Excerpt for Picadura mortal by Lourdes Ortiz, available in its entirety at Smashwords



PICADURA MORTAL

Lourdes Ortiz


1ª Edición Digital

Diciembre 2011


Smashwords Edition

© 1979, Lourdes Ortiz

© de esta edición:

Literaturas Com Libros

Literaturas Comunicación, S.L.

Parador del Sol 9. 28019 Madrid.

http://lclibros.com


ISBN: 978-84-15414-14-8


Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla


Smashwords Edition, License Notes

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Índice


Copyright

Prólogo

Picadura mortal

Sobre la autora



Prólogo


Un libro que los estudiosos de mí obra (juego, género menor) no amaron demasiado y que yo olvidé. Y que, sin embargo, fue siempre respetado por los amantes del género. Para mí fue una experiencia literaria, una broma de oficio que me ayudó a adiestrarme en el arte de narrar y en esa técnica tan difícil –en la que son maestros los escritores anglosajones– de contar la acción y aprender la contundencia y rapidez de los diálogos.

Su posible encanto hoy: una novela policiaca, una novela negra, escrita por una mujer y con una detective femenina, cuando todavía no habían aparecido en la pantalla los Ángeles de Charlie. Esa rareza la rescata y puede que también su agilidad, cierta viveza narrativa, una frescura que revela a veces la excesiva rapidez de la escritura y que podría disculpar alguna torpeza, alguna ingenuidad debida a la precipitación, pero también a las leyes del género. El libro en cualquier caso envejece o permanece al margen del autor y son los lectores, hoy como ayer, los que tienen la palabra.

Cuando los editores me pidieron permiso para reeditar la novela pensé que debía entregarla tal y como fue. Aprendí varias cosas al escribirla que luego me han servido. Tuve y tengo cariño a Bárbara Arenas como personaje, y aunque creo que tal vez el mayor defecto del libro sea el excesivo mimetismo de la novela negra americana, puede que también sea esa su virtud: apropiarse con soltura de determinados modos de contar que a la larga enriquecen y amplían el propio estilo y la propia voz.

Pero una novela es una novela y una novela de género es una novela de género y como tal ha de funcionar sin más consideraciones, interesando y divirtiendo al lector, fueran cuales fueran los propósitos del autor, sus limitaciones o sus logros. El desparpajo de Bárbara Arenas y algunos de los tipos o situaciones que aparecen en el libro a mí misma me siguen atrapando y divirtiendo. También cierto ritmo del texto. Los amores que uno vivió –los densos y prolongados y los otros–, los libros que uno escribió, son parte ya de la vida y de la obra. Si al editor le ha interesado la novela debe ser porque sigue teniendo vigencia. Pero son los lectores –usted que ahora la tiene entre las manos– los que deben amarla o desterrarla. Cuando se publicó el libro muchos me pidieron entonces que siguiera con el personaje. Hoy, veinte años después, escribiría probablemente la novela de un modo distinto; pero volvería a recurrir a Bárbara Arenas.


LOURDES ORTIZ. Enero de 1996. En Aguamarga.




Al señorito «Destello»


Pues, ¿cómo, ¡oh matador de Madhu!, hemos de ser felices matando a nuestra familia..? Con la destrucción de la tribu se destruyen las eternas instituciones de la misma, y arruinadas las instituciones, la injusticia domina a la tribu entera. Por el predominio de la injusticia, ¡oh Krishna!, se pervierten las mujeres de la tribu, y con la licencia de estas, ¡oh hijo de Vrishni!, empieza la confusión de las castas.

Bhagavad-Gita, C. I.





I


No suelo tener mala suerte, pero hay tipos y tipos, y aquel había resultado de los de «apaga y vámonos»: apaga para ver qué pasa y vámonos porque aquí no pasa nada.

Mientras contemplaba a mi lado el cuerpo dormido de aquel muchacho rubio, tan tiernecito por otra parte, me preguntaba cómo puedo ser tan tonta para, a mis veinticinco años, no tener todavía claro aquello de que «quien con niños se acuesta...». Por eso, mientras bostezaba y empezaba a imaginar los modos y maneras que me permitirían salir de aquella cama sin tener que volver a repetir el largo y lamentable toma y daca de aquella noche, añoraba que la cosa se pusiera movidita, y lo de movidita no iba en el sentido que el lector puede estar presintiendo.

Suelo elegir los casos de que me ocupo y nunca acepto ninguno sin consultarlo despacito con la almohada y mis tripas. Intuición femenina, que dice el jefe, y que, por lo general, no me da mal resultado. Y, sin embargo, aquella mañana, adormilada aún y un poquito decepcionada, me hallaba en la situación ideal para ser convencida de que no había nada que me apeteciera menos que recoger mis bártulos, ponerme en marcha y verme de nuevo en la pretenciosa y desairada postura de aquel que busca enderezar entuertos y rescatar doncellas maltratadas. No era doncella lo que había que salvar, sino a un ¿respetable? anciano reclamado por una angustiada familia.

Si el rubito, que se encontraba a mi lado, no hubiera abierto los ojos, al oír el teléfono, y simulado arrumacos de «vamos a ver qué pasa ahora», mi contestación a Juan Carlos se hubiera parecido más a un «corta y déjame dormir tranquila» que a aquel «desde luego» que debió dejarle de una pieza por lo que mostraba de excesiva abnegación y condescendencia por mi parte. Mi jefe estaba demasiado acostumbrado a mis peros y vacilaciones como para no sentir un ligero sobresalto –podría jurarlo, aunque estaba lejos– ante mi rápido e inesperado asentimiento, pero la mano buscadora del niñito prometía juegos y lindezas que llevaban a un punto al que no me apetecía volver, así que, con muestras de fastidio infinito por aquella llamada que iba a cortar «el más excelso momento de amor jamás vivido» –nunca hay que ser demasiado dura para no desalentar al partenaire, que en otros casos y quizá con otra puede llegar a mejores resultados–, me levanté de la cama, me disculpé y con tono de lástima dije aquello de que una «desgraciadamente siempre está en acto de servicio».

Quizá no me salió tan grandilocuente, pero mientras el otro insistía y prometía placeres sin cuento, yo comencé a lavarme con la convicción de que mi jefe me había robado un sí para un asunto de esos cutres, que solo dejan al final un mal sabor de boca.

«Asunto Granados», pensaba, mientras me vestía y contemplaba con una cierta nostalgia el donaire del joven que, en calzoncillos, volvía a recuperar su apostura y su prometedor talante. No me gusta comenzar nada en sábado, pero sábado era y tenía que tomar el avión aquella misma mañana.

Di un cálido beso de desagravio a mi voluntarioso acompañante y le puse de patitas en la calle en cuanto estuvo vestido y peinadito. No le caía mal el tupé, aunque comprobé que necesitaba horas delante del espejo para conservarlo derecho. Suspiré por aquello de «¡oh momento, no te vayas todavía!» y me puse a hacer mi maleta. El único problema que se me planteaba era elegir la ropa adecuada.

Pensaba, mientras metía el bikini, que un bañito en la playa no dejaba de ser apetecible.




II


Cuando un hombre como Ernesto Granados desaparece, una intuye que se lo habrá buscado: arreglo de cuentas o cosas como esa. Los periódicos habían hablado, hacía ya dos meses, de secuestro político y, al cabo del tiempo, la policía parecía haber abandonado la investigación. Granados era un importante industrial canario que, a pesar de perros y redadas, seguía sin aparecer. La prensa se había aburrido de hacer cábalas y comentar el caso, y todo parecía olvidado cuando, hacía tan solo dos días, el hijo mayor, Adolfo Granados, se había presentado en nuestra agencia para solicitar que prosiguiéramos la búsqueda.

Juan Carlos, mi jefe, no acostumbra a ser muy explícito y confía, con una seguridad que no deja de conmoverme, en mis dotes de sabueso eficaz; no me gusta fallarle, pero esta vez era muy poco lo que sabía cuando cogí el avión, lamentando la resaca y el cansancio, que me habían arrastrado a un sí del que ya comenzaba a arrepentirme.

La sagrada familia me esperaba como se espera el Santo Advenimiento. El hijo mayor, playboy sin gracia, de esos que consiguen, a base de saunas y prolongado ejercicio, un aire deportivo y semimarinero que no podía borrar del todo su aspecto hortera de figurín de grandes almacenes, vino a recogerme al aeropuerto. (Creo que, cuando vio que era mujer, inició un gesto de contrariedad, pero los Granados, a primera vista, eran corteses y en seguida me dedicó la más acogedora de sus sonrisas, de esas de «no esperaba que fuera tan bonita».) Me tasó con los ojos, demorándose quizá excesivamente en mis caderas –una sabe cuál es su punto fuerte–, y después me dijo que le acompañara hasta el coche.

Todo como de cuento. Mi honorable anfitrión, bajo una ostentosa preocupación filial, dejó entrever los motivos de su inquietud: el viejo no aparecía, y sin viejo, ellos, sus apacibles hijos, no verían ni un duro.

Había que encontrarle vivo o muerto. Él pensaba que su padre había sido asesinado; por quién y por qué era lo que yo debería averiguar. Lo de menos era encontrar al ejecutor, y lo de más, poder estampar una firma en un certificado de defunción que garantizase a los hijos y a la dolorida esposa el disfrute de la herencia. Mientras no apareciera –era de los que tenían todo atado y muy atado–, los hijos no podrían tocar ni una peseta y la fábrica de tabacos y todo lo demás: bonos, acciones, tierras y fincas, quedaba en manos de un «entregado» administrador a quien Adolfo y, como luego pude comprobar, el resto de la familia no querían demasiado.

Adolfo Granados estaba orgulloso de sus puros y ondeaba la petaca de oro como quien muestra en público su primera condecoración: «Le aseguro que son de nuestra mejor reserva. Ni los habanos de Fidel tienen esta calidad». Me hubiera gustado aceptar uno pero, por eso de mantener la imagen, me limité a mi sencilla cajetilla de Camel; convenía mantener las distancias y, sobre todo, dejar claro, desde el principio, que una detective no se dejaba impresionar por puros especialmente elaborados y petacas como las que debe utilizar el sha de Persia. Cuestión de gusto y cuestión de formas.

La dolorida esposa resultó ser una rubia con aires de colegiala, pasada por revista francesa de modas, de la que Adolfo hablaba con respeto infinito, mientras se ruborizaba y agachaba los ojos. No pasaría de los veintitrés, y a base de puntillitas blancas podrían echársele unos dieciocho. Un bombón, que sabía llevar su posible viudez con serenidad casi olímpica. ¿De dónde había salido? Fue ella la que salió a recibirnos y ella era la que parecía manejar al servicio, y desde luego al nene grande, quien, por otra parte, estaba casado con una ¿vieja? hipocondríaca que apenas abandonaba sus habitaciones. Margarita, la joven suegra, hablaba de su nuera con un calculado desprecio, y, ante sus generosos adjetivos, el hijastro querido sonreía con agrado afirmativo, diciendo aquello de «tú sí que eres un ángel».

El segundo hermano, Roberto, era de esos que una imagina esperando a la puerta del colegio para abrir su gabardina. Era rechoncho y bastante calvo, y tenía unos ojillos húmedos y lacrimosos, ojíllos brillantes de esos que la desnudan a una, aunque sea en pleno invierno y haya que traspasar el abrigo de piel y la bufanda. Roberto, en cualquier caso, se mostró amable y servicial y, a la primera de cambio, me llevó a un rincón, no para abrirse la gabardina, sino para intentar convencerme, antes de que cualquier otro le tomase la delantera, de que entre Adolfo y su madrastra se habían encargado de suprimir al viejo.

—Todo cambió desde que llegó a esta casa esa mala zorra. Mi padre cayó en la trampa como luego Adolfo. Es una mosquita muerta. Una de esas que parece que se dejan y luego le toman a uno el pelo. Le gusta encelar, que todos bailen a su alrededor. Conmigo lo intentó también, pero le salió el tiro por la culata. ¿Cree usted que una chica decente se pasea desnuda delante de sus hijos, cuando estos tienen la edad que nosotros tenemos?

La magnanimidad dadivosa de Margarita era repartida de modo desigual y el pobre Roberto se había llevado la peor parte. En cambio Roberto hablaba de su cuñada, la pobre Rosario», casi con veneración: «Mujer entregada, esposa que no se merece», y, al hablar, levantaba hacia mí sus ojitos húmedos y movía su lengua sobre el labio como si se relamiese. En aquella primera entrevista tuve la penosa sensación de que aquel gordito podía saltarme encima en cualquier momento; en muy pocas palabras me transmitió su nada grata opinión acerca de las mujeres. Quizá quería ponerme en guardia. Lo dijo sin tapujos: mi llegada a la isla solo podía servir para tapar cosas non sanctas.

Margarita, a su vez, en plan amiga que comparte, se ofreció para acompañarme a tomar un primer baño en la piscina: «Las escaleras que descienden hasta la playa están muy gastadas y no conviene bajar de noche». Allí, en la tumbona, la inconsolable viuda se quitó la máscara de languidez con que nos había recibido y me habló del viejo en términos que hubieran puesto colorado al atildado Adolfo. Lo curioso es que todos estaban convencidos de que Ernesto estaba muerto. La buena madre –no todo el mundo se encuentra a los veintitantos años con dos hijos modelos que pasaban de los cuarenta y un tercer guayabo, Carlos, que se me escamoteaba por el momento– resultaba dicharachera y atrevida cuando se ensañaba con el esposo setentón. Lo raro era que no intentara disimular conmigo, cosa chocante, ya que se suponía que mi presencia en aquella casa no tenía más finalidad que encontrar al muerto o al asesino. O Margarita era muy lista, o no tenía sentido que se esforzara por presentarme su rostro menos dulce. ¿Cómo y cuándo llegó a la isla? Adolfo me había contado, durante el trayecto desde el aeropuerto, que Margarita se había casado con su padre un año antes y que, desde luego, ella era la principal heredera. Y, sin embargo, Margarita no se molestaba en enharinar su pata.

Como ya sabía yo antes de llegar a la casa, el viejo controlaba toda la zona: la gente de los alrededores vivía de la fábrica o de la plantación, y, con palabras de la «desconsolada» esposa, hasta el último peón de la finca tenía motivos para desear su muerte: «Era un mal bicho». Pero Margarita, lo mismo que Adolfo, descartaba la posibilidad del secuestro. La verdad es que pocos secuestradores se molestan en quitar a un tipo de en medio para luego no preocuparse de pedir un rescate. Y, sin embargo, la policía no aceptaba otra hipótesis. ¿Qué interés tenía la familia en desenterrar los trapos sucios? Desenterrar al viejo no era tarea fácil, y mucho menos si Ernesto descansaba en el fondo de ese mar que según Margarita nunca llegó a apreciar.

—¿Cómo ocurrió?

—¿Cómo ocurrió el qué?

—La desaparición del viejo.

—¡Bah! Él tenía una vida tan regular como un reloj. Apenas se movía, y una en cualquier momento podía saber lo que estaba haciendo. Se levantaba con las gallinas y pasaba a la biblioteca, donde le aguardaba González; despachaban hasta las once o las doce. Luego solían dar un paseo a pie o a caballo; solían pasear a caballo –parece que es una de las pocas cosas que aprendió en el Ejército–. Después, hacia la una y media, tras haber revisado las plantaciones –llevaba todo como una hormiguita–, regresaba a la casa y comíamos. Más tarde se acostaba hasta las cuatro. Bajaba al jardín y daba un pequeño paseo; volvía a meterse en la biblioteca con González y a las ocho cenábamos. A veces veía un rato la televisión, pero la mayoría de los días a las nueve y media se metía en la cama. ¡Como ves, un poema!

—¿Y?

—Sí. Aquel día se levantó como siempre y despachó con González. Luego salieron juntos a dar su paseo. No volvió más. González dijo que nada más abandonar la finca le pidió que le dejara solo. Le gustaba dirigirse paseando hacia el mar y no quería que nadie le molestase. González regresó por su coche y se marchó. Vive en una especie de buhardilla miserable; tan miserable como él mismo.

—Así que desapareció a plena luz del día.

—Sí. Eso es lo sorprendente; el asesino o los asesinos lo debían tener todo muy bien planeado; aunque como te he dicho no era muy difícil imaginar dónde podía localizársele. Todos en la comarca conocían su horario.

—¿No es raro que teniendo tantos enemigos se atreviera a pasear solo?

—Era muy orgulloso. Sabía que le odiaban, pero estaba seguro de ser invulnerable. El mundo para él se dividía en lobos y corderos. Los lobos siempre tienen las de ganar, se lo he oído decir miles de veces; los corderos nunca atacan, se someten. Confiaba en que nadie se atrevería a levantarle la mano: oponerse al viejo es quedarse en la calle, y el paro es grande en las islas. Todo eso lo sabía muy bien él y por eso supo bandearse cuando las cosas se le presentaban feas. Fíjate si estaría seguro de sí mismo, que tenía pensado presentarse a las próximas elecciones; el sentido común le haría a uno pensar que siendo como era él no iba a lograr un solo voto. Pero él estaba convencido de que conseguiría esos votos, como lo había conseguido todo desde hacía cuarenta años. ¡Creo que hubiera salido elegido!

—¿Por eso se pensó en el secuestro?

—Tonterías. Todos saben que él es aquí el amo. Si no ganara las elecciones sería lo mismo; el que ocupara el Ayuntamiento estaría hecho por él a su imagen y semejanza. No. No le mataron por eso. A nadie le importaba que se presentara o se dejara de presentar. Aquí todo funciona de otra manera.

El agua de la piscina estaba demasiado caliente, pero yo había llegado con sequedad mesetaria y me dejó como nueva. Por un momento llegué incluso a olvidar que yo era solo Bárbara Arenas, eficaz detective privada, obligada de pronto a compartir la vida de la familia de uno de esos entrañables grupos que es mejor no elegir para pasar un fin de semana.

La casa era tan pretenciosa como el mismo Adolfo. Una pesadilla: tejados de pizarra, muros de ladrillo y unos increíbles pináculos rematados por bolas de granito que sugerían nostalgias imperiales.

Adolfo me había dado a entender que todo aquello era un respetable y antiguo negocio familiar, y, sin embargo, en aquella triste mole escurialense, con aire de los años cuarenta, no había tradición, sino modernidad de parador de turismo. Yo echaba de menos las casitas blancas con que nos habíamos cruzado a lo largo de la carretera; solo un demente o un idiota podía haber hecho construir un edificio que parecía trasplantado desde Cáceres o Castilla a aquel paraíso de pitas y palmeras de todos los tamaños. Margarita se encargó de explicarme que «todas las ventanas de la casa se abren de espaldas al mar; Ernesto aborrecía el agua».

De todo lo que la madrastra había soltado, solo había retenido un dato nuevo: el viejo, al parecer, había estado alguna vez en el Ejército. Todo lo demás: el modo en que desapareció, sus regladas costumbres, estaba incluido en el informe esquemático que antes de salir me entregara Juan Carlos. Me daba la impresión de que poco o nada iba a sacar de aquella entrevista.

Adolfo, de pasada, me habló del tercer hermano, el «viva la virgen», el hijo pródigo, aquel que tuvo que ser expulsado porque se metió en cosas que tiznaban el prestigio familiar. No le gustaba dar vueltas al asunto y se negó a darme detalles sobre las actividades de Carlos. «Asunto pasado», dijo; tan pasado que nada tenía que ver con la desaparición de su padre: «Fue él quien le echó, y desde hace dos años no ha vuelto a pisar esta casa». Adolfo era de los que se adhieren al viejo refrán de «no mentar la cuerda en casa del ahorcado». Carlos, para él, era solo un nombre molesto que había que evitar, como era preciso evitar cualquier comentario sobre la hija mayor de Roberto y sobre «ese gandul, ese golfo con el que se ha casado».

Adolfo, como primogénito, vivía en la casa grande con Rosario y Margarita. Roberto vivía en un chalet, situado a unos tres kilómetros dentro de la misma finca, y allí le esperaban pacientemente su esposa Adela y su hija pequeña. Pacientemente debía de ser, desde luego, porque Roberto cenó con nosotros y tuve la sensación de que no se resignaba a ceder los derechos de aquel esperpento palaciego a su hermano.

Nora, su hija mayor, había roto los esquemas familiares y el Guillermo que eligió por marido había servido, al parecer, para excluirla del clan. Adolfo adoptó un tono solemne al contármelo: «Desde que se casó con ese, le tengo prohibido que ponga los pies en esta casa». Margarita, por otro lado, comentó que aquella decisión había contribuido a hacer sus días en la isla aún más aburridos.

—Con Nora y Guillermo podía salir alguna noche. Viven a unos veinticinco kilómetros de aquí. Él es dueño de un club y se ha metido en negocios en la construcción. Allí hay vida..., se baila..., es otra cosa.

Supuse que Adolfo le reprochaba a Guillermo haber introducido el mundo de la especulación en un ámbito donde el único dinero santificado era el que provenía del tabaco; recelos de primogénito o envidia ante lo que no se domina. En cualquier caso, ni la casa, ni Adolfo, ni desde luego Roberto, presentaban el aspecto «señorial» que hubiera explicado tantos remilgos; estaba claro que ninguno de los dos hermanitos había gozado nunca de la confianza del padre; eran dos segundones al margen del negocio paterno, viviendo, como Lázaro, de las migas que el otro quisiera darles, y anhelando, en lo más profundo de su corazón, que el viejo déspota les dejara de una vez el campo libre. Cuando sus esperanzas parecían a punto de realizarse, el viejo les hacía la mala jugada de morirse sin ser muerto y, como la leyes la ley, sin cadáver no hay entierro, y sin entierro no hay constancia de que el rey haya dejado de existir y, por tanto, no hay «rey puesto». Además quedaba el administrador, hombrecillo sin personalidad, «pequeño tirano» como decía Margarita, que era el único con poderes mientras el viejo siguiera sin aparecer.

—Él lo lleva todo, como si Ernesto estuviera vivo.

Tan vivo que los hijos tenían que conformarse con un «ridículo» sueldo de empleados de segunda –fue Adolfo quien lo definió así–, mientras el resto de los habitantes de la isla pensaban que la familia nadaba en la más gozosa abundancia. Cuando se refirió a las cien mil módicas pesetas de asignación que les correspondía a cada uno mientras el padre viviese, recordé las cinco mil únicas pesetas que llevaba en el bolsillo. Mi jefe suele ser espléndido, pero se olvidó de pagarme las «dietas» y, con las prisas para coger el avión, no había podido pasar por el Banco. Cinco mil pesetas eran poco dinero para moverme por la isla con libertad y pensé que antes o después tendría que rogarle al cabeza de familia-regente que contribuyera a aliviar mis gastos. La finca estaba relativamente aislada y tendría que alquilar un coche; tenía muchas visitas pendientes y, aunque el domingo es día para el descanso, no me gusta perder mi tiempo. Necesitaba conocer cosas del pasado del viejo; debía ir al pueblo, para hablar con la familia de alguno de los muchachos detenidos; a la comisaría no podría ir hasta el lunes, y algo me hacía pensar que mi visita allí no iba a ser muy bien recibida. Por eso convenía que supiese ya muchas cosas antes de ponerme al habla con el comisario.

Rosario tampoco bajó a cenar, ocasión que aprovechó Margarita para bromear de nuevo sobre sus nueras. En la piscina había dicho: «¿Que qué le ocurre?, la menopausia y un marido que no la quiere». Ahora, delante de Adolfo, se limitaba a burlarse de sus enfermedades.

—Rosario está más sana que usted y que yo. Lo que sucede es que le encanta estar dándole vueltas a una serie de enfermedades que ni siquiera deben de estar catalogadas en los libros de Medicina. Está siempre enferma, pero solo por el placer de los nombres: arritmia, taquicardia, jaqueca. Todo un inventario; la ventaja es que ella es la primera en no tomárselo muy en serio.

Nos levantamos de la mesa y yo decidí retirarme a mi cuarto. Había sido una tarde un poco cargadita.

La criada canaria, que se encargó de acompañarme hasta el piso de arriba, andaba como si se deslizara y era tan silenciosa, que todos mis intentos para sonsacarle una palabra fueron inútiles. Cuando pasábamos por delante de la puerta de Rosario, me pareció escuchar unos gemidos. Me detuve para oír mejor y pensé que si la nuera abnegada gemía o lloriqueaba, la suegra era todavía más injusta de lo que se esforzaba por demostrar. Fui a abrir la puerta y la canaria me detuvo:

—La señora está enferma.

Luego me indicó con la cabeza que la siguiera hasta el fondo del pasillo y, como estaba realmente cansada, pensé que era mejor dejarse guiar por ella.

Mi cuarto era tan gratamente horrible como el resto de la casa. Tenía que dormir bajo un dosel y en la cabecera amenazaba con desprenderse un gigantesco crucifijo. Al principio pensé que sería auténtico y enseguida comprobé que era solo una mala imitación, una imitación de tercera o cuarta, como imitación eran los modales de Adolfo y los aires de mundo de la angelical madrastra. Un cromo de colores mal pintados, demasiado mal pintados, tanto que lograban alcanzar un grado de veracidad que los volvía a hacer interesantes.

No amo los dramas familiares, sobre todo cuando adquieren un tono de vodevil, y allí todo parecía montado para una representación, una representación de una mala novela policíaca. Los personajes no resultaban simpáticos y tenían algo de cartón piedra: la joven viuda, vestidita de blanco, manejaba al nene grande y era poco querida por el segundón, que sin embargo defendía encarecidamente a la relegada esposa del primero.

Nadie parecía querer al viejo Ernesto; quizá solo ese contable, González, el último que le vio vivo. Tendría que conectar con él enseguida; él debía saber mucho más de Ernesto Granados que todos los demás juntos. ¿Desde cuándo permanecía a su lado?; el viejo desaparece y el último que le acompaña es su fiel lacayo. Conmovedor. ¿Puede un lacayo rebelarse? Se dan casos en que el perrillo se convierte en lobo cuando el amo aprieta demasiado el dogal.

Creo que soñé con todos ellos y en particular con la despampanante petaca de oro que manejaba con desparpajo Granados junior; alguien se empeñaba en hacerme fumar uno de aquellos grandes cigarros, mientras me parecía volver a oír las palabras de Adolfo:

—El tabaco es el tabaco y nada como la mano del hombre sabe trabajarlo. Es importante el olor del cuerpo, el sudor. ¿No sabe usted que en Cuba las buenas tabaqueras, las de toda la vida, mazan las hojas debajo de sus nalgas?

Y también pude volver a ver la sonrisita coqueta de Margarita, sus pudores de niña ingenua:

—No digas groserías...; ya ves, aquí estamos todavía sin civilizar. La naturaleza está demasiado cercana y es tan... Ustedes, los «godos», en cambio...

Quizá ni siquiera lo soñé, sino que recordaba sus palabras en la duermevela; lo único que no rechinaba en ese donjuán acartonado, que galanteaba en plan Fedra a su madrastra, era su pasión por el tabaco. Quizá por eso recordaba también entre sueños sus palabras de experto indignado cuando me vio sacar mi cajetilla de rubio americano:

—Todas esas marcas llevan mucha mezcla. Yo siempre fumo tabaco natural, natural y en su punto justo. La gente cree por ahí que deben estar húmedos; no es eso, el tabaco húmedo pierde sabor, pierde calidad. Lo importante es que sea fresco, que sepa a hierba.




III


Me desperté con un ligero sobresalto; allí estaba la canaria, muy pegadita a la cama, como si hubiera entrado para decirme algo y no se hubiera atrevido a hacer el menor ruido.

—La señora quiere verla.

Estaba semidormida y mis reflejos son tardíos.

—¿Cuál de las señoras?

—La señora.

Me pareció que aquella distinción sin vacilaciones no era lentitud por parte de la canaria, sino simple convencimiento. No había dudas sobre quién era la señora. Recordé que el día ames había dicho lacónicamente: la señora está enferma.

—¿No es muy temprano?

—Ella lleva un rato esperándola.

Di un salto y pensé que no me vendría mal tomar un baño caliente antes de ponerme en marcha. Me esperaba un día agitadito y prefería tomarme las cosas con calma.

—Dile que iré a verla en cuanto me arregle. No creo tardar demasiado.

—¿Quiere desayunar algo?

—Litros de café. Y no estaría mal un zumo de naranja.

Mientras esperaba a que el baño se llenase, pensaba en Rosario. Por fin iba a conocerla. Hasta aquel momento había ido teniendo varias imágenes sucesivas y distintas: de la de mujer represiva, beata e intransigente, había pasado a la de pobre víctima humillada por un marido «sin escrúpulos». A veces el pensamiento se pone simplón y folletinesco. El único que no la había tratado con desprecio había sido el gordo. Adolfo prácticamente la había ignorado y la otra rezumaba ironía cuando aludía a la «pobre enferma». En cualquier caso, presentía que Rosario no era una mujer vulgar. Desde que había descendido del avión, la presencia de Rosario llenaba la casa como ausencia que tenía un peso. ¿Por qué esa impaciencia repentina por ponerse en contacto conmigo? Eran solo las ocho de la mañana; normalmente madrugo, pero no era delicado por parte de la «señora» reclamar a su huésped cuando apenas acababa de salir el sol.

El agua caliente estaba «tan templada» que en cuanto se depositaba y almacenaba en el fondo de la bañera se enfriaba lamentablemente. Era un agua de ducha, y ducha rápida, de esas que producen una descarga de energía. Todo en plan austero, tan austero como aquel inesperado caserón. Los Granados eran una de las familias más ricas de las islas y probablemente una de las primeras fortunas del país. La falta de delicadeza para los pequeños detalles revelaba una mano que atribuí al viejo Ernesto: austeridad de convento. O de cuartel.

La canaria de las negras trenzas, siempre callada, aguardaba a mi puerta y me condujo hasta la habitación de Rosario. Movía los labios como si rezara.

Estaba de pie, en medio del cuarto y, evidentemente, se había preparado para recibirme. Nuevo choque. La imagen física de la Rosario que tenía delante no era la de la debilidad. Era una mujer de unos treinta y tantos años, bastante hermosa. Llevaba el pelo recogido en un moño tirante, moño dificilísimo, a lo Cléo de Mérode o a lo Romero de Torres. Era alta, y el quimono con que se cubría, un estrambótico quimono de seda verde, se plegaba dejando entrever un cuerpo joven. Si se colocara junto a Margarita, uno, sin vacilar, hubiera situado a Rosario en el lugar de la mala perversa, la comehombres de la literatura y el cine. Tenía los ojos negros, enormes y muy pintados, aunque solo eran las ocho de la mañana, y el quimono, que dejaba ver el camisón, indicaba que acababa de levantarse. Parecía un gato dispuesto a saltar, y la boquilla que sostenía entre los dedos, así como la decoración de su cuarto, revelaba un gusto decadente que hacía pensar en las garçonnieres de principios de siglo. Una especie de Mata-Hari de las islas.


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