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EL TÓRRIDO VERANO DE ORISTELA

Joseph R. Meister


SMASHWORDS EDITION


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PUBLISHED BY:

Karibdis on Smashwords


EL TÓRRIDO VERANO DE ORISTELA

Copyright 2011 by Joseph R. Meister


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EL TÓRRIDO VERANO DE ORISTELA


Odiaba los espejos, así como la imagen que de ella reflejaban, por lo que los había desterrado a una órbita de olvido perdurable de donde no habían de retornar hasta que abandonaran su constante ingratitud. En toda la casa únicamente moraba uno de ellos, muy pequeño, en el baño de azulejos de color iceberg, que servía para constatar la flaccidez prematura de su rostro marchito, la obesidad que la había torturado a lo largo de toda su existencia, y aun así se contemplaba en su pulida superficie en contadas ocasiones, para no sufrir con la triste oscuridad de sus pupilas doblegadas ante una imagen inexacta, amorfa y tumefacta.

Para conseguir una vivienda propia y un trabajo digno como enfermera, Oristela había padecido innumerables vejaciones en el instituto y en la universidad, aunque había acabado por aceptar la inquina de sus congéneres, las burlas de los chicos y las humillaciones de sus compañeras. Sin embargo, tras liberarse del asfixiante yugo propiciado por el amor excesivo y protector de sus padres pudo respirar con mayor tranquilidad, trasladarse a su propio apartamento y comenzar una vida absurda y solitaria.

Su soledad era un alivio, pero también una carga, una condena que la excluía de una sociedad donde primaba una estética de la perfección, una belleza imposible fruto de quirófanos y arquetipos inexistentes.

Debido a la carencia de amor, sexo o amistad, se dedicaba por completo a su labor en la clínica, mientras su juventud comenzaba a disiparse bajo capas y capas de tejido adiposo, maligno, que se habían adherido a ella como rémoras perniciosas.

Le gustaba su trabajo y seguía estudiando sin descanso el anchuroso campo de la medicina nutricional, ansiosa por hallar una solución contra el mal que la consumía, un arma con la que vencer a su enemigo.

Su dolencia era un misterio, se había martirizado con dietas y ejercicios, había experimentado con fármacos y los mejores especialistas la habían atendido, pero su metabolismo era complejo, astuto, maquiavélico, y parecía poseer una inteligencia capaz de subvertir los efectos de todo tratamiento.

Muchas veces se había encontrado llorando sentada en la taza del retrete, sin fuerzas siquiera para levantarse, rodeada por muros blancos, asépticos y fríos. Nada podía hacer para mejorar su situación, para librarse de aquel cuerpo ajeno, que no era el suyo, y escapar del féretro de carne que la aprisionaba irremisiblemente. Cuando finalmente se enteró de que la cirugía no podía hacer nada por ella, puesto que la grasa y el sebo volverían a enterrarla con rapidez, estuvo tentada de suicidarse, de acabar para siempre con sus padecimientos.

Sin darse cuenta, Oristela se había aislado del mundo. En su nuevo barrio nadie la conocía. Hacía sus compras en un gran centro comercial, árido y despersonalizado. Ni siquiera leía la prensa, no veía la tele ni escuchaba la radio, porque los medios la bombardeaban con siluetas esbeltas y remedios milagrosos de los que se había desengañado tiempo atrás. Su único contacto con el exterior era su trabajo, en el que atendía diariamente muchos rostros sin nombre que olvidaba al instante. Procuraba hablar lo menos posible con sus progenitores y casi siempre lo hacía por teléfono. No quería ver a nadie, aunque al principio hubiera deseado escuchar la voz amable de otra persona, rozar una piel cálida, mirarse en otros ojos comprensivos y llenos de amor.


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