INSTANTÁNEAS
Pury Estalayo
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Copyright 2011 Pury Estalayo
First Edition
Published by Pury Estalayo at Smashwords
ISBN: 978-1-936886-50-0
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ÍNDICE
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El mundo vacila en esa silla. Acaricio la cámara de fotos de juguete que llevo en el bolsillo de la chaqueta, que no me he quitado durante toda la entrevista a pesar del calor. Su hechura, de tipo sastre, oculta un cuerpo al que hace algunos años resulta muy difícil mantener en forma.
Los ojos de la mujer que tengo enfrente me escudriñan de manera sutil. Es un mirar inteligente, semejante al de su padre, que, hace aproximadamente treinta años, me observaba de manera similar.
El mismo despacho, otros muebles de oficina, modernizados. Mis manos, temblorosas como entonces, revelan muchas más arrugas ahora.
Toco, sin apretarlo, el botón rojo de esa cámara que mi padre me un día perdido, en un tiempo que siempre parece presente.
La feria anual siempre llevaba al barrio olor a patatas fritas y pepinillos en vinagre, ruido de tómbolas, tiros de escopeta para conseguir regalos y un tiovivo blanco y dorado que parecía ser el mismo cada año.
Subí sonriendo a él, con los ojos plenos de luz, mientras mi madre y mi abuela me observaban desde abajo. Ellas también habían subido, en otro tiempo, al carrusel de la feria, con sus nombres, también de flores, y la cara contenta. Siempre había oído contar que en la familia de mi madre era tradición llamar a las niñas así, con nombres de flores, desde mi tatarabuela por lo menos. Los varones, nombres de reyes.
Mi madre se llamaba Marga. La abuela, Azucena. A mi hermana, le habían puesto Violeta. Siempre me gustó mucho su nombre.
Los caballitos de la feria ascendían y bajaban en cada giro, con sus crines y colas doradas reflejándose en los espejos del soporte del tiovivo con forma de prisma. También se plasmaban en esos cristales mi vestido nuevo, verde y con muchos lazos, que me había cosido la abuela Azucena para las fiestas y la cámara fotográfica de juguete que mi padre me había comprado el día anterior y que llevaba colgada del cuello. Cada vez que apretaba el botón rojo de esa cámara un rostro de payaso salía de su escondite y se reía como me reía yo viéndolo salir. En cada vuelta del carrusel, probaba a soltar la mano de las riendas siempre en el mismo sitio, para saludar a mi madre y a la abuela. Ellas devolvían el saludo con ojos luminosos, sin fallarme ni una sola vez.
Sin embargo, en una de las vueltas, mi madre no levantó la mano, tenía las dos sujetándose el vientre. En ese momento, miré hacia dentro y los espejos reflejaron en el giro mi imagen de niña con el vestido nuevo y verde un poco arrugado. Miré después hacia arriba y cerré los ojos. Mi cuerpo se acopló aún más al movimiento continuo y alterno del caballo de sube y baja en vueltas y vueltas que parecían no tener tiempo. Pero el silbido grabado que marcaba el final del trayecto, abrupto como siempre, hizo que abriera los ojos. La abuela subió con urgencia a la calesa para ayudarme a sacar los pies de las espuelas.
—Una vuelta más —dije sin mirar a mi madre.
—Mañana —contestó la abuela Azucena tirándome de la mano y comenzando el camino hacia la casa con un andar tan rápido que mis pasos se transformaron primero en trote y después en una carrera que movía la cámara fotográfica golpeando suavemente a un lado y otro del pecho.
Mi madre se quedaba, en ese andar, un poco atrás, aunque era la que parecía dirigir el caminar de las tres, ya que la abuela Azucena la miraba continuamente apretando mucho la mandíbula y con el rostro enrojecido y sudoroso.
Mientras la abuela abría la puerta de la casa, volví el rostro hacia mi madre, pero no me pareció el de ella, era mucho más feo: los ojos estaban arrugados, empequeñecidos, y la boca, todavía más apretada que la de la abuela; no quise seguir mirando esa caricatura de la cara de una mamá que siempre me pareció tan guapa, mucho más que las margaritas; tampoco quise ver las dos manos que continuaban sujetando el vientre, cada vez con más presión.
Mi padre, que no tenía nombre de rey —se llamaba simplemente Paco— llegó a casa muy pronto. Sólo le vi un momento, ya que se llevó a mi madre tan rápido que a ninguno de los dos les dio tiempo a darme un beso.
—¿Qué pasa abuelita?
—Nada, Rosa. No pasa nada.
—¿Por qué se han ido mamá y papá?
—Pronto volverán.
—¿Mamá está enferma?
—Vamos Rosa, a la cama, que se ha hecho muy tarde. Te llevaré un vaso de leche cuando estés acostada.
Encendí la luz amarillenta de la habitación y guardé, con mucho cuidado, mi cámara de fotos en el cajón de la mesilla. Sentí la ausencia de mi hermana Violeta, que pasaba grandes temporadas en casa de mi otra abuela sin nombre de flor. La muñeca que mi madre me había comprado en el último cumpleaños me miraba con los ojos muy abiertos. La cogí en brazos, le di un beso en la mejilla y la acosté en la cama. Pero esa noche, la muñeca rubia, con lazos blancos y pecas como las mías, me pareció otra muñeca, con los ojos demasiado fijos, muy abiertos. Me levanté y la dejé en la estantería donde solía pasar la jornada hasta que yo volvía del colegio y la rescataba de ese lugar.
Cuando mi madre regresó después de una ausencia de tres días, la miré esperando los fuertes abrazos que siempre me daba cuando volvía de la escuela o cuando, algún día, en verano, me había ido a pasar un fin de semana con tía Hortensia, la hermana rica de mi madre que tenía una casa muy grande en un pueblo de la sierra. Pero no me acarició, sino que se sentó, muy quieta, en una silla de la cocina mirando hacia la calle, con las manos juntas, como cuando mi hermana Violeta rezaba.
Por la noche, llevé a esa silla el frasco de crema para las pecas. Quería que ella lo abriera con sus largas manos y recibir ese olor a lirios, tan cotidiano. Deseaba sentir las yemas de los dedos de mi madre moviéndose suaves por mi rostro. Ella miró un momento ese bote blanco de letras doradas, «Blancanieve», pero no lo cogió. Se lo acerqué más, casi hasta la altura de los ojos. Fue entonces cuando mi madre volvió la vista otra vez hacia la ventana.
Vinieron a darme las buenas noches los dos, extrañamente juntos, extrañamente amigos, mi padre y la abuela Azucena.
—¿Quieres que te lea un cuento?
—No, papá.
—¿Se te ha olvidado coger tu muñeca? —Dijo la abuela Azucena acercándose a la estantería, dispuesta a colocar junto a mí a la compañera habitual de todas las noches.
—Prefiero el oso marrón.
—¿Canelo? —Preguntó papá.
—Sí, Canelo —y me puse de lado ocultando el rostro a las dos personas que no paraban de preguntar cosas.
—¿Está en el armario? —Era de nuevo la abuela la que interrogaba.
—No, ya está aquí, acostado conmigo. Lo que pasa es que lo he puesto junto a mi vientre porque tenía frío.
Volví la cabeza hacía ellos y vi cómo se miraban en silencio y, casi al unísono, bajaban la cabeza.
—Canelo tiene mucho sueño. Yo también tengo sueño —les dije.
—Buenas noches, hija.
Me quedé dormida casi al instante, pero algo sobresaltó mi sueño. No se trataba de un ruido muy fuerte, eran unos pies arrastrando el paso. La puerta de la habitación se abrió lentamente y mi madre entró con el camisón de flores azules. Seguía caminando del mismo modo, despacio, arrastrando las zapatillas, también azules, también con flores, diminutas, puntitos amarillos en los que apenas se distinguían los pétalos.
—Mamá.
Ella no respondió y cogió la silla de plástico verde. Era la que yo usaba para jugar a transformarme en maestra, en vendedora o en madre.
La colocó frente a la cama y se sentó en ella. Su cuerpo parecía, dentro de la silla, más pequeño, todavía más enflaquecido. Los ojos surcados de negritud me miraron tan fijamente que bajé los míos y apreté un poco más a Canelo en el vientre. Después lo subí hasta el pecho. Este contacto logró que mi respirar se aquietara.
—Mamá —volví a decir.
No respondió y, sin embargo, continuaba mirándome con persistencia. No me atreví a nombrarla de nuevo. Lo que sí hice fue sacar a Canelo de entre las sábanas y se lo puse a mi madre en las piernas, que mantenía muy apretadas para caber en mi silla verde.
Ella bajó la vista, cogió muy despacio a Canelo y lo arrulló.
—Se llama Jaime —dijo.
—No, mamá, se llama Canelo —contesté.
—¡No digas tonterías! Se llama Jaime, como mi abuelo.
—Yo no quiero que Canelo se llame Jaime —protesté.
Pero mi madre ya no me escuchaba. Había empezado a cantar una nana con la voz un poco alta. La puerta se abrió y la abuela Azucena se acercó a su hija, suspirando.
—Vamos Marga, tienes que volver a la cama. Has despertado a Rosa.
—Sí, pero Jaime se viene conmigo.
—Yo quiero dormir con Canelo —grité.
—Cuando mamá se duerma, yo te lo traigo de nuevo —me dijo la abuela.
Pero Canelo no volvió en toda la noche y tampoco estaba en la habitación cuando lo busqué en el armario al volver del colegio al día siguiente.
—Abuelita ¿dónde está Canelo?
La abuela Azucena hizo un gesto de silencio con el dedo en los labios, mirando a mi madre, que estaba, como el día anterior, sentada en la cocina con el rostro vuelto hacia la ventana.
—Cómete la merienda —me dijo la abuela terminando de untar el queso fundido en las dos tapas del pan—. Tengo que salir un momento a comprar. Quédate con mamá. Vuelvo enseguida.
Comía despacio y el pan se me hacía una bola en la boca. En una especie de vómito lo devolvía al mismo plato en el que la abuela me había colocado el bocadillo, mientras miraba de vez en cuando a mi madre, que continuaba inmóvil y dándome la espalda.
Pero, de repente, se levantó en un movimiento de urgencia.
—Mamá, ¿adónde vas?
Llora.
La seguí a lo largo del pasillo hasta el dormitorio más grande de la casa. Era la habitación que más me gustaba porque tenía una cama muy grande en la que se podían dar casi tres vueltas y también porque los domingos, cuando me despertaba, mis padres me dejaban ir con ellos y estábamos los tres en esa cama, mi madre todavía medio dormida, hasta que los dos, mi padre y yo, le hacíamos cosquillas por debajo de los brazos y ella decía «no, no», pero se reía mucho. Era uno de los pocos momentos en los que se reía de esa forma, con ganas. Entonces, nosotros le hacíamos más cosquillas.
Ahora era Canelo el que estaba allí, perdida su cabeza de oso pequeño entre las sábanas bordadas de flores blancas.
—Llora—repitió mi madre, cogiendo a Canelo entre sus brazos.
Me quedé muy quieta mirando a esa mamá que se sentaba en la cama y mecía de nuevo a mi oso, como la noche anterior.
—Ya se ha dormido —dijo mi madre, arrastrando los pies hacia la puerta de la que yo no me había movido—. Volvamos a la cocina para no despertarlo.
Pero yo corrí hacia mi habitación y me encerré allí hasta escuchar la voz de la abuela, que volvía de la compra. Atravesé la cocina viendo cómo colocaba la comida que acababa de traer en el frigorífico, mientras mi madre se había vuelto a colocar en su silla, en silencio, hacia la ventana. Recorrí lo que me quedaba de pasillo hasta el dormitorio de mis padres muy despacio, sin hacer ningún ruido.
Canelo seguía allí, pequeño en la cama tan grande. Lo cogí deprisa y también apresuradamente volví a mi dormitorio, levanté con esfuerzo el colchón y allí escondí a mi oso.
Mi madre lloró mucho esa noche. También lloró durante toda la mañana siguiente. La escuché porque era sábado y no tenía colegio.
Pero el domingo dejó de llorar.
Por la noche, escuché los pasos que todavía se arrastraban. Me tapé con las sábanas hasta la altura de los ojos. Mi madre entró a la habitación con el bote de «Blancanieve» en la mano.
—Vengo a darte la crema, hija. Y un beso.
Aparté la cara y la giré hacia el otro lado. Ella no llegó a abrir el olor a lirio ni a tocarme con las manos suaves y blancas. Un beso sí me dio, aunque yo no volviera el rostro. Después, se levantó despacio.
—Hasta mañana, Rosa.
—Hasta mañana.
Me incorporé en cuanto mi madre cerró la puerta. Levanté el colchón y saqué a Canelo, que tenía el pelo un poco aplastado.
—No llores, Canelo. Mamá ya está contigo —le dije.
Ella separa sus ojos de la radiografía de mi cuerpo, sentado sin asentarse, y los posa en el dossier de piel marrón que he preparado para la entrevista. La mayor parte de las fotografías que contiene tienen más de veinte años.
—Conozco su trabajo para nuestra editorial. Revisé también el currículo. Mi padre valoraba mucho su actividad —me dice mirando las primeras fotografías.
No puedo decir nada. Tengo la garganta seca pero no me atrevo a pedir un vaso de agua.
—Sin embargo, estuvo poco tiempo trabajando para nosotros.
—Sí —es lo único que puedo expresar.
—Motivos familiares supongo. ¿Hijos?
—¿Podría beber un poco de agua? —Me atrevo a decir por fin—. En esta época del año siempre tengo un poco de alergia.
Llama a una de sus secretarias por el telefonillo que hay encima del escritorio. Ésta viene enseguida con un vaso de agua que brilla encima de la bandeja.
Después de tragar el primer sorbo, puedo tragar también la saliva. Disparo alguna de las palabras obturadas:
—Sólo tengo una hija. Quise tener más, pero sólo tuve una. Hubiera seguido trabajando, pero la cosa se complicó con el accidente de tráfico de mi marido.
—Lo siento —dice con el objetivo apuntando ahora a mis ojos.
—No murió, pero tuve que hacerme cargo de muchas cosas.
—Lo siento —repite y enfoca su mirada hacia algún lugar interno.
Percibí que estaba despierto. Desde el nacimiento de Laura, mi sueño se había vuelto mucho más ligero y el más mínimo ruido me desvelaba. Después de unos minutos en los que estuvo muy quieto, David se levantó muy despacio. Esa lentitud no era debida sólo a su pierna. Él siempre había sido muy cuidadoso con mi sueño. Tenía la muleta al lado de la cama y, aunque había empezado a usarla hacía tan sólo cuatro días, se manejaba con ella con facilidad. Era llamativa la facultad que David tenía para hacerse rápidamente con el uso de cualquier máquina o aparato. Percibí en la oscuridad cómo se acercaba cauto hasta la cuna de Laura y la miraba durante unos segundos. Con la mano libre de muleta subió el embozo de la sábana que cubría el cuerpo de nuestra hija.
—¿Adónde vas? —Le dije emocionada por aquel gesto.
—No puedo dormir.
—¿Te tomaste el relajante?
—Sí, pero no ha hecho ningún efecto. Me duele terriblemente. Y no es la pierna. Siento el pie que no está, hasta la punta de los dedos.
—Ya te dijeron en el hospital que te podían ocurrir cosas así, que son las terminaciones nerviosas. Acuéstate y descansa por lo menos, aunque no duermas.
—Prefiero levantarme.
Volvió a dejar vacío su lado de la cama, en donde coloqué a Laura, que no paraba de moverse inquieta, despierta, a buen seguro, por nuestra conversación. Le di de mamar sin poder volver a recuperar el enorme gozo que sentía cuando lo hacía los tres primeros meses, antes de que ocurriera lo de la pierna de David.
Coloqué a Laura de nuevo en la cuna cuando se hubo dormido y me dirigí a la cocina, donde, a buen seguro, estaría David. Me detuve ante la puerta entreabierta antes de entrar y vi su espalda encorvada sobre la mesa. Tenía la cabeza baja.
Me acerqué despacio y le acaricié la espalda.
—Sabía que estabas aquí —me dijo
—Habrás escuchado los pasos.
—No. Es por tu olor. Hueles a leche.
Aproveché la afirmación para acercar mis pechos a su espalda, pero un leve movimiento de distanciamiento hizo que decidiera sentarme en otra silla, frente a él, observando cómo apuraba la copa de coñac que se había servido.
—No puedo olvidarme de su rostro —lo dijo mirando a la copa vacía.
No expresé nada. Otras veces lo había intentado. Ahora callé y me levanté a dejar en el fregadero la copa sin líquido. Él continuó hablando.
—Ni olvido sus lágrimas el día del accidente. Y sus falsas palabras: «todo empleado de esta empresa es hijo mío».
—David, no debes seguir martirizándote.
—Tendría que haberlo matado.
—No digas disparates —le dije mientras sus ojos acuosos atraían mis pasos nuevamente hacia él y en un impulso, casi de rodillas, acaricié la pierna castrada.
El golpe que David dio en la mesa hizo que me incorporara al instante. Mis ojos se prendieron ahora de otros ojos, éstos no acuosos, sino llenos de ira. No hice nada, sólo mirarle hasta que bajó la cabeza. Entonces, un llanto irreprimible convulsionó todo su cuerpo.
Cerré la puerta de la cocina después de comprobar que el dormitorio estuviera en silencio y volví a acercarme a él. Acaricié su pelo negro y, muy despacio, acerqué la boca a su cuello. Este gesto siempre le había gustado mucho. El llanto fue aplacándose, pero no hubo respuesta a los besos, a pesar de que yo entreabría los labios para regalarle el aliento. Mi lengua recorrió el lóbulo de su oreja en un último intento, cortado abruptamente por esas palabras expresadas con el cuerpo muy quieto.
—Me ahogo —dijo
Ahora mis ojos eran de agua, y mi garganta, un nudo de piedra y esparto.
Caí en la silla bajando yo también la cabeza.
—¿Puedes servir otra copa? — pidió sin mirarme.
Guardé las palabras «sírvete tú la copa, imbécil» y entonces el nudo de esparto se hizo más grande en la garganta. Me levanté casi de un salto y saqué otra copa limpia, que llené hasta arriba de coñac. Su voz me retuvo cuando iba hacia la puerta.
—Rosa —sólo eso.
—¿Qué?
—Hueles a leche.
Laura dormía tranquila en la cuna con la quietud de sentirse repleta, pero en cuanto la coloqué de nuevo a mi lado en la cama, olfateó como cachorro de
perro alrededor de mis pechos y una mueca de demanda se inscribió en aquel rostro. Abrí mi camisón con los dedos un poco torpes y crispados.
—¿A que mamá huele a leche? —Le dije, y ella levantó un poco los ojos en un intento de fijarlos en los míos, todavía mojados.
El cielo estaba muy gris, poblado de nubarrones bajos y cerrados.
Una amarillenta cadena de montañas rodeaba la bahía, apareciendo, a lo lejos, vacía de árboles, sólo con matas secas.
El agua de la ensenada, profunda, estaba muy quieta.
Las escasas embarcaciones que contenía se encontraban vacías, sin aparejos, ennegrecidas y oxidadas por el contacto con el agua y la sal. El transcurrir del tiempo había marcado sus huellas en los humedecidos tableros de las barcas, que se mimetizaban con el gris oscuro del mar.
Las embarcaciones más cercanas proyectaban sus sombras como espejos negros y sin movimiento.
Algún pez muerto se mecía cerca del antepecho que separaba el agua de los posibles observadores del paisaje. Pero la única que miraba era una gaviota, que apoyaba sus patas en lo alto del pequeño muro. Muy quieta, sin emitir sonido alguno, observaba esa pequeña porción del mar.
Yo la miraba a ella intentando serenar, en esa imagen, mi desbocado corazón, que parecía adelantarse a su regular funcionamiento, como yo había adelantado mi llegada a aquel lugar pactado con tanta pulcritud. Podría haber sido una hermosa fotografía si Alberto me hubiera permitido llevar la cámara cuando nos encontrábamos.
Recordé las últimas palabras de prevención de Violeta, como siempre que adivinaba que me iba a encontrar con él. Pero yo, también como siempre, no había querido atenderla. Escuché unos pasos y volví la cabeza en un gesto que acompañó el salto de un corazón que definitivamente había decidido funcionar sin ningún gobierno. No era él. Mis pies se estaban enfriando, por lo que decidí caminar despacio, sin perder del todo de vista a la gaviota que continuaba en el murete cual estatua de sal, ignorando mi cuidadoso movimiento. Un rayo de sol intentó abrirse paso entre las nubes que se juntaban más y más.
Escuché de nuevo ruido de pasos detrás. Esta vez, el cuerpo de Alberto, envuelto en jersey de lana de cuello alto y pantalón vaquero, se acercaba a mí seguro, rítmico, como siempre. Nos abrazamos con la fuerza del reencuentro después de dos meses de lejanía. Los besos se alternaron con miradas de reconocimiento: tenía el pelo más largo y quizá estaba un poco más flaco, pero los mismos ojos vivaces, transparentes y profundos; los mismos labios finos que se hacían carnosos en cada beso, húmedos y calientes.
—¡Cómo te he extrañado, Petisa! —Lo dijo con tal fuerza, que se me humedecieron los ojos.
—Tenía muchas ganas de escuchar de nuevo cómo me llamas Petisa —le contesté todavía emocionada.
—Me costó mucho no telefonearte.
—Pensé que lo harías.
—Sabes que no puedo, petisa inconsciente —y Alberto me besó la nariz moviendo su lengua con esa rapidez que siempre me provocaba cosquillas.
Un potente graznido interrumpió las caricias. La gaviota se había acercado al agua sin aparente previo aviso, acompañando la acción con aquel vigoroso sonido. Con una rapidez que contrastaba llamativamente con la quietud que había mantenido hasta ese momento, sacó un pez muerto que engulló en un instante.
—Vamos, te voy a comer como la gaviota a ese pez —dijo Alberto riéndose y mordiéndome los labios.
—Me parece que hoy nos lo tendremos que tomar con más calma.
—¿Y eso por qué?
Sonreí por toda respuesta y me dejé dirigir obediente con los ojos cerrados en el juego de lazarillo al que siempre me sometía, para que no reconociera el camino que nos iba a conducir al lugar en el que nos amaríamos. Cada vez un lugar diferente. Cuando abrí los ojos, ya estábamos ante una puerta de madera antigua que él estaba abriendo. Percibí que era un piso luminoso, a pesar de que las persianas bajas sólo permitían el escape en porciones del sol, que se había hecho un hueco entre las nubes mientras yo no lo veía. Me abrazó de la manera que siempre lo hacía cuando ya estábamos protegidos y me empujó suavemente a la cama.
No tenía colcha y las sábanas blancas contrastaban con su cuerpo desnudo, uniforme en un tostado que mantenía en todas las épocas del año. Me acurruqué pequeña en aquel cuerpo, gesto que tanto le excitaba, y me dejé penetrar por su olor. La ensoñación de ese instante convocó imágenes de otros tiempos: campos que habíamos caminado, risas con los amigos, nuestros primeros besos, la visita a la que iba a ser nuestra futura casa.
Rocé con las yemas de los dedos el bulto de grasa que le había crecido entre el omóplato y las vértebras.
—Estoy embarazada —dije, mientras él besaba mi cuello.
No dijo nada, pero dejó de besarme. Sólo eso. Sin desprenderse del abrazo.
—Estoy embarazada —repetí desamparada en su silencio.
—¿Cómo puede ser? —Preguntó por toda respuesta.
—¿No recuerdas lo que pasó la última vez? —Contesté también con otra pregunta.
—¡No puede ser!—en ese momento sí rompió el abrazo y su mirada huyó hacia el techo.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¡Vamos a tener un hijo! —La desesperación presentaba batalla a la incredulidad.
—Sabes de sobra que eso no puede ser —y había enfado en su voz.
Callé, inmóvil, el cuerpo ante quien, en ese instante, era para mí un desconocido. La imagen del rostro de Violeta apareció en mi cabeza como un dedo acusador. En el silencio se escuchó un ruido. Él me tomó instintivamente la mano bajo las sábanas y se incorporó al acecho. Pero el ruido se deshizo y yo deshice nuestro pobre contacto de dedos crispados.
—No podemos tener un hijo en este momento —volvió a decir.
—Y ¿cuál será el momento? —Enfrenté mis ojos a los de él que ahora no me parecieron tan claros y transparentes.
—Petisa ¿no te das cuenta de la situación tan bien como yo? Me parece que no deberías colocarme en el lugar de tener que ser yo quien te explique nada. Tú sabes lo que hay —quiso acariciarme la mejilla, que yo retiré.
—No me llames Petisa. Lo que hay es que estoy embarazada. Quiero tener un hijo.
—Claro que tendremos un hijo. En el momento adecuado.
—Quiero tener este hijo —y coloqué su mano en mi vientre en un acto que deseaba ser de nuevo íntimo y confiado—. Este es mi momento. ¿Hasta cuándo vas a seguir metido en líos? —Añadí.
—Es una pregunta típica de burgueses —dijo Alberto el revolucionario.
—En este momento me da lo mismo lo que pienses de mí. Estoy embarazada y quiero construir una familia normal.
—¿Aunque tu hijo nazca en un país de mierda? —Dijo agresivo.
—No existen los paraísos, Alberto —dije, aunque yo llevaba algunos años creyendo que el paraíso estaba al lado de ese hombre.
Alberto se incorporó del todo hasta quedar sentado en la cama y, con la mano que yo había colocado en mi vientre, retiró la sábana blanca. La misma mano con la que, poco después, sujetó el cigarrillo que fumó nuevamente a mi lado, en la cama. Sin mirarme. Sin hablarme.
—Quiero que me lleves hasta donde he dejado el coche —dije cuando apagó la colilla apretándola con fuerza en el cenicero.
—No puedes irte así, Rosa.
—Quiero que me lleves hasta el coche —repetí el texto de manera mecánica.
Y lo hizo. También esta vez, aunque deseaba lo contrario, cerré los ojos.
Suena y se mueve levemente el telefonillo rojo.
—Tengo que dejarla unos segundos, Rosa. Vuelvo enseguida —me dice ya levantándose.
El despacho se fija por primera vez en su conjunto. Después, enfoco partes con la libertad que me da la respiración de nuevo recuperada. El cristal y el aluminio han sustituido a la madera maciza de hace años. Ni una mota de polvo. Sin plantas. Las estanterías guardan ahora muchos más libros.