Empar Fernández y Pablo Bonell Goytisolo
1ª Edición Digital
Diciembre 2011
Smashwords Edition
© 2006 Empar Fernández, Pablo Bonell Goytisolo
© de esta edición:
Literaturas Com Libros
Literaturas Comunicación, S.L.
Parador del Sol 9. 28019. Madrid
ISBN: 978-84-15414-20-9
Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla
Smashwords Edition, License Notes
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Índice
Ni los nombres propios corresponden a personas reales ni todos los lugares guardan una relación exacta con sitios de parecida índole. Hecha esta salvedad, deseamos añadir que toda semejanza con la realidad es fruto del empeño de los autores porque así sea.
Me condené más allá de mis fuerzas, con el transcurso de los días interminables y felices. Luego dejé de temer. Lo que me separó de Dios, cuyas cóleras e infinitos rencores me enseñaban, fue, según creo, la repugnancia a considerar saludable el remordimiento. Desde muy joven me hice el firme propósito de no lamentar. Razonaba torpemente esa ética, pero hoy sé, como todo el mundo, que el remordimiento es una lamentable tentativa de «modificar el pasado».
Paul GUIMARD, Las cosas de la vida (1967)
Capítulo I
Apenas ha tenido tiempo de poner el pie en comisaría cuando le ha llegado el aviso. Ni tan siquiera ha podido encender el ventilador que pagó de su bolsillo para hacer más llevaderas las horas de despacho cuando, dos días después de haberse averiado, el aire acondicionado continuaba sin funcionar. Tiene que acabar unas diligencias, zanjar telefónicamente dos o tres cuestiones y localizar a uno de sus contactos que parece haberse esfumado. Está de trabajo hasta las cejas y no resulta difícil adivinar que según avance la mañana el calor en la calle será insoportable. Le irrita saber que ha de salir zumbando en dirección al Poble Sec.
El comisario se ha plantado en el umbral del garito del segundo piso, también conocido como la pecera, que le fue adjudicado cuando lo destinaron a Nou de la Rambla. Golpeando enérgicamente la pared de vidrio para llamar su atención, sin apenas mirarlo y, desde luego, sin un miserable buenos días, le alarga un papel con un nombre y una dirección. Arremangado hasta más arriba de los codos, ya sudoroso a las ocho de la mañana, y a todas luces malhumorado, se dirige a él en el tono que emplearía para hacer lustrar sus zapatos.
De nada serviría explicarle que necesita toda la mañana para poner al día asuntos pendientes. Con el tiempo, Escalona ha creído comprender que si Perelló ha llegado a comisario y él, con parecida antigüedad en el cuerpo, no ha pasado de inspector, no es fruto de la casualidad sino precisamente por esa innata capacidad de hacer de cada orden un decreto-ley.
—Han encontrado un cuerpo. Una mujer que se ha tirado al patio. Entérate de lo que hay. Ya han avisado al juez y al forense. Cuando se presente Guerao, te lo envío.
No dice más. Se aleja pasillo adelante caminando trabajosamente, balanceándose y resoplando como un juguete infantil. Sobre el papel, con la pulcra caligrafía del que raramente pone las cosas por escrito, el inspector Escalona puede leer:
Aurora Conde
Margarit, 64
Poble Sec
Cada vez le resulta más penoso ocuparse de este tipo de casos. No se ha acostumbrado a escarbar en la vida de los demás ni a ser siempre el portador de las malas noticias, el pájaro del peor agüero que irrumpe inopinadamente en vidas ajenas, y hurga, quieras o no, en la intimidad de la gente. Destapar las relaciones humanas más turbias, o descubrir e incriminar a pobres desgraciados cuya vida no ha sido sino un rosario de infortunios y miserias, ha dejado de ser plato de gusto para convertirse en menú de supervivencia. No le sobran los ánimos y algunos días le pesan las piernas como sacos terreros. Ha llegado incluso a sentir cómo se le estremece el corazón ante la contemplación de un cadáver. Tiene la sensación de que, al contrario de lo que les ocurre a tantos compañeros que con el paso del tiempo han conseguido distanciarse del cuerpo tendido e inerte o del moribundo que rinde la vida sobre una acera ensangrentada, él es cada día más frágil, más impresionable.
Teresa, la agente que ha atendido la llamada, poco puede decirle. El aviso lo ha hecho una mujer; la primera en observar el cuerpo en el patio de luces fue la vecina del tercer piso que, al ir a recoger del tendedero la ropa de su hijo, ha advertido un cuerpo sin vida que ha reconocido inmediatamente. La muerta es Aurora Conde, tiene marido y dos hijas, pero ninguno de ellos vive allí. No consta ningún tipo de aviso ni de denuncia previa. Teresa está intentando dar con los familiares.
* * *
Mal final, piensa al llegar. La mujer yace en una postura imposible, con el rostro violentamente girado hacia la izquierda, hacia la pared desnuda, y velado por una maraña de cabellos y de sangre. Los brazos extrañamente alzados respecto a los hombros y las piernas en un desorden grotesco más propio de una contorsionista. La falda levantada deja al descubierto las piernas más allá de las rodillas, y los muslos blancos, sin sangre, son como un punto de luz en la penumbra. Ha perdido las zapatillas y una de ellas se encuentra cerca de su mano derecha, como si hubiera intentado recuperarla a ciegas, manoteando, antes de morir. Habrá de buscar la otra.
Se halla el cadáver muy cerca del maloliente desagüe del patio y es imposible no advertir el olor a agua encharcada, a lodos, a alcantarilla. El pie derecho casi roza la destartalada reja que protege la entrada y evita que se obstruya, junto a él un reguero oscuro que a su llegada ya no fluye. Aunque la mayor utilidad de aquellos alambres retorcidos, y eso lo sabe desde niño, acaba siendo la de impedir la salida de las ratas que frecuentan las cloacas y rondan día y noche los patios de vecindad. También él ha crecido mirando desde el lavadero familiar un patio como aquel.
Toda una escalera a la que interrogar sin más indicio que el hecho probado de que una de las vecinas se estampó contra el suelo del patio durante la noche. Nadie, aunque resulte difícil de creer, ha reparado en ello hasta la mañana siguiente. Patio de luces, piensa, qué irónica es a menudo la vida. Si algo se echa en falta en el patio estrecho y sombrío como un pozo en el que se encuentra, es la luz. Muchas veces había oído a su madre, a su abuela, contar de los desheredados, de los tristes, de los solitarios, de tantos infelices como allá en el pueblo, olvidado de la mano de Dios y lejos, demasiado lejos de casi todo, se arrojaban a un pozo. Y un pozo debe de parecer el patio visto desde el cuarto piso, el piso desde el que cayó la mujer.
Escalona recuerda haber pasado horas y horas acodado a una barandilla contemplando la ropa tendida o las cortinas de plástico echadas todavía y espiando a las mujeres que abrían y cerraban grifos, trasteaban ropa, frotaban con las manos enrojecidas o mezclaban azulete. Las escuchaba gritar, acunar a sus bebés, maldecir su suerte o cantar. Le fascinaban. Se dejaba hechizar por todas y cada una de ellas. Tanto daba, observaba por igual a jóvenes, viejas, saludables, enfermas, reidoras o malcaradas. Pasaba las horas mirando aquel sórdido reino de las mujeres. Había alcanzado a imaginar, desde su modesto torreón de niño solitario, que podría descender saltando de unos alambres de tender a los siguientes, y así, sin un rasguño, arropado por cuerdas y cables, conseguir alcanzar el patio y después la calle. Otra calle.
Demasiado a menudo son los pequeños detalles, aquellos que los demás parecen no advertir, los que consiguen desbaratarle el día. Conducido hasta el patio después de que los agentes forzaran sin esfuerzo la puerta del rellano, aquel hedor nauseabundo le subleva las tripas. Un aliento fétido y claramente perceptible que sube desde el colector, la jaula vacía y sucia de un pájaro pequeño, que cuelga a pocos palmos sobre la cabeza del cuerpo tendido, la bombona de butano cubierta de mugre que aguarda en un rincón y la siniestra posibilidad de morir con la vista hincada en una pared mal encalada; le han dejado mal cuerpo. Ese aire infecto y probablemente malsano es el último que aquella mujer hubiera podido respirar si hubiera sobrevivido por unos instantes a la mortal caída. Escalona querría salir de allí, abandonar el oscuro patio y respirar un aire más limpio, ver la luz, cualquier luz, olvidar el cuello quebrado de la mujer y aquella cara destrozada. No lo hace. Simplemente permite, qué otra cosa puede hacer, que la angustia se le instale a medio camino, entre el pecho y la boca del estómago.
El angosto recuadro contra el que se estrelló el cuerpo de Aurora pertenece al entresuelo, cerrado desde que su propietaria, una mujer de casi noventa años, lo abandonara para cobijarse en una residencia de la que no ha regresado. Todavía no ha sido puesto a la venta por incapacidad manifiesta de sus hijos para llegar a un arreglo. Al cruzarlo para ganar el patio echa un vistazo, no porque espere encontrar nada, forma parte de la rutina tener los ojos bien abiertos. Cuatro platos en el fregadero, algún retrato sobre una cómoda, una botella de colonia ya mediada, un peine al que le faltan púas junto al espejo del lavabo, una cama sin colchón y la desolación propia de los pisos que han envejecido mal, eso es todo. Y es poco, apenas nada. Las persianas bajas, la ausencia por impago de luz eléctrica, el olor a viejo y a cerrado que parecen desprender las paredes y las cuatro cosas maltrechas que restan en algunas habitaciones no contribuyen en nada a alegrarle la mañana.
Hace meses que no consigue librarse de esa especie de desasosiego que atribuyó en un principio a su separación y que más tarde, como el ardor de estómago, se hizo crónico, se le acabó enquistando. De hecho, si se para a pensar, Escalona reconoce que a lo largo de su vida siempre ha sido un hombre apesadumbrado, ya lo era cuando de crío apenas conseguía hilvanar cuatro palabras con otros chicos o cuando, tras cuatro o cinco chuts, abandonaba el partido a la mitad. Ahora, con los cincuenta en puertas, es un hombre perpetuamente afligido, un profesional taciturno de pocas palabras y menos amigos. Hay días, y este es uno de ellos, en los que todo se le antoja patético, lamentable, triste hasta las lágrimas.
Se acerca al juez, al que ha reconocido enseguida: Vázquez Llorca es de esos jueces que siempre llegan antes y se presentan perfectamente trajeados, sea la hora que sea, en perfecto estado de revista, piensa, y se sorprende al evocar una de esas frases que habitualmente repite Perelló a todos los que trabajan en la comisaría. Se dirige Escalona al juez, consciente de que él sí debe presentarse, pues sabe que ni su cara ni su nombre se habrán quedado en la memoria de ese juez, de ningún juez.
—Inspector Santiago Escalona, de la comisaría de Nou de la Rambla.
Toman fotografías desde todos los ángulos posibles. Imágenes que, ya sabe ahora, mirará con disgusto una y otra vez durante los próximos días. Han trazado sobre el áspero suelo de cemento la silueta de tiza que recordará la postura del cadáver. El inspector hace las primeras anotaciones. Tiene por costumbre hacerlas para ir hilvanando el atestado a medida que avanza en la investigación. Es metódico, tal vez mediocre, pero conoce el oficio.
Acaba de llegar el forense de un humor de perros y lamentándose, como resulta habitual, de la falta de personal en su departamento. Dalmau certifica la muerte tras echar una ojeada; arruga la nariz ostensiblemente mientras comprueba el estado de las articulaciones y recomienda a Escalona un antiácido que según él obra milagros. Dalmau, el médico forense, no deja de mascar chicle, como un colegial aburrido.
—Tú hazme caso a mí, que sé lo que me digo, detrás del café una pastilla de estas. Es mano de santo. Y tantos cafés como quieras. Yo hasta hace nada sufría de lo mismo. Tú créeme, mano de santo. —Le tiende un cartón en el que quedan un par de tabletas blancas del tamaño de una moneda pequeña.
—¿Qué hay del cadáver?
—Ya ves, tieso. Así a ojo, debe de hacer unas nueve o diez horas... Mira, aquí aparecen las primeras manchas y... ese olor, algo muy leve, casi imperceptible, pero... —Dalmau husmea en dirección al cadáver. Siempre hay oficios peores, piensa Escalona—. A primera vista, traumatismo craneal. Pero, hasta que no recibas el informe… no he dicho nada.
Mientras contesta a sus preguntas, Dalmau toma notas con el aire del colegiado que expende una receta. No siempre ha ejercido de forense. Rebusca algo en sus bolsillos, saca unas llaves, un teléfono y un paquete de tabaco, se decide por este último y enciende un cigarro mientras le ofrece otro al inspector. Es una de esas personas que siempre están en movimiento, que agitan los miembros, se atusan el cabello o se rascan la base del cuello mientras caminan, charlan o elevan anillos de humo hacia las nubes. A menudo, Dalmau lo hace todo a la vez, como si sintiera algún tipo de desazón. Parece incluso que las manos le tiemblen y se le contraigan involuntariamente. Le incomoda aquel hombre siempre apresurado, siempre ansioso por estar en otra parte. Sospecha Escalona que tampoco él sabe a dónde ir.
—Llámame esta tarde, a última hora; si no tengo más excursiones, podré decirte algo —se despide mientras apaga el cigarrillo, al que apenas ha dado dos caladas. De nuevo rebusca en los bolsillos de una americana de lino que a Escalona se le antoja poco más que un trapo.
Los de la Científica ya han recogido y el juez acaba de despedirse tras haber ordenado el levantamiento del cadáver. Ha hecho sellar el entresuelo, es el procedimiento. Como si alguien en sus cabales tuviera interés alguno en atravesar aquel umbral. Solo quedan él y un agente en la entrada del edificio. El caso es todo suyo. Quizás el comisario envíe a Guerao para que le eche una mano, aunque la verdad casi prefiere que no lo haga. Hoy no está de humor para escucharle. Y no es mal tipo, ni es un inútil, pero no puede con él. Ni con él, ni con su palabrería ni con sus conclusiones de quiosco ni con sus hipótesis científicas para incautos. No soporta que crea en espejismos, y que demuestre una afición desmedida por las series televisivas en las que los policías, investigadores concienzudos y certeros, científicos de probada solvencia, más que medallas parecen merecer premios Nobel. No sabe qué aborrece más, si su desvarío pseudocientífico o el hecho, largamente comprobado, de que los interrogatorios con Guerao le parezcan eternos.
Se han llevado el cuerpo de Aurora. Prefiere referirse a ella por su nombre, siempre lo hace así. Le cuesta pensar en las víctimas como en cuerpos anónimos e inertes y prefiere pensar en ellas con el apelativo que tenían en vida, como hacen los médicos o las enfermeras para mostrar interés por sus pacientes. Siempre resulta un alivio. Después de tanto tiempo, no ha conseguido explicarse a sí mismo por qué le incomoda tanto la proximidad de las víctimas, cuando es bien cierto que una vez muertas nada puede dañarlas. Sospecha, incluso en sus mejores días, que son los cuerpos tumefactos, rotos, zaheridos hasta la muerte por la fatalidad, los únicos que se hallan verdaderamente a salvo.
Advierte voces en el rellano. El agente que monta guardia ante la puerta del entresuelo intenta explicarle a un joven empecinado en subir hasta su piso que se ha producido una muerte violenta y que debe darle sus datos. El chico, de pelo largo y mustio separado en greñas y sujeto detrás de las orejas, viste un traje negro varias tallas mayor de lo que le corresponde a un cuerpo escuálido como el suyo y con el que parece haber dormido. Luce una corbata negra muy estrecha y se diría recién salido de una película de Tarantino. Tiene una apariencia incongruente, como de no hallarse cómodo en la propia piel, tampoco el inspector está demasiado a gusto en su pellejo, piensa, mientras asiste a la escena desde el umbral. Trastea un estuche enorme como el de un violonchelo y afirma haber pasado la noche fuera. El agente le ruega que no abandone el edificio hasta que el inspector haya hablado con él, tras lo cual le permite pasar.
Varios agentes han registrado el piso de Aurora, antes incluso de que él llegase, en busca de señales de violencia que dicen no haber advertido. Uno de ellos se ha encargado de localizar a los parientes con ayuda de una vecina. No han llegado todavía, quizás le esperen en comisaría. El estómago se le contrae un poco más al pensar que tendrá que explicarles lo poco que sabe del asunto. Llorarán, se lamentarán, algunos incluso llegan a desmayarse, especialmente las mujeres. Es la amarga rutina de explicar lo inexplicable al que, demasiado a menudo, no quiere saber, piensa el inspector mientras echa a andar escaleras arriba.
* * *
Por fortuna, el edificio tiene solo dos puertas por rellano, se dice para tirar lastre mientras aparta la banda con la que acaban de precintar el piso de la fallecida y entra en un pasillo estrecho rematado por una gran luna. Advierte, con un vuelco del corazón, la imagen de un hombre adulto de gesto hosco y ligeramente encorvado. Se alarma, se tensa, contrae cada músculo y siente esos pequeños pinchazos como de agujas de pino que le produce el miedo cuando se instala en las axilas. Tarda unos instantes en reconocer su propia imagen. Avanza pasillo adelante sin perder de vista su silueta, espiando su cabello cano que ralea en las sienes y sus manos que en un automatismo ha sacado del pantalón. No entiende la afición de tanta gente a llenarlo todo de espejos. A él siempre le han molestado, desde niño. Nunca ha sabido convivir con los espejos y no puede sufrir las cafeterías ni los restaurantes en los que te ves condenado a contemplar largamente tu propia efigie y a enfrentar la más implacable de las miradas, la tuya. Se le queda cautiva la vista, como secuestrada, y no consigue mantener una conversación ni olvidarse del hecho de que se halla ante el maldito reflejo de sí mismo. Tiene por norma, una de tantas, dar la espalda a los espejos, a esas ventanas por las que no desea mirar.
A diferencia del piso de la anciana, este parece acabado de bruñir. El suelo encerado, los muebles oscuros, como de caoba, relucientes y todo, absolutamente todo lo que alcanza a ver parece estar en su sitio. Advierte jarrones impolutos, sillas alineadas en una formación impecable y un centro de flores justo en mitad de la gran mesa rectangular que Escalona juzga excesiva. No hay platos en el fregadero ni revistas abiertas ni ropa abandonada sobre el sofá. La cama grande, de las que se anuncian como de matrimonio, dispuesta y lisa como una pista de aterrizaje y un pijama de mujer plegado meticulosamente bajo una de las almohadas. En el armario, doblada o colgada de las perchas, ropa de mujer, ropa sencilla, sin pretensiones, y sobre el tocador un joyero vacío recubierto de conchas barnizadas, probablemente un trabajo escolar. La ventana, que se abre justo encima de la cama, permanece abierta de par en par, aunque no es de extrañar en un mes de julio tan caluroso e insufrible como el que atraviesan. Da al patio de luces y Escalona comprueba que, efectivamente, desde el cuarto piso el patio cochambroso sobre el que horas antes se ha precipitado el cuerpo se asemeja a la embocadura de una poza.
Es posible que la mujer cayera desde la ventana de su dormitorio. Por la postura del cadáver es difícil aventurar este tipo de cosas, pero parece más que probable.
En cada uno de los dos cuartos pequeños se ordenan sobre las camas los cojines y algún oso de peluche. No hay fotografías en las paredes ni carteles, solo algún retrato de dos chicas sonrientes que ya no duermen allí. Lo comprueba, no hay pijamas bajo las almohadas y en los cajones de las cómodas apenas queda alguna prenda que nadie usa desde hace mucho tiempo. Pronto, piensa Escalona, tendré ocasión de verlas, de comprobar lo que el tiempo ha hecho con ellas. No tardarán en aparecer. Se derrumbarán aquí mismo, en mitad del salón.
De nuevo una llama sube desde su estómago y alcanza casi el inicio de su boca. Un sándwich mal acodado en la barra de una cafetería cercana a su casa y un café. Maldito café, piensa mientras siente cómo se le abrasan las entrañas. Siempre lo recuerda demasiado tarde, cuando ya tiene la taza en los labios y el café baja como un hilo de salfumán hacia el fondo de sus tripas. Maldito café. Carraspea, intenta olvidar ese escozor en el cuello que tanto le incomoda y se lleva a la boca uno de los comprimidos de Dalmau. El lavabo, un cubículo estrecho y alargado en el que un hacedor de milagros consiguió disponer una bañera pequeña, superaría cualquier prueba de asepsia. Ni un cabello en el suelo, las toallas color salmón colgadas con pulcritud de sus soportes y nada a la vista, ni el cepillo de dientes ni el champú, nada. Un pequeño armario bajo la pica del lavabo es el responsable de un orden tan riguroso que más parece propio de una disciplina castrense. El retrete carece de mácula e incluso el desagüe parece haber sido limpiado a conciencia. No hay en él ni rastro de la sucia costra que el tiempo y la desidia han asentado en el suyo. Algo le llama la atención, algo que cuadra mal con la impecable disposición de las cosas. No consigue saber de qué se trata. Probablemente carece de importancia, piensa.
Parecido rigor descubre en la cocina. No hay ni basura por depositar en el contenedor, ni un vaso fuera de lugar, ni un tenedor sobre el mármol veteado. Escalona ha visto decenas de pisos como aquel, pero no recuerda haber pisado nunca una casa en la que cualquier rincón resulta tan aséptico, como recién desinfectado, tan vacío y, a su manera, tan pavoroso como un quirófano.
A través de una puerta de cristal esmerilado accede a un lavadero tan pequeño que apenas puede variar la situación de sus pies sobre las baldosas. Una lavadora y un fregadero diminuto, eso es todo. Junto a la oquedad, poco más que una ventana que da al patio y, por su parte exterior, un tendedero vacío. Se inclina Escalona por encima del muro bajo, los alambres de los pisos inferiores no parecen haber sufrido daños. En algunos la ropa cuelga todavía en una quietud absoluta más propia de un cuadro. Algunos cables cruzan el patio a la altura de los lavaderos y lo enmarañan. No hay viento, casi apenas hay aire. El cuerpo de una mujer adulta en caída libre podría haber arrancado algunos de los hilos de tender, incluso los hierros que los soportan, y se hubiera llevado por delante cables y clavos, pero nada de eso se aprecia desde el lavadero diminuto en el que cualquier movimiento merece una maniobra. Desde aquí no se ha precipitado, concluye Escalona.
Con esa certeza regresa al dormitorio. Examina la ventana que arranca a la altura de sus costillas, demasiado alta para que la caída haya sido accidental. Si hubo otra persona en esa habitación tenía que ser conocido de Aurora; un ladrón por fuerza hubiera dejado detalles de presencia ajena en ese piso inmaculado. Tampoco se le ocurre qué podía poseer Aurora que fuera objeto de codicia.
Sabiendo que debe emprender la investigación llamando a cada timbre y franqueando cada puerta, se despide de su imagen con un leve cabeceo. Se siente extrañamente inquieto. Tiene la sensación de que algo se le escapa, algo que debería haber identificado, algo en el lavabo impecable cuya imagen conserva a sabiendas de que deberá volver a ella.
* * *
La vecina que comparte rellano con la fallecida abre su puerta unas milésimas de segundo después de que el inspector haga sonar el timbre. Es habitual que vecinos y curiosos espíen a la policía a través de las mirillas, de las cortinas a medio echar o de las tablillas de las persianas bajadas. De observar a ser observado no hay más que un paso y es una distancia corta. No le sorprende, a todo se acostumbra uno.
—Soy el inspector Escalona, quisiera…
—Pase, pase, no se quede usted ahí.
La vecina parapetada tras la puerta le abre paso. Se ha pintado los labios y parece haberse pasado un cepillo apresuradamente. El pelo rojizo de Dolores blanquea en las sienes y se encrespa por la acción de una permanente radical. Le acompaña hasta un comedor simétrico al anterior, cuyas ventanas dan a la misma calle estrecha y transitada, mientras se atusa el cabello con las manos. No parece alterada, pero sí algo incómoda, deseosa de haber tenido algo más de tiempo antes de recibirle.
—¿Fue usted quien llamó a la comisaría?
—Ay, sí, qué horror, suerte que los críos no han visto nada.
—¿La conocía usted bien? —pregunta el inspector mientras toma asiento en una butaca que Dolores le señala mientras se arranca el delantal de la cintura y lo tira sobre una silla.
En el comedor platos de desayuno con restos de papilla y de galletas, un vaso mediado de leche y juguetes medio atrapados bajo el sofá o entre las sillas.
—Sí, creo que sí. Todo lo bien que se puede conocer a alguien. Ya sabe usted, después donde menos te lo esperas…
Dolores se sienta muy erguida frente a él, cruza las manos inquietas sobre la falda y esconde bajo el asiento los pies que todavía calzan zapatillas. Le incomodan las zapatillas de paño y daría algo por llevar zapatos de tacón bajo con los que se siente algo mejor, más segura, menos frágil. Si ella hubiera sabido… Apenas ha podido vestir a los críos, pedirle a una amiga que acompañara a los críos al casal y… ya estaba allí aquel hombre, en mitad de su comedor, con todos aquellos trastos por medio y ella en zapatillas.
—Éramos vecinas desde hace unos ocho años. Nueve, en septiembre serán nueve años. Desde que Paco y yo nos casamos y compramos el piso.
Señala casi involuntariamente la foto de su matrimonio. Ella, de blanco, con un velo echado hacia atrás, sonríe al hombre que le estrecha la mano. El color de sus labios es el mismo que Escalona advierte ahora, un rojo destemplado, demasiado rojo para un rostro tan pálido como el de Dolores. El marido le pasa el brazo por la espalda en ese gesto habitual en algunos hombres que se sienten ya propietarios vitalicios. Dolores continúa hablando, pertenece a un tipo de mujeres a las que no hace falta formular muchas preguntas, ellas solas lo hacen casi todo. A menudo casi interrogan.
—¿Quién iba a pensar…? Porque, si a mí me dicen ayer que la Aurora se tira por la ventana… ¿Se sabe ya alguna cosa? No sé, ¿por qué habrá sido? Si estaba enferma, o algo así…
Escalona tuerce el gesto, apenas si se da cuenta, pero le impacienta que la gente intente sonsacarle. No responde. Dolores continúa ligeramente decepcionada. Entiende que el inspector no abrirá la boca y decide no cerrar la suya.
—Tampoco vaya usted a creer que éramos muy amigas, lo justo. Ella, no sé si me va a entender, era una persona rara, no se hacía con nadie, siempre con aquella cara de morder limones. No era precisamente una mujer amable. A veces, ni los buenos días. Y a los críos, como a perros... Era rara, siempre como si le debieran y no le pagaran.
—¿Qué pasa con los críos?
—¿Qué quiere que pase? Que le molestaban. Los miraba como si pudieran infectarla. Todo le estorbaba, si corrían por la escalera, si gritaban, si jugaban. Siempre quejándose si encontraba un papel en la escalera. Un día vino a protestar por una cáscara de pipa. La traía en la mano, como si hubiera sido una rata. Yo qué sé.
Dolores, que mueve las manos en torno a su rostro para rematar cada una de sus palabras, junta ahora el índice y el pulgar ante los ojos del inspector como si verdaderamente una rata se balanceara en el aire sostenida por el rabo.
—Normal no era. Con mi marido —de nuevo señala con la vista el retrato que determina un antes y un después en su vida— se las había tenido más de una vez. Y no es que yo lo defienda, pero es que había que verla para saber lo que era. Y no vaya usted a creer que solo le molestaban mis hijos. Si viera como las trataba a ellas...
Era obvio que aquellas dos mujeres, condenadas por las circunstancias a encontrarse en el rellano o a tropezarse en mitad de la empinada escalera, se habían detestado intensamente.
—¿Ellas? Perdone, no sé a quién se refiere.
—Sí, hombre, sus hijas. Si hubiera oído lo que les decía si encontraba una camiseta en el suelo o un libro fuera de lugar. No se lo podría usted creer. Yo no había oído nunca nada parecido. Creo que estaba enferma, por eso nadie podía vivir con ella. A la pequeña más de una vez la vimos llorar en el lavadero. Su madre la encerraba allí para que la vieran los vecinos, hasta que decidía que podía entrar. La cría se sentaba en el suelo y a veces la oíamos lloriquear. Pobrecilla, si no hubiera sido porque una sabe que no debe meterse donde no la llaman.
—Ya no vivían aquí, creo...
—¡Qué va!… se marcharon en cuanto pudieron, al cabo de nada. Y pocas veces han vuelto. De tarde en tarde y visita bien corta, como los médicos.
—¿Y el marido?
—No lo conozco. Bueno, lo he visto a veces, ha venido por aquí, pero cuando nos dieron las llaves él ya se había ido. No parecía mal hombre, pero, créame, sus razones tendría para irse.
—Ayer por la noche, ¿sabe usted si tuvo visitas? ¿Alguien de su familia quizá?
—No le puedo decir, pero, vamos, a esa no la visitaba nadie, no tenía amigas, a ver quién era el guapo que...
—¿Y anoche? —insiste Escalona.
—Volvimos tarde, casi a las once. Cenamos en casa de mi cuñada y los críos ya venían dormidos. No puedo ayudarle. Yo no oí nada en el piso, por lo menos no recuerdo. A esa hora normalmente ella ya dormía. Se acostaba con las gallinas, por eso todo le molestaba. No, no oí nada. Y Paco, ese ya le digo yo que no se entera de nada. Aunque se le caiga la casa encima. Cuando duerme es como si no estuviera.
Poco más puede decirle Dolores. No ha observado nada extraño, ni visitas, ni conductas chocantes, nada. A pesar de ello aún encuentra ocasión para lanzar alguna que otra invectiva y para sugerir que la mujer, más trastornada que de costumbre, se habría tirado al vacío incapaz de soportarse a sí misma. Es una buena oportunidad y Dolores no puede, no quiere desaprovecharla. No habrá otra. Le despide en la puerta, reina y señora del rellano.
—Si necesita usted alguna otra cosa... Si quiere hablar con mi Paco, pero, ya le digo, no creo yo que…
* * *
Una niña de poca edad y de origen a todas luces remoto le abre la puerta del segundo primera. Dice llamarse Miraj y, por el color cetrino de su piel, por una especie de casaca floreada que viste sobre unos pantalones de color rosa y por la gruesa trenza negra que cuelga entre sus hombros, Escalona juraría que procede de la India, o del Pakistán. Entiende con dificultad las preguntas del inspector y, por fortuna para ambos, un joven de unos veinte años se acerca y, asiéndola con firmeza por los hombros, le indica que debe retirarse. Miraj se despide con una media sonrisa de cortesía y se interna en la oscuridad del corredor, pero no se va. Permanece allí, en un rincón, bien arrimada a la pared, parapetada en las sombras, casi invisible. Escalona distingue el blanco de sus ojos y sus pantalones rosados. Recuerda los muslos macilentos de Aurora, también sus carnes pálidas le hicieron pensar en puntos de luz, en oscuridad rota, violentada.
Imran, que viste únicamente unos pantalones que se ciñen con gomas a la cintura, como de pijama, se frota los ojos para retirar el sueño. Es alto y delgado. Tiene buen cuerpo. Sobre su labio superior un bigote muy fino y bien perfilado le confiere un porte ligeramente aristocrático. Sus ojos, negros como la noche más cerrada, poseen la sagacidad del pícaro y sus manos, grandes y de dedos muy largos, parecen acostumbradas al trabajo más duro. Escalona se detiene en las blancas lunas de sus uñas. Nunca ha visto dedos tan largos ni de tan blancas lunas.
—Manos de pianista —decía la abuela de las manos como aquellas, pero no hace falta saber mucho de la vida para entender que nunca se han posado los dedos del joven sobre las teclas de un piano.
—Tenemos papeles —añade llevándose la mano a un bolsillo que no existe.
Acostumbrado como está a mostrar la documentación a cada paso, se altera perceptiblemente, se siente inseguro al no poder acreditar inmediatamente su legalidad. Le indica al inspector que pase, que le mostrará el pasaporte y los permisos. Escalona se adentra en el pasillo al tiempo que Miraj desaparece. No necesita los papeles, solo quiere hablar con él. Parece el único vecino en todo el edificio que no sabe nada de lo ocurrido.
Imran se disculpa y se pierde tras una puerta después de indicarle que puede tomar asiento. Reaparece abrochándose los puños de una camisa blanca de mala factura mientras con un gesto casi imaginario, de tan sutil, le indica a su hermana que le traiga los zapatos.
Los padres no están, dice, salieron de madrugada, sobre las cinco o poco más. Son propietarios de una carnicería en el Raval y están al pie del mostrador. Imran relevará a su madre a media mañana y trajinará las piezas del mostrador al frigorífico y de aquí nuevamente al mostrador hasta las diez de la noche. Cortará, desollará y hará montoncitos con los despojos.
Se expresa con una corrección absoluta y su leve acento, que evoca distancias infinitas, perfuma sus palabras como el vaivén de un incensario.
Hay flores en todas partes –en las paredes, en el sofá, en la alfombra–, cuya contemplación en una mañana calurosa del mes de julio parece capaz de sofocar al más templado de los hombres. Flores en los vasos que nadie ha retirado todavía. Incluso en la lámpara de acero y madera taraceada alguien ha dibujado unos lirios blancos y esbeltos como cisnes legendarios. El comedor, diminuto y claramente insuficiente, es una especie de jardín imposible, de paraíso perdido.
No ha oído nada, tampoco la niña que se ha sentado en una silla en el otro extremo del comedor con las manos sobre el regazo y los oídos atentos a cuanto dicen los hombres. Imran duerme en la habitación que da a la calle con otro hermano, Yasir, que estudia en el instituto.
Imran afirma haber regresado de madrugada, a eso de la una, después de recoger, barrer, fregar suelo y mármoles y hacer caja. Quizás sus padres, sugiere, puedan ayudarle.
—¿Y ella? —pregunta Escalona señalando a la niña.
—No, ella va a dormir muy pronto.
De la vecina muerta Imran recuerda la cara y poco más.
—No saludaba —dice—. Yo tampoco. No nos miraba. A mi hermano Yasir le pegaba algún grito si lo veía sentado en la escalera o parado en el portal con algún amigo. No gustábamos a esa señora.
—¿Habían tenido algún problema con ella, alguna discusión?
—No, que yo sé, no. Lo de Yasir… pero él no hacía ningún caso. Y yo, menos. Y mi padre trabaja demasiado. No puede preocuparse de una vecina… ¿cómo dicen ustedes? ¿Con puñetas?
—¿Dónde está tu hermano ahora?
—Con mis padres. En verano, cuando no va al instituto, va con ellos, los ayuda en lo que puede. Es una forma de saber dónde está.