
San Manuel Bueno,
mártir
Por
(Miguel de Unamuno)
Introducción por Atidem Aroha
(Edición 2012)
INTRODUCCIÓN
Miguel de Unamuno nació en Bilbao, el 29 de septiembre de 1864 y falleció producto de un ataque cerebral durante el fin de año del 1936.
San Manuel Bueno, Mártir; es un cuento narrado dentro de otro cuento. Podría haber incluso una tercera narración: la de la conciencia de Unamuno, dirigiéndolo a través de su vida y pluma, y la de Ángela Carballino, a quien él hace creer como la verdadera narradora y a quien él solo ha copiado y arreglado. Unamuno se delata él mismo cuando al final de la novela dispara una flecha con signo interrogador: “¿Cómo vino a parar a mis manos este documento…? He aquí, algo lector, algo que debo guardar en secreto”.
San Manuel Bueno es parte de la vida misma de Unamuno, a quien seguramente por su maestría de la letra española y su reputación en una época donde no abundaban los doctores en letras como cabrahígos en las esquinas de las calles, se le miraba como un 'santo Manuel', sin dudas debe de haberse reído del prójimo que lo creyó ilustre sabiendo él que era ilustre. Vemos sátira y risa en su escuela, lenguaje coloquial e inteligencia mezclados con la luz de una antorcha que se esfuerza por mostrar una senda.
El lenguaje es usado como el herrero que conoce su obra, como el carpintero que acaricia el producto de sus manos, pero que lo regala para el uso ajeno o común, satisfecho de su obra, aún sabiendo que no es única y que puede ser tergiversada. La obra de Unamuno puede ser mal usada por aquellos que traducen el concepto de fe, en sinfonía que acaricia el oído, pero que es imposible de retener.
La fe bíblica que aquí él conscientemente seculariza y a la vez idealiza utópicamente es real, tiene hechos, evidencias, y no se debe dejar ahogar en nuestro sufrimiento, egocentrismo o carencia de amor a la verdad. ¿Qué verdad? La que debemos buscar cuando reconocemos que un árbol puede vivir más que un humano en años y no lo entendemos, la que debemos indagar cuando no tenemos respuesta a palabras como envidia, complejos, tristeza y muerte.
Unamuno conoce las escrituras bíblicas como un lector que lee y se aprende de memoria una novela, y eso era el Evangelio para él: una simple buena y piadosa novela. La usa para exponer la miseria humana, la impiedad y piedad religiosa, los estribillos marxistas que empezaban a conocerse, la tiranía eclesiástica, y el peligro de la indiferencia y frialdad secular.
El vivió la derrota de España en la guerra hispanoamericana de 1898, y la nostalgia de la ‘antaña patria’ que aún inmersa en la superstición tradicional con lazos religiosos dictados desde Roma-católica, ya empezaba a ser desde lejos influenciada por la Reforma que largo tiempo abrazaba a la vieja Europa, y los sueños de revolución. Por temor a dejar que su tierra corriera a algún extremo, el autor expone con maestría sus propios conceptos de la vida, la esperanza que no es esperanza, pero que da algún sentido a la vida de un pueblo, una comunidad, una familia.
Simpáticamente los personajes se asemejan de modo secular a su contrapartida evangélica, así Ángela representa a María, la hermana de Lázaro a quien Cristo salvó. Don Manuel ‘salva’ a Lázaro de convertirse en un revoltoso ajeno a los lamentos del alma. Ella a veces hace papel de la ‘Dolorosa’ María que aunque en las Sagradas Escrituras nunca se le dió papel de interceptora o mediadora de la raza humana, la mentira y astucia religiosa le otorgó ese honor a esta buena mujer y aquí Ángela, a pedido del Santo Manuel (representando a Cristo), rezar por todos ellos. Blasillo es como un niño…bobo…‘inocente’ a quien San Manuel Bueno le abre sus manos y les dice a los entrometidos que no le impidan dejarlo venir a él. Así como Cristo dijo: dejad los niños venir a mí, pues de los tales es el reino de los cielos.
El clímax de esta historia lo encontramos en la muerte de Don Miguel convertido pues en San Miguel Bueno, mártir, mediador ‘divino’ de Valverdes de Lucerna, llena de símbolos de vida y muerte, bajo y sobre el Lago. Las seis tablas que talló para su muerte reflejan el número seis bíblico que simboliza al hombre, al humano; y él, como un experto Moisés, también llevó en su mano de alguna manera las tablas de los mandamientos para su pueblo. Es una trama social en el fondo, y su final es un grito desesperado del alma del escritor. Una firma sobre otra alma, la de ese, su pueblo de siempre.
El escritor lucha en este relato contra las revoluciones sociales que se avecinaban tratando de exponer la necesidad valedera de sí y bien, bajo una mentira si fuere necesario, aunque fuera opio, pero mantenerse navegando entre los valores tradicionales y artísticos que el pueblo había heredado de su historia y pasado. Sin embargo, en su maestría cometió el ‘pecado’ de empujarlos al progreso llevando el Evangelio al plano de una novela: