La espera
By Merari Fierro
Published by Ed. Amarante at Smashwords
Copyright 2011 Merari Fierro
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Estos fueron tus últimos pasos
Lorena, la de ojos extraviados
La carta llega en un sobre color madera, oliendo a rosas y con la constancia de que la fiesta será perfecta para mí y para todas las demás. Es mi primera celebración. Las tías vienen una a una a aconsejarme sobre mis vestidos y las opciones de comida que puedo llevar; repasamos las canciones para los ritos principales, cómo bailar moviendo las caderas, cómo lanzar gritos al aire, y cuándo guardar absoluto silencio; hay quien llora por tanto recuerdo, “nostalgia de juventud” aseguran. La primavera está ya difuminada en el verano y el olor a tierra es intenso. La tía Amalia es la única que no viene a verme; cuando le informé de mi fortuna, me respondió con la boca tiesa que no lo era tanta. Avisos tan oscuros nadie puede aceptarlos en días de fiesta, así que ignoro lo dicho por ella y casi todo lo que aconsejan las demás matronas. Me quedo con la confianza de encontrarlas allá para dirigirme, y con la certeza de que lo más importante es la diversión de todas.
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El día esperado llega. Me visto de primeriza con un velo claro cubriéndome la cabeza y un vestido ligero, largo hasta los pies. Camino a la celebración me encuentro con varias amigas. Al verme sonríen entre sí, nerviosas me toman de la mano. Apuran el paso. Avanzamos murmurando ilusiones y recetas con las que cada una preparamos el alimento para la noche; muchas tratan de adivinar cuántos platillos nuevos llevarán las mujeres de los otros pueblos.
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Tres días después regreso a un lado de las otras; con el vestido arrugado, con mi cabello húmedo y escurriendo por la espalda; con la sonrisa en el rostro, pero los ojos serios, nuevos, abiertos a todo lo que ven. Me siento distinta hasta que recibo la mirada silenciosa de mi padre, desde lejos y a escondidas. Me pregunto si a todas les pasa lo mismo cada año, pero no me atrevo a hablar sobre lo prohibido, nunca fuera del mes y el terreno permitido.
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El tiempo pasa sin reflejarse en mis manos. Un buen día me encuentro casada, con hijos, y un hogar de lozas rojas, tapetes en las paredes, una chimenea impecable. Algunas conocidas se han mudado a pueblos lejanos, otra más al nuestro. Hoy llega de nuevo la carta de invitación a las fiestas. Este año, ninguna novata vivirá la celebración, y en ese sentido es la primera vez para muchas de nosotras. Avanzamos a plena luz vestidas de colores brillantes, abrazadas y sonrientes al encuentro con todas las mujeres de la zona. Una vez en el estero, resguardadas por los arbustos más altos comienza el festejo. Los ritos se van dando como cada año en la certeza de las palabras.
A la hora de repartir el vino la hallo sonriéndome. Mujer tan simpática hacía tiempo que no encontraba; entre el baile alrededor de la fogata, las coronaciones de flores y el cántico primero, comenzamos a platicar de nuestras familias, de nuestros esposos. En las perspectivas terminamos por hacernos amigas. Cuando llega la hora de repartir la comida ella me hace prometer que seremos hermanas por siempre. Pienso que está un tanto embriagada, pero acepto con los brazos cubiertos de azahar. Las mujeres más ancianas aplauden nuestra alianza.
Al final, cuando sólo quedan unas cuantas mujeres dormidas en el césped, ella pide mi compañía. El sol ya comienza a aparecer y mi marido me espera en casa, el castigo podría ser enorme, así que sonriendo me niego. Ella entonces me da la espalda y sin decirme nada más se sumerge a nadar en el agua clara.
Para tranquilizar mi incomodidad pienso que dentro de un año su enojo ya se habrá disipado. Pero al llegar a mi casa con el alma rejuvenecida y el secreto de las fiestas encima, la encuentro en mi sala. Mi esposo no dice nada, sólo refunfuña un reclamo y regresa a la cama.
Toda la mañana intento convencerla de que se marche, pero llora, me recuerda cómo se atrevió a escapar de su encierro, abandonarlo todo a cambio de conocer algo nuevo. Dejó a su marido, a sus padres, y a sus hijos con una herencia renovada de abandono, ¿con qué corazón podía yo mandarla de vuelta?, ¿hacia dónde?, ¿quién más entendería su hastío, sus ganas de vivir otra vida?
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Y comienzan a pasar los días. La casa se ha inundado con su presencia. Ahora somos una familia completa, según ella. Cocinamos juntas, planeamos los viajes juntas, divertimos a mi marido juntas. Duerme en otro cuarto, pero las noches no vuelven a ser las mismas; el estilo de la casa empieza a cambiar y esta mujer ya no pide permiso para llevar a pasear a mis niños.
Mi marido ha dicho en la calle que tiene dos mujeres. Yo no quiero escucharlo. No sirven de nada mis súplicas ni los gritos de los últimos días. Sólo quiero esperar a que ella entienda, tome sus cosas y se marche. Pensar en su ausencia comienza a asustarme, la falta de su compañía me angustia. Ella llegó para quedarse con mi vida entera, más allá de mi esposo, de mi casa y de mis hijos.
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Un año después de aquel encuentro llegan las invitaciones a las nuevas fiestas. Enclaustrada como estoy por la vergüenza y la rabia recibo el sobre con olor a musgo sin ninguna expectativa. Regreso a mi silla, y aquí me quedo a esperar el día de la cita.
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Ella viene por mí para cumplir con el rito; salimos sin que pueda despedirme de un hogar que desconozco. Abrazada a ella regreso al estero, al lugar donde nos conocimos.
La tía Amalia me saluda desde lejos con el ceño fruncido. Me parece que todo estaba mal desde un principio y que a estas alturas de mi condición, no sé qué quiero, ni a dónde voy. Saludo a las desconocidas y beso a las tías. Nos damos las felicitaciones acostumbradas, deseos de buena vida y fertilidad.
La música triste suena al fondo y bailamos la primera de muchas danzas. Nos abrazamos. Pellizco a una y otra compañera. Toco su piel y ellas acarician mi cabello. No hay alegría en mis ojos, pero las tías empujan, instruyen, prenden las llamas nuestras.
Al momento de repartir los dulces encuentro a una joven alegre. Me sonríe. Al mirarnos siento que ella me puede mostrar un camino nuevo; yo le cuento de mis hijos y del rostro que tiene mi esposo, ella platica excitada sobre la chimenea que acaba de construir en su casa, frente a un bosque, con cuervos aullando el sueño de toda su familia. Siento que la vida regresa a mi cuerpo; nos carcajeamos de sólo vernos porque ya somos amigas, para siempre, me lo ha prometido. Y yo le creo.
A la tercera noche cada quien regresa a donde pertenece. La tía Amalia avanza hacia el sur del estero, hacia donde está mi pueblo natal; me dice adiós con la mirada. Yo me quedo con mi nueva hermana, ya tenemos todo preparado para que me lleve a conocer su pueblo donde un hombre, unos hijos y una casa desconocida duermen esperando mi encuentro.
La serpiente de aros blancos se arrastra bajo las cruces del cementerio, contorsiona su cuerpo delgado para seguir adelante, hasta la tumba escogida. Conforme se acerca ve la lápida con la inscripción que ella y el joven hincado frente a ésta, se saben de memoria. “Aquí yace Mariana, por causa de un amante desconsiderado.” Cuando la serpiente llega, él no la ve porque tapa su cara con las manos llorando el aniversario de su desgracia. El animal busca la red de hojas secas que cubre un enorme hoyo a un lado de la sepultura. Baja por el túnel ancho y duro cavado por ella misma, noches atrás, en un aflojar y subir de tierra. Este día hace un último recorrido para desalojar las piedras sueltas y ensanchar alguna parte del camino que estuviera angosta. De la lápida al féretro y del féretro a la lápida hay ya una brecha bastante amplia por donde cualquier persona de tamaño regular puede pasar. El camino hoy ha sido terminado; hoy también el joven, de negro entero, instalado frente a la tumba, ha estado llorando desde hace más de dos horas. Hoy, la serpiente se dirige por última vez hacia el féretro donde un respirar hueco se escucha.
He despertado con el eco de tu voz vibrando en mi cabeza. Ha llegado a mí como un estallido denso que me alborotó los nervios y obligó a mover los ojos. Los tengo bien abiertos, pero lo único que percibo es la oscuridad y un olor a musgo seco a mi alrededor. Mis ojos aún no logran acostumbrarse a la negrura, aún así me doy cuenta del entumecimiento de mi cuerpo, siento mi piel cortada y los dedos contraídos. Por momentos creo estar soñando, pero el olor a hierba sin sol es muy intenso, tan real como el peso del lugar sobre mi pecho. Intento levantarme y mi cabeza topa con una pared dura cubierta de suave tela. La palpo; reviso con pies, manos y frente, el compartimiento donde estoy encerrada y me doy cuenta de que he estado muerta.