Fiesta con Havana Club
By Andrés Casanova
Published by Ed. Amarante at Smashwords
Copyright 2003 Andrés Casanova
Copyright 2011 Ed. Amarante
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Para Francisco y Sonia, amigos verdaderos, porque desde tanta distancia como nos separa entre Tiana y Las Tunas, me ayudan a que mi ilusión por la literatura no fallezca.
A mi esposa y mis hijos, porque siempre han creído en mí.
Esta novela pretendía llamarse a sí misma La muerte del último de los espías; sin embargo, la convencí de que sería un título harto efectista y me ofreció entonces la posibilidad de renombrarla aludiendo de manera simbólica a uno de sus espacios fabulares.
También aclaro que junto con mi novela Tormenta tropical de verano, ya publicada en tres ediciones diferentes, podría perfectamente constituir un díptico que me atrevería a titular Cuba, tan alegre como su sol, aunque ambas transcurren en ese fragmento de la realidad literaria llamada Ficción.
Al voltear la cabeza, la jovencita sacude unas minúsculas briznas de tejido blanco que se le han adherido a la altura de los glúteos a su vestido, de color negro, ajustado al cuerpo y que delinea su figura garbosa de una delgadez armónica.
“Tengo que seducir a ese tal Miguel Eugenio Bavastre”, piensa sin ocultarse a sí misma que todo podría fracasar si no lograba causar una buena impresión al hombre en quien más ha pensado durante las últimas horas. Como le había aconsejado Carmita Sandoval, debía permitir que el hombre se explayara, que de veras se ilusionara con la idea de estarla enamorando. El narcisismo era típico, según el decir de Carmita, de los carcamales que envejecen en los sillones del poder creyendo ser grandes personalidades, virtuosos, especie de reyes o más bien dioses capaces de obrar milagros. Sujetos deseantes, como los definía en términos psicoanalíticos la Sandoval.
Coloca el pie desnudo encima de la pequeña banqueta acolchada y sus ojos recorren la habitación. Los cuadros colgados de las paredes resultan de buen gusto; tres de ellos llevan la firma de Flora Fong y otro de Amelia Peláez. En la esquina más lejana hay un altar y encima de él un becerro de oro flanqueado por cuatro lámparas votivas. El color púrpura de la alfombra contrasta con el rojo de las cortinas que cubren la pared donde se halla el ventanal desde el que puede verse un mar verde azulado, quieto y sin manchas. El malecón habanero está prácticamente vacío de paseantes, si acaso alguna que otra muchacha haciendo señas con la mano a los vehículos que pasan conducidos por extranjeros.
Luego de ajustar la media de seda contra la piel, tal parece que no ha cubierto la desnudez de sus muslos sino la ha acentuado. Huele a perfumes caros, a un licor embriagante y afrodisíaco.
“Como me explicaba la muy descarada de Carmita: debo ser capaz de suspender la certidumbre de Bavastre, hasta que se consuman sus últimos espejismos”.
Calzó el pie con una sandalia destalonada mirándose al espejo una vez más. El pelo castaño, lacio y corto, le daba a primera vista un aire de muchacha terrible y ella lo sabía: era el ardid utilizado cuando debía enfrentarse a un cincuentón soltero, de finas maneras y parsimonioso en el hablar, acostumbrado a discretas experiencias con jovencitos, tal como le había descrito el español Francisco Llobregat a Bavastre. Mientras delineaba los labios con un creyón magenta, recordó la afirmación de Sandrito Rojas: cuando se trataba de cazar un hombre como Miguel Eugenio Bavastre, era preferible no emplear colores cercanos al bermellón porque esta tonalidad ahuyentaba a los homosexuales.
“Claro, yo no estoy segura de que Bavastre lo sea. Sólo empleo los datos del español; sin embargo, no pierdo nada con presentarme en facha de trasvesti. Muchos hombres de edad madura se encuentran aburridos de las mujeres y anhelan una aventura diferente”.
Apagó las lámparas y estuvo contemplando reconcentrada el becerro de oro.
—Permite una vez más mi independencia de las groseras formas materiales —dijo en un tono de ruego entrecerrando sus ojos—. Concédeme de nuevo el poder que me renuevas cada día y conviérteme en Zhenia Ortiz.
Un relámpago sólo visible para los ojos de la muchacha voló por los aires sin que llegara de ningún lugar. Las lámparas se encendieron de nuevo con el impacto de una chispa proveniente del relámpago y ella abrió los ojos. Sus labios sonreían en clara señal de haber logrado lo que se había propuesto.
Luego de salir al pequeño balcón y observar un rato el ir y venir de los vecinos descubrió a una mujer de elegante caminar. La conocía del barrio y habían sido amigas durante su niñez; por suponerle una edad se dijo que tendría treinta años. Aún no acababa de comprender por qué había venido hasta el balcón al salir del deslumbramiento que le ocasionaba la adoración matutina del becerro. Casi saliendo ya del éxtasis que la había sustraído por completo del mundo cotidiano, llegó a sus oídos como en un susurro una explicación a la duda que acababa de plantearse en el cerebro: esa muchacha sería su sirvienta.
—¡Qué misterios tiene la vida! —exclamó en voz alta—. ¡Es como si el destino me empujara hacia las mujeres!
Se encogió de hombros y atrancando con muchas precauciones la puerta que daba al balcón tomó de encima del televisor un cigarro Marlboro. Le dio vueltas entre los dedos como indecisa, hasta que decidió prenderlo y al absorber el humo dulzón su cara se transfiguró por completo.
“¡Este maldito vicio me domina, destruyéndome. Si pudiera actuar... si pudiera sobreponerme!”, pensó aplastando con rabia el cigarro contra el cenicero y traspuso el umbral cerrando la pesada puerta de caoba con dos vueltas de una llave que guardó en la pequeña cartera colgada del hombro.
Sabía que al caminar por las calles del barrio con aquellas ropas tan estrechas y cortas despertaba la lujuria de los hombres. Disfrutaba poniendo a prueba el desarrollo que iban adquiriendo sus oídos a medida que adoraba al becerro mayor cantidad de tiempo al día; también olfateaba de una manera felina y sus ojos viajaban hasta los rincones más insospechados de las personas que no podían evitar observarla.
Escuchó detenerse la máquina cortadora de césped del hotel Nacional y al jardinero cuando exclamaba una frase soez relacionada con la hermosura de su cuerpo. Siguió de largo, parsimoniosa, y al llegar a la siguiente esquina un grupo de jovenzuelos enmudecieron al verla; unos recostados contra el muro de una elevada vivienda, otros agachados y el que a ella le agradaba sobremanera, de elevada estatura y musculoso, al frente de todos como su líder natural.
—Esa muchacha vive en uno de los apartamentos de la calle ene —oyó que dijo el que le gustaba —. Me parece que es jinetera.
—Se llama Zhenia —murmuró un mulato de pelo lacio, el mismo que según el español Francisco Llobregat ella debía evitar. La policía lo tenía bajo control por contrabando de marihuana y ella tenía que mantenerse al margen de todo delito si pretendía que la misión encomendada no fracasara.
Fue pasando lentamente, como si se exhibiera en una exposición de modas. Sabiéndose desnuda en el cerebro de aquellos jóvenes que a cualquier hora pululaban por los alrededores del hotel, sintió deseos de entregárseles a todos. Era una lástima que todavía no hubiese logrado ser por completo idéntica a Zhenia Ortiz.
Olvidando a los jóvenes, entró a la zona de los taxis en el hotel Nacional. Uno de los custodios se le acercó.
—Ah, Zhenia, no te había reconocido. Ya iba a decirte que no se permitían jineteras sin el acompañante extranjero.
—No empieces con tus bromas, Rodolfo. Necesito un taxi con toda urgencia.
—Hoy resultará difícil. Estamos despidiendo a una delegación de Guatemala y...
—¿Estamos? —lo interrumpió con sorna—. ¿Desde cuándo eres el dueño del hotel?
—No fastidies, hermosota. Te digo que hoy el asunto está malo para que puedas usar un vehículo.
—¿Acaso mis dólares no valen igual que los de los extranjeros?
—No te hagas la difícil, diablesa con cuerpo de virgencita. Bien sabes que cuando ellos necesitan los taxis...
—Basta ya de charlas —se incomodó ella—. Toma un dólar de regalo, y mándame en un taxi que vaya cerca del hotel Tritón.
A los pocos minutos, acompañaba a un extranjero achaparrado y de color cobrizo; iban en el asiento trasero del flamante taxi color frambuesa y el hombre no lograba dominar los impulsos de dirigir su mirada hacía el escote de la muchacha.
—Niña —rompió el silencio el extranjero con un dejo cantarín de su voz, disfrutando el color acanelado de los muslos de la jovencita descubiertos hasta casi su mismo nacimiento—, me dijo aquel señor... el que me habló para que te vinieras conmigo... que ibas cerca del Tritón.
—Así es —contestó ella preguntándose la nacionalidad de su acompañante. Observó divertida que el taxista estaba tratando de ubicar el espejo retrovisor en una posición que le posibilitara contemplarla sin dificultades.
—¿Por qué no me acompañas al hotel? Pago todo lo que consumas y, además, cincuenta dólares sí te quedas conmigo hasta mañana.
Zhenia Ortiz sintió deseos irrefrenables de colocar su boca junto a la de su acompañante y cuando él pensara que iba a besarle, de un mordisco feroz quedarse con su nariz entre sus fauces.
—No soy ninguna prostituta— se defendió, en extremo recatada—. Voy a pagar la mitad del costo de mi pasaje.
Extrajo amenazante de su pequeña cartera de vinil un billete de cinco dólares. El extranjero tragó saliva.
—¿De qué lugar es usted? —volvió a la carga Zhenia.
—De Nicaragua.
—¿Y no le avergüenza ultrajar a las mujeres de un país que tanto ha ayudado al suyo?
El hombre chaparro quedó pensativo sin atreverse a contestar, mientras Zhenia aprovechaba su silencio para dedicarse a planear la manera de llegar hasta Bavastre.
Zhenia llega al edificio donde un cartel con letras artísticamente modeladas anuncia que se trata del Ministerio de Desarrollo Técnico al nivel central. Sube despacio la escalinata y el custodio le ordena detenerse.
—¿Qué desea la compañera? —indaga el guardián, mirándola desde los pies hasta la cabeza.
—Tengo una entrevista con el jefe de despacho del Ministro. Con el señor Miguel Eugenio Bavastre.
—El compañero Miguel Eugenio Bavastre —especifica él y se mantiene en silencio, como si aguardara que ella repitiera sus palabras sustituyendo señor por compañero.
—Exacto. Me espera desde hace quince minutos —mira el reloj y después observa al hombre con ojos amenazantes.
El funcionario uniformado respira de manera entrecortada, sin poder ocultar el nerviosismo.
—Venga... venga... —balbucea invitándola a sentarse en un sillón, solícito. Él mismo toma el carné de identidad de la muchacha y camina hasta el elevado buró de la recepcionista—. Hazle el pase de entrada a la compañera —ordena.
—¿Qué mosca te ha picado? —susurra la funcionaria—. ¿Desde cuándo has sido tan educado con los visitantes?
—Déjate de bromas y llama de inmediato al compañero Bavastre. Infórmale el nombre de la compañera y verifica si de veras la tiene citada, aunque estoy seguro de que sí. Le oí comentar durante el desayuno que esperaba una nueva secretaria en sustitución de la difunta Migdalia.
—Caramba, Medina, no pierdes la costumbre de estar escuchando las conversaciones de los demás.
—¡Apúrate y ya! —exige el hombre.
A los pocos minutos Zhenia disfruta de una agradable vista al mar desde unos de los ventanales en el quinto piso. Mientras espera que Bavastre salga del despacho del Ministro, observa lo que será su espacio de trabajo durante los próximos días, algo para lo que viene preparándose desde meses antes. Le gustan los dos buroes de madera preciosa y la computadora con todos sus accesorios; se dice que el correo electrónico facilitará enormemente los planes del español Francisco Llobregat. Deteniendo la respiración y cerrando los ojos, un viejo truco aprendido en la escuela de París, puede escuchar con toda claridad la conversación entre las dos mujeres que se hallan en la oficina contigua, separada de donde se encuentra ella por dos puertas abatibles de cristal. Allá también tienen dos computadoras personales y varios archivos para disquetes, supone. Los baños de ambas oficinas son independientes. "Podría meterme en el nuestro con el viejo sin que nadie se entere", piensa Zhenia acostumbrada a poner en su mente todo tipo de pensamiento lujurioso.
—Acércate —oye que dice la muchacha más joven.
—¿Para qué? —contesta la que hoy bien temprano ha visto desde su balcón y había adivinado que acabará siendo su sirvienta.
—Lo que voy a contarte te interesa. ¿Tú solicitaste la plaza de secretaria adjunta apenas murió Migdalia?
—Sí, ¿y qué hay con eso, Chinita?
—Acércate, Juanita, por favor. No puedo arriesgarme.
Zhenia se ve obligada a reducir hasta el nivel mínimo el ritmo de la respiración, algo verdaderamente arriesgado porque corre el peligro de asfixiarse. Es la única alternativa para evitar que el sonido del aire entrando y saliendo por su propia nariz le impida escuchar con claridad. Una de las mujeres se levanta despacio moviéndose dentro de la amplia oficina de manera que ahora se encuentra más alejada de Zhenia.
—Juanita, vieja, esa tipa que acaba de llegar... la que está en el despacho de Miguel... va a ser la nueva secretaria adjunta.
—¡No puede ser! ¡La comisión de empleo todavía...!
—Por favor, no alces la voz. Pueden oírnos. Te estoy alertando. La comisión de empleo no te dará respuesta. Yo escuché ayer una conversación telefónica entre Miguel y el español... Francisco Llobregat... y Francisco le dijo que hoy le enviaría a “la niña más linda de la Habana”... así le dijo... para que la convirtiera en su secretaria.
—¡No puede ser! —gimotea Juanita—. ¡Yo conozco a esa descarada! ¡Es de mi barrio! ¡Siempre ha sido una prostituta!
—No te mandes a correr, Juanita Bordal, no te mandes a correr. Tu carácter impulsivo siempre te ha llevado al fracaso.
—No tienen motivos para negarme la plaza. Desde hace diez años estoy trabajando en niveles centrales y me han clasificado como de absoluta confianza.
—Has tenido menos suerte que yo.
—¿Por qué, Chinita?
—He logrado conectarme con una agencia clandestina que ofrece mujeres de compañía a extranjeros. Cada vez que necesitan mis servicios, me llaman y me pagan entre setenta y cien dólares.
—Eres asquerosa.
—Soy una prostituta nocturna.
—Descarada.
—Acompaño a los extranjeros sin importarme la edad que tengan y me pagan muy bien.
—¡Eres una perra! —dice rabiosa Juanita y Zhenia supone que de inmediato se sienta en su silla, anegada en lágrimas.
Cuando Bavastre sale del despacho del Ministro, se deshace en zalemas frente a Zhenia. Ella se siente observada y a la vez se dedica a contemplar al funcionario. Sus maneras parecen las de un gran señor y la estatura es elevada; de tez muy blanca, correctamente vestido, a la muchacha acaba por parecerle un hombre muy elegante.
—Y bien, señorita —Bavastre camina hasta quedar frente a ella tomando entre las suyas la mano derecha de la joven y besándola con todo respeto—, ya puede usted considerarse mi secretaria.
Zhenia medita unos instantes, fingiendo deleitarse con el movimiento de las olas del mar. Ha averiguado el procedimiento a seguir para ingresar al ministerio y conoce que antes debe ser investigada por el comité de protección física, departamento que luego de estudiar el caso informará los resultados a la comisión de empleo y ésta, vistos los expedientes de las solicitantes, comunicará su elección a la dirección de recursos humanos. De una manera muy astuta, sin apresurarse, va dándole a entender a Miguel Eugenio Bavastre estar al tanto de las reglas.
—Ah... niña bellísima... cuánta hermosura la tuya —no puede refrenarse el hombre y la besa respetuosamente en la cara una y otra vez.
—Ya... ya... por favor... que me va a descomponer el peinado y a quitarme el maquillaje —le empuja ella suavemente por la cabeza y el hombre se aparta, avergonzado.
—Perdón —se excusa corriendo hacia el baño, donde abre el grifo del agua y resopla con violencia. Al salir, parece más calmado—. Niña hermosa —suspira—, cuando Francisco me enseñó tu foto, tanto me enamoré de ti que cada noche me duermo contemplándote.
—No se destruya —dice sonriente Zhenia, provocativa—. Yo podría convertirme en su esposa.
El hombre mayor se atraganta. No sabe si ella habla en serio.
—Sería una forma de agradecerle haber burlado los mecanismos burocráticos que tratan de impedirme trabajar con usted.
—Estoy enamorado de ti —dice solemne Bavastre, sin moverse de su sitio.
—Dígame entonces la verdad —exige Zhenia—. ¿Ya soy la secretaria adjunta?
En ese instante, entra un hombre a la oficina contigua y cuando Zhenia Ortiz lo oye hablar pierde la compostura.
—Esa voz... —se pone de pie, sobresaltada.
—¿Qué hay? —indaga extrañado Miguel Eugenio, viniendo hasta ella—. ¡Te noto asustada!
—Esa voz —se ataruga Zhenia—... yo la conozco.
—Tranquila, hermosa —la toma entre sus brazos acariciándola con ternura—. Tranquila, niña mía.
—¿Quién es él?
—¿Quién es él? —repite alelado Bavastre en tono de duda—. Pues... el mensajero... Ezequiel o algo así creo que se llama.
—Quiero verlo.
—Lo llamaré —dice liberándola de sus brazos—. ¡Juanita! —alza la voz Miguel—. ¡Dígale al mensajero que entre a mi despacho!
En breves instantes, un hombre fornido, de edad similar a la de Miguel Eugenio, deja ver un agradable rostro. Cuando sus ojos y los de Zhenia se encuentran, un relámpago invisible atraviesa el espacio entre ambos. Queda enmudecida y un estremecimiento interior comienza a agitarla: sólo puede contemplar una especie de aureola que rodea al recién llegado. "Es él... es él...", piensa atemorizada. Siente cómo la angustia va creciendo dentro de ella, y por más que lo intenta no logra espantar la visión: así le ha advertido en varias oportunidades Carmita Sandoval que le sucedería cuando apareciera una persona cuya visualización trajera al plano del consciente la nostalgia por el falo, el descubrimiento real de que no era posible amar porque nunca había existido en ella el deseo por un objeto contrario.