Excerpt for Amistad by Rodolfo Martínez, available in its entirety at Smashwords

Amistad

Una historia de Yáxtor Brandan


Rodolfo Martínez



Copyright © 2011, Rodolfo Martínez



Primera edición: Diciembre, 2011



Diseño de cubierta: Sportula



ISBN: 978-84-939203-3-3



SPORTULA

www.sportula.es

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Contenido


Amistad




En realidad, lo que un hombre puede hacer con sus mensajeros no conoce límites; no, mientras sepa ordenarles con precisión lo que deben hacer.

Sean lo que sean (transmisores de la voluntad divina o una forma de vida microscópica que no comprendemos) parecen extraordinariamente bien adaptados a la mente humana, como si hubieran sido diseñados para estar al servicio de nuestra voluntad y nuestros deseos.

¿No es entonces irónico que no los produzcamos nosotros? ¿Que sólo se generen en los bosqueoscuros y en el interior de los carneútiles? ¿No es inquietante ese pensamiento?


Qérlex Targerian



Fléiter Praghem estaba disfrutando del último acto del drama. O quizá de la tragedia.

Algo apartado, pero lo bastante cerca para no perderse ni un gesto, acunaba su copa de vino con parsimonia, asentía distraídamente a algún comentario de sus compañeros de mesa y, en general, aparentaba encontrarse en los últimos pasos del camino hacia la borrachera.

En realidad, su mente no podía estar más despejada; sus sentidos, más alertas.

El joven adepto empírico que lo había orquestado todo se estaba comportando como un auténtico virtuoso en su tarea. Fléiter había recibido órdenes de dejarle hacer, pero también de mantener a sus hombres cerca por si era necesaria una intervención de urgencia. Presentía que no iba a hacer falta.

Ya no quedaba mucho para que aquel último acto (que, tarde o temprano, tendría un epílogo sangriento) llegara a su final. Más allá de la terraza, la ciudad era un hervidero de voces airadas. Y, a lo lejos, se distinguían varias hogueras. Bagrephor, una de las principales ciudades-estado de Ashgramor, estaba a punto de abandonar cualquier pretensión de civilización y sumirse en el caos.

Y el responsable de todo estaba sentado no muy lejos de Fléiter, en la mesa principal de aquel descabellado banquete, junto al actual jerarca de la ciudad, de cuyas palabras y gestos parecía pendiente como si el mañana no existiera.

Bueno, se dijo Fléiter. En cierto modo era cierto. Para el jerarca no habría un mañana.

El rostro del joven era la imagen misma de la inocencia y el arrobo. Atendía a su amante con una atención solícita y dedicada, para nada abyecta, y respondía a sus requerimientos con una disposición casi inocente.

Sólo que de inocente tenía poco.

Fléiter se preguntó cuántos años tendría. No aparentaba más de veinte, pero sin duda era un hombre mayor, un adepto empírico experimentado, un agente bien curtido que, como hacían a veces, había usado sus mensajeros para cambiar su apariencia física y presentar un rostro y un cuerpo más juveniles.

Oyó un ruido a sus espaldas. Y al volverse (de un modo torpe, medio abotargado, como correspondía a su papel de borracho) Fléiter pudo ver entrar al capitán de la guardia urbana acompañado de media docena de hombres.

El jerarca se puso en pie. Era evidente que no esperaba aquella intrusión. Impasible, el capitán siguió caminando y sólo se detuvo cuando llegó a la mesa principal. Saludó con un gesto marcial, apretó la mandíbula y dijo:

—Adunor Sarac, la asamblea libre de Bagrephor te acusa de crímenes contra la comunidad. Es mi deber escoltarte hasta el lugar donde serás custodiado en espera del juicio que te aguarda.

El jerarca parpadeó, como si no comprendiera las palabras del capitán. Fléiter casi sintió pena por él. Aunque no tenía sentido malgastar su compasión en un tipo que seguramente no era más que un déspota sanguinario y degenerado.

Aunque bien podría ser un santo, para lo que a nosotros nos importa, se dijo. El problema no es su personalidad, sino el cargo que ocupa y dónde lo ocupa.

El capitán repitió sus palabras. Aún aturdido, el jerarca miró a su alrededor. De un modo sutil, casi instintivo, todos los que estaban en su mesa se habían apartado unos centímetros… Todos menos el adepto empírico.

—Esto es ridículo —dijo el jerarca—. Esta ciudad me pertenece.

—Ya no —dijo el capitán.

—Lo veremos.

El jerarca alzó una mano, en un gesto que, apenas unos minutos atrás, habría convocado a una docena de mercenarios letales a su alrededor. El único resultado que obtuvo ahora fue el silencio.

—¿Qué…?

El capitán hizo una señal a sus hombres y éstos pasaron al otro lado de la mesa.

—No os saldréis con la vuestra.

—Ya lo hemos hecho.

Intentó resistirse, pero poco podía hacer frente a cuatro fornidos soldados a los que les importaba bien poco guardar miramientos con su augusta persona. El jerarca pareció darse por vencido al cabo de un rato y, entonces, volvió la vista su derecha.

—Yaxétor. —La palabra, el nombre, tenía algo de súplica.

El joven alzó la vista.

—No hay nada que pueda hacer, mi señor —dijo, con voz acariciante. De pronto, se encogió de hombros—. De hecho, ya he hecho cuanto he podido.

El jerarca frunció el ceño. Comprendió de repente. Se tambaleó un instante y, de pronto, su cuerpo se puso rígido. Si no hubiera estado sujeto por los soldados, habría saltado sobre el joven.

—Víbora —escupió.

—Sólo cumplo con mi deber —dijo el adepto. Su voz ya no era un susurro dulce. Era la voz profunda de hombre adulto y seguro de sí mismo. Su acento nativo había desaparecido y sus maneras habían dejado de ser sumisas. Miraba al jerarca con frialdad, como si se encontrase a varias millas de distancia—. Hacía mi país y hacia mi Reina.

El jerarca abrió los ojos. Meneó la cabeza.

—No…

—Me temo que sí.

A Fléiter le pareció notar un distante deje de tristeza en la voz del joven; un eco, tal vez, apenas perceptible y quién sabe si incluso imaginado. Tampoco importaba gran cosa, en realidad.

El jerarca era ahora un peso abatido entre los hombres que lo sujetaban. Empezaba a comprender lo que realmente le esperaba y, sin duda, a ver que no había salida alguna. Lo curioso es que no parecía capaz de apartar los ojos del adepto. La expresión de su rostro era, como poco curiosa: un gesto extraño e imposible a mitad de camino entre la rabia y la añoranza.

Fléiter tomó un nuevo trago de vino y le lanzó un último vistazo a la escena. El drama ya había acabado, lo único que quedaba era una molesta y larga coda que terminaría algunos días después con la muerte del jerarca; quizá ahorcado por un verdugo; tal vez linchado por la multitud. Lo que resultara más conveniente o fuera menos problemático, qué más daba.

Bueno, era el momento de entrar en escena. Al fin y al cabo, para eso estaba allí, para barrer el suelo y recoger la basura. Un trabajo aburrido y no siempre limpio, pero alguien tenía que hacerlo y a él se le daba bien.

Mientras los soldados se llevaban al jerarca, Fléiter apuró su copa y, lentamente, medio tambaleándose, se puso en pie. Tomó su bastón y se acercó muy despacio al capitán de la guardia.

Éste había sido bien aleccionado. Lo reconoció, inclinó su cabeza y aguardó a que Fléiter le dijera qué hacer a continuación. Buen chico, buen soldado. Se había ganado hasta la última pieza de plata, sin duda. Todo el mundo se había ganado su salario en aquella pantomima, en realidad, aunque ninguno tan bien y tan a fondo como el adepto empírico que ahora miraba a Fléiter con educada expectación, como si él también esperase órdenes suyas.

Sí, claro, seguro, como si aquellos malditos albonenses fueran a recibir órdenes de un occidental. Bueno, se dijo, sí que lo hacían y más a menudo de lo que pensaban.

Miró a su alrededor. Muy pocos de los invitados al banquete parecían sorprendidos y los que sí lo estaban fingían bastante bien.



Para sorpresa de Fléiter el adepto empírico resultó no tener más que los veinte años que aparentaba. Por supuesto, había oscurecido un poco su piel, había rizado su cabello, había cambiado el color de sus ojos de gris a marrón y, finalmente, había alterado ligeramente sus facciones (la nariz más afilada, los pómulos más altos) para pasar por un nativo. Pero, cuando se presentó ante Fléiter algunas horas más tarde con su verdadero aspecto, no era muy distinto del joven que había estado junto al jerarca durante la cena.

Se movía con una seguridad impropia de su edad y en sus ojos color acero había algo implacable y frío. Contemplaba a Fléiter con una diversión distante, como si el occidental le hubiera caído en gracia por algún motivo extraño. Le informó de todo lo ocurrido (al fin y al cabo, no dejaba de ser una operación conjunta de la Confederación Occidental y Alboné, y Fléiter estaba al mando, en teoría) de un modo rápido, eficaz y sin pararse en detalles triviales.

—Buen trabajo, adepto —dijo Fléiter.

—Lo sé —respondió éste, imperturbable.

Estaban solos en la terraza. Bajo ellos, lo que había sido la ciudad-estado de Bagrephor era ahora un caos de bandas mal organizadas dedicadas al pillaje y la rapiña. En unos días, surgiría convenientemente un gobierno provisional que acabaría con todo aquello y seguiría dócilmente los dictados de los Pueblos del Pacto, pero de momento era mejor dejar que los ciudadanos enfurecidos se desahogaran y, de paso, malgastaran sus fuerzas en violencia sin objetivo.

Un estupendo trabajo, se dijo Fléiter. Y el joven adepto lo había orquestado a la perfección. Bagrephor había pasado en unas pocas horas de ser una de las más influyentes ciudades de Ashgramor a un villorrio sin importancia. Y el único hombre que habría podido impedirlo estaba en aquellos momentos a buen recaudo, custodiado por los mismos mercenarios que él había pagado y preguntándose cómo podía haber ocurrido aquello.

La expansión de Khynai, la influencia del Martillo de Dios, había sido frenada. Al menos de momento.

Claro que siempre es de momento, pensó Fléiter

El adepto se llamaba Yáxtor Brandan. El antiguo jerarca lo había conocido como Yaxétor, lo que no era más que la versión de Ashgramor de su auténtico nombre. Eso, el nombre, era sin duda la única verdad que había salido de los labios del adepto en sus tratos con el jerarca: no era un joven miembro de una destacada familia de Grastephor (hasta hacía poco, la rival habitual de Bagrephor como ciudad hegemónica del territorio) caído en desgracia y obligado a abandonar su hogar por las intrigas de sus rivales. En cuanto a sus preferencias sexuales, Fléiter las desconocía, pero estaba seguro de que ni uno solo de sus juramentos de amor o de pasión hacia el jerarca habían sido reales.

Había conocido agentes de campo capaces de empatizar con su víctima, de experimentar sentimientos de afecto reales hacia ella. Ninguno de ellos duraba demasiado. No puedes quitarte y ponerte las emociones como quien elige un nuevo traje; tarde o temprano te acaba pasando factura. Y solía ser más bien temprano que tarde.

Bastaba mirar a Yáxtor un par de segundos, ahora que había dejado a un lado su disfraz, para darse cuenta de que ése no era el caso. El adepto era frío y erizado de aristas, como las montañas de su maldita isla.

Sin embargo… Recordó aquel eco de tristeza en las últimas palabras que el adepto le había dirigido al jerarca.

Tonterías.

—Las cosas estarán un poco movidas por aquí en los próximos días —dijo, tras servirle al joven una generosa ración de vino—. Yo de ti procuraría mantenerme en un discreto segundo plano.

Yáxtor apuró la copa de un trago.

—Es un buen consejo, comandante Praghem —dijo después. Sonrió; había algo afilado en su sonrisa—. No sólo para mí.

Fléiter se encogió de hombros.

—Bueno, no creo que nadie se interese por mí. Y, al fin y al cabo, no he hecho nada.

—No es necesario haberlo hecho. Basta con que alguien piense que ha sido así.

Fléiter volvió a encogerse de hombros. El adepto dejó su copa en una repisa y se puso en pie.

—Será mejor que me retire.

Saludó a Fléiter con un gesto de la cabeza y abandonó la terraza. Se detuvo un momento, justo al borde de las escaleras y miró en dirección al occidental. El asomo de una sonrisa aleteó un momento al borde mismo de sus labios. Luego, con un nuevo encogimiento de hombros, Yáxtor se fue.

Fléiter contempló cómo se marchaba. No era justo que alguien tan joven fuera tan eficaz, ni tan implacable.

Ah, al cuerno con todo, se dijo mientras vaciaba los últimos restos del ánfora en su vaso y lo bebía a lentos sorbos. La juventud es una maldita jodienda. Ya se le pasará.



Fléiter no volvió a ver a Yáxtor en la ciudad. Al día siguiente no había rastro alguno de él, como si se hubiera desvanecido en el aire. De hecho, todos los adeptos empíricos que habían colaborado con Yáxtor durante aquellas semanas habían desaparecido.

Típico, se dijo Fléiter. Y trató de no volver a pensar en ello. Para su sorpresa, se descubrió a sí mismo un par de días más tarde solicitando a la oficina de Lambodonas que le enviasen toda la información que tuvieran sobre Yáxtor Brandan. No sabía qué esperaba encontrar en el expediente del joven, pero presentía que podía ser interesante.

Quizá incluso útil.

Entretanto, había bastante papeleo que rellenar.

Tenía el informe de la misión que Yáxtor Brandan le había entregado, tenía los informes de sus hombres sobre la situación en Bagrephor antes, durante y después de lo ocurrido y tenía, por último, el perfil del jerarca que el Capítulo de Información había preparado antes de autorizar la misión. Tenía que unir todo aquello en un todo coherente y completarlo con su propio informe.

Un juego de niños, en realidad.

Aburrido e interminable, pero un juego de niños.

Repasó una vez más el perfil de Adunor Sarac. Su comportamiento, en los cinco años que llevaba al frente de la ciudad-estado, había sido el de un déspota benévolo e ilustrado: Bagrephor y sus habitantes estaban sin duda mejor con él que antes de que entrara en escena.

Lástima que el bienestar de la ciudad no sea un factor a tener en cuenta.

Había algo levemente misterioso en el modo en que había ascendido hasta hacerse con el control de la ciudad, en la forma en que el hijo menor de un oscuro burócrata del gobierno había acabado convertido en jerarca de Bagrephor. Especialmente en la manera en que, de un día para otro, había pasado de ser un joven gris, anodino y sin apenas rasgos relevantes a una voz carismática en las discusiones políticas de la ciudad.

No era un gran misterio. Pero, entre que se decidía a escribir el informe final y no, era algo con lo que pasar el rato.



Dos meses más tarde, y sin que aún hubiera recibido el expediente que había solicitado, se encontraba en Jarsarén y contemplaba la Colina del Origen desde la ventana de su habitación.

Jarsarén, el maldito culo del mundo.

La puñetera cuna de la humanidad.

Eso decían al menos todas las religiones. No importaba lo diferentes que fueran, lo distintos que resultasen sus dogmas o su moral, que hablasen de un solo dios, de muchos… o incluso de ninguno. Todas tenía en común una cosa: sostenían que el ser humano había salido de la Colina del Origen, había llegado al mundo exactamente en aquel lugar.

Tanta coincidencia era, como poco, sospechosa.

No era la primera vez que Fléiter visitaba Jarsarén. Habían pasado más de veinte años desde entonces, cuando había subido la Colina fingiéndose un peregrino más y se había arrodillado ante el Lugar del Origen.

Sí, aquella ciudad quizá era un escupitajo en el culo del mundo, pero lo que había en ella… Recordaba perfectamente la alta y ahusada aguja metálica, los extraños ideogramas grabados en su superficie, la sensación que sintió al alargar la mano y tratar de tocarla. Como si no estuviera allí del todo, como si su realidad fuera algo impreciso y lejano.

Dejó la ventana y regresó al interior de la habitación.

Veinte años, se dijo. Veinte años al servicio del Capítulo de Información de la Confederación Occidental. Veinte años espiando, recolectando información, produciendo desinformación, engañando y saboteando, mintiendo y viviendo entre las sombras. Veinte años.

Toda una vida para algunos. Para el joven adepto empírico que había conocido unos meses atrás, por ejemplo.

Se preguntó una vez más por qué se había molestado en solicitar al Capítulo de Información el expediente que tuvieran de Yáxtor Brandan. Curiosidad, desde luego, pero algo más, algo que no estaba seguro de querer identificar.

De todas formas, se dijo mientras se incorporaba, era una petición estúpida. Estaba seguro de que el expediente pasaría los próximos meses persiguiéndolo, sin alcanzarlo, de una ciudad a otra. Debería haber esperado a regresar a Lambodonas.

Sí, cierto. Debería haber esperado. ¿A qué tanta prisa?

No se respondió.

Se enjuagó el rostro y se contempló en el espejo. No estaba mal para su edad y, si se cuidaba, quizá podría irse de la madurez con cierto garbo y llegar a la vejez con un mínimo de dignidad.

Y, sobre todo, vivo.

Tomó el bastón y dejó el cuarto. La ciudad parecía desierta a aquellas horas, sumida en un sopor incómodo del que no saldría hasta bien entrada la tarde. El aire era una llamarada seca y árida y las calles, un laberinto polvoriento con demasiadas salidas.

Pero había trabajo que hacer.

Un nuevo fanático religioso, decía el informe. Nada de qué preocuparse al principio. Al fin y al cabo, Can producía fanáticos religiosos y profetas cada día y todos, tarde o temprano, acababan en Jarsarén.

Pero aquél parecía distinto. Tenía… carisma. O quizá un control preciso de sus mensajeros y una capacidad de influencia no desdeñable en los de los demás. Una forma de carisma, en cualquier caso.

Eso ya lo convertía en peligroso. El hecho de que además predicase una doctrina muy similar a la del Dios Único de Khynai no contribuía a tranquilizar a los superiores de Fléiter.

Sus órdenes habían sido ir hasta Jarsarén, echarle un vistazo y decidir el verdadero peligro que representaba aquel nuevo profeta. Y luego, actuar en consecuencia. Habría operativos sobre el terreno por si los necesitaba. Al igual que en la misión anterior, se trataba de una operación conjunta de Alboné y la Confederación Occidental.

Mientras dirigía sus pasos hacia el lugar donde predicaba aquel chiflado, Fléiter estaba seguro de que todo aquello no sería más que una pérdida de tiempo. Aquellos tipos eran como setas: salían a miles después de una lluvia copiosa, pero se marchitaban con rapidez. Dudaba que éste fuera una excepción.

Al fin encontró lo que buscaba: un huerto de olivos en una loma a las afueras de la ciudad. El profeta estaba predicando. Sus seguidores, sentados en el suelo, parecían perdidos en un éxtasis contemplativo.

Fléiter se detuvo. Se sentó en los restos de un murete de piedras y prestó atención.

El tipo no decía nada nuevo, desde luego. Nada que otros tantos miles de chiflados religiosos no hubieran dicho antes que él: Todos somos hijos del mismo Dios, somos un solo pueblo con un solo corazón, somos hermanos, el amor a Dios es la respuesta a todas las preguntas y la llave que encaja en todas las cerraduras.

Lo de siempre.

Pero no era el contenido de su discurso lo que hacía peligroso a aquel tipo. Fléiter no tardó en darse cuenta.

Era sincero.

No, era algo más que eso. Era el puñetero arquetipo de la sinceridad. Cada gesto, cada palabra, cada movimiento y cada susurro, cada alzamiento de cejas o cada mohín de sus labios… todo transmitía sinceridad. Todo cuanto hacía, cuanto decía, cuanto pensaba, sonaba a cierto, a auténtico. Si decía que era de noche y estaba lloviendo, era verdad, por más que la realidad se empeñase en mentir y seguir en una tarde seca y polvorienta. Si decía que había que amar a los demás y formar una única nación, esa era la forma natural del mundo, y eran los pueblos y las naciones las que mentían. Si decía que Érvinder tenía la forma y el tamaño de un pulgar, era cierto, aunque la misma tierra siguiera mintiendo y apareciendo ante los ojos de los hombres como una pelota. Si decía…

Fléiter parpadeó.

Joder.

¿Peligroso?

El maldito cabrón era un cataclismo con patas. Era una invitación al desastre con forma humana. Creía hasta la última palabra que decía y era capaz de hacérsela creer a quien quiera que la escuchase. Respiraba sinceridad, lloraba sinceridad, vestía sinceridad y Fléiter estaba seguro de que, si se hubiera situado más cerca, habría notado cómo apestaba a sinceridad.

Había que eliminarlo. Y rápido.



La obra no era de las mejores que había escrito Marlev Shaspa. Y los actores, por otro lado, tenían más empeño que capacidad.

Pero no dejaba de ser una obra de Shaspa. Y era gratis. Y de noche.

Fléiter debía encontrarse allí con su contacto de los adeptos empíricos, en uno de los intermedios de la obra. Entre el acto tercero y el cuarto.

Así que soportó como mejor pudo a los actores aficionados (que, al menos, tenían aspecto de comprender lo que declamaban, lo cual ya era algo) y agradeció el fresco de la noche. Se sentaba en la parte más alta del anfiteatro y se entretenía, como hacía a menudo, en asignarles una historia y un pasado a los desconocidos que lo rodeaban.

Si algo tenía Jarsarén era que podías encontrarte a gente de todas partes del mundo en ella. Peregrinos, curiosos, escépticos, fanáticos, turistas… Todos querían ver la Colina del Origen al menos una vez en la vida.

Así que estaba asistiendo a una obra cuyo público se componía de una asombrosa variedad de retales del género humano. Era chocante y estimulante al mismo tiempo.

El tercer acto acabó por fin. Los actores recibieron una discreta salva de corteses aplausos y dejaron el escenario mientras los atrecistas lo preparaban todo para la gran traca final. Fléiter no conocía aquella obra en concreto, pero tampoco tenía demasiada curiosidad por ver cómo acababa.

Se incorporó y decidió que era un buen momento para aliviar la vejiga, por más que no le entusiasmase gran cosa hacerlo a la manera de Jarsarén. Subió hasta lo alto de la loma natural en cuya ladera se había tallado el anfiteatro, cruzó una pequeña depresión y caminó por una especie de laberinto en miniatura que no tardó en desembocar en un par de paredes que se abrían directamente a la noche.

Según la tradición, era la forma de honrar a Dios. Dejar que lo que ya no era parte de ti se incorporase al mundo.

A Fléiter le parecía una estupidez. Un cubículo sin techo, con una sola entrada, abierto a la ladera de la colina. Un paso en falso en una noche oscura y en lugar de incorporar el contenido de tu vejiga al mundo, te incorporarías tú mismo.

Estúpido, se dijo de nuevo.

Apoyó los pies con firmeza, se arremangó la túnica, se abrió la bragueta y, sin mirar hacia abajo, vacío con ansia la vejiga. Suspiró, aliviado, y volvió a colocarse la ropa.

Y en ese momento, sintió algo a sus espaldas y, antes de que pudiera moverse, la punta de un cuchillo presionó contra su nuca.

Oyó un susurro:

—Esto es de parte de Adun…

El susurro se interrumpió de repente. Aún inmóvil, sin atreverse ni a parpadear, Fléiter oyó un gemido y sintió cómo el cuchillo se retiraba de su cuello.

Tomó aire y se volvió, muy despacio. Un cuerpo se desmadejaba contra la pared, intentaba decir algo y se quedaba inmóvil de repente, con algo afilado y metálico clavado en la garganta.

—Deberías tener más cuidado, comandante Praghem.

Fléiter reconoció sin problemas la voz que salía de la figura embozada que se inclinaba sobre el cadáver, lo empujaba sin ningún miramiento y, finalmente, lo lanzaba al vacío. Luego, se libró de su embozo y contempló a Fléiter con unos ojos fríos en los que brillaba un asomo de diversión.

—No voy a andar siempre cerca para sacarte de líos —dijo Yáxtor Brandan. Parecía estar disfrutando con la situación.

Fléiter intentó respirar con normalidad mientras pensaba que aquella era la primera emoción genuina que percibía en el joven adepto empírico. ¿O…? Se encogió de hombros.

—No se puede tener todo controlado —dijo.

—Quizá. Pero cuando han puesto precio a tu cabeza deberías ser más cuidadoso.

Fléiter frunció el ceño.

—¿Qué…?

—Ya veo. Bueno, luego te lo explicaré. Ahora, ¿qué tal si salimos de aquí?

—Excelente idea.

Dejaron las letrinas, ascendieron la loma y se asomaron al anfiteatro. El cuarto acto ya había comenzado.

—¿Quieres quedarte a terminar la obra? —preguntó Yáxtor.

—Para qué —respondió Fléiter—. Es una tragedia de Shaspa. Terminará en un baño de sangre multitudinario y el último superviviente le deseará buenas noches a su dulce príncipe muerto. O algo muy parecido, en cualquier caso. Vámonos.



Yáxtor se reclinaba con indolencia frente a él, bebía de su copa con parsimonia y lo contemplaba con un brillo divertido y distante en los ojos. Parecía estar esperando a que Fléiter tomase la iniciativa.

Y éste no podía quitarse de encima la sensación de que el joven adepto había decidido adoptarlo como mascota. Era absurdo, ridículo y un tanto denigrante, pero no había dejado de pensar en ello desde el momento mismo en que Yáxtor le había salvado la vida.

Al cuerno, se dijo.

—¿Y bien? —preguntó—. ¿Qué es eso de que han puesto precio a mi cabeza?

Yáxtor asintió y, por un instante, pareció decepcionado, como si acabara de perder una apuesta consigo mismo sobre por dónde empezaría Fléiter la conversación.

—Nuestra cabeza, en realidad —dijo—. Me temo que tus hombres no han sido tan eficientes como deberían o que el jerarca tenía recursos insospechados. Consiguió huir hace una semana. De un modo bastante espectacular, por lo que me han dicho. No sabemos dónde se oculta, pero sí que hemos averiguado que ha puesto precio a nuestras cabezas, la tuya y la mía. —Se encogió de hombros, divertido, casi halagado—. Yo soy un poco más caro, por supuesto, pero tu precio tampoco es desdeñable.

Yáxtor actuaba con total despreocupación y Fléiter se preguntó si sería realmente una actuación. De ser así, era condenadamente buena. Al mismo tiempo, no apartaba sus ojos del occidental, calibrando todas sus reacciones, midiendo su lenguaje gestual, aprehendiendo detalles minúsculos y, seguramente, catalogándolo todo en su mente.

¿Para qué, para conocer mis puntos flacos por si algún día estamos en bandos opuestos?

Posiblemente.

—Daremos con Adunor tarde o temprano, comandante —dijo el adepto—. Pero entretanto, te aconsejo que vigiles tus espaldas con más celo del habitual.

Era un buen consejo. Y Fléiter estaba decidido a seguirlo. También estaba convencido de no haberse imaginado la levísima inflexión en la voz del adepto al mencionar el nombre del jerarca.

—Y ahora, volvamos al trabajo, ¿no? —añadió Yáxtor—. Te vi esta tarde asistiendo a las enseñanzas del nuevo profeta. ¿Qué opinas?

Fléiter frunció el ceño. No era raro que, entre todo aquel gentío, no hubiese reparado en Yáxtor. Pero tenía la sensación de que, si hubiera intentado dar con él, no lo habría conseguido.

—¿Qué opino? Que hay que eliminarlo, y lo más rápido posible.

Yáxtor asintió.

—Pero debemos hacerlo con discreción —siguió diciendo Fléiter—. No podemos arriesgarnos a crear un mártir. O, peor, a elevarlo al rango de figura sagrada que siga inspirando a sus seguidores desde el otro lado de la muerte. Lo ideal sería desacreditarlo antes.

—¿Cómo? —preguntó Yáxtor.

Fléiter se encogió de hombros.

—Tú eres el operativo de campo, adepto. Yo sólo evalúo la situación y doy las órdenes.

Yáxtor sonrió.

—Un trabajo difícil y pesado —dijo, enarcando una ceja—. No te envidio.

Fléiter no hizo caso del sarcasmo en la voz del joven. Estaba demasiado ocupado tratando de pensar.

—Si no recuerdo mal las costumbres de este maldito manicomio polvoriento —dijo—, pronto llegará el momento en que el profeta deberá pasar cuarenta días con sus noches ayunando en el desierto y enfrentándose al mal. —Yáxtor asintió—. ¿Y si durante su ayuno fracasara, si cayera en la tentación, si mostrara que no es digno?

El joven lo pensó unos instantes.

—Buen plan, comandante —dijo al fin, complacido.

—Pues, entonces, ya tienes tus órdenes, adepto.

Yáxtor sonrió de nuevo.

—No estoy seguro aún de haber pillado tu sentido del humor, comandante. —Pareció pensativo por un momento—. Pero creo que me gusta —añadió.



Más tarde, aquella misma noche, Fléiter volvió a pensar en el jerarca. Sus hombres no habían sido descuidados, de eso estaba seguro. Así pues, ¿cómo había logrado escapar Sarac de su confinamiento? ¿Cómo se las había apañado, no sólo para desaparecer del mapa, sino para enviar asesinos en su dirección?

Si Khynai hubiera intervenido para liberarlo, Sarac estaría en aquellos momentos en algún piso franco de Pashlai, demasiado ocupado en informar de todo cuanto sabía para considerar tan siquiera la idea de vengarse. Además, Khynai no hacía eso: jamás liberaba a sus agentes del campo enemigo, ni canjeaba los espías capturados del otro lado.

No, aquello no encajaba.

La posición política del jerarca favorecía un acercamiento al Martillo de Dios, eso era cierto, pero quizá el Capítulo de Información había estado equivocado al considerarlo un instrumento en manos de Khynai. Al menos, un instrumento consciente y voluntario.

O puede que los informes fueran correctos, pero no completos.

Estaba claro que Sarac contaba con apoyos que desconocían y recursos que ignoraban. Algo que, desde luego, no era síntoma de nada bueno.

Pensó luego en Yáxtor, en la distante diversión en sus ojos mientras hablaba con él, en la forma en que parecía agradarle su compañía.

Como una condenada mascota, se dijo de nuevo.

No estaba muy seguro de encontrarse cómodo con la idea, pero no parecía que pudiera hacer nada al respecto.

En cuanto al cambio en su voz que había creído notar cuando el joven pronunció el nombre del jerarca… ¿se lo había imaginado? ¿Había imaginado también el eco de tristeza en las últimas palabras que le había dirigido al jerarca? Y si todo aquello era real… ¿qué significaba?



Su trabajo debería haber terminado en aquel momento. Había hecho lo que tenía que hacer, al fin y al cabo. Una vez evaluada la situación, tomada la decisión adecuada e impartidas las órdenes oportunas, ya no pintaba nada allí. Lo mejor que podía hacer era regresar a Lambodonas y aguardar tranquilamente a que Yáxtor volviera y le informase del éxito de la misión. Seguro que encontraría algo con lo entretenerse. Visitar la casa de Mishra, por ejemplo; o leer el expediente de Yáxtor. O ambas cosas.

Sin embargo, tres días más tarde salía de Jarsarén disfrazado de peregrino en compañía del adepto. Los dos formaban parte del nutrido grupo de seguidores que acompañaban al nuevo profeta al desierto. Un comando de ocho hombres, miembros del Capítulo de Información de la Confederación Occidental, les seguían a buena distancia, esperando sus órdenes.

De acuerdo a la tradición, los peregrinos se detendrían un par de días más tarde, en el oasis que había al este de la ciudad. El profeta continuaría algo más; lo suficiente para subir a las peladas colinas que dominaban un lado del oasis y buscar una cueva desocupada entre las muchas que allí había. Pasaría en ella los cuarenta días preceptivos, entregado al ayuno y la meditación, luchando con sus pecados y debilidades, trascendiendo las necesidades del cuerpo.

Fléiter no se hizo notar gran cosa, ni tampoco lo pretendía. Su idea era pasar desapercibido entre el nutrido grupo de peregrinos y, de ese modo, matar dos pájaros de un tiro: despistaría a aquellos que anduvieran tras su cabeza y, al mismo tiempo, sería testigo de primera mano del modo de trabajar de Yáxtor.

A aquellas alturas, el respeto que Fléiter sentía hacia las capacidades del adepto era considerable. Su confianza no se vio defraudada. Yáxtor no tardó en hacerse un lugar destacado entre el grupo de peregrinos. Con su actitud dispuesta, callada y trabajadora, su mirada dulce y sus modales sumisos, parecía el arquetipo mismo del fanático entregado por completo a su causa. Raras veces discutía, escuchaba con atención lo que los demás tenían que decir y, en los escasos momentos en que se decidía a preguntar algo o hacer algún comentario, éstos eran siempre pertinentes y certeros.

Así, cuando llegó el momento de que el profeta ascendiera a las colinas y hubo que elegir a los que se turnarían para, diariamente, subirle un puñado de dátiles y una jarra de agua fresca, no fue extraño que Yáxtor estuviera entre el grupo de escogidos.

Los días fueron pasando. Fléiter vagaba de un lado a otro del oasis, se sentaba a veces junto a otros peregrinos y hablaba con ellos, cómodo en su papel de maduro seguidor que ya ha visto a demasiados profetas pero espera, contra toda esperanza, que esta vez sea la definitiva. Los chismes del campamento eran los habituales: la santidad del profeta, el modo en que había cambiado sus vidas y cambiaría el mundo, las esperanzas depositadas en él, el arrepentimiento por sus pasadas vidas de pecadores, el paraíso que los esperaba a la vuelta de la esquina…

También hablaban unos de otros, discutían sobre quién comprendía mejor las palabras y pensamientos del profeta. Y Fléiter no tardó en darse cuenta de que Yekov (el nombre que había elegido Yáxtor para aquella misión) salía con frecuencia en las conversaciones de los demás.

—Dicen que los últimos sobrepasarán a los primeros —dijo un anciano que parecía haber convertido el seguir a otros en el único propósito de su vida—. Y el joven Yekov parece demostrarlo. Pocas veces he visto un discípulo tan entregado.

¿Celos? Seguramente. Sin duda. Pero siempre bajo la superficie. Al fin y al cabo, todos ellos seguían las enseñanzas del profeta y no había en ellas espacio para los celos o las envidias. Así que, cuando alguien alababa a Yekov, los demás asentían aprobadora y juiciosamente, por más que sus ojos traicionaran, por un instante fugaz, lo que de verdad pensaban.

Fléiter no tenía muchas oportunidades de hablar con Yáxtor, no sin reventar su tapadera o la del joven. Pese a todo, se las apañaron para intercambiar fugaces mensajes por señas las escasas veces que se encontraban en el campamento.

La información que Yáxtor le pudo transmitir no era gran cosa. Era evidente que se había ganado la confianza del círculo más íntimo del profeta (algo que debía dársele de miedo, se dijo Fléiter al recordar lo ocurrido en Bagrephor) y que tenía acceso incluso al mismo hombre santo. Fléiter le había visto llevarle la jarra de agua y los dátiles un par de veces y estaba seguro de que el joven había aprovechado aquellos momentos para hablar con el profeta y ganarse su confianza.

Así que el plan iba sobre ruedas, al menos de momento. Yáxtor estaba preparando el terreno, despacio y sin prisas; y, tarde o temprano, un grupo de fieles encontraría al hombre santo entregado a dar rienda suelta a sus más bajas pasiones con uno de sus más jóvenes y recientes discípulos.

Pan comido. Cuestión de tiempo.

Un día, Yáxtor le transmitió que había algo extraño en el profeta.

«Extraño, ¿en qué?», preguntaron las manos de Fléiter.

«Sus mensajeros.»

En aquel momento los interrumpieron, el momento pasó y tuvieron que cortar el contacto.

Algo extraño en sus mensajeros, se decía Fléiter. Pero, ¿en qué? ¿En la forma que los manipulaba o en su misma naturaleza? ¿Usaba el profeta los mensajeros de un modo chocante, o los mismos mensajeros que utilizaba no eran del todo normales?

La siguiente vez que se encontraron, el mensaje que Yáxtor le transmitió fue incluso más enigmático:

«No es él.»

No era él, se dijo Fléiter. Pero, no era él... ¿quién? ¿Qué demonios le intentaba decir el adepto?



De pronto, en el decimocuarto día de ayuno, el profeta descendió de las colinas.

¿Qué había pasado? ¿Por qué interrumpía su lucha? ¿Acaso se daba por vencido?

Con calma, con un par de gestos, el profeta impuso el silencio entre su agitado público.

—He tenido una visión, hermanos míos. —Su voz era suave, profunda, cada sílaba se marcaba con precisión en su boca, cada palabra proclamaba al viento su humildad y su sinceridad—. Lo que hago no es suficiente, aún no. Debo internarme más en el desierto, buscar el lugar donde estuvo Eirem y permanecer allí hasta el final de mi periodo de ayuno. Seré hermano de escorpiones y compañero de buitres; mi piel se volverá negra y mis huesos se quemarán con el fuego abrasador del mediodía. Así es como debe ser y no podéis seguirme. No podéis ayudarme. Se ha decidido que lo haga solo.

Se miraron unos a otros, boquiabiertos. ¿Eirem? ¿Eirem? Allí no había nada. Ruinas y sombras. Ni agua ni alimentos. Eirem. Un nombre maldito para cualquiera.

—Pero, maestro…

Los interrumpió de nuevo con un gesto de la mano.

—Debo hacerlo, es necesario. No soy más que el más bajo y humilde instrumento de Dios. Él manda y yo acudo a obedecerle; y si me consumo en el transcurso de mi misión, será porque así estaba escrito. Por favor, hermanos míos, no os interpongáis.

Nadie osó desobedecerle, por más que el nombre de la antiquísima ciudad, en ruinas desde hacía años incontables, fuera de mal agüero.

Así que se fue, aquella misma tarde. A lomos de un camello y acompañado de otro cargado de varios bultos en los que, sin duda, había agua y provisiones. A nadie le resultó extraño aquello: una cosa era ir a ayunar al desierto. Otra muy distinta, internarse en Eirem. El ayuno, en un caso así, era redundante. Las sombrías ruinas eran un desafío más que suficiente para cualquiera.

—Esperadme aquí. Si no vuelvo, es que no soy digno de mi tarea. Si lo hago, juntos cambiaremos el mundo.

Lo despidieron en silencio. Muchos dudaban. Todos querían creer que volvería, que se mostraría digno. Y algunos lo hacían. Otros, sin embargo, no estaban tan seguros. Eirem era terreno yermo. Era un lugar peligroso. Era una ciudad maldita: el dedo de Dios la había señalado como una abominación, y sus mensajeros la habían arrasado de un día para otro.

—Si regresa, seremos imparables —dijo alguien, mientras el profeta se iba perdiendo en la lejanía.

—Sí. Si lo hace —remachó otro, con gesto hosco.

Entre la multitud, Fléiter se preguntaba qué debía hacer a continuación. No podía seguir al profeta, no de un modo abierto. En cuanto a Yáxtor, ¿qué estaba haciendo? ¿Cómo había reaccionado ante aquel giro inesperado de los acontecimientos?

Intentó buscarlo por el campamento, pero no tardó en darse cuenta de que no estaba. Preguntó por él. Nadie recordaba haberlo visto desde que, al amanecer, había subido a las colinas con una jarra de agua y unos pocos dátiles.

Mierda, ¿qué ha pasado?

Fuese lo que fuese, ya no tenía sentido que siguiera allí. Abandonó el oasis aquella misma noche y recorrió furtivamente las colinas. No esperaba encontrar a Yáxtor en ellas, pero al menos debía comprobarlo.

En la cueva donde había estado el profeta aún quedaban rastros de su presencia. De la presencia de los dos, de hecho. Fléiter no era muy bueno identificando mensajeros, pero tanto los de Yáxtor como los del profeta eran lo bastante característicos para poder discernirlos. Se estaban volviendo inertes con rapidez (llevaban varias horas lejos de la influencia de sus anteriores portadores), pero aún quedaba lo suficiente de ellos para reconocerlos.

Bien. Yáxtor había estado allí. Aquella misma mañana, tal como le habían dicho los otros peregrinos. ¿Y luego? ¿Qué había pasado allí arriba, qué decisiones se habían tomado? Y, sobre todo, ¿dónde se había mentido el condenado adepto?

Confuso, Fléiter descendió las colinas, dejó atrás el oasis y se fue en dirección a Jarsarén. No tardó en dar con el comando que lo esperaba a unos kilómetros de allí, de acuerdo a sus instrucciones.

—¿Alguna noticia de Yáxtor?

Ninguna. No es que Fléiter las hubiera esperado, en realidad.

Repasó lo ocurrido aquella tarde. El profeta descendiendo de las colinas. Dos de sus discípulos de confianza poniendo a punto los dos camellos. Los camellos…

Fléiter frunció el ceño. Los bultos en el segundo camello. Agua. Provisiones. Y tal vez algo más. Tal vez…

O tal vez no. Era consciente de que se estaba aferrando a lo que no era más que una intuición.

No tengo nada mejor, maldita sea la Teja.

Y su prioridad era el profeta, después del todo. El destino del adepto era una cuestión secundaria. Se volvió a sus hombres.

—Iremos a Eirem —dijo—. Ya veremos qué pasa cuando lleguemos.

Los ocho hombres asintieron en silencio. Buenos muchachos, se dijo Fléiter. Buenos agentes. Buenos soldados.



Era poco lo que se sabía sobre Eirem, la Ciudad Perdida. Sus ruinas se alzaban ominosas en el desierto profundo, al sureste de Jarsarén, y era evidente que, en algún momento del remoto pasado, había sido una ciudad próspera. Nadie recordaba cómo había sido abandonada ni por qué. Un cambio del clima, los pozos se habían secado y dejó de tener sentido seguir viviendo allí… Cualquier otro motivo igualmente prosaico, seguramente.

Pero los escasos datos que había sobre ella eran suficientes para que la gente tejiera rumores, fabricara maldiciones y construyera leyendas. De hecho, cuanto menos se supiera en realidad, mucho mejor, más espacio para la fantasía.

Así que las ruinas de la ciudad eran un lugar lleno de malos augurios y peores presagios, hogar de sombras, serpientes y escorpiones y quién sabe qué otras terribles criaturas. La mayoría de los edificios habían sido tragados casi por completo por la arena aunque alguna pared ocasional asomaba aquí y allá o se podían ver en algunas partes los restos de un acueducto que surgían del suelo como mojones cansados. En el centro de lo que había sido el casco urbano se alzaba lo que, en su momento, había sido un gigantesco zigurat; antaño orgulloso, desafiante y hosco, el tiempo y la arena habían ido suavizando sus aristas, redondeando sus ángulos y convirtiéndolo en la sombra ajada de sí mismo.



La partida de Fléiter no tardó en dar con las huellas de los dos camellos del profeta. Les sacaba varias horas de ventaja, pero sin duda iba en la dirección correcta.

No intentaron alcanzarlo. Acortaron un poco la distancia, pero la mantuvieron lo suficiente para que no pudiera verles.

Fléiter, a lomos de su camello y mientras maldecía el clima, el paisaje reseco y los movimientos cansinos de su montura, se preguntaba qué había pasado con Yáxtor. El adepto era un hombre de recursos, como él mismo había comprobado: con los sentidos alerta, un dominio de sus mensajeros ciertamente notable y unos reflejos rápidos y letales. ¿Qué había pasado entonces? ¿En qué trampa había caído? ¿Qué lo había hecho terminar como un bulto en el equipaje del profeta? ¿Qué estaba pasando allí?

Durante los tres días que duró el viaje, Fléiter tuvo tiempo más que de sobra para pensar en todo aquello, sin llegar a ninguna conclusión. Tuvo tiempo también para otras cosas. Para preguntarse, y no por primera, qué clase de hombre era aquel joven implacable y frío, eficaz y carente de escrúpulos. Lo más parecido que Fléiter había percibido en él a una emoción era el humor, un humor distante y algo altivo, como si contemplase el mundo desde una atalaya lejana y lo encontrase lleno de hormigas moderadamente graciosas.

No es cierto, se dijo. Recuerda cuando…

Pero apartó aquel pensamiento de su cabeza. En aquellos momentos, no lo encontraba relevante.

Le había salvado la vida, sin esperar por ello ningún tipo de agradecimiento: era parte de su trabajo, simplemente. Y, de algún modo vagamente inquietante, parecía cómodo en su compañía. Relajado, tal vez.

Eran aliados en aquella misión, como lo habían sido en la anterior. Y seguramente, si salían los dos con vida de ésta, lo serían en el futuro. Era poco probable que la política de colaboración entre Alboné y la Confederación Occidental cambiase drásticamente en los próximos años, pero Fléiter se preguntó qué ocurriría entonces. Cómo sería tener a Yáxtor como oponente, como posible enemigo.

Decidió que no tenía ningún deseo de averiguarlo.

Era… Había…

Maldita sea.



Anochecía cuando llegaron a las colinas bajo las que se desparramaban las ruinas de Eirem. Dejaron allí las monturas y Fléiter y cuatro de sus hombres subieron hasta lo alto.

A la luz del sol poniente contemplaron la ciudad tomada por la arena. Y allí, en su centro, junto al zigurat, distinguieron los dos camellos del profeta. Había llegado poco antes que ellos, por lo que parecía. Ninguno de los dos animales llevaba nada encima.

A una señal de Fléiter, los cinco volvieron sobre sus pasos unos metros.

—Estableced el campamento abajo —dijo—. Vosotros dos, montad guardia aquí. Vosotros dos vendréis conmigo. Llevaremos con nosotros una bengala.

Dos de ellos asintieron. Los otros comenzaron a prepararse.

En silencio, Fléiter se equipó. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había actuado como agente de campo, pero ciertas cosas no se olvidaban. Se puso una armadura liviana, se colgó un estoque a un costado y una daga al otro y, finalmente, se hizo con un lanzador de proyectiles y varios cargadores.

Parece que esperas dificultades, se dijo.

En realidad, no sabía qué esperaba, pero mejor estar preparados.

Aguardaron a que hubiera anochecido por completo y, en silencio, se deslizaron colina abajo mientras Fléiter daba gracias porque no hubiera luna aquella noche.

Reptaron por las calles cubiertas de arena, se arrastraron en el espacio entre dos dunas, se deslizaron a gachas, corrieron, se pegaron a las pocas paredes que aún quedaban en pie y, en general, siguieron un camino que parecía trazado por un borracho con no muy buena vista y el pulso tembloroso. Poco a poco, sin embargo, se iban acercando al zigurat.

Se detuvieron al oír un ruido. Con un gesto de la mano, Fléiter indicó a uno de sus hombres que se asomara. Éste así lo hizo, de un modo furtivo y veloz, y enseguida estuvo de vuelta. Por señas, la indicó lo que había visto.

«Dos hombres. En lo alto del zigurat. Con antorchas.»

Fléiter asintió. Lo pensó unos instantes, y luego les dio las instrucciones pertinentes a sus hombres. No tardó en verlos desaparecer, dos sombras veloces que reptaban entre las demás sombras.

Aguardó unos minutos, conteniendo el aliento. Así que el profeta no estaba solo. No es que se hubiera creído ni por un instante su historia de una visión que lo llevaba al desierto profundo, y mucho menos tras la desaparición de Yáxtor, pero estaba bien confirmar sus sospechas. Se preguntó quién le apoyaba, y exactamente con qué propósito. Khynai parecía la opción más obvia, pero por eso mismo, desconfiaba de ella.

Al fin oyó la señal que había pactado con sus hombres. Lo más rápido que pudo, se puso en pie y echó a correr en dirección al zigurat. Ascendió las empinadas escaleras y, a mitad de camino, se dio cuenta de que estaba haciendo esfuerzos para no jadear. Llegó arriba y se tomó unos instantes para recuperar el resuello mientras analizaba lo que había a su alrededor.

Sus hombres esperaban pacientes, a cada lado de la puerta, con rostro inexpresivo y el cuerpo alerta; no había el menor rastro de los dos vigías. Fléiter no les preguntó a cómo habían dispuesto de los cuerpos. En realidad, no le importaba. Trató de decidir qué hacer a continuación. ¿Dejar a sus hombres allí en sustitución de los guardias muertos e internarse solo en el zigurat? ¿Arriesgarse y entrar los tres?

—Dejad aquí las antorchas —dijo al fin—. Seguidme.

En silencio, entraron en la construcción medio en ruinas y el camino no tardó en ser un laberinto totalmente a oscuras. Se detuvieron un momento, se pusieron las capuchas de luz y, con una palabra impronunciable, activaron los mensajeros.

El paisaje se volvió irreal. Monocromo. Como una pesadilla minimalista y sombría.

Siguieron caminando. No era muy difícil saber por dónde ir. Las huellas de pies humanos, claramente visibles en la arena, eran el hilo que los guiaba por aquel laberinto desgastado por el tiempo.

Descendían.

El camino que seguían parecía estar dando vueltas una y otra vez alrededor del zigurat mientras se internaba cada vez más bajo tierra. Fléiter ni sabía ni le importaba si alguien había explorado alguna vez por completo el zigurat de Eirem, pero habría pagado un mes de su pensión por un buen mapa. O, al menos, por una idea clara de hacia dónde iban.

Se detuvieron de pronto, al oír voces algo más adelante. Esperaron el tiempo de tres latidos y luego siguieron su avance, ahora más despacio, pegados a las paredes.

No tardaron en darse cuenta de que ya no estaban a oscuras. Un débil resplandor rojizo (traducido en verde por los mensajeros de las capuchas de luz) iluminaba las paredes frente a ellos y se iba haciendo más intenso a medida que avanzaban.

El pasillo murió de repente, tras un último recodo. Fléiter y sus hombres se agacharon y recorrieron reptando los últimos metros.

Estaban en una sala enorme, sostenida por docenas de enormes pilares, algunos de ellos desmoronados; otros, con aspecto de venirse abajo en cualquier momento. Fléiter no tenía ni idea de cuánto habían descendido, pero presentía que mucho más de que lo que parecía.

Reptaron por un corredor que circundaba la sala, rematado por un muro de poco más de un metro de alto. Las voces venían frente a ellos, un poco por abajo, tal vez del centro de la sala. Fléiter se arriesgó a asomar la cabeza.

Media docena de hombres formaban un grupo junto a un altar que, en efecto, ocupaba el centro del lugar. Uno de ellos era, sin la menor duda, el profeta. Estaba extrañamente quieto, silencioso; su rostro, por lo general rebosante de pasión y fanatismo, permanecía totalmente inexpresivo, y su cuerpo se balanceaba ligeramente de un lado a otro, como si se dejase llevar por un arrullo que sólo él era capaz de oír. Fléiter no pudo evitar la impresión de que parecía un muñeco al que se le hubiera acabado la cuerda.

Había otros cuatro hombres, con todo el aspecto de ser mercenarios. Bien armados y alertas. Sería difícil acabar con ellos, aún contando el factor de la sorpresa.

El último de los hombres estaba algo apartado del resto. Fléiter no pudo verlo bien: tenía la cabeza baja y los brazos cruzados, como si estuviera tomando una decisión.

Y sobre el altar se encontraba Yáxtor, atado de brazos y piernas, la víctima a punto de ser ofrecida en sacrificio.

Bueno, se dijo Fléiter. Parecía que los malos augurios de Eirem sí que habían resultado tales para el adepto.

Al menos hasta ahora, se dijo. Tranquilo, muchacho, acaba de llegar la caballería, justo a tiempo para rescatarte de los nativos hostiles.

Volvió a dejarse caer al otro lado del muro. Siempre por señas, les indicó a sus hombres que tomaran posiciones en extremos opuestos de la sala y que aguardasen su señal. Por un momento, consideró la posibilidad de enviar uno de ellos de vuelta al campamento para que trajera al resto, pero no tardó en desechar la idea. En el tiempo que le llevaría ir y volver, Yáxtor bien podía acabar muerto. No, no tenían tiempo suficiente.

Los dos se arrastraron hasta las posiciones que les había indicado mientras, muy despacio, Fléiter volvía a asomarse. Su posición era buena: dominaba perfectamente la sala y estaba en una zona en sombras, junto a una columna; sería muy difícil que lo vieran.

La conversación entre los cuatro mercenarios murió de repente, cuando el hombre meditabundo alzó la vista y avanzó hacia ellos.

¡Mierda!

A la luz de las antorchas, Fléiter reconoció perfectamente el rostro de Adunor Sarac, antiguo jerarca de Bagrephor.

Entonces, ¿aquello no era una intriga política? ¿Estaba ante la venganza de un amante despechado?

No, absurdo, no encajaba, no tenía ningún sentido. Quizá Sarac estaba aprovechando la oportunidad para saldar cuentas pendientes con Yáxtor, pero crear una trama como la del profeta era algo demasiado elaborado y con demasiadas resonancias políticas, para ser simplemente parte de una venganza. Fuese lo que fuese lo que pretendía, no tenía nada que ver con el adepto empírico y sólo el azar había puesto en sus manos al hombre que lo traicionó.

Sarac se acercaba al altar y, al hacerlo, apartó de un manotazo al profeta. Éste se dejó hacer dócilmente a un lado, tembló un poco y acabó quedándose inmóvil. El antiguo jerarca contempló al adepto empírico en silencio. Resultaba difícil discernir qué emociones pasaban por su rostro. Seguramente demasiadas, se dijo Fléiter.

—Ah, Yaxétor, mis ofrendas a Manulabi, dios del azar, no fueron por completo en vano. —Hablaba de un modo deliberadamente lento, cuidadoso, como si estuviera haciendo un esfuerzo enorme para controlar sus emociones—. Quién lo iba a decir. Tanto oro gastado y al final ha merecido la pena. Él te ha puesto en mis manos.

Yáxtor no dijo nada.

—¿No hablas? ¿No me dejarás escuchar tu voz una última vez antes de que desaparezcas en las sombras del inframundo y vagues por él buscando una vida que ya no es tuya? —Se detuvo un momento, contempló al profeta con el rostro ceñudo y se volvió de nuevo al prisionero—. ¿No vas a suplicar por tu vida, tan siquiera, antes de decirme por qué vigilabas a mi profeta y en compañía de quién?

Yáxtor hizo lo más inquietante que podía hacer. Sonrió. Una sonrisa cargada de afecto, casi de devoción hacia el hombre que le hablaba.

—No, Adunor, no suplicaré por mi vida —dijo luego—. Pero confieso que me alegro de que tú hayas podido conservar la tuya.

El jerarca respiró muy despacio. Con los puños apretados, avanzó un par de pasos.

—Mientes bien —dijo—. Tu lengua sigue siendo dulce y vierte su veneno con la misma delicadeza de siempre, eso te lo concedo, Yaxétor.

Sin dejar de mirar al jerarca con afecto, Yáxtor dijo:

—No miento. En cuanto a mis acciones pasadas… hago lo que tengo que hacer por mi país y mi Reina. ¿Acaso harías tú menos que eso? ¿No me dijiste que Ashgramor merecía cualquier sacrificio? ¿Merece menos para mí mi propia patria?

Sarac tomó aire y apretó los dientes. Abrió la boca de repente y dejó colgando una frase a medio pronunciar.

—Si mi muerte va a calmar tu rabia, adelante —dijo Yáxtor—. Si te vas a sentir mejor torturándome, no te prives de ese placer. Pero no me pidas que traicione lo que soy. El Adunor que conocía no querría eso.

Sarac dio un paso atrás, como si algo le hubiera golpeado.

—-¿Llegaste a conocerme? —consiguió decir.

La voz le temblaba y Fléiter comprendió en ese momento que no era rabia o de odio. O, al menos, no sólo de eso. Incluso ahora, después de saber que Yáxtor le había mentido, engañado y manipulado, después de ser consciente de que el adepto había sido el instrumento principal de algo que bien podía haber acabado en su muerte, el jerarca no podía apartar los ojos de él, no podía dejar de mirarlo, tal vez de recordar… y de desear. Como una polilla atrapada en un baile suicida, la voz del jerarca lo traicionaba.

Yáxtor se limitó a sonreír; una sonrisa de añoranza tras la que había el recuerdo de noches interminables, cuerpo contra cuerpo, de caricias y promesas, de palabras que nunca se dijeron porque no eran necesarias.

Fléiter contuvo un juramento de admiración. No sólo por la impecable actuación del adepto, sino por el modo en que había atrapado a Sarac. Y, ¿cómo lo había hecho, de qué forma había…? Con su cuerpo, sin duda, con su voz y sus manos, con sus caricias, sus besos y jadeos. Pero también con algo más. Fléiter estaba empezando a sospechar que el dominio de Yáxtor sobre sus mensajeros (y tal vez los de los demás) era escalofriante.

—Maldito —susurró Sarac—. Maldito —repitió con la voz quebrada. Meneó la cabeza, intentado tranquilizarse—. No eres humano —dijo de pronto—. No eres más que una máquina al servicio de la destrucción.

—O de la creación —respondió Yáxtor—. Depende de cómo se mire.

Vacilante, Sarac dio un par de pasos en dirección a Yáxtor. Tomó la cabeza del joven entre las manos y acercó la suya. Dijo algo en voz muy baja, de un modo crispado, tembloroso. Yáxtor asintió y dejó caer una respuesta que Fléiter no pudo oír. Había un brillo húmedo en los ojos del jerarca cuando se apartó a un lado.

Fléiter no sabía si maldecir o admirar al adepto. El joven no parecía consciente de lo apurado de su situación, aunque sin duda lo era. En su rostro no había otra cosa que no fuera afecto y preocupación por Sarac, como si lamentase el dolor que su muerte iba a causarle al jerarca, como ésa fuera la única inquietud que turbara su mente.

Quizá eso no le ayudase a salir de allí con vida, pero desde luego al jerarca le iba a ser difícil olvidarle, hiciese lo que hiciese. Pasarían años y Sarac aún recordaría a Yáxtor y se preguntaría qué parte de su relación fue mentira y cuál había sido real.

—No importa —dijo de pronto Sarac. Parpadeaba, como si estuviera despertando de un mal sueño—. Ni siquiera yo importo demasiado. No, comparado con la causa a la que he dedicado mi vida. Morirás, Yaxétor, independientemente de lo que yo sienta o desee, porque es como tiene que ser, porque contigo y los que son como tú vivos, Ashgramor nunca estaría a salvo y seguiríamos siendo el campo de juegos de las potencias. He dedicado todavía mi vida a impedir eso. El resto no importa.

Ah, pero importaba, se dijo Fléiter. Claro que importaba. Por qué si no Sarac iba a perder el tiempo en justificarse ante Yáxtor. Bien por el muchacho.

Espero que nunca esté del lado contrario al mío, pensó.

Miró hacia donde había enviado a sus hombres. Sí, estaban en su sitio y dispuestos. Era el momento.

Sin embargo, no pudo dar la señal.


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