá, ¿cuándo se va a callar el perro?

¿Cuál perro?

El de los vecinos.

¿Desde cuándo lo escuchas?

Desde que se murió. No me deja dormir.


* * *


Índice


Prólogo

0

I

II

III

Bio-bibliografía


* * *


Prólogo


Acaso una relación de casualidades, o tal vez un compendio de alteraciones espacio temporales, o una travesura onírica dispuesta o superpuesta como las hojas o láminas de un pastel de hojaldre, y con una crema untuosa que te deja pegado a las letras de esta nouvelle. Esa pomada, ciertamente, es el vehículo que nos transporta a través de los distintos escenarios inquietantes que plantea Sandra Becerril. No es algo nuevo soportar una historia sobre la idea de los mundos paralelos, pero cada vez que se plantea es atractivo y si se plantea de una manera talentosa se convierte en apasionante. Un ejemplo reciente lo encontramos en Man in the Dark de Paul Auster que lo usa como base argumental de su novela. En el trasfondo reside la tesis de Giordano Bruno, muerto en la hoguera, en la Italia del dieciséis, por insistir en la existencia de un infinito número de mundos habitados por seres inteligentes. Asimov considera a Giordano Bruno un pilar fundamental en la revolución científica cuya influencia en pensadores posteriores no deja duda. Y es en la literatura donde se asimila aún más la idea del mundo paralelo, desde Lovecraft a, incluso, Asimov quien en su novela Los propios Dioses maneja el argumento de esos muchos mundos. Sin duda, la tesis toma cada vez mayor protagonismo cuando la física teórica se adentra más y más en ese terreno y no descarta su existencia. En Antes de mí, después, encontramos más influencias positivas: Poe, Borges y un cierto realismo mágico. Con ese entorno tan atractivo, Sandra Becerril compone una obra de un lenguaje y unas descripciones que aunque en un primer momento pareciera que nos aproximan al guión cinematográfico, nos percatamos de lo contrario, lo que hace es narrar con maestría, describir con transparencia, ir al meollo sin ambages, y eso lo agradecemos en una novela corta, muy del gusto de las últimas nouvelles neoyorkinas. Una obra a la cual se la puede definir como un thriller, cuyo único atractivo no es la interacción de distintos universos paralelos, hay mucho más, y es ahí donde nace el interés verdadero por la obra de Sandra Becerril; nos cuenta las historias de amores y desamores, de una sociedad endurecida pero que demuestra que somos nosotros mismos los que hacemos difícil la convivencia, las relaciones, por distintos motivos que no vienen al caso. Historias desgarradas, de sus protagonistas y de los personajes principales de la novela. Y mientras la obra va concluyendo nos deja pasajes de una poética que endulza los momentos más duros de la narración: …en medio de noches de sándalo y suspiros colados entre tus letras y mis labios, observo tus ojos…

Antes de mí, después establece otra dicotomía, una historia dentro de la historia que se estructura como otro mundo cruzado. No es difícil entender que las vidas superpuestas en los mundos plausibles confluyan en la novela entre dos planos de realidad; la del mundo llamado real y la de un submundo que traslada al underground todo el peso de las imágenes narradas, y con reiteración recurre la autora una y otra vez a ese escenario. Telegrafiando el arranque de la acción: Leo vuelve a casa. En el metro. Salva a un hombre anónimo, un suicida. Un niño contempla la escena. Una pareja se acerca cuando Leo está en el suelo reanimando al sujeto. Leo se quedó sin gabardina al saltar sobre las vías del metro. Estos dos planos de realidad suelen ser muy recurrentes en la novela posmoderna, aunque al leer esta obra podemos acordarnos de escenografías tan poderosas como la que describe el escritor ruso Vladimir Makanin en su novela El pasadizo; un mundo subterráneo apartado de la deteriorada superficie. Sandra Becerril nos hace ver el mundo superior de manera un tanto gris, consecuencia de las historias de sus personajes, cruda realidad de una sociedad donde las relaciones humanas se ven deterioradas por las influencias externas que alteran el normal desarrollo del ser humano y su sociedad idílica. Leo se cruzará con Mariana, ambos infelices, de relaciones de pareja infelices, de futuro infeliz y pronosticado. Esa circunstancia los aboca con insistencia a la autodestrucción; máxime al darse cuenta de que ni siquiera sus amigos les escuchan y casi siempre ni ellos mismo se escuchan.

La novela que nos presenta Sandra Becerril juega al laberinto de espejos, y sobre todo a la ambigüedad, a la lucha cínica contra la hipocresía, y al hartazgo de una sociedad maniquea y opresora. Las escenas en la estación de metro se suceden a lo largo de la novela con descripciones certeras y angustiosas, y toques esquizofrénicos que amputan cualquier imagen que pudiéramos pronosticar desprendida de la narración.

Otro aspecto clave que la autora maneja con soltura son las digresiones existencialistas, y para eso en el capítulo segundo, en una pirueta de intercalación de escenarios, inserta a Leo y a Mariana en la conferencia de un profesor hablando de los mundos paralelos. Pero la novela adquiere su punto álgido cuando un dibujante de comic dibuja el rostro de Leo por razones que no voy a desvelar. Estamos ante una obra importante, por muchos motivos, por los expuestos, por su originalidad, por un diálogo constante con nuestro otro yo; y todo ello adobado con la singular manera de narrar que tiene Sandra Becerril, definir esa manera como cinematográfica sería escasa e injusta; aunque es indudable que la sabiduría de la autora en el manejo de la técnica del guión ayuda a crear pasajes tan efectivos que nos ponen los pelos de punta. Bon appétit.


Carlos de Tomás

(Escritor)


*.*.*


0


Te crees inocente porque no has tenido la oportunidad de cometer un asesinato.


* * *


Mientras baja las escaleras, su olfato percibe ese olor a humedad que deja el sudor de la gente cuando camina por ahí. Evita que sus manos recién lavadas, en el pulcro baño de la oficina, toquen el barandal. Se ajusta el abrigo. No hace frío, pero es una costumbre difícil de dejar. Sus zapatos newyorkenses resuenan en el mosaico como tacones de mujer. Anda rápido. Corre Leo, no te vayan a atrapar los recuerdos.

Llega al andén. Son casi las 12 de la noche, el último vagón lo devorará pronto como insecto, para llevarlo a la realidad de su mujer esperándolo despierta, con ese camisón transparentemente blanco, tanto como la piel que lo desea húmeda y que él no alcanza a ver ya. Estará en la cama, haciendo como que lee un libro de superación personal, cuando la verdad es que odia cuando el reloj se ríe de ella. Aún crees que llegará temprano ésta vez. Pobre ingenua. Así trabaja el mundo, piensa Leo mirando de un lado a otro. Una pareja se besa al final de la estación. Él le mete la mano debajo de la playera, a ella no le importa y a Leo se le antoja ser él aunque ella no le guste y no la deseé. Nada más por el placer de hacerlo en el andén, donde pasa todas las noches después de estar tres horas en su oficina haciendo nada, vagando por la red, esperando que el sueño de su mujer llegue antes que él. Leo siempre llega primero. Los reproches cierran la puerta con llave.

A su lado siente una voz conteniendo la respiración traviesa, en un cuerpo de cinco años. El niño lo mira. Qué alto eres. Gracias ¿tu mamá? Estoy solo. Estás muy pequeño para estar solo. Tú estás muy alto para estar solo también. Eso es cierto.

Suena el inconfundible silbato del metro acercándose. Un reconfortante aire llena el andén. Unos segundos más y… ¡Ey! ¿Qué haces? ¡No saltes!

Un hombre del otro lado del andén, mira a Leo penetrando en sus ojos de palmera. El hombre saltará, Leo lo sabe, en cualquier momento su cuerpo chocará contra el metro, llenando todo de sangre, de pedazos de vida. Leo trata de gritar pero la voz no sale de su garganta. Siente que su brazo se alarga para detener al hombre y quisiera ser una caricatura donde su brazo es de goma, pero no es así. Leo pierde el equilibrio, viene el metro, Leo salta al mismo tiempo que el hombre, lo atrapa de la cintura, es muy liviano, demasiado, viene el metro, Leo trata de saltar con él en hombros, su gabardina se atora en el riel, maldición, el hombre comienza a pesar, Leo lo avienta a las vías, se quita la gabardina, viene el tren. Qué lento pasan los segundos. Leo toma al hombre, lo saca, salta, llega el tren. El niño los mira como si nada. Ve a Leo sudando, llora agitado en el piso. El niño entra al vagón y se sienta; agita su manita “bye, Leo”. Las puertas se cierran. Leo mira al hombre desmayado en el suelo. Es el más hermoso que ha visto, no por ser hermoso, sino porque no puede quitarle los ojos de encima, quiere besarlo, quiere llevárselo con él. La pareja lo mira de forma extraña. Ella se acerca.

¿Está usted bien?

No. No estoy bien, perdí mi gabardina.

La gabardina está destrozada en los rieles, su negrura se confunde con los pensamientos de Leo, quien trata de levantarse pero no puede, le duele el golpe que se dio en la cabeza, otro en el brazo, la pierna dormida, todo cosquillea, tiembla su piel, sus ojos, sus pupilas cuando lo miran. ¿Quién eres? El hombre desmayado se mueve un poco. Ella dice que hay que llamar a la ambulancia. El salvador se levanta cojeando. Encárguense de él… se va. Lo miran. Se va.


I


Mariana entra a su casa, se quita las botas una a una, va dejando su ropa en el pasillo como si fueran migajas para guiar a unos niños a la cabaña de dulces. La chamarra en el sofá, los pantalones en la silla, se sirve agua, va hacia la recámara, no enciende la luz y a oscuras avienta la camisa, se desata el cabello, se recuesta y lo abraza por la espalda. Él sin voltear, rodea la cintura que acaba de llegar, con su brazo.

Cómo te fue. Más o menos, mañana te cuento. Te extrañé. Mmmm. Hasta mañana. Hasta mañana.


Mariana se despierta temprano, mientras David aún duerme. Ya se acostumbró a sus ronquidos hace mucho e incluso llegó a comprobar que esa chocante melodía era la que la arrullaba por las noches. Trata de no hacer ruido pero como todas las mañanas hace más ruido del que quisiera. En realidad sí quiere porque aún guarda la esperanza de que él se levante con esos pasos y le pregunte algo, lo que sea, si durmió bien, si soñó algo, si salen a correr, si le ayuda en el desayuno… y los “y sí” se esfuman a cada minuto mientras ella se viste con lentitud desmañanada. Baja, se sirve cereal de mala gana. Hoy se rebelará. Hoy no prepara nada de desayunar, no para aquel que platica en sueños cosas que ella no entiende y que más tarde él hará como que no sabe de qué platicó.

Mariana sube de nuevo sin haber tocado las hojuelas ya aguadas por la leche. Tiene ganas de dormir toda la mañana. Hasta la tarde. Hasta la noche. Hasta cumplir 60 años. Avienta los zapatos lejos y cuando se acuesta al lado de él, sube su pierna a la cadera dormida y hunde su rostro en la espalda de David, quien no se da cuenta que ella se perfuma todas las mañanas después del baño, siempre huele bien, el maquillaje perfecto, el cuerpo sin grasa... todo sirve de nada. Quizá él nunca lo notó. O quizá sí, lo que es peor y nunca dijo algún halago.

Hoy me quedaré a dormir con un extraño. Hoy no llego a ver qué se siente dormir sin mí. Con este pensamiento se va arrullando sabiendo que es una gran mentira. Que la que hace muchos meses duerme sin ella es solo Mariana. Que David siempre la tendrá a su lado. Soy una débil. Mariana mete la mano en el bóxer aguado de su marido. Él le quita la mano. Soy una estúpida. Mientras cierra los ojos imagina que ese cuerpo no es el de él, es el de alguien más, un desconocido. Ese con el que cruzó miradas ayer por la calle. Ese que seguramente la amaría de por vida, que se levantaría para hacerle el desayuno sin ruido para dejarla descansar, ya que la noche anterior, ninguno de los dos había dormido. Mucho amor. Cae en ese abismo donde nos resbalamos antes de dormir. Mucho amor.


Lunes de otra angustiosa semana. Mariana se despierta, deja caer su bata para que David la vea desnuda. Él la mira como si viera la pared y se vuelve a quedar dormido. Mariana prepara un lunch para que David se lleve al trabajo. Corta lechuga, jitomate, pepino, lo revuelve. Le da asco su paciencia. Instintivamente escupe a la comida y la revuelve con la saliva también. Calienta la leche para el café. Escucha que David se estira y sus huesos truenan. Mariana se imagina que al tronar, se le van cayendo uno a uno y que cuando entre a la recámara, él estará hecho pedazos como ella, desparramado por el piso “ayúdame”. No, no te ayudo. Ahora te quedas ahí.

¿Y mi café? Ya va. Mi café, mi café… no gracias, no por favor, de nada. Mariana cambia la leche del café por una que ya tenía para tirar a la basura. Se ve tan agria que a Mariana le dan ganas de vomitar cuando la revuelve con agua, azúcar y café negro. Como aderezo, le integra un laxante en polvo sin sabor. David se sienta a desayunar.

Esto está rico.

Ay, mi amor, qué bueno que te gustó.

Mariana sonríe y David la mira de forma rara. Y tú, por qué tanta risa. Estoy contenta. Ah. ¿No preguntas por qué? No, tengo prisa ¿recogiste mi ropa de la lavandería? No, la lavé yo. ¿Tú? Pues llévala de nuevo porque siempre la dejas sucia. Esta vez lo hice bien, además no tengo dinero para llevarla. ¿Me estás pidiendo dinero? ¿Qué te pasa Mariana? Si sabes que estoy ahorrando para mi viaje a Canadá con mis amigos y tú con tus cosas. Perdón.

Te perdono pero apúrate para que me lleves al trabajo porque se me hace tarde siempre por tu culpa...


Mariana espera a Tani en el café horrible y barato de la esquina. Se distrae envidiando a la gente, a las parejas felices. Idiotas, no saben lo que les espera. Una pareja se besa. Mariana los mira sin morbo. Mira las lenguas, los labios, los ojos cerrados, los movimientos de la mandíbula, los pechos agitados por una respiración ansiosa. Quiero un beso así, malditos. Llega Tani, quien comienza a contar su letanía de la semana, el trabajo, el novio, los papás, todo está mal en su vida. Sufre, sufre, sufre. Mariana espera con la mente en blanco a que su amiga termine de hablar para que sea el turno de ella, de lo mismo de siempre, no me hace caso, es un grosero, un patán, lo mantengo, es que yo…

Mira Mariana, es culpa tuya. ¿Mía? —A Mariana se le atraganta el café— Tuya. A ver dime ¿En qué te ayuda ese hombre? ¡En nada! Ni un plato sabe levantar. Es más, cuando tu papá falleció, ni estuvo en el funeral. Ya córrelo, ponle sus cosas en una bolsa de basura y de patitas en la calle. A ver qué hace sin calzones por la vida. Ay Tani…es que no es tan fácil, yo lo amo. Te voy a dar un zape por tonta. Perdóname, ni me veas así, pero es cierto, mándalo a la chingada sin regreso.


Mariana sale con el sabor metálico en la lengua que produce la verdad. Claro, para los demás es muy sencillo decir: córrelo o vete, qué haces con él, búscate otro, tú tienes la culpa, y todas esas frases que la gente dice de una forma tan sencilla como si lo fuera en verdad. Dejar a mi marido de un día para otro, dormir sola, ver el espacio de su ropa y de mis ilusiones colgadas en la nada, buscar con tu pierna la pierna del otro para dormir empiernados y que no esté. Nada da más miedo que soltar al amor que de por sí, ya se fue. Maldición. Soy una estúpida. Mariana llega a otro café para ver a otro amigo. Lo mismo, y la respuesta y consejo de él es igual que el de Tani. Mariana va con una tercera conocida. No lo reconoce pero en su interior sabe que anda buscando a alguien que le diga: quédate con él, todo cambiará, hay esperanzas. El mundo no es tan cruel, amiga. Nadie.

¿Tú qué hiciste, Ale? Mariana le da un sorbo al café aguado descafeinado con leche light y sacarina. ¿Qué hiciste con el amor que sentías cuando se quedó sin dueño? Alejandra la toma de la mano: La única dueña he sido siempre yo. No hay más. Mis citas románticas son cuando compro mi café y voy a ver una película sola. A veces, la discuto conmigo también.

Mariana sale feliz, por la vida tan solitaria de su amiga. Se siente bien no ser la más jodida.


* * *


Leo sale a fumar un cigarro prohibido al jardín. Por hoy ya terminó su día. Durmió al bebé, revisó sus papeles, pensó en los casos que había visto hoy. Ese en especial, ese que lo altera por más que diga que no: el del asesino que mató a sus dos hijos en un arranque porque no lo dejaban ver la televisión. Tal vez si no me dejaran fumar, yo haría lo mismo. Se sacude ese pensamiento de la cabeza. Demasiado macabro para un ser tan racional. Con el humo deja escapar una tos de fumador. Respira el frío nocturno que lo vela. Se muerde el labio inferior sin saber que ese gesto fue el que conquistó a la mujer de la que ahora huye. Mira el cielo, oscuro, sin luna, sin esperanza, sin nada. Lo mira y espera que de alguna forma, pueda transmitir sus pensamientos hacia aquella que lo dejó ir y ahora lo espera para romper la cama de amor. No, Leo no subirá. Prefiere estar a dieta de amor aunque el amor lo siga viendo con ojos de no me olvides. En medio de ese pensamiento cursi, le dan ganas de regresar todo a su lugar, a su vida cuatro años antes. Imposible, no, no, no. Tu vida es mejor ahora. Es mejor ahora, Es mejor ahora.


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