
HISTORIAS DE LA NOCHE
Erlantz Gamboa Villapún
Copyright 2011 by Erlantz Gamboa
La noche es el marco ideal para que se desarrollen muchas historias. La noche oculta, la noche propicia, la noche inspira, la noche es nuestra aliada..
Las historias que aquí se relatan tienen algo que ver con la noche, y pretenden estimular la imaginación del lector.
El autor
ÍNDICE
TOQUE DE QUEDA
EL TIEMPO POR CÓMPLICE
EL TOPO
ELLOS
UNA NOCHE POR TODA UNA VIDA
TODAVÍA NO ES MI HORA
UN MAL SUEÑO
ACOMPAÑAR AL DIFUNTO
AL FINAL DEL TÚNEL
LA PUERTA DEL INFINITO
EL BAÚL DE LOS RECUERDOS
EL CRUCIFIJO
LA DAMA DESNUDA
LA PESADILLA
EL COBRADOR
TOQUE DE QUEDA
PUBLICADO EN 1993 EN EL CUENTO DE EDMUNDO VALADÉS (México)
Las sirenas comenzaron a sonar de improviso. La gente despavorida corrió a esconderse en el lugar más cercano. Poco antes las calles se habían despoblado ante la proximidad de las ocho de la noche. Pero algunos osados o despistados esperaron hasta el último minuto, exponiéndose a las balas de los soldados.
Un joven de unos 23 años entró atropelladamente a un portal, subió al primer piso y golpeó con fuerza en una puerta. Luego pegó su oreja derecha a la puerta, aguardando pasos. Miró hacia el suelo, para ver si había luz y se filtraba por alguna rendija.
Unos pasos sigilosos se oyeron en el corredor y una voz apagada llegó hasta el joven.
-¡Ábrame, por favor! - gimoteó éste-. Me he quedado en la calle y vivo lejos. Ya sabe lo que me ocurrirá si me agarran.
-¿Quién es usted? No puedo abrirle a cualquiera.
En el interior sonaba la voz de una mujer. Casi era un susurro, mezcla de miedo y compasión.
-Me llamo Joaquín Santos, trabajo en un banco y soy una persona honorable. Me he descuidado y sonaron las sirenas antes de poder llegar a mi casa.
-¿Joaquín Santos?- preguntó ella-. ¿En qué banco trabaja?
-En El Industrial, la sucursal de la calle Otero.
La puerta se abrió un centímetro y un ojo observó al joven. Él estaba preocupado por la escalera, esperando ver aparecer en cualquier momento un pelotón de soldados.
-¿Eres tú?- preguntó la mujer.
-¿Nos conocemos?- dijo él.
-Soy Silvia Jiménez y trabajo en la central.
La puerta se abrió un poco más. Él observó a la mujer, quien, como él, tenía menos de treinta.
-Sí, creo que te he visto cuando vas a la central. Pasa, pasa.
-Gracias- él se detuvo a observar la casa, al menos el corredor y luego la bata floreada de la mujer-. Diles a tus padres que no daré molestias. En un rincón puedo pasar la noche. De cualquier forma será mejor que la cárcel.
-Vivo sola. Bueno... con una amiga, pero ella suele, a veces, quedarse con su hermana. ¿Quieres café?
-Gracias.
Joaquín se sentó en un sillón y miró a Silvia que se metía en la cocina. No estaba mal, nada mal.
* * * * *
Colgó el auricular y se reclinó en el sillón giratorio. Silvia acababa de llamarle para invitarle a pasar la noche en su casa. Su amiga no iría a dormir, por lo que estarían solos.
-Se lo pasó bien, anoche- musitó él-. Y ahora, vamos a ver que tenemos aquí.
Se acercó a la pantalla de la computadora y leyó los datos que ésta desplegaba.
-Carla Montes, la rubia de gran "pechonalidad". Soltera y 28 años. Creo que vive sola. Calle General Palacios, número 826. Bien, bien.
Anotó los datos en un papel, lo dobló e introdujo en su bolsillo. Luego volvió a reclinarse en el sillón.
-La semana próxima, tal vez el jueves. Llegar cinco o diez minutos antes del toque de queda, una carrerita y... a pedir asilo. Dicen que no hay mal que por bien no venga. Cierran bares y discotecas, pero... siempre hay formas. *****
EL TIEMPO POR CÓMPLICE
Tercer lugar en Concurso de Ciencia Ficción Barakaldo, (Bizkaia) 2008
Esteban llevaba la última media hora maldiciendo su mala suerte. Había planeado divertirse a lo grande, aquel fin de semana, y se lo estropeó el jefe. Laura había aceptado la invitación a cenar, bailar y… lo que surgiese. Ya era hora, porque dicen que la tercera salida es la definitiva: por exitosa, o porque indica la conveniencia de dedicarse a otro prospecto.
Pero su jefe, el malvado Arturo Funes, el funesto, había tenido la genial idea de mandarle a visitar un cliente en fin de semana. Como él acudía a la oficina hasta en Navidad, pensaba que todos compartían su obsesión por el trabajo.
-Así es seguro que lo encuentras. Está en su casa, los fines de semana- le dijo, como pretexto.
El maldito le trataba como a un esclavo. Por un cochino sueldo, pretendía que fuese gasolinera o tienda de 24 horas. Y, encima, le consideraba un retrasado mental. Le había obligado a repetir lo que le diría al cliente moroso. Y la dirección. Eso tuvo gracia, porque le hizo un plano para que no se perdiese o equivocase, ¡en un pueblo de seis casas!
Laura le dijo que no, que a un pueblo en fin de semana, ni es sueños. Ella era adicta al asfalto, los buenos restaurantes y bailar bajo techo, no en la plaza de un villorrio, con un vaso de plástico sobre el regazo. Así que Esteban subió a su automóvil, y se lanzó a toda velocidad por la autopista del sur. Le urgía regresar antes de las diez, porque Laura solamente le esperaría hasta esa hora. Luego, él se convertiría en pasado.
-Le recito el poema – pensó-, y ni siquiera me quedo a oír la respuesta. Se niega a pagar, así que lo mismo es que insista una hora o cinco. Tengo que hacer acto de presencia, no pasar la tarde con él.
Su enojo iba en aumento, y lo pagaba el acelerador, el cual pisaba cada vez con más energía, volando ya a 170. Si seguía pensando en el funesto, pronto alcanzaría los 200.
Conocía la zona, porque él había nacido en Villanueva, y Salcedo, a donde iba, estaba veinte kilómetros más hacia el sur. Su madre lo abandonó a los tres años, dejándolo encargado con sus abuelos, porque su novio, (el de aquel momento), no quería niños. En cuanto a su padre, él no lo conoció, y dudaba que su madre recordase su nombre. Ésta le visitó un par de veces, cuando era niño, y ninguna de mayor. Los abuelos eran la única familia que recordaba.
Miró a la izquierda. Fue tan sólo un segundo, lo justo para vislumbrar una gran nube de polvo que se acercaba. Observó el cuentakilómetros: cerca de los 200. Comprendió que estaba loco. No podía frenar súbitamente, porque, a tal velocidad, derretiría los neumáticos y estallaría alguno de ellos. Y esquivar la nube era imposible.
En segundos se encontró dentro de ella. No veía absolutamente nada. Continuó frenando lentamente. Circulaba por una autopista, y no le preocupaba un choque frontal; pero cabía la posibilidad de que alguien en su misma dirección ya hubiera frenado, y le embestiría por detrás. U otro se incrustaría contra él. Comenzó a sudar y a rezar.
Afortunadamente, en pocos segundos salió de la nube. O no era muy grande, o la velocidad que Esteban llevaba hizo que pareciese pequeña. La luz le cegó. Tardó en detener el automóvil, y verificar que no había nadie delante. Estaba completamente solo, y…. Algo extraño sucedía. Muy extraño, puesto que no había autopista. Miró hacia atrás. La nube no se había disipado, sino que se alejaba, o, si estaba estática, él la había atravesado. Y tampoco había autopista a sus espaldas. De pronto, se encontraba en una carretera secundaria, de pueblo. Estaba perplejo, intentando comprender lo sucedido; pero era ilógico, propio de una película.
-Aquí hay una autopista – aseguró-. He venido mil veces, y hay una autopista.
La única alternativa era que dentro de la nube se hubiera metido por una desviación, pero podía jurar que en los segundos en que estuvo cegado mantuvo el volante sin movimiento alguno. No, no era eso.
De repente, escuchó la bocina de un auto tras él. Miró por el retrovisor. Una antigualla, una camioneta vieja, le urgía a seguir o hacerse a un lado. Optó por lo segundo, y se estacionó en la cuneta. Pasó la camioneta, y tras ella… otra joya de museo: un Chevrolet 76.
-El tiempo – susurró-. Es mi mente que ha retrocedido en el tiempo. El maldito Funes me está volviendo loco.
Pero no se trataba de su mente, sino de todo él, incluyendo su vehículo. El conductor del Chevrolet se le quedó mirando al pasar a su lado, demostrando estar tan sorprendido como él.
-La nube es… No, no puedo decir esas tonterías. Debe existir una explicación racional.
Quizá, pero estuvo 15 minutos en la cuneta, y no voy pasar un vehículo posterior a los 80. Y además, fueron muy pocos, algo inusual en aquella autopista a media tarde.
-Debo reconocer que… Voy a intentar no hacer alguna estupidez.
Puso en marcha el vehículo, a muy poca velocidad, en contraste con su anterior pretensión de volar. Y siguió leyendo el asombro en las faces de los conductores que encontraba: fuera que le adelantaban, o que venían de frente. Su coche resultaba una novedad, a pesar de ser el utilitario más económico y usado en el país.
Tardó en llegar al letrero de su pueblo natal, en una carretera repleta de baches. Estaba como cuando él vivía allí: viejo y con tres letras borradas. Lo recordaba bien, pues creció en Villanueva, al menos lo que se crece hasta los doce. Ese detalle confirmaba que el tiempo había retrocedido, o él en el tiempo, o los dos a la vez. Era un enigma digno de Einstein.
Enfiló por la calle principal. Efectivamente era Villanueva, pero unos 30 años atrás. Él tenía 29, y había conocido casas en los solares que veía. La iglesia y el ayuntamiento no habían cambiado, pero el resto…
-Parece fiesta de disfraces – dijo.
La gente en la calle, además de cara de asombro, vestía como en las películas antiguas. Y los pocos automóviles que se estacionaban alrededor de la plaza, en la que no había ninguna prohibición, eran piezas de exhibición.
Y si él se divertía examinándoles, a la vez era estudiado por ellos. No tanto su indumentaria, porque un jersey verde y un pantalón marrón no despertaban la curiosidad de nadie, pero su auto era el centro de todas las miradas. Junto a los otros, no parecía compacto, sino enano.
Vio que el bar de la plaza existía ya en aquel incierto tiempo, y sintió sed. Además, un bar era el lugar idóneo para dilucidar aquella locura. Necesitaba pensar, porque si estaba en el año que más o menos creía, buscar al deudor significaba una gran pérdida de tiempo. ¿Qué deuda? Si ni siquiera Funes había fundado su empresa.
-Me regreso después de tomar la cerveza.
¿Y qué excusa le daría a su patrón? ¿Que Einstein tenía razón, y que el tiempo es la cuarta dimensión? Ni le entendería, ni lo pretendería. Le propinaría un regaño de época, y certificaría que era un tarado de marca.
-Quizá, de regreso, vuelva la nube.
En la puerta del bar le sobrecogió una premonición. Si la nube no regresaba, él se quedaría colgado en el tiempo, más bien anclado en una época que no era la suya. Sus estudios no existían, no tenía empleo, ni siquiera había nacido. Un sudor frío le recorrió la espalda. Tenía su documento de identidad, pero expedido el año… Le tomarían por falsificador, por ilegal, por… Y su tarjeta que crédito parecería burla, porque en esa fecha ni se inventaban. ¿Y el dinero…?
-Necesito una cerveza – decidió.
Conocía bien el bar. A su edad jamás entró en él, pero asomó la cabeza muchas veces. Estaba aún más viejo, lo que parecía imposible, de lo que recordaba. A quien no conocía era al hombre de la barra. Hizo un cálculo rápido, y el resultado que arrojó es que estaría muerto o jubilado.
-¿Qué desea? – le preguntó el cantinero.
-Una cerveza bien fría.
No le había servido la cerveza, cuando entró un joven, de poco más de veinte años, que fue directamente a su lado. Se sentó en el taburete de al lado, y, sin presentación, preguntó:
-¿Es tuyo el auto de afuera?
-Pues sí. Es mío. ¿Te gusta?
-No he visto nunca uno de ésos. Ni la marca, siquiera- lo dijo con verdadero asombro.
-Es un modelo experimental europeo. Lo estoy probando.