LA MUERTE DEL PAPA
Luis Miguel Rocha
Fascinante. USA Today
Título original:
© 2006, Luis Miguel Rocha
Traducción, Jorge Salvetti
Ilustración de cubierta: Alejandro Terán
Diseño de interiores: Raquel Cané
Primera edición: septiembre de 2006
ISBN: 978-1-4467-2111-7
Este libro está dedicado a
Juan Pablo I
Albino Luciani
17.X.1912
29.IX.1978
Y en cuanto a usted, Señor Patriarca, la corona de Cristo y los días de Cristo.
Hermana Lucía a Albino Luciani, Coimbra, 1 de julio de 1977.
Que Dios os perdone por lo que me habéis hecho.
Albino Luciani a los cardenales que lo eligieron Papa el día 26 de agosto de 1978.

Capítulo uno
Anno domini MMVI
¿Por qué corre un hombre? ¿Qué le hace correr? En el sentido literal de la expresión, una pierna se adelanta a la otra, el pie derecho sigue al pie izquierdo; no hay primeros lugares en estas cosas del cuerpo. A unos los mueve el deseo de gloria. A otros les motiva la pérdida de unos kilos de más. Sea como fuere, la suma de razones se resume en una sola: todos corren por la vida, ninguna otra cosa les impulsa.
Tampoco otra cosa impulsa a este hombre que desciende a toda prisa las enormes escaleras interiores de los Archivos Secretos del Vaticano a tan altas horas de la noche. La sotana negra se diluye en la tenue iluminación del nada secreto lugar que alberga documentos manifiestamente secretos. En principio, sólo el Sumo Pontífice puede disponer de ellos o permitir que alguien acceda a ellos. Allí, en las tres imponentes salas paulinas y en otros edificios anexos, tras el Palacio Apostólico, se conservan documentos de capital importancia para la Historia del pequeño Estado y del mundo. Los funcionarios suelen decir que cualquier investigador puede consultarlos —siempre que se trate de documentos posteriores a 1939 o referidos al Concilio Vaticano II—, pero en Roma y en el resto del planeta se sabe que ni todos pueden entrar ni los que entran pueden verlo todo. En los 85 kilómetros de estanterías del Archivo Secreto hay muchos recodos ocultos.
El clérigo hace este camino secreto. En la mano lleva algunos papeles amarillentos por el tiempo, probablemente la razón de tan acelerada carrera. Un ruido disonante con el de sus pasos lo alarma, ¿viene de arriba?, ¿de abajo?, ¿de dónde procede? son las preguntas que cruzan su mente. Se detiene, mira, escucha, sólo se oye el ritmo acelerado de su respiración, el sudor le chorrea por el rostro. Corre a sus aposentos, en la propia Ciudad del Vaticano, o mejor, en el país del Vaticano, porque eso es en realidad el Vaticano, con sus reglas, sus leyes, su credo y su sistema político.
Ese hombre se llama monseñor Firenzi. Bajo la escasa luz de la lámpara de su escritorio, garabatea su nombre; unos trazos escritos a toda prisa en un gran sobre donde ha colocado los papeles que lleva en la mano antes de sellarlo. Él es el remitente, no cabe duda, pero es imposible discernir el nombre del destinatario porque la iluminación es tenue y porque, además, monseñor Firenzi inclina la vista sobre el papel hasta casi rozarlo, quizá a causa del sudor, que le ha empañado los ojos y no logra distinguir su propia letra. Finalizada esta operación, monseñor abandona el cuarto.
¿A dónde irá con tanta urgencia a estas horas de la noche monseñor Firenzi? La campana de la basílica de San Pedro ya marca la una de la mañana. Después del toque, el silencio vuelve a adueñarse de la noche. Hace frío, pero no parece notarlo este siervo de Dios que continúa su carrera y muy pronto llega al exterior, a los paseos que llevan a la plaza de San Pedro, a la maravilla elíptica de Bernini, con su simbología cristiana y pagana, porque los artistas no son personas que se sometan a un solo arte o a una sola fe. De nuevo, un ruido hiere los oídos de monseñor. Se detiene; un sudor frío le recorre el cuerpo, mientras, jadeando, trata de recuperar el aliento. No hay duda, son pasos; quizás un guardia suizo en su ronda nocturna. De todos modos, monseñor Firenzi acelera la marcha, rumbo quién sabe a dónde, con el sobre firmemente asido en la mano. Debería llevar varias horas en la cama si ésta fuese una noche como todas, pero, a juzgar por su expresión de inquietud, no lo es. Las manos apretadas contra el cuerpo protegen el sobre. Ya llega a la mitad de la plaza, lanza una mirada hacia atrás. Una sombra, en el fondo; no es un guardia suizo, al menos no viste como tal, o tal vez lo sea y no esté de servicio. No ha acelerado el paso, a diferencia de monseñor Firenzi, que ahora avanza a media carrera. La oscura figura prosigue su andar con el mismo ritmo parejo y cadencioso. No corre; quien lo hace es monseñor Firenzi, que vuelve de nuevo la vista atrás; cualquiera que le viera pensaría que no está en sus cabales, pero nadie pasea por esos lugares a esta horas; sólo él y esa sombra, uno caminando, el otro corriendo. No parece haber ninguna relación entre ambos, pero ¿quién puede estar seguro?
Su Ilustrísima deja la plaza y continúa por la Via della Conciliazone. Roma duerme el sueño de los justos, de los injustos, de las personas de bien, de mal, de los pobres, de los ricos, de los pecadores y de los santos. Monseñor aminora el ritmo de la marcha, opta por el paso rápido; la sombra sigue el mismo camino y parece acortar distancias. Un fulgor destella en una de sus manos. Firenzi lo ve y echa a correr de nuevo tan rápido como la edad y las articulaciones se lo permiten. Corra por la vida, monseñor Firenzi; de su carrera depende su vida o su muerte. Un ruido apagado le estalla en los oídos, y se aferra tambaleante a lo primero que ve. Ha sido rápido, ya pasó; un sonido extraño, apagado, y después nada. La sombra se aproxima, aún lejana, pero el ruido se ha transformado en un dolor lacerante que le recorre las costillas. Monseñor se lleva la mano hacia donde le duele, cerca del hombro. Sangre, la sangre de la nueva y eterna alianza entra la vida y la muerte, el equilibrio o desequilibrio de los miembros y de los órganos. Vuelven a oírse los pasos, la sombra está cerca, el dolor le penetra cada vez más en el cuerpo.
--Monsignor Firenzi, per favore.
--Che cosa desiderano da me?
--Io voglio a te –El enigmático perseguidor saca un móvil y habla en una lengua extraña, tal vez de algún país del Este. Monseñor Firenzi repara en el tatuaje de una serpiente cerca de la muñeca. Segundos después, un coche negro se detiene al lado de los dos hombres; los cristales oscuros no dejan ver si, además del conductor, hay alguien en el interior. El hombre arrastra al desfalleciente monseñor y le introduce en el coche, sin violencia, sin esfuerzo aparente.
--Non si preoccupi. Non state andando a morire.
Antes de entrar en el coche, el hombre limpia la superficie del buzón de correos donde se ha apoyado monseñor, después de recibir el tiro certero en el hombro. Firenzi lo mira fijamente, mientras el dolor le traspasa el cuerpo: «Es esto lo que se siente cuando se recibe un disparo», piensa. El hombre continúa limpiando las pruebas de lo sucedido hace unos segundos. Qué ironía, limpiar las pruebas, qué ironía. El dolor le lacera el cuerpo. Es en su casa en lo que piensa en esos momentos, y portugués la lengua que le viene a la boca:
--Que Deus me perdoe.
El hombre entra rápidamente en el coche. Avanzan, ni muy rápido ni muy lento para no levantar sospechas; son profesionales, saben lo que hacen y cómo lo hacen. La calle vuelve a su quietud original, todo en orden. La limpieza ha estado bien hecha; no queda rastro alguno de sangre en el marco del buzón de correos en el que se ha apoyado monseñor, y en el que casi milagrosamente y sin que su perseguidor se aperciba, ha logrado introducir el sobre al que se aferraba.

Capítulo dos
Albino
29 de septiembre de 1978
“En efecto, ninguno de nosotros vive para sí mismo,
y ninguno muere para sí mismo”.
Romanos 14, 7
Para unos, la rutina es una rueda que muele, destruye y arruina la vida: lamentan la reiteración constante de los episodios y los actos durante segundos, minutos, semanas, días y desprecian el escenario repetitivo por el cual desfilarán nuevamente como una rueda que muele, destruye y arruina la vida: lamentan la reiteración constante de los episodios y los actos durante segundos, minutos, semanas, días y desprecian el escenario repetitivo...
Para otros, en cambio, el sometimiento a leyes fijas es una necesidad que no debe ser alterada por elementos no habituales. Lo impensable y lo nuevo jamás debería alterar ni modificar el escenario en el que desean que transcurra su existencia.
La vida no deja de ser mezquina para unos y otros. Ella ofrece variaciones en el teatro, para alegría de algunos, y mantiene la esencia y las reglas en otras ocasiones, para no disgustar a otros.
Pero la hermana Vincenza no se quejaba del invariable transcurrir de la vida. Desde hacía casi veinte años, la venerable anciana estaba al servicio de don Albino Luciani. Son los designios del Señor: ¿quién se atrevería a cuestionar una vía elegida por Dios? Y más: quiso el Altísimo que después de tantos años, don Albino y sor Vincenza mudasen de residencia. Seiscientos kilómetros separan su domicilio veneciano de su hogar actual. Pero, aun así, a pesar de esta severa perturbación de sus días, la laboriosa hermana Vincenza no se quejaba.
Sor Vincenza ya estaba levantada. El sol aún no había desvelado la grandeza de la inmensa plaza, que permanecía en la penumbra, sólo iluminada por amarillentos faroles. A aquellas horas de la madrugada, exactamente a las cuatro y veinticinco, sor Vincenza se ocupaba sumisamente de llevar a cabo su ritual diario. Todos sus actos formaban parte de la rutina a la que —por fortuna— ya se estaba habituando en su nuevo destino.
Llevaba una bandeja de plata, con una jarra de café, una taza y un plato, y la depositó en una repisa, junto a la puerta de los aposentos de don Albino Luciani.
Una operación de sinusitis a la que se sometió hace muchos años le había dejado al recién elegido Papa un gusto amargo en la boca que reaparecía todos los días al despertar. Don Albino intentaba mitigar ese regusto metálico con el café que sor Vincenza le traía todas las mañanas.
Mientras recorría la galería hacia los aposentos privados pontificios, sor Vincenza hizo cuentas y reparó en un detalle que casi le había pasado desapercibido: ya hacía más de un mes que repetía esa rutina en el nuevo destino. La religiosa aún no estaba acostumbrada a aquellos corredores largos y oscuros: durante la noche, sólo una iluminación escasa y macilenta permitía vislumbrar los objetos que acechaban entre las sombras. «Es muy enojoso no poder distinguir lo que una lleva en las manos, don Albino», se había quejado en alguna ocasión.
A lo largo de aquellas galerías, el paso de los siglos se reflejaba en cada piedra, en cada estatua, en las pinturas y los tapices ricamente adornados y colgados de los imponentes muros. Pero tanto esplendor en tanta penumbra asustaba a la hermana Vincenza. Casi lanzó un grito al pasar ante aquel inquieto querubín, al que confundió con un niño agazapado, maquinando alguna travesura. «¡Qué tonta…!», pensó la hermana Vincenza: ningún niño había pisado jamás aquellos pasillos. La grandeza y el fasto de los Palacios Apostólicos son capaces de alterar el espíritu de las personas más sensibles y la hermana Vincenza se sentía aturdida ante aquel espectáculo de poder y cercanía a Dios. «Si no fuera por don Albino…», pensaba. Si no fuera por don Albino, ella jamás habría recorrido aquellas galerías. Sor Vincenza intentó tranquilizarse: a aquella temprana hora de la mañana, el corredor era para ella una fuente de temor e incomodidad, pero pronto llegaría un nuevo día, y aquellos pasillos se agitarían, vitales y emocionantes, con el ajetreado ir y venir de secretarios, asistentes, sacerdotes y cardenales.
En su nuevo destino, no faltaba quien se ocupara de asesorar a Juan Pablo I a propósito del protocolo, la política e incluso la teología. Sor Vincenza, en cambio, se ocupaba de don Albino Luciani, de su alimentación, de su salud y de los pequeños contratiempos de la vida común. Don Albino Luciani sólo tenía dos confidentes cuando deseaba quejarse de su hinchazón en los pies o de alguna molestia menor. Aunque ya se le había dicho que en el Vaticano había doctores especializados que se encargarían de restañar cualquier dolencia, don Albino prefería lamentarse ante sor Vincenza y, sobre todo, ante su médico predilecto: el doctor Giusseppe de Rós. Don Giuseppe viajaba cada dos semanas a Roma y recorría seiscientos kilómetros desde Venecia para ver a su paciente. «No sé cómo lo consigue, don Albino», decía el médico: «¿Está usted seguro de que cumple años? Cada día le encuentro mejor y más vigoroso».
—Don Giuseppe: comienzo a dudar de sus habilidades. Usted es el único que no descubre mis achaques.
Vincenza llevaba todas sus obligaciones con sumiso placer. Albino Luciani, a su juicio, era un buen hombre que siempre la trataba con delicadeza y afecto y que la consideraba más como una amiga que como una ayudante. Por eso la llamó junto a él cuando le obligaron a ocupar su nueva residencia, bastante más grande que la anterior y mucho más fastuosa, desde luego. Aquel lujo y aquella ostentación incomodaba a don Albino: él no era precisamente un hombre que disfrutara con la profusión de objetos inservibles que sólo sirven para angustiar a los hombres. Todo cuanto le interesaba se hallaba en su espíritu. Sin embargo, a veces los hombres se deben ocupar de ciertas cuestiones prácticas, aunque ello sólo sirva para hacer la vida más cómoda y amable a quienes les rodean. Con el tiempo, pensaba don Albino, sería necesario ordenar la casa de algún modo... a su gusto, o al gusto de los demás.
Un ataque cardíaco, hacía menos de un año, dejó a Vincenza postrada en la cama de un hospital. A pesar de los consejos médicos, que recomendaban que no volviera a trabajar y que, en todo caso, sólo supervisara el trabajo de otros —y preferiblemente sentada—, hizo oídos sordos y continuó atendiendo a Albino Luciani personalmente.
Sor Vincenza, a pesar de su bondadoso carácter, había fruncido el ceño cuando se le sugirió que abandonara las ocupaciones comunes que la hacían feliz: entre otras, llevar aquella bandeja con café por el corredor en penumbra a aquellas horas de la madrugada. Por supuesto, para seguir realizando aquellas tareas y poder estar cerca de don Albino, la hermana Vincenza había tenido que ingresar en la congregación de María Bambina, que se ocupa de la residencia papal. La madre superiora, Elena, y las hermanas Margherita, Assunta Gabriella y Clorinda habían sido muy amables con ella, pero ninguna de ellas se encargaría de nada que tuviera relación con los asuntos cotidianos de don Albino: sólo la hermana Vincenza atendería a aquel hombre, con manos expertas y delicada ternura.
Cuando estuvo ante la puerta de los aposentos privados de don Albino, sor Vincenza colocó la bandeja sobre una mesita especialmente dispuesta para este fin, al lado de la entrada, y golpeó la madera suavemente con los nudillos, dos veces.
—Buenos días, don Albino —dijo casi en un susurro.
Esperó entonces... Con frecuencia, un saludo semejante podía oírse al otro lado de la puerta, y generalmente, don Albino se levantaba de buen humor. A veces asomaba la cabeza y le dedicaba a la hermana Vincenza la primera sonrisa del día. Otras veces, cuando los altos negocios del Vaticano apesadumbraban su espíritu, don Albino farfullaba un «buenos días» y, en vez de quejarse de la diplomacia o de los tesoreros o de los políticos, lamentaba que se le hincharan tanto los tobillos.
Pero aquella mañana... Aquella mañana don Albino permaneció en silencio. A la hermana Vincenza no le gustaba que no se cumpliera la rutina con tediosa exactitud. Apoyó la cabeza sobre la puerta e intentó percibir algún sonido al otro lado. Pero nada pudo oír. Por un momento, consideró la posibilidad de llamar de nuevo, pero finalmente decidió no hacerlo. «Es la primera vez que don Albino se queda dormido —pensó mientras se giraba—. En fin, no será una tragedia que descanse unos minutos más...».
Sor Vincenza se alejó silenciosamente en dirección a su cuarto para rezar su primera oración matinal.
Ya eran las cuatro y media de la mañana.
*
Obsérvese a este hombre que da vueltas y vueltas en la cama, mientras rezonga porque no consigue dormirse. No es cosa rara. Todos pasamos alguna vez por el mismo drama, el de no encontrar una postura confortable para dormir. Pero lo que diferencia a este hombre de los demás mortales es que a él le resulta fácil dormir a cualquier hora del día o de la noche, sean cualesquiera las circunstancias. El sargento Hans Roggan es regular, metódico, moderado, contenido. Hoy su madre ha venido a Roma para verle. Ha cenado con ella y, se dice a sí mismo, probablemente sea el café que tomó a los postres lo que ahora no le deja dormir. Aunque es raro, ya que, por lo general, el café no ejerce ningún efecto en él.
Decide levantarse. «Si no vienes, qué le vamos a hacer --se dice--, no voy a quedarme aquí esperándote». Abre la puerta del armario y se pone el uniforme, diseñado en 1914 por el comandante Jules Repond. Si hubiese sabido que décadas más tarde atribuirían la autoría de la indumentaria a Miguel Ángel, quién sabe si Jules Repond se habría sentido feliz por el honor o amargado por el olvido. Pero el caso es que no fue Miguel Ángel, por más que sea una idea que pueda pasar por la cabeza de muchas personas, si tenemos en cuenta que nos referimos a los uniformes de la Guardia Suiza, de la que el mencionado sargento forma parte, y a la que comanda esta noche fresca en la que no consigue dormir.
Todos esos llamativos colores del uniforme, basados, eso sí, en los frescos de Miguel Ángel, contrastan con el humor del sargento. Siente una profunda inquietud, una ansiedad infundada, surgida de la nada, como si algo malo le estuviese ocurriendo, lo que, a primera vista, no es verdad.
El sargento Hans Roggan tiene el trabajo que siempre anheló desde su más tierna infancia: formar parte de la Guardia Suiza, servir al Papa. Para ello ha tenido que pasar por pruebas muy difíciles; en particular, ha de llevar una vida disciplinada y conforme con las enseñanzas del Señor. Pero conviene no olvidar los requisitos básicos con los cuales ha sido agraciado: ser suizo, soltero, poseer principios morales y éticos, medir más de un metro setenta y cinco de estatura y, punto fundamental, ser católico.
No será él quien mancille la imagen de los valerosos soldados del papa Julio II. En caso de necesidad, está dispuesto a proteger a su Papa hasta la muerte, al igual que los seiscientos ochenta y nueve helvecios, fundadores de la Guardia Suiza, que protegieron a Clemente VII contra mil soldados españoles y alemanes durante el saqueo de Roma el 6 de mayo de 1527. Sólo cuarenta y dos sobrevivieron, y, bajo las órdenes de Hércules Göldi, pusieron a salvo al Papa en el castillo de Sant’Angelo, utilizando el passetto, un pasadizo secreto construido en los tiempos del papa Alejandro VI, que comunica el Vaticano con la fortaleza. Los restantes perecieron heroicamente, pero antes se cobraron la vida de casi ochocientos enemigos. Ésa es la herencia que Hans carga sobre sus hombros todos los días al vestir su uniforme. Un orgullo que le traspasa el alma todos los días. Pero hoy se siente perturbado por razones aparentemente incoherentes e ilógicas, si es que una razón puede ser incoherente e ilógica.
Hans es el responsable de la seguridad de la Ciudad del Vaticano. El sistema de protección de la ciudad se reduce a algunas rondas intramuros y a unos cuantos centinelas apostados en los puntos más emblemáticos y relevantes. El papa Juan XXIII abolió la práctica de apostar dos soldados durante toda la noche a la puerta de sus aposentos, por lo que el guardia más próximo se encuentra en lo alto de la escalera de la terza loggia, en una posición meramente simbólica, dado que se trata de un lugar poco utilizado, incluso de día. Cualquier perito, de los muchos que pululan por ahí, versados en las más diversas materias, diría que una persona con malas intenciones podría entrar fácilmente en la Ciudad del Vaticano. Y tendría razón.
Hans entra en su despacho y se sienta frente al escritorio. Abre un expediente y lo hojea. Son cuentas pendientes que tiene que entregar a su superior por la mañana, pero al cabo de unos segundos de pasar las hojas, lo cierra. Es inútil. No logra concentrarse.
--¡Pero qué rayos...! --rezonga--. Es mejor que salga a tomar aire.
Abandona su despacho, sin molestarse siquiera de cerrar la puerta y sale del edificio de la Guardia Suiza, deambula por los cercanos jardines interiores, y decide dar un paseo por la plaza. Pasa junto a dos guardias sentados en unas escaleras. Ambos dormitan.
«Parece que soy el único que no logra dormir» --piensa. Los despierta con una palmada en el hombro y los guardias se levantan de un salto, atemorizados.
--Disculpe, mi sargento.
--Que no vuelva a ocurrir --responde Hans en tono intimidatorio. Sabe que sus hombres han atravesado un período de trabajo muy intenso. Hace poco más de un mes, el 6 de agosto de 1978, falleció Giovanni Battista Montini, más conocido como Pablo VI, en la residencia papal de verano, en Castel Gandolfo. Las exequias de un Pontífice se prolongan durante varios días, y la Guardia no deja solo a su Papa muerto ni un instante; cuatro hombres permanece día y noche en posición de firmes en las esquinas del catafalco. Por delante desfilan las numerosísimas personalidades mundiales y los jefes de Estado que acuden a presentar un último homenaje a Su Santidad.
Una vez concluidos los funerales comienzan los preparativos para el cónclave, que se desarrolla de una manera hermética. Se cancelan los permisos y se duplica el trabajo. El cónclave se celebró el 25 de agosto, exactamente veinte días después del fallecimiento del Papa, justo al límite del período máximo permitido, que es de veintiún días. A pesar de que fue breve y finalizó al día siguiente, a continuación comenzó el frenesí habitual en torno al nuevo Papa. Hacía apenas unos días que las cosas habían vuelto a la normalidad.
Hans reanuda su paseo, dejando atrás a los guardias somnolientos: «Yo soy el único que no tiene sueño».
No puede evitar un sentimiento de propiedad en relación a todo lo que le rodea. Al fondo se eleva el obelisco de Calígula, justo en el centro de la plaza de San Pedro. Qué irónica es, a veces, la historia del mundo; la obra de un psicópata en el centro mismo del lugar más santo para los católicos. Prosigue tranquilamente, sintiendo en el rostro la suave caricia de la brisa. De pronto, algo llama su atención. A su izquierda se yergue el Palacio Apostólico y, en el tercer piso, las luces del cuarto del Papa están encendidas. Mira su reloj: son las cuatro y cuarenta de la mañana.
«Este Papa se despierta temprano». Cuando Hans regresaba de cenar con su madre, sobre las once, las luces también estaban encendidas. Cuidadoso, como todo guardia suizo que se precie, decide volver hasta donde estaban los guardias a los que había sorprendido durmiendo. Ahora se encuentran conversando; el sargento ha espantado su sueño de una vez y para siempre.
--Mi sargento --le saludan los dos.
--Díganme una cosa, ¿Su Santidad ha apagado las luces de su cuarto durante la noche?
Mientras que uno duda, el otro afirma con rotundidad:
--Durante mi turno las luces no se han apagado un solo instante.
A pesar de haberlos sorprendido adormecidos, Hans sabe que no han podido distraerse más de unos minutos.
--Qué extraño --murmura.
--Su Santidad suele encender las luces más o menos a esta hora. Pero esta noche no las ha apagado --continúa el guardia--. Debe de estar trabajando en esos cambios de los que hablan.
--Eso no nos concierne --dice Hans y cambia de tema--: ¿Todo en orden?
--Todo en orden, sargento.
--Muy bien. Hasta luego. Mantengan los ojos bien abiertos.
Cuando regresa hacia el edificio de la Guardia Suiza, siente finalmente que le pesan las pupilas. Todavía puede dormir un par de horas. De nuevo se vuelve hacia las luces encendidas en los aposentos del Papa.
«No cabe duda de que las cosas van a cambiar por aquí», piensa, esbozando una sonrisa. Ahora puede dormir tranquilo.
*
Habían pasado quince minutos desde que la hermana Vincenza había depositado la bandeja de plata sobre la mesita, junto a la puerta de los aposentos privados de don Albino Luciani. Era hora de regresar y de obligar a don Albino a levantarse y a tomar sus medicinas.
De nuevo, un escalofrío recorrió su espalda al cruzar por segunda vez el sombrío corredor. A pesar del propio don Albino, la hermana se plantaba honesta pero imperiosamente ante él y no abandonaba la sala hasta que aquel hombre había ingerido la medicina para subirle la tensión, excesivamente baja a juicio de don Giuseppe. Su medicación se reducía a unas pastillas blancas e insípidas, ante las cuales el pontífice mostraba un gesto de irónica sorpresa. Pero Vincenza tenía que ocuparse de ello. A veces, también se encargaba de que tomara sus vitaminas, al final de las comidas, y de aplicarle una inyección para estimular la glándula suprarrenal al acostarse.
Don Albino a veces bromeaba con sor Vincenza y le reprochaba benévolamente que apareciera, todos los días, «religiosamente», entre las cuatro y media y las cinco menos cuarto de la mañana, para proporcionarle los medicamentos que mantendrían su tensión en los niveles adecuados.
A continuación, don Albino tomaba un baño y luego perfeccionaba su inglés con un curso a distancia en casetes, entre las cinco y las cinco y media, afirmando una rutina que se resistía a variar. Por último, el pontífice rezaba en su capilla privada hasta las siete de la mañana. Aquellos hábitos sencillos le recordaban cómo era su vida en su residencia anterior y mitigaban el enorme peso que los cardenales habían depositado sobre sus hombros.
Cuando llegó a los aposentos de don Albino, sor Vincenza no pudo menos que mostrar su extrañeza: aquella mañana todo el sistema, ajustado durante años, se estaba derrumbando. La bandeja de plata con la jarra de café, la taza y el plato estaban en el mismo lugar en el que los había dejado unos minutos antes. Levantó la tapa de la cafetera para verificar si aún estaba llena. Y lo estaba: a lo largo de casi veinte años, jamás había sucedido algo semejante, y don Albino Luciani nunca había dejado de responder a su saludo de «buenos días» con un alegre «Buenos días, Vincenza».
En realidad, las cosas no eran exactamente así: algunos detalles se habían modificado. Antes de mudar de residencia, sor Vincenza llamaba a la puerta, entraba con la bandeja de café y ella misma la dejaba personalmente en manos de Albino. Esta costumbre fue reprobada vehementemente cuando la descubrieron los nuevos ayudantes papales. Según ellos, aquella conducta era una flagrante violación del protocolo. Así que, para agradar a unos y a otros, se decidió aplicar el término medio: sor Vincenza continuaría llevando el café todas las mañanas, pero dejaría la bandeja junto a la puerta de los aposentos privados de don Albino.
La hermana Vincenza volvió a apoyar la cabeza en la puerta y contuvo su respiración para poder escuchar los sonidos del interior de la estancia. No oyó nada ni pudo percibir movimiento alguno. «No sé si llamar de nuevo...», se dijo. Golpeó tímidamente la madera con los nudillos.
—Buenos días, don Albino —susurró recelosa.
Se apartó de la puerta y la observó detenidamente, pensando qué otra cosa podría hacer. «En Venecia entraba y no me andaba con tantas vueltas», farfulló.
La rendija inferior de la puerta dejaba escapar una fina línea de luz. «Bueno, así que don Albino ya está en pie...». Entonces, volvió a llamar a la puerta decididamente.
—¿Don Albino?
Pero nadie contestaba. Golpeó de nuevo la puerta con los nudillos, pero sólo el silencio fue la respuesta. No le quedó más alternativa que entrar en los aposentos, a pesar de todos los dictámenes del protocolo. Colocó la mano sobre el picaporte dorado y giró la manilla.
—Si tengo que ocuparme de agradar a todos esos secretarios, jamás sabré si don Albino se ha levantado o se ha quedado dormido...
Entró de puntillas. Don Albino permanecía sentado en la cama, apoyado sobre las almohadas, con las gafas puestas, unos papeles en la mano y la cabeza inclinada hacia el lado derecho. La expresión alegre y la amable sonrisa que encantaba a todos los que le rodeaban se habían transformado en una mueca de agonía. Vincenza se aproximó rápidamente a don Albino con el corazón estremecido y agitado. Pero sor Vincenza no recordó entonces la debilidad de su propio corazón. Con los ojos llorosos y enrojecidos, cogió la mano de don Albino y le tomó el pulso. Uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos...
Sor Vincenza cerró los ojos y las lágrimas surcaron su rostro.
—¡Oh, Dios mío!
Tiró violentamente del cordón que colgaba junto a la cama de don Albino y el sonido de una campanilla se pudo oír en las salas y las estancias cercanas.
«Tengo que ir a llamar a las hermanas», pensó, atenazada por los temblores y el nerviosismo. «No... Antes he de llamar al padre Magee. No. Demasiado lejos... Es mejor llamar al padre Lorenzi».
La campanilla dejó de sonar, pero nadie acudió a la llamada de sor Vincenza. Entonces, se precipitó hacia el corredor y, sin pensar, olvidando todas las reglas impuestas por los rígidos secretarios de protocolo, abrió la puerta del cuarto del padre Lorenzi, que dormía cerca de los aposentos de don Albino. El secretario, el padre Juan Magee, ocupaba una estancia en otra planta, mientras esperaba a que se concluyeran las obras de remodelación de su dormitorio.
—¡Padre Lorenzi! ¡Padre Lorenzi, por Dios! —gritó sor Vincenza.
El padre Lorenzi se despertó, aturdido, soñoliento y sorprendido ante tan intempestiva visita.
—¿Qué sucede, sor Vincenza? ¿Qué ocurre?
Pero apenas pudo comprender lo que sucedía: sor Vincenza se acercó a él y se aferró a su pijama, mientras se abandonaba a las lágrimas
—¿Qué ocurre, hermana? ¿Qué ocurre?
—Padre Lorenzi... ¡Don Albino…! ¡Es don Albino, padre Lorenzi! ¡Don Albino está muerto! ¡El Papa está muerto!
No hay rutina más firme que la de los astros: aquel día, el 29 de septiembre de 1978, el sol no faltó a su cita diaria, e iluminó con sus dorados rayos la inmensa plaza de San Pedro de Roma. Era un día precioso...

Capítulo Tres
En la casa de la Vía Veneto el movimiento es constante en las escaleras, el rellano, el portal. Un continuo entrar y salir de inquilinos, familiares, amigos, empleados, carteros, que suben y bajan las escaleras un número incontable de veces, en el ajetreo cotidiano. Pero en el tercer piso reina un silencio sepulcral. Tres hombres han entrado de madrugada. Dos de ellos permanecieron dentro diez minutos. Nadie los vio ni llegar ni marcharse.
El tercer individuo no ha dado señales de vida. No se oyen pasos, ni el abrir y cerrar de grifos, cajones o armarios. Parece el vecino silencioso, ideal, que todos quisieran. Tal vez haya bebido más de la cuenta durante la noche y por eso sus amigos lo han llevado a su casa, donde aún duerme la mona. O a lo mejor trabaja de noche y duerme de día. Hay muchas posibles explicaciones y una cosa cierta: no se le oye y sigue ahí dentro.
Un señor de edad sube las escaleras con esfuerzo, apoyándose en un bastón, acompañado por un hombre vestido con un traje de Armani. Cuando llegan a la puerta cerrada del tercer piso, donde no se oye ni el vuelo de una mosca, el asistente coloca una llave en la cerradura.
--Espera --el anciano respira con dificultad--. Déjame recuperar el aliento.
El asistente obedece. Pasa cierto tiempo hasta que el viejo recupera el ritmo normal de respiración, pero una vez que lo logra, adopta una postura señorial. Ahora el bastón es un adorno, no un apoyo. Un gesto basta para que el asistente sepa que ya puede abrir la puerta. Éste gira la llave dos veces y un leve empujón descubre el vestíbulo de la casa. Entran sin ceremonia. El viejo delante y el otro, que cierra la puerta sin hacer el menor ruido, detrás.
--¿Dónde está? --pregunta el anciano, impaciente.
--Dijeron que lo dejaron en la habitación.
Allí se dirigen y encuentran a un hombre atado a la cama. La sábana está manchada de sangre. Tiene una herida en el hombro. El sudor le cubre el rostro y el cuerpo. Sólo lleva una camiseta de manga corta y unos calzoncillos. Levanta la cabeza para mirar a los recién llegados. Pese a su posición humillante, nadie le verá flaquear. Es monseñor Valdemar Firenzi.
--Monseñor --saluda el viejo con una sonrisa cínica en los labios.
Firenzi se queda atónito al verlo.
--¿Usted? --balbucea.
--En persona --rodea la cama y se sienta al lado de monseñor, en una silla cercana a la cama--. ¿Creía que lograría escapar?
--¿Escapar de qué? --la expresión de asombro aún perdura en el rostro del cardenal.
--No se haga el tonto, querido amigo. Usted tiene algo que me pertenece. Y sólo vengo a recuperar lo que es mío.
Firenzi mira al asistente, que en este momento se quita el abrigo y lo coloca en el respaldo de una silla.
--No sé de qué me está hablando.
Una bofetada le parte el labio, del que empieza a salir un hilo de sangre. Cuando recupera la compostura, Firenzi ve al asistente a su lado, totalmente erguido. Una gélida expresión le recorre el rostro.
--Mi querido monseñor. No quiero usar con usted métodos desagradables para recuperar lo que es mío. Pero me desilusiona profundamente. Tanto, que no sé si alguna vez podré superarlo. Pero, a fin de cuentas, usted me ha robado una cosa que es mía --dice el Maestre, inclinándose sobre Firenzi--. Comprenda la gravedad de la situación. Usted ha robado. Si no puedo confiar en un hombre de la Iglesia, ¿en quién lo haré?
El viejo se levanta y camina por la habitación, pensativo.
--¿Comprende el dilema en el que me ha metido? Ni en la Iglesia puedo depositar mi esperanza, mi amor. El Señor envió a su hijo para redimirnos de la mentira. Le pregunto, mi querido monseñor, ¿Y ahora? --le mira a los ojos--. Y ahora, ¿qué haremos?
--Usted sabe muy bien lo que hizo --afirma Firenzi.
--¿Lo que hice? ¿Lo que hice? De eso se alimenta el mundo, de la acción. De hacer cosas. Todos hacemos algo.
--Es usted quien se hace el tonto --le interrumpe Valdemar Firenzi, que inmediatamente recibe otra bofetada, en el mismo sitio que la anterior, para aclararle que no está permitido hablarle al viejo en ese tono.
--No tengo todo el día. Quiero los papeles cuanto antes, de modo que dígame dónde están.
El prelado recibe un nuevo golpe, sin razón aparente, pues ahora no ha dicho una palabra. La cara se está hinchando, la sangre de la boca empieza a caer sobre la camiseta.
--Dios nos pone la carga, pero también nos concede la fuerza para llevarla --dice monseñor.
--De acuerdo. Veremos cuánta fuerza le ha dado el Señor --afirma el viejo, haciendo un gesto al asistente.
El sonido de un móvil interrumpe el interrogatorio, que hasta ahora, pese a su violencia, ha dado pocos frutos: una parroquia bonaerense, un nombre. El asistente se toma su tiempo para buscar el teléfono en el bolsillo del abrigo.
Mientras el asistente responde a la llamada, el viejo vuelve a acercarse a Valdemar Firenzi. Ahora parece algo cansado, ya no tiene edad para pasar por estas situaciones.
--Vamos, monseñor, dígame dónde están los papeles y todo esto termina de inmediato. Se lo garantizo. No necesita seguir sufriendo.
El torturado le lanza una mirada penetrante a los ojos. Parece que saca fuerzas directamente de su fe. La sangre chorrea por la boca, la barbilla, el pecho. Su voz, que no oculta el dolor, tiene una asombrosa firmeza.
--Dios perdonó. Y si él lo hizo, también yo perdonaré.
Al viejo del bastón le cuesta dos segundos asimilar la frase. Luego hace un gesto airado, repleto de odio. Ha comprendido que no obtendrá nada más de Firenzi.
--Que se haga su voluntad.
El asistente corta la llamada y susurra unas palabras al oído del jefe.
--Han encontrado una dirección en sus aposentos del Vaticano.
--¿Qué direccion?
--La de una periodista portuguesa, radicada en Londres.
--Curioso.
--Han investigado. Es la hija de un antiguo miembro de la organización.
Tarda un instante en tomar la decisión.
--Llama a nuestro hombre. Que haga una visita al cura de Buenos Aires, quizá obtenga algo, y después que espere nuevas órdenes en Gdansk. Luego irás allí personalmente.
--Muy bien, señor --dice el asistente, en tono servil.
--¿Y qué hacemos con monseñor?
--Dale la extremaunción --responde sin vacilar--. Te espero en el coche.
Tras dar una palmada amistosa en el hombro de su asistente, el viejo se retira sin despedirse de monseñor Valdemar Firenzi. Ni siquiera una última mirada. Tampoco oye el golpe seco que pone fin al padecimiento del clérigo. Con el móvil pegado al oído, baja las escaleras con la ayuda del bastón. Ya no necesita mantener una postura señorial, la imagen de un viejo decrépito le cuadra bien, sobre todo porque se asemeja más a la verdad. Alguien responde a su llamada telefónica.
--¿Geoffrey Barnes? Tenemos un problema.

Capítulo Cuatro
Para Sarah Monteiro ninguna ciudad puede equipararse a Londres, al que ahora sobrevuela de regreso a su casa en Belgrave Road. El avión procede de Portugal, de Lisboa, y hace casi media hora que espera pista volando en círculo sobre el aeropuerto. Para Sarah Monteiro todo esto es un placer recuperado, tras quince días de monótonas vacaciones en casa de sus padres, un capitán del ejército portugués y una profesora inglesa. De ahí la “h” que acompaña su nombre, al igual que su amor por lo británico. No es que no le guste Portugal, todo lo contrario, le parece un país bonito, nació allí, pero piensa que a pesar de su larga historia, han sido muchas sus revoluciones y pocas sus reformas. En cualquier caso, para Sarah Portugal es un destino obligado dos o tres veces al año. Le encanta pasar las Navidades en una hacienda cerca de Beja, en el Alentejo, donde sus padres llevan unos años retirados. Ese aire de campo, tan diferente del de la capital británica, le resulta imprescindible.
Podría decirse que el avión aterriza con normalidad, si se tiene en cuenta que el más suave de los aterrizajes siempre comporta una cierta dosis de sacudidas y traqueteos. A pesar del largo camino que aún queda hasta el finger de desembarque --al menos unos veinte minutos--, los pasajeros se atropellan para ser los primeros en coger sus pertenencias y salir del avión.
«Acabamos de aterrizar en el aeropuerto de Heathrow. En Londres la temperatura es de veintiún grados centígrados. Permanezcan sentados y con los cinturones abrochados hasta que el avión se detenga por completo. Muchas gracias por volar en nuestra compañía», repite mecánicamente la azafata, pero ¿quién le presta atención? Apenas dos o tres personas, entre las que no se cuenta Sarah, acostumbrada a ir y venir en aviones, no sólo por sus visitas a Portugal, sino también rumbo a otros destinos, a otras capitales y ciudades a las que acude gracias a su oficio de corresponsal en Londres para una de las grandes agencias internacionales de noticias. Una profesión interesante: los extranjeros le pagan por dar noticias de su ciudad. Le quedan dos días de vacaciones antes de volver a la redacción, al trajín de las noticias y a la búsqueda incesante de algún acontecimiento sensacional.
Ahora sí, el avión se ha detenido y los pasajeros se apresuran a abandonar la aeronave. Es hora de tomar su portátil y su bolso y descender. Mientras avanza por el pasillo, llama a sus padres para comunicarles que ha llegado bien, y que más tarde, cuando llegue a casa, hablarán por Internet.
A continuación recorre los largos corredores alfombrados de verde y negro y se coloca en la fila para el trámite de inmigración. Ciudadanos de la Unión Europea, Suiza y Estados Unidos por un lado, ciudadanos de otras nacionalidades por otro. Todos con el pasaporte o documento análogo en la mano. Sarah es la siguiente. Aguarda disciplinadamente detrás de la línea amarilla para no invadir el espacio del señor de gafas que está delante o para no confundir al funcionario sentado detrás del mostrador.
«Next, please». El funcionario tiene cara de pocos amigos. Podría haber escogido otra ventanilla, porque la funcionaria de al lado parece bastante más simpática, pero lo hecho, hecho está. Le tiende el pasaporte y le brinda su mejor sonrisa.
--Es agradable estar de vuelta. ¿Qué tal tiempo ha hecho? --pregunta, con el único fin de amenizar el trámite.
--No se ve desde aquí --replica desabrido el funcionario. Sin duda, hoy se ha levantado con el pie izquierdo, o ha discutido con su mujer, si es que tiene.
--Hay algo que no está en orden en su pasaporte.
--¿Cómo dice? ¿Que algo no está en orden? Puedo enseñarle mi tarjeta de identidad, pero nunca he tenido problemas con mi pasaporte, ¿por qué razón habría de tenerlo ahora?
--Un posible error del sistema.
Suena el teléfono del mostrador y el funcionario malhumorado lo atiende. Horatio --ése es su nombre a juzgar por la tarjeta de identificación enganchada en su chaqueta-- escucha al interlocutor. «Sí, pero el pasaporte no está en orden». Vuelve a quedarse callado y después cuelga.
--Finalmente, parece que todo está bien. Puede pasar.
--Muchas gracias.
A Sarah el malhumor del hombre le ha dejado los nervios de punta. Ahora sólo le falta encontrar un taxista del mismo calibre para culminar la llegada. Pero primero tiene que ir a buscar la maleta a la cinta transportadora, así que todavía le falta una hora para llegar a su casa. Y eso si no ha perdido el equipaje.
*
Mientras Sarah intenta entenderse con el funcionario de aduanas, en la sala de control de seguridad, en algún lugar del aeropuerto, una alarma titila en un ordenador. El funcionario, un joven de unos veintitantos años, responde. Es el pan nuestro de cada día, cosas que siempre ocurren. El joven va vestido con una camisa blanca y pantalones negros; los galones que lleva en los hombros revelan su condición de oficial de las fuerzas del orden. Trata de descubrir el origen de la alarma roja que aún sigue encendiéndose y apagándose. La ha activado un pasaporte, posiblemente falsificado, o deteriorado, o caducado. Observa detenidamente la imagen que transmite la cámara de seguridad: una mujer guapa, de unos treinta años, se encuentra frente a la ventanilla 11, la de Horatio, un viudo gris y sin muchas luces, pero escrupuloso: no deja pasar nada que no esté absolutamente en orden. Lo mejor será avisar a su superior.
--Señor.
Un hombre de cabello entrecano, bien entrado en la cincuentena, se aproxima a él y se inclina sobre la pantalla del ordenador.
--Déjame ver.
El hombre observa los datos que aparecen en el ordenador, teclea algo y de inmediato aparece más información: el nombre de Sarah Monteiro y otros datos que pasan muy deprisa.
--No te preocupes. John. Yo me encargo de esto.
El hombre se dirige al teléfono y levanta el auricular.
--Hola Horatio, soy Steve. Déjala pasar. Sí, no te preocupes, déjala pasar, todo está bajo control. --Lleva el dedo hacia la tecla que pone fin a la llamada, la oprime y, sin colgar, marca otro número--. Acaba de llegar.
*
La cosa no ha ido tan mal. Apenas ha pasado media hora y ya está en el taxi, saliendo de la terminal 2, de camino a casa.
--Belgrave Road, please --dice al conductor, seguido del número que no revelaremos por razones de privacidad. Media hora o cuarenta minutos más, dependiendo del tráfico, y podrá tomar el tan anhelado baño de espuma, la bañera a punto de desbordarse, sales balsámicas para suavizar el ambiente, fresa y vainilla, una mezcla efervescente que relaja los músculos y serena el espíritu, si es que alguna vez se inquieta.
El taxi rodea la estación Victoria, siempre a rebosar de gente, y sigue avanzando por Belgrave Road. Es una calle bordeada de hoteles baratos y con las aceras muy concurridas. Su aspecto es típicamente londinense: casi todas las casas tienen un pequeño pórtico sustentado por dos columnas, algunas trabajadas imitando el estilo corintio, otras lisas, según sea el gusto del arquitecto o del propietario. Son casas centenarias, victorianas, sin duda, pero inmaculadas, pintadas todas recientemente, a excepción de aquellas cuya fachada es de ladrillo visto.
El taxi llega casi hasta el final de la calle. Cerca de la puerta de su casa, el taxista se ve obligado a frenar bruscamente. Sarah casi se golpea la cabeza contra la mampara de vidrio destinada a separar al taxista de los clientes. Un coche negro, de cristales tintados, les ha adelantado súbitamente y ha frenado en seco. El conductor del emblemático taxi londinense aprieta la bocina, rojo de furia.
--Move on --grita hacia el coche de delante --. Get the fuck out of the way.
El de delante baja la ventanilla, saca la cabeza en dirección al taxista profiere un «Sorry, mate», y arranca.
Segundos después, el taxi se detiene frente a la puerta de la casa de Sarah y el conductor es lo bastante amable como para bajar la maleta. Al entrar en la casa, Sarah se encuentra con una montaña de correspondencia esparcida por el suelo. Postales de colegas, las inevitables cuentas pendientes, propagandas de todas las formas y tamaños y otras cosas que ahora no tiene ganas de revisar. Lleva la maleta hasta el dormitorio, en el primer piso, va al cuarto de baño para abrir los grifos de la bañera y se pone cómoda. Por fin está en su casa.
Dos minutos después está en la bañera disfrutando de la espuma y las sales, miel en vez de vainilla, porque ésta se ha acabado, pero el efecto es el mismo. Relajante, sedante, tranquilizante. Ya ni se acuerda del malhumorado funcionario del aeropuerto ni del accidentado recorrido en taxi.
Abajo, en el vestíbulo, en medio de la pila de correspondencia dispersa, asoma la punta de un sobre en el que puede distinguirse el nombre del remitente: Valdemar Firenzi.

Capítulo Cinco
Mucho podría decirse del cuadro que contempla este hombre. La infanta Margarita, en el centro; Isabel Velasco y Agustina Sarmiento, a ambos lados; dos enanos a la derecha del observador, María Barbola y Nicolás Pertusato, este último con un pie sobre un mastín que dormita. Detrás, en la penumbra, doña Marcella de Ulloa, acompañada de un hombre no identificado, cosa extraña, pues los pintores de esa época no suelen colocar a personajes anónimos en sus telas. Todo tiene su significado, y si no se sabe quién es, así debió quererlo el artista, autorretratado a la izquierda del cuadro. Allí ejerce su oficio a perpetuidad, pintando las magnánimas figuras de don Felipe IV y doña Mariana, reflejadas sobre un espejo situado al fondo. Gracias a ello logramos ver el fruto de su trabajo, ya que la tela está de espaldas a nosotros. Para terminar, el aposentador de la Reina, don José Nieto Velázquez, que está junto a la puerta. Bellísimo cuadro, sin duda, pero no es él quien nos interesa sino el hombre que lo observa. Conviene precisar el lugar donde este hombre, de edad avanzada contempla el famoso cuadro: es la sala número tres del Museo del Prado, en Madrid. Ya es casi la hora de cierre, pero él no se da por enterado y continúa contemplando, casi sin pestañear, Las Meninas, la obra de Diego Velázquez, una de las joyas del museo.
--Señor, estamos a punto de cerrar. Haga el favor de dirigirse hacia la puerta de salida --advierte un joven vigilante. El guardia es minucioso en su trabajo y quiere asegurarse de que su petición, manifestada en forma de ruego, sea cumplida. Conoce de vista al hombre, de verlo allí, en el Museo, en esa misma sala, casi todos los días. Siempre observando el cuadro, durante horas y horas, mientas los turistas pasan a su lado. Es como un cuadro que mira a otro cuadro.
--¿Alguna vez se ha fijado bien en esta pintura? --pregunta el hombre.
El vigilante mira a su alrededor, no hay nadie más allí, por lo que concluye que la pregunta debe ir dirigida a él.
--¿Me habla a mí?
El hombre continúa mirando fijamente el cuadro.
--¿Alguna vez se ha fijado bien en esta pintura? --repite.
--Por supuesto. Este cuadro es en este museo como la Gioconda en el Louvre.
--Tonterías. Dígame lo que ve.
El guardia se siente intimidado. Todos los días pasa junto a aquel cuadro, conoce su importancia, pero no la causa de ella. Transita junto a la obra maestra como quien pasea por su propia calle, sin fijarse. Sea como fuere, es hora de cerrar el museo, y lo que importa es sacar a este hombre de aquí, hacer la última ronda y volver a casa. Aún le queda al menos media hora de viaje.
--Ya no puede quedarse más, es hora de cerrar --dice con mayor firmeza, pero con la misma educación. El hombre casi parece hipnotizado por el cuadro de Velázquez, que es bonito, a su entender, aunque no pueda decir mucho más de él. Mira con más atención al viejo. Repara en el temblor de su mano izquierda y en una lágrima que desciende por el lado derecho del rostro. Tal vez sea mejor seguirle la corriente y decirle cualquier cosa.
--Es un cuadro muy hermoso. Las Meninas, de Velázquez.
--¿Sabe quiénes son Las Meninas?
--Son esas niñas que están en el cuadro.
--Las Meninas son aquellas dos mujeres, las que están al lado de la infanta Margarita: Isabel Velasco y Agustina Sarmiento. Menina es una palabra portuguesa con la que la familia real denominaba a las ayas de la infanta.
--Ah, siempre se aprende algo nuevo.
--Aquel pintor es el propio autor del cuadro, que espera que las ayas convenzan a la infanta para que pose. Como puede ver por la imagen del espejo, la parte del Rey Don Felipe IV y la Reina Doña Mariana ya está terminada. Trajeron a los enanos y al perro para convencerla, pero ella no cedió y el cuadro jamás fue finalizado.
--Disculpe, pero sí: está aquí, delante de nosotros.
--El cuadro reflejado en el espejo, quiero decir.
--Puede que tenga razón, pero el cuadro de verdad es real y está terminado.
--Me refiero a que el cuadro dentro del cuadro jamás se remató.
--Bueno, desde ese punto de vista, tendrá usted razón.
--Fíjese cómo el simple berrinche de una criatura modifica el curso de la historia, al no permitir la ejecución de un retrato familiar.
--Pero permitió que se pintase otro que quizá sea mucho mejor de lo que aquél habría sido.
--Quizá. El caso es que una decisión, en un determinado momento, puede afectar a una obra, o toda una vida, a todo un recorrido personal, a todo...
El hombre comienza a toser y se hubiera caído desplomado de no mediar los reflejos del guardia, que lo sostiene. A falta de mejor acomodo, le ayuda a sentarse sobre el suelo de la sala.
--Tengo la boca seca --dice el viejo con voz ronca.
--Voy a buscar un poco de agua. Vuelvo en un momento, señor.
El vigilante sale corriendo de la sala número tres del Museo Nacional del Prado. El viejo, aún recostado contra la pared, extrae un papel del bolsillo de su chaqueta. Es una carta arrugada, escrita a mano por él o por otra persona, no lo sabemos; pero sí sabemos que no la sacó para leerla. La coloca en el suelo, a su lado. Junto a ella pone un retrato de Benedicto XVI.
El agua está lejos y el vigilante no puede regresar con la presteza deseada. Pero al fin vuelve, y eso es lo que importa. Trae un vaso en la mano, con cuidado; ha llamado ya a un colega de otra sala para que acuda al lugar, pero cuando entra de nuevo en la sala no ve a nadie, a excepción del enfermo, que sigue en la misma posición en que lo había dejado. Se agacha y enseguida se da cuenta de que, en realidad, no está como lo había dejado. El viejo sigue inmóvil, con los ojos muy abiertos, inertes. Muerto. El viejo está muerto. Se levanta de golpe. Pide ayuda por la radio y reúne el coraje suficiente como para volver a mirar al hombre. Los ojos están fijos en el cuadro que había contemplado durante tantas horas en su vida. Sobre el suelo, junto al cuerpo, hay una carta arrugada y una foto de Benedicto XVI. No resiste la tentación de tomar la carta.
Al terminar de leerla, levanta los ojos con la tensa expresión de quien tiene la sensación de estar ante algo muy inquietante cuyo significado se le escapa.

Capítulo Seis
La Plaza de Mayo es el centro de las manifestaciones históricas del pueblo Argentino. A su alrededor se encuentran la Casa Rosada, sede del gobierno nacional, y la Catedral Metropolitana. Es este templo lo que ahora atrae nuestra atención, junto a ese joven que corre a toda velocidad entre sus columnas, irrumpiendo en la amplia nave. El sudor y la respiración jadeante se deben a su veloz carrera desde la residencia del párroco, a quien llamaremos Pablo, nombre simple como corresponde a un cura, aunque sea un cura que no quiere ser identificado. La catedral está cerrada al público, pero el padre se encuentra junto a la escalera del altar, arrodillado, con las manos juntas, susurrando sus oraciones.
El joven llama la atención del sacerdote. En una situación normal, retrocedería algunos pasos y esperaría hasta el final de la oración, pero no hay tiempo.
Después de persignarse, el cura se levanta y se vuelve hacia el adolescente, que otra vez respira con dificultad.
--¿Qué pasó, hijo? ¿Vienes a buscarme? ¿Ocurrió algo en la comunidad?
--No, padre. Un hombre... Fue a su casa... Preguntó por usted.
El padre Pablo repara en el sofoco del joven.
--Manuel, estás sudando a chorros. No hace tanto calor. ¿Viniste corriendo?
--Sí, padre.
El anciano sacerdote pone una mano sobre el brazo del joven.
--Ven a sentarte conmigo. Tranquilízate y cuéntame. ¿Quién era ese hombre? ¿Y qué hizo para que vengas en este estado?
--No lo conozco, parece centroeuropeo.
El padre palidece, como si de repente hubiese recordado algo, y también él empieza a sudar.
--¿Qué quería de mí?
--Verle hoy mismo. Yo le dije que no era posible. Y entonces me contestó que todo es posible a los ojos del Señor. Pero lo peor...
--¿Lo peor? ¿Te hizo algo malo?
--No, padre, pero dejó entrever que no tenía buenas intenciones. --Luego, bajando la voz, añadió--: Tenía un arma.
Pablo saca un pañuelo para limpiarse el sudor de la frente. Es visible el nerviosismo que le recorre. Cierra los ojos y permanece algunos minutos en ese estado, sin decir una sola palabra. Cuando los vuelve a abrir tras un esfuerzo de autocontrol, ya no suda y la respiración se ha vuelto pausada.
--¿Qué le dijiste?
--Que el señor cura había ido a ver a un amigo al hospital.
--¿Mentiste, Manuel?
--Perdóneme, padre Pablo, pero no sabía qué hacer. El hombre parecía una persona de gran maldad; tenía un tatuaje en el brazo izquierdo.
--¿Un tatuaje? ¿Cómo era?
--Era una serpiente.
--¿Quiso entrar en casa?
El muchacho vacila antes de responder. Está nervioso. No todos los días se ve una pistola, y menos en poder de desconocido que nos dirige la palabra.
--No, padre –dice finalmente.
--Está bien, Manuel. Ve tranquilo a hacer tus cosas.
El joven se levanta más tranquilo, besa la mano de Pablo y camina hasta el centro de la nave, donde hace la señal de la cruz.
--Manuel...
--¿Sí, padre Pablo?
--¿Volviste a ver a ese hombre de camino hacia aquí?
--No. No. Estaba tan nervioso que, en cuanto se fue, vine a avisarle. No vi nada, aunque tampoco me fijaba, porque me eché a correr como un loco.
--Está bien, Manuel. Puedes irte. Que Dios te acompañe, y confía siempre en él.
El muchacho aún no había salido cuando Pablo ya estaba arrodillado de nuevo, rezando, en el mismo lugar de antes, con serenidad y entrega.
Los pasos que se oyen ahora no son del muchacho, sino los de alguien que camina con firmeza y decisión. Pablo siente algo en el hombro, pero esta vez no es una mano, sino un tubo frío.
--Estaba esperándote --afirma el cura.
--No me sorprende. Hay personas con percepciones extrasensoriales muy fuertes. ¿Esperaba alguna otra cosa?