Excerpt for Mendigando en Barcelona by Víctor De Miután, available in its entirety at Smashwords

Mendigando en Barcelona

Un pequeño acto de superación personal

Por Víctor De Miután

Published by/publicado por LeDiableCréations

Smashwords Edition

Copyright 2012 Víctor de Miután

Fotografía de portada: Umacamera

Edición ampliada

Índice

Prólogo

Prólogo a la edición ampliada

Mendigando en Barcelona

Apéndice: reacciones en Internet

Nota final

Prólogo

La historia relatada en las siguientes páginas es totalmente verídica. Es el relato en primera persona de un acto que realicé en noviembre de 2011 con el objetivo de superar algunos de mis límites. Días después de llevarlo a cabo, decidí escribir la experiencia y colgarla en internet. Quería saber si era el único que tomaba decisiones como la que me impulsó a hacer lo que hice y conocer la opinión de otras personas al respecto.

La reacción fue totalmente inesperada: en 48 horas tras colgar el relato, la web tuvo más de 10.000 visitas gracias al "boca a boca" en redes sociales. Un diario de tirada nacional lo reseñó en una noticia, e incluso me entrevistaron en la radio. Recibí cientos de emails de todo tipo: desde halagos que me decían que eran lo mejor que habían leído nunca a insultos de todo tipo.

La respuesta de la gente me superó. No podía esperar ni mucho menos tantas reacciones, tan dispares y tan intensas: hice lo que hice por mí, como un pequeño acto de superación personal y nada más. En el fondo, creo que todos y cada uno deberíamos enfrentarnos a nuestros miedos con el método que sea, el que mejor crea cada uno que puede ayudarle. Escribiendo y mostrando el relato, sólo pretendía ver cuán "raro" era el método que escogí: el de vivir directamente aquello que temes.

Ésa fue la única finalidad de mi acto: vivir lo que temía y así superarlo. En ningún momento pretendí compararme con otros ni mucho menos dar una lección a nadie. Lo que viví fue muy útil para mi, y me siento enormemente honrado de saber que hay otras personas a las que también les ha sido de ayuda el leerlo.

Hoy, dos meses después de aquello, me decido a darle formato de ebook con el ánimo de llegar a aún más personas, con la esperanza de que también les sea mínimamente útil. Porque, como ya aprendí durante el acto, lo que das te lo das... y lo que no das te lo quitas.

Tarragona, enero de 2012.


Prólogo a la edición ampliada

Cuando colgué mi historia en Internet realmente no sabía muy bien por qué lo hacía. Lo único que tenía claro eran dos cosas: que quería escribirla y que quería que otros la leyeran, sin esperar nada más, como una forma de darme al mundo. Así que me decidí y monté un blog exclusivamente para publicar el relato. Durante dos meses, en el blog sólo hubo una entrada, la de mi experiencia.

En el ratito que estuve montando la web la curiosidad por si habría reacciones o no, si encontraría otras personas que hubieran hecho actos similares o si lo que hice podría ayudar a alguien más fue en aumento. Me di cuenta de que realmente tenía ganas de conocer la opinión de otras personas al respecto, de ver mi experiencia con otros ojos que no fueran los míos. De saber si lo que había hecho podía tomarse como algo objetivamente útil o por el contrario era una tontería, como tanto me había repetido mientras caminaba por Barcelona.

Tal como ya he explicado, tras colgarlo hubo una reacción en cadena que desembocó en miles de visitas y cientos de comentarios. La reacción de tantas personas fue algo tan inesperado que me sobrepasó. "¿No querías caldo? Pues toma tres tazas.", pensaba...

Así, pude ver cómo personas de todo tipo opinaban sobre lo que había hecho: hubo comentarios muy positivos, otros muy negativos, algunos incrédulos, otros directamente insultantes y hasta personas que me pedían consejo. En las primeras horas intenté responder a todos los que pude, fueran positivos o negativos, y a todos invariablemente les di las gracias: si me sentí de alguna forma en aquellos momentos, fue agradecido... porque daba igual cuál fuera la opinión del que se tomaba la molestia de escribir: lo que importaba es que el relato les había tocado en alguna parte de su ser, les había hecho reaccionar en un sentido u otro.

Leyendo todos aquellos comentarios y mails aprendí muchísimo. Cada reacción fue una muestra del ser de quién me hablaba, me enseñaba un nuevo punto de vista. Por eso agradecí todos y cada uno de los comentarios: quise poner en marcha lo que había aprendido y agradecer sin juzgar. Por ello, hoy añado aquí, en esta nueva edición del ebook ,un apéndice con los comentarios y mails más interesantes que recibí, tanto positivos y negativos. Algunas de mis respuestas a ellos se pueden encontrar en el blog; sin embargo, reproduzco aquí cada reacción tal cómo llegó y sin responder. De esta forma cada uno podrá juzgar según crea y sacar sus propias conclusiones, tal como me fue útil hacer a mi.

Tarragona, febrero de 2012.


Mendigando en Barcelona

Todos tenemos dificultades. Cosas que superar, cosas que no nos gustan de nosotros mismos. A veces sentimos esas cosas como si no fueran nuestras, como si alguien nos las hubiera puesto encima. Yo crecí oyendo continuamente que el dinero era escaso y difícil de conseguir. Mis padres, de clase obrera y de ideología de izquierdas en los tiempos de Franco, tuvieron que luchar duramente para traer dinero a casa. Seguramente dolidos porque las cosas no habían sido fáciles para ellos, nos inculcaron a mi hermano y a mi que la vida es dura, el dinero escaso y el poder corrompe, que los ricos son malos.

Aún en contra de esas ideas que la familia me había impuesto, el espíritu emprendedor es algo natural en mi. Puede que sea una simple reacción o puede que sea una vocación, no lo sé. El caso es que creo que hay que seguir los propios impulsos, sean los que sean... con lo que a los 21 años puse mi primer negocio, junto con dos amigos.

Ese negocio cerró. Y el siguiente. Y el siguiente, y el otro. Todos por mala planificación, discusiones entre socios o exceso de confianza. A mediados de 2007, ya con una larga y educativa ristra de fracasos a mis espaldas, decidí dar el salto definitivo y poner otro negocio yo solo, sin socios y sin cometer los errores pasados.

Para ello, doblé mi hipoteca. Tenía un apartamento con vistas al mar, comprado en 2004 por un precio muy bajo para aquellos tiempos en que los créditos se concedían como churros. Cuando pedí la ampliación, el banco no puso ningún problema: el apartamento tenía por entonces un valor de más del doble de la hipoteca que tenía contratada. Con gusto me la ampliaron.

Con el dinero alquilé y acondicioné un local, compré la maquinaria y una furgoneta (me quise dedicar al diseño e impresión de camisetas), adquirí stock, hice publicidad, contraté a un empleado... todo lo necesario. Una de las cosas que me enseñaron los anteriores negocios fallidos fue que había que empezar con todo lo necesario. Comenzar en pequeño y esperar a crecer no era viable, al menos en mi plan de negocios.

En enero de 2008, todo iba como la seda. El endeudamiento era máximo, pero las camisetas se vendían bien y a aquel ritmo, en un par de años hubiera comenzado a tener beneficios, una vez libre de la deuda.

...y llegó el verano de 2008. Se empezó a escuchar la palabra 'crisis' por todos lados. Las tiendas dejaron de comprar, aduciendo que tenían aún stock del verano anterior. El servicio de impresión a la carta bajó la facturación a la mitad. La venta minorista por Internet se mantuvo, pero esa única entrada de dinero no era suficiente para mantener la empresa. Tuve que pedir un crédito adicional, que avalaron mis padres con su casa. Yo era autónomo.

A principio de 2009, la situación se hizo insostenible, por lo que decidí cerrar. Intenté traspasar el negocio, pero no encontré comprador. Vendí la maquinaria y el stock que pude para hacer frente a las deudas más urgentes, y empecé a pensar cómo solucionar el resto.

Unos meses más tarde, el banco se quedó mi apartamento. Aquel fue un punto de inflexión. Me planteé seriamente cómo había llegado a esa situación. Mis amigos me decían que 'cuando llega una tormenta, el capitán del barco no tiene la culpa'. Pero algo dentro de mi me decía que no, que siempre hay al menos una solución para un problema, y que si no había sido capaz de encontrarla era exclusivamente culpa mía.

Empecé a darme cuenta hasta qué punto me había dejado llevar por el pánico a que las cosas no fueran bien. En cuanto las tiendas dejaron de comprar, un miedo enorme a fracasar se apoderó de mí, y no había día en que no pensara en la posibilidad real de quedarme en la calle y que hasta mis padres tuvieran que pagar por mis errores. El sentimiento de culpabilidad se instauró en mí, y hoy en día sigue ahí. Me di cuenta de que había sido incapaz de superar esos sentimientos, y que probablemente esa incapacidad ayudara en gran parte a mi fracaso. Al fin y al cabo, una parte muy íntima de mí se repetía lo que me habían enseñado: la vida es dura, el dinero es escaso y los ricos son malos. Una parte de mí creía que hiciera lo que hiciera iba a fracasar, y así fue.

A día de hoy, esos sentimientos aún me acompañan. Trabajando muy duro he conseguido devolver casi la mitad de mis deudas. He hecho jornadas de 12 y 14 horas durante casi un año y medio, que me permitían facturar suficiente para vivir e ir resolviendo deudas... viendo la situación actual, debería estar contento, pero la sensación de que eso era lo único que merecía (trabajar muy duro sin dinero para mí) no me ha abandonado en ningún momento. El terror a volver a fracasar seguía ahí, y encima de ese terror había una sensación de prisa inmensa: o sigo trabajando a un ritmo inhumano, sea como sea, o me voy a ver otra vez en la misma situación. Y esta vez peor: los trabajos escasean, nadie me va a dar un crédito, las deudas siguen ahí y algunas han llegado ya a juicio, y como autónomo, no tengo derecho a paro.

Así que hace un mes, tomé una decisión: para salir definitivamente de aquí, antes que nada debo quitarme de encima esos sentimientos de miedo y culpa. Esas sensaciones me inhabilitan: es muy difícil pensar en una solución cuando en lo único que piensas es en el problema y sus aterradoras posibles consecuencias. ¿Cómo se quita uno un miedo? Atravesándolo. ¿A qué tengo miedo? A fracasar definitivamente, a quedarme en la calle sin nada. ¿Qué debo hacer entonces? El mismo miedo lo dice: quedarme en la calle sin nada.

Así, decidí que el pasado viernes 11/11/11 iba a hacer un acto simbólico para atravesar ese miedo: me iba a Barcelona, a 100 km de casa, sin dinero para volver ni comer. Me decidí a mendigar hasta conseguir el dinero suficiente para comprar el billete de vuelta. Si lo conseguía, habría superado el miedo. Me tendría que enfrentar a uno de mis mayores terrores y superándolo, podría guardar el recuerdo de haberlo conseguido como una especie de amuleto mental al que recurrir cuando el terror volviera a asaltarme.

Obviamente algo dentro de mi me decía que esto es una tontería, que no tengo por qué hacerlo, que posiblemente no iba a servir para nada, que aunque lo hiciera no iba a conseguir el dinero... pero solamente el tomar la decisión de hacerlo ya empezó a ayudarme. Saber que soy capaz de hacer cualquier cosa, por inverosímil que sea, para superar mis propios miedos, es algo que inevitablemente sube la autoestima. Así que decidí no escuchar a mis propios miedos y por aterrado e imbécil que me sintiera, hacerlo de todos modos.

Dejé de afeitarme y arreglarme durante todo el mes. Seleccioné las ropas más raidas que tenía, y el día 11 a las 7:45 cogí el tren a Barcelona, acompañado únicamente de una bolsa, el DNI y un rotulador. No sabía dónde iba a ponerme ni cómo iba a hacer eso de pedir. Lo único que tenía claro es que lo primero que necesitaba eran unos cartones donde escribir por qué estaba pidiendo.

Durante todo el mes de preparación, surgió un sentimiento que no esperaba: vergüenza. El simple hecho de salir a la calle sin arreglar ya me daba vergüenza. Me sentía juzgado por los demás por mi aspecto dejado. Una parte de mi se llegaba a enfadar, pensaba que los demás no tenían derecho a juzgarme por mi aspecto, no sabían por qué iba con esas pintas... esa vergüenza se multiplicó por mil en cuanto subí al tren, ya vestido como un mendigo. Me sentí encoger con cada mirada. Pensaba 'si ahora me siento así, ¿cómo voy a sentirme cuando esté pidiendo? ¿seré capaz de encontrar cartones? ¿Y si no consigo el dinero para volver? ¿Y si tengo que estar todo el día sin comer? ¿Y si al final tengo que recurrir como sea a alguien para volver, y si vuelvo a fracasar?' La cabeza me iba a mil por hora, y el corazón me gritaba que estaba loco, que no sabía lo que hacía, que no tenía por qué hacerlo.

Los sentimientos durante todo el día fueron bastante confusos. No dejé de sentir una vergüenza intensa, pero por momentos también sentía rabia y pena... y hasta me sentía un niño pequeño, incapaz de llevar su propia vida, teniendo que pedir y siendo totalmente dependiente de los demás. Las emociones e ideas fueron una maraña constante. Las cosas fueron así:

A las 9:30 llegué a Barcelona. Bajé en Passeig de Gràcia, dispuesto a buscar un lugar transitado tal como me dictaba la lógica. Empecé a caminar. En ese momento experimenté otra sensación curiosa, como si fuera un zombie: caminaba y caminaba, sin atreverme a parar. Por mucho que ya estuviera allí y sin dinero, parar y escoger un sitio era como decir 'ahora sí, lo estás haciendo', y ello me aterrorizaba. Decidí centrarme en buscar cartones y una vez los tuviera, escoger sitio. Mientras bajaba hacia Plaza Catalunya, miraba en los exteriores de las tiendas en busca de cajas. Los contenedores de cartón eran también una opción obvia... pero sólo pensar en acercarme a uno de ellos y meter la mano me mataba de vergüenza. Si ya me costaba aguantar las miradas de la gente con mi aspecto de mendigo, ¿cómo iba a soportarlo hurgando en un contenedor?

Llegué a Plaza Catalunya sin encontrar cajas en el exterior de ninguna tienda. Me dirigí hacia Urquinaona. En el trayecto, se hizo obvio que iba a tener que recurrir a los contenedores. Encontré cuatro en el camino, sin atreverme a acercarme a ellos. Cuando llegué a Urquinaona, me sentía totalmente perdido y encerrado: estaba allá, pero no me atrevía ni a hacer lo más 'fácil'. En ese momento recordé una frase: “Está bien tener miedo, pero no ser un cobarde”. Así que me decidí, giré de nuevo hacia Plaza Catalunya... y me acerqué al primer contenedor.

Tengo vértigo. No me da la gana que el vértigo me evite hacer cosas, así que en mi vida si se plantea la oportunidad de hacer cosas como subirse a una montaña rusa, escalar o tirarme al mar desde unas rocas, lo hago de todas maneras. Cuando lo hago, hay un momento justo antes de lanzarme en que parece que el mundo se vaya. Dejo de oir y tengo la sensación de dejar de respirar durante un instante, el instante en que paso a través del vértigo, casi como si muriera por un momento. Meter la mano en el primer contenedor fue exactamente así.


Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-7 show above.)