ALEX, LA PESADILLA DE TODOS
by
L. W. Irata
SMASHWORDS EDITION
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PUBLISHED BY:
Christian Diemond on Smashwords
ALEX, LA PESADILLA DE TODOS
Copyright © 2011, L. W. Irata
Copyright © 2011, Christian Diemond
PHOTOGRAPHY/ART/DESIGN
Copyright © 2011 Christian Diemond
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ALEX, LA PESADILLA DE TODOS
* * * * *
En su pequeño y oscuro cuarto, divagaba entre la realidad y el sueño que se avecinaba sin llamar su atención.
Era
común en él soñar y más esos últimos días. Algunas veces tenía
pesadillas extrañas que se mezclaban con recuerdos de tiempos
lejanos. En otras ocasiones, esos sueños eran el simple producto de
su imaginación, pero poco a poco, esas imágenes borrosas que
trataban de formar un sueño, comenzaron a entrelazarse, adentrándolo
en ese mundo donde la imaginación puede volar.
Su
nombre era Alex y manejaba un viejo auto compacto. Se dirigía a su
empleo, preocupado por el tráfico que siempre lo acompañaba desde
que salía de casa.
En su camino, veía el rostro enfurecido y desesperado de quienes lo rodeaban en esos momentos, y se daba cuenta que todos parecían animales abandonados dentro de cajas de las que no podían salir. Encendió la radio y lo primero que vino a sus oídos fueron las noticias de manifestaciones, asaltos, asesinatos y guerras por todas partes. Apagó la radio y recordó porque no le gustaba escuchar noticias. Todo lo que pasaba en el mundo eran tragedias, violencia y miseria. También había el otro lado de la noticia que le parecía sumamente aburrido y del cual no podía extraer esa magia que parecía llenar la vida de cada vez más personas. Para él, lo “fashion”, las hazañas absurdas de gente que sólo quería llamar la atención, y el modo de vida de algunos famosos personajes que habitaban en mundos atiborrados de riqueza, no le hacían llevar una vida más feliz o sencilla. Pero qué importaba, los tiempos cambiaban y los gustos de la gente cada vez eran más sofisticados. Se acomodó mejor en el pequeño asiento y dejó la vista en el auto que tenía frente a él. Avanzó algunos metros y trató de olvidar que podía perder su trabajo si el tráfico seguía sin avanzar; como hasta ahora lo había hecho. Después de algunos minutos, avanzó pocos metros, pero de pronto su auto se apagó en una pendiente. Dio vuelta a la llave y bombeó gasolina al motor sin que éste diera señales de vida. Siguió tratando de arrancar, mientras la gente de atrás tocaba el claxon y se enfurecía por el estorbo que se unía al tráfico. Se rindió al ver que el viejo auto no encendería de ese modo y se dedicó a disculparse de los otros conductores que lo maldecían, tocaban la bocina, lo insultaban y aceleraban muy cerca de su auto, de forma amenazadora y escandalosa, pues en ese momento, el tráfico disminuía repentinamente, dejando el camino ocupado sólo por su pequeño auto viejo. Esperó calmado hasta que le dieran la oportunidad de salir y revisar el motor, con la esperanza de encontrar alguna falla menor. Pasaron algunos minutos y bajó del auto al ver la oportunidad que esperaba. Lo revisó sin encontrar nada que indicara que podía continuar con su camino y esperó otra oportunidad para colocarse junto al volante, y comenzar a empujar lo que ahora sólo era un estorbo para todos. El tiempo que corría sin retorno y la negligencia de los automovilistas, le hacían sentirse más nervioso y desesperado, ya que pasaban maldiciendo tan cerca de su auto, que no se atrevía a pararse en su camino, por miedo a que algún mal conductor lo atropellara por error. Logró colocarse junto al volante y comenzó con la penosa tarea de empujar el auto hasta la acera. Lo consiguió después de un gran esfuerzo, insultos, amenazas y varias paradas forzosas para descansar. Lo estacionó lo mejor que pudo y corrió para alcanzar el autobús que acababa de ver pasar a toda velocidad frente a él. Abordó al tiempo que éste arrancaba y de inmediato miró su reloj para ver si llegaría a tiempo. Las manecillas permanecían estáticas en la carátula. Lo miró más tiempo, esperando a que se movieran, pero se dio cuenta que no lo harían. Parecía que esa mañana las cosas se habían puesto de acuerdo para llevarlo a la ruina. Preguntó la hora a su vecino de viaje, el cual de mala gana se la dio. En ese momento, él no debería estar parado en un autobús, lo cual le hizo recordar el rostro de su jefe, amenazando con despedirlo si volvía a pasar por alto la hora de entrada. De pronto, el conductor avanzó y parecía que iban a despegar, pues fue tan fuerte el arranque, que Alex perdió el equilibrio y cayó sobre una pareja que se encontraba sentada frente a él. Pensó en pedirle al conductor que manejara con más precaución, pero ya había tenido suficientes problemas como para entrar en una discusión con un tipo que no parecía ser muy amable. Se disculpó de la pareja que lo miraba enfurecida y se dio cuenta de lo acostumbrado que estaba a su viejo auto. Llegó a su destino y anunció su descenso, que el conductor pasó desapercibido, dejándolo una calle adelante.
Bajó pensando que el tipo quizá no tuvo la oportunidad de detenerse cuando él se lo pidió, pues Alex poseía la enorme capacidad de analizar las situaciones desde varios puntos de vista, lo cual le había llevado siempre a ser una persona comprensiva y amable con los demás. Descendió los escalones del autobús con dificultad, a causa de un hombre obeso que tapaba la salida sin inmutarse, y que respondía con murmullos a las disculpas y peticiones que Alex tímidamente le expresaba. Pasó deslizándose entre la puerta y el tipo para bajar del autobús, cuando el conductor avanzó con fuerza y el marco de la puerta le golpeó el hombro, haciéndole caer al piso después de dar una vuelta completa sobre sí mismo. Cayó de espaldas sobre el sucio pavimento y lo primero que vio al levantarse, fue a dos chicas que reían mientras lo señalaban, sin tomar en cuenta que su caída no había sido motivo de risa. Pensó que él hubiera disimulado no haber visto, si notaba que el accidentado se encontraba bien. Por último le vino a la cabeza que no era tan malo, quizá había sido muy graciosa la forma en que había caído, así que él también sonrió, recibiendo risas más descaradas y malignas de parte de esas chicas. Se sacudió el polvo un poco contrariado y se tocó la cabeza que comenzaba a dolerle por el golpe que había recibido contra el piso. Recogió su portafolio, tratando de olvidar el dolor y comenzando a correr lo más rápido que podía para salvar su trabajo.
Salió del ascensor, intentando recuperar la respiración. Atravesó las puertas de la empresa, tratando de pasar inadvertido. Miró hacia la oficina de su jefe y para su suerte vio que éste no había llegado aún, pues las cortinas estaban abiertas y se podía ver el escritorio de roble que llamaba la atención de inmediato. Se quitó el saco, sacudiéndole de nuevo el polvo, y con una ligera repulsión que pronto se convertiría en nauseas, vio que su saco estaba manchado, en la parte de la espalda, con una mezcla de sustancias que no causaban ninguna buena impresión. Ahora comprendía el extraño comportamiento de la gente, al verlo entrar en el ascensor y después rehusarse a subir con él. También comprendió las risitas perversas de algunos compañeros que lo saludaban, mientras ocultaban su diversión. Pensó que él hubiera avisado al portador de tremenda y repulsiva mancha, sin embargo, nadie tuvo la gentileza de avisarle y se había visto obligado a pasear esa plasta repugnante por toda la oficina. Caminó al baño, alejando el saco de su rostro y limpió la suciedad lo mejor que pudo.
Salió del baño con una actitud que le hacía parecer un hombre que hubiera empezado el día de excelente forma y recorrió los pasillos silbando una canción. Otro hombre, después de empezar ese día tan desastroso, lo menos que hubiera hecho sería silbar, pero Alex parecía un templo que no permitía la entrada a sentimientos negativos. Dejó su saco y al ver que su jefe no había llegado aún, se dirigió al comedor y se preparó un café. Regresó con buen ánimo, caminando por los pasillos repletos de gente que sólo compartían una meta en común; vender más que sus compañeros, a los que saludaban ocultando esa competencia detrás de una amable sonrisa. Llegó a su gabinete y abrió algunas carpetas. Después de analizar sus pendientes, comenzó lo de siempre; intentar vender el producto más maravilloso del mundo y que curiosamente nadie compraba, aun siendo grandioso como su jefe les aseguraba. Llamó una, dos, tres, diez, veinte, cuarenta e incontables veces, hasta que decidió tomarse un descanso después de haber fracasado en su intento por vender algo que a nadie le interesaba. Se levantó de su asiento, con la espalda adolorida por permanecer sentado en la silla más económica del mercado, la cual su jefe había autorizado comprar para sus empleados. Se dirigió de nuevo al comedor, ahí se encontró con Carlos; un compañero que conoció días atrás y que comenzaba a agradarle, a pesar de ser un típico macho que alardeaba demasiado.
Alex llevaba dos semanas trabajando en ese sitio y comenzaba a sentirse más cómodo en ese ambiente que parecía aislar a la gente en sus asuntos. Carlos comenzó hablando de cosas triviales, mientras pasaba junto a ellos Norma; una bella chica que pocas veces era vista en ese piso. Su compañero no pudo disimular su asombro, al ver a la bella mujer que había pasado cerca de ellos, llenando el ambiente de un aroma delicioso y seductor. Carlos la saludo con un gesto, y un: buenos días, que claramente mostraban sus perversas intenciones, pero contrariamente a lo que Alex esperaba, la joven respondió con una sonrisa maliciosa y seductora. Continuaron con su conversación cuando ella se alejó lo suficiente, pero de pronto, la plática tomó otro rumbo y ahora se encontraban charlando acerca de Norma. La conversación no era agradable y Alex no sabía cómo librarse de ella, sin parecer un tonto frente a alguien que decía ser un maestro en el tema de las mujeres. Nunca le habían gustado ese tipo de conversaciones, y no porque no le gustaran las chicas, simplemente era un tipo tímido que se sentía incómodo al abordar temas tan abiertos acerca del sexo. La plática se detuvo al entrar al comedor, Luis, el jefe.
Saludó con gesto malhumorado y miró sin disimulo alguno la taza de café de ambos empleados, luego los miró a los ojos y tosió fuertemente. Ambos comprendieron y regresaron a sus respectivos lugares. El día pasó como siempre y Alex se sentía físicamente cansado por todo lo que le había ocurrido desde la mañana. Caminó hacia el elevador y en su camino vio la foto de la familia del compañero seductor, la cual no estaba antes y lucía recién tomada. En la foto se encontraba Carlos, en medio de su esposa y dos pequeños con ojos traviesos. Algo en la mirada de ella delataba que sentía un inmenso amor hacia el tipo que coqueteaba con la jefa del departamento de compras. Siguió su camino, pensando que él llegaría a su pequeño cuarto sin nadie que lo recibiera, mientras que otros tenían amor y suerte de sobra.
Saliendo
del trabajo, regresó al lugar en el cual había dejado su auto. La
sorpresa que tuvo fue enorme, pues el lugar en donde había dejado su
pequeño y viejo vehículo, estaba ocupado por una camioneta inmensa.
Miró la calle, confundido, y se dio cuenta que era la misma calle en
la que había estacionado su auto. Dudó por un momento y lo buscó
un poco más con la mirada. El sentimiento que produce el saber que a
uno lo han despojado de algo tan valioso, comenzó a apoderarse de
él, sin embargo era positivo y un tanto ingenuo, lo que lo llevó a
caminar algunas calles hacia uno y otro lado de donde estaba seguro
que había dejado su vehículo.
Se sentó en la banqueta, junto a la camioneta que había reemplazado a su vieja máquina, y buscó en su cabeza las posibilidades y respuestas que solía buscar, pues el hecho de buscar una solución y respuesta a todos los problemas que la vida le había dado, para él era muy reconfortante, aun cuando la solución o la respuesta no lo beneficiaran en nada. Por un momento pensó que estaba cansado de recibir a cambio de tanto esfuerzo, sólo desgracias o complicaciones, pero pronto apartó ese pensamiento negativo y se levantó con mejor ánimo de la banqueta, ya que la respuesta había llegado como siempre lo hacía; mañana llamaría a los depósitos del gobierno para saber la causa por la cual habían remolcado su vehículo.
Tomó el autobús hacia su hogar y de pronto un sueño profundo se apoderó de él. Despertó por la voz fuerte y carrasposa del conductor, que avisaba el destino al joven que dormía en un rincón del autobús. Al abrir los ojos no pudo creer que se encontraba en la terminal de la ruta y sintió que eso ya era demasiado. Bajó triste y cansado aún. Preguntó al conductor en dónde podría abordar el transporte que lo regresara y la respuesta hizo que se congelara. El único modo de regresar era en taxi. Por un momento creyó que podría ser una broma del conductor que se alejaba hacia un pequeño cuarto donde al parecer se reunían después del trabajo. Pero al mirar a su alrededor, se dio cuenta que era verdad lo que había escuchado. Sintió que no llegaría jamás a su pequeño cuarto, pues sabía que la terminal se encontraba a varios kilómetros de éste. Caminó hacia un taxi y le informaron que el precio por llevarlo sería excesivo, además, el poco dinero que tenía debía servirle hasta que lograra vender algo. De nuevo en su cabeza se apilaron las soluciones y la más lógica fue la que ganó.
Se abrochó el abrigo y comenzó a caminar rápido y con decisión, a pesar del cansancio que sentía.
Entró
a su cuarto, que se ubicaba en la azotea de un viejo edificio, justo
antes del amanecer, pues se había perdido a causa de un enorme perro
que lo persiguió varias calles. Dejó su abrigo sobre el televisor,
que junto con el colchón, eran los únicos muebles en su habitación.
Se acostó para descansar un poco, quedándose dormido casi de
inmediato.
Muy temprano por la mañana, y después de haber dormido demasiado poco, salió del edificio para comenzar con su día. Comenzó su camino y escuchó que alguien gritaba su nombre, con una voz demasiado aguda y fuerte, para una hora en la que el silencio aún reinaba en las calles. Era la dueña del edificio que intentaba correr hacia él. Era una señora regordeta, pequeña y malhumorada, que siempre vestía con trajes de marcas reconocidas, los cuales se le ajustaban a las carnes sobresalientes de su cuerpo. Estaba a pocos metros y aún así continuaba gritando que necesitaba hablar con él, pues era una suerte que lo hubiera encontrado, ya que él se la vivía fuera de casa. Alex le explicó que no pasaba todo el día en las calles vagando o parrandeando, como la casera lo insinuaba con sus palabras. Su jefe les permitía trabajar, a veces hasta doce horas, los siete días de la semana. Obviamente Alex se quedaba con gusto en la oficina, pues eso le daba más oportunidades de vender algo que la gente se rehusaba a comprar. Su casera no le dio importancia a lo que escuchó, en parte porque no comprendió si trataba de jugarle una broma, y en parte porque no le interesaba lo que ese flacucho decía. Ella sólo quería recibir el pago del alquiler de dos semanas que Alex le debía. Él se disculpo realmente apenado, pues comprendía que el sustento de esa mujer venía de los edificios que su padre, un eficiente asesino a sueldo y narcotraficante conocido por todo el barrio, le había heredado al morir de tres tiros en el pecho y uno en la frente. Obviamente, como ella solía decir, víctima de algún monstruo que no respetaba la vida de los demás. Ella le recordó que tenían un acuerdo firmado y que no dudaría en echarlo del edificio si él se rehusaba a pagar. Alex pidió disculpas por el retraso y con ingenuidad volvió a resumir su situación, sin que ella tomara en cuenta sus motivos, y sólo recibiendo como respuesta un simple ese es problema suyo, no mío. Terminaron la conversación, después de que ella le dio un plazo máximo de una semana para pagar su deuda. Se alejó de ella, corriendo, para lograr alcanzar el autobús que pasaba a algunas calles y el cual generalmente era de los pocos que pasaba con puntualidad. Al llegar a la esquina, vio con sorpresa al camión detenido en un semáforo en rojo. Miró su reloj y recordó que no servía desde ayer. Se lo había puesto por costumbre y porque se había vestido entre sueños. Aún así, estaba seguro que a esa hora ese autobús debería estar muy lejos de él, pues su casera lo había retrasado, junto con el calentador de agua que había tardado más de la cuenta en encender. Pero ahora, la suerte parecía comenzar a estar de su lado al retrasar el vehículo que lo llevaría directo al éxito, pues en verdad creía que ese empleo era su gran oportunidad. Subió al autobús y reconoció al conductor que el día anterior le hizo caer y golpearse la cabeza, mientras que su saco se llenaba de desechos mal olientes. Alex le sonrió y pagó con buen ánimo.
Se detuvo a la mitad del autobús y pensó que en sus manos estaba el poder para cambiar su situación, así que no se rendiría frente a tantas barreras. Recordó a su casera, que vino a su mente como si tratara de hacerle olvidar la idea anterior, pero Alex sólo evadió éste pensamiento, imaginando que detrás de toda esa máscara de fría crueldad, quizá había una mujer bondadosa y consciente de la situación del país y de la de un hombre que con seguridad le pagaría en cuanto tuviera la oportunidad. El autobús avanzó y Alex recordó la manera de conducir del conductor. El día anterior le disgusto un poco, pero hoy deseaba sentir la velocidad máxima para poder llegar a tiempo al trabajo que le infundía una fe renovada, pero contrariamente a lo que Alex esperaba, el conductor comenzó a manejar de una manera calmada, lenta y serena que poco a poco comenzó a desesperar a los pasajeros. Alex también comenzaba a desesperarse y con angustia miraba el reloj del hombre que se encontraba junto a él, el cual avanzaba más rápido que el vehículo en donde iban. Logró llegar a la mitad de su trayecto y tan sólo faltaban cinco minutos para su hora de entrada, perdería su empleo con seguridad. Caminó impaciente al frente del autobús y amablemente pidió al conductor si podía avanzar un poco más aprisa, pues había notado que la gente se impacientaba con tanta calma en un momento tan crucial para todos, pero la única respuesta que obtuvo fue un rotundo no, que era acompañado de una mirada retadora y cínica, que lo invitaba a comenzar una pelea que Alex no deseaba tener.
Alex sólo se había peleado una vez cuando era muy pequeño, y lo hizo por defender a su vecina que era golpeada por las piedras que dos mocosos le lanzaban.
Alex respiró hondo y regresó a su lugar, mientras recordaba la forma en que manejaba el mismo conductor un día antes y que ahora sería su única salvación.
Logró llegar a su trabajo cuarenta minutos tarde y esperando encontrar a su jefe diciéndole que regresara por donde había llegado. Ya lo imaginaba frente a él, gritándole que era un bruto animal incompetente e incapaz de sobresalir en una sociedad hecha solamente para gente con aptitudes.
Salió del elevador y caminó, intentando pasar desapercibido entre los pasillos de la oficina. Se sentó en su lugar después de ver que la oficina de su jefe tenía las cortinas cerradas y rápidamente abrió la carpeta de números telefónicos para comenzar con su rutina. Sonó el teléfono de un posible cliente dos veces en su oído, cuando una mano gorda y pequeña apretó el botón de colgar, dejando a Alex paralizado. Volteó temeroso para mirar a su verdugo y rogó en su interior que éste le diera otra oportunidad. Su jefe comenzó a gritarle que si no se comportaba de manera adecuada y responsable, jamás sería un hombre de bien. Le habló de moral, de ética profesional y de valores que obviamente Alex parecía no tener. Después de cinco minutos, en que resumiendo le dijo que era la peor criatura que hubiera pisado la Tierra, terminó su discurso diciendo que las consecuencias estarían en su cheque, ya que no era le primera vez que llegaba tarde. Repitió la frase, poniendo énfasis en cada palabra, hasta alejarse gruñendo para desaparecer en su oficina. Alex agradeció aún tener empleo y comenzó su día como siempre lo hacía.
El día pasó sin contratiempos y sin vender nada, como siempre.
A mitad de la tarde llamó a las oficinas de tránsito para saber de su vehículo, mientras sentía que lo golpeaban con un martillo en plena frente, al escuchar del otro lado del teléfono que su auto no había sido remolcado por el gobierno, lo cual dejaba sólo una explicación posible, había sido robado, aun cuando el cacharro no arrancaba. Salió de su trabajo totalmente decaído y pensando que ahora no podría pagar sus deudas y comidas con su auto, el cual era su alternativa en caso de no lograr vender nada. De momento, su mente divagaba y se imaginaba la forma en que se habrían llevado un auto que no encendía, seguramente habían usado una grúa. También pensaba que de haber tenido un seguro de autos, hubiera podido recuperar algo del dinero que gastó en su viejo y querido compacto, pero esos pensamientos pronto se fueron, al recordar que no había ganado nada desde que llegó a la gran ciudad, la cual le prometía tanto en un principio. Por suerte había ahorrado algo de dinero que hasta ahora seguía sacándolo de algunos apuros, aunque tendría que comer menos aún, si quería llegar a su empleo en autobús.
Llegó
a su habitación, sin haber comido desde que había desayunado un
cereal sin leche por la mañana. Sentía un hambre atroz, pero
después de hacer cuentas, vio con tristeza y dolor, que sólo tenía
la cantidad exacta de dinero para el transporte de la semana.
Dormiría con el estómago vacío. Encendió el televisor y destapó
su última cerveza caliente. Se recostó para descansar y a su mente
vinieron los primeros días de su infancia.
Recordaba poco de sus padres. Habían muerto cuando era muy pequeño y desde entonces padeció muchas desgracias que borró de su cabeza al pasar los años. Vivió con su tía, que jamás lo tomó en cuenta y que desde el primer día que lo vio, le propuso una cosa muy simple: yo te presto mi casa y nada más, ¿me entiendes? Era un trato duro para un niño de diez años, sin embargo era la única familia que conocía y no tenía más opción. Trabajó desde ese día en lo que pudo para poder comer, incluso en trabajos que no eran aptos para un niño, sin embargo, eso le dio fuerza y valor para llegar a la gran ciudad en busca de algo mejor. Dejó a sus amigos en la tierra que lo vio nacer y luchó más que muchos para sobrevivir en un lugar tan grande, indiferente y carente de oportunidades. Con el tiempo aprendió a ver la vida con alegría, maduró más que cualquiera de su edad y todo para él valía la pena ser vivido.
Pasaron
dos semanas y su auto no apareció. Su casera lo desalojó como había
prometido y comía cualquier cosa barata con el poco dinero que había
obtenido de la venta de su televisor. Intentó vender su reloj
también, pero no tuvo más opción que regalarlo al que creyó un
buen comprador, y que resultó ser un tipo con un arma en la mano y
un, lárgate calladito si no te quieres morir, en la boca. Llevaba
una semana viviendo a escondidas en el cuarto que solía rentar,
gracias a que en algún momento sacó una copia de las llaves. Su
único pensamiento al llegar en silencio al edificio, era que corría
el riesgo de ser arrestado si era sorprendido, o en el mejor de los
casos, encontrarse con otra cerradura. Su situación se volvía más
desesperante con cada día que pasaba. En algún momento pensó que
para estar más tranquilo, debería dejar ese pequeño cuarto que
creía suyo, aunque jamás le perteneció, pero la idea se alejaba al
recordar a los vagabundos y maleantes que se juntaban bajo los
puentes para descansar.
Alex los compadecía y sentía esa pena correr por sus venas, sin embargo, su orgullo y dignidad le hacían imposible imaginarse en una situación así. Su única respuesta era que aún tenía dónde descansar y bañarse para asistir a su trabajo, el cual sentía que pronto le tendría preparado una gran venta, así que no estaba tan mal, aún tenía techo, empleo y salud. Con eso, el mundo estaba en sus manos.
Un día libre, que contra su voluntad fue impuesto en la oficina, se encontraba caminando por un parque cercano a su habitación-escondite. Había salido a la calle desde muy temprano, para evitar ser visto o escuchado dentro del edificio. Caminó todo el día sin rumbo, hasta que terminó vagando por un parque desconocido para él y que le daba la sensación de libertad que a veces anhelaba. Se sentó en una banca para observar a la gente caminar. Un hombre se sentó junto a él y hojeó un periódico que leyó poco y abandonó a su lado. El hombre se alejó y Alex tomó el periódico para leer las noticias que no le gustaban en lo absoluto, sin embargo, estaba tan aburrido y cansado, que por un instante olvidó ese sentimiento negativo que le causaban y comenzó a leer. Llegó a una página en la que se leía la trágica muerte de una mujer y su esposo, causada por un accidente de autos. Bajó la vista para leer el artículo y los nombres saltaron de entre las demás letras. Eran los únicos amigos que había tenido, y quienes habían sido su única familia después de que su estricta y desinteresada tía había muerto. No podía creerlo y la pena le llenó los ojos de lágrimas. Todos los días pensaba en ellos y deseaba muy pronto, en cuanto pudiera costearlo, ir a visitarlos. Por primera vez en su vida se sintió completamente solo, y lloró sin importarle que la gente lo mirara con lástima, pues en ese momento sentía que todo se derrumbaba sobre él.
En pocos días hizo la pena a un lado y continuó con su vida. A veces le dolía no tener a nadie con quien desahogarse, sin embargo luchaba para seguir viendo la vida con ánimo y alegría.
La mañana siguiente se transformó en un día maravilloso, que comenzó como los últimos que tendría en esa oficina si no lograba vender algo pronto.
Vendió el producto que promovía su compañía y esto casi lo enloquece, al demostrarle que no todo estaba tan mal. Además llegaba en buen momento, pues sus últimas monedas se le habían ido en pagar el autobús. Habló con Carlos y le contó que por fin tendría un cheque en sus manos, así que se tomaba la libertad de pedirle prestado algo de dinero para comer mientras ese cheque llegaba. La respuesta fue que tenía una familia que mantener y los gastos lo habían dejado sin nada. Lo intentó con más compañeros y todos tenían la misma respuesta. Sólo el jefe y su secretaria Eva se libraron de ésta petición. El primero de ellos, por ser un hombre tacaño que odiaba a Alex por sobre todas las cosas, y la segunda, porque era conocido que su mamá estaba muy enferma y casi todo su sueldo se iba en comprar el medicamento que la hacía pasar sus días sin terribles dolores.
Pasaron dos días sin que Alex probara alimento. Intentó averiguar si existían lugares de ayuda a gente orgullosa que no se atrevía a mendigar y no obtuvo respuestas. Era un pobre hombre solitario que comenzaba a sentir lo que es vivir en una jungla cruel que no toma en cuenta a la gente. Pasó varios días más, alimentándose de café de la oficina y golosinas que robaba de sus compañeros. El hambre aumentaba por las largas caminatas que ahora tenía que hacer desde su casa al trabajo y de regreso. Y aún así, y pese a todo esto, seguía pensando que no todo estaba tan mal, lo cual comprobó al conseguir vender más después de su primera venta. El cobrar un cheque que se acercaba conforme pasaba el tiempo le hacía seguir adelante, no se sentía un parásito que exigía algo a cambio de nada, por el contrario, era una gran persona que a pesar de tantos obstáculos lograba salir adelante.
El
gran día llegó e imaginaba con deleite que por fin comería algo
que no le dejaría el estómago adolorido. No era mucho dinero, pero
ya no caminaría tantos kilómetros sin alimento encima, también
podría comenzar a ahorrar para un nuevo alquiler y quizás hasta
podría celebrar tomando una cerveza, mientras cenaba algo barato.
Llegó media hora antes a su trabajo, pues había salido más
temprano que de costumbre, gracias al ánimo y la ilusión que ese
cheque producían en él. Entró a la oficina, sintiéndose un héroe
que caminaba por la recompensa que le había costado más
sufrimientos de los que había tenido en la vida. Saludó con más
alegría que de costumbre a todos sus colaboradores. Pasó el día y
anotó tres ventas más a su record. Era un triunfador que llegaría
a la cima del mundo. Faltaban pocos minutos para la hora de salida y
se dirigió al área de cocina para dejar su taza de café. Iba de
camino, cuando la secretaria del jefe pasó a su lado empujándolo y
haciendo que la taza resbalara de su mano. Ella se disculpó y siguió
su camino, atareada y nerviosa, mientras volteaba a veces a mirar
atrás hasta que desapareció en la oficina del jefe.
Alex se recuperó del empujón y recogió los trozos de lo que había sido su taza. Se dirigió al cuarto de servicio en busca de algo con qué limpiar el café que había caído al suelo, pues el jefe no contrataba a nadie que hiciera la limpieza, eso, decía él, eran gastos innecesarios. Abrió la puerta muy despacio, ya que nunca había estado ahí, y quedó sorprendido al encontrar el cuarto completamente iluminado. Escuchó algo y comenzó a caminar lentamente, escuchó ruido de nuevo, parecía que alguien se quejaba al fondo de la habitación. Caminó agachándose a través de los estantes que almacenaban archivos viejos, cosas de limpieza y herramientas para el mantenimiento. Se detuvo cuando comenzaba a escuchar mejor y se dio cuenta que era una mujer que gemía con fuerza, pero algo lo sorprendió más aún, un hombre también gemía. Su mente estaba tan bloqueada por el hambre, el cansancio y el pensamiento de su paga, que jamás imaginó la escena que vería. Se acercó y justo antes de ser visto y salir por completo de los estantes que le servían de refugio, vio sorprendido lo que pasaba a unos metros de él. Quiso alejarse de inmediato, pero la curiosidad fue más fuerte y se quedó espiando por unos segundos, viendo aquello que sólo una vez vivió con la vecina a la que alguna vez salvó, y que después sería sólo su amiga, al enamorarse de un hombre que con el tiempo también se ganaría su amistad.
Carlos se movía sin sincronía, con movimientos torpes y rápidos que hacían vibrar su pequeño vientre. Frente a él estaba la bella Norma, la cual se movía suavemente, exhalando de cada poro una sensualidad que hipnotizaba a Alex, quien miraba cada detalle de su bello cuerpo unirse a la peluda masa del que ni siquiera la miraba mientras hacían el amor. Alex retrocedió en silencio y se alejó turbado por la escena que acababa de presenciar. Regresó para terminar de limpiar los restos de la taza, mientras intentaba, inútilmente, sacar de su cabeza la imagen de esa bella y seductora mujer. Pensaba sin encontrar una respuesta, ¿cómo una mujer tan bella e inteligente podía mantener una relación de ese tipo con Carlos?; un hombre casado, macho desinhibido, descuidado y no muy brillante. Pensó que él tenía más razones para estar ahí adentro y no ese canalla, pues él, a diferencia de Carlos, podía entregarse por completo a una mujer tan bella como Norma. Sin secretos, sin mentiras, simplemente podía hacer completamente feliz a una mujer así, pero la verdad era que él llegaría a su cuarto completamente solo a mirar el techo entre la oscuridad. Había conocido algunas chicas durante su estadía en la gran ciudad, pero todas lo habían botado al no tener dinero para costear los gastos que exigía el proceso de conquista. Eso le recordó que debía pasar con Eva para recibir su cheque, así que olvidó por un momento su carencia de aventuras amorosas y se dirigió por su saco para terminar el día. Caminó por el pasillo que lo llevaría hasta el escritorio de la secretaria de su jefe y se encontró con ella saliendo de la oficina del mismo. Le preguntó acerca de su pago y ésta lo envió a hablar con su superior. Tocó y entró en el lujoso privado, esperando una felicitación por sus avances, pues sabía que comenzaba a lograr los objetivos de la empresa. Saludó cortésmente al que lo miraba con indiferencia y se sentó en un bello sillón. Después de unos segundos de incómodo silencio, las palabras que escuchó de su jefe se volvieron pequeñas frases con un significado siniestro que sonaban así: error en el sistema… perdimos el registro de tus ventas… es un problema que estamos solucionando… no hay cheque a tu nombre…
Al escuchar y ligar cada frase, sintió como la sangre comenzaba a subirle a la cabeza, mientras escuchaba a su superior dar pretextos estúpidos y decir chistes acerca de la situación. El jefe se sentó después de dar una leve disculpa y prometió que le daría un bono la próxima semana. Alex se levantó del sillón y respiró muy hondo, camino frente al inmenso escritorio y pensó que no aguantaría otra semana viviendo del modo que lo había hecho. Cerró los ojos y en su mente buscó una solución a su nuevo problema. La respuesta llegó y pidió a su jefe ese bono por adelantado para poder salir de aprietos. Le contó toda su triste situación y éste demostró la misma indiferencia que todos frente a la tragedia de otro ser humano. Al final de escuchar todas las desgracias de Alex, sin prestar atención, se negó alegando que él estaba mucho más endeudado que cualquiera de sus empleados. Su estilo de vida le exigía gastos mucho más grandes y complejos, algo que obviamente una persona de la clase de Alex no comprendía. Terminó diciendo que la vida podía ser cruel y que recordara ser más puntual y productivo desde ese momento en adelante, quizá así la vida sería más benévola con él. Alex volvió a respirar fuertemente, miró al piso y trató de buscar otra solución, sin dar importancia al último comentario. Le pidió un pequeño préstamo que le ayudaría para comer y transportarse, pero la respuesta volvió a ser negativa y bastante más descortés. Alex sintió que su voluntad lo abandonaba por completo. ¿Qué más podía hacer? Miró por la ventana y pensó que podía saltar si se lo proponía. ¿A quién le importaría que su vida se perdiera? Y lo más importante, ya no tendría que enfrentar tantas injusticias y problemas que trae la vida consigo.
Detrás de su escritorio, mientras Alex luchaba contra la tentación de acabar con su vida en ese momento, su Jefe llamaba a su secretaria y le pedía que no olvidara pasar por el dinero para los cigarros que se le habían terminado y que le entregarían hoy por la tarde. Alex escuchó cada palabra pasar entre sus pensamientos y al oír la exorbitante cantidad de dinero que pagaría por unos cigarros y con la cual él podría pagar su transporte de un mes, volteó para mirar a su jefe que colgaba el teléfono y lo miraba invitándolo a abandonar su oficina. En la cabeza de Alex vinieron todos los problemas que rodeaban su vida. No podría regresar a trabajar al día siguiente, pues el hambre hacia más difícil el caminar una distancia tan grande. Su auto había desaparecido y el ineficiente gobierno que permitía esa clase de cosas, con indiferencia decía que lo sentían. El hecho de pensar en regresar a un cuarto oscuro, húmedo y en el cual no descansaba por el miedo a ser descubierto, también lo atormentaba. La muerte de las únicas personas que eran capaces de sentir su desgracia y apoyarlo de cualquier forma, ahora estaban muertas. El recordar que siempre había padecido carencias y recibido golpes fuertes de la vida, le hizo sentir miserable frente a un hombre déspota y cruel que gozaba de una buena posición, olvidando todo lo que hace a la vida ser digna de vivirla. Su estómago rugió de hambre en ese momento y trató de buscar lo positivo a esa situación, pero esta vez no funcionó, comenzó a perder la calma, su respiración se agitó más y más, cerró las manos y apretó los puños con fuerza. Abrió los ojos, respiró con fuerza de nuevo y se dirigió a la puerta para tomar aire. Estaba viviendo una situación que le hacía sentir, por primera vez en su vida, un odio indescriptible hacia otro ser humano. Abrió la puerta y antes de salir para quizá nunca regresar, giró la cabeza y vio que el desvergonzado jefe lo miraba con una sonrisa burlona, mientras destapaba una botella de coñac con arrogancia. Alex perdió el control por completo al ver a ese hombre burlarse frente a la miseria de otro ser humano.
Todo a su alrededor se convirtió en sombras borrosas de un mundo irreal que lo enloquecían hasta llevarlo a tener pensamientos completamente abominables, y por un momento sintió que podía hacer lo que fuera, ya que a nadie le importaba nada de lo que los demás hicieran. Cerró la puerta y regresó para caminar alrededor del escritorio de su jefe. Se paró justo frente al hombre que seguía sonriendo y lo golpeó con toda su fuerza directo en la nariz. Su jefe cayó de espaldas con todo y su costosa silla. La sangre le brotó sin control del rostro y antes de poder levantarse, Alex ya estaba encima de él con las manos alrededor de su cuello, apretándolo con más fuerza a cada momento que pasaba. Su jefe trataba inútilmente de librarse de quien segundo a segundo lo dejaba sin aire. Pasó muy poco tiempo hasta que sus ojos se exaltaron horriblemente y su lengua se movió en un último intento por respirar. Alex se levantó jadeando y mirando a su alrededor, tratando de asimilar lo que había hecho. No lo podía creer. La angustia comenzaba a crecer. Eso no estaba pasando. Miró la ventana completamente aterrado y pensó en hacer lo que debió haber hecho desde un principio. No tenía opción, jamás fue su meta pasar el resto de sus días detrás de unas rejas cuidándose la espalda cada segundo. Se abrió la puerta del privado y se asomó la cabeza de Eva, Alex la miró directo a los ojos y ésta lo vio extrañada por su actitud. Él volteó hacia el escritorio que estaba detrás y vio que el cadáver no se veía desde la puerta, quizá había otra salida, podía huir, pero, ¿a dónde? El pensar en sumar otro miedo y angustia a su miserable vida, le hizo tomar la decisión de correr hacia la ventana para olvidar que alguna vez estuvo vivo. Miró de nuevo a la asistente y cayó desmayado después de escuchar que ella lo llamaba jefe y verse reflejado en el vidrio de la puerta, luciendo idéntico a quién acababa de asesinar.
Despertó rodeado de sus compañeros de trabajo. La secretaria de su jefe le lanzaba aire en el rostro con una revista. Carlos le sostenía la mano, la cual Alex soltó con rapidez, al recordar en dónde había estado esa mano. Trató de incorporarse para cumplir con su último objetivo en la vida, lanzarse por la ventana, pero la gente que lo rodeaba no le permitía pararse. Enfurecido intentó gritarles que se alejaran, y cuando por fin pudo hacerlo, volvió a perder el conocimiento, al escuchar que de su pecho salía la voz del hombre que acababa de morir entre sus manos.
Despertó de nuevo, pero ésta vez estaba en una habitación oscura y silenciosa. Colocó sus manos sobre su rostro para tratar de despertar, pero sintió un abultado bigote que antes no estaba. Se horrorizó de nuevo y comprendió que eso en realidad le estaba sucediendo. No podía creerlo. ¿Qué clase de maleficio podía ser ese? Jamás creyó en ese tipo de cosas, sin embargo, el vivir algo así le abría la mente a cualquier posibilidad.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vio el gran tamaño de la habitación en donde se encontraba. La cama era enorme y el colchón era tan cómodo como jamás creyó que existieran. Se levantó con gran dificultad para ir al baño que con urgencia necesitaba usar. Había muebles sofisticados a su alrededor y por primera vez en su vida sintió lo que era despertar en un sitio cómodo. Caminó hacia la puerta del baño que estaba abierta. Entró y encendió la luz que encontró después de mucho buscarla. El baño era gigantesco y de un lujo incomparable. Orinó mientras admiraba todo a su alrededor. Las toallas tenían bordados elegantes. En la tina cabrían dos personas cómodamente y hasta el retrete era perfecto. Miró el marco del espejo y no creyó lo elaborado del tallado en la madera. Se acercó para verlo mejor, cuando su rostro se reflejó en el espejo, haciéndole retroceder aterrado.
Sus piernas flaquearon por unos segundos, su visión se nubló y siguió sin creer lo que sucedía. Miró su rostro más de cerca, era el rostro de quien siempre le gritaba por llegar tarde y por no lograr vender nada. Sintió repulsión al recordar esa misma cara tumbada en el suelo con los ojos desorbitados, mientras yacía sin vida frente a él. Intentó sentarse en un taburete, pero le costó más trabajo de lo habitual. En un segundo comprendió por qué. Bajó la vista y se encontró con una enorme barriga que le obligaba a mantener las piernas muy abiertas para que ésta pudiera caer libremente. La sorpresa e incredulidad del momento comenzó a divertirlo, pues nunca había sido tan gordo. Escuchó que abrían la puerta de la recámara, buscó un escondite dentro del baño sin saber qué debía hacer. Encendieron la luz de la habitación y antes de que encontrara donde ocultarse, una mujer alta, de cabello rubio, con unos labios demasiado grandes y una pequeña nariz, le preguntó con un tono de voz chillón y fuerte.
–¿Te encuentras bien?
Alex no sabía qué decir y tan sólo veía a esa mujer que lo miraba impaciente y con gesto de mal humor.
–Sí, creo que sí –respondió, aturdido.
La mujer se alejó murmurando algo y él quedó mirándola mientras se desvestía frente a él sin ningún pudor. Se quitó todo, incluyendo la ropa interior, y le dejó ver unas piernas tan perfectas que le hicieron estremecerse. Sus pechos lucían demasiado falsos, pero aún así, la visión de una mujer tan exuberante desnudándose justo frente a él, le hizo pensar cosas que le hervían la sangre. Para ella no sería extraño que su marido le hiciera el amor, así que se dejó llevar por una inexplicable pérdida de conciencia y se acercó a ella. Tal vez no sería tan malo vivir la vida de alguien tan afortunado, pues la suya había sido una porquería. La tocó con suavidad y rozó su pecho con el brazo. Iba a besarla cuando una fuerte bofetada le hizo retirarse. Quedó sin habla, mirándola mientras ella lo observaba horrorizada y temerosa.
–¡Maldición, soy yo de nuevo! –pensó.
Ella se colocó la bata rápidamente y salió conteniendo el llanto. Alex se aterró y buscó la manera de escapar de toda esa locura. Pasó frente al espejo y volvió a encontrarse con el feo rostro de Luis. Por mucho tiempo no comprendió qué sucedía. Caminó aturdido de un lado a otro frente al espejo del tocador, contemplando el cuerpo de quien había provocado todo esto. Se sentó al borde de la cama y apretó los ojos con fuerza, esperando despertar en su oscuro y pequeño cuarto en cualquier momento.
Abrió los ojos y en su pecho comenzó un dolor agudo y terrible, que le hizo doblarse y caer al suelo sin poder pedir ayuda para que alguien lo salvara de tan espantoso dolor.
Tan rápido como llegó el dolor, así se fue y sin dejar rastro alguno. Alex se levantó y notó que algo había cambiado. Miró a su alrededor, pero ahora todo lo veía de otro modo, era como si la percepción de las cosas fuera diferente y con terrible espanto se dio cuenta que ahora todo lo veía a través de los ojos de Luis.
Alex había pasado a un plano diferente, ahora era un huésped inmutable viviendo en un cuerpo extraño.
No era la conciencia de Luis, mucho menos podía tomar decisiones por Luis, tampoco podía predecir lo que Luis haría, pensaba o sentía. Simplemente Alex era un observador atrapado en el cuerpo de una persona que creyó haber matado. Miró la puerta por donde acababa de salir esa bella mujer y a través de los ojos de Luis, sólo podía presenciar el rumbo que tomaba la vida de éste. Era como si Luis volviera a ocupar su cuerpo y mente, dejando a Alex como un testigo interno de otra vida.
Salió de la habitación y sus pasos comenzaron a dirigirlo hacia la cocina. Abrió el refrigerador y sacó lo necesario para prepararse algo de cenar. No tenía hambre, pero aún así siguió con su propósito. Terminó de prepararse la cena y sonrió al ver el tamaño del sándwich que acababa de preparar. Tomó una lata de Coca Cola y caminó hacia la sala.
Alex solamente podía contemplar objetos que jamás había visto y que llamaban su atención, sin poder detener al cuerpo que lo había atrapado dentro. Era algo tan extraño, que no podía estar sucediendo y que enloquecía a ese hombre que ahora vivía encerrado en otro.
Luis se sentó y encendió el televisor. Su esposa pasó cerca, llorando mientras hablaba por teléfono. Su hijo bajó las escaleras y entró a la cocina. Alex vio que el muchacho también era obeso y tenía el desinterés y la seguridad que sólo un niño consentido puede tener. Luis cambió el canal y encontró las noticias. Alex odiaba las noticias, pero no podía evitar mirarlas.
Esa noche se acostó sin cruzar palabra con su esposa. No vio a su hijo y Alex se dio cuenta que a Luis no le interesaba mucho verlo. Despertó de muy buen humor, parecía que algo grande le esperaba ese día, pero Alex lo desconocía por completo, al igual que todo lo que hasta ahora había hecho Luis. Se preparó para trabajar y salió de su casa sin cruzar ninguna palabra con su familia. Subió a un inmenso auto y manejó aprisa entre calles repletas de tráfico. Los semáforos no eran de importancia, mucho menos la gente y autos que se hacían a un lado, mientras ese sujeto pasaba con su imponente vehículo. Llegó al edificio de la compañía, dejó el auto en el lugar que tenía asignado. Tomó el elevador y caminó por los pasillos, saludando, con pocas ganas de hacerlo, a cada empleado que se aparecía frente a él. Miraba con lujuria y sin disimular, a las empleadas que ese día vestían con atuendos ajustados. Llegó a su oficina y dejó su saco en el perchero, luego dejó el portafolio sobre el escritorio. Cerró las cortinas que daban a los cubículos de los empleados, se sentó y miró por la ventana. Entró su secretaria. Lo saludó muy nerviosa. Derramó café fuera de la taza y comenzó a temblar al acercarse a él. Éste dirigió su mirada al trasero de Eva. La muchacha dejó la taza sobre el escritorio y después saltó nerviosa para alejarse de la oficina, al sentir una nalgada propinada por la pequeña mano del jefe, que sonreía como si fuera un triunfo lo que había hecho.
Pasó el día con los regaños, insultos, nalgadas y corajes habituales. Alex presenció cada segundo de una vida que no le agradaba ni pertenecía y todo el tiempo rogaba porque esa pesadilla terminara pronto. La gente comenzaba a abandonar la oficina, mientras él tomaba tranquilamente un coñac. Miraba a través de la ventana, misma que Alex no pudo alcanzar para conseguir su libertad eterna. Se quedó hasta tarde y esperó por algo que Alex desconocía. Miró su Rolex. Levantó la vista del objeto y vio entrar a su asistente por la puerta. Parecía más nerviosa que de costumbre y su boca dibujaba una sonrisa fingida y forzada.
Se acercó temblando a su jefe, que ahora cerraba las cortinas de la ventana. Eva lo miró con una mueca de tristeza tan profunda, que en Alex dejó una huella que jamás se borraría. Luis gruñó, más que pronunciar palabras.
–¿Vienes por tu aumento?
La pobre muchacha, que demostraba claramente el sufrimiento que causaba esa idea en ella, asintió con un movimiento de cabeza, mientras que de sus ojos caían algunas lágrimas. Él se puso frente a ella con autoridad y la besó en la boca. Ella se alejó de un beso que le causaba nauseas y entre un llanto oculto, se posó lentamente sobre sus rodillas.
Cuando
todo terminó. Luis aún respiraba con fuerza, mientras Alex sentía
que su corazón había sido hecho pedazos, porque había sido testigo
de una atrocidad que siempre deseó mantener alejada de su mundo. Eva
salió de su oficina, asqueada y escondiendo su llanto, mientras Luis
prendía un cigarrillo y miraba a través de la ventana con orgullo y
satisfacción. Alex sufrió enormemente al ver a través de los ojos
de ese hombre, todo el sufrimiento que causaba en los demás y que
disfrutaba como si fuera un hombre valiente y triunfador.
Alex
vivía la vida del individuo al que había asesinado, y si en un
momento se arrepintió por haberlo hecho, ahora lo hubiera hecho de
nuevo sin remordimiento alguno.
Un día
después, Luis sonreía al recordar la clase de sexo humillante que
había tenido la tarde anterior, pero su sonrisa se borró de pronto,
al mirar un reporte que mostraba los ingresos que descendían sin
razón aparente. Eso le preocupaba enormemente, pero en ese momento
tenía pendientes mucho más importantes a los cuales dedicarse, pues
debía reunirse con algunos funcionarios corruptos que le impedían
ingresar ciertos productos al país.
Al terminar su reunión, llegó a casa de mal humor, como era costumbre en él, y al abrir la puerta se encontró con su esposa e hijo sentados en la sala, al parecer muy consternados. Saludó con un gruñido y se paró frente a ellos en medio de la habitación. Sabía que algo había ocurrido, ya que jamás se reunían para esperarlo. Su esposa rompió el silencio y acusó al muchacho de inmediato. Éste había tomado sin permiso la camioneta de su padre y la había estrellado contra una casa, lo cual le costaría una fortuna. Luis comenzó a bufar y sin aviso se lanzó contra su hijo. Lo levantó de los cabellos y le golpeó con fuerza el rostro. Su esposa, al no esperar semejante respuesta, tardó en reaccionar y defender a su hijo, pero Luis era incontrolable. Lanzó al muchacho al otro lado de la habitación y empujó a su esposa para que no se metiera en la pelea. El chico lloraba y se cubría el rostro ante cada ataque de su padre.
Luis se calmó un poco y su hijo aprovechó para correr a su habitación y cerrar la puerta desde adentro. Luis comenzó a reclamar que él trabajaba demasiado para darles el estilo de vida que tenían. Estaba harto de llegar siempre a casa y ver las mismas caras largas. De nuevo, los ánimos se encendieron y Luis al no tener respuestas inteligentes que dar a su esposa, la tomó de los cabellos, la tiró al sofá y comenzó a arrancarle la ropa. Ella se resistía y defendía golpeando a su esposo, pero éste siguió y la violó como ya en otras ocasiones lo había hecho. Alex presenció toda la escena desde un principio y aunque llevaba algunos días viviendo dentro de Luis, seguía sintiendo el profundo dolor de otros a través de la mirada de tan insensible criatura.
Luis
continuaba su camino, sin tomar en cuenta que dentro de él viajaba
un individuo que presenciaba su miserable vida, que para muchos era
envidiable. Pasaba todos los días frente al cubículo que en algún
momento, o espacio del tiempo, ocupó Alex dentro de esa oficina, sin
embargo, en ese mismo pequeño y desgastado sillón, se encontraba un
hombre que Alex jamás había visto y que para Luis pasaba
desapercibido. Pasó el tiempo y Luis seguía disfrutando de su
estilo de vida. Los corruptos le habían dejado el paso libre.
Regañaba, gritaba y humillaba a cada uno de sus empleados por
cualquier motivo. Era déspota con cualquier persona que se cruzara
en su camino. Disfrutaba de las visitas forzadas de su asistente y en
ocasiones tenía relaciones con su esposa después de golpearla un
poco. Llegó el viernes, tomó el teléfono y por error comenzó a
escuchar la conversación que sostenía uno de sus empleados con
alguien más. Hablaban de transferencias de fondos a través del
sistema. Su empleado se divertía mucho al contar lo fácil que era
robarle al cerdo de su jefe. El otro tipo le respondía que no debía
ser por mucho tiempo, para evitar ser descubiertos, y además ya
tenía otras empresas en la mira. De pronto Luis escuchó la voz de
Eva gritar –¡Carlos! –a lo cual, la voz al teléfono respondió
a su contacto.
–Me llaman, debo colgar. –Luis comenzó a perder el control y sintió que algo dentro de él comenzaba a crecer sin que pudiera controlarlo, pues su bendito dinero había sido robado de sus manos, mientras que él, Luis Alberto de la Peña Rosas, era engañado y burlado por un tipo inferior y desleal. Se levantó de su silla, tomó su revólver del cajón y salió sin pensar en otra cosa. Se paró frente a Carlos con el revólver en la mano y desde su interior, como una explosión, la cólera le hizo levantar el arma. Apuntó a la cabeza de quien ahora palidecía al ver a su jefe dispuesto a matarle, después todo se volvió un caos enorme. Eva al ver la escena, gritó y se desplomó, otros corrían para tratar de evitar una tragedia, pero nadie estuvo dispuesto a ponerse en el camino de alguien como Luis, un tipo incivilizado capaz de matar por algunos centavos. Otros se ocultaban bajo sus escritorios y en un instante, Alex gritó en silencio, con fuerza y desesperación, al tiempo que Luis jalaba del gatillo.
Alex
despertó agitado, se encontraba sentado frente a su computadora y se
dio cuenta que acababa de despertar de un horrible sueño. La voz de
su jefe le gritaba desde atrás que si lo volvía a ver durmiendo en
horas de trabajo, no sólo lo despediría, sino que se encargaría de
que en ningún lugar del país volvieran a contratar al haragán de
Carlos Méndez. Al escuchar las últimas dos palabras, Alex
palideció, miró consternado a su jefe y llamó su atención una
foto que estaba a su derecha, era la familia de Carlos. Miró sus
manos y definitivamente no eran como las recordaba. Salió tropezando
al baño y al mirarse frente al espejo, ahogó un grito mientras
retrocedía presa del pánico. Se mojó el rostro y volvió a
levantar la mirada, frente a él seguía reflejada la estúpida mueca
de Carlos y de nuevo se desplomó.
Despertó rodeado de gente que lo llamaban Carlos y le daban palmadas en la mano. Se levantó harto de vivir un sueño que no lo dejaba regresar a la realidad y salió tan confundido que no notó llegar a Norma. Ella pasó junto a él y le susurró al oído que lo esperaría en donde siempre, en quince minutos. Continuó su recorrido, sin ser consciente de lo que ocurría a su alrededor y se dejó caer en su asiento. Tapó su rostro con las manos y no pudo evitar que el llanto comenzara a salir. Una idea le atacó y se levantó de golpe al pensar en sí mismo de nuevo. Corrió a su asiento, al asiento de Alex, para saber si esta vez lograba encontrarse en el lugar de aquel hombre que había visto a través de los ojos de Luis. Llegó sudando a su viejo asiento, sin saber en qué podría ayudar el verse a sí mismo, sin embargo guardaba una esperanza.