Latidos venenosos
By Juan Herrón
Published by Ed. Amarante at Smashwords
Copyright 2011 Juan Herrón
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Laura era inexperta en el amor. Toda su vida, hasta los diecinueve años, había sido casi de color de rosa. Nunca había amado, al menos, no como se amaba intensamente, ni del mismo cariz que un profundo enamoramiento hacia una persona que estuviera fuera del entorno familiar. Su corazón estaba instalado en el querer familiar y, en excepcionales casos, en una buena amistad. Siempre había estado atraída por los extraños fulgores que despertaban en ella el conocimiento de su sexualidad, porque era guapa y lo sabía.
Laura y Rocío eran primas, uña y carne. En cierta ocasión, en la que se encontraban de veraneo en una parcela de Toledo, sufrieron su primer percance. A las dos, amigas inseparables, auténticas confesoras de secretos inefables a familiares, les ocurrió un hecho que estuvo a punto de distanciarlas: conocer a Luis.
Luis era uno de esos chicos que tenían un potente imán personal. Aparte de ser atractivo, su sola presencia ya desprendía un halo de embelesamiento que atraía al sexo opuesto con una inquietante facilidad. Tanto Rocío como Laura pudieron experimentar las sacudidas de impulsos en sus jóvenes cuerpos, además del comportamiento grácil, e insulso, de edades tempranas al enamoramiento. Sin embargo, aunque Luis ejerció sobre ellas un amplio debate, supieron llegar a buen puerto.
En un bosque prefabricado y recortado por la mano del hombre, Luis, Rocío y Laura se encontraban fumando en su interior, lejos de sorpresas inesperadas, y tranquilas por poder mostrarse como realmente eran. Tenían que impresionar a Luis y, por su talante y físico, no era alguien fácilmente impresionable. Se podría decir que ambas estaban en la prueba de fuego, el rito de iniciación ante el cual se hallan las futuras mujeres y las jóvenes adolescentes antes de su primer beso.
—¿Desde cuándo fumáis?—dijo Luis, sorprendido por el afán al fumar.
Rocío miró a Laura.
—Desde siempre—afirmó Laura, con decisión.
—En realidad desde los quince —. Rocío mintió, quitando un par de años, más o menos recordaba ella.
—Yo sólo llevo fumando unos meses. Suelo hacer deporte, y no me gusta mucho, pero mola cuando estás con los amigos. Las chicas guapas siempre fuman.
<<Las chicas guapas siempre fuman>>. Laura y Rocío habían escuchado multitud de consejos, quizás cientos de ellos, pero ninguno tan acertado como los que acaban de escuchar de los bonitos y perfilados labios de Luis.
—Por eso nosotras somos guapas—Rocío rió, como si su risa la hiciera más carismática a lo que estaba haciendo.
Laura no dijo nada. Le hubiera gustado ser más atrevida, pero la timidez no era algo que se quitara con el tiempo, y mucho menos cuando tu inseguridad puede hacerte caer contra el suelo de la seguridad, y quedar reducida a una tonta en el criterio de Luis.
El calor hacía sudar la frente de los tres. Las gotitas se acumulaban por diversas zonas, como el agua del rocío matinal. Los gorriones y torcaces se movían peligrosamente por las ramas de los árboles, haciéndoles reír y mirar atentamente al mismo tiempo.
—Los pájaros son estúpidos—dijo Luis encendiéndose un cigarrillo.
Rocío y Laura se pasaban el suyo, aspirando el humo de una forma particular, como si la ocasión lo requiriera. Y vaya si así lo era. Cuando Luis se encendió su cigarro, no hacía falta darse cuenta de que tenía estilo haciéndolo: hasta el encendedor era propio de alguien muy maduro. Era el perfecto candidato, para experimentar en lo más profundo del alma el primer beso. Sin embargo, a Laura le llamó la atención que hiciera esa apreciación de los pájaros, ella era una amante incondicional de los animales, y la sorprendió casi súbitamente que Luis hiciera apología de la estupidez animal. Cosa que le hizo replantear sus valores, pero en el instante en el que Luis se quitó la camiseta para enseñar sus músculos desapareció toda su locuacidad mental.
—Llevo yendo al gimnasio unos seis meses. Me estoy poniendo cachas, esto a las tías os mola—aseguró.
En realidad Luis llevaba más tiempo. Pero no era un gimnasio, sus padres le habían comprado un auténtico campo de pruebas para sus experimentos corporales en casa. Tenía de todo: bici estática, pesas, bancos de ejercicios. Todo un baluarte de un joven experimentador del culto al cuerpo. Sus abdominales relucían con la luz de la tarde de manera especial, y los músculos estaban tan apretados que componían una perfecta tableta abdominal. Por supuesto, Luis esperaba que quisieran tocarlo.
—¿Podemos tocarlos?
—Claro. —Luis sostuvo el cigarrillo con los labios, cerrando un ojo por el humo, y haciendo una graciosa mueca al respirar por un lado de la boca, como una hiena que se estaba riendo.
Rocío los tocó. Nunca antes había tocado unos músculos cómo aquellos. ¡Luis era tan perfecto! ¡Y joven! ¿Cómo no podía tener novia aún?
Laura se retrajo. La escena ejercía un poderoso desafío a su timidez, y temía que sus impulsos escondidos en la caja de la seguridad, reventaran por la explosión incontrolable del deseo.
Luis acercó los músculos, como si su abdomen fuera un escaparate; una ofrenda al manoseo masculino.
Laura sacó valor de su interior. Se decía a sí misma que era una tonta, que cómo iba a desaprovechar una cosa así. Tal vez estuviera ante el amor de su vida y por un arrebato de puerilidad lo dejaría escapar. Sin embargo, el objetivo de Laura era mucho más profundo, de una profundidad digna de un adulto, y algo que nunca comprenderían Rocío y Luis. Laura buscaba el amor más puro. Las vacaciones eran geniales, pero ¿qué pasaba si el amor o el primer beso no era lo que ella esperaba? Quizá se llevara una desilusión, algo como decir: <<Ah, entiendo, tampoco era para tanto>>. Por otro lado tendría que competir con Rocío, y enfrentarse a su prima y amiga íntima de toda la vida no la hacía mucha gracia. En realidad, la atormentaba esa posibilidad.
—¿No quieres tocarlos?—Luis preguntó con incredulidad, como si se encontrara ante la primera chica que no quisiera tocar sus abdominales.
—No. Me da un poco de vergüenza. —Laura se sonrojó al decir esto. Se culpó por la falta de medios de su espíritu y mente para poder dejar de sentir esa vergüenza, y también, por dejar escapar esa sinceridad en aquel momento.
No obstante, Luis parecía más maduro de lo que aparentaba, y en sus ojos brilló un resplandor de entendimiento, una especie de argumentación a su adolescente mente que comprendiera el comportamiento retraído de Laura.
Rocío miró fijamente a Laura. Daba la impresión de que quisiera decir algo, pero algo le impedía hacerlo.
—Yo os he enseñado mis abdominales. ¿Por qué vosotras no me enseñáis las tetas? ¿Son muy pequeñas?
Rocío se ruborizó, se asustó un poco al ver el repentino calor en su cara. Para Laura no fue así, ella ya lo estaba con los abdominales de Luis, y tan sólo fue una crucial excusa para ponerse todo lo colorada que podía. Más aún, tan colorada como una gota de sangre.
—Nunca le he enseñado mis tetas a nadie—manifestó Laura.
Las dos tenían el cigarrillo tan consumido, que pendía de los dedos de Rocío, en forma arrugada y carbonizada por su parte superior. Rocío lo dejó caer entre dos piedras.
Luis fumaba pacientemente. Su tranquilidad y seguridad en él asustaban a Laura y Rocío. En mayor medida a Laura que a Rocío, a decir verdad.
—Yo si quieres puedo enseñártelas. Pero tengo que quitarme antes el sujetador. —El calor los hacía sudar copiosamente a los tres. Pronto se empezó a notar el olor rancio, y fuerte del sudor de Luis, algo que ellas percibieron como embriagador y místico. Para mayor magia al momento, Luis sonrió con elegancia ante la decisión de Rocío, pero su vista se posaba sobre el tronco de Laura.
—Tú tienes pocas—dijo, maliciosamente—. No sé si un chico puede estar interesado en una tabla.
Laura sintió la primera punzada de dolor. Toda su fragilidad, y su encanto, se resquebrajaron como un terremoto ante esa afirmación. Tenía poco pecho, en realidad para ella era suficiente, aunque quizás se engañaba. Tragó la amarga afirmación de Luis, y se contuvo de derramar una solitaria lágrima.
—Ya me crecerán. Tienen que crecerme. —El tono fue sólido, y por un momento sorprendió a Luis, pero fue pasajero.
Rocío logró desabrocharse el sostén. La camiseta, holgada, pareció revolverse, y descender en volumen ante la expulsión del sostén. De todos modos, podría apreciarse los filos de los pezones sobre ella, y una depresión suave en la parte superior.
Toda la valentía y arrojo de Rocío se detuvo por momentos. Tenía ambas manos de los lados de la camiseta y Laura, al igual que Luis, pensaron que dudaba si hacerlo. Pero fue un lapsus temporal, pues con la misma lentitud que dejó las manos en su camiseta, empleó un tortuoso tiempo de espera, se levantó la camiseta hacia arriba sin ningún reparo. Los pechos de Rocío salieron como una cortina danzante, ante la apresurada retirada de la camiseta. Laura, se enrojeció todavía más que en la anterior ocasión y tuvo temor de que tanta sangre acumulada en sus mejillas dañara su blanquecino cutis. Rocío también tenía tostadas las mejillas, pero lo soportaba de una manera digna de alabanza.
Luis experimentó un latigazo entre los pantalones. Se le precipitó el cigarrillo contra el suelo, aunque ya estaba casi consumido. Las alas de un pájaro que pasó desapercibido rompieron el silencio.
Rocío se envalentonó con la sensación que despertó en Luis.
—¿Quieres tocarlas?—Laura la miraba, como si aquella persona no fuera Rocío. Siempre había sido valiente, pero su actitud rayaba lo erótico.
Luis sintió un freno en su cuerpo. No parecía ya ese chico valiente y apuesto, más bien un niño al que le habían dado un caramelo. Sus ojos se mantenían fijos, y sus pulmones respiraban tan rápidamente que Laura intuyó que estaba excitado. Muy excitado. Lo pudo comprobar por su abultada bragueta. También Rocío lo estaba; estaba vez lo sabía, porque lo sabía: cosas de mujeres.
El contacto de las manos de Luis con los pechos de Rocío fue marcadamente onírico. Ambos se sintieron presa de un deseo irrefrenable, y la toma de contacto fue como el primer paso hacia algo más.
Ya ni siquiera el sudor les importaba.
El sol fue tapado por una solitaria nube, y la sombra que se cernió sobre ambos fue casi mística. Estaban quietos, mirándose fijamente, sin saber qué hacer. Luis las movía como si fueran botones desenfrenados, pero no las miraba. Sólo miraba a Rocío, y Rocío estaba muy colorada, casi tanto como Laura anteriormente. Cerraba de vez en cuando los ojos, y dejaba escapar un suspiro intranquilo, agitado. Como si un ciclón de deseos la poseyera.
—Laura, vete. —Rocío se empezó a desabrochar unos shorts.
Laura no respondió. Estaba paralizada.
—Laura ¡Laura!—El grito la sacó de su ensimismamiento.
—¿Qué?—respondió, estupefacta, como si acabara de llegar.
—Vete, por favor. —Rocío lo dijo con un especial candor, como si el aleteo de una creciente pasión la dominara. Luis se desabrochó los pantalones, y Laura prefirió, con una acertada decisión, alejarse de allí.
Sus pies se alejaron de allí. Entre rocas y tierra. Pero su velocidad no fue suficiente, y escuchó los gritos de Rocío, pero no eran de auxilio, sino de fogosidad. Ante el ajetreo, y cuando Laura se encontraba a una prudente distancia para sus conjeturas, vio como los pájaros hacían círculos en el aire y volaban fuera de los árboles.
El sol descendió abruptamente.
A cada paso de vuelta, Laura no podía evitar pensar en hechos anteriores, como el apoyo de Rocío a sus problemas, y de Laura con los suyos. Habían sido algunos tan intensos que jamás podían pensar que los lazos se pudieran romper, o tal vez aflojar peligrosamente. Era cierto que Luis era muy atractivo. También lo era porque sería un candidato especial para salir a descubrir cosas nuevas, pero no el amor. Laura se reservaba para ese beso, su primer beso, y no podía gastarlo así como así. Era un hecho muy relevante en su vida, y como todo hecho relevante no podía desperdiciarlo a la primera de cambio. Además, Luis no era lo que ella buscaba: ya lo había comprobado. Sólo esperaba que Rocío se encontrara bien.
Laura había desgajado estos hechos en su mente. Comprendía la pasión que podían sentir sus padres, pero no la verdadera pasión que podían sentir un hombre y una mujer. La pasión carnal, la pasión dolorosa o exultante que resultaba la felicidad en estado puro. Tal vez, entre aquel improvisado bosque, Rocío hubiera descubierto el amor. Lo que si sabía, es que Rocío había entregado su virginidad a la primera de cambio. Cosa que Laura despreciaba en su comportamiento, pero que nunca se lo diría.
Cuando el sol se volvió entre el horizonte y el crepúsculo estaba a punto de llegar, las siluetas risueñas y de un ponderado coqueteo se vislumbraron en el inicio del camino. A juzgar por el tiempo que se habrían pasado allí, Laura entendió que habían derrochado una gran energía sexual. También entendió que Rocío jamás olvidaría lo que allí ocurrió. Y puede que Luis tampoco.
Los padres de Rocío no preguntaron por ella en todo este tiempo. Laura se mantuvo por el interior de la parcela, jugando sola hasta el momento de regreso. De recesión amorosa. Cuando ambos entraron por la puerta, la familia les dijo: “¡Hombre!, ¡ya era hora de que vinierais!”. Luis y Rocío se limitaron a sonreír, intentando guardar las distancias, aunque no lo consiguieron. Su proximidad era sospechosa, sólo el abuelo de Luis, Gerardo, les logró separar.
—¿Qué haces con esa muchacha, tan cerca? No me seas pervertido, que tú estás muy espabilado. —Su acento resultaba gracioso. Y Luis, riéndose por motivos bien distintos se separó. Rocío no podía parar de mirarle.
Los dos estaban manchados con tierra, además de llevar la ropa apresuradamente metida en su interior. Cosa que espantaría y pondría en alerta a alguien que hubiera estado allí, u otra persona que desconfiara un poco más del respeto humano. Del respeto por lo sugerente, y no por el deseo animal. Sin embargo, todos parecían muy atareados e inmersos con sus conversaciones para reparar en tales razonamientos. Sólo pudieron invitarles a que se lavaran para sentarse a la mesa. Las manchas no eran muy preocupantes pero si generosas en su distribución.
Desde aquel día Laura se juró a sí misma que nunca más se rebajaría a sí misma como lo hizo ese día.
Laura recordó esos sucesos como los diecisiete años. Ahora, tenía casi diecinueve—dentro de poco sería su cumpleaños—, y estaba mucho más madura y experimentada que en aquella apartada arboleda. Vivía la vida sin preocupaciones, ajena a los sentimientos pasionales. Sólo buscaba poder sentirse bien consigo misma y con su círculo de amistades. Había perdido la fe en el amor, y lo consideraba como algo vacuo y sobrevalorado. Aunque no por ello le cerraría a alguien digno las puertas de su corazón virgen.
Los cambios que se produjeron en su cuerpo fueron una metamorfosis insólita. Aquella joven había cambiado en apenas dos años como una adulta de veinticinco o más. Sus radicales cambios la habían llevado a ser portadora de una potente belleza, y era consciente de las miradas que atraía. Era raro que en cualquier lugar pasara desapercibida, por ello los pretendientes nunca le faltaban. Muchos de ellos habrían sufrido con ella un amor platónico, no porque ella realmente lo supiera, sino porque la mayoría de ellos se lo habían comentado a amigas suyas más accesibles—y más feas— para que hicieran de celestina en el asunto. Pero Laura siempre los rechazó, hasta otros que con sus mensajes y sus regalos estaban calados de su encanto hasta los huesos. Su carácter era igual de bello que su físico, y junto a sus celestes ojos las revueltas que producía entre la comunidad masculina era bien conocidas. Sin embargo, lo que Laura sabía, y guardaba en lo más hondo de su corazón, en aquella caja de seguridad, era la búsqueda de su ideal. De su auténtica y fidedigna alma gemela, el verdadero amor.
Sin embargo, todavía arrastraba en su exterior aquellos pechos pequeños, que aunque, hubieran crecido unos pocos centímetros, ahora le parecían infinitamente más pequeños que los que apreció Luis en la arboleda. Como escolopendra de la desazón, igual que miles de patitas que se desplazaban como una anguila por su mente, resonaban las palabras de Luis como todas las patitas al unísono que decían: “Tú tienes pocas, no sé si un chico puede estar interesado en una tabla”. A la zaga, se coló otro pensamiento más relajante: “Las chicas guapas siempre fuman”. Este vicio nunca lo había dejado. A pesar de que para ella no era un vicio, le gustaba fumar, le relajaba profundamente y le daba un aspecto de tener cierto estatus social. Si no fumabas ni bebías parecías un lisiado, un ser raro y extravagante salido de una cueva en lo más hondo de cualquier composición montañosa. Fumar y ser guapa le hacía sentirse segura. No como aquella tímida que no sólo servía para mirar. Ahora, era más madura y se requería de ciertos “vicios” para ser una adulta con todas las de la ley.
Serpenteantes en su pensamiento entraron las últimas palabras de Rocío: <<Laura, vete, vete por favor>>.
Tal vez su cabeza le estuviera diciendo que llamara a Rocío. Pero aunque quisiera, no podría. Desde el último día que quedaron en la cabecera de cruces de líneas de autobuses, cuando tenía diecisiete años, tras unos días más tarde, no supo nada de Rocío. Se había escapado con Luis, y los últimos rumores que llegaron a sus oídos es que la abandonó a los pocos meses por no querer hacerse cargo del niño. Las malas lenguas, y sobre todo las más afiladas, dijeron que abortó, pero aún así Luis la rechazó: se habría cansado de Rocío, suponían los más mordaces.
Laura hacía mucho que no sabía de ella. La había intentando buscar, pero su búsqueda fue un estrepitoso fracaso. La amiga de siempre, prima y confesora estrella se había ido quién sabe para cuánto tiempo. Le preocupaba que su situación no fuera buena, más todavía, que fuera un auténtico infierno y no le pidiera ayuda. Esto dolía más que nada. Quizá, la amistad de ambas se aflojó tanto que habían quedado como amigas del pasado.
Laura se iba con otras amigas. Si se podían llamar amigas; tal vez era un título demasiado elevado. Se corrigió a sí misma mentalmente y se dijo que eran compañeras de salidas nocturnas. Siempre le gustaba jugar con los eufemismos.
Eran cinco amigas—contando con ella—, además de un único amigo que era Luis. El nombre le hacía acordarse de Luis, el que la arrojó a los estantes de los pechos pequeños. Aunque no era justo; este Luis no era un Luis dadivoso, simplemente era Luis.
Laura estaba acabando de maquillarse y acicalarse los últimos retoques.
Sonó su móvil. Lo cogió.
—¿Sí?
—¡Oye tía, esta noche a arrasar!
—Sí, claro. Como siempre.
—Me han dicho que esta noche nos van a presentar unos tíos. Y hay uno de ellos que está buenísimo. Pero es mío, qué conste.
—Todo tuyo, Paula.
—Aunque seguro que se fija en ti. Tú siempre tienes pretendientes, eres una abusona. ¿Podrías dejar esta noche un poco para las demás?
—Sí quieres no voy.
—Pues no vengas. Seguro que me lo llevo. Te espero a las 12:00 pm, donde siempre.
—Allí estaré.
Laura colgó con una sonrisa en los labios. Siempre había chicos que conocer, pero el entusiasmo de Paula la intrigó. Estaba debatiendo con sus gustos y convicciones por saber si Diego era el candidato ideal para su primer beso. Sus amigas siempre se reían de ella, e incluso algunos la tacharon de frígida, pero no le importaba. Lo que se jugaba para ella era demasiado importante. Demasiado.
Sonó de nuevo el móvil. Lo volvió a coger.
—¿Quién es?—dijo, con un afectivo tintineo.
—Soy yo, Eva. ¿Has visto las fotos de Diego en el Twiter?
—No. Sabes que me quité, llegué a saturarlo. Y no me hacía mucha gracia que…
—Sí, es verdad. No me acordaba. Pues el chico no está nada mal.
—A lo mejor te lo llevas para ti todo.
—Voy a arreglarme. Hasta las doce, más o menos.
—Se puntual.
—¡Chao!
Laura se arregló del todo. Se había puesto un vestido elegante, y unos pendientes de aros muy grandes y circularmente exagerados. Sus zapatos de tacón, de color morado, la hacían juego con el vestido del mismo color. Sus ojos celestes, perfilados de un negro modesto le daban un aire de mayor profundidad. Los labios, se los había pintado de un color rojizo, sin llegar a ser chillón pero pasional. La piel estaba tostada por unas vacaciones fugaces en la costa. Cogía el moreno muy rápido, y prácticamente no se quemaba.
Estaba que desbordaba belleza por los cuatro costados, y era muy consciente de que atraería miradas, babosos y atrevidos borrachos con ganas de sexo rápido. Siempre pasaba igual.
Llegaron las doce. Todos esperaban. Laura sonreía, creyendo que era ella la última, pero se dio cuenta de que no estaba Eva. La enamorada tardía de la puntualidad.
—Vaya, vaya….
—Esta Eva siempre llega tarde. —Aseguró Laura.
—Como siempre. —Añadió Paula.
—Yo con tantas mujeres. Soy un tío con suerte. —Luis empezó a bailar de un modo divertido.
Laura y Paula rieron. Laura se percató de que Luis la miraba cuando ella no lo veía, aunque siempre tenía sospechas de que le gustaba a Luis. Pero él sabía que no tenía posibilidades, bien lo sabía desde una contada y particular ocasión.
Apartó la mirada de ella, al ver que Laura lo miraba directamente mientras Paula se reía en su oído, y observó descaradamente el trasero un poco globuloso de Paula.
—¿No vienen María ni Concha?—preguntó Laura.
—No, tienen que recuperarse del fin de semana pasado. Ya sabes, están un poco mayores, y como para ellas los miércoles son los nuevos jueves pues ya sabes.
Laura ahogó una risa con la nariz.
A lo lejos, en la línea del oscuro horizonte, una emperifollada Eva, y descaradamente sensual venía apresurada. ¡Ya llego, ya llego!—decía, desde la lejanía.
Laura y Paula admitieron que iba con toda la artillería al completo. Y Eva alzó el brazo, se limitó a decir que iban a llegar tarde. Ahora, era curioso que tuviera prisa por ser puntual.
Andando por la calle, como una compañía apresurada e inquieta por llegar a su destino, no podían evitar ser puntualmente escandalosas por el ambiente. Luis reía sobre trivialidades, y Eva no paraba de repetir casi enfermizamente: “Diego es mío”.
El resto de personas que salían desfilaban en línea, en dirección a la zona de marcha que se aglomeraba, con música y personas esperando a la entrada de los pubs.
Laura ya había conseguido unas cuantas miradas y comentarios. Por ahora eran halagos, no vulgaridades. Aunque no lo desechaba. Eva también atrajo miradas, la noche era suya.
El pub en el que habían quedado se llamaba “Salmo Melodian”, un nombre muy agudo, pues el propietario se jactaba de ser aconfesional y de poner música que enturbiaba el espíritu. Sin llegar a ser un antro de mala muerte, el ambiente era bueno, y la gente estaba cómoda. Además de haber siempre individuos de todo tipo que no buscaban nada más que pasar un buen rato.
Cuando entraron, Paula iba agarrada del brazo de Laura como si le fuera a llevar al altar. Eva entro exultante, casi vituperando abiertamente que el grupo no estaba allí.
—No están aquí—dijo Eva, desanimada.
—No te desanimes, Eva. ¿Deja un poquito de los demás para nosotras?—dijo Paula, sacando la lengua de manera divertida.
—Allí, al fondo parece haber alguien—añadió Laura, casi místicamente.
Luis, que por suerte gozaba de buena estatura dijo: “Es verdad, Jorge está al fondo. ¡Eh, Jorge!
Comenzaron a abrirse paso entre la multitud. La gente se movía como algas en una suave marea y la música distaba mucho de ser dañina para los oídos. El ambiente, cargado de humo, de risas enlatadas y de conversaciones transcendentales, tenía algo de mágico. Sorteando montones de cabezas que se interponían en el camino, Luis hacía de improvisado ariete en el trayecto. Laura y Paula hablaban casi en un cuchicheo sobre cómo sería el tal Diego. Eva, ya estaba al lado de Luis para ser la primera en conocer al posible pretendiente de su particular y peculiar agenda.
Al final del pub, al lado del muro de hormigón, jugaban a una máquina de dardos unos apartados miembros del grupo que presumían de tener una genial destreza.
—¡Y otro punto más!—dijo uno de ellos.
Laura y Paula buscaban a Diego, y pudieron ver que Luis estaba hablando con alguien, tapándole con la espalda. Quizás era él, y no iban muy desencaminadas, pues el gesto, casi revelador y transformado de la cara de Eva era evidente.
Dos ¡muacs! sugerentes de Eva le dijeron mucho, y cuando Luis se giró, Paula y Laura pudieron ver al supuesto Diego.
El tiempo se detuvo. Paula, nada más ver a Diego, miró a Laura para comprobar por sí misma si cumplía las expectativas de Laura. Pero Laura no podía articular palabra.
En el preciso instante en que Diego y Laura se vieron, un cambio brusco e inapelable surgió de su interior. Como un volcán. Sus miradas se habían encontrado, y parecían haber estado perdidas, hasta ese preciso momento. Las almas gemelas que tanto se habían errado por el mundo, por fin se encontraron.
El corazón de Laura se aceleró sin motivo. Su pulso era estrambótico, y estaba asustada por la potente y primeriza sensación que estaba sintiendo. Luis miraba a Diego, pues éste, al igual que Laura había quedado paralizado, como un hombre hielo, pero sus ojos no eran de hielo en absoluto.
Se acercó hacia Laura, como si estuviera caminando un kilómetro, pues el tiempo le pareció eterno, hasta encontrase frente a frente sin dejar de mirarse. Daba la sensación de que estaban sólo ellos. Eva se dio rápidamente por vencida, pues sabía que no tenía nada que hacer y fue en busca de otro que la consolara. Paula, al estar tan cerca se sintió incómoda y ahogó una excusa en su garganta mientras se iba a donde estaba Luis, entre risas y murmullos.
—Hola—dijo Diego.
—Hola—repitió Laura. Estrechando sus brazos contra el pecho, de forma instintiva.
—Nunca había visto a nadie como tú por aquí.
Laura no respondió. Se quedó mirándole, quería captar hasta el más mínimo detalle. Era el candidato especial para el primer beso, aunque vio algo en sus ojos, casi oculto, que la amedrentó.
—¿Estás nerviosa? No lo estés, no me he comido a nadie. —La verdad es que la coletilla no quedó muy bien, y estaba segura de que aquel alarde de humor no era su fuerte.
Sin embargo, Laura no podía parar de pensar en ese leve resquicio de incertidumbre que vio en su mirada. Serán impresiones mías, pensó para sí misma. Vete, Laura. Vete, por favor. Parecía vivir un momento hechizado. Hechizada por los encantos de Diego y por lo que siempre había buscado. Sin embargo, le daba miedo empezar algo que no fuera realmente lo que había esperado. Desde siempre, había querido sentir un amor verdadero, puro, y no sabía realmente si Diego estaría a la altura de las circunstancias. O lo que verdaderamente saldría de su amor. Porque en esos momentos sabía que era lo que estaba buscando; el fin de un camino. Y le dio miedo experimentar el amor. Le dio miedo sentirse atada a una serie de sentimientos que no tenían lógica, sin razón, y quizás, sin ningún perdón. También le dio miedo amar con todo su corazón, y las posibles pasiones o frustraciones que eso traería. ¿Y si se sintiera más infeliz con Diego que estando sin él?