1ª Edición Digital
Diciembre 2011
Smashwords edition
© Luis Gutiérrez Maluenda 2010
© de esta edición:
Literaturas Com Libros
Literaturas Comunicación, S.L.
Parador del Sol 9. 28019 Madrid.
ISBN: 978-84-15414-16-2
Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla
Smashwords Edition, License Notes
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Morir en el suelo de la cocina a las siete de la mañana, no es tan malo.
A menos que te pase a ti.
Charles Bukowsky
En el momento en que el sacerdote dirigía el hisopo hacia la tumba recién cerrada de Salvador Ginestá, comenzó a llover. Unas gotas gruesas, perezosas, que rebotaban con ruido sordo en la losa que cubría los restos mortales del empresario barcelonés.
Los escasos presentes en el cementerio del pequeño pueblo cercano a Lérida, donde Salvador quiso siempre ser enterrado, dirigieron la vista al cielo, luego se miraron entre sí sin saber qué hacer. La lluvia no figuraba en la relación de deudos, cuando salieron de Barcelona lucía un sol espléndido y a nadie se le ocurrió que en el lugar del entierro llovería.
Tras unos momentos de vacilaciones, la pequeña comitiva decidió quedarse hasta que finalizara la ceremonia; total, faltaba poco para despedir el duelo y quien más quien menos tenía la esperanza de recibir un buen pellizco de la nada despreciable fortuna del difunto. Aquellas gotas gruesas que caían a un ritmo desparejo necesitarían un tiempo apreciable para calarles. Un tiempo del que, a juzgar por la expresión de premura del sacerdote y sus movimientos acelerados, no dispondrían. Aunque si uno solo de los asistentes hubiese echado a correr en busca de refugio, con toda seguridad los demás le hubiesen seguido.
Lila Bañeres miró el pequeño charco que se estaba formando a sus pies, pensó que el nuevo peinado, con el que pensaba «romper» en la Agencia y con el que celebraba su nombramiento como Product Manager, estaría quedando hecho un asco. No le quedaría más remedio que ir a toda prisa a la peluquería para que se lo repasaran antes de regresar a la Agencia.
También pensó que Salvador se merecía algo más que la preocupación por su nuevo peinado. Al fin y al cabo era su padre, aunque nunca hubiese ejercido como tal, siempre fue «el padrino Salvador», un padrino atento y cariñoso, aunque un tanto distante que visitaba con cierta frecuencia a su madre, y no faltaba jamás al cumpleaños de la niña Lila. La imagen de su cumpleaños estaba asociada al padrino Salvador, siempre con un regalo caro en las manos y una sonrisa paternal al besarla y felicitarla. Un padre, sin embargo, que jamás accedió a regalarle su apellido, a pesar de ser Lila la consecuencia de la relación que Salvador Ginestá había compartido con Montse Bañeres, su madre.
En los círculos burgueses en los que se desarrolló su vida, la paternidad de Salvador Ginestá fue, desde el principio –aunque solo fuese por los años de vigencia y la excelente «buena fama» de ambas familias–, un secreto compartido a voces y aceptado sin acritud.
Lila acababa de cumplir veintiocho años.
El sacerdote murmuró unas palabras apresuradas, sonrió gravemente a los presentes, saludó con la cabeza, recogió los ropones propios de su oficio con un movimiento un tanto amanerado y echó a correr buscando refugio. Todos le imitaron.
Si se apresuraba, Lila llegaría a Barcelona a tiempo para el repaso que necesitaba su peinado. Por la noche, en la Agencia, se celebraba una fiesta «íntima» a la que acudirían unas cincuenta personas. Con ella, sus compañeros la agasajaban por su ascenso, por ser la Product Manager más joven en la historia de la Agencia de Inversiones «Vasco y Andréu Asociados».
Antes de echar a correr con el resto de deudos, Lila lanzó una última mirada al lugar donde reposaría Salvador Ginestá hasta el fin de los tiempos. O hasta que la voracidad inmobiliaria que atacaba últimamente a aquella zona arrasase el pequeño cementerio y construyesen sobre su tumba un local de alterne. Sería un lugar adecuado para el descanso del viejo putero.
Pensando en su madre y Salvador, Lila se reconvino sin dejar de sonreír interiormente.
El grupo se había reunido a salvo de la lluvia en el interior de una pequeña oficina junto a la entrada del cementerio. Allí estaba la familia, junto a unos cuantos vecinos del pueblo, todos ellos gente mayor que habían conocido a Salvador Ginestá en su juventud, antes de que se trasladara a vivir a Barcelona y convirtiese la hacienda familiar en una respetable fortuna.
Sentada en un rincón, las manos cruzadas sobre el regazo, la vista baja, los labios murmurando una oración, estaba Encarnación, la hermana monja de Salvador. En un grupo aparte, formando un sólido muro de dolor, estaban las dos hijas de Salvador, María Inmaculada y María Ventura, junto a la esposa de Salvador, Pura, quien sonrió a Lila con la mezcla de tristeza e ironía habitual.
De Pura, su madre siempre contaba que en el colegio de monjas donde habían coincidido todas la llamaban María Pura, y que fue a raíz del nacimiento de sus dos hijas que eliminó su primer nombre para evitar el chiste fácil: Salvador y las tres Marías.
Didac, el sobrino de Salvador, el hijo de su hermano Enric, fallecido dos años atrás, estudiaba la manera de acercarse a Lila sin que la maniobra fuera demasiado evidente. Didac llevaba más de media vida tratando de conseguir que Lila compartiese su cama, sin conseguirlo. A no ser que tuviese en cuenta un episodio antiguo, en el que, sin saber demasiado bien cómo lo había hecho, se encontró con las bragas de Lila en las manos y la propia Lila esperando, con algo de miedo y enorme curiosidad, los siguientes acontecimientos. Unos acontecimientos que, por otra parte, quedaron en fase de tentativa. Tenían por aquel entonces doce años, y el resultado de aquel encuentro no fue más allá del deseo insatisfecho que a lo largo de los años fue manteniendo el bueno de Didac.
En honor a la verdad deberíamos decir que Lila también seguía recordando el acontecimiento con curiosidad por lo que pudo haber sucedido, pero su curiosidad, a lo largo de los años y a la luz de nuevas experiencias más completas, había ido menguando hasta no ser más que un sentimiento anecdótico sin mayor trascendencia.
Lila comenzó la rueda de despedidas por Didac, así al interponer entre su despedida la del resto de la familia evitaba que él la siguiese. Didac le retuvo la mano más tiempo del necesario para despedirse, mientras le escaneaba el escote.
—A ver si nos vemos con mayor frecuencia, mujer.
—Claro, el jueves en la apertura del testamento.
A Encarnación apenas la conocía, así y todo la beso en la mejilla, acariciando la mano que sostenía un rosario. La monja, con una suave voz de pájaro, susurró:
—Gracias, hija, ahora él está en manos del Señor, que Él te acompañe a ti también.
Cuando se acercó al grupo de las tres Marías, apreció que se abría aquel pequeño abismo que siempre creía ver cuando estaba con ellas, aunque no descartaba que aquella sensación solo fuese real en su mente. Se besaron con cierta circunspección, pero la caricia de Pura parecía sincera.
—Nos hemos enterado de tu ascenso, hija, nos alegramos mucho.
—Cambiaría gustosamente mi ascenso por que Salvador continuase con nosotras, Pura.
—Lo sé, hija, lo sé, pero ya no podemos hacer nada, en todo caso darle gracias al Señor que le ha evitado sufrimientos.
María Ventura, le dijo:
—Estas guapísima, Lila —María Inmaculada tenía los ojos hinchados por el llanto y solo le apretó la mano con fuerza, cuando Lila la beso en ambas mejillas.
Lila se dirigió al pequeño aparcamiento cercado por un muro de cemento blanqueado, allí hizo todo lo posible para que nadie en el sequito dejase de ver su nuevo automóvil, un reluciente Porsche Cayenne de color negro que, si ella no lo decía, nadie adivinaría que había sido adquirido de segunda mano.
Lila, por supuesto, no lo decía.
Al subir y sentarse en el asiento del conductor, la falda de ligera muselina subió hasta medio muslo, una altura más que suficiente para que Didac se animará a probar de nuevo. Sin dar muestras de su aproximación mantuvo la puerta abierta, hasta que el sobrino de Salvador estuvo a tres metros escasos. Solo entonces le saludó con la mano, cerró la puerta y arrancó el Cayenne.
Ya en la autopista, mientras en la salida del peaje hacía rugir con una marcha corta al Cayenne, adelantó a un Alfa Romeo cuyo conductor la había observado con admiración momentos antes, levantó los ojos al cielo y lanzó un beso a las nubes como recuerdo póstumo a la memoria de Salvador . Luego devolvió su atención a la cinta de asfalto por la que circulaba.
Abrí los ojos y me asaltó un estallido de luz multicolor que me obligó a cerrarlos de nuevo. Un tipo armado con un tambor se paseaba por el interior de mi cráneo, iba de una a otra sien, infatigable, cada vez más ruidoso.
Un verdadero cabrón aquel fulano y su tambor.
El peso que sentía sobre mis muslos no era excesivo pero estaba sólidamente asentado allí. Abrí de nuevo los ojos tratando de controlar los furiosos redobles del tipo del tambor. Lo que causaba el peso era la cabeza de una mujer, una cabeza de pelo negro con mechas rojizas y verdes, un horror.
A la cabeza le seguía un cuerpo desnudo. Me incorporé apoyando los codos sobre la cama para verla mejor. Tenía un buen culo, ancho y pesado, como a mí me gustan. El tipo del tambor atacó un redoble enloquecido que me taladró la sien y me hizo gemir. El muy hijo de puta parecía estar en forma, casi pude verle sonreír con unos dientes mellados y sucios. Me tapé los ojos con ambas manos, cuando los abrí de nuevo algo en el dedo meñique de mi mano derecha me llamó la atención.
Un anillo de oro, una alianza de matrimonio, lo acerqué a mis ojos, tenía un delicado dibujo de hojas entrelazadas. ¡La hostia!
Si me había casado prometía dejar de beber para siempre. Y hablando de beber…
Tanteé con la mano el suelo debajo de mi cama, por allí había cosas que no sabía lo que eran, pero no mordían. La encontré al tercer intento, una botella de cava con un resto de líquido dorado. Dicen que el cava es ideal para la resaca. La mujer del pelo negro y mechas rojas y verdes también lo había dicho. Lo de la botella de cava había sido idea suya, parecía tener experiencia en resacas.
Eché un trago, estaba caliente y tenía un gusto acido que me hizo añorar el sabor del whisky. Directamente de mi boca derramé un buen buche sobre el culo desnudo de la mujer de las mechas rojas y verdes. Ella lanzó un breve grito, se removió, levantó la cabeza, abrió un ojo y me enfocó con él.
—¿Aún tienes ganas de jugar, machote? —su voz hacía juego con las mechas del pelo, agresiva y destellante. Tuve la tentación de salir huyendo, pero un rápido vistazo a mi alrededor mostró que estábamos en mi casa, en mi cama. Descarté la huida.
Levanté mi dedo meñique y le mostré el anillo de oro que encajaba a la perfección.
—¿Y esto qué coño es?
—Mi anillo de boda, tonto —se incorporó para ver mejor el anillo. Tenía buenas tetas, también.
—Oye, cariño, como te llames, ¿por qué no te largas?, el día es joven, aún podemos dormir un rato.
—De acuerdo, dame las fotografías del hijo puta de mi marido y me largo.
Empecé a recordar, se llamaba Vanesa, «la Vane» la llamaban por el barrio. Me había contratado para conseguir pruebas de la infidelidad de su marido. Un trabajo fácil, en un par de días había logrado fotografiar el culo desnudo al marido y a su acompañante, amén de un primer plano de la cara de sorpresa de ambos al verse sorprendidos en pleno revolcón.
La Vane me dijo que no tenía dinero para pagarme pero que ella siempre pagaba sus deudas.
Sí, más o menos fue eso.
En un principio la idea no me entusiasmó, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Entre cabrearme o follarme a la Vane, opté por lo segundo.
Si llegó a saber a la velocidad que trajinaba cualquier clase de bebida espiritosa, quizás le hubiese regalado las fotografías del culo de su marido, y a estas horas no sufriría los embates del tipo del tambor. En fin, son los gajes de este oficio y nadie me obligaba a montar una empresa de detectives. Fue idea mía, siempre me han gustado las películas de Humphrey Bogart. Pero a él le pagaban. Y además, en lugar de a la Vane, le ponían a tiro lo más apetecible de Hollywood.
Lástima que el tipo se casase con una fan de Sinatra que tardó tres compases de swing en ponerle los cuernos. Y el pobre tipo duro muriéndose de cáncer. Ni siquiera tuvo tiempo de forrar a hostias a Sinatra. Claro que tenía a los chicos de la Mafia protegiéndole y Bogart, fuera de pantalla, era un tipo tranquilo. En fin, un asunto complicado.
—Están en un sobre, encima de aquella mesa baja, cierra la puerta sin hacer ruido cuando te vayas.
Cerré los ojos y traté de olvidarme de la Vane, del culo peludo de su marido y del dolor que me taladraba las sienes por culpa de aquel jodedor nato del tambor.
Inútil, la voz de la mujer preguntó:
—¿Verdad que yo estoy mejor que esta tía de aquí?—. Hablaba sin mirarme, estaba de pie, desnuda y estudiaba con toda atención las fotografías que yo le había conseguido.
—Claro, cariño, no hay color, ella tiene las tetas caídas.
—Y es vieja ¿o no?
—Una anciana —respondí, tratando de no asesinarla.
—¿Ves?, me casé con un gilipollas.
—Sí, no se ha dado cuenta de lo que tiene en casa. Oye, ¿podrías dejarme dormir?
—¡Joder, tío! Menuda mala leche gastas tú por las mañanas. ¿Dónde habré dejado yo mis bragas?
No le respondí, sus bragas, una cosa negra y pequeña, llena de puntillas y forma de boomerang invertido, por lo que a mi respectaba, podían desaparecer por una brecha del continuo espacio-tiempo y reaparecer en Alfa Centauri, si así les apetecía. El ruido de la puerta del cuarto de aseo al cerrarse me tranquilizó un tanto.
Me dormí.
Me despertó de nuevo el ruido incesante de agua corriendo. Soñaba que estaba sentado en el borde de una enorme catarata que curiosamente sonaba como el redoble de un tambor, luego recordé de qué iba la cosa. Me senté en la cama y esperé. Al cabo de unos minutos, la Vane salió del cuarto de baño, iba desnuda, sus bragas colgaban del dedo medio de su mano derecha. Se me ocurrió mirar su entrepierna por si allí también tenía mechas, en ocasiones soy así de temerario.
No tenía.
Se acercó, me pasó la mano por el pelo y preguntó:
—¿Ya se te ha pasado la mala leche, Gori?
Gori soy yo, es un diminutivo de Gregorio.
Gregorio Marañón, es mi nombre. Tiene cojones la cosa, ¿no?
Gregorio Marañón, la Vane y sus bragas, las fotografías del culo peludo de su marido, mi borrachera. Y el tipo del tambor que no paraba de joder.
¡Menudo cuadro!
El despacho de abogados en el que fueron citados los deudos para proceder a la lectura del testamento del difunto Salvador Ginestá, mi papá, aunque oficialmente, «el padrino Salvador», estaba en la Diagonal, muy cerca de la calle Tuset. El edificio era una estructura moderna de cristal y acero construida, con más pretensiones que gusto, en los años de la expansión económica. Sin embargo, el bufete mantenía el aire rancio que parece que los abogados consideran una señal de buen gusto y fiabilidad.
En cada ocasión que entro en un bufete de abogados, no puedo evitar recordar el despacho del doctor Abílio Remarqués, en la Republica Dominicana. Durante mi viaje a aquel país, le rendí visita para transmitirle los saludos del padre de un amigo, también abogado. Mi primera sorpresa fue ver que, en la puerta de entrada de su bufete, Abílio Remarqués se publicitaba como Asesor Inmobiliario y Abogado del Estado. Era un hombre bien entrado en la cincuentena, grueso y sudoroso, mantenía un pañuelo no demasiado limpio cosido a las manos, con el que frecuentemente secaba su frente a fin de evitar que un sudor tumultuoso se derramara por su rostro. Recibió los saludos de su amigo español con muestras de regocijo, luego trató de interesarme en la compra de unos terrenos en la playa; me aseguró que mantenía una buena amistad con el funcionario corrupto que por 2.000 euros conseguiría los permisos necesarios para construir una casa en la misma arena de la playa, también podía presentarme a los albañiles que, a las ordenes de un arquitecto de confianza amigo suyo, la construirían. Llegué a dudar de la verdadera profesión de Abilio Remarqués, creo que él se dio cuenta de mis dudas, porque me hizo pasar a una estancia más pequeña comparada con la que me había recibido, un amplio despacho lleno de fotografías de propiedades en venta. En el lugar donde me condujo, cediéndome el paso con una reverencia un tanto trasnochada, un ventilador de techo movía sus aspas con pereza, tratando de remover el aire estancado de aquella estancia clausurada y un tanto polvorienta. Le miré con sorpresa, él movió la mano con un gesto ampuloso y señaló la puerta que acababa de cerrar: colgados de un gancho, llenos de polvo estaban la toga y el birrete acreditativos de su profesión. Me los mostraba con orgullo, creo que para aquel hombre el polvo acumulado en su uniforme de trabajo, quien sabe cuánto tiempo inactivo, era una muestra de orgullo, de la misma manera que, en nuestro país, lo es el aspecto rancio o señorial de sus lugares de trabajo para un buen número de nuestros abogados, verdaderos adoradores de la madera noble y las lámparas con pantalla de pergamino.
Aquel día, en el despacho de la Diagonal de Barcelona donde habíamos sido citados, alrededor de una mesa de caoba pulimentada por el roce de innumerables manos a lo largo de muchos años, nos sentamos: Encarnación, rígida en su vestimenta gris y con su sempiterno rosario entre las manos; en el lado opuesto de la mesa, María Inmaculada y María Ventura flanqueaban a Pura, las tres componían la perfecta imagen del dolor atento. Acompañando a Encarnación nos sentábamos Didac y yo misma. La expectación era evidente, la fortuna de Salvador era motivo suficiente para justificarla, especialmente si se tenían dudas acerca del reparto. Una de las dudas que flotaban en el ambiente era si en su testamento Salvador se atrevería a reconocer, en mi persona, la relación que le había unido a mi madre. Todos estábamos convencidos de que así sería.
Yo era la que más convencida estaba.
El abogado, un viejo amigo de la familia, estaba resfriado. Entró en el despacho sonriendo a diestra y siniestra y sonándose impúdicamente; hacía gala de la falta de pudor de quien, después de muchos años de vida, se siente liberado de la rigidez del protocolo y se adentra en la liberación total que, más pronto que tarde, le concederá el reposo eterno. Se sentó, dio un vistazo circular a los presentes, se aclaró la voz con un carraspeo feroz y procedió a la lectura del testamento.
Didac se frotaba las manos, protegido por la porción de caoba que le ocultaba de las miradas de las tres Marías. La reverenda hermana Encarnación parecía prestar más atención a no olvidar ningún misterio del Rosario que a las palabras del abogado. María Inmaculada y María Ventura acariciaban la mano de su madre y prestaban una indudable atención a las palabras del albacea testamentario. Pura parecía encomendar sus deseos al cielo, a tenor de las frecuentes miradas que dirigía al artesonado, un yeso recargado y excesivamente difícil de limpiar, a juzgar por los pequeños restos de telarañas que se ocultaban entre sus arabescos. La imaginaria visión de una araña descolgándose del artesonado por un delgado hilo de seda hasta llegar a la mesa de caoba, protagonizando una serie de enloquecidas carreras, me obligó a esforzarme para contener una sonrisa poco oportuna.
Yo estaba muy nerviosa, tenía planes. Y mis planes necesitaban una buena cantidad de efectivo para ser llevados a cabo.
La voz rasposa del albacea nos informó de lo siguiente: la finca de Figueres, con una valoración de alrededor de los dos millones de euros, sin contar con la posible revalorización al estar afectada por la construcción de un complejo residencial de lujo en la zona, pasaba a ser propiedad de Didac. Un buen pellizco, se mirase como se mirase.
Didac también debía de ser de la misma opinión, ya que durante unos instantes dejó de admirar mis piernas.
A Encarnación le correspondía una suma en metálico de seiscientos mil euros. Así Salvador canalizaba, a través de su hermana, un intento de chantaje celestial que favoreciese el perdón de sus pecados.
—Para la congregación —musitó la hermana volteando el rosario con algo más de vehemencia que hasta aquel momento.
Para «mi querida ahijada Lila» el piso de Poble Nou donde reside Matilde, mi fiel sirvienta, con la condición de que, hasta el fallecimiento de esta, no podrá ser pignorado.
A las palabras del albacea siguió un denso silencio, Encarnación refugió con más ahínco que nunca su mirada en las cuentas del Rosario, las tres Marías intercambiaron en silencio una rápida mirada que contenía una sonrisa maliciosa. Didac movió, sin el menor sentido, el sillón donde se sentaba que rechinó sobre el suelo de parquet pulido. Nadie me miró ni mostró la menor señal de burla o ironía. Motivos había, sin embargo.
El piso donde vive Matilde, la fiel sirvienta de Salvador Ginestá, es una ruina, yo hubiese jurado que tenía más valor arqueológico que residencial. Y por lo que a Matilde respecta, es una gallega con la apariencia, textura y resistencia de una barrica de roble, que mantiene evidentes aspiraciones centenarias. La fiel Matilde podía dar guerra durante más años de los que mi paciencia podía resistir. Así que, a efectos de mis planes, aquel piso, durante muchos años, era un montón de nada.
La araña imaginaria, que había bajado desde el artesonado por el imaginario hilo de seda, se plantó frente a mí y me dedicó unas piruetas burlonas.
Estoy convencida de que gritar, en aquel momento, me hubiese aliviado, pero la educación esmerada que el padrino Salvador me había costeado en un colegio de monjas en el centro de Barcelona primero, y más tarde en un selecto centro laico de la parte alta de la ciudad, me lo impidió. Probablemente el bueno de mi padrino, al escoger mis colegios, estaba pensando en la apertura de su testamento.
Las tres Marías se repartieron el resto de la muy cuantiosa fortuna de Salvador. La sonrisa de satisfacción de Pura, que durante unos breves instantes asomó a su rostro, para mí fue casi tan dolorosa como el resultado del reparto. Las tres Marías me besaron con cariño exagerado al despedirnos en la puerta de la sala. De nuevo sentí un imperioso deseo de gritar.
Ya en la calle, Didac me preguntó:
—¿Quieres que almorcemos juntos un día de estos, Lila?
—¿Dónde?, ¿en Figueres? —respondí.
Lamenté esta respuesta algo más tarde, al fin y al cabo el pobre imbécil no tenía la culpa de la marranada a la que mi queridísimo «padrino Salvador» a los ojos de la sociedad, mi padre en realidad, me había sometido. Pero en aquel momento no pude contenerme. Tal vez de haber podido gritar antes…
Para mayor desgracia, mi Porsche Cayenne estaba en el tercer sótano de un parking situado a tres manzanas de allí.
Al salir de un aparcamiento más pensado para utilitarios que para coches del tamaño del Cayenne, tuve la mala fortuna de rayar con mi parachoques la puerta de un BMW de color gris antracita que estaba a mi lado. Si hemos de ser sinceros, la mala fortuna la tuvo él, el parachoques de un Cayenne es muy potente.
Y es curioso que sucediese algo así, tengo una bien merecida fama de buena conductora.
Hacía un calor lamentable, añoraba una instalación de aire acondicionado que no podía permitirme y tenía sueño atrasado. En las tres últimas semanas solo había entrado un caso en mi agenda de trabajo, concretamente el de la Vane. O sea, que por decirlo de una manera suave, estaba jodido. Una situación como aquella para mi economía representaba una rotura de aguas monetaria; o si lo prefieren, estaba a punto de parir una crisis.
El consuelo era que me enfrentaba a una situación conocida, tenía por tanto una salida de emergencia. Mi salida de emergencia para estos casos se llama Tarik Khatib, es el dueño del mayor supermercado árabe de la calle Hospital, una de las calles paradigmáticas del barrio del Raval de Barcelona, aunque desde hace algún tiempo pasear por ella provoca evocar otros barrios de otras ciudades, gentes que comparten con nosotros la necesidad de sobrevivir son los causantes.
Pero hablábamos de Tarik, de su supermercado y de mis crisis. Ser el mayor supermercado de la zona provoca que sea el que sufre mayor número de pequeños hurtos. Y el que sea árabe, provoca que los ladrones sean mayoritariamente árabes, así la cosa queda en casa. La suma de los pequeños hurtos en el recuento semanal significa un buen puñado de euros, la perdida de ese puñado de euros es la causa de la invocación, por parte de Tarik, de la ayuda y clemencia del Profeta. Pero el Profeta parece estar muy ocupado debatiendo cuestiones celestiales con el resto de Dioses, y los pequeños hurtos siguen produciéndose.
Y aquí entro yo.
Cuando no tengo otra cosa, Tarik me contrata para que le ahuyente a los ladrones. Cobro en especies, lo que representa que obtengo recursos suficientes para comer. Y hasta para emborracharme cuando necesito olvidar que mi vida no es lo que yo había planeado en un tiempo en el que creía en la justicia de los hechos cotidianos. Luego tropecé con la realidad. En realidad tropiezo con ella tan a menudo que casi nos hemos hecho amigos. Tenemos una relación basada en el mutuo respeto: ella pega, yo encajo. Es complicado determinar quién de los dos lo hace mejor.
No es que esté lanzando amargos reproches a la vida que alguien me ha colgado. Ya sé que lo parece, pero no es cierto. En ocasiones me molesta ser como soy, pensar lo que pienso, hacer lo que hago. Pero es inútil que le dé vueltas, en el fondo no puedo evitar que me guste la vida tal como la vivo. En cualquier caso, que me guste más que otras maneras de enfrentarla.
No me tengan lástima y yo no se la tendré a ustedes.
Me disponía a visitar a Tarik cuando alguien llamó a la puerta. Esparcí unos cuantos papeles por encima de mi mesa, traté de componer una expresión de profunda concentración y dije:
—Adelante.
El tipo que entró era alto, delgado y vestía con elegancia afectada. Una elegancia que contrastaba con la mesa desordenada, la silla de tapicería de piel de imitación maltratada por los años, las paredes que reclamaban con urgencia una mano de pintura y mi propia presencia. El hombre debía de estar acostumbrado a los lugares lóbregos, ya que al entrar no contuvo la respiración, solo dijo:
—¿El señor Marañón?
Le dije que sí con la cabeza –era una pregunta sencilla que no requería muchas explicaciones– y colgué el auricular del teléfono que había cogido para dar la impresión de estar muy ocupado. Señalé la silla con la mano y le dije:
—Por favor.
El tipo daba la impresión de estar muy nervioso.
Se sentó en silencio, me miró fijamente y dijo:
—Creo que estoy muy nervioso, lo que vengo a tratar con usted es un asunto muy delicado.
—No se preocupe, en esta empresa estamos muy acostumbrados a los asuntos delicados, incluso estoy pensando en la conveniencia de hacerlo constar en el rotulo. (Por cierto: en la puerta tengo rotulo, una hermosa placa de metacrilato con mi nombre y oficio).
Lo dije sonriendo para que no tuviese dudas de que bromeaba, pero el tipo solo cabeceó, asintiendo, y miró a su alrededor. Tal vez pensó que echar un buen vistazo a una oficina mugrienta tendría un efecto beneficioso sobre sus nervios.
—¿Conoce usted el funcionamiento de un hospital? —dijo como si de repente hubiese recordado el motivo de su visita.
—Como la mayoría de la gente, supongo.
—Un hospital grande —añadió, afirmando con la cabeza algo que para él debía de tener importancia.
—Un hospital grande —repetí por decir algo.
—Sí, grande, lo suficientemente grande como para que en el departamento de farmacia tengamos una cantidad de narcóticos que harían las delicias de cualquier traficante. Alguien está robando cantidades apreciables de esos narcóticos.
—¿Han avisado ustedes a la policía?
—No, y de momento no quiero avisarles. Pero permita que me presente, me llamo Iván Vecina, soy el Director Administrativo del Hospital Virgen del Rocío, y la dirección del Hospital me ha encomendado tratar este asunto con la máxima discreción.
—¿Tienen ustedes algún motivo especial para no avisar a la policía?
Iván Vecina se removió inquieto en su asiento, carraspeó ligeramente, juntó las manos en un movimiento que tenía más de caricia que de fricción, y comenzó a hablar, primero con excesiva lentitud y, conforme iba avanzando, más rápidamente, como si tuviese ganas de terminar su discurso y largarse lo antes posible.
—Verá, nuestro hospital es un tanto complejo, por un lado somos una fundación privada, en un principio benéfico privada; o sea, con capital aportado por particulares. Por otro lado estamos concertados por el Instituto Catalán de la Salud, eso quiere decir que atendemos a pacientes por cuenta de la Seguridad Social. Hasta aquí es una situación bastante convencional, aunque ya da motivos suficientes para tratar un asunto como el que me ha traído a su despacho con la máxima discreción. Pero en nuestro caso se presenta una nueva particularidad, por razones de optimización de nuestra gestión económica alquilamos nuestras instalaciones y servicios a facultativos de prácticamente todas las especialidades, ellos atienden a pacientes particulares y usan nuestras dotaciones técnicas y los distintos servicios, incluida la Farmacia, con un reparto de gastos muy elaborado, racional y en el que la mutua confianza es absolutamente necesaria, por mucho que nuestro sofisticado sistema informático dé cumplida respuesta a cualquier duda que pueda surgir en este aspecto. Con estos parámetros, usted comprenderá, no podemos permitir que el hecho que le he relatado salga a la luz antes de estar mínimamente controlado. Si avisamos a la policía no creo que podamos evitar que aparezcan toda clase de murmuraciones con el perjuicio que esto nos causaría.
—¿Y qué cree que yo pueda hacer que no haga la policía?
—Hemos pensado que usted podrá averiguar quién es la persona que nos está robando, entonces tomaremos las medidas que consideremos más oportunas. Por supuesto tendrá toda nuestra colaboración, podrá moverse con total libertad por las dependencias de nuestro hospital. Si así lo desea, le haremos pasar por uno de nuestros empleados.
—Ya veo, creo que puedo ayudarles. Mi tarifa es de 100 euros diarios más los gastos que provoque mi gestión.
—No hay problema.
—De acuerdo, señor Vecina, déjeme pensar en el enfoque que le vamos a dar al trabajo, y que organice mi agenda de manera que pueda dedicarles el tiempo necesario. Cuando lo haya determinado le telefonearé y se lo expondré, si ustedes están de acuerdo empezaré de forma inmediata.
—Bien, de acuerdo, ¿Cuánto tiempo cree que tardará en coordinar estos detalles?
—Mañana me pondré en contacto con usted.
Aunque no se lo iba a contar al elegante señor Vecina, mi agenda ya daba brincos de alegría al pensar que sus páginas dejarían de ser un páramo solitario. En cuanto a la forma de enfocar el asunto, solo veía una: la dirección del hospital me presentaría como un asesor externo especializado en la racionalización de métodos de trabajo, eso me permitiría entrar y salir a voluntad de las instalaciones del hospital, y hacer preguntas a cualquier persona de cualquier departamento sin verme obligado a dar muchas explicaciones. Pero eso era lo que le expondría al día siguiente a mi cliente.
No le pregunté a aquel hombre la razón por la que había acudido a mi agencia en lugar de a alguna de las varias agencias con solera que había en la ciudad. Era obvio, a mi me consideraba más manejable.
Se había informado a fondo.
Salí a la calle dispuesto a celebrar mi buena fortuna. Por las callejas del Raval el calor provocaba que la gente se moviese sin demasiado sentido, provocaba un zureo humano, un rumor de fondo insensato, que en aquellos momentos, con mi crisis aparcada, me resultaba reconfortante.
Un negro alto y fornido le dijo una barbaridad a una chica latina, que caminaba esforzándose por evitar que una de sus tetas se escapase por el desmesurado escote de su camiseta. Ella le aconsejó acerca de lo que podía hacer con su sexualidad en sus ratos libres y se alejó sonriendo.
Dos árabes caminaban lentamente, las manos cruzadas en la espalda, comentaban con mesura la falta de respeto que nuestra sociedad muestra con las enseñanzas del Profeta.
Una puta, con la expresión corporal fatigada por un retiro tardío, apoyaba una mano en la pared, mientras, entre maldiciones, con la otra mano trataba de arreglar el tacón de su zapato que se acababa de romper, la falda de tubo estrechamente ceñida a sus muslos le impedía hacer los movimientos adecuados. Tiró de la falda hacia arriba hasta casi enrollarla en sus caderas, al hacerlo mostró unas piernas demasiado llenas y unas bragas rojas caladas.
Un tipo cargado con un saco de algo que parecían hierbas se paró y silbó admirativamente. La puta le señaló con una mirada asesina y gritó:
—¿Tú que miras, mamón? —. El tipo le lanzó un beso y se alejó sonriendo, ella continuó a lo suyo con el tacón roto.
Yo estaba feliz, acababa de sortear la crisis. Mi horizonte vital estaba libre de problemas. O al menos eso creía yo.