Excerpt for Princesa by Patricia Sutherland, available in its entirety at Smashwords









"… Estupendamente escrita, con buenos diálogos y una lectura fluída, me ha mantenido pegada a sus páginas deseando llegar al final para conocer el desenlace de lo que en principio parece una relación imposible…" Ana Fernández Martínez, autora de "Declaración de amor", Zafiro Ebooks, 2011.

"… Patricia Sutherland logra con su narración que empatices con la protagonista y comiences a ver el mundo a través de sus ojos…". Anny Benítez. Románticas al Horizonte.

"… Es lo primero que leo de esta autora, pero me ha gustado mucho su forma de escribir y trasmitir sentimientos, y la atracción entre los protagonistas. Desde ahora me declaro fan de Patricia Sutherland…".Sara. El Rincón de la Novela Romántica.







Princesa



por



Patricia Sutherland





Copyright.



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Patricia Sutherland at Smashwords.



Princesa

Copyright © 2011 by Patricia Sutherland.

All rights reserved.

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Los personajes y sucesos relatados en esta obra son ficticios. Cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.



Copyright ©2011. Patricia Sutherland

www.jeraromance.com

Reservados todos los derechos.

ISBN 978-84-939730-2-5



© Imagen de cubierta: Dreamstime/Sophie Phelps

Diseño de cubierta: Laura Sánchez

JR04 – Princesa

Novela romántica contemporánea

Nivel de erotismo: muy sensual







A mi madre, que la leería con emoción y orgullo...

(Saltándose las escenas ardientes, eso sí).



A mi padre, que (seguramente) no la leería, pero

la recomendaría a todo el mundo, rebosante de orgullo.



Vuestro recuerdo es un pésimo sustituto...

pero un GRAN consuelo.



Hasta que volvamos a vernos...







Contenidos



Prólogo

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Epílogo

Sobre la autora

Otras novelas de Patricia Sutherland

Glosario

Tabla de contenidos







Prólogo

Londres, octubre de 2008.





Cuando Theresa Gibb llegó al Starbucks de Covent Garden faltaban diez minutos para las siete y había comenzado a llover. Aquel día, sin embargo, la lluvia fina pero persistente que calaba hasta los huesos le pareció un buen presagio. Otra tarde desapacible, hacía alrededor de un año, Dakota y ella habían compartido su primer café en aquel mismo lugar.

“Dakota”, pensó la treintañera mientras se dirigía hacia el mostrador para hacer su pedido, seguía resultándole extraño asociar su imagen a aquel apodo por el que lo conocía todo el mundo. Cuando aún vivía en Inglaterra, para Tess él era, simplemente, Scott Taylor, el niño once años menor que vivía en la casa vecina. En los quince que habían transcurrido desde que ella se instalara en Boston, la existencia de aquel chico desgarbado de melena larga, se había desdibujado completamente, excepto por alguna mención esporádica cuando llamaba a su familia, a Londres, para ver cómo estaban.

Ahora, Scott lo era todo.

Cuánto habían cambiado las cosas en tan sólo unos meses. El rostro de Tess se ensombreció al tomar conciencia de que en esta ocasión, y a pesar del buen pálpito inicial, las circunstancias eran distintas.

Pidió su consumición habitual, un Mocca Frapuccino, y esperó a que el dependiente lo sirviera, intentando concentrarse en lo que veía y dejar de pensar. Pero la parsimonia del empleado, sumada al murmullo cansino de las máquinas, volvió a sumergirla en sus pensamientos.

Scott había entrado en su vida como un tornado.

Era descarado y dominante en sus avances, y, especialmente, imprevisible. Desde el principio, había habido un factor sorpresa que primero la descolocaba, y luego, la seducía. La seducía el indiscutible interés oculto detrás de sus encuentros aparentemente casuales, de sus ocurrencias aparentemente espontáneas, porque no había nada de casual en ellas. Como aquella tarde en Heathrow. Los controles de seguridad a los que eran sometidos los viajeros se habían vuelto tan estrictos que hasta los aros metálicos de la lencería femenina hacían saltar la alarma, pero allí estaba él, en plena zona de pasajeros, sin tarjeta de embarque, con su cazadora de pinchos y sus botas llenas de hebillas, invitándola a tomar un café mientras esperaban que se hiciera la hora de embarcar. Un inofensivo café que había acabado con los dos encerrados en un baño, dejando volar la imaginación...

Casi sin darse cuenta, Tess volvió a aquel momento.



Todo había ocurrido en un instante.

Aunque seguramente fueron varios, que su mente no llegó a registrar. Cuando Tess volvió a ser consciente de la realidad, estaba en un cubículo oscuro, aprisionada entre el cuerpo de Dakota y la pared.

La descarga de una cisterna próxima le llegó como una letanía, que pronto se diluyó en la nada cuando él volvió a hundirle la lengua en la boca, en un beso voraz.

Todo en él lo era. Voraz. Ardiente.

Dominante.

Invadía su espacio vital sin reservas. La invadía a ella, en incursiones de una avidez apabullante que la dejaban inmóvil, casi indefensa.

Completamente a su merced.

En aquel momento, él dejó de besarla. Se apartó apenas un poco, pero mantuvo el rostro de Tess entre sus manos.

Su mirada permaneció varios segundos sobre los labios femeninos, quemándolos, antes de subir a sus ojos.

—Si tengo que sobornarte para que me toques, dímelo, ¿vale? —murmuró él.

Y no fue hasta entonces que Tess se percató de que sus manos continuaban sobre las caderas de Scott, donde seguramente habrían llegado por pura inercia.

Se había quedado quieta.

Bloqueada por la intensidad de lo que sentía. De lo que él la hacía sentir.

Atontada, como si fuera una principiante en amores a la que un príncipe azul demasiado apasionado hubiera tomado por asalto.

Como si a pesar de no ser una principiante, nunca antes hubiera saboreado semejante intensidad. Semejante locura.

Como si la hubieran hechizado...

Tess se humedeció los labios. Lo miró abrumada y violenta al mismo tiempo, sin saber qué decir.

—¿Tengo que sobornarte? —insistió él, envuelto en un suspiro.

Pero Dakota no esperó respuesta. Ella sintió cómo la elevaba por la cintura y volvía a adueñarse de su boca, loco de pasión...



"Señora... Su cambio y el pedido, por favor".

La voz del dependiente la trajo brúscamente de regreso al presente con los latidos del corazón acelerados y una intensa sensación de bochorno.

Tess tragó saliva e intentó recuperarse.

Tras farfullar un "gracias", se echó las monedas en el bolsillo del abrigo, y cuando se disponía a coger la bandeja que el empleado le entregaba, reparó en el moderno Swatch negro que asomaba de la manga de su uniforme. Entonces, la razón que la había traído al Starbucks volvió a su mente.

¿Acudiría Scott a la cita? ¿Le daría la oportunidad de explicarse?

Tess meneó la cabeza, disgustada consigo misma. ¿Acaso había alguna explicación racional para semejante estupidez?

Oyó, para mayor bochorno suyo, que el dependiente le preguntaba si estaba todo en orden. Tess se apresuró a indicarle, con una sonrisa forzada, que el gesto no había tenido que ver con él y, bandeja en mano, serpenteó entre las mesas hacia la única ubicación disponible, una mesilla redonda situada en un rincón.

Tras quitarse las gafas, las dejó sobre la mesa. Se pasó una mano por la frente, luego por el cabello. Sabía que, a pesar del maquillaje, debía tener un aspecto terrible. Siempre lo tenía cuando no descansaba bien y la noche anterior no había conseguido conciliar el sueño. Su cerebro no había dejado de repasar los sucesos, secuencia tras secuencia, y seguía sin comprender qué le había ocurrido.

Dios...

A dos minutos de la hora fijada, estaba completamente en blanco. Helada de los nervios. Deseando con toda el alma que Scott se presentara, que le diera la oportunidad de explicar lo inexplicable...

Y con la certeza absoluta de que si él no... Si Scott no...

Tess inspiró profundamente.

Entonces, descubrió, con desesperación, que le faltaba valor para completar aquel pensamiento.



A pocos kilómetros de donde estaba ella, Dakota también echó un vistazo rápido al reloj centenario que dominaba el salón principal del concurrido pub. A continuación, apuró su cerveza y dejó la jarra vacía sobre la barra.

—Estoy arriba —le dijo a su socio—. Si alguien pregunta por mí, no me has visto.

Evel se limitó a asentir. Lo siguió con la mirada mientras Dakota se dirigía hacia las escaleras que conectaban el salón con el piso superior que a veces usaba a modo de vivienda.

Si hasta el momento había albergado alguna duda sobre lo mal que estaban los asuntos sentimentales de su amigo, ya no tenía ninguna; acababa de verlo desconectar su móvil.







1

Un año antes...

Londres, agosto de 2007.





Olía a una mezcla de bruma, tierra húmeda, y kebabs.

Era un aroma inconfundible, una fragancia única marcada por el clima, el transcurso del tiempo y la diversidad cultural, que le confería universalidad, y a la vez, idiosincrasia. Ninguna otra ciudad olía igual.

Theresa Gibb habría sabido que estaba en Londres aunque sus ojos no pudieran ver los magníficos jardines que rodeaban la Osterley House, una mansión de finales del siglo XVIII rodeada por vastas extensiones de tierra que en sus tiempos fue llamada “el Palacio de los palacios”, y de la que, fugazmente, pudo divisar la silueta de una de sus cuatro torres, recortada contra el cielo en la distancia.

O el río Támesis, al que veía discurrir desde el puente Kew, veintitrés metros más abajo, a medida que el taxi avanzaba por él hacia el sudeste, para retomar Kew Road.

O los Jardines Kew; ciento veinte hectáreas de terreno que alojan la mayor colección de especies botánicas del mundo, y el rincón favorito de Londres para Tess; desde la primera (y única) vez que había hecho “pellas” hasta su primer beso adolescente, conservaba mil y un recuerdos asociados con aquel lugar.

Pero además, había nacido aquí. Todo, en general, conformaba una visión de la que ella era parte. O, al menos lo había sido, durante veinte años. Y casi en cada esquina redescubría cosas, que habían permanecido enterradas en lo más profundo de su mente, y ahora emergían invocando a una multitud de imágenes, en una suerte de caleidoscopio de su propia vida en perspectiva; la Tess de hoy mirando con sus ojos de treintañera emigrante a la Tess de ayer, la delgaducha y sabelotodo hija mayor de Richard y Amelia Gibb.

Cuando el taxi se detuvo frente al semi-adosado de estilo victoriano ubicado en el número 139 de Old Elm Street, la mujer de chaqueta y falda corta color azul ultramarino descendió portando un amplio bolso a juego. Aprovechó los instantes que el conductor demoró en sacar el equipaje del maletero para reacomodar algunos mechones que habían escapado al moño alto despeluchado con que se sujetaba el cabello, y apartarse el ralo flequillo castaño de la frente. Echó un vistazo rápido a su indumentaria; todo estaba en orden a pesar del largo viaje intercontinental.

Al fin, con una sonrisa nerviosa, Tess abrió la portezuela de madera que continuaba tal cual la recordaba -inmaculadamente roja, como si acabaran de pintarla- y atravesó el angosto camino de baldosas de terracota que llevaba a la casa, acompañada por el sonido de sus finos tacones, de las ruedas de la maleta golpeteando sobre el suelo irregular...

Y de los latidos de su corazón, que ya había empezado a celebrar con júbilo aquel momento que llevaba meses preparando en secreto.

* * * * *

Tess había contado con que el reencuentro sería emotivo. Su madre siempre había sido una llorona -decía que era su mitad italiana que se negaba a rendirse al pragmatismo británico- y en cuanto al cabeza de familia, Richard Gibb, y su hija menor, Abigail, tampoco eran de fiar cuando se trataba de asuntos familiares. Además, aunque todos lograran mantener la emoción bajo mínimos controlables, habían transcurrido casi tres años desde el último viaje de Tess, unos pocos días que había pasado en Londres la Navidad de 2004.

Demasiado tiempo para una familia bienavenida.

Ante semejante perspectiva, Tess había limitado su habitual maquillaje concienzudo, a una base suave, unas pocas pinceladas de rímel, y algo de color en los labios.Y por supuesto, nada de lentillas; en su lugar llevaba unas gafas redondas de montura metálica.

Sin embargo, nada consiguió que toda ella acabara convertida en una caricatura de sí misma, cuando al empujar la puerta de calle, que estaba sospechosamente entornada, y atravesar con pasos cautelosos el pasillo que conducía a las demás estancias de una casa que lucía oscura y desierta, llegó al salón y descubrió que la sorprendida, en esta ocasión, era ella.

Primero fue un gran coro de voces risueñas exclamando al unísono la palabra “¡Sorpresa!” y las luces que se encendían, dejándole contemplar un panorama emotivo como pocos; toda su familia estaba allí; los Gibb y los Baldini, sus ascendientes en línea directa hasta el primer grado y hasta el cuarto en línea colateral, y sus respectivos descendientes. Más de veinticinco personas se habían reunido para darle la bienvenida a la hija pródiga que regresaba de allende los mares...

Y a renglón seguido, una explosión de alegría adueñándose del lugar, brazos que la estrujaban, besos cariñosos enhebrados con frases y voces familiares que hacía siglos que no oía...

Y aquella energía amorosa que la envolvió en un instante, transportándola veinte años atrás en el tiempo.

No, Tess ya no era la flamante editora de la colección romántica de Harcourt Publishers. Era la adolescente de coleta y gafas de aumento, celebrando en compañía de los suyos, su decimoquinto cumpleaños.

* * * * *

La comida se había transformado en sobremesa y ésta en cena, en una celebración continuada que sólo se había interrumpido para cambiar de estancia. Como en toda reunión familiar en la que las Baldini capitanearan la cocina, la buena comida -variada y abundante- y el buen vino italiano no podían faltar.

Y no faltaron. Tess tenía la sensación de que no había parado de comer desde que había puesto un pie en Londres.

Cuando llegó la hora del café y el licor, sobre las ocho de la noche, los dos hermanos de su padre y sus respectivas familias, que vivían a dos horas de Londres, se habían marchado. El resto de los invitados se trasladaron al salón de la chimenea, una amplia estancia decorada en tonos crema desde cuyo ventanal podía verse la calle. Las mujeres se apretujaron en el gran sofá de cuatro cuerpos que enfrentaba la chimenea, y los hombres hicieron lo propio en el que enfrentaba la ventana formando una L con el que ocupaban las señoras de la familia. Fue necesario traer sillas de la cocina para que todos los invitados pudieran sentarse.

Los más jóvenes -Abby y los tres nietos adolescentes de tía Fina- formaban un grupito conversador junto a la ventana, donde estaba el rincón favorito de Tess. Allí, un enorme sillón de respaldo alto con reposapies, detrás del cual había una delgada estantería de un solo cuerpo repleta de libros, le traía a la memoria el recuerdo de momentos mágicos, sumergida en la lectura, cuando era adolescente.

Pero hoy, ella había sido el centro de atención desde que había llegado y ahora, que las conversaciones discurrían por caminos alejados de Boston, la editorial para la que trabajaba y su vida en “Yanquilandia”, agradecía estos instantes de introspección, sabiendo que no estaban destinados a durar mucho tiempo; se hallaba estratégicamente situada entre su madre, Amelia, y la hermana menor de ésta, tía Stella.

—¿Y Terry? ¿No va a venir esta vez?

Tess se volvió hacia Stella y negó con la cabeza. Él había pasado con la familia de Tess la Nochevieja de 2004. Trabajaba en un reportaje para la National Geographic en las Islas Shetland cuando unas severas inclemencias meteorológicas les habían obligado a regresar a tierra firme. Llevaba años deseando conocer a los Gibb (aunque Tess sospechaba que, en realidad, más le interesaban las curiosas hermanas Baldini) y no desperdició la ocasión. Desde entonces, Tess siempre había tenido la impresión de que Stella los tenía por “más que amigos”. Nunca se lo había preguntado directamente, razón por la cual, Tess no había tenido la ocasión de responderle, directamente, que lo que los unía era fraterno, no sentimental. Para Tess, Terry era el hermano de sangre que le habría gustado tener, un deseo malogrado para siempre tras la histerectomía de urgencia a la que Amelia había tenido que ser sometida algunos meses después de que naciera Abigail, y le constaba que a Terry le sucedía otro tanto. De hecho, haciendo gala de su peculiar sentido del humor, solía referirse a ella como su hermana cuando hacía nuevas amistades para poder disfrutar con la cara que se les quedaba al comprobar que Tess no era de raza negra.

—Está al otro lado del mundo —explicó—, que es donde suele trabajar normalmente. No queda mucho nuevo por fotografiar en la vieja Europa...

Stella asintió, pero Tess se dio cuenta de que la atención de su tía estaba en otra cosa. Pronto supo en cuál.

—¿Qué hace esa niña? Está mirando por la ventana a cada rato... —comentó como si estuviera hablando consigo misma. Le tocó el brazo a su hermana Amelia—. ¿Abby espera a alguien?

La madre de Tess hizo una mueca con la boca. —Que yo sepa...

Stella llamó a su sobrina. Le pidió que se acercara. Ella dejó a su grupo y atravesó el salón. Llevaba su largo cabello suelto y las puntas ensortijadas se movían graciosamente al andar. El rubio natural al que había añadido unas cuantas mechas rosadas contrastaban con su lúgubre vestuario; un jersey entallado que le llegaba a la cintura, leggings y unas botas de caña alta, todo color negro.

—¿Qué? —dijo Abby después de ponerse de cuclillas frente a Tess y apoyarse con un brazo sobre sus piernas.

Stella le apartó varias hebras de cabello de la frente. —¿Qué pasa ahí fuera que no dejas de mirar?

Ella se sonrojó, y al ver aquellas mejillas de payaso, Amelia meneó la cabeza.

—Dakota —dijo su madre—. Lo que pasa es Dakota.

Los ojos de Stella se iluminaron, llenos de picardía.

—¿Te ha pedido salir? —le preguntó, excitada como una niña pequeña.

—¿Ese muchacho? ¡Bah, no digas tonterías, Stella! —exclamó Amelia.

—Tú, calla —dijo la aludida a su hermana, y volvió a centrarse en Abby—. ¿Pasa algo o no?

Tess notó que, de pronto, todas las mujeres de la sala seguían la conversación de Abby y Stella, y no pudo evitar pensar en lo familiar que le resultaba eso. Con los Baldini/Gibb no era nada fácil mantener algo privado... De adolescente, Tess lo detestaba. Ahora comprendía con asombro cuánto echaba de menos el interés, la atención, incluso los consejos no solicitados.

Su mirada se cruzó brevemente con la de su padre, que le hizo un guiño afectuoso, y también empezó a prestar atención a la conversación que mantenían las mujeres. Poco a poco, el resto de los hombres hicieron lo mismo.

—Me parece que ha encontrado trabajo —respondió Abby. Su rostro parecía un sol, tal era el efecto de pensar en el chico de sus sueños—. Pero no lo sé seguro porque todavía no he hablado con él...

Amelia puso los ojos en blanco. —¿Es que lo estaba buscando? Pues, mira, eso es una novedad.

—Calla y deja que la niña hable, Mely... —se quejó Stella—. Cuenta, chiquilla... ¿y dónde está trabajando?

“Trabajar” no figuraba en el diccionario de aquel muchacho, pensó Amelia al tiempo que se ponía de pie. Y además, ¿quién iba a darle trabajo a alguien con esas pintas de okupa?

“Bah... Yo, mejor me voy a hacer café”, anunció mientras sorteaba rodillas y pies en dirección al pasillo.

Tess bajó la cabeza para ocultar su sonrisa. Aquello también le resultaba familiar. Era lo que su padre denominaba “el genio Baldini”, unas reacciones típicamente mediterráneas que eran doblemente sorprendentes viniendo de una mujer que había nacido y crecido en Gran Bretaña, y que se declaraba monárquica. De hecho, lucía el mismo corte de pelo que Lady Di. Lo había adoptado al día siguiente de su muerte, y diez años después lo conservaba. Era su particular homenaje a la bienamada y admirada “princesa del pueblo”.

—Creo que en un club del Soho... Aunque a él lo que le gusta es arreglar motores... Será algo para salir del paso —replicó Abby con el orgullo rebosando por los cuatros costados, lo que hizo aflorar sonrisas en varios de los presentes, incluidos los hombres.

Stella aplaudió las palabras de su sobrina. —Seguro que sí, mi niña... Pero entre vosotros, ya sabes... —sonrió con picardía— ¿cómo están las cosas?

Tess notó que el rosa de la mechas de su hermana se extendía por las raíces y florecía en su cara.

—Sí, claro, tía... Espera que voy a por el megáfono así se entera todo el barrio —dijo mientras meneaba la cabeza, y para entonces, el rosa se había convertido en un rojo rabioso, y las risas no tardaron en hacerse oír.

—Deja, deja el megáfono y cuéntamelo a mí... A estos cotillas, ni agua —dijo Stella, riendo mientras se inclinaba hacia a su sobrina como si fueran a compartir un secreto—. Mira, corazón, escucha lo que te dice tu tía, que de ésto entiende bastante: a los hombres hay que animarlos.

No había acabado de decirlo que las carcajadas volvieron a retumbar en el salón. Unas, que provenían del marido de la consejera matrimonial, Tony Di Pietro, sonaron más fuerte: era por todos conocido que había sido él quien “había animado” a su mujer, mientras ella se dedicaba a “animar” a otro.

Vaaale —reconoció Stella, tirándole un beso a su marido que él devolvió—. Algunos hombres necesitan que los animen. Mi Tony no, pero Dakota, sí —le acarició el pelo a Abby—. Tienes que animarlo, sobrina.

Los ojillos de Abigail brillaron de ilusión. ¿Animarlo? Exhaló un suspiro, que no tardó en generar reacciones.

—Lo que tiene que hacer es escuchar a su madre y hacerle caso —intervino Fina, la mayor de las hermanas.

—Anda... ¿y eso por qué? —terció Isabel, la mujer del único hombre Baldini, una madrileña guapísima quince años más joven que el galán de la familia con quien se había casado hacía tres, cuando todos pensaban ya que el apellido no perduraría. Le había tomado 47 años dar el “sí, quiero”.

—Porque él no le conviene —replicó Fina, enérgicamente—. Y porque está más que claro que si a Dakota le interesara Abby, ya se lo habría dicho. Vamos, que desde parvulitos, creo yo que ha tenido tiempo de sobra...

El debate estaba servido, pensó Richard Gibb, cuando escuchó a Stella exclamar “¡pero cómo le dices algo así a la niña!”. No era la primera vez que los sentimientos de su hija pequeña por el vecino se convertían en tema de conversación, y que ésta, a su vez, acababa convertida en un debate. Y no le gustaba. En su fuero interno, como padre, deseaba que el amor fuera una experiencia inolvidable para sus hijas, que si tenía que reportarles sufrimientos, fueran los menos posibles. Entendía que lo mismo deseaban Stella, Fina, Isabel... todas ellas, pero él no tenía sangre italiana o española corriendo por sus venas. Era inglés, muy inglés, y encontraba desconcertante e incómodo, que temas que pertenecían al área privada, se airearan de aquella manera. Por no añadir, que estaba convencido de que lo mejor era dejar que Dakota y Abby se ocuparan de un asunto que sólo les concernía a ellos.

Su mirada volvió a cruzarse con la de Tess y supo que los dos pensaban lo mismo.

—Alguien tiene que decírselo, ya que a su madre no la escucha —volvió a intervenir Fina.

—¡Y qué sabes tú para decir que a Dakota no le interesa! Abigail es una niña preciosa... Todos se pegan por invitarla a salir... ¿Por qué Dakota iba a ser la excepción?

Stella lo había dicho porque lo creía, y también porque odiaba ver desilución en los ojos de su sobrina favorita. Pero en este caso, no fue necesario ya que Abby ni siquiera la estaba escuchando. Ni a ella ni a los demás. Se había quedado atrapada en la palabra “animarlo” y desde entonces, su mente ideaba la forma de llevar a cabo el plan.

En aquel preciso momento, sin embargo, otra voz se oyó aún más fuerte.

“¿Se puede saber quién es el que ha dejado una servilleta sucia junto al retrato de mi Diana? ¡Será posible...! ¡Que la saque ya mismo!

Todos los ojos miraron consecutivamente el rostro violeta de Amelia, que volvía con los cafés, y luego, la chimenea en cuya repisa estaba una foto enmarcada de Lady Di —ahora parcialmente oculta por un paño de florecitas—, junto a una vela que Amelia mantenía siempre encendida.

El marido de Stella no tardó en darse por aludido. Se puso de pie, con las orejas arrugadas y un gesto de “caray, he vuelto a meter la pata”.

Tess miró a su padre, aguantando la risa.

Esto también le resultaba entrañablemente familiar.

* * * * *

Era cerca de medianoche cuando los padres de Tess se levantaron de las sillas de la cocina de la primera planta, que ocupaban desde hacía más de dos horas, en un anuncio de que estaban a punto de retirarse a descansar. La tía Stella y su marido, que vivían a un par de manzanas, habían sido los últimos en marcharse, sobre la diez de la noche, y antes de hacerlo habían dejado claro cuál sería el plan familiar para el día siguiente: una comida-cena en el jardín de su casa, aprovechando que el pronóstico auguraba un día templado.

Aunque Tess estaba rendida, sabía que Abby no la dejaría ni tan siquiera acercarse a la cama antes de ponerla al día sobre “cotilleos de chicas”. Y lo sabía porque ya se lo había advertido en dos ocasiones cuando la casa estaba aún llena de invitados.

—Bueno, cariño mío, nosotros nos vamos a la cama —dijo Amelia a su hija mayor al tiempo que se inclinaba y le daba un beso en la cabeza—. Mañana seguimos hablando, ¿de acuerdo? —esbozó una gran sonrisa—. Me parece increíble tenerte aquí... ¡No sabes lo feliz que me has hecho con este viaje!

Tess tomó, afectuosa, las manos de su madre. Sus emociones continuaban a flor de piel, y la mujer ya había llorado bastante por un día, de modo que desvió su atención a otro asunto:

—Estoy de acuerdo siempre y cuando me digas cómo os enterásteis de que estaba de camino —dijo y miró alternativamente a su padre, luego a su madre, y finalmente a su hermana Abby, quien bajó la vista con una sonrisa pícara—. No esperéis que crea que casualmente llamásteis a la editorial, donde casualmente “alguien” que no precisáis, os dijo que yo había marchado a Londres. Quiero detalles, porque se trataba de una sorpresa y pienso ajustarle las cuentas al culpable de estropearla.

Richard Gibb contemplaba a sus mujeres con evidente satisfacción, y aunque no lo diría —procuraba no agobiar a Tess ya que era consciente del esfuerzo que suponía desplazarse a Londres para verlos—, también a él le parecía increíble tenerla en casa; hacía tantos años que eso sucedía de forma más que esporádica...

—Pues, a mí me parece que ha sido una gran sorpresa, de esas inolvidables, sólo que ha sido mutua —extendió la mano y le acarició el cabello—. Suponiendo que alguien se hubiera ido de la lengua... —dijo Richard con una sonrisa, dejando en el aire una tácita confirmación de que, efectivamente, alguien lo había hecho— ¿cuáles son los cargos? ¿haber propiciado un día que no olvidaremos jamás?

Los ojos de Tess brillaron de emoción.

—Siempre has sabido elegir bien a tus amigos —añadió su padre con dulzura, confirmando que “el culpable” no podía ser otro más que Terry Nichols—. Que descanses, querida.

Amelia tomó la cara de Abby entre las manos. —No la retengas que ya es muy tarde y estará cansada, ¿eh? Tendréis tiempo de seguir hablando mañana... Sé buena, cielo.

—Seré buena. Y no, no la retendré hasta tarde, ¿vale? —se quejó Abby mientras esperaba pacientemente que primero su madre, y luego su padre, le regalaran el consabido beso de buenas noches.

Sin embargo, la última vez que Tess había mirado su reloj eran las dos y media, y su hermana continuaba con su conversación de forma tan animada como si tal cosa. Cada una de las veces que Tess había hecho o dicho algo que sugería que se iba a dormir, su hermana pequeña se las había ingeniado para retenerla. Desde hacía un buen rato, el tema de conversación versaba sobre su amor platónico, que continuaba siendo el mismo desde segundo grado de la educación primaria; el vecino de al lado. No había mucho que contar, en esencia, ya que la razón de que fuera un amor platónico era, principalmente, que el joven nunca había correspondido el sentimiento. Abby y él habían ido juntos al colegio y luego al instituto —tenían la misma edad—, y de él, Tess no tenía más recuerdos que la imagen de un larguirucho con acné, que llevaba los pantalones medio caídos y arrastraba los pies al andar; un adolescente poco favorecido, como tantos otros, al que no había vuelto a ver en diez años.

Pero a pesar de todo, a su hermana le había robado el corazón durante toda la vida, y ahora, le estaba robando a Tess, horas de sueño.

—Corrígeme si me equivoco, pero tengo la impresión de que quieres que continúe despierta por alguna razón... ¿Cuál es?

Abby meneó la cabeza, doblemente divertida; siempre había encontrado graciosa la forma de hablar de su hermana -bueno, casi siempre, porque de niña lo odiaba-, y...

Porque Tess acababa de descubrirla.

—Fue muy evidente, ¿no? —Tess movió afirmativamente la cabeza—. Es que... los sábados suele volver a estas horas... y desde esa ventana —señaló con la mirada la que estaba justo detrás de Tess— lo puedes ver cuando se baja a abrir la puerta del garaje para guardar la moto...

—¿Es lo que tú haces? ¿Quedarte despierta para verlo llegar?

—A veces...

Abby se encogió de hombros con una expresión algo incómoda.

—Suena fatal, ya lo sé, pero cuando estás tan colado por alguien, haces cualquier cosa con tal de verlo un segundo...

Tess se cruzó de brazos. Realmente, no lograba comprender la magnitud de lo que su hermana sentía. No sólo porque era incapaz de imaginar que alguien estuviera dispuesto a alimentar con esperanzas vanas un amor perpetuamente no correspondido, a mantenerse fiel a él a pesar de todo, es que cuando la miraba, veía alguien tan vital, tan extrovertido... Siempre había sido la reina de las fiestas, la que atraía la atención de todos, no sólo por su carácter. Abby era bonita, llamativa, e incluso durante los años adolescentes en que su cuerpo había tendido al sobrepeso, la lista de admiradores era larga. Pero para ella jamás había existido más que uno; su antiguo compañero de pupitre. No era lógico que continuara emocionalmente encadenada a un hombre que nunca había mostrado el menor interés por ella, pero así era. A menos que...

—¿Habéis salido juntos alguna vez? —le preguntó Tess a su hermana, y vio cómo su rostro cobraba vida.

—No... Bueno... Salir-salir, no, pero... —de pronto, era como si Abby tuviera hormigas por el cuerpo, y en un gesto nervioso, se puso el pelo detrás de las orejas—. Alguna vez nos hemos encontrado por ahí, ya sabes... Y coincidimos en un club, y me trajo a casa... ¡monté en su Princesa! —añadió, exultante.

Tess observó la expresión de aquel rostro juvenil. Sus hermosos ojos grises se habían iluminado ante el recuerdo de un suceso casual que para ella, sin embargo, había quedado grabado a fuego en su memoria. Era sorprendente cómo el sentimiento de devoción de quien amaba teñía de maravilla hasta el menor acto intrascendente del ser amado.

—¿Le llama “Princesa” a un armazón de metal pintado? —preguntó Tess, intentando cuadrar la imagen del adolescente apático que guardaba del vecino en su memoria, con aquel inusitado gesto de apreciación hacia un objeto.

Pero Abby no respondió. Tess la vio quedarse paralizada durante un instante, y al siguiente, saltar de la silla y correr hacia la ventana al tiempo que exclamaba:

—¡Es él! ¡Apaga la luz y ven! ¡Corre, corre...!

Tess obedeció, sorprendentemente rápido teniendo en cuenta que estaba muerta de sueño, y con paso ligero se acercó a la ventana. Su hermana, abstraída en las vistas, apenas si se movió para hacerle sitio, y Tess se encontró espiando al recién llegado a hurtadillas, por encima del hombro de su hermana.

El ruido que hacía aquel montón de chatarra era estridente, y Tess pensó que el fino oído de su hermana tenía que haber aprendido a detectarlo cuando aún estaba a un kilómetro de allí, porque cuando Abby había saltado de la silla, Tess no había oído nada.

Pero allí estaba, poco más que una sombra bajo la tenue luz de la entrada, un individuo de piernas largas a bordo de una inmensa motocicleta roja, con la rueda delantera ostensiblemente adelantada respecto de la trasera, que se detenía frente a la casa vecina, y se apeaba. A continuación, abría la ruidosa puerta metálica del garaje de dos plazas.

Abby suspiró.

—Me vuelve loca esa cazadora... —comentó en un tono que denotaba que, aunque se refería a la llamativa prenda de cuero poblada de pinchos plateados que brillaron cuando él pasó bajo el farolillo, no era ella la razón de tanta excitación.

Tess se disponía a decirle justamente eso, pero en aquel momento, el joven se quitó el casco y se pasó una mano por la parte posterior del cuello, y toda la atención de Tess quedó atrapada en aquella visión tan inesperada como inverosímil.

¿Aquello era pelo?

Sí, lo era.

Por lo visto, pensó, el antiguo compañero de pupitre de su hermana no había vuelto a cortarse el cabello desde la última vez que se habían visto.

In-cre-íble.







2





Aquel domingo los meteorólogos no habían acertado con el pronóstico. El día había amanecido con buen semblante; bastante despejado y con una temperatura agradable. El sol se asomaba de vez en cuando... En resumen; la comida-cena en el jardín de casa de los Di Pietro empezó bien, con tío Tony a cargo de la barbacoa mientras las mujeres se ocupaban de las ensaladas y los entremeses...

Pero acabó con tía Stella pidiendo pizzas por teléfono cuando la lluvia, que no estaba anunciada, pasó la barbacoa por agua.

Eso sí, la charla amena y las risas, como no dependían del clima, también estuvieron presentes. Por momentos, Tess tenía la impresión de que continuaba la misma celebración del día anterior, que sólo habían hecho una pausa para dormir y cambiar de escenario, ya que a excepción de los hermanos de su padre, y los nietos de tía Fina que se habían ido al campo con unos amigos, el resto de la familia estaba allí, en casa de Stella y Tony.

Era una vivienda unifamiliar, del mismo estilo victoriano común en la zona, algo más pequeña que la de los Gibb, con un jardín prácticamente exento de plantas ornamentales debido al tercer habitante de la casa; Alfredo, un precioso Gran Danés negro de dos años que las usaba a modo de juguete, en especial, si tenían flores, y que hoy había sido el único en catar la barbacoa.

Tal como Tess lo recordaba de otros tiempos, después de comer los hombres se habían ido al salón a ver los deportes, y las mujeres se habían quedado conversando en la cocina. Los intentos de averiguar “si había un hombre en su vida” también hicieron acto de presencia. Respondió la verdad; que no, que trabajaba demasiadas horas y salía demasiado poco, y eso pareció conformarlas. Pronto, Abby y su no-relación con el vecino ocuparon de nuevo la conversación, volvieron los consejos de Stella, las reacciones típicamente mediterráneas de Amelia, Fina saltó al ruedo apoyándola...

Y Tess se arrellanó en su asiento, sintiéndose felíz de volver a estar entre los suyos.

Sobre las cinco, los Gibb pusieron rumbo a casa.

Amelia informaba a su hija mayor de las novedades de los miembros jóvenes de la familia, cuando Abby, que caminaba más atrás junto a su padre, se acercó a Tess y le murmuró algo que ella no comprendió.

—Perdona, mamá... ¿Qué me has dicho, Abby?

—Es su garaje. Con un poco de suerte es él, que va a sacar la moto —musitó la menor de los Gibb con un inocultable brillo en la mirada, y al ver la expresión interrogante de Tess, aclaró—: Dakota.

Abby hablaba en voz baja, intentando disimular, pero no engañaba a nadie. Todos sabían que cuando ella detectaba la proximidad de algo relacionado con su príncipe azul, el resto del mundo dejaba de existir. Richard lo pasaba por alto, a pesar de que interiormente no comprendía la insistencia de su hija menor, de continuar aferrada a un sentimiento que jamás llegaría a buen puerto; Amelia, no. Ni lo comprendía ni lo aprobaba. Ni lo consentía. Aunque sus razones eran de índole diferente. Y su reacción no tardó en presentarse:

—Dakota, Dakota, Dakota... ¿Es que nunca lograrás ver más allá de la casa de al lado, cariño? Deberías consultar a un psicólogo, hija, de verdad. No es normal que una chica inteligente y bonita como tú pueda pasarse la vida suspirando por un desastre como él —Amelia meneó la cabeza, contrariada—. Eso es; tú necesitas un médico, y él un buen corte de pelo y un trabajo decente...

Sin esperar respuesta, Amelia apuró el paso mientras revolvía en el bolso buscando las llaves. Richard se limitó a echar un mirada a su hija pequeña, y no hacer comentarios. También apuró el paso tras su mujer.

Tess se acercó a Abby y le habló en tono de confidencia.

—¿Trabajo decente? —preguntó.

Notó que ella no despegaba los ojos de la salida de garaje vecina, unos metros más adelante.

—Cosas de mamá... —rezongó Abby—. Trabajaba en un taller de motos, pero cerraron, y ahora...

En aquel momento, la joven dejó a su hermana atrás, y la frase a medias.

Tess la siguió con la mirada. Se dirigía rauda y veloz, directamente hacia la enorme motocicleta roja que Tess había visto la noche anterior, que ahora salía de la casa de los Taylor, con su piloto a bordo. Vio que él se detenía, se apeaba y respondía al saludo de Abby, pero la expresión de su cara mostraba que no lo hacía de buen grado.

Tess también notó que su madre, que se disponía a abrir la portezuela roja del jardín para entrar, aminoraba la marcha un momento y meneaba la cabeza al ver a Abby forzando nuevamente una conversación con aquel mal partido, y que su padre se acercaba a Amelia, y le decía algo al oído. Pero la atención de la mayor de las Gibb volvió rápidamente a la parejita que conversaba.

Desde que había llegado, le había llamado la atención que su hermana vistiera permanentemente de negro. La recordaba admiradora de los colores vivos y las rayas, pero ahora toda ella era una sinfonía en negro; hasta la gargantilla era de aquel lúgubre color, y sospechaba, también la ropa interior. Al ver al vecino, comprendió la razón. Más que ex-mecánico, él le pareció un empleado de funeraria.

Uno muy alto, pensó; Abby era de mayor estatura que ella, y apenas le llegaba al hombro.

Llevaba aquellas increíbles grenchas sueltas, y unas estrafalarias botas con puntera de metal, repletas de hebillas. Era pleno verano -verano, al fin y al cabo, aunque se tratara de un verano londinense- y él calzaba botas... Gastaría gran parte de sus ingresos como mecánico en Dr. Scholl.

O su madre lo haría, harta de tener que entrar en el cuarto de su hijo con mascarilla.

Entonces, la voz de Abby la sacó de su abstracción contemplativa.

—Ven, Tess... —dijo ella, haciéndole con la mano un gesto de que se acercara, y cuando Tess llegó junto a ellos, añadió—: ¿te acuerdas de él?

En absoluto.

Sabía quién era, pero de haberlo visto en otro lugar -suponiendo que se hubiera tomado la molestia de reparar en él, cosa más que dudosa-, jamás lo habría reconocido.

—Me temo que el jovencito que recuerdo guarda poco parecido con éste —respondió Tess.

Vio que él fruncía el ceño, pero cuando al fin dijo algo, en vez de dirigirse a ella, se dirigió a su hermana, en un tono inequívocamente burlesco.

—¿Por qué habla así? —preguntó Dakota a Abby.

Ésta festejó el comentario con una carcajada. Entonces, la intervención de Richard Gibb, desvió la conversación.

—Nosotros entramos —dijo él, tocándole el hombro a Tess para atraer su atención. Ella volvió la cabeza y se encontró con el rostro amable de su padre que ahora se dirigía al vecino—. Hola, Dakota.

—Señor Gibb —respondió él, respetuoso.

Amelia también se dirigió al vecino con una sonrisa de plástico.

—¿No has pensado en cortarte el cabello, hijo?

—¡Mamá! —rezongó Abby, avergonzada por las alusiones que le dedicaban siempre— ¡¿Otra vez con lo mismo?!

Dakota, en cambio, no se mostró ofendido o molesto. Al contrario:

—La verdad es que no —respondió con desparpajo, entre divertido y desafiante—. Pero uno de estos días a lo mejor...

—Eso ya lo he oído antes —comentó la mujer, a punto de alejarse por el pequeño camino que conducía a su casa, al tiempo que le hacía un gesto con la mano. Un gesto tan ambiguo que tanto habría valido a modo de saludo desabrido, que como expresión gráfica de “¡bah, tú no tienes arreglo!”.

—Yo también —sentenció Dakota, irónico, y mantuvo la mirada en el matrimonio Gibb hasta que desaparecieron detrás de la puerta de su vivienda. Luego, su atención regresó fugazmente a Abby, de camino hacia su destino final: la mujer que hablaba raro.

—¿Quién eres? —le preguntó, pero mucho antes de acabar la frase, sus ojos le daban un buen repaso.

¿Quién era la madurita buenorra? Al fin, había algo fumable en el paisaje vecinal. Mientras no hablara...

Tess ladeó la cabeza en un gesto involuntario, y entornó un ojo, estudiándolo como si fuera el eslabón perdido. Quizás lo fuera, después de todo: se erguía perfectamente sobre sus miembros inferiores, pero llevaba el cuerpo cubierto de pelo y su comunicación, evolucionada para un primate, era considerablemente rudimentaria para tratarse de un homo sapiens. ¡Eureka! ¡Una literata acababa de probar la teoría darwiniana de la evolución!

Durante unos instantes, literata y seudo-homo sapiens intercambiaron mensajes no verbales... hasta que Abby intervino:

—Es mi hermana, “la yanqui”, tonto, ¿quién va a ser?

¿Quién?... Jo-der, vaya dos.

Una tenía serios problemas para entender una frase tan clara como “paso de ti”, y eso que él llevaba años repitiéndosela a destajo. Y la otra, aunque estaba buenísima, le sonaba clavadito a las voces en off de las películas de los años cincuenta que a su viejo le encantaban y él tenía que tragarse cuando era crío. Rebuscada a más no poder.

Dakota se puso el casco. Bajó la visera con displicencia.

—Hola y adiós —se limitó a decir cuando pasó junto a ellas, a bordo de su moto.

—¿No está para comérselo? —dijo Abby, envuelta en un suspiro. Su mirada embelezada siguió al motorista hasta que él dobló en la esquina más próxima.

Tess sonrió ante la reacción de su hermana. Le pasó un brazo alrededor del hombro, guiándola por el pequeño camino hacia la casa mientras conversaban.

—Bueno... Quizás con un traje, y un buen corte de pelo... —miró a su hermana con una sonrisa que comunicaba que lo que decía no tenía nada que ver con lo que realmente pensaba—, y un curso intensivo de lengua...

Abby negó enfáticamente, con estrellas en su mirada:

—A Dakota no le hace falta nada y ¿sabes por qué?

Tess la miró con ternura. En su rostro juvenil, una sonrisa enamorada anticipó la respuesta:

—Porque es perfecto.

Tess asintió y continuó atenta a la “exposición sobre las virtudes de Dakota” que Abby acababa de inaugurar en pleno jardín familiar.

Pero sólo en apariencia; su mente no dejaba de dar vueltas a un asunto:

¿Cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez que a ella un hombre le había parecido perfecto?

Curioso, pensó; no lo recordaba.

* * * * *

Rosalyn no encontraba perfecto a su hijo. Ni mucho menos. Con veinticuatro años le toleraba de muy mal grado que tuviera aspecto de okupa, pero no que viviera como uno: no estudiaba, no colaboraba en el hogar más que para desordenarlo, y se había quedado sin trabajo.

Ahora, también se presentaba en casa a las tantas despertando al barrio en pleno con el rugido ensordecedor de su motocicleta. Ni hablar.

Dakota suspiró resignado cuando al abrir la puerta, se encontró a su madre con cara de pocos amigos, obviamente esperándolo para darle la brasa.

—¿Estas son horas de llegar?

Él atravesó el corredor de paredes color salmón, decoradas con fotos de familia. Pasó delante de la rubicunda mujer de bata, sin detenerse, y se dirigió a su cuarto.

—Déjalo, ¿quieres? Estoy muerto.

—Muerto ¿de hacer qué? —insistió Rosalyn, interceptándole el paso y obligándolo a detenerse abruptamente para no llevársela por delante.

Malhumorado, Dakota bajó la vista hasta la cabeza de su madre. Allí, dos rulos que escapaban de la redecilla azul, recogían de mala manera sendas porciones cobrizas del flequillo.

No podía imaginar la sensación de despertarse en plena noche y encontrarse algo así compartiendo su almohada; su padre era un santo varón.

—Lo que yo haga no es asunto tuyo.

Él entró en su habitación e intentó cerrar la puerta, pero Rosalyn la retuvo abierta con una mano.

—Ésto se tiene que acabar, ¿me oyes? O te buscas un trabajo y haces algo digno con tu vida, o...

—Ya tengo un trabajo —la interrumpió Dakota. Volvió a intentar cerrar la puerta—. Y ahora quiero dormir, ¿vale?

—¡Mentiroso! ¡Cómo vas a tener un trabajo si llegas a estas horas y no te levantas hasta que la comida está servida! Mira, mira, mira... Dakota, no me saques de quicio...

—Son las tres de la mañana y llego a estas horas porque trabajo —repitió mecánicamente—. Y ahora, me voy a dormir.

—¿Qué trabajo?

Dakota exhaló un bufido.

—Soy puerta en un club del centro.

—¿Eres qué?

—Portero —aclaró al tiempo que retiraba la mano de su madre de la puerta en un gesto inequívoco de que esta vez la cerraría, con mano o sin ella, y al ver cómo lo miraba, añadió—: Es temporal. No pienso jubilarme de puerta, ¿vale?

—Todo en tu vida es temporal, el problema es que siempre es temporal... —se quejó Rosalyn—. Tienes 24 años, Dakota, y nosotros nos hacemos viejos, y empezamos a estar hartos de cargar contigo...

La mujer dejó la frase inconclusa y cerró la boca, indignada. Su hijo había dado la conversación por acabada hacía diez palabras. Ya ni siquiera estaba a la vista, había desparecido tras la puerta que ahora estaba cerrada. “Cerrada” de cerradura; había oído claramente que él echaba llave.

“Muy bien”, pensó mientras se dirigía a su habitación, no perdería más el tiempo y los nervios intentando que el vago de su hijo entrara en razón. Haría que su marido se ocupara del asunto, y esta vez, sería de una vez por todas.







3





Era increíble lo poco que había cambiado el barrio en diez años. Lo único que realmente Tess había echado en falta eran las papeleras, pero no se trataba de un cambio natural. Su padre le había explicado que había sido resultado del 7-J, el atentado terrorista que había costado 52 vidas humanas y más de 700 heridos ocurrido el 7 de julio de 2005; temiendo que fueran usadas para esconder explosivos, las autoridades habían decidido quitarlas. Por lo demás, todo continuaba más o menos como lo recordaba: bonito, ordenado, y muy, muy familiar.

Como ciudad, siempre le había resultado atractiva. Además, le gustaba su naturaleza cosmopolita, había crecido allí y en ese sentido, opinaba que la integración multicultural seguía siendo una asignatura pendiente para los americanos: coexistían, sí, pero con claras fronteras que ninguna de las partes atravesaba.

Londres le gustaba. Especialmente, tras un buen aguacero como el de aquel día, que la había obligado a posponer su sesión diaria de footing hasta bien entrada la mañana. Aquellos chaparrones limpiaban la atmósfera habitualmente cargada de la ciudad y llenaban el aire de aquel aroma tan refrescante... que casi se olvidaba del otro inconveniente inevitable...

La ráfaga húmeda interrumpió los pensamientos de Tess, y añadió diminutos lunares color barro a su inmaculado conjunto rosa.

Casi se olvidaba, sí... Hasta que algún conductor desconsiderado le recordaba las desventajas del Londres lluvioso.

Y no se trataba de cualquier conductor, observó tras recuperarse de la sorpresiva ducha y ver que el vehículo -una moto roja que le era muy familiar- torcía a la derecha pocos metros más adelante, en la entrada de garaje de la casa de los Taylor, sin hacer el menor ademán de ofrecer una disculpa. Era como si no se hubiera percatado de que la había salpicado.

O como si no le importara...

—¿Pensando en las musarañas? —oyó que Dakota le decía cuando ella pasó frente a su casa. Lo escuchó perfectamente a pesar de que, como era habitual cuando salía a hacer deporte, llevaba su Ipod conectado.

Él se había quitado el casco, y continuaba sentado sobre la moto, acelerándola por momentos, y la seguía con una expresión en su mirada que dejó claro sus intenciones.

O como si lo hubiera hecho ex profeso, el muy canalla.

Tess se limitó a volver la vista al frente, y recorrer los escasos dos metros que la separaban de su casa. Entonces, ante la persistente mirada de Dakota que no la abandonó en ningún momento, ella abrió la portezuela roja y continuó camino por el sendero.

El tejido elástico rosa se ajustaba a la figura femenina como un guante. La parte superior era como una camiseta con mangas muy cortas y un escote amplio, y la inferior, del estilo de las bermudas de ciclista.

Estaba muy buena, concluyó Dakota tras una minuciosa inspección, que no le permitió calcular el tamaño real de sus delanteras -el body las achataba-, pero sí las cualidades de su trasero; macizo y respingón pedía a gritos un buen sobeo.

—Está chulo el conjuntito —volvió a decir él, en un intento de que ella dejara de morderse la lengua y lo enfrentara. Tess giró la cabeza y lo miró como por casualidad. Él le regaló una sonrisa ladeada, y añadió—: Muy tentador.

¿Tentador? Una carcajada estuvo a punto de delatarla, que consiguió reprimir en el último instante. No podía creer el descaro de la criatura. Aquello era inédito. Simple y llanamente, increíble.

Y además, continuaba mirándola desde su moto. Se había inclinado hacia adelante, y apoyado los codos sobre el manillar, como si hubiera decidido ponerse bien cómodo. Había desafío en su mirada, sí, pero también expectación. Él no sólo quería molestarla, quería que ella respondiera al desafío.

Pues, sería una expectativa vana.

Tess se encogió de hombros y se señaló el oído derecho -el que él podía ver-.

Dakota no tuvo ningún problema en reconocer el cable blanco del MP4.

Tampoco el inconfundible hormigueo que le recorrió la espalda cuando ella cerró la puerta tras de sí, ignorándolo completamente.

* * * * *

Rosalyn miró con indignación el rastro de aceite mezclado con barro que decoraba la moqueta; empezaba en la entrada interior del garaje y desaparecía tras la puerta de la leonera. Y correspondía a un 46.

La mujer soltó la bolsa de la compra y sin quitarse el impermeable se dirigió hacia el salón como un ejército cargando contra el enemigo.

El sesentón rechoncho, que leía el periódico en el sillón que había junto a la ventana, levantó la vista y miró a su mujer por encima de las gafas.

Estoy harta sentenció ella. Avanzó hasta el hombre gesticulando. Harta, Doug, harrrrta... Habla con él. Haz que entre en razón... Y sé todo lo duro que haga falta... Así no podemos seguir.

Doug apartó el periódico y se rascó la incipiente calva en un gesto de “Señor, dame paciencia”.

¿Ahora quieres que sea duro? Llevaba años mordiéndose para no desencadenar una batalla conyugal de consecuencias imprevisibles.

Rosalyn meneó la cabeza con disgusto.

Ya dijo con retintín. Si de ti hubiera dependido, lo habrías puesto firme cuando aún llevaba pañales...

No se puede criar a un hijo sin normas, Rosalyn. Sin normas lo que sale es eso —dijo, señalando con un movimiento de cabeza la habitación donde dormía su hijo—: un vago redomado que sólo vale para limpiar carburadores y meter ruido con la moto.

—¡Para ti Dakota nunca ha hecho ni hará nada bien! —exclamó la mujer; sus ojos lo miraron, ceñuda por debajo del gorro impermeable que llevaba calado hasta las cejas—. Y, de acuerdo, es perezoso y muchas veces, un trasto, pero no es ningún inútil! Es muy hábil con esas motos. Entiende de mecánica y es inteligente... Y muy guapo —añadió de mala gana, como si una parte de ella regañara a la otra que no podía evitar lucir su orgullo de madre ante aquel innegable atributo de su único hijo.

Doug puso los ojos en blanco y reanudó su lectura. Aquella era otra de esas conversaciones que empezaban en un arrebato materno y acababan en nada.

—Pero... tienes razón —continuó Rosalyn, inesperadamente. El hombre volvió a mirar a su mujer—; se ha convertido en un vago, y ahora da igual de quién sea la culpa...

La mujer permaneció en silencio un instante. Conocía perfectamente a su marido; con él no había medias tintas. Y también conocía a su hijo; más que un vago redomado, era un rebelde consumado. De una conversación entre los dos... sólo Dios sabía que podía resultar.

Pero así no podían continuar.

—Habla con él, Doug —repitió, decidida.

Hacía tiempo, aquello le habría parecido una gran noticia. Quizás, cinco o seis años atrás habría celebrado tener la ocasión de hablar de hombre a hombre con su único hijo, y hacerlo con las bendiciones maternas.

Pero ahora eran otras circunstancias. Ya era demasiado tarde para enderezar a aquel muchacho.

Ahora sólo conseguiría que la distancia que los separaba desde que Dakota había salido de la pubertad se hiciera más grande.

Infinitamente más grande.

* * * * *

Tess volvió a dejar el móvil sobre el tocador y se sacudió el pelo húmedo tras quitarse la toalla con que lo sujetaba a modo de turbante. Las cosas se estaban desarrollando muy bien, mejor de lo que ella había esperado, pensó, mientras enchufaba el secador de pelo.

Antes de abandonar Boston, Gladys, su asistente, había conseguido hablar con la agente literaria de Diana Simmons. Ex-agente, en realidad, porque hacía años que había dejado de representarla -tantos como la escritora llevaba sin producir una obra nueva-. Aún así, lo políticamente correcto era iniciar el contacto a través de ella. Sophia Wallace se había comprometido a informar a su cliente de que la editora del nuevo sello romántico de Hartcourt Publishers estaba interesada en mantener una entrevista con ella. Ahora, apenas unos días después, Diana Simmons -seudónimo de Diana L. Austin, de los Austin de Texas- había dado luz verde a la entrevista para cuando Tess juzgara oportuno. Incluso había tenido el detalle de sugerir que ésta se desarrollara durante una de sus esporádicas estancias en la residencia familiar de Boston para que la editora no tuviera que trasladarse miles de kilómetros, al cuartel general de los Austin, el rancho ganadero donde Simmons vivía la mayor parte del año. Teniendo en cuenta que la mujer se había retirado del mundo tras el fatal accidente que la había dejado viuda, y que la propia agente le había advertido que no contara con despertar el interés literario de la escritora -estaba tan muerto y enterrado como su marido-, Tess había procurado no hacerse muchas ilusiones.

Naturalmente, que aceptara mantener la entrevista no significaba que también fuera a aceptar la propuesta que la motivaba, pero era un buen comienzo.

Tess observó complacida su propio rostro en el espejo. El cabello se arremolinaba bajo el potente chorro de aire caliente dándole un aspecto juvenil. Es que así se sentía, quince años más jóven. Feliz de poder ir en vaqueros y zapatillas (era un cambio agradable a su “uniforme de editora”, que no había cambiado con el ascenso de editora junior a editora senior). Feliz de estar en Londres. El zumo de naranja con que se desayunaba antes de ir a hacer footing le sabía a gloria, sólo porque era su madre quien lo preparaba.

Convertirse en la editora de Diana Simmons, pensó, y una sonrisa inmensa estuvo a punto de tragarse su cara. Devolverla al lugar de honor que le pertenecía por derecho propio, y que tras cinco años de ausencia aún seguía vacante, era más que una ilusión. Era un privilegio, y al mismo tiempo, un sueño que Tess había acariciado durante mucho tiempo.

¿Quién le habría dicho a aquella universitaria emocionada tras leer una novela de la entonces novel Diana Simmons, que quince años más tarde se reuniría con ella, esta vez como editora, para proponerle volver a publicar?

Con semejante estado mental, lo que le apetecía era sentarse en el jardín a disfrutar de un buen libro aprovechando que había salido el sol. Cogió móvil y el equipo rosa con pintitas barrosas, gentileza de su vecino “Melenita de oro”, y tras pasarse por el cuarto de la ropa sucia, atravesó el salón pequeño que daba al jardín posterior. Notó que la caja de herramientas estaba sobre la mesa camilla, pero allí no había nadie.

El móvil sonó justo en el momento en que Tess acomodaba el parasol sobre el sillón de teca del jardín. Miró la pantallita con una sonrisa, y respondió:

—Vaya, si es mi amigo, el locuaz...

A ocho mil kilómetros de Tess, el hombre afroamericano al que ella se había referido con un adjetivo tan gráfico, dejó caer su portentosa osamenta sobre la hamaca jamaicana y se desperezó con una sonrisa haragana.


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