Una Noche con B.B. (Español)
Kali Amanda Browne
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Le aullé a la luna anoche.
Si, lo hice.
Estaba claro, nítido y frió; eran casi las 2 de la mañana. ¡La luna brillante y tan plena que era prácticamente imposible ignorarla!
La primera vez que escribí esas palabras fue el 12 de enero de 1998.
Estaba en la esquina de la Tercera y Sexta Avenida - en el corazón de Greenwich Village. Acababa de salir del Blue Note, tal vez el más antiguo y legendario de los clubes de jazz de Nueva York.
La noche y la ciudad parecían electrizadas. . . ¡viva!
Probablemente era yo misma que estaba eléctrica. Acababa de salir del club después de casi dos horas de puro pavor: B.B. King en vivo y en un pequeño escenario. Estaba tan cerca que casi podía tocarlo, pero eso es adelantarse a la historia.
Nunca pensé que tendría la oportunidad de ver a B.B. tocando en vivo. Entiéndase que mi sueño era verlo un club pequeño y una estrella tan grande muy pocas veces hacen eso. Yo podría verlo en cualquier ámbito local, pero algunos artistas merecen ser vistos en un escenario mas intimo. Mi sueño era ver y escuchar a B.B. en una habitación diminuta y oscura.
Sin embargo, allí estaba yo con mi mamá y más o menos 100 fanáticos – abarrotados como sardinas en lata, pero felices como almejas. Era un ambiente muy agradable, que no es algo que se ve todos los días en Nueva York.
El Blue Note es una habitación muy pequeña. Es oscuro y se parece a una cueva. No es mi club de jazz favorito porque me parece un poco claustrofóbico, pero dadas las circunstancias se sentía cómodo. Tengo la sensación de que tenía más que ver con el señor y su guitarra que con la propia habitación.
Pero también hay que poner en cuenta que a $65 por taquilla se imagino una que se podría conseguir a una multitud a medio camino civilizado, ¿no? (Bueno, ahí está mi cinismo neoyorquino.) No importa, esa noche le aullé a la luna y en ese instante me encantó la ciudad y toda la humanidad.
No se me había olvidado donde estaba parada. Había un grupo de jóvenes ruidosos a pocos metros. Dos coches a cruzar la calle, dos policías en su coche patrulla velaban la acción (y a mi aullándole a la luna).
Me sentía invencible y dejando la carterita colgando de mi dedo meñique y con el brazo extendido, decía: "Adelante, asalten. A que no se atreven. Aquí está mi cartera llenita de dinero. La la la."
Mamá se echó a reír. En realidad no estaba diciendo lo suficientemente alto para que los delincuentes me oyeran. Lo hice principalmente para el beneficio de la mamá, estrictamente por entretenimiento morboso.
Los aullidos y mis burlas de los jóvenes no fueron lo más destacado de nuestra noche. Creo que viví cuatro momentos maravillosos claramente para mí esa noche.