
EL SICOANALISIS DE SIMPLICIO
Erlantz Gamboa Villapún
Copyright 2011 by Erlantz Gamboa
El psicoanálisis de Simplicio es una novela corta, de humor, sobre un matrimonio compuesto por un tonto que se cree listo, y una lista a quien creen tonta. Además hay una suegra que controla a ambos, o eso cree. Y el siquiatra, a quien le encanta que Simplicio le cuente sus cuitas.
CAPÍTULO I
-¿Desde cuándo presiente usted que...?
El sicoanalista miró hacia la ventana. No tardaría en anochecer, y aún tenía tres "clientes" en la lista de espera, de los cuales: dos de ellos ya se encontraban en la sala. Se congratulaba de haber elegido aquella profesión, y no la de ingeniero nuclear que quería su padre. Ganaba una fortuna, y apenas hacía cuatro años meses que había abierto el consultorio. A los treinta y dos años, contaba con el éxito que a otros les supondría toda la vida. Dudaba que manejando el átomo obtuviese beneficios como manipulando las desordenadas mentes de algunas gentes. Y además, en ocasiones, lo que contenían éstas, o la vacuidad de las mismas, resultaba divertido. No faltaba quien pusiera colorido a su diván, con el único problema de no tener nada en qué perder el tiempo.
-Hay mucha gente infeliz- decía, para justificar su increíble ascensión.
Y, para ejemplo, el cliente que le ocupaba en aquel momento, un hombre que representaba una extraña incógnita. Simplicio Águila estaba pensando, intentando responder al doctor. Él también era joven, aunque lo más distante a un triunfador. Si acaso... sobrevivía, que, en su caso, podía considerarse triunfo. No era apuesto como el médico, pero nunca se había percatado de la carencia de atractivo; su escasa inteligencia no daba para reconocer la realidad. Era feo, torpe y... dictatorial, extraña mezcla que suele proliferar aunque nadie sepa bien por qué razón. El doctor atendía a tales especímenes, éstos le proporcionaban cuantiosos ingresos, y lo demás era tarea de los estadísticos.
-Unos dos meses- respondió, al fin.
-Sin certeza alguna- amplió el siquiatra.
-Estoy seguro de que me engaña.
-¿Se lo han dicho, lo ha visto o... algún anónimo? ¿De dónde nace esa certidumbre?
-De aquí.
El paciente se tocó la frente. El doctor sonrió veladamente, comprendiendo lo que quería significar, aunque él veía otra cosa en la despejada frente de Simplicio. Éste no entendió el motivo de la sonrisa, a no ser que el médico dudase de su agudeza.
-¿De su mente?- preguntó el sicoanalista, para salir de la gran duda que le había asaltado.
-Sí, es algo que se me ha metido en el cerebro.
Había transcurrido un cuarto de hora de consulta, y ya Moisés Artigas, el joven doctor, había definido a su cliente. Volvió a sonreír, al imaginar que aquello sería lo único que había conseguido, por años, entrar en mollera tan desprovista de seso. Al hacerle las preguntas preliminares, las lógicas y obligadas para cumplimentar el expediente, el buen hombre tuvo verdaderos conflictos para contestar lo más simple, como su edad o el lugar de nacimiento, registrando su cerebro durante minutos, dando a entender que había más de una respuesta posible. Después de eso, lo que dijese, posiblemente, rayaría el límite de lo paranormal o lo abstracto, y el doctor se había prometido no carcajearse.
-Pero... - pensó en la forma de hacer la pregunta- usted sabe que no es verdad, únicamente una intuición, ¿o no?
-Como usted lo llame, pero yo tengo un ojo...
Era posible que tuviera dos, aunque no fueran perceptibles tras los gruesos lentes. Lo dudoso era que vieran. Y no se trataba de ver, sino de averiguar, y, por lo declarado, se trataba de una conjetura sin bases.
-¿Algún cambio en el comportamiento de ella?- preguntó Artigas.
-Está siempre alegre.
El doctor aflojó el nudo de la corbata, se retocó el bigote (muy fino, justo para que el labio superior no se viera ancho) y carraspeó. Ganaba una fortuna, pero le costaba sudores, algunas lágrimas y un sinfín de carcajadas reprimidas, que en ocasiones le producían hipo. Los clientes más habituales eran depresivos, la faceta más dura de su trabajo, pero, esporádicamente, le caían joyas como el actual, y le hacían olvidar los malos tragos. Tenía un paciente que jamás hablaba, y consumía su hora de terapia con los ojos cerrados, y estrujándose las manos. Le ponía sumamente nervioso, y él era quien hablaba sin cesar, aunque sin gran cosa que decir. En cambio, el señor Águila era digno de estudio, y el reto fascinaba a Moisés.
La deducción del hombre era como para llamar por teléfono a Freud, y comunicarle que si tu esposa está siempre alegre es porque te engaña. Si una mujer no engaña al marido, debe estar triste, según la aguda percepción del señor Águila. Anotó la sagaz hipótesis, por si podía usarla con pacientes inundadas de alegría.
-¿Antes no era alegre?
-Siempre fue alegre.
-¿Y debía cambiar? ¿Tiene ella motivos para un cambio? ¿Por qué dejaría de ser una persona alegre?
-Pues... - Simplicio buscó en su apagada lucidez- ya no la quiero como antes.
-¡Ah!- Moisés se pellizcó fuertemente un glúteo, para no reír. Usaba tal método con tanta frecuencia, que tenía morado el trasero-. Entiendo: ella debería entristecerse, al comprobar que usted ya no le ama. ¿No será, por eso, que usted piensa que le es infiel?
-¿Por qué?
El siquiatra debería, por ética profesional, intentar explicarle al cliente lo que estaba seguro que éste no entendería, le importaba un comino u olvidaría poco más tarde. Pero era su obligación, y, para ello, buscaría las palabras adecuadas, simples como… el nombre de pila del señor Águila.
Simplicio se incorporó en el sofá, interesado en la aclaración. Empezaba a arrepentirse de haber escuchado los consejos de sus familiares. Él no estaba loco, a pesar de aquel pensamiento que no abandonaba su mente. Seguramente el doctor se reiría, le cobraría una fortuna y no le quitaría la sensación de cornudo. Gastar el dinero en que un extraño se entere de tu asunto, además de que no te pueda ayudar en nada, era un absurdo. Pero su madre insistió tanto, y su tía dijo mil veces que eso le haría bien, que no tuvo otra opción que ir con le loquero.
-Si usted no la ama, ella debería...; no digo que lo haga; buscar otro... hombre. Aunque no lo intente, usted cree que lo hace. ¿Me explico? Es la reacción natural de la persona despechada.
Si no bastaba para Simplicio, al menos él había cumplido la parte que la ética le exigía. Si el cliente persistía en que olerse el engaño era lo lógico, tenía un grave problema.
-Sí. Tal vez sea eso; pero a mí..., cuando se me mete algo en la cabeza...
Moisés se pellizcó de nuevo. No entendía cómo se le podía meter algo en la cabeza, pero presentía que sería difícil sacarlo. Sin embargo, lo intentaría, porque era su misión, y, además, cobraba por ello.
-¿Ella ve a hombres?- preguntó
-No lo sé. Ya le he dicho que es una sensación de...
-Me refiero a si ustedes acuden a fiestas, donde ella pueda hablar con hombres. Tal vez los amigos de usted van a la casa a... charlar, jugar dominó o... esas cosas. No que los vea a escondidas, sino que tenga la posibilidad de charlar con ellos, en su presencia.
Simplicio Águila se sumió en la reflexión. Moisés le concedió el tiempo necesario para contar el número de amigos que le frecuentaban, o que él visitaba.
-No, yo no llevo a nadie a casa, ni vamos a fiestas, ni ella habla con otros hombres- dijo, tras su recuento-. Se lo he prohibido.
-Bien-. Suspiró-. Pero... quizá el tendero, el panadero, el lechero..., quien sea.
-No. Ella va a la panadería del centro, donde únicamente hay una cobradora, a la carnicería de Doña Lola y...
-Comprendo- Moisés infló las mejillas, pero luego volvió a tragar el aire-: ella no sale de casa. ¿Y en casa?
-Está mi madre.
-¿Su madre vive con ustedes?
-Nosotros vivimos en su casa.
El doctor estaba a punto del infarto. Tuvo deseos de gritarle que sus cuernos eran inevitables, un castigo merecido, la justicia debida; pero hubiera perdido un cliente. Eso no le preocupaba, pues tenía una enorme lista, además de más citas que las que podía atender. Se trataba de no perder “aquel” cliente.
Reconocía que le intrigaba el caso de Simplicio, pues no parecía tan simple (el caso). Él también estaba seguro de que ella le adornaba la frente, o en el mundo no había justicia, si bien no acertaba a deducir cómo y dónde, porque no sería con espíritus en su casa, y en la calle la sometían a un severo control. Si ella lo hacía, (y cada vez quedaba menor duda), era muy inteligente al conseguir una grieta por la que burlar tan férreo marcaje. Así que, olvidando la parte crematística, que otros pacientes se encargarían de satisfacer, Águila seguiría en el sofá, para compensar los sudores que los verdaderos enfermos le acarreaban, como un remanso tras tanta turbulencia.
-¿Y los domingos?- preguntó.
-¿Qué?
-Cuando usted va al fútbol, al café o donde vaya.
-Vamos al campo, a casa de mi tía. Allí tampoco hay hombres.
-“Pero sí muchas bestias” – pensó el siquiatra.
-Por lo que me cuenta, ella está constantemente a su lado.
-Mi madre la vigila.
-¿Por qué razón la vigila?
-Para que no me engañe.
-Claro, claro -. Debió haberse imaginado la respuesta, pues ninguna otra era tan adecuada-.”La vigila para que no engañe a su hijo, y como no descubren que le engaña, están seguros de que lo hace- pensó Moisés, augurando un seguro dolor de cabeza si pretendía entender -. Nada más lógico”.
Moisés se puso en pie, estiró sus largas piernas y paseó alrededor de Simplicio, quien, boca arriba (y abierta), esperaba ser curado milagrosamente. El doctor, para justificar el alto costo de la consulta, sacaría su varita mágica, le tocaría la cabeza (la frente preferentemente), y los pensamientos de infidelidad desaparecerían. Luego de esto, cuando él ya no pensase que su esposa le engañaba, sería feliz como antes de suponerlo.
-¿Hacen el amor?- preguntó el siquiatra, súbitamente.
-Ya le he dicho que no lo sé, pero me lo huelo.
El doctor tragó saliva, y al cerrar la boca, para no expresar lo que sentía, comenzó a enrojecer. Reprimía la imperiosa necesidad de abandonar el despacho, correr a la escalera, y soltar una carcajada que se escuchase en China. Si continuaba impertérrito, algo en su interior explotaría en breve, y no imaginaba la magnitud, ni la forma de controlarlo. Pero no conocería el resto de la angustia del paciente, por lo que hizo el gran esfuerzo.
-Me refiero a ustedes- puntualizó.
-No, desde hace algún tiempo.
-¿Cuánto?
-Unos cuatro meses.