Encadenado a la Libertad
Claudio Brugueras
Publicado por Claudio Brugueras en Smashword
© 2011 Claudio Brugueras
© Dibujo de cubierta: María Brugueras
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Aunque no podamos soslayar cometer errores, podemos evitar permanecer en ellos e, incluso, podemos aprender de ellos. Es así, a través del ensayo y del error, de la fantasía y de la crítica, como recorremos el camino del progreso científico y social.
Karl Popper
PRÓLOGO
El embrujo de la noche guiaba a los ciudadanos al mundo de los sueños, donde experimentarían vivencias ilusorias que, con el tiempo, se transformarían en una absurda reminiscencia alegórica de significado freudiano. Se trataba de un ritual mundano que habían asumido con naturalidad y con el que cumplían devotamente una vez al día. Paradójicamente, un joven inocente permanecía absorto en sus pensamientos incapaz de abandonarse al necesario ceremonial, impidiendo a su cuerpo recuperar la energía vital necesaria para afrontar el mañana.
Era la primera vez que sufría la angustiosa desesperación que llevaba aparejada la soledad. A sus veinte años, el vacío provocado por la muerte de sus padres transformaba los episodios que componían su memoria en amargos recuerdos que evocaban sentimientos dolorosos. Su mente agrupaba demasiadas emociones: tristeza por la pérdida de sus padres, nostalgia por su recuerdo, miedo por su incierto futuro y odio contra el responsable de su desgracia. Ni siquiera sabía qué sensación predominaba sobre el resto. Hasta entonces, cuando algo relevante golpeaba su vida, provocaba la aparición de una única emoción que podía controlar. O eso creía. Pero ahora se acumulaban expectantes, obligándole a cuestionar la pureza del ser que traza nuestro destino.
Negó con la cabeza contrariado, incapaz de comprender el sentido de su desgracia. Los minutos se sucedían mientras trataba de huir del abstruso bucle de pensamientos que le dominaba. Golpeó el escritorio con los puños, se levantó de la silla y se estiró en la cama con violencia intentando destruir los pensamientos que le atormentaban. Apagó la luz y observó con fingido interés la singularidad del techo de su nueva habitación. La oscuridad resaltaba el brillo de unas pegatinas luminosas que alguien había colocado con estrategia simulando la distribución del sistema solar. Le atraía la astronomía desde pequeño. En más de una ocasión, acompañó a su padre a la sierra madrileña para observar el firmamento al anochecer. La grandeza del universo les inquietaba y les fascinaba por igual. No perdían la oportunidad de iniciar conversaciones metafísicas en las que esbozaban teorías sorprendentes con el objetivo inconsciente de sentirse más próximos el uno con el otro. Compartir el tiempo con su padre era uno de sus entretenimientos preferidos, pero a partir de aquella mañana no lo podría repetir.
“La distancia entre los planetas no es correcta”, murmuró tratando de burlar los recuerdos que le afligían. La escala no estaba bien dimensionada. Júpiter debía distar del sol más de lo que ahí se representaba. Lo mismo sucedía con los planetas posteriores. El responsable del ficticio universo había reproducido un sistema solar lleno de inexactitudes. “¿Y qué más da?”, susurró. De haber percibido el error un día antes, se hubiera molestado en colocar correctamente las pegatinas para plasmar con cierta fidelidad la realidad del universo. Pero aquel inocente gesto acababa de perder todo su valor.
Con cierta tristeza, asumió que estaba viviendo el trasfondo de la teoría de la relatividad de Einstein. Su parcial situación emocional le impedía otorgar importancia a la trivialidad de su entorno, para omitir con sus pequeños detalles el dolor que le perseguía. El amargo vacío, unido a los permanentes recuerdos de sus padres, acabó por vencerle provocando que un reguero de lágrimas inundara su rostro. Con la soledad como única compañera, analizó la cruda realidad, aquella que se había mostrado difuminada por la procesión de condolencias. En dos minutos, un desconocido había destrozado a su familia. Su rostro impío quedó grabado en su memoria con la mezquina intención de conquistar sus sueños. ¿Qué se suponía que debía hacer?, ¿olvidar el pasado para difuminar el sufrimiento que le atormentaba? Decenas de personas le habían consolado de la misma forma, afirmando que “el tiempo lo cura todo”. ¿Acaso debía consentir que perecieran los meses para olvidar lo sucedido? No, no lo podía permitir. Sus padres no merecían que renunciara a sus recuerdos para eliminar el dolor que había provocado un infame asesino. Tenía que hallar otra solución.
El agudo silencio de la noche centró su atención en el sonido hipnótico que emitía el segundero del despertador que descansaba sobre el escritorio y que, unido a su desesperación, le guió a un estado de semiinconsciencia que jamás había experimentado. Sus pensamientos se fusionaron grácilmente con el brillo de las pegatinas pintando en el techo un extraño mural de difícil comprensión. Parecía que el propio Picasso trataba de ayudarle dirigiendo con maestría su pincel. Después de barajar varias interpretaciones a la insólita obra, las estrellas perfilaron un camino que cambiaría su vida para siempre. La providencia marcaba un objetivo muy singular que le permitía comprender el sentido de cuanto le rodeaba.
PRIMERA PARTE
Inventar fines es la característica más propia de la inteligencia humana, y si se equivoca en los fines, se equivoca en todo.
José Antonio Marina, inteligencia fracasada.
Chapter 1
Arudy, 26 de noviembre de 1986.
Mikel observaba el paisaje con rostro melancólico. Todo seguía igual. Las montañas con las cimas nevadas, los frondosos bosques, el río Gave acunando las aguas cristalinas que descendían de las cumbres de los Pirineos y los pueblecitos que al anochecer adquirían el aspecto de brillantes estrellas. Siempre creyó que aquello le bastaba para ser feliz. ¿Se equivocaba? Sus quince años de vida habían transcurrido en Arudy. La casualidad de haber nacido en un pequeño pueblo de apenas tres mil habitantes le permitía disfrutar de la vida alejado del movimiento continuo y desesperado de las grandes ciudades. Hasta la fecha, la escuela había sido su única obligación, y leer su gran diversión. Esos mundos literarios guardaban más encanto que la oscura realidad en la que se desataban desgracias de manera continua.
Sus padres se trasladaron a aquella pequeña localidad del sur de Francia antes de que naciera. El mundo, para él, empezaba y acababa en las montañas y colinas que le rodeaban. El resto le parecía innecesario. Visitaba en ocasiones a sus tíos y a su primo que vivían en San Sebastián. La capital guipuzcoana le defraudaba. Odiaba el tráfico, los semáforos y, por encima de todo, el gentío. Arudy era un desierto en comparación con Donosti. Un precioso desierto verde que hoy presentaba una tonalidad un tanto apagada.
Como a la mayoría de sus amigos, las hormonas masculinas comenzaron a invadirle obligándole a descubrir el complejo mundo que rodeaba a las mujeres. Después de ignorarlas durante años, empezó a sentir una curiosa atracción que se estaba tornando en obsesión. Marianne, una chica de su clase, le había robado el corazón. Aquella profanación le irritaba, ya que había actuado con disimulo adentrándose en su alma pasito a pasito durante los miles de días en los que fueron compañeros. Quizás fue él quien, inconscientemente, abrió inoportuno las puertas de su corazón. En cualquier caso, se encontraba perdido y su nula experiencia en temas amorosos le impedía seguir una pauta que le permitiera conquistarla. Por primera vez, se sentía vulnerable. Hasta la aparición de aquella adolescente de cara angelical, su máxima preocupación se había centrado en realizar con excelencia las tareas escolares. Sus magníficas notas y su indudable carisma le permitían destacar sobre el resto de alumnos de la escuela de Arudy. Quienes le conocían creían que aquel pueblecito pirenaico se le quedaría pequeño, aunque nadie atisbó los motivos que le harían ser recordado por millones de personas.
Dedicó las últimas horas del día a buscar, una a una, las palabras que le permitieran conquistar a Marianne. No podía eternizar la angustia que le acompañaba. Esa chica de dulces ojos azules era la pieza principal del puzle que escondía su felicidad y debía luchar por colocarla. Sus padres, sin embargo, atesoraban dudas acerca de la conveniencia de que se aferrara eternamente a Arudy. El dilema moral al que se enfrentaban les acompañaba desde hacía quince años. Por un lado, ansiaban presentar a su hijo la dura realidad que asolaba a sus compatriotas, para que comprendiera las injusticias que les afectaban y decidiera libremente si debía combatir junto a ellos. Por otro, deseaban garantizar la seguridad de Mikel manteniéndole alejado de los peligros inherentes a la batalla y permitirle de esta forma disfrutar de la apacible vida de la que gozaba en el corazón de los Pirineos.
Lunes, 27 de noviembre.
La última clase del día transcurrió más despacio de lo normal. Los minutos se transformaron en horas eternizando las palabras que les dedicaba el profesor. Monsieur Le Blanc repetía sin cesar la misma frase: “L’histoire de la France est merveilleux. Ne jamais oublier nos origines et notre grandeur”.
“Qué coñazo. ¿A quién le importará lo que sucedió en Francia hace mil años?”, pensó Mikel. Después de suspirar indignado ante la sonrisa burlona que le dedicaban las manecillas del esférico reloj de pared que presidía el aula, sonó el timbre que dio por concluida la jornada. Mikel introdujo el libro en la mochila y se aproximó solícito al pupitre de Marianne tratando de ocultar su nerviosismo. Como había hecho en otras ocasiones, le preguntó si le apetecía que le acompañara a casa. Ella asintió con un leve gesto de cabeza y le regaló una bonita sonrisa. Mikel evitó que sus miradas se cruzaran, imaginado que sus ojos, de un azul claro místico, podrían hechizarle. Tenía que ser prudente.
Arudy era una pequeña localidad en la que cualquier trayecto a pie no superaba el cuarto de hora. Como había calculado Mikel, disponía de seis minutos de camino para declarar su amor.
Después de despedirse de algunos compañeros, empezaron a caminar sin apenas mirarse. Mikel, con un movimiento rápido de cabeza, se cercioró de que nadie les siguiera. Cogió aire, expiró con fuerza y puso en marcha el engranaje de su plan lanzando un par de preguntas insignificantes acerca de la jornada escolar. Las respuestas fueron tan intrascendentes como las preguntas, abocándole al momento culminante. Armándose de valor, repitió las palabras que había memorizado el día anterior tratando de simular espontaneidad.
-Ahora que lo pienso, ¿cuánto hace que nos conocemos?
-No sé, ¿desde el parvulario? -respondió Marianne pensativa-. Unos nueve o diez años, ¿no?
-¿Tanto? ¡Qué rápido pasa el tiempo!
Mikel realizó una pequeña pausa para tratar de ralentizar su pulso cardíaco, pero fue inútil. Su corazón se había desbocado ante el incierto devenir de los acontecimientos. Debía seguir adelante.
-Recuerdo que hasta hace poco te veía como a una niña, pero este año has cambiado mucho. Ahora te veo como a una mujer.
Marianne le observó de soslayo y guardó silencio. Mikel, azorado ante su mutismo, sintió una ola de calor recorriendo libremente su cuerpo. Las manos le empezaron a sudar impeliéndole a introducirlas en los bolsillos. El día anterior, aquellas palabras aprendidas le parecieron brillantes, pero ahora que las recitaba, se tornaban estúpidas.
El silencio se estaba prolongando demasiado. Si no lo remediaba, la situación derivaría en un pasaje tragicómico con final decepcionante. Lo estaba echando todo a perder.
-Lo que quiero decir es que te veo de forma diferente, que siento por ti algo que no he sentido por nadie -confesó con candor sin atreverse a mirarla a los ojos.
Marianne sonrió, pero continuó en silencio.
-No sé -añadió sin poder evitar que le temblaran los labios-. Si tú sientes algo parecido, igual podemos ser novios.
Las mejillas de Marianne adquirieron un tono rosado que añadió colorido a su precioso rostro.
-Vale -respondió de forma escueta al tiempo que se detenían ante la puerta de su domicilio.
Acto seguido, le regaló un tímido beso en los labios y entró en casa sin despegar la mirada del suelo. Mikel permaneció inmóvil tratando de asimilar tanta información. ¿Cómo podía gozar de tanto significado una simple palabra unida a un gesto fugaz? “Vale”, repitió una y mil veces. De forma inconsciente emprendió el camino a casa con la mayor sonrisa que sus jóvenes facciones le permitían. Por fin, se había declarado y Marianne le había correspondido. Parecía que las piezas del puzle que modelaba su vida empezaban a encajar.
Chapter 2
Las semanas posteriores resultaron excitantes. Todo era nuevo. Cada beso, cada paseo, cada palabra. La comida sabía mejor, las clases se sucedían más rápido e incluso el frío invernal que les empezaba a visitar parecía más cálido. Mikel estaba convencido de que había encontrado la felicidad.
Los dos jóvenes se alejaron con viveza del colegio al finalizar las clases para alcanzar cuanto antes uno de los miradores que bordeaba Arudy. Aquel era el mejor momento del día. En pleno mes de Diciembre, los alrededores del pueblo guardaban una soledad fantasmagórica que la pareja entendía como un obsequio de la diosa Afrodita. La intimidad que les circundaba les permitía abrazarse sin pudor mientras observaban dichosos cómo el sol se ocultaba tras los Pirineos. La tonalidad anaranjada del cielo prendía las nubes que flotaban sobre las montañas del oeste, tornando cálido el ambiente invernal que transmitía la nieve que copaba las cimas pirenaicas.
-Es precioso -susurró Marianne con una sonrisa en los labios-, no me canso de verlo.
Mikel le devolvió la sonrisa. Ahora que la envolvía con sus brazos se sentía el rey del mundo.
-¿Crees que será siempre igual? -preguntó intrigada-. Quizás algún día nos cansemos de tanta puestecita de sol en las montañas...
-¿Cansarnos? -inquirió Mikel sorprendido-. Todo lo que necesitamos está aquí...
-Eso lo dices ahora, pero en cuanto puedas te irás a vivir a alguna súper ciudad y te olvidarás de mí -repuso haciendo ademán de separarse para otorgar mayor dramatismo a sus palabras.
Marianne disfrutaba escenificando situaciones trágicas con el propósito de corroborar el amor que sentían el uno por el otro. Mikel sonrió entretenido antes de responder.
-Aquí está todo lo que quiero, ya lo sabes. Nunca me iré de Arudy. Nos casaremos y nos quedaremos a vivir aquí para siempre -afirmó idílicamente como hacen los recién enamorados que, cegados por su incipiente pasión, son incapaces de contemplar la posibilidad de que el viento destruya sus palabras.
-¿Lo dices de verdad? -preguntó abrazándole con fuerza.
-Te lo juro por mi vida.
Cuando la oscuridad se cernió sobre ellos, iniciaron el ritual propio de las parejas adolescentes que dan sus primeros pasos. Con cierta vergüenza, se miraron y se acariciaron el rostro. Poco después, Mikel besó apasionadamente a Marianne sintiendo cómo se avivaba el pulso de su corazón. Aquella experiencia sublime le cautivaba.
Media hora más tarde, iniciaron el camino de regreso a Arudy. Mikel acompañó a Marianne a su casa y, después de despedirse con un último beso, se dirigió con paso ligero hacia la suya. Las tres últimas noches había llegado tarde obligando a sus padres a esperarle para cenar. Después de aguantar una pequeña riña, les había prometido que no volvería a suceder.
Entró en casa exultante, recordando con agrado cada instante compartido con Marianne, hasta que su padre le devolvió a la realidad con un golpe cariñoso en la cabeza.
-¿Se puede saber qué haces ahí plantado? Ayuda a tu madre a poner la mesa.
Mikel sonrió.
-¿Y esa sonrisa? -preguntó Joseba-. Llevas unos días muy rarito.
Su padre tenía razón. Los últimos días habían sido diferentes. Seguramente, los mejores de su vida. Entró en la cocina y dio un beso en la mejilla a su madre.
-¿Qué tal en la escuela? –preguntó Hirune.
-Como siempre.
-¿Como siempre? Eso es que va bien -indicó orgullosa al tiempo que cogía el bol de ensalada para llevarlo al comedor-. Cuando puedas, corta el pan y trae el agua.
-A sus órdenes -respondió Mikel irguiendo el cuerpo cual soldado. Su madre sonrió.
Minutos después, tomaron asiento en el comedor. La cena era el momento familiar por excelencia y la mesa de roble su altar. Un altar que no siempre fue del agrado de todos. Aquel mueble antiguo angustió a Mikel durante su infancia. Noche tras noche, imaginaba a hombres de tiempos pasados a su alrededor degollando y destripando animales para su propio consumo. Aquella imagen se originó cuando, con seis años de edad, sus padres comentaron orgullosos que la mesa de roble había pertenecido a fornidos euskaldunes que habitaron en los Pirineos. En un chaval de su edad, aquellas palabras originaron una sucesión de imágenes difíciles de olvidar. “Si eran hombres de los Pirineos deberían de vivir en cuevas y si vivían en cuevas debían de ser... ¡salvajes!”, cavilaba angustiado. “Seguro que cuando tenían hambre ¡eran capaces de comerse a sus propios hijos!”. Sus elucubraciones le revolvieron el estómago durante años, llegando a dudar de si sus padres, en una época de escasez de alimentos, serían capaces de imitarles. Como era de esperar, el paso del tiempo le permitió olvidarse de los hombres de las cavernas y de las posibles consecuencias de un improbable periodo de hambruna. Sus infantiles pesadillas dieron lugar a los clásicos problemas de los adolescentes que por fortuna parecía haber solucionado.
-Bueno, ¿qué tal en la escuela? ¿Nos vas a decir de una puñetera vez por qué llevas esa sonrisa pegada en la cara? –preguntó Joseba entretenido.
-La escuela, bien.
-¿Y la sonrisa? –insistió Hirune mientras se servía un vaso de agua.
Mikel dudó unos instantes. ¿Debía contárselo? Era su vida, su intimidad. Pese a que se trataba de sus padres, no era apropiado abrirles las puertas de su alma. La experiencia le había demostrado que aquel simple gesto podía generar sufrimiento. Lo mejor sería disimular y hablarles de su relación más adelante.
Antes de que pudiera inventar una explicación creíble, se escuchó un fuerte ruido procedente de la entrada que relegó la conversación a un segundo plano. Joseba, Hirune y Mikel focalizaron las miradas en la puerta del comedor, alertados por las pisadas de varias personas que parecían acercarse. Después de unos segundos de absoluto silencio, los intrusos abrieron la puerta de un punta pie.
-¡Todo el mundo quieto! -gritó un hombre uniformado que empuñaba un arma en la mano derecha.
Junto a él, aparecieron cinco compañeros igualmente equipados. Eran gendarmes de la comisaría central de Pau.
-¡Joseba Angoiti e Hirune Mendiburu, quedáis detenidos! -exclamó el hombre que parecía estar al mando de la operación policial- ¡Aquí está la orden judicial! –vociferó al tiempo que levantaba la mano izquierda sujetando una hoja impresa a máquina.
Ambos se pusieron en pie sin ofrecer resistencia, alzando ligeramente los brazos a modo de rendición. Dos de los gendarmes se dirigieron a ellos con rostro desafiante. Sus ojos se clavaron en los de los detenidos recibiendo como respuesta una mirada igual de amenazadora. Aquel gesto fue entendido por los agentes como una provocación, legitimándoles a empujarles con brusquedad contra la pared. Acto seguido, les colocaron las esposas y les cachearon sin ningún tipo de miramientos. La dureza de sus acciones despertó a Mikel del shock que le había mantenido paralizado hasta ese mismo momento.
-¡Mis padres no han hecho nada! ¡Dejadles en paz! -gritó tratando de llegar hasta ellos.
Uno de los gendarmes le cerró el paso. Mikel intentó zafarse, pero pronto comprendió que no le podría superar. Resignado ante la superioridad física de su rival, se limitó a observar impotente la detención de sus padres. Sus ojos oscuros reflejaban el alarmante desconcierto que reinaba en su interior. ¿Por qué se los llevaban?
Un vehículo de la policía francesa condujo a los detenidos a la comisaría central de Pau, mientras otra patrulla alojaba a Mikel en un centro de menores de la misma ciudad.
Madrid
Alejandro Castro observó el piso por última vez. Estaba vacío. Su única compañía era una caja de cartón que descansaba junto a sus pies. Su mujer y su hijo le esperaban en el coche. Sabía que debían iniciar el viaje cuanto antes para llegar a Bilbao al atardecer, pero necesitaba permanecer unos minutos a solas. El puesto que le habían ofrecido llevaba aparejada una gran responsabilidad y no podía obviar los riesgos que acarreaba. Pese a la evidente inseguridad, confiaba en el discurrir natural de los acontecimientos para, en unos años, volver a la capital con más experiencia y nuevos retos que afrontar. Ese era el plan.
De forma inconsciente, se inclinó y cogió el álbum de fotos del interior de la caja. Visionó algunas imágenes provocando que miles de vivencias inundaran su mente. Sus padres, su mujer, su hijo, sus profesores, todos habían aportado su granito de arena ayudándole a alcanzar su meta. Trabajar como juez en el País Vasco implicaba afrontar un reto complicado, incluso peligroso, pero ansiaba prosperar y aprovechar la oportunidad de instruir en el Tribunal Superior de Justicia de dicha comunidad. Se trataba del juez más joven al que le habían ofrecido el cargo y aquel honor, unido a su indiscutible sentido del deber, le empujó a aceptar el traslado.
El 7 de enero de 1987, Alejandro Castro cerró la puerta del que fuera su piso en la capital española los últimos ocho años, e inició el camino a Bilbao acompañado de su esposa y de Rodrigo, su único hijo.
Chapter 3
Mikel permaneció durante horas absorto en sus pensamientos. El silencio de la noche acentuó el temor que generaban las dudas que le acechaban. ¿Por qué habían detenido a sus padres? Sus cavilaciones generaban episodios grotescos en forma de respuesta: ladrones de guante blanco, infanticidas, confabulación policial para encubrir a los verdaderos culpables... Cada hora desarrollaba una nueva hipótesis. Precisaba de una explicación que atenuara la tempestad que anegaba su mente. Sin embargo, en el centro de menores no le facilitaron ningún tipo de información. No fue hasta esa misma mañana cuando, ante su insistencia casi irracional, le comunicaron que sus padres eran sospechosos de pertenecer a la organización terrorista ETA. La noticia, unida al cansancio acumulado, le paralizó incapacitándole para cuestionar la veracidad de los hechos. Aquella historia surrealista se estaba convirtiendo en la peor de sus pesadillas.
A media mañana, le permitieron contactar por teléfono con su madre, que permanecía detenida en las dependencias policiales de la misma ciudad. Hirune confiaba en mantener al margen de la conversación los motivos que habían causado su arresto, así como el proceso judicial que se iba a iniciar próximamente. Sin embargo, las continuas preguntas de su hijo evidenciaban su angustia y la obligaron a tratar el asunto de forma superficial.
-Mikel, no te preocupes, todo va a salir bien -indicó sosegada procurando tranquilizarle.
-¿Que todo va a salir bien? Es una broma, ¿no? -espetó indignado.
-Has de tener paciencia. Escucha, ya han avisado al tío Txomin para que te vaya a recoger. Tendrás que estar un tiempo en San Sebastián con tus tíos y tu primo, ¿entendido?
-¿Un tiempo? ¿Cuánto? -preguntó inquieto.
-Hasta que acabe el proceso judicial.
Mikel permaneció en silencio. No podía pensar con claridad. En cuestión de horas, y sin gozar de la posibilidad de remediarlo, le habían arrebatado todo cuanto amaba: a Arudy, a sus padres, a Marianne... ¿qué había hecho mal?
-¿Mikel? -preguntó Hirune ante el prolongado silencio de su hijo.
-¿Cuánto durará todo esto?
-No lo sé... unas semanas, supongo.
Esa no era una respuesta. Ni siquiera se parecía a una respuesta. ¿Unas semanas? ¿Qué significaba exactamente “unas semanas”? Podían ser quince días como noventa.
-Escucha, hijo -continuó su madre-, tengo que colgar. Ya hablaremos cuando estés en San Sebastián. No te preocupes por nada, ¿entendido? Todo va a salir bien.
-¿Me lo prometes?
-Te lo prometo -respondió obviando la verdad con el objetivo de regalarle cierta estabilidad emocional-. Un beso, cariño, ya hablaremos.
Mikel colgó el teléfono abrumado por las emociones. Permanecer alejado de cuanto conformaba su vida le causaba un gran pesar, a lo que se unía la contrariedad generada por los incompetentes que habían detenido a sus padres. Pese al evidente revés, nada le hacía dudar de la veracidad de las palabras de su madre. Si sostenía que todo iba a salir bien, seguro que saldría bien. Ella no le engañaría. Estaba convencido de que, en un enigmático lapso de tiempo, volvería a Arudy junto a sus padres, aunque su vuelta quedaba empañada por una inoportuna cuestión temporal. Cada semana alejado de Marianne suponía una punzada directa en su corazón.
Txomin Angoiti llegó al centro de menores a mediodía. Cuando apareció Mikel, le recibió con un apretón de manos como gesto de madurez. A su edad, y tras los hechos acaecidos, debía empezar a comportarse como un adulto. Permanecieron unos minutos en las dependencias sociales firmando varios documentos, hasta que el director del centro dio el visto bueno a su partida. Subieron al coche. Se detuvieron en un bar de las afueras de Pau para comprar un par de bocadillos que Mikel ni siquiera cató y partieron rumbo a San Sebastián. El trayecto lo realizaron en completo silencio. Cuando Txomin percibió que su sobrino cerraba los ojos en señal de cansancio, bajó sensiblemente el volumen de la música para facilitarle el sueño.
Al despertar, se encontraban próximos a San Sebastián, motivo que centró la conversación en los aspectos propios de la ciudad. Txomin trató de animar a su sobrino enumerando las bondades de Donosti, pero fue inútil. A Mikel le invadía la nostalgia. No le gustaba San Sebastián, ni sus calles, ni sus edificios... ¿Cuánto tiempo permanecería allí? Acababa de llegar y ya se quería ir.
Idoia García, mujer de Txomin, recibió a su sobrino con un abrazo cariñoso y le acompañó a su nueva habitación. Pese a que Mikel había dormido allí en un par de ocasiones, le pareció un espacio extraño. Resultaba diferente observar una estancia con curiosidad e imaginando vagamente el porqué de la decoración, que aceptarla como un nuevo hogar. Enseguida aparecieron las clásicas comparaciones con su antigua habitación, en las que el nuevo entorno perdía de forma holgada. Observó la cama con cierto desánimo, fijando la vista en la colcha de rayas azules que la cubría y que difería considerablemente del edredón granate al que estaba acostumbrado. Analizó el escritorio de forma desdeñosa y miró de soslayo el armario. Todo era más frío que los análogos de su habitación de Arudy, aunque, para su sorpresa, contenía un adorno que le ofreció cierta armonía. Se trataba de la ikurriña que colgaba de la pared. En su casa tenía una bandera idéntica que sus padres le regalaron en su décimo aniversario. El sentimiento de cariño hacia aquel símbolo se debía al vínculo afectivo que le unía a sus padres. Mikel tenía el mismo aprecio por todos los detalles que le habían regalado, como la camiseta de la Real Sociedad que recibió en su octavo cumpleaños y que estaba firmada por parte de la plantilla del equipo. El mero hecho de ver aquella bandera le permitió sentir más próxima a su familia y tranquilizarse durante unos instantes.
Unas horas después llegó su primo Unax, que no perdió la ocasión de darle un sentido abrazo. Mikel lo recibió con agrado. Admiraba a su primo mayor. Tenerle a su lado le aliviaba considerablemente. Durante la cena, se sintió arropado. Unax bromeó constantemente con él arrancándole algunas sonrisas que le permitieron olvidar, por unos instantes, su desagradable situación. Después de cenar, le acompañó a su habitación y le dio las buenas noches. Mikel había dormido muy poco en los dos últimos días y necesitaba descansar.
Después de estirarse en la cama, Mikel comprendió que sus emociones circulaban por una montaña rusa de la que era incapaz de bajar. Pese a que, durante la cena, se había sentido integrado, la soledad de la habitación le devolvía al trance de aquella misma mañana. A duras penas podía controlar la ausencia de sus padres, como para aceptar sin reparos que le despojaran injustamente del cobijo de Arudy y de la compañía de Marianne. ¿Qué había hecho para merecerlo? Indignado, negó con la cabeza. Era inocente. La evidente injusticia provocó que las lágrimas recorrieran su rostro escenificando la desesperación que le embriagaba por no poder hacer nada.
Chapter 4
“Joseba Angoiti e Hirune Mendiburu pertenecen a la organización terrorista ETA”, Diario Egin, 20 de enero de 1987.
Mikel observó el titular sorprendido. Resultaba imposible que sus padres formaran parte de esa banda de asesinos. El problema radicaba en la ambición de los medios de comunicación por vender más ejemplares, instando a los periodistas a presentar noticias con titulares llamativos para atraer a los lectores. Mikel conoció los supuestos delitos que habían propiciado la detención de sus padres unos días después de la irrupción de los gendarmes en su domicilio. La fiscalía francesa les acusaba de pertenencia a la organización terrorista ETA, vinculación a IPARRETARRAK, posesión de armas y enaltecimiento al terrorismo. España, por su parte, había solicitado la extradición de los dos presos para juzgarles por asesinato y asesinato en grado de tentativa, aunque por el momento, el Gobierno francés había denegado su petición.
Mikel ignoraba el sentido oculto que debían de guardar las acusaciones. Sus padres eran personas decentes que se ganaban la vida de forma honesta. Carecía de valor que les tildaran de terroristas. Además, en las conversaciones telefónicas mantenidas hasta la fecha, le repitieron con insistencia que el caso se resolvería en poco tiempo. No encontraba motivos para dudar de sus palabras. Por el momento, sus problemas se centraban en otro tipo de cuestiones. Su estancia en Donosti le estaba desquiciando. Los días, con su pausado goteo, asumían la categoría de semanas. Demasiado tiempo aguardando a que liberaran a sus padres y manteniendo viva la ilusión por reencontrarse con Marianne. Después de suspirar durante meses por conquistarla, había llegado a su corazón y no se merecía perderla. Procuraba hablar con ella cada domingo, pero las conversaciones telefónicas suponían una pírrica dosis de cariño para toda la semana. Echaba de menos su compañía, sus besos, sus caricias, su complicidad; las puestas de sol de Arudy... Más de una noche se acostó con un par de lágrimas en el rostro que reflejaban de forma difusa el sentido de su vida. Cada día que permanecía alejado de cuanto amaba, sentía que le robaban un nuevo pedazo de su alma.
Abrió el diario y buscó la página en la que desarrollaban la noticia. Leyó con detenimiento cada una de las palabras que hacían referencia al proceso judicial de sus padres. La piel se le erizó instintivamente. No tenía sentido. La volvió a leer, con mayor atención si cabe, aunque no encontró la manera de otorgarle un significado diferente. ¿Era cierto? Según el periodista del diario Egin, sus padres reconocieron durante la última vista oral su pertenencia a ETA. Aquella confesión atravesó su alma. Sus mayores referentes formaban parte de un grupo de desalmados que atentaba contra la vida de personas inocentes. Comprendió asustado que desconocía la realidad de su entorno, resquebrajando los pilares que sustentaban su vida. Sus padres le habían traicionado. ¿Cómo podían ser miembros de ETA? Mikel lanzó el diario al suelo ante la mirada perpleja de su primo y salió corriendo por el pasillo. Txomin intuyó el motivo de su enfado y solicitó a Unax, que había hecho ademán de seguirle, que le dejara a solas. Unos minutos después, fue él quien acudió a su encuentro.
Al entrar en la habitación, halló a su sobrino tumbado en la cama, boca abajo, completamente inmóvil.
-Mikel, ¿estás bien? -preguntó Txomin mientras se sentaba a su lado.
-Sí -contestó de forma lacónica.
-No lo parece. Mírame, quiero hablar contigo.
Mikel se incorporó lentamente. Tenía los ojos humedecidos, pero había conseguido contener las lágrimas.
-Sé por qué estás así -dijo Txomin tratando de ganarse la confianza de su sobrino-, es por lo de tus padres, ¿no?
Mikel asintió con la cabeza. Necesitaba respuestas y quizás su tío podría dárselas.
-¿Te molesta lo que has leído?
Su sobrino le dedicó una estúpida mueca. ¿Cómo no le iba a molestar? ¡Sus padres eran terroristas!
-Tus padres han hecho lo mejor para nuestro pueblo, no es justo que les culpes por ello.
-¿Lo mejor para nuestro pueblo? ¡Mis padres son etarras! ¿Cómo coño va a ser algo bueno?
-¿Acaso crees que han tenido elección?
Mikel meditó unos instantes. Aquella pregunta despertó su curiosidad, aunque desconocía la respuesta.
-¿Qué crees que hacen los miembros de ETA?
-Poner bombas y matar gente, eso es lo que hacen; además de joderme la vida a mí..., a su propio hijo.
-¿Joderte la vida? ¿Acaso desconoces el sufrimiento al que someten a nuestro pueblo? No sabía que fueras tan egoísta...
Mikel miró a su tío extrañado.
-¡Mikel, joder, que ya eres mayorcito! ¡Te estoy hablando de la libertad de Euskal Herria!
Aquella frase inquietó a Mikel. Las palabras de su tío le devolvieron a un pasado lejano que la memoria había guardado celosamente en un rincón de su mente, para presentarle una pequeña escena teatral en la que, tanto él como su padre, representaban los papeles principales.
Mikel se encontraba en la sala de estar realizando las tareas escolares mientras Joseba seguía atentamente las noticias que aparecían en la pantalla del televisor. El comentarista hacía referencia a un atentado que ETA había perpetrado en Barcelona aquella misma mañana. Al escuchar la noticia, Mikel dejó caer el bolígrafo sobre la mesa y prestó atención a la televisión. Había algunos muertos y varios heridos, además de innumerables desperfectos materiales.
-Pobre gente -susurró el pequeño cuando vio las lágrimas de los familiares de los fallecidos-. ¿Por qué son tan malos esos señores? Lo único que hacen es matar gente...
Su padre le dedicó una dura mirada a modo de reprobación.
-¿Qué pasa? -preguntó Mikel sin comprender el error.
-Nada... -contestó Joseba negando con la cabeza-. Aún eres demasiado pequeño para opinar sobre estas cosas.
Mikel, que por aquel entonces contaba nueve primaveras, le miró extrañado.
-La vida no es tan sencilla. Los vascos tenemos que defendernos de los ataques diarios de los españoles. Esos tiranos nos tienen presos en contra de nuestra voluntad y alguien tiene que pararles los pies. El objetivo de nuestros compatriotas consiste en ofrecer la libertad a Euskal Herria -concluyó Joseba antes de devolver su atención a las imágenes que aparecían en pantalla.
Mikel permaneció en silencio. El pequeño desconocía el significado que ocultaban las palabras de su padre, aunque tampoco deseaba conocerlo. Si preguntaba, corría el riesgo de aguantar un aburrido discurso político que le traía sin cuidado.
Aquella fue la primera vez que Mikel escuchó los reproches de un adulto contra el pueblo español.
-La libertad de Euskal Herria -farfulló pensativo-. Eso no les da derecho a matar, ¿no?
-Según se mire -interrumpió Txomin- ¿Qué vale más, la vida de una persona, o la de tres millones?
-La de tres millones -respondió automáticamente dando por hecho que se trataba de una cuestión numérica.
-¿Y qué vale más, la libertad de un país de tres millones de habitantes o la vida de unas pocas personas?
Mikel dudó unos instantes. La segunda pregunta no versaba sobre la vida de uno o de muchos, sino que trataba de dar prioridad a la libertad de muchos frente a la vida de unos pocos.
-Sé que parece complicado, pero has de saber que los vascos, durante mucho tiempo, hemos intentado obtener la independencia de forma pacífica y no lo hemos conseguido. Incluso hemos planteado consultas soberanistas para conocer la opinión de los ciudadanos, pero no las han aceptado.
-¿Consultas soberanistas?
-Sí, votaciones populares en las que la opinión del pueblo trascienda la que poseen los políticos. Es una mera cuestión democrática... ¿Acaso estás en contra de la democracia? -preguntó Txomin tratando de debilitar los limitados argumentos que utilizaba su sobrino.
-Claro que no.
-Pues los hijos de puta de los españoles sí. Somos muchos los que queremos la independencia de Euskal Herria. Cientos de miles de personas pedimos el reconocimiento de nuestro país, pero no nos dan voz ni voto. A ellos, lo que opine la mayoría se la suda.
-¿Y para qué queréis la independencia?
-¡Joder, Mikel! -renegó Txomin- Ya le dije a tu padre que tanta montañita te iría de puta pena. Los vascos tenemos una cultura propia, un idioma propio, y un origen diferente al español y al francés. ¿Acaso no te enseñan historia en el colegio?
-Sí -respondió Mikel ofendido-, ya sé que tenemos un idioma y un origen propio. Eso lo sabe todo el mundo.
-Pues ya está. Nuestro idioma es más antiguo que el español, llevamos más tiempo en nuestra tierra y por culpa de batallas y pactos obligados que tuvieron lugar siglos atrás, perdimos la posibilidad de formar nuestro propio país. Ahora la queremos recuperar.
-¿A cualquier precio?
Txomin asintió con un leve gesto de cabeza.
-¿Seguro que no hay otra manera? -preguntó Mikel sin querer aceptar la realidad que le presentaba. Matar estaba mal, ¿por qué la independencia de Eukal Herria iba a ser una excepción?
-Desgraciadamente, no. No puedes dejar que esos fascistas te engañen. Nuestro pueblo lleva siglos sometido y las armas son el único refugio que nos queda. Muchos compatriotas han sido asesinados por defender nuestra libertad. Algunos permanecen encerrados en cárceles extranjeras, otros han tenido que huir de Euskal Herria. ¿Te lo puedes creer?, ¡han tenido que irse de su propia casa! Y todo por defender nuestros derechos...
Mikel observaba a su tío sorprendido. La pasión que mostraba con cada una de sus palabras resultaba fascinante. Jamás había conocido a una persona que defendiera con tanta devoción unos ideales. Sufría por su pueblo como si de un hijo se tratara, aunque Mikel ignoraba qué sentido poseían sus pensamientos.
-Por eso no te puedes enfadar con tus padres. ¡Son unos héroes! Han antepuesto los intereses de todo un pueblo a su vida y a su propio hijo, y eso es de agradecer. ¿No creerás que prefieren la cárcel a estar junto a ti?
-No, pero...
-Pero nada. Han luchado por liberar Euskal Herria, y eso es algo que les honra. ¿Acaso te parecen malas personas?
-No -respondió Mikel convencido.
En realidad, siempre había considerado a sus padres un modelo a seguir. Se preocupaban por él, eran comprensivos y mantenían una relación amistosa con todos los vecinos del pueblo. Eran perfectos, o casi.
-Mikel, tú sabes mejor que nadie que tus padres son buenas personas, precisamente por eso debes evitar cuestionarles. Ellos han buscado lo mejor para su pueblo. Tus padres no se merecen nuestro desprecio, sino nuestra admiración. ¿Entiendes? Han luchado durante años por otorgar la oportunidad a los vascos de decidir sobre su futuro. Mientras la mayoría de personas demuestra su individualismo preocupándose únicamente de sí misma, ellos han dedicado su vida a nuestro pueblo. Para miles de compatriotas, tus padres son héroes, no asesinos.
Mikel no supo qué responder ante la complaciente afirmación de su tío. Txomin le miró y comprendió que necesitaba tiempo. Debía dejarle a solas para que asimilara la información y reflexionara. Después de posar la mano derecha sobre la espalda de su sobrino y dedicarle una sonrisa fraternal, salió de la habitación con el convencimiento de haber pronunciado las palabras justas en el momento adecuado.
Mikel respiró profundamente tratando de serenarse para aclarar sus pensamientos. La conversación había resuelto una de sus dudas, sus padres eran terroristas y los terroristas utilizaban la violencia para conseguir sus objetivos. Siempre pensó que matar estaba mal, sin embargo, la explicación de su tío le mostraba una realidad completamente diferente. Según sus propias palabras, sus padres eran héroes. “¡Héroes!”, repitió una y otra vez hasta cogerle el gustillo. Aquella definición le honraba y no le costó hacerse a la idea de que debía de ser verdad.
Nuevos interrogantes acuciaron su mente: ¿Por qué no le otorgaban la libertad al pueblo vasco? Según su tío, y pese a ser el deseo de todo un pueblo, les impedían elegir su futuro de forma democrática. Quizás las armas eran el único subterfugio que les quedaba y los miembros de ETA, en lugar de verdugos, eran víctimas del imperialismo español.
Echó un vistazo a su alrededor y fijó la mirada en la bandera que colgaba de la pared. Desde el día que entró en su nueva habitación, la ikurriña le había permitido sentirse más próximo a su casa. Empezaba a asimilar que, para miles de personas, no se trataba de un simple trozo de tela, sino del símbolo de una nación. Eran los colores de la sangre de su pueblo, colores que ansiaban libertad y que deseaban ondear bajo su propio estado. Una pregunta evidente relevó a sus pensamientos: ¿era coherente utilizar la violencia para defender la independencia? Observó en derredor buscando alguna pista que resolviera sus dudas, pero ningún objeto le ofreció la codiciada respuesta.
El rostro de Marianne apareció en su mente de forma espontánea, tal y como había hecho durante las últimas semanas. Los recuerdos de su novia le asaltaban siempre que precisaba compartir su confuso estado de ánimo con alguna persona cercana, y aquella era una de esas ocasiones. Necesitaba transmitir sus dudas a Marianne, pero ella no estaba. Comprobó desolado que la sentía más lejos que nunca. Sus padres se habían declarado terroristas, asumiendo su culpabilidad y tomando un billete directo a la cárcel. Por culpa de su segura condena, permanecería alejado de Arudy indefinidamente. Aquella conclusión provocó que la tristeza conquistara sus pensamientos.
A los pocos segundos, golpearon a la puerta de su habitación.
-¿Sí?
-¿Puedo pasar?
-Claro -respondió al reconocer la voz de su primo.
Desde la llegada de Mikel a San Sebastián, Unax se había convertido en su mejor amigo, brindándole su apoyo incondicional desde el primer día. Además de ayudarle a integrarse en la escuela, escuchaba hasta altas horas de la noche sus historias de Arudy y se preocupaba de sus mayores miedos, como la detención de sus padres y la relación a distancia que mantenía con Marianne. Mikel sentía que, gracias a Unax, podía afrontar la situación sin llegar a derrumbarse.
-¿Cómo estás?
-He estado mejor. Pero he hablado con tu padre y me ha aclarado algunas cosas.
-Tiene respuestas para todo, ¿eh? -indicó Unax tratando de animar a su primo mientras tomaba asiento en el borde de la cama.
-Eso parece.
-¿Y de qué habéis hablado?
Mikel dudó unos instantes. No deseaba tratar de nuevo la confesión de sus padres, pero Unax se merecía una respuesta.
-De la declaración de mis padres, de la libertad, de la lucha de los vascos...
-Ah -asintió Unax con una ligera sonrisa-, todo eso lo conozco.
-Yo no. Es un problema que nunca me había interesado.
Su primo soltó una carcajada.
-¿De qué te ríes?
-De que aquí te vas a hartar del “problema” –insinuó realizando un gesto de comillas con los dedos.
-¿Hartar?
-Siempre hay líos y la situación llega a desesperar. Violencia, detenciones, manifestaciones... Es un poco coñazo, sobretodo porque no avanzamos, pero es lo que toca, ¿no? ¡Tenemos que ser fuertes y conseguir la libertad! -gritó cerrando el puño con fuerza.
Mikel mostró su aquiescencia con un leve gesto de cabeza guiado, principalmente, por la energía que transmitían las palabras de Unax, más que por convicción personal. Los dos se miraron y sonrieron. Mikel agradecía en silencio contar con el apoyo de su primo para afrontar las dificultades que presagiaba que aparecerían en el futuro. Su ayuda, en el fondo, se había convertido en el salvavidas que le mantenía a flote.
Después de animarle durante unos minutos, Unax salió de la habitación. Aitor, su mejor amigo, aguardaba en la calle para asistir junto a él a un encuentro muy especial. Los dos amigos debían acompañar a algunos compatriotas de Jarrai durante una de sus clásicas rondas nocturnas. Se trataba de su primera participación en la “kale borroka” y para ello, se juntaron con tres veteranos de la asociación. Josu, Ander y Jon, veinteañeros los tres, gozaban de la experiencia de la que carecían sus acompañantes, a quienes aún les restaban unos meses para alcanzar la mayoría de edad.
Antes de callejear por Donosti, se reunieron en una Herriko Taberna de la calle Fermín Kalbetón, en el casco antiguo de la ciudad, que solían frecuentar simpatizantes de la organización terrorista. Allí definieron el plan a seguir, consistente en preparar un par de cócteles molotov y arrojarlos en el interior de una sucursal bancaria del centro de la ciudad propiedad de una entidad española, con la intención de crear desperfectos materiales. Después, huirían a sus respectivas casas para evitar cruzarse con los perros. Con un poco de suerte, la mañana siguiente verían reflejados sus logros en algunos medios de comunicación locales o incluso nacionales.
Unax y Aitor se sentían importantes. ¡Por fin iban a participar en la verdadera lucha! Sabían que les restaba un largo camino por recorrer, pero cooperar con la Kale Borroka resultaba más emocionante que permanecer sentados escuchando las monótonas diatribas políticas y sociales que porfiaban sus superiores.
Durante la reunión previa a la acción, los dos chavales observaron atentamente cómo sus mentores preparaban el artefacto explosivo, aunque los pensamientos que les acompañaban eran radicalmente opuestos. Mientras Aitor cuestionaba en silencio el efecto que podía producir esa curiosa mezcla de ingredientes, Unax memorizaba uno a uno los pasos que debía seguir para preparar un arma casera. Ácido sulfúrico, potasa, gasolina, aceite de motor y un recipiente de cristal bastaban para atacar al enemigo.
Una vez mezclados los ingredientes y repasada la ruta que les llevaría a la sucursal bancaria de la calle San Martzial, abandonaron el establecimiento con aires de grandeza. Eran las doce de la noche. Josu, cabecilla del grupo, sujetaba una botella en cada mano tratando de ocultarlas bajo las mangas de la chaqueta. Durante los primeros minutos, Unax y Aitor percibieron cómo el nerviosismo aumentaba gradualmente en su interior, reflejado en un leve cosquilleo en el estómago fruto de la emoción por participar activamente de la “kale borroka”, unido al temor por las posibles represalias si les detenía la policía. Como les había explicado Josu durante la reunión preliminar, aquellos eran los síntomas habituales en los primerizos. Ellos, en cambio, presumían de su experiencia afirmando convencidos que pronto les reclutarían para formar parte del aparato militar. Aquellas acciones se les estaban quedando pequeñas.
Cuando el quinteto se encontraba en el cruce formado por las calles San Martzial y Legazpi Idiakez, a apenas un centenar de metros de su objetivo, Ander les alertó:
-¡Quietos!
-¿Qué pasa? -preguntaron todos al unísono.
-Esconderos detrás del coche. He visto a dos putos perros cerca de la sucursal.
-Ya les veo... -indicó Josu-. Esperaremos unos minutos a ver qué hacen.
Unax y Aitor le observaron en silencio e imitaron sus movimientos. Durante el encuentro, se habían limitado a contemplar a sus compañeros sin cuestionar sus decisiones, y ahora debían mantener la misma conducta. Sintieron cierta desilusión. La misión se había complicado por culpa de los perros, aunque aquella era una posibilidad que barruntaban desde el principio, ya que sabían que algunos Ertzaintzas rondaban la ciudad día y noche para evitar ese tipo de acciones.
Después de más de diez minutos de espera comprendieron que los policías permanecerían allí gran parte de la noche. Caminaban sin cesar arriba y abajo de la calle San Martzial. Además, el vehículo policial se encontraba estacionado entre los jóvenes y la sucursal bancaria impidiéndoles alcanzar con garantías su objetivo. La operación se estaba complicando demasiado.
-Vámonos -ordenó Josu-. Si encontramos algún sitio donde lanzarlos, lo haremos y si no, volveremos mañana a la misma hora.
-Sí, es lo mejor -añadió Ander.
Aitor observó a Unax simulando en su rostro cierta decepción por la falta de acción, si bien sus ojos reflejaban claramente su alivio por evitar el peligro. La mirada de su amigo, en cambio, permanecía incrustada en los dos Ertzaintzas con un extraño semblante.
-¡Esperad un momento! -exclamó Unax tratando de contener el volumen de voz.
Aitor le observó azorado. ¿Qué coño le pasaba? ¿Cómo se atrevía a dar órdenes? Josu había suspendido el plan, ¡aquello era lo mejor para todos!
-¿Qué pasa? -preguntó Josu sorprendido por el comentario- Aquí las órdenes las doy yo.
Unax le miró irritado. Durante los últimos minutos había recordado alguno de los motivos que le habían llevado hasta allí. La ocupación de su pueblo, la detención de sus tíos y el sufrimiento de miles de personas por culpa de las imposiciones fascistas, eran injusticias que merecían ser tomadas en consideración para afrontar el futuro con valentía. Él, Unax Angoiti, no pensaba defraudar a sus compatriotas.
-Tú acabas de demostrar que eres un puto gallina, así que lárgate si quieres -le reprochó mirándole a los ojos-. Yo he venido aquí para algo.
Josu le observó indeciso. Aquel chaval parecía tener más valor que los cuatro juntos, pero ¿qué pensaba hacer? La policía le atraparía antes de alcanzar la sucursal bancaria y los cócteles molotov eran prueba suficiente para pasar la noche en comisaría y quedar fichado para siempre. Ese era un riesgo que no pensaba correr, pero tampoco debía permitir que sus compañeros le tildaran de cobarde. Finalmente, y ante la expectación generada dentro del grupo, optó por retar a Unax.
-Muy bien, entonces enséñanos qué sabes hacer -sugirió ofreciéndole los dos explosivos.
-Preparaos para salir corriendo -respondió Unax mientras cogía las dos botellas y abandonaba el resguardo que ofrecían los vehículos.
-¿Qué coño haces? ¡Vuelve aquí! -exclamó Aitor- ¡Esto no es un puto juego!
Unax omitió el comentario de su amigo y, después de unos instantes de reflexión, se colocó la capucha de la sudadera y empezó a caminar calle arriba hasta llegar a la altura del vehículo de la Ertzaintza, donde se detuvo. Los policías, que se encontraban a apenas cuarenta metros de distancia, se percataron de su presencia. Durante unos segundos, cruzaron las miradas sin que ninguno hiciera ademán de moverse. Finalmente, Unax decidió actuar. Movido por el odio que le había acompañado desde el día que conoció la causa abertzale, lanzó una de las botellas contra los agentes, provocando un leve estallido a un par de metros de distancia. Acto seguido, arrojó el segundo artefacto en el interior del vehículo oficial causando un leve incendio.
Los policías, que se habían tendido sobre el pavimento para protegerse de la primera explosión, comprendieron rápidamente que se trataba de un arma casera de potencia limitada y se levantaron para perseguir a los jóvenes. Sin embargo, aquellos segundos de confusión ofrecieron a los chavales una ventaja significativa. Uno de los dos agentes se detuvo a la altura del vehículo para controlar el fuego, mientras el otro corría tras ellos. Los cinco compañeros percibieron que su perseguidor no se daba por vencido y optaron por separarse. Unos cruzaron el río Urumea por el puente de Santa Cristina, mientras Unax y Aitor giraban a la derecha por la calle Alfonso VIII y bordeaban la Catedral del Buen Pastor, para tomar la calle Easo hasta abordar las proximidades del domicilio de Unax. La indecisión del agente por elegir a quién perseguir le hizo malgastar un tiempo valioso que, unido a la desventaja inicial, le llevó a perder su rastro definitivamente.
Unax y Aitor alcanzaron en pocos minutos el domicilio del primero. Unax aconsejó a su amigo que pasara la noche allí, a lo que esté asintió sin titubeos. ¿Acaso pensaba que cruzaría la ciudad con los perros buscándole? Ni de coña.
Una vez en el zaguán, respiraron tranquilos e intercambiaron sus primeras impresiones.
-Estás loco... -indicó Aitor mostrando una mezcla de enfado y admiración.
-¿Por?
-¿Cómo se te ocurre tirarles la botella? ¡Nos has puesto en peligro a todos!
-Los perros se lo merecían. Lástima que no les haya dado...
-¿Darles? ¿En qué coño estabas pensando? ¡Si nos hubieran cogido nos habríamos metido en un lío de cojones!
-Pero no lo han hecho, ¿verdad? Deja de quejarte de una puta vez. Ya verás cómo a partir de ahora los subnormales de Josu y compañía nos tienen en cuenta para todo -concluyó mientras abría la puerta de casa para dirigirse a su habitación.
El mayor de los primos Angoiti se sentía orgulloso de su valeroso acto, además de saber que, desde esa misma noche, había empezado a labrarse un nombre dentro del entorno abertzale.
Aitor observó en silencio como Unax desaparecía a través de la oscuridad del pasillo. Su amigo había mostrado una valentía extraordinaria. Era innegable que se trataba de un gudari en ciernes. Sin embargo, él había sentido miedo. ¿Sería capaz de encontrar el coraje suficiente cuando llegara el momento? Su corazón le confesó oportunamente la verdad: sí, sería capaz. El problema no radicaba en su falta de valor, pues sus otros tres compañeros se habían comportado de la misma forma, sino en que acababa de presenciar el osado carácter de un joven muy especial.
Chapter 5
Durante las semanas posteriores, Mikel recabó información acerca de ETA y del pasado de sus padres, con el único objetivo de encontrar las respuestas adecuadas a las preguntas que le inquietaban. En 1959, un grupo de estudiantes radicales vascos, cansados de la pasividad que mostraba el PNV (Partido Nacionalista Vasco) ante el régimen dictatorial que dominaba España, fundó Euskadi Ta Askatasuna –Euskadi y Libertad-. Esta asociación reclamaba la independencia de Euskal Herria, territorio formado por cuatro provincias españolas (Álava, Guipúzcoa, Vizcaya y Navarra) y tres francesas (Baja Navarra, Lapurdi y Zuberoa). Las bases de la organización se crearon en el Monasterio de Belloc (Francia), en 1962, durante la celebración de su I Asamblea, en la que se definieron como una organización clandestina revolucionaria que iba a utilizar la lucha armada con el objetivo de conseguir la independencia de Euskadi.
En 1968, y después de varios años demandando el fin de la dictadura, así como la independencia de Euskal Herria, acabaron con la vida de un Guardia Civil, cometiendo su primer atentado con víctimas mortales. La vida de aquel agente fue la primera de una interminable lista que cambió el panorama social español indefinidamente. Hasta que España no otorgara la independencia al País Vasco, no volvería la paz.
A finales de 1969, cuando Joseba Angoiti contaba con 27 años de edad y empezaba a ganarse un nombre dentro de ETA, contrajo matrimonio con Hirune Mendiburu, su pareja desde hacía cinco años. Después de la repentina muerte de su padre, trasladaron su residencia a Arudy, una pequeña localidad pirenaica de pocos habitantes donde difícilmente les vincularían con la organización terrorista.
El 4 de mayo de 1971 nació Mikel.
Dos años después de la muerte del General Francisco Franco, en 1977, se produjeron las primeras elecciones democráticas españolas desde la Guerra Civil. Una de las primeras decisiones del nuevo Gobierno fue conceder la amnistía a todos los presos de ETA, hubieran o no cometido delitos de sangre. Ni dicha amnistía, ni el resultado de las primeras elecciones democráticas desde la guerra, ni la redacción y aprobación ciudadana de la Constitución española en 1978, fueron del agrado de ETA. La banda terrorista continuó luchando con el pretexto de obtener el derecho de autodeterminación que merecían y que rezaba que los vascos eran los únicos ciudadanos capacitados para decidir su futuro.
Transcurría el tiempo y la soberanía no llegaba. Los partidos nacionalistas vascos reclamaban sin cesar la liberación de su pueblo, basando sus argumentos en la existencia de una lengua propia, el vasco, una cultura y un pasado diferente al español, y el ferviente sentimiento de formar su propio país.
ETA estaba vinculada, extraoficialmente, a Herri Batasuna, partido político de claro perfil socialista fundado en 1978. Ambas agrupaciones se consideraban los únicos entes capaces de defender los intereses de su pueblo, criticando públicamente el comportamiento “españolista” del resto de partidos políticos y de asociaciones vascas. Ellos eran los verdaderos libertadores de Euskal Herria.
ETA estaba dividida en tres aparatos bien diferenciados: el militar, el logístico y el político. La Zuba, formada por entre 7 y 11 miembros, era el órgano que decidía quienes lideraban dichos aparatos. Desde mediados de los años 80, el aparato militar estaba gobernado por Ekaín Mendizábal, alias “Baltza”, un joven Gudari que, desde sus primeras escaramuzas dentro de la formación, había mostrado una sangre fría fuera de lo común. En sus primeros años, participó en la ejecución de varios atentados y las sucesivas detenciones de los líderes de la organización acabaron por auparle al puesto más relevante de la misma. Baltza, gracias a sus acciones en favor de la patria, se había convertido en uno de los máximos iconos de ETA y en uno de los pesos pesados dentro de la Zuba.
El aparato político lo lideraba José Azkargorta. A sus treinta y nueve años, era uno de los miembros más veteranos de la cúpula. Su larga experiencia dentro de la formación le permitía tratar los temas políticos con suficiencia, lo que le convertía en la persona indicada para mantener la relación con Herri Batasuna, partido político que representaba a los seguidores radicales vascos en las elecciones democráticas.
Nestor Imaz, alias “cerebro”, era uno de los miembros más protegidos de la organización. Como líder del aparato logístico, se responsabilizaba de gestionar los recursos económicos de la formación, supervisar la relación con los miembros exiliados de ETA, facilitar armamento y vehículos al aparato militar y mantener el trato con otras organizaciones terroristas, entre las que se encontraba Iparretarrak, hermana francesa de ETA. Durante su juventud, participó en la preparación de algunos atentados. Con los años, optó por desvincularse del aparato militar, ya que, según sus propias palabras, “no podía ocuparse de todo”. Esa suficiencia le hizo ganarse algunos enemigos dentro de la formación, quienes, pese a tildarle de petulante, se dirigían a él con respeto, ya que sabían que difícilmente podrían acabar con su poder dentro de la cúpula.