Excerpt for 3 Cenas by Gianluca Farli, available in its entirety at Smashwords

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3 cenas


Por Gianluca Farli


Todos los derechos reservados

Código ISBN: 84-615-6410-3

Edición número 1

01 de enero de 2012

www.gianlucafarli.com


La mejor manera de evitar una tentación es caer en ella”

Oscar Wilde

1 – Marzo – La inquietud


- Buen viaje de vuelta – Dijo ella mientras me daba dos besos a través de la ventanilla del coche.

Yo me limité a sonreír ligeramente. Ella se dio la vuelta y empezó a caminar por la calle.

Hacía frío y empezaba a llover, así que subí la ventanilla del coche y puse el intermitente para incorporarme a la circulación.

Mi avión salía en tan sólo 3 horas, pero como me encontraba bastante cerca del aeropuerto de Fiumicino decidí dar una vuelta con el coche. Era algo que siempre me había gustado hacer. Conducir, aislado de los ruidos de la ciudad, absorbiendo las imágenes de los monumentos, de la gente y de los otros vehículos. Era hipnótico, una forma magnífica para pensar y aclarar ideas, cosa que en ese preciso instante necesitaba.

Me sentía extraño, con una sensación nueva y amarga a la vez. Había algo en mi interior que no encajaba y no sabía que era.

Sofía Soletti. Mi mejor amiga, aunque pensándolo mejor, mi única amiga.

Nuestra relación empezó Hace varios años en una fiesta que daba mi amigo Sandro en su casa. No recuerdo quien nos presentó pero, sin saber muy bien como, no tardamos en entablar conversación.

Desde el primer momento me pareció una chica muy atractiva, pero en aquella época yo no estaba para romances. Acababa de dejar una relación con la que había sido mi novia desde hacía 3 años, María. No fue una ruptura traumática, pero sentí que necesitaba un tiempo para mí, para reflexionar y volver a encontrarme. Sin líos, sin amores, ni tan siquiera sexo. Necesitaba un poco de soledad sentimental.

No soy de los que cuenta sus intimidades al primero que pasa, pero con Sofía todo fue diferente. Sin saber como, me encontré explicándole mi vida de una forma natural, como si se lo contase a un viejo amigo.

- Tres años son mucho tiempo, pero es mejor dejarlo cuando te das cuenta que la relación no tiene futuro – dijo ella mirándome a los ojos. No era el típico y tópico comentario inconsistente, que tantas veces había oído durante aquellos días. Ella lo decía con significado e incluso podía intuir que estaba asociando, lo que yo le había contado, a alguna situación similar que ella había vivido. 

Me había dicho que se llamaba Sofía. Era una chica guapa, alta, con los ojos claros y el pelo liso moreno y con una curiosa expresión de confianza en su mirada. Llevaba un vestido azul, ceñido, que resaltaba su bonito cuerpo. No era una mujer exuberante, pero durante nuestra conversión,
pude observar como varios chicos habían dedicado alguna que otra mirada a recorrer sus curvas. Ella se daba cuenta y yo percibí que no le importaba.

- Si, la verdad es que no íbamos a ningún sitio…. debes pensar que soy un pesado. No acostumbro a hablar de mí,....

- Si no quisiera escucharte no estaría aquí, te lo aseguro. - me interrumpió ella.
- ¡Bueno!, ¿y que me dices de ti? ¿Novio, marido, amante?

Ella se puso a reír

- ¿No te gusta ir por las ramas, verdad?

- No. La verdad es soy bastante directo. A veces demasiado me temo y eso es algo que a mucha gente le incomoda. ¿Te he incomodado?

- Hay poca gente que diga realmente lo que se les pasa por la cabeza y eso me gusta. Es una buena forma de saber si puedes congeniar con esa persona o no.

- Si, pero eso te puede poner en más de una situación violenta. Te lo digo por experiencia. Tengo alguna que otra novia de amigos míos que no les caigo excesivamente bien.

- ¿Qué hiciste, les dijiste que estaban gordas?

- No. Peor. Le dije a mi amigo que lo mejor que podía hacer era dejarla.

- ¡Um!, pero eso es una gran responsabilidad.

- ¿El que?, ¿dar mi opinión? Creo que todos debemos tener la capacidad de decidir nuestro propio camino y no tomar ninguna opinión como el plan de ruta a seguir, aunque se trate de la de un buen amigo. Siempre he pensado que no sirve de nada dar una opinión si no es sincera, aunque esta pueda doler a una persona querida.

- Y si… - hizo una pausa para escoger sus siguientes palabras – te encuentras en una situación en que, diciendo la verdad harías daño a un amigo, pero mintiendo u ocultando información lo seguirías viendo feliz. ¿Se lo dirías, le contarías aquello que lo heriría?

- Pues, supongo. ¿A que tipo de situación te refieres?

- Por poner un ejemplo. Imaginemos que estás paseando por la calle y ves a la mujer de un amigo tuyo besándose y metiéndose mano con otro tío. Pero tú sabes que tu amigo es feliz con su relación. ¿Se lo dirías?


Me quedé pensativo unos instantes.


- Le daría una oportunidad.

- ¿A quien?

- A ella. Le diría que la había visto y que si no se lo dice a mi amigo se lo diría yo.

- Pero entonces destrozas la pareja, igual ellos son felices manteniendo este tipo de relación.

- ¿Una relación de engaño? Una relación donde no hay sinceridad no puede ser una relación feliz. Si ella se lía con otro hombre seguramente es porque no es feliz en su relación y tiene que buscar nuevos alicientes fuera.

- Pero, no hay ninguna relación cien por cien completa, siempre te falta algo. Normalmente la gente lo acepta, pero muchas veces tienes que encontrar una válvula de escape. Tengo una amiga que mantuvo una relación con su amante durante años y fue muy feliz en su matrimonio.

- ¿Qué pasó al final?

Ella hizo una pausa


- Su amanté le pidió más y ella no se lo quiso dar. Al final se rompió la relación.

- ¿Y con su marido?


Sofía habló más pausadamente, como si las palabras le dolieran.


- Al final se acabo enterando del asunto y la dejó.


Ella se quedó callada, recreando algún recuerdo que le había venido a la mente. Pensé que seguramente su amiga no existía y que era ella la que había tenido aquella relación a tres.

- ¿Te apetece que salgamos de aquí y tomemos un helado? – le dije yo en un impulso de quedarme a solas con ella.

Sonrió y me cogió del brazo.

- Vamos.

Salimos de la fiesta y nos dirigimos hacia las orillas de Tíber. Eran las ocho de una tarde del mes de junio. La temperatura era agradable, la ciudad parecía que iba un poco más lenta que de costumbre y me encontraba a gusto con aquella chica. Me dio la sensación que a ella le pasaba lo mismo

Seguimos hablando un rato más sobre mi relación, de cómo me sentía y de cómo había ido todo. Durante estos días había hablado con algunos amigos pero siempre me costaba compartir mis temas personales con la gente, siempre me daba la sensación de estar dando la tabarra a los demás. Con ella era diferente, no sólo me escuchaba sino que además me hacía comentarios interesantes y reflexivos, y no sólo lo que yo esperaba oír. En cierta manera me recordaba a mí.

A lo largo de la conversación, pero, me di cuenta de que esquivaba hábilmente todas las preguntas referentes a su vida privada, cosa que hacía crecer la curiosidad hacia mi nueva amiga.

- Aún no has contestado mi pregunta. ¿Alguien en tu vida? – Dije yo rompiendo un momento de silencio.  

Ella bajo la cabeza y paró de caminar. Me di cuenta de su incomodidad.

- Lo siento. No quería ser entrometido. No hace falta que…

- No, no. No pasa nada. Te lo cuento. – Hizo una pausa como para coger fuerzas. Su sonrisa había desaparecido. Iba a decirle que mejor habláramos de otro tema, pero presentí que necesitaba hablar.

- Nada.

- ¿Nada?

- Nada. Ni novio, ni amante, ni marido.


Seguimos caminando.


- ¿Sabes la amiga de la que te hablaba?, pues supongo que ya habrás adivinado que no es una amiga, sino yo. Pero tampoco es ella la que tenía la relación a tres, sino mi novio, y no es él quien se enteró de todo cuando ya se había acabado, sino yo. Me di cuenta un mes antes de casarme. ¡Ah! y la amiga que los vio un día en un centro comercial comiéndose a besos no me lo dijo hasta que supo que nos habíamos separados.

- ¿Hubiera cambiado algo, si te lo hubiera dicho?

- No, supongo que no, pero me lo debería haber contado.


Nos quedamos unos instantes en silencio.


- Debe de haber sido duro. - le dije mientras la miraba.

- Si, lo ha sido. Sobre lo que decías de la sinceridad,… tienes razón, sin sinceridad no puede haber una relación sana. Y lo peor es que cuando descubres el engaño todo se vuelve falso, incluso llegas a dudar de las cosas que realmente sabes que son ciertas. Todo el tiempo que has pasado con aquella persona se convierten en una farsa. Para mi eso ha sido lo más duro.

- Te entiendo perfectamente.

- Si. Lo se, por eso te lo cuento. Aún no había podido hablar del tema con nadie y la verdad es que no me esperaba empezar a hacerlo con un extraño. Es raro, ¿no?


Nos miramos a los ojos. No se como, algo se conecto entre nosotros. Dos perfectos desconocidos que se habían convertido en confidentes en un par de horas.


- No se porque, pero me parece que tu y yo ya no somos extraños.


….......


Y ese fue el principio.

Nos fuimos viendo durante todo el verano. Íbamos a comer, a la playa, a hacer pequeños viajes y visitas turísticas. Nuestras charlas trataban de todo, desde el chisme más rosa de la prensa, al más intimo de nuestros miedos. Lo más extraño del caso es que ninguno de los dos parecía
tener ganas de iniciar ningún tipo de aventura romántica. Estábamos a gusto juntos, nos lo pasábamos genial, sin complicaciones ni malos entendidos, seguramente era el tipo de relación que necesitábamos los dos en aquel momento de nuestras vidas.  

Para evitar habladurías y cotilleos decidimos ocultar nuestra relación a nuestros amigos. No queríamos estar en boca de la gente, que seguramente contarían historias falsas o nos tomarían por pareja, con todo lo que eso conllevaba. Esta decisión, pero, provocó alguna que otra situación graciosa. Recuerdo como un día que fuimos a la playa, acabamos ocultos detrás de una papelera para evitar que unos conocidos míos nos viesen. Lo más gracioso del caso es que nuestros amigos no nos vieron pero el resto de la playa presenció toda la escena como si se tratara de una obra de teatro.

Las noches en que el calor era insoportable quedábamos para tomar un helado de chocolate en las plazas del centro de la ciudad. Muchas veces, regresando a casa a las dos o las tres de la madrugada.

En definitiva fue uno de los mejores veranos que puedo recordar.

Pero el final de mis vacaciones llegó. Mi trabajo en una agencia de viajes, consistía en buscar nuevas rutas de aventura para los clientes, así que estaba viajando constantemente por todo el mundo. El uno de julio debía tomar un avión hacia Argentina.

Mi última tarde en Roma estuvimos juntos, cenando. Aquel día había hecho mucho calor y estábamos en una terraza tomando una ensalada y una Coca-cola. En cuanto se puso el sol, empezó a soplar una suave y agradable brisa.

Ninguno de los dos sonreía o hablaba animadamente,  como lo habíamos hecho durante aquellos días, pues los dos sabíamos que aquello se estaba acabando. Yo empezaría a viajar y ella seguiría con su trabajo de directiva en una empresa tecnológica en el centro de la ciudad.

De repente, rompiendo aquella melancolía, Sofía se medio levanto de la silla. Su cara se había iluminado de nuevo, como cuando algo le hacía mucha ilusión. Me miraba con los ojos muy abiertos, y su boca dibujaba una amplia sonrisa.

- Hagámoslo. – Me dijo ella medio gritando. Varios clientes del restaurante se giraron hacia nosotros.

- ¿El que? – Dije yo sorprendido y divertido a la vez.

- Comprometámonos.


Yo aluciné. No sabía que me estaba diciendo, pero algunas de las ideas que me venían a la mente me estaban abrumando. Supongo que lo reflejé en mi cara, por lo que de inmediato ella cambió su expresión por otra más burleta.


- No, no, quiero decir... – Se detuvo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no me había explicado su línea de pensamiento, sólo la parte final.
- Había pensado – empezó lentamente – en que deberíamos comprometernos a vernos un cierto número de veces al año, como mínimo.


Buena idea, pensé yo.


- Tu viajas mucho y si no establecemos un compromiso firme no nos veremos más, y eso no quiero que pase.  – Me cogió la mano. Estaba caliente. El contacto con su piel me llenó de satisfacción.

- Vale. Pero como lo hacemos….

- Tu cumpleaños, el mío y en navidad. Tres veces al año. – me interrumpió.

- Mi cumpleaños, el tuyo y en navidad. Marzo, julio y diciembre. - asentí con la cabeza -  Si, puede estar bien. Yo siempre vengo para mi cumpleaños, es una costumbre, en julio, para el tuyo tengo vacaciones y en diciembre también estoy. Si. Creo que puede funcionar. - Su entusiasmo se me había contagiado - y se me ha ocurrido una cosa más. - Ella me miraba como una niña pequeña, con una sonrisa que le llenaba la cara y le inflaba los mofletes mientras me observaba - quedaremos a cenar. Cada vez lo organizará uno de los dos. Buenos restaurantes, ¿eh?, no me lleves a uno como el que comimos aquellas acelgas con mayonesa.

- ¡Si! ¡Vale! ¡Me gusta la idea! pero no eran acelgas y a mi me gustó. ¿Quien empieza?

- Yo empiezo. Esta navidad lo organizo yo.

- De acuerdo... – Se quedó pensativa unos instantes – vamos a hacerlo como se debe.


Empezó a buscar dentro de su bolso, revolviendo compulsivamente


- ¿Que buscas?

- Un papel y un bolígrafo.


Cogí una de las servilletas que teníamos en la mesa de al lado, a la vez que ella sacaba un bolígrafo Bic de su bolso.


- Aquí está el papel. Pero para que….

- Y aquí el bolígrafo. Vamos a firmar un contrato, así si alguno lo rompe podremos reclamar al otro indemnizaciones. – Sofía empezó a reír de nuevo. A mi también me divirtió la idea


Por el presente, Carlo Basile y Sofía Soletti, se comprometen a cenar juntos tres veces al año, alternándose en la organización. Los meses del evento serán: Marzo, Julio y Diciembre. El no cumplimiento de este contrato representará la gratificación a la otra parte con… ”


Sofía paró de escribir para pensar el castigo. A mi no se me ocurría nada pero a los pocos segundos su cara se ilumino y siguió escribiendo.


“… el cumplimiento de un deseo expresado por la parte a indemnizar”


- ¡Uy! Esto es muy abierto y tú me das mucho miedo,…

- ¡Ya! Es muy fácil, no falles ninguna vez y no tendrás que obedecer ninguno de mis deseos.


Sonreí,


- No lo haré. No fallaré.


Firmamos los dos con nuestros nombres.


- Me lo quedo yo – dije – cuando te toque a ti te cederé el testigo.


Nos abrazamos, contentos, eufóricos. Aquella amistad tan especial que se había consolidado durante cuatro semanas, tendría continuidad. Sabíamos que la tendría.


Durante siete años nos vimos tres veces al año. Pese a no saber el uno del otro, más que por algún e-mail y alguna que otra postal, cada vez que nos veíamos era como si no hubieran pasado más que unas horas desde la última vez.


Empezamos por restaurantes sencillos, pero cada vez elegíamos mejores sitios, lo cual también le añadía un componente especial a aquellas tres cenas anuales. Gastronomía y amistad, lo habíamos llamado alguna vez.


….......


Y hasta hoy. En dos días es navidad. La cena de hoy ha sido genial, como todas las demás, pero por primera vez me voy con una sensación que no había tenido antes.

Durante el primer y segundo plato hemos hablado de mis viajes y de una chica que conocí en Argentina. También de su ascenso en la empresa y de sus problemas con su hermana Fabiola, que insiste en irse a vivir a Londres con su novio hippie. Después la conversación giro por otros lindes.


….......


- ¿Y sexo que? – No me has contado nada. Ya has decidido hacerte monja o aún lo estas valorando, le pregunte yo riendo.


Ella sonrió y miró hacía el mantel. Tenía vergüenza. La conocía. Me tenía que contar algo.


- He conocido a alguien.


No dije nada. Ella me miró.


- Es especial. ¿Sabes? Diferente a los demás. Trabaja en la empresa. Estaba destinado en Berlín y ahora lo han trasladado a la central. Empezamos a salir hace dos meses y la verdad es que me siento muy a gusto con él.

- ¿Sofía Soletti con dos meses de relación? , ¡Increíble!, este tío debe de ser una máquina…. – Frivolice yo.

- Es más.

- ¿Más?

- Vamos en serio, sabes. Creo que me he enamorado.


Una sensación extraña me invadió. Intenté recomponerme rápidamente.


- ¡Vaya!, en todos estos años no te había oído nombrar esa palabra. Pero en dos meses,… quieres decir que no te precipitas…

- No, creo que no. Ya hace mucho tiempo que lo tengo en la cabeza y nos entendemos muy bien. Me hace reír y es muy cariñoso. Tiene todo lo que me gusta en un hombre. No se. Tengo la sensación que este puede ser alguien muy importante en mi vida. ¿No te ha pasado nunca que conoces a alguien y enseguida sabes si va a jugar un papel importante para ti?


Asentí con la cabeza.


- Pues ya sabes a que me refiero. Al cabo de dos días de salir con él ya estaba haciendo planes de futuro en mi cabeza, y ya sabes que yo nunca he sido de este tipo de chicas.

- No. La verdad es que es la primera vez que me hablas así de un hombre. Me alegro de que estés feliz, pero ve con cuidado y poco a poco, vale.

- Si papá – dijo ella sonriendo.

- Te lo digo enserio. No quiero que nadie te haga daño.


Pero no era sólo el hecho de que alguien le pudiera hacer daño. Había algo más. Nunca me había sentido celoso de ella, en ninguno de sus líos. Quizás alguna vez me había enfadado porque había preferido quedar con el amante de turno que conmigo, pero se me pasaba en seguida. En mi cabeza no dejaba de resonar una sola frase: “enamorada, está enamorada.”.


…....…


Ya había llegado al aeropuerto. Aparqué mi coche y me dirigí a la terminal. En una hora estaba sentado en mi butaca del avión listo para despegar.

No me podía sacar de la cabeza la parte final de la cena de aquella noche. ¿Porque me estaba afectando tanto aquello?

Pensé que sería la mezcla del vino y del cansancio. Decidí cerrar los ojos y dormir.

Cuando el avión estuvo en el aire, las luces se apagaron y lentamente Roma desapareció por la ventanilla.

2 – Julio – El baile



El invierno había pasado lenta y perezosamente. Después de dos meses en la Patagonia argentina, mi trabajo me había llevado a los Alpes franceses. Más frío del normal, mas viento del normal,... quizás me estaba haciendo viejo.


Durante todo este tiempo había pensado muy a menudo en mi amiga Sofía, intentando ahondar en estos sentimientos que afloraron dentro de mí, en nuestra última cena, pero la verdad es que no había conseguido llegar a ninguna conclusión. Quería creer, que cuando nos volviésemos a ver, esa sensación se quedaría en una tontería, que me olvidaría del asunto y que todo volvería a ser como antes.


Durante estos meses habíamos intercambiado algún que otro correo electrónico: un “¿como estás?”, un “yo bien pero aquí hace frío…”, “aquí todo igual”,....no mucho más que eso.  En ninguno de sus mensajes me había vuelto a hablar de su flamante novio. Ni yo le había preguntado ni ella me había dicho nada.


En este tiempo mi vida amorosa había sido más bien escasa. Conocí a una chica en Chamonix con la que salí un par de veces. Me sentía a gusto con ella, pero al poco tiempo tuve que iniciar la expedición y no la volví a ver.


Pero al final, el buen tiempo había llegado. La nieve de las montañas se empezó a fundir, el campo se volvió verde y yo pude tomarme unas merecidas vacaciones veraniegas. Hacía una semana que había vuelto a mi querida Roma y aún no había podido ver a Sofía. Tan solo habíamos hablado por teléfono una vez, para concretar la hora de nuestra cena de verano. Así que aquí estaba yo, a 20 de julio, conduciendo hacia su casa.


Desde que me había levantado por la mañana tenía un extraño nerviosismo, que había ido a peor con el paso de las horas. ¿Nervioso por ver a una amiga? Que absurdo - Me repetí durante el día.  Pero el hecho es que lo estaba.


Esta vez era su turno para organizar la cena y como estaba siendo costumbre, yo no tenía ni idea de donde me llevaría. Durante las primeras citas nos consultábamos el tipo de restaurante al que nos apetecía ir: costa o montaña, carne o pescado,.... pero desde hacía un par de años el lugar del acontecimiento se había vuelto un secreto “de estado”. A los dos nos fascinaba que nos sorprendieran por lo que aquella variable añadida al juego lo hacía aún más interesante.


Extrañamente, había poco tráfico por el centro, así que llegué muy puntual al sitio acordado. Paré mi descapotable debajo de su casa, e hice la llamada perdida con el teléfono móvil, tal y como habíamos acordado. El calor de julio era agradable a aquellas horas de la tarde, así que me quedé esperando dentro del coche, con la capota bajada, mientras escuchaba en la radio “I swear” de los All 4 One. Diez minutos después aparecía Sofía.  El corazón me dio un pequeño vuelco. Llevaba un sencillo vestido blanco, y unas sandalias a conjunto. Se había soltado el pelo, que habitualmente llevaba atado con una cola y que le llegaba a media espalda. Estaba realmente preciosa. Yo salí del coche para recibirla, ella se acercó hacia mí con una amplia sonrisa en los labios y sin decir nada me dio un fuerte abrazo. Olía a rosas, aspiré su perfume y la apreté fuerte contra mí.


- Tenía muchas ganas de verte - me dijo separándose ligeramente. Me dio dos besos y se fue hacia la puerta de acompañante - Vámonos que llegaremos tarde - me apremió. Se la veía contenta.


Entré en el coche.


- Ya sabes que estás preciosa, ¿verdad? – le dije girándome hacia ella.

Ella sonrió.


- ¡Tonto! Me vas a hacer sonrojar.


Puse en marcha en vehículo.


- Me parece que ya lo he conseguido – dije yo divertido. Ella me dio un golpe de reproche en el hombro.


Durante la siguiente hora conduje hasta la costa. Pese a mis ruegos no quiso ceder y contarme cual era nuestro destino, así que tuve que guiarme exclusivamente por sus indicaciones, que todo sea dicho, no eran excesivamente buenas. Nos perdimos un par de veces, pero finalmente llegamos a un precioso restaurante con vistas al Mediterráneo.


Nuestra mesa se encontraba en la terraza, desde donde podíamos disfrutar de unas maravillosas vistas sobre el puerto y las tranquilas aguas del mar. Algunos barcos con velas blancas decoraban el horizonte y los últimos rayos de sol, llenaban el local de unos cálidos tonos anaranjados.

- Esta vez te has lucido - le dije yo, aprobando el lugar escogido.

- Sabía que te gustaría - Dijo satisfecha - pero aun no lo has visto todo. A las diez empieza la actuación de un grupo de jazz. No sabes la ilusión que me hace - Sofía era una enamorada del jazz. Era difícil entrar en su coche o en su casa sin que estuviese sonando John Coltrane, Miles Davis o Billie Holliday.


La cena fue fantástica. Estar con Sofía de nuevo me había devuelto la chispa que me había faltado en las últimas semanas. Hablamos de todo. Nos reímos sobre algunas anécdotas que nos habían sucedido durante aquel tiempo y nos pusimos un poco más serios cuando nos contamos los pequeños problemas del día a día. Tantos meses sin vernos y prácticamente sin conversar, provocaba una avalancha de explicaciones, ocurrencias, recordatorios que nos hacían, muchas veces, querer explicarlo todo de golpe, sin orden, pasando de un tema a otro caóticamente. Además, un afrutado vino blanco provocó que las últimas carcajadas de Sofía se oyeran en todo el local.


Pasaban unos minutos de las diez cuando unas notas de piano empezaron a sonar en la sala contigua a donde nos encontrábamos.


- El grupo, ya empieza a tocar... - sin ni tan siquiera poder dejar la copa de vino en la mesa, Sofía me arrastro hacia el origen de la música. Se trataba de una pequeña sala, ubicada entre dos terrazas, donde habían instalado una pequeña tarima. Encima de ella había dos chicos jóvenes, seguramente estudiantes del conservatorio, uno de ellos sentado al piano y el otro con una trompeta, listo para empezar a soplar las primeras notas.

La trompeta empezó a sonar y enseguida reconocí la canción, “What a difference a day made” de Dinah Washington. Una de las favoritas de Sofía.


- ¡Ven! - Le dije al oído a la vez que la estiraba hacia la terraza.


Ella me miró sorprendida, pero me siguió sin protestar.


Al salir al exterior nos envolvió un dulce olor a mar y verano. A través de la barandilla se podían ver las luces de los barcos sobre el agua y la música llegaba hasta nosotros, dulcemente, acariciándonos. Rodeé a Sofía, con mis brazos a la altura de su cintura. Ella me correspondió con sus brazos por encima de mis hombros, apoyo su cabeza en mi pecho y empezamos a bailar, lentamente, dejándonos llevar por aquella melancólica trompeta.


Nuestros cuerpos se movían con facilidad, perfectamente sincronizados, como uno solo. Cerré los ojos para capturar cada mota de perfume que emanaba de su pelo, sintiendo el calor de su cuerpo sobre el mío. Estábamos solos en el mundo, sólo ella y yo, moviéndonos al ritmo de una canción de amor. Volví a abrir los ojos, la miré a la cara y vi una lágrima resbalar por su mejilla.


- Estás bien- le susurre yo.

- Nunca había estado mejor.


Nos quedamos mirando fijamente. Una necesidad imperiosa de besarla se apoderó de mi. Su labios se me antojaron rosados, carnosos, apetecibles, irresistibles. Una fuerza indescriptible me empujaba a acercar lentamente mi boca a la suya, venciendo la pequeña distancia que nos separaba, buscando el contacto final con su piel. Nuestros cuerpos se seguían moviendo, casi imperceptiblemente, como si estuviésemos hipnotizados por las olas del cercano mar. Las miradas se entrelazaron, se mezclaron. Acerqué lentamente mi cara a la suya, pero de pronto la música se detuvo y los estridentes aplausos de la gente nos sacaron del hechizo que nos había encantado. Ella se separó ligeramente de mí a la vez que bajaba la vista hacia el suelo.


Volvimos a la mesa sin decir nada.


Tomamos postre y café, charlando más tranquilamente. Los dos teníamos claro que habíamos estado a punto de besarnos pero ninguno dijo nada al respecto.

De vuelta a Roma conduje todo el camino con nuestras manos entrelazadas. No dijimos prácticamente nada, tan sólo absorbimos hasta el último aliento de noche que en forma de aire cálido se colaba por la capota del coche.


En 30 minutos estábamos donde había empezado la tarde, en el portal de la casa de Sofía.


- Ha sido una cena increíble.... La mas mágica de todas...

- Vamos mejorando, si... - dije yo riendo.


Nos quedamos callados de nuevo. La miré. Ella lo noto y lentamente giró su mirada hacia mí. Nuestros ojos se encontraron de nuevo, pero el destino nos volvió a interrumpir. Sofía toco su bolso con la mano y se lo puso en la oreja.


- Mi móvil vibra


Metió la mano en el bolso y después de remover todo su contenido un par de veces saco su teléfono móvil.


- Es Enrico - su novio. - tengo que cogerlo. ¡Ah! Espera – Sacó de su bolsillo un papel doblado – El contrato. La próxima te toca a ti.


Cogí la servilleta, me dio dos besos y descolgó el maldito aparato. Se fue hablando en voz baja hacía su portal. Antes de entrar se giró y me miró fijamente a los ojos durante unos instantes. Después despareció tras la puerta.


Puse en marcha el coche rumbo a mi casa, sabiendo que estaba enamorado de Sofía.

3 – Diciembre – La noticia


El sol era abrasador y los pies parecían hervir dentro de mis botas de montaña. Aquel suelo seco y árido de Namibia quemaba todo lo que se atrevía a pisarlo. Intenté refugiarme en la escasa sombra de un gran baobab, sentándome en una de las gigantescas raíces de aquel extraño árbol, previa comprobación de que no hubiera hormigas. Una ligerísima brisa alivio unos segundos el calor.


Un niño himba, de unos cuatro años, se me acerco. Era uno de los hijos del jefe de la tribu. Se quedo mirándome fijamente durante un largo rato, como si esperase algo.


-Hello - le dije yo en inglés.


Él no dijo nada.  Muy pocos de ellos sabían ingles. Sólo el jefe y alguno de los hombres que se ofrecían a los turistas para ir a ver cocodrilos en las peligrosas aguas del río Kunene. Me encontraba en la zona más al norte del país, cerca de la frontera con Angola. Mi búsqueda de nuevas rutas turísticas me había traído a este fantástico y desconocido país, en el que llevaba más de un mes. Había visitado diferentes tribus y buscado nuevos sitios que pudiesen resultar atractivos para el turista occidental. La verdad es que estaba siendo un viaje muy productivo y mi bloc de notas estaba lleno de nuevas propuestas e ideas.


Sin yo esperarlo, el niño me dijo algo en su idioma con una voz casi imperceptible


- ¿Como? - Repliqué yo absurdamente, a sabiendas de que, pese a que me lo repitiera, seguiría sin entenderlo.


- Pregunta, porque estar triste.


La voz del jefe himba sonó a mis espaldas. Después dijo algo al niño en su idioma y el pequeño salió corriendo hacia la cabaña donde vivía.


- En diez minutos salimos hacia cocodrilos señor, Basile. – continuó el jefe.

- Gracias.


¿Triste? ¿Tanto se me notaba? La verdad es que desde mi última estancia en casa me había costado un poco mas sonreír. Durante el mes que llevaba en África no había podido dejar de pensar en todos los detalles de mi última cena con Sofía.


Esta vez habíamos adelantado la fecha de la cena a principios de diciembre, a causa del viaje que yo debía hacer al continente negro. A Sofía no le había importado, más bien lo contrario. En nuestra conversación telefónica de noviembre, parecía impaciente por verme y estaba encantada de adelantar nuestra cena invernal, lo cual me alegró, pero también me hizo sospechar que algo pasaba. ¿Habría cortado con su flamante novio?, no podía esconder una malévola satisfacción al pensar en eso, ¿ o quizás, habría despertado en ella el mismo sentimiento que yo estaba sufriendo?


Esta vez era yo el encargado de la organización de la cita, y decidí reservar mesa en uno de mis restaurantes favoritos, el Mirabelle en Vía Veneto. Era considerado uno de los restaurantes con las mejores vistas de la ciudad. Desde sus enormes cristaleras se podía divisar el Panteón, Villa Medici y San Pedro del Vaticano, entre otros.


Aquella noche, Sofía, estaba radiante, transmitía alegría y felicidad. Nunca la había visto tan espléndida.


Como era habitual empezamos hablando de temas ligeramente triviales, pero a medida que el vino y la proximidad iban haciendo efecto, las conversaciones se volvían más íntimas e interesantes.


- Te veo,.... No se, radiante, diferente.


Ella sonrió avergonzada, bajando la vista hacia la mesa.


- Eso es porque estoy contenta.

- ¡Bueno! ¿Me lo vas a contar o no?

- En el postre – dijo ella. Yo sonreí entre divertido y asustado.

- ¿Me vas a torturar hasta el postre? Sabes que soy capaz de renunciar mi filete con salsa perigord y foi gras, por saberlo antes.

- ¡Venga! No seas impaciente y cómete tu filete.

- Soy impaciente, si. Voy a pedir que me traigan directamente el postre.


Me giré buscando a nuestro camarero.


- ¡Camarero!


Un joven impecablemente vestido se me acerco al instante.


- Por favor, anule el segundo plato que he pedido y el de la señorita también, no nos encontramos demasiado bien....

- ¡De acuerdo! ¡De acuerdo! Te lo contaré ahora – dijo ella avergonzada.

- ¿Seguro?

- Te lo prometo.

- Olvídelo - Le dije al camarero, que se marcho con cara de no entender nada.


Sofía se empezó a sonrojar. Dio un sorbo más a su copa de vino y me miró a los ojos.


- Enrico me ha pedido que me case con él – hizo una pausa que parecía no acabar nunca – y le he dicho que si.


Aquel anuncio me cogió totalmente por sorpresa. Intenté recomponerme lo más rápido que pude. Era su mejor amigo y se suponía que debía de estar contento por ella.


- Sofía.... Eso es, es, ¡fantástico! No me lo esperaba.


Ella se levantó y me abrazó con fuerza.


- Aún no me lo creo - dijo ella mientras se volvía a sentar – yo casada. La verdad es que nunca había pensado en el matrimonio como algo real. Siempre que pensaba en el futuro me veía sin pareja estable, pero con Enrico todo ha sido tan especial, tan diferente, tan bonito que no pude negarme.

- ¿Cómo fue?


Sofía me explicó como Enrico la había llevado a ver la puesta de sol en el mar, a bordo de uno de los barcos que hacían rutas turísticas por la costa y que una vez desapareció el último rayo de luz, había sacado el anillo de compromiso y una botella de champagne. El resto de los pasajeros al oír el si de Sofía, se habían puesto a aplaudir.


Durante el resto de la cena la conversación estuvo monopolizada por los planes de la boda. Iba a ser en julio del año siguiente. Aún no habían decidido todos los detalles, pero tenían la idea de que fuera algo íntimo, con muy poca gente, y al aire libre. La verdad es que a partir de cierto momento mi mente desconecto de las explicaciones sobre banquetes, invitados y viajes de novios. Supongo que lo notó porque de repente detuvo su explicación.


- ¿Te estoy aburriendo?

- No, no. Que va, estaba escuchando.

- A mi no me engañas, ponías cara de estar a cincuenta kilómetros de aquí.


Sonreí.


- Me estaba imaginando como sería lo que me estabas contando, de verdad que te estaba escuchando. Seguro que será una boda maravillosa.

- Necesitaré tu ayuda.

- ¿Para que?, ¿para la noche de bodas?, si quieres conozco unas páginas web que explican que poner donde,….

- No tonto, lo digo en serio. Tendré que ir a comprarme cosas y tú tienes buen gusto. Me acompañarás a comprar.

- Como quieras.

- ¿Estas bien?

- ¿Por qué lo dices?

- No se, te veo un poco…, distante.

- Estoy, bien no te preocupes.


Pero no lo estaba.

……….


- Señor. Nos tenemos que ir.


La voz del jefe me rescató de mis pensamientos. Pesadamente me levante del árbol, comprobé una vez mas que llevara la cantimplora llena y el GPS activado para guardar las coordenadas de la ruta. De nuevo, un suave viento me trajo el inconfundible aroma de la sabana. Cogí aire profundamente y me puse en marcha junto a mis guías.


Andamos durante horas cerca del caudaloso río Kunene, sorteando zonas pantanosas y la exuberante vegetación que crecía en la ribera. Conseguimos ver varios cocodrilos, escondidos en el agua, al acecho de cualquier presa despistada que se acercase a ellos. El jefe me contó muchas historias sobre aquellos extraños animales, algunas posibles y otras fruto de la fantasía popular. Me explicó como el cocodrilo se oculta, confundiéndose con los troncos que flotan en el río y se pueden quedar así durante horas, esperando con paciencia, sin que nadie ni nada lo viese.


Dos horas mas tarde, cuando el sol ya se estaba poniendo, regresamos al campamento. Aquella noche, refugiado en las cercanías del fuego que los himbas utilizaban para refugiarse del frío de la noche, tomé una decisión. Al igual que un cocodrilo, debía esconderme, ocultarme, pero no para así poder atacar a mi presa, sino para no perder lo único que me quedaba. Si no podía tener a Sofía como pareja, sería su mejor amigo, su compañero, su confidente, lo que fuera. Todo menos perderla.

4 – Marzo – Como amigos


Las navidades habían pasado rápidamente, como cada año. Mi estancia en África se había alargado más de lo previsto y lo más parecido a la navidad fue la petaca de un whisky horrible que me tomé acampado en medio del desierto del Namib.


Mi vuelo aterrizo poco antes de la una de la tarde en Roma. Prácticamente no había dormido y estaba realmente cansado. Tenía el tiempo justo de ir a casa, ducharme y salir rápidamente hacia el restaurante donde había quedado con Sofía, a las dos y media de la tarde. No era que hubiésemos cambiado nuestra costumbre de cenar, por la de comer, sino que, como ella dijo, iba a ser una cena con carrerilla. El plan era comer algo rápido en el Mc Donalds, ir de compras y después la cena en un restaurante secreto en el que mi amiga había reservado mesa.


Durante estos meses de separación, me había estado concienciando a mi mismo de que la actitud respecto a la relación con Sofía, debería ser de pura amistad, dejando de banda sentimientos románticos que no me llevarían a nada. Quizás por eso cuando la vi sentada en uno de los bancos verdes del restaurante de comida rápida, todo fue como antes. El corazón no me dio un vuelco, mis sentidos no se bloquearon. Quizás todo había sido una ilusión. Quizás no era más que mi imaginación de lobo solitario, que me estaba jugando una mala pasada. Incluso cuando nos abrazamos fuertemente no sentí ninguna sensación extraña, nada que no fuese alegría por ver a una persona muy querida. Aquello me libero mi corazón ligeramente.

No tardamos mucho en engullir un par de hamburguesas y dos paquetes de patatas fritas. Casi sin poder tomar el café, Sofía me empujo a las calles más céntricas de Roma con el objetivo de comprar una infinidad de cosas que le hacían falta para la boda. A esa hora había poca gente en las tiendas, pero sabía que en una hora aquello iba a estar abarrotado. Aquel pensamiento minó totalmente mi ánimo. Acababa de volver de un país prácticamente inhabitado y en ese momento, para mi, ver a tres personas juntas ya era una multitud agobiante.


- Por dios Sofía. Que es en julio. Aún faltan un montón de meses. ¿No crees que podríamos ir a comprar otro día y marcharnos al cine? Hace siglos que no voy al cine. – intenté contraproponer con mi mejor cara de gatito perdido.

- No, no – dijo ella sin dejar de caminar rápidamente por la Via Condotti - hasta que no lo tenga todo no voy a estar tranquila. Tenemos que ir hasta una tienda que hay en el final de la calle para encargar los obsequios a los invitados, a la papelería Tomassi para unos sobres,....

- Vale, vale, prefiero no saberlo, tú tira que yo te sigo. – me rendí.

- Empecemos por aquí.


Sofía se detuvo de repente y abrió la puerta de una tienda


Yo mire hacía arriba para ver el cartel de la tienda y saber hacia donde me estaba arrastrando.


- Espera, yo…


Sin dejarme hablar, me cogió de la mano y me empujo hacia dentro de la tienda


Secret”, era una de las tiendas de ropa interior más lujosas de la ciudad. A los tres segundos de estar dentro, una legión de señoritas, todas vestidas igual, se nos acercaron.


- ¿Puedo ayudarles? - nos dijo una de las dependientas.

- Si. Quisiera ver algún conjunto de lencería para una noche de bodas.


Daniella, así se llamaba la chica, nos invito a pasar a una habitación privada.


- Debe alucinar que vengas acompañada por un chico - dije yo mientras Daniela iba a buscar el catalogo.

- No te creas - mi hermana vino aquí con tres colegas suyos y me dijo que ni se inmutaron.

- Debió ser un festival.

- Si, hasta que los echaron.


En unos minutos Daniela había traído varios conjuntos, pero después que Sofía descartara algunos que eran horribles y yo la convenciese para que no se probase algunos otros, a los que pensé que mi corazón no se podría resistir, quedaron cuatro encima de la mesa, listos para que mi amiga se los pusiese. Aquello iba a ser una gran prueba para mí.


El primero con el que salió del vestuario era una especie de camisón con transparencias. Fue descartado casi de inmediato. Más que excitar al novio le hubiera hecho arrepentir de haberse casado.


- Salgo con el segundo. – Dijo Sofía desde detrás de la puerta del vestuario.


Se abrió la puerta y pausadamente salio hasta estar delante de mi. Yo me la quedé mirando estupefacto. Este conjunto si que le quedaba bien. Se trataba de una combinación de sujetador y braguita, todo de color negro. Los menudos pechos de Sofía se antojaban exuberantes y el tanga negro dejaban al descubierto un cuerpo que me pareció celestial. Ella se dio la vuelta sobre si misma para que pudiera ver como quedaba por detrás.


- ¿Que te parece este?


Tuve que tragar salvia tres veces antes de poder contestar.


- No esta mal-


Ella sonrió picaronamente y volvió al vestuario. Yo me bebí la copa de champagne que nos habían servido de un solo trago.


Al cabo de unos segundos volvió a salir con otro conjunto. Se trataba de un picardías con encaje y un minúsculo tanga que prácticamente no ocultaba nada. La transparencia del picardías dejaba entrever sus pezones. Yo intenté no mirar fijamente ninguna parte de su cuerpo pero era una tarea prácticamente imposible. Noté que Sofía se estaba divirtiendo con mi incomodidad.


- ¿No sería mejor que fueras desnuda?, por lo que tapa esto, él no notará la diferencia, además te ahorrarías el dinero. – dije yo desviando la mirada hacía otro lado.

- ¿Te gusta, o no?

- Si, si. Está bien

- Como vas a saber si está bien si no lo estás mirando. – ella se lo estaba pasando en grande.


Volví a mirarla. Esta vez reseguí todas y cada una de sus curvas. Desde sus piernas, pasando por su cadera donde un pequeño triángulo de ropa ocultaba lo justo para no ir desnuda, hasta sus pechos, donde una aureola rosada se intuía a través de la transparencia de la parte superior del conjunto. Noté que me excitaba y me removí en mi silla. Durante ese instante ella me miraba fijamente, observando como la devoraba con la mirada. Incluso adivinando mi excitación.


- Si, me gusta – dije al fin.

- Me quedo este.

- ¿No te vas a probar el último?

- No. No hace falta, este es el que quiero.


Ella volvió al vestuario mientras yo me acababa la botella de champagne para intentar recuperarme.


Seguimos de tienda en tienda mirando mil cosas. Pese a mis expectativas iniciales fue divertido.


Al final de la tarde, con los pies destrozados y con el maletero del coche lleno de bolsas de todos los tamaños y colores, nos dirigimos al restaurante donde íbamos a cenar. La velada fue tranquila ya que el cansancio nos estaba pasando factura.


- ¿Y tu que? ¿Cómo van los amoríos?

- Nada. Últimamente a dos velas. La verdad es que no estoy mucho por la labor.

- ¿Y eso?

- ¡Buf! No se - me encogí de hombros. – supongo que no he encontrado a nadie que me motive lo suficiente. Como mayor me hago más pereza me da pasar por todo el proceso de seducción, pasión…. bueno este no me da tanta pereza,… conocerse un poco más, desencantarse y romper.

- Pero no tiene porque siempre ser así. Además, me sorprende que me digas eso. Desde hace algún tiempo te noto,… no se,… diferente. No te sabría explicar.


Interesante - pensé yo


- ¿Qué quieres decir?

- Ya sabes que tengo mucho instinto contigo. Siempre he adivinado cuando tenías alguna chica en mente o cuando te pasa algo, y ahora te veo,... como si estuvieras...- hizo una pausa, como si no se atreviera a decírmelo – sufriendo o padeciendo por alguien.

- Estoy bien. No te preocupes. Ahora mismo no tengo a nadie, sabes que si lo tuviese te lo diría. – mentí.


Ella no insistió y cambiamos de tema.


El cansancio del día hizo que antes de las doce de la noche estuviéramos totalmente exhaustos y nos fuéramos a casa. Al dejar a Sofía en su portal me cedió la “servilleta-contrato” acreditándome como el próximo organizador de la cena.


Mientras conducía hacia mi apartamento me di cuenta que mi máscara no había podido ocultar mi estado de ánimo a Sofía. Quizás a todos los demás si, pero con ella no había servido de nada. Como cocodrilo hubiera sido un fracaso.


5 – Junio – Otra visión


- ¡Maldita sea!, odio esperar – pensé mientras caminaba pausadamente hacia la entrada del restaurante. Al girarme descubrí mi reflejo en la puerta de cristal. Pelo correcto, las cejas arregladas y el vestido verde que me regalo mi madre por mi anterior cumpleaños. Me quedaba bien. Quizás un poco ajustado de caderas, pero no creía que tuviese nada que esconder. Siempre me he considerado una chica mona pero sin exageración, una belleza discreta, como decía mi amiga Helena.


Empecé a caminar de nuevo. Los zapatos de talón me empezaban a doler y decidí sentarme en un el banco cercano. Me senté con las piernas cruzadas y me distraje mirando como pasaban los coches. Me pareció un entretenimiento un tanto hipnótico, como cuando miras al fuego. Acostumbrada a una vida llena de prisas y urgencias, el poder sentarme a mirar los coches me pareció prácticamente un lujo. Mis pensamientos empezaron a saltar de una cosa a otra, pero siempre con un tema central: Carlo, mi gran amigo Carlo. Me había llamado hacía tan sólo unos minutos para decirme que su avión llegaba con retraso y que llegaría media hora tarde. Suspiré. ¿Que me estaba pasando? Todo había cambiado tanto entre nosotros dos. Por lo menos por mi parte. Él también estaba raro, pero suponía que era por lo mucho que viajaba a alguna cosa así. La verdad es que, en cierta manera, envidiaba su estilo de vida. Estar siempre en un sitio diferente, conociendo gente nueva. Más de una vez me hubiera gustado cambiarme por él y así salir de esta vida de rutina, siempre tan previsible y planeada. No me quejaba de mi trabajo, no era excesivamente monótono y me pagaban muy bien, pero en el fondo de mí, sentía que no estaba viviendo la vida a tope, que no la estaba aprovechando al máximo. Todos los días eran más o menos igual. Los únicos momentos en que me sentía diferente, en que sentía que me estaba comiendo la vida a bocados era cuando estaba con Carlo. Y sobretodo en nuestras últimas citas.


Con él siempre era todo un poco diferente, como más mágico. Pero sobretodo la noche en que bailamos. Hacía tanto tiempo que no me sentía tan especial. Ni tan siquiera podía enumerar las veces que había rememorado aquella fantástica velada. Estaba tan guapo, con su traje negro y su barba de tres días. Cuando lo recordaba, aún podía sentir el calor de su cuerpo, el aroma de su fragancia rodeándome, como me cogía por la cintura, con determinación, pero suavemente. Recuerdo como mi cuerpo se estremecía a medida que íbamos bailando y como en mi mente sólo cabía un pensamiento. Besarle. Pero algo me impidió hacerlo. No se si fue el tener pareja, mis principios, miedo a lo que aquello pudiera provocar, no lo se. Pero cuando terminamos de bailar no supe hacer otra cosa que huir de su proximidad y de la atracción que producía sobre mí.


Después me dejó en casa y yo me puse muy nerviosa. No por él, sino por mí. La noche había sido tan mágica, que cuando nuestras miradas se cruzaron dentro del coche, pensé que no podría resistir la tentación de tirarme encima de él, así que no se me ocurrió otra cosa que fingir que me sonaba el teléfono móvil. No se si se dio cuenta. Si lo hizo debió pensar que soy una idiota o vete a saber que...


Desde entonces, se había despertado en mí un sentimiento que yo creía muerto, pero que resulta que sólo estaba dormido.


Carlo siempre me había atraído, lo consideraba un hombre increíblemente guapo y sexy. Aún recuerdo al principio de conocernos. Aquel verano fue genial, nos lo pasamos en grande haciendo mil cosas. Pero sobretodo se quedó grabado en mi memoria aquel día en que estuvimos dando un largo paseo por la playa, hacia el atardecer. Recuerdo que nos sentamos en la arena a ver el sol caer sobre el mar. Yo me emocioné y empecé a llorar. La situación lo merecía, el sitio era precioso, el momento mágico y estaba al lado de alguien fantástico. Él me rodeó con sus brazos, hasta estar fundidos en uno sólo. Aún puedo recordar como nos quedamos mirando muy cerca el uno del otro, con el ruido del mar de fondo. Estuvimos así un buen rato, sin decir nada. Yo deseaba besarle con todas mis fuerzas, pero no me atreví. Él tampoco hizo ningún gesto, aunque por un momento intuí que también lo deseaba. Quizás no lo hicimos por la misma razón, para no estropear aquella relación tan especial que habíamos creado entorno a nosotros.


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