Excerpt for La prisión de Black Rock - Volumen 3 by Fernando Trujillo, available in its entirety at Smashwords

LA PRISIÓN DE BLACK ROCK

Volumen 3


Fernando Trujillo Sanz

César García Muñoz



SMASHWORDS EDITION



* * * * *



La prisión de Black Rock

Copyright © 2010 Fernando Trujillo Sanz, César García Muñoz

http://www.facebook.com/fernando.trujillosanz

http://www.facebook.com/cesarius32

nandoynuba@gmail.com

cesarius32@hotmail.com

http://eldesvandeteddytodd.blogspost.com



All rights reserved. Without limiting the rights under copyright reserved above, no part of this publication may be reproduced, stored in or introduced into a retrieval system, or transmitted, in any form, or by any means (electronic, mechanical, photocopying, recording, or otherwise) without the prior written permission of both the copyright owner and the above publisher of this book.


This is a work of fiction. Names, characters, places, brands, media, and incidents are either the product of the author's imagination or are used fictitiously. The author acknowledges the trademarked status and trademark owners of various products referenced in this work of fiction, which have been used without permission. The publication/use of these trademarks is not authorized, associated with, or sponsored by the trademark owners.


La presente novela es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y sucesos en él descritos son producto de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.


No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del autor.



Smashwords Edition License Notes


This ebook is licensed for your personal enjoyment only. This ebook may not be re-sold or given away to other people. If you would like to share this book with another person, please purchase an additional copy for each person you share it with. If you're reading this book and did not purchase it, or it was not purchased for your use only, then you should return to Smashwords.com and purchase your own copy. Thank you for respecting the author's work.



* * * * *



LA PRISIÓN DE BLACK ROCK

Volumen 3



* * * * *



Volumen 3



Había roca por todas partes, roca negra. Las antorchas ardían y crepitaban, y sus llamas se mecían con las frías corrientes de aire.

El padre Cox se removió dentro de su abrigo. Sus pasos resonaban entre la piedra de Black Rock mientras atravesaba el lúgubre túnel que conducía a las visitas hasta la entrada. No había ventanas ni decoración, solo fuego y roca desnuda, irregular por todas partes, salvo el suelo. No se veían vigas ni columnas, ni apuntalamiento de ninguna clase.

La galería giró. El padre Cox continuó con la vista fija hacia el frente, sabía que la luz de la entrada dejaba de ser visible si se daba la vuelta. A partir de ese punto todo era oscuridad hasta que el padre Cox llegó a una puerta metálica y oxidada. Un carcelero le estudió con una mirada ceñuda a través de una rendija que se abrió con un chirrido molesto.

―Buenos días, padre ―dijo tras abrir la puerta―. Llega un poco pronto.

El padre Cox asintió. Esperó a que abrieran la reja y pasó a una estancia amplia, que servía como sala de espera. Allí la tecnología se fundía tímidamente con la piedra. Los fluorescentes brillaban en el techo, cables e interruptores se asomaban entre la roca desigual que formaba las paredes. Las columnas se entretejían con la oscura piedra de los muros.

El sacerdote no tuvo que esperar demasiado. Poco después el centinela regresó y le condujo a la sala de visita. El padre Cox se sentó en un taburete, frente al grueso cristal que le separaba del preso que estaba al otro lado, y cogió el auricular. El recluso puso mala cara, bufó, se encendió un cigarro, y tras darle varias caladas, tomó su auricular.

―¿Qué quieres?

―Me alegro de verte, hermano ―dijo el padre Cox.

―Yo no. Te dije que dejaras de venir.

El sacerdote asintió.

―Eres la única familia que tengo. No puedo ni quiero renunciar a ti.

El presidiario frunció los labios con desgana, suspiró y murmuró algo, una blasfemia, probablemente.

―No lo entiendes, hermano. Te lo digo por tu bien. No vengas más a esta asquerosa prisión, ni te acerques a sus muros.

―No puedo hacer eso. Me gusta verte, es la única manera de comprobar que estás bien.

El recluso dio una calada larga y arrojó el humo contra el cristal. El padre Cox dejó de ver a su hermano durante un breve instante, hasta que la pequeña nube se disipó.

―No te comprendo, hermano ―dijo el preso.

―El perdón es la mejor cualidad del ser humano ―explicó el sacerdote―. No te guardo rencor por lo que le pasó a nuestros padres.

―Porque no fue culpa mía ―dijo el preso elevando el tono de voz―. Yo no elegí esto.

―Lo sé. Por eso debes salir de esta prisión.

―¡No! ―El recluso se puso de pie―. No entiendes nada, hermano. No sabes qué se oculta en este lugar. ¡Lárgate! ¡Deja de venir a verme! Tu presencia me distrae, no me concentro, y bastantes problemas tengo aquí dentro.

El padre Cox miró a su hermano con un brillo de tristeza en los ojos.

―Permíteme confesarte al menos. Puedo ayudarte a soportar la terrible carga que padeces.

―No, no puedes. Tu Dios no puede ayudarme y las confesiones tampoco. Sé que tu intención es buena, pero no hay nada que puedas hacer. Bueno, tal vez sí, hay una cosa.

―Dímela ―pidió el sacerdote―. Si está en mi mano, lo haré.

El recluso sacudió el puro. Dos centímetros de ceniza cayeron y se esparcieron en el suelo.

―Es sencillo. Confía en mí, solo por una vez. Tu religión no sirve en Black Rock. Y antes de que lo digas, tu amor tampoco me salvará, hermano, ni la fe, ni nada en absoluto. Este problema está más allá de tu comprensión. Tengo que resolverlo del único modo posible. Si lo consigo, volveremos a estar juntos, y entonces, tal vez, puedas perdonarme por la muerte de nuestros padres. Si fracaso, será mejor que te olvides de mí. No puedo recalcarte lo suficiente la importancia de esto último. ―El preso dio otra calada antes de continuar―. El caso es que tus visitas no me ayudan. Reza por mí si quieres, pero déjame en paz. Adiós, hermano.

Se giró sin esperar una respuesta. El padre Cox le observó en silencio mientras golpeaba la puerta metálica a su espalda.

Un guardia abrió poco después.

―¡He terminado, coño! ―rugió el recluso. El carcelero asintió―. A ver si tardas menos la próxima vez, gordinflón.

La puerta se cerró y el padre Cox se quedó solo. Meditó unos instantes antes de levantarse y salir de la sala.

―¿Todo bien, padre? ―le preguntó un centinela al entrar en el túnel que conducía a la salida de Black Rock.

―Perfectamente ―contestó el padre Cox―. Te veré mañana a la misma hora.



# # #



El patio de Black Rock rugía, los presos aullaban excitados por la pelea, resonaban las risas y se gritaban apuestas.

El puñetazo había dejado a Kevin Peyton sin aliento, eso y el increíble hecho de que se lo había dado una persona que era exactamente igual que él, salvo por el pelo moreno y los ojos azules.

Estaba tendido en el suelo boca arriba, luchando por atrapar algo de oxígeno para sus pulmones. Entonces vio su propio rostro encima de él, deformado por una expresión de pura rabia.

―Ya no te volverás a levantar, te lo aseguro ―dijo aquel hombre de pelo negro.

Un puño cerrado tan fuerte que los nudillos eran blancos asomó sobre su cabeza. Kevin lo vio bajar directamente contra su cara, con el anillo de Black Rock brillando en uno de sus dedos, y supo que no podía hacer nada para evitar el golpe brutal que se le avecinaba. De pronto algo nubló su visión, algo negro y alargado que cubrió sus ojos, pero sin tocarle.

―¿A qué se debe este escándalo? ―preguntó una voz que Kevin conocía, pero que en aquel momento no era capaz de identificar.

Sonó un golpe muy cerca de su cabeza, de metal contra metal, seguido de un gemido ahogado y una blasfemia repugnante.

―¿Por qué han golpeado mi bastón? ―preguntó la misma voz.

Kevin logró recuperar el aliento y la visión al mismo tiempo. Jadeaba. Se preguntó fugazmente si algo habría afectado a su oído porque no escuchaba ningún grito y el clamor de los reclusos había cesado. Un repentino silencio se había extendido por el patio.

El miedo se dibujaba en el semblante de los presidiarios, que observaban con los ojos muy abiertos, sin moverse, las mandíbulas caídas, los rostros pálidos. El atacante de Kevin se frotaba la mano como si le doliera muchísimo, la misma mano que hacía un instante descendía en forma de puño al encuentro de su cara.

Eliot estaba en primera fila, apenas visible por su corta estatura, pero imposible de confundir con su nariz torcida. Se le veía más asustado que a los demás, pero no estaba quieto. Le miraba con mucha insistencia, gesticulaba de un modo extraño, se movía como si tuviera un escorpión en los calzoncillos. Kevin comprendió que señalaba un punto a su espalda.

Lo primero que vio al girarse fueron dos playeras deportivas de la marca Nike, blancas, relucientes, plantadas en la arena del patio a un metro escaso de distancia. Luego, unos vaqueros desgastados y, al alzar lentamente la mirada, descubrió un bastón negro. Sobre lo vaqueros había un muerto viviente, una especie de zombi con la cabeza agujereada que pilotaba un antiguo avión monoplaza. Era el estampado de una sudadera negra que llevaba escrito en parte de arriba las palabras Iron Maiden. Sobre ella descansaba una sonrisa y dos ojos muertos, completamente grises.

―¿Y bien? ―dijo Dylan Blair, el alcaide de Black Rock, moviendo la cabeza en todas direcciones―. ¿Nadie va a explicarme qué ha sucedido?

Kevin se levantó, aún aturdido, y se sacudió la tierra de la ropa mientras miraba a su alrededor sumido en la confusión.

―No ha sido nada ―dijo finalmente.

Dylan giró la cabeza en su dirección y sus ojos muertos apuntaron a su pecho, que quedaba justo a su altura.

―Kevin Peyton ―dijo el alcaide de muy buen humor―. Me alegro de verte. Bueno de verte no, de encontrarte. ¿Tu primer día y ya te estás peleando con Dorian?

Dorian no dijo nada. Kevin balbuceó algo incomprensible.

―No es eso... yo...

―Pues claro que sí ―le cortó Dylan en tono alegre―. Verás, mis ojos son una basura, pero reconozco todos los anillos de Black Rock, y el que ha sonado contra mi bastón era el de Dorian Harper. Un muchacho propenso a la violencia, incorregible. Es mejor evitarlo. Ven, vamos a dar un paseo.

Kevin vaciló un instante pero en seguida alcanzó a Dylan, lo que no era complicado, ya que caminaba relativamente despacio con su bastón. Los reclusos se apartaron rápidamente ante el alcaide. Kevin no sabía qué dictaba el protocolo de una penitenciaría sobre la posición que debía mantener respecto del máximo responsable de la prisión. ¿Debía caminar a su lado o detrás? No estaba seguro.

Dylan Blair le desconcertaba y le asustaba más que nadie en el mundo. Siempre había imaginado que un alcaide vestiría con traje, con algún tipo de indumentaria que infundiera respeto y demostrara clase, lo propio de la posición más elevada de una institución, no que luciría una sudadera pasada de moda de un grupo heavy metal. Además, no llevaba abrigo ni parecía sufrir el frío tan terrible que azotaba la prisión. Y por supuesto estaba el detalle de la trampa con la que le había encerrado allí. El truco del suicida demostraba una inteligencia particular con la que no quería medirse.

―Ponte a mi lado, Kevin. No me gusta hablar a alguien que está detrás de mí.

―Sí, señor.

―¿Señor? ―se rio Dylan―. Esto no es el ejército, muchacho. Estás en mi casa y yo detesto las formalidades. Eso déjalo para los estirados de los guardias. Llámame Dylan.

―Como quiera ―dijo Kevin cada vez más confundido.

―Y tampoco me trates de usted. ¿Es que no lo he dejado claro? Habla normal, coño. Si no, esta conversación será aburrida, y odio aburrirme. Además, no podremos ser buenos amigos si no hablamos con soltura. A mí puedes decirme lo que quieras, Kevin. Haz una prueba.

―¿Te gusta Iron Maiden?

Fue lo primero que se le ocurrió. Una estupidez, probablemente, pero a Kevin le costaba pensar con claridad, atorado por una situación irreal que no comprendía.

―Por supuesto ―contestó Dylan con orgullo―. La mejor banda de rock de la historia, puro poder británico. No como los estruendos americanos con los que castigáis vuestros oídos. Apuesto a que tú eres fan de Metallica.

―La verdad es que prefiero a los Pixies.

―¿Los Pixies? ―dijo Dylan, extrañado―. No me suenan. Pero cambiemos de tema, no es de música de lo que quieres hablar, ¿verdad? Vamos, haz las preguntas que de verdad te interesan. ¿Crees que en otras penitenciarías los alcaides charlan con los reclusos mientras pasean por el patio? Aprovéchate.

―De acuerdo ―dijo Kevin, que de pronto se sintió más confiado. Algo en el modo de hablar de Dylan le tranquilizaba y eso era muy raro dado que era la persona que había arruinado su vida y le había separado de su hija―. Tengo varias preguntas. ¿De verdad eres ciego? Hace un instante hemos llegado al final del patio y has girado a la izquierda sin que yo te advirtiera, y caminas a la misma distancia del vallado, no te desvías.

―Porque estamos en mi prisión ―contestó Dylan con una mueca divertida―. En mi casa. No hay una sola mota de polvo de este lugar que no esté grabada en mi memoria... Pero aún no pareces convencido. Te podría enseñar tres exámenes oculares carísimos que guardo en mi despacho, que certifican que mis ojos están tan muertos que ni el mismísimo Dios podría resucitarlos. Estoy seguro de que hubiera sido divertido poder ver las caras de los médicos que los realizaron.

―El día que fingiste que ibas a suicidarte tenías pupilas e iris ―señaló Kevin.

―Lentillas. Un buen truco, ¿verdad? ¿Qué te pareció mi actuación?

Kevin revivió la escena en su mente. Realmente llegó a creer que Dylan se volaría la cabeza allí mismo, en el bar de Norman. Así que lo hizo verdaderamente bien o él era muy crédulo.

―¿Por qué lo hiciste? ―preguntó intentando esconder su rabia.

―Por diversión, como casi todo lo que hago. Podría haber contratado a alguien para...

―Me refiero a por qué me has encerrado aquí. ¡Tú sabes que soy inocente!

Se sorprendió del tono de su propia voz.

―Bravo ―aplaudió el alcaide―. Ahora estás dando rienda suelta a tus emociones, se nota en ese tono tan visceral. Eres inocente, sí, al menos de la muerte de ese irlandés, que por cierto era un bocazas y un mal jugador de póquer, pero eso no viene al caso. Te he traído a Black Rock porque es el mejor lugar del mundo. Aquí podrás desarrollar todo tu potencial. En definitiva, ha sido para ayudarte.

Algo se revolvió en el interior de Kevin. Comenzó a considerar seriamente que Dylan estaba loco de remate.

―¿Para ayudarme? ¿Me estás diciendo que el mejor lugar del mundo es una prisión?

―No, no una prisión cualquiera, solo esta prisión. Black Rock es un lugar especial, ya lo irás viendo. Eres mucho más de lo que crees y no lo descubrirás hurgando en los cadáveres de otras personas para ser exhibidos ante sus familiares. ¡Qué profesión tan desagradable!

―No sabes de qué hablas ―protestó Kevin. Ya se había librado completamente de cualquier escrúpulo a la hora de hablar. Dylan parecía cualquier cosa menos un alcaide―. Era mi vida. Yo decido cómo emplearla.

―Cómo malgastarla, querrás decir. Tienes mucho que aprender, suerte que estoy aquí para instruirte. Tu vida, por ejemplo, no es tuya. Tienes un destino, un propósito, y algún día lo entenderás, te lo garantizo. ¿Nunca has pensado por qué estás en este mundo?

Kevin no era dado a las cuestiones filosóficas, aunque reconocía que era una inquietud que compartían muchas personas. A él le bastaba con ocuparse de su familia y ser una persona decente.

―Me cuesta creer que esta prisión sea el lugar idóneo para descubrir el sentido de mi vida.

―Lo es. Mírame a mí. Yo era una persona vulgar, por debajo de la media incluso, sin ninguna cualidad especial, un triste, vamos. Y sin embargo he llegado a lo más alto.

―¿A alcaide?

Definitivamente la cabeza no le funcionaba bien.

―A alcaide de Black Rock ―puntualizó Dylan―. La vida es mucho más que un trabajo que te consume día a día. Hay cosas muy por encima de la existencia anodina de la gente corriente. Y esas cosas se encuentran dentro de estos muros.

Kevin tuvo claro que no hablaba de dinero. Aparte de eso no entendía nada. Lo único que necesitaba Black Rock era una buena unidad psiquiátrica.

―Me parece genial que estés tan contento con tu posición y tu penitenciaría, pero yo prefiero estar con mi familia.

―Tu familia ―murmuró Dylan con aire pensativo―. Sí, también sobre eso aprenderás muchas cosas aquí dentro. Se nota que los valores familiares son importantes para ti. Tu alianza matrimonial, por ejemplo. Aún llevas la marca. Y el anillo de Black Rock no te lo has puesto en ese dedo, seguro que ha sido deliberadamente. Te resistes a aceptar que tu mujer te abandonó. ¿Me equivoco?

A Kevin no le sorprendió que estuviera al corriente de su situación familiar. Lo que no entendió es cómo un hombre ciego se había dado cuenta de la marca del anillo en su dedo. A lo mejor se lo había dicho el jefe Piers.

En cualquier caso, no se sintió cómodo hablando de su exmujer con Dylan.

―Tengo la sensación de que me mientes.

Dylan cambió de mano el bastón.

―Imagino que es por la jugarreta del suicida ―reflexionó. Había un leve matiz de tristeza en su voz, como si le doliera que no confiara en él―. Lo cierto es que yo soy capaz de recurrir a las mentiras más asquerosas si lo creo conveniente. Ya te he explicado que no soy un hombre brillante, ni mucho menos, y tengo que aprovechar los limitados recursos de que dispongo. Lo extraño es que estoy siendo sincero contigo. ¿Qué te hace pensar que estoy mintiendo?

Kevin se armó de valor para hacer una de las preguntas que más le asustaban.

―El tal Dorian con el que me peleaba ―explicó―. Me ocultas algo. Ese tipo es idéntico a mí físicamente.

―¿En serio? ―dijo Dylan. A Kevin le pareció ver el asomo de una sonrisa, pero no estuvo seguro―. Un detalle muy curioso. Había notado que vuestra voz se parece, pero, claro, como no os he visto a ninguno, no puedo saber si me estás engañando.

―¿De qué me serviría mentir en eso? Cualquier guarda te lo puede confirmar.

―Cierto. Consultaré sin falta ese detalle. ¿Algo más que te haga dudar de mi palabra?

―Al llegar me dieron una baño que casi me mata de frío. No parece el recibimiento de alguien que quiere ayudarme.

―Ah, eso ―Dylan apretó un poco el paso―. Seguro que me he explicado mal. Estar en Black Rock es un privilegio, especialmente si has sido invitado directamente por mí. Pero todo tiene un precio. Para lograr grandes cosas hay que sufrir. Es una regla que no he inventado yo, pero inquebrantable, me temo. Intentaré compensarte en la medida de lo posible.

―¿Me sacarás de aquí?

―No, eso no te conviene. Pero te daré un consejo. El anillo de Black Rock es mejor que lo emplees para cubrir la marca que dejó tu alianza matrimonial. A los presos puede no gustarles tu sentimentalismo.

―Correré el riesgo ―aseguró Kevin―. El jefe Piers dijo que podía llevarlo en el dedo que prefiriese.

―Desde luego. Solo era una sugerencia.

―Además, aún no me fío de ti. Si de verdad tengo que sufrir como dices, ¿por qué me ayudas con esta charla?

―¿Cómo? ―Dylan se detuvo de repente―. ¿Ayudarte con la charla? ¿Esa impresión te he dado? No, no. Debo disculparme por haberme expresado tan mal. Te he ayudado trayéndote aquí. La charla no tiene nada que ver. Yo todo lo hago por una razón o más de una. Te lo demostraré. ¿Ves a ese grupo tan nutrido de reclusos?

Dylan alzó el bastón señalando una dirección. Kevin vio a la misma nube de presidiarios que había estado jaleando la pelea. No se había dado cuenta de que ya habían dado la vuelta al patio.

―¿Qué pasa con ellos?

―Pues que te han visto conmigo, charlando amigablemente. A lo mejor incluso han escuchado el tono distendido de tu voz cuando te dirigías a mí. ¿Crees que eso les gustará, que le hagas la pelota al alcaide? ―Dylan se acercó a Kevin con un paso lateral y palmeó su espalda―. Bienvenido a Black Rock.

Kevin distinguió a un hombre muy corpulento que le señalaba desde el grupo de reclusos y luego escupía en el suelo.



# # #


A Johnny no le gustaba el depósito de cadáveres. Prefería arrojar los muertos al fondo del lago Michigan, cosa que había hecho en alguna ocasión.

Se abrochó un botón de la bata que se le había soltado. Aquella condenada prenda le quedaba muy apretada, apenas podía mover su poderosa musculatura entre el reducido espacio que tenía sin rasgar las costuras. Por lo menos no había tenido problemas para entrar en el edificio con la identificación falsa que le había entregado Wade.

El viejo empresario había explicado con mucho cuidado lo que esperaba de él y Johnny había tenido cuidado de prestar atención. Sabía que a Wade Quinton no le gustaba repetirse. De modo que agarró la bata y la documentación, y se marchó en busca de un cadáver. Era la primera vez que realizaba una tarea semejante desde que se ganó el puesto de matón al servicio del viejo empresario. Normalmente se deshacían de los cadáveres, no los robaban.

Había esperado a última hora antes de entrar, para no toparse con un maldito forense cada dos pasos. Aun así, coincidió con uno en el ascensor. Era un tipo con mal aspecto, que tenía toda la pinta de haber pasado un largo rato en el servicio intentando hacer sus necesidades.

Johnny consideró que debía decir algo.

―¿Mucho trabajo? ―preguntó.

Se esforzó en sonreír de un modo natural.

―Una autopsia urgente ―contestó el forense, distante, mirando la pantalla luminosa que indicaba la planta.

―¿A estas horas? ―preguntó Johnny, sin saber qué más decir.

No tenía ni pajolera idea de si los forenses acostumbraban a hablar de sus autopsias. Le parecía un trabajo repugnante.

―Es lo que hay ―respondió el forense.

Y salió del ascensor en cuanto se abrió la puerta. Johnny se alegró de quedarse solo y no tener que improvisar una conversación sobre cadáveres.

Encontró la sala de autopsias sin problemas, siguiendo el plano que llevaba impreso en un papel, al fondo de un pasillo con unas paredes de un tono verdoso deprimente. Le llegó una melodía pegadiza cuando estuvo frente a la puerta, una de esas canciones de moda interpretada por algún grupo de niñatos que volvían locas a las adolescentes.

No había nadie en la sala. El informador de Wade era bueno, el cadáver se encontraba donde había dicho. Todas las camillas estaban vacías menos una situada al final, pegada a la pared, con una sábana abultada que descansaba sobre ella. La radio sonaba en una mesa cercana. Johnny serpenteó entre las camillas hasta llegar a la que se hallaba ocupada y retiró la sábana.

Había un sujeto con un balazo en cabeza, en la frente. Era él, Teagan Bram, el muerto que le habían encargado robar. Consideró apagar la radio. La música le estaba martilleando los oídos y sabía que aquella condenada melodía se repetiría luego en su cabeza durante horas, como un disco rayado. Sin embargo, prefirió continuar con su cometido. Todo estaba yendo a la perfección y quería salir de allí sin tener ningún altercado con ningún empleado, a ser posible.

Destapó el resto del cuerpo. El pecho estaba cortado por el centro, se veía el esternón con toda claridad, incluso una masa asquerosa entre las costillas que imaginó sería el pulmón. Una arcada trepó desde su estómago.

Sacó el anillo que Wade le había entregado y se lo puso al muerto en el dedo. Luego fue a por una de las bolsas donde metían los cadáveres, la extendió en el suelo, junto a la camilla, y abrió la cremallera.

―Tengo frío ―dijo una voz temblorosa.

Johnny dio un bote, sobresaltado. Se levantó con los nervios a flor de piel, se llevó la mano a la culata de la pistola que ocultaba bajo la bata de forense. La adrenalina se desbordó en su interior.

¡El fiambre tenía los ojos abiertos! ¡Con un agujero de bala entre ellos! Johnny se quedó paralizado un instante sin saber qué demonios estaba pasando. El cadáver miró en todas direcciones, parecía desorientado. Sus ojos pasaron sobre Johnny sin detenerse en él. Se apoyó en el codo y se incorporó a medias, con la piel del pecho balanceándose. Alargó la mano. Johnny se apartó, asustado de que un muerto viviente quisiera tocarle. El brazo de Teagan alcanzó la radio y la apagó.

Por alguna razón, aquel detalle logró que Johnny reaccionara. Le dio un puñetazo a Teagan en la cara. El cuerpo resucitado rodó por la camilla y cayó al suelo, donde soltó un gemido desagradable. Johnny rodeó la camilla. Teagan seguía moviéndose, pero al menos había caído sobre la bolsa de plástico. Johnny venció el asco que le dominaba y forcejeó con él para meterle en la bolsa.

Escuchó el sonido de unos pasos que se acercaban. ¡Maldición! Golpeó de nuevo a Teagan. Sacó la pistola y se ocultó tras una camilla.

Entró un tipo vestido de forense. Iba solo y no parecía gran cosa, así que Johnny podría reducirle sin problemas. Le pudo ver con claridad mientras se acercaba a la camilla de Teagan. Era el mismo con el que se había cruzado en el ascensor hacía unos minutos. El forense estudió la radio, extrañado, seguramente preguntándose por qué no estaba encendida.

―La he apagado yo ―dijo Teagan.

El forense se sobresaltó y se giró, pero no vio a nadie.

―¿Quién ha dicho eso?

―Tengo frío ―Teagan apoyó la mano en la camilla para incorporarse.

El forense la vio y se quedó petrificado. Johnny aprovechó para deslizarse detrás de él, caminado muy despacio, sin que le viera ni le oyera. Sería fácil noquearle mientras estaba distraído con el muerto viviente. Teagan extendió la mano hacia él.

―¡No me toques! ―chilló el forense dando un paso atrás.

Johnny estaba justo detrás de él. Alzó la pistola resuelto a golpearle en la cabeza con la culata.

―Tengo frío ―repitió Teagan.

Cuando Johnny estaba a punto de descargar el golpe, el forense se desmayó a sus pies. Un problema menos. Pero aún tenía otro mucho más grande, aunque se había formado una idea de cómo lo iba a resolver.

No le costó inmovilizar la mano de Teagan sujetándole por la muñeca. Él era mucho más fuerte y Teagan no hacía más que quejarse del frío. En cuanto le sacó el anillo, el hombre cayó al suelo y se quedó completamente inmóvil, como un auténtico muerto, como debe ser. Wade le había ordenado ponerle el anillo, incluso había recalcado el dedo en que debía ser colocado, pero no le advirtió de que el fiambre reviviría. Johnny guardó el anillo en el bolsillo resuelto a no cumplir esa orden. Metió a Teagan en la bolsa, la cerró y lo subió a una camilla con ruedas.

Tenía mucha prisa por desembarazarse del muerto y acabar con ese encargo. Antes de marcharse, arrastró el cuerpo del forense y lo dejó oculto tras un armario, en la esquina más apartada de la sala de autopsias.



# # #



Eliot Arlen se había convencido de que el único amigo que tenía en Black Rock saldría muerto de la pelea en el patio. Por fortuna se equivocaba. El karma de Kevin era muy poderoso.

Todo sucedió rápidamente. Su amigo estaba tendido en el suelo, boca arriba, y el puño de un tipo que parecía su doble, bajaba a una velocidad impresionante, directamente contra su cara. Aquel golpe debería haberle hundido la nariz hasta hacerla desaparecer, pero Dylan Blair interpuso su bastón y Kevin se salvó. Fue la providencia, sin duda. ¿Qué probabilidades había de que el alcaide ciego de la prisión apareciera justo en ese momento? Muy pocas. En el tiempo que llevaba encerrado, nunca había visto a un alcaide pasear entre los reclusos por el patio. ¡Y menos sin escolta! Para que eso sucediera no era suficiente con tener suerte, no, allí actuaban fuerzas de un orden superior, energías que siempre estarían por encima de la comprensión humana.

Los rugidos y clamores que hasta ese momento azuzaban la pelea se desvanecieron inmediatamente. Los reclusos se quedaron en silencio mientras Dylan hablaba con Kevin y así continuaron hasta que se alejaron caminando.

Los presos enseguida empezaron a murmurar sobre lo sucedido. Eliot se fijó en que nadie se acercaba al tal Dorian Harper, que se frotaba la mano en la que llevaba el anillo con una mueca de dolor. Si se tiñera el pelo de rojo y se pusiera unas lentillas del mismo color, pasaría por el hermano gemelo de Kevin. Era impresionante. Eliot no podía dejar de observarle. Su voz también era idéntica, su postura corporal... Todo, salvo el pelo y los ojos.

Eliot sintió unas ganas irresistibles de correr a su lado y acribillarle a preguntas. Kevin le había hablado de su hija y su exmujer, pero no había mencionado a un hermano. Y Dorian tenía que serlo, no se podía explicar de otro modo su extraordinario parecido. Por otro lado, era obvio que no se conocían o no se habrían saludado a puñetazos. Eliot sacudió la cabeza. Era todo muy confuso.

Advirtió otra diferencia entre Dorian y Kevin: la expresión de sus rostros. Kevin era un hombre tranquilo, de aspecto agradable, se adivinaba un aura pura a su alrededor. Dorian era lo opuesto. Parecía enfadado con el mundo entero, nervioso, predispuesto a emprenderla a golpes a la primera provocación. No le causó buenas vibraciones.

A su alrededor se mezclaban las conversaciones. Eliot captaba fragmentos mientras observaba a Kevin paseando tranquilamente con el alcaide.

―Ha tenido suerte. Dorian le habría partido la cara.

―Nunca se sabe. El otro tipo era igual que él. ¿Alguien le conoce?

―Es nuevo.

―¿Otro más? Esta cárcel se está convirtiendo en una jaula llena de esos tipos raros.

Eliot no entendió bien a qué se referían con «tipos raros», pero era una mala señal. Lo mejor siendo un novato era pasar inadvertido, y de meterse en una pelea el primer día, lo mejor era ganarla. Una mala reputación es el peor compañero para cumplir condena.

Intentó acercarse disimuladamente al grupo donde se mantenía la conversación, por si pescaba alguna información valiosa.

―Eh, tú, enano ―le gritó Dorian.

Eliot le miró. Le estaba señalando con el dedo delante de todo el mundo.

―¿Qué tal, colega?

Trató de sonar natural. Una de las reglas no escritas de la cárcel es nunca mostrar miedo.

―Tú eres el que iba con el Kevin ese. ―Dorian se acercó a él. Los presos retrocedieron―. Dime quién es.

―Se podría decir que eres tú con otro color de pelo. ―Eliot había esperado una carcajada o una sonrisa, algo que rebajara la tensión, pero solo obtuvo silencio y una mirada poco amistosa de Dorian―. Un chiste malo... Olvídalo, colega. Se llama Kevin y es nuevo. Nos trajeron en el mismo autobús, eso es todo. ¿Tú no le conocías?

Dorian aún se frotaba la mano.

―No le había visto nunca.

―¿Y por eso te lías a tortas con él? Oye, colega, ¿seguro que no es un pariente o algo así? Ya sabes... Tenéis la misma pinta de...

―Corta el rollo, enano ―bufó Dorian―. Dile a Kevin que me debe treinta pavos. Conmigo no se juega.

―Vale, vale. No te alteres. ¿De qué signo eres? Apuesto a que eres aries. Los aries son bastante chungos. Si quieres puedo ayudarte a canalizar toda esa mala leche...

―¡Kevin! ―gritó alguien.

Dorian y Eliot se miraron sorprendidos por la interrupción. Kevin estaba al otro extremo del patio con el alcaide, así que nadie podía estar llamándole desde esa ubicación. Eliot supuso que habría otro preso con el mismo nombre y en cuanto entendió lo que realmente pasaba deseó encontrarse en otra parte.

Stewart caminaba hacia ellos, o más bien se tambaleaba, porque se movía como si estuviera borracho. Estaba tan delgado que le sobraba abrigo por todas partes. Tenía la barba llena de babas medio congeladas y sus ojos seguían apuntando cada uno en una dirección. Iba directo hacia Dorian.

―¡Kevin! ―repitió―. Keeeeeevin. Kevin. Bonita soooooombra, sombra.

Dorian le miró con desprecio.

―¿Me estás mirando a mí?

Eliot entendió su confusión. Stewart se detuvo a un paso de Dorian, con la cara orientada en su dirección, pero sus ojos bailaban. Bien podía estar mirando a otra parte.

―Yo diría que sí, colega. Te mira a ti.

―¡Kevin! Soooooombra. Soooooooooooombra. Me gusta. Sombra.

―Lárgate, pirado ―rugió Dorian.

Stewart arrugó la barba. A Eliot le pareció que era una sonrisa, pero no lo habría jurado. De lo que sí estaba seguro es de que Dorian no interpretó el gesto como amistoso. Aquello no iba a terminar bien. Eliot no era dado a meterse en líos intencionadamente, de hecho la base de su existencia se centraba en tratar de evitarlos. Lo normal habría sido que hubiese aprovechado la distracción de Stewart para alejarse de allí, pero había descubierto algo que le llamaba la atención.

Una sensación intensa había crecido en sus tripas, una que no podía explicar, que llevaba tiempo ahí, pero a la que no había prestado atención por la tensión de la pelea. Era una emoción particular que le había asaltado en varias ocasiones a lo largo de su vida, en momentos determinantes. Eliot pensaba que esa inquietud estaba relacionada de algún modo con una fuerza superior, con el destino. La había percibido cuando vio a Kevin por primera vez en el autobús de la prisión y se sentó a su lado. Por eso supo que no era la casualidad la que les había unido. Era esa fuerza misteriosa, la misma que ahora hormigueaba en su estómago.

Y era Dorian el que la provocaba en esta ocasión. Por eso no se marchó. Por eso intervino cuando su instinto le decía que no debía hacerlo.

―Stewart, colega, mírame. Él no es Kevin. Se parece un montón, pero no es él. Mira sus ojos, son diferentes. No es Kevin, ¿te das cuenta?

Stewart movió la cabeza y la ladeó. Luego la bajó, como si estuviera mirando al suelo.

―¡Kevin! La soooombra de Kevin. Keeeeeeeevin.

Stewart estornudó, llenando a Dorian de babas. Al presidiario no le gustó.

―La madre que...

Dorian lanzó un puñetazo. Le hubiera dado en la cara, pero Stewart se arrojó al suelo y el puño pasó sobre su cabeza. El impulso hizo girar a Dorian, que no se esperaba la finta, y eso le hizo perder el equilibrio y chocar con Eliot. Los dos cayeron al suelo.

Stewart palpaba la arena persiguiendo la sombra de Dorian. Se reía cuando la tocaba. Babeaba continuamente.

―Me estás aplastando, colega ―gimió Eliot.

Dorian se levantó y dejó a Eliot respirando con dificultad. Stewart gateó tras su sombra.

―He dicho que te largues, pirado.

Dorian dio una patada en el suelo y salpicó de tierra a Stewart. Eliot se sentó, recuperando el aliento mientras Dorian se alejaba, abriéndose paso entre los presos, que les observaban divertidos. Algunos reían abiertamente.

Cuando Eliot apoyó la mano para levantarse algo se le clavó en la palma. Era una piedra negra, muy brillante y pulida, del tamaño de una pelota de ping-pong, pero de forma irregular. Destacaba entre la arena amarillenta del patio. No había ninguna otra piedra de aspecto similar cerca. Eliot la guardó en su bolsillo y se levantó.

―Estoy bien ―dijo alzando los brazos―. No pasa nada, no os preocupéis.

Los reclusos le miraron y se rieron. Eliot no entendió el chiste. Debía de ser por Stewart, que seguía arrastrándose por el suelo y haciendo el ridículo.

―Menudo bufón ―se burló alguien.

Más carcajadas. Algunos presos les rodearon a él y Stewart. Les miraban con aire amenazador y se frotaban los puños.

―Calma, colegas ―dijo Eliot―. No os conviene meteros con Stewart.

―Qué miedo...

Se acercaron más.

―Yo lo digo por vosotros. Stewart es amigo de Kevin, el que pasea tan tranquilo con el alcaide.

Aquello funcionó. Los presos se volvieron. Eliot vio a uno de los reclusos más corpulentos señalar a Kevin y escupir en el suelo.



# # #



Cuando Stanley Henderson abrió los ojos, ella estaba allí, sentada en una silla con las piernas cruzadas, observándole, apuntándole con unos ojos tan fríos como el hielo. Aquella mirada le incomodó, aunque aún no tenía claro por qué.

Stanley estaba muy confundido. No le dolía nada, el único problema parecía estar localizado en un molesto zumbido que retumbaba en su cabeza. Le sorprendió comprobar que estaba mojado, pero no todo el cuerpo, solo desde el pecho hasta la cabeza. Se incorporó hasta quedar sentado sobre un pequeño charco de agua en el centro del salón de su apartamento. Tenía la camisa desabrochada. El resto de su ropa estaba tirada de mala manera en el suelo, cerca de la entrada.

La chica no le quitaba el ojo de encima, pero no decía nada, se limitaba a observarle con una expresión tan seria que daba miedo. Su nombre le vino a la cabeza de repente, Stacy Peyton, y tras él toda una avalancha de recuerdos.

Su primer pensamiento fue que debería estar muerto. La última imagen que recordaba era el cañón de una pistola apuntándole directamente al pecho. El último sonido era un potente estampido. Después no había nada. Stacy le había disparado por no haber sido capaz de salvar a su padre, Kevin Peyton, de ir a la cárcel.

―Era una bala de fogueo ―dijo ella adivinando la turbación del abogado. Sacó la pistola de su bolso y la dejó sobre sus piernas―. Pero ahora las balas son de verdad.

Stanley asintió, consciente de lo delicada que era su situación.

―¿Puedo vestirme? Estoy empapado.

―Tuve que mojarte un poco. No te despertabas.

Señaló un cubo que había pegado a la pared.

―¿Llevo mucho inconsciente?

―Unas cuatro horas.

Aquello le molestó bastante más de lo que debería dadas las circunstancias. Recordaba que tenía una cita muy importante con una nueva clienta, Rachel Sanders, y era posible que la hubiera perdido por no presentarse. A la gente rica no le gusta que la dejen plantada sin ni siquiera una llamada de disculpa.

Stanley intentó borrar el trabajo de su mente. Estaba ante una chica tremendamente irritada porque su padre había sido condenado a cadena perpetua. Pensó que él no tenía derecho a enfadarse por haber perdido una clienta.

―Parece obvio que no me vas a matar o ya lo habrías hecho ―dijo poniéndose de pie. Estaba recobrando la firmeza en la voz, el tono sereno y robusto con el que exponía sus conclusiones ante el jurado. Se sintió un poco mejor―. Si no te importa voy a vestirme y asearme.

―No voy a matarte ―repuso ella―. Pero no tengo inconveniente en dispararte en una pierna, o en otra parte más delicada, si... si no me ayudas.

Había un leve temblor en su voz. Stanley lo captó con claridad.

―Te ayudaré ―dijo con su tono más cordial―, pero deja el arma. No la necesitas.

Stacy miró la pistola con los ojos desenfocados.

―Tú eras su abogado. ―Cada vez hablaba más bajo―. Mi padre nunca haría daño a nadie, es una gran persona. ―Miró a Stanley fijamente y añadió―: Has enviado a la cárcel a un hombre inocente. Te odio.

Si Stanley no se equivocaba, y eso era raro cuando se trataba de juzgar a una persona, Stacy estaba a punto de romper a llorar. Se iba a derrumbar. No le convenía que una adolescente desequilibrada, que sostenía una pistola, perdiera el control, especialmente tras dejar claro que le odiaba. Tenía que tranquilizarla.

En un despacho, con un cliente de verdad, recurriría a la jerga legal para desconcertarle mientras pensaba en una solución. Había salvado más de una situación comprometida de esa manera, hablando rápido, con medias verdades enterradas entre un montón de términos legales que solo otro abogado, o alguien versado en leyes, podría comprender. Pero esta era una situación nueva para él y su instinto le advirtió de que necesitaba una estrategia diferente. Con un arma apuntándole decidió que la verdad era su única oportunidad, pero por sí sola no bastaría. Tendría que incluir algo de esperanza y optimismo. Aquella chica necesitaba oír que todo iba a salir bien, que su padre sería puesto en libertad y recuperaría su vida, o si no, podría llegar a la conclusión que ya nada le importaba.

―No hay nada irreversible. Le prometí a tu padre que apelaría, que le sacaría de allí. Y yo creo en su inocencia. Me siento francamente mal por haberle fallado. Si me das la oportunidad, te demostraré que puedo ayudarte. Tu padre no es la primera persona encarcelada por error. Le sacaré de allí y volveréis a estar como antes. Todo esto no será más que una pequeña pesadilla que olvidaréis enseguida.

Stacy no se movió ni dijo nada. El silencio se prolongó más de lo que Stanley consideró normal. No lograba descifrar la expresión de la muchacha ni el efecto que sus palabras habían causado en ella.

―¿Lo dices porque llevo una pipa?

Stacy agitó el arma.

―No. Sé que te cuesta creerme, pero ya había decidido ayudar a tu padre antes de que vinieras a mi piso. Tienes que confiar en mí o no podré hacer nada.

―Yo... Iba a matarte ―sollozó Stacy. Dos lágrimas resbalaron por sus mejillas―. Solo quería que me encerraran con él... Necesito ver a mi padre... Pero él siempre me decía que no hay que hacer daño a los demás, que la gente, en el fondo de su corazón, es buena... ―Stanley bendijo a Kevin Peyton por inculcar esa creencia en su hija―. Y ahora está encarcelado... Solo... Como un vulgar criminal...

El llanto le impidió continuar y Stanley dejó que se desahogara. Llorar es bueno, libera la tensión y el estrés.

―Tu padre no es un criminal ―aseguró. Se puso de rodillas, muy lentamente, y se inclinó hacia ella, despacio, sin movimientos bruscos―. No se merece lo que le ha pasado. ―Puso su mano sobre el hombro de la chica. Ella lloró con más fuerza―. Le sacaremos de allí. Te prometo que haré todo lo posible.

Acarició su brazo con suavidad hasta llegar a la pistola. Stacy no ofreció resistencia y dejó que le quitara el arma. Stanley respiró hondo. Iba a guardar la pistola en un cajón pero Stacy le abrazó con todas sus fuerzas.

―¡Ayúdame, por favor! ―dijo entre espasmos.

Él la abrazó. No podía enojarse con una pobre chiquilla que había perdido a su padre, ni aunque le hubiera encañonado con un arma.

―Lo haré ―le prometió―. Mañana mismo iremos a los tribunales a ver al juez que dictó la sentencia.



# # #



Paul Miller despertó con un sobresalto. Había tenido una pesadilla horrible.

En su sueño, se disponía a realizar una autopsia, incluso había llevado a cabo una incisión en el pecho del cadáver. Después había imágenes confusas: un hombre muy fuerte en el ascensor, música de fondo, su taquilla... Y por último, miedo, un miedo absurdo que todos los forenses superan durante las prácticas o no llegarían a ejercer como tales. El miedo a los muertos.

Paul había tenido algún mal sueño durante su primer año como estudiante en el que un cadáver resucitaba y trataba de estrangularle, incluso una con una mujer muerta y cierta dosis de erotismo, algo que jamás había confesado a nadie. Pero nada tan real como la terrible pesadilla que acababa de atormentarle. En ella, el muerto se había levantado, con parte del pecho colgando y el pulmón a la vista, y le había dicho repetidas veces que tenía frío. Era un muerto con un balazo en la frente, un muerto que parecía demasiado real.

Le costó levantarse. Paul se quedó sentado en el suelo, luchando por reorientar sus sentidos. Estaba en la sala de autopsias y eso le alarmó de inmediato. Esperaba encontrarse en su cama, tal vez con las sábanas empapadas en sudor, pero en su maldito dormitorio. Eso explicaría que estuviera soñando. No recordaba haberse dormido en la sala de autopsias, y menos en el suelo, detrás de uno de los armarios de una esquina.

Su mano derecha empezó a temblar de nuevo.

―Tranquilízate, Paul ―se dijo a sí mismo―. Hay una explicación lógica para todo esto.

Recordó las recomendaciones de su médico. Sacó un tubo con los ansiolíticos que le habían recetado y se tomó dos pastillas. Estuvo a punto de engullir una tercera, pero logró dominarse. Debía dejar tiempo para que los medicamentos hicieran efecto.

Terminó de incorporarse. No había nadie en la habitación, al menos en la parte que podía ver desde su posición detrás del armario. Las camillas estaban vacías, la radio apagada. El silencio era total. Se arriesgó a asomar la cabeza sin saber muy bien de qué tenía miedo.

Había un cuerpo sobre una de las camillas, dentro de una bolsa de plástico negra y cerrada. Era la misma camilla sobre la que había empezado a realizar la autopsia durante su pesadilla. Se acercó con paso tambaleante. Tenía que comprobarlo o se volvería loco. Solo quería ver que el cadáver seguía allí, muerto, así todo cobraría sentido. Se trataría de una alucinación que había tenido causada por la medicación y el estrés.

La mano aún le temblaba cuando la posó sobre la cremallera de la bolsa negra.

―Ábrela, Paul, maldita sea. Tu miedo es infantil.

Deslizó la cremallera lentamente hasta la mitad.

Aquel no era el cadáver de su sueño. Era un hombre mucho más grande y fuerte. Retiró unas gafas de sol rotas que cubrían parcialmente su rostro y lo estudió con atención. Definitivamente, no era el mismo. Era evidente, pero no terminaba de creerlo. Aquel hombre era completamente calvo y no tenía un agujero de bala en la frente. Entonces reparó en que le resultaba familiar, que le había visto antes, pero la confusión de su mente no le permitía reconocerle. No era un amigo ni un familiar, pero le sonaba. Debía de ser alguien que conocía de hacía mucho tiempo o de un modo superficial.

De todos modos, lo importante era saber qué estaba haciendo allí, muerto, ocupando el lugar del cadáver del balazo. ¿Qué diablos estaba sucediendo? No encontraba una explicación racional, no entendía nada.

La habitación empezó a dar vueltas. Tal vez siguiera dormido. Eso sí podía justificar lo que le estaba pasando. En los sueños, todo era posible, y a menudo las situaciones carecían de lógica, se confundían los rostros y las personas. Se imaginó a sí mismo dormido en su habitación, dando vueltas en su cama. La ropa estaría tirada en el suelo y habría una lata de coca cola en la mesilla de noche, seguramente medio llena. La idea le reconfortó.

Ahora lo único que tenía que hacer era despertarse. No podía resultar muy difícil. Lo mejor sería largarse del depósito de cadáveres y regresar a casa.

Apenas había dado un par de pasos cuando escuchó algo a su espalda. Se volvió muy despacio, por algún motivo pensó que era mejor no hacer ruido. El calvo se había incorporado y estaba sentado en la camilla.

Los temblores aumentaron, sacudieron todo su cuerpo. Paul estuvo a punto de desmoronarse allí mismo.

―Solo es un sueño. Solo es un sueño. Solo es un sueño...

Paul bajó la cabeza mientras repetía que solo era un sueño. Se mareaba, le pitaban los oídos. Tenía que despertarse o se volvería loco.

―¡Despiértate! ―gritó completamente fuera de sí.

―¿Quién eres? ―preguntó el muerto.

La voz del cadáver era ronca y áspera. Paul estaba convencido de que la había escuchado antes.

Alzó la cabeza y cometió el error de mirar a aquel hombre calvo.

El cadáver giró la cabeza hacia él y abrió los ojos. Lo que Paul vio terminó de cortar su lazo con la realidad.

Se desmayó una vez más.



# # #



Eliot Arlen se alegró de saber que había llegado la hora de la cena. Su estómago rugía, se removía en su interior y le producía calambres. Estaba ansioso de probar su primera comida en Black Rock.

Sus expectativas eran razonablemente altas, dada la bazofia que servían en su anterior penitenciaría. Además, Eliot no era ningún sibarita a la hora de llenar el estómago, jamás había rechazado una comida, pero en su anterior prisión parecían no saber qué era la sal. Un error inaceptable. Con la condimentación adecuada, Eliot podría comer incluso barro. Una pizca de sal tampoco era pedir demasiado.

La primera comida en la cárcel era como perder la virginidad, un adelanto de los alimentos a los que tendría que enfrentarse tres veces al día durante el resto de su condena. Gracias a Dios, en su caso solo serían tres meses. Para Eliot, la comida era una carta de presentación, una forma de medir la calidad de una prisión. Si él fuera alcaide, algo en lo que pensaba con bastante frecuencia, la comida que daría a los presos sería excelente. Eliot consideraba que las cárceles eran instituciones necesarias para la sociedad, lugares en los que redimir el propio karma por los errores cometidos. Y para poder hacerlo, era esencial alimentarse como Dios manda. Todo se ve distinto con el estómago bien relleno. Puede que Dylan compartiera su opinión. Era un alcaide extraño, pero albergaba esperanzas respecto a él.

Se integró en la fila de reclusos que salía obedientemente del patio, escoltados por los guardas. Les condujeron en la dirección opuesta a la entrada de Black Rock, donde convergían los dos altos muros exteriores en un ángulo inferior a los noventa grados propios de una disposición cuadrada o rectangular. Los edificios estaban integrados en los muros, fundiéndose con ellos, sobresaliendo en diversos puntos, siendo parcialmente sepultados por la roca en algunas partes, sin un patrón aparente. La pared estaba formada por piedra negra, oscura y vieja, brillante en algunos segmentos, completamente mate en otros. A veces, los edificios que formaban parte de la penitenciaría estaban excavados en la roca, dejando a la vista toscas ventanas o puertas deformes.

Eliot estiró el cuello para ver por encima del presidiario que caminaba delante. Por fin veía el límite de la prisión, a lo lejos, difuminado por una leve niebla. Se trataba de una muralla más baja y desgastada, sin un trazado completamente recto, pero sin llegar a describir curvas. Su superficie era rugosa y desigual, como si fuera roca moldeada sin la supervisión de un ingeniero o un arquitecto. Distinguió una estructura más alta. Una torre situada en el centro de la muralla. Se hizo una idea de las dimensiones de la cárcel. Kevin tenía razón: era triangular. Y el extremo más alejado de la entrada, la muralla a la que ahora se aproximaba, y que parecía ser la base del triángulo, era de bastante menor altura que las otras dos partes, en las que sí se integraban los diferentes edificios. Eliot imaginó que se trataba de una entrada trasera y que la torre sería un puesto de vigilancia estratégico. Seguramente desde allí arriba se dominaba toda la prisión.

A medio camino de la muralla, la hilera de presos giró hacia un edificio bastante grande. En lo más alto creyó distinguir algo que se movía, tal vez guardas que patrullaban. La entrada era una puerta doble de cristal. En el interior hacía calor. Nada más cruzar la puerta, Eliot abandonó su postura encogida sin darse cuenta. Sacó las manos de los bolsillos y se desabrochó un par de botones de su abrigo.

El comedor era una estancia amplia, de techo alto en forma de bóveda, con muchos números esculpidos en su superficie. Los presos desfilaban por un pasillo, deslizando miradas hacia arriba, a los números, hasta llegar al centro. Allí estaba la cocina, una estructura circular desde la que crecía una gruesa columna de piedra hasta fundirse con la parte más alta de la cúpula.

Los reclusos cogían primero una bandeja, luego los cubiertos, los platos y un vaso. Arrastraban la bandeja por una superficie metálica y les iban sirviendo. Los guardas observaban y vigilaban, repartidos en todo el comedor.

Eliot por fin llegó hasta el preso que repartía la comida, quien sacó un cazo de un cuenco enorme y lo dejó caer sobre su plato sin muchos miramientos. Eliot observó interesado la plasta que se había desparramado sobre su plato. Era muy espesa, de un color indeterminado, a medio camino entre el marrón y el verde. Se movía, burbujeaba y emanaba un olor extraño.

―Tiene buena pinta, colega. ¿No hay un poco de pan para acompañar?

El recluso que le había servido le miró.

―¿Novato?

―¡Qué va! ―se apresuró a negar Eliot―. Bueno, en Black Rock sí, pero vengo de otra cárcel.

El preso asintió. Hundió el cazo en el cuenco y sirvió al siguiente de la fila sin contestar. Eliot se encogió de hombros. Cogió una manzana, que era la única opción que había para el postre, y llenó su vaso de agua.

Caminó por el centro buscando un sitio adecuado para sentarse. Había mesas a ambos lados. Empezó a contar por la derecha, naturalmente. Se relajó en cuanto dejó atrás la mesa número trece. El trece no es un buen número.

Se sentó en una mesa en la que solo había otro recluso, un individuo flaco que miraba su comida sin probarla.

―¿Qué hay, colega?

―¿Te han trasladado a nuestro barracón? ―le preguntó el presidiario frunciendo el ceño.

―Me han trasladado a esta prisión ―contestó Eliot―. Un gran sitio, ¿no? Es original. Me llamo Eliot.

―Yo me buscaría otra mesa, novato.

Eliot iba a decir algo, pero le interrumpió un fuerte golpe a su lado. Alguien se había sentado a su derecha y había dejado caer la bandeja con tanta fuerza que el vaso había saltado, salpicándole.

―¿Por qué diablos me sigues a todas partes, colega?

―Amigo Kevin. Soooooombra, sombra, sombra...

―Deja ya de decir eso ―le interrumpió Eliot.

Stewart le sacaba de quicio. Le desagradaba el problema que tenía en los ojos. Era un claro reflejo de la falta de armonía que Stewart tenía con el universo. Alguien así era impredecible y muy peligroso en una cárcel. Eliot no entendía por qué les seguía a todas partes. Ni a qué venía esa fijación con las sombras, en especial con la de Kevin.

Se le ocurrió una idea para librarse de él. Para espantar a un loco había que jugar con sus propias reglas.

―Eh, mira, Stewart. ―Eliot extendió el brazo hasta que su sombra se mezcló con la suya―. Estoy sobre tu sombra, colega.

Stewart giró su rostro escuálido y barbudo hacia él.

―Sombra artificial. No molesta. Eliot. Amiiiiiiiiiiigo. Amigo.

Eliot ahogó un juramento. ¿Qué demonios es una sombra artificial? En el patio le había molestado tener una sombra superpuesta, pero por lo visto ahora no le incomodaba. La locura de Stewart era incomprensible.

―¡Largo de mi mesa!

Eliot volvió la cabeza lentamente. Había un hombre bastante grande ante él, de hombros anchos y cara de pocos amigos. La cicatriz que cruzaba su mejilla derecha le resultó algo intimidatoria. Tuvo un mal presentimiento.

―Hay sitio para todos en la mesa, colega ―repuso Eliot aparentando tranquilidad.

El recluso se inclinó. Puso una mano enorme en el hombro de Eliot, apretó y le zarandeó un poco.

―No hay sitio para ti en mi mesa, enano. ¡Largo!

Stewart empezó a babear con la cabeza torcida.

―¡Deja a Eliot! ―chilló.

Golpeaba el brazo del preso sin conseguir el menor efecto. La mano raquítica de Stewart ni siquiera conseguía mover un poco el fuerte brazo que aprisionaba el hombro de Eliot. Era patético. Eliot supo que Stewart estaba empeorando la situación.

El recluso de la cicatriz se lo sacudió de encima con un manotazo. Después levantó a Eliot de la silla y le dio un puñetazo en el estómago. Eliot se quedó sin aliento en los pulmones.

―Y ahora largo de mi mesa.

Le soltó. Eliot cayó de bruces en su plato de comida. Tenía muchos problemas para respirar. La tripa le dolía tanto que estaba seguro de que la próxima vez que fuera al baño vería salir sus necesidades teñidas de rojo. Los presos de las mesas de alrededor estaban riéndose a carcajadas, vitoreando y aplaudiendo, más o menos como en el patio. Estaba metido en un buen lío. No había nada peor que tener fama de bufón entre los presidiarios. Perder una pelea era malo, pero convertirse en un paria era infinitamente peor. Sería el objeto de sus burlas de por vida. Eliot tenía que pensar algún modo de evitarlo.

Escuchó una risa grotesca a su lado. Supuso que era una risa, pero bien podía haber confundido aquel sonido con el de un animal al que estuvieran despellejando. Sin embargo, era Stewart el que se reía de ese modo tan repulsivo. Su cuerpo huesudo se doblaba, se arqueaba hacia atrás, parecía a punto de partirse en dos.

Entonces vio que el preso de la cicatriz estaba tirado en el suelo. No podía creer que Stewart le hubiera derribado. Eliot vio clara su oportunidad. Vencer a ese mastodonte en una pelea justa quedaba fuera de sus posibilidades, pero podía limpiar su imagen devolviéndole la humillación.

Sin pensarlo dos veces, se subió a la mesa, se bajó la cremallera y empezó a mear sobre el recluso de la cicatriz.

El comedor reventó en una carcajada atronadora.



# # #



―¡Otro! ―dijo Johnny golpeando la barra con el vaso vacío.

Lo apretaba con tanta fuerza que parecía a punto romperlo con la mano. Los nudillos estaban blancos, el musculoso brazo temblaba visiblemente.

―Cálmate, Johnny ―repuso el camarero, que se apresuró a llenar el vaso de whisky―. Tómate otro y cuéntame qué ha pasado para que estés tan nervioso.


Continue reading this ebook at Smashwords.
Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-32 show above.)