Excerpt for Soy un escritor frustrado by José Ángel Mañas, available in its entirety at Smashwords



SOY UN ESCRITOR FRUSTRADO

José Ángel Mañas


1ª Edición Digital. Enero 2012


Smashwords edition

© José Ángel Mañas, 1996

Reservados todos los derechos de esta edición para:

Literaturas Com Libros

Literaturas Comunicación, S.L.

Parador del Sol 9. 28019 Madrid.

http://lclibros.com


ISBN: 978-84-15414-22-3


Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla

Ilustración de cubierta: póster de la película Imposture, de Patrick Boychitey


Smashwords Edition, License Notes

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Índice


Copyright

Dedicatoria

Soy un escritor frustrado

Sobre el autor




Para Ana y Guille




I


Soy un escritor frustrado.

Y esta circunstancia ha determinado en gran medida mis difíciles relaciones con el mundo exterior. Si hubiera podido satisfacer mi pasión por la escritura no estaría ahora donde estoy.

Para empeorar las cosas, soy profesor de Literatura en la Universidad Autónoma y, además, un excelente crítico. No hay nada tan frustrante como esto: tener que enfrentarse cada día con brillantes ejemplos de individuos que son todo lo que uno quisiera ser y que han conseguido todo lo que uno nunca podrá conseguir. Es triste constatar que las mil y una veces que he intentado comenzar una novela no he pasado nunca de la segunda página sin tener la firme convicción de que lo que escribía era bazofia. Y lo sé porque soy buen crítico. Para ser escritor no basta con rellenar folios y embuchar palabra tras palabra, cosa que cualquiera puede hacer, sino que hay que tener un «algo» especial –llámese «duende» o inspiración, o como se quiera– que yo no tengo y que nunca tendré. Puedo, trabajosamente, sacar adelante mis artículos y mis trabajos académicos, pero soy sencillamente incapaz de escribir un buen cuento. Y no es que me falte imaginación –al contrario, tengo muy buenas ideas–, pero al ponerme delante del ordenador algo falla: las palabras no salen, y si salen conforman horrorosos principios que desecho sistemáticamente sin conseguir darle nunca la expresión adecuada a mis ideas. También he intentado escribir completamente borracho, pretendiendo creer en el mito de la ebriedad, pero el resultado ha sido siempre el mismo, y esta impotencia creativa me provoca un sentimiento de profundo disgusto conmigo mismo que se va acrecentando a medida que sigo intentando escribir, hasta que ya no aguanto más y, preso de una irracional furia, golpeo el ordenador.

Por todo esto, cuando conocí a Marian, hacía ya mucho tiempo que había dejado de escribir, refugiándome cada vez más en el alcohol, circunstancia que se había hecho célebre en el departamento, donde mi volubilidad de carácter y mi inestabilidad emocional me habían granjeado numerosas enemistades entre los demás profesores. Sin embargo, aunque parezca increíble, mi aura de malditismo seguía atrayendo a suficientes alumnos, de tal manera que su número se mantenía de año en año.

Cuando pienso en Marian, todavía se me pone la carne de gallina. Tengo grabadas en la memoria dos imágenes suyas: una en color, sentada en primera fila de clase, mirándome fijamente, siempre sonriendo; otra, en blanco y negro, en el sótano de mi casa de la sierra, tosiendo sangre, pálida como un fantasma en mitad de aquella habitación húmeda y maloliente. Entre ambas imágenes me vienen a la memoria una serie de acontecimientos que ahora intentaré ordenar para darles un sentido.


Ana había sido mi novia durante años. Era una chica normalita, con muy buen tipo y un gran defecto, que era quererme demasiado. Vivíamos juntos desde hacía un año y ella se había convertido en el vertedero emocional de todas mis frustraciones. Cada vez que teníamos una bronca –y esto ocurría a menudo– yo no dejaba de echarle en cara que con ella no tenía nunca la tranquilidad de espíritu necesaria para llevar a cabo mi actividad creativa. En una de estas, Ana, a punto de llorar, exclamó:

—Pero si tienes todas las tardes para trabajar. Últimamente como en casa de mis padres, solo para no agobiarte. ¿Qué más quieres que haga? Cuando me quedo en casa te encuentro de malhumor, te saludo y ni siquiera levantas los ojos de tu libro. Cocino siempre yo, para que no pierdas tiempo, y tú comes deprisa y de mala gana, y luego te vas corriendo con eso de que tienes que preparar la clase de mañana. Me acuesto sola y la mitad de los días me despiertas a gritos porque no puedes escribir. Esto es insoportable: yo no puedo seguir así. Tengo la impresión de que siempre te estorbo. Intento dejarte solo todo el tiempo que me es posible, pero no puedo desaparecer. Encima, hoy no me encuentro bien. Me gustaría que me prestaras a veces algo de atención, no mucha, un poco de cariño, para que me diera cuenta de que soy algo más que tu cocinera particular. Porque yo existo, ¿lo entiendes? ¡Existo!

—Ese es el problema.

Ana me dirigió una mirada llena de odio. Secándose las lágrimas, entró en nuestra habitación, sacó una maleta del altillo del armario empotrado y empezó a meter cosas: jerseys, camisetas, ropa interior y demás parafernalia.

—Me voy —dijo—. Esta vez no puedo más.

—Márchate. Púdrete. No te necesito para nada. Al menos así tendré tiempo para escribir.

Ana me miró. La voz le temblaba.

—J, he vivido contigo durante un año entero y todavía no te he visto escribir dos líneas seguidas.

—¡Porque tú no me dejas! Tu presencia me anula. Te pasas el puto día queriendo hacer cosas. Ir al cine, ir a cenar, ver a los cretinos de tus amigos y a la bruja de tu madre, dar paseos por el Retiro, las excursiones de los fines de semana... Dime, ¿de verdad crees que así se puede trabajar?

—Te estás pasando, J.

—Si es que solo piensas en «hacer cosas». No puedes estarte dos minutos tranquila sin morderte las uñas. Solo verte pondría nerviosa a una momia. ¿Cómo voy a concentrarme con alguien como tú moviéndose por toda la casa? Es imposible vivir contigo.

—Y tú qué te crees, ¿que es fácil vivir contigo? Estoy harta de tus problemas y de tus borracheras. Te pasas el puto día mirándote el ombligo. Eres incapaz de quererme.

—¿Y quién te va a querer a ti? ¿Te has mirado últimamente al espejo?

—Te estás pasando, J. Te estás pasando.

—¡Bah! —exclamé. Di un portazo al salir de casa y comencé a bajar las escaleras.

Ana abrió la puerta detrás de mí y gritó:

—¡Borracho de mierda! ¡Profesorcillo de pacotilla! Y a ti, ¿quién te va a querer?, ¿quién va a aguantar tus neuras?

Volví a subir, enfurecido, con el brazo en alto, dispuesto a partirle la cara, pero Ana ya estaba corriendo los cerrojos.

—¡Abre! —grité.

—¡Que te jodan! —respondió ella.

Golpeé la madera de la puerta varias veces con el puño hasta que me cansé y después de darle un trago a la petaca plateada que solía llevar conmigo, le di un ultimátum:

—¡Como no te hayas ido antes de que vuelva de la facultad, te mato a hostias!

Ana no contestó, y la vecina, una vieja octogenaria que vivía en la buhardilla de al lado, entreabrió su puerta sin descorrer la cadena y dijo: «¡Sshhhht!, no armen tanto escándalo, que no puedo oír la radio».

Bajé a la calle y me metí en el bar de enfrente a tomar un trago. Una vez me hube tranquilizado, miré el reloj: eran las doce y veinte y tenía clase a la una. Metí la mano en el bolsillo del pantalón y me di cuenta de que me había dejado las llaves del coche en casa. Chasqueé la lengua, salí del bar y me apresuré calle abajo, por Fuencarral, hasta llegar al metro de Tribunal. Cogí la línea 1, que va hasta Plaza de Castilla, y me senté malhumorado en uno de los asientos. Un individuo sudoroso se apalancó a mi lado, impregnando todo el vagón de un desagradable olor. Afortunadamente, el insociable personaje descendió un par de estaciones después, en Iglesia.

Me molestaba muchísimo viajar en metro: el contacto físico con la masa siempre me había angustiado. Normalmente, cuando mi coche se averiaba, llamaba a la secretaría del departamento, decía que estaba enfermo y me quedaba en casa. Pero en esta ocasión resultaba que ya había faltado a un par de clases la semana anterior y temía alguna protesta por parte de los alumnos. Los muy cabrones siempre me ponían fatal en las encuestas de fin de curso y habían conseguido que me congelaran el sueldo este año, así que, ahora que estábamos a principio de curso, tenía que hacer un esfuerzo para que no me pasara lo mismo el año siguiente.

Fue, pues, una casualidad que Marian me encontrara en el metro aquel día.

Estaba sentada justo enfrente de mí, y me miraba. Tenía los ojos grandes y oscuros, y el pelo corto le caía en forma de flequillo desordenado por encima de la frente; un pañuelo de seda rosa le rodeaba el cuello. En fin, no había nada en especial que la distinguiera de una mediocre estudiante cualquiera de la facultad.

Desde el principio supe que era una alumna mía y evité que mi mirada se cruzara con la suya: me resultaba incómodo encontrarme con alumnos fuera de la universidad, y cuando esto ocurría procuraba ignorarles y esperaba que ellos hicieran lo mismo conmigo. Pero en este caso la enojosa alumna parecía empeñada en entablar contacto visual. Esto me puso nervioso y, en cuanto llegamos a Plaza de Castilla, procuré salir antes que ella y me dirigí apresuradamente al autobús que llevaba a la Autónoma, que a estas horas estaba medio lleno, circunstancia que agradecí.

La mirona del metro entró un poco después y, desatendiendo mi evidente malestar, se sentó en el asiento libre a mi lado, saludándome con una vocecilla nasal bastante desagradable. Yo esbocé una sonrisa y volví a mirar por la ventanilla, dando a entender que no tenía ninguna gana de hablar. Ella, sin embargo, forzó la conversación:

—Me gusta mucho cómo da las clases —dijo—. Creo que tiene usted una gran intuición para captar el talento artístico.

Si me hubiera dicho cualquier otra cosa seguramente la hubiese ignorado, pero no podía evitar que un elogio así me llegara al alma. Sonreí.

—¿Tú crees?

Ella asintió sin dejar de mirarme.

—He leído su tesis. (Hago un pequeño inciso para precisar al lector que mi tesis «La vacuidad de una hermenéutica posmoderna en la teoría literaria contemporánea española» fue una demoledora crítica a esa corriente de pensamiento entonces en boga. Desgraciadamente, el tribunal le rateó su merecido cum laude y, dado que la Comunidad de Madrid tardó cinco años en publicarla, su trascendencia histórica pasó desapercibida). Me ha impresionado. Creo que es usted un gran crítico.

—Por favor, no me trates de usted, que me haces sentir viejo. ¿Cómo te llamas?

Me lo dijo y añadió:

—Me siento en primera fila en su..., en tu clase de literatura española del veinte.

—Dime, Marian, ¿te gustó el estilo?

—La verdad es que no le presté mucha atención.

—Ah —dije lacónicamente, perdiendo repentinamente todo interés por mi interlocutora.

—Pero me gustaron mucho sus ideas. Me impresionó el rigor de su análisis.

—¿Sí? —miré distraído el reloj. Estábamos ya bastante fuera de Madrid y faltaba desgraciadamente más de la mitad del trayecto. A través de la ventanilla, los postes de teléfono entrecortaban el verde amarillento del árido paisaje suburbano. Era increíble comprobar cómo nada más salir de Madrid empezaba el desierto. Llegar al campus de la Autónoma, tras haber atravesado el secarral, era como llegar a un oasis.

—Quería pedirle un favor.

—¿Un favor?

Enrojeció ligeramente.

—He escrito una novela. Me gustaría que la leyera.

«Hay que joderse», me dije interiormente. Aquí estaba otra mocosa queriendo endosarme su novela... ¡Y yo pensando que íbamos a hablar de mi tesis!

—Por favor. Es muy importante para mí —insistió. Su vocecilla nasal empezaba a ponerme de los nervios—. Sé que tiene...

—J, llámame J. Y deja de tratarme de usted, coño.

—Sí, perdona..., J.

—Tráemela a clase, anda. Pero te prevengo que no sé si tendré tiempo.

Marian sonrió, agradecida, y por fin se calló.

—Creo que llegamos algo tarde —comentó cuando el autobús se paró y la gente empezó a levantarse.

—Tú vete a clase y dile a tus compañeros que llego enseguida —repuse, mientras salíamos del autobús.

La dejé que se adelantara mientras atravesábamos el campus. Ya había pequeños grupos de gandules sentados en el césped, viendo pasar el tiempo. Tras entrar en la Facultad de Letras, Marian se encaminó por el pasillo hacia el aula donde teníamos clase, y yo subí hasta el bar. Pedí un tinto y miré el reloj: y cuarto. Me entretuve más de lo que había previsto y cuando llegué a clase eran ya menos veinticinco y la mitad de los alumnos se habían ido. Marian me miró desde la primera fila tan fijamente que consiguió que me sonrojara. La media hora que quedaba improvisé una brillante introducción a la obra poética de uno de los muchos cretinos consagrados cuyos nombres ensucian los libros de texto.

—Bueno, ya es la hora. ¿Alguna pregunta? —exclamé al terminar la clase.

Los estudiantes levantaron la cabeza de sus miserables apuntes y me miraron con cara inexpresiva. Como siempre, ninguno dijo nada.

—Bien, pues el jueves continuamos.

A la salida de clase me encontré con Marta Cavaler en el bar. Marta era una buena amiga mía, también profesora de la facultad. Compartíamos una existencia marcada por la frustración. Ella era pequeña y un poco jorobada, tenía la cara insulsa y un vientre enorme. Era una ninfómana incorregible y una profesora incompetente. Solíamos emborrachamos juntos a menudo.

—Hombre, J —dijo al verme—. Qué guapo estás hoy.

Llevaba una falda corta que acentuaba su físico de tortuga y una blusa mal planchada, mal metida bajo la falda y arremangada desigualmente. Pidió un tinto con casera en la barra.

—No sé cómo me soportan en clase. Siempre digo las mismas tonterías —comentó—. Menos mal que hay un chico monísimo en tercera fila. Si no, me aburriría.

Sonreí. Marta siempre aterrorizaba a profesores y alumnos con sus insinuaciones sexuales.

—Bueno. Voy a ver al decano a ver si le saco unos durillos para un viaje. Por cierto, ¿tienes algo que hacer el sábado?

—¿Por qué?

—Hay un rejoneador que me encanta. Va a estar en las fiestas de Zaragoza. Podrías venirte conmigo para darle celos: tú me dejas meterte mano en la gradas y yo te invito a unas copas, ¿qué te parece?

—Tengo que pensarlo.

—Te llamo y me lo dices. Voy a sacarle la pasta al decano. Hasta luego.

Se terminó el tinto de un trago y salió del bar.

Al mediodía comí en casa de mi madre y aproveché para pedirle algo de dinero: los cuatro duros de mi sueldo ya se me habían ido en copas. Me eché una siesta y le dije que tenía que ir a dar una clase a los de la noche, que me dejara el coche. Luego comenté que hoy dormiría en casa.

—¿Te has enfadado otra vez con Ana? —preguntó.


Cuando volví al piso al día siguiente, mi ropa estaba tirada por los suelos, los cajones de los armarios habían sido pisoteados, las sábanas de la cama estaban desgarradas y había un número indeterminado de libros deshojados y de platos rotos esparcidos por toda la casa, pero ninguna nota. Empleé un par de horas en recoger. Hice la cama y me tumbé en ella. Por un momento me sentí libre y lleno de una especial euforia interior, pero la agradable sensación no duró mucho. Poco a poco fue dejando paso a un sentimiento de inseguridad creciente. Sabía que solo era resaca, que me desengancharía pronto de la presencia de Ana, que el vacío pasaría y yo reanudaría mi vida normal como siempre había hecho. Sin embargo...

Sonó el teléfono y lo cogí, esperanzado, seguro de que era ella pidiéndome perdón. Sería algo duro, la humillaría un poco y luego la dejaría volver.

Respondí con voz firme: «¿Sí?»

—Oye, ¿J? —inquirió la voz algo cascada de Marta.

—Ah, eres tú. ¿Qué quieres?

—He quedado con Mozart para tomar unas copas esta tarde. ¿Quieres venir?

Me lo pensé un momento antes de aceptar. Después de apagar el inalámbrico, salí de la habitación, cogí la botella de Passport que siempre guardaba en las estanterías de mi despacho y que había milagrosamente sobrevivido a la furia destructora de Ana, y le di un trago. Marta era mi mejor amiga, mi única amiga. Teníamos en común una desenfrenada pasión por el alcohol. Ella bebía para combatir con su excéntrico comportamiento la impresión que causaba su presencia física, y yo porque era tan introvertido que solo sabía ser sociable a base de alcohol.

Mozart, a su vez, era un auténtico cretino. Es decir, era horriblemente atractivo, buen profesor y –lo que yo nunca podría perdonarle– un escritor de talento. Marta y yo le habíamos bautizado con su mote con más rencor que admiración. Mozart llevaba publicadas cuatro novelas y lo tenía todo. Al menos las dos cosas que nos faltaban a Marta y a mí por separado: atractivo físico y talento. Además, me acosaba continuamente. «Y tú, que eres tan buen crítico, ¿cómo es que no escribes?» Yo me encogía de hombros y murmuraba que no todo el mundo podía tener tanto talento como él. Mozart parecía casi ofendido y se armaba de falsa modestia: «Sí, hombre, sí, todo el mundo puede escribir; solo hay que echarle horas al asunto». Últimamente le había contado que estaba intentando escribir una novela, pero él sabía tan bien como yo que era una asquerosa mentira. Sin embargo, seguía tratándome como a un colega, humillándome sin parar al hacerme partícipe de su entusiasmo a medida que sus novelas progresaban y fingiendo un interés sincero cuando me preguntaba de vez en cuando por la mía.

Nos habíamos conocido en primero de carrera. Durante ese año intimamos rápidamente al descubrir que teníamos la misma pasión por la literatura. Pero enseguida adquirí complejo de fraude con respecto a él un día que quisimos redactar un manifiesto literario a medias. Hablando, habían surgido mil ideas y los dos nos fuimos a casa llenos de entusiasmo. El mío se enfrió delante de la máquina de escribir. Cuando Mozart llegó a mi casa al día siguiente cargado de folios, tuve que confesar, lleno de vergüenza, mi incapacidad creativa. Desde entonces nuestra relación se fue enfriando.


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