Isabel Pisano
1ª Edición Digital, 2011
Smashwords edition
© Isabel Pisano, 2000
© de esta edición:
Literaturas Comunicación, S.L.
Parador del Sol 9. 28019 - Madrid
ISBN: 978-84-939184-7-7
Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla
Smashwords Edition, License Notes
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INTRODUCCIÓN. A propósito del tema
2. “Call girl”: Putas sofisticadas
13. Las que casi no lo cuentan
Dedicar un libro es un acto debido como saldar una deuda, establecer un pacto de sangre que te ligue a la otra persona más allá de las palabras, para que tu declaración de amor hacia ella quede escrita negro sobre blanco. A veces, tengo miedo de no tener suficiente tiempo para escribir todos los libros que quisiera, para dedicar a quienes quiero: mi hermano Miguel, mis sobrinas Claudia, Adriana y Carolina, mi perro Blitz, mis primas, mis gatos... pero hay otras personas que llevo colgadas del alma, que son una parte y una continuación de mí, y mi sentimiento hacia ellas se frustra a causa de la limitación de la palabra o tal vez a mi timidez, que me impide siempre y en toda circunstancia expresar lo que siento. Los buenos sentimientos normalmente despiertan sospechas, del sentimiento en sí y de quienes lo profesan. Pero dado que este es un libro sobre mujeres que ejercen la más antigua profesión de la Tierra, por distintas razones –porque les gusta, por necesidad pura y dura, obligadas por una adversidad que no les da un minuto de tregua, prostituidas en la guerra o en la paz–, quisiera dedicarlo a tres mujeres extraordinarias, y la palabra extraordinaria no es exagerada, tal vez se queda corta.
A Joana Bonet; es curioso, casi al final de mi vida descubro que esta tiene un antes y un después de Joana. El día en que ella nació el mundo salió ganando en la cultura, el razonamiento, la palabra. Posiblemente no veré a Joana al ápice de su gloria, pero el tiempo me dará la razón.
A Matilde Arce, con quien he dividido la mayor parte de mi vida, con devoción mutua, solidaridad. Hemos llorado, reído, comido y paseado juntas, con un afecto que no terminará con nosotras, es demasiado grande para terminar en nada.
A María José García, por todo lo que nos une, por ese jardín que ambas cuidamos día tras día, por la felicidad inaudita que el querernos nos depara.
Para que entre nosotras nunca cambie nada.
Y gracias a Sandra Pérez, colaboradora invalorable, que buscó testimonios para este libro con la misma intensidad que yo misma. Esperando el suyo: el resultado de su primera novela adolescente.
Hablan las prostitutas. ¿Para qué? ¿Para que las lea quién, si la sociedad no quiere saber y ellas no quieren hablar? O tal vez sí la sociedad quiera saber, pero con una morbosa curiosidad que hay que enmascarar a toda costa. Y ellas: las que no quieren comunicarse, a veces con dificultades y temores, se rinden. En ese momento comprenden que es una forma como otra de hacer la suma de la propia vida e intentar cuadrar las cuentas. ¿A quién va, por lo tanto, dirigido este libro? ¿A los del morbo desatado o encubierto o a los que no quieren enterarse? Da lo mismo, no importa cuáles puedan ser sus lectores aunque sea un grito en el desierto, algún eco le llegará a alguien. Tal vez a los clientes de esas niñas que recogen en sus coches en Casa de Campo en Madrid o en Villa Borghese en Roma, crías que tienen sin duda la edad de sus propias hijas y que no pueden elegir, ni escapar, ni rebelarse. O quizá, ¿por qué no?, a un mago de infinito poder, que acabe de una vez por todas con nuestra costumbre de abusar de los seres más desafortunados, o lo que es casi lo mismo: ser indiferente a ellos.
Hablan las prostitutas. ¿Por qué? ¿Para qué? Porque son ellas, a través de sus relatos, las que nos pueden brindar una descripción pormenorizada de la geografía humana, diseñada desde su perspectiva más secreta. Solo ellas que lo han padecido, soportado o gozado, nos pueden contar la explotación infame de las bandas, el cinismo de las autoridades, las complicidades sin nombre, la vida como esclavas del sexo, comer, dormir y la calle por delante. La noche, la soledad total, lejos de todos los afectos, sin conocer el idioma, sin amigos. Y una única misión: subir al coche de un desconocido para brindarle placer a pagamento. Castigos corporales sin nombre, sevicias de todo tipo y humillaciones para quien no logra cumplir la cuota establecida por el boss. Cientos de historias iguales: las de las muchachas de Moldavia, de Ucrania, de Albania y un denominador común: la miseria que produce la explotación. Y la joven que en el ejercicio de su profesión vivió «el polvo del milenio» y se ha convertido en una «mujer decente» y vive (?) solo por y para su hombre.
Cuando, por idea de Joana Bonet, empecé a buscar documentación para este libro, emprendí viaje a través de un mundo donde se vende algo especial: las partes más íntimas del propio cuerpo. Sin ningún pudor o con un decoro que debe ser silenciado, tal vez con una vergüenza escondida en el fondo del alma, con una conciencia que se debe acallar por narices; un viaje sorprendente. Y habrá momentos en que, como en un avión que se aproxima a una zona de turbulencias, será necesario abrocharse los cinturones y hacerse la señal de la cruz ante el descubrimiento de la parte más oscura de los seres humanos; si es que el vicio, por un concepto inquisitorial, es oscuridad y no luz. Esta es una frase ambigua a propósito, pero sirve para separar las historias: no es igual la de una mujer que en pleno uso de sus facultades mentales decide, por su cuenta y riesgo, dedicarse a la antigua profesión o la niña pija que se prostituye por un Versace, que la criatura secuestrada, torturada, apartada de sus padres y de su lugar de origen, para ser introducida de lleno en el infierno de la prostitución. Al terminar el libro tengo la impresión de que llevo toda la vida entre putas, el término no quiere ser peyorativo, pero creo que es de verdad así. Analizando al detalle los hechos, uno vive prostituyéndose cotidianamente hasta con una sonrisa o un golpe de melena. Golpear estéticamente al interlocutor para obtener algo: que te atiendan antes en el mercado o en el banco. Comerciar con la propia atracción es algo que hacemos tan cotidianamente que ya no nos damos ni cuenta. La «putanágine», como yo la llamo, surge a cada minuto y hasta de forma involuntaria y no solo en las mujeres.
En este salto sin red, debo confesar que me sorprendieron muchas cosas: lo que más, lo evidente: los precios escritos en los anuncios, algunas veces ínfimos; otras, desmesurados. Quizá eso tenga que ver con la autoestima, o tal vez no, cuanto más te quieres más cobras, aunque tal vez suceda lo contrario, el resto de las mujeres que no se vende sabe que el propio cuerpo es gratis o no tiene precio. Este libro no es un proceso contra nadie ni pretende elaborar psicoanálisis de saldos, es nada más que la modesta recopilación de diferentes testimonios de mujeres que ejercen la prostitución en todo el mundo.
Yo puta. Hablan las prostitutas empieza en el momento en que una chica dice: «Soy una puta, sí, soy una puta». Esta contundente autoconfesión pertenece a una de las mujeres que «hacen la vida», ellas si, con problemáticas diferentes. Habla Silvia, que trabaja en la calle de la Ballesta y cuyo marido es un chulo, aunque ella lo niegue; Elisa, con el sarcoma de Kaposi, por su adicción a la heroína; una italiana de quitar el hipo, anómala, más que prostituta de postín (cobra cuarenta mil pesetas la hora) podría definirse como «una curiosa»; Brigitta, 23 años, austriaca, de los Alpes cubiertos de nieve y flores silvestres, ha terminado pisando el asfalto de la calle de la Montera; sufre la imposibilidad de desengancharse de la heroína. Y la modelo de Los Ángeles que luchó para entrar en el harén del hermano del sultán de Brunei, en busca de su mejor amiga y, ya que el destino la hizo llegar, pensó que podía ganar algo de dinero y salió de allí peor que estaba. Las prostitutas de la jungla. En la selva amazónica trabajan niñas de ocho a catorce años en el prostíbulo de Troca Tapa, sus clientes son los garimpeiros. Martinha ha llegado a cumplir los 28 años y es la patrona del lupanar, pero es una excepción, casi ninguna llega a cumplir los veinte. De las de la selva a las meninas da rua, Adriana da Silva y Andrea Nascimento, que esquivaron, hasta ahora, a los escuadrones de la muerte.
Las prostitutas obligadas de Bagdad, ex camareras filipinas que escaparon de Kuwait, cuando la invasión iraquí, con lo puesto y trabajaron en el hotel Meliá Bagdad, a orillas del Tigris, para juntar los mil y pico dólares que costaba el billete hasta Filipinas. Las niñas de Bosnia Herzegovina, prostituidas por un cigarrillo, el único tranquilizante que conocen cuando empiezan los bombardeos: la historia de Jakova, 14 años, enamorada de un casco azul francés, Paul, que le llevaba latas de comida y jabones y dentífrico y era dulce y bueno y prometió volver. La historia de Anna, nigeriana, que recibió el 4 de mayo la caricia del Papa y espera el milagro de su curación del sida, aunque yace en fase terminal de esa enfermedad en un hospital de Rímini. Historias de todo tipo y especie, de violencia, de abusos inauditos, de vergüenza, dolor, humillación, abortos, muerte, lujo, dinero y droga. La historia de «Ho Chi Min», como llamaban los periodistas a una anciana desdentada vietnamita que ejercía la prostitución en Hanoi, sentada en un banquito, con un brasero al lado. Tenía 80 años y era la mejor, ya que solo hacía trabajos orales.
«En el lugar del crimen», algunas horas en una casa de citas. El mercado de carne humana más grande del mundo está en Italia, donde las bandas venden al mejor postor, en un remate en toda regla, como si se tratase de joyas o antigüedades, chicas por cuatro y cinco millones de pesetas. Y las que lo han dejado atrás: la historia de la siciliana Graziella de los barrios bajos de Madrid a las galerías de fotos más importantes de Nueva York. Hoy, con marido e internacionalmente consagrada como reporter, la prostitución es una anécdota olvidada en su vida: Chapeau, Graziella. Y cuando pagan las mujeres: la historia de Franco, prostituto hombre, italiano, cuya mente se ha resentido bastante de su trabajo, o tal vez ya estaba resentida y por eso ejerce la prostitución, alterando la prerrogativa masculina por excelencia y sobre todo en Italia: el predominio del macho en la vida en general y en la cama en particular. Sus clientes son, en especial, mujeres «realizadas en sus carreras» que pagan y mandan: en el lecho y fuera de él. Y las que no lo contaron, las que son un número en un archivo policial. Las que no tienen nombre, ni tumba, ni una oración de adiós, ni una flor a su recuerdo. Las que llegan a la Morgue desmembradas, decapitadas, despojos humanos que un día no muy lejano formaron una guapa muchacha que soñó, amó y se rebeló contra su destino. Sus asesinos quieren demostrar que el juego va en serio; nosotros, los testigos, no albergamos la menor duda. Esta investigación periodística se completa con una visión de las diferentes posibilidades que rodean el negocio, incluyendo la pornografía. Pornografía quiere decir: descripción de la prostitución. Se ha dado también esa definición a una muchacha que, sin ser prostituta, es metida en el mismo saco cuando interpreta una película porno. Entrevista con una protagonista de las mismas, que explica los entresijos del sexo para mirones.
Las exigencias de los clientes, la larga lista de los sueños y fantasías masculinas, que a fin de cuentas es exigua.
Mi juventud, por una serie de circunstancias afortunadas, me llevó a vivir en círculos exclusivos, la prostitución constituía entonces una leyenda de mujeres que se hacían ricas follando: el dinero y el sexo son fuente de diversión, así que contemplaba a las profesionales del amor con cierta simpatía. La superficialidad de mi actitud cambió cuando, recién llegada de Italia, decidí comprar en Madrid un pied-à-terre para habitarlo durante mis breves permanencias aquí. Dominada por el concepto italiano del «centro histórico», el barrio más exclusivo de Roma, quise a toda costa una casa en el centro: en la calle Caballero de Gracia, en un palacete del siglo XVII, restaurado, se vendían apartamentos que daban a un patio con jardín y una fuente de piedra. El edificio quedaba enfrente de la iglesia más antigua de la ciudad: mejor imposible. No consulté con nadie y compré un estudio. No sé cuál fue el momento exacto en que noté a las mujeres en la esquina de la calle con la Montera: una muchacha negra, gorda y con minifalda, el pelo teñido de rubio con decenas de trencitas, una Bo Derek deformada. Otra delgadísima, pálida y con la mirada perdida en el laberinto del polvo blanco. Otra aún, muy mayor, con una blusa de red que dejaba sus enormes pechos al descubierto y una minifalda que ponía en evidencia sus varices: era muy gorda, tenía el pelo cardado y rubio y estaría cerca de los setenta años. Me avergoncé como un gusano de mis estúpidos lugares comunes acerca de quienes se hacían ricas follando. Existía, como es obvio, la otra cara de la moneda. Empecé, por lo tanto, por allí, a recoger testimonios en la calle donde había vivido y de donde había salido huyendo. He intentado conservar el lenguaje coloquial, a veces desenfadado de esos testimonios. Pero eso será después de haber leído los anuncios...
¿Incitan, excitan?
Diario El Mundo, 21 de febrero de 2000. «lngrid, 19 años. Particular, estudiante tímida pero morbosa. Hago todo lo que quieras pero al natural. Especialmente francés tragándomelo todo, griego a pelo, beso negro profundo y penetración. Tengo piso propio. Juan Bravo. 8.000».
Este anuncio es uno de los tantos que trae el periódico en sus tres páginas dedicadas a contactos un día cualquiera de la semana. Pensándolo fríamente, lo más excitante en el sexo debería ser el misterio; sorprende la descripción explícita de los «servicios» a realizar y toda la gama de mentiras que estos desarrollan: está la joven a la que sus padres no la dejaban hacer lo que quería, el ama de casa aburrida, la modelo de Interviú o Playboy que quiere redondear sus ganancias, la presunta ninfómana, la chica pija de Serrano, etc. ¿La cuidadosa descripción pornográfica incita al sexo, excita, despierta curiosidad? Todo hace pensar que sí, si no no habría tres, cuatro páginas del periódico dedicadas al tema. Otra mujer que se anuncia pone en titular lo que ella considera es su más grande mérito: «dieciocho añitos» y el resto más o menos igual que Ingrid, con un precio más reducido: 5.000 (pesetas, no euros, obvio). Hay quien cuenta su vida en pocas frases, como Lorena, que se autodefine madura y preciosa: «Mi marido vive atrapado en los negocios, el fútbol, sus amigotes, ignorando mis necesidades de mujer caliente. Por ahora me había saciado con un amigo suyo, mi profesor de natación y algún otro. Ahora quiero probar más, cualquier forma y tamaño, me mojo solo de pensarlo. Te haré...», y sigue el consabido repertorio. Pero Lorena no solo desea aplacar sus «necesidades de mujer caliente» sino que quiere sacarle un provecho económico al tema, por lo tanto también cobra. Y por supuesto está Diana, «la auténtica» de Juan Bravo. Otra cosa evidente es que, a diferencia de cualquier otro trabajo en el mundo, se valora más el hecho de no ser profesional. «No profesionales», aclara el aviso de una casa en particular. Y el 99% de las mujeres se proclama estudiante con poco provecho ya que el lenguaje es, sin faltar a la categoría, de descargador de puerto. Comienzo mi investigación en primera persona: me siento un poco violenta al marcar un número y no preparo lo que voy a decir, lo que es un gran error. El periódico, en un recuadro bien visible publicita la necesidad de señoritas para contactos y que la ganancia mensual mínima es de 900.000 pesetas. Me ofrezco para el trabajo a una voz impersonal: «Buenos días, llamaba por el anuncio del periódico...». Al otro lado del auricular la mujer me hace la pregunta fatídica: «Sí. ¿Cuántos años tienes?» Mentalmente me pregunto cuántos denunciará mi voz: «Soy mayor...». «Trabajamos con señoritas de hasta treinta años». Pausa. «Tengo treinta y cinco». La mentira es casi un susurro, musito ese «treinta y cinco» casi ininteligible, por fin, muy cortada, buscando a toda velocidad algo que le interese, que le haga seguir hablando... No encuentro nada en mi cerebro vacío y ella dice: «No quiero hacerte perder el tiempo», y sin permitirme ninguna réplica, cuelga. Solo entonces me llegan decenas de cosas que podía haber dicho... Pruebo de nuevo con otro número para pedir una chica.
Ataco de inmediato con una demoledora pregunta que anula todos los prejuicios burgueses y sobre todo el principio sacro de que la institución matrimonial se basa en un contrato excluyente y exclusivo:
—Buenos días, he leído su anuncio en el periódico. ¿Qué me puede costar una joven para mi marido?
Mí interlocutora no se inmuta, como si recibiese a diario este tipo de pedidos. ¿Está la sociedad española más liberada de lo que yo creo? Pero es una suerte, así me siento menos avergonzada.
—¿Para hoy? —pregunta.
—Para mañana —respondo.
—¿Sería para él solo o para ti también?
—¿Por qué?
—Porque varía el precio...
—Para él... —Quisiera saber ambos precios pero no oso, tengo miedo de que esta también me cuelgue a la menor sospecha.
—Te informo —dice ella—: los servicios los brindan señoritas de entre 18 a 25 años, son modelos, muy bonitas de tipo y de cara. Se dedican a la publicidad, son deportistas, con pecho bien formado, cinturita, unas medidas de 90-60-90. Hay modelos que salen en revistas, en televisión, en Playboy, hay señoritas guapísimas. Su trato es muy especial, son muy cariñosas y muy complacientes. Te costaría entre 40.000 y 50.000 pesetas la hora.
Me marco un farol.
—¿Y toda la noche?
—Unas 200.000, depende de la hora de la cita que quiera él.
—Me parece un poco caro.
—¿Por qué, cuánto os pensabais gastar?
—No sé, es mucho, ¿no crees? Hablo con mi marido y te vuelvo a llamar...
No sé cómo escapar de esa mujer tan amable que me enumera todo lo que tiene en su mercado de carne humana, tengo la impresión de que estamos hablando de un pavo para Navidad. Ella no quiere cortar:
—Escucha una cosa, siempre llegamos a un acuerdo, tú vienes a la agencia, yo estoy aquí desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche, y te enseño el book de fotos. Piensa que si es un regalo para él quedarás muy bien. Son muy guapas, te lo digo de verdad. Estamos en la calle Huertas, 88. Tercera. Me llamo Teresa.
—Iré a visitarte hoy por la tarde, Teresa, yo me llamo Helena. Oye, si llegamos a un acuerdo, ¿cómo debemos pagar?
—A mí y por adelantado. No es agradable tener que pagar a la chica; ni para vosotros ni para ella.
—Gracias, Teresa, eres una persona muy considerada.
—Vale, Helena, te espero esta tarde.
Por el tono de nuestra conversación parecemos dos amigas que se encontrarán para un té; siempre he pensado que en mi trabajo soy una persona con mucha cara, pero en este caso, corto la comunicación roja como un tomate. ¿Por qué todo lo que tiene que ver con el sexo es tan difícil de afrontar?
Más de lo mismo
María José Barahona, profesora de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad Complutense de Madrid, ha participado en una encuesta realizada por esta universidad, junto con la Dirección General de la Mujer, sobre la publicidad breve en los periódicos de tirada nacional. Señala María José: «La prostitución es un fenómeno cambiante que está sujeto a factores económicos y que no solo se refiere al estrato social de las prostitutas, sino a quienes obtienen beneficios económicos elevados, rápidos y con pocos riesgos, a pesar de usar la explotación de terceras personas. Existen dos tipos de prostitución: la visible y la invisible. Para la sociedad, prostituta es quien vende su cuerpo y ejerce el oficio en espacios abiertos y esto es una minimización del problema, la prostitución va más allá de lo que vemos y de a quienes vemos. La prostitución es tráfico de personas, proxenetas, es clientes, maltrato físico, sexual y psicológico, es falta de recursos personales, abandono, droga, es pobreza, miseria. Y las personas que lo ejercen pueden hacerlo en espacios abiertos como en polígonos industriales o puertos, pero también en hoteles, locales de alterne, domicilios». María José induce a hacer una reflexión sobre el papel de los medios de comunicación.
Oferta y demanda
El objetivo del estudio era dibujar el perfil de la persona que se ofrece y, analizada la oferta, obtener el perfil de la demanda. Se cogió una semana entera, de lunes a domingo (del 10 al 16 de enero de 2000). Se eligieron tres periódicos de tirada nacional: El Mundo, El País y Diario 16. Se contaron 1.378 publicaciones breves.
• Los anuncios se clasificaron en ofertas de contactos personales, relax y masajes. Dentro de los anuncios aparentemente personales, tenemos los de agencias y los particulares. Esto dificultó el estudio porque ciertas personas que se anunciaban como particulares compartían el mismo número de teléfono. Era, por tanto, una agencia, y había que contrastar los teléfonos.
• Los contenidos de lo anunciado varían. Unos señalan características físicas de las personas: «pecho enorme». Otros, procedencia: «mulata», «oriental». Otros, servicios sexuales aparentemente atrayentes: «sexo anal», «francés natural», «griego profundo» y «beso negro». Otros, precio.
• Dentro de la sección de masajes, además de los masajistas profesionales titulados, se anuncian los masajes encubiertos como prostitución: «Mónica. Acaríciame en tu casa. Masajes». O: «Puri, masajista. Prueba mi boca. Especial anal».
• En la sección de ofertas de trabajo también tenemos contratación de chicas para la prostitución encubierta (o no tan encubierta): «Agencia X. Contactos a altísimo nivel. Dos millones de pesetas mes fácilmente superables. Edad mínima dieciocho años. Imprescindible buena presencia. No necesita experiencia. Horario flexible».
• Se resaltan las características de los lugares: lujosa, con jacuzzi, sauna y vídeo porno. Se asegura la discreción e incluso algunos avisan de que la casa adonde ha de acudir el cliente no cuenta con portero.
En esa muestra hay un total de 1.117 anuncios diferentes de personas que se lo hacen por su cuenta, independientemente de las agencias. De ellos, treinta ofrecen la entrega total al cliente para que este pueda satisfacer todos sus deseos, sin límites. Esta conducta lleva implícita la anulación total de la personalidad de la prostituta.
• El precio. La mayoría oscila entre 6.000 y 10.000 pesetas, aunque hay servicios de 1.000, 2.000 Y hasta 50.000.
• Solo indican el lugar donde se llevará a cabo el servicio el 29,1%. Hotel, domicilio propio y un alto porcentaje en el local de la agencia que no se declara como tal.
Los anuncios de las agencias: hay un total de 262 anuncios diferentes. Más de la mitad (el 51%) dan alguna información sobre la actividad: club, burdel, gabinete sadomasoquista, masaje. La mayoría de las personas que trabajan en estas agencias, o el 57%, son de sexo femenino. El resto es prostitución masculina.
Conclusiones:
• Debe de existir una gran demanda, a juzgar por el número de anuncios.
• Aparecen menos anuncios los fines de semana. «Los ofertantes han comprobado que la solicitud desciende los fines de semana. Esto no es una deducción mía», aclara María José, «sino un hecho constatado durante muchos años por personas que ejercen la prostitución». En contradicción con sus palabras, están en estas páginas los testimonios de Carlotta y de Elisa, una chica de contactos de alto nivel y una muchacha que ejerce la prostitución callejera, que sostienen que los fines de semana –viernes, sábados y domingos– son los días en que mejor se trabaja.
• El coste del anuncio en domingo se incrementa y los anunciadores lo señalan como «Domingos mágicos». «Si quieres hacer algo distinto en domingo, ven a jugar con nosotras», «En domingo te recibo con ligueros», «También los domingos» o «Incluso en domingos».
Mientras de lunes a sábado el número de anuncios oscila entre 700 y 800, la media del domingo es de 400. Aunque hay un alto porcentaje de anuncios nuevos que aparecen en este día: un 14%.
• Cuando se quiere reclutar gente para la prostitución, se resalta que la clientela son caballeros de alto nivel, es decir, se insinúa discreción.
• Se recibe al cliente con vestimenta de colegial, lo que indica que hay una gran demanda de este tipo de fantasías.
• Un dato curioso es que ningún anuncio indica el tiempo. El límite lo pone el cliente.
• Hay concentración de los lugares de encuentro; investigando las tres primeras cifras de los teléfonos publicados, estas zonas serían Tetuán, Chamartín, Salamanca, Usera.
Ganancias que aportan los anuncios
El total de publicaciones breves en una semana es de 5.319 en un solo periódico (sin contar los que se repiten de alguna manera). El precio por anuncio es de 150 pesetas por palabra de lunes a sábado y 198 el domingo, más IVA. Un módulo cuesta 7.600 pesetas. Si la media es de cien palabras por anuncio, de lunes a sábado han aparecido 4.827. Esto supone más de 8.300.000 pesetas. El domingo, con 492, se recauda algo más de 1.100.000 pesetas. Es decir, el ingreso semanal del periódico es de más de 9 millones de pesetas. Si lo trasladamos al mes, son 38 millones de pesetas; al año, 450 millones de pesetas. Pero después de todos estos datos, ¿esto es todo el negocio? No, esto es solo una parte del capital que mueve la prostitución. Aquí hay que sumar el gasto que hace el cliente: por el servicio, por tomarse una copa, el uso del jacuzzi, por un masaje. ¿Este dinero llega a las personas que ponen su cuerpo? Para reflexionar, un último anuncio que recoge muy bien los elementos de la prostitución: «Agencia X. Somos una importante agencia en el ámbito de los servicios de compañía para ejecutivos. Trabajamos con señoritas entre 18 y 25 años, generalmente estudiantes, modelos, empleadas, amas de casa. Es decir, gente completamente normal que se dedique a esto de forma esporádica, para solucionar un problema económico a corto plazo. En definitiva, buscamos chicas no profesionales con o sin experiencia, para acompañar a ejecutivos de la forma más discreta posible, sin que afecte para nada a tus relaciones sociales o familiares. Lo más importante para nosotros es la discreción. Siempre puedes ver al cliente antes de que él te vea a ti. Los ingresos oscilan entre uno y cuatro millones de pesetas mensuales. Ideal para extranjeras que quieran regularizar su estancia temporal en España. Si dispones de algún tiempo libre (dos horas diarias) y necesitas dinero urgentemente, no dudes en llamarnos. Te recordamos que esta actividad es legal desde el nuevo Código Penal de 1995. Teléfono 91...».
LA «MADAMA»
Argentina ¿o colombiana?
Durante una cena en casa de gente de alto standing, alguien me da el móvil de Patricia, una argentina que controla a un grupo de chicas que cobran un millón de pesetas por noche. La llamo intentando un encuentro: lo dilata para un impreciso día. En las numerosas llamadas que le hago, me confiesa que una vez se enamoró de un cliente pero que él «jamás olvidará dónde y cómo me conoció». He aquí la primera particularidad de una «madama», el machismo. Acepta como normal que él acuda a un lupanar a buscar hembra, pero comprende que desprecie en el fondo de sí mismo a la mujer que paga, para ella no vale el principio de igualdad. Quien se vende y quien paga a quien se vende pertenecen a la misma raza, sin distinción. Patricia tiene un hijo pequeño y me cae simpática, aunque noto su desinterés en hablar con una tía de la cual no va a sacar ningún provecho. Es más, me pide un pasaporte falso para su hermano que «hizo lo que no tenía que hacer en Colombia; tú, como periodista, podrías conseguirlo». No tengo ni la menor idea de dónde se consigue un pasaporte falso, y le advierto: «Mira que con los ordenadores y la tecnología un pasaporte falso se detecta al minuto», preguntándome para mis adentros ¿de dónde es esta mujer, de Argentina o de Colombia? Ella insiste pero no puedo conseguirle lo para mí inconseguible, aunque si pudiera tampoco lo haría. Patricia juega su baza en que la historia de una mujer que ejerce la prostitución es algo muy íntimo, muy privado. Por una casualidad le mando un cliente: una amiga tiene un hijo adolescente con novia, pero que no sabe «nada de la vida», tímido, introvertido, la madre decide intervenir. Pero Patricia le da a mi amiga, a quien acompaña su marido, cuatro citas en una noche en sitios distintos, el encuentro previsto para las veinte horas se produce a medianoche. Seguramente teme una encerrona por mi parte con fotógrafo y demás. Mi amiga y su marido eligen en el book de Patricia una joven que parece una teenager: una hora, ciento cincuenta mil. El matrimonio sale del encuentro convencido de haber equivocado todo en la vida...
Dejo pasar unos días y la vuelvo a llamar: «Oye, Patricia, les has caído fenomenal a mis amigos, si bien no puedo conseguirte un pasaporte, podría ayudarte mucho en tu trabajo, presentarte jefes de Estado, reyes de los países árabes, etc.». Mi farol es desmesurado pero cuando uno dispara una gilipollez enorme (lo hago a menudo) el interlocutor siempre pica. Pausa al otro lado de la línea... «Vale, te buscaré a alguna de mis chicas». En mi próxima llamada, ¡eureka!, ya tenemos a alguien dispuesto a hablar, el problema de que la vida de estas personas (como la de todo el mundo) es íntima y privada, se resuelve en: «Tengo una que hablaría diez horas por cien mil pesetas».
No puedo aceptar; el presupuesto que tengo para pagar el tiempo de las mujeres no me lo permite. Estoy comprando algo que no sé lo que es, ¿y si en diez horas me cuenta Caperucita Roja y me lee la lista de la compra? Nada que hacer: tratativa disuelta. Siguiente y última llamada. Patricia me hace una propuesta distinta: «Oye, yo tengo clientes maravillosos de cuatro y cinco millones de pesetas por una noche, pero tienen el capricho de Ivonne Reyes, Mar Flores, Ana Obregón. ¿No me las podrías presentar...?» «Solo conozco a Ana», respondo, e intentando hacer humor: «Trabaja mucho en televisión y en películas, no creo que le queden horas extras para actividades no-artísticas, pero, por curiosidad, ¿cómo piensas afrontar el tema?» «Es muy fácil, al principio las contacto para un desfile de bañadores, y cuando llega el momento les digo que el desfile saltó, pero que el dueño de la marca está dispuesto a pagar la misma cifra del desfile por una noche con ellas; la mayor parte acepta». Tampoco puedo ayudarla en eso. En mi última llamada Patricia se despide violentamente. «En este momento, estoy haciéndome un masaje, ya te dije que la vida de mis chicas es íntima y privada, que no quieren hablar, además lo único que yo quiero es un pasaporte falso para mi hermano...».
Cuelgo verde de envidia, imaginando a Patricia desnuda y encremada, haciéndose un masaje: la espalda relajada, mientras a mí el dolor de las cervicales me tiene doblada en el ordenador. Como se dice en italiano: Beata lei!
«LA AGENCIA»
En el lugar del «crimen»
No se trata de la Agencia por antonomasia, esa que nos han mostrado hasta la saciedad en cientos de películas, no, no es la CIA sino una de pretensiones más modestas, una agencia de contactos.
Por mi experiencia debería anotar que en Madrid no hay casi putas de lujo, y sí las hay, no quieren hablar, como lo demostró mi tentativa con la «madama» ¿argentina, colombiana?, así que me vi obligada a viajar repetidas veces a Barcelona, donde la dueña de esa agencia de contactos aceptó recibirme.
Al entrar lo primero que noto es una cámara de vídeo que registra a todo el que entra y me parece una buena medida para proteger a las chicas. Mireia acaba de dar a luz; la veo avanzar por el pasillo de la casa que regenta en un barrio muy exclusivo de Barcelona y no sé cómo me la imaginaba después de nuestras innumerables llamadas telefónicas, pero es una mujer joven, rubia, sin nada de maquillaje: un ama de casa normal, sin ninguna estridencia y con deseos de pasar desapercibida. Si la observas mejor, su mirada denota rapidez mental, no sabría decir si también inteligencia. Pero sobre los hombros lleva, sin dudarlo, más allá de su apariencia pacífica, un cerebro de primera calidad. Paco, su marido, ex pintor y decorador en Venezuela, me muestra con orgullo la casa donde nada es lo que parece: el mármol de las columnas de la entrada es plástico rosa, así como el carey de las paredes y el espejo de los techos, pero el resultado es el buscado, o sea un ambiente un poco kitsch que da el pego del lujo. Paco es dueño además de un negocio de decoración en Barcelona. El piso está en obras: esta es la segunda casa, en la de arriba, la «vieja» para entendernos, solo hay tres habitaciones y se ha quedado chica para la demanda. La primera habitación tiene las paredes forradas con una tela levemente aterciopelada, con grandes vetas negras y blancas, imitación de piel de cebra. Una gran cama redonda preside la habitación, y a corta distancia del lecho, una jacuzzi. Cada dormitorio lo tiene, de diferentes tamaños y de distintas formas. Otra suite un poco más grande, roja, con cortinajes del mismo color, en combinación con azules y verdes y pasamanería a juego. De tipo clásico y con un intento de baldaquín, estilo Luis XVI, sobre la cama. La impresión que se tiene al entrar en las habitaciones es que uno ha retrocedido en el tiempo, a principios del siglo XX o finales del XIX. Una mampara de cristal rompe la atmósfera kitsch, tal vez deberían haber puesto un vitral art déco o art nouveau. El cristal blanco indica la ducha y en una pequeña habitación, separado, hay un bidet. Noto la ausencia del váter. Paco responde:
—No, aquí no puedo permitir que alguien haga eso y deje un tufo insoportable, además, no se viene aquí para eso.
«Elemental», digo, más para mí misma que para él. Al final del pasillo, donde están las siete habitaciones con sus respectivos jacuzzis, hay un bar con las paredes forradas de tela similar al antílope, de color beige. Un círculo de metal plateado en el suelo, con luces alrededor marcando frontera y en donde alguna gogo girl subirá, bailando en cueros o casi, la temperatura del local, en caso de que esto sea necesario y alguno de los que vienen aquí no tenga las ideas claras.
Me muestran con amabilidad la vieja casa y en el salón hay varias chicas y muchachos vitaminizados, se ve que todos pasan muchas horas del día en el gimnasio. El marido de Mireia, notando mi sorpresa al ver a los chicos, dice: «Estoy convocando un casting para hacer cine porno». Pero eso no es realmente como él lo cuenta, y descubriré días más tarde que sí estarán para el casting del porno pero también para las clientes de sexo femenino, los homosexuales, los hombres que quieren un trío con otro hombre y no con una mujer; en fin, la variedad es privativa de cada uno. Refiriéndome al porno, ensalzo el éxito de la iniciativa: «Ese sí que es el verdadero negocio. Conozco a Cicciolina, la porno star italiana, dice que factura diez millones de dólares al año con su empresa Diva Futura». Me callo el resto, o sea que ella recibe visitas casi a diario de los carabineros y de la Guardia de Finanzas, así como de las escuadras del buon costume (buenas costumbres) y que ha dormido más de una noche en prisión.
Paco me presenta a un ángel de color, muy parecida a Marphesa Dawn, la célebre protagonista negra de aquella película de culto que se llamó Orfeo Negro. Es francesa y está acompañada por su novio, un cachas impresionante a cuyo lado Rambo es un alfeñique. Me entra la nostalgia burguesa y en un ataque de buenos principios (¿y quién ha establecido cuáles son los buenos principios y por qué lo son?) pregunto sin morbo y con tristeza, sabiendo ya la respuesta: «¿Ella también?» Mireia, que es una mujer muy práctica, me responde: «Ochocientas mil». Y sí, ochocientas mil pesetas es mucha pasta pero la belleza absoluta, la juventud, el templo sacro que debería ser el cuerpo de esa diosa de chocolate, vendido por un rato a quien pueda pagarlo, me da la impresión de que se deprecia, siento tristeza. Pero acallo enseguida mi vocecita de monja de clausura frustrada, pensando que es el único negocio en el mundo donde cada uno debería obtener lo que quiere, sin sorpresas ni sobresaltos. Mireia percibe al vuelo mi incomodidad y aclara: «Lo hace muy raramente».
En ese momento suena el timbre de la puerta, en el vídeo se refleja un hombre gordito y no muy alto, sería el contable perfecto de cualquier empresa. Me sorprendo porque estamos en horario de oficina.
«Es el de los azotes», dice Mireia, sonriendo. Las chicas se agitan, todas quieren que las vendan a ese cliente en especial.
Media hora más tarde, el hombre sale de la casa satisfecho: ha pagado 40.000 pesetas para que una de las chicas le azotase el culo con una fusta. Tuvo el orgasmo a los diez minutos. Lo dicho, este es un negocio, implicaciones morales aparte, vencedor.
LA ENCARGADA
En la mejor casa de citas de Reus
He viajado otra vez a Barcelona y de Barcelona a Reus para encontrarme con ella. Es una persona interesante y muy disponible. Surge enseguida entre nosotras una simpatía recíproca, ella sostiene que es un «reencuentro». Ya se sabe, el karma y todo eso.
ISABEL PISANO: ¿Cómo se organiza el encuentro entre el cliente y la chica de contactos?
CONCHA: Cada apartamento tiene un jacuzzi. Lo que hacen siempre es meterse con el cliente, juguetear un poco, a veces darle un masaje y luego, a partir de ahí, meterle en la cama.
I: ¿Las chicas trabajan cuando están con la regla?
C: Sí. Hubo un caso en el puticlub que a una de las chicas se le escapó un poco de sangre y el cliente se puso furioso. Ella le dijo que le acababa de venir, él le contestó que si fuera ella, estaría en casa cuatro días con las piernas levantadas tomando el sol o leyendo un libro y no trabajando. El tío no quiso pagar.
I: ¿Qué pasaría si a un hombre que está con dos o tres mujeres, o con una sola, le da un infarto, está previsto lo que se debe hacer en esos casos?
C: No, porque no es una actividad legal.
Concha ha dicho algo que parecería estar en contradicción con la Ley sobre la Prostitución de 1995, y se lo hago notar.
C: Pues yo no lo tengo claro, ¿sabes? Creo que es ilegal, pero no estoy segura...
I: Vale, dejémoslo. ¿Pero qué se haría en el caso de una enfermedad imprevista?
C: Tampoco te lo sé decir. Imagino que se le metería en un coche y se le llevaría al hospital.
I: ¿Los clientes acuerdan siempre la cita por teléfono?
C: No a la fuerza, hay hombres que no llaman por teléfono, sino que se pasan por allí. A veces vienen dos amigos y yo estoy sola.
I: ¿No hay permanentemente chicas de guardia?
C: No durante todo el día. ¿Que qué hago? Tengo que buscar chicas pero sobre todo, cuando no estás muy segura de cómo serán esos hombres, te entra miedo, te pueden hacer de todo. Pero creo que se ve claramente que yo no pertenezco a ese mundo, porque siempre voy guapa, maquillada y bien puesta, con más gusto que muchas de las chicas, y por otro lado la charla que les doy no es la típica de «ven, cariño, que te voy a dar a una señorita muy guapa, con unos pechos preciosos». Yo no hablo así, vendo a las chicas de otra manera; soy buena, sobre todo para los negocios en diferentes idiomas, para gente que viene del extranjero.
I: Imaginemos que soy un cliente y quiero una chica, véndemela.
C: Lo primero que preguntan es si tengo servicio, digo que si. (Empieza a hablar en inglés.) «Tenemos chicas muy guapas cuyo precio corresponde a la calidad, hablan idiomas, con un gran estilo, brillantes; tenemos diferentes tipos de mujeres, si se decide por alguna joven, tenemos adolescentes, si prefiere a alguien con mayor experiencia, mujeres más maduras, de unos treinta o treinta y cinco años, también podemos facilitarle ese tipo femenino. Son mujeres muy especiales, por eso somos una de las mejores casas de España, porque nuestras chicas son realmente especiales, no se van simplemente a la cama y basta, puede también ir a una cita con ellas o tener una conversación interesante».
I: Me has casi convencido. Y qué más.
C (en español otra vez): Les digo el precio y que además tienen que pagar el taxi hasta el hotel Juan Carlos I o... Las chicas van tanto a hoteles como a domicilios privados.
I: ¿No es peligroso?
C: Sí, pero es un riesgo que asumen. Yo como encargada tengo la obligación de verificar antes, de asegurarme adónde van. El cliente tiene que dejarme un número de teléfono fijo. Si alguno me dice que solo tiene móvil, contesto: «Lo siento, no puedo enviar a ninguna chica. Tengo que saber adónde la envío, llamar al 1003 para saber si corresponde la dirección con el teléfono que me ha dado y si está a nombre de la persona con la que estoy hablando. Solo bajo estas condiciones enviamos a alguien, usted tiene que entender que cuidamos de ellas».
I: Concha, tú eres muy guapa, ¿no hubo ningún cliente que dijera «me interesas tú»?
C: No, algunos mientras esperan me preguntan qué hago yo allí, si es mi profesión permanente, algo normal.
I: ¿Qué tipo de clientes tenéis?
C: De todo, hay chicos jóvenes de veintidós o veintitrés años, muy guapos, atractivos, pero muy tímidos, que son capaces de ahorrar durante una semana, porque una hora vale cuarenta mil pelas: veinte mil para la chica y veinte mil para la agencia, las chicas a veces se quedan con un cliente y él les da algo por separado, sin que lo sepamos. Pero básicamente el servicio es mitad y mitad. Me acuerdo muy bien de un chico que era muy inseguro. Había estado con una tía con muchísimo pecho, que se había operado, una salvadoreña, una tal Malena. Él es hijo de una familia de la alta burguesía catalana y se ha enamorado y ahora está de «novio» con ella, que le ha jurado que dejó la prostitución. Esta sí que sería cojonuda para hablar, cojonuda porque lleva cinco años haciendo esto, tiene una hija de diez años que está con su abuela materna en El Salvador; su marido era militar y lo mató la guerrilla. Está en la zona alta y paga por un apartamento ciento treinta mil pesetas, tiene unos gastos que alucinas. Ella se va de compras todos los días: maquillaje, ropa, sandalias... Tiene tanto de todo. Está siempre fantásticamente vestida y como es un poco oscura de piel (parece una negra de piel clara) y está muy bien puesta, luce un montón. Me dijo que había ido a una doctora en Madrid muy conocida y que le había cobrado ochocientas mil pesetas por una liposucción, pero no solo de aquí (se señala las cartucheras) sino que le quitó toda la grasa del cuerpo entero, la ha dejado preciosa. Esta es una tonta perdida, no sabe nada, no lee y habla así (la imita): «Bueno, cariño, qué hiciste ayer». Viene a las doce de la noche, se acomoda en su habitación y espera a alguien, si no la vendo, se queja al patrón y debes saber que en la casa se graban todas las conversaciones, todas. Así que el patrón podía escuchar perfectamente que el cliente decía: «quiero una joven rubia» y en cambio Malena es mestiza. Está muy cuidada, muy sexy, desde arriba hasta los dedos de los pies. Luego la ves en la calle y dices: ¡Pobre chica! La vi un día fuera de aquí y parece una emigrante.
I: ¿Aunque vaya vestida tan fastuosa como me cuentas?
C: Por la calle va totalmente diferente: con vaqueros y camiseta. Es por la noche cuando se transforma.
I: ¿Dr. Jeckyll y Mr. Hyde? ¿O sea que las chicas tienen dos personalidades?
C: Todas.
I: ¿Tú cómo llegaste a esa casa?
C: Por un anuncio en la prensa: «Buscamos mujer liberal para trabajo nocturno». Fui y me entrevistó el dueño, en una de esas camas kitsch tan horribles que tienen, me hacía preguntas como si fuera el director de una ONG en vez de un empresario de prostíbulo. Empezó a enumerar lo que quería de mí. Estábamos en el mes de marzo, le dije que sí.
I: ¿Cuánto cobras al mes?
C: Doscientas mil.
I: ¿Las chicas no te tienen celos por ser tan guapa?
C: Puede ser, sé que las putas quieren que me echen. Me hacen malas jugadas. Pero yo en lugar de bajar la cabeza, cuando ellas se portan sin educación ni respeto hacia mí, paso de ellas, hago mi trabajo, me voy a mi casa y vivo otra vida. Pero aguantar, he aguantado hasta el aburrimiento. Con la que peor me llevo es con Malena, que es una protegida de la agencia.
I: ¿Por qué, es la que más gana?
C: Sí, es una chica que formó la agencia: la sacaron de la jungla centroamericana y la trajeron aquí, le dijeron vístete así, maquíllate así, la hicieron su producto. Hasta tiene su piso a cien metros de la agencia y ella, como no tiene amigas, todas las confidencias se las hace al dueño de la agencia.
I: ¿Y ella sigue siempre con ese novio de la alta burguesía catalana, el tímido?
C: Tiene varios. Estos sí que no saben absolutamente nada de su actividad. Vive una doble vida. Ese que tú dices es muy rico, de la industria textil y salen normalmente como pareja. Le pregunté qué hacía cuando veía a su novio. ¿Y si él quiere ir a cenar? Me dijo que se iban a cenar y a las doce se marchaba. Hay una regla en la casa y es que no puedes ir más tarde de las doce, puedes hacerlo si te llama la encargada porque necesita una chica, pero no puedes ir a pasar la noche después de las doce. (Esta es una regla general de todas las agencias de contactos.) Así que ella iba a cenar y a las once le decía «me encuentro mal, me voy a casa a dormir» y el pobre imbécil la llevaba a casa, ella se desvestía, se volvía a vestir de forma estridente y salía de puta.