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Piénsalo Bien, Yogui

J.D. Bisbal


Published by PublicARTE at Smashwords


Copyright: 2011 J.D. Bisbal





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Tabla de Contenido


Agradecimiento

Prologo

Capitulo1

Capitulo2

Capitulo3

Capitulo4

Capitulo5

Capitulo6

Capitulo7

Capitulo8

Capitulo9

Capitulo10

Capitulo11

Capitulo12

Capitulo13

Capitulo14

Capitulo15

Capitulo16

Capitulo17

Capitulo18

Capitulo19

Capitulo20

Capitulo21

Capitulo22

Capitulo23

Capitulo24

Capitulo25

Capitulo26

Capitulo27

Capitulo28

Capitulo29

Capitulo30

Capitulo31

Capitulo32

Capitulo33

Capitulo34

Capitulo35

Capitulo36

Capitulo37

Agradecimiento


Quiero expresar mi agradecimiento a Patricia Díaz Bisbal y a Moraima Román Teissonniere, por leer el original de este libro y ofrecerme sus sinceros comentarios y observaciones. También, por el estímulo que me dieron para publicarlo. Mi gratitud se extiende particularmente a Lucy Fernández, conocida escritora guayamesa, que sometió el original a una revisión rigurosa y me recomendó correcciones muy importantes.

El sector en el sur en el cual se desarrolla parte de la trama de la obra, es real; los personajes son ficticios con excepción de los protagónicos. Las personas que allí viven son excelentes vecinos; por ellos siento respeto y un profundo aprecio. No conozco ningún río cuyo cauce se remonte desde ese sector del sur hasta las montañas de Cayey cercanas al Cerro Vuestra Madre, pero sí es cierto que pueden verse desde algún punto las costas del norte y el sur. Las razas de los perros villanos son inventadas, para no ofender las razas que conozco.

El personaje de la rosa es mi humilde tributo a uno de mis libros preferidos, El Principito, y a su autor, Antoine de Saint Exupéry. Son incontables las veces que lo he leído, y no puedo estimar cuantas veces más lo leeré. Alguien a quien le debo mucho, el sicólogo Walterio García, me regaló el libro la primera vez que lo leí; siempre que lo vuelvo a leer, lo recuerdo.

Dedico este libro a Carlos, porque me dio el motivo trayendo a Yogui a casa. A Carlos también le dedico mi amor.


J.D. Bisbal

jd_bisbal@yahoo.com

Prólogo


Mi perro desapareció hace ya algún tiempo. Se llamaba Yogui y era un perro noble. Un vecino alegó haberlo visto, se supone que por última vez, durante el más reciente incendio que arrasó la llanura despoblada que queda cerca de donde vivimos. Dijo que el perro estaba acompañado del caballito de los Fernández, y que ambos corrían desesperadamente entre el humo y las llamas, hasta que todo se hizo tan confuso que ya no volvió a verlos. Creé que deben haber muerto a consecuencia del fuego y el humo, porque todo, absolutamente todo, se quemó en el incendio. Añadió que le resultó muy extraño que estos dos animales no intentaran escapar del peligro, pudiendo hacerlo, pues tenían fuerza y capacidad para correr por sus vidas.

Esta información la obtuvimos durante las investigaciones que hicimos Carlos y yo después de que rebasara el límite de duración que Yogui mismo había impuesto a sus frecuentes desapariciones. Recorrimos los sectores circundantes preguntando por Yogui a todo el que pudiera atendernos. Nadie, aparte del que dijo haberlo visto en el fuego, pudo darnos noticias más precisas sobre él. Los Fernández también hicieron sus averiguaciones. Todas sin éxito. A pesar de que ellos tenían razones de peso para esforzarse, pues el caballito era un purasangre y representaba una costosa inversión como futuro caballo de carrera. Yogui no. Él era sólo un perro sato. Pero era mi perro y yo lo quería, y hasta creo que él también a mí.

Me da vergüenza aceptar lo difícil que se me hacía describir a mi perro físicamente. Es un perro sato común y corriente, decía yo, de color marrón claro tirando a café claro, o más bien, gris claro tirando a marrón. Usted sabe, de ese color impreciso que son todos los satos. No, no tiene señas particulares, ni manchas que lo distingan, como una estrella o un lucero en la frente. Solamente tiene un poco de blanco en la cara, que se le extiende por el cuello y el pecho llegándole hasta las patas. La punta de su activo rabo también es blanca. Ante mi incapacidad de describirlo regresamos a casa y buscamos un retrato.

Pero cuando se trataba de describir la otra parte de su personalidad, entonces sí me sobraban adjetivos. Y decía: Si lo conoció seguro que lo recordaría, porque es amable, juguetón, alegre, activo, vigoroso, locuaz, amigable (aunque arisco), incansable, agotador, mentiroso, ladino, farsante, pendenciero y testarudo. No acepta que lo amarren. Si pudieron amarrarlo, entonces no era Yogui. Pero sobre todo… es un perro noble, muy noble. Las personas, mirándonos entre confundidas y extrañadas, movían las cabezas negativamente como diciendo que no entendían nada, o que no lo habían visto. Tuvimos que desistir y regresar a casa sin saber que había sido de Yogui. A esperar con calma que pasara el tiempo, para ver lo que pasaba.

Cuando por las noches me siento a solas bajo las estrellas a pensar en él, me pregunto. ¿Por qué se fue? ¿Por qué quiso dejarnos? ¿Qué pasó en realidad? Entonces una lágrima se me escapa y me pregunto: ¿Regresará algún día?

1: Ese perrito tiene algo especial que lo protege.


Yogui nació a mediados de la primavera, en plena cuaresma, en lo alto de una loma en la finca de Doña Lolin. Ella era la dueña de una porqueriza que de vez en cuando era saqueada por unos rateros que venían desde un barrio cercano de muy mala fama. Como con frecuencia desaparecía uno que otro cerdito, Doña Lolin acogía los perros que sus dueños abandonaban en las cercanías para que hicieran trabajo de vigilancia. El recurso daba resultado, pero no totalmente. Uno de estos perros era la mamá de Yogui.

Los perros vivían en incontrolado apareamiento y las pariciones se daban de acuerdo al ciclo natural. Yogui fue el último en nacer de una camada de siete perritos, exactamente a las siete de la mañana de un día siete; y en el orden de la numerología esa repetición del siete lo dotó de inteligencia, sensibilidad, suspicacia, y extra sensorialismo. No había pasado mucho tiempo cuando todos en la porqueriza notaron que el perrito tenía algo diferente. Lo notó su mamá, los demás perros, los cerdos y hasta las aves de presa que por allí sobrevolaban.

En una ocasión en que se apartó de su mamá, dejándose llevar por una prematura curiosidad, que sería después una de sus principales características, alcanzó a verlo un halcón que se encontraba en lo alto de un árbol seco oteando los alrededores en busca de comida. Creyéndolo presa fácil el halcón se lanzó en picada, pero una fuerza inexplicable lo obligó a retroceder, y cambiando el rumbo desapareció en el espacio mientras murmuraba, “Ese perrito tiene algo especial que lo protege”. Y decidió mejor irse a buscar una culebra o un pollito.

Al momento de nacer el perrito levantó su cabecita como saludando la vida con alegría, mientras su mamá lo lamía amorosamente. A medida que iba creciendo daba muestras de ser listo, muy listo. A simple vista era un sato común y corriente. Color de sato, orejas de sato, cara y cuerpo de sato, y para que no quedara duda, rabo de sato. Tiempo más tarde, cuando fue a vivir con ellos, los que vinieron a ser sus dueños, la mujer acostumbraba reclamarle cuando él se dejaba llevar por sus momentos de euforia:

-Yogui, por favor, deja de batir ese rabo que me molestas.

Para qué le sirve el rabo a un perro si no es para batirlo cuando está contento? Más tarde, alegaría que también le molestaba el ruido que hacía al sacudir las orejas. Ella siempre fue tan quisquillosa. Por eso Yogui nunca la quiso.

Progresivamente el perrito fue dándose cuenta de que los animales pueden comunicarse entre ellos. Aun cuando sean de especies diferentes todos poseen un decodificador natural que interpreta en su propio idioma el mensaje del otro animal. Así, cuando un ruiseñor canta en una rama llamando a su “ruiseñora”, su mensaje también llega a todos los demás animalitos que lo oyen. Hay sus excepciones: los animales pequeñitos como las moscas, gusanos, libélulas, peces, mariposas, hormigas, pulgas y otros que no emiten sonidos audibles. Estos, en cambio, se comunican perfectamente bien entre ellos haciendo uso de un sistema particular aparentemente basado en las vibraciones de sus movimientos o de las ondas que emiten. Su proceso evolutivo requerirá de miles y miles de años para incorporarlos a la red comunicativa del resto de los animales. Entre estas excepciones se encuentra, además, el animal mayor, el humano, con el que tampoco pueden entenderse, excepto en circunstancias en que la naturaleza da su permiso debido a razones muy especiales, casi siempre relativas a los sentimientos, más bien al amor. Y aunque con el humano no se entienden ¡qué bien se entienden en esas excepciones!

Para Yogui no había excepción. Chiquitos, medianitos, grandes y humanos eran entendibles para él. Con los animales la comunicación era recíproca; con los humanos la reciprocidad ocurriría sólo con personas sumamente especiales. Todo lo cual sucedía debido a su capacidad de percepción producto de las circunstancias numerológicas de su nacimiento. A medida que crecía se perfeccionaba su don y ya no iba necesitando de ladridos para entenderse con los animales. Ladraba, sí, porque era conversador, o por pura diversión, o para avisar del peligro cuando tuvo que trabajar de vigilante, o para amenazar al enemigo, o simplemente para enfatizar su alegría cuando se sentía feliz. Al refinarse su don recibía sus mensajes directamente en su mente y contestaba de igual forma. Fue tal su desarrollo que llegó hasta recibir mensajes de elementos de la naturaleza como la brisa, el fuego, el pasto en la llanura y las flores.

Como era un perrito tan inteligente rapidito aprendió las enseñanzas de su mamá: lamerse las heridas para que se sanaran, comer yerba para curarse el estómago mediante el vómito y no perseguirse el rabo porque nunca se alcanza. Las que tenían que ver con la autosanación eran fundamentales pues un sato jamás es llevado a un veterinario para que lo cure. De hecho, un sato no sabe siquiera que los veterinarios existen. Su mamá terminaba sus sesiones educativas con ejercicios dramatizados de sus recomendaciones sobre supervivencia perruna, o lo que es lo mismo, sabiduría de la vida aplicada.

-Vamos. Tienen que convencer a Doña Lolin de que saben cuidar la porqueriza. Si no lo hacen podrían acabar sin techo ni comida por inútiles e innecesarios. ¡Atención! ¡A convencerla! ¡Muévanse! Cuando oigan el ruido del “Jeep” subiendo la cuesta empiecen.

Entonces ella hacía su mejor demostración, y todos los perritos la imitaban.

-Cabeza erguida, cuerpo tenso, patas firmes, rabo y orejas rectas, gruñan enseñando los colmillos y ladren fieramente. -Y pasaba la vista para verificar cómo lo hacían, sintiéndose satisfecha de todos, en especial de su benjamín.

En eso Yogui llegó a ser un verdadero artista. Cachorrito como era, lo hacía ¡tan bien! y con tal realismo que convencía hasta al más escéptico, hasta a Doña Lolin que era experta en perritos farfulleros. Orgullosísima de esa nueva prole de satos, principalmente de Yogui, comentaba satisfecha:

-Cuando ese perrito crezca va a ser tremendo perro guardián. ¡Ay del que se atreva acercarse a robarme mis puercos! Ese perrito se lo va a comer vivo. Desde ya se ve que va a ser un perro bien bravo y valiente. -Y mirándolo fijamente sonreía complacida, como contemplando un ejemplar del más puro linaje. -Hasta en la cara se le nota lo inteligente que es. - Y de inmediato le echaba un poquito más de comida.

Así fue que Yogui se dio cuenta de dos cosas muy importantes en su vida: que mediante su capacidad histriónica podía obtener mayores beneficios (lo cual hizo que su futura dueña lo catalogara de farsante, taimado y ladino), y de que ¡tenía la capacidad de entender lo que decía Doña Lolin! Eso de ganarse comida adicional lo hizo decidirse a perfeccionar su talento actoral. La exclusiva capacidad de entender a los humanos se fue perfeccionando sola. Creyéndose su propia actuación se exhibía orgulloso ante Doña Lolin como si fuera la gran cosa, patrullando la porqueriza cual temible “german shepherd”. Lolin, complacida, intentaba acariciarlo…pero, ¡hasta ahí llegaba Yogui! Arrumacos y caricias ¡no! No los permitió de pequeñito, ni de grande.

Siempre mantuvo como principio esencial de su perruna existencia no permitir caricias ni arrumacos de los humanos. Su mamá lo había enseñado a ser arisco: “Un sato siempre tiene que estar prevenido, pues nunca se sabe cuando puedan lanzarte una patada”. Yogui nunca se dejaba tocar. Su relación con los humanos se daba a distancia, si había proximidad la propiciaba él. De adulto opinó que su dignidad quedaba sumamente maltrecha si se dejaba arrullar como un perrito faldero. Esa era otra de las razones por las cuales antagonizaba con ella, la que vino a ser su dueña. Cuando se empeñaba en cogerlo en la falda para jugar y él se resistía queriendo soltarse, le decía: “Yogui, tranquilo. Déjate llevar. Yo quiero un perrito cariñoso y juguetón. No, no te pongas tieso, déjate acariciar”. Pero Yogui era tan arisco que, de tanto esquivarse y retorcerse, conseguía escaparse dejándola siempre malhumorada. “Ese perrito es un antipático. No se deja querer de mí”, le dijo un día a Carlos. “Se deja querer, pero a su modo. No lo apresures, dale tiempo a que se acostumbre”, le contestó él. “Yo no quiero que se acostumbre, quiero que me quiera”.

Al cariño sí llegó Yogui a acostumbrarse ¡pero a los arrumacos no! Las pocas veces que los soportó por breves segundos, mucho, mucho después de conocerla, mantuvo una expresión mezcla de estoicismo, resignación y fastidio, que hacía que ella terminara soltándolo y diciendo: “Vete. Ya sé que no te gusta. (Una última caricia) Te quiero Yogui. Te quiero mucho”. Pero antes de que descubrieran la forma de amarse mutuamente habrían de suceder muchas cosas.

De las disputas con sus hermanitos por la comida adquirió sus primeras experiencias en la lucha cuerpo a cuerpo. Habilidad en la que más tarde alcanzó renombre, y fue entonces cuando se proclamó máxima autoridad “cuatripatil” del territorio adonde fue a vivir. A la fuerza se dio a respetar de gatos, perros, caballos y cabros, metiéndolos a todos en cintura. Por su valentía Yogui era el preferido de Doña Lolin. Ese fue el motivo por el cual decidió regalárselo a su hermano, Carlos. La decisión se concretó un buen día en que ambos conversaban en el balcón de su casa y él se lamentaba de su situación.

-Ya no se qué hacer con los cabros del vecino. Se pasan a mi terreno a comerse los arbolitos que tengo sembrados. Ya me han dañado unos cuantos, y esos arbolitos me salen muy caros.

-Quéjatele al dueño - le contestó ella.

-Ya lo he hecho en varias ocasiones. Y él vuelve a reparar la cerca, pero los cabros siempre encuentran como escapársele.

-Bueno, entonces tú lo que necesitas es un perro que te proteja la propiedad.

-Sí. Ya yo había pensado en eso. ¿Tú puedes regalarme alguno de los tuyos?

A él no le importaba adoptar un perro sato, porque, como buen hombre de campo, esos fueron los perros que tuvo de muchacho. De personalidad sencilla, afable, natural, no le daba importancia a la alcurnia, ni en las personas, ni en los animales.

-Tengo precisamente el que te conviene - le palmeó Lolin la rodilla derecha afirmando con una sonrisa ufana. - Es inteligente, bravo, y sé que será buen perro guardián. Vente mañana y te lo llevas.

-¿Por qué no hoy?

-Porque es muy arisco y no se va a dejar coger. Mañana yo bajo la perra de la porqueriza y los perritos se le vienen detrás. Consíguete un saco para meterlo porque va a dar trabajo capturarlo.

-Bien, pues vuelvo mañana temprano.

Y gracias a la carta de recomendación de Lolin, el perrito consiguió su empleo de espantacabros.

No fue fácil capturarlo. Con una perra impidiéndolo y siete perritos brincando alrededor de ella, Carlos las estaba pasando negras. Cada vez que lo tenía acorralado la perra amenazaba con morderlo, él tenía que esquivarla, y el perrito se le volvía a escurrir de entre las manos. Ya cansado, a punto de desistir, Lolin ideó una estrategia.

-Yo aguanto la perra y tú coges el perrito.

-¿Y si te muerde?

-Ella no me va a morder a mí. Tú verás.

Así lo hicieron y finalmente lo lograron. Carlos agarró el perrito y con mucho esfuerzo pudo meterlo en el saco que llevaba preparado. Amarrándolo por el extremo lo echó en la caja de su “pick up”. Después de ese día nunca pudo nadie mantenerlo prisionero agarrándolo con las manos. ¡Nadie! Ni ella, a quien finalmente llegó a amar tanto; aunque para ese entonces ya ella sabía que no debía aprisionarlo entre sus brazos. Yogui aprendió a contorsionarse con tanto vigor que no había quien lo mantuviera agarrado. Para vacunarlo había que ponerle la correa y después amarrarle las patas de atrás. La operación tenía que llevarse a cabo deprisa pues era capaz de hacerse daño de tan fuertes tirones que daba. Ni que decir de lo enojado y ofendido que se quedaba por espacio de varios días. Ya era pleno verano, el sol calentaba sin compasión y el trayecto a la casa tomaba como una media hora. Encerrado en un saco, bajo el sol, padeciendo de sed y separado a la fuerza de su familia inicio el perrito su nueva vida. El trauma que sufrió no lo superó nunca. Y todavía le esperaba otra cruel experiencia.

2: Esta relación ha comenzado bajo muy malos auspicios.


En la casa acostumbraba pasearse con altivo señorío una gata blanca, de procedencia indeterminada, que acudía en busca de comida y ya se comportaba como legítima residente. Ambos la habían acogido con afecto a pesar de que ella no era muy adepta a los gatos. Pero la gata era cariñosa y muy útil pues era buena cazadora de ratones, que como se sabe abundan en los campos. Dio la malísima suerte que al momento de Carlos llegar, la gata se encontraba presente. Él estacionó la “pick up” frente a la casa, se bajó y subió a la caja de atrás donde estaba el perrito dentro del saco. En eso ella salió afuera con curiosidad.

-Te traje el perrito - le dijo él, que casi siempre definía sus acciones en beneficio de ella.

-¿Es bonito?

-Seguro ─dijo sin mirarla, conciente de que mentía.

-Pobre perrito, con este sol y este calor.

-No le pasa nada. Ya verás.

Soltó el amarre y cuando fue a agarrarlo el perrito se le escapó de las manos y saltó al suelo asustando a la gata que también curioseaba. El perrito asustado y la gata asustada quedaron frente a frente, pero como él todavía era un cachorrito no supo reaccionar a tiempo. Veloz como animal de presa, la gata le brincó encima haciéndole un doloroso peinado con el filo de sus uñas. El perrito, sorprendido, quedó petrificado sin lograr reaccionar. No le funcionó su reconocida astucia, ni pudo hacer uso de las tantas estrategias de defensa perruna aprendidas en la porqueriza. Él y ella se quedaron pasmados, sin saber cómo intervenir para arrancarlo de las garras de la gata. La malvada seguía atacándolo con el filo de sus garras, hasta que el perrito, aterrorizado, corrió a esconderse detrás de la lavadora de ropa que estaba contra la pared donde hacía esquina. Allí encontró refugio, y su terror fue tan grande que se quedó escondido por varios días. Durante ese tiempo maduró un rencor feroz contra la gata, y su opinión sobre los humanos se deterioró significativamente. Ni los ruegos, ni la comida y el agua que le llevaron, ni todos los subterfugios que usaron para convencerlo de que saliera de su escondite lograron convencerlo.

-Esta relación ha comenzado bajo muy malos auspicios - dijo ella con voz profética, según su cierta tendencia a vaticinar.

-No, no pasa nada - contradijo él con su tranquila voz de siempre-. Ya verás como todo se le olvida y pronto se comporta como si no hubiera pasado nada. - La negación y la simplificación eran su fuerte, y con mucha frecuencia tenía razón.

Pero no fue así. Yogui nunca olvidó las injurias de la gata y con el tiempo se desquitó de ella, de los hijos de ella, de los nietos y hasta de los bisnietos, haciendo válido aquello de que la culpa de los padres caerá sobre los hijos hasta la cuarta y quinta generación. Pasaron unos días y el perrito no se dejaba ver. Como para el cuarto día notaron que el plato de comida estaba vacío, pero no lograron verlo.

-Verás como pronto se le pasa el miedo - insistía él tenazmente.

Ella no contestaba, pero sospechaba que la cosa no sería tan fácil. Tiempo después, cuando ya de grande el perro los aburría de tanto brincarles y jugarles alrededor, Paulette lo regañaba:- Ya estate quieto, Yogui. Me gustabas más cuando vivías escondido detrás de la lavadora.

3: “Ese es nombre de oso” ─le advirtió ella.


Una mañana en que comentaban sobre el perrito, haciéndolo todavía escondido sin saber que en la noche se había escapado, Carlos le preguntó:

-¿Y qué nombre le vamos a poner?

Ella no contestó de inmediato porque se le hacía sumamente difícil pensar en un nombre para un perrito invisible, pero él insistió.

-¿Qué te parece si le ponemos Pancho?

Ahí fue cuando ella descubrió que la originalidad no era uno de sus atributos, pues todos los animales de la familia de él se llamaban Pancho, o Pancha.

-¿Otro Pancho más? No, por favor - y añadió -. Fíjate, Paulette me ha hablado de tantos personajes famosos, que podríamos escogerle un nombre de esos.

-¿Cómo cuales?

-Peckles, Keeropi, Pooh, Pochaco, Kitty, Yogui.

-¿Qué te parece, Peckles?

-Me encanta, pero Peckles es un pato.

-¿Y Cherokee? ¿Te gusta Cherokee?

Se rió de él con suficiencia, sin decirle que ella, a propósito, decía Cherokee delante de Paulette.

-No es Cherokee, es Keeropi.

-¿Cómo se escribe eso?

-Pues, no estoy muy segura pero creo que es K-e-e-r-o-p-i.

-Eso está difícil. Pongámoslo sencillo y que se llame Yogui.

-Yogui es un oso - le advirtió ella.

-No lo sabía. - La miró dudoso -. Pero, no importa, el perrito tampoco lo sabe.

-Todo el mundo sabe que Yogui es nombre de oso. - Corrigió -. Bueno, todo el mundo menos tú.

-Comoquiera, me gusta Yogui

-Bueno, a mí también me gusta Yogui. Así que ya está bautizado. Se llama Yogui

Y ella se quedó pensativa con una sonrisa divertida en los labios…


A la sola mención de Paulette viene su imagen a mi memoria. Paulette, mí amada nieta. La que desde pequeñita me introdujo en la intrincada identificación de los personajes que constituyen la fauna de los dibujos animados. Ella fue la que me presentó a los protagonistas de la moderna fábula infantil. Inició esa fascinación cuando apenas tenía dos años y ante la visión de una representación de Mickey Mouse, o de su novia Minnie, comenzaba a dar vueltas, tapándose los ojitos con las manos y diciendo con pequeños grititos de emoción: Mickey… Mickey… ¡es Mickey!

Años más tarde repetía el mismo ritual cada vez que entrábamos juntas a cualquier mega tienda, al ver camisetas, carteritas, gorras, o cualesquiera de los artículos con la imagen de Winnie the Pooh impresa.

-¡Ay abuela, es Pooh! ¡Ahí está Pooh, abuela!

Y corría como loca a acariciar el dibujo en el artículo. Pero se ponía roja de indignación y bochorno cuando yo, imitándola con toda mala intención, caía en la misma exaltación que ella a la simple vista de Pooh.

-¡Abuela, por favor! No te pongas así que me abochorno - me suplicaba.

-Pues no comprendo por qué -le contestaba yo -. Yo no me abochorno cuando tú lo haces.

-Pero yo soy una niña, abuela.

-Y yo soy una desniña.

Algún tiempo después cambió su adoración a la gata Kitty. Tenía libretas, lápices, diarios, mochilas, camisetas y no sé cuantas cosas más con la imagen de la famosa gata. Yo intentaba, en vano, calcular cuánto de nuestro dinero había enriquecido las cuentas de banco del que tuviera los derechos comerciales sobre esa encantadora gata. Pero esta relación resultó ser más pasiva pues nunca la vi practicar el ritual de las vueltas, la tapada de ojos y los gritos, por Kitty. Por lo menos no delante de mí. A no ser que se cohibiera para que yo no la imitara.

Me di cuenta cuanto había crecido cuando, un par de años más tarde, al entrar en la preadolescencia, la oí suspirar por un humano: el cantante Ricky Martin. Yo, en recuerdo de mi enamoramiento por el actor Rock Hudson, hacía tantos y tantos años atrás, le regalé en su decimosegundo cumpleaños un póster gigante con la foto de su ídolo. Me sentí muy feliz cuando me dijo:

-Gracias abuela, este regalo me encanta. - (A ella y a su hermanito, Brandon, las cosas le encantan, o no le encantan).

Durante la época en que se inició su relación con Winnie the Pooh, se propuso que yo aprendiera a conocer toda la famosa fauna.

-Vamos a ver si ya te lo sabes, abuela. ¿Quién es Peckles?

-Seguro que lo sé, Paulette. Peckles es un gato.

-¡No! La gata es Kitty. Peckles es un pato.

-Ah...perdona, me equivoqué en esa. Pero yo lo sabía, es que me equivoqué.

-¿Quién es Yogui?

-Fácil. Ese sí que lo sé. Es un perro.

-¡No, abuela! ¡Yogui es un oso!

Yo sí lo sabía pero me encantaba fallar en el examen. (A mi también las cosas me encantan, o no me encantan.)

-¿Quién es Keeropi?

-Cherokee es ¿un cocodrilo? No… Un caballo… Un…

-No es Cherokee, es Keeropi. Pero déjalo abuela. Tú no tienes remedio.

-Pero, ¿no me vas a decir quién es Cherokee?

-¡No! Es K-e-e-r-o-p-i, y es un sapo. Y no voy a seguir porque tú no quieres aprender.

Pero ella no se resignaba a que yo reprobara en su asignatura favorita, así que en su siguiente visita volvía a sus lecciones. Ese era el cuento de nunca acabar. Entonces, cuando Carlos me propuso ponerle Yogui al perrito yo acepté de inmediato, porque ya esperaba con ansias el momento en que Paulette me dijera: ¡Abuela! Yogui no es un perro, es un oso. Pero Paulette ya estaba grandecita y no se dejó engañar tan fácilmente.

4: Se fue y los dejó porque le pusieron nombre de oso.


Cuando alguien le preguntaba cómo se llamaba el perrito, o cuando la oían llamarlo, invariablemente se suscitaba un diálogo que se desarrollaba más o menos así:

-¿Yogui? ¿Tú perro se llama Yogui? Ese no es nombre de perro. Yogui es un oso.

Entonces ella, con su más cándida expresión preguntaba:

-¿De oso? No. Yogui es el nombre de un perro famoso.

-Estás equivocada. Yogui es el nombre de un oso famoso. Es un personaje de caricaturas que vive en un parque que es una reserva natural, que es muy travieso, y le roba la comida a los visitantes…

Ahí la persona se seguía extendiendo en sus explicaciones sobre el oso Yogui. Ella, entre burlona y bromista, seguía con su representación.

-¿Tú estás segura? Mira que yo siempre he sabido que Yogui es un perro.

Después se volvía hacia Carlos y con fingida expresión de sorpresa le preguntaba:

-¿Tú estás oyendo eso, mi amor? ¿Tú sabías que Yogui es nombre de oso?

Él, haciéndose su cómplice solo parcialmente, contestaba con seriedad:

-No sé. Yo tengo entendido que Yogui es el nombre de un perro famoso, pero no estoy seguro.

-¡Tú ves! ─le decía categóricamente a la persona.- Es de perro. Estoy segura que es de perro.

La persona volvía a sus explicaciones tratando infructuosamente de convencerla. El día que ese diálogo tuvo lugar con su hermana, esta ignoró su farsa porque la conocía demasiado bien, y como una sentencia le dijo:

-Tu perro debe estar furioso porque le pusiste nombre de oso. Es posible que hasta se te escape.

-¿Cómo puede estar furioso si él no lo sabe?

-Todo el mundo sabe que Yogui es el nombre de un oso. Está furioso, y tú tienes la culpa.

Ella se sintió incomoda porque su hermana la puso en evidencia, y porque sabía que era cierto que lo sabía. Y nuevamente pretendió mentirle.

-Yo no lo sabía. En verdad yo creía que el famoso Yogui era un perro.

-A mi tú no me engañas. Te conozco bien, y sé que lo sabías.

Después, cuando la llamó por teléfono para confirmarle que Yogui se había escapado, esa primera de tantas veces que lo hizo, su hermana le dijo:

-Definitivo. Se fue y los dejó porque le pusieron nombre de oso. - Y remató-. Te lo dije. ¿Verdad que te lo dije?

Ella hubiese querido ser sincera y decirle: No sé si se fue por lo del nombre, pero sí sé que se fue por la paliza que le dio la gata. Pero se sintió tan culpable que prefirió quedarse en silencio.

5: Suéltalo, él nunca va a permitir que lo amarres. Yogui nació para ser libre.


Sus dueños aún lo hacían escondido detrás de la lavadora cuando Yogui decidió irse por primera vez. Con el tiempo sus desapariciones se volvieron frecuentes y ya no necesitaría de una excusa para irse de la casa. Las primeras veces ellos se preocupaban y salían a buscarlo, pero al ver que el perro siempre regresaba, caminando en tres patas, con las orejas gachas, maltrecho y cabizbajo, dejaron de alarmarse cuando no lo veían por un tiempo. En una de esas ocasiones, luego de una escapada más prolongada que lo usual, Carlos le comentó:

-Cuando Yogui vuelva vamos a tener que amarrarlo. No puede continuar viviendo como un perro realengo. Hay que ponerle fin a esa mala costumbre.

Y lo intentaron, pero Yogui por poco se arranca la cabeza jalando la correa.

-Suéltalo - dijo ella, convencida de que era imposible ─. Él no va a permitir que lo amarres. Yogui nació para ser libre. Como debieran ser todos los seres. Como también debieran ser todas las patrias.

Y libre vivió.Vivió siempre como quiso. A su modo. Intensamente. Fue audaz aventurero, correteador de gallinas y caballos, espantador de cabros, apasionado enamorado, incondicional amigo, fiero contendiente, cariñoso compañero, talentoso actor, maravilloso contorsionista y no se sabe cuántas cosas más. Fue también el amado perro de aquellos a quienes les permitió creer que eran sus dueños.

Cuando notaron que la comida permanecía intacta decidieron buscarlo detrás de la lavadora. No estaba. Tampoco lo hallaron en los otros posibles escondites. Entonces se preocuparon y salieron a buscarlo por las cercanías.

-No puede estar muy lejos pues el todavía es un perrito pequeño - decía ella.


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