Excerpt for La Ciudad, tres momentos by Rodolfo Martínez, available in its entirety at Smashwords

La Ciudad, tres momentos

Rodolfo Martínez


Copyright © 1999, 2000, 2011, Rodolfo Martínez


© 1999, Rodolfo Martínez por «Tarot» y «En territorio ajeno»

© 2000, Rodolfo Martínez por «Intruso»

© 2011, Sportula y NGC Ficción!, por la presente edición


Ilustración  y diseño de portada: © 2011, Felicidad Martínez


ISBN: 978-84-939203-6-4

NGC Ficción!

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SPORTULA

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Contenido


Tarot

Piensa lo que quieras

En territorio ajeno


Sobre el autor

Sportula

NGC ficción!

En la ciudad no pasa nada fuera de lo normal. Nada que no pase en cualquier otra ciudad parecida. No muy grande, desparramada a lo largo de la costa y con una cierta vocación cosmopolita que a veces resulta un poco ridícula.

La mayoría de la gente se ocupa de sus propios asuntos. Aunque, como siempre, algunos prefieren interferir en los asuntos de los demás; carentes, quizá, de una vida propia que vivir, lo hacen a través de las de sus vecinos; incómodos, tal vez, con las elecciones que han llevado su vida al punto muerto en el que está, tratan de interferir en las decisiones de los demás, no sea que los otros tengan éxito donde ellos han fracasado.

Se levantan algunas calles, se reducen otras, se amplía el tamaño de algunas aceras o se crean parques en solares que pertenecieron a empresas que ya no existen. Hay quejas sobre la gestión del Ayuntamiento y los forasteros notan extrañados la curiosa concentración de tapas de registro que hay por todas partes.

Hay conciertos de música popular, ferias de artesanía, encuentros culturales en los que intelectuales engreídos tienen erecciones con el sonido de su propia voz. Festivales de cine, salones del cómic, encuentros de aficionados a la literatura de género. Hay playas, hay museos y hay jardines. Parques donde los niños juegan bajo la mirada atenta de unos padres cada vez más temerosos y pisos vacíos que nadie vende y cuyos dueños los atesoran como si hubieran invertido en una obra de arte.

Lo de siempre. Una ciudad de provincias: más vital que algunas, menos regia que otras. Nada que la haga destacar demasiado.

Un sitio normal, como tantos otros.

Sólo que en realidad no es como ningún otro.


Rodolfo Martínez: Fieramente humano

Tarot


Para Carolina y Marisa



—Bien, señor Rodríguez. Hemos jugado a su juego y usted ha ganado. Creo que va siendo hora de que juguemos al mío.

Aquello me pilló por sorpresa. Acababa de ligar los dos dieces que me hacían falta para un full y trataba de impedir que mis dedos empezaran a tabalear sobre la mesa, traicionándome. Alcé la vista y sólo entonces me di cuenta de que en la mesa quedábamos dos jugadores nada más. El resto se había ido largando a medida que transcurría la tarde y sus fichas pasaban a engrosar el montón multicolor junto a mi mano derecha. Mi único oponente conseguía mantenerse no demasiado mal, perdiendo un poco a veces, ganando un poco otras. Era un jugador prudente. Rara vez arriesgaba. Esos son los más difíciles de tumbar: nunca darán el golpe, pero sus pérdidas jamás son excesivas.

—¿Por qué no? —dije, respondiendo a su oferta, mientras juntaba los dos dieces con el resto de las cartas. Si jugábamos a algo que realmente le gustase quizá cometiese algún error del que yo pudiera aprovecharme—. Pero primero terminemos esta mano, ¿no?

Él asintió y me miró con un brillo extraño en los ojos. Hasta entonces no me había fijado demasiado en él, y eso era curioso, porque al fin y al cabo el póquer no deja de ser un juego de carácter, más que de azar o habilidad. Es fundamental que conozcas las manías y los tics de los otros jugadores, porque sus cartas y el modo en que las juegan son tan importantes como las tuyas. Recuerdo que al sentarme en la mesa le lancé una mirada distraída y lo catalogué sin pensármelo mucho como el típico primo de fin de semana, que no ganaría nada pero tampoco perdería mucho. En su momento me pareció un poco demasiado gris, demasiado desvaído, como si él mismo no estuviera muy seguro de su realidad. Ahora, sin embargo, se había producido un cambio sutil en él. Desde el momento en que acepté su desafío pareció volverse más nítido y hasta sus ademanes cambiaron, encontrando una decisión que había estado ausente de ellos toda la tarde.

Jugamos aquella última mano y gané con absurda facilidad, pese a que intentó echarse un farol con un trío de cuatros. Incluso en eso no puso un gran empeño, como si faroleara porque eso era lo que se esperaba de él en esa situación y no quisiera defraudar a los demás haciendo añicos la imagen que teníamos de él.

—Puede recoger sus fichas si lo desea, señor Rodríguez. Haré que el crupier se las cambie.

Aquello no tenía sentido y la expresión de mi rostro debió ser bastante evidente. Una sonrisa tenue apareció en aquellos labios delgados y pálidos.

—No necesitaremos dinero. Se lo aseguro. —Chasqueó los dedos y un crupier apareció a su lado, entrando repentinamente en el haz de luz que caía sobre la mesa—. Cambie las fichas del señor Rodríguez. Y tráigame mi baraja. —Se volvió a mí—. Por supuesto, puede examinarla si lo desea, para asegurarse de que no está trucada.

Hice un gesto poco comprometedor con los hombros. El crupier recogió mis fichas y se fue de allí con una celeridad casi mecánica. Entrecerré los ojos y una idea asomó a mi cabeza.

—¿Es usted el dueño de esto?

—Digamos que tengo cierta influencia con él. —Otra vez aquella sonrisa—. Bien, aquí está.

El crupier, después de dejar una bandeja con un abultado fajo de billetes a mi lado, le tendió un extraño mazo de naipes, mucho más alargados que los normales y, aparentemente, más gruesos. Su parte posterior, que era todo lo que yo podía ver de ellos en aquellos momentos estaba decorada con unos motivos extraños: no había en ellos nada figurativo, pero tenían una cualidad inquietante que, sin saber por qué me puso nervioso, como esas decoraciones geométricas que los árabes tanto usaban; parecían prefigurar algo que existía pero no debería existir, quizá abismos inesperados y curvas inverosímiles. Agité la cabeza, aquellos pensamientos no tenían el menor sentido.

—¿Desea examinarlas?

—Si no le importa.

Me las tendió. Efectivamente eran más grandes, más alargadas y más gruesas que las cartas normales. También eran de mucha mejor calidad. Y tremendamente antiguas: el satinado que les daba brillo se había ido desgastando y por un momento me imaginé el cansancio paulatino de su superficie después del roce de miles de dedos. Les di la vuelta y las contemplé: parecía una prosaica baraja española, oros, copas, espadas, bastos, con la salvedad de que había ochos, nueves y dieces. Estaban ilustradas en un estilo primitivo y algo recargado en las decoraciones de los palos, y las figuras eran de un realismo ingenuo y detallista que les daba cierto encanto. Luego, empecé a ver cartas que no conocía de nada: un loco, que quizá fuera el comodín o quizá no, una torre, dos amantes, un carro, el sol y la luna, un juicio... Alcé la vista de repente, comprendiéndolo todo.

—¿Vamos a jugar con cartas de tarot?

Mi oponente asintió en silencio. Encontré aquello enormemente divertido.

—¿Qué pasa, va a decirme la buenaventura?

—No necesariamente la buena, amigo mío.

Su voz, que al principio había sido tan gris y átona como él mismo había ido adoptando en los últimos minutos una cualidad profunda y resonante que parecía hacerla llegar de muy lejos.

—En realidad el juego es muy sencillo —dijo—. No muy distinto del póquer al que nos hemos estado entregando durante las últimas horas. Hay tres descartes, a menos que uno de los jugadores decida que es suficiente. Jugaremos con siete cartas. Con cinco de ellas podrá hacer las combinaciones normales del póquer. Cualquiera de los arcanos mayores puede servirle de comodín, aunque... bueno, hay arcanos que no casan con ciertas cartas.

—¿Cuáles?

—Lo sabrá usted cuando llegue el momento.

—De acuerdo. ¿Y las otras dos cartas?

—Las otras dos cartas serán siempre dos arcanos mayores, en caso contrario carecerán de valor, será como si sólo tuviera cinco. Según las que sean pueden hacer que su jugada valga más o menos.

—¿De acuerdo a qué baremo?

—Eso lo sabrá también cuando llegue el momento.

Aquello era ridículo. Me estaba metiendo en un juego en el que no conocía todas la reglas, y eso es algo que jamás hago, no desde... Aparté el pensamiento de la cabeza antes de que lo hubiera formulado del todo. Ahora no era el momento para aquello. Pensé en levantarme de la mesa y salir de allí. Les lancé una mirada indecisa a los billetes nuevos y, seguramente, crujientes que descansaban junto a mi mano derecha. El hombre al otro lado de la mesa debió captarla, porque enseguida dijo:

—Jugaremos unas manos de prueba, para que pueda ir haciéndose con las reglas, si le parece bien.

Lo pensé unos instantes. Miré otra vez al fajo de billetes y a mi oponente y respiré con calma. Qué demonios, sólo era dinero, podía ganar más desplumando a otros primos. Miré de nuevo las cartas del tarot en mi mano. Siempre me han fascinado los retos, y más cuando estos implican alguna clase de enigma.

—De acuerdo —dije al fin—. Echaremos un par de manos.

—¿Quiere repartir usted?

No respondí. En lugar de eso comencé a barajar las cartas. Me resultó difícil al principio, hasta que mis manos se acostumbraron a sus dimensiones y consistencia. Tenían un tacto curioso: suave, como si no fueran de papel sino de satén. Al final puse el mazo en mitad de la mesa para que él lo cortara.

Extendió una mano pequeña y cuidada y casi tan blanca como la servilleta de papel que había junto a su copa y tocó suavemente el mazo con los nudillos. Yo lo recogí y empecé a repartir. No sabía si había alguna forma especial de hacerlo, pero ya que él no me había dicho nada decidí que lo mejor sería una tanda de tres y dos de dos. Mi oponente pareció satisfecho con ello, dejó escapar un breve gruñido y bebió un trago mínimo de su vaso.

Recogí mis cartas y les eché un vistazo. Una pareja de doses, un diez, dos figuras (una sota y una reina), un tres y una silueta escuálida vestida con un manto negro y que sostenía una enorme guadaña, más grande que ella misma. No necesité leer el rótulo bajo la imagen para comprender que se trataba de la muerte. Bien, muerte o no, era uno de los arcanos mayores y me convenía quedarme con ella. Lo hice también con las dos figuras y me descarté del resto. Mi contrincante dejó caer una sola carta sobre la mesa.

Le di su carta y recogí mis cuatro. Ahora tenía tres reinas y varios naipes sin valor. Un trío no era gran cosa, sobre todo si teníamos en cuenta que él sólo se había descartado de una carta. Pero no tenía sólo un trío, tenía un trío de damas y la muerte las acompañaba y aquello era una jugada nada despreciable.

Un momento. Aquello no tenía sentido. ¿Cómo sabía yo...? Y sin embargo, al mirar las cartas comprendí que era cierto, que un trío de damas acompañadas por la muerte era una excelente jugada. Sacudí la cabeza, intentando librarme de la sensación de irrealidad que me embargaba, pero era inútil.

Entretanto, mi oponente y se había deshecho de otra carta.

—Lo siento —me oí decir—. Corto.

Él asintió cortésmente y recogió la carta de la mesa.

—Como esto es una mano de prueba, no apostaremos nada y nos limitaremos a mostrar las cartas —dijo—. Como ve yo tengo un full de treses y dieces, acompañados del loco. La otra carta carece de valor.

Yo mostré mi trío que en realidad era un cuarteto.

—Espléndida jugada, señor Rodríguez. —Parecía complacido—. Usted gana.

En realidad sus palabras no eran necesarias, yo había sabido que mi trío ganaba a su full antes de que él dijera nada. No tenía sentido, nada lo tenía, y al volver al vista a mi alrededor me di cuenta de que estábamos solos. El único foco de luz en todo el casino era el que iluminaba nuestra mesa, y no había el menor sonido en toda la sala. Cogí mi vaso. No me gusta beber cuando juego, embota los sentidos, salvo un sorbo que otro de vez en cuando para aclararme la garganta y no dar la impresión de que soy un puritano, pero esta vez me bebí lo que quedaba del vodka de un solo trago. Enseguida un camarero se materializó entre las sombras y volvió a llenármelo.

Jugamos un par de manos más. En la primera yo conseguí un póquer de cuatros, pero también obtuve un juez de mirada impenitente que parecía decidido a condenar a toda la humanidad. Intenté deshacerme de aquella carta, sabía que convertía mi jugada en algo fútil y vacío, pero mi contrincante no me dejó. Cortó antes de que pudiera descartarme y perdí frente a un trío de dieces sin ningún arcano mayor. En la segunda gané apuradamente, con unas dobles parejas que superaron una pareja simple. Ninguna carta extraña intervino en aquella jugada.

—Bien, señor Rodríguez. Creo que esto ha sido suficiente para que se haga una idea de por dónde va el juego. ¿Ha tenido problemas para combinar los arcanos con las cartas ordinarias?

Negué con la cabeza. No era capaz de hablar. Seguía encontrando absurda toda la situación, y tenía la impresión de que al día siguiente me despertaría con una tremenda resaca y los bolsillos vacíos y que no recordaría nada de aquella alucinación sin sentido. Pero también tenía la impresión de era real, de que aquel juego era lo más real de mi vida y que tenía que seguir adelante, jugar hasta el final, no podía detenerme ahora.

—De acuerdo. Entonces discutiremos el premio para el ganador.

—No me lo diga —dije de pronto, encontrando valor para hablar después de un nuevo trago de vodka—. Si pierdo usted se lleva mi alma.

Me maldije a mí mismo por haber abierto la boca. Estaba seguro de que el hombre al otro lado de la mesa encontraría mis palabras de una grosería imperdonable y se negaría a seguir jugando. Sin saber por qué aquello me aterró.

En lugar de eso sonrió como si acabara de escuchar algo tremendamente ingenioso.

—Nada de eso. Le aseguro que su alma, si es que una cosa tal existe, no tiene el menor interés para mí. No, aunque ha estado cerca de la verdad. También soy un coleccionista, como el... eh... ente al que aludían sus palabras, pero no me dedico a cosas tan prosaicas como las almas. No. Quiero sus sueños.

—¿Mis sueños?

—Sí, especialmente los más pequeños, los más íntimos, aquellos de los que usted ni siquiera es consciente, y de los que quizá se avergonzaría si los recordase. Pero también me interesan los grandes.

—Mi sueños —repetí, como si masticase las palabras—. Mis sueños. ¿Y cómo vamos a apostar? ¿Yo pongo sobre la mesa mi pesadilla de la noche anterior y usted la ve y sube?

—Exactamente.

Empecé a reírme. No fue algo que pudiera controlar. Una risa extraña me iba subiendo desde la boca del estómago y se deshacía en burbujas caóticas en mi garganta. Tardé bastante en volver a recuperar el control, pero durante todo aquel tiempo mi oponente mantuvo la calma, mirándome de vez en cuando con el asomo de aquella media sonrisa que convertía sus labios en una línea pálida y cruel.

—De acuerdo —dije, cuando pude hablar por fin—. Mis sueños, ¿por qué no? ¿Y qué gano yo a cambio? ¿O quizá no espera perder?

—Si espero perder o no, no es asunto de su incumbencia. Pero gana lo mismo que yo gano. Sus sueños.

—Pero ya los tengo.

—No. Ahora mismo no tiene más que sombras de ellos. Si gana los tendrá.

Me incorporé de repente.

—Lo siento —dije—. Tengo que ir al servicio.

—Por supuesto, ya sabe dónde está.

Recorrí el enorme salón vacío del casino como un sonámbulo aterrorizado. Mis pies parecían hundirse para siempre en algo demasiado mullido y absorbente para ser una alfombra, y el silencio a mi alrededor era como un carnívoro esperando en la rama de un árbol. La prosaica luz fluorescente del servicio fue como un toque de realidad inesperado, y me tambaleé justo en la puerta. Conseguí orinar cuatro gotas tensas que no parecían terminar jamás, y luego hundí el rostro en el lavabo lleno de agua fría. Me sequé y peiné y me contemplé en el enorme espejo. Parecía estar mirándome desde muy lejos, desde el otro lado de un mundo incomprensible que insistía en existir pese a todos mis intentos por anularlo. Intenté guiñarme un ojo, pero el gesto me pareció tan ridículo en aquella situación ridícula que no me sentí capaz. Miré a mis espaldas. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero tarde o temprano tendría que volver y decirle a aquel individuo si aceptaba o no su desafío. La sola idea de decirle que sí me ponía la piel de gallina, pero la posibilidad de que no encontrase el valor suficiente y terminara diciéndole que no me aterraba.

Vamos, maldita sea, vamos, me dije a mí mismo como unas quince veces.

Al fin, después de una última mirada al espejo (en la que me encontré con un rostro perplejo que intentaba inútilmente conservar la serenidad), reuní las fuerzas necesarias para irme de allí y enfrentarme de nuevo a aquella mesa solitaria donde él me esperaba.

No parecía haberse movido desde mi marcha. Me siguió con la mirada mientras me sentaba y luego preguntó solícito:

—¿Se encuentra mejor?

—Perfectamente —dije, aunque sabía que mi pelo revuelto y mojado y mis ojos de sonámbulo desmentían mis palabras—. Podemos empezar cuando quiera.

Él asintió.

—De acuerdo. Lo mejor será que saquemos una carta para decidir quién reparte la primera mano.

Barajó con indiferencia y con una suavidad que hacía inevitable hasta el menor de sus movimientos. Yo corté torpemente y él extrajo una carta. Hice lo mismo. Me mostró su naipe: la gran sacerdotisa. Sin mirarlo, yo le di la vuelta al mío y me enfrente con los ojos perdidos en la nada del loco.

—Reparte usted —me dijo.

Cogí la baraja y comencé a mezclar las cartas.

—Por cierto —dije, intentando llenar aquel silencio incómodo que se cernía cada vez más denso sobre nosotros—. No me ha dicho su nombre.

—No, es cierto. No se lo he dicho.

Asentí mientras terminaba de barajar y depositaba el mazo sobre la mesa. Él cortó con un ademán fluido y desganado. Recogí las cartas y empecé a repartir.

Agotamos los tres descartes y yo me encontré con una solitaria pareja de doses y cinco cartas más que para nada me servían. Hablaba él.

—No empecemos demasiado fuerte. Un sueñecito trivial y sin importancia será bastante de momento.

No le dejé seguir hablando. Con aquella mano que tenía difícilmente podía ganar nada, sobre todo si teníamos en cuenta que el sólo se había descartado de un naipe las tres veces.

—No voy —dije.

—Me temo que eso no es posible después del tercer descarte.

Pensé en quejarme, porque no me lo había advertido antes, pero comprendí que pese a eso yo lo había sabido, así que no dije nada.

—Entonces habla usted.

—La semana pasada soñó que paseaba por un jardín con su antigua novia. Apenas hablaban, pero estaban juntos y se sentían bien. Es un sueño que me interesa.

Incapaz de hablar, sólo pude hacer un gesto con la cabeza. Recordaba aquel sueño, acababa de volver nítido a mi memoria un instante antes de que fuera conjurado por las palabras de mi oponente. Era una imagen un poco tonta: Concha y yo paseando, a veces tomados de la mano, a veces mi barbilla descansando en su espalda mientras la abrazaba por la cintura, contemplando los dos algo que carecía de sentido, y que no tenía importancia. Me había despertado con sus últimos rescoldos entibiando mi cabeza, ligeramente sorprendido, porque hacía años que no pensaba en Concha, pero enseguida lo olvidé. Ahora, sin embargo, encontré que en aquel sueño había algo vital, algo de enorme trascendencia para mí, y no deseaba desprenderme de él.

Alcé la vista y me encontré con una mirada tranquila y oscura. Sólo había una cosa que pudiera hacer si no quería perder aquel sueño: farolear y arriesgar un par de ellos más.

—Oh, vamos —dije, con toda la arrogancia que fui capaz de encontrar en aquellos momentos—. Se conforma usted con poco. Veo su apuesta y además la subo. Hace un par de días tuve un rocambolesco sueño en el que hacía saltar la banca en un casino infinito. ¿Le interesa?

Jugaba con la idea de que, conociéndome como un jugador profesional, juzgara aquel sueño más importante para mí de lo que era en realidad. No pareció demasiado interesado. Al final, con un encogimiento de hombros dijo:

—Lo veo.

Mostré mi pareja. Él no había ligado nada con cinco de sus cartas, pero nada unidas a la muerte y el juicio eran suficientes para derrotar a una pareja.

—Me temo que sus dos sueños son míos.

—Eso parece —dije. No me preocupaba demasiado, al fin y al cabo no eran sueños demasiado trascendentes. De hecho, ni siquiera conseguía recordarlos en aquellos momentos.

Seguimos jugando, procurando adelantarme a él con apuestas que no resultaran muy importantes: imágenes inconexas a las que jamás había conseguido encontrarles sentido, deformaciones grotescas de la monotonía de un día; incluso apostando deliberadamente alguna pesadilla inquietante cuando no tenía intención de ganar. Mientras tanto, no apartaba la vista de mi oponente, tratando de encontrarle sus puntos débiles, sus manías como jugador. No parecía tenerlas, en todo momento se comportaba con una calma casi total y sus modales eran exquisitos, ya ganara o perdiera. No parecía tener el menor tic que yo pudiera explotar.

A medida que jugábamos iba conociendo las cartas. Aprendí a reconocer si la mirada del loco ocultaba desesperación o alegría tras su mueca burlona, si el carro tiraba de los pueblerinos o los aplastaba bajo su rueda, si el juicio era realmente un juicio o un carnaval, si el líquido rojo en el que se bañaba la gran sacerdotisa era o no su propia sangre menstrual, si la luna estaba partida, el sol agonizaba o la muerte se había detenido a descansar unos minutos a un lado del camino. Poco a poco fui conociendo las cartas, encontrando los secretos que al principio me habían esquivado, aprendiendo a descubrir sus cambios de humor, a reconocer como algo familiar el tacto de su superficie satinada entre mis dedos.

Llevábamos algo más de una hora jugando, y en aquel tiempo yo había ganado la posibilidad de convertir en realidad (porque eso era lo que me había ofrecido, ¿no?) un par de sueños, y él se había quedado con otros siete. Interiormente, sonreí satisfecho. En realidad él no había ganado prácticamente nada; aquellos siete sueños eran tan triviales que ni siquiera era capaz de recordar en qué consistían.

Entonces lo comprendí. Alcé la mirada a mitad de un descarte y vi la burla secreta en sus ojos fríos. No había olvidado los sueños porque no significasen nada para mí, lo había hecho porque él se los había quedado.

A partir de aquel momento jugué con rabia, con desesperación, como si me sintiera embaucado por un timador demasiado hábil. Sin embargo, él no había mentido, me había revelado el propósito de la partida desde un principio; de hecho, no tenía la culpa si yo había sido tan imbécil para no sopesar las consecuencias de que alguien se quedase con mis sueños.

Son míos, maldita sea, y sentí que me estremecía. En cierto modo mis sueños eran yo mismo, eran una parte de mi memoria, y no somos otra cosa que nuestros recuerdos. Si perdía, si al final él se llevaba hasta la última migaja que mi subconsciente hubiera tejido durante la noche, ¿qué quedaría de mí? No necesité mirar sus ojos burlones para comprenderlo: nada.

En la siguiente mano, cuando me tocó el turno de apostar, dije:

—Quiero tres de esos sueños míos que le pertenecen.

Él sonrió, como si hubiera esperado exactamente eso.

—¿Cuáles?

Sí, pensé, cuáles. No recordaba ninguno de ellos.

—El primero, el tercero y el séptimo que ha ganado —dije con más aplomo del que en realidad sentía.

—Como quiera. Y si pierde esta mano usted me dará los siguientes: la playa a la luz de la luna y el palacio cubierto de algas que se alzaba a sus espaldas; la habitación que era el foco del universo; el bosque enorme y lentísimo que usted descubrió tras su ventana.

Asentí y con el corazón en un puño mostré mis cartas. No tenía una mala jugada, pero el loco podía traicionarme en el último momento y cambiar su mirada de absoluta despreocupación por un brillo desesperado en aquellos ojos que parecía incapaz de cerrar. No lo hizo, pero estuvo a punto mientras posaba las cartas sobre la mesa. Mi contrincante asintió y, sin mostrar su juego, me dijo que había ganado.

Los tres sueños que había pedido volvieron a mí lentamente, y los paladeé con sorpresa. Dos de ellos eran triviales, pero el primero hizo que se formase un nudo en mi garganta. Concha y yo paseábamos de nuevo en silencio por un jardín espectral. Dios, había estado a punto de perder aquello. No, comprendí, todavía podía perderlo de nuevo.

Seguimos jugando, y yo procuraba no arriesgar nada que realmente me importara, pero muchas veces no sabía lo importante que era hasta haberlo perdido, cuando sentía ese hueco desnudo que dejaba su marcha en mi interior y lanzaba juramentos contra mí mismo por haberme dejado embarcar en aquella partida.

Comprendí que me estaba dejando llevar por mis emociones y aquello era un error. Estuve a punto de sonreír, porque eso era algo que Concha siempre me había reprochado, que con ella era tan frío como cuando jugaba. Bueno, pensé. Si estuviera aquí se llevaría una sorpresa. Sólo que no estaba allí, salvo como una imagen borrosa que podía serme arrebatada en cualquier momento. De algún modo yo sabía que no podía permitir eso; todo lo que tenía de ella era ese sueño y no iba a consentir que me lo arrebataran. No sabía por qué era tan importante, llevaba más de tres años sin acordarme de ella, sin recordar la tarde en que yo la había empujado a dejarme con la misma frialdad con la que desplumaba a un primo. Pero ahora sentía que esa imagen, ese recuerdo falseado, era vital para mí, y perderlo significaría perder parte de lo mejor de mí mismo.

Intenté concentrarme en las cartas, resolver los enigmas que me planteaba la mirada del loco o el mazo del juez, encontrar la salida del laberinto interminable donde parecía estar varado para siempre el carro, descifrar los jeroglíficos que asomaban al rostro helado de la luna. Poco a poco conseguí tranquilizarme, y a medida que me iba embarcando en el juego, las cartas se convirtieron en todo mi universo, e incluso ganar o perder carecía de importancia, volví a ser el jugador frío e implacable que Concha había conocido y del que, al principio, se había enamorado. Las cartas eran lo que realmente importaba, su carácter imprevisible y enigmático me tenía fascinado, y no podía escapar de su hechizo. Pero de alguna manera yo también las iba atrapando; a medida que aprendía a conocerlas y conseguía que se amoldasen a mis deseos, iba comprendiendo cómo encajaban sus secretas combinaciones y cómo podía aprovecharlas para derrotar a aquella criatura que me miraba desde el otro lado de la mesa.

Empecé a descubrir que un grupo de reinas acompañadas de la muerte son una buena jugada, pero que no deben estar cerca de un juez. Que el loco es mortal si se une a las espadas, e inofensivo con las copas. Que la gran sacerdotisa solo casa bien con elementos masculinos y que los amantes podían estar separados por millones de kilómetros aunque sus dos cuerpos pegados parecieran un único animal inverosímil. Aprendí también que el orden en que disponía las cartas era tan importante como las cartas en sí. El sol y la luna flanqueados por el loco y el colgado son una señal segura de desastre, pero cuando ambos bufones (uno agonizando, el otro irreverentemente vivo) se sitúan en medio, la jugada es casi imparable. No se puede poner el juicio entre los amantes y la torre, pero la torre puede proteger a los amantes del juez implacable que los busca para poner fin a su baile frenético.

La revelación llegó a mí lentamente, a medida que dejaba de prestar atención a los ademanes de mi oponente en busca de algún tic que explotar en mi provecho y me concentraba en las cartas. Era en ellas donde debía buscar manías, debilidades ocultas, ademanes furtivos que intentaran esconder la proximidad de su triunfo o el miedo ante la derrota. El hombre frente a mí no contaba, porque el cuerpo que repartía las cartas, la boca que modulaba su apuesta no eran más que instrumentos. Su verdadero carácter estaba oculto en los naipes y era en ellos donde debía encontrarlo.

Las horas se deslizaron con una parsimonia casi insoportable. Él tenía casi la mitad de mis sueños en su poder y seguía ganando, aunque cada vez con menos frecuencia. Lentamente iba aprendiendo a jugar y a usar los cambios de humor de las cartas en mi provecho. Lo que ignoraba era si las fuerzas o el tiempo me alcanzarían hasta que hubiera conseguido la habilidad y soltura necesarias para derrotarlo definitivamente. Presentía que no. Necesitaba un golpe, un único golpe afortunado que me permitiera recuperar todos mis sueños y luego largarme de allí lo más rápido posible.

Llegó cuando casi había perdido la esperanza, y al principio no lo reconocí como tal. Cuatro reinas y la gran sacerdotisa eran una jugada nefasta. Pero luego levanté la siguiente carta y vi que era mi viejo amigo el loco, quizá la carta que mejor había aprendido a conocer en las últimas horas y en la que más confiaba. La séptima carta fue un diez de espadas, y aquello me hizo sentir esperanzas: las espadas aumentaban el poder absurdo del loco, y el diez era la que mejor lo acompañaba. Pensé en quedarme sólo con esas dos y deshacerme de las otras, esperando que el descarte trajera una mano mejor. Pero al mirar el rostro de la sacerdotisa comprendí que no habría descarte. Me quedaban pocos sueños, y de esos ninguno cuyo valor me pareciera irrelevante. Alguien ajeno a mí los habría encontrado triviales casi con toda seguridad, no eran más que imágenes inconexas sin la menor importancia objetiva. Pero para mí, aquellos sueños que me quedaban representaban el foco de mi vida y no estaba dispuesto a perderlos.

Miré de nuevo las cartas y vi como el loco me hacia un guiño malicioso mientras ocultaba la cara para que la gran sacerdotisa no lo viera. Al principio no supe qué estaba tratando de decirme, y la comprensión tardó en llegar a mi mente. Cuando lo hice estuve a punto de darme de cabezazos por mi estupidez de unos segundos atrás. ¿Tirar las cuatro reinas y la sacerdotisa, me había vuelto idiota o qué? Era cierto que la sacerdotisa no casaba bien con una presencia femenina, pero si ponía el loco en medio y lo protegía con el diez de espadas, la cosa cambiaba y me encontraba con una jugada casi imparable entre manos.

Cambié el orden de las cartas y, tratando de parecer inalterable, alcé la vista. Él me miraba, impasible y paciente como siempre.

—Usted habla, señor Rodríguez.

—Ya. Creo que... sí, creo que voy a apostar el resto.

Ni siquiera entonces perdió la compostura.

—Una jugada arriesgada, pero interesante si tiene éxito.

—Otra cosa —dije. No estaba seguro de tener el valor suficiente para seguir hablando, pero lo hice de todas formas—. Esta es la última mano.

Pareció encontrar mi comentario tremendamente divertido.

—Sí, sin duda si pierde será la última mano. Pero de acuerdo, lo acepto. Gane o pierda el juego termina aquí. ¿Algo más?

—En realidad sí, pero se lo diré cuando hayamos terminado.

—Me parece razonable. Y puesto que usted habló y yo he visto su juego le toca poner las cartas boca arriba.

Así lo hice, una tras otra. Primero las cuatro reinas, luego, dejando un hueco, la gran sacerdotisa. A su lado puse el diez de espadas. Mi contrincante chasqueó la boca y me miró con algo parecido a la compasión en sus ojos por primera vez. Por último dejé caer el loco, al lado de las cuatro reinas y junto al diez de espadas.

—Esta es mi jugada —dije y en aquel momento mi voz sonaba imperturbable, como si lo que estaba haciendo no tuviera la menor importancia.

—Comprendo.

Miró sus cartas, miró de nuevo las mías y volvió a mirar las suyas. Frunció el ceño, recogió sus cartas en un único montón y, sin darles la vuelta las arrojó sobre el mazo en mitad de la mesa.

—Una mano excelente. Usted gana, señor Rodríguez.

Apenas conseguí evitar un suspiro de alivio. Encendí un cigarrillo con manos temblorosas y aspiré el humo como si en aquello me fuera la vida.

—Dijo que cuando el juego terminase tenía algo más que decir.

—Es cierto. —En realidad cuando lo dije no tenía muy claro qué era, pero en aquel momento las palabras volaban a mi boca como si tuvieran voluntad propia—. Deseo que mis sueños sigan siendo, ¿cómo dijo? sombras. Quiero que sigan por ahí, revoloteando por mi cabeza sin molestarme, sin que yo sea consciente de ellos, empujándome de vez en cuando, pero dejándome tranquilo la mayoría de las veces. Los sueños están ahí para eso y si algunos se van a convertir en realidad seré yo quien lo haga, no usted.

—Comprendo. Es usted un excelente jugador y un hombre inteligente, señor Rodríguez. Lo felicito.

Se incorporó en el asiento y me tendió la mano. La estreché y la encontré curiosamente blanda, casi infantil, pero el contacto no fue desagradable.

—Me temo que tengo que irme —dije, terminando el cigarrillo y poniéndome de pie.

—Ha sido una magnífica partida —me dijo él mientras yo recogía el dinero de la partida anterior—. Espero volver a verlo por aquí.

—Si no le importa, creo que eso es poco probable.

Él sólo sonrió como si supiera algo que yo ignoraba y asintió con un ademán tranquilo de la cabeza. Guardé el dinero en el bolsillo y me puse el abrigo. Poco después me encontraba fuera del casino, contemplando un amanecer que parecía incendiar al mar allá a lo lejos; ya había visto un amanecer como aquel, no hacía mucho, en un sueño, y en aquel momento no estaba solo. Quizá en el futuro volviera a detenerme frente al mar para contemplar la salida del sol, y tal vez en ese momento estuviera acompañado, o puede que no. Eso no importaba: la posibilidad estaba ahí, como un fantasma sutil, de vuelta a lo más hondo de mi mente, donde debía estar y de donde nunca debió haber salido. Aspiré hondo y eché a andar hacia casa. Me esperaba una larga caminata.

No tenía prisa.

Piensa lo que quieras


Para Javi, quien contó la historia mucho antes que yo


Miro una vez más el abismo que se extiende a mis pies, los doce pisos bajo los cuales las hormigas humanas siguen paseando, ignorantes de su destino de marionetas. Lo miro de nuevo y el vértigo me asalta como una borrachera impía de la que no consigo librarme. Anticipo la caída, el viento aullando a mi alrededor mientras el mundo se convierte en un borrón vertiginoso. El golpe. Quizá un grito. Y luego el silencio. Para siempre. En cierto modo sería un alivio y por cierto que lo deseo. Sonrío entonces, al darme cuenta de que eso era justamente lo que él pretendía.

Cierro los ojos y por unos instantes consigo olvidarme de todo, no hacer caso de ese deseo que tira de mí hacia el olvido. Respiro y, de algún modo, mi cuerpo logra encontrar ese foco de tranquilidad que lo ha estado esquivando las últimas horas. ¿Durante cuánto tiempo? Poco, sin duda, pero también todo el tiempo del mundo para mí. Y suficiente. Suficiente para recordar cómo empezó todo.



Juan y yo éramos amigos. Una de esas amistades raras que se inician en la pubertad y, de algún modo, se las arreglan para sobrevivir el paso turbulento de la adolescencia. Éramos buenos amigos. Eso creía. No, no te mientas a ti mismo, ten la decencia de ser sincero; en cierto modo lo sigo creyendo. Pese a todo, de alguna extraña y retorcida manea, aún lo creo. Había zonas oscuras en nuestra amistad, temas que no abarcaba, como si de algún modo comprendiéramos que había cosas que no podíamos compartir si queríamos ser amigos.

Éramos distintos, tremendamente distintos, y quizá eso tuviera que ver con el hecho de que nuestra relación sobreviviera durante años. A pesar de algunos gustos y aficiones comunes, nuestra forma de ser no podía parecerse menos. Juan era una criatura ensimismada, envuelto permanentemente en un halo indefinible de melancolía del que era consciente y que, en cierto modo, cultivaba de forma deliberada. Yo, por el contrario, había pasado por la segunda década de mi vida como una especie de fuerza de la naturaleza con forma humana: arrollador, imparable, con la arrogancia y el aplomo necesarios para coger aquello que deseaba sin pararme a pensar en las consecuencias. En cierto modo, creo que Juan me envidiaba. No sólo por el hecho de que él hubiera pasado su adolescencia sin comerse un rosco mientras yo me veía continuamente rodeado (y a veces avasallado) por las mujeres, o de que pareciera convertirme en el foco ineludible de cualquier reunión en la que estuviera mientras él permanecía apartado en un rincón, alimentando con cuidado su pose de poeta decimonónico sin que nadie le hiciera el menor caso. En cierto modo creo que se él se consideraba superior a mí: más inteligente, más brillante, con mucho más que ofrecer a los demás que yo; pero los demás preferían mi jovial superficialidad a su rica vida interior. Tardó tiempo en comprender que era un simple problema de marketing: de nada sirve tener el mejor producto del mundo si no lo sabes vender.

Con el tiempo fue aprendiendo, aunque tenía muchos años que recuperar, y aún se mostraba torpe en algunos aspectos de sus relaciones con los demás. Bueno, todo requiere entrenamiento, recuerdo que pensé, y no volví a darle más vueltas.

Hace algo menos de un año me llamó una noche a casa. Por el tono de su voz pensé que había pasado algo grave.

—¿Qué ocurre? —pregunté, preocupado. Juan tenía la manía de tomarse las cosas demasiado a la tremenda.

—¡Lo he hecho, lo he hecho!

—¿El qué?

—¡He ligado!

Acabáramos. Si cada vez que yo consiguiera camelarme a una chiquilla llamase a mis amigos para celebrarlo, las centralitas de teléfono de medio mundo estarían colapsadas.

—Enhorabuena, tío —dije sin embargo—. Ya me la presentarás.

La siguiente media hora fue un monólogo interminable en el que Juan me cantaba las excelencias y maravillas de su recién adquirida novia. No sólo era la criatura más extraordinaria que jamás había pisado la Tierra, sino que encima estaba enamorada de él. Pensé que, efectivamente, si se había enamorado de él tenía que ser alguien extraordinario, aunque desde luego no dije nada en voz alta.

Unos meses más tarde volvió a llamarme, esta vez para pedirme consejo.

—Un momento —dije yo, sin creerme del todo lo que me estaba diciendo—. ¿Lleváis casi cuatro meses saliendo juntos y todavía nada?

—Bueno... nada, nada...

—¿Te la has cepillado o no?

—Joder, tío, no seas tan ordinario.

—O sea, que no te la has cepillado.

Hubo unos instantes de silencio al otro lado de la línea.

—...No —confesó al fin Juan.

Le di unos cuantos consejos y colgué. Dudaba que le fueran de mucha utilidad. Hace tiempo que aprendí que las soluciones que sirven para uno rara vez funcionan con los demás. Nunca sabré si mis sabias advertencias habrían dado o no fruto, porque al final no hicieron falta. Como suele pasar a veces la fortuna se conjuró a favor de Juan, y sus padres se fueron a pasar el fin de semana a otro lugar. Tenía la casa para él solo y ni siquiera él podía ser tan imbécil para dejar pasar una oportunidad como aquella.

No lo fue. Debieron de estar los dos días sin salir de la cama, más allá de lo mínimo imprescindible para comer o ir al servicio. Estaba seguro de que el domingo por la noche o, como mucho, el lunes, Juan me llamaría alborozado para describirme las excelencias de su primer orgasmo (y quizá de los cuatro o cinco siguientes, dependiendo de cómo le hubiera ido el fin de semana). No lo hizo. De hecho, durante algo más de un mes no supe nada de él. Al final decidí llamarle yo mismo:

—¿Qué, qué tal?

—¿El qué?

—¿Cómo que el qué? ¿Ya has dejado de tener dos horóscopos o no? —Era un viejo chiste que nos hacíamos a menudo: «hay gente que tiene dos horóscopos, el suyo propio y virgo».

—Ah, eso, sí.

Aquello me mosqueó. No parecía excesivamente entusiasmado.

—¿Tan malo fue?

—No, no fue malo. Para nada. De hecho, estuvo muy bien. —Hubo unos instantes de silencio—. Lo hemos dejado.

—¿Tú o ella?

—Yo.

—¿Estuvo muy bien y lo has dejado? ¿Encuentras una tía lo suficientemente idiota para que se enamore de ti, que encima funciona bien en la cama y lo has dejado? Explícamelo.

—Eh, oye, tengo que dejarte. He quedado y ya llego tarde. Nos vemos un día de estos y te lo cuento, ¿vale?

Colgó sin esperar a que yo respondiera. Bueno, al carajo. Le gente se pone muy nerviosa cuando pierde la virginidad y algunos empiezan a actuar de forma rara.

Pero no podía dejar de pensar en el tema. La actitud de Juan no era normal. Hacía tiempo que había comprendido que no era el ser frágil y melancólico que aparentaba, que por debajo de su aparente debilidad había una dureza oculta e indoblegable que ni siquiera las numerosas bofetadas que se había dado a lo largo de su vida (la mayoría por culpa suya, pero ese es otro tema) habían conseguido quebrar. Sin embargo... No sé. Había algo que no encajaba en su actitud, así que decidí ir a verlo.

No lo llamé antes, algo que va en contra de mi costumbre. Soy terriblemente melindroso con la intimidad de los demás, en parte porque me gusta que los demás lo sean con la mía, así que si quiero ver a un amigo siempre lo llamo primero, para que tenga por lo menos la oportunidad de librarse de mí con cualquier excusa más o menos traída por los pelos. Esta vez no lo hice, tenía la sensación de que si avisaba a Juan me diría que no podía verme.

Iba a llamar al timbre cuando la puerta se abrió. Por ella salió una mujer que me miró unos segundos como si no me viera y luego dio media vuelta, esperando a alguien que debía estar al otro lado de la puerta. Era el propio Juan quien estaba en el umbral, vestido únicamente con unos pantalones cortos y una sonrisa de gato que se ha comido el canario plantada en mitad de la boca. La chica se le acercó (encontraba algo familiar en ella, pero estaba tan sorprendido por la situación que no tuve tiempo de pensarlo mucho), se le colgó del cuello como si su vida dependiera de ello y le dio uno de los besos más largos y menos púdicos que he visto en mi vida, y he visto (y sentido) unos cuantos, puedo asegurarlo.

—¿Cuándo te veré? —-dijo al fin, una vez se hubo soltado.

—Ya veremos. Te llamaré —respondió Juan, como si el tema no le interesase demasiado.

Ella asintió y se fue con una sonrisa estúpida en los labios y los ojos medio extraviados. Parecía drogada. Sólo cuando se hubo metido en el ascensor Juan pareció reparar en mí y me saludó:

—Perdona que no te hiciera caso —dijo—. Estaba ocupado.

—Ya, ya veo.

De pronto, me quede parado. Volví a ver a la chica que acaba de salir de su casa. Dios, claro que me había parecido familiar.

—Oye, ¿esa no era Eva?

—Ajá.

Aquello era absurdo. Juan había estado colgado de Eva desde que tenía catorce años, babeando tras ella por todo el Instituto y sin conseguir que reparase en él más que para decir en cierta ocasión (yo estaba presente aunque jamás se lo comenté a Juan) que era un chico mono y simpático pero, desgraciadamente, del todo inofensivo. Hacía tres o cuatro años que no la veía.

Y ahora acaba de darme de narices con ella. Y había mirado a Juan como si éste fuera el primo de Dios, o el hermano gemelo de James Bond, lo que viene a ser lo mismo.

—¿Quieres pasar?

—Sí, claro —dije yo, aturdido, cruzando el umbral mientras Juan cerraba la puerta a mis espaldas.

—¿Un café?

Asentí mientras me sentaba en un sillón de la sala de estar. Oí a Juan trasteando en la cocina y poco después escuchaba el timbre familiar del microondas. Juan entró en la sala con dos tazas de café.

—Te iba a llamar un día de estos —me dijo después de tomar asiento frente a mí—. La verdad es que últimamente me han pasado un montón de cosas y si no se las cuento a alguien creo que voy a reventar.

Sí, yo tenía una sensación parecida. Como siempre, el café estaba demasiado caliente para mi gusto, así que lo fui enfriando poco a poco con el aliento.

—La última vez que hablamos te dije que lo había dejado con Inés, supongo que te acuerdas. Sí, claro que te acuerdas. Bueno... es curioso, creo que he ensayado por lo menos media docena de veces la mejor forma de contarlo y no he terminado de dar con ella.

Ambos permanecimos unos instantes en silencio. Yo sabía muy bien que cuando Juan se atascaba lo mejor era quedarse callado y dejar que él mismo lo fuera rumiando todo.

—Había conseguido convencer a Inés para que viniera a mi casa —dijo de repente— el fin de semana en que mis padres se fueron.

—Sí —dije yo—. Por cierto, ¿dónde están tus padres? —Hacía un rato que notaba algo raro. Los padres de Juan siempre me habían tratado como a un segundo hijo y era extraño que aún no hubieran venido a saludarme.

—En el pueblo. No volverán.

—Hoy, quieres decir.

—No. Nunca. No importa, de verdad. Ya te lo explicaré luego. ¿De acuerdo?

Estuve a punto de decir que no, pero luego sentí que era cierto, que tampoco se trataba de un asunto demasiado importante.

—De acuerdo, continua.

Él sonrió como si supiera algo acerca de mí que yo ignoraba.

Muy bien. Aquel fin de semana, como sueles decir tú, dejé de tener dos horóscopos. Fue... estuvo muy bien. La primera vez un poco rápido, ya sabes, la falta de experiencia y todo eso. Luego, en fin, qué te voy a decir que tú no sepas, la práctica lo va mejorando todo. Y el domingo... el domingo... Nunca había sentido nada igual. Por un instante fue como si... no sé, por más que intento explicarlo no consigo encontrar las palabras. En realidad creo que no hay palabras para explicarlo, pero pese a todo trataré de hacerlo. Fue como si mi mente, por primera vez en mi vida, se liberara de todo. Yo no estaba allí, en la cama con Inés, ¿entiendes? Me había ido, estaba volando muy lejos, me había abierto a todo y todo entraba a través de mí, como si yo fuera un filtro universal, como un aleph, como... ¿Recuerdas El Imperio Contraataca, lo que Yoda le dice a Luke? «Nosotros seres luminosos somos, no esta tosca materia». No es eso, pero es lo más parecido que puedo encontrar a lo que realmente pasó.

Joder. Lo que faltaba, el chaval había tenido la suerte de echar un superpolvazo y de pronto se había sentido uno con el universo. Vale, hasta recitaría unos mantras para acompañarlo si supiera alguno, pero tampoco era para tomárselo así.

—Ya —dijo él, sonriendo—. Es culpa mía, supongo, no he sabido explicarlo bien. No importa. La sensación fue algo increíble, pero lo realmente interesante fue lo que pasó después. Imagínate que eres ciego y que poco a poco la luz va llegando a tus ojos: al principio un resplandor lejano, débil, apenas lo percibes, pero lentamente va creciendo y en determinado momento ves cuanto te rodea, nítido, sin confusión alguna. Algo así fue lo que me ocurrió.

Guardó silencio unos instantes y terminó su café.

—Soy telépata —dijo al fin.

No lo pude evitar. Empecé a reírme.

—Muy bueno, tío, muy bueno. Casi me pillas.

Meneó la cabeza.

—Hablo en serio. Puedo leer las mentes. Lo descubrí aquella misma tarde: podía seguir el curso de los mezquinos y ridículos pensamientos de Inés. Por eso la dejé, ¿comprendes? ¿Cómo seguir junto a una persona capaz de pensar esas ridiculeces, alguien con una mente tan mediocre? No podía continuar a su lado.

No dije nada. Como una cabra, pensé. Está como una cabra. No, si va a resultar que era verdad lo que decían los curas, que el sexo te puede dejar tarado. Y antes de que me diera cuenta oí repetir mis propias palabras en voz alta:

—«Como una cabra. Está como una cabra. No, si va a resultar que era verdad lo que decían los curas, que el sexo te puede dejar tarado.»

Miré a Juan. Era de su boca de donde había salido aquello, no de la mía.

—Puedes creerlo o no, no me importa, pero sé exactamente lo que estás pensando. En realidad podría hacer que te lo creyeras sin mucho esfuerzo, pero prefiero convencerte por el método tradicional. Verás, no sólo puedo leer las mentes de los demás, también puedo alterar sus pensamientos, sus emociones, sus deseos.

Volví a pensar en Eva, allí en la puerta, abrazada a Juan como si la vida le fuera en ello. No, era una locura. Tenía que tratarse de una broma pesada.

—Racional hasta el fin, ¿eh? Lo siento, pero me temo que es cierto...

Se quedó callado de repente y se llevó una mano al mentón. Yo cogí el café y eché un largo sorbo. Hacía tiempo que se había enfriado, pero no me importó. Un brillo malicioso asomó a los ojos de Juan.

—Sí, es algo que nunca he intentado, pero contigo puedo hacer una excepción. Verás, cuando manipulo a alguien, este no es consciente de que sus pensamientos están siendo dirigidos en otra dirección. Como hice con mis padres para que se quedaran a vivir en el pueblo, o con Eva para que... bueno, ya lo viste, o contigo para que no le dieses más importancia al asunto de mis padres. Pero creo que puedo hacer que lo sientas, que seas consciente de que estoy alterando tu mente. ¿Quieres probar?

—Claro, seguro —dije, fingiendo más seguridad de la que sentía.

—Muy bien, cierra los ojos.

Hice lo que me pedía, encontrándome totalmente ridículo, pero al mismo tiempo había algo que no marchaba en todo aquello, una punzada de intranquilidad, un hilillo afilado de pánico que lentamente se iba descolgando por mi cabeza.

Y de pronto lo sentí. No estaba sólo. Dentro de mi había alguien más. Sentí su presencia como una forma oscura, poderosa, amenazadora. Sí, estaba allí, y yo era completamente transparente para él: todo cuanto era, mi memoria, mis sueños, mis fantasías, mis deseos más oscuros estaban a su alcance, incluso aquella zona de la que yo mismo no era consciente, la veta de irracionalidad oculta que yo siempre había tratado de no ver y que jamás había compartido con nadie.

—¡No, fuera! —grité, pero en realidad no dije ninguna palabra.

Sentí que algo hervía dentro de mí. Estaba siendo invadido, violado, y no podía consentirlo. Algo tomó el control de mi mente, algo que no era yo pero al mismo tiempo era tan yo como lo podía ser, y de pronto me vi convertido en una bestia salvaje, rabiosa, defendiendo con uñas y dientes su territorio.

Luego, todo pasó, tan rápido como había llegado. Abrí los ojos y vi a Juan frente a mí, sonriendo. Sin embargo, había una pequeña arruga de preocupación en su frente.

—Curioso —dijo—. Hay una parte de ti que no permitirás que nadie toque, y harás lo que sea para impedirlo. Muy curioso. Díme, ¿me crees ahora?

¿Qué podía decirle? Si él estaba loco yo también lo estaba. Pero si estaba cuerdo, ¿no era acaso peor la alternativa?

—Sí —dije—, te creo. —Y cada palabra me costó lo indecible.

—Bien.

Tengo un recuerdo nebuloso de las horas que siguieron. Sé que Juan habló y habló y yo escuchaba y escuchaba, incapaz de articular la menor palabra, convertido en una estatua de carne. Me contó cómo había descubierto que podía manipular las mentes: fue una de esas casualidades idiotas, en la cola del supermercado, cuando alguien se le coló. Juan dirigió una oleada de rabia contra la mujer y ésta de repente se deshizo en lágrimas de arrepentimiento y le dejó pasar. A partir de ahí fue como vivir en una borrachera continua, me dijo, no, mejor aún, porque su mente estaba lúcida, clara. Él estaba en la cima, desde lo más alto y lo veía todo de una forma tan diáfana que para nosotros resultaba incomprensible. Empezó a utilizar su poder: pequeños caprichos aquí y allá. Un día recordó a Eva, su antigua obsesión.

—Lo demás ya lo puedes suponer —me dijo.

Creo que asentí y en ese momento sentí como si alguien me hubiera liberado de un hechizo. De nuevo podía moverme, hablar.

—¿Qué vas a hacer ahora? —pregunté.

—No lo sé. Puedo hacer lo que quiera y es una sensación tan nueva que no sé muy bien qué hacer.

Me fui poco después. Juan me despidió en la puerta, con una última sonrisa. Sin embargo, algo brillaba en sus ojos. No me gustó nada.

No lo vi durante bastante tiempo, y en ese período mi vida transcurrió en una imitación no muy buena de la normalidad. Una y otra vez pensaba en Juan, intentaba convencerme de que todo había sido mentira, una farsa, una alucinación, lo que fuera. No podía. Y a medida que iba aceptando que todo había sido verdad, algo más inquietante circulaba por mi cabeza. ¿Qué podía hacer alguien como Juan con un poder así? En realidad lo sabía, ya lo había visto: no había tenido el menor problema en usar a una persona únicamente para su satisfacción personal. En cierto modo siempre había sospechado que, tras la fachada de hombre sensible y melancólico, lo que en realidad se ocultaba era un hedonista que carecía del valor o la fuerza para vivir por su propio placer. Ahora tenía ambas cosas.

Incluso llegué a pensar en tratar de detenerlo. No fui más allá de la idea. Al fin y al cabo seguía siendo mi amigo y, qué coño, los amigos no se hacen esas cosas. Además, era una tontería, ¿cómo te acercas con intenciones homicidas a alguien que sabe lo que has decidido hacer antes que tú mismo?

Así que el tiempo fue pasando, como en medio de una pesadilla, y yo imaginaba a Juan saliendo a la calle, escogiendo algo al azar y diciendo: «lo quiero» y no importaba lo que fuese, qué tipo de cosa, qué persona, lo tendría.

Al fin, ayer me llamó y me pidió que pasara por su casa. No pensé en negarme, pero cuando subía en el ascensor en dirección a su piso era un amasijo de nervios, un revoltijo de pánico animal. Mi dedo sobre el timbre era como una novia indecisa.

Me abrió y pasé a la sala. Una taza de café me esperaba, justo a la temperatura en que me gusta tomarlo. Lo bebí, pero no lo saboreé lo más mínimo.

—¿Para qué querías verme? —pregunté.

Él sonrió, con tristeza.

—Para despedirme.

—¿Te vas? —Pero tenía la impresión de que no era eso.

En efecto, negó con la cabeza.

—No, pero me temo que tú sí.

—Ya.

—Sí, ya. El otro día me preguntaste que pensaba hacer. Entonces no lo sabía, de veras, no tenía ni idea. Pero después de pensarlo un poco comprendí que no tenía muchas alternativas. Tengo este poder, ¿comprendes? Supongo que lo he tenido siempre y no lo sabía, no importa. Pero lo tengo, y cuando tienes algo no puedes evitar utilizarlo. No puedes volver a meter al genio en la botella. Así que lo usaré.

—¿Cómo?

—¿Cómo? ¿No es evidente? Puedo hacer realidad todos y cada uno de mis deseos. Eso es exactamente lo que voy a hacer. Pero hay un problema.

—Yo.

—Sí, tú. Tú sabes lo que soy. Eres la única persona. Los demás ignoran que cuando me dan su dinero, sus cuerpos o sus mentes lo hacen porque yo lo deseo. Tú no. Y hay algo más. Me has sentido dentro de ti, has luchado contra mí y... Bueno, hay una parte de ti que no permitirás jamás que escudriñe o que doblegue y harás lo que sea para impedirlo. Eso te hace peligroso. Lo siento.

Pero no era cierto, lo supe en aquel preciso instante, no lo sentía en absoluto.

—Podrías —dije, intentando que mi voz no sonara suplicante. No estoy seguro de haberlo conseguido—... podrías hacer que lo olvidase.

—Sí, podría. Pero no sería seguro. Fue un error entrar en tu mente y permitir que lo supieras. Manipular a los demás es fácil, ni siquiera saben que están siendo alterados, pero contigo es distinto. Por supuesto, podría funcionar, lo olvidarías, pero estaría ahí, oculto, como un depredador al acecho. Y algo podría hacerlo salir. No, no sería seguro.

—¿Y eso es todo? ¿Me llamas para decirme que vas a matarme porque quizá pueda ser peligroso para ti algún día?

—Exacto. Tengo que pensar en mi supervivencia. Eres mi amigo. Te aprecio. Pero mi vida está antes que la tuya.

—Tu vida. ¿Qué clase de vida, Juan? ¿Qué ocurrirá cuando hayas obtenido lo que deseas, cuando descubras que el mundo está lleno de títeres tuyos, que no hay nadie en quien puedas confiar, nadie...? Dios, va a ser una vida muy solitaria. Cada vez que hagas el amor con alguien será como si te estuvieras masturbando. Cada conversación que mantengas será un monólogo. Cada... Piénsalo.


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