TRECE HISTORIAS INQUIETANTES
Joseph R. Meister
SMASHWORDS EDITION
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PUBLISHED BY:
Karibdis on Smashwords
TRECE HISTORIAS INQUIETANTES
Copyright 2011 by Joseph R. Meister
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TRECE HISTORIAS INQUIETANTES
EL INVERNADERO
El jardín de la casa susurra tímidamente en la penumbra suave de la tarde otoñal. No es un jardín ornamental, sino más bien un parque descuidado, salvaje, afrodisíaco, poblado de leñosas rosaledas, pinos eréctiles y aromáticos laureles, cuya sombra invita a la poesía. Los árboles murmuran meciendo sus ramas con el suave temblor de la serenidad bucólica. La crecida hierba se estremece ante el halago dulce de una brisa rebosante de aromas enervantes, prolíficos.
A medida que la tarde declina y las sombras se extienden, el jardín va tomando ese aspecto moribundo que anuncia la proximidad del invierno. Los mirtos, amarillentos, languidecen y los árboles tiemblan, ateridos de frío, ante los gemidos tristes del viento, que hace crujir las hojas secas en los senderos de gravilla.
El sol del ocaso esparce la gloria de sus últimos fulgores rojizos, que lo tiñen todo de tonos ocres, dorados y purpúreos. Los árboles lloran en silencio mientras el viento, angustiado, los fustiga. Los surtidores de la fuente hace tiempo que dejaron de fluir y en el agua plácida, ahora verde, flotan hojas pútridas e insectos muertos. A lo lejos, la reja primorosamente forjada en diseños simétricos, cubierta de orín, se inflama en regueros sangrientos que le dan un aspecto luctuoso.
Las nubes se oscurecen, cárdenas y violáceas, en el cielo de la tarde que muere, como un siniestro presagio lleno de febriles delirios. Mientras, en lo alto del cerro, el castillo se yergue como un vigía de piedra que otea el valle ante la llegada del crepúsculo.
Los últimos rayos solares, que pronto se desvanecerán en el lejano horizonte, arrancan destellos cegadores en los aglaucados vidrios del invernadero que se esconde en un rincón del jardín, próximo a las espaldas de la vieja casa.
El invernáculo es muy antiguo, con cristales espesos, algo sucios, que apenas dejan ver la neblina caliginosa que flota en su interior. El acristalado vivero es una espesa jungla que contiene una miríada de plantas distintas en un ambiente húmedo y cálido en el que danzan, alegres, las notas de La primavera de Vivaldi. La música estimula las plantas, vibra en los zarcillos voluptuosos de las enredaderas, hace que las flores eclosionen a la vida con su torrente de pureza y el mundo vegetal vuelve sus tallos, sus hojas, sus cálices hacia la vieja gramola de la que surgen, amplificadas, las armónicas vibraciones sonoras.
Pero alguien más allí dentro escucha la música y se deleita con ella. Respira los cientos de aromas que se han fusionado, aunque percibe separadamente los del rosal silvestre y el jazmín, la amarantina y el narciso, las adelfas y el gladiolo.
La excesiva humedad del lugar es dañina para los matraqueantes pulmones de Endimión, pero ni el poner en peligro su débil salud es suficiente para privarle de su única afición. Disfruta de su trabajo, anotando los resultados en un gastado cuaderno mientras tose sin descanso.
Endimión tiene 64 años, pero se siente mucho mayor. Está enfermo, perdido y solo en el mundo. Tras la muerte de su mujer, únicamente le quedó una gran casa vacía, de cuyos pasillos las voces de los niños se habían desvanecido mucho tiempo atrás, un jardín del que ya nadie se ocupaba —porque ella se había ido— y un invernadero vacío, árido como un desierto.
La doncella se ocupa de él con un cariño que nació con los años, prepara las comidas y se cuida de su ropa por un sueldo irrisorio. Pero Endimión prefiere estar a solas todo el tiempo, en silencio, quizás tarareando cancioncillas de su juventud, escribiendo los progresos de sus investigaciones con un gozo tallado en la melancolía de su propia ausencia.
Fue él el que llenó el invernáculo con miles de plantas que trajo de todas las partes del mundo, el que se ocupó de su crecimiento y reproducción, el que otorgó todo su amor a quienes no podían devolvérselo más que con la fragancia y el verdor. También fue él quien podó, transplantó, polinizó, abonó, regó e hizo injertos, cruces y experimentos; quien mejoró los especímenes y obtuvo, destilando la esencia de las flores, sus perfumes cientos de veces concentrados.
Sus frustrados estudios de Botánica en la universidad se reanudaban ahora, muchos años después de que su padre le obligara a matricularse en la Facultad de Leyes. Después de todo, su vida como abogado no había sido muy gratificante, aunque le había permitido acceder a una condición social acomodada, tranquila, sin angustias monetarias.
Retirado ya de los juzgados, sus ahorros le permiten vivir sin problemas acuciantes y sufragar los gastos de sus actividades.
Ahora mismo se ocupa de unos pequeños cactos de rebutia (echinopsis minuscula) en plena floración que le enviaron hace tres años desde Tucumán. Lee con satisfacción lo que ha escrito en su cuaderno y sonríe débilmente.
El cuerpo de la rebutia grandiflora es globular y algo deprimido en el ápice. Se ramifica desde la base. Su color es verde y el mayor diámetro que alcanza es de 4 cm. Los tubérculos o abultamientos están dispuestos en unas 20 líneas espirales. En ellos se insertan grupos de espinas, que son pequeñas y poco fuertes. Se reproduce por semilla y como algunas especies son autoestériles y no se fecundan por sí mismas, si se desea obtener semillas hay que recurrir a la polinización cruzada, transportando el polen de otra planta a la que se quiera fecundar. Las semillas se plantarán en turba de esfagno, mantillo de hojas y arena silícea. Precisa de riegos medianos y exposición semisombreada.
Después, pensativo, coge la pluma y escribe con su caligrafía inclinada y perfecta más información sobre el pequeño cacto.
Su floración se produce desde el mes de abril hasta julio en su medio natural (en el invernáculo de aclimatamiento y con el riego continuado de vitaminas y clorofila ha llegado hasta octubre). Ofrece abundantes y hermosas flores rojas, muy decorativas. La araña roja es su peor enemigo, generando dolorosas manchas grises en su superficie. Es posible salvar la planta con un largo y cuidadoso tratamiento de kelthane.
Deja la estilográfica a un lado, sobre la mesa de trabajo, y observa el recto trazado de las líneas, las palabras dibujadas con tinta color sepia. Se levanta y cambia el disco, que se ha parado al llegar al final de Las cuatro estaciones. En el invernadero se siente a salvo del paso de las estaciones, en su interior se genera una eterna primavera, la temperatura y la humedad son siempre las mismas. El lugar es inmutable.
Comienzan a fluctuar en el aire nebuloso las notas de la Sonata nº2 de Chopin, opus 27, donde se percibe incluso el intenso amor a su querida George Sand, apoyada delicadamente sobre el piano.
Las plantas suspiran, lamentando la ausencia de la luz del sol. Se desean las buenas noches unas a otras.
Endimión enciende las bombillas, alimentadas por el nuevo prodigio de la luz eléctrica. Va a quedarse un poco más antes de irse a dormir un sueño leve e interrumpido por los constantes ataques de tos. Tiene mucho que hacer. Atrás quedaron los farragosos intentos de hallar la essence absolue de las violetas, el jazmín o la rosa, o de obtener de la digital el tónico cardíaco que se toma como medicamento para el corazón. También los cruces por crear una nueva variedad de fucsia enredadera con flores más grandes, el destilar el veneno de las hojas de las adelfas y el extraer de la adormidera el fruto capsular con que se fabrica el opio.
Sus proyectos eran mucho más ambiciosos.
Ahora que está solo puede llevar a cabo una investigación más exhaustiva. A veces echa de menos a su esposa y a sus hijos; a Pablo, que ya es un abogado de prestigio, y a Angelines, que en primavera le daría un nieto. Ninguno de ellos lo necesitaba, tenían su propia vida, sus familias. Recuerda los tiempos en que Ernestina se cuidaba del jardín y los niños jugaban junto a la fuente y eran felices todos juntos. Los tiernos besos de su esposa, las risas de Pablito y Angelines cantándole a sus muñecas.
Ahora sólo hay silencio. Y música en el silencio.
Las plantas y las flores son ahora su familia, su vida.
Llegó un día en que, tras haber llegado a un punto muerto en sus investigaciones, aisló un polisacárido de glucosa capaz de absorber la celulosa reconvirtiéndola en savia presta para la fotosíntesis. De este modo comenzó a añadir trozos de papel de periódico al mantillo del humus y a diluir en el agua de riego la sustancia que destruiría el papel hasta descomponerlo en partículas nutrientes que la planta asimilaría rápidamente, acelerando su crecimiento. Pero el resultado no fue el que esperaba: cuando se produjo la fotosíntesis en las lustrosas hojas coriáceas de la hiedra trepadora en la que había experimentado, pudo observar unas manchas oscuras por encima de las nervaduras que surcaban la red de vasos del limbo acorazonado. Al principio no supo qué podían ser, aunque parecían letras, letras de imprenta. Arrancó las hojas, las observó bajo el microscopio, pero las oscuras formas se fueron disolviendo. Desesperado, tomó una muestra de la negra sustancia, que a todas luces parecía ser una especie de tinta vegetal. Continuó con los experimentos en esquejes de hiedra con menos hojas, para que el fenómeno se condensase tan sólo en una o dos de ellas y la sustancia estuviera más concentrada: las manchas surgieron más oscuras, más nítidas. Eran letras, ya no cabía ninguna duda. En una de las hojas se leía “ONETH” y en la otra “AKIOBTO”. A pesar de que las palabras no tenían sentido para él, buscó en enciclopedias su significado, en diccionarios, en tratados botánicos... Las palabras de la hiedra no significaban nada en ningún idioma conocido. Entonces supuso que se trataría de combinaciones aleatorias de signos. Puso la hoja “ONETH” bajo la lente de aumento del microscopio y pudo percibir lo que a simple vista había sido capaz de discernir: se trataba de una secuencia de caracteres latinos demasiado bien trazados para ser obra de una mano humana. Las letras eran las que aparecían en los libros, en los diarios.
¡Claro, en los periódicos! Entonces lo descubrió todo. El polisacárido de glucosa que absorbía la celulosa del papel también extraía la tinta de las palabras impresas en el periódico y mediante la fotosíntesis la imprimía sobre las hojas, pero el proceso destruía los vocablos.
La extraña palabra de la hoja arrancada fue desapareciendo de su satinada superficie como por arte de magia. La otra hoja, incólume en el tiesto de su esqueje, unida a su tallo por el peciolo, seguía diciendo “AKIOBTO”.
Decidió probar con el resto de las plantas, aunque el arduo proceso sólo daba resultado en aquellas de hojas grandes y un único rizoma tubular erguido, normalmente con una flor coronándolo. Los mejores resultados los ofrecían tulipanes y girasoles. Se impuso la tarea de observar el proceso fotosintético las 24 horas del día y lo que descubrió lo llenó de felicidad.
Podía recitar de memoria lo que en sus primeros cuadernos había definido como “fotosíntesis”:
Proceso anabólico en el cual se sintetiza materia orgánica a partir de anhídrido carbónico, utilizando la luz como fuente de energía; se realiza en las plantas verdes. En ella se distinguen dos fases, una que se realiza en presencia de luz y otra que puede efectuarse a oscuras; la fase lumínica se realiza con intervención de la clorofila y la energía lumínica se usa en dos reacciones: una de descomposición del agua en hidrógeno (que se fija) y oxígeno (que se desprende), y otra de almacenamiento de energía; la segunda fase o fase oscura tiene como función fijar el anhídrido carbónico a una pentosa, que es convertida en una hexosa, utilizando el hidrógeno fijado y parte de la energía obtenida en la fase lumínica. La fotosíntesis es el único proceso mediante el cual la materia inorgánica se convierte en orgánica...
¡Qué idiota había sido! Había visto los resultados de la fotosíntesis en su fase lumínica, cuando el oxígeno, antes de desprenderse, oxidaba la membrana celular y la tinta quedaba fijada en la pared celular y en los cloroplastos. Pero, ¿qué sucedería en la fase oscura? ¿Qué pasaría cuando la materia inorgánica se convirtiera en orgánica gracias al poder de la química del carbono? ¿Se harían orgánicas las palabras? ¿Adquirirían vida propia?
Endimión quedó descorazonado cuando, lleno de frustración, aprendió que la fase oscura tan sólo fijaba definitivamente la tinta en la materia vegetal, de modo que si se arrancaba la hoja de su tallo, ésta conservaba el vocablo incluso muerta y seca. Incansable, prosiguió con sus investigaciones sin perder las esperanzas. De los tulipanes, los de flor blanca eran los mejores, porque tras la fase oscura, las palabras pasaban a la pura suavidad de los pétalos y en la flor se conservaba toda la energía. El vivero se llenó así de plantíos de tulipanes llenos de vocablos enigmáticos e indescifrables, tales como “EKIZELSA”, “AKEIWA” y “KACIIMAZ”. Pero Endimión no se rendiría.
Recortó cuidadosamente de varios periódicos todas las letras “A” mayúscula y las echó en el tiesto de un tulipán asombrosamente blanco, muy apto para ser usado como receptáculo de las palabras. Vertió sobre el mantillo y los papeles el agua de riego —vitaminada y mineralizada— junto con el polisacárido de glucosa clorofilizado. Puso la planta al tibio sol y al producirse la primera fase de la fotosíntesis hubo una inflorescencia en las expansiones laterales y laminadas del tallo vegetal y las hojas se llenaron de letras “A” de todos los tamaños. Esperó a que llegara la noche. Estaba impaciente, nervioso. Las horas oscuras transcurrieron lentamente.
Endimión estuvo en vela en el invernadero hasta el amanecer y las primeras luces del alba le mostraron un espectáculo fascinador: la fase nocturna había llenado los blanquísimos pétalos de letras “A”. Al día siguiente, tras algunas horas de sueño volvió a repetir la operación, pero esta vez la palabra que recortó 126 veces de varios libros y diarios viejos fue “AMOR”.
Repitió uno por uno los pasos, como un ritual sagrado, y al finalizar el proceso, al entrar en el invernáculo festoneado por la neblina, vio, sobre su mesa de trabajo, el gran tulipán cuyos pétalos repetían incansablemente la palabra “AMOR” por su blanca superficie. Pero, ¿qué era aquello que había escuchado antes de entrar a la nave de cristal? ¿Había acaso un intruso profanando su invernadero, intentando descubrir sus secretos? No, estaba completamente solo allí, protegido en su interior, en silencio absoluto.
Probó con muchas más palabras e incluso con frases enteras, pero el orden de las palabras se distorsionaba, rompiendo el sentido de la oración. Pobló el invernadero de tulipanes blancos con palabras como “PAZ”,”ESPERANZA”, “PADRE”, “ESPOSA”, “FLOR”.
Una noche, desde su habitación, cuya ventana daba al jardín, pudo escuchar murmullos en el invernadero, susurros en el aire nocturno, una leve algarabía de voces delicadas y sensuales que cesaron en cuanto se acercó a las puertas vidriadas del vivero. Allí sólo estaban las plantas, las flores, los silenciosos tulipanes, criaturas mudas.