Excerpt for Ojos de Godo rojo by Manuel Gayol Mecias, available in its entirety at Smashwords

OJOS DE GODO ROJO



Manuel Gayol Mecías



Segundo libro de la serie

CRÓNICAS MARJIANAS



Novela

(1992 – 2000 – 2012)



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© Manuel Gayol Mecías, 1992

Reservados todos los derechos de la presente edición

Published by Manuel Gayol Mecías at Smashwords

ISBN: 978-1-936886-54-8

http://www.palabrabierta.com



Ilustración de portada: Idabell Rosales

Diseño tipográfico: Alexandria Library



Colección Narrativa

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Créeme: nuestro mundo político y moral está minado, como una gran ciudad recorrida por subterráneos, corredores, sótanos y cloacas, donde prácticamente nadie piensa en lo que ello significa ni en el peligro que corren sus habitantes. Solo el hombre que tiene alguna información puede darse cuenta de lo que está ocurriendo, cuando el suelo se hunde aquí, o el humo se escapa por una grieta abierta allí, y voces extrañas se oyen en la distancia.

Johann W. Goethe: Carta a Lavater (21 de junio de 1781)



Y todo marc74haba hacia la Nada del océano mediante conductos subterráneos y secretos, como si Aquellos de Arriba se quisieran olvidar, como si intentaran hacerse los desentendidos sobre esta parte de su verdad. Y como si héroes al revés, como yo, estuvieran destinados al trabajo infernal y maldito de dar cuenta de esa realidad.

Ernesto Sabato: “Informe sobre ciegos” (capítulo XXXIII de

Sobre héroes y tumbas)



Así fue como Godofredo el Diablo perdió el ojo derecho y perdió también la razón. Sus caminatas describen inmensos círculos indetenibles, cuyos radios zigzagueaban como la descarga de un rayo. Cuando llega un abril lluvioso, se echa por las cunetas, dejando de temblar su cuerpo, el humus le adormece la fiebre. La lluvia incesante mitiga también las llamaradas del pelo rojo de Godofredo el Diablo, flor maligna de las encrucijadas.

José Lezama Lima: Paradiso (capítulo VIII, final)



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¡Oh, vosotros los que entráis,

Abandonad toda esperanza!

Dante: El infierno (canto III)



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1

Ojos de Godo rojo, farfulla el Estudiante cuando empieza a bajar por la escalera estrecha, las piedras rojas y los peldaños rojos; el pasamanos de hierro carcomido que se hace más estrecho aun en la mano que lo aferra, y la mano tiene que crisparse a causa de la tensión que le sale por los poros. Mañana de domingo rojo, dice, puro estrago que se suma a su lista de contratiempos.

El túnel anda largo y medio oscuro, y por un rincón de la pared le parece oír algún ronquido del mar, como si un viento interior, escurridizo y misterioso, agitara los sonidos y olores de ese mar lejano, pero que se sabe ahí, presente siempre, como permeando la cariada estructura de las rocas. Hay una frialdad que se encajona en los recodos del túnel y de súbito trae la peste de una bahía descompuesta. Los peces se mueren, debe recordar Joel, se pudren como las algas, y se fragmentan y aparecen en las paredes; de alguna forma lo hacen, sin explicación. Hay un vapor agrio, al igual que una bruma invisible que él no puede ver y lo envuelve, se le cuela por la nariz, como si fuera una emanación rojiza que está obligado a respirar a medida que baja y tantea con sus pasos, mientras se aferra al tosco pasamanos, sin darse cuenta de que la penumbra se disipa poco a poco y le aclara algo que ve delante y no comprende, como que en un plano de la escalera, entre las rendijas pétreas de algunos peldaños, subsisten hongos, raros champiñones que provocan su curiosidad. Semejan setas cultivables, pero aquí se han dado de casualidad, ha de pensar, y el Estudiante continúa bajando, sin saber dónde estará el fondo impropio de este túnel que da la impresión de encontrarse dentro de otro, y otro y otro más, que no se entiende qué ha de ser… y bueno, más bien es un pasadizo entre penumbras; pero no, es un refugio contra las bombas de neutrones, aclara alguien, las bombas que no acaban de caer, pensará, mientras la Empresa se prepara para subsistir con los hongos, y hasta la gente aparenta trabajar los domingos, como este de una mañana enrojecida, como si todo fuera una obra de templarios y no parezca una empresa dedicada a la diversidad de los negocios, sino un lugar extraño, un lugar donde se presiente la inminencia del riesgo, de manera que fuéramos llegando al fin de algo, en el que las cosas son calientes y muy húmedas, y sudamos a no ser por el aire acondicionado o por el aire de los respiraderos. Qué caramba, da lo mismo, dice, es un refugio y punto, y aquí abajo nada es diferente.

Joel Merlín no ha tenido otro camino que bajar por la escalera (porque el ascensor, ¿o será el descensor?, se encuentra roto; varios avisos que dicen: “No trabaja”, “No funciona”, “El ascensor tiene problemas con las piezas”, que vienen en un barco desde Europa, o quizás de Canadá, no se sabe, pero el caso es que después, si llegan, hay que adaptarlas a este aparato de la década de los años 50 y no hay seguridad de que se mueva, ni siquiera que se caiga); y el Estudiante baja porque lo han citado a este lugar donde están ahora las nuevas oficinas de la Empresa, y nada menos que en la mañana de un domingo, eh, no hay respeto, no hay descanso… (Todo está bajando con mucha rapidez, dice, y los niveles bajan. Se supone que dentro de poco viviremos en la oscuridad total, como los topos, como si no hiciera falta la luz para vivir. Así las ansias quedan enterradas y la gente se anula de una vez)… Pero Joel no tiene más remedio que bajar, y lo está haciendo bien abajo de las calles, por las cloacas quizás; y más allá, en el fondo, se encuentra el despacho al que se dirige en su papel de desconfiado.

Esta escalera es la entrada a un laberinto, observa como hablando consigo mismo, porque han soterrado la ciudad, unos 33 kilómetros de túneles, el laberinto de un nuevo Minotauro, del Caballo o del Dragón, digo, pero ahora sin el hilo para retornar (o sin el ascensor, ni Ariadna ni el ascensor han formado parte de esta historia), porque el hilo fue cortado hace bastante tiempo y el retorno hacia el origen parece estar perdido, hay que rehacerlo a secas, a puro pulmón, nuevamente, y el susto acecha con el rostro de Byrnes o del mismo Godo… Y la escalera desciende ya en el corredor de los escribas, que se apoyan sobre sus mesas y dejan de hacer de pronto como tocados por el resorte del asombro. Parece que los escribas se sorprenden, sospechan lo que va a pasar y temen… De modo que el Estudiante, mirando los rostros de los escribas, sigue su camino por aquel nivel oculto, y desciende otra escalera y otra más, hasta que llega bien abajo y entonces toma rumbo hacia el despacho y cruza el pasillo de nuevos escritorios, de ojos indefinidos que lo miran con intriga, sin comprender y alterados, llenándolo de tensión en lo que va de su trayecto.

El humo surge de las rocas, se siente, hay grietas entre las piedras que sobresalen de las paredes, y con el airecillo que circula se huele otra vez la descomposición orgánica de los vegetales; a veces el musgo verde en realidad se ve rojizo y semeja manchas irregulares, casi tenebrosas. Y solo yo puedo darme cuenta de que esas manchas esconden ojos y receptáculos que atisban todo movimiento y captan los sonidos, como si Joel anduviera por las arterias de un laberinto viviente que lo vigila, y que al mismo tiempo se vigila a sí mismo, de manera tal que da la impresión de que el laberinto desconfía hasta de su propia interioridad.

Y el Estudiante que repite: Ojos de Godo rojo, contrariado y temeroso por el albur de esa entrevista con Godofredo Hernández, alias el Godo, un tipo que parece ficticio por su fama de poder, por su presencia de funcionario-presidente que lo ve y lo sabe todo… La zozobra lo acompaña cuando llega a una sala de recibo donde está la puerta que se halla abierta y entra, y en seguida oye que la secretaria dice:

—Anda, mijito, pasa… que el jefe te está esperando—. Y se le muestra con ojos sabrosones, mezcla de coquetería y sorna, juguetones y rosados, rojamente claros los ojazos de la secre, digo.

Ojos de Godo rojo, vuelve a mascullar, sin dejar de mirarla, porque en realidad ha quedado sorprendido por la sonrisa de la mujer, que se echa hacia atrás en su silla giratoria, que se levanta sin dejar de mirarlo y le indica la puerta del despacho con un escorzo de cadera ancha y cintura estrecha, con los ojos de soslayo sobre los hombros, como provocando para que él no pierda las ganas de piropearla, de decirle algo lindo y juguetón, aunque sea en silencio, claro, usando su trasmisión mental (telepatía que le dice: Modelito de Tropicana, eh, Dame caramelo, mami, caramelito, eh, puede pensar).

El Estudiante entra impulsado por la voz; y entra sosteniendo un cuaderno de notas con las ideas importantes: punto por punto para que no quede nada en el tintero, se propone, y toma asiento frente al Presidente, como si este fuera el mismo Presidente de la Isla, que lo invita amable, como haciéndole ver que no sabe nada, el Godo con su safari verdirrojizo, al cabo de parecer un uniforme perenne que lo distingue y que por momentos toma el color de un ladrillo recubierto de mangles, y su barba copiosa en el mentón… El despacho es una gruta más pequeña en el fondo del laberinto; es como el umbral de algo que está detrás de las paredes irregulares, húmedas y rugosas, al modo de piedras revestidas por una argamasa rojiza… Es en eso que el Estudiante siente el frío del aire acondicionado.

Antes de comenzar, Joel tose y se presenta, aunque el Godo lo conoce, cómo no, si fue el Estudiante por teléfono —bueno a través de la secretaria, claro— quien le pidió la entrevista. De nuevo tose y se percata de que arrastra demasiado la erre, y dice: Bien… Yo vine por el asunto de Byrnes… Y siente un disgusto amargo en medio de la lengua, un flujo salado de saliva que le cae por el esófago. De hecho en su interior ha comenzado a segregar el desasosiego, una especie de incertidumbre que lo envuelve y lo comprime, porque el Presidente le provoca una angustia ácida, insoportable… Entonces ve la mirada del hombre que se agranda por una arruga de la frente, un gesto que pone sobre ascuas a Joel. Y ahora sabe que tiene que seguir, no puede detenerse, comprende que ya es tarde y no le queda sino creer que su posición de gente franca (la del Estudiante) ha de salvarlo… o condenarlo, sí señor, que nadie sabe… De modo que el Estudiante comienza a padecer la duda con mayor intensidad.

(¡Cuidado!, que esta es la duda de la indecisión, y no la otra, la del cambio. El Estudiante puede tener su indecisión y no saberlo. Esta duda, en ocasiones, se esconde muy profundo, y produce el miedo, aunque él en su conciencia crea que está decidido y se exprese franco, como si el Godo lo escuchara en su misma frecuencia y se dispusiera a ser una cámara de ecos, en resonancia unívoca, o acaso parecida, cuando menos cercana a las ideas del Estudiante, que se sobrepone y debe desechar el temor a declarar sus verdaderos sentimientos).

Sin más demora oye la pregunta del hombre, que es un fleje que zumba fino y atraviesa los oídos de Joel: ¿Qué ha sucedido con Byrnes?, articula el Godo, directo, prepotente, y aclara que necesita una respuesta concreta, objetiva nada más. Esto último lo expresa con la seriedad que le da el cargo… (Claro, lo subjetivo nunca le funciona a un funcionario)… Y el Estudiante no ve la niebla roja, el espesor de un humo transparente que va tomando la forma del despacho… Sin embargo, lo subjetivo vale para el Estudiante, porque las cosas se sienten y cobran formas de escozor, de malestar que hay que desahogar.

En el despacho se encuentra el cuadro de una figura repetida, sumamente repetida, y Joel no se percata de que la figura lo observa con fijeza, con pupilas de tirabuzón, como revisándolo por dentro; es un cuadro de figura ba(r)bosa, que en la superficie se repite en verde, con una insistencia obsesiva, inquisidora, hasta que ya en las galerías del túnel (de los túneles) se torna roja oscura, siendo la figura que no puede faltar en el despacho del Godo y que observa al Estudiante desde el mismo centro de su estado de cuadro, con una expresión de rabia contenida y ojos de presagio.

Por supuesto que Joel ordena las ideas (para que salgan objetivas, claro), y enumera los hechos en su voz, con la intensión de demostrar que no está alterado, pero su voz va rápida, tal vez un poco atropellada… y aún así no deja de augurar la solidez de una respuesta.

Todo lo que habla ahora se lo dijo a Byrnes despacito, en la asamblea, en ese tipo de mitin de los mitos, en los que la gente se atiborra de cáscaras de piña, y lo hizo con deseo de que las cosas se arreglaran, digo… En seguida se formó el escándalo; luego vinieron los enredos y el runrún… Y la figura repetida se encoje en su retrato, se pone más ceñuda, semejando que va a explotar de ira contenida… Pero Byrnes no ha venido a esta entrevista, parece que se esconde (o a no dudar lo hace por orgullo y prepotencia) y le ha dado su versión al Godo, y ahora Joel tiene que ser concreto para no fallar, como si se tratara de un asunto fácil el hecho de hablar de alguien que no está presente… (Por eso también debe sentir que el desasosiego se acumula, que la consternación se le traba en medio de las tripas y por momentos teme que sus palabras terminen en un ruidito sorpresivo o en un fluido irrespirable)… así y todo continúa con sus ideas, pero como frenando su ansiedad, sopesando sus palabras, en las que siempre puede interpretarse que la Historia se pone a recular, ni a un lado ni a otro y nunca hacia adelante, la Historia está perdiéndose, señala, no convence eso de estar demostrando siempre las raíces, ¿no?, porque las cosas cambian y al mismo tiempo mantienen sus esencias… Ah, pero la Historia ahora se programa, se planifica, como inducen los manuales, como si la Historia estuviera amarrada por los hilos de un titiritero, un remeneo de saltimbanqui, una locura, que vivimos en mundos paralelos, sí, me refiero aquí, los mundos paralelos aquí, en esta Isla aquí… ¿Conoce usted el rumor de los mundos paralelos, compañero presidente?… Ah, vaya, no lo sabe, ya ve usted… aún queda mucho que decir…

De pronto la puerta se abre y entra la secretaria (esa secre es incosteable, expresaría un economista) que brinda café y mira al Presidente con una sonrisita airosa, casi extraoficial… La interrupción inquieta al Estudiante (si tan siquiera tuviera tiempo de mirarla y excitarse, podría imaginar)… Pero ahora el que tose viene a ser el Godo, porque Joel después del sorbo de café no le quita los ojos de encima a la secretaria, y el Godo repite la tosecita y ella que se marcha oronda, presuntuosa y contundente la chica, eh… El Estudiante retarda su tasa, recupera el aliento y prosigue: habla de las arbitrariedades de la Empresa, pero no quiere ser retórico, no quiere caer en el teque (ese habla que te habla, continflesco, sin decir nada) que ya conoce bien el compañero presidente, que ahora se parece en la expresión al retrato colgado en la pared, la figura seria y preocupada, como hundida en una descarga de adrenalina, por eso Joel le enumera el desvío de los recursos, el despilfarro, la negligencia, el informe al sindicato sobre los cuadros perdidos: Lam, Portocarrero, Amelia Peláez y otros, además de las falsas inversiones extranjeras, la discriminación en el turismo y en las tantas formas de vida, que aquí el turismo irrita, que es un rejuego y una burla, digo, no hay derechos, ni de humanos ni de nada, y esto no lo entienden los extranjeros… Los turistas extranjeros por un lado y nosotros por el otro, pero que ahora también son los foreign investors, insinúa el Estudiante, y esto asimismo hace la Historia, pero será la Historia de la infamia, piensa, eh… Y el humo rojo de la niebla se agita, hay una tensión de diablo en ciernes en las pupilas del retrato, a causa de la reticencia del Estudiante, solamente comentando, ¿no?: Byrnes se cree un extranjero, hace ostentación de su vida distinta, y usted sabe, eh, Joel no va a repetirle lo que todos saben, sino que se limita a relatar el caso de un almacenero que perdió su puesto de trabajo después que combatió en la guerra, sí, y regresó para no encontrar nada, ojos que te vieron ir; el infeliz creyó que luchaba por una causa justa y, después que regresó de la selva, los que tenían que acordarse de que él trabajaba aquí se hicieron los desentendidos y lo dejaron en la calle, de patas en la calle, él fue alguien que se arriesgó en esa parte de África donde la muerte tiene los tres pasos de una serpiente, y después quedó despedido, sí, como lo oye… No lo creo, dice el Presidente, aquí no pasan esas cosas, y se pone malhumorado, profundamente rojo, yo diría… Pues créalo, repone el Estudiante, y se lo prueba con hechos objetivos, irrefutables, y se lamenta: Qué tristeza, compañero presidente, si usted supiera lo que sufrió el mulato, vino marcado, confundido y marcado y se encontró sin nada; por otra parte, Byrnes no tiene medida y usted tampoco sabe nada, y vuelve la insinuación en el tono de voz de Joel, como que añade: Nada de na-da-na-da y palante el carro, y mire qué decir, ¿dónde está la culpa?, que usted está ajeno y no le llegan los informes, que no le avisan, que el Sindicato no funciona, y Byrnes sabe que usted sabe que yo sé que ustedes saben (y yo pienso: ¡Otra vez esa frasecita igual que la letra de la canción, caramba!), pero peor incluso, porque le dicen —lo que dicen dijo Diego— que todo está perfecto, ¡qué barbaridad!

El ambiente se ha llenado de vapor, y Joel debe sentir los alfilerazos que le hincan en el pecho, esas agujas ponzoñosas que le provocan saltos interiores; de seguro hay ganas de orinar que de inmediato olvida por la timidez de su vejiga, porque el despacho es una caldera que lo presiona a causa de los pensamientos confusos del Godo que le brotan de los ojos, que se nota fastidiado, con la preocupación en el ceño, como descubriendo el desajuste de la Empresa, porque sin duda Joel está bien informado, y el Godo que endurece el rostro… Pero no, no lo tome a mal, no se preocupe, si aún puede resolverse todo, dice el Estudiante… (Y yo pienso: el Estudiante todavía no lo entiende, aunque es natural que actúe así, hasta estos momentos sus ideas no han llegado más allá y no puede ver la niebla roja que rodea al Presidente)… De improviso, la secretaria empuja la puerta y se asoma con su rostro que perturba, los ojos son de un rojo claro, pero con chispitas negras en el fondo, y su pelo tan rojo como el fuego, la secretaria dice: Con permiso, creí que me llamaba, compañero presidente, y entra sin esperar que el hombre le responda, se nota que hay una confianza extra, más allá del horario laboral, y ella indica: Traigo unos papeles para que los firme, y se los pone sobre el escritorio, por encima del hombro del Godo que se ha quedado con su ira suspendida, como turbado por la interrupción, y la mujer se inclina y le señala unos datos, pero siempre lo hace por detrás de él que se pone a leer los documentos, entonces la secretaria se endereza y mira al Estudiante que se inquieta, que se remueve en su silla, porque siente que el color rojo claro de esos ojos lo penetra hasta los huesos, y ve la seña y la sonrisa jugosa que lo enrojece todo, y sabe que si esa mujer lo toca puede estar perdido… Pero no, qué va, él sigue firme, ahora en silencio, esperando que la modelo de la secre termine con su papeleo, hasta que ella recoge la bandeja y las tazas de café y se marcha con unos salticos en la punta de los zapatos, como para que no moleste el ruido de los tacones, y los deja solos, de nuevo en medio del vapor y de la niebla rojiza que él no ve, la niebla que regresa y presiona al Estudiante que escucha el silencio del Godo, el hombre tamborileando las uñas de su mano izquierda —como rascando la superficie del cristal— sobre la caoba del buró.



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2

Las uñas del Godo las veo ahora en close-up, se mueven rápidas, con puntas afiladas, haciendo un ritmo de galope. Las uñas están limpias, pero no son transparentes, sino amarillosas, creo, casi de color marfil, y suenan como garras finas de enemigo… El enemigo soy yo mismo, pensará Joel, su trasfondo de poeta que piensa cosas raras, el enemigo existe siempre porque es necesario. Y parece que las uñas del Godo han comenzado a decírselo, hay una posibilidad de batalla, de guerra de nervios que ha comenzado por las uñas, con un sonido de metal pulido, que suena quiribí-quiribí-quiribí, como si las uñas fueran pezuñas de caballo desbocado.

El Godo tiene cara de caballo, o más bien cara de dragón, al menos yo lo veo así, como que viene del Sempiterno que echa fuego por la boca. Pero Joel siempre ha insistido en que tiene cara de cangrejo, con sus muelas y sus ojos saltones… Sí, en eso se parece a Byrnes… (Bueno, en muchas cosas se parece a Byrnes, menos en que tiene barba)… con su mandíbula en ángulo batiente, con belfos planos y entreabiertos… (Figúrense, hay que imaginarse a un tipo con una cara barbarroja, mezcla de caballo, de dragón y de cangrejo, un tipo que lleva de la barba, eh)… Las veces que sonríe —que son pocas— muestra unas muelas grandes y puntudas, y encías anchas que también a veces le sangran de repente.

El Estudiante al fin rompe el silencio. Va a decir: Supongo… Pero no, en fracciones de segundo se traga la palabra, la cambia por otra menos subjetiva: Creo, emplea, y pronuncia rápido: Creo que vengo con buenas intenciones… eso de que las cosas pueden arreglarse si se toman las medidas, algo así como poner los puntos sobre las “ies”, y propone una reunión con Byrnes, sin careo, claro (aunque si quiere careo, no me importa, dirá), justamente para aclarar, a modo de reconciliación, digamos, que todo a tiempo se soluciona… (Hace tiempo que se acabó el tiempo, afirmo)… Y el Estudiante puntualiza: Eso sí, siempre que se respeten los principios, como si Joel nada más hablara de principios, con la retórica de los principios todo el tiempo, y los principios al principio, al medio y al final… Eso es exagerado, digo, no se puede vivir en un mar de principios, porque entonces ese mar es infinito y nunca se verá la orilla, aunque los principios hacen falta, los universales, sí… Pero bien, ¿y cuáles son?… Los valores que tenemos, que pueden ser del mundo, del occidente hasta el oriente, dirán con una mueca: hay que desarrollarlos, buscar la integración, no queda otro remedio, eh… Ah… bueno… yo… Pero bien, hablaba de los principios que nos quedan para garantizar la libertad —el Godo hace una mueca… Oye, que lo dijo el Estudiante, digo, eso de la “libertad” lo mencionó Joel, te repito: la libre expresión del pensamiento, los derechos del hombre, sí, universales, con sus treinta artículos, seguro, esa es la cuestión: ser o ser, y no otra cosa, renovación de Shakespeare a final de siglo, en la posmodernidad, y qué recontra, los principios valen, y si se exagera también valen…Pero ya lo dice, lo dijo, lo propone con un tono de voz comprensiva, y no se puede echar atrás, y la voz le sale natural, aparentemente natural, como si con la razón fuera a convencer al Godo.

El Estudiante para de hablar, se come su nerviosismo y espera la respuesta… Porque el Godo, claro, ha de dar una respuesta, ¿no?

No obstante, sus palabras no le han caído bien al Presidente que rezonga por lo bajo, como rumiando algo que no acaba de decir, qué le va a decir… pero que le apunta ya: Con que esas tenemos, eh, el caso es grave, grave de verdad… Y la voz del hombre le suena a Joel como un tronar de nubarrones, que el Godo está encrespado, con rayos en los ojos, como Júpiter ante el pararrayos, endemoniado, si no lo sabré yo, y Joel hace un esfuerzo y pretende distraerse de la reacción del hombre que se levanta de su asiento de cojines, que da pasitos cortos con sus manos a la espalda, sus manos que se aprietan una a otra, y por segunda vez Joel se percata de las largas uñas, y el hombre que se vira y habla de rectificar: Quién tiene que rectificar, que significa “rectificación”, porque el país entero está rectificando desde hace tiempo y tú sí no rectificas, ¿a qué aspiras?, pregunta el Godo, ¿qué crees, que la rectificación parte de tu punto de vista, de tu modo de ver las cosas, como si los demás no vieran, como si la dirección de la Empresa no supiera lo que hace? Aquí hay ojos que ven, dice… Y por debajo de mí hay muchos ojos que ven, muchas bocas que hablan, hay sus mecanismos, ¿sabes?, y por encima de mí hay otros ojos que vigilan, puntualiza, y otras bocas que deciden, continúa, casi grita, y se sienta de nuevo y vuelve a tamborilear sus uñas contra el cristal sobre la caoba del buró.

El ruido de las uñas queda unos segundos rechinando en el ambiente; parece que saliera del cuadro en la pared. Y los segundos son largos, como si dieran tiempo a que ocurra una catástrofe: la Isla desmoronándose y sus pedazos que se hunden en el mar… Las uñas tienen su poder de sugestión, imponen el silencio, tanto, que no dudo que Joel escucha el garrapateo de una cucaracha, que más bien parece un escarabajo que se asoma entre unos libros, que oscila sus antenas como captando con atención. ¡Qué casualidad!, en el librero del Godo se encuentran El proceso y La metamorfosis, y el coleóptero ha salido del segundo, con la clara intención de averiguar qué pasa, pienso, porque no otra cosa viene a ser esta escena tan curiosa, en que mi ojo, como un telefoto sorprende al escarabajo (Samsa o zonzo) saliendo de las páginas de un libro, una cucaracha inmunda, pero casi humana por la coincidencia del símbolo, por el hecho de presentarse en el momento preciso en que surge el silencio, y el Estudiante que se ha puesto a mirar el techo rocoso, con sus diminutas estalactitas, como dientes de perro rojo; las paredes llenas de penumbras y humedad, los archivos de metal rojizo, esmerilados, y la vista que recorre el librero y se estaciona de repente ante el insecto, de un pardo negruzco que se mezcla con el rojo del ambiente y se ve de un pardo cardenalicio o de un color de uva podrida, el insecto enorme, en todo su asco, como el augurio de otro proceso, mientras terminan los segundos para que se cumpla la impresión y el Estudiante vuelva a darse cuenta de que está en un túnel, que quizá sea un laberinto de tumbas bien debajo de la ciudad.

Entonces Joel se encoge, cruza una pierna, enseguida la baja y va a ripostar, pero el Godo lo señala con el dedo: No vayas por ese camino, advierte, esa no es la solución, ni la tuya ni la nuestra, y suelta la parrafada como una advertencia demasiado fuerte, más bien una amenaza, imprimiendo aspereza a sus palabras, y no pasa un segundo en que abre los brazos y sentencia: El mundo no es perfecto, ¿sabes?, y al instante los cierra sobre el escritorio, inclinándose hacia él, con los ojos casi juntos, como si fueran un único ojo (de Godo rojo) que crepita con llamas de tirabuzón: Pórtate bien, muchacho —echando un cernido de saliva—, no seas loco y abre las entendederas, escucha bien…

Pero el Estudiante no lo oye, no puede o no le importa, qué decir, si se pone a rememorar la imagen del almacenero bailando en la comparsa improvisada… (En los centros laborales de esta Isla a veces se hacen comparsas, congas con tambores y cencerros para bailar en saludo a las reuniones y fechas importantes para el gobierno)… El almacenero guarachando por los pasillos de la Empresa, sofocado el mulato y aficionado al baile, qué iluso, eh, dirigiendo la Comisión de Embullo que tenía el Sindicato, qué ingenuo: los trabajadores de servicio a la vanguardia de la Emulación, sí señor, cómo no… En ese momento a Joel le llega que la corrupción no encaja en la línea de esta Empresa; además, hay que confiar en los funcionarios, si no, ¿a dónde vamos?, aduce el Presidente… ah, pero el Estudiante recuerda que el mulato era tan flaco que giraba como una farola de carnaval, hasta una serpentina le parecía a él… Lejanamente el Godo pronuncia unas palabras que se acercan: Armando Byrnes es un hombre con talento para las relaciones, hasta con diplomáticos y todo, y eso forma parte de su trabajo, escucha el Estudiante, mientras que sus ojos se viran al revés para no explotar de asombro, y ve a Gladys en la oficina como un manojo de nervios, enrojecida por las impertinencias de Byrnes, que la desea pero que no la pasa, porque ella se ha negado a salir con él… Y el Godo: No se puede pedir cuentas a un administrador así de fácil, para eso están los superiores. Y Joel: Por esa razón estoy aquí, para que usted tome medidas… Las medidas ingenuas de Joel, que vuelven a desencadenar otra perorata de Godofredo Hernández, alias el Godo, quien repite: Las medidas, eh… Y de pronto la escena cambia, se abre la puerta del despacho y entran varios enanos dando saltos, primero en fila, después en coro, alrededor del Estudiante que los siente y sacude la cabeza, están vestidos de bufones, de colores chillones, de risotadas y gestos estridentes, y corean las medidas, las medidas, con las bocas y las manos regordetas hacen trompetillas y ademanes groseros, y con la misma rapidez que entraron se marchan, dejando sorprendido al Estudiante que no los vio, que no los puede ver, pero que pudo creer que de súbito lo envolvió una algarabía de diablillos peones, mientras escuchaba la improvisación que hacía el Godo de sus ideas acerca de las medidas, porque el hombre chapotea con las “medidas”, eso de la “prevención” o la “disposición”, y llega a parlotear lo que significan otras acepciones como “método” y “sistema”, y dice: El método tiene que cambiar, por supuesto, hay que hacer cambios, tú verás si vamos a cambiar, qué te parece: Seremos rigurosos y profundos, todo a la medida de las medidas, eh, pero el Godo se olvidó de explicar la palabra “sistema”, porque aquí la cosa sí es distinta, y no toca más el punto… Y esto por no decir, que no lo dice: Voy a sancionar a Byrnes. Por eso es que el Estudiante quiere salirse del teque (esa cantinflada tan socorrida por esta gente, como dije ya), de la perorata del Godo que le crea una duermevela, una somnolencia, oyendo por un oído y recordando por el otro, entonces por la oreja ensimismada se cuela el ritmo de un tambor y aparece el mulato guarachero que le comenta, casi cantando, sonriente: Óyeme Estudiante, si los jefes no marcan la tarjeta no pueden emular, eh, y se carcajea de su ironía, porque los jefes saben que tienen que fingir: el hecho de que somos iguales para que sigas el ejemplo, pero en la práctica, señores… El guarachero no es un necio, sino un sentimental, un tipo chévere que quiere repartir afecto entre la gente. El guarachero era algo así como un impulso en el ánimo de todos, poseía vitalidad, su entusiasmo contagiaba, era un hombre que trabajaba duro, que le gustaba ayudar y siempre traía un ritmo a flor de labios… Sin embargo, ahora caigo en cuenta de que el Estudiante puede pensar así, debido a que al guarachero se lo llevaron, y él sabe que el mulato debe sentir la angustia en el fondo de los ojos… Seguro que por esa razón usa el verbo en pasado y dice: El almacenero tenía aspiraciones de aprender, ¡de superarse!, como comentó el Capacitador que repartía planillas (o formas) para que nadie perdiera la oportunidad de aspirar a la educación… (Eso lo declaraba el subalterno, pero resulta que el aparato de seguridad siempre está presente, hasta detrás de la nomenklatura, como se decía en la Soviet Union, y el Capacitador repartía planillas (o formas, como las llaman en el mundo hispano de la United States of America), sí, y luego las usaba haciéndote una verificación, y explica: La verificación es algo necesario, una manera de conocer al hombre para ayudarlo, un trámite simple con el propósito de descubrir tus cualidades y hechos relevantes… Ah, sí, no me digas —digo—, y yo sé que te hurgan en los escondrijos de tu vida, con ojos que escarban en la noche, y lo hacen invisiblemente, con sutileza, como para después, en un futuro inesperado, darte la sorpresa, y mientras estás en tu casa muy tranquilo, como un corderito ajeno a la pupila del otro (eso te crees), alguien que se dedica a cualquier hora, a veces en la madrugada, a revisar tu vida; claro, bobo, para servirte, para armar o desarmar tu vida sin que tengas que molestarte; y el trámite se realiza con técnica —para eso algunos capacitadores están capacitados—, con delicadeza, de tal forma que tú no llegas a enterarte —o quien dice: no debes enterarte— de que has pasado a ser un cálculo, una ficha, un elemento que puede interesar o no al Aparato, pero recuerda: siempre para revelar tus valores en aras de la patria y de purificar la sociedad… ¡Ah, qué bien!, exclama el Capacitador, el mulato almacenero es un cuadro del futuro.

La humanidad está podrida en todo el mundo, pero aquí no, ¿sabes?, entró la voz del Godo, resonante, una voz engolada por el gesto de hinchar el pecho y alzar la cabeza de caballo, o de dragón —una cabeza que por instantes quiere transformarse en otra cosa—, como para que la voz batiera palmas en el aire, rebotara en la pared de roca barnizada y penetrara sus oídos hinchándolo nuevamente. Desde que comenzó la respuesta del Godo, la voz del hombre —en un momento que Joel no puede determinar— lo va sumergiendo en un estado de dejadez del cual sale sorpresivamente con un brinquito, una especie de duermevela —como dije unas líneas atrás—; o peor, algo a la manera de una pesadilla de estar y no estar, de la que despierta con la habilidad suficiente como para que el Godo no se dé cuenta de que el joven no le presta la atención debida, y el brinco sorpresivo que da Joel es más por dentro que por fuera, como ahora que siente la voz potente y al mismo tiempo injuriosa… Nosotros somos el mundo, porque estamos por encima de esa idea burguesa de lo que es el mundo, dice el Presidente… O bueno, por debajo, debe de pensar Joel cuando mira por enésima vez las paredes y el techo de la oficina subterránea…

En un recodo se nota una sombra muy oscura y alargada, que da la impresión de salirse de una grieta. Es igual que una mancha de sierpe que confunde, que se mueve por momentos, lentamente, se desplaza por la pared hacia la mesa donde está el teléfono y el fax, se detiene, pero después prosigue hasta esconderse debajo de la alfombra, y Joel la vio de soslayo, y no distingue lo que es, yo lo sé, pero estoy seguro que sintió algo extraño, porque los talones de sus pies se levantaron, se quedó sentado, en puntas de pie sobre la alfombra, a la que mira con el rabillo del ojo, como para cerciorarse de que esa cosa no avanza por debajo… Y el Godo continúa: En todo caso, el mundo está en nosotros, dice, es el mundo de nosotros el que tiene que existir… El Presidente traslada el símbolo, la palabra “mundo”, a la palabra “nosotros”, solo eso, el símbolo corrido, porque en realidad la clave no radica en la palabra “mundo”, sino en “nosotros”, que tiene un fondo muy particular, muy de vuelta rara, o de envolvencia, como dicen, el caso es que hay que preguntarse quiénes son, qué o quiénes les dan el derecho de decidir por los demás, es la pura imposición, su verdad, la de unos pocos que la quieren hacer ver como la de todos, sin que los demás puedan pensar, no tienen razón para pensar, dirán, ustedes no piensan, para eso hacemos la historia, la nuestra, y si no te gusta, rebélate, para que veas… Como dije, el caso es que hay que saber quiénes son esos “nosotros”... Ja, qué digo, esta conjetura es una perogrullada, responder lo que se sabe no es una gracia, pero bien, a lo mejor sirve para reafirmar sospechas o recordar historias... Y el Godo vuelve: Nosotros haremos el mundo en nombre de nosotros y para nosotros (¡y dale con el plural!), el mundo con nosotros, sí señor, hay que entrar en nosotros, primero hay que convencer, después si no se acepta hay que exigirlo y, por último, si no resulta hay que aplastar... (Y yo sé que esas palabras del Presidente vienen del Sempiterno, el ser del retrato que emplea su discurso de la irrealidad)... ¡Vaya, que estamos hundidos en el mundo, eh!, bromeará el Estudiante, como que ahora en vez de irnos por encima nos vamos por debajo del nivel, hasta en la geografía, por ejemplo, en el catastro de la ciudad, hay que medir y censar terrenos, calles y avenidas para abrir los túneles; los túneles están priorizados; ahora mismo estoy en uno de ellos, dirá él, un túnel muy profundo y laberíntico; y es que en unos años se ha perforado el país y la Isla entera pesa menos, como un corcho, pesa menos, flotando la Isla en peso, pesa menos; y yo la reconstruyo al lado del Poeta, noche insular en la liviandad del ser, el cielo-mar que yo imagino alrededor de mi país, aunque se hunda y vuelva a resurgir, aun cuando los vegetales y la pleamar asciendan, aun cuando sea la Isla en la sorpresa de los corales espontáneos, aún será el presente en la presencia de mi liviandad, que estoy aquí y también allí, en la penumbra roja de la caverna, en el fondo redundante de la sima, entre Joel y el Godo, quién sabe si haciendo mi papel de ser imaginario.



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3

En efecto, estoy aquí; y estoy por el derecho que me da la imaginación, y es el caso de que en esta narración mi presencia se debe a que existen personajes como Joel, el Godo y Byrnes que sirven para colocar sobre el tapete las eternas ficciones (¿fricciones?) de la Isla; bueno, unas cuantas, las más perdurables, que no son todas, porque no se puede agotar la infinidad que nos rodea.

Estos personajes vienen de otra historia; son personajes que fluyen entre los cúmulos desordenados de la Isla, y aunque aún no puedo entrar en sus mentes, floto entre ellos, entre los silencios y las palabras, entre el pasado y el futuro como su presente imaginario; o también puedo añadir que ando por los recovecos de la ocurrencia, como una forma más de realidad.

Tal vez esta historia sea un poco más burlona que cuando me dediqué a la vida de Marja, mi querida Marja, a la que pienso regresar alguna vez... Pero ahora camino con los pasos de Joel, debido a que a pesar de nuestras contradicciones afino con su espíritu, con su pasión al enfrentar la adversidad, porque de alguna manera soy su propio espíritu. Un ejemplo de mi vínculo con el Estudiante es que en ocasiones siento un miedo que me produce escalofríos, que es el mismo que él debe de sentir, el miedo de la incertidumbre, e incluso el miedo a las reacciones de su instinto, que pueden hacerse agresivas y conducirlo a una encrucijada moral, a un laberinto más oscuro que el subterráneo donde se encuentra discutiendo con el Godo... En lo que a mí respecta, temo que mis instintos —por su contraposición con el submundo del Godo— perviertan la escritura; es decir, que se denoten los deseos de informar y no los de sentir, y esto yo lo considero como una agresividad que me puede llevar a lo anecdótico, confieso, a la abulia de lo superfluo y no a los sentimientos... Pero sigo: hablo de mis afinidades electivas con el Estudiante, por lo que trato de ayudarlo contando su obsesión con el Godo y con Byrnes, personajes importantes que sirven para dar a conocer un poco más esta realidad que muchos extranjeros no comprenden, porque nunca la han vivido, claro.

Joel ha tenido varias obsesiones en su vida, sí, eso de que la vida se fija con impresiones que lo condicionan a uno para cumplir con una misión determinada, como si la vida no fuera más que una línea a seguir, digo, que te encaprichas con dos o tres propósitos y todos los mezclas en uno exclusivamente, y dale hacia adelante hasta que te estrellas contra los propósitos. Pero bien, independientemente de los propósitos, me refiero a las obsesiones de Joel, aclaro: el Estudiante además de escribir y levantar bandera por las mejores causas de este mundo también se ha dedicado a la ilusión de Gladys, a quien lleva siempre consigo, como que igual me pasa a mí con el amor de Marja, de quien por mucho que me aleje siempre tengo que volver. Claro que la ilusión de Gladys en el Estudiante, es algo menos explícito que su insistencia de lucha contra el Godo (porque, bueno, esta es una historia de ojos de Godo rojo), pero su presencia también se encuentra ahí, en su cabeza, como un misterioso conflicto de unidad... (¿Y el conflicto —me pregunto— no será de dependencia? O quizás, ¿no vendrá a ser un conflicto de la otredad?... Porque tiene que ver —casi subliminalmente, diría yo— con todos los actos que realiza)... Pero el conflicto sentimental de Joel con Gladys saldrá más adelante, por ahora nada más me limito a mencionarlo para poder decir que Gladys, en ocasiones, se convierte para él en su tabla de salvación, un recurso espiritual, válido para defenderse de la realidad que lo lacera, o que sencillamente lo molesta, de esa hojarasca de la realidad de la que queremos evadirnos para no ser tragados por la abulia.

Por eso en estos momentos yo imagino que, en medio de la discusión, mientras el Godo habla, y habla y habla, el Estudiante recurre al recurso de recordar a Gladys, exactamente —afirmo— cuando la conoció a punto de bombón, como guitarra que caminaba por los pasillos de la Empresa, con sus papeles en la mano, de hermosura que anunciaba unos muslos increíbles, con la piel castaña, claramente tostada... (Parece que a Joel le gusta el color castaño-claro, como a mí el color del ámbar)... unos ojos asaltados por la soledad y que él sintió suyos de repente, casi como una angustia que le pertenecía desde el principio. Y la angustia era inexplicable, porque el Estudiante sabía que no tenía por qué angustiarse si a través de los ojos se comunicaban el amor. Ah, pero figúrate, la angustia era objetiva, porque ella tenía su novio y él tenía su novia, y los cuatro trabajaban juntos, pero a pesar de ello Gladys y él no dejaban de mirarse diariamente como dos reverendos socotrocos, dos angustiados socotrocos que no sabían qué hacer, hasta que un día Joel tomó la iniciativa y dejó a su novia plantada en medio de la desolación, de los llantos, de los ruegos, de la histeria y del despecho, y se llenó de una coraza de frialdad e indiferencia ante todas las brujerías de la muchacha que no pudieron contra él. Entonces Gladys siguió el ejemplo, y por su parte rompió la angustia con el novio que la celaba certeramente, lo plantó en medio de la Empresa, porque descubrió que la relación era falsa y ridícula, y se dio cuenta de que su camino no estaba en los rumbos de ese hombre, sino en los hombros de Joel cuando lo vio de espalda, gesticulando y discutiendo cosas en una asamblea de producción (esas reuniones en las que se dicen tantas cáscaras de piña), y le dijo a una amiga: Yo no sé por qué, pero lo que sí sé es que me voy a casar con este hombre. Fue entonces que ella también se obsesionó con el Estudiante —cuando otra mujer premonitoria, rodeada de espíritus y santos, se lo confirmó al leérselo en el fondo de los ojos—, y desde ese día, cada vez que se saludaban, ya no se decían cosas desde adentro, con el lenguaje de los ojos, sino además desde afuera, con el lenguaje de las palabras, y él empezó a hacerle los poemas y ella a celebrarlos, a pesar de la cursilería de los cupidos volantines y los corazones azulados, y también enrojecidos de tanto ardor, claro... así fue que Gladys empezó a caminar libremente al lado de los hombros de Joel. ¡Qué ojos, qué cintura, qué labios y qué rostro!, exclamaba el Estudiante, y decía que así hubo de formarse el regocijo del alma, tierna y virgen, que él se lo propuso: No te pongas colorada, vamos a salir, vamos a tomar un trago y a conocernos mejor, y entonces fue que al fin el Estudiante pudo colocar sus manos alrededor de la cintura divina, que temblaba.


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