Excerpt for Postales de un hombre joven by Antonio Canales Marqués, available in its entirety at Smashwords

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POSTALES DE UN HOMBRE JOVEN

Volumen I



Por

Antonio Canales Marqués




SMASHWORDS EDITION



* * * * *



PUBLISHED BY:

Antonio Canales Marqués



Postales de un hombre joven

Copyright © 2011 por Antonio Canales



Ilustración:

Copyright © 2011 por Laura Ruíz



*****





Prólogo

Muchas veces escuchamos canciones (sus letras, música o ambas cosas) y nuestra imaginación viaja a través de historias más profundas y largas, como si fueran un libro o una película.

Sin embargo, no son muchas cuando leemos un relato o una obra e imaginamos ambientándolos con una canción.

Suceden ambas cosas pienso yo, pero en menor medida esta última.

Esta es una colección de relatos sin nada en común entre ellos más que el autor, en el que (y a excepción del primer relato) una vez escritos, decidí darme una vuelta por mi discografía y buscarles una banda sonora en forma de canción que acompañara el relato por afinidad en las letras, temática y ambientación.


Y una vez encontradas, que el título de esas canciones, normalmente en inglés, sirviera como título en castellano a los relatos.

Creo que después de buscar mucho, las canciones se adaptan especialmente bien a los relatos, teniendo en cuenta que no fueron concebidos de esa manera, lo que nos hace pensar que las diferentes formas de expresión se pueden unir más de lo que creemos.

En definitiva, esto no es más que un compendio de relatos con su banda sonora para el que quiera hacer el experimento y disfrutarlo.

Añado mi personal comentario al final, tanto de la canción, como del significado del relato.

Si a alguien le gustó y le hizo pasar un buen rato, por muy poco que fuera, estaré orgulloso del trabajo realizado.

Gracias por tu atención.


Primer Relato

Escalera al Cielo


Estaba cansado y la noche era cerrada. La niebla inundaba toda la carretera, lo que hacía más difícil la conducción. La música del compacto tampoco me sacaba del duermevela en el que me encontraba. Lo único que aún me hacía estar despierto era la rabia. Si, la rabia contra mi jefe. Que el día de Nochebuena te citara con unos clientes en un pueblo perdido del país era denigrante.

Pero el enfado iba desapareciendo cada vez más por la fatiga. El calor dentro del coche y la visión monótona de la carretera vencieron a mis párpados. Pegué una cabezada al volante. Apenas fueron unos segundos hasta que el sonido de una estridente bocina me sobresaltó. Lo primero que vi fue un resplandor intenso sobre mis ojos. De manera casi inconsciente giré bruscamente el volante. Noté como el coche perdía la estabilidad al meter las ruedas derechas en el ribazo que bordeaba la estrecha carretera.

No podía hacerme con el control y estaba a punto de pisar el freno hasta las entrañas cuando el coche chocó contra algo. Había parado bruscamente, mi cabeza daba vueltas y notaba el corazón a punto de salirse de mi pecho. Durante unos segundos no hice nada. Solo sentía el pulso. Cuando este se calmó contagió a mi cabeza.

—Un accidente. Estoy vivo, eso es lo importante.

Abrí la puerta del coche aún vacilante por el impacto, me acerqué a la parte delantera y observé como el automóvil se había empotrado contra un árbol. La parte frontal había quedado totalmente destrozada. Me metí de nuevo al vehículo y cerré la puerta. No sabía mucho de automoción, pero lo suficiente como para reconocer que mi coche estaba inservible y no lo podía mover de allí. Abrí la guantera y busqué los papeles del seguro. Metí la mano en la chaqueta y saqué el móvil.

—Perfecto.

Estaba destrozado. Me imaginé que se habría roto con el golpe. Me dolía un poco el tórax y las costillas. Entonces me di cuenta que los airbag no habían saltado.

—Qué suerte la mía.

Al menos el bastardo que se cruzó podía haber parado para socorrerme.

—Vaya mierda de día.

Tendría que esperar a que pasara alguien para que me ayudara. Me quedé allí sentado en el coche esperando con la ventanilla medio bajada intentando ver alguna luz lejana entre la espesa niebla. Sin embargo enseguida recordé que en apenas media hora conduciendo por esa carretera no me había cruzado con nadie, a excepción, claro está, del vehículo con el que había estado a punto de estrellarme.

—Qué bien, menuda Nochebuena.

Ni la radio ni el navegador funcionaban. Menos mal que siempre llevaba un mapa tradicional. Lo saqué y busqué la zona por la que creía estar. Recordaba el nombre de algunos de los pueblos por los que había pasado, así que calculé más o menos mi ubicación.

Según parecía había un pueblo muy cerca de donde me encontraba: Halcielo. El mapa lo situaba a poco más de una decena de kilómetros de mi lugar, pero a través de una sinuosa carretera comarcal. Si hacía caso a lo que ponía estaba justo a mi altura en dirección oeste. Por la orientación del mapa calculé que estaría a apenas dos o tres kilómetros a mi izquierda.

Salí y observé la trayectoria. Solo había árboles. Parecía un bosque. Era imposible distinguir cualquier cosa un poco lejana con la niebla. Hacía mucho frío así que decidí que era mejor andar dos kilómetros por medio del bosque que andar casi once por la carretera.

Cogí el abrigo, la linterna que había sacado antes de la guantera y me interné en el bosque.

Decir que estaba oscuro sería poco menos que un eufemismo, pero era una persona de carácter científico, así que intenté ocultar el miedo en mi subconsciente. Llevaba unos cinco minutos caminando cuando la luz de la linterna rebotó sobre algo. Era una pared de cemento. Al acercarme pude observar que era un viejo y pequeño caserón casi derruido.

Enfoqué uno de los muros y sobre él colgaba un cartel con un letrero pintado a mano que ponía “Halcielo” y el dibujo de una flecha apuntando a la izquierda. Seguí en esa dirección y de repente noté de manera sorprendente como la niebla estaba desapareciendo. Miré hacia arriba y pude ver la luna. Una luna llena que ahora ofrecía suficiente luz para ver los árboles junto a un pequeñito arroyo mientras un extraño pájaro canturreaba en la rama de uno de ellos.

Me pareció cuanto menos curioso, pero me alegré de que la situación mejorase en cuanto a climatología. Todo indicaba que tenía que ir siempre hacia el oeste. Con un pequeño salto pude traspasar el arroyo y continuar por el sendero. Al levantar la vista al frente pude ver algo inquietante. Era una especie de anillos de humo entre los árboles. Intuí que podría ser parte de la niebla aún no disipada formando cúmulos, pero la imagen era sorprendentemente extraña y onírica.

De repente empecé a escuchar cosas. Primero fueron una especie de susurros que parecieron convertirse en risas. Al rato se dejaron de escuchar para oír de manera nítida, pero lejana, el sonido de una melodía. Me resultaba familiar y conocida. Parecía tocada con una flauta o algún instrumento similar. Quizá alguien cerca de allí estaba preparando la fiesta navideña. Continué mi camino siempre hacia el oeste como todo parecía indicarme. En un momento dado, en medio de un claro del bosque, el camino que seguía parecía dividirse en dos. Al menos no iba muy equivocado, pero no sabía cuál tomar.

Como si el viento me susurrara la elección, escogí la senda más occidental. El sonido de la melodía cada vez se hacía más nítido. La música me hacía perder el miedo. Pensé que detrás de ese sonido habría personas. A lo mejor una fiesta, gente del pueblo…alguien.

De repente, en mitad del camino, como saliendo de la nada, apareció un ser. No me atrevería a decir que fuera humano, pero lo parecía. Era una mujer, una dama que irradiaba una hermosa y brillante luz blanca. Llevaba una preciosa túnica blanca. Su pelo era rubio y largo como el de una doncella medieval.

Su rostro era perfecto y transmitía una serenidad extrema.

— No tengas miedo— dijo con una voz que era de una increíble calidez —. Es hora de que continúes tu camino.

Y en un instante, como si de una película se tratara, al final del camino, a la vera de donde se encontraba esta presencia, apareció una escalera infinita que subía hacia las nubes. La escalera de piedra tenía una luz poderosa que la alumbraba y en sus lados se adornaba con las más preciosas flores que había visto en mi vida.

— Es hora de que partas hacía la sabiduría más profunda. Es el momento en que lo uno es todo y todo es uno. Es tu hora. Debes subir— dijo la dama.

Todo era extraño. Era como un sueño. No podía resistirme ni aún queriendo. Había una fuerza superior que me impulsaba a subir esa escalera.

***

— ¿Habéis tocado algo?— preguntó el inspector a los dos jóvenes que estaban junto al coche.

— No, no hemos tocado nada— dijo uno de ellos—. Íbamos por el carril contrario cuando se nos echó encima. Pitamos y le echamos las largas. Debió de quedarse dormido al volante.

El policía se acercó al vehículo y lo inspeccionó. El cadáver del hombre estaba literalmente empotrado contra el cristal y el salpicadero. Al rato se acercó otro agente y durante unos minutos estuvieron indagando en el coche y hablando entre ellos. Pasado un rato el policía volvió a hablar con los jóvenes que observan el panorama a pocos metros.

— Está bien. Parece que era un comercial que iba de visita. Los airbag no saltaron. Enseguida vendrá el forense y se podrán ir a su casa. ¿Seguro que no han tocado nada, verdad?

— No, jefe — dijo uno de los muchachos—. No hemos tocado ni el compacto del coche. Se ha debido de quedar atascado y repite una y otra vez la misma canción.

— Si…— dijo el policía— ya lo hemos apagado.

— Era Escalera al Cielo de Led Zeppelin — dijo el mismo muchacho.

— ¿Qué? — preguntó el policía con cara extraña.

— La canción...la que se repetía... era Stairway to Heaven.

Comentario

Escalera al cielo

Led Zeppelin

Aunque parezca mentira, este es el único relato que está realizado específicamente a través del pensamiento de una canción. Creo que todos hemos escuchado alguna que otra vez esta “coplilla”. El problema es cuando te acercas a la letra. En principio, por el tempo de la canción podría parecer para los hispanoparlantes (que no prestamos tanta atención a la letra y sí más a la música) que es una canción de amor. Sin embargo, como digo, en cuanto te acercas a la letra original en inglés te encuentras una canción realmente difícil de analizar.

Precisamente el que la letra sea tan oscura y esotérica me permitió recrear una historia basada casi exactamente en la canción. Eso sí, con un final en el que doy una interpretación particular al significado lírico.


Lo que parece claro es que la letra tiene una gran carga mistérica y mística. No es la única de la banda de Jimmy Page, pero si la más representativa. El guitarrista de Led Zeppelin, alma mater del grupo, siempre ha sido un personaje curioso en lo extra musical. Se le conoce por qué tiempos atrás (actualmente lo desconozco) era un grandísimo aficionado al esoterismo y todo lo que tuviera que ver con magia y misterios. Claro, y esas cosas incluyen satanismo. Por otra parte, ¿qué figura de los años sesenta no estuvo metida en algo así? Casi todos. La revolución sexual y pacifista llevó a muchos a las sectas y hacer cosas que ahora mismo nos podrían ruborizar. Sin embargo Jimmy Page fue un poco más lejos y reunió en su tiempo una de las bibliotecas ocultistas más interesantes del siglo pasado y, para más inri, compró un castillo al lado del Lago Ness que perteneció a ese icono del satanismo y la magia negra que fue Aliester Crowley. Ahora mismo ya no lo pertenece, pero sí que fue su dueño.

A Led Zeppelin le envuelve el hilo del misterio allá por donde quiera que mires. La muerte de John Bonham, su batería, en una noche dramática en la propia casa de Jimmy Page alimentó más aún si cabe la leyenda negra de los sitios por los que pasaba el guitarrista. Sin embargo, antes, las cosas ya bajaban turbias en las aguas zepelinas. Y es que en 1975, Robert Plant estuvo a punto de matarse en un accidente de coche en Rodas, Grecia. No tendría mayor importancia sino fuera porque Plant alguna vez ha nombrado este tipo de detalles en entrevistas con un cierto recelo a las prácticas de Page. El culmen para Robert Plant, cantante de la banda, fue la muerte de su hijo de corta edad por una afección estomacal.

Como vemos, el misterio ha rodeado siempre a Led Zeppelin, y no en vano, para los más entendidos, es quizá la banda más misteriosa y esotérica de todas, como demuestran estos detalles e incluso sus letras y su música. Una música muy influenciada siempre por el blues, pero también por las culturas orientales, tan en boga en los años sesenta y setenta.

No falta quien los acuse de satánicos. Todo grupo de rock que se precie de tener algo de éxito (y Led Zeppelin lo tienen y lo tuvieron) debe ser acusado de satánicos. Concretamente hay sacerdotes ortodoxos romanos y americanos que están convencidos que en la propia canción Escalera al Cielo se pueden escuchar mensajes claros y concisos si se pone el disco al revés, dando proclamas a Satán y pervirtiendo a la juventud.

Personalmente lo he podido escuchar, tanto en televisión como en radio, y no deja de ser una paranoia, que nos da que pensar si los que fumaban algo eran los Zeppelin o estos curas ultra ortodoxos.

Realmente lo de los mensajes subliminales es, de largo, lo menos interesante de esta banda en todos los aspectos.

No vamos a descubrir ahora quienes son los Led Zeppelin, con millones de discos vendidos en todo el mundo, y solo superados por gente como los Beatles. Ni la tendencia que marcaron para crear lo que luego se llamó hard rock a mitad de los años setenta y todo lo que derivó de su música. Pero es cierto que tiene en un seno a un guitarrista oscuro. El disco en el que se incluye esta canción se publicó con una portada especialmente tenebrosa y rara. Un anciano porta en su espalda un montón de ramas que carga para leña en medio de un prado o bosque. Todo eso es un cuadro que cuelga de la pared.

El vinilo de su tiempo se editó así, sin nombre de la banda ni título del disco. Solo en el lateral aparece el nombre de la banda, y como título salen cuatro símbolos para cada uno de los miembros del grupo. El más identificativo es el de Jimmy Page, que lleva por nombre Zoso. El resto son solo símbolos y todos tienen un sentido ancestral, excepto el de Page (Zoso) que nunca ha querido revelarlo. El disco al principio se le identificó como Zoso para darle un título, alguno lo bautizó como Symbols, pero al final el nombre que más éxito tuvo fue IV, ya que era el cuarto disco de la banda y los anteriores habían sido numerados por I, II, y III.

Sobre la canción. En el relato le doy una particular visión a la curiosa letra de Led Zeppelin. Aunque dejo caer que realmente todos cuando morimos nos encontramos con la verdadera sabiduría, esa que nos permite ver que realmente todo es uno, y uno es todo. Es decir, comprender el universo. También es una canción alquímica, como queda reflejada en las frases de “convertir todo en oro”, pero al final, el proceso alquímico no es más que un camino espiritual interior de sabiduría.

Esa es la impresión que tengo para esta canción

Segundo Relato

No hables con extraños

Día 1

El milagro

Desde hace algún tiempo está ahí. Me levanto de la cama, voy al cuarto de baño, miro el espejo y lo veo. Está sonriente, expectante, esperando que me dirija a él. No quiero saber quién es, pero no puedo obviarle más.

— ¿Qué edad tienes?

— No tengo edad.

— ¿Cómo que no tienes edad? ¿En algún momento naciste o fuiste creado?

— No nací y no moriré. Solamente soy.

— ¿Eres algo así como el tiempo?

— No, el tiempo lo habéis creado vosotros. A mí no me creasteis.

— ¿Y quién te creó?

— Ya te lo he dicho. Nadie.

— Todo ha sido creado por alguien o por algo.

— ¿Estás seguro?

— Ciertamente.

— Y si a mí me ha creado alguien. ¿Quién ha creado a mi creador?

— Otro creador.

— ¿Y a ese otro creador?

Cuando en un debate dialéctico pierdes con tanta contundencia repasas una y otra vez tus planteamientos en busca de algo que te de un resquicio de razón, y lo que normalmente encuentras es la razón del contrario.

Me di cuenta que la infinidad de creadores parecía una teoría absurda, pero la teoría de un solo creador me resultaba ilógica del mismo modo. Si solo hubiera un solo creador implicaba que lo que me hablaba desde el espejo era el Creador. Y me costaba aceptarlo.

Día 2

La fe


Después del día anterior, donde había estado dando vueltas a la conversación, me intrigaba que más podía ofrecerme la imagen que se mostraba en el espejo.

— ¿Tienes fe en algo?

— Sí.

— ¿En qué?

— En mí mismo.

— ¿Es más fuerte que la fe en Dios?

— Es la misma.

— ¿Cómo puede ser la misma?

— Porque la fe es la fe.

Cuando salí del baño hacía mi vida normal, las últimas palabras resonaban en mi cabeza como unas campanas de tonelada repicando — “La fe es la fe” —. De camino al trabajo me crucé con una sinagoga, una mezquita y una iglesia. Me metí en esta última. No soy cristiano practicante, pero ser caucásico occidental me ofrecía mayores garantías de tranquilidad. Me senté en uno de los bancos que miraban al altar. Apenas una docena de personas se encontraban orando en la iglesia. Me quedé mirando la imagen de Jesús mientras pensaba en lo que me había dicho el ser del espejo.

— ¿Cuál es la religión verdadera?

— Todas.

Pensé en que todas las religiones tienen la fe, pero fe en diferentes Dioses, profetas, vírgenes o santos. Si juntamos todos los del mundo saldrían cientos, por no decir miles de iconos. Quizá el ser del espejo tenía razón, ¿no podría ser uno mismo alguien en quien tener fe?

Era cuestión de empezar a creerlo. Me levanté del banco de la iglesia y me fui al trabajo.

Día 3

La perfección


Sonó el despertador y me hice el remolón en la cama. Era el tercer día desde que había empezado a hablar con el ser del espejo. Serenamente, sabiendo lo que me esperaba, me fui de nuevo al cuarto de baño.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando en el espejo no vi a nadie. Bueno sí, me vi a mí mismo, pero eso no era lo que pensaba encontrar.

Me quedé mirándome durante un rato. Mi pelo revuelto, mis ojeras, y mi rostro no muy agraciado, junto a un pijama que ahora veía totalmente ridículo me hizo deprimirme nada más empezar la mañana.

Agaché la cabeza para mojarme la cara, cogí la toalla para secarme y cuando me la quité lo vi de nuevo. Casi me alegré. Era mejor ver ese rostro tan seguro de sí mismo, tan confiado, que el de uno mismo.

— ¿Admiras a alguien?

— Sí.

— ¿A quién?

— A mí mismo.

— Pero eso es soberbia.

— Exacto.

— ¿Pero entonces ya no eres tan perfecto como para admirarte?

— La perfección no existe. Es un estado utópico. Sé que nunca la alcanzaré porque soy soberbio, pero esa soberbia me hace estar siempre en un punto muy cercano.

Esta vez había cogido el metro para llegar a la oficina. Miraba a todos los que me acompañaban en el trayecto y no dejaba de pensar en las últimas palabras del ser del espejo. Me veía completamente reflejado en la mayoría de las personas; inseguridad, timidez y angustia.

Pensé que quizá era hora de cambiar. Quizá no pueda ser perfecto, pero sí que puedo acercarme, y si para ello tenía que ser soberbio era un precio pequeño a pagar.


Mis compañeros de trabajo me miraban extrañados. Canturreaba canciones en la oficina, lanzaba piropos bonitos a las compañeras, y era capaz de meterme en todas las conversaciones para decir cosas interesantes. De repente, el miedo de tantos años al rechazo social, amoroso, sexual o de otra índole, había desaparecido.

Hacía tiempo que me gustaba una chica de la oficina. Era hermosa. Tenía el pelo color caoba, unos labios carnosos y unos ojos azules como el cielo.

A falta de veinte minutos para terminar de trabajar me acerqué a Isabel, la preciosa chica que me tenía cautivado. En apenas unos minutos la había convencido para salir a cenar. Todo fue delicioso. Tanto la cena, la conversación, y la forma de hacer el amor esa noche en mi apartamento.

Día 4

La felicidad y el dolor


Un suave y dulce beso en la mejilla me despertó. Era Isabel. Ya se había vestido. Mientras me daba el beso me dijo susurrando al oído — Ya te llamaré — y le siguió un risita sarcástica. Apenas un esbozo de sonrisa por la gracia y me volví a dormir un rato.

Al despertar me sentía estupendo, pletórico, como si hubiera ganado una medalla de oro en los juegos olímpicos. Me creía el rey del mundo, y no solo por mi éxito de conquista con Isabel. ¿Estaba feliz? Podría decirse que sí, pero que mejor que preguntárselo al ser del espejo.

— ¿Se puede llegar a la felicidad absoluta?

— Ciertamente.

— ¿Cuándo te das cuenta que has llegado a esa felicidad?

— Es el momento anterior al dolor.

No entendía lo que el ser del espejo me quería decir, pero yo me sentía feliz. Ya no canturreaba, ni saludaba a todo el mundo, ni caminaba erguido por la soberbia, ahora lo hacía por la felicidad, o al menos, eso creía yo.

De nuevo salí hacia el trabajo. Bajo un cielo luminoso, un día de primavera me sonría a cada paso que daba. No era así, era un día gris y lluvioso, pero para mí era el mejor día del mundo. Solo veía un sol radiante, todo olía a flores y sentía la brisa del mar acariciando mi cara. Era mi mundo ideal.

Fue justo al dejar el abrigo cuando vi a Isabel. Me acerqué coquetamente hasta ella, pero hizo como si no me hubiera visto, o eso al menos me pareció. En un segundo acercamiento volvió a esquivarme. Me alejé un tanto circunspecto. No era especialista en mujeres, pero sabía que había momentos, días raros, y comportamientos extraños que los hombres no sabíamos predecir.

Decidí seguir trabajando y darle un tiempo.

Era ya la hora de la salida y no me había acercado a ella desde primera hora. Vi como cogía su abrigo y su paraguas y se despedía de sus compañeros de departamento.

Recogí rápidamente mis cosas y la seguí hasta el ascensor, justo a tiempo para internarnos los dos en él sin que ella se diera cuenta.

Le pregunté porque me esquivaba o si le pasaba algo. Ella totalmente sorprendida de mi presencia, un tanto acosadora, pulsó el botón de parada del ascensor. Sus siguientes palabras fueron lo más cruel que había escuchado hasta ese momento. Me dijo que estaba comprometida, que se casaría en menos de un año, y que sus amigas de toda la vida se habían prometido, casi a modo de apuesta y morbo, que antes de casarse debían acostarse con el hombre más mediocre, feo o patético que conocieran. Todas ellas habían sido conquistadoras de hombres guapos y triunfadores desde el instituto, y querían probar la experiencia de la mediocridad.

Me dijo que cuando me acerqué a hablar con ella en plan soberbio, le había entrado un poco de vergüenza ajena, pero que enseguida se había dado cuenta que yo era una mezcla de esas tres cosas y el hombre ideal para cumplir su apuesta.

Cuando terminó su discurso con un no quiero que me dirijas más la palabra en tu vida, ¿me has entendido? — y pulsó el botón de parada para volver a poner en acción el ascensor, yo sentí que en el trayecto al pulsador llevaba mi corazón arrancado en su mano.

Había estado enamorado de Isabel desde el primer día que entró a la oficina.

El ascensor bajaba lentamente, despacio, como si fuera a cámara lenta, como si se sumergiera en lo más profundo, oscuro y tenebroso del infierno. Un nudo atrapaba mi garganta, y el corazón latía tan fuerte que notaba mis pulsaciones en cuello y sienes.

Cuando salí de ese ascensor sabía que ni toda la soberbia del mundo podría llenar el dolor y la rabia que se atrapaba en lo más profundo de mi interior.

De regreso a casa mi mirada traspasaba personas, autobuses, coches, paredes y calzadas porque mi alma estaba ya en otro lugar.

Día 5

El odio y el amor


La noche entera la había pasado en vela. No pude llorar, no se llorar. Dicen los poetas que los que no lloran nunca sus lágrimas caen al interior del corazón y poco a poco van acabando con él.

Más que pena, sentía dolor y rabia, o una mezcla de todas las sensaciones malas que podamos tener alguna vez.

Ahora comprendo a aquellos que se refugian en los amigos en estas situaciones. El problema es que no tenía amigos. Solo podía acercarme a hablar con el ser del espejo una vez más.

— ¿Amas a algo o alguien?

— Amo a todo.

— ¿Cómo puedes amar a todo?

— Porque todo es una misma cosa. Cuando ames todo entonces serás eterno.

— Pero entonces, ¿también amas las cosas malas?

— Sí.


Parecía increíble, pero era cierto. Isabel había demostrado su maldad. Sus palabras crueles no por ello dejaban de ser lo que ella sentía y pensaba. Y sin embargo, aún la amaba. La amaba con locura.

Era viernes. Decidí no ir al trabajo. Era incapaz de ver la cara de Isabel tan pronto. Llamé a mi jefe. El día gris y lluvioso anterior era una buena excusa para una gripe repentina.

Me tiré todo el día con el pijama viendo la tele y comiendo guarradas. La televisión era un espectáculo poco animoso. Los noticiarios ofrecían guerras, muertes, tragedias, asesinatos y algo de deporte. Más que animar ofrecían un escenario dantesco.

En una de las visitas que hice al cuarto de baño, y después de haber escuchado la tragedia de un padre que había matado a su familia envenenándola, le pregunté algo al ser del espejo.

— ¿Por qué existe el mal en el mundo?

— Para que exista el bien.

— No te entiendo.

— Si solo existiera el bien en el mundo, ¿cómo distinguirías el mal?

— Porque sabemos de manera innata distinguirlos.

— ¿Estás seguro? Si pegas a alguien está mal, pero está mal… ¿por qué te lo han dicho o por qué sabes que está mal?

Me acerqué a la cómoda de mi dormitorio. Hoy era un buen día para volver a fumar de nuevo. Abrí la puerta de la terraza y salí fuera. Estaba atardeciendo y la lluvia había dejado paso a un sol anaranjado con una temperatura agradable. Frente al edificio las últimas madres iban recogiendo a sus pequeños de los toboganes y columpios. Mientras daba una calada al cigarro observé a dos críos de pocos de años que parecían discutir por sentarse en el mismo columpio.

El que estaba sentado en él se quería empezar a balancear para disfrutar con una sonrisa de oreja a oreja, pero el otro, que también quería el mismo columpio, no le dejaba. En un momento dado el poseedor del columpio fue empujado por el otro crío. Cayó hacía atrás, se golpeó contra el suelo y empezó a sollozar. El que le había empujado se sentó en el columpio con la misma cara de ilusión que hasta hace poco tenía el que estaba llorando ahora en el suelo.

Al poco, vino la madre del niño que estaba en el columpio, lo zarandeó y lo bajó con fuerza mientras le gritaba que eso no se hacía. A la vez señalaba al otro niño que aún lloraba, pero ya abrazado a su madre. Al final le dio un pequeño cachete y volvió a decirle que eso estaba mal y que no se debía hacer.

El cigarro estaba a punto de consumirse. Le di la última calada y lo tiré desde el balcón a la calle. Si, sabía que estaba mal, pero nadie se iba a enterar.

Día 6

El tiempo


Los rayos del sol en su apogeo se posaron sobre mi cara. El dolor de cabeza era intenso. El paquete de cigarrillos había caído entero junto a un par de botellas de güisqui escocés.

Apenas recordaba nada de la noche, solo imágenes truculentas y sádicas de probables pesadillas originadas por el alcohol. En todas ellas la protagonista era la bella Isabel.

Intenté quitarme esas escenas de mi cabeza pensando en algo bueno. Recordé cuando estuve cenando con ella y estuvimos haciendo el amor. Recordé cuando le había abierto mis brazos y mi corazón.

Tropecé sobre varios muebles del dormitorio al empezar a andar y con los ojos aún medio cerrados me acerqué al cuarto de baño. No me acordaba del ser del espejo. Había llegado a pensar que había formado parte de las escenas horribles y oníricas que habían recorrido la mente en mis pesadillas.

Me asusté al verlo, y con resignación y sarcasmo empecé a hablar con él mientras me lavaba la cara.

— Me gustaría viajar en el tiempo. ¿Es eso posible?

— No.

— ¿Y por qué?

— Porque el tiempo no existe.

— ¿Cómo que no existe?

— El tiempo es algo que los hombres necesitáis. Vuestra mortalidad os hizo crear el tiempo, pero realmente no existe. Todo fue, es y será una misma cosa. Para vosotros todo parece que cambia, pero no se altera, en el fondo todo permanece igual.

— No lo entiendo.

— Es normal. Necesitarías la eternidad para poder entenderlo.

— ¿Eres eterno?

— Si, lo soy.

— ¿Es un castigo o una bendición?

— Ninguna de las dos cosas. Solo soy. ¿Te gustaría ser eterno?

— Sí.

— Te gustaría ser eterno porque no lo eres. Si lo fueras, querrías tu mortalidad. No aprecias tu esencia.

El sábado no prometía mucho. Me bajé a comprar algo de comer, cigarrillos, unas cervezas, y a alquilar un par de películas al videoclub.

Día 7

La condena


Me había quedado dormido sentado en el sofá. La televisión estaba encendida, pero con un fundido en negro. Faltaban poco minutos para las diez de la mañana. Pensé que ya necesitaba una ducha. Olía a alcohol, tabaco y sudor.

Apagué la televisión y puse la radio. Algo de música mientras me duchaba me podría sacar de este fin de semana tortuoso.

Mientras paseaba entre el baño y el dormitorio, la cara del espejo me perseguía con su mirada y su sarcástica sonrisa, pero no le prestaba atención. Es más, creo que no le prestaría atención nunca más. Solo así era probable que me dejara en paz.

La música sonaba alta en todo el apartamento mientras el agua caía sobre mi cabeza. El locutor presentaba una canción de rock duro antes del boletín informativo de las diez de la mañana. A los pocos minutos los pitidos de la hora en punto iniciaban las noticias.


No me apetecía escucharlas, pero estaba en la ducha y las dejé. Como siempre noticias nefastas, guerras, subida de precios y, poco más. En la parte final conectaron con la edición local de la emisora. La noticia con la que abrieron dejó helado mi cuerpo. El agua que caía sobre mi cabeza empezó a teñirse de color oscuro. Parecía sangre.

Habían encontrado asesinada a una mujer en su apartamento. Dijeron su nombre. Era Isabel.

De repente todas esas imágenes turbias de mi mente, las que creía que formaban parte de pesadillas de una borrachera se tornaron claras. Contra más oscura y espesa se convertía el agua que salía de la ducha, más se aclaraban las imágenes de mi mente.

En medio de la noche, el viernes, totalmente borracho, me había acercado una vez más a hablar con el ser del espejo.

— ¿Cómo puedo liberar este dolor?

— Solo hay una manera.

— ¿Cuál? ¿Necesito saberlo?

— Para dejar de ser víctima hay que convertirse en verdugo.

Empecé a recordar como en medio de la noche atravesé la ciudad tambaleándome de lado a lado hasta llegar al apartamento de Isabel. Recuerdo su sorpresa, su cara de preocupación y de miedo. Su intención de llamar a la policía. Recuerdo como le quité el teléfono. Y recuerdo como apreté mis manos sobre su cuello hasta que dejó de respirar.

En la ducha mi corazón había empezado a bombear con una fuerza inusitada. No podía moverme. Decenas de imágenes me atacaban el cerebro, pero apenas pude repasar como volví a mi casa. El cadáver lo habían encontrado a primera hora de la mañana. No tardarían en venir a por mí. Estaba condenado.

Salí de la ducha sin apagar el grifo del agua. Tiritando y empapado me dirigí al lavabo. Apoyé las dos manos en él mientras miraba profundamente el sumidero. De repente sobre él empezaron a caer unos gotas, primero muy pocas, y luego cada vez más.

Estaba llorando.

Poco a poco fui levantando la cabeza hasta encontrarme frente a él. Su rostro sonreía ante mi dolor y mi angustia.

Entre sollozos quise saber una última cosa.

— ¿Existe Dios?

— Sí.

— Entonces… ¿existe el infierno?

— ¿Con quién te crees que estás hablando?

Y me lanzó un guiño mientras de fondo seguía sonando la música de la radio.

Comentario

No hables con extraños

DIO


Ya había escuchado este tema de Ronnie James Dio mucho tiempo atrás, de su siempre querido álbum “Holy Diver”, pero nunca había prestado atención a la letra, o no de manera tan específica.

Una vez construí el relato me di cuenta como la letra y atmosfera de la canción se adaptaban perfectamente a lo que iba contando.

El pequeño y malogrado Dio nos ofrece una canción sujeta a muchas interpretaciones.

En mi relato la interpretación es bastante parecida a lo que creo que Dio intenta comunicar, aunque creo que Dio en esta letra incluye también un mensaje anti-drogadicción.

Dio nos dice que tenemos que tener cuidado de los extraños, ya que aparentan formas agradables (mujeres, flores, estrellas,…) para embaucarnos y luego mostrarnos en el fondo su lado maligno.

En realidad Dio ofrece un pequeña reflexión para hacernos ver que el potencial de cada uno está en nosotros mismos, y no en lo que alguien o algo pueda ofrecernos. La adulación o la atracción por el éxito pueden provocar caer en la tentación. La mujer también es algo presente en la canción de Dio, como también lo es en mi relato.

Nuestro protagonista tiene un gran complejo de inferioridad acumulado por mucho tiempo, y un gran miedo al rechazo social y sexual. El dolor que sufre por estar enamorado de una mujer durante mucho tiempo y que no tiene valor para decírselo. Ese complejo de inferioridad es maximizado con el ser del espejo, como vemos en la parte final, personificado en el Diablo, que se presenta como un ser seguro de sí mismo, con las cosas claras y como conseguir lo que se propone.

Nuestro protagonista se deja guiar por un líder, probablemente creado por su propia imaginación, ante la imposibilidad de no saber guiarse a sí mismo, o más importante, aceptarse como es.

A través de él y de una semana de tiempo vemos la transformación y los diferentes estados por los que pasa el protagonista. Cómo su propia mente le lleva primero a la soberbia, luego a los excesos, y por último, a convertirse en un verdugo para dejar de ser víctima.

En cualquier caso, la canción y el relato cuadran perfectamente para representar la importancia de la autoestima.

Además, sirve como homenaje al difunto Ronnie James Dio, icono del heavy metal, tanto en su carrera en solitario, como en bandas de gran importancia dentro del género, como Rainbow o Black Sabbath. Siempre con temática de fantasía (dragones, guerreros…) y diabólica, al contrario que muchos de sus compañeros, Dio en sus letras buscaba siempre la libertad del individuo y deshacerse de las reglas impuestas que nos atan la libertad. Considerado unánimemente como uno de los iconos del heavy metal y de los artistas más profesionales del género, es un placer dedicar estas líneas al maestro Ronnie.

Tercer relato

Postales de un hombre joven

Dicen que cada día nace un genio. Él lo era. A veces lo había visto escribir parte de un libro, en directo, en vivo, y era todo un espectáculo. Parecía que entraba en trance, que un mundo de sensaciones oníricas le atrapaba.

Lástima que no lo conozca nadie, al menos nadie sabe que escribe mis libros. Sin embargo no parece importarle, el quince por ciento de mis ganancias le sirven para vivir bien.

En la puerta de su casa sonríe mientras me entrega su último manuscrito. Será mi próxima novela, será otro éxito seguro. Ni siquiera cuando me monto en mi coche de veinte millones pierde su sonrisa. Y no le importa, porque él es un creador, lo más cercano de un hombre a ser Dios y yo perdí mi divinidad con el éxito de mi primer y único libro.

Comentario

Postales de un hombre joven

Manic Street Preachers

Es el relato más corto, sin embargo, es el que da título a toda la colección de relatos. Me gusta por varias razones. Primero, evidentemente, es una canción más que interesante, llena de optimismo y rebeldía.

Manic Street Preachers es quizá la banda de Reino Unido menos valorada para los méritos ejercidos musicalmente, probablemente menospreciados por sus ideas políticas. Fervientes y convencidos marxistas, los Manics, como popularmente se les conoce, han tenido un especial idilio con las letras controvertidas. En especial con la Guerra Civil Española, tomando partido, claramente, y si sin cortapisas, por el lado republicano.

Eso, en vez de granjearles simpatías en el mundo, por el contrario ha ido en detrimento de una banda que cuando pase el tiempo se recordará como una de las últimas grandes bandas de rock inglesas, muy por encima de otros contemporáneos suyos, engordados e idolatrados por la masa “sucia”.

La historia de los Manics se remonta mucho tiempo atrás, cuando eran cuatro, y en especial a ese disco que, al menos, letrísticamente era un golpe punk en las conciencias cardadas, como fue “Generation Terrorist”. Sin embargo, un hecho todavía hace de esta canción, y por ende, del relato, más interesante, como fue la desaparición de uno de sus letristas: Richie James Edwards. Con tendencias suicidas y a la autodestrucción, sus letras destilaban una brutal sinceridad. Desapareció un 1 de Febrero de 1995 en Londres. Desde entonces, jamás se le volvió a ver. En el año 2008 fue declarado oficialmente muerte por el gobierno británico, aún a pesar de que el grupo mantiene los royalties de sus canciones y existen algunos avistamientos de su persona alrededor del mundo.

Lo que nos lleva de nuevo a la canción. Una canción dedicada a un poeta galés, como ellos, como los Manics, llamado Dylan Thomas.

Poeta, escritor…y borracho profesional. Uno de esos escritores malditos, dotados de un don para la escritura, pero también de un don para la autodestrucción.

Lo que de nuevo me lleva al pequeño relato, que por ser corto no considero que deba ser menos interesante en su temática: la genialidad. Yo creo que todos hemos visto alguna vez a alguna persona que tiene un don para algo: escribir, componer, tocar un instrumento o cualquier arte. Es cierto que también hay gente que nace con el don de estafar y delinquir, y arte tienen para ello, pero nos centramos en las artes más puras. Te quedas fascinado cuando ves a auténticos genios. Sin embargo, la realidad es que muchos de esos genios los ves muchas veces pudriéndose en las esquinas o en trabajos de medio pelo. Puede ser el carácter bohemio de muchos de ellos, la mala suerte, o como en estos casos, que la genialidad lleva implícita cierta tendencia a la autodestrucción.

En el relato se recoge esa leyenda urbana que habla de que algunos escritores famosos tienen lo que se llaman “negros”, es decir, su nombre es importante por la razón que sea (primer libro tuvo éxito, contertulio en medios de comunicación, etc…) y los libros se los escriben “otros autores” (los llamados “negros”) y solo ponen el nombre del autor conocido.

Viendo por los derroteros que anda el mundo, no me extrañaría. Ahora bien, en el relato hay una constancia también inequívoca. La certeza absoluta de que el dinero no puede comprar la genialidad ni la creatividad para uno mismo, si acaso, como mucho, puedes comprar la gloria, pero nunca el don.

Cuarto relato

Montsegur

Subía la cuesta a duras penas, pero había que seguir, era el final del camino.

La lluvia arreciaba y sus pies se clavaban en el suelo empedrado. Habían pasado varios días desde que salió de Montsegur. Solo él había escapado de la cruzada y sentía que su cuerpo estaba a punto de desfallecer.

Montañas, valles y ríos habían sido testigos mudos de su huida y del tesoro que lo acompañaba.

Estaba a punto de coronar la cima y allí le esperaba la iglesia de San Juan. Al alcanzar el objetivo se agachó para coger aire, levantó la mirada y al este pudo ver el pueblo.

La noche estaba a punto de llegar y el viento golpeaba con virulencia en esa elevación rocosa. Pensó que mataría por un tazón de caldo y un barreño con agua caliente.

Miró a la iglesia. A pesar de su fatiga una sonrisa se clavó en su cara. Fue corriendo hasta la puerta principal pero estaba cerrada. Golpeó con el puño todo lo potente que pudo, mientras gritaba y repetía — ¡Padre! ¡Padre!

Se calló para intentar escuchar algo. De repente, oyó un silbido que poco a poco aumentaba y en un apenas un segundo notó como algo se clavaba en su espalda.

Era una flecha.

Malherido se dio la vuelta y vio a docenas de hombres detrás de él. Por delante de ellos un hombre a caballo se le acercaba.

El jinete, ya a su vera, descabalgó, se agachó y le arrancó unos legajos que agarraba en sus manos. El caballero se quitó la capucha que cubría su cabeza, miró al herido y con una sonrisa plácida le dijo — Al menos podrás decir en tu Cielo que lo último que viste antes de morir fue el rostro del Rey de Francia.

Comentario

Montsegur

IRON MAIDEN

Cuando escribí este relato quería hacer algo corto que reflejara la historia de los cátaros. Y bastante corto, no en vano la canción elegida es bastante más larga que el relato.

Eso sí, la canción la encontré más tarde, y es perfecta para el relato.

La historia de los cátaros es atrayente desde hace muchos años y su “influjo” sigue cautivando a escritores, historiadores e incluso al propio Bruce Dickinson de Iron Maiden.

El hecho de haber estudiado la herejía cátara me hizo escribir este pequeño relato. Unos religiosos, llamadas los “bonhommes” (buenos hombres), que llevaron al extremo sus votos de pobreza y castidad. Tuvieron gran repercusión en el sur de Francia (Languedoc), donde su “filosofía” caló entre el pueblo y algunos nobles, mucho más que la iglesia de entonces, ya subyugada totalmente por el ansia de poder y riqueza.

Era un peligro para la Iglesia romana, ya que criticaban las ostentaciones de Roma y, claro, Roma no podía permitir eso, ya que poco a poco iban ganando adeptos. Para ello, se alió con el Rey de Francia, que desde hacía ya un tiempo había perdido mucho poder en el Sur de Francia a favor de esta nobleza, que lejos de criticar a los cátaros, los veían con buenos ojos.

La cruzada llevada a cabo por Roma y el Rey de Francia fue de proporciones gigantescas, de tal manera que acabaron con prácticamente toda una religión. Aparte de cátaros murieron muchos inocentes. Es famosa la frase, leyenda o no, del Papa, cuando ante la pregunta del rey de Francia para distinguir a los cátaros de los que no lo eran dijo “Matarlos a todos, que Dios los distinguirá en el Cielo”.

El último reducto en caer fue el castillo de Montsegur, una fortaleza en lo alto de un peñasco (hoy muy visitada) donde se refugiaron los últimos cátaros y resistieron el acoso durante meses, hasta que no pudieron más, y el Rey de Francia y sus tropas terminaron quemando en una gigantesca hoguera cerca de allí a cientos y cientos de cátaros.

Como toda resistencia de este estilo no está exenta de leyendas y mitos, en donde algunos hablan de que poco antes del asedio, varios cátaros huyeron de Montsegur con un gran tesoro del que eran guardianes. Unos hablan del Grial, otros de manuscritos importantes que ponían en jaque a la iglesia romana, y de ahí su desobediencia, otros de tesoros del Antiguo Testamento… Probablemente, la realidad es que los cátaros fueron masacrados y solo pocos pudieron escapar, probablemente a España, y terminarían diluyéndose entre la población cristina.

Sin embargo, siempre queda ese misterio.

Iron Maiden siempre se han caracterizado por ciertas letras de índole histórico, especialmente cuando compone Bruce Dickinson, ferviente seguidor de la Historia. Alejandro Magno o los cátaros son solo dos ejemplos de muchas canciones de este tipo de la banda más conocida dentro del género del heavy metal.

Poco se puede decir de Iron Maiden, una banda cuyo nivel de éxito se mide por el número de camisetas que hemos visto todos por las calles o hemos vestido. El patrón del heavy metal. Grandes clásicos alimentan su discografía, así como portentosos directos con puesta en escena de altos quilates.

Quinto relato

Retazos de un sueño

Parte 1

Siglo XVI


El viento fresco le golpeaba la cara mientras corría. Sus piernas tropezaban con las altas hierbas pisoteando flores e insectos que se mezclaban entre la humedad del lugar. Un lugar ya próximo a anochecer.

La tenue luz que aún escupía el sol le sirvió para darse cuenta de cuan cerca los tenía. Apenas unos centenares de metros lo separaban de los dos hombres que lo perseguían.

Sabía perfectamente que estaba a punto de ser cazado como una liebre sino intentaba algo aunque fuera desesperado. Ellos iban a caballo y él solamente corría.

Mientras iba huyendo buscaba una opción que le pudiera salvar, o al menos ofrecer una oportunidad.

A poca distancia, casi enfrente de él, vio como un pequeño risco se cortaba a mitad de camino en su bajada al suelo y abría una cavidad estrecha y alta. Cerca de la roca, a escasa distancia, la rama más baja de un árbol le podía servir como un trampolín inesperado con el que alcanzar la cueva. Si había suerte y conseguía entrar en la cavidad, cosa que no tenía clara, debía esperar que ese ejercicio rocambolesco no lo vieran sus perseguidores.

Aun así no había muchas más alternativas.

En su veloz carrera saltó sobre la rama del árbol, que estaría a poco más de un metro de altura, y se impulsó hacia la grieta, abierta de manera despiadada entre la roca como si de una vagina se tratase. Al alcanzar su objetivo el joven muchacho entró tan justo que un trozo de roca le rajó el muslo de la pierna izquierda mientras la espada que llevaba al cinto se desprendió y cayó hacia abajo. Entró desequilibrado en la oquedad, no pudo frenar y se golpeó contra el fondo de la pared. La cueva era menos profunda de lo que parecía desde lejos y se encontraba a unos dos metros y medio de altura sobre el suelo.

Se tocó la cabeza, que sangraba levemente por el golpe, y su muslo, que de manera contraria lo hacía abundantemente. Aun así su mirada se posó sobre su espada. Se había quedado en un resquicio saliente entre el risco y el suelo, casi a la altura de la rama que le había servido para impulsarse, sobresaliendo el mango de la empuñadura a la vista de cualquiera que mirase en esa dirección.

Los dos hombres a caballo hicieron parar a los animales a una docena de metros de donde se encontraba el joven muchacho, el cual los observaba discretamente mientras se apretaba contra la oscura y estrecha cueva para ocultarse. Su mirada se debatía entre los caballeros y la espada. Sabía que si la veían era su final.

Los hombres a caballo, que llevaban túnicas blancas con una cruz roja en el pecho y mangas de color turquesa, habían perdido la pista del escurridizo fugitivo y miraban hacía todos los lados mientras sus caballos protestaban cabeceando.

Uno de ellos, el que llevaba un corcel negro, señaló al lado opuesto del risco y emitió un grito. Acto seguido su caballo relinchó, se puso a dos patas y empezó a trotar en esa dirección seguido por su acompañante.

El muchacho sonrió aún a pesar de las heridas que tenía. El dolor significaba que estaba vivo y esa era una gran noticia.

Mientras veía alejarse a los caballeros como unas sombras ante los últimos rayos de Sol de la tarde, aprovechó para acurrucarse en la hendidura y abrir el macuto que llevaba a la espalda.

Lo primero que cogió y que tenía a la vista era un objeto cubierto por un trapo sucio que originalmente se intuía que había sido blanco. Le pasó la mano por encima, suspiró, y pensó lo poco que había faltado para perderlo.

Lo sacó del macuto y suavemente lo dejó a su vera mientras seguía indagando en el interior. Lo siguiente que escogió fue un puñado de hojas secas grandes similares a las de un eucalipto. Las dejó sobre el amago de suelo arenoso en el que se encontraba y volvió a su macuto. De allí sacó un pequeño bote de madera poco más grande que el pulgar de su dedo. Lo abrió y vertió parte del líquido oscuro que contenía sobre las hojas que previamente había dejado a la intemperie.

El líquido tenía un olor muy fuerte, que al mezclarlo con las hojas hizo que su cara marcara una mueca de repulsión. Una vez hubo empapado buena parte de las hojas con el ungüento guardó el frasco y procedió a ponerse las hojas sobre la profunda herida de su muslo.

Un escozor enorme salió de su herida recorriendo su cuerpo como si mil agujas se clavaran de golpe en ese punto exacto. Se mordió el labio superior mientras seguía apretando contra su piel el remedio natural que había preparado.

Con una mano dejó sujetando las hojas y con la otra volvió a rebuscar en el macuto, del que sacó un trozo de liza que le sirvió para atar y sujetar las hojas a la pierna. La herida se encontraba justo a mitad de la cadera y la rodilla, no estaba protegida con ninguna tela o prenda ya que vestía un corto pantalón raído de color gris que le cubría la entrepierna y apenas un palmo más de sus extremidades.

Cuando la herida quedó cubierta y bien sujeta por el apaño que había creado se tocó la cabeza. Le dolía por el golpe, pero no tenía sangre.

Recogió todo de nuevo en el interior y lo dejó ordenado. Finalmente colocó con cuidado el objeto envuelto. Cerró su macuto y se incorporó.

Tenía que bajar, una experiencia no muy sencilla de manera normal que se complicaba bastante más por la herida. Una vez en el suelo, ya con la noche casi llamando a las puertas del bosque, fue hasta donde estaba la espada y la cogió. Se la puso en el cinto y comenzó a andar con una notoria cojera.

Lentamente empezó a caminar muy cerca de la roca, utilizando una mano para tantear la pared que le ejercía de improvisada guía.

Sabía que apenas cinco millas le separaban de la villa y allí ya podría refugiarse y, lo más importante, esconder La Tabla.

Llegó al final de la roca que le obligó a girar noventa grados sobre sí mismo. Aunque la noche se había presentado sobre el bosque, eso no fue excusa para poder vislumbrar la sombra de un corcel frente a él. Era el caballero del corcel negro.

Rápidamente y de manera instintiva giró sobre sí mismo para intentar huir por el lado contrario. En ese momento su cabeza chocó contra algo que detuvo en seco su intento de huida. Era el otro caballero montado sobre su corcel blanco, que relinchaba protestando por el golpe que le había dado el joven.

Estaba atrapado y la noche tibia se acababa de convertir en terriblemente oscura y fría, tanto que un escalofrío recorrió todo su cuerpo como si de un latigazo se tratase.

— No puedes escapar, hijo — le dijo el caballero que tenía justo enfrente.

Tenía razón. Malherido, de noche, y con dos expertos miembros de la Orden a caballo no tenía nada a lo que aferrarse para salir de esa trampa. Ni su Dios podía salvarle. Pero él hace tiempo que había dejado de creer en su Dios.

—Si nos das La Tabla, no te haremos ningún daño — afirmó el caballero que tenía detrás.

Apenas podía verles la cara a ninguno de los dos, pero la voz en la oscuridad del jinete le pareció lo más cercano a la voz del Diablo.

El muchacho se dejó caer sobre el suelo. La herida se había vuelto más punzante y el escozor era brutal. Apoyó la espalda sobre la roca que tenía detrás, se quitó el macuto que llevaba a la espalda y lo dejó en el suelo entre sus piernas abiertas.

Los hombres desmontaron de sus caballos y se acercaron al muchacho, el cual levantó la cara para intentar observarlos mejor. La poca luz que había le vino justo para poder ver las vestimentas completamente blancas de los caballeros, pero nada distinguió de sus caras.

Los caballeros parecían mostrarse tranquilos en sus movimientos, pero sus manos apoyadas en las espadas aún envainadas no ofrecían un futuro alentador

—Es hora de que te desprendas de lo que no te pertenece, muchacho — dijo uno de ellos.

El joven abrió la bolsa que tenía entre sus piernas y lentamente, como alargando el momento, sacó el objeto que llevaba envuelto. Como si de un ritual se tratase desplegó la tela que lo envolvía y lo dejó a la vista.

Poco o nada pudieron haber visto en la oscuridad si no fuera porque el objeto en cuestión tenía luz propia. Una luz brillante verde, esmeralda, no reflejada por otra luz. Fue gracias a ese brillo cuando el muchacho al levantar la vista pudo entonces ver la cara de sus perseguidores.

El objeto era grande, sin embargo parecía no pesar lo que aparentaba sobre las manos del fugitivo. Era de forma rectangular. Era La Tabla.

En ella se intuían ciertas inscripciones y símbolos que también tenían su propia luz y brillo. Eran de color dorado como el oro.

Al volver a observar a los caballeros, el muchacho notó como habían quedado por un momento hipnotizados ante la luz irradiada por La Tabla. Duró escasos segundos, tras los cuales, uno de ellos desenvainó la espada que llevaba en el cinto.

El muchacho sabía que era mentira. Era mentira que le dejarían escapar de allí con vida. Era el momento final. Cerró los ojos y esperó la fatalidad.

En la oscuridad total que le proporcionaba sus ojos cerrados vio pasar su corta vida. Le pareció eterna la espera. Es curioso lo lento y rápido que pasa el tiempo algunas veces, pensó. Y más curioso en las cosas que piensas justo antes de morir. Aun así, en medio de esa angustia notó claramente como el calor le invadía todo el cuerpo, como si estuviera muy cerca de una gran hoguera. Fue inmediato cuando notó que sus manos, que sostenían La Tabla, se estaban calentando brutalmente.

El calor empezó a ser tan fuerte que tuvo que abrir los ojos. Lo que en ese momento pudo vislumbrar era inexplicable. Lo veía, sí, pero no lo entendía. Pero no solo él. Los caballeros estaban tan perplejos que de repente habían detenido la ejecución. La estupefacción, la incomprensión era tal que habían bajado sus aceros.

De repente todo había cambiado. El lugar donde estaban, el bosque, los caballos y sus propias figuras se entremezclaban con otras que apenas podían entender y en otros casos no podían ni creer.


Parte 2

Siglo XX


El viento que entraba por la ventanilla bajada del coche golpeaba con fuerza sobre su cara. El vehículo, que iba a toda velocidad, saltaba sobre los baches de la carretera machacando basura esparcida que goteaba por la humedad de una fresca tarde que tocaba a su fin.

El sol, que ya se iba escondiendo, aún le ayudó para poder ver desde el espejo retrovisor lo cerca que los tenía. Apenas a unos metros se encontraban los dos motoristas que le perseguían.

El coche iba a su máxima velocidad. Sabía que con el viejo trasto que llevaba no tardarían en darle caza. Sus motos eran de última generación, de alta cilindrada y lo que él llevaba a duras penas podía llamarse coche.

No tardarían en atraparle, y era momento de pensar algo rápido. Recordó que estaba llegando a un barrio de París de callejuelas muy estrechas que conocía sobradamente. Había pasado bastante tiempo desde que lo visitaba para ver a una antigua novia, pero había que arriesgarse. El movimiento era el siguiente; giro a la derecha, nuevo giro a la derecha, y rápido giro a la izquierda para llegar a un callejón estrecho sin salida. Al menos, antes era así.


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