Alienados
© Francisco Juan Atienza Sánchez
ISBN: 978-1-936886-49-4
Diseño de portada: Francisco Casillo Sánchez
Smashwords Edition, License Notes
This ebook is licensed for your personal enjoyment only. This ebook may not be re-sold or given away to other people. If you would like to share this book with another person, please purchase an additional copy for each recipient. If you’re reading this book and did not purchase it, or it was not purchased for your use only, then please return to Smashwords.com and purchase your own copy. Thank you for respecting the hard work of this author.
--------------------
Índice
Semana del 3 al 9 Junio de 1859
Mañana y tarde del 31 de Diciembre de 1864
Noche del 31 de Diciembre al 1 de Enero de 1865
Lampard, noche del 31 de Diciembre de 1865
--------------------
Esta novela para adultos trata sobre la vida de un personaje ficticio, a caballo entre el Marqués de Sade y uno de los personajes de sus libros. El pueblo, los personajes y los hechos son ficticios. Espero que nadie se tire de los pelos por abordar la época sin aportar datos históricos, que considero cosa de historiadores. Mi único deseo ha sido escribir una novela que mantenga al lector entre sus páginas y le cueste abandonar el libro sobre su mesita de noche. Si lo consigo habré alcanzado algo más que un sueño.
Francisco Juan Atienza Sánchez
--------------------
A medio camino entre París y Lyon existía un pequeño y hermoso pueblo llamado Chamberí, con una población de poco más de setecientos habitantes. Se hallaba en una zona privilegiada, donde los verdes valles y frondosos bosques reinaban en todo cuanto alcanzaba la vista. La serpenteaba el majestuoso rio Loira, para mayor esplendor del paisaje galo.
A unos diez kilómetros del pueblo se alzaba el impresionante Castillo de Chamberí, que reinaba con sus impresionantes muros y torres circulares. Con 440 habitaciones, destacaba especialmente su escalera en doble espiral a la entrada, y sus vistosos tejados repletos de magnificas terrazas y miradores.
Con cada relámpago de la tormenta que azotaba la noche, los techos cónicos grises-azulados semejaban sombreros de magos. En sus interminables salas y habitaciones, predominaba el color dorado de las exquisitas y abundantes tallas que adornaban paredes, techos, y pilares. El blanco, azul claro y rosa pálido, compartían protagonismo con el dorado, pero sin disminuir la sensación de que su interior estaba bañado de oro.
Durante la tormenta, los gritos de la baronesa y los truenos hacían temblar el suelo y las almas de los que se encontraban cerca de su lecho. Su marido, el barón Alejandro de Chamberí, el doctor Carlos y la sirvienta Elena, encontraban amparo en la temblorosa luz de las velas en sus candelabros y de las lamparitas de aceite.
El parto de la baronesa se complicaba, el niño venía de pie y no daba señales de vida.
Elena sufría en silencio desde sus quince años mientras cambiaba las toallas blancas ahora teñidas de rojo. Su rostro reflejaba el dolor que transmitía la baronesa.
El barón apretaba con fuerza la mano de su esposa Lorena, cuya mirada perdida reflejaba el esfuerzo que realizaba.
El médico respiraba con dificultad al ver que el niño no respondía y que la baronesa había perdido demasiada sangre. Después de mover su cabeza hacia los lados de forma nerviosa miró al barón, que tenía sus ojos verdes oscuros clavados en él. Quedamente le dijo “Barón, el bebé no da señales de vida, debo extraerlo y cerrar la herida rápido, o la baronesa…”
—¡Haced lo que debáis, maldita sea, pero al menos salvad a mi esposa!—, tronó el barón con la frente sudorosa que bañaba un flequillo oscuro que pendía hasta la altura de sus ojos.
El doctor miró a la sirvienta, cuyo rostro blanquecino se iluminó fugazmente por un relámpago.
—Elena, cuando empuje el vientre de la baronesa tirad del niño hacia vos. No os preocupéis por él, no podemos hacer nada—. El doctor se subió a la cama, se puso de rodillas a la altura del pecho de la baronesa, puso sus manos en la parte alta de su vientre y esperó que Elena estuviera preparada.
Los relámpagos dibujaban fantasmagóricas formas que se entrelazaban con las alargadas sombras de los candelabros. El gran ventanal que daba a la terraza se abrió por tercera vez. Las velas de uno de los candelabros que se encontraba al pie de la cama volvieron a apagarse. Elena, ya lista, esperaba nerviosa las instrucciones del doctor. Las cortinas ondeaban con fuerza por la furia del viento, como un mal augurio.
Los truenos apagaron los gritos de la baronesa en el momento en que el doctor empujaba con fuerza. El barón desvió la mirada hacia otro lado y apretó los dientes. Elena tiró del bebé por las piernas. El amplio colchón cimbreaba y la tela granate que cubría la parte superior de la cama mecía sus cordones dorados desacompasadamente.
La baronesa hizo un último esfuerzo y se desmayó en el mismo momento que los truenos concedieron el silencio a la noche. El niño salió al exterior bañado en la sangre de su madre, abrió los ojos, y los relámpagos cesaron al instante.
El doctor miró asombrado al niño que creía sin vida. El bebé pareció mirarle fijamente durante un momento, volvió su mirada en dirección al barón, que la recibió anonadado, y finalmente sus ojos encontraron los azules de Elena, que lo sujetaba entre sus manos y gemía entre sorprendida y asustada.
“¿Habrá sido un movimiento involuntario de sus ojos?”, se preguntó el doctor. Pero salió del trance, bajó de la cama, cortó y ató el cordón umbilical, dio una cachetada al pequeño que llenó de aire sus pulmones y se lo devolvió a Elena. Rápidamente, el doctor atendió a la baronesa.
El barón solo tenía ojos para su esposa Lorena, que yacía inconsciente sobre el lecho ensangrentado. Con sus dos manos, sujetaba fuertemente una de su esposa, mientras una lágrima surcaba su rostro apenado.
Elena apretaba contra su pecho al niño envuelto en una toalla. Limpió con sumo cuidado el cuerpo y la cara del bebé. Mientras le miraba tiernamente a los ojos pensaba “sois hermoso”. El bebé levantó su mano izquierda y acarició con sus pequeños dedos el suave rostro de Elena, cuyos labios comenzaron a dibujar una hermosa sonrisa que se borró de inmediato cuando el bebé clavó las finas uñas en su piel, dejando cuatro finos arañazos desde el pómulo hasta el labio superior, que sangraron levemente.
“¡Ah!”, exclamó Elena, pero nadie le prestó atención. El doctor seguía muy atareado cosiendo a la baronesa y el barón, seguía con sus manos en la de su esposa, siguiendo los impulsos de su corazón.
Elena reposó suavemente una mano sobre las dos del bebé que cargaba y caminó hacia el gran ventanal que permanecía abierto. El viento ya no movía las cortinas. El exterior se encontraba extrañamente tranquilo para haber sido azotado por una fuerte tormenta. Por el horizonte escapaban las últimas nubes de un tono gris. En el cielo de la noche brillaba de nuevo una hermosa luna llena, cuya luz fulguraba en el paisaje. El viento apenas movía las hojas de los árboles en los extensos jardines del castillo. Los tejados desaguaban el diluvio. Elena volvió a mirar al niño y éste soltó una carcajada espeluznante que le ocasionó un escalofrío que recorrió toda su espalda.
Años después la personalidad del niño mimetizaría aquella tempestad precedida por la calma.
--------------------
Cuatro años y ocho meses después el niño que fue bautizado católico con el nombre de Franval. Creció sano, sin ningún comportamiento extraño. De complexión delgada, lucía una media melena castaña algo revuelta, unos intensos ojos verde oscuro que se diluirían con el paso de los años y una tez muy blanca. Poseía una gran inteligencia por la que sus primeros profesores profesaban una gran admiración.
Pasaron los años. Todo parecía normal en él, salvo, sus reiteradas negativas a aprender todo aquello que tuviera que ver con religión o moral. Odiaba que le enseñaran cómo comportarse y que le dijeran lo que estaba bien y lo que estaba mal. Franval se las arreglaba siempre para no asistir a las clases de religión, y cuando no podía escabullirse discutía con su profesor, el padre Joaquín, hombre de casi sesenta años, alto y delgado, de piel pálida y arrugada, y apagados ojos oscuros. Siempre vestía con una larga sotana negra hasta los tobillos, que se abrochaba con grandes botones negros aterciopelados. Una gran cruz de oro sobre el pecho pendía de su cuello, y bajo su sombrero negro con borla podía verse su pelo blanco y áspero. Su alargada figura era impresionante.
—Joaquín—, dijo Franval —si Dios es tan bueno no le importará que vaya a jugar al jardín.
Al contrario que todas las personas de su época, Franval solo hablaba con respeto a aquellas personas que consideraba sus iguales o de las que pretendiera obtener algo.
—¡Hace semanas que no aparecéis por mis clases!—. Joaquín alzó la voz que hizo eco en el espacioso salón. —Dios va a castigaros—, prosiguió el padre con tono amenazante, esta vez en tono más bajo, apuntándole con el dedo índice de su mano derecha.
—Soy un niño, Dios no haría daño a un niño—, respondió Franval terminando con una picaresca media sonrisa.
—Si, a los niños que son inspirados por Satán.
—¿Y cómo se sabe cuándo un niño está inspirado por ese señor?—, preguntó sin saber quién diablos era ese Satán.
—No es un señor, ¡es el diablo!—. Joaquín golpeó con las palmas de sus manos la enorme mesa rectangular que los separaba. —¡Os llevará al infierno y os azotará, os golpeará y os gritará hasta el infinito!—. Volvió a gritar llevado por la ira. Las arrugas de su viejo rostro se pronunciaron a su máxima expresión y su cara se ruborizó.
Franval se subió sobre su silla y desde la otra punta de la extensa mesa caoba le gritó:
—¡Pues tú te pareces mucho a él!
Joaquín se quedó unos instantes sin capacidad de reacción, luego soltó el aire de sus pulmones y con una extraña sonrisa le dijo:
—Lo siento Franval, si otras veces os he golpeado, ha sido por vuestro bien—, le dijo con un tono suave y mostrando la palma de su mano derecha. —No obstante—, prosiguió —he de daros unos azotes por vuestro mal comportamiento, ya sabéis que vuestros padres me obligan a hacerlo cuando os comportáis de esa manera.
Joaquín separó la amplia silla de la mesa, se sentó sobre ella, cogió su regla de madera y le dijo:
—Vamos, tumbaos sobre mis rodillas, hoy os daré solo cuatro azotes, Dios os ha perdonado el resto.
Franval se acercó con paso dubitativo y cuando estuvo a unos pasos le espetó:
—¡Tú, no hablas en nombre de Dios! ¡Solo te sirves de su nombre para obtener lo que quieres de los demás!
Joaquín apretó los dientes y sus ojos parecían echar chispas.
—¡Dios os acaba de castigar con diez azotes más, tumbaos sobre mis rodillas ahora mismo!—, le ordenó amenazador.
Franval estiró todo lo que pudo su pequeño cuerpo y gritó con voz firme:
—¡Yo soy el Marqués Franval de Chamberí, dueño de todo lo que ves. Cuando alcance la mayoría de edad expulsaré a todos los religiosos de mi castillo y de mi ciudad!—. Dicho esto, recorrió los escasos pasos que los separaban y dio un fuerte puntapié en la espinilla de Joaquín.
—¡Aaaah! ¡Maldito demonio!—, exclamó Joaquín con gesto de dolor en su rostro.
Franval cruzo el enorme salón a toda velocidad y golpeó de costado la enorme puerta de dos hojas de un impoluto color blanco. Cogió el picaporte dorado y lo giró varias veces.
—No os esforcéis, he echado la llave—, dijo Joaquín tranquilamente mientras apretaba la regla en su mano derecha.
Franval cambió de dirección y corrió hacia la puerta del otro lado del salón. Joaquín le siguió con la mirada y volvió a sonreír.
—No insistáis, también he cerrado esa puerta. Hagamos un trato, si venís ahora mismo, os daré solo diez azotes, si tengo que ir a buscaros los duplicaré—. Dicho esto, extendió su mano para que Franval, que se encontraba en esos momentos en medio del salón, se acercara y la tomara.
Franval dio un paso hacia el padre Joaquín, que sonrió ligeramente. Pero repentinamente se paró, miró hacia los enormes ventanales cuyas cortinas granates se encontraban recogidas por cuerdas doradas. Miró los tejados picudos que conectaban con otros techos, torreones, terrazas y miradores, auténtica jungla de tejados de todos los tamaños y formas. El cielo era increíblemente azul. Los esplendorosos jardines se extendían alrededor de un gigantesco estanque de agua de forma rectangular que parecía no tener fin.
Esta vez fue Franval quién sonrió. Corrió hacia una ventana, trepó hasta el respaldo de uno de los amplios sofás que adornaban el salón, giró la manivela y abrió la ventana. Un soplo le encrespó el flequillo. Con el aire de la libertad en su rostro se sintió vivo, subió y se paró en el marco. Volteándose miró a Joaquín.
El párroco, estupefacto, se levantó. Soltó la regla sobre la mesa y con voz pausada, tranquila, y algo asustado, le dijo levantando las palmas de sus manos:
—Está bien vos ganáis, hoy no habrá castigo, pero esta semana duplicaremos nuestras clases.
—¡Prefiero los azotes!—, gritó Franval, hizo un corte de mangas y levantó los dedos índice y meñique.
El padre Joaquín hizo la señal de la cruz sobre su cuerpo.
De pronto Franval saltó hacia los tejados y caminó entre la jungla de techos picudos, torres, balcones, tejados, pararrayos y cruces, hasta llegar a una de las terrazas al este del castillo.
Joaquín se asomó a la ventana y lo vio alejarse grácil como un felino. Acertar dónde estaba ahora era poco menos que imposible.
Llamaron a una de las puertas del salón. Joaquín cerró rápidamente la ventana y corrió un poco las pesadas cortinas, caminó hacia la puerta y la abrió con la llave que guardaba en el bolsillo de su sotana. Eran los padres de Franval, que alertados por las voces, llegaron a ver qué ocurría.
La baronesa Lorena era una de las mujeres más bellas del reino. Sus ojos color marrón claro tenían una transparencia única y su piel era blanca, fina, delicada. Rizos negros pendían sobre su hermoso rostro otorgándole una sensualidad especial. Franval la adoraba por su lindura. Aquel día llevaba un vestido blanco de gran escote ceñido a su escasa cintura, parecía una autentica princesa de cuento. El barón Alejandro de Chamberí también era un hombre muy apuesto, con un físico envidiable, pues lejos de llevar una vida sedentaria como la mayoría de sus iguales, era aficionado a casi cualquier deporte y frecuentemente salía de caza a caballo. Le encantaba vestir con el traje militar francés, con espada incluida. Su rostro templado, enmarcado con un cabello largo y negro, provocaba respeto. El barón Alejandro comenzó a hablar:
—Elena estaba limpiando una de las habitaciones cerca de aquí y nos alertó de unas voces ¿ocurre algo padre?—, preguntó cortésmente el barón.
—No, no—, dijo algo nervioso Joaquín —solo que…—. Hizo una pausa para pensar —di el resto de la clase libre a Franval, por su buen comportamiento. El chico, loco de alegría, abandonó dando voces el salón, tenía muchas ganas de ir a jugar y hoy hace un día especialmente hermoso, ¿no creéis?—, terminó preguntando Joaquín.
—Eso ha sido muy cortés por vuestra parte—, respondió la baronesa con una sonrisa que devolvería cualquier esperanza perdida.
—Le pedí un pequeño esfuerzo a cambio.
—¿Cuál fue su petición padre?—, preguntó el barón.
—Que esta semana daríamos una de nuestras clases en mi iglesia, si los barones lo permiten—. Joaquín sonrió inclinando la cabeza.
—Por supuesto padre—, dijo ella con una sonrisa en sus labios rosados que hacían lucir aún más hermoso su rostro.
—Lo veis amada mía, como no eran ciertos los rumores de que nuestro hijo aborrecía la religión—. El barón se mostró orgulloso al mirar a su mujer.
Joaquín apretó los dientes y mantuvo los labios pegados.
—¿Cuándo debe ir nuestro hijo a su iglesia padre?—, preguntó la baronesa.
—Puede ser mañana por la tarde señora—, respondió feliz Joaquín.
—Le mandaré en un carruaje a las cuatro y le recogerá una hora después, ¿os parece bien?—, preguntó la baronesa.
—Por supuesto baronesa, una hora, será más que suficiente, jamás olvidará esa experiencia.
—Tened en cuenta que nunca ha salido del castillo, si hubiera algún problema, tocad reiteradamente las campanas—, ordenó el barón.
—Así se hará, barón—, afirmó Joaquín.
—Entonces podéis retiraros, padre—, concluyó el barón.
Joaquín inclinó ligeramente su cabeza y se alejó por el gran salón.
—Es un buen párroco—, dijo el barón sin dejar de mirarle mientras se alejaba con las manos cruzadas a la altura de su cintura.
—Todos lo son—, selló la baronesa.
Al día siguiente Franval se enteró durante la sobremesa que tenía que ir esa misma tarde a la iglesia con Joaquín.
Cada día, la familia Chamberí solía utilizar habitaciones, comedores y cocinas distintos. Era una forma de no caer en la monotonía, y que parte del magnífico castillo no cayera en desuso. Esto agradaba especialmente a Franval, ya que sus padres no le permitían que se alejara de las zonas que utilizaban.
—Franval, ésta será una buena experiencia para enseñaros lo que hacen los hombres de bien—, dijo el barón señalando con su tenedor al niño, que estaba justo en el centro de la enorme mesa, y a quién la madre observaba orgullosa desde la otra punta. —El padre Joaquín os forjará en la doctrina cristiana y seréis un gran barón—, le dijo la baronesa.
Franval puso los cubiertos sobre el plato y suspiró. Titubeaba entre contar la verdad o seguir fingiendo. Finalmente pensó que eran preferibles unos azotes a que sus padres se enteraran que había correteado por los altísimos torreones y tejados del castillo. Seguramente no le volverían a dejar solo ni un instante, duplicarían las clases de moralidad y le impedirían salir al jardín que tanto disfrutaba.
—Si, va a ser estupendo—, dijo Franval cabizbajo.
Sus padres se miraron y sonrieron. Siguieron comiendo y charlando animadamente. Recordaban cómo la religión había hecho de ellos unas personas fuertes, de fe y voluntad inquebrantables.
Al escuchar a sus padres hablar maravillas de todo aquello que él detestaba por instinto natural, el muchacho sintió ganas de abrir la ventana y gritar hasta vaciarse de las palabras infectas que había escuchado, para que otro aire volviera a llenar sus pulmones y sentir de nuevo la libertad recién descubierta al corretear por los tejados. No quería que nadie le dijera lo que debía hacer ni cómo debía actuar para llegar a ser un buen hombre.
El carruaje estuvo preparado un cuarto de hora antes de lo acordado con el padre Joaquín. Franval salió al magnífico y esplendoroso jardín exterior del castillo. Más allá, los verdes prados parecían no tener fin. Podía escucharse el continuo fluir del rio Loira, y parecía que el césped era el único suelo existente en Chamberí, salvo el camino de tierra por donde rodaban los carruajes. Inspiró profundamente y desabrochó el botón de la camisa blanca que le oprimía el cuello. Vestía de lo más formal y exquisito: zapatos azules y calcetines largos blancos, pantalón corto azul con bordados dorados, camisa blanca con flecos en cuello y mangas, y chaqueta de la misma tela del pantalón, sobre la que sobresalían los flecos blancos de las mangas, las mismas donde solía vaciar sus narices frecuentemente. Antes de subir al carruaje fantaseó con la idea de dejar al conductor, azotar a los caballos y escapar para volver al anochecer, después de haber cumplido todos sus deseos del día.
Subió al carruaje. El cochero Antuán era un hombre rubio, corpulento, y lo más parecido a un amigo que tenía Franval. Con una amplia sonrisa le preguntó mientras sostenía la puerta abierta:
—¿Estáis bien señor marqués?
—Antuán, te daré cuatro monedas de oro si no me llevas a la iglesia.
Antuán lo tomó a broma y le respondió:
—No marquesito, vuestra excursión de hoy no tiene precio. Seguramente, Dios me castigaría por ello.
—¡Cobarde! ¿Temes a lo invisible y no temes los azotes que podría proporcionarte?—, respondió Franval frunciendo el ceño.
Antuán borró la sonrisa, agachó la cabeza y dijo:
—Lo siento señor marqués, pero no puedo obedeceros—. Cerró la puerta con fuerza y subió al carruaje.
A un chasquido los caballos relincharon y el carruaje se alejó veloz del castillo. Pensativo, Franval observaba el impresionante jardín que se unía al hermoso valle del Loira. Recorrieron unos diez kilómetros y llegaron a un pequeño pueblo que se extendía hacia el suroeste en el centro del valle, con bellas casas de piedra blanquecina y techos triangulares de un tono gris que armonizaban con el hermoso paisaje. Muchos transeúntes se pararon al ver el flamante carruaje y a su pequeño pasajero.
A los pocos minutos…
—¡Sooo!—, se escuchó.
Antuán se bajó y le abrió la puerta del carruaje a Franval, que se asomó cauto. El cura le esperaba impaciente a la entrada de la iglesia. Tenía cinco monaguillos a su lado, un poco mayores que Franval.
—Os estábamos esperando—, dijo cortésmente el padre Joaquín desde la entrada de la iglesia. “Estoy seguro de ello, cerdo”, pensó Franval.
Antuán ayudó a bajar a Franval y con el rostro todavía serio le recordó que en una hora volvería para recogerle. Franval le tomó la mano y tiró de ella, susurrándole:
—No te olvides de mí, lo de los latigazos era mentira.
Antuán sonrió y le alzó la barbilla con su mano.
—Tranquilo Marquesito, sé que no hablabais en serio—, y le dijo al oído, —¿sabéis qué?, volveré un cuarto de hora antes a por vos—. Le guiño un ojo y subió al carruaje.
Franval sonrió y esperó a que se alejara. Miró las casas que rodeaban la plaza de la iglesia y a las personas que caminaban por las anchas calles, algunas de las cuales le sonreían. Levantó su barbilla en señal de superioridad y caminó con paso firme hacia la monumental iglesia de estilo barroco. El padre Joaquín le esperaba con el brazo extendido, tomó su pequeña mano, y entraron a la iglesia.
—Podéis marcharos—, dijo Joaquín a los monaguillos. —Hoy el señor marqués hará el trabajo por vosotros—. Dicho esto apretó la mano de Franval con fuerza.
—¡Au!—, se quejó Franval.
Los monaguillos festejaron con gritos y carreras su día de fiesta. Joaquín cerró la puerta de la iglesia. Franval caminó unos pasos por el pasillo central, a cuyos lados se extendían los bancos de madera oscura. Una enorme imagen de la crucifixión de Jesús se veía al frente.
—¡Inclínate!—. Gritó Joaquín dándole un fuerte manotazo en la nuca mientras reverberaba su voz en la nave.
—¡Au!—, protestó de nuevo y frunció el ceño. —Es solo una pintura—, dijo cerrando un ojo y frotándose la nuca.
—¡Blasfemo!—, volvió a gritar Joaquín y le cruzó la cara con una fuerte bofetada. Tomándolo por el cuello de la camisa lo arrastró hasta llegar al altar y le empujó contra los escalones adornados con una alfombra roja.
—Arrodillaos y suplicad al señor que no os castigue.
El jovenzuelo cayó sobre los escalones golpeándose fuertemente las espinillas, apretó los dientes para contener el dolor, miró hacia la enorme mesa que había en el altar y fantaseó con tomar la gran copa sobre ella y golpear con fuerza y repetidamente la cabeza de Joaquín, pero la mesa era demasiado alta y tuvo que renunciar a su figuración. Aún así, de solo pensarlo su moral se redobló. Puso sus manos sobre los escalones y levantó la cabeza.
—Pídele perdón tú, yo no le temo. Sé que no está aquí para castigarme. Ni siquiera vive aquí—. Sus ojos verdes no reflejaban miedo cuando cruzó la mirada con el padre.
Joaquín, lo tomó por la larga melena que le llegaba hasta la espalda y tiró con fuerza de ella, obligándolo a levantarse y que inclinara el rostro hacia arriba.
—¡Esta es la casa de Dios! ¡Postraos ante su imagen!
Franval miró a su alrededor con las dos manos sujetando las del padre Joaquín para aliviar la tensión sobre sus cabellos. Las lágrimas estaban a punto de saltar de sus ojos sin poder evitarlo. Lo que veía le transmitía sufrimiento y tristeza. Volvió a mirar a Joaquín:
—Creo que se parece al infierno y tú eres el diablo—, dijo mostrando su media sonrisa. Sabía que lo que acababa de decir tendría consecuencias funestas para él, pero al menos podía herir a Joaquín de alguna manera.
—¡¡Aaaaaaah!!—, gritó un Joaquín que parecía haber enloquecido, y comenzó a propinarle una terrible paliza.
Cuando el padre Joaquín volvió en sí Franval estaba tumbado boca arriba sobre las escaleras, sangraba abundantemente por oídos, boca y nariz. Apenas podía respirar ahogándose en su propia sangre.
—¡Franval, Franval!—, gritó asustado.
Las ropas de Franval se hallaban desgarradas por los tirones durante la paliza.
Joaquín puso su mano bajo la nariz y pensó rápido. Franval tosía de forma agónica. Lo cargó en sus brazos y corrió hacia la casa del doctor, unas calles más abajo, donde llamó a la puerta de forma estridente. El doctor Carlos se acercó enfadado por la forma en que aporreaban su puerta. Se sorprendió al ver al padre Joaquín, pero más aún cuando vio al marqués en sus brazos, sangrante e inconsciente.
—Ponedle sobre esa cama—, indicó el doctor quitándose la chaqueta apresuradamente y corriendo a buscar su maletín.
—Esperad afuera, padre.
Joaquín abandonó la habitación. El cuerpo le temblaba.
Al cabo de un buen rato salió el doctor. Joaquín estaba sentado en una silla, incapaz de mantenerse de pie, pero al verlo reaccionó y lo abordó.
—¿Cómo está el niño? ¿Ha podido hablaros? ¿Os ha contado cómo ocurrió? Respondedme—, dijo ansioso tomando al doctor por los hombros.
—Tranquilizaos padre, el chico está fuera de peligro, ahora está sedado y duerme plácidamente.
—¿Pero qué os ha contado?—. Joaquín apretó los hombros del doctor.
—El chico no ha dicho nada, os he dicho que está durmiendo—. El doctor se zafó del padre, y arreglándose la camisa prosiguió diciendo. —Tiene el cuerpo lleno de contusiones, alguien ha debido agredirle de forma feroz, tal vez algún ladrón, acabará en la horca en cuanto el chico nos diga quién fue.
—No ha sido un ladrón.
—Entonces, ¿qué ha ocurrido padre?
—El chico— Joaquín puso la mano en su pecho —, subió conmigo a tocar las campanas… Y se puso a corretear alrededor de ellas y cuando me di cuenta…
—¿Qué padre?—. Se impacientó el doctor.
—Bueno… cayó por las escaleras—. Hizo la señal de la cruz al acabar de contar su versión.
Joaquín temblaba visiblemente y se tapaba la boca con sus manos.
—No os preocupéis, el chico está bien, tendrá dolores durante tres o cuatro días a lo sumo. Pero por lo demás, todo bien, ningún hueso roto, ni nada grave—, le tranquilizó el doctor.
Joaquín sonrió bajo sus manos.
—Esta noche deberá quedarse aquí, es preferible no moverle, iré a avisar a los barones.
—Yo podría quedarme esta noche para cuidarle—, se ofreció Joaquín. —Doctor, los barones dijeron que si algo ocurría, tocara reiteradamente las campanas para avisarles.
El doctor le miró durante unos segundos y luego asintió con la cabeza diciendo:
—Está bien, yo iré en lugar de vos.
Se dirigió a la salida de su casa y corrió hacia la iglesia, donde Antuán esperaba puntual hacia más de media hora, tal y como había prometido. El doctor le informó de lo ocurrido.
—Volveré enseguida con los barones doctor—, dijo Antuán apurado.
El carruaje se alejó a toda velocidad. Los chasquidos y ruidos de cascotes rompieron la tranquilidad de las calles.
A los cuarenta minutos volvieron a aporrear la puerta de la casa del doctor. Carlos abrió y nada más al ver a los barones les dijo con voz pausada:
—Tranquilizaos, el chico está bien, solo tiene contusiones debido a los golpes que recibió al caerse por las escaleras.
—¿Dónde está?—, preguntó alterada la baronesa.
El barón miraba en todas direcciones.
—En mi habitación, el padre Joaquín está con él.
La baronesa apartó al doctor y corrió hacia la habitación. Franval dormía desnudo y tapado con sábanas limpias, cambiadas para que la sangre no alterara a los barones. Tenía la cara hinchada y los primeros moratones comenzaban a aflorar en su rostro y cuerpo.
El barón entró y tropezó con la baronesa, que tenía las manos puestas en su boca y lágrimas en los ojos.
—Está dormido—, dijo titubeante Joaquín.
El barón le fulminó con la mirada. Joaquín tragó saliva al presentir la soga en su cuello.
—¿Cómo habéis podido permitir que le ocurriera esto a mi hijo? Podría haber muerto—, le inculpó amenazante el barón.
A Joaquín se le atragantaban las palabras. Ahora sentía la soga en su cuello físicamente.
El doctor intervino:
—Gracias a la rápida reacción del padre el chico se ha salvado, podían habérseles anegado los pulmones con su propia sangre.
—También hubiera podido morir gracias a su negligencia—, espetó el barón, que volvió a fulminar a Joaquín.
—El chico debe dormir aquí esta noche, el padre se ha ofrecido a quedarse con él, en caso de notar alguna anomalía me avisará, aconsejó.
—Decidme qué ocurrió—, ordenó el barón a Joaquín.
Joaquín tragó saliva y luego carraspeó para aclarar su voz.
—Subimos al campanario para tocar las campanas, Franval, estaba muy ilusionado. Cuando llegamos arriba se puso a corretear alrededor de ellas, le ordené que se detuviera, pero no me hizo caso. Fui hacia él para que cesara en su empeño y no pude hacer nada cuando tratando de huir de mí se cayó por las escaleras. Soy un anciano, no pude agarrarle a tiempo, lo siento mucho barón, ojalá fuera yo quien estuviera en su lugar—. Joaquín terminó de representar su papel con lágrimas en los ojos.
—Está bien, pero mañana a primera hora estaré aquí. Quiero escuchar lo ocurrido de boca de mi hijo.
—¿Qué insinuáis amor mío?—, preguntó la baronesa.
—Nada, solo quiero escuchar las primeras palabras que diga.
El barón miró a Franval con dolor en su rostro, después pasó un brazo alrededor de los hombros de su mujer, que inclinó la cabeza sobre su pecho. Se disponían a abandonar la habitación cuando la baronesa se volteó.
—Gracias padre por quedaros con él—, agradeció la baronesa inclinando ligeramente la cabeza.
Un atisbo de alivio se reflejó en la cara de Joaquín. El barón no le miró, simplemente se despidió.
—Hasta mañana—, dijo tajante.
—Buenas noches—, respondió Joaquín.
Ya en la puerta de la entrada el doctor puso una mano sobre la espalda del barón.
—Barón, debemos estar contentos de que todo haya quedado tan solo en un susto.
—Lo sé, amigo mío—, dijo el barón con una tenue sonrisa mientras apretaba el hombro del doctor.
Antuán abrió la puerta del carruaje y el barón ofreció la mano a su esposa para que subiera.
—Si ocurriera algo…—, insistió el barón.
Antes de terminar la frase intervino el doctor.
—Correré en vuestra búsqueda.
Compartieron una mirada de confianza y el doctor cerró la puerta del carruaje. Cuando se alejaron calle arriba el doctor se dirigió a la habitación e invitó a Joaquín a cenar.
—No gracias, no tengo hambre—, respondió Joaquín.
—No sois culpable padre, ha sido solo un accidente—, le animó el doctor.
—Lo sé, lo sé hijo—, y agachó la cabeza.
—Os traeré un sillón para que estéis más cómodo.
—No os molestéis por mí—, dijo Joaquín con tono cordial.
—Será solo un momento, ahora vuelvo.
—Está bien. Como queráis hijo.
Eran las cuatro de la madrugada cuando Franval abrió los ojos. Tenía el cuerpo dolorido y le parecía llevar puesta una máscara debido a la inflamación del rostro. Giró lentamente su cabeza hacia la izquierda, y vio a Joaquín durmiendo en un sillón que habían puesto al lado de la cama.
—¿Te aprieta mucho la soga Joaquín?—. Su media sonrisa se hizo presente en el desencajado rostro.
Joaquín abrió los ojos y se puso la mano en el corazón que trotaba asustado. Miró a Franval.
—¿Estáis bien hijo mío?
—Yo, no soy tu hijo.
Joaquín quiso sonreírle, pero no pudo.
—Te van a ahorcar por esto—, repitió con voz ronca.
Joaquín se inclinó hacia él poniendo las manos por encima de su cuerpo, pero sin llegar a tocarlo.
—Perdonadme, no sabía lo que hacía—, susurró.
—Yo mismo daré la orden para que abran la trampilla—. La sonrisa le causó dolor.
—Franval, por piedad, tened compasión de un pobre anciano como yo—, suplicó.
—¿De qué tienes miedo?, mañana podrás reunirte con tu Dios—. Los ojos verdes inyectados en sangre le conferían una mirada diabólica.
—Haré lo que me pidáis, pero por favor, no me delatéis.
El impúber le miraba con odio contenido, pero al escuchar sus palabras tuvo una idea, ¡una magnífica idea que le proporcionaría la libertad que tanto deseaba!
—Este es el trato—. La mirada de Franval brilló con picardía.
—Os escucho, pedidme lo que queráis—. Intervino Joaquín, ansioso por su respuesta.
—Si dejo que te ahorquen mañana—, comenzó diciendo Franval, —disfrutaré mucho con ello, pero solo serán unos instantes. Al cabo de unos días, a lo sumo semanas, traerán a otro sacerdote. Así que… contaré la historia que tú me digas y a cambio tú seguirás viniendo a mi castillo, pero no asistiré jamás a ninguna de tus clases, y tú deberás fingir que lo hago ¿De acuerdo?—. Franval sonrió de nuevo pese al dolor.
—De acuerdo—, asintió Joaquín y respiró hondo. —Esto es lo que debéis contarles.
Joaquín le contó su versión.
A las 8 de la mañana siguiente llamaron a la puerta del médico. El barón entró y abrazó a su hijo tiernamente con lágrimas en los ojos y se sentó sobre el borde de la cama.
Joaquín seguía a su lado, pero visiblemente más relajado.
Franval contó la historia de Joaquín a su padre. Se inculpó a sí mismo por su negligencia y se auto-castigó duplicando las clases de religión que tenía a la semana. El barón se sintió orgulloso de su hijo y salió de la habitación para contárselo a su amigo el doctor Carlos.
Así fue como Franval, desde muy temprana edad, consiguió dejar de ser adoctrinado por ninguna clase de religión ni regido por las férreas reglas de moralidad a las que eran sometidas las personas en ese tiempo. El jovenzuelo no sentía inclinación hacia el bien o el mal, pues él los concebía de igual manera, algo que le convertiría con los años en una persona potencialmente peligrosa.
--------------------
Franval cumplía ese día ocho años. Sus padres, como era costumbre, habían invitado a familiares y amigos de clase alta que vivían en Chamberí y ciudades como Lyon, Burdeos y París. La fiesta se celebraba en el amplio jardín exterior del palacio, engalanado con exquisitez francesa.
Todos los invitados lucían sus mejores galas. Las pelucas blancas y los gestos refinados reinaban por doquier. Hombres y mujeres lucían sus rostros completamente maquillados. Una orquesta tocaba en el jardín. La música ondeaba con el viento deleitando a todos los presentes. Filas de mesas con mantelería blanca y bordados dorados se encontraban repletas de lujosas vajillas de porcelana, plata y oro, ordenadas con una precisión milimétrica. Había gigantescas bandejas con frutas de todas clases, y otras con carnes de venado, conejo, faisán, perdiz y jabalí. Se habilitó una zona de recreo para los niños, donde podían practicar juegos de pelota y equinos, entre otros.
Aunque Franval seguía siendo un niño, comenzaba a ser muy apuesto. Sus ojos verdes se hicieron mucho más claros con los años, y de una mirada penetrante y fría. Su cabello largo se había oscurecido hasta acariciar el negro. Su piel era marfileña y delicada, casi tanto como la de una mujer. Empezaba a notarse la forma en que lo miraban las niñas de su edad. Y si alguna de ellas no se había fijado aún en él, los padres se las ingeniaban para que fueran a conocerlo. Franval aún no mostraba deseos de conocer a ninguna chica, aunque de vez en cuando, se quedaba embelesado mirando a Elena, su doncella desde que era un bebé. Elena, a los 15 años se había hecho cargo de él y ahora era toda una hermosa y mujer de veintitrés. Su pelo largo, rizado y pelirrojo destellaba tonos cobrizos a la luz del sol mientras el adolescente la observaba en la distancia.
La gente comía, bebía y charlaba animadamente. Las mujeres lucían lindas sombrillas de refinadas telas y diversos bordados para protegerse del sol. Aunque en pleno invierno, aquel día amaneció radiante, por lo que la fiesta resultaba un éxito. Otros años, a mitad de la fiesta, habían tenido que correr para refugiarse en el interior del castillo a causa de tormentas, fuertes vientos o nevadas.
La orquesta comenzó a tocar una melodía que Franval conocía muy bien, titulada “Nocturnos”, de Frederick Chopin, compositor y pianista polaco, romántico, y considerado como uno de los más grandes compositores para música de piano de ese siglo.
Franval caminó hacia la glorieta techada de madera blanca con multitud de adornos, que lucía mayormente pequeñas banderas francesas y en la que tocaban los músicos. Subió los cinco escalones e hizo una reverencia. Los músicos dejaron de tocar y los invitados centraron su atención en este lugar. Franval, pidió amablemente que le cedieran el asiento del piano para interpretar “Nocturnos”, de Chopin. El pianista le cedió el puesto con una gran reverencia y pidió un aplauso para el joven. Los presentes, un tanto bulliciosos, se acercaron y rodearon el altar donde se encontraban los músicos. Franval observó a todo el mundo con su penetrante mirada, era muy difícil no sentir el magnetismo que emitían sus ojos y su fuerte personalidad. Al cruzar miradas con él los hombres se intimidaban y las mujeres se ruborizaban.
Cuando logró toda la atención sobre sí hizo una reverencia y el público aplaudió con júbilo. Echó la cola de su casaca roja con bordados dorados por detrás del taburete del piano, y con postura digna de un maestro, meció la cabeza ligeramente mientras dejó caer sus dedos sobre las teclas, tan suavemente como los copos de nieve se posan sobre la tierra. La música comenzó a engalanar la atmósfera. Sus dedos se deslizaban con rapidez y suavidad. Parecían flotar sobre el teclado. Acariciaba las teclas como si de una suave piel de mujer se tratara. Algunas mujeres tuvieron que sacar sus abanicos ante tan sensual forma de tocar el piano. Su cuerpo se mecía hacia adelante y hacia atrás, y sus manos, no importa desde que altura cayeran, mimaban las teclas con una exquisitez absoluta. A la baronesa se le saltaron las lágrimas y el barón quedó boquiabierto. Ante tal penetración, la gente sucumbió en un clímax profundo. Cuando la última nota desapareció en el aire, los presentes despertaron lentamente del trance y estallaron de júbilo entre aplausos y vítores. Franval se levantó, sonrió ampliamente y abrió los brazos, como si quisiera recoger toda la energía que irradiaban los invitados. Finalmente, después de un largo aplauso y de escuchar toda clase de vítores y halagos, volvió a hacer otra reverencia y se dirigió al público con un tono de voz que más bien parecía un cantar: Con los años, ese peculiar tono de voz sería parte muy atractiva de su personalidad.
—Adoro vuestros rostros y vuestros torsos, vuestra forma de hablar y de caminar, vuestra sonrisa… y—, se escucharon algunas risas de admiración entre el público, —…os digo: sin ninguna prisa bebed vino y champán, atiborraos de carne y pan… y después, os lo imploro, dejad sobre mi mesa vuestro oro—. Franval lució una gran sonrisa y todos los presentes volvieron a aplaudir con entusiasmo y a reír venturosos.
Bajó las escaleras entre aplausos y el gentío le hizo un pasillo. Al final de éste sus padres le esperaban encantados. Le abrazaron y le llenaron de besos y halagos, a la par que los presentes felicitaban continuamente a los barones por el prodigio de hijo que habían engendrado.
Los presentes volvieron a llenar sus copas y formaron un gran círculo que rodeó a un grupo de muchachos, que aguijoneados por la rivalidad, quisieron también ser protagonistas en un torneo de esgrima. Los combatientes esperaban impacientes junto a sus padres. En el centro del círculo el barón, que se había ofrecido como árbitro, por lo que también, fue vitoreado masivamente. Trajeron dos espadas auténticas de acero muy fino y flexible. El barón tomó una de las espadas, dio sendos cortes en el aire probó su flexibilidad y después clavó una bola de madera en su punta, seguidamente, hizo lo mismo con la otra. Cuando terminó se dirigió al público diciendo:
—Las reglas son muy sencillas: los combatientes se posicionarán en el centro, a dos metros uno del otro. Cuando yo de la orden comenzará el combate. El primer combatiente que sea alcanzado abandonara el círculo y entrará otro, que se enfrentará al vencedor. Al final solo puede quedar uno bonita frase para un libro, ¿no creen?—. Todos rieron.
Los dos primeros combatientes se acercaron al centro, uno de ellos era Franval. El barón dio una espada a cada uno y dijo:
—Sed gráciles y no os hagáis daño, a mi voz, podéis deleitarnos con vuestra pericia… ¡En devant!—. Gritó el barón.
Franval, con increíble velocidad, hizo una finta hacia el suelo y rápidamente pinchó el hombro del otro chico antes de que este pudiera siquiera estirar el brazo.
—¡Blanche!—. Gritó el barón y no pudo ocultar su sonrisa de satisfacción.
El público ovacionó a Franval y premió con golpecitos en el hombro al derrotado, un gordito que caminó entre los presentes cabizbajo, se dirigió hacia una de las mesas, tomó un gran muslo de faisán y le dio un buen mordisco de consolación. Los presentes le habían seguido con la mirada y se escucharon algunas risas. Instantes después, todos estaban pendientes del nuevo rival.
Uno tras otro los combates terminaron con victorias de Franval, que a lo sumo no tuvo que realizar más de cuatro movimientos antes de puntuar sobre su oponente. El último contrincante se llamaba Froilán, un chico bastante más alto que los demás y muy delgado. Poseía un físico perfecto para este arte, y de hecho se entrenaba con tesón, por lo que era un rival muy peligroso. Franval, que se había enfrentado a él en años anteriores, sabía que sería necesario emplearse a fondo y esgrimir todas sus dotes para poder ganarle. En el torneo del año anterior habían quedado empatados, lo que no agradó a Franval, quién quedó con un gran resentimiento que se avivaba en este encuentro.
La gente ovacionó cuando escuchó el nombre de Froilán. Ahora presenciarían un combate de verdad.
Los dos contrincantes se miraron. Cuando los ojos azul oscuro de Froilán se encontraron con los penetrantes de Franval, le pareció ver saltar de ellos una chispa color esmeralda.
Estiraron al máximo sus posiciones, y movieron de arriba abajo sus cimbreantes espadas, que parecían serpientes a punto de lanzar mordeduras mortales.
El barón los miró, levantó su mano y gritó:
—¡En devant!
Franval salió como una exhalación hacia su oponente punzando tres veces seguidas en horizontal. Froilán se defendió de los ataques de Franval no sin apuros. Contraatacó haciendo una finta arriba y pinchando seguidamente a la altura del abdomen. Franval defendió con maestría el estoque y se permitió exhibir su media sonrisa. Esto enfureció a Froilán que atacó de nuevo, esta vez fintando abajo y punzando en horizontal. Franval tuvo que defenderse bloqueando con su espada y dando varios pasos atrás, ya que la altura de Froilán le permitía dar estoques muy largos. Las puntas de las espadas se tantearon de nuevo en el centro, y dibujaron círculos una sobre la otra. Con un golpe de muñeca Franval impulsó hacia arriba la espada de Froilán y lanzó un estoque horizontal puntuándole en el pecho, pero Froilán, en un contraataque rapidísimo pinchó hacia abajo y tocó el hombro de Franval a la par.
—¡Blanche!—, gritó el barón y prosiguió diciendo, —empate.
El barón miró a los otros dos jueces que observaban el combate desde otros ángulos y éstos asintieron con la cabeza, mostrándose de acuerdo con la decisión del barón.
La gente aplaudió la sentencia, ya que disfrutaría de un segundo asalto. Se mostraba muy animada, seguramente apostando.
Mientras los presentes hacían sus apuestas con gran alboroto, el padre de Froilán le daba instrucciones a su hijo. Franval aprovechó que todos estaban distraídos para quitar con el tacón de su zapato, con un certero y fuerte pisotón, la bola de madera que había en la punta de su espada.
El barón dejó de hablar con los otros dos jueces y llamó a los contrincantes. Se hizo el silencio… Franval lucía una escalofriante mirada y su sonrisa de medio lado. Los contrincantes se pusieron a la distancia de duelo.
—¡En devant!
Froilán aprovechó toda su altura y avanzó con varios pasos largos y muy gráciles hacia Franval haciendo varias fintas. Franval, se desplazó hacia atrás con gran soltura. La larga pierna de Froilán se encontraba muy cerca de él, ya que quería ganar a Franval gracias al mayor alcance de su estoque. Ataque y contraataque, defensa y finta. La destreza de los combatientes era espectacular. Los presentes ovacionaron. Froilán se lanzó de nuevo al ataque y dio tres estoques, arriba, abajo y horizontal, alargando sus pasos al máximo. Franval se defendió bloqueándolos con su espada al mismo tiempo que retrocedía con velocidad. Al defenderse del tercer estoque dio un paso rápido de ataque hacia Froilán, y estirando su posición al máximo, dirigió la espada hacia la pierna. Gozó de un instante de éxtasis cuando sintió como atravesaba la rodilla de su oponente como si fuera mantequilla.
—¡Aaaaaaah!—. El grito de dolor de Froilán paralizó a la multitud.
La espada sobresalía unos veinte centímetros por detrás de la rodilla. Tiró hacia atrás con fuerza y el cimbreo de la espada al salir dibujó un abanico de gotas de sangre que impregnó a Froilán, al padre de éste y a varios de los presentes. Franval tiró su espada al suelo y la miró, simulando consternación. La espada estaba cubierta de sangre hasta más de la mitad. Sobre el verde césped contrastaba el rojo de la sangre. Después miró a Froilán que sangraba abundantemente, ensayó una mirada perdida y prosiguió la escenificación fingiendo que se desmayaba.
La gente gritaba horrorizada, el barón ató con un pañuelo la herida de Froilán, que se retorcía de dolor. Llamó a Antuán y lo metieron rápidamente en un carruaje. El barón y el padre de Froilán subieron con él, dieron la orden de partir y se alejaron por el camino del jardín dejando tras ellos una nube de polvo que envolvió a algunos invitados.
Franval seguía encogido en el suelo. Con los ojos cerrados y simulando temblar, escuchaba lo que decía la gente a su alrededor:
—Debió caérsele la bola de madera mientras combatían.
—¡Es horrible!
—Pobre Marqués, acabar su cumpleaños de esta manera.
—¡Qué desgracia!
—¿Se encuentra bien?
—Se ha desmayado.
—¡Oh Dios mío!
—¿Se pondrá bien Froilán?
—Es una herida muy fea.
—¡Traed agua para el Marqués!
—¡Tomadle y llevadle al castillo!
—¿Hijo mío, estáis bien?—, preguntó su madre consternada.
—Ha debido conmocionarse al ver la sangre de su amigo.
—¡Marqués, marqués despierte!—. Le gritaban algunos de los invitados. Uno de ellos, levantándolo, lo tomó en sus brazos.
Franval se regocijaba para sus adentros y pensaba “La esgrima se acabó para ti, Froilán”. Aún completamente feliz seguía temblando entre los brazos de aquel hombre y apretaba los dientes como si estuviera en estado de shock. Entre sus muchas habilidades: también se encontraba la de actor.
--------------------
A la edad de doce años; Franval ya era un joven sobresaliente en muchos aspectos de su vida. En lo referente a los estudios, sus padres debían cambiarle continuamente de profesores, pues era un autentico portento que absorbía con gran facilidad todos los conocimientos. La música, acaparaba gran parte de su ocio Franval. Instrumentos como el piano y el violín ya no escondían secretos para él. Era un magnífico deportista, le encantaba practicar cualquier modalidad de deporte, destacándose especialmente en la esgrima y el tiro con arco. Era muy alto para su edad: medía cerca de un metro setenta y cinco, tenía una complexión delgada y perfectamente musculada. Su cara seguía siendo aniñada y de rasgos muy finos, aunque su rostro ya reflejaba atisbos del hombre apuesto que sería en un futuro.
Aquella noche se dirigía hacia sus aposentos a la una de la madrugada, aunque normalmente se acostaba muy temprano; sobre las diez. Primero: porque así lo ordenaban sus padres, y segundo: porque le encantaba madrugar y poder aprovechar todo el día para hacer todo lo que le gustaba. Tenía la sensación de que el día no tenía suficientes horas para hacer lo que quería. Esa noche había pedido permiso a sus padres para quedarse en el salón a terminar de leer un libro de aventuras.
Caminaba por los amplios y largos pasillos del castillo plagado de puertas y decorados con armaduras, escudos de familia y cuadros de ancestros. Al pasar el pasillo donde se encontraban los aposentos de las quince personas del servicio del castillo, vio cerrarse la puerta del dormitorio de Elena. Su antigua niñera y ahora cuidadora se encargaba de que realizara sus actividades diarias y de cuidarle si enfermaba. Franval se extrañó ya que todos los sirvientes, salvo los que custodiaban el castillo, se acostaban una, o a lo sumo dos horas más tarde que ellos. Se acercó despacio y cuando estuvo frente a la puerta levantó su mano para girar la maneta y entrar, pero se detuvo cuando escuchó unas risitas. Alguien más estaba en la habitación de Elena. Franval se agachó y observó por el amplio agujero de la cerradura. Veía la cama de Elena, las cortinas cerradas tras la cama y un par de velas encendidas en la mesita. Al momento Elena salió del baño y se dirigió hacia su cama. Se miró frente al gran espejo ovalado que había en la pared. Lo que vio fue una hermosa mujer de cabello hasta la cintura, rizado y pelirrojo, ojos azules, y piel blanca y fina con algunas pecas color marrón tenue. Se quitó los pendientes y los dejó sobre la mesita, desató su albornoz y parte de su agraciada silueta quedó al descubierto: abdomen liso y firme, pechos de tamaño mediano y forma perfecta... Alguien alto, rubio y corpulento salió del baño. Llevaba puesto tan solo un calzón blanco y corto.
—Maldito traidor—, susurró Franval y apretó los dientes. Antuán, con 28 años, era lo más parecido a un amigo que tenía Franval. Desde que tenía conciencia había sido compañero inseparable en juegos y deportes.
Elena se dio la vuelta y sonrió. Antuán comenzó a acariciar despacio sus pechos y la besó en los labios. Franval abrió los ojos de par en par y luego volvió a cerrar uno para no perderse la hermosa imagen. Era la primera vez que veía el torso de una mujer desnuda. Aún no se había despertado en él su interés por el sexo, pero la belleza de Elena y verles hacer el amor apoyados sobre la mesita de noche y después sobre su lecho, le despertó un torrente de libido que carecía de impedimentos religiosos ni morales.
Aquella noche apenas durmió. Sumamente inquieto cambiaba de postura continuamente. Mientras dormía tuvo sueños eróticos. Al despertarse por la mañana su calzón estaba húmedo y las sabanas enrolladas a su cuerpo. Deshizo los nudos que él mismo había hecho, se levantó y se dirigió al enorme baño que era casi tan grande como una habitación. Extrañado observó su calzón húmedo y un gran bulto. Metió su mano. El pene estaba erecto, y sin saber por qué comenzó a tocarlo, masajeándolo de arriba abajo. Comenzaban sus primeros juegos sexuales.
Se bañó. El instinto que acababa de despertarle Elena era muy fuerte. Toda su atención se concentraba en ella. Se vistió con sus mejores galas y caminó hacia la cocina donde desayunaba el servicio, cosa que no hacía jamás, ya que la aristocracia desayunaba en grandes comedores. Allí estaban el mayordomo, la cocinera y Elena. El resto se habían marchado a sus labores. Inmediatamente los tres hicieron una reverencia al marqués. Franval puso sus ojos en los de Elena, quien automáticamente bajó la mirada.
—Ahora mismo os llevo el desayuno a vuestro comedor señor marqués—, dijo María la cocinera, un poco apurada.
El mayordomo, atónito, dijo:
—Con vuestro permiso señor marqués, me retiro a hacer mis obligaciones.
Franval no le miró ni le escuchó porque ni siquiera se había dado cuenta de su presencia. Toda su atención se concentraba en Elena.
—He venido para desayunar con Elena—, dijo sin dejar de mirarla.
Las dos se miraron incrédulas. Elena sonrió nerviosa. Cuando iba a sentarse, Franval se desplazó rápidamente hacia ella y extrajo la silla, ofreciéndosela. Las mujeres volvieron a compartir miradas. Elena inclinó su cabeza y se sentó. Franval dio la vuelta y se sentó enfrente. Sus ojos encontraron los de Elena y le mostró su media sonrisa.
—Os veo diferente esta mañana señor marqués—, dijo titubeante Elena.
—Y tú estás más hermosa que de costumbre.
A la cocinera se le cayó uno de los vasos que estaba fregando y Elena se giró nerviosa en la silla.
—Gra… gracias señor marqués—. Se le atragantaron las palabras.
Él seguía sonriente, mirándola de forma muy diferente a como lo hacía antes.
—Debéis terminar pronto y dirigiros hacia vuestra clase de literatura—, dijo ella recordándole sus ocupaciones.
—Hoy prefiero no ir a clases, me apetece más dar un paseo por el jardín contigo.
A la cocinera se le volvió a caer un vaso, que esta vez se rompió.
—María, me gustaría que abandonaras la cocina, después terminarás tus tareas.
La cocinera se dio la vuelta y apoyó sus manos sobre la pila, estaba algo asustada.
—Sí… sí señor marqués, siento mucho mi torpeza—, se disculpó la cocinera tartamudeando.
—Tu torpeza es solo comparable a tu ignorancia.
La cocinera salió disparada.
—Al fin solos—, dijo aliviado.
—No deberíais decir esas cosas señor marqués, María es una buena mujer—, dijo sin mirarle a los ojos.
—La bondad no es una virtud.
—Ni la crueldad—, dijo alterada, pues María era lo más parecido a una madre que tenía.
—De acuerdo, pero tendrás que reconocer que el látigo consigue mucho más que la palabra—. Sonrió de medio lado cuando terminó la frase.
—Sois muy joven para decir esas cosas tan horribles—, dijo soltando un pequeño gemido al final.
Franval se levantó. Ofreciéndole su mano, le preguntó: