Excerpt for Apocalipsis: La resurrección by Armando Añel, available in its entirety at Smashwords

APOCALIPSIS: LA RESURRECCIÓN



Armando Añel



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Copyright 2011 Armando Añel

First Edition

Published by Armando Añel at Smashwords

ISBN: 978-1-936886-51-7



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Ilustración de portada: Idamanda frente al mar

Colección Narrativa



NEO CLUB EDICIONES

neoclub@neoclubpress.com

neoclubpress.com



A Idabell, por supuesto



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ÍNDICE



Introducción

Apocalipsis

Preludio

Resurrección

El Tiempo de la Salvación

La Concepción

La Trinidad

El Gran Salto Adelante

El Tercer Éxodo

El Hecho

Idamanda en la Séptima Noche



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Introducción: El Niño sobre el Personaje



Todos, o casi todos, andamos con el personaje a cuestas. Pero el personaje pesa demasiado, es un lastre que nos impide volar. Y todas las culturas, históricas y contemporáneas, prácticamente todas, nos han inculcado el personaje desde la niñez, imponiéndolo a través de la tradición, de la educación, de los medios informativos, incluso de una expresión artística tan fresca y sensorial como la música. El personaje, de hierro fundido, es el ancla que nos impide zarpar.

Una de las razones del irracional miedo a la muerte que abrasa al ser tradicional está íntimamente relacionada con el hecho de que la inmensa mayoría de los hombres no consigue imponer, en vida, el personaje de hierro que le han inducido. Se acerca la muerte y el personaje no se impone. Entonces sobrevienen el terror, la frustración, la cobardía. Así, lejos de la muerte, aún sin el lastre del personaje a cuestas –o al menos sin todo el personaje encima–, el niño consigue ser feliz. En su inocencia libre todavía, ligera de equipaje, pragmática, bullen El Hecho de la Entrega, Playa Hedónica.

En el lúdico fluir de la niñez está la respuesta. ¿Pero es productivo el niño? ¿Qué produce, si es que produce algo? Produce lo más anhelado, perseguido, añorado, deseado por sus mayores, por todos los hombres. Algo que ni siquiera el dinero puede comprar permanentemente. Produce felicidad. El niño nos hace feliz. Es feliz. La niña es la diosa de vuelta a La Playa. Es la infancia de Idamanda frente al mar, reconociéndose en ese otro nombre.

Sólo el niño puede crecer y divertirse en el proceso.



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Apocalipsis

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1

Temblores como una señal del fin de los tiempos. Toda clase de atorrantes no paran de parlotear sobre la inminencia del tsunami, que se nos echa encima como una daga apocalíptica. Armagedón. Fin del mundo. Caos y lluvia ácida. Temblores en Perú, Colombia, la costa este de Gomorra, que no sufría algo parecido desde hace más de cien años, se sucedieron en las últimas semanas. Terremotos por todas partes. Cataclismo y desconcierto. El presidente, ¿en qué estaría pensando?

Temblores subterráneos en Cartagena, Colombia, provocaron la evacuación de barrios enteros, y más de mil víctimas, el pasado día 16. En Perú, un sismo de 8 grados en la escala de Richter sacudió el miércoles la localidad de Pucallpa, a 600 kilómetros de Lima. Y ni hablar de los temblores en Mor de Point y Gomorra, seguidos por al menos cinco réplicas verificadas en todo el noreste de Sodoma.

Para variar, el presidente insiste en que el incremento de las catástrofes no constituye un preludio del último tsunami, sino una consecuencia del crecimiento de Internet y la prensa online. “El verdadero fenómeno son las redes sociales y el periodismo ciudadano asociado al ciberespacio”, asegura. “Su crecimiento exponencial ha disparado la información especulativa, sobredimensionando el alcance de estos eventos naturales”.

En su momento, el augurio más sonado provino de Japón, donde un sacerdote de la cultura secreta Shizen predijo que Sodoma desaparecería antes de noviembre, prefigurando un “renacer de la espiritualidad humana en todo el mundo”. “Es la hora”, dijo. La hora de qué. ¿La hora de la Resurrección?



2

Por fin, el fin del mundo ha llegado. Precisamente ahora, cuando una profusión de lavavajillas, telescopios, científicos, radares, aeromozas, motocicletas, orquestas, abogados, aspiradoras, espejos, despertadores, psiquiatras, telediarios, frijoles, transgénicos, orgánicos, biodegradables, parlamentarios, fotógrafos, alcoholes, calmantes, pegatinas, interneces, electricistas, aviones, bailarinas, maquinarias, lámparas, espejuelos, actrices, futbolistas, vídeos, reformatorios, almohadas, astronautas, Países Bajos, paraísos fiscales, nos hace la vida llevadera. Ahora que la Historia tiene sentido, que al menos puede ser eficazmente interpretada, llega a su fin. Parece mentira, pero hay que rendirse a una evidencia que ni siquiera nos toma por sorpresa. Nos lo había advertido mucha gente durante muchos años.

La cuestión, sin embargo, no es el Apocalipsis en sí mismo, pues a fin de cuentas se trata de algo inevitable. La cuestión es cómo asumirlo. Decidir de qué manera, bajo cuáles presupuestos, dónde y cuándo comenzar a esperarlo. Con el alba, habrá que morir. Las aguas se lo llevarán todo. No quedará piedra sobre piedra en la ciudad, en el país, en el planeta entero. Una efervescencia que partirá la Historia en dos, que arrastrará consigo todo a su paso. Hasta los fósiles. Hasta la memoria. Una hecatombe como ninguna, definitiva, indescriptible, última.

La noche no es eterna, y ya cae la tarde sobre Sodoma.



3

A estas horas recuerdo lo que durante tantos años tomé por deseo. Simple agonía del conocimiento. Desazón de tener que saber. El deseo es, sobre todo, curiosidad. A veces ligada a ese afán de primar que siempre, tarde o temprano, se lleva el agua, el último tsunami.

A estas horas hago un alto y contemplo la ciudad. Es posible reflexionar siempre que uno no se eternice en las abstracciones, peligrosamente dominantes cuando, como es el caso, nada importa nada. Incluso las certezas pierden peso y sustancia. El pasado es un trompo loco. La idea de que una rana es una rana, una mujer una mujer, un pensamiento un pensamiento, pierde vertiginosamente legitimidad. Entregarse al deseo resulta entonces una forma de huir en desbandada. Hacia ninguna parte. Un éxodo de nadie hacia la más remota esquina del vacío glorioso que desconocemos. Minuciosamente.



4

No es cosa de broma un tornado que factura la bagatela de diez kilómetros de destrucción y muerte y se lleva al cielo más de cien almas de Dios. La pregunta, sin embargo, la tengo en la punta de la lengua, y no acostumbro a mordérmela: ¿Se habrá llevado también al presidente?

No se trata de bromear con la muerte. No es cosa de broma la muerte. Barrios enteros de Gomorra fueron arrasados antier y se esperaba que la cifra de muertos aumentara 160 kilómetros al sur de Indiana Boys. Incluso se registraron otros 68 tornados desde Indiana hasta Gomorra, según el Centro de Pronóstico de Tormentas del Servicio Meteorológico Nacional. Pero las preguntas, insisto, se me agolpan en la punta de la lengua: ¿Se habrá retrasado en un día el Apocalipsis según El Caminante, y el tornado de este domingo se ha llevado a los primeros elegidos? ¿Estará el predicador del fin del mundo ya cómodamente apoltronado en el cielo mientras nosotros, ignorantes pecadores, ni siquiera nos hemos enterado? ¿Dónde está el presidente?



5

La sangre mancha la espalda de la prostituta, insinuando un mapa de afluentes rojos sobre la zona del coxis, en viaje hacia el nacimiento de las nalgas. Glúteos turgentes como balas de cañón. Piel blanca como la luna. Sangre púrpura como el vino tinto. “Culo de negra en pelirroja”, piensa el presidente mientras blande, crispado, la fusta con que la azota. Retrocede sin embargo, tenso todavía, aunque entregándose ya a la contemplación del cuerpo desnudo de la mujer, que intenta liberarse. Pudiera azotarla de nuevo, frenéticamente, una y otra vez hasta ver la piel hecha jirones, la sangre correr abundantemente –la sangre correr de verdad, salpicándolo todo–, pero ni siquiera la conciencia de su poder sobre ella consigue hacerle perder la cabeza, y un trato es un trato.

Con el Apocalipsis a la vuelta de la esquina, ¿quién realmente tiene poder sobre algo y, sobre todo, qué cosa es un trato?

El autocontrol, la parsimonia que tanto alabara su difunta madre, ha llevado lejos al presidente, en una carrera hacia la consagración en la que su actual cargo, de eso está seguro, no constituye su logro más relevante. Su asalto al Olimpo de la alta política federal palidece en comparación con sus virtudes oratorias, con su inclemente imaginación de poeta frustrado. Con 47 años recién cumplidos, cualquiera no seduce a miles de hombres y mujeres en el principal departamento del país más grande del mundo. Verdad que las protestas de sus opositores parecían hasta hace poco no tener fin, como si no les bastara a los miserables haber puesto, durante semanas, su nombre y su autoridad en entredicho, en las portadas de las decenas de publicaciones que circulaban en la ciudad cabecera, y más allá, a través de todo el Estado, y más lejos aún, a lo largo y ancho de la Unión, y en Internet, y en la radio, y en las caras de sus vecinos, y en la piadosa expresión con que algunos dependientes atendían a su familia en los supermercados, a la sombra de los ultramarinos, en los mostradores de las gasolineras y los basares.

A ratos, aún podía leer la insubordinación esbozándose en los rostros de sus asesores más cercanos, como una especie de leyenda fluorescente delineada en letra de molde, y todo ello a pesar del estrambótico fin en perspectiva. Y en los cintillos de los periódicos, en los titulares de los telediarios, en los altavoces clamando por su renuncia hace apenas un mes. “Critican desidia del presidente ante advenimiento de maremoto”. “El presidente en la mirilla”. “Decenas de miles de personas piden en Sodoma la renuncia del presidente”. “Presidente rechaza críticas y defiende su gestión”. “El presidente, acorralado”.

Todo aquello había formado parte, por supuesto, de una puesta en escena para la que él estaba preparado desde siempre. Piedras en el camino. Alguna que otra que se cuela en los zapatos. Los inevitables obstáculos que inevitablemente se interponen en el inevitable ascenso del hombre fuerte. Nacido para primar. Nadie que no haya tropezado muchas veces ha llegado nunca a algo en este mundo, mucho menos por su propio esfuerzo, piensa. Siempre ha nadado contra corriente. Contra todo tsunami.



6

Primero fueron los pájaros. Ahora se calcula que más de quince millones de peces han muerto alrededor de la bahía, al sur de Sodoma. A lo cual cabe sumar los más de 300 mil que el pasado sábado flotaron muertos sobre el río que atraviesa la ciudad, como un presagio en masa.

Fue un sábado dantesco. Repleto de imágenes premonitorias y declaraciones estúpidas. “Los peces muertos son muy jóvenes, y estos por lo general no soportan las temperaturas frías en el agua. Normalmente debieron haber dejado el río en esta época. Por lo que la teoría apunta a que murieron por estrés de muy bajas temperaturas”, declaró un funcionario del Departamento Ambiental al Canal News, con una sonrisa a flor de cara.

“Esta muerte se suma al fallecimiento de peces tambor de agua dulce en un área de unos 60 kilómetros cerca de la ciudad de Gomorra, el jueves pasado”, concluyó el vocero. “La Comisión de Caza y Pesca de Sodoma ha iniciado una investigación sobre la muerte de los peces y los pájaros que cayeron el miércoles anterior sobre el oeste de la ciudad, pero descartamos que ambos episodios estén relacionados”.

¿Cómo relacionar la muerte en masa de peces tambor con la muerte en masa de mirlos blancos? Ambos eventos tienen un denominador común, podría insinuar cualquier iluminado de estos: La inminencia del tsunami. ¡Qué ya viene el Apocalipsis!

Pero quién se atreve a tanto.

“Sólo una especie resultó dañada, y desconocemos la causa. Si fuera un tóxico, otras especies además del pez tambor se hubieran visto afectadas”, dijo el tipo, sin embargo.


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