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Tesoros Escondidos de la Literatura Cristiana

Descubre los mensajes escritos por excelentes autores cristianos

Por Guillermo Rodríguez

Editorial Devoción Total

Copyright 2012 by Guillermo Rodríguez

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Tesoros Escondidos de la Literatura Cristiana

Descubre los mensajes escritos por excelentes autores cristianos

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Tabla de Contenidos

La Boda de la Iglesia con sus Hijos y con Su Dios

Basado en la Gracia

El Camino De La Salvación

Carta de Guido de Bres a su esposa antes de morir

Cómo Desarrollar una Mente Cristiana

Cómo orar en medio de la crisis

Cómo Pasar el Día con Dios

Conceptos Bíblicos Básicos de la Motivación Humana

Cristo y su crucifixión

La Cruz de Cristo (La Vindicación de la Causa de Dios)

La Declaración de Cambridge

¿Entiendes lo que lees?

Definiciones y desafíos contemporáneos de la Pneumatología reformada

La Deidad de Cristo

Del conocimiento de sí mismo y de la Gracia

Del Escritorio al Púlpito: ¿Importa la pasión?

Dios: El controlador de la historia

Dios no está obligado a recibir todo lo que nosotros llamamos alabanza u ofrenda para "El"

Referencias

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La Boda de la Iglesia con sus Hijos y con Su Dios

Selecciones de un sermón inolvidable de Jonathan Edwards

En un domingo, septiembre 19 de 1746, el renombrado teólogo Jonathan Edwards[1] predicó el sermón de instalación del reverendo Samuel Buel, nombrado pastor de la congregación de East Hampton en Long Island (lo que hoy es la ciudad de Nueva York). ¿Cómo le fue a Samuel Buel de pastor? la historia no nos dice. Lo que sí ha quedado como ilustrísimo monumento es el sermón que Edwards predicó ese día.

¿Qué es y qué hace un pastor? Este es el tema que nos interesa. ¿Tendrá vigencia lo que fue dicho en tiempos coloniales para nosotros hoy en el siglo electrónico? Si interpretó correctamente el sentir bíblico, no sólo tendrá vigencia sino mucho que enseñarnos en estos días confusos y turbulentos.

Edwards basó su sermón en Isaías 62:4-5, un pasaje que a primera vista no parece tener nada que ver con el pastorado: “Tu tierra será desposada. Pues como el joven desposa con la virgen, se desposarán contigo tus hijos; y como el gozo del esposo con la esposa, así se gozará contigo el Dios tuyo.” En su exposición Edwards demuestra que este texto se refiere a los pastores. Presentamos a continuación los puntos claves del sermón de Edwards:

Introducción

¿Cómo hemos de entender esta unión tan particular de la Iglesia con sus Hijos y con Dios? ¿Qué es esta boda de que se habla? ¿A qué se refiere todo este asunto?

Los ministros o pastores de Dios, a pesar de que son puestos para ser instructores, guías, y padres del pueblo de Dios, son a su vez hijos que han salido de la iglesia (Amos 2:11: Y levanté de vuestros hijos para profetas, y de vuestros jóvenes para que fuesen nazareos.” (ver también Lam 4:2,7; Isaías 51:18.). Es evidente que estos hijos de la iglesia se refieren a ministros o pastores por el texto que sigue: “Sobre tus muros, O Jerusalén, he puesto guardas; todo el día y toda la noche no callarán jamás.” Los hijos de la iglesia se casan con ella, parecido a un joven que se casa con una virgen y esto no es un misterio muy distinto a otros que se encuentran en la Biblia.

Por ejemplo, es parecido a la misteriosa relación que existe ente Cristo y su pueblo; luego a la relación especial que hay entre creyentes con otros creyentes. No es más misterioso de que Cristo sea el Señor de David, a la misma vez que es su hijo; Él es el vástago que retornará, raíz de la cual viene David (Isa 11:1), y a la vez que es su descendiente. Cristo es, como nos narra Isaías 9, “Hijo nacido a la vez que es Hijo dado, y el Padre Eterno”. La Iglesia es la madre de Cristo (Cant 3:11 y 8:1), a la vez que es la esposa, la hermana, y la hija de Él. Como creyentes somos la madre de Cristo, y también sus hermanas y hermanos (Lu 8:21). Los pastores son hijos de la iglesia a la vez que padres de ella. Es así que el Apóstol Pablo dice que es el padre de los miembros de la iglesia de Corinto, a la vez que es la madre de los Gálatas, quien sufre dolores de parto por ellos (Ga 4:19).

La promesa es que la Iglesia se casa con Cristo: “como el gozo del esposo con la esposa, así se gozará contigo el Dios tuyo” (Is. 62:5). Por este texto no entendamos que la iglesia tiene muchos maridos, o que Cristo es uno de los esposos y los pastores son otros esposos. No es así, puesto que[1] aunque habla de los pastores como si estuvieran casados con la iglesia, sin embargo no es como si estuvieran en competencia con Cristo, ni que ellos están en la misma relación conyugal. La iglesia, propiamente hablando, tiene sólo un esposo; ella no es adúltera, sino que es una virgen desposada con el Cordero, siguiéndole a Él donde quiera que Él le guíe. Los ministros o pastores son simplemente los embajadores de Cristo, que le representan a Él, y protegen a la iglesia en nombre de Él, hasta que llegue el glorioso día de la Boda del Cordero con su iglesia (Apocalipsis 19); Por tanto:

Cuando un pastor propiamente se casa con una iglesia, la relación es igual a la de un hombre que se casa con una virgen.”

La exposición de Edwards tiene que ver con el rol, o el quehacer, o el cargo de un pastor. Lo podremos entender bajo las siguientes propuestas:

A) El pastor que es llamado por Dios le servirá como un embajador

Edwards dice que el ministro debe estar “propiamente llamado”, en sentido de las credenciales divinas esenciales para el cargo de embajador de Cristo. Al decir “propiamente llamado” quiere diferenciar entre aquel que en verdad es llamado por Dios y apartado por Él para hacerse cargo de la “novia” del Cordero, y otro que no tiene tal llamado ni tal comprensión de lo que es la Iglesia ni qué significa servir al Señor. Desea ser pastor por interés propio, por el prestigio de tener tal cargo, o por beneficios personales que supone tal cargo le dará. Se auto-nombra pastor, pero no tiene esas credenciales especiales de Embajador de Dios, pues Él no los ha llamado ni nombrado.

Para servir a la iglesia de Jesucristo, ha de tener el respaldo divino —igual que un embajador—pues, como indica el pasaje de Isaías, Dios desea darle a Su Iglesia ministros consagrados y capaces como fruto del amor tan grande que Él tiene para ella. Su propósito es derramar gran bendición y gloria espiritual sobre esa agrupación particular de su Iglesia universal. Ya que Su deseo es que la “gente” del mundo y los “reyes” de la tierra vean la “justicia” y “gloria” de Dios a través de Su iglesia, y que ésta sea “corona de gloria en la mano de Jehová, y diadema de reino en la mano del Dios tuyo” (vss.2-3), el embajador ha de ser escogido y empoderado por el mismo Señor de la Iglesia. Al no ser así, no habrá ni la bendición ni la gloria espiritual que Dios desea darle a la iglesia.

B) El pastor que es llamado por Dios recibirá sus credenciales de lo alto

En segundo lugar, al decir “propiamente llamado” se trata de las credenciales espirituales que Dios da al pastor. Estas no le vienen porque hombres han impuesto sus manos sobre él, como se suele hacer al seguir ciertas tradiciones u observando ciertas costumbres eclesiásticas. Hay que cuidar que en tales actos de consagración se sigan normas que sean aceptables a Dios, ya que el ministro es representante de Él y no de los hombres. Su nombramiento a una iglesia debe hacerse en conformidad al criterio divino, de forma santa, pura, y de corazón abierto ante Dios.

Si en verdad el ministro es hombre de Dios, nombrado por Él para servir a una congregación, ha de esperarse un acompañamiento correspondiente de bendición que viene de parte de Dios. En tal caso, han de haber grandes expectativas espirituales tanto por parte del pastor como por parte de la congregación. Por esto, el pastor tomará su cargo responsablemente. Por su parte, la congregación lo recibirá como el enviado de Dios. Sólo así habrá ese tipo de unión que se asemeja a la de un desposado con su novia.

C) El pastor que es llamado por Dios amará a la Iglesia

El que propiamente es llamado por Dios (en el sentido espiritual de que hablamos) evidenciará un amor genuino por toda la iglesia de Cristo, no importa a donde esta esté, ni de qué denominación sea la iglesia. Reconoce a toda Iglesia evangélica como objeto especial del amor de Jesucristo. Por tanto él también la amará, y sentirá responsabilidad especial de ayudar a su membrecía y a servirla. Ya que es embajador y representante especial del Esposo, ha de ser recibido y escuchado con toda la dignidad correspondiente.

Sin embargo, aunque debe amar a toda la iglesia, su preocupación especial será para con la congregación particular a la cual él ha sido llamado. Como encargado en nombre de Cristo Jesús, ha de entregarse a esa iglesia, trabajar por ella, amarla, honrarla, confortarla en tiempos malos como en buenos, y velar por su bien —tanto espiritual como material— sin egoísmo, igual que cualquier esposo haría con la novia con que se ha casado.

Para usar otro simbolismo, el pastor no sólo es “esposo” de la iglesia, pero también es el “ángel” de la iglesia (Ap. 2:1, 8, 12, 18; 3:1, 7, 14), en el sentido que los ángeles son ministros especiales de Dios para hacer todo lo que Él les ordena. Igualmente podríamos dar la interpretación a Apocalipsis 14:6 de que el “ángel” allí nombrado representa a todos los pastores (desde la ascensión de Cristo hasta Su retorno) a los cuales Él entregó el mensaje del “evangelio para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo.”

D) El pastor que es llamado por Dios llenará de gozo a la Iglesia

Cuando propiamente ha habido la unión de un pastor con la iglesia, el resultado es parecido a la unión de un hombre con una mujer. Hay afecto mutuo y evidencia de amor. Los dos se llevan con cariño especial, se aman de corazón. El esposo se entrega a la novia con toda limpieza y pureza, igual que ella se presenta a él en la pureza de su virginidad.

Es así que un ministro llamado por Dios, que entiende su rol, se entrega a la iglesia. No es motivado por ganancia ni por ventajas personales, fueran cuales fueran, sino por amor sincero y afecto puro. La congregación igualmente le presta su estima y afecto santo, no porque lo admiran como hombre o por su sabiduría, capacidad o elocuencia, sino como aquel que viene como mensajero del Dios Altísimo, llegando a ellos con una encomienda especial del cielo, y con las calificaciones santas que reflejan las virtudes del mismo Cordero de Dios.

Así como en el pacto matrimonial el desposado y la novia se entregan el uno al otro, igualmente en nombre de Cristo el pastor se entrega a la congregación, con votos sinceros, prometiendo a ellos ser fiel pastor ante Dios mientras tanto el Señor en su providencia le permita servirlos. Ellos, a su vez, en votos santos le entregan el cuidado de sus almas, y se someten a su sagrada dirección, atentos a sus enseñanzas, las cuales han de ser bíblicas y correctas, si es que en verdad representa a Dios.

Tal unión produce gran gozo. El pastor se entrega a su trabajo, dispuesto a dar todo lo que es y tiene para el bien de la congregación, y ellos se dedican a escucharlo y a recibir con gozo las instrucciones y enseñanzas que Dios da a través de él. Así ambos llegan a ser de gozo mutuo, como decía el apóstol Pablo: “Para que con gozo llegue a vosotros por la voluntad de Dios, y que sea recreado juntamente con vosotros” (Ro. 15:32) y “como también en parte habéis entendido que somos vuestra gloria, así como también vosotros la nuestra” (2 Co. 1:14).

E) El pastor que es llamado por Dios velará por el bien espiritual de la Iglesia

Otro beneficio de esta unión es que el pastor, con la bendición de Dios, busca la manera de fortalecer, nutrir, ministrar, y promover el bien espiritual de cada miembro. Les advierte de los peligros, les muestra los delicados pastos, los protege del engaño, los llena de la Palabra, buscando la paz y prosperidad espiritual de ellos.

A su vez la congregación, sintiéndose satisfecha, busca la manera de que el pastor esté contento con ellos, supliéndole cuantas cosas sean esenciales para su comodidad, aliviándole las cargas materiales para que pueda seguir ministrándoles con gozo y bien. Cuando el pastor cruza por valles difíciles ministrándoles a ellos, la congregación lo respaldan y se unen a él para animarle, como hicieron los creyentes de la antigüedad: “Levántate, porque esta es tu obligación, y nosotros estaremos contigo; esfuérzate y pon mano a la obra” (Esd. 10: 4).

Es así que se establece entre pastor y congregación una feliz unión. Cuando el pueblo sufre, el pastor sufre con ellos. Cuando ve sus almas afligidas, él se siente afligido. Como dijera el apóstol: “¿Quién enferma, y yo no enfermo? ¿A quién se hace tropezar, y yo no me indigno?” (2 Corintios 11:29); “Hemos sido consolados con vuestra consolación” (2 Corintios 7:13). Por su parte, la congregación también entra en las pruebas de él: “Bien hicisteis en participar conmigo en mi tribulación” (Filipenses 4:14), “para que cuando llegue no tenga tristeza de parte de aquellos de quienes me debiera gozar” (2 Corintios 2: 3).

F) El pastor que es llamado por Dios estimulará a la Iglesia a tener muchos hijos

Finalmente, cuando propiamente ha habido una unión de pastor con congregación, se verán los frutos, igual que cuando un matrimonio se casa. Hay fruto particular. No sólo se siente el pastor animado y gozoso con su relación con la congregación pero, al verles crecer en gracia, conocimiento y en obediencia a Dios, comienza a ver entre ellos avance espiritual y vidas cambiadas, las primicias del fruto palpable de su ministerio. En cuanto a la congregación, al verse satisfecha con lo que recibe en bienes espirituales, se siente con ánimo hacia el pastor y desea bendecirle palpablemente como ven a bien. Así hay gozo y gran provecho de ambas partes.

Pero el fruto no termina ahí. Bajo esta hermosa unión de pastor con congregación, y la obediencia de ambos a Dios, se comienza a ver almas en el vecindario tocadas por el Espíritu de Dios. La iglesia comienza a evidenciar los beneficios de programas de evangelismo. Los vecinos se convierten. Se ve la riqueza del discipulado entre los nuevos creyentes. El sentir en la iglesia lo expresa Isaías: “Regocíjate, oh estéril, la que no daba a luz; levanta canción y da voces de júbilo, la que nunca tuvo parto; porque más son los hijos de la desamparada que los de la casada, ha dicho Jehová” (Is 54: 1). También 1 Pedro 2: 2: “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación”.

[1] Jonathan Edwards (1703 - 1758) es reconocido como uno de los cinco más importantes teólogos de la historia cristiana. Su ministerio lo ejerció en la región de Nueva Inglaterra durante los tiempos coloniales. Fue erudito bíblico, famoso evangelista, gran pastor, sobresaliente educador, e importante impulsor de la obra misionera. Durante su pastorado de 23 años, hubieron dos grandes movimientos del Espíritu Santo (uno en 1735 y el otro en 1740) donde almas que llegaban a sus servicios caían bajo increíble convicción de pecado (a veces gritando en medio de sus sermones, pidiendo perdón de Cristo Jesús) y otras señales extraordinarias del mover del Espíritu Santo. Uno de los pastores contemporáneos dijo de estos avivamientos, “Los tiempos apostólicos parecen haber regresado por el despliegue del gran poder y la gracia del Espíritu divino”. Edwards, que hoy no sería considerado dinámico en el púlpito, leía sus sermones palabra por palabra. Pero tal formalidad no impidió el mover extraordinario del Espíritu de Dios, Como precaución a los excesos que siguieron a estas demostraciones genuinas, Edwards escribió un tratado importante sobre el tema: LAS MARCAS DISTINTIVAS DE LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO, un estudio que enseña como evaluar si algo es o no es del Espíritu Santo. Fue nombrado presidente de Princeton College en Enero de 1758. Dos meses más tarde, a causa de una epidemia de viruela, fue inaculado contra el virus, sólo para contraer la enfermedad y morir de una alta fiebre, el 22 de marzo, 1758, a la edad de 55.

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Basado en la Gracia

Por R.C. Sproul

El histórico debate entre el Protestantismo y el Catolicismo romano a menudo se enmarca en los términos de una discusión entre obras o fe y mérito o gracia. Los reformadores magistrales expresaron su opinión sobre la justificación a través de un arquetipo teológico de lemas en latín, y las frases que utilizaban: sola fide y sola gratia, se han afianzado profundamente en la historia protestante. Sola fide, o “sólo fe” niega que nuestras obras contribuyan al fundamento de nuestra justificación, mientras que sola gratia, o “sólo gracia”, niega que cualquier mérito propio contribuya a nuestra justificación.

El problema de los lemas es que, en su función de arquetipos teológicos, pueden ser fácilmente malinterpretados o emplearse como licencia para simplificar temas complejos excesivamente. Así, cuando la fe se distingue radicalmente de las obras, algunas distorsiones se cuelan en nuestro entendimiento con facilidad. Cuando los reformadores insistían en que la justificación sólo era por fe, no querían decir que la fe en sí fuese otro tipo de obra más. Al procurar excluir las obras del fundamento de nuestra justificación, no querían sugerir que la fe no contribuyese en nada a la justificación.

EL CORAZÓN DEL PROBLEMA

Puede decirse que el núcleo del debate del siglo XVI sobre la justificación era la cuestión sobre el fundamento de la misma. La base de la justificación es el fundamento por el que Dios declara justa a una persona. Los reformadores insistían en que según la Biblia el único fundamento posible para nuestra justificación es la justicia de Jesucristo. Esto es una referencia explícita a la justicia con la que vivió Cristo su propia vida, no se trata de la justicia de Jesucristo en nosotros sino la justicia de Jesucristo por nosotros. Si nos plantamos de lleno ante la cuestión del fundamento de la justificación, vemos que sola fide es un lema arquetípico no sólo para la doctrina de la justificación por la fe, sino también para la idea de que la justificación es sólo mediante Jesucristo. Dios nos declara justos ante Su presencia sólo en, a través, y por la justicia de Jesucristo. Que la justificación es sólo por fe significa sencillamente que es por o a través de la fe de la manera en la que se nos imputa la justicia de Jesucristo a nosotros. Por tanto, la fe es la causa instrumental, o el medio, por el cual establecemos una relación con Cristo.

Roma enseña que la causa instrumental de la justificación es el sacramento del bautismo (en primer lugar) y el sacramento de la penitencia (en segundo lugar). A través del sacramento, la gracia de la justificación, o la justicia de Jesucristo, se infunde (o se vierte) en el alma del destinatario. Por lo tanto, la persona debe consentir y cooperar con esta gracia infundida hasta tal punto que la verdadera justicia sea inherente al creyente, en cuyo caso Dios declara justa a esa persona. Para que Dios justifique a una persona, primero la persona debe volverse justa. Por consiguiente, Roma cree que para que una persona se vuelva justa necesita tres cosas: gracia, fe, y Jesucristo. Roma no enseña que el hombre se pueda salvar a sí mismo por su propio mérito sin gracia, por sus propias obras sin fe, o por sí mismo sin Jesucristo. ¿Así que por qué se armó tanto alboroto? Ni los debates del siglo XVI, ni las más recientes discusiones y declaraciones conjuntas entre Católicos y Protestantes han sido capaces de resolver el tema clave del debate, la cuestión del fundamento de la justificación. ¿Es la justicia imputada de Jesucristo o la justicia infundada de Jesucristo?

En nuestros días, muchos de los que se enfrentan a este conflicto secular simplemente se encogen de hombros y dicen: “¿Y qué?” o “¿Cuál es el problema?”. Ya que ambas partes afirman que la justicia de Jesucristo es necesaria para nuestra justificación, y que igualmente necesarias son la gracia y la fe, investigar más a fondo en otras cuestiones técnicas parece una pérdida de tiempo o un ejercicio de pedante arrogancia teológica. Cada vez, más y más personas piensan que este debate es como hacer una montaña de un grano de arena.

DOS PERSPECTIVAS

Bien, ¿cuál es el problema? Intentaré responder a esta pregunta desde dos perspectivas: una teológica, y otra personal y existencial.

El gran problema teológico es la esencia del Evangelio. Los problemas no van mucho más allá. La Buena Nueva es que la justicia que Dios exige a sus criaturas fue lograda para ellos por Jesucristo. La obra de Jesucristo cuenta para el creyente. El creyente está justificado en base a lo que Jesucristo hizo por él, fuera de él y aparte de él, no por lo que Jesucristo hace en él. Según Roma, una persona no está justificada hasta que o a menos que la justificación sea inherente a ella. La persona obtiene la ayuda de Jesucristo, pero Dios no calcula, transfiere o le imputa la justicia de Cristo a esa persona.

¿Y qué significa esto personal y existencialmente? La visión de Roma infunde tristeza en mi alma. Si tengo que esperar hasta que la justicia sea inherente en mí para que Dios me declare recto, me queda una larga espera. Según Roma, si cometo un pecado mortal perderé toda la gracia que ahora mismo me justifica. Incluso si la recupero por medio del sacramento de la penitencia, todavía tengo que enfrentarme al purgatorio. Si muero con cualquier impureza en mi vida, debo ir al purgatorio para "purgar" todas las impurezas, y esto puede tardar miles y miles de años en llevarse a cabo.

Qué diferencia tan radical comparado con el Evangelio bíblico, que me garantiza que la justificación ante Dios es mía en el momento en que pongo mi confianza en Jesucristo. Su justicia es perfecta, no puede aumentar ni disminuir. Y si su justicia se imputa en mí, ahora poseo el fundamento total y completo de la justificación.

La cuestión de la justicia imputada contra la justicia infundida no puede resolverse sin rechazar una u otra. Son dos opiniones sobre la justificación que se excluyen mutuamente. Si una es verdadera, la otra tiene que ser falsa. Una de estas opiniones expone el Evangelio bíblico verdadero, el otro es un Evangelio falso. Sencillamente, las dos conjuntamente no pueden ser verdad.

De nuevo, esta cuestión no puede resolverse con una explicación que quede en término medio. Estas dos posturas incompatibles pueden ser ignoradas o minimizadas (como hacen los diálogos modernos a través de la revisión histórica), pero no pueden reconciliarse. Tampoco pueden reducirse a un mero malentendido; ambas partes son demasiado inteligentes para que esto haya ocurrido durante los últimos 400 años.

La cuestión del mérito y la gracia en la justificación está cubierta de nubes de confusión. Roma dice que hay dos tipos de mérito para los creyentes: congruente y digno. El mérito congruente se obtiene realizando obras de satisfacción en conexión con el sacramento de la penitencia. Estas obras no son tan meritorias como para imponerle a un juez justo la obligación de recompensarlas, pero son lo suficientemente buenas para que sean "acordes" o "congruentes" y que Dios las recompense. El mérito digno es una orden superior de mérito lograda por los santos. Pero incluso este mérito, según lo define Roma, está arraigado y basado en la gracia. Es un mérito que no se podría lograr sin la ayuda de la gracia.

Los reformadores rechazaron tanto el mérito congruente como el digno, argumentando que nuestro estado no sólo está arraigado en la gracia, sino que además es gracia en todo momento. El único mérito que cuenta para nuestra justificación es el mérito de Jesucristo. De hecho, somos salvos por obras meritorias: las de Jesucristo. Que seamos salvos gracias a que se nos imputa Su mérito es la propia esencia de la gracia de la salvación.

Es esta gracia la que nunca debe ser comprometida o negociada por la iglesia. Sin ella, estaremos verdaderamente desesperanzados e indefensos para poder permanecer justos ante un Dios santo.

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El Camino De La Salvación

Por Arthur Pink

¿Qué debo hacer para ser salvo? ¿Salvo de qué? ¿De Qué deseas ser salvo? ¿Del infierno? Eso no prueba nada. Nadie quiere ir allá. El asunto entre Dios y el hombre es EL PECADO. ¿Quieres ser salvo de esto?

¿Qué es el pecado? El pecado es una especie de rebelión en contra de Dios. Es auto-complacencia; es ignorar los reclamos de Dios, y ser indiferente por completo al hecho de que nuestra conducta puede agradar o desagradar a Dios.

Antes que Dios salve a un hombre, Él lo convence de su pecaminosidad. No quiero decir con esto que él diga como muchos dicen, -Si, todos somos pecadores, ya lo sabemos.- Más bien, quiero decir que el Espíritu Santo me hace sentir en el corazón que he estado toda mi vida en rebelión contra Dios, y que mis pecados son tantos, tan grandes, tan negros, que temo haber transgredido fuera del alcance de la misericordia divina.

¿Has tenido esta experiencia alguna vez? ¿Te has sentido totalmente indigno para el cielo y alelado de la presencia de un Dios Santo? ¿Percibes que en tí hay nada bueno, ni nada bueno acreditado a tu cuenta; y que siempre has amado las cosas que Dios odia y odiado las cosas que Dios ama?

¿Al pensar en estas cosas no se te ha quebrantado el corazón ante Dios? ¿No te lamentas tu por haber hecho mal uso de Sus misericordias, de Sus bendiciones, por haber abusado del Día del Señor, por haber desechado Su Palabra, y por no haberle dado un verdadero lugar en tus pensamientos, en tus afecciones y en tu vida? Si no has visto ni sentido esto personalmente, entonces actualmente no hay esperanza para tí, pues Dios dice, "Antes si no os arrepintiereis, todos pereceréis igualmente" (Lucas 13:3). Y si mueres en tu condición actual, estarás perdido para siempre.

Pero si has llegado al lugar donde el pecado es tu mayor plaga, donde ofender a Dios es tu mayor pesar, y donde tu mayor anhelo es agradarle y honrarlo a Él; entonces tienes esperanza. "Porque el Hijo del Hombre vino á buscar y á salvar lo que se había perdido" (Lucas 19:10). Él te salvará, si estás listo y dispuesto a abandonar las armas de tu rebelión en contra de Él, te inclinas a Su Señorío, y te rindes a Su control.

Su sangre puede limpiar la mancha más obscura. Su gracia puede sostener al más débil. Su poder puede librar al que sufre con pruebas y tentaciones. "He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salud" (2 Co.6:2). Cede ante los reclamos de Dios.

Dale el trono de tu corazón. Confía en Su muerte expiatoria. Amalo con toda tu alma. Obedécelo con todas tus fuerzas, y Él te guiará al cielo. "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tu, y tu hogar" (Hechos 16:31).

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Carta de Guido de Bres a su esposa antes de morir

Guido de Bres (1522-31 de mayo 1567) fue uno de los reformadores en Bélgica. Es el padre de la llamada “Confesión belga de fe”. Pastor de la iglesia clandestina, teólogo y mártir del Señor Jesucristo. Un verdadero héroe de la fe.

Reproducimos íntegramente el texto de su carta de despedida a su esposa, Catalina Ramon, escrita en la prisión, a pocas semanas de su ejecución. No es mi estilo usar muchos adjetivos, pero se trata de un testimonio extraordinario, absolutamente conmovedor.

Que la gracia y la misericordia de nuestro buen Dios y Padre Celestial y el amor de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, sea con tu espíritu, mi bien amada.

Catalina Ramon, mi querida y bien amada esposa y hermana en nuestro Señor Jesucristo, tu angustia y tu dolor perturban un poco mi gozo y la alegría de mi corazón. Te escribo esta carta, tanto para tu consolación como para la mía; especialmente para la tuya, puesto que siempre me has amado con ardiente afecto y que ahora le ha placido al Señor que seamos separados el uno del otro. Siento tu amargura por esta separación todavía más que la mía. Te ruego de todo corazón que no te dejes turbar en exceso, temiendo que Dios no sea ofendido por ello. Sabes bien que cuando te casaste conmigo, tomaste un marido mortal, que no sabía si iba a vivir un simple minuto más, y sin embargo le ha placido a nuestro buen Dios dejarnos vivir juntos durante cerca de siete años y darnos cinco hijos. Si el Señor hubiera querido dejarnos vivir más tiempo juntos, bien hubiera tenido los medios para hacerlo. Pero no fue tal su voluntad; por consiguiente, que se haga según su buena voluntad y que esta razón te pueda satisfacer.

Por otra parte, considera que no he caído en manos de mis enemigos por casualidad, sino por la providencia de mi Dios, quien conduce y gobierna todas las cosas, tanto grandes y como pequeñas, tal como Cristo nos lo dice: “No temáis, vuestros cabellos están todos contados. ¿Se venden dos pajarillos por un cuarto? Ninguno de ellos cae a tierra sin la voluntad de vuestro Padre celestial. No temáis. Vosotros valéis más que muchos pajarillos”. ¿Hay algo que estimemos menos que un cabello? Sin embargo, he aquí la boca de la sabiduría divina que dice que Dios mantiene el registro del número de mis cabellos. Entonces, ¿cómo el mal y la adversidad me pueden alcanzar sin que Dios lo haya ordenado en su providencia? No podría ser de otra manera, a menos que Dios ya no sea Dios. Es por eso que el profeta dice que no hay desgracia en la ciudad sin que el Señor sea el autor de ella.

Vemos que todos los santos que nos han precedido han sido consolados por esta doctrina en todas sus aflicciones y tribulaciones. José, que fue vendido por sus hermanos para ser llevado a Egipto, dijo: “Vosotros habéis hecho una mala acción, pero Dios la ha transformado para vuestro bien; Dios me envió delante de vosotros a Egipto para vuestro bien” (Gen. 50). David hizo lo mismo con Simei, quien lo maldijo. Job también, al igual que todos los demás.

Por ello, los evangelistas, cuando tratan con tanto cuidado acerca del sufrimiento y la muerte de nuestro Señor Jesucristo, añaden: “Y esto se hizo, a fin que se cumpliera lo que estaba escrito sobre él”. Lo mismo debe decirse de todos los miembros de Cristo.

Es bien cierto que la razón humana lucha contra esta doctrina y la resiste tanto como puede. Yo mismo he hecho la experiencia de ello. Cuando me arrestaron, me dije a mí mismo: “Hicimos mal de viajar tantos juntos. Hemos sido delatados por tal o cual; no nos debimos parar en ningún lugar”. En todas estas cavilaciones, me quedé ahí, totalmente hundido por mis pensamientos, hasta que me levante mi espíritu al cielo meditando en la providencia de Dios. Entonces, mi corazón empezó a sentir un descanso maravilloso. Empecé, entonces, a decir: “Dios mío, tú me hiciste nacer en el tiempo y a la hora que habías ordenado. Durante toda mi vida, me has guardado y preservado en medio de tremendos peligros y me has librado de todos ellos. Si ha llegado la hora para mí de pasar de esta vida a ti, que sea hecha tu buena voluntad; yo no puedo escaparme de tus manos. E incluso, si pudiera, no querría hacerlo, de tanto que mi felicidad es el conformarme a tu voluntad”. Todas estas consideraciones han llenado y llenan todavía mi corazón con un gran gozo y lo guardan en paz.

Te ruego, mi querida y fiel compañera, que te regocijes conmigo y que des gracias a este buen Dios por lo que hace, porque no hace nada que no sea justo y equitativo. Te debes regocijar, sobretodo porque es para mi bien y para mi reposo. Bien has visto y sentido los trabajos, las cruces, las persecuciones y las aflicciones que he sufrido. Has sido incluso participante de ellas cuando me has acompañado en mis viajes durante el tiempo de mi exilio. He aquí que ahora mi Dios quiere tenderme la mano para recibirme en su Reino bienaventurado. Yo me voy antes de ti, y cuando le placerá al Señor, tú me seguirás. No estaremos separados para siempre. El Señor te recibirá igualmente para que estemos unidos juntos a nuestra cabeza Jesucristo.

El lugar de nuestra habitación no se halla aquí, está en el cielo; aquí, es el lugar de nuestro peregrinaje. Por eso, aspiramos a nuestro verdadero país, que es el cielo, y sobretodo queremos ser recibidos en la casa de nuestro Padre celestial, para ver a nuestro Hermano, Cabeza y Salvador Jesucristo, así como a la muy noble compañía de patriarcas, profetas, apóstoles y tantos miles de mártires, entre los cuales espero ser recibido cuando haya acabado la obra que he recibido de mi Señor Jesús.

Te ruego, pues, mi bien amada, que halles tu consuelo en la meditación de estas cosas. Considera debidamente el honor que Dios te hace de haberte dado un marido que no es sólo ministro del Hijo de Dios, sino que también es de tal manera estimado y valorado por Dios que le ha placido hacerle participar de la corona de los mártires. Es un gran honor que Dios no concede ni siquiera a sus ángeles.

Estoy lleno de gozo, mi corazón está lleno de alegría, no me falta nada en mis aflicciones. Estoy lleno de la abundancia de las riquezas de mi Dios, y mi consolación es aun tan grande que tengo suficientemente para mí y para todos aquellos a los que puedo hablar. Así, ruego a mi Dios que siga manifestando Su bondad y misericordia hacia mí, Su prisionero. Tengo la seguridad de que lo hará, puesto que siento por experiencia que Él no abandona jamás a aquellos que esperan en Él. No habría pensado nunca que Dios hubiera podido ser tan bueno para con una tan pobre criatura como yo. Siento la fidelidad de mi Señor Jesucristo

Ahora pongo en práctica lo que he predicado tantas veces a los demás. Sin embargo, debo confesar esto: que cuando yo predicaba, hablaba como un ciego que habla de colores, en comparación de lo que ahora siento en la práctica. Desde que he sido apresado, he progresado y aprendido más que en el resto de mi vida. Estoy en una escuela muy buena. El Espíritu Santo que me inspira continuamente y me enseña a manejar las armas en este combate. Por otro lado, Satanás, el adversario de todos los hijos de Dios, que es como un león rugiente y furioso, me rodea por todas partes para herirme. Pero el que dijo: “No temáis, yo he vencido al mundo” me hace victorioso. Veo que el Señor aplasta ya a Satanás bajo mis pies y siento el poder de Dios perfeccionado en mi debilidad.

Por un lado, nuestro Señor me hace sentir mi debilidad y pequeñez, que no soy más que un pobre vaso de barro extremadamente frágil, para que me humille y que toda la gloria de la victoria le sea dada. Por otro lado, Él me fortalece y me consuela de una manera increíble. Incluso me encuentro mejor que los enemigos del Evangelio. Como, bebo y descanso mejor que ellos. Estoy encerrado en la cárcel más terrible y mejor guardada que pueda haber, oscura y tenebrosa, a la que llaman Brunain por su oscuridad, y donde el aire no entra más que a través de un apestoso pequeño agujero, por el cual tiran los excrementos. Tengo cadenas en pies y manos, grandes y pesadas. Son un continuo infierno, que llegan hasta mis pobres huesos. El oficial encargado de la seguridad viene a verificar mis cadenas dos o tres veces al día, para que no me escape. Además, han puesto tres guardias de cuarenta hombres en la puerta de la prisión.

Recibo también la visita del señor de Hamaide, quien viene a verme para consolarme y exhortarme a la paciencia, como él dice. Pero viene de buena gana después de la cena, después de que el vino se le haya subido a la cabeza y que su estómago esté lleno. ¡Puedes imaginar cómo son estos consuelos! Me hace muchas amenazas y me dice que a la menor señal de intento de fuga por mi parte, me hará encadenar por el cuello, el cuerpo y las piernas, de manera que no pueda ni siquiera mover un dedo. Dice también muchas otras muchas palabras semejantes. Pero en todo esto, mi Dios no deja de guardar su promesa y consolar mi corazón, procurándome un contentamiento muy grande.

Dada la situación, mi querida hermana y esposa fiel, le ruego que halles consolación en el Señor, en medio de todas tus pruebas, y que te encomiendes a Él en todas las cosas. Él es el marido de las viudas fieles y el padre de los pobres huérfanos. No te abandonará, te lo puedo asegurar. Compórtate siempre como una mujer cristiana y fiel, en el temor de de Dios, como lo has hecho siempre, y honra de la mejor manera posible, por tu buena vida y tus palabras, la doctrina del Hijo de Dios que tu esposo ha predicado.

Al igual que siempre me has amado con tanto afecto, te ruego que sigas amando igualmente a nuestros niños tan pequeños. Enséñales el conocimiento del Dios verdadero y de su Hijo Jesucristo. Sé su padre y su madre y vela que sean tratados lo mejor posible con lo poco que Dios te ha dado. Si Dios, después de mi muerte, te da la gracia para vivir en viudez con nuestros hijos pequeños, harás muy bien. Si no lo puedes hacer, y tus recursos financieros se acaban, halla entonces a un hombre de bien, fiel y temeroso de Dios, de quien se dé buen testimonio. Cuando tenga los medios para hacerlo, escribiré a mis amigos para que cuiden de ti, porque no creo que te dejen en la necesidad. Podrás retomar tu primer nivel de vida después de que el Señor me haya quitado de esta vida. Tienes a nuestra hija Sara, que pronto será mayor. Ella te podrá hacer compañía, ayudarte en tus pruebas y consolar en tus tribulaciones. El Señor estará siempre contigo. Saluda a todos nuestros buenos amigos en mi nombre y pídeles que oren por mí, para que Él me dé la fuerza, las palabras y la sabiduría que me permitan mantener la verdad del Hijo de Dios hasta el final, hasta el último aliento de mi vida.

Adiós, Catalina, mi amiga excelente. Ruego a Dios que te consuele y te conceda el contentamiento en su buena voluntad. Espero que Dios me dará la gracia de volverte a escribir, si es su voluntad, para que pueda consolarte mientras esté en este pobre mundo. Guarda mi carta en recuerdo de mí. Está bastante mal escrita, pero lo hago como puedo, no como quiero. Te ruego que me encomiendes a mi buena madre. Espero poder escribirle una carta para consolarla, si Dios quiere. También saluda a mi querida hermana y que ella acepte su prueba como proveniente de Dios. Te deseo mucho bien.

Desde la cárcel, el 12 de abril de 1567.

Tu esposo fiel Guido de Bres, ministro de la Palabra de Dios, en Valenciennes, y actualmente preso en este lugar por el Hijo de Dios.

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Cómo Desarrollar una Mente Cristiana

Por John W. Stott

«No seáis como el caballo, ni como el mulo, sin entendimiento» (Sal 32.9); en otras palabras: «No esperen que yo los guíe en la forma en que ustedes guían a los caballos o a las mulas, porque ustedes no son ni lo uno ni lo otro. Tienen entendimiento». Estaban dos mujeres conversando en el supermercado y una le dijo a la otra: «¿Qué es lo que te pasa? Pareces muy preocupada». «Lo estoy, me preocupa la situación en el mundo», contestó su amiga. «Tienes que tomar las cosas más filosóficamente y dejar de pensar», respondió la primera mujer.

Curiosa idea esta de que para ser más filosóficos hay que dejar de pensar. Sin embargo, estas dos mujeres estaban reflejando la forma de pensar del mundo actual. El mundo moderno ha dado a luz a dos gemelos terribles: uno se llama falta de inteligencia y el otro carencia de sentido. En contraste con esta tendencia vemos lo que dice la Escritura: «Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar» (1 Co 14:20). Notemos que Pablo por un lado les prohíbe que sean niños, y por otro les manda que lo sean, pero en diferentes esferas. En lo que se refiere a la malicia, les dice que deben ser tan inocentes como niños pequeños, pero en su manera de pensar tienen que ser personas maduras.

La importancia de la mente

El uso correcto de nuestra mente produce tres beneficios. En primer lugar, glorificar a nuestro Creador. Siendo nuestro Creador un Dios racional que nos hizo seres racionales a su imagen y semejanza, y habiéndonos dado en la naturaleza y en las Escrituras una revelación racional, espera que usemos nuestra mente para estudiar su revelación. Al estudiar el universo y leer las Escrituras estamos pensando los pensamientos de Dios como él quiere. Por esto, un uso correcto de nuestra mente glorifica a nuestro Creador.

En segundo lugar, enriquece nuestra vida cristiana. No estoy hablando de la educación, la cultura y el arte, que enriquecen la calidad de nuestra vida humana; estoy hablando de nuestro discipulado cristiano. Ningún área del discipulado es posible sin el uso de nuestra mente. Alabar es amar a Dios con todo nuestro ser, incluso con nuestra mente. La fe es una confianza razonable y otro ejemplo de la manera en que Dios nos guía.

En tercer lugar, fortalece nuestro testimonio evangelizador. Con frecuencia nos preguntamos: ¿Por qué unos no aceptan a Jesucristo? Podríamos dar muchas razones, pero hay una acerca de la cual no pensamos lo suficiente: ellos perciben que nuestro evangelio es trivial, no les parece suficientemente amplio como para relacionarse con la vida real. Tenemos que recordar cómo evangelizaban los apóstoles, de qué forma razonaba con la gente, y que basándose en las Escrituras muchos fueron persuadidos. De hecho, Pablo define su ministerio diciendo: «Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres» (2 Co 5.11). Utilizar argumentos en nuestra evangelización no es incompatible con la fe en la obra del Espíritu. El Espíritu Santo no hace que la gente llegue a Jesucristo a pesar de las evidencias, sino que atrae a las personas a Cristo por medio de éstas, cuando Él abre sus mentes para que las tengan en cuenta. Pablo puso su confianza en el poder del Espíritu Santo, pero no por eso dejó de pensar y argumentar. El anti-intelectualismo es algo negativo y destructivo, insulta a nuestro Creador, empobrece nuestra vida cristiana y debilita nuestro testimonio; el uso adecuado de la mente glorifica a Dios, nos enriquece y fortalece nuestro testimonio en el mundo.

La mente cristiana

Empezaremos por definir el término. En primer lugar, se trata de la mente de un cristiano. Nuestra mente ha sido manchada por la caída, también nuestras emociones, nuestra voluntad, nuestra sexualidad. Pero cuando vamos a Jesucristo nuestra mente comienza a ser renovada. El Espíritu Santo nos abre la mente para que veamos cosas que nunca antes habíamos visto. Por lo tanto, la mente cristiana no es una mente que está pensando sólo en asuntos religiosos, sino que es una mente que está pensando aun hasta en las cosas más seculares ¡pero desde una perspectiva cristiana! La mente cristiana busca la voluntad de Dios en el hogar y en el trabajo, en nuestra comunidad, en cuestiones de ética social y de política. Una mente cristiana es una forma de pensar, es una manera cristiana de mirar todas las cosas, su perspectiva cristiana ha sido renovada por el Espíritu Santo. Es una mente bíblica, porque está moldeada por presuposiciones bíblicas.

Los fundamentos del pensar cristiano

1) La realidad de Dios

La mente cristiana reconoce a Dios como la realidad suprema dentro y más allá de todo fenómeno. La realidad del Dios viviente y el hecho de que la Biblia se centre en Dios son indispensables para la mente humana. La Biblia es un libro hecho por Dios acerca de Él mismo. Hasta se podría decir que es la autobiografía de Dios. Dios se revela a sí mismo a través de las Escrituras. Se describe como Creador y Señor, como Redentor, Padre y Juez. Por lo tanto, la mente cristiana es una mente centrada en Dios.

Permítanme ahora pensar en dos implicaciones de esta verdad. En primer lugar el significado de la sabiduría. La sabiduría es un tema prominente en la Biblia. Creo que todos quisiéramos tener la reputación de ser sabios. El Antiguo Testamento contiene, además de la Ley y los profetas, una tercera sección llamada de literatura sapiencial que consta de cinco libros: Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés y Cantares. El rey David y el rey Salomón vivieron muchos, muchos años, con muchas, muchas concubinas y muchas, muchas esposas; pero cuando llegaron a la vejez, con muchos remordimientos, el rey Salomón escribió los Proverbios y el rey David los Salmos. Estos cinco libros de sabiduría tratan los siguientes temas: ¿Qué significa ser un ser humano? ¿Cómo es que el sufrimiento, el mal y el amor forman parte de nuestra humanidad? Eclesiastés, por ejemplo, es muy conocido por su estribillo pesimista: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad» (1:2), o «sin sentido, sin sentido, todo es sin sentido». Este libro demuestra lo absurda que es una vida sin Dios. Es la falta de sentido de la vida humana que, por lo tanto, ignora la realidad de Dios. Si la vida se reduce al pequeño período de 70 años, con todo el sufrimiento y la injusticia que se obtiene, y si para todos termina de la misma manera, entonces «sin sentido, sin sentido, todo es sin sentido». Sólo Dios le puede dar sentido a la vida. Puede convertir la locura humana en sabiduría. Sin Dios, no hay más que locura y futilidad. Ésta es la tragedia del vacío espiritual del mundo hoy en día, y de ahí viene el rechazo del secularismo por parte de la mente cristiana. El secularismo niega la realidad de Dios y, por lo tanto, destruye la auténtica humanidad. No solamente destrona a Dios, sino que también reduce el potencial del ser humano a menos de lo que es su potencial. El ser humano sin Dios ya no es humano.

La segunda implicación de la realidad de Dios es la preeminencia de la humanidad. La mente cristiana es una mente centrada en Dios y, por lo tanto, también una mente humilde, debido al carácter teocéntrico de la Biblia. De acuerdo a la Biblia, nada es tan vulgar como el orgullo y nada tan atractivo y hermoso como la humildad que nos hace inclinarnos ante el Dios viviente y recordar que Dios es Dios.

La historia de Nabucodonosor (Daniel 3–5) es una gran advertencia para nosotros. Paseaba por el palacio real en Babilonia y hablaba consigo mismo: «¿No es esta la gran Babilonia que yo he construido con mi poder y para la gloria de mi majestad?» Notemos que él pedía para sí mismo el poder, el reino y la gloria, exactamente la antítesis de la doxología; y no debe sorprendernos que mientras estas palabras salían de sus labios, el juicio de Dios cayó sobre él. Fue privado de su reino y echado del palacio. Vivió con los animales y comió con ellos. Su cabello creció como las plumas de las águilas y sus uñas como garras de aves. En otras palabras, enloqueció; y solamente cuando reconoció que el Dios altísimo reinaba sobre los reinos de los seres humanos, y elevó su mirada en adoración humilde frente a Dios, se le restituyeron su razón y su reino. La moraleja es: a aquellos que andan con orgullo, Dios los humilla. El orgullo y la locura van de la mano, y asimismo la humildad y la razón.

En ningún punto choca tan fuerte la mente cristiana con la mente secular como en esta insistencia en la humildad. La mente secular desprecia la humildad, las grandes religiones tampoco la recomiendan, y nuestra cultura está dominada más de lo que pensamos por la filosofía del poder de Nietzsche, quien escribió acerca del surgimiento de lo que él consideraba una raza que tuviese el coraje de dominar, que fuese ruda, brava. De manera que su ideal era el superhombre, mientras que el ideal de Jesús es el niño, y no hay posibilidad de compromiso entre esos dos ideales. Tenemos que escoger.

La realidad de Dios le da a la mente cristiana su perspectiva primera y esencial. La mente cristiana rehúsa honrar cualquier cosa que deshonre a Dios. Aprendamos a evaluarlo todo basándonos en este criterio: da gloria a Dios, o toma de la gloria de Dios. Esta es la elección, y explica por qué la sabiduría es el temor de Dios y por qué la humildad es la virtud más grande.

2) La paradoja del ser humano

¿Cómo responde la Biblia a su propia pregunta? ¿Qué es el hombre? ¿Qué significa ser hombre? Enseña por un lado que el ser humano tiene una dignidad única como criatura hecha a la imagen de Dios, pero por otro lado enseña que el ser humano también tiene una depravación única como pecador que está bajo el juicio de Dios. Su dignidad nos da esperanza, pero su depravación pone límites a nuestras expectativas. Así que tenemos que mantener ambas juntas, y es aquí donde encontramos la crítica cristiana a mucha de la filosofía política moderna. O son demasiado ingenuas en su optimismo acerca del ser humano, o demasiado negativas en su pesimismo. Solo la Biblia mantiene el equilibrio.

En primer lugar vamos a referirnos al optimismo de los humanistas. Es verdad que se refieren al hombre como nada más que el resultado de un ciego proceso de evolución pero, sin embargo, tienen una tremenda confianza en el potencial de evolución que tiene el ser humano. Creen que el ser humano va a poder tomar su historia en sus manos y hacer él mismo, y aun su propia evolución. Esto es muy optimista y no toma en consideración el egoísmo torcido de éste.

En segundo lugar, los existencialistas —que tienden a ir al extremo opuesto— son gente llena de pesimismo y aun de desesperación, porque dicen que no hay Dios, que no hay valores. Nada tiene sentido. Todo es absurdo. Esa conclusión es lógica si niegan la existencia de Dios. El escritor norteamericano Mark Twain, que era un humorista pesimista, dijo: «Si pudieras hacer un cruce entre un gato y un hombre, mejorarías al hombre y empeorarías al gato». Este pesimismo no toma en cuenta el amor, la belleza, la hermosura, el heroísmo y el sacrificio propio que han adornado la historia humana. Tenemos que evitar ambos extremos: el optimista y el pesimista.

La tercera opción es el realismo bíblico. De acuerdo a la Biblia el ser humano es una extraña y sorprendente paradoja: es capaz de la más alta nobleza, pero también de las crueldades más bajas. Puede comportarse como Dios, a cuya imagen fue hecho, pero también puede comportarse como las bestias de las cuales tenía que ser diferente. El hombre puede pensar, escoger, crear, amar, adorar; pero también puede codiciar, pelear, odiar y matar. El ser humano es el que ha inventado los hospitales donde se cuida a los enfermos, las universidades donde se adquiere sabiduría y los templos donde se alaba a Dios; pero también ha inventado cámaras de tortura, campos de concentración y bombas de hidrógeno. La mente cristiana recuerda la paradoja del ser humano. Somos nobles pero innobles, sabios pero tontos, racionales e irracionales, morales y al mismo tiempo inmorales, y esto cada uno de nosotros los sabemos.

Vamos a aplicar esta paradoja del ser humano a una serie de situaciones. En primer lugar veremos la cuestión de la autoestima. Todos conocemos la gran importancia de la salud mental, de saber quiénes somos. Algunas personas tienen un punto de vista muy exagerado con respecto a su importancia, son gente orgullosa. Pero otros tienen una autoimagen muy baja, creen que no sirven para nada, tienen paralizantes complejos de inferioridad que se acentúan muchas veces debido a ciertas enseñanzas cristianas, y nunca ven la dignidad de ser un ser humano creado a la imagen de Dios.

La imagen de nosotros mismos tiene su origen en el hecho de que hemos sido creados a imagen de Dios.

Sin embargo, el ser humano también es producto de la caída, y es por eso que Jesús nos llama tanto a la negación como a la afirmación de nosotros mismos. Lo que somos se debe en parte a la creación y en parte a la caída. Hay cosas que debo negar y repudiar, pero todo lo que soy por la creación y aun por la redención en Cristo no lo niego, sino lo afirmo. Eso presupone la comprensión de la doctrina bíblica del hombre.

Ahora pasemos a los procesos democráticos. Todos sabemos que la democracia tiene como meta ser un gobierno del pueblo y para el pueblo; y cualquiera que sea nuestro color político, la mayor parte de los cristianos la aprecian, quieren estar al lado de la democracia, porque es la forma más segura de gobierno jamás inventada y refleja la paradoja del ser humano. Toma seriamente la creación, la dignidad de los seres humanos, ya que se rehúsa gobernarlos sin su consentimiento. Les da a los seres humanos participación en la toma de decisiones. Trata a los seres humanos como adultos responsables. Por otra parte, la democracia también toma en cuenta la caída, porque rehúsa concentrar el poder en las manos de unos pocos. La democracia reparte el poder y así protege a los seres humanos de ellos mismos y de su locura. Esta es la forma en que Reinhold Niebuhr lo resumió: «La capacidad del hombre para la justicia hace que la democracia sea posible, pero la tendencia del hombre hacia la injusticia hace que sea necesaria».

Concluyo refiriéndome al progreso social. ¿Es posible que haya progreso social en el mundo de hoy? ¿Puede el mundo ser un lugar mejor? Algunas personas tienen una tremenda confianza en la acción social. Sueñan con crear una utopía y se olvidan del incorregible egoísmo del ser humano. Otras van al extremo opuesto, son tan pesimistas que dicen que es imposible cambiar la sociedad y que no vale la pena intentarlo, pero se olvidan de que los seres humanos aún conservan algo de la imagen de Dios y que aun aquellos que no son regenerados pueden tener una visión de una sociedad justa, pacífica. Casi todo ser humano, regenerado o no regenerado, prefiere la paz a la guerra, la justicia a la opresión y el orden al caos. Así que en cierta medida es posible el progreso social. Creo que tiene un cierto grado de equilibrio afirmar lo siguiente: «Es imposible perfeccionar la sociedad, pero es perfectamente posible mejorarla».

Veamos cómo Pablo nos recuerda la paradoja del ser humano: «Porque ellos mismos cuentan de nosotros la manera en que nos recibisteis, y cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera» (1 Ts. 1:9-10). Por un lado, el ser humano debería convertirse a Dios y ponerse a su servicio y al del prójimo; en consecuencia contará con la ayuda de la presencia y el poder de Dios para cambiar y mejorar su mundo. Pero por otro lado, no logrará perfeccionar su mundo, porque la maldad humana seguirá operando y será juzgada y eliminada por el Señor Jesucristo en su venida. Así que, servimos al Dios viviente haciendo buenas obras y procurando cambiar y mejorar la sociedad, mientras esperamos la perfección y el juicio final que traerá Jesucristo en su venida.

En resumen, debemos recordar nuestro llamado como cristianos al «doble-escuchar». Es decir, la mente cristiana estará atenta a la revelación de Dios para tener una perspectiva realista y teocéntrica de la vida, y estará atenta al mundo para poder actuar concretamente en la historia, haciendo el bien y combatiendo el mal. Una mente cristiana no se ocupa solamente de Dios sin reconocer e involucrarse en la realidad humana, no es escapista. Una mente cristiana tampoco se fija solamente en el mundo de los seres humanos, ni trata de interpretarlos y cambiarlos a partir de una perspectiva y recursos netamente humanos. No es ni optimista sin fundamento, ni pesimista sin esperanza. La mente cristiana tiene que escuchar a Dios y al mundo que la rodea.

Esta tarea de formar una mente cristiana que escucha a Dios y al mundo no es tarea de cristianos solitarios. Es más bien una tarea que requiere de una comunidad cristiana en conjunto. La Iglesia ha de ser, en la práctica, una «comunidad hermenéutica». Parte de la tarea de la Iglesia es escuchar la Palabra de Dios juntos para descubrir la mente de Dios, y la realidad actual para entender lo que está sucediendo. Es en este «doble-escuchar» a la Palabra y al mundo, y en compañía e interacción con otros miembros de la Iglesia de Dios, que se va desarrollando una mente cristiana. Que Dios nos conceda gracia para esforzarnos en pensar como cristianos.


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