La crisis de los 25.
Ana Garay
Traducido por Ana Garay
Copyright Ana Garay 2011
Publicado por Smashwords
- Te van a dar muchos palos, así que mejor que te vayas
preparando.
- ¿Ya?
- ¿Cómo que “ya”? Cuanto antes te
prepares, ¡mejor!
- No, quiero decir... ¿eso es todo?
- ¿Y
qué esperabas, que te dijera que vas a conocer a tu príncipe azul?
- No... bueno...
La verdad es que, cuando pagas
veinticinco euros para que te lean la mano sin tener ninguna fe en
todo esto del arte o la ciencia o lo que sea que es de la
quiromancia, lo menos que esperas es que te digan un par de mentiras
piadosas tipo “vas a conocer al hombre de tus sueños” o “te va
a tocar la lotería”. Nada demasiado original, simplemente un par
de clichés que te levanten el ánimo, que para eso estás pagando.
Para esto, casi habría sido mejor hacerme una limpieza facial en los
chinos, que – aunque no me ayudara a dormir mejor- por lo menos me
disimularía las ojeras. Si ya sabía yo que esto no era para mí...
Y lo peor es que la tía va a tener razón. Dejando de lado
el hecho de que – tras siete años viviendo juntos- mi novio me
haya dejado y que mi trabajo de “intérprete y traductora”
licenciada con la mejor nota de mi promoción consista en traducir
manuales de instrucciones para los juguetes eróticos de una marca
china a los cinco idiomas que domino (incluido el árabe – ¡para
que luego digan que las mujeres árabes están reprimidas!-); como
decía... dejando de lado todo eso... ¡me acabo de quedar pegada a
un chicle!
Todo el mundo habla de la famosa “middle age”
crisis. ¡¿Pero qué pasa con la crisis de los veinticinco?!
Pongámosme como ejemplo: hasta hace poco, yo era una persona
segura de mí misma, con una pareja estable y aspiraciones de un
futuro profesional brillante como intérprete en la ONU y ahora...
¡ni siquiera me hacen descuento de “joven” en el cine!
El día de mi cumpleaños, un domingo lluvioso de
diciembre, decidí hacerme un regalo yendo a la peluquería. Mi
satisfacción con mi nuevo corte de pelo se quedó chafada cuando, al
ir a pagar, el peluquero me preguntó: “¿cuántos años tienes?”.
Inocente de mí, queriendo compartir con alguien la feliz noticia de
que era mi cumpleaños, respondí: “Pues hoy cumplo veinticinco”.
“¡Vaya, qué mala suerte! Hacemos descuento HASTA los
veinticinco”. No sirvió de nada sonreír, suplicar o parpadear en
plan “Piolín"; no me quiso descontar los dos euros que me
habría ahorrado de haber ido el día anterior.
Esa fue la
primera vez que fui consciente de la terrible realidad de que había
abandonado el afortunado club de los “jóvenes”. Desde entonces,
no dejo de ver recordatorios en el autobús, el metro, el cine, el
teatro, los museos, los parques, las cuentas bancarias... ¡hasta
algunos bares hacen ahora promociones para “menores de 25”!
Así
que, aquí estoy, literalmente pegada a la acera sin saber muy bien
hacia dónde ir. Y es que ese es otro de los síntomas de esta -aún
poco estudiada- crisis de los veinticinco: la indecisión.
Ayer
pasé media hora en el supermercado intentando decidir qué papel
higiénico comprar y sabiendo que, de tomar la decisión incorrecta-
me esperarían vueltas y vueltas de doce rollos (más dos de regalo,
¡qué generosidad!) para recordarme que me había equivocado. Al
final, incapaz de decidir, acabé comprando el de siempre y esta
mañana tuve que bajar al Starbucks de la esquina para ir al baño
porque no podía soportar la idea de sentarme ahí, contemplando el
rollo de papel higiénico favorito de Fernando. ¡Siete años
comprándole el maldito papel higiénico triple capa con aroma de
lavanda! Siete años, a un rollo diario – porque el tío era de una
regularidad de Bran Flakes y utilizaba papel en abundancia- hacen...
¡dos mil quinientos cinco rollos!, que, multiplicados por dos euros
treinta y cinco el paquete... Pero, claro, habría que tener en
cuenta las promociones de catorce rollos por el precio de doce,
descuentos, inflación... cinco mil seiscientos... no, setecientos...
¡mierda! ¡me perdí! ¿Veis? ¡ni siquiera soy capaz de hacer
cálculo mental! Por lo visto, a partir de los veinticuatro, tus
neuronas empiezan a morir a un ritmo más rápido del que se
reproducen. ¡Y las mías parecen estar haciéndolo a pasos
agigantados!
Un consejo si creéis ser víctimas de esta aún
poco diagnosticada crisis: no busquéis consuelo en la ciencia, no lo
vais a encontrar. Según los científicos, hemos dejado atrás los
mejores años para tener hijos, vivido la mitad de la vida media de
un ser humano en la mayor parte de los países del mundo y nuestro
cuerpo ha empezado una irreversible decadencia manifiesta en la
muerte de células y la decrepitud de tejidos... ¡todo ello antes de
haber cotizado lo suficiente para tener derecho al paro!
En
fin... el camarero del bar de la acera de enfrente me está empezando
a mirar raro. La verdad es que no se lo puedo echar en cara, porque
llevo veinte minutos aquí plantada con cara de perdida. Así que
mejor me voy... ¿hacia la derecha? ¿hacia la izquierda? ¡maldita
indecisión!
Lloraba. Sentada en frente de mí en el vagón de metro, las manos temblorosas, los ojos rojos, lloraba en silencio. Rodeada de gente: una chica absorta en la música de sus auriculares a la derecha, un hombre leyendo el periódico a su izquierda, una madre intentando agarrar a dos niños que corrían por el pasillo… aparecía, sin embargo, completamente sola. Las decenas de personas que compartían este reducido espacio parecían ignorar por completo su desconsuelo y, por su parte, ella no parecía ver más allá de la burbuja de tristeza que nublaba sus ojos.
No la había visto entrar y sólo me di cuenta de su presencia cuando la cortina de gente que nos separaba comenzó a bajarse del tren al llegar al centro. Pero desde entonces, no podía apartar mis ojos de ella. Me sentía como un voyeur inmiscuyéndome en un mundo privado al que no tenía derecho y, al mismo tiempo, con el deber de hacer algo ante una tragedia de la que yo parecía ser el único testigo.
Os parecerá una tontería, pero hacía mucho tiempo que nadie me necesitaba. Primero fueron mis hijos, encontraron trabajo, mujer… hicieron su vida; luego, en el trabajo, fui traspasando mis pacientes, poco a poco, hasta jubilarme y, finalmente, mi marido, murió hace cinco años. Desde entonces, por supuesto, no me faltan personas que me cuiden – el joven del supermercado que siempre se ofrece a cargar las bolsas de la compra; mi nuera con sus “tupper” de lentejas, que no me atrevo a decirle que le salen un poco saladas; la asistenta social con sus visitas semanales; el portero que me riega las plantas para que yo no tenga que hacer esfuerzos…- y, sin embargo, nadie necesita mi ayuda. Nadie, excepto esta desconocida, llorando a tan solo cincuenta centímetros de mí.
¿Hacia la derecha? ¿hacia la izquierda? A falta de ideas mejores para una aburrida tarde de domingo, decido irme a casa y ponerme a trabajar. Tal vez la inspiradora prosa de los manuales de instrucciones me levante el ánimo:
“Introduzca cuidadosamente el aparato en la vagina o ano.
Introduisez l'appareil avec précaution dans le vagin ou anus.
Introduca con precauzione l'apparecchio nella vagina o ano.”
Dicen que la universidad no te prepara realmente para el mundo laboral. Efectivamente, éste no es exactamente el tipo de texto en el que imaginaba acabar trabajando mientras traducía a Shakespeare en la facultad. Sin embargo, he de reconocer que posiblemente tenga un público más internacional que los informes de Naciones Unidas.
El problema es que yo ya era poco aventurera en lo que a este tipo de exploración se refiere y tanto traducir manuales explicando cómo producir un orgasmo como quien explica cómo hacer una colada de tejidos delicados con o sin centrifugado, le ha acabado quitando el poco atractivo que tenía el asunto.
Tras siete noches consecutivas sin dormir tras la marcha de Fernando, habiendo probado a contar ovejas, cambiar de almohada, tomar tila y pasar el aspirador... todo ello sin éxito- me decidí a probar alguno de los productos con cuyas maravillosas cualidades (y posibles peligros en caso de uso inadecuado) estoy tan familiarizada. Desde entonces estoy de acuerdo con la teoría de mi abuela de que el lavado a máquina no se puede comparar al hecho a mano. Soy consciente de constituir una decepción para la generación de mujeres modernas y autosuficientes a la que pertenezco, pero es lo que hay.
-” ¡Y no se mueve, eh! Plantada en mitad de la puerta sin dejar salir a nadie! ¡Qué falta de educación!”
De repente, una voz me saca de mi ensimismamiento. Tiene razón: estoy plantificada delante de la puerta del vagón de metro, claramente bloqueando la salida. Intento disculparme y explicar que no me había dado cuenta, pero la mujer que había hablado me mira con odio. Alrededor de mí sólo veo ojos desaprobadores, labios fruncidos. Y me siento súper mal, culpable, realmente lo siento, de verdad... y, mientras me alejo a refugiarme en un asiento que ha quedado libre, no puedo contenerme y me echo a llorar.
Confirmado. Estoy al borde de la crisis nerviosa. Últimamente, me pongo a llorar por cualquier cosa. La semana pasada, agoté un paquete de kleenex cuando, al abrir la lavadora, me encontré toda mi ropa blanca con un bonito tono rosado cortesía de una servilleta olvidada. (Una vez más que tuve que dar la razón a mi abuela sobre las ventajas del lavado a mano).
En plena crisis existencial provocada por la constatación de mi fracaso como mujer (que debería saber hacer una colada en condiciones), llamé a mi hermana mayor en busca de consejo. He ahí un nuevo síntoma de la “crisis de los 25”: tras diez años luchando para tomar tus propias decisiones, cuando por fin consigues que tu madre deje de decirte qué zapatos ponerte con ese vestido tan mono que te regaló la tía Mariuchi, resulta que lo único que quieres es que alguien te diga qué tienes que hacer. Y lo haces.
Así que cuando mi hermana me recomendó ir a un acupunturista, algo que – en circunstancias normales- me habría parecido completamente contrario a mi carácter, me limité a pedirle que me concertara una cita. Por lo visto, a ella le va estupendamente para la ansiedad cuando está a régimen – que es casi siempre- y aunque una crisis existencial pueda parecer en principio de más difícil tratamiento, ¿por qué no probar?
Todo iba muy bien, yo tumbada en una camilla en una sala en relajantes tonos azules, con sonido de agua y pajaritos de fondo, cuando – mientras colocaba una de las agujas- el chino decidió llegar a la raíz del problema:
- Usted practicar poco ejercicio.
- ¡Noooo, qué va! Si voy al gimnasio lunes, miércoles y viernes y los sábados salgo a andar. ¡Ah! ¡y siempre subo las escaleras andando! ¡en un séptimo piso que vivo, eh!
- Sí, sí, pero usted practicar poco ejercicio en cama. Ejercicio en cama importante para salud.
- Hmmm...
- ¿Chica guapa como usted no tener novio?
- Hmmm...
- ¿o novia?
- Hmmm...
- ¡Oh! ¿qué suceder? ¿aguja hacer daño? Perdón, perdón, yo quito aguja, pero usted no llorar, no llorar...
Es lo bueno de ser mujer, medir uno 1,50 y tener setenta y seis años. ¡Nadie desconfía de ti! Así que, cuando pregunto a un vecino que sale del portal si, por favor, me podría indicar en qué piso vive una joven de unos veinticinco años, metro sesenta y aire infeliz; enseguida me responde:
- “Sexto izquierda. ”
Es un poco preocupante que la reconozcan por esta descripción. Definitivamente, voy a tener que hacer algo.
- “¿Es su nieta? ¿Quiere que la acompañe?”
¡Vaya por Dios! ¡por qué me tocará a mí la gente amable cuando menos la necesito!
- “No, no, deje, deje, ya subo yo sola”.
Para disimular, me monto en el ascensor mientras espero a que el chico salga del portal. El problema es que, ahora que estoy aquí, no sé muy bien qué hacer. Cuando la vi bajarse del metro, la seguí de manera instintiva. Pero ahora me va a hacer falta un plan de acción, no puedo simplemente llamar al timbre y preguntar “¿puedo ayudarte en algo?”. Corro el riesgo de acabar en urgencias, acusada de demencia senil. Y es que, cuando una llega a cierta edad, tiene que empezar a tener cuidado con estas cosas. Yo, por ejemplo, he dejado de hacer comentarios del tipo “¡ay! ¡se me fue el santo al cielo!”; los cuales, hace unos años habrían sido completamente inocuos pero, hoy en día, podrían despertar sospechas. De la misma manera, he comenzado a prestar un gran interés a las aventuras y desventuras de las familias y amigos de mis nueras y llevo un pequeño diario donde anoto todos los datos, a fin de poder repasarlos antes de cualquier visita familiar. Así, a la mínima ocasión, aprovecho para hacer comentarios del tipo: “¡Ah! ¡sí! ¡Tu amiga Luisa! ¿No era esa la que había estudiado farmacia en la Universidad de Santiago, graduándose en el año 1984 con una nota media de 7,3 y que después abrió una farmacia en la calle Rosales 25?” Me podrán acusar de cotilla, pero de senil ¡no!
Cuando llego a casa, está sonando el teléfono. Me acerco para mirar el identificador de llamadas. ¿De cuál de los ciento noventa y seis trabajos a los que me he presentado en los últimos tres meses (sin contar los puestos de “voluntariado no remunerado”) me podrían estar llamando? Siendo domingo por la tarde, no hay muchas probabilidades. Pero no por eso pierdo la esperanza por completo. Siempre quedan los países musulmanes. ¿Tal vez sea de aquel puesto en Libia por 200 euros al mes sin vuelos ni seguro médico? Dadas las circunstancias del país ahora mismo, puede que el ratio de candidatos fuera algo inferior al 1000:1 habitual y haya tenido la oportunidad de llegar a la fase de entrevista...
No. Es mi madre. ¿Cojo? Ya estoy bastante deprimida como estoy, sin necesidad de añadir los reproches de mi progenitora. Me doy la vuelta y empiezo a quitarme los zapatos. El teléfono vuelve a sonar. Lo ignoro. Me meto en la ducha e intento relajarme bajo el chorro caliente. Pero el teléfono sigue sonando. Mientras me seco, suena una vez más. Tarde o temprano tendré que cogerlo.
- ¿Sí? ¡Ah, mamá! ¿eres tú? ¡Qué sorpresa!
- Te he llamado ocho veces hoy: a las cinco, a las cinco y cinco, a las cinco y diez...
(Estoy segura de que eso tipificaría como acoso en Estados Unidos. Nunca creí que llegara a decir esto, pero “¡quién fuera yanqui!”).
- … Y a ninguna hora te encuentro.
- ¡No paras en casa! ¡Parece que no estuvieras a gusto en ningún sitio!
(Mi madre vive en una casa de dos pisos, con cinco dormitorios, tres baños, dos salones, dos cocinas, comedor, garaje, terraza y un jardín del tamaño de un campo de fútbol. Yo, en un piso tres en uno de catorce metros cuadrados. Creo que es comprensible que necesite salir más a menudo).
- Ya, es que había salido a...
(Mejor me abstengo de mencionar que el motivo de mi salida era visitar a una quiromante que me ha presagiado un futuro muy negro. De todas maneras, tampoco me da tiempo de terminar mi frase).
- Ayer vi a María (mi vecina cuando vivía en casa de mis padres, con la que me crié desde que nací) y me dio recuerdos para ti.
- ¡Ah! ¿sí? (Vaya, un tema de conversación agradable y positivo, mejor aferrarse a él). ¿Y qué tal está?
- Pues aquí, como siempre. No todo el mundo va todo el tiempo de la ceca a la meca como tú. (¡Muérdete la lengua, Clara!) Ella está asentada, viviendo con su abuela y su novio. Está todo el día en casa. Yo la veo a veces cuando sale a tender la ropa y me pregunta por ti. Y ya le digo: ¡cómo me gustaría que mi hija fuera un poco más como tú! ¡parece mentira que os criarais juntas! ¡Qué pena, esta hija mía! Perdida por el mundo, sin casa, sin novio, sin trabajo... (Porque, evidentemente, lo que yo tengo no cuenta como un trabajo “de verdad” para mi madre).
- ¿Pero ella tiene trabajo?
- ¡Ni falta que le hace! Su novio trabaja. Ella se ocupa de su abuela y de la casa.
Sólo de imaginarme a mí misma en esta situación que mi madre describe como ideal me entran escalofríos. Y, por primera vez desde el comienzo de mi crisis de los veinticinco, me siento demasiado joven, demasiado joven para estar tan “establecida” y tener un futuro tan “claro”. ¿Será otro de los síntomas?
¿Se habrá cortado las venas? El teléfono suena incesantemente en su apartamento y nadie contesta. Por la ventana no se ha tirado, porque habría oído el golpe en la calle... ¿Qué hago?
¡Ah! ¡ya sé! Esta debe de ser una de esas “situaciones de emergencia” en las que mis hijos insisten tanto que resulta imprescindible tener un teléfono móvil. Pues bien, tras años defendiendo mis principios contra viento y marea, el año pasado finalmente tuve que renunciar a ellos en favor de la paz familiar (¡los sacrificios que tiene que hacer una madre!) y aceptar que me regalaran uno de esos trastos. Hoy ha llegado el día de utilizarlo.
Sin saber muy bien aún a quién llamar (si pruebo los servicios de emergencia, volvemos a lo de antes, la que acaba ingresada soy yo), saco el móvil del bolso...
Sin batería. Ya sabía que estos trastos no eran la panacea que mis hijos prometían.
De todas maneras, puede que, al final, no lo necesite. El teléfono ha dejado por fin de sonar y, al otro lado de la puerta, me ha parecido oír una voz. Sólo ha durado un momento, pero estoy casi segura de que era ella. Me acerco a la puerta y escucho con atención. Al cabo de cinco interminables minutos, oigo al fin un “no...” y, algo más tarde, un “hmmm”.
Está viva. Sigue sin sonar muy feliz, pero está viva. Es un buen comienzo.
Sintiéndome un poco como Miss Marple, (sí, lo sé, vergonzoso, pero cada uno tiene sus placeres culpables: el mío eran las novelas de Ágata Christie), decido volver a casa para preparar con calma mi plan de acción. Sólo entonces me acuerdo de que, a todo esto, yo iba de camino al cementerio a llevar flores a mi marido, flores que, por cierto, aún llevo sin darme cuenta en el brazo. Perdón, Manuel, pero a esta chica le hacen más falta que a ti. Se las dejo en el felpudo y me voy.
Antes de salir, miro su nombre en el buzón. Clara Bienvenida. Por lo menos no se llama Dolores...
“Estás preciosa cuando lloras”. Fernando siempre me lo decía. La verdad es que debería haberme dado cuenta antes de que este chico no me convenía... Y lo peor es que va a tener razón.
Tras otra noche sin dormir, una nueva crisis de llanto se desataba en mi apartamento a las ocho de la mañana cuando constataba que ni siquiera me iba a quedar el consuelo de un buen café matinal para reponerme del insomnio porque, en mi torpeza, había derramado la poca leche que me quedaba en la nevera.
Así, por si la imagen de mi desgracia no estaba completa, el día comenzaba conmigo arrodillada recogiendo leche del suelo de la cocina y prohibiendo a mi mente establecer cualquier tipo de paralelismo con el cuento de la lechera. Bastante con que el incidente me arruinara la mañana, mejor no convertirlo en una profecía sobre el fracaso de mis sueños y aspiraciones (para eso ya tengo a la quiromante).
Una vez el suelo limpio - por lo menos lo que podía ver entre lágrimas – y el hipo más o menos controlado, abría la puerta de mi apartamento para salir a enfrentarme al mundo en busca de un litro de leche. Sólo para encontrarme un inesperado ramo de flores sobre el felpudo.
¡Vaya! Tal vez sea un guiño del cielo, un mensaje de los dioses en plan: “perdona que te hiciéramos derramar la leche esta mañana, fue un error del equipo administrativo. En realidad, el incidente iba destinado a otra persona. Tú bastante tienes ya con lo tuyo”. La verdad es que, ya puestos, me podían haber enviado un ramo un poco más alegre, que este parecía más bien destinado al cementerio. Pero, nada más lejos de mi intención que criticar el gusto de los dioses, lo colocaba con cuidado en un vaso de agua – nadie me regala flores con la suficiente frecuencia para justificar la compra de un jarrón- antes de volver a salir.
Aún ensimismada especulando sobre posibles proveniencias más plausibles de mi ramo de flores, llegaba a la esquina de mi calle, donde una cuadrilla de obreros lleva dos semanas trabajando sin que nadie – incluidos ellos mismos- parezca saber muy bien qué están haciendo.
Y es aquí donde mi incredulidad llega al límite: los mismos seis obreros que me habían ignorado completamente los 14 días anteriores – hasta el punto de que había comenzado a preguntarme si tenía un horrible grano en la cara del que no me había dado cuenta-, de repente, se ponen a piropearme al unísono.
¿Será verdad entonces lo que decía Fernando? ¿será que la infelicidad me favorece? Sea como sea, y por mucho que, como mujer culta e inteligente, no admita jamás que los comentarios obscenos de unos hombres en la calle tengan cualquier tipo de efecto sobre mi autoestima, lo cierto es que, una vez doblada la esquina, he empezado a sonreír.
¡Funciona! La he visto sonreír.
Por supuesto que estas chicas de hoy en día no admitirían jamás que un piropo les pueda levantar el ánimo. Pero yo estaba segura de que la raza humana (por lo menos en lo que al sexo femenino se refiere) no podía haber cambiado tanto desde mi época. Así que aquí me vine esta mañana, con un bizcocho casero debajo del brazo, a pedir a los amables obreros de la esquina de la calle de Clara, que me piropeasen un poco a la niña al pasar. La verdad es que, al principio, se mostraron un poco reticentes. Es entendible. Hoy oye uno tantas cosas sobre juicios por acoso legal y esas cosas, que a cualquiera le entra miedo. Pero, unos pedacitos de mi bizcocho de limón más tarde, acabaron aceptando. ¡Y ha funcionado! Son pequeñas victorias, lo sé, pero es de pequeñas cosas que está hecha la felicidad.
Por desgracia, mi armonía con el mundo no podía durar. De vuelta al apartamento, tengo un email de la secretaria de la agencia de traducción; una mujer a la que estaba convencida de haber ofendido gravemente sin darme cuenta convirtiéndome en blanco de su odio más irracional hasta que, comentándolo con otros compañeros de la agencia, me di cuenta de que todos teníamos la misma sensación. Este odio parece dirigirse contra toda persona más alta, más rubia, más joven o con más suerte que ella, categoría en la que – de una manera u otra- todos parecemos entrar.
Abro el email preparándome para lo peor. No sé si será deformación profesional o snobismo, pero no consigo acostumbrarme a la gente que escribe emails como si vomitara palabras: ni un triste “hola” o “buenos días” y, por supuesto, ignorando completamente cualquier signo de puntuación o mayúscula que pudiera darte una pista sobre cómo desentrañar esa avalancha de palabras. En concreto, el ejemplo que nos ocupa dice así: “te has equivocado en la ultima traduccion falta de traducir la palabra 25 de la segunda columna en ingles y en frances en chino y arabe si esta pero que no se vuelva a repetir corrigelo ya y me lo mandas ahora mismo”
Una vez desentrañado el mensaje y aún reflexionando sobre si debería regalarle un manual tipo “Cómo hacer críticas constructivas” o “Las tres etapas de la retroalimentación en el trabajo”, abro la susodicha traducción para ver en qué consiste el error.
Y lo peor es que tiene razón, que dejarme una palabra sin traducir en mitad de un texto es imperdonable. Debe de ser un nuevo síntoma de mi crisis de los 25 y el comienzo de la extinción de mis neuronas. ¿Dónde tengo la cabeza? La verdad es que estoy decepcionada conmigo misma. Siempre pretendiendo que este trabajo es sólo temporal y que yo puedo aspirar a más, que es sólo el principio de mi carrera, pero ¿y si no es cierto? ¿y si esto es lo más lejos que voy a llegar? Claramente, el declive ya ha empezado: nunca antes me había dejado una palabra sin traducir en mitad de un texto.
A punto de llorar de nuevo (y ahora sí que no puedo permitírmelo porque se me han acabado los pañuelos de papel y aún no he conseguido superar mi trauma y comprar papel higiénico), abro la traducción para poder constatar por mí misma mi ineptitud.
Texto en español, segunda columna, palabra 25… “versión”. Texto en inglés… “version”, en francés… “version”. ¡Uuuuuuff! Tal vez aún haya esperanza para mi futuro profesional. Creo que voy a añadir la guía de ortografía “La importancia de los acentos en español” al regalo para la secretaria… Y un ramo de flores, por el alivio que siento ahora… tal vez, ya veremos…
Superada la crisis, abro el siguiente email, titulado “Queríamos compartir algo contigo”. Es de una amiga del colegio a la que hace diez años que no veo. Por lo que parece, se lo ha enviado a todos sus contactos, asumiendo, claramente, que todos estaríamos interesadísimos en saber que todo le va de maravilla. Una especie de instinto natural de seguir instrucciones preocupantemente similar al que llevó a horrores como el nazismo me empuja a obedecer la orden de “pincha en el siguiente enlace”, a pesar de saber de sobra que esto no puede acabar en nada bueno.
Efectivamente, el fatídico enlace me conduce a un vídeo de youtube en el que, con la música de “El guardaespaldas” de fondo, tengo el honor de asistir a un fotomontaje de unas mil quinientas imágenes de la feliz pareja morreándose delante de la torre Eiffel, la de Pisa, el Partenón, el palacio de la Bella Durmiente en Eurodisney, el Millenium Eye, las pirámides de Gizet, Santa Sofía (¡Santa Sofía! ¡Serán zorros! ¡La de años que llevo yo queriendo ir a Estambul!), Bukingham Palace, el puente de Carlos de Praga… todo ello alcanzando el éxtasis del romanticismo con una foto de la feliz pareja cubierta de palomas en la plaza de San Marcos en la que el chico, arrodillado delante de la chica, le ofrece un anillo de compromiso… and aaaaaah iaaaaaaah will aaaaaaaalways love youuuuuu uuuuuuuu… Por supuesto, todos estamos invitados a compartir su felicidad asistiendo al enlace que tendrá lugar el 15 de agosto en la Catedral de Palma de Mallorca.
Antes de cumplir los 25, me habrían dado arcadas, hoy, creo que el picor que siento en la garganta se parece más a los celos por no ser yo la afortunada con las palomas cagándole en los hombros. ¡Qué bajo he caído!
Va a ser mejor dejar el email para otro rato. Voy a regar las plantas, que buena falta les hace. Otra de mis frustraciones y un recuerdo constante de que no soy una "ama de casa como dios manda": Da igual lo que haga, lo más a lo que puedo aspirar es a postergar su muerte. Desde el momento en que entra en mi casa, toda planta comienza una lenta agonía que la lleva a tener una apariencia cada vez más triste y desangelada, hasta que un día no puedo seguir negando la evidencia y tengo que tirarla a la basura. El único consuelo que me queda es que, al menos, en este ámbito no soy la única fracasada. Parece más bien tratarse de una disfunción generacional. Todas las madres, abuelas, tías, suegras, etc. de las chicas de mi generación tienen buena mano para las plantas. Es como si hubieran nacido con una especie de gen verde, un sexto sentido para las plantas. Gen que, claramente, se ha perdido en algún punto de la evolución localizado entre la generación de nuestas madres y la nuestra. Y, sin embargo, yo no consigo resignarme y sigo comprando plantas para mi ventana, hasta que un día me denuncie la protectora... Así que aquí voy, con mi vasito de agua, dispuesta a enfrentarme a la triste realidad de mis moribundas plantitas con una sonrisa en la cara (por eso de que dicen que las plantas perciben los estados de ánimo) y unas palabras de aliento preparadas. Cuál no será mi sorpresa al abrir la ventana y encontrame que mis "solanum pseudocapsicum" (especie recomendada por la floristera por su gran resistencia a la adversidad) no sólo no han muerto completamente sino que parecen haber dado algunas pequeñas hojitas nuevas. Tal vez estuviera equivocada y esto de la mano para las plantas no sea un gen innato, sino una revelación que se produce a partir de una cierta edad, una especie de "premio de consolación" por todos los demás síntomas negativos de la crisis de los veinticinco... Bienvenido sea.
He perdido la fe. Es oficial. De antes, cuando veía una oferta de trabajo interesante, enviaba mi currículum inmediatamente y, durante días e incluso semanas, comprobaba mi email cada hora para ver si me habían contestado, mientras fantaseaba sobre cómo sería trabajar para esa empresa. Al cabo de un tiempo de apenas recibir respuesta, empecé a estar agradecida a aquellas empresas que, al menos, enviaban un mensaje preparado de “lamentamos comunicarle que... pero conservaremos su CV en nuestra base de datos”. Ahora, cuando veo un anuncio de un buen trabajo, no puedo evitar sospechar que es alguna clase de timo.
Como hoy. Cada farola de mi calle parece estar empapelada con un anuncio de “Se busca intérprete de inglés, francés, italiano y árabe para acompañar a mujer respetable en su viaje alrededor del mundo. Buen salario y todos los gastos pagados.” Demasiado bonito para ser cierto. Ni siquiera he tomado el número de teléfono. ¿Para qué llevarme otra decepción?
Esta vez estoy segura de que el aparato éste tiene batería. Lo he tenido toda la noche enchufado como me explicó mi hijo y, esta mañana, la chica del kiosko me aseguró que tenía tres barritas y que, con eso, tendría de sobra para todo el día. Y, sin embargo, el maldito trasto no suena. Lo saco por enésima vez del bolsillo y pulso el botón para desbloquear el teclado porque cuando la pantalla está toda negra, no me fío, y sí, el chisme está encendido y parece funcionar. ¡Pero no suena! ¿Qué estará haciendo esta chica que no me llama?
Por lo que he averiguado a través de las amigas de Clara, haciéndome pasar por su abuela preocupada por la desmotivación de la niña, éste sería el sueño de su vida. Y, si soy sincera, también el mío. ¿Por qué no llama? Llevo ocho horas sentada en este banco y empieza a oscurecer...
¡Por fin! ¡Suena el teléfono! ¡Calma! No vaya a pulsar la tecla equivocada con la precipitación y corte la llamada
- ¿Sí?
- ¿Mamá? ¿Se puede saber dónde estás? Gloria y yo hemos pasado por tu casa al salir del trabajo y no te hemos encontrado. He llamado a Luis y él tampoco sabía dónde estabas. ¡Estábamos preocupadísimos!
- Ya, bueno, salí a dar un paseo...
- ¡¿Un paseo?! ¡Así, sin avisar! ¡y a estas horas! ¿Qué pasa si te caes o te da algo o, o... ¡A tu edad puede pasar cualquier cosa!
- Bueno, Antonio, tampoco es para tanto... (parezco una adolescente hablando con su padre).
- ¡Que no es para tanto! ¡De verdad, mamá! ¡Parece mentira! ¿No piensas nunca en tus hijos y en lo que se preocupan por ti? ¡Ni que fueras una niña!
Precisamente, no soy una niña. Pero no merece la pena discutir. El hecho de que soy yo su madre y no al revés parece pasarles completamente desapercibido. Según mis amigas del centro de día debería estar agradecida de lo bien que me tratan y lo mucho que se preocupan por mí. “Deberíamos llevar a mamá aquí o allí”, “haría falta comprarle esto o lo otro”. ¡Que estoy aquí! ¿Por qué no me preguntáis mi opinión? Porque, la verdad, ni me interesan vuestras excursiones al zoo con los niños, ni me gusta esa horripilante bata de flores, ni me hace falta un mando a distancia con teclas extra-grandes. Tengo setenta y seis años, con lo que, teniendo en cuenta la longevidad de las mujeres de mi familia, me podrían quedar otros quince de vida. Lo siento mucho, pero, en mi opinión, quince años son demasiados para pasarlos dando de comer a las palomas.
- ¡Tonterías!
¡nadie da duros a cuatro pesetas! ¡A ver si encima de no conseguir
trabajo te vas a dejar timar! ¿Por qué no te preparas una
oposición, hija mía? ¡Mira a la hija de Consuelo! Se sacó la
oposición esa de administrativo y ahí está, la mar de bien,
ordenando las fichas del buzón de quejas de Hacienda, de nueve a
dos, ¡y con la tranquilidad de que es para toda la vida!
Sólo de imaginarme a mí misma con semejante perspectiva de futuro me dan como escalofríos, pero años de repetir esta misma discusión me han enseñado que mi madre no es capaz de asimilar que tal vez esa no sea la mayor aspiración de toda persona normal.
Ni siquiera sé para qué lo discutimos una vez más. La conversación empezó cuando a la pregunta de mi madre: “¿Qué? ¿aún no has conseguido trabajo?” (a la que ya me he cansado de repetir: “Bueno, en realidad, trabajo, ya tengo”, porque después de dos años aún no parece haberlo registrado), decidí responder con una estrategia de shock: “Pues estoy pensando en presentarme para un trabajo de intérprete viajando alrededor del mundo”.
No es cierto. Yo misma no acababa de creerme que el anuncio pudiera ir en serio y, de ser así, que yo tuviera la más mínima posibilidad de conseguir el puesto; pero sólo por llevar la contraria a mi madre, me encontré defendiéndolo a capa y espada. Y ahora ya no sé lo que pienso. Tal vez mereciera la pena probar. Esta mañana incluso me encontré el anuncio en mi buzón. ¡En un sobre a mi nombre! A ver si el destino va a estar llamando a mi puerta y yo estoy demasiado ocupada traduciendo “maximum pleasure” a cinco idiomas para abrirle. Es cierto, la vidente me dijo que me iban a dar palos, no el trabajo de mi vida, pero si hasta el hombre del tiempo se equivoca siempre... ¡y digo yo que la meteorología tenga más base científica que la quiromancia!
He estado en la agencia de viajes. Después de media hora discutiendo, conseguí convencer a la amable señorita de que no, no quería un viaje organizado de una semana a Benidorm y que tampoco me interesaba un crucero para la tercera edad. Fue difícil, pero aquí los tengo: dos billetes aéreos abiertos para dar la vuelta al mundo en dirección este. ¡Éste va a ser mi año sabático! Cuando yo era joven no se hacían esas cosas. El único problema es que, en mi caso, no voy a tener que enfrentarme a mis padres para conseguirlo. ¡Sino a mis hijos! ¡Ya verás la que van a montar cuando se enteren! Pero bueno, ¿no es para eso que me regalaron el chisme móvil éste? ¿para poder estar comunicada -y cito literalmente- “dondequiera que estuviese”?
Sólo falta que Clara llame...
- ¿Sí?
- Hola, buenos días, me llamo Clara Álvarez y llamaba por el anuncio de un puesto de intérprete. Seguramente ya estará cubierto, pero...
- ¡Es tuyo!