Excerpt for La ciencia ficción de Isaac Asimov by Rodolfo Martínez, available in its entirety at Smashwords

La ciencia ficción de Isaac Asimov

Rodolfo Martínez


Copyright © 2012, Rodolfo Martínez


Primera edición: enero, 2012

© 2012, Juan Miguel Aguilera por la ilustración de cubierta


ISBN: 978-84-939203-4-0


SPORTULA

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Este libro es para tu disfrute personal. Nada te impide volver a venderlo ni compartirlo con otras personas, por supuesto, y nada podemos hacer para evitarlo. Sin embargo, si el libro te ha gustado, crees que merece la pena y que el autor debe ser compensado recomiéndales a tus amigos que lo compren. Al fin y al cabo, no es que tenga un precio exageradamente alto, ¿verdad?


This ebook is licensed for your personal enjoyment only. Nothing prevents you from re-selling it or sharing it with other people and, of course, there is nothing we can do about it. However, if you liked the book and you think and the author must be compensated, please, tell your friends to buy it. After all, it does not have an unrealistically high price, don’t you think?.

Contenido


Prólogo

Primera Parte: El lector omnívoro

Segunda Parte: El escritor en ciernes

Tercera Parte: Saltando a la piscina

Cuarta Parte: Del cuento a la novela

Quinta parte: Las obras de madurez

Sexta Parte: La travesía del desierto

Séptima Parte: La vuelta a casa

Epílogo


Apéndices

Un ranking personal

Los apócrifos

Asimov en España

Bibliografía de ciencia ficción de Isaac Asimov


Sobre el autor


Sportula

Prólogo


Imagínate, amable lector, que eres un niño de nueve o diez años. Desde que aprendiste a leer, hará unos cinco, devoras cuanto cae en tus manos. Al principio, por supuesto, tebeos, y luego esas ediciones «recortadas» para niños de clásicos de la literatura universal.

Quieres más, aunque no sabes muy bien qué.

Ves que tu padre lee libros con vistosas portadas en las que a menudo hay un término que te llama la atención: «ciencia ficción». No sabes qué es eso, pero presientes que puede ser interesante. Tienes la impresión, sin embargo, de que eso es «lectura para adultos» y es posible que no te dejen acercarte a ello, así que decides no pedir permiso, pillas uno de esos libros a hurtadillas y empiezas a leerlo.

Y lo que lees supera todas tus expectativas. Cierto que no terminas de entender algunas cosas, pero lo que entiendes atrapa tu imaginación y no eres capaz de abandonar la lectura.

¿El resultado?

Tu padre te pilla leyendo el libro. Sonríe y dice algo como «Así que te interesa esto. Vale, mañana te traigo algo».

Y, tal como ha dicho, al día siguiente te viene con tres libros. Y, cuando los devoras te trae tres más. Y, poco a poco, te vas volviendo adicto a esos libros. Quieres más, cada vez más.


El niño, evidentemente, era yo. El libro que cogí a hurtadillas era una de esas Selecciones que Carlo Frabetti hacía para Bruguera a partir de material publicado en The Magazine of Fantasy and Science Fiction (conocida generalmente como F&SF).

Los libros que mi padre trajo al día siguiente estaban firmados por un tipo de apellido claramente ruso y se llamaban Selección 1, Selección 2 y Selección 3. Eran, tal como supe años después, la edición española de The Early Asimov, una recopilación de sus relatos primerizos, que años más tarde sería reeditada por Alamut en un solo volumen bajo el título de El joven Asimov.

Primerizos o no, me fascinaron. Y, casi tanto como los relatos, lo hicieron las introducciones que los acompañaban, donde Asimov hablaba de sí mismo, de su vida y de sus primeros pasos en el mundo de la ciencia ficción americana.

Desde entonces han pasado más de treinta y cinco años. Para mí y para el resto del mundo.

Durante un tiempo (la juventud tiene esas cosas) Asimov fue para mí un gigante, el mejor sin discusión en su campo.

Luego, influido quizá por la ola antiasimoviana que sacudió a los aficionados españoles (una reacción, quizá, al hecho de que, en un tiempo donde se publicaba poca ciencia ficción, casi toda era de Asimov) llegué a pensar en él como un autor menor y moderadamente interesante. Un tipo que me caía bien (me gustaba su forma de ver el mundo y compartía algunas de sus opiniones) pero que tampoco era nada del otro mundo como escritor.

Por suerte, los años pasan, uno va ganando en perspectiva y aprende a situar las cosas en su sitio, o eso espero.

No, Isaac Asimov no es el mejor escritor del siglo XX, eso salta a la vista. Ni siquiera es el mejor escritor de ciencia ficción. Sin embargo, sí que es un buen escritor, en ocasiones un excelente escritor y su obra está plagada de hitos no precisamente desdeñables. Tanto en el campo de la novela como en el del relato fue capaz de pergeñar unas cuantas cosas memorables y es justo, me parece, situarlo como uno de los grandes en su campo… y en su tiempo.

Podría añadir que ideológicamente cada vez me siento más cercano a él, pero eso sería quizá tema para otro libro.

En el que ahora nos ocupa intentaré dar un repaso, lo más amplio y a fondo posible, a su carrera como escritor de ciencia ficción. Una actividad que, cierto es, fue reduciéndose con el tiempo hasta convertirse en una parte más bien insignificante de su obra, pero que nunca abandonó del todo y que volvió a convertirse en su actividad principal (hay que aclarar que no del todo por su voluntad) en los últimos años de su vida.

Son más de cincuenta años escribiendo ciencia ficción. No de un modo regular, ni en cantidad ni en calidad, pero sí lo bastante para ser una de las figuras dominantes del género (ya fuera un modo positivo, ya negativo) durante toda su vida.


Asimov fue mi primer amor literario, como bien saben los que me conocen. Fueron sus cuentos, sobre todo, los que despertaron la imaginación del niño inquieto e introvertido que yo era y le abrieron horizontes que desconocía. Entre ellos, la posibilidad de no limitarse a leer e intentar también escribir.

Siempre me he sentido en deuda con él. Y a lo largo de los años he ido buscando la manera de pagarla, aunque soy consciente de que eso está condenado al fracaso.

Cuando empezaba a escribir, con doce o trece años, intenté continuar su Trilogía de las Fundaciones antes de que él mismo lo hiciera. Más tarde, llegué a escribir algún cuento de robots donde usaba sus famosas tres leyes de la robótica. Incluso conseguí publicar algunos, como fue el caso «El robot» y «Los celos de Dios».

Y, por el camino fui escribiendo, aquí y allá, algunos artículos sobre su obra.

Siempre sentí, sin embargo, que merecía más. Que un puñado de artículos contando esto o explicando lo otro no eran suficientes.

Así que me temo que estaba condenado a embarcarme en este libro. Un libro que no pretende ser objetivo, pero que intentará analizar con un cierto rigor la obra de Asimov, atendiendo sobre todo a criterios literarios, pero sin olvidar otros. Resaltando lo que encuentro de bueno y de notable en su obra, pero sin callar lo que me parece malo o mediocre.

No es una biografía, aunque hablaré de su vida allí donde me parezca pertinente para comprender su obra.

Tampoco es un texto académico, eso es evidente, ni tengo el menor interés en que lo sea.

¿Es la obra de un fan? Supongo que sí. Lo contrario sería absurdo. Al fin y al cabo, qué sentido tiene dedicar meses de tu vida a escribir un libro para hablar de un autor por el que no sientes el menor aprecio. No sé, quizá en otros ámbitos eso sea incluso razonable; pero el mundo en el que yo vivo me parece estúpido.

Como he dicho, no pretendo ser objetivo. No creo en la objetividad. Tampoco voy a ser imparcial. Desde el momento en que afirmo sentir admiración y afinidad por el objeto de mi estudio, poca imparcialidad puede haber.

Lo que no haré será cerrar los ojos. Tanto para lo bueno como para lo malo.

Si lo he conseguido no, tendrás que decidirlo tú, amable lector.


Rodolfo Martínez

Gijón,

Diciembre 2007

Primera Parte

El lector omnívoro

1

El paraíso es una tienda de golosinas


El primer trabajo publicado de Isaac Asimov no fue un texto de ciencia ficción, sino un breve relato humorístico titulado «Hermanos pequeños» destinado a la revista del instituto.

Hay poco de memorable en ese trabajo. Está escrito por un joven entusiasta, deseoso de impresionar y que quizá apunta buenas maneras. Tiene soltura con el lenguaje y una cierta facilidad para narrar. Por lo demás, el texto es la obra primeriza de un joven que aún no ha encontrado su camino y no tiene claro qué cosas funcionan y cuáles no en lo que escribe. Y, como ocurre a menudo cuando uno empieza a escribir, confunde los cultismos con la cultura.

Es interesante, sin embargo, por otro motivo. En cierto momento Asimov se describe a sí mismo paseando el cochecito de su hermano pequeño, con una mano en el manillar y la otra ocupada por un ejemplar de Los tres mosqueteros de Dumas.

Esa imagen de un Asimov infantil dedicando cada instante de su tiempo libre a la lectura es clave para comprender al escritor que acabaría surgiendo de ahí.

Porque Asimov fue un lector voraz desde que aprendió a leer y no tardó en convertirse en asiduo de cuantas bibliotecas públicas hubiera a su alcance. Era, también, un lector omnívoro y sin criterio, que se fue abriendo paso por sí mismo a través de lo que leía, sin nadie que lo guiara.

Así, devoró por igual buena literatura y basura infecta y, poco a poco, fue encontrando su propio gusto. Se puede discutir si fue un gusto correctamente educado o no. Sin duda, como pasa con cualquier lector autodidacta, hay entre sus preferencias cosas que harían arrugar la nariz de desagrado a una persona que haya adquirido su cultura de un modo más convencional. Y, desde luego, entre las preferencias de una persona que haya adquirido su cultura de un modo más convencional, hay cosas que le harían arrugar la nariz de desagrado a Asimov. ¿Cuál de los dos tiene razón?

Ninguno. Ambos, seguramente.

Pronto surgieron varios amores literarios. Su pasión por la historia, por ejemplo, aparece bastante temprano en su vida, cuando siente curiosidad por conocer los hechos reales que hay tras los mitos que narraba Homero. Su amor por Shakespeare también surge entonces.

Y, especialmente, su gusto por la literatura inglesa decimonónica. Un gusto que, aunque él no sería consciente de ello hasta mucho después, marcaría su forma de encarar la literatura como escritor. En la última mitad del siglo XIX los escritores ingleses desarrollan una prosa que, alejada de virtuosismos verbales y pirotecnia expresiva, se convierte en algo funcional, por encima de todo. Un modo de contar en el que la eficacia narrativa prima sobre el puro placer estético.

A Asimov eso lo marcaría de un modo indeleble y, con el tiempo, y de una forma inconsciente al principio, iría desnudando su propio estilo de todo lo accesorio hasta obtener esa forma desnuda, casi minimalista de narrar, que acabaría convirtiéndose en una de sus marcas de fábrica.

En esa desnudez estilística, la ironía encaja como anillo al dedo, algo que P. G. Woodhouse ya había sabido ver en su tiempo y que Asimov también terminará usando. Cuando, en una de sus introducciones a una recopilación de relatos de los Viudos Negros, reconoce haberse inspirado en el Jeeves de Woodhouse para crear a Henry, el camarero del club, no es quizá consciente de que también está usando la ironía distante, elegante y sobria del escritor inglés, y que ha hecho suya esa forma de narrar casi sin darse cuenta.

Pero eso estaba aún a varios años en el futuro. Por aquel entonces Asimov no era más que un niño que pasaba buena parte de su tiempo leyendo, cuando no estaba en el colegio o entregado a otras tareas de las que no podía librarse. A veces incluso entonces, como hemos visto en su descripción de sí mismo tirando del cochecito de su hermano.

Luego, un día, todo cambió.

Tras probar varios negocios sin demasiado éxito, el padre de Asimov abrió una tienda de golosinas, algo no muy distinto del característico kiosco español en el que lo mismo puedes encontrar la prensa, algunas revistas, tabaco o caramelos. La tienda proporcionaba unos ingresos que, si bien no daban para hacerse ricos, eran constantes y regulares y mantuvieron a la familia Asimov a salvo de las peores consecuencias de la Gran Depresión. Nunca faltó un plato a la mesa ni un lugar dónde vivir.

A cambio, la tienda tenía varias servidumbres. Una era que había que ocuparse de ella casi durante todo el día. Abrir muy temprano y cerrar muy tarde. Y en mayor o menor medida, toda la familia tenía que colaborar en el sostenimiento del negocio.

Así que Asimov pasaba buena parte de su tiempo libre atendiendo la tienda de su padre. Cuando no estaba en el colegio, estaba tras el mostrador.

Él no lo sabía, pero aquello cambiaría su vida por completo.

Como niño que era y, por tanto, poseedor de una tarjeta infantil de biblioteca, el número de libros que podía sacar al mes era limitado. La consecuencia era que se los leía todos enseguida y pasaba el resto del tiempo buscando más que cosas que echarse al coleto.

No tardó en recorrer la tienda de su padre buscando nuevas cosas que leer.

Estaba de suerte, porque vivía en la época de florecimiento de las revistas pulp. Se llamaban así por el papel que usaban, hecho con la pulpa de la madera y, por tanto, de una calidad ínfima. Con el tiempo, el término pulp acabó derivando su significado del continente al contenido y se usó para definir con él una literatura popular, de consumo rápido y, según la intelectualidad de la época, de escaso interés y menor calidad.

Bueno, todo el mundo tiene una opinión, que diría Harry el Sucio.

Sin duda la mayor parte de la literatura pulp era lo que acabo de describir e intentar leerla hoy en día sin que se te caiga de las manos (probad, probad a leer una novela de La Sombra o de Doc Savage a ver qué pasa) es un esfuerzo casi heroico. No es menos cierto que lo pulp sirvió de caldo de cultivo para un grupo de escritores no despreciables, y casos como el de Dashiell Hammett o Raymond Chandler en el campo de lo policiaco son paradigmáticos. Al igual que lo fueron un puñado de autores de ciencia ficción, Asimov entre ellos.

Y sí, era una literatura escrita de prisa, que se leía de prisa y que estaba llena de clichés y estereotipos. No muy distinto del folletón decimonónico, si nos paramos a pensarlo y, en cierto modo, heredero suyo: literatura eminentemente popular, destinada a un público sin demasiada cultura y hambriento de que lo entretuvieran sin tener que esforzarse demasiado.

Y sin duda los pulp cumplían esa función, como la habían cumplido los folletones, como la cumplirían poco después los seriales radiofónicos y cinematográficos y, algunos años más tarde, la televisión.

De hecho, la televisión fue la que dio el beso de la muerte a la literatura pulp. Casi todas esas revistas languidecieron tras la Segunda Guerra Mundial y con la llegada de la «caja tonta» terminaron de morir: la televisión producía un entretenimiento más inmediato y que exigía menos esfuerzo aún, y la literatura popular no pudo competir con ella.

Con una excepción. La mayor parte de los pulp desaparecieron, pero no así las revistas de ciencia ficción, que conocieron un curioso florecimiento en los años cincuenta y hasta empezaron a ser editadas con cierta calidad.

Asimov no podía saber nada de todo aquello, aún a varios años en el futuro. Ignoraba que el destino había caído sobre él y le había puesto el dedo en la frente. Sólo sabía que en la tienda de su padre había material de lectura y ansiaba leerlo.

Su padre se opuso al principio. Él mismo era lector de pulps, pero no quería que su hijo los leyese. Los consideraba basura para iletrados y aspiraba a que su hijo fuera otra cosa, algo mejor, alguien con una educación superior. Así que Asimov se perdió buena parte de la literatura más popular de aquella época: ni las aventuras de la Sombra ni las peripecias de doc Savage formaron parte de su bagaje infantil, por no mencionar los violentos relatos policiacos que asomaban en publicaciones como Mask o los oscuros y alambicados cuentos de terror que poblaban Weird Tales.

Para cuando pudo leer todo eso sin el permiso paterno ya estaba enganchado a otra cosa y no le afectó demasiado.

Una de las revistas de ciencia ficción no parecía tan pulp como las otras: tenía cantos suaves y un formato algo mayor, lo que a los ojos del padre de Asimov la hacía parecer más «respetable». Esgrimiendo eso y armado con la palabra «ciencia» que aparecía en la portada de la revista, Asimov logró por fin el permiso paterno.

Empezó a leer.

Y desde aquel momento, su vida cambió para siempre. Siguió siendo un lector omnívoro y devorando cuanto encontraba en las bibliotecas, pero desde aquel día su corazón perteneció a la ciencia ficción.

Pasó el tiempo. Iba a clase, volvía y se encargaba de la tienda. Y, si había suerte y el negocio estaba flojo, se tiraba la tarde leyendo aquellas revistas de ciencia ficción una tras otra, atrapado cada vez más por el género literario que, a la larga, acabaría identificándolo y al que dedicaría buena parte de su vida.

Las revistas pulp tenían otra característica. A menudo incluían cartas de los lectores donde éstos discutían los números anteriores y hablaban de lo que les gustaba y lo que no. Asimov descubrió de ese modo que no estaba solo y que incluso allí mismo, en Nueva York, había otros como él que leían aquellas revistas. Y que a veces se reunían y quedaban para hablar de la literatura que les gustaba.

Lo que luego sería llamado el fandom americano estaba naciendo.

Años más tarde, Asimov describió cómo sería para él el paraíso: estar atrapado dentro de uno de los kioscos del metro, con las persianas bajadas y las luces encendidas, leyendo sin parar hasta el fin de los tiempos todas las revistas de ciencia ficción de todo el mundo, de todas las épocas.

En realidad, Asimov pasó buena parte de su infancia y adolescencia en ese paraíso, o en una versión de él: la tienda de golosinas de su padre.

Segunda Parte

El escritor en ciernes

2

De lector a escritor


De niño Asimov no tenía demasiados amigos. No tenía muchas oportunidades para hacer vida social. La tienda de golosinas, que lo mantenía a salvo de la pobreza, también lo tenía ocupado buena parte de su tiempo libre.

Entre sus escasos amigos había uno que destacaba sobre los demás. A menudo hablaban de los libros que habían leído, pero Asimov sospechaba que su amigo Sol hacía algo más: se inventaba sus propias historias y se las contaba a los otros.

Fue como una revelación. Todo aquello que él leía venía de alguna parte. Alguien pensaba en ello, alguien inventaba aquellas narraciones y luego las escribía para que los demás las leyeran.

Aquello no hizo que Asimov desease convertirse en un escritor, pero fue sin duda un primer paso importante.

En realidad, empezó a escribir con un propósito mucho más ingenuo. Tenía que devolver tarde o temprano los libros que leía, así que se le ocurrió que podía copiarlos y así poder releerlos cuando quisiera.

No tardó en darse cuenta de que aquello era imposible. Luego, debió recordar a su amigo Sol, y el modo en que éste se inventaba las historias y todo encajó en su cabeza.

Empezó a escribir, sin ningún plan preconcebido y sin saber hacia dónde iba aquello que escribía. Cuando su padre lo vio y le preguntó qué hacía, Asimov se lo dijo. Su padre no respondió, pero debió quedar impresionado, porque poco después le consiguió una máquina de escribir.

Así, con dos dedos, empezó a mecanografiar lo que antes había emborronado sobre el papel. No tardó en aprender a escribir con los diez dedos (tras una amenaza paterna de quitarle la máquina si no lo hacía como era debido) y así pasó varios años: improvisando historias que nunca llegaban a ninguna parte y que jamás terminaba.

Entretanto, las revistas de ciencia ficción seguían floreciendo. Y lo que había tras sus páginas cambiaba.

Al principio, buena parte de aquellos relatos eran poco más que westerns espaciales y, de hecho, uno de los subgéneros más conocidos de la ciencia ficción, nacido por aquella época, llevaba aquella tendencia a curiosos extremos. Fue lo que se llamó space opera, término que surgió con cierto toque despectivo, pues estaba creado a partir de soap opera, que es como se llamaba a los culebrones radiofónicos (y posteriormente a los televisivos), buena parte de ellos patrocinados por fabricantes de jabón (soap).

El space opera presentaba gigantescos escenarios que abarcaban varias galaxias, multitud de especies extraterrestres, imposibles imperios galácticos y viajes a velocidades vertiginosas por todo el universo. Era aventura en estado puro.

Los componentes científicos del space opera eran bastante de pacotilla, algo que compartía con buena parte de la ciencia ficción de la época, y narrativamente no eran gran cosa. Despertaban, ciertamente, eso que se ha llamado luego «sentido de la maravilla», pero más por los escenarios que planteaban, que porque sus autores supieran explotar adecuadamente esos escenarios.

E. E. «doc» Smith era por aquel entonces el rey del space opera. Y, poco después, en las páginas dominicales de los periódicos reinaría lo que sin duda es el space opera más famoso de todos los tiempos: Flash Gordon, el cómic creado por Alex Raymond. El cómic de Raymond ha sobrevivido a su época y está considerado, de hecho, una de las obras maestras del cómic; no así las novelas de Smith, que leídas hoy son plomizas y pesadas. El interés que puedan despertar hoy en día, más allá de la pura nostalgia, es más histórico que literario.

Pero el space opera tenía los días contados como rama dominante de la ciencia ficción de la época (aunque conocería un florecimiento posterior, radicalmente transformado). Hubo cambios en la dirección de las revistas de ciencia ficción y los nuevos directores empezaron a imponer unos ciertos criterios de calidad. Ya no valía todo y, aunque al principio el cambio no se notó demasiado, no tardaría en ser claramente perceptible.

F. Orryn Tremaine supo aglutinar un buen grupo de escritores a su alrededor y, cuando poco después llegó John W. Campbell Jr. y lo sustituyó como director de Astounding Science Fiction, tenía el campo abonado para que los autores le dieran lo que quería.

Era algo muy sencillo, en realidad. La ciencia que apareciese en los relatos debía tener unas bases sólidas y partir de ciencia real. Y al mismo tiempo, las historias deberían ser historias consistentes y tenían que estar narradas con un mínimo de buen hacer. Buena ciencia y buena ficción combinadas para que el género diera un salto cualitativo importante.

Asimov siguió todo eso como lector. Lector silencioso al principio, pero pronto como fan activo. No podía ir a las reuniones que el entonces embrionario fandom empezaba a celebrar, pero sí que podía escribir a las revistas dando sus opiniones sobre lo que leía. Y algunas de sus cartas fueron publicadas y su nombre empezó a sonar entre la comunidad de aficionados de Nueva York.

Finalmente, un grupo decidió celebrar una reunión e invitaron a Asimov a unirse a ellos. Consiguió el permiso paterno y acudió y fue como encontrarse en el cielo. Aquellos eran los suyos. Al fin había llegado a casa.

Aquella asociación se llamó los Futurianos; y escritores como Frederick Pohl o Cyril Kornbluth formaban parte de ella. Asimov nunca se llevó muy bien con Kornbluth, quien parecía encontrar molesta su jovial extraversión, pero sí que hizo enseguida buenas migas con Pohl, y eso dio inicio a una amistad que se mantuvo durante el resto de su vida.

Aquella reunión animó al joven Asimov a seguir escribiendo. Tomó el relato que tenía entre manos, al que había titulado «Tirabuzón cósmico», consiguió rematarlo y decidió enviarlo a una revista.

¿A cuál?

En realidad, en su mente, sólo había una posibilidad. Campbell había desembarcado, como hemos dicho, en Astounding, y estaba sacudiendo los cimientos del género con sus dos sencillas exigencias. Su revista destacaba con claridad sobre las otras y allí fue donde Asimov dirigió sus miras.

Fue su padre quien lo convenció para que llevara su manuscrito en persona. Carentes ambos de experiencia en esos terrenos, les pareció que era la forma adecuada de hacer las cosas.

Así, con su manuscrito bajo el brazo, muerto de miedo y vestido con sus mejores ropas, Asimov tomó el metro y fue hasta las oficinas de Street & Smith Publications, editores de Astounding.

Tenía diecinueve años.

Para su sorpresa, descubrió que no era un completo desconocido. Al fin y al cabo, le habían publicado algunas cartas y, de hecho, había otra suya preparada para salir en el próximo número. Campbell lo recibió, aceptó el manuscrito y luego charló cordialmente con el nervioso joven durante largo rato.

Cuando Asimov volvió a casa no se lo podía creer. Y cuando, unos días más tarde, recibió el relato por correo con una nota de rechazo adjunta, no se sintió mal por ello.

Campbell se había tomado la molestia de explicarle al joven qué estaba mal en el cuento, por qué no funcionaba y cuáles eran sus principales defectos. Y lo animaba a presentar más material en el futuro.

Aquello era casi tan bueno como una aceptación y tuvo como consecuencia que Asimov se pusiera inmediatamente a trabajar en nuevos relatos de ciencia ficción.

Su objetivo era acabar apareciendo en las páginas de Astounding. Tardaría aún un poco, pero acabaría lográndolo.

3

Algo que se cura con la edad


No hay manera de saber cómo eran los textos que Asimov escribía por aquella época. Casi todos los manuscritos se han perdido y lo único que sabemos de ellos es lo que el propio autor nos ha contado.

«Tirabuzón cósmico», por ejemplo, planteaba un universo en el que el tiempo era una especie de hélice. Siguiendo las evoluciones de la hélice era posible pasar de una época a otra. Poco más se sabe de esta historia, la primera que Asimov intentó vender, aunque puestos a especular podríamos afirmar que quizá en ella teníamos, en un estado muy embrionario, algunas de las ideas que años después pasarían a su novela El fin de la Eternidad.

Como he dicho, es una simple especulación, basada únicamente en el hecho de que ambas historias trataban los viajes en el tiempo. Pero no me parece descabellada. Es habitual que buena parte de los temas y motivos que un escritor trata en su etapa profesional surjan en embrión durante la fase de aprendizaje.

El escritor en ciernes aún no tiene las herramientas adecuadas para tratar algunas ideas como se merecen, pero si éstas son lo bastante poderosas quedarán guardadas en su memoria y, tarde o temprano (con las inevitables deformaciones que los años y la experiencia traerán) pueden acabar saliendo de nuevo a luz. Para entonces es posible que el escritor ni siquiera recuerde cuál fue el germen de la idea.

Como digo es algo frecuente y bien pudiera ser «Tirabuzón cósmico» un lejano precedente de El fin de la Eternidad. Es algo que nunca sabremos, en cualquier caso.

Sí que conocemos uno de los relatos que Asimov escribió en esa época y que nunca logró vender. Él mismo lo creía destruido hasta que años después un admirador lo encontró en la Universidad de Boston, en el espacio que ésta tenía para archivar, entre otras cosas, los manuscritos asimovianos.

Se trataba de «Caza mayor», y Asimov lo recuperó y lo incorporó a su antología Antes de la Edad de Oro, destinada a recopilar algunas de las narraciones que más lo influyeron cuando era un joven lector de ciencia ficción.

Lo mejor que se puede decir del cuento es que es breve. Por lo demás, no aporta gran cosa en casi ningún aspecto, más allá de ver a Asimov probando quizá por primera vez una fórmula literaria que, con el tiempo, llegaría a ser una de sus predilectas: varios personajes reunidos alrededor de otro que es quien les narra la verdadera historia.

Es un tipo de relato habitual en la ciencia ficción (Arthur C. Clarke lo cultivó con cierta fortuna en Cuentos de la taberna del Ciervo Blanco y Angélica Gorodisher consigue con él esa maravilla que es Trafalgar) y que, como he dicho, se acabaría convirtiendo en uno de los favoritos de Asimov. No sólo en sus cuentos de los Viudos Negros, sino también en los del Union Club o incluso en los relatos de Azazel.

Por lo demás, el cuento no pasa de ser una especie de historia-puzle en la que, mediante un retruécano más o menos logrado, se pretende resolver el enigma de la extinción de los dinosaurios y, de paso, lanzar una advertencia moral sobre nuestro propio destino.

Todo ello narrado de una forma poco sutil y lanzándoselo a la cara del lector casi como si le diera un bofetón.

Con el tiempo, Asimov aprendería la importantísima lección de que la intención moral de la historia nunca debe ser evidente para el lector o, en todo caso, debe estar bien integrada en el fluir narrativo del relato. O, como le dijo uno de sus editores: «Si no puedes resistir la tentación de moralizar con tu público, hazlo al menos de un modo disimulado.»

La historia es interesante por otro motivo. Es un ejemplo perfecto de lo que apuntaba antes: buena parte de las ideas del relato, e incluso del entorno, acabarían pasando con posterioridad al cuento «El día de los cazadores», que Asimov publicaría en 1950, algo más de diez años después de haber escrito «Caza mayor».

Un único relato es poco para poder analizar las características principales de ese Asimov pre-publicado, pero si comparamos «Caza mayor» con algunos de los primeros relatos que consiguió vender, la diferencia no es muy grande. Evidentemente, los sucesivos rechazos (especialmente los de Campbell, quien siempre se tomó la molestia de explicarle a Asimov por qué no publicaba sus historias) lo van ayudando a pulir algunos de sus defectos más notorios y para cuando logra que le compren su primer cuento lo que vemos es un escritor que aún está dando sus primeros pasos y que, aunque lo hace un modo vacilante y cometiendo errores, parece tener clara la dirección en la que va.

El mayor defecto como escritor en el Asimov de esa época no es tanto el hecho de que aún utilice un lenguaje extraído de los pulp o que use parte de sus clichés (que sin duda lo hace) sino, principalmente, su falta de experiencia vital. Como muchos escritores jóvenes, comete el error de intentar describir situaciones humanas que no ha vivido por sí mismo y que sólo conoce de oídas, con lo cual algunas de sus escenas resultan estereotipadas y, en algunos casos, un poco forzadas. En «Caza mayor», por ejemplo, intenta reproducir una conversación de bar y, en cuanto leemos dos párrafos, se nos hace evidente que el autor no ha pisado un bar en su vida.

Es un rasgo que comparte buena parte de sus primeros relatos publicados, como veremos a continuación.

Tercera Parte

Saltando a la piscina

4

El primer chapuzón


Su primer cuento publicado es «Aislados de Vesta», que aparece en el número de marzo de 1939 de Amazing Stories.

Un par de meses después publica «El arma demasiado terrible para ser usada» en la misma revista.

Y finalmente consigue el objetivo que buscaba desde un principio: aparecer en las páginas de la Astounding de Campbell con «Opinión pública».

Y, en realidad, en su fuero interno Asimov consideraba su tercer relato vendido como su primera publicación «de verdad». Por un lado se sentía bastante insatisfecho con los otros dos relatos (se los había presentado a Campbell y éste los había rechazado) y, por el otro, era consciente de que el nivel de calidad y exigencia de una publicación no era comparable a la otra.

Sin embargo, quizá fue buena cosa que su nombre apareciera previamente en letras de imprenta antes de que Campbell le aceptase un cuento. Es probable que, vistas sus tendencias, Campbell hubiera insistido en que Asimov hubiese usado algún seudónimo que sonase anglosajón, idea que a Asimov le horrorizaba. Para cuando Campbell decide publicarle, su nombre ya ha aparecido previamente en la competencia y el editor de Astounding asume sin problemas que lo use.

Tal vez, después de todo, no habría pasado nada y Campbell no habría insistido en ningún seudónimo, pero era un temor que tenía a Asimov bastante intranquilo y que no estaba del todo injustificado.

Por aquella época, lo étnico no estaba muy bien visto. Los héroes de los pulp debían ser invariablemente blancos y de origen anglosajón o germánico. Las minorías étnicas estaban presentes únicamente para dar carta de naturaleza a los clichés sobre ellas: los latinos vagos, los judíos avaros, los negros torpes y malintencionados, los franceses poco fiables…

De hecho, el propio Asimov perpetuó algunos de esos estereotipos en sus primeros relatos y sus héroes son invariablemente americanos de origen inglés.

Como sea, consigue publicar con su propio nombre estos tres primeros relatos y, a partir de ese momento, empieza a ser familiar para los aficionados al género. No se le considera uno de los grandes (como sí pasó con Heinlein prácticamente desde su primera historia publicada) pero sí alguien cuyas historias no están mal.

Eso cambiará con el tiempo, claro, pero ya hablaremos de ello en su momento.

Entretanto, Asimov acaba de lanzarse a la piscina y está aprendiendo a nadar a medida que lo hace.

Porque estamos ante tres cuentos claramente primerizos. Sin duda el mejor de ellos es «Opinión pública», y no es sorprendente que Campbell rechazara los otros dos.

Tanto «Aislados de Vesta» como «El arma demasiado terrible para ser usada» son relatos que no terminan de funcionar.

El primero plantea un enigma interesante y lo resuelve de un modo inteligente, inaugurando otro de los tipos de historias favoritas de Asimov: lo que podríamos llamar el cuento-puzle. Pero la historia que rodea el enigma está llena de clichés, los personajes son acartonados en sus actitudes y, en general, rebosa un cierto aire de amateurismo. Pese a todo, no es un mal cuento si tenemos en cuenta que es su primera publicación. Como tarjeta de presentación ante los lectores no deja una impresión imborrable, pero sí resulta lo bastante interesante para animarlos a leer más cosas de ese autor.

Mucho peor es «El arma demasiado terrible para ser usada», desde el larguísimo título hasta la historia llena de estereotipos de lo más cutre del pulp. Frederick Pohl le hizo en su momento a Asimov una crítica bastante demoledora (y certera) del relato y, de hecho, le vaticinó que Campbell lo rechazaría y le explicó por qué. Por un lado, esa arma tan terrible para ser usada era usada de hecho en el cuento, con lo que el título perdía todo sentido; por el otro, una vez destruida el arma, el final feliz que Asimov dibujaba carecía de sentido. Sin su amenaza, los terrestres no dudarían en lanzarse contra los venusinos.

«Opinión pública», por el contrario, es una historia relativamente madura para el Asimov de esa época. Presenta por un lado una historia bastante curiosa y poco habitual en él: una reacción social adversa ante los viajes espaciales. Aún está escrita en un tono con resonancias pulp y tiene sus clichés por aquí y por allá, pero en general el relato está sorprendentemente bien llevado y los personajes funcionan mejor que en los dos cuentos anteriores. Se nota que los consejos de Campbell van dando su fruto.

Había pasado menos de un año desde que un nerviosísimo Asimov fuera a las oficinas de Astounding con su manuscrito bajo el brazo. Y no sólo había conseguido su objetivo de publicar en la revista, sino que había vendido dos cuentos más a otra publicación.

Aún le quedaba mucho camino por recorrer, es cierto, pero parecía estar en la dirección correcta.

5

Aprendiendo a nadar


A lo largo de 1938 y 1939 Asimov había escrito un buen puñado de cuentos. Consigue publicar tres de ellos en el 39, como hemos visto en el capítulo anterior. Y, con eso, se abre un hueco en el mercado editorial de la época.

Que tampoco era para tirar cohetes. Aunque Asimov, probablemente, los tiró. Y quién no.

Al fin y al cabo, tenía motivos para estar contento, incluso entusiasmado; acababa de dar un primer paso importante y nada despreciable: había conseguido publicar de forma retribuida. Estaba en el camino adecuado para llegar a convertirse en escritor profesional. Seguramente, aquella idea no pasaba de ser un sueño loco en la mente del jovencísimo Asimov, pero era un sueño que sin duda estaba allí, una meta que tal vez se revelase como inalcanzable pero que ya no era del todo descabellada.

Así que siguió escribiendo, y siguió probando a enviar sus relatos a las distintas publicaciones de la época. En mente tenía volver a aparecer en las páginas de Astounding, que estaba empezando a convertirse en la revista dominante de aquel período, pero eso no significaba que, entretanto, estuviera ocioso.

En 1940 Asimov publicó siete relatos. Lo cual no está nada mal para un joven recién llegado cuyos tres primeros cuentos publicados no son precisamente una maravilla. Como mucho, prometedores y con ideas interesantes.

De hecho, algunos de los cuentos que publica ese año no son mucho mejores: «La amenaza de Calixto», que aparece en el número de abril de Astonishing Stories es un refrito de lugares comunes del pulp, tanto en lo que se refiere a los personajes como a las situaciones.

«Un anillo alrededor del sol», aparecido un mes antes en Future Fiction, es un intento bastante chapucero de escribir ciencia ficción humorística. El cuento es interesante porque los personajes principales (dos intrépidos pilotos de pruebas) son, en cierto modo, los embriones de lo que enseguida serían Powell y Donovan, los dos testadores de robots que no tardarán en convertirse en protagonistas de varios cuentos de Asimov. Por lo demás, el relato apenas reviste interés.

En «La magnífica posesión» vuelve a intentar escribir un cuento humorístico. Por desgracia, el resultado no pasa de ser un chiste fácil demasiado alargado.

En «Mestizos» el joven Asimov introduce por primera vez una historia de amor. ¿El resultado? No diremos que desastroso, pero sin duda tan poco creíble como la conversación de bar en la que pretendía ambientar «Caza mayor». Y por el mismo motivo.

Asimov carece prácticamente por completo de experiencia sentimental. Así que cuando tiene que describir una historia de amor echa mano de lo que conoce: por desgracia, lo que conoce es la literatura pulp, y el romance que introduce en «Mestizos» remite de nuevo a sus peores momentos. Si a eso añadimos una premisa narrativa no exenta de interés en lo ideológico, sobre todo por su evidente anti-racismo, pero desarrollada de un modo bastante obvio y carente de sutileza, es fácil llegar a la conclusión de que tampoco este relato es una de las cumbres de la narrativa asimoviana.

El resultado de su continuación, «Mestizos en Venus», no es mucho mejor. De hecho, podríamos decir sin temor a equivocarnos que es incluso peor. Con los mismos clichés del primer cuento y la misma torpeza para describir relaciones sentimentales, este relato sólo tiene interés porque fue el primer intento de Asimov de escribir una serie.

Intento fallido, evidentemente. Pero el impulso estaba ahí. Era un impulso, por otra parte, con una motivación más económica que creativa o artística. Las series de relatos, si eran bien recibidas por el público, podían convertirse en una forma de asegurarse la publicación continuada de material en la misma revista. Dado que ni «Mestizos» ni «Mestizos en Venus» tuvieron una acogida muy clamorosa por los lectores Asimov abandonó enseguida aquel intento.

No así la idea de escribir una serie, un grupo de relatos que compartieran un escenario común. De hecho, aquel mismo año de 1940 conseguiría publicar el primer cuento de lo que sería una de sus series más exitosas.

Otro de sus relatos de aquel año, «Homo Sol» (con el que vuelve a las páginas de Astounding), es también parte de una serie, aunque como serie es más bien exigua, ya que acabará compuesta de tan solo tres relatos.

Es uno de los pocos cuentos asimovianos donde existen varias especies inteligentes —todas ellas humanoides, eso sí— que comparten la Galaxia. El cuento está hecho a medida, como el propio Asimov reconoce, para John W. Campbell, director de Astounding: empezando por la avanzadísima federación galáctica que mira por encima del hombro a una Tierra menos desarrollada que ellos, y siguiendo por unos terrícolas cuyo ingenio y arrogancia pasan por encima de cualquier prueba y que acaban aventajando a otras especies en apariencia «superiores». Uno de los clichés habituales de la ciencia ficción más pulp y que a Campbell le gustaba usar con asiduidad (y que «sus» autores usasen también): la humanidad que le acaba dando sopa con ondas a especies más avanzadas gracias al ingenio y el espíritu de superación humano.

Un estereotipo racista, en realidad, del que Asimov era muy consciente (cuando Campbell decía «humanidad» estaba diciendo seguramente «hombre de origen anglosajón», para empezar, y a saber qué tendría en mente cuando pensaba en las avanzadas civilizaciones extraterrestres) y que, con el tiempo le haría sentirse cada vez más incómodo.

Es esa incomodidad lo que lo lleva a desarrollar algo que, andando el tiempo se convertiría en uno de sus rasgos más característicos: una civilización galáctica completamente humana. Algunos críticos de la época lo vieron como un rasgo original; otros, en cambio, lo criticaron como una falta de imaginación.

Ni una cosa ni otra, en realidad. A Asimov cada vez le iría costando más trabajo transigir con el racismo de Campbell. Al mismo tiempo mantenía una buena relación (tanto profesional como personal) con el editor de Astounding y el joven escritor no quería estropear ninguna de las dos.

La única forma de conservar la amistad con Campbell, seguir publicando en su revista y, al mismo tiempo, no traicionarse a sí mismo ideológicamente era hacer desaparecer el conflicto: si sólo había una especie inteligente en la galaxia, el problema dejaba de existir. (Un rasgo de la personalidad de Asimov que mantendría toda su vida: la huida de los conflictos. Algo que, en más de una ocasión, le pasaría factura).

Haciendo un chiste fácil y de dudoso gusto, podríamos decir que Asimov cometió un genocidio a escala galáctica para evitar un enfrentamiento con Campbell. Y, en cierto modo, David Brin y Greg Bear (cuanto menos hablemos de Gregory Benford y su papel en el asunto, mucho mejor) debieron pensar algo parecido. Cuando escriben sus respectivos libros de la nueva Trilogía de la Fundación, mencionan las naves colonizadoras robóticas cuyo objetivo es limpiar la galaxia de inteligencias no humanas para que el hombre, cuando se extienda por ella, sea el único.

Volviendo a «Homo Sol», es un cuento bastante más consistente que los otros que publica en 1940. Y, lo que no deja de ser curioso, mucho menos heredero de la tradición pulp que ellos. Es cierto que el cliché antes mencionado está presente a lo largo de todo el relato, pero no lo es menos que la historia está llevada de un modo creíble, con buen pulso y un más que aceptable manejo de la trama.

Por otro lado, es la primera vez que Asimov menciona la psicología como una disciplina regida por una serie de leyes matemáticas; no cabe duda de que estamos ante el embrión de lo que, en breve, se convertiría en la psicohistoria.

«Homo Sol» es, probablemente, el mejor cuento que Asimov publica ese año. Aún es, en muchos aspectos, un relato primerizo, pero ya vamos viendo asomar en él a un escritor bastante más seguro de sí mismo y de sus posibilidades y que empieza sacar a la luz todo el potencial que lleva dentro.

Buena parte de la historia es llevada mediante el diálogo entre distintos personajes. Algo que enseguida se transformaría en una de las principales características de Asimov como narrador: el diálogo no sólo hace avanzar la acción, sino que aporta información relevante sobre personajes y situaciones e incluso sirve para crear atmósfera y ambientar la trama.

Y he dejado para el final el que sería el primer cuento de robots escrito por Asimov: «Robbie». Asimov intentó presentárselo a Campbell, pero éste lo rechazó (y su amigo Fred Pohl, como ya había hecho en otras ocasiones, le explicó previamente por qué el editor de Astounding no lo iba a aceptar) y terminaría apareciendo bajo el título de «Strange Playfellow» (Extraño compañero de juegos) en otra de las revistas que había en la época.

Aunque a lo largo de la historia no se mencionan de forma explícita las famosas tres leyes de la robótica (es posible que por aquella época aún no estuvieran formuladas de un modo concreto y detallado), el comportamiento de su niñera artificial sí que encaja con ellas. Sin duda, su presentación del robot como una simple pieza de maquinaria, regida por un programa que dicta su comportamiento y, por tanto, alejado de los dos clichés imperantes en la época en el tratamiento de los robots (los que el propio Asimov describe como «el robot como amenaza» y «el robot como pathos»), es bastante original e inaugura (sin saberlo en aquel momento y seguramente sin pretenderlo) un giro bastante radical en ese tipo de historias. Con el tiempo, serían otros cuentos de Asimov los responsables de dirigir ese giro, pero entretanto «Robbie» no es una mala carta de presentación.

Cierto que el relato tiene un claro bajón de ritmo hacia la mitad y que resulta demasiado sentimental en ocasiones (no llega a caer en lo sensiblero, pero lo roza). Pero en el haber tiene elementos que compensan con creces sus defectos.

No sólo la relación entre la niña y su robótica niñera está magistralmente descrita, sino que a lo largo de todo el relato hay una distante y casi imperceptible ironía que le da a la historia una fuerza que un tono más emotivo, más «implicado» emocionalmente, no habría conseguido. La familia que nos presenta en el relato, por otra parte, es curiosamente disfuncional en más de un aspecto y, de hecho, el retrato que traza de una familia americana de clase media se acerca a la caricatura en más de un momento.

Aunque Asimov no es consciente de ello, está incorporando a su forma de narrar elementos tomados de P. G. Woodhouse, el humorista británico del principios del siglo XX. Poco a poco, esos elementos se irían haciendo más visibles en su modo de escribir y, en algunos casos, Asimov llegaría a escribir cuentos totalmente «woodhousianos».

Pero eso sería en el futuro.

Entretanto, el balance de este año 1940 es bastante positivo para el joven autor. No sólo ha conseguido publicar siete relatos, lo que no está nada mal, sino que dos de ellos son lo bastante buenos para llamar la atención de los lectores y, quizá, hacerles pensar que el tipo ése del apellido ruso tal vez sea alguien cuya carrera merezca la pena seguir.

Entretanto, ha seguido escribiendo. Y en el proceso de escribir, enviar el material para su publicación, ser rechazado, hacer correcciones, ver su cuento publicado y compararlo con lo que otros publicaban, ha ido aprendiendo. Sobre la marcha y sin pararse a pensar mucho en lo que hace: dejando que sea el propio proceso el que le vaya enseñando qué cosas funcionan y cuáles no.

Aprendiendo a nadar a medida que lo hace, podríamos decir.

6

Ampliando la brazada


1941 será un año fundamental para Asimov. En cierto modo, es su momento de mayoría de edad como escritor de ciencia ficción, el punto en el que deja de ser un recién llegado moderadamente interesante y se convierte en un autor a tener en cuenta. Aún no alcanza su puesto en el panteón como uno de los Tres Grandes, y todavía pasarán unos años antes de que eso ocurra, pero ya no es el novato a prueba al que se mira con desconfianza.

A partir de 1941, Asimov es un escritor consolidado en el mercado de las revistas de ciencia ficción.

Él mismo sitúa ese punto de inflexión en la publicación de su relato «Anochecer», influido en buena medida porque es el cuento que, en más ocasiones y en distintas épocas, ha sido elegido como favorito de los aficionados. Para el Asimov de entonces, sin embargo, probablemente sea más importante el hecho de que gracias «Anochecer» le es dedicada por primera vez la ilustración de portada de la revista y, sobre todo, que Campbell le concede una bonificación por ese cuento y se lo paga por encima de la tarifa habitual de entonces.

En apariencia, 1941 no es un año muy distinto de 1940: publica ocho relatos, cifra casi igual que el año anterior, repartidos por tres o cuatro revistas distintas.

Pero, de esos ocho relatos, la mitad aparecen en la Astounding de Campbell, lo que para Asimov es todo un éxito. Y no cabe duda de que en ese momento Campbell es el editor más exigente de los que publican ciencia ficción, así que es significativo el hecho de que cuatro de las ocho historias asimovianas de aquel año pasen el filtro «campbelliano« con éxito.

Por lo demás aún es un autor irregular. Cuentos como «Herencia», «Historia» o «El sentido secreto» siguen siendo artefactos no muy bien ensamblados, demasiado deudores de los estereotipos pulp y con tramas que no terminan de funcionar del todo.

«No tan definitivo» es un poco mejor, pero todo el relato parece orientado al giro de tuerca final y resulta demasiado simple. Es, de nuevo, una historia-rompecabezas, un puzle que queda armado con el retruécano final y también, en cierto modo, una historia de misterio. Éste resulta interesante y su resolución sorprende y culmina el cuento de forma adecuada, pero la anécdota está demasiado reducida al mínimo para que el relato resulte de veras interesante.

Los otros cuentos que Asimov publica ese año, sin embargo, ya son otra cosa.

Con «Súper Neutrón», el joven autor da un paso más decidido, y moderadamente exitoso, en el camino que habría de llevarlo a los cuentos del ciclo de los Viudos Negros. La historia está bien tramada y el ambiente, en general, resulta conseguido. Asimov va elevando poco a poco la tensión de la historia (siempre apoyándose en el diálogo) y, cuando llega el desenlace final, todo encaja sin fisuras. No es uno de sus mejores cuentos, pero sin duda es un ejercicio de estilo más que interesante y la narración en «dos capas» (un narrador en primera persona que nos cuenta lo que otro le ha contado, que es la verdadera historia) funciona sin problemas.

«¡Embustero!» y «Razonamiento» son dos nuevas aportaciones a las narraciones de robots, y en ambos relatos quedan establecidas la mayoría de las características de ese tipo de tipo de historias aunque aún no se mencionan de forma explícita las tres leyes de la robótica.

«¡Embustero!» es la primera aparición de Susan Calvin, uno de los más famosos (y mejor construidos) personajes de Asimov. Lo curioso es que la Calvin que vemos aquí es un tanto distinta a la que aparecerá en cuentos posteriores: más frágil, menos incisiva y, sobre todo, bastante más cerca de un cierto estereotipo femenino de la época de lo que lo será después. De hecho, parece claro que Asimov no tenía en mente seguir escribiendo historias con ella: la crea para ese relato porque la trama le exige un personaje de esas características y no será hasta algún tiempo después cuando le dé verdadera dimensión humana.

Por otro lado, «¡Embustero!» inaugura lo que será una de las características fundamentales de muchos de los cuentos de robots de Asimov: una vez establecidas las tres leyes de la robótica y el modo en que actúan, hay que ponerlas a prueba de alguna forma, tantear sus límites y, con el tiempo, ir más allá. En este caso, la capacidad telepática del robot que aparece en el relato redefine el concepto de «daño» para la programación robótica y acaba situando a la máquina en un callejón sin salida.

Más interesante es «Razonamiento», donde hacen su aparición Gregory Powell y Mike Donovan, enfrentados a un robot que, a pura fuerza de razonamiento, ha deducido la existencia de Dios y cuál es su papel en el universo, con la consecuencia de que considera a los hombres un experimento fallido de la divinidad, el primer intento de construir una criatura racional que, por supuesto, culmina en los robots. Es un relato humorístico bastante bien llevado bajo que el que hay una sátira consciente y un tanto demoledora de la religión y el modo en que la creencia influye en la percepción del universo.

Con «Robbie», «¡Embustero!» y «Razonamiento», Asimov ya podía decir con toda justificación que tenía una serie en marcha. Los tres relatos comparten los suficientes elementos de escenario (aparte del evidente uso de los robots) para ser considerados parte de una serie y, además, desconozco si por pura suerte o de forma deliberada, Asimov ha creado esas primeras historias de un modo lo bastante abierto para que sea una serie de duración indefinida. Con las premisas que ha elegido, puede pasarse el resto de su vida escribiendo cuentos de robots (en cierto modo lo hizo, podríamos decir) o abandonarlos en cuanto el público se canse de ellos sin que la serie se resienta o se quede a medias. No hay un lazo argumental que los una y que, por tanto, esté pidiendo un desarrollo o una conclusión: sólo elementos de ambientación y, por supuesto, los robots y el modo en que son afectados por las tres leyes de la robótica.

En aquel momento, tal como el mismo Asimov reconoce, en su fuero interno eran Powell y Donovan los protagonistas humanos de la serie: de carácter simpático y decidido, incluso algo campechano, creados para que el lector empatizara con ellos sin problemas, parecían la elección obvia. Paseando de un lado a otro del sistema solar para probar nuevos modelos de robots y solucionar los problemas que se presentasen, todo parecía indicar que estaban llamados a convertirse en una de las creaciones más exitosas de Asimov.

Podríamos decir que los cuentos de Powell y Donovan son un caso de fan fiction. John W. Campbell Jr., antes de iniciar su labor como director de Astounding y abandonar la literatura casi por completo, había escrito unos cuantos relatos de ciencia ficción. El más memorable es, seguramente, «¿Quién anda ahí?», que sería el origen de la película El enigma de otro mundo y de su remake (La cosa) a manos de John Carpenter, mucho más cercano al original literario que la primera versión.

Campbell tenía una serie bastante exitosa cuyos protagonistas, Penton y Blake, recorrían el sistema solar conociendo distintas especies en cada planeta y resolviendo con ingenio situaciones apuradas. A Asimov le gustaba mucho esa serie cuando aún era un joven que se limitaba a leer ciencia ficción y, sin duda, sus historias de Powell y Donovan son en buena medida la obra de un fan que está haciendo su propia versión de lo que tanto le ha gustado.

En cualquier caso, no tardó en verse que Powell y Donovan no iban a ser el hilo conductor de la serie de los robots. Ambos se convierten enseguida en poco más que una nota a pie de página (una nota vital y agradable, cierto) y el protagonismo les es robado casi sin que se den cuenta por esa Susan Calvin que está llamada a convertirse en uno de los mejores personajes asimovianos.

Pero él aún no sabe nada de eso. Desde luego, lo desconoce en el momento en que se sienta a escribir un relato que titulará «Anochecer» y que parte de una premisa que Campbell le ha lanzado para que la recoja.

¿Qué harían los hombres si sólo pudieran ver las estrellas una vez cada mil años?, le preguntó el director de Astounding. Era una costumbre muy habitual en él: rumiar media docena de ideas y soltarle alguna de ellas al primer autor que pasara por su despacho en las oficinas de la revista. En esta ocasión, fue Asimov quien pasó por allí.

Y quien dijo, casi sin pensárselo: «Creo que enloquecerían».

«Escribe un cuento sobre eso», le dijo Campbell.

Y así fue. El resto, como se suele decir, es historia.

7

«Anochecer»


¿Es realmente «Anochecer» el mejor cuento de ciencia ficción de todos los tiempos? ¿Es el mejor cuento que ha escrito Asimov?

Creo que no, en ninguno de los dos casos. Es cierto que fue votado en su momento por los fans como el mejor relato de CF jamás escrito. Y no lo es menos que, con los años, ha ido manteniendo su estatus en buena parte de las listas de mejores cuentos de ciencia ficción que se han ido confeccionado.

Y sin duda la idea de partida es brillante. La historia está bien trabada y desarrollada de un modo convincente. Los personajes son creíbles.

Pero «Anochecer» es un ejemplo perfecto de lo que hizo que la Edad de Oro de la Ciencia Ficción fuese lo que fue. Para bien y para mal.

El problema del relato es que Asimov aún no sabe escribir sin librarse por completo de los peores amaneramientos del pulp, que aún no ha conseguido desprenderse de un buen montón de clichés; no tanto en lo que nos cuenta sino en la forma de contarlo.

El resultado es que tenemos, como he dicho, una idea brillante, una especulación llena de ese «sentido de la maravilla» que debe tener la buena ciencia ficción. Pero la ejecución de la idea no le hace justicia, no está a su altura.

Entendedme bien, no es un mal cuento. Asimov está aprendiendo cómo contar bien una historia a velocidades realmente vertiginosas (parece mentira que, apenas un año antes fuera capaz de perpetrar «La amenaza de Calixto» o «El arma demasiado terrible para ser usada») y se va acercando a la madurez a un ritmo escalofriante. De ser un recién llegado torpe pero prometedor ha pasado en poco más de un año a ser un tipo a tener en cuenta.

Y, sin duda, de todos los relatos que había escrito hasta entonces, «Anochecer» es el mejor y tardará algún tiempo en volver a estar a su altura. El cuento es bueno por la idea que lo sostiene y por el modo que, poco a poco, de un modo casi magistral, el autor va situando las distintas piezas narrativas en el tablero y luego las hace moverse hasta la inevitable conclusión.


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