Excerpt for El si de las ninas, por Leandro Fernandez de Moratin (Texto completo). Introduccion y analisis por Atidem Aroha. by Alejandro's Libros , available in its entirety at Smashwords





El sí


de las niñas



Por


(Leandro Fernández Moratín)



Introducción por Atidem Aroha



(Edición 2012)








CONTENIDO:


-Introducción. El sí de las niñas: el derecho a escoger—4.


-El sí de las niñas. Obra de teatro, texto completo—14.









INTRODUCCIÓN


El sí de las niñas: el derecho a escoger.


Leandro Fernández de Moratín fue un destacado poeta y dramaturgo español (1760-1828). El Sí de las niñas junto a La comedia nueva o el Café son consideradas las mejores comedias de este período neoclásico. Moratín ridiculiza los vicios sociales y ofrece una salida decorosa. Acertadamente en El Sí de las niñas vemos el derecho violado de la mujer a escoger su futuro esposo sin imposiciones basadas en el interés familiar; el amor se abre caminos venciendo obstáculos oscuros.


Moratín nació en Madrid siendo el primogénito de Nicolás Fernández de Moratín, escritor él mismo. Esto ayudó, como notaría más tarde el propio autor en su Autobiografía, a que adquiriera “un desmedido amor al estudio” escuchando las conversaciones literarias de los amigos de su padre. “Leía a Don Quijote y al Lazarillo, las Guerras de Granada, libro delicioso para mí”. Era un hombre reservado que a los cuatro años de edad sufrió fuertemente la enfermedad de la viruela cambiando su aspecto exterior e internándolo en un silencioso despertar a la tristeza y la carencia de socializad. Trabajó primeramente en una joyería. En su carrera como escritor fue nombrado Secretario de la Interpretación de Lenguas y miembro de la Junta de Teatros. Se le asignó una pensión cuantiosa por el conocido ministro español Godoy, con quién entabló amistad. Llegó a ser director de la Biblioteca Real (hoy nacional). Viaja por España, Italia y Francia. En su creciente soledad, desde Barcelona, el 18 de julio de 1814 escribe: “solo pido un puerto seguro donde desarmar la nave y colgar el timón”. Muere en Francia, en el destierro, soltero y solo, en 1828. Su comedia nos lleva decididamente a la sociedad que a él le tocó vivir, y hasta cierto punto es posible que lo que sucede en El Sí de las niñas esté relacionado con su vida personal y su amiga Paquita, mucho más joven que él, a quién amó siempre y por la que lloró un día al saber que se había casado con un hombre igualmente más joven que él, aunque conservó su amistad hasta el fin de su vida. El es un español escribiendo pues de España.


La España de Moratín, sucia y lúgubre. Los conventos como prisiones disfrazadas. La falsa honra social buscada, basada en el interés y la fachada moral. Guadalajara, Zaragoza y Madrid, ciudades mencionadas. Vemos también al español de esa época preocupado y crítico de sí mismo observando solo nubarrones en el horizonte patrio y sin saber él mismo que aún hay erudición en su pensamiento coloquial, tal que muchos otros presumidos en lejanas y cercanas latitudes carecen.


Aquí vemos la verdadera España y no el país que muchos disputan por afrancesar, sino el legítimo ciudadano enfrentado a su presente y a su destino; dispuesto a no ceder a la lógica pero vencido por un sentimiento que a través de la historia ha mostrado ser muy poderoso: hablamos del amor, que es a su vez el tema de la comedia. Ese amor involucrado con sus tentáculos casi romanticistas da fruto a lo trágico, lo idílico, a la falta de razón y a la desmesurada también, al impulso y al enterramiento de los sueños pasados y al porvenir esperado.


En un país donde escritores prolíficos eran la norma; las cinco comedias de Moratín parecen pocas como para asentar una gran reputación, sin embargo, la siguiente generación, los Románticos, no dudaron en darle un lugar cerca de Cervantes (Dowling). Moratín sin dudas influenció el teatro posterior, más aún con un tema como el de El Sí de las niñas que trajo a flote una controversia matrimonial que todavía hoy, doscientos años más tarde, existe en alguna latitud.


El Sí de las niñas es una comedia neoclásica dividida en tres actos. En ella vemos las costumbres de la época y una denuncia, catalogada de liberal para aquellos tiempos, que siguieron a una sociedad sumamente estática. Lo trágico de la muerte, más llanto y risa, tomados de la mano. El amor, como dijimos, es tema y eje central de la obra, y está presente a través del derecho a escoger uno el amor de su vida, en este caso las jóvenes de la España de entonces.


Vemos en la comedia una estructura de diálogos con acotaciones preliminares para darnos una idea del marco escénico en que acontece: una posada de Alcalá de Henares rodeada de puertas alrededor del centro donde los acontecimientos tienen lugar. La acción comienza a las siete de la tarde y termina a las cinco de la mañana del siguiente dia. El Primer Acto consta de ocho escenas, el Segundo tiene dieciséis y el Tercero con trece escenas. El autor usa la metáfora cuando, por ejemplo se dice “un niño hermoso, como una plata era el angelito” (1.4). Vemos también el uso de hipérboles al apuntar: “Sí, señora. Más ha comido que un avestruz” (1.6). Hay anáforas en el diálogo como cuando repite al comienzo de oraciones “Qué pereza…Qué chapucerías…Qué poco me gustan…” (1.6). Existen personificaciones, tal como “Y gracias a que los caballitos dijeron: no podemos mas, que si no…” (1.7). El estilo comparativo es usado al comparar dos términos como cuando Simón le dice a don Diego: “Pues yo, a Dios gracias, aunque la cama es algo dura, he dormido como un emperador” (3.1).


Hay un interés didáctico en la comedia donde la mujer, vista en el siglo XIX como apta solo para labores domésticas, es aquí enfrentada a sus derechos inalienables, y por tanto trascendiendo al ámbito social y a su estructura de clases. Hay un uso digamos irracional de autoridad, como veremos adelante, y Moratín pretende, lográndolo al parecer, desmantelarlo en pedazos, manejando en esta obra a cada personaje dentro de su propio círculo hasta llevarlos a todos coincidir en un decisivo punto final creciendo unos y decreciendo otros, pero donde todos tienen que aceptar la verdad natural: una unión sin amor es intolerable. El autor propone así a través de su creación cómica una reforma en lo social, un cambio en las costumbres relacionadas al matrimonio, y por qué no, mostrar también la hipocresía establecida ya como norma, donde la apariencia externa y el qué dirán era de gran peso en el carácter nacional…“¿pero no pudiera sin faltar a su honor y a su sangre?” (1.2). En el aspecto literario vemos desde el mismo inicio la diferencia de las voces masculinas y femeninas para llegar al clímax de la condena que trataremos, pero sin ofrecer una alternativa clara de cambio, más que la de la lógica.


La comedia de Moratín rompe con el pasado pero sin renunciar a todo, particularmente mostrando un realismo en la relación amorosa, pero sin dar espaldas a los valores tradicionales de la familia, y sin llevarnos al feminismo que pretende no resolver el problema del machismo, sino reemplazarlo. Aquí no se salta de un extremo al otro, sino que se expone una realidad que tiene que ser resuelta con el juicio en el marco de lo ya conocido. La desigualdad en el matrimonio es también criticada “si no la asusta la diferencia de edad, si su elección es libre” (1.1), y son dos hombres: Don Diego y Don Carlos, quienes así y todo deciden el destino de Paquita; claro está, ella decide en su corazón por el joven galante.


En una comparación técnica que se le hiciera con La Fontana de Oro, de Benito Pérez Galdós es considerado: “El neoclasicismo ha sido superado, y las nuevas tendencias realistas sustituirán gradualmente al Romanticismo. Sin embargo, en el devenir histórico y literario existe un elemento de continuidad dentro de la novedad. Las nuevas generaciones se rebelan contra las viejas, pero al mismo tiempo no se desligan por completo de los lazos antiguos” (Vidalsolanas). Aquí esto se advierte en lo grotesco, empleado magistralmente para sentar base que apoye el mensaje que se pretende transmitir y que finalmente conduzca al actor o espectador a la razón. Doña Irene, absurda y grotesca verbaliza con Don Diego en un diálogo cerrado con la intención de imponer un matrimonio desproporcionado en la diferencia de edad y la carencia total de alguna conexión amorosa. La técnica usada por el autor está en dichos diálogos, cada uno separado con una especie de monólogo que divaga como justificación para la comunicación de dos personajes como Doña Irene y Don Diego. Ella, representando a la vieja sociedad española que la comedia busca ridiculizar, evoca a una tradición religiosa generacional, en su familia, con el fin de santificar a su hija Paquita frente a los ojos de un hombre digamos no apto físicamente al menos para una joven como ella, pero que representa una adquisición monetaria y un seguro de vida estable, tanto a madre como a hija. Y es de ver que Doña Irene pensaba también sobre su futuro, y Francisca por otro lado, tratada como un animalillo que aún no ha llegado a su madurez, joven y manipulada se enfrenta a una vida para la cual no está preparada. Su madre quiere cargar su propia experiencia en la vida como calcomanía por sobre su pobre hija: “aún no había cumplido los diecinueve cuando me casé de primeras nupcias” (1.4); y aunque no hay nada de malo en ello, lo toma como patrón premeditado para restablecerlo sin estar acreditada encima de la infeliz Paquita.


Paquita muestra en la obra el amor sincero desprovisto de interés, cuando le dice a Don Carlos: “Y ¿qué vale para mí toda la riqueza del mundo?...Querer y ser querida…Ni apetezco más ni conozco mayor fortuna” (2.7). Solo en esa profundidad donde el oro pierde su valor es que traspasamos la línea divisoria entre lo bruto y lo divino, lo complejo y lo sencillo, lo abstracto y lo que nos convierte en seres con equilibrio, y donde alma y espíritu como entes separadas se abrazan como dos buenos amigos. Don Carlos la llama “¡Hermosa! ¡Qué dulce esperanza me anima! y en la primera edición de la obra en 1805, en el acto Tercero, escena primera, se añade la canción de Don Carlos cuando su tío lo quiere enviar de vueltas, y él decide en la noche cantarle a la joven Francisca desde su alcoba enamorada, donde ella escucha la música que penetra en sus ya conmovidas entrañas:


Si duerme y reposa

la bella que adoro,

su paz deliciosa

no turbe mi lloro,

y en sus sueños, corónela

de dichas, Amor.

Pero si su mente

vagando delira,

si me llama ausente,

si celosa expira,

diréla mi bárbaro,

mi fiero dolor.


Don Diego y Simón contemplaban la escena sin ser vistos, pero el tío de Don Carlos no se podía imaginar que su sobrino era quién cantaba a sus anchas, y él por su parte, viendo tan fresco filete en bandeja de plata, servido en sus manos como regalo del más allá, pierde por momentos el sentido común y hasta práctico fingiendo o auto-engañándose que podría funcionar en amor una relación que más se asemeja a la de un abuelo y una nieta: “¡Mire usted qué idea! ¡Con el otro la había de casar!...No señor…Yo soy el que me caso…Y ya ves tú con qué agrado me trata y qué expresiones me hace tan cariñosas y tan sencillas...Mira, Simón, si los matrimonios muy desiguales tienen por lo común desgracia resulta, consiste en que alguna de las partes procede sin libertad…Pero aquí no hay nada de eso” (1.1). Si no hubiera más adelante un amante o un pretendiente como su sobrino Don Carlos, él sin dudas hubiera arrastrado a una solitaria y perdida Paquita a través de una unión carente del más mínimo amor. No es la edad, al parecer, la barrera principal, sino la falta de libertad de un ser humano para decidir como transitar por este mundo y soñar con un camino propio en amor sincero, desatado del interés vicioso, la angustia de la miseria y el miedo a sentir miedo. Aún cuando Moratín se refiere al contexto de la España de entonces y la carencia de las jóvenes para decidir libremente sobre su amado, él, al parecer sin proponérselo, nos abre una senda de pensamiento que muestra las implicaciones negativas que pueden golpear a una sociedad humana cuando sus individuos están privados de libertad para trazarse un destino con todos los sentidos en armonía. Así, si nos alejamos un poco del mensaje inmediato de la comedia, podríamos incluir que el espadazo contra la libertad empieza en el individuo, salta a la familia y finalmente plaga a una sociedad y a la generación que la cultiva convirtiéndola en estéril e improductiva.


Doña Irene pues representa a esa sociedad, arrolladora, egoísta y parlante, sin pedir voz ni voto concerta a su joven hija en matrimonio por conveniencia, y quién mejor sino que Don Diego quién representa a la clase privilegiada, ricachón y bien visto por el coro del pueblo. La niña Francisca representando a los humildes sin voto, lanzada al vacío de los que no pueden aparentemente arrancar su destino de manos ajenas se enfrenta al mal de los ignorados, al ganado terrícola sin sentimientos, presionada por el infierno de los que se creen santísimos; y Don Carlos, el representante de la mejor idea, el galán que todos desean pero solo a una ama. No desea ser tropiezo a su buen tío, su padrino en la vida, su amigo designado digno de ser respetado; sin embargo, su tío es más que un hombre, se ha convertido en un humano sabio. Ha puesto espontáneamente su cuello al sacrificio: “Yo pude separarlos para siempre, y gozar tranquilamente la posesión de esta niña amable; pero mi conciencia no lo sufre…¡Carlos!...¡Paquita!...¡Qué dolorosa impresión me deja el alma el esfuerzo que acabo de hacer!...Porque, al fin, soy hombre miserable y débil (3.13). Aquí vemos así y todo al humano, que sabiendo que se auto-engañó, todavía clama un poder perdido y un supuesto cedido y tranquilo gozo que jamás hubiera sido compartido, pero la realidad finalmente lo vence. Se mira en el espejo de la miseria y ve allí un hombre espiritualmente pobre que necesita empinarse con la mejor obra de su vida. La esperanza de cambiar el curso de la maldad nunca muere en el corazón humano, y el autor en medio de la tristeza deja pasar ese rayito de luz.


El ahora benevolente Don Diego representando a la esperanza consumada, sacrificado sin tener que ir a una cruz es quien contra burla, viento y marea, como un ex-pirata transformado en santo que decide ésta comedia ya convertida en novela teatral por sus personajes. Es hora de sembrar en el surco de la generosidad y él ha decidido que su árbol crezca al cielo y llegue a topar en el bosque de los diligentes y privilegiados.


Rita (la criada de Doña Irene), Simón (el criado de Don Diego) y Calamocha (el criado de Carlos)nos hacen reír en medio de la vorágine de la comedia con sus adulaciones y charlatanerías; ellos representan a esos seres de la vida diaria, siempre dispuestos a servir, pero que nunca son considerados como protagonistas, sino llena-huecos, dispuestos a reír cuando se les pide, y se les exige llorar cuando el privilegiado se arrastra abatido en amarguras e incomprensiones, es entonces cuando comprende el nacido en cuna de oro que bajo este Sol todos estamos sometidos a presiones semejantes y necesitamos al prójimo que un día ignoramos o que lo vimos como una clase distinta, inferior, una pieza en un juego que asumimos controlar. Hay pues llanto y risa, hay una sociedad que se despedaza para después poder ser armada como un rompecabezas. Don Diego la juzga, la denuncia, la enfrenta al juicio de lo concebible, sacándola de un pantano que parecía nunca secar.


A modo de conclusión podemos añadir que tiene, quizás contra lo esperado, un final alegre. El amor vence, y el mensaje que deja es una moraleja en contra de las bodas pre-diseñadas por los padres. Es una crítica no tanto en contra de la diferencia de edad en el matrimonio, sino del matrimonio pre-concertado basado en la conveniencia social y material donde el amor ocupaba un segundo plano, o totalmente perdido. La libertad de las niñas para escoger a su amado es una lucha aquí que se debe imponer con los dictados del corazón.


Saludos cordiales,

Atidem Aroha

(Editor).


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