Ricardo Bosque
1ª Edición Digital
Diciembre 2011
Smashwords Edition
© Ricardo Bosque 2010
© de esta edición:
Literaturas Com Libros
Literaturas Comunicación, S.L.
Parador del Sol 9. 28019 Madrid
ISBN: 978-84-15414-18-6
Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla
Smashwords Edition, License Notes
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Para Anabel, a quien ya debo dos canciones
Hay un principio,
hay un final,
quién pasea por la orilla del canal.
Nunca preguntes
quién va detrás,
baila sobre el barro y lo sabrás.
Hay veces que muere gente en la ciudad,
casos que no se resolverán, no.
No tengo errores, no dejo mis huellas,
No hay motivo para sospechar.
Siempre trabajo aquí en Torrero
junto a la cárcel y el cementerio.
Me tomo un tiempo de reflexión
y cumplo con mi obligación.
Cuando llega el momento estoy tranquilo.
Le miro a su cara, me aseguro bien, oh.
No tengo errores, soy un profesional.
Jamás tengo mi mano al disparar.
Hay un principio,
hay un final,
quién pasea por la orilla del canal.
Nunca preguntes quién va detrás,
Si yo cobro por matar.
Me podrás ver bajando por el parque
o tomando una copa en el bar, oh.
No huyo de nadie, no soy un criminal.
Es solo mi trabajo, es mi trabajo y nada más.
Nada más.
Asesinato en Torrero
MÁS BIRRAS
Zaragoza, año 2008 d.C.
Finalizada la Expo, miles de trabajadores están a punto de engrosar las filas del paro. El principal motivo de debate ciudadano sigue siendo el mismo de la última década: metro o tranvía como medio de transporte público de alta capacidad. Y Zaragoza, a pesar de los esfuerzos promocionales realizados, sigue sin «estar en el mapa» como debiera.
El alcalde Belloch, inspirado por un par de pintadas contempladas en el centro de la ciudad (El metro no es rentable, Zaragoza navegable; Ni metro ni tranvía, barquitos por la Gran Vía) y con el recuerdo presente de una novela titulada Sangre a borbotones, decide resolver de un plumazo todos estos asuntos que tanto le preocupan: desempleo, transporte público y promoción de la capital aragonesa.
Zaragoza, año 33 d.E. (después de la Expo, 2041 d.C.)
El Huerva ha sido recuperado para el centro de la ciudad, levantándose para ello la cubierta de hormigón y asfalto que lo ha ocultado durante décadas bajo la Gran Vía y ampliándose el cauce para que permita el paso de embarcaciones de calado medio y manga ancha. El túnel de salida a la AP-68, soterrado bajo el paseo del Agua (paradójicamente, una de las pocas vías terrestres de importancia que quedan en la ciudad), ha sido reconvertido para ser utilizado como conducto de aporte de agua del Ebro a los lagos que se ubican en el espacio vacío dejado por la antigua estación del Portillo, lagos que sirven para regular el caudal de los canales que recorren las principales avenidas. Una nueva vía fluvial, bautizada como Gran Canal Alcalde Belloch, une el Canal Imperial con el Huerva y el Ebro a través de Cuéllar, Sagasta, Independencia y Coso Bajo. Los lagos de Casablanca, Penélope Cruz, Milenio, la Marina y otros situados en la periferia abastecen los canales del resto de la ciudad. Multitud de canales menores recorren las calles adyacentes a las vías principales.
Zaragoza ya «está en el mapa» e incluso en algunas cartas de navegación.
Mientras se sigue discutiendo acerca de la ubicación y proyecto ideal para la nueva Romareda, el Real Zaragoza ha desaparecido acuciado por las deudas. Los deportes estrella en la ciudad, en la actualidad y como no podía ser de otro modo, son el waterpolo y la natación sincronizada.
Nunca imaginé que la vida en un palafito pudiera resultar tan placentera. Antes, en mi vieja vivienda del Canal de Miguel Servet, todo eran incomodidades: vecinos ruidosos, un tráfico insoportable –tanto fluvial como el inevitable rodado para permitir el acceso o salida de los garajes–, escasa luz natural…
Pensé luego en mudarme a un pequeño adosado de la periferia aprovechando que habían bajado de precio, pero con la expansión de la red fluvial cada vez quedan más alejados del centro y tienes que disponer siempre de la moto acuática para llegar hasta el límite de la zona de canales y de un vehículo con ruedas para el resto del trayecto por asfalto.
Lo de los palafitos, al principio, me pareció más de lo mismo: agotado el terreno firme urbano, los especuladores de siempre echaban mano de los lagos construidos para almacenar agua y regular el caudal de los canales y seguir haciendo negocio. Y en lugar de convencerte con lo de los amplios jardines privados o las bodegas en las que celebrar reuniones familiares, su principal argumento de venta fue la cercanía al centro y la posibilidad de dedicar tu tiempo libre a la pesca, la natación o incluso el esquí acuático.
Lo que personalmente me animó a decidirme por una de estas novedosas construcciones fue, sin embargo, la independencia que te procura vivir rodeado de agua, aunque apenas dos brazas me separen de mis vecinos. Y será mi lado infantil y el recuerdo de las películas del oeste que veía con mi padre de pequeño, pero la posibilidad de saltar desde la plataforma de la vivienda a la moto que tengo atada a uno de los postes que la sustentan como un vaquero sobre su caballo es otra cosa que me enamoró desde el principio.
Ya llevo dos años en el 27 de los Lagos del Milenio y sigo tan encantado como el primer día. De acuerdo, no son más que cincuenta metros de madera tratada contra la humedad, distribuidos en dos plantas, sobre una plataforma de otros cincuenta metros cuadrados, pero es una superficie más que suficiente para un solterón como yo, incluso la terraza me permite disponer de un par de sillas y una mesa al aire libre en la que desayunar los fines de semana o leer la prensa mientras el sol de la mañana se refleja en las aguas cristalinas. Cursi, pero real como la vida misma.
A veces pienso que el domingo siempre llega demasiado tarde, que me pilla demasiado cansado del trabajo acumulado durante el resto de la semana y sin apenas tiempo para poder descansar antes de que llegue otro lunes. Por eso me gusta aprovecharlos desde que sale el sol.
Son las ocho y media, ya he descargado la prensa del día en el lector digital y aquí me encuentro, en mi terraza, esperando a que suba el café mientras ojeo la sección de sociedad en medio de un silencio sepulcral que ni siquiera los pájaros consiguen romper. Porque esa es otra, que a las habituales palomas del Pilar, ahora menos abundantes, con la inundación de la mayoría de las calles de la ciudad se han sumado cientos de gaviotas al cielo zaragozano como si se tratara de una de esas especies invasivas que se apoderan de un ecosistema ajeno, aunque estas, evidentemente, prefieren como hábitat natural el entorno del Mercado Central y sus desperdicios a los barrios de los alrededores.
Nono, como siempre, está sentado a mi lado, mudo como si de cachorro le hubieran arrancado las cuerdas vocales. En los muchos años que lleva conmigo jamás le he oído ladrar, solamente llorar, y eso exclusivamente cuando hay comida por medio.
Un tenue zumbido comienza a hacerse audible. Levanto la vista del diario y miro en la dirección de la que parece llegar el molesto ruido. Nono ni se inmuta, como guardián tampoco tiene precio. El sonido aumenta de volumen y empieza a verse un punto negro en el horizonte, a unos trescientos metros de mi vivienda. El punto negro va aumentando de tamaño y cambiando de forma y color conforme se aproxima. Ya ha abandonado el canal de acceso para acelerar en cuanto entra en el lago. Se trata de una moto, aunque no puedo distinguir el modelo.
Sigue avanzando por el centro del lago, respetando los límites del canal de entrada pero en absoluto los de velocidad. Pasa de largo y, cincuenta metros más adelante, vira en redondo desplazando una ola en la que se podría surfear. Acelera de nuevo y viene hacia mí, ahora la veo bien y reconozco la Honda Acuasport 1200, blanca y azul como todas las de la Policía Fluvial Metropolitana. La última visita que desearía para un domingo soleado como este que tan bien había comenzado.
Sigue a toda pastilla y, cuando ya pienso que se va a llevar por delante mi palafito todavía sin pagar, gira bruscamente, llenando de agua mi terraza –menos mal que he recogido la colada nada más levantarme– para terminar aproximándose, mansamente, hasta el costado de mi propia moto.
Las generosas formas realzadas por el mono de neopreno ya me dan una idea de quien es el piloto. Por si hubiera alguna duda, la mujer se incorpora de su cabalgadura, se desprende del casco azul y sacude la melena roja al viento zarandeando la cabeza de un lado a otro. Si se baja sensualmente la cremallera mientras une sus labios como para lanzarme un beso esto puede convertirse en un anuncio de colonias como Dios manda.
—Capitán Sopena, se presenta la subteniente Fitzpatrick, tercera Unidad de la FLUVI (Flota Urbana de Vigilancia e Intervención) —canta llevándose la mano derecha a la sien y detecto un tono burlesco en su voz, como siempre que opta por la presentación reglamentaria, cosa que sucede pocas veces, por otra parte.
—Descansa, subteniente, descansa. Y relájate pilotando, que un día de estos te vas a estampar contra algún muro. Espera, que te suelto la escala.
No es necesario, Sara es un felino aunque sienta pasión por el agua y, tras amarrar su moto junto a la mía, estira los brazos, se impulsa con las piernas —magníficas, por cierto— y en un momento la tengo sentada en la terraza.
—¿Café? Y si quieres puedo descongelar una docena de churros en un momento.
—Vale. Ni me ha dado tiempo de desayunar, ¿sabes? Por cierto, bonita casa. Me habían hablado de ella, pero no me la imaginaba así, la verdad.
—Gracias. ¿Leche?
—Una gota, para quitarle el color simplemente.
—¿Azúcar?
—Sacarina si es posible. La línea, ya sabes.
Ya me imaginaba yo que el secreto de Sara estaba en el edulcorante, porque los bocadillos que se mete a la hora del almuerzo no deben ser buenos para mantener un tipazo como el suyo. Lo que me recuerda que un día de estos debería empezar con el régimen. Mañana, tal vez, los churros de hoy no los perdono de ningún modo.
—Bueno, me imagino que no estarás de visita a estas horas.
—Pues no, desde luego. Oye, Ulises, ¿tú tienes móvil?
—Claro, cómo no voy a tenerlo.
—Desconectado, evidentemente.
—Evidentemente. Es fin de semana, lo suelo poner en silencio por la noche y luego no me acuerdo de él hasta el lunes. Por no molestar a los vecinos, ya sabes. —Le guiño un ojo.
—Cojonudo, así me tienen que sacar a mí de la cama un domingo a las siete de la mañana. Te parecerá bonito.
—Hombre, bonito, bonito, lo que se dice bonito… Práctico más bien. Bueno, ¿qué tripa se le ha roto ahora al jefe?
—No, nada de importancia, ya sabes que Cansado pierde los nervios en cuanto recibe una llamada fuera de su horario de oficina. Total, para avisarle, después de intentar contactar contigo, de que han encontrado a un tipo flotando en aguas de su jurisdicción y no estaba haciéndose el muerto precisamente… Vaya, lo típico en una noche de fin de semana.
—Pobre hombre… El muerto, quiero decir. ¿Algún borracho? ¿Un indigente, tal vez?
—Bueno, borracho no sé si estaría, todavía no tenemos la autopsia. Indigente, no, desde luego, en ese caso nadie nos habría hecho madrugar, que todavía hay clases hasta para morir. No, el fallecido nadaba en la abundancia antes de acabar en el canal, y debía de nadar bien, por cierto: se trata de Quino Lerín. Supongo que te suena el nombre, ¿no?
—Lerín, Lerín… Pues no, no me suena de nada. Como no sea el del cocherito…
—Jefe, deja de hacer el gilipollas que no tengo ganas de coñas. Y el del cocherito era Leré, no Lerín. Quino Lerín es, era, mejor dicho, el portero titular del Zarawater. El de los anuncios de yogures, cremas depilatorias, fabada asturiana… todo lo que huela a dinero, vaya. Y el líder y mejor pagado del equipo, por si no lo sabías. Encontrado en Torrero, bajo el puente de América, en el arranque del GCAB (Gran Canal Alcalde Belloch) desde el Canal Imperial, para ser más exactos. ¿Qué te parece?
Me encanta como se enfrenta la subteniente Fitzpatrick a los delitos que nos caen en suerte, más todavía si le rompen el sueño dominical. Sara es toda ella ternura, toda ella inocencia, toda ella una mala leche en el cuerpo que no le cabe ni con calzador.
—Perdona, es que no sigo demasiado los deportes. Pero, ya que me preguntas, creo que lo que deberíamos hacer de inmediato es someter a una estrecha vigilancia al portero suplente.
—Por si es el siguiente en caer.
—Por si es el asesino. Imagínate que está loco por defender la portería local y ya está cansado de esperar la oportunidad de su vida. ¿Ves? Ya tenemos un móvil.
—Sí, tan inútil como el tuyo.
No sé para qué me empeño en buscar comentarios presuntamente ingeniosos si Sara siempre tiene que decir la última palabra.
—Y si has venido es porque el coronel querrá vernos lo antes posible, claro. —Renuncio a las ironías y decido volver a los hechos puramente objetivos.
—Imagínate, debe estar que se sube por las paredes. Él, que estaba convencido de que este año la liga europea era nuestra… Para que te hagas una idea, disponemos exactamente de quince minutos para llegar a su despacho, así que tú mismo si quieres seguir con los churros o te los prefieres comer por el camino.
—Vale, me cambio en un momento y nos vamos.
Lo malo de trabajar en el agua es que tienes que estar todo el día cambiándote de ropa, como si fueras una vulgar cabaretera. Ahora, a disfrazarse de hombre rana, y al llegar al cuartel vuelta a vestirse de persona. Dejo la puerta del palafito abierta por si Sara quiere echar un vistazo mientras me pongo el neopreno que guardo en un armario de la planta baja para no tener que subir empapado al dormitorio, para lo que me tengo que quitar la ropa de casa y quedarme en calzoncillos, así que aprovecho para meter tripa por aquello de estar más presentable. Vanidad y exhibicionismo masculino, no lo dudo. Me miro en el espejo del recibidor para comprobar que la mosca sigue en su sitio exacto, justo debajo de la barbilla y ocupando una extensión aproximada de un centímetro cuadrado. Las patillas, impecables. Guardo unas pinzas en un pequeño cajón y las utilizo para arrancarme un par de pelos de las cejas que se han desbocado, pongo cara de seductor, me entra la risa por lo chorras que puedo llegar a ser y salgo al encuentro de mi compañera.
Nono ha intimado de inmediato con Sara. Se ha agarrado como una lapa a una de sus largas piernas y está meneando el culo rítmicamente mientras la subteniente pone cara de circunstancias.
—Es que es ver a una mujer y se pone como loco —disculpo al perro—. Venga, Nono, suelta a Sara que seguro tiene algún plan mejor que tú.
—¿Nono? ¿Cómo puedes llamar Nono a un perro? —Se extraña mientras intenta deshacerse del animal quien, por su parte, no deja de insistir como si fuera la última oportunidad que se le presentase en una noche de copas.
—Bueno, es una larga historia. Verás, mi padre tuvo una infancia difícil, viviendo en un pueblo de Los Monegros en el que el único entretenimiento para los sábados por la tarde eran las series de la tele. Una de ellas le debió de marcar a fuego, unos dibujos japoneses que revisaban, en plan futurista, la historia de Ulises. De ahí mi nombre. Ese Ulises tenía un robot pequeñajo que se alimentaba de tuercas, así que cuando el perro llegó a casa me acordé del nombre del robot y se lo puse al animal.
Sara cabecea, dando a entender que mis explicaciones no la han convencido o que duda acerca de quién está peor de la cabeza a la hora de elegir nombres, si mi padre o yo. Tan rápido como ha subido a mi terraza, ya está sobre su moto y a punto de arrancar. Le digo a Nono que otra vez será, que no siempre los planes salen como uno piensa –si lo sabré yo–, salto sobre los lomos de mi caballo, arranco y tengo que acelerar a fondo para dar alcance a mi compañera, que se ha tomado en serio lo de estar a tiempo en la cita con el jefe. Circulamos por los canales del barrio hasta salir al de Vía Ibérica para continuar por el de los Reyes Católicos y llegar a la antigua Ciudad Universitaria, ahora sustituida por un inmenso estanque en cuyo centro se levanta, orgullosa, la sede de la Policía Fluvial Metropolitana, un edificio con forma de barco de doscientos metros de eslora, cincuenta de manga y cuarenta de altura distribuidos en ocho cubiertas, la primera de las cuales hace las veces de puerto y en la que se encuentran los vestuarios para el personal.
Dejamos las motos en los amarres que tenemos asignados. Trato de ir a cambiarme pero Sara me dice que ni hablar, que si no me hubiera entretenido con los churros habríamos dispuesto de más tiempo, pero que así no llegamos a la hora ni hartos de vino. Yo pensaba que esta mujer tenía ascendencia irlandesa, pero con lo de la puntualidad se comporta como una británica de manual. Utilizamos el ascensor –que dejamos perdido de agua– para subir a la sexta cubierta, donde nos espera el coronel en su despacho.
Enrique Cansado es un oficial de los de antes. Viste siempre con bermudas, camisa de manga corta y calcetines altos, todo ello en color blanco inmaculado, algo que en un crucero de placer puede resultar adecuado pero que en este barco eternamente varado en un estanque a mí, personalmente, me parece ridículo y poco práctico. Su despacho está decorado en un estilo tradicionalmente marinero, con madera por todas partes, cuadros con nudos que seguro es incapaz de hacer, maquetas de diferentes tipos de embarcaciones que ya hace tiempo pasaron a la historia… Una gran carta de navegación de la ciudad ocupa la pared que queda a su espalda.
Ni siquiera se levanta para recibirnos. Con un simple gesto de la pipa –está prohibido fumar, pero a él le hace ilusión tenerla colgada de la boca aunque esté apagada– nos indica que debemos tomar asiento. Obedecemos, que para algo tiene más galones que nosotros.
—Bien, le habrá adelantado algo la subteniente Fitzpatrick…
—Algo me ha contado, sí. Mala pinta tiene esto, desde luego.
—¿Mala pinta? Es un desastre en toda regla: deportivo, social, mediático… Zaragoza es una ciudad tranquila y de pronto nos encontramos con el asesinato de uno de sus ciudadanos más destacados que, desde mañana mismo, llenará páginas y más páginas en la prensa local. Y usted diciendo que la cosa pinta mal, manda huevos.
—Bueno, coronel, tampoco es cuestión de hacer una montaña de un grano de arena —trato de tranquilizarle—. Con un poco de suerte se tratará de lo habitual, un robo a mano armada que termina del modo que no estaba previsto. Vamos, que seguimos los últimos pasos dados por el finado, buscamos posibles testigos, hacemos una ronda con los sospechosos habituales y a mediodía asunto resuelto y vuelta a la normalidad. Claro, supongo que normalidad absoluta no, que me imagino que se aplazará el partido de liga, pero por lo demás…
—Creo que deberíamos buscar otro móvil más original, capitán Sopena —me interrumpe Sara dirigiéndose a mí por el grado y apellido ya que estamos en dependencias oficiales.
—¿Cómo?
—Que lo del robo a mano armada no cuadra en principio, capitán. Según los primeros informes Lerín recibió un fuerte golpe en la nuca y fue arrojado al canal, todavía no sabemos si vivo o muerto, pero con todas sus pertenencias encima: documentación, tarjetas de crédito, dinero en metálico, las llaves de su casa… Así que o el ladrón era torpe como él solo o no se trataba de un ladrón.
—Ya lo ha oído, Sopena, su proverbial optimismo no es aplicable en este asunto y deberá estrujarse las neuronas más de lo que tiene por costumbre —a pesar de aparentar calma en su modo de hablar, es evidente que Cansado está francamente intranquilo y lo demuestra gesticulando de un modo excesivo con los ojos, la boca, las orejas, los brazos… las piernas no las vemos, están ocultas por la mesa, pero me temo que tampoco las mantiene en posición de descanso—. Así que a trabajar y ya mismo. Por supuesto, quedan suspendidos todos los permisos hasta que detengan a ese cabrón y lo cuelguen de los pulgares hasta que confiese. Lo quiero aquí antes de que me llame el alcalde, que seguro no tarda demasiado.
El alcalde es íntimo del presidente del club y socio de honor del mismo. Por si fuera poco, se acojona en cuanto la prensa demuestra que Zaragoza no es una ciudad tan segura como él quiere hacer ver a sus votantes y está claro que con el portero del Zarawater asesinado se van a vender más periódicos en los próximos días que en los últimos tres meses juntos. Desde luego, él habría firmado porque el muerto fuera un sin techo del montón, un vendedor de La Farola aunque también eso sea periodismo de algún modo, nunca un deportista destacado. Pero es lo que tiene este trabajo nuestro, que nunca puedes elegir víctimas ni culpables sino conformarse con lo que nos caiga en suerte cada día.
—No se preocupe, coronel, daremos con el culpable y le pasaremos por la quilla —el coronel no suele darse cuenta de que le tomo el pelo cuando utilizo esas frases que tanto le gusta utilizar—. Si da su permiso, nos ponemos a ello ahora mismo.
Sin que tenga que dar su permiso, Sara y yo nos levantamos al unísono, saludamos marcialmente y salimos del despacho. Ahora, a solas, el jefe abrirá una ventana y encenderá su pipa. Dice que es lo único que le relaja. Eso y contemplar el mar, aunque aquí se tenga que conformar con un estanque, grande pero estanque al fin y al cabo.
—¿Y bien? ¿Por dónde empezamos? Porque ante el jefe se te veía muy seguro, pero ahora que estamos solos te veo pelín preocupado.
—¿Preocupado? Qué va, mujer, qué va. Lo que ocurre es que no me apetece tener a la prensa encima todo el día y como no resolvamos pronto el asunto nos van a machacar sin descanso con tal de tener algo con que llenar unas cuantas páginas. Así que, como dice Cansado, manos a la obra. Localiza a Expósito y Cacho, tienen que estar aquí echando leches. Que empiecen por el círculo más íntimo del muerto, a saber, entrenador, médico del equipo, animadoras y amigos de Lerín. Que los interroguen a todos. Quiero la autopsia completa, no ese resumen para idiotas que nos mandan en ocasiones. Pide una orden de registro de su domicilio, nos encargaremos tú y yo personalmente. Que analicen sus teléfonos, últimas llamadas recibidas y realizadas. Todo lo que se nos ocurra, pero si hay que colgar a alguien de los pulgares que no sea a mí: siempre he tenido unas manos preciosas y no me voy a joder la manicura por un deportista muerto. Si por lo menos me gustase el waterpolo…
Por razones obvias, el partido de liga ha sido aplazado. Me imagino que los jugadores podrían haber lucido crespones negros en los gorros y dedicar la victoria al compañero muerto, pero al menos la cordura se ha impuesto a los intereses televisivos de los anunciantes y patrocinadores y el partido tendrá que esperar a un momento más adecuado.
Da gusto comprobar lo bien que funcionan los engranajes de la administración cuando un deportista de élite muere ahogado y por causas ajenas a su voluntad: si se tratase de un obrero de la construcción o de algún destacado científico, todo iría a la pata coja; ahora bien, el fallecido es integrante del primer equipo de la ciudad y perdemos el culo o lo ponemos en pompa si es preciso por agilizar cualquier trámite.
Vamos, que ha bastado una llamada del alcalde para interesarse por el asunto y hasta los forenses, siempre desbordados de trabajo según dicen, se ponen a nuestra disposición en fin de semana y mañana sin falta nos mandan los resultados incluso envueltos en papel de regalo y con un lazo de adorno. Por su parte, el juez se ha mostrado dispuesto a facilitarnos el registro de todo lo que se nos ocurra: «Pida, pida por esa boquita que Dios le ha dado» se ha ofrecido gustoso en cuanto le ha llamado Sara.
En cuanto a la sargento Expósito y el cabo Cacho, comenzarán esta misma tarde la ronda de interrogatorios. Empezarán por lo fácil, citar a los técnicos y jugadores del equipo tirando de la alineación que casi todo el mundo conoce de memoria a fuerza de verla publicada en los diarios. Su cometido es arduo pero necesario, nada menos que comprobar las coartadas de toda una plantilla para interrogar a fondo posteriormente a aquellos incautos que no lleven una agenda como es debido y puedan justificar con precisión absoluta dónde estaban la noche de autos.
A las animadoras no me importaría interrogarlas personalmente.
Sara y yo hemos comido en un restaurante de la Balsa de San Francisco, establecimiento que frecuentamos porque queda al lado del trabajo y tiene una bonita terraza ubicada en una plataforma sobre el agua. Mejillones y salmón ha sido lo que yo he pedido, acompañados con un vino blanco; Sara, siempre frugal, se ha inclinado por cerdo asado con miel. Y se le notan los genes, porque no puede comer si no es con una Guinness bien tirada. Otra razón para venir aquí, ya que el Malone es uno de los pocos lugares en los que rematan la pinta con el trébol reglamentario dibujado en la crema que corona el vaso.
Pedimos los cafés –Sara insiste con la sacarina para compensar lo del cerdo que se ha metido entre pechos y espalda–. Enciendo un cigarrillo aprovechando que en la terraza sí se puede fumar. Mi compañera me mira mal, pero en eso se queda.
—Bien, en cuanto llegue el secretario judicial nos vamos para casa de Lerín —digo por volver al tema que nos ocupa y, de paso, intentar que Sara deje de mirar cómo echo humo—. No sé qué podemos encontrar, pero al menos Cansado se quedará más tranquilo sabiendo que no dejamos ni un cabo suelto.
—Ya, como lo de las autopsias, que en las películas queda de puta madre pero no sé yo…
—Pues eso, cosas del procedimiento. ¿Un chupito?
—Claro, es lo mejor para eliminar la grasa del cerdo.
Llamo al camarero y pido dos orujos blancos. Nos los trae y deja la botella sobre la mesa, aunque le pido que se la lleve, que me conozco y a Sara también. Además, que tampoco hay que impresionar negativamente al secretario, digo yo.
Ya hemos rebajado la comida con el orujo cuando veo que un joven se acerca a la barra y le pregunta algo al camarero. Como somos clientes habituales, no duda en señalar nuestra mesa y el recién llegado viene hacia nosotros.
—Ahí le tenemos, y me parece que este es nuevo. No me suena su cara.
Tendrá veinticinco años y es alto y desgarbado, el cabello con un corte demasiado clásico para su edad. Viste pantalón vaquero, una camiseta negra de algodón y una chaqueta cruda de lino, arrugada como procede. Su modo de caminar, tan desgarbado como todo él.
—¿Capitán Sopena? Soy Rubén Montero, secretario judicial —se presenta tendiendo la mano hacia mí y la mirada hacia Sara, algo comprensible por otra parte.
—Encantado, Rubén. Y llámame Ulises, por favor. Ah, te presento a la subteniente Fitzpatrick.
—Sara —puntualiza mi compañera mientras se levanta para darle la mano al secretario. Este, en un gesto que ya solo se ve en algunos documentales del siglo pasado, se la lleva a la boca y la roza con suavidad. A Sara se le suben los colores, ahora a juego con la melena.
—Un placer, Sara. Bien, creo que tenemos trabajo, ¿no? El domicilio de Quino Lerín, según he leído en el aviso que me han pasado.
—Exacto. Me imagino que será algo rutinario y terminaremos pronto. ¿Nos vamos? Por cierto, ¿cómo has venido? ¿en moto?
—Qué más quisiera yo, con mi sueldo aún tengo que ahorrar unos cuantos meses para comprarme una. No, he venido en barcobus, así que me tendréis que llevar uno de los dos, si no os importa.
—Por supuesto, Rubén, yo te llevo. Y no te preocupes por mojarte la ropa: cuando voy de paisano piloto despacio, que a mí tampoco me gusta acabar como una sopa —miente Sara con todo su descaro.
No se lo tiene que repetir dos veces: Sara ya está a los mandos de su moto y Rubén, encantado de la vida, detrás de ella y rodeando su cintura con los brazos. Para no caerse, claro.
Salgo tras ellos y, por una vez en su vida, Sara cumple su palabra y se desliza suavemente por el canal sin levantar una gota de agua. Estoy tentado de pegarles una lijada y aprovechar para refrescar un poco al secretario, que me da la impresión que lo necesita. Pero luego me tocará enfrentarme a mi compañera y prefiero no tener que hacerlo, que cuando se cabrea se pone imposible.
Navegamos por el canal de Gran Vía a velocidad de barco turístico y remontamos por Goya hasta el cruce con Sagasta, donde encontramos varios amarres disponibles. Sara tiene que indicar a Rubén que hemos llegado y ya puede ir soltando a su presa. Desciendo yo primero para echar una mano al secretario y cuando lo tengo bien agarrado estoy a punto de fingir un resbalón y dejarle caer al agua. Me reprimo, tampoco es cuestión de quedar en evidencia.
Retrocedemos menos de cien metros hasta llegar al edificio donde vivía Lerín.
Afortunadamente, y como ya sabíamos por el informe preliminar, el muerto llevaba las llaves colgadas de la trabilla del pantalón y no tenemos que recurrir a los servicios de un cerrajero. Rubén desenfunda el bolígrafo dispuesto a tomar nota de todo lo que hagamos nada más traspasar la puerta de entrada. Nosotros nos ponemos los guantes preceptivos.
Accedemos a un pequeño recibidor, con un pasillo a la derecha. La primera puerta que nos encontramos corresponde al salón, más grande que mi palafito incluida la terraza. Muebles de líneas rectas y color blanco, un gran sofá de rincón con capacidad para toda la plantilla del Zarawater, un televisor pegado a la pared, de esos de última generación que tanto me gustan, medio centímetro de espesor, con opción de imagen tridimensional y reproductor de cápsulas compactas incorporado. No hay libros a la vista, ni electrónicos ni de esos antiguos de papel, lo suyo era exclusivamente mantener el corpore sano.
La cocina, en cambio, es diminuta. El jugador no debía de entrar muy a menudo, apenas es más grande que la portería que defendió durante años. Y todos los metros que se escatimaron en la cocina los utilizaron para construir el cuarto de baño, con una bañera en la que el portero debía entrenar de vez en cuando. Sobre el lavamanos, un espejo cubre toda la pared. Bajo el mismo lavamanos, el típico armario en que cualquiera guarda sus útiles de aseo y demás enseres para salir presentable a la calle.
Sara y yo nos dividimos. El secretario duda un momento acerca de a quién seguir, pero finalmente se queda en el baño con mi compañera. Lo veía venir.
Yo me dedico al dormitorio. Abro el ropero y compruebo que estaba muy equivocado al pensar que los nadadores solo tienen bañadores y albornoces por todo vestuario. Como casi siempre salen dentro o al borde de una piscina… Pero Lerín era presumido y de la barra interior cuelga ropa como si esto fueran unos grandes almacenes. Y toda perfectamente ordenada, por cierto. Me muero de envidia y estoy por confiscar un traje que presenta un corte impecable, pero el portero debía medir metro noventa y seguro que en él cabemos dos como yo. Estoy cerrando la puerta del armario cuando Sara me llama desde el baño.
—Ulises, pásate por la farmacia, que esto te va a gustar.
Sara sostiene en su mano derecha un frasco que ha encontrado en una de las baldas de lo que era el botiquín de emergencias de Lerín. La interrogo con la mirada.
—Teradrolona, según reza la etiqueta.
El cuerpo del muchacho no era, por tanto, tan sano como aparentaba.
—¿Teradrolona? —pregunto deseando haber oído mal y que, en realidad, haya dicho cromosoma, axioma, Barcelona, mamona…
—Teradrolona, sí, teradrolona. Esteroide anabolizante androgénico, derivado de la nandrolona, producido sintéticamente por la industria farmacéutica y que favorece el desarrollo muscular. Vamos, que te pone cachas aunque con riesgos demostrados para el corazón, hígado, próstata… Y de uso ilegal en el deporte de competición, claro.
—Pues mucho sabes tú de estas mierdas.
—Cuando era casi una niña tuve un novio culturista que se metía varias de estas píldoras al día, pero lo dejamos porque a medida que le aumentaba de tamaño el cuerpo se le reducía el de la cabeza. Aunque igual era un efecto óptico, vete tú a saber.
—También dicen que disminuye la potencia sexual, pero a lo mejor es una leyenda urbana —apunta Montero consiguiendo una mueca de desagrado en el perfecto rostro de Sara.
En el botiquín queda otro bote como el que la subteniente me muestra. No sé si tendrá alguna relevancia en la investigación, pero lo que está claro es que al coronel la dichosa teradrolona le va a provocar una dolencia cardiaca sin tener que ingerir un solo comprimido. Y como el alcalde vea esto en la prensa, la que se puede armar es como para tirarse de un puente: el icono de la ciudad –al margen del león del escudo– se va a hacer puñetas de la noche a la mañana si nadie lo impide.
—Creo que deberíamos hablar con el médico del Zarawater, supongo que a lo mejor sabe algo de esto. Y Rubén, toma nota del hallazgo, por favor. ¿Seguimos?
Como maderos bien entrenados que estamos en estos menesteres, Sara y yo nos encargamos de poner la casa patas arriba en pocos minutos, buscando todo aquello que nos pueda llamar la atención por su naturaleza –como la teradrolona de marras– o por su inusual ubicación. Pero hay poco que ver y todo parece en su sitio: al contrario de lo que suele suceder en las películas policíacas, el azucarero contiene azúcar, el salero, sal, el bote para el café, café, la cisterna del váter, agua… Nada de dinero escondido en esos lugares estúpidos en los que cualquier ladrón que merezca ese nombre buscaría en primer lugar, ningún documento comprometedor, ninguna fotografía adherida a la parte trasera de un marco.
Tampoco encontramos ninguna agenda que nos permita ampliar el círculo de amistades de Lerín, pero eso no es extraño en estos tiempos en los que el papel no se estila y todo se anota en teléfonos o dispositivos digitales como el ordenador portátil que decidimos llevarnos como todo botín aparte de la peculiar medicación hallada en el cuarto de baño.
En un último alarde de profesionalidad, Sara lleva a cabo un visionado rápido de las grabaciones que Lerín almacenaba en un mueble junto al televisor. A pesar de lo que puedan indicar las correspondientes carátulas a veces te llevas alguna sorpresa, pero al profesional Lerín solo parecían interesarle los partidos que jugaba y los que disputaban otros equipos, y eso es lo que contemplamos durante una hora larga en el televisor extra plano que tanto me ha gustado nada más verlo.
Me miro discretamente esos pulgares a los que adoro y por los que tanto temo, controlo la respiración como una parturienta y decido que lo mejor es volver al barco que tenemos como cuartel, a ver si Expósito y Cacho han estado de suerte y ya han encontrado al culpable entre todos los interrogados con el ferviente deseo de que el caso se resuelva lo antes posible y sin escándalo alguno. Pero no sé por qué un día que ha comenzado mal ha de terminar mejor. Si fuera así, yo no me llamo Ulises Sopena.
Como me temía, cuando un domingo comienza con alguien jodiéndote el desayuno no es de esperar que acabe con un caso felizmente resuelto, sin daños colaterales que ocultar a la opinión pública. Todo lo contrario, la labor de Expósito y Cacho terminó con una llamada telefónica de uno de los jugadores interrogados al presidente del club, otra de este al alcalde y otra del alcalde a Cansado, sugiriendo que no es bueno para unos sufridos deportistas que dos maderos de tres al cuarto pretendan romper su concentración cuando estamos en una fase definitiva de la liga. El coronel, claro, me ha pedido amablemente que trate de ser lo más comprensivo posible con los interrogados a partir de ahora, que les haga una reverencia cuando esté ante ellos, que para eso cobran mucho más que nosotros además de gozar del reconocimiento de los ciudadanos, cosa de lo que la pasma no puede presumir precisamente.
Pero un caso es un caso, y si no que el ídolo de la afición no hubiera cometido la desfachatez de morir apaleado y ahogado en el GCAB. Y la mejor manera de no molestar, aunque mi jefe igual no piensa lo mismo, es dedicar la mañana de un lunes tan soleado como el de hoy a visitar las instalaciones del Zarawater, cuando las estrellas se encuentran padeciendo los rigores de la sauna y el masaje relajante con que inician cada semana.
—¿A que más relajados no los podemos encontrar? —pregunto a Nono, sentado y gimiendo a mi lado mientras ve cómo doy cuenta de la tercera magdalena del desayuno. De vez en cuando mira al suelo por si cae alguna miga, pero hace tiempo que desarrollé la habilidad necesaria para que eso no suceda jamás. Además, yo nunca le suplico cuando él está con su pienso, así que lo menos que puede hacer es tener la misma consideración conmigo.
Me levanto, dejo el tazón en el fregadero y Nono no habla, pero sabe cómo decir siempre la última palabra. Un mordisco en el tobillo propinado con la presión justa me demuestra que no le ha gustado nada mi egoísta actitud cuando hablamos de comida. Decido ignorar su comportamiento porque si no estaríamos todo el día como el perro y el gato.
He quedado con Sara en las inmediaciones de la Romareda, el antiguo campo de fútbol reconvertido en centro acuático en los tiempos de la modificación urbanística que hizo de Zaragoza una ciudad conocida en todo el mundo por la peculiaridad de su diseño. Bellopolis, como la llaman irónicamente desde hace unas décadas quienes siguen exigiendo que aguas y asfaltos vuelvan a sus respectivos cauces. Y, desde luego, no la llaman así por su belleza, sino en referencia al alcalde visionario que se empeñó en hacernos un hueco en el mundo al precio que fuera.
Los que sí han vuelto por sus fueros son los comerciantes del Rastro que, a fuerza de insistir, lograron hace unos años instalar de nuevo sus tenderetes en los alrededores del estadio, ahora convertidos en amplios canales recorridos por pantalanes de madera en los que exponen su variada mercancía. Y si antaño se establecían únicamente los miércoles y domingos, en la actualidad tienen el puesto montado todos los días de la semana para alegría de los vecinos de la zona.
Navego lentamente entre puestos de bragas, zapatos y bolsos de imitación. A babor, desde una barca descascarillada, un negro me muestra los éxitos de la última edición de Operación Triunfo. Le digo que no mirando hacia estribor, para encontrarme con una mujer que ofrece a voz en grito la mejor fruta y verdura que se pueda cultivar en cien kilómetros a la redonda. Aprovecho que en esta zona el canal está algo más despejado para acelerar suavemente y plantarme junto a la fachada de la Romareda en un par de minutos.
Exteriormente, el estadio conserva su apariencia del siglo pasado, aunque el interior fuera reformado por completo cuando alguna mente privilegiada decidió inundarlo y darle una nueva utilidad una vez desaparecido el equipo de fútbol, acuciado por las deudas y los sucesivos descensos de categoría. Lo que antiguamente eran unas dependencias municipales ahora son las oficinas del Zarawater, a cuya puerta me espera la subteniente. Amarro la moto junto a la suya. Sara me tiende la mano, recuerdo mis intenciones de ayer, cuando quise ayudar a Rubén, y decido desmontar por mis propios medios.
Como si se tratase de una mezquita, tanto las oficinas como el estadio se dividen en dos zonas bien diferenciadas: entrando, a la derecha, están las chicas; a la izquierda, los varones. Porque, por aquello de dar la máxima utilidad al recinto, además de los chicos del Zarawater las muchachas del equipo de sincronizada también utilizan el lugar para sus abluciones diarias. Y claro, resulta comprensible que las esposas y novias de los cachas del waterpolo no vean con buenos ojos que sus hombres se concentren semanalmente con tanta tía en bañador, que ya se sabe que el roce, además de rozaduras, hace el cariño.
Un tipo que parece ser el utillero del equipo a juzgar por la enorme bolsa llena de balones que carga a sus espaldas, en una posición perfectamente natural para el jorobado de Notre Dame, nos responde con un gesto de cabeza cuando le preguntamos por dónde se va a las oficinas. Seguimos sus indicaciones y, tras subir un tramo de escaleras nos encontramos con un mostrador que sirve de recepción. Parapetada detrás de él, una chica que excede en poco los veinte años nos sonríe con una boca que se le sale de la cara. Y qué cara, por cierto, si el resto del cuerpo está en consonancia no digo yo que no pida un puesto de trabajo aquí, de jefe de seguridad o de utillero si se jubila pronto el jorobado.
—¿Les puedo ayudar en algo? —su voz llega a mí como un canto de sirena.
—Claro, corazón, nos encantaría ver al presidente. ¿Es posible? —pregunto mientras muestro la placa.
—Huy, no, qué va, si hasta última hora de la tarde no se pasa por aquí… Es que es un hombre muy ocupado, ¿sabe? Entre atender la inmobiliaria, la agencia de valores y los consejos de administración de los que forma parte, al pobre no le queda tiempo para nada. Ya se lo digo yo, que eso no es vida ni es nada.
—Claro, claro, nos hacemos cargo. ¿Y algún miembro de la directiva?
—A ver, dejen que consulte en el ordenador… Sí —exclama alegre de resultar útil por fin—, el vicepresidente tiene un hueco y les podría atender. ¿Pregunto? —dice descolgando el teléfono.
No es preciso que autoricemos a la eficiente muchacha a hacer la llamada, en menos de un minuto ha dejado el teléfono en su sitio y nos indica que el segundo de a bordo nos concede audiencia, breve, eso sí, que también él está muy ocupado y ya se sabe que el tiempo es oro. El de estos ejecutivos, desde luego que lo es.
La encantadora secretaria nos precede hasta el despacho y compruebo aliviado que posee unas hermosas piernas y un magnífico culo, nada que ver con una cola de merluza como podía pensarse. Sara me pega un codazo y me dice con su mirada más torva que ya me vale, a mi edad y salivando como un adolescente en celo. Me separo un poco para no recibir más golpes pero sin despegarme de la joven que acaba de abrir la puerta del despacho en el que nos espera quien nos debe abrir el resto de puertas del club.
—Pasen, pasen ustedes, ya me llamó ayer el presidente para comunicarme que tal vez recibiera hoy mismo la visita de los guardianes de la seguridad ciudadana. Tomen, tomen asiento ustedes.
Pasamos, pasamos, y tomamos, tomamos asiento tal y como insiste el directivo del Zarawater. Las nuestras son dos butacas incomodísimas, así que casi agradezco que el caballero esté tan ocupado como dice y podamos acabar con la visita lo antes posible. Sin embargo, la mesa aparece limpia de papeles, bandejas de oficina, bolígrafos y cualquier otra señal que pudiera delatar una mínima actividad administrativa, solo un ordenador en el que a saber qué estaría haciendo este hombre antes de nuestra irrupción en su diaria actividad. A su espalda, en lugar de una carta de navegación como la del coronel Cansado, podemos ver una colección de fotografías de buen tamaño tomadas en diferentes lances de los muchos partidos disputados por el equipo en su historia reciente.
—Bien, bien, como les decía, me comentó ayer don Camilo —el presidente, no necesita aclararlo— que estaban ustedes interesados en interrogar a algunos de nuestros jugadores. ¿Me podrían decir para qué, exactamente?
O el vicepresidente es un hipócrita redomado o ha llegado a un cargo tan alto precisamente por haber sabido demostrar su estupidez a lo largo de mucho tiempo, que en todas partes hace falta un payaso que reciba las hostias antes de que le lleguen al director del circo. Y hablando de payasos, yo también podría haber llegado lejos.
—Bueno, le diría que mi hijo es hincha del equipo y que le encantaría tener los autógrafos de la plantilla al completo, pero es que no tengo hijos, afortunadamente para ellos, todo hay que decirlo. Tampoco me gusta el waterpolo, así que no venimos a por entradas para el palco. ¿Para qué estamos aquí entonces? —Frunzo la nariz y me rasco la cabeza mientras miro a Sara, callada por una vez a mi lado.
—Por lo del muerto, capitán, por lo del muerto —a otra que le da por repetir las cosas.
—Ah, claro, el portero ahogado. Pues eso, que nos gustaría hacer unas cuantas preguntas a sus compañeros, a ver si ellos nos pueden aclarar algunas cosillas sin importancia: dónde se encontraban cuando le mataron, si se llevaban bien con él, si en algún momento se le podría haber ocurrido al bueno de Quino levantarle la novia a alguno de ellos… Cosas de policías, ya sabe.
Sigo sin saber si el vicepresidente es idiota perdido o si, como suele suceder, quienes van de graciosos por la vida demuestran enseguida carecer de sentido del humor. El caso es que nuestro hombre no parece encajar demasiado bien el tono distendido que he querido dar a nuestra conversación y se muestra abiertamente irritado.
—¿No pretenderá sugerir, repito, no pretenderá sugerir que alguno de nuestros jugadores está implicado en la muerte de Lerín? Porque si es así le recuerdo que don Camilo come cada semana con el alcalde, y a don Camilo no le gustaría el modo en que está llevando su investigación.
La Iglesia, en España, tiene su poder bien definido. El deporte de élite, más si cabe. Porque el vicepresidente nos acaba de largar un torpedo directo a nuestra línea de flotación: los jugadores son tan intocables como el aire que respiramos. Pero aún hay otro poder ante el cual incluso los vicepresidentes se suelen mostrar vulnerables.
—Bien, lamento que no le guste cómo llevamos las cosas los de la pasma, pero todavía suelen ser peores los plumillas. Y ya ha habido alguno que me ha preguntado por el asunto —miento—. Evidentemente, de mi boca no saldrá una palabra, pero ya sabe lo comadrejas que pueden llegar a ser los periodistas deportivos. Ríase usted de los del corazón, repito, ríase usted de los del corazón. Así que cuanto antes solucionemos el caso, mejor para todos, ¿no le parece?
Mentar la bicha y observar un cambio en la actitud de nuestro interlocutor ha sido todo uno. El vicepresidente nos pregunta que por quién queremos empezar. Yo le digo que, por eso de respetar las jerarquías, lo suyo sería comenzar por el entrenador. Quizás luego podamos seguir con el capitán del equipo si no es mucha molestia –Pedro Bastier, según me ha informado Sara, más versada que yo en estos temas– y, finalmente, el resto de la tropa, de la que se encargarán Expósito y Cacho. Lo de querer hablar con el médico por si sabe algo de unas pastillas de teradrolona me lo callo como una puta.
Una llamada telefónica y el vicepresidente nos dice que el entrenador nos atenderá gustoso, que bajemos a las piscinas y le preguntemos lo que queramos. Lo que no comprendo es por qué sonríe mientras lo dice. Le agradecemos su atención y nos disponemos a iniciar los interrogatorios de verdad.
Bajamos por donde hemos subido hace unos minutos después de echar una última mirada –yo, Sara nunca ha sabido apreciar la belleza, quizás por eso no se ha fijado jamás en mí– a la secretaria. Personalmente preferiría visitar la parte derecha de la Romareda: cuerpos jóvenes y redondeados, moños un tanto pasados de moda pero que resultan graciosos en chicas de dieciocho años, trajes de baño en multicolor, pinzas en la nariz que les sientan mucho mejor que a un maromo que no deja de roncar en la cama… Pero antes es la obligación que la devoción, especialmente si Sara tira inmisericorde de mi brazo para que vayamos hacia la izquierda, donde nos esperan unos tipos de cintura estrecha y hombros anchos como puertas de garaje. Quesitos endurecidos, así se les podría describir en dos palabras.
Parece ser que los lunes, antes de la sauna y el masaje, toca hacer algo de ejercicio en la piscina, que no todo va a ser descansar. O tal vez el hecho de no haber disputado partido ayer ha trastocado los planes de trabajo habituales. El caso es que los tenemos a todos en remojo, chapoteando como críos, enredando como focas en el circo. A la orilla de la piscina, gritando como si estuviera poseído por el demonio, el entrenador.
Bratislav Cavic medirá sus buenos dos metros. Viste pantalón de chándal y una camiseta en la que parece estar embutido y que le marca unos pectorales impropios de este mundo. Está totalmente calvo –aunque pienso en los esteroides y recuerdo haber leído en alguna parte que es práctica común entre el gremio raparse al cero para disimular la alopecia que producen ciertas sustancias, además de que así la cabeza parece más pequeña y el cuerpo más descomunal–, y luce un aro de plata en la oreja izquierda, la que tenemos a la vista. Se gira cuando nos oye llegar y comprobamos que en el apéndice derecho luce un adorno idéntico. Con una argolla en la nariz podría pasar perfectamente por el oso de un zíngaro.
—¿Y a ustedes quién les ha dado permiso para interrumpir el entreno? —nos da la bienvenida con un levísimo acento eslavo—. ¿No ven que estamos currando?
—Perdone, caballero, no era nuestra intención molestar —explica Sara sin acercarse demasiado, no sea que se lleve un zarpazo—. Verá, somos policías y nos gustaría hacerle algunas preguntas sobre su pupilo asesinado.
—¿Ah, sí? ¿Y qué coño quieren saber? ¡Y tú, Murillo, échale más cojones al presionar, que pareces un niño de teta, joder! —añade retomando su papel de entrenador.
—Bueno, si pudiéramos hablar sin interrupciones se lo agradeceríamos, la verdad. Y terminaríamos todos antes, claro.
—Está bien, síganme —ladra mientras cede el silbato que cuelga de su cuello al que parece ser su ayudante. De paso, lanza una mirada nada furtiva a las tetas de mi compañera poniendo cara de salido, un gesto que no me gusta en absoluto aunque comparta plenamente su buen criterio—. Hazte cargo y que no salgan del agua hasta que estén como garbanzos.
Se da media vuelta asumiendo que vamos a ir tras él y entramos en un cubículo en el que apenas cabemos los tres. De hecho, apenas cabe él sin compañía. Cierra la puerta y nos sentimos como si estuviéramos encerrados en un armario empotrado.
—Bueno, disparen, que no tengo toda la mañana para atenderles.
—De acuerdo, de acuerdo, ya vemos que está muy ocupado, así que no le entretendremos demasiado. ¿Cómo es la relación entre sus jugadores? Ya sabe, tanto contacto diario puede provocar tensiones y tal vez entre algunos de ellos…
—¿Insinúa que alguno de mis chicos es un asesino? Ya veo que no tienen ustedes ni puta idea de cómo hacer su trabajo, porque si pretenden encontrar entre la plantilla al culpable de que me haya quedado sin portero titular… Esto es una piña, aquí no hay favoritismos, solo así se consigue estar en lo más alto en un deporte de equipo, con la rivalidad propia y necesaria para hacerse un hueco entre los mejores pero…
Cavic recurre a los tópicos habituales de las ruedas de prensa, y así podría seguir durante horas si no le paramos a tiempo.
—¿También es necesario recurrir a la teradrolona para estar entre los mejores? —interrumpo el discurso que parece llevar grabado en una cinta.
—¿Cómo dice?
—Que Lerín almacenaba en su casa pastillas como para dar varias fiestas. ¿Forman parte del régimen alimenticio de sus chicos?
De pronto, el serbio Cavic se nacionaliza chino y se defiende como los orientales cuando les preguntas por el origen de los productos que venden en sus tiendas o por la jornada laboral de sus empleados. «Aquí todo bien, yo papeles en regla» es lo único que imagino le sacaremos a partir de aquí sin la mediación de un intérprete. No es muy diferente de lo que pienso lo que el entrenador nos contesta.
—¿Qué es «teradrolona»? No entiendo, lo siento, mi española no es muy buena. ¿Algo para la cabeza?
—En efecto, el infarto cerebral es una de las múltiples posibilidades de esa sustancia —interviene Sara—. Si quiere saber más sobre el tema, le aconsejo que pregunte a su médico… al de su equipo, me refiero. Y hablando de matasanos, ¿dónde podemos encontrarle?
—¿A quién? —ha decidido responder con monosílabos para minimizar los riesgos de meter la pata.
—Al médico, señor Cavic, al médico —aclaro innecesariamente.
—Ah, comprendo. Linares. No está, lleva desde el miércoles de congreso. Linares vive… ¿cómo dicen ustedes? Sí, como un cura, Linares vive como un cura, eso le digo siempre, cada dos por tres invitado por los laboratorios. ¿Alguna pregunta más o puedo volver al piscino?
—Hombre, ya puestos, y como queremos interrogar a alguno de sus jugadores, no nos importaría ver al capitán del equipo. Me imagino que será el que más sepa de los asuntos del vestuario. Aparte de usted, claro.
—¿Con Bastier, dice usted? Pues ya lo siento, pero no ha venido al entreno esta mañana. O está muy apenado por la muerte de su compañero o ha pillado un trancazo de puta madre —dice recuperando su buen manejo del castellano—. Lo dicho, nos vemos otro día, ¿vale?
Me da la sensación de que cada día imponemos menos respeto entre la población en general y entre los que se sienten superiores a nosotros en particular. En todo caso, la negativa de Cavic a facilitarnos la labor nos obliga a recurrir de nuevo a la secretaria, a ver si ella nos proporciona el teléfono o la dirección del tal Linares. La perspectiva me alegra la cara y le digo al oso serbio que puede volver a lo suyo mientras nosotros nos encargamos de lo nuestro.
Nos hace salir de la habitación delante de él. En realidad, a quien cede el paso es a Sara mientras él se pega a sus pantalones debido a la escasez de espacio. Le retengo por el hombro para dar algo de ventaja a mi compañera quien, por su parte, se frena en seco y aprovecha para clavarle involuntariamente el talón de sus botas en los dedos que asoman de las chancletas que calza.
Dejamos al entrenador con sus focas después de hacerle jurar por san Vitus –patrón nacional de los serbios– que nos llamará si tiene algo importante que decirnos. En cuanto a los jugadores, entiendo que es preferible seguir el plan inicial y que sean la sargento y el cabo quienes les interroguen por separado en sus domicilios antes que hacerlo nada más salir del agua, no sea que se acatarre alguno más y luego nos acusen de malograr la buena marcha del equipo en la liga. Lo de citarlos en comisaría es algo que he desechado desde el principio: llamaría la atención de los medios y, por otra parte, se pasarían el interrogatorio firmando autógrafos a la mitad del Cuerpo.
Sara se ofrece a subir a las oficinas ella misma mientras yo la espero a las puertas del estadio. Le digo que no es necesario, que no hace falta que se moleste subiendo escaleras, que ya voy yo y de paso me despido de la secretaria. Insiste y matiza –sutilmente– que está hasta los ovarios de actitudes machistas, que si le garantizo que no la voy a acusar de desacato me besa a mí también los pies con sus botas.
Nunca he llegado a comprender lo importante que es una retirada a tiempo –y eso que debería haber aprendido la lección después de tantas salidas nocturnas, prolongadas infructuosamente hasta las mil para ver si encuentro a alguna fémina con las defensas bajas por el sueño y el alcohol–, pero sé cuándo Sara está de mal genio y permito que sea ella quien se encargue de recabar los datos que necesitamos para contactar con el médico.