Excerpt for Yo Tomé Panamá by Rodolfo Leitón, available in its entirety at Smashwords

Yo Tomé Panamá



Rodolfo M. Leitón

Smashwords Edition

RODOLFO M. LEITÓN

Marca Registrada © 2011 Rodolfo M. Leitón

Versión para lectura en dispositivos electrónicos.

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este documento puede ser reproducida o transmitida de ninguna manera sin la autorización escrita del dueño de los derechos de autor.

Edición a cargo de Mía Gallegos Domínguez.

Imagen de portada: foto tomada del libro "Panamá, la Creación, Destrucción y Resurrección"; coloreada digitalmente por Rebeca Alpízar.

Esta es una novela de ficción histórica, basada en hechos reales. Los nombres, personajes, lugares e incidentes mencionados son resultado de la imaginación del autor o han sido usados en forma ficticia.

En el capítulo 31 se reproducen textualmente partes de “Royal Macklin”, novela escrita por Richard Harding Davis y que es de dominio público.



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DEDICATORIA



Para Elke, el amor de mi vida y quien me dio la idea de escribir este libro.

Para Emiliano y Amadeo, quienes con su ejemplo me motivan a ser una mejor persona todos los días.



AGRADECIMIENTOS



Este libro fue escrito durante muchas noches, fines de semana y algunas vacaciones. El apoyo y comprensión de mi esposa e hijos fue vital y sin su constante motivación, esta novela probablemente no existiría. Fue Elke, quien después de escucharme decir demasiadas veces que alguien debería escribir una novela sobre Bunau-Varilla, sugirió que lo hiciera yo mismo.

Mi madre, Ana Victoria, quien es una extraordinaria pintora y narradora oral, siempre me motivó a completar este proyecto. Mi padre, Rodolfo, me enseñó con su ejemplo el valor de la perseverancia y del trabajo constante, los cuales resultaron invaluables cuando el proceso de investigación parecía interminable y el sintetizar tanta información parecía imposible.

Wallace Dailey, curador de la Colección Theodore Roosevelt de la Universidad de Harvard; John Armstrong de la Universidad Wright State en Dayton, Ohio; y Jeremy Barande, de la Oficina de Comunicaciones de la École Polytechnique en Francia me permitieron acceso a recursos necesarios para enriquecer este libro.

Frank Arre, del Comando de Historia Naval de los Estados Unidos, amablemente aportó fotografías sobre el hundimiento del U.S.S. Maine para usar como ilustración.

En Panamá tuve el apoyo de Irina de Ardila, a través de quien logré contactar al señor Ricardo López Arias en Barcelona, quien su vez me compartió varias fotografías difíciles de obtener en las que aparece Bunau-Varilla durante su estadía en Panamá. También, Rolando Cochez Lara, Administrador de la Biblioteca Roberto F. Chiari en Panamá colaboró de manera paciente ante mis repetidas solicitudes en procura de más material.

Magali Lacousse de los Archivos Nacionales en París me permitió acceso a documentos de gran importancia para el proceso de investigación, particularmente el certificado de nacimiento de Bunau-Varilla. Rebecca Garnier, Encargada Comercial del Restaurante Le Procope en París, tuvo la gentileza de enviarme información sobre los platillos que se sirven en su establecimiento desde hace siglos.

Gabriel Loizillon, escritor francés que produjo uno de los libros más reveladores sobre los orígenes de la fortuna de los hermanos Bunau-Varilla, amablemente atendió varias consultas. Valeria Rocco, descendiente de Philippe Bunau-Varilla, pacientemente escuchó algunas de mis ideas respecto a este libro, hizo sugerencias y recomendó fuentes de información que resultaron de gran utilidad para mi investigación.

Daniel Quesada revisó detenidamente el manuscrito y sugirió algunas mejoras de gran relevancia. Finalmente, Mía Gallegos Domínguez ayudó a pulir mi modesta redacción; su apoyo mejoró de manera sustancial esta novela.



PRÓLOGO



En 1878 la Sociedad Geográfica de París organizó el Congreso Universal, un evento internacional destinado a elegir la mejor ruta para construir un canal interoceánico en Centroamérica.

Previamente Ferdinand de Lesseps, afamado constructor del Canal de Suez y miembro de la Sociedad Geográfica, había presidido un comité que negoció un tratado que le daba a Francia derechos exclusivos para construir dicho un canal en la provincia colombiana de Panamá. Por esta razón, cuando se realizó el Congreso Universal, Francia tenía gran interés en que la ruta panameña fuese seleccionada.

Durante el evento se evaluaron más de diez posibles rutas para construir el canal, y quedaron Nicaragua y Panamá como las mejores alternativas.

A pesar de la informacion técnicamente superior que presentaron los americanos para impulsar la eleccion de la ruta nicaragüense, y de la mediocre defensa de la ruta panameña hecha por los colaboradores de de Lesseps, en la votación final la mayoría francesa prevaleció y la vía panameña fue seleccionada por setenta y cuatro votos a favor y ocho en contra.

De los setenta y cuatro votantes, sólo diecinueve eran ingenieros y únicamente el panameño Pedro Sosa había estado alguna vez en Centroamérica.

La propuesta de Ferdinand de Lesseps de construir un canal sin esclusas, a nivel del mar, también fue aprobada a pesar de los votos en contra de los ingenieros franceses Godin de Lépinay, quien había propuesto un canal con esclusas y un lago artificial para reducir el monto a excavar, y de Alexandre Gustave Eiffel. De Lépinay era el único participante del Congreso Universal que tenía experiencia en la construcción de obras de infraestructura en Latinoamérica.

Capítulo 1



París, Octubre de 1880

Tratando de entrar a empujones, Philippe se abría paso entre estudiantes mayores y, en su gran mayoría, mucho más altos que él. Presenciar el discurso de “El Gran Francés” era una oportunidad que no podía desaprovechar; había esperado años para conocerlo y no sabía cuando volvería a estar cerca de él.

Ya pronto iban a cerrar las puertas y no había logrado avanzar lo suficiente, así que apresuró el paso tanto como se lo permitía el estrecho uniforme azul que usaban los estudiantes de la prestigiosa Escuela Politécnica. Haber sido aceptado como alumno becado en la institución militar a los diecinueve años de edad, hacia dos lustros, era motivo de gran orgullo para Philippe. Estadistas, filósofos, científicos y otros compatriotas ejemplares se habían graduado de allí: era en la Escuela Politécnica donde él también se debía formar.

En esta visita, Ferdinand de Lesseps expondría ante los alumnos y casi todo el cuerpo docente los resultados de su reciente expedición a Panamá, lugar donde decenas de países habían escogido construir el canal interoceánico durante el Congreso Universal de París realizado el año pasado.

Para Philippe, verlo de cerca le generaba una emoción difícil de describir. Todavía recordaba cuando, siendo todavía un niño, una vez llegó a visitarlos a casa un ingeniero que había trabajado con de Lesseps en Egipto durante la construcción del Canal de Suez. Durante aquella visita, Philippe se había emocionado tanto con el relato del ingeniero visitante que le anunció a su madre que algún día el también construiría canales alrededor del mundo. “Eres muy joven para Suez, pero todavía puedes construir Panamá,” le había dicho su madre y el niño nunca olvidó aquellas palabras.

Haciéndose paso por entre la muchedumbre, Philippe sujetaba fuertemente la carta que lo acreditaba como invitado especial del general Pourrat, patrocinador suyo en la “X”, como se le conocía popularmente a la Escuela Politécnica. Quedarse fuera de la ponencia y desaprovechar la oportunidad de ver la presentación de “El Gran Francés” era impensable. De pronto, a escasos dos metros de la entrada, un custodio anunció que el auditorio estaba repleto y que no se permitiría el ingreso de nadie más. Se escucharon quejas y alguien trató de forzar su entrada por las puertas que ya se cerraban.

La nariz aguileña de Philippe, su pequeño bigote café y su amplia frente hacían más prominentes e intensos sus ojos azules. Lo que no tenía en estatura o contextura, lo compensaba con su fuerte personalidad y mirada apabullante. “Soy invitado del general Pourrat, ¡déjeme entrar!” dijo Philippe mostrando la carta al edecán. Una vez adentro, logró encontrar una silla vacía al frente del auditorio, a escasos metros de donde se presentaría de Lesseps.

Si el “Gran Francés” había logrado construir el Canal de Suez sin duda tendría éxito también en el Caribe, de donde había regresado recientemente. Aunque todos habían leído los reportajes sobre su expedición, el interés por escuchar el relato en forma directa de boca de de Lesseps era muy grande.

Junto al podio había un extraño aparato de madera y metal que apuntaba hacia un marco de tela blanca frente al auditorio. “¡Una linterna mágica inglesa! Con seguridad nos va a mostrar imágenes de su expedición a Colombia, ¡excelente!” pensó Philippe con emoción.

En medio de aplausos, Philippe escuchó las puertas cerrarse y, al voltearse hacia su derecha, pudo ver a Ferdinand de Lesseps dirigirse hacia el podio. Llevaba su blanco y grueso cabello peinado hacia la izquierda. A pesar de tener setenta y cinco años, su caminar evidenciaba la energía y fortaleza de un hombre treinta años menor. Su traje negro cruzado y el corbatín del mismo color que se adivinaba bajo el cuello de su abultada camisa blanca, le daban un aire de elegancia indiscutible.

Pero lo que más le llamaba la atención a Philippe era su famoso mostacho encerado con las puntas hacia arriba. Mientras miraba a de Lesseps deslizarse hacia el frente del auditorio, Philippe trató de enroscar de igual manera las puntas de su pequeño bigote.



Foto de graduación de la Escuela Politécnica de Philippe Bunau-Varilla. Cortesía de la Escuela Politécnica; © Ecole Polytechnique.



Ferdinand de Lesseps subió al podio y todo el auditorio se sumió en el silencio, esperando ansiosamente que iniciara la ponencia. Mientras tanto “el Gran Francés” observaba a estudiantes y profesores con evidente satisfacción. Aunque su mirada cubría todo el auditorio, Philippe juraría que su ídolo le había dedicado su famosa sonrisa especialmente a él.

Después de saludar a todos los presentes y de agradecer la invitación, de Lesseps fue directo al grano: “Desde hace siglos, las naciones civilizadas del mundo han deseado construir un canal interoceánico en Centroamérica. El primero en recomendar construirlo en Panamá de Colombia fue el explorador español Álvaro de Cerón en 1517.”

“Siglos después Alexander von Humboldt propuso nueve rutas para hacer el canal interoceánico, para luego elegir a Panamá como el mejor lugar para construirlo. Y el año pasado se realizó aquí en París el Congreso Universal, durante el cual delegados de treinta y seis países también determinaron que la vía panameña es la mejor.”

“Una centenaria Gran Idea que hasta ahora podemos hacer realidad. Los avances científicos franceses y nuestra moderna ingeniería, nos permiten emprender proyectos que hace décadas era imposible siquiera imaginar. La prueba está en Egipto…”

En ese momento, el ayudante de de Lesseps encendió la linterna mágica y una imagen del Canal de Suez fue proyectada detrás del podio para la sorpresa del auditorio, que estalló en jubilo: “¡Viva “El Gran Francés”! ¡Viva el Canal de Suez!” gritó alguien desde atrás y muchos lo secundaron. De Lesseps sonrió y haciendo un gesto con las manos pidió silencio:

“El Canal de Suez, que fue construido en gran medida por alumnos de esta misma escuela, ha acercado a Asia y Europa, facilitando el comercio y beneficiando a millones de personas. Y ahora, así como lo hice hace veintiún años, vengo a invitar a los mejores ingenieros del mundo a unirse a esta nueva gran causa que es el canal interoceánico en Panamá de Colombia!”

La linterna mágica ahora proyectaba un mapa de Panamá, con la ruta propuesta para el canal marcada claramente. El auditorio estaba extasiado: “¡Vamos a Panamá! ¡Construyamos el canal!” se oyó gritar a alguien quien fue secundado por un profesor que entonó el lema de la Escuela Politécnica: “¡Por la Patria, la Ciencia y la Gloria!”

Cuando hubo silencio, de Lesseps continuó con tono más serio: “Recientemente visité Panamá; fui acompañado de nuestra comisión técnica internacional con el objetivo de inspeccionar la ruta por donde se construirá el canal, según lo requiere el tratado con el gobierno de Colombia.”

El auditorio se había sumido en el silencio total.

“Llegamos el 30 de diciembre en el vapor Lafayette. En la Bahía de Limón recibimos la cálida bienvenida del pueblo panameño, que está feliz porque el canal finalmente se va a construir.” Y luego agregó, con una pícara sonrisa, “De hecho, el representante del gobierno local, el señor Céspedes, reclamó en son de broma que por qué los franceses habíamos durado tanto en decidirnos a construir el canal allí. ¡Vamos a llevar paz y prosperidad a un pueblo que nos ha recibido con los brazos abiertos!”

“…Además, como le decía a mi hijo Charles, esa parte de Colombia es el lugar más hermoso del mundo. Y su clima, su clima es perfecto: es la tierra de eterna primavera.” Alguien sentado atrás de Philippe murmuró: “Pues claro, ¡si visitó el Caribe al inicio del verano imagino que el clima debe haber estado fantástico!”

Sin esperar a que los incipientes aplausos acabaran, de Lesseps continuó: “Pero, volviendo al propósito de nuestra visita, tengo que decirles que después de varias semanas de inspeccionar personalmente la ruta por la que se construirá el canal, llegamos a varias conclusiones de gran importancia.”

De Lesseps se acomodó en el podio, peinó su bigote hacia arriba con su índice y pulgar derechos y vio con satisfacción como todo el auditorio se inclinaba hacia adelante para escuchar mejor sus palabras: “La primera es que, comparado con la construcción del Canal de Suez, excavar el Canal en Panamá será mucho más fácil.”

Se escucharon varias expresiones de sorpresa en el salón. “Para comenzar, la distancia entre océano y océano es muy corta, de hecho es similar a la que hay entre París y Fontainebleau. Según nos informa Abel Couvrex hijo, podremos utilizar los mismos métodos de excavación que se emplearon en Egipto porque el terreno es muy similar. Así que la experiencia que ganamos en Suez nos beneficiará grandemente en Panamá.”

De Lesseps prosiguió: “Concluimos también que la construcción durará solamente ocho años, no doce como habíamos creído en un principio. Esa reducción en tiempo resultará en un significativo ahorro en los costos de construcción. Ya no serán necesarios los fondos que inicialmente presupuestamos para construir el canal: ¡necesitaremos solo la mitad! ¡Hemos logrando un gran ahorro sin siquiera haber comenzado!”

Ferdinand de Lesseps tenía al auditorio en el bolsillo, y lo sabía: “Así es mis amigos, construir el Canal en Panamá será más económico y rápido de lo que pensamos originalmente. Aquellos que puedan, ¡compren acciones cuando salgan a la venta! Creo que la Compañía del Canal de Panamá será mucho más rentable de lo que ha sido la del Canal de Suez.” Todos recordaban que el valor de las acciones de la Compañía del Canal de Suez habían cuadriplicado su valor desde que se emitieron. Si el “Gran Francés” enfatizaba que Panamá sería también una buena inversión, de seguro su afirmación era cierta.

“Pero más allá del aspecto financiero, creo que los franceses hemos sido bendecidos con la responsabilidad de realizar grandes obras en beneficio de la humanidad. Realizar esta Gran Idea le mostrará al mundo como, a pesar de nuestras recientes dificultades, ¡Francia sigue siendo Francia!” La audiencia cayó en el silencio, recordando la reciente derrota sufrida contra Alemania.

“Ya hemos logrado la aprobación del gobierno colombiano para iniciar las obras de construcción tan pronto como podamos. ¡Y no vamos a perder el tiempo!” espetó de Lesseps para el disfrute de sus oyentes. “Me complace informar que en enero del próximo año parte hacia Panamá el ingeniero Gastón Blanchet como director general de nuestras operaciones en Panamá. El trabajará con nuestros amigos de Couvreux, Hersent & Compañía y, ¡espero!, también que lo haga con muchos de ustedes.”

Haciendo otra pausa para encrespar su bigote, de Lesseps continuó: “Si bien es cierto que el Congreso Universal escogió a Panamá, la ruta francesa, por mayoría sobre Nicaragua, que era la ruta favorecida por los americanos, para nosotros es vital contar con el apoyo de los Estados Unidos. Algunos dirían que la Doctrina Monroe lo requiere. Así que de Panamá partimos hacia Nueva York para invitar a Andrew Carnegie, John Bigelow, J.P. Morgan y otros ilustres americanos a participar como accionistas de la Compañía del Canal. Incluso ofrecimos ubicar las oficinas de la Compañía en Nueva York. El nuestro será un esfuerzo verdaderamente internacional,” concluyó con solemnidad.

“Entonces mis amigos” dijo con creciente emoción, contagiando a todo el auditorio mientras hablaba clara y lentamente, “sabemos qué tenemos que hacer, sabemos cómo hacerlo y contaremos con los recursos necesarios. ¡El canal será construido! ¡El canal será construido! ¡Únanse a esta gran empresa y apoyen a Francia viviendo el lema de esta gran institución! ¡Por la Patria, la Ciencia y la Gloria!” Ahora la linterna mágica mostraba una ilustración del globo terráqueo envuelto por la bandera francesa.

Todo el auditorio aplaudió de pie varios minutos mientras Ferdinand de Lesseps se limpiaba las lágrimas de alegría que le habían provocado su propio discurso con un pañuelo blanco, para luego bajar del podio y abrazar al general Pourrat.

Capítulo 2

Ese fin de semana cuando Philippe dejó las barracas de la Escuela Politécnica, fue a visitar a su abuela y a su madre, Caroline Pamela, como lo hacía todos los fines de semana. Al llegar pudo comprobar que su hermano mayor, Maurice, también estaba en casa. Philippe quería y admiraba a Maurice, quien tenía poco de haber ingresado a trabajar en el Banco Crédit Lyonnais. Con afán tesonero, su hermano mantenía a la familia mientras que él se dedicaba exclusivamente a estudiar.

Los cuatro se sentaron en la humilde cocina del hogar Bunau, y después de comenzar a almorzar un plato de costillas de cordero y papas gratinadas, Philippe dijo con entusiasmo: “Madre, ya sé lo que haré al graduarme, voy a ir a Panamá, ¡a construir el canal de Ferdinand de Lesseps!”

Al escuchar estas palabras, su madre se atragantó y comenzó a toser. Maurice tuvo que levantarse de inmediato para ayudarle a reponerse. Mientras tomaba un vaso de agua, la abuela preguntó con ojos angustiados: “¿Lo has visto? ¿Estuviste con él?”

“Así es, abuela, el señor de Lesseps es sin duda un hombre extraordinario. Lo que se dice de él en los periódicos no le hace justicia. Su personalidad es mucho más… magnética de lo que uno podría imaginarse. Ha llegado al auditorio de la Escuela Politécnica a invitar a los estudiantes a unirse al proyecto del canal.”

Las mujeres se miraban entre sí, sin poder decir palabra. Maurice intervino: “Pero ustedes tienen que trabajar cinco años para el estado antes de poder incorporarse a la empresa privada. ¿Cómo es posible que llegue a reclutarlos a la propia Escuela Politécnica?”

Sin parar de sonreír, Philippe respondió: “Bueno, como el Canal de Panamá se considera un proyecto de interés nacional, están haciendo excepciones con algunos estudiantes. Después de graduarme y de servir por algún tiempo en el Servicio Civil puedo solicitar un permiso especial que me permita trabajar en Panamá. El señor Schwoebele ofreció ayudarme a conseguirlo.”

La madre de Philippe solo atinó a decir: “¿Y como está él? ¿Lo conociste? ¿Hablaste con él?” Con una sonrisa Philippe respondió “Pues por supuesto, madre, veo al señor Schwoebele todos los días.”

Mamie, su abuela, intervino: “Se refiere al señor de Lesseps, Philippe.”

“No, madre, no pude presentarme. Todo el mundo quería hablar con él y fue imposible acercármele. Pero cuando trabaje en la construcción del canal, con seguridad tendré oportunidad de conocerle. Imagina Maurice, ¡trabajar al lado del “Gran Francés” y construir un nuevo canal!”

Y mientras Philippe le contaba a un también entusiasmado Maurice sobre la presentación de de Lesseps, ambas mujeres comían en silencio sin levantar la mirada.

Capítulo 3



Construcción del Canal de Panamá, Colombia, Marzo de 1885

Eran las siete de la mañana y, a pesar de la torrencial lluvia, Philippe tenía dos horas de estar inspeccionando la excavación. Gustave, su asistente, sostenía una sombrilla que los cubría a ambos mientras caminaban cuesta arriba por un sendero que más bien parecía un riachuelo. Hoy, como los últimos tres días, el aguacero permitiría poco avance en la excavación.

Con las botas llenas de barro y su fina ropa empapada, Philippe sostenía su sombrero derby para que la ventisca no se lo llevara. Nunca se acostumbró a los sombreros ingleses tipo hawkes y a la ropa de trabajo que usaban los otros ingenieros, pues le parecían incongruentes con lo trascendental del trabajo que estaban realizando.

Philippe había llegado a Panamá hacía seis meses en el mismo barco que su nuevo jefe, el director general Dingler, quien regresaba de Francia con su esposa después de tomar una corta vacación. El hijo, hija y yerno de los Dingler yacían sepultados en suelo panameño pues sucumbieron a las enfermedades tropicales hacía un año.

Durante las semanas que duró la travesía, Philippe se había dedicado a cultivar el trato con Jules Dingler y le demostraba lo mucho que había estudiado sobre el trabajo a realizar en el istmo y particularmente en el cerro Culebra: la sección donde habría que realizar la mayor parte de la excavación. El director general había quedado muy bien impresionado con el joven ingeniero.

Desde lo alto del cerro, y mientras Gustave hacia lo posible por protegerlo de la lluvia, Philippe observaba a miles de trabajadores usar picos y palas para tratar de ensanchar la pequeña grieta que era la excavación en la montaña Culebra. Al lado de los peones, grandes máquinas escupían humo mientras depositaban barro y rocas en los pequeños vagones que estaban encargados de retirar el material. Desde allí, Culebra era una protuberancia verde atravesada por una franja café, que a su vez estaba poblaba por un hormiguero de hombres y máquinas.

Era una vista espectacular que Philippe disfrutaba cada día. Estaba construyendo un canal de Francia para el mundo y estaba cumpliendo con el sueño que había nacido cuando apenas era un niño de diez años; asimismo evocó a aquél ingeniero que venía de trabajar en Suez cuando se presentó en su hogar.

Pero Panamá no era la tierra de la “eterna primavera” que les había prometido de Lesseps. Y el terreno a excavar no se podía trabajar “como en Europa”, como les había dicho Abel Couvreux. La extraña mezcla de arcilla, roca arenisca y limolita que era el cerro Culebra resultaba un terreno poco estable que con la torrencial lluvia se derrumbaba casi a diario, volviendo a rellenar lo excavado, a veces con brigadas de trabajadores enteras bajo los deslizamientos.

Los contratistas, encargados de prácticamente toda la excavación, se esmeraban por tratar de cumplir sus obligaciones de la manera más económica y rentable sin importar el avance real de las obras. En el último año se había logrado bajar la altura promedio de la excavación en Culebra en tan solo un metro. Aun así, muchos amenazaban con retirarse si la Compañía del Canal no mejoraba sus condiciones contractuales, solicitud que era generalmente aceptada.

También había problemas con la mano de obra. Los trabajadores negros franco-parlantes se peleaban a machetazos con los negros hispano-parlantes. Algunos que hasta hace poco habían sido esclavos se negaban a seguir órdenes de los jefes de cuadrillas porque ellos eran “hombres libres” y los chinos ya no querían trabajar excavando; muchos se habían convertido en comerciantes.

Cuando los peones no estaban trabajando o borrachos, probablemente estaban enfermos. Aunque muchas dolencias aquejaban a los pobladores del istmo, dos tomaban la mayoría de vidas: las emanaciones cenagosas provenientes de la excavación causaban malaria, así que mientras más se excavaba más enfermos había. La inmundicia prevaleciente en Colón era la causante de la fiebre amarilla. Marcus Schouwe, el contratista encargado de importar mano de obra, no lograba llenar las plazas vacantes con la misma rapidez con que las enfermedades las creaban.

Eran tan letales que muchos perecían durante cortísimas visitas a Panamá. Philippe recordaba casos como el del Delfín, barco cargado de madera proveniente de Nueva Orleans que había parado en Colón para reaprovisionarse y que semanas después seguía amarrado al muelle: todos sus tripulantes habían muerto y no había quien se llevara al navío huérfano a otros puertos.

Pero Philippe no le tenía miedo a las enfermedades. De hecho visitaba los hospitales a diario. Allí daba aliento a los muchos trabajadores que morirían de alguna enfermedad ese día; estrechaba manos, saludaba y bromeaba con los que todavía podían hacerlo. A veces, tenía que interrumpir sus visitas para dar espacio a los ataúdes que colocaban al lado de las camas de sus interlocutores.

No tenía miedo al contagio porque la malaria atacaba a las personas de poca fortaleza moral; no tener miedo era una gran protección. Además, un curandero local le había recomendado una mezcla de quinina y brandy que había mantenidos sanos a varios ingenieros americanos durante la construcción del ferrocarril. Seguro también a él le ayudaría.

A pesar de todo lo malo que ocurría en Panamá, de la muerte de muchos de sus compañeros, del desorden y burocracia existente en la compañía, así como de la evidente mala fe de algunos contratistas, Philippe estaba feliz de estar allí. Estaba cumpliendo con un sueño que tenía desde niño: unir dos océanos como lo había hecho “El Gran Francés” en Suez.

De hecho, antes de venir a Panamá ya sabía de todos los riesgos a los que se expondría. La prensa Parísina, a pesar de los esfuerzos de la Compañía del Canal por ocultar lo que sucedía, tenía tiempo de reportar la muerte de muchos conocidos suyos a causa de las enfermedades. Cuando, antes de partir, el señor Schwoebele le preguntó que por qué quería exponerse a tanto peligro yendo a Panamá, Philippe le había respondido sin titubear: “Por la misma razón que un soldado corre hacia la batalla, señor Schwoebele.”





Philippe y un grupo de ingenieros en Panamá. Philippe es el segundo de izquierda a derecha, con el sombrero derby. Jules Dingler está sentado al centro con una sombrilla entre sus manos.

Foto cortesía del señor Ricardo López Arias.



Capítulo 4



Marzo 16, 1885

Philippe acababa de abordar el viejo ferrocarril a Colón y caminaba hacia el vagón reservado para funcionarios de la Compañía del Canal. Al observar los asientos le costaba creer que durante la fiebre del oro miles de aventureros habían usado este tren como atajo para llegar a California. Los viajeros americanos ya no necesitaban venir a Panamá; desde hacía un par de años podían trasladarse desde Nueva York hasta San Francisco en tan sólo cuatro días, usando uno de los nuevos ferrocarriles intercontinentales.

Ahora los vagones de este tren iban casi siempre vacíos: de siete pasajeros que contó Philippe ese día uno era empleado del ferrocarril, el doctor Manuel Amador, a quien saludó cordialmente. Aunque el doctor tenía casi el doble de edad que Philippe, había entre ellos un respeto mutuo que se acrecentó durante las visitas del ingeniero francés a los hospitales.

Este tren, cuyos dueños originales eran de Nueva York, ahora era propiedad de la compañía del canal. Ferdinand de Lesseps lo había comprado hacía poco al doble de su valor de mercado para no depender de los americanos y así facilitar el proceso de construcción del canal. “Pésima inversión, pero había que hacerla…” pensó Philippe ya en su asiento.

Aunque las acciones del tren habían cambiado de manos, los Estados Unidos mantenían la obligación, adquirida hacia cuatro décadas, de garantizar la soberanía colombiana sobre Panamá y asegurar el libre tránsito por la vía del ferrocarril. Así que en ambas costas se conservaban fuerzas militares americanas. Otro pasajero conocido, sentado cerca de Amador, era el capitán Mahan, del barco cañonero Wachusett y quien probablemente regresaba de alguna reunión con sus colegas estacionados en la costa pacífica.

Esa tarde Philippe iba a reunirse con H.B. Slaven, uno de los muchos oportunistas que habían llegado al istmo buscando tesoro y que lo habían encontrado fácilmente. Farmacéutico por formación, no sabía nada de excavaciones, pero cuando escuchó de los jugosos contratos que se estaban otorgando en Panamá, presentó varias ofertas para diferentes secciones del canal y, para su sorpresa, algunas fueron aceptadas. H.B. consiguió financiamiento en Nueva York, compró excavadoras, contrató operarios en Filadelfia y así comenzó un exitoso negocio. “Qué afortunado…” envidiaba Philippe cuando veía los pagos que se le hacían al farmacéutico.

Al llegar a la estación, Philippe bajó del andén y comenzó a caminar hacia las oficinas de Slaven. Odiaba visitar Colón por la inmundicia. Cubriéndose la nariz con un pañuelo perfumado para evitar el olor a mierda y basura que era típico de la ciudad, rodeó una montaña de botellas de vino vacías que había en media acera.

En el camino observó cómo algunos ingenieros de la compañía salían de La Constancia, el burdel más popular entre los expatriados franceses, mientras cuatro sudadas prostitutas que estaban medio desnudas los despedían desde el balcón. Al ver a Philippe, que siguió caminando con la frente en alto y sin mirarlos, saludaron con un “buenos días, ingeniero” y avergonzados apresuraron el paso.

Al pasar frente a la entrada de un bar, casi lo golpea un hombre que en ese momento salía a tirar basura a la calle. Sobros de comida, botellas y una camisa manchada de sangre cayeron a sus pies. En la acera de enfrente, un caballo en avanzado proceso de descomposición era devorado por buitres a los que parecía no incomodarles el tráfico de personas a su alrededor. Justo cuando iba a vomitar por el asco que le provocó la escena, Philippe oyó disparos detrás suyo.

Aprovechando que el ejército colombiano se había marchado a Cartagena para aplacar una rebelión, dejando desprotegida a Colón, un grupo local de insurrectos estaba tomando la ciudad. “Muerte a Núñez, ¡Viva el Partido Liberal!” gritaban mientras avanzaban por la calle. Su líder, un pequeño abogado mulato llamado Pedro Prestán, los dirigía con propiedad mientras se les unían más y más pobladores.

Philippe corrió a las oficinas de la compañía, donde en medio de un grupo de asustados burócratas franceses nuevamente se encontró con el doctor Amador: “Señor Bunau-Varilla, ¡amenazan con quemar la ciudad! Dicen que desde hace horas comenzó la rebelión… ¡El general Vila viene a poner orden, salió en el último tren desde ciudad de Panamá!”

Philippe sabia que Panamá era políticamente inestable, pero desde que había llegado el año pasado esta era la primer vez que presenciaba un conflicto de este tipo. “Doctor, ¿qué quieren los rebeldes?”, preguntó mientras buscaba una pluma para escribir un mensaje y solicitar instrucciones a su jefe.

“Lo mismo de siempre, queremos independizarnos de Colombia. Llevamos más de cincuenta años recibiendo promesas de trato igualitario por parte de Bogotá, pero seguimos siendo un territorio de tercera categoría,” explicó el doctor. “Ingeniero, me voy al hospital para verificar que los enfermos no se vean afectados por la revuelta,” dijo a manera de despido cuando trasponía el umbral.

Cuando se fue Amador, Philippe envió un telegrama al director Dingler pidiendo instrucciones. “Salvaguardar edificios y maquinaria. Mantener operaciones ininterrumpidas.”, fue la respuesta que recibió horas después desde ciudad de Panamá. Así las cosas, durante las siguientes semanas Philippe y su colega Maurice Hutin se dedicaron, bajo las órdenes de Dingler, a proteger los activos de la compañía del canal y del ferrocarril. Era menester mantenerlos operando.

Durante ese tiempo, la rebelión se extendió a ciudad de Panamá donde incluso otro rebelde de nombre Aizpuru ofreció declarar a Panamá independiente si los Estados Unidos lo reconocían como líder del nuevo gobierno. Durante varias semanas separatistas y federalistas pelearon en las calles de ambas ciudades y en la selva, dejando decenas de muertos. Prestan incluso llegó a tomar rehenes a soldados americanos para exigir que le entregaran armas. Pero a pesar de todo lo que sucedía, los militares americanos no hicieron nada para detener la rebelión porque no habían recibido órdenes de Washington.

No fue sino hasta que los insurrectos habían quemado y asaltado casi todas las edificaciones de la ciudad de Colón, que a solicitud del presidente Rafael Núñez, los Estados Unidos autorizaron varios barcos al mando del almirante James Jouett para que restituyera el orden en Panamá. Al poco tiempo, llegaron tropas colombianas al mando del general Reyes y se eliminó la revuelta. Una vez más, Colombia se había mantenido unida gracias a la intervención americana.

Capítulo 5



Agosto de 1885

Todos decían que Jules Dingler había enloquecido cuando murió su esposa, el último miembro de su familia que le había arrebatado la malaria. El día del funeral, el 1 de enero, él se había presentado a trabajar normalmente a su oficina. Después del sepelio había tomado su caballo, el de su esposa y los de sus hijos y los había matado a tiros en una loma cercana a su casa. Desde entonces, cada jornada era una pesadilla para el director y su equipo.

Dingler gritaba órdenes desde la mañana hasta el anochecer, se daba pequeños descansos en los que se mecía en su silla con la cabeza entre sus manos para tratar de aliviar el tormento que roía su cerebro. En una ocasión, varios ingenieros lo sujetaron para evitar que lanzara por el balcón de su oficina, que miraba hacia la plaza, a un contador que había aceptado pagar un misterioso cargamento de barriles de tinta enviado por la oficina de Nueva York.

En agosto ya no pudo más… Envió un telegrama a París comunicando su renuncia, empacó todas sus pertenencias y ordenó que alistaran su carruaje para ir a embarcarse de regreso a Francia. De camino, hizo una parada en el cementerio para despedirse de su familia. Durante una hora lloró con amargura pero sin perder la compostura y cuando fue suficiente, besó las lápidas y regresó al carruaje.

Al pasar por Colón notó que gran cantidad de gente se aglomeraba alrededor de la línea del ferrocarril, sobre la cual se había construido una estructura de madera de la que colgaba una delgada soga de cabuya que estaba siendo engrasada por el capitán del puerto, un americano de apellido Harris que en el pasado actuaba como vigilante en el oeste americano, en donde muchas veces había fungido como juez y verdugo.

Bajo el nudo, había una pequeña plataforma de tren a la cual ayudaron a subir a un hombre moreno vestido de traje y corbata negra, con camisa blanca. Quitándose el sombrero derby que cubría su encrespada cabeza, espetó algunas palabras reiterando que era inocente, que no había ordenado quemar la ciudad y le tiró un beso a una mujer que lloraba mientras le tapaba los ojos a un niño que no entendía lo que estaba sucediendo. Un soldado de ropas andrajosas le puso la soga al cuello, le permitió a Pedro Prestán volverse a poner el sombrero e inmediatamente el capitán Harris dio la orden para que movieran la plataforma sobre la cual el condenado estaba parado.



La Horca de Pedro Prestán.

Foto cortesía de la Autoridad del Canal de Panamá.



En el puerto esperaban a Dingler Maurice Hutin y Philippe, los dos ingenieros de mayor rango en la Compañía del Canal, quienes veían a Dingler como un modelo de honestidad, trabajo y perseverancia ante la adversidad. Ambos estaban consternados por el abandono de su jefe. Hutin, un hombre alto y fornido pero con el corazón de un niño, había sido elegido para convertirse en el nuevo director general. “Señor Dingler, ha sido un honor trabajar para usted.” dijo Maurice tratando sin éxito de contener las lágrimas, las cuales causaron gran incomodidad en Dingler y Philippe.

“No sigan mi ejemplo, no abandonen Panamá.” respondió el derrotado ingeniero antes de abrazarlos y subir al Lafayette.

A las dos semanas de haber asumido la dirección de la compañía, Maurice contrajo la fiebre amarilla. Llorando desconsoladamente en sus ratos de lucidez, pedía a gritos que se le perdonara la vida para poder volver con su familia. A la cuarta semana dio señales de mejoría y en cuanto pudo empacó sus cosas y le comunicó a su colega que regresaría a Francia. “Perdona que no me quede Philippe, pero no puedo arriesgarme por una empresa que quizá no llegue a final de año. La compañía está casi en bancarrota, ¿no lo ves? No hemos avanzado casi nada y dicen que ya casi se acabó el dinero para…”

“¿Ya olvidaste nuestro compromiso, ya olvidaste el lema de la Escuela Politécnica? El canal se va a completar, el “Gran Francés” sabrá cómo resolver todos los problemas. ¡Tenemos que terminar el canal, cuando sea, no seas cobarde!” interrumpió Philippe.

“¿No te das cuenta de lo que está pasando? No hemos avanzado nada, dicen que la empresa no tiene dinero, los americanos quieren sabotear nuestro trabajo para apoderarse del canal y cada día hay más muertos. Como dije, lo siento pero me voy. Y no, no he olvidado el lema de la “X” pero puedo ayudar a completar el canal desde París.” Y con eso, Maurice Hutin huyó de Panamá.

Al no haber otros candidatos dispuestos a tomar el puesto en ese momento, la Compañía del Canal tuvo que nombrar al ingeniero de mayor rango como director general y así, Philippe Bunau-Varilla fue elegido en dicho cargo. Con tan solo veintiséis años de edad quedó al mando del proyecto francés más importante del siglo.

Lejos de sentir inseguridad por asumir la responsabilidad por decenas de miles de trabajadores a tan corta edad, Philippe estaba feliz de que finalmente podría hacer su trabajo sin pedir autorización para llevar a cabo distintos proyectos. Todas las mañanas iba a diferentes sectores de la excavación para evaluar el avance con los contratistas. Luego visitaba el hospital más cercano para ver a los enfermos, que a veces tenían que ser atendidos a la intemperie por falta de espacio.

Para no perder tiempo, Philippe almorzaba sancocho en alguno de los comedores de los trabajadores y luego regresaba a la excavación para estudiar al enemigo: pasaba horas tratando de entender los diferentes tipos de terreno que tenían que cavar.

En las noches se reunía con sus subalternos para discutir el avance de las obras bajo el cuidado de cada uno. A partir de las diez de la noche, aprovechaba para leer correspondencia y escribir cartas o informes relacionados para las oficinas en París. Dormía tres horas antes de iniciar un nuevo día: nunca había estado tan cansado y nunca se había sentido tan feliz.

Capítulo 6



Enero de 1886

“Finalmente viene de Lesseps!” pensó Philippe cuando terminó de leer el cablegrama. En seis semanas estaría llegando una delegación de Cámaras de Comercio de varios países con el propósito de comprobar el avance de las obras. “La cosa realmente debe andar mal…” pensó al entender que en realidad la visita era para tratar de convencer a empresarios de los Estados Unidos, Alemania, Inglaterra y otros países que invirtieran en la Compañía del Canal.

Durante las siguientes semanas, todo Panamá se preparó para la segunda venida de “El Gran Francés”, quien estaría acompañado de su hijo Charles que a su vez era el vicepresidente de la empresa presidida por su padre. Se limpiaron las calles, pintaron fachadas y planearon las actividades para entretener a una delegación de más de cien personas. Grandes cantidades de vino y alimentos fueron importados especialmente para las celebraciones. Philippe se esmeró en tener informes, gráficos y discursos listos para impresionar a los de Lesseps.

La tarde del 17 de febrero el joven director general de la compañía en Panamá esperaba ansiosamente la llegada de los visitantes. Con su uniforme impecablemente aplanchado y su ahora crecido bigote encerado de manera perfecta, el joven ingeniero observaba como el vapor Washington se acercaba al muelle. Cuando atracó, para su deleite la primera persona en bajar la escalinata fue el propio Ferdinand de Lesseps.

“Señor Presidente, soy Philippe Bunau-Varilla, director general de las obras. Bienvenido a Panamá.” dijo con la voz agitada. “El Gran Francés” estrechó la mano de Philippe y habló con tono pausado: “Ah, sí, señor Bunau-Varilla. He recibido sus reportes. Muchas gracias, muchas gracias.” Y sin decir más, su ídolo siguió saludando al resto de los ingenieros y a los dignatarios locales que habían llegado para recibirlo. Los patriarcas de las familias Obaldía, Boyd, Arango y Arosemena, entre otros, saludaron al efusivo visitante mientras el resto de la comitiva bajaba del barco y la banda militar del cañonero americano Galena, cortesía del almirante Jouett, tocaba alegres melodías.

Conforme los invitados terminaban de saludar al comité de recepción, el doctor Amador le entregaba a cada visitante una cajita con pastillas de quinina, para protegerse contra las enfermedades tropicales, y cimaruba cedrón, un antídoto para la picadura de serpientes venenosas. Philippe se divirtió viendo el horror en las caras de algunos invitados al leer las instrucciones que venían en papelitos dentro del pequeño botiquín que habían recibido.

Esa noche se ofreció la cena de bienvenida en el Gran Hotel. Preparada por cocineros franceses e italianos traídos especialmente para la ocasión y acompañada de gran cantidad de Mouton Rothschild, Beajoulais, Chianti Classico y Frescobaldi para alegrar aún más el baile que seguía, fue el evento más importante del año en Panamá. Después de los discursos de los dignatarios locales y de la obligada respuesta de Ferdinand de Lesseps, la celebración se extendió hasta la madrugada.

Las siguientes dos semanas estuvieron atestadas de actividades para los visitantes. Cada mañana a las siete en punto salían grupos a visitar diferentes partes de la obra. Cerro Culebra, los hospitales, los dormitorios de los trabajadores, Matachín, el rio Chagres, ciudad de Panamá, todos fueron visitados por algún grupo de invitados que iba siempre acompañado por ingenieros que explicaban el avance de las obras con gran optimismo. Philippe había escogido encargarse del grupo en el que se encontraban Ferdinand de Lesseps y la comitiva americana.

En una de esas visitas de campo, el director general hizo explotar una pequeña montaña en la ruta de la excavación para el deleite de los visitantes. Esa noche, Philippe le entregó a Lesseps, con gran ceremonia, un pequeño cubo de piedra que representaba una milésima de una millonésima de la montaña que habían dinamitado esa mañana.

A pesar de lo exitosa, o por lo menos placentera, que estaba resultando la visita de las delegaciones a Panamá, Philippe estaba frustrado porque no había logrado sentarse a conversar ni una sola vez con su ídolo. Cada vez que trataba de acercársele, por alguna razón el “Gran Francés” encontraba alguna cosa que hacer. Philippe no entendía porque de Lesseps se mostraba tan distante.

***

Una tarde, mientras los invitados descansaban después de una excursión a la isla Taboga, Ferdinand de Lesseps aprovechó para pedirle a Philippe que se reunieran con los ingenieros que estuvieran disponibles para discutir temas técnicos. Una vez que estuvieron todos reunidos en las oficinas de la Compañía del Canal, se sentaron alrededor de una gran mesa para escuchar lo que tenía que decir de Lesseps. Fue hasta ese momento que Philippe entendió la actitud del “Gran Francés”:

“Señor Bunau-Varilla, me han llegado informes de que usted propone que cambiemos el diseño del canal para que incorpore esclusas. Desde el inicio he dicho que el canal tiene que estar a nivel de mar, como en Suez, sin esclusas. ¿Es cierto el rumor?,” dijo el patriarca con evidente molestia.

“Señor Presidente, este es uno de los temas que he querido conversar con usted, pero no ha sido posible. Si usted prefiere, podemos conversar más tarde para explicarle…”

“Ahora, por favor,” dijo de Lesseps con severidad.

Philippe se aclaró la garganta antes de proseguir y pensó en su respuesta por una fracción de segundo antes de responder con seguridad: “Han pasado varios años desde que iniciamos labores en Panamá. Ahora conocemos mejor la geología del terreno a excavar y creo que un canal a nivel de mar sería demasiado costoso. Si hacemos un canal con esclusas podríamos abrir el canal en menos tiempo. Si combinamos las esclusas con la creación de un lago artificial, como sugirió Godin de Lépinay hace años, reduciríamos de manera sustancial el monto a excavar y podríamos abrir el canal más rápidamente…”

“Vaya, vaya. Entonces el joven ingeniero sabe más que todos los miembros de la comisión técnica. ¿Correcto?” dijo de Lesseps con sorna.

“No, señor Presidente. Pero considero que ahora que sabemos que el terreno a excavar es diferente a lo que inicialmente pensamos, debemos ajustar nuestros planes. Por ejemplo, la maquinaria Lavalley funcionó muy bien en la arena de Egipto, pero no servirá para cavar el terreno rocoso panameño,” dijo Philippe respetuosamente pero con firmeza.

Ferdinand de Lesseps se quedó callado, pero en sus ojos se adivinaba la molestia tan grande que le generaba la impertinencia del pequeño ingeniero. En ese momento se adelantó uno de los nuevos reclutas que había llegado con de Lesseps desde Francia. Era León Boyer, un distinguido egresado de la Escuela Politécnica que se había hecho famoso construyendo puentes en Europa.

Boyer recordaba bien a Philippe de sus años como estudiante: “Philippe, nos dicen que la Compañía del Canal está restringiendo la entrada al hospital a ciertos trabajadores, que los estamos forzando a morir en la calle. ¿Qué nos puedes decir al respecto?”



Philippe de nuevo respondió sin titubear: “Ingeniero, esta empresa no es una institución de caridad. Es cierto que no dejamos entrar al hospital a muchas personas, pero es porque realmente no están enfermas. Vaya al hospital y verá que el ochenta por ciento de los enfermos son negros oriundos de las Antillas Francesas. Desde que fueron liberados de la esclavitud se han dedicado a ser enfermos profesionales. Por otro lado, vaya a la excavación. Ahí comprobará que el ochenta por ciento de los negros que están trabajando son jamaiquinos.”

“¿Está usted insinuando que los negros franco-parlantes son menos trabajadores que los negros anglo-hablantes?”, respondió incrédulo Boyer.

“Señor Boyer, no lo insinúo, lo afirmo. Sólo hace falta visitar los hospitales y la excavación para comprobar lo que estoy diciendo”, dijo Philippe con seguridad.

Las preguntas de Boyer y otros ingenieros continuaron y Philippe las contestó con propiedad, demostrando un completo dominio de la operación. A pesar de que todo el personal técnico parecía entender y aceptar las explicaciones, Ferdinand de Lesseps claramente había quedado muy disgustado con la impertinencia de Philippe.





Ferdinand de Lesseps durante su segunda visita a Panamá; la niña sentada en las escaleras es su hija. Philippe está parado de perfil a su derecha.

Foto cortesía del señor Ricardo López Arias.

Capítulo 7

Una noche, después de un nuevo banquete en honor a los invitados y cuando se acercaba la fecha de regreso de las delegaciones, Philippe se sentó al lado de Lesseps quien disfrutaba de una copa de vino mientras observaba a la gente bailar.

“Señor de Lesseps, quería preguntar cómo ha encontrado todo aquí en Panamá. Sé que algunos miembros de la comisión están preocupados por mi edad, pero creo que los resultados de mi gestión hablan por sí mismos. Por primera vez hemos logrado superar los objetivos mensuales de excavación, hemos impuesto mayor orden en las operaciones y he mejorado las relaciones con los americanos, yo…”

Callándolo con una mano levantada, y sin volverlo a ver, de Lesseps dijo: “Sí, señor Bunau-Varilla, usted realmente ha logrado hacer un excelente trabajo en estos meses. Pero ahora es mejor que usted deje esto en manos más… experimentadas. Además, su contrato de dos años está terminando y merece una vacación. He designado a León Boyer para que asuma la dirección general en Panamá a partir de esta semana. Le agradecemos el excelente trabajo que ha realizado y le solicito que ayude a Boyer en el proceso de transición. Ahora, disfrute la fiesta.”

Sin dejar a Philippe decir todo lo que había preparado, el octogenario se levantó y con su copa de vino en la mano, se fue a bailar. Anonadado y falto de aire, Philippe sintió con vergüenza como se le humedecían los ojos de rabia y frustración. Se levantó y salió a la calle a tomar aire.

Mientras observaba a varia gente celebrar en la plaza, trató de controlarse hasta que alguien le tocó el hombro: “¿Un Romeo y Julieta, señor Bunau-Varilla?”

Volviendo a ver hacia arriba, reconoció a John Bigelow, diplomático y empresario americano que había venido representando a la Cámara de Comercio de Nueva York. Alto y delgado, llevaba sus patillas exuberantemente largas mientras que el bigote y barbilla estaban perfectamente afeitados. La melena despeinada terminaba de enmarcar un rostro que podía pasar de la severidad a la cordialidad sin esfuerzo alguno. Su gigante mano le ofrecía un habano: “¿Le gustaría un Romeo y Julieta, señor Bunau-Varilla?”

“Buenas noches, señor Bigelow, sí, muchas gracias”, contestó Philippe todavía un poco aturdido mientras encendía el puro. En varias ocasiones había conversado con el refinado caballero, quien siempre hacía gran cantidad de preguntas durante las visitas de campo.

“Es una situación muy particular, ¿no le parece señor Bunau-Varilla?,” preguntó Bigelow.

“Perdone, no le entiendo. ¿A qué se refiere?”

Aspirando una bocanada, el vibrante septuagenario miró hacia la plaza antes de continuar: “Todos sabemos que la Compañía del Canal está al borde de la bancarrota. Pronto se le acabará el dinero y tendrán que suspender la excavación. Todavía no saben qué van a hacer con el río Chagres; no logran excavar rápidamente el cerro Culebra; no han podido contratar suficiente mano de obra y las enfermedades están matando a los pocos peones que tienen.

Bigelow se detuvo un instante para observar la reacción del pequeño ingeniero francés, quien lo miraba desafiante pero sabiendo que el americano hablaba con la verdad: “Sin embargo, a pesar de la evidente crisis financiera de la Compañía del Canal, ustedes se gastan una fortuna en traernos y atendernos con gran ostentación. Todo con el propósito de convencernos de invertir nuestro dinero para que ustedes lo administren. Es algo contradictorio. ¿No le parece?”

Philippe titubeó y finalmente respondió: “Señor Bigelow, le aseguro que la compañía está siendo muy bien administrada…”

Mirando a Philippe con satisfacción, Bigelow lo interrumpió: “Sí, señor Bunau-Varilla, sé que usted ha logrado mucho en poco tiempo. Pero no será suficiente. Hay demasiada burocracia, demasiada corrupción en la Compañía del Canal. O por lo menos eso me dicen mis amigos en París.”

“¿Usted conoce gente en Francia, señor Bigelow?” preguntó Philippe, lamentando inmediatamente la torpeza de su cuestionamiento.

“Se podría decir que sí. Tuve el honor de servirle al presidente Lincoln como embajador ante Napoleón III. Fui yo el que le dio a escoger entre retirarse de México o entrar en guerra con los Estados Unidos. Pero eso pertenece al pasado. Más bien ahora quiero preguntarle señor Bunau-Varilla, ¿por qué está usted aquí?,” dijo Bigelow saboreando su habano.

“Para cumplir con mi deber con Francia. Para completar el canal.”, respondió Philippe de inmediato, y continuó con un resumen de los cambios que había propuesto esa misma mañana para lograr que las obras avanzaran más apresuradamente. Bigelow estaba intrigado con la feroz inteligencia del joven ingeniero y con su pasión por concluir el canal.

“Es claro, señor Bunau-Varilla, que el Canal de Panamá se terminará algún día. A pesar de los problemas actuales, se ha avanzado y ya se ha invertido demasiado como para considerar abandonar el proyecto. Sin embargo, el desorden financiero y la terquedad de su jefe, acabarán quebrando a la Compañía del Canal.” respondió Bigelow.

“Y otro país asumirá el control financiero, como sucedió con Inglaterra en el Canal de Suez…” respondió Philippe con tristeza.

“Probablemente así será.” Observando la mirada perdida de Philippe, el americano preguntó: “Veamos, señor Bunau-Varilla, por lo que usted me dice el avance en la excavación depende de que los contratistas cambien su forma de trabajar. Pero al mismo tiempo usted me explica que no lo harán porque hacerlo aumentaría sus costos. Y, para rematar, ¿de Lesseps no está de acuerdo con sus ideas y lo va a sustituir a usted por alguien más experimentado?”

“Así es, señor Bigelow.”

“Sabe, una vez Abraham Lincoln me dijo que ‘no son los años en tu vida los que cuentan, es la vida en tus años’”, comentó Bigelow mientras saboreaba su habano.

“Disculpe, señor Bigelow, pero no le entiendo.”

Con una benévola sonrisa, el empresario respondió: “Me parece, señor Bunau-Varilla, que usted cuenta con la habilidad, la experiencia y la pasión necesarias para hacer un gran aporte a esta Gran Idea, como le dicen ustedes. Pero usted se encuentra en el lugar equivocado.”

La mirada de Philippe expresaba que seguía sin entender.

“Señor Bunau-Varilla, ¿No ha pensado en dejar de trabajar para la Compañía del Canal y convertirse en un contratista para su antiguo patrono? ¿Fundar su propia empresa, quizá?”, dijo Bigelow mientras expelía una bocanada de su habano.



Retrato de John Bigelow.

Foto: Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

Capítulo 8



París, Mayo de 1886

“Hermano, todavía te ves mal.”, dijo Maurice Bunau-Varilla mientras disfrutaba la cabeza de ternero a la cacerola que tanto le gustaba. Estaban sentados en la sección trasera de Le Procope, el restaurante favorito de Maurice cuando trataba asuntos de negocios. Mientras observaba los retratos de antiguos comensales que estaban colgados en las paredes, Philippe probó el pollo con vino que tanto había añorado cuando estuvo en Panamá. “¿Sabes que el señor de Lesseps incluso vino a informarle a nuestra madre que habías fallecido?”

“Si, madre me lo contó. Todavía me siento débil. Nunca pensé que me fuera a dar fiebre amarilla justo antes de regresar a París. Por suerte no fue mortal, de lo contrario no tendrías el placer de invitarme a comer.” externó Philippe con una sonrisa. Había perdido peso y se veía muy pálido. Sin embargo, estaba de muy buen humor.

Las últimas el semanas los hermanos habían pasado mucho tiempo juntos, Maurice le contaba a Philippe de su exitosa carrera bancaria y de sus planes de boda con Sonia de Brunhoff, su novia desde hacía tres años y hermana de un antiguo compañero de estudios. Philippe estaba principalmente interesado en hablar acerca del Canal de Panamá.

“Cuéntame del negocio,” pidió Maurice mientras le decía al mesero con un gesto que no necesitaban nada en ese momento.

Philippe se irguió en su silla: “Como te explicaba, la idea es comprar la mayoría de las acciones de un pequeño contratista llamado Artigue, Sonderegger & Co., o A.S., que actualmente tiene a su cargo parte de Bohío Soldado, y, además mantener a los dueños actuales como socios minoritarios y negociar que nos den los derechos de excavación para cerro Culebra. Es ahí donde está el mayor negocio. Tú te quedas en París a cargo de los cobros a la Compañía del Canal y de enviarnos maquinaria y suministros. Yo me encargo de las operaciones de A.S. en Panamá.”

“¿No te preocupan las enfermedades? Casi te mueres hace unas semanas…”

Philippe se quedó mirando fijamente a los ojos de Maurice: “No tengo miedo, esa es la mejor protección.”

Maurice asintió y se inclinó hacia su hermano, sonriendo en voz baja: “¿Y por qué, mi querido hermano, nos interesaría comprar una empresa en Panamá cuando la mayoría está perdiendo dinero?”

“Porque yo sé cómo ganar dinero en Panamá, Maurice. El problema no está en el terreno a excavar, como dice todo el mundo. El problema estriba en que lo estamos excavando de la manera equivocada, tratando de usar métodos que funcionan en Europa o en Egipto cuando el terreno en Panamá es totalmente distinto. La tierra en cerro Culebra es muy inestable, pero yo sé como excavarla exitosamente.” respondió emocionado Philippe.

A Maurice le encantaba cuestionar a su hermano: “Si la solución es tan fácil, ¿por qué otros contratistas no la han implementado?”

“No dije que sea fácil. Cuando le hice mis recomendaciones a los contratistas no las aceptaron porque a primera vista el costo es mayor. Pero a largo plazo permitiría excavar más porque las obras no se detendrían por los deslizamientos. Además, con A.S. podríamos buscar eficiencias de otras maneras, como dinamitar roca bajo agua para fragmentarla y así poder excavarla más fácilmente…” Philippe estaba comenzando a animarse de nuevo cuando su hermano le pidió parar al taparse los oídos en son de broma. A Maurice no le interesaba la ingeniería, sólo se inclinaba por las finanzas.

“¿Y estás seguro que la empresa que tiene el derecho a excavar Culebra estaría dispuesta a cedernos su contrato?.” preguntó Maurice, ahora más interesado.

Los ojos de Philippe brillaron: “Ya hablé con la Compañía Anglo-Holandesa. Su obligación es excavar setecientos mil metros cúbicos por mes en cerro Culebra y en cuatro años apenas han llegado a cien mil mensuales. Les ofrecí que nos cedan el contrato a cambio de que nosotros les paguemos su comisión original por metro cúbico excavado y aceptaron de inmediato.”

“¿Nosotros haremos la excavación y ellos ganaran su comisión original por no hacer nada?!? ¿Y cómo ganaremos nosotros?” preguntó sobresaltado Maurice.

Philippe se acomodó en su asiento y respondió con satisfacción: “El contrato actual es muy beneficioso porque toda la maquinaria, locomotoras, rieles, excavadoras y demás maquinaria la pone la Compañía del Canal. Nosotros simplemente tendríamos que pagar a los trabajadores. Y estoy seguro de que con Charles de Lesseps podemos renegociar un contrato más ventajoso. Esta tarde me reuniré con él para negociar las condiciones, de eso no te preocupes. Lo que quiero saber es si serás mi socio o no.”

Maurice se quedó pensativo. “¿Y tu amigo americano nos prestará el dinero para iniciar operaciones?”

“Sí, el financiamiento está disponible como te dije. Yo me encargo de la operación en Panamá. Solo necesito que tú te encargues, desde París, de la administración financiera de A.S. ¿Serás parte de la empresa o no?”

Maurice aún no estaba listo para dar el sí: “Todo el mundo sabe que la Compañía Universal va a quebrar tarde o temprano. ¿Qué pasa si quiebra en un mes y perdemos todo sin haber iniciado?”

Philippe se comenzó a impacientar. Haciendo a un lado su plato de helado de sorbete y golpeando suavemente la mesa con el puño cerrado, para enfatizar lo que estaba diciendo, respondió: “La Compañía del Canal no va a quebrar todavía. Aprovechemos la oportunidad ahora que está disponible. ¿Serás mi socio, sí o no?”

Sonriendo, Maurice Bunau-Varilla se levantó para estrechar la mano de su hermano.

Capítulo 9



Corte Culebra, Enero 1887

Lo primero que hizo Philippe al llegar a Panamá, ya no como empleado de la Compañía del Canal sino como gerente de A.S., fue hacer que le construyeran una casa en una loma cercana a la excavación. De esta manera podría supervisar mejor a sus trabajadores y ahorrar tiempo en trasladarse desde ciudad de Panamá, que era donde vivían los demás gerentes de empresas contratistas.

No había tiempo que perder: tenía que excavar rápido para generar dinero y así pagar el préstamo que habían recibido. De inmediato, Philippe atacó el principal problema en cerro Culebra: los derrumbes paralizaban las obras constantemente. Ya había observado con frustración como los contratistas acostumbraban sacar tierra y roca de la excavación en tren y llevarlos hacia una colina cercana, para luego vaciar los vagones pendiente abajo.

Cuando el material desechado se acumulaba hasta llegar a cierta altura trasladaban los rieles al borde de la nueva terraza para poder continuar botando escombros cuesta abajo. El gran problema de este proceso era que la tierra sobre la que se colocaban los rieles era inestable y cuando llovía era inevitable que se derrumbaran llevándose consigo la línea del tren. Al no poderse evacuar material de la excavación, el trabajo se paralizaba hasta que se reparara la vía.


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