Fenix
por Alejandro Gamen
Se dio cuenta un día cuando estaba sentado tomando un café. Estaba en un bar con vista al río, disfrutando de su tarde libre leyendo una novela. Entonces escuchó esa frase: ¿mami, qué le pasa a ese hombre?
Intrigado, dirigió su atención subrrepticiamente en dirección a la voz. Era la voz de una niña, a no más de 4 metros de él, a las ocho en punto, según pudo apreciar por el rabillo del ojo. Alzó su reloj a la altura del libro, cambiando su modalidad a la de un espejo con solo un toque. Ello le permitió ver a la niña, que lo miraba intensamente, y a su madre, que intentaba al mismo tiempo callarla, retarla, y fingir no conocerla. No pudo escuchar lo que le decía a la niña. Por un lado, hablaba en susurros, y por el otro, su atención se había desplazado de la niña y su madre al (ahora revelado) verdadero motivo del incidente. Giró un poco su cabeza hacia la derecha, manteniendo la mirada fija en su reloj. Alzó, bajó, y osciló nuevamente su cabeza metódicamente para confirmar aquello que había visto. Al inspeccionarlo en más detalle, no era tan serio como la impresión inicial apuntaba:
Eran solo tres canas. No calificaba ni como un mechón.
Era imposible que nadie más lo hubiera notado. Estaban justo sobre su oreja izquierda, en la curva del cabello que desciende del lado de la cara y gira por sobre la oreja. La camarera no había mostrado la más mínima perturbación al verlo, aunque siendo realista, no creía que hubiera reparado en su existencia más allá del rol que representaba en la maquinaria de su ir y venir.
Lo más disimuladamente que pudo, inclinó un poco su cabeza hacia la izquierda y la apoyó en su mano con el índice vuelto hacia arriba en actitud reflexiva, ocultando así efectivamente su vergüenza. Continuó leyendo, pero manteniendo su atención flotante en torno a sus oídos. Nadie más pareció darse cuenta de su problema, y después de unos minutos, decidió retirarse. Pidió la cuenta a la moza, y se inclinó en su asiento para sacar su billetera del bolsillo. Justo entonces llegó la moza, y se quedó paralizada antes de llegar a su mesa. Él alzó la vista justo a tiempo para notar la dirección de su mirada, antes de que ella hiciera a un lado su rostro, claramente sonrojada. Visiblemente acalorado, sacó su billetera y se paró en un solo movimiento, tropezando hacia atrás con su silla. Sacó un par de billetes, los arrojó nerviosamente sobre la mesa, y se retiró con la vista baja.
En cuanto traspuso la puerta del bar, aceleró su paso, tratando al mismo tiempo de no llamar la atención. No podía tomar un taxi, porque el conductor lo observaría por el espejo retrovisor, así que decidió caminar hasta su departamento. Se cruzó de vereda y se colocó del lado de los edificios, para que nadie pudiera ver su perfil izquierdo. Las miradas de los otros que pasaban a su lado parecían atraídas magnéticamente hacia él. ¿Habrían otros signos de la degeneración en su rostro? Este nuevo pensamiento lo alteró aún más, y apuró el paso.
Llegó a su departamento y fue directo al espejo. Tenía el rostro rojo por el esfuerzo, pero palideció al inspeccionarse detenidamente. Las ojeras que solía tener por el poco descanso parecían haberse acentuado, echado raíces en un rostro que parecía secarse, petrificarse lentamente. Una línea solitaria, que antes sólo apareciera naturalmente por la contracción de los músculos de la frente ante el estrés o la preocupación, ahora se mostraba impúdicamente sin importar qué hiciera. Se lavó la cara, frotándose vigorosamente, intentando borrar las marcas de su rostro. Pero seguían allí.
Se dio cuenta que no recordaba cuándo era la última vez que había tomado la pastilla. Había estado trabajando de doce a catorce horas los últimos tres meses, y ciertamente había descuidado su apariencia personal, pero ¿cómo podía haber olvidado algo tan esencial?. Esto no le habría pasado si todavía estuviera con ella, pensó. Ella lo habría evitado, le habría recordado que tenía que prestar más atención a su salud. Pero pensar así no llevaba a ningún lado, así que se apeó de ese tren de pensamiento.
La única vez que había visto rostros que lucieran como el suyo había sido en una publicidad de Fénix. Rostros así no se veían en las calles desde los Disturbios.
Se quitó la ropa y se estudió cuidadosamente frente al espejo. Había más síntomas de lo que esperaba. La piel descolorida y muerta alrededor de los pezones, la grasa acumulándose bajo el ombligo, celulitis en los glúteos. Incluso el latido de su corazón le parecía más irregular y trabajoso que antes.
Estaba muriéndose de a poco.
No fue hasta varios días después que se animó a salir de casa. Se dijo a sí mismo que tenía que ir a comprar las pastillas si quería seguir viviendo, aunque podría haberlas pedido a domicilio y ahorrarse la vergüenza. No, tenía que salir. Eventualmente tendría que volver al trabajo, y hasta que las pastillas hicieran efecto, debería ser capaz de exponerse a las miradas de la gente.
Iba por la calle con la cabeza gacha, cubierto por una gorra de baseball. Nadie lo miró durante el trayecto a la farmacia, lo cual le permitió acumular el valor para entrar. El farmacéutico no se asombró demasiado al verlo. Seguramente habría visto gente que por un motivo u otro se había atrasado en su consumo, con las consiguientes secuelas físicas. Y con la confidencialidad que caracterizaba ese tipo de trabajo, no le dijo nada, no lo amonestó ni reprochó por su falta de constancia. Meramente, le dedicó una mirada con iguales partes de resignación, desinterés y desprecio, y le dio su pedido.
Salió de la farmacia, aún bajo el influjo de esa mirada, y se encontró ante una escena inesperada. Un grupo de jóvenes que aún no estaban en el Apogeo corría en su dirección, huyendo de alguien o algo, sin miedo. Uno de ellos lo atropelló, arrojándolo a la calle, y los otros le pasaron por encima, sin prestarle atención, mientras él se cubría a duras penas el rostro y las costillas contra la marea.
Después de lo que le pareció una eternidad, se detuvo. Alzó la cabeza del pavimento, y pudo ver a los policías que se acercaban, cerrando el perímetro. Cuando pasaban a su lado, uno de ellos se detuvo para ayudarlo. Levantó la gorra, que había caído aplastada por la corrida, la sacudió y se la ofreció. En ese momento, a través de los moretones y la sangre, vio su rostro, y retrocedió espantado, perdiéndose nuevamente en el cuerpo policial.
Se levantó, herido, tomó la gorra que el oficial había dejado caer en su huída, y se la puso. Palpó sus bolsillos en busca del frasco de pastillas, pero no lo encontró. A través de la sangre que le caía en los ojos, vio el pequeño frasco caído entre los adoquines, y las pastillas desparramadas por el piso. Se inclinó para recogerlas, pero su rodilla golpeada se dobló y cayó al piso, ahogando un grito de dolor. Entonces miró a su alrededor, y vio un grupo de gente que se había acercado desde las casas y locales circundantes, atraídos por el espectáculo en la calle. Los miró a todos, uno por uno, parados a su alrededor, manteniendo una distancia aséptica, segura, expectante. Vio sus rostros inmaculados, tersos, sin culpa, y algo se agrietó. Una pequeña fisura bajo su piel, imperceptible hasta ese momento, se extendió y afloró por todo su cuerpo. Se irguió lentamente en toda su altura, y sin mirar a su alrededor, aplastó el frasco con el pie y se alejó.
—Entenderá, señor A, que su presencia esté causando consternación entre los otros empleados.
No dijo nada.
—No es que sea una distracción únicamente. Si fuera eso... la verdad es que no somos insensibles. Si usted hubiera sufrido algún accidente, o estuviera incapacitado por algún motivo, la empresa lo comprendería y apoyaría explícitamente. Pero esto... —alzó la palma hacia él, y la bajó avergonzado antes de continuar.—La verdad, es que no podemos comprenderlo. He hablado del tema con el directorio, y lo que están sugiriendo es que se tome una licencia psiquiátrica y aproveche ese tiempo para tratarse con un terapeuta. Puedo sugerirle un colega que se dedica a problemas laborales, si ése es el caso. Pero debe tratar su depresión, o no tendrá un lugar entre nosotros. ¿Me entiende?
—Perfectamente. Lo que usted cree en realidad es que mi presencia está deprimiendo a los demás. ¿Le parece que mi actitud es la de una persona deprimida? Mi desempeño no ha caído, de hecho, he estado trabajando mejor que antes. Eso hasta lo reconocerán mis compañeros. Lo que no reconocerán es que se la pasan perdiendo el tiempo hablando a mis espaldas.
—¿Entonces coincide en que su estado actual es un factor desmotivante para los demás miembros de su equipo?
—No más de lo que me desmotiva a mí estar rodeado de idiotas que juzgan a los demás sin intentar comprenderlos.
—Ok... no convirtamos esto en una cuestión personal...
—Por supuesto que es una cuestión personal. Ustedes lo convirtieron en eso.
Y habiendo dicho eso, se retiró de la oficina para siempre.
—¿Qué estás haciendo? —dijo la voz de ella en el teléfono —¿Qué carajo estás haciendo?
—Emma...
—Me dijeron que no estás tomando tus pastillas, que dejaste tu trabajo, nadie te ve desde hace meses... ¿Te estás dejando morir? ¿Es por mí? Decime la verdad.
—Uau... qué ego el tuyo.
—No me jodas... ¿te dejo y tres meses después querés matarte?
—De nuevo... no todo se trata de vos... pero nunca lo entendiste, por eso te fuiste.
—Claro, soy tan egocéntrica que por eso te llamo, para confirmar mi lugar predominante en tu vida. No porque estoy preocupada. Porque como vos no te preocupás por nadie, no podés entender que alguien se preocupe por vos.
—Emma...
—¿Qué?
—Esto no se trata de vos.
—¿Y de qué se trata, entonces?¿Querés ver quién viene corriendo a salvarte?
—No. No se trata de nadie más. Es para mí.
—¿Qué querés probar?¿Que estás vivo?
—No quiero probarle nada a nadie. No sé. No creo que lo entiendas. No creo que nadie lo entienda.
—¿Como querés que alguien entienda? Sólo un enfermo puede desear morir lentamente.
—No quiero morir... no más que los demás. Pero quiero una vida normal, ¿entendés?
—¿Normal?¿Esto te parece normal?¿Dejar que tu vida se apague, sufrir, matarte?
—No sé. No espero que lo entiendas. Es algo personal. No empezó a propósito, pero ahora sé que es lo único que puedo hacer. Es lo correcto para mí. No necesito nada de vos, excepto que lo respetes.
—No me pidas eso. Pedime que te ayude, pedime que vuelva con vos. Entendería eso, pero no me pidas que entienda esto.
—...
—Perdón... perdón si lo que hice te llevó a esto... pero no puedo, no puedo...
El teléfono calló, pero siguió escuchando el
silencio.
El navegador del auto indicaba que estaba llegando a la estación de servicio del pueblo. El calor no era aún insoportable, pero molestaba, y no quería prender el aire acondicionado porque estaba pasando por una gripe y no quería agravarla. Se levantó un poco el sombrero —uno estilo retro de pana que ahora se permitía a sí mismo usar— y se frotó la frente sudorosa con el dorso de la mano. Miró el reloj. Era consciente de que no tenía apuro, pero cada vez le resultaba más difícil perder el tiempo. Se miró de reojo en el retrovisor. Los mechones que sobresalían bajo el sombrero ya estaban volviéndose grises. Había algo morboso en ver el progreso de la enfermedad. Nunca sabía donde surgiría la próxima cana, o cuál sería el próximo síntoma.
Desaceleró cuando se acercaba a la estación, y se acercó al primer expendedor. No había otros autos. De hecho, no se había cruzado con ninguno en la ruta. Era raro que alguien se aventurara lejos de la ciudad, excepto por los camiones de carga. No había nadie que lo atendiera, así que cargó él mismo el tanque y pasó su tarjeta de crédito por la ranura. Cuando subía nuevamente al auto, vio que alguien salía del baño de la estación. Era un hombre aún más enfermo que él, el primero que veía, y eso le hizo sentir mejor. El hombre asentió con la cabeza e inclinó levemente su gorra de baseball. Él respondió con un gesto similar, y volvió a la carretera. Ya sabía a dónde iba.
Siguió la ruta, pasando varias granjas en desuso. La mayoría habían sido reemplazadas por grandes estancias administradas por corporaciones, con poco personal y mucha tecnología. El paisaje mismo le parecía antinatural, aséptico, una representación que enmascaraba un modo de producción que no tenía nada que ver con los procesos de la naturaleza.
Al ver un cartel que indicaba la presencia de un pueblo, tomó un camino lateral de tierra y se adentró en los campos. El maíz se alzaba a uno y otro lado como una pared, más altos que el automóvil. La impresión de que se estaba internando en un reino oculto, atávico, dominó sus pensamientos durante todo el trayecto. Un viejo tema sonaba en la radio, el clásico Into each life some rain must fall de los Ink Spots con la voz de Ella Fitzgerald, y se sumió en una ensoñación. El ruido de las piedrillas contra el metal del auto, el calor agobiante, el susurro del aire acondicionado, todo lo retrotrajo a otro tiempo, a una época que él no había conocido pero en la que el tiempo no solo pasaba, transcurría. La música eventualmente cambió, el paisaje pasó abruptamente del corredor verde a una vasta extensión de marrones y nada, y al cabo de unos minutos vislumbró las primeras casas.
Había esperado ver signos de decadencia, de degeneración moral y física, pero se dio cuenta de cuán arraigadas estaban en él las mismas preconcepciones que había comenzado a cuestionar. Se encontró con casas antiguas, espléndidamente conservadas. Viejas bicicletas relucientes. Carteles viejos que indicaban con orgullo eventos ya perdidos en la prehistoria del pueblo.
Había unas cincuenta edificios, entre casas y negocios, y la gente iba de un lado a otro sin apuro, charlaba en las puertas de las casas, atendía sus propios asuntos. Se detuvo en la calle principal, enfrente de un local que anunciaba refrescos y revistas en su vidriera. Algunas personas lo miraron desde los portales de sus casas, pero no hicieron mucho caso de su presencia. Entró al local, y se sentó ante la pequeña barra. El que atendía el local, un adolescente que leía aburrido una vieja novela de Lovecraft, ni lo miró. Carraspeó.
El joven se volvió hacia él. Por su mirada, lo consideraba un elemento novedoso pero de escaso valor más allá de la breve distracción que podría procurarle en su devenir diario. Se acercó a él con paso cansino, sosteniendo su libro con una mano para no perder la página por la que iba.
—¿Sí?— dijo.
El chico lo miraba a los ojos y no parecía impresionado en lo más mínimo por su aspecto. Como poniendo a prueba su estoicismo, se quitó el sombrero, revelando su afección. La falta de reacción era enervante y esperanzadora a la vez.
Sonrió.
—¿Tenés helados?—preguntó, llevado por un impulso jovial.
—De agua, o de crema, en palito. No anda la máquina.
—Dame uno de agua, de frutilla o de limón.
—Frutilla entonces. No hay limón— dijo el chico, y sacó un helado velozmente de la heladera debajo del mostrador.
—Gracias.
Le pagó y se puso de pie. Se apoyó en la puerta de vidrio, mirando hacia afuera, mientras comía su helado. El chico seguramente habría continuado con su lectura.
—¿Cuánta gente vive aquí?—preguntó sin darse vuelta.
El chico tardó unos segundos en responder, y por el tono de su voz, seguía inclinado sobre su libro.
—Ciento cincuenta y tres personas—dijo. Seguramente había respondido a esa pregunta muchas veces.
—¿Y cuántos han pasado el Apogeo?
El chico dudó unos segundos.
—No sé. Unos cuantos, me imagino.
—¿Tienes padres?
—No. Un campesino dejó una palangana con agua y restos de comida y yo aparecí por generación espontánea.
—Quién lo hubiera pensado...
—Ahí está mi viejo.
No había escuchado esa palabra más que en susurros, y lo golpeó de lleno. Ni notó al hombre que se acercaba por la calle hasta que estaba justo enfrente suyo, mirándolo a través de la puerta. Por un momento, se quedaron de pie observándose el uno al otro. El rostro del "viejo" estaba marcado por el sol y el tiempo, pero tenía algo que nunca había visto. La enfermedad no lo había debilitado, parecía haberlo fortalecido. No parecía estar muriéndose. Parecía estar más vivo que él.
El rostro del "viejo" pasó rápidamente de la sorpresa a la curiosidad y luego al enfado.
—¿Puedo entrar?—dijo finalmente.
Estaba bloqueando el camino.
—Si, perdón—dijo corriéndose del camino.
El viejo empujó la puerta con fuerza. Sin dirigirle la mirada, fue directamente a la parte de atrás del mostrador.
—¿Necesita algo?—preguntó, dándole la espalda.
—Eh... no, gracias. Tengo mi helado— dijo, alzándolo para que el otro lo viera.
Nunca se había sentido tan avergonzado enfrente de una persona. Era la primera vez que se sentía inadecuado frente a alguien. Como si le faltara algo que el otro tenía, y ambos lo supieran.
En el tiempo que transcurrió hasta que terminó su helado, tomó una decisión.
—En realidad... sí, necesito algo.
—¿Hmm?
—Estoy pensando en mudarme acá.
El martillo se le escapó de los dedos por el sudor. Aliviado, comprobó que no había golpeado a nadie en su descenso. Estaba a unos cuatro metros de altura, clavando una nueva plancha de madera en el tejado del depósito. Luego tendría que cubrirla de aislante y colocar encima una nueva plancha de metal. El granizo no sólo había acabado con las cosechas de superficie, sino que había hecho estragos en las casas. Los vidrios expuestos habían estallado, y los viejos techos, de chapa corroída por la lluvia y madera debilitada por la podredumbre, habían cedido ante la persistencia de la tempestad.
Bajó con cuidado las escaleras. La tensión de aferrarse a la misma y reubicar sus pies y su peso con cada escalón hizo que un temblor lo recorriera al pisar la tierra. Se le vino a la mente la imagen de un Neil Armstrong enfundado en su pesado traje pero sin el beneficio de la gravedad cero, tropezando bajo su peso en una luna distante.
Recorrió los pocos metros que lo separaban del martillo, se agachó a levantarlo y se alzó lentamente. Miró al sol sin protegerse los ojos, y levantó su martillo, oscureciendo el sol por un minuto. El sudor seguía deslizándose desde sus manos, por los antebrazos y bíceps, hasta unirse a las gotas que corrían por el cuello. La impresión que tuvo en ese momento fue que el martillo se calentaba lentamente, absorbiendo la energía solar y transmitiéndola de manera lenta y casi imperceptible hacia cada extremidad de su cuerpo. Sólo duró unos segundos, pero fue suficiente para que su cansancio desapareciera, reemplazado por un vigor que nunca antes había sentido: no como ese ímpetu transitorio que sintiera en el pasado, un flujo de adrenalina sobre el que ejercía poco control. Era una fuerza interna que en ese momento le pareció que no se agotaría jamás, como si cada célula de su cuerpo, aún enfermo, o quizás como un efecto secundario de su dolencia, fuera como una válvula que canalizaba su potencia en una u otra dirección, fluyendo constantemente, sin sobresaltos.
El momento pasó, y él continuó con su tarea. Al caer la noche, en lugar de regresar a sus habitaciones, en la planta alta del negocio del viejo Logan, se obligó a ir por una cerveza al bar. Hacía tiempo que no tomaba porque su cuerpo no podía tolerarlo de la misma manera que antes, pero una cerveza no iba a matarlo.
Era una noche bulliciosa en el bar. Se enteró por el dueño que había llegado un grupo de comerciantes de otros pueblos neo-ludditas con intenciones de armar una cooperativa, y después de un día entero de negociaciones con los principales dueños de tierras libres de la zona, habían llegado hambrientos y deseosos de cerveza.
Él se sentó en la barra, ahuyentado por el jaleo del grupo de extraños. Los pocos lugareños que había en el bar no eran conocidos íntimos, y no tenía ganas de empezar a conocerlos ahora. Bebió su cerveza lentamente, dejando que el sabor se esparciera lentamente por su garganta, dejando que el tiempo pasara sin percibirlo, como un único bloque de sensaciones inseparables: el tacto de la botella, la música, las risas, el golpe de los vasos contra la madera. El tiempo pasaba, sin embargo, porque su cerveza se acabó, y pidió otra. Entonces alguien se sentó a su lado.
—No sos como los otros.
No estaba seguro si era una pregunta, pero no lo había parecido. Las palabras las había dicho una mujer que estaba en una etapa similar a la suya: tenía menos cabellos canos -probablemente se los teñía por algún vestigio de pudor femenino- pero arrugas parecidas en torno a los ojos, la boca y la frente. Sus ojos tenían una energía y una tristeza como no había visto en otras mujeres. Y la sonrisa que llevaba tenía una sensualidad que no había esperado encontrar, algo que no tenía nada que ver con lo físico y todo con la experiencia.
Le pareció la mujer más bella de su vida.
— No. No soy de acá.
— ¿Sos de la ciudad?
— Era.
Ella pidió una cerveza, como si no lo hubiera escuchado. Esperó a que se la dieran, tomó un primer sorbo y continuó.
— No debe ser fácil que te admitan en un lugar como éste. No queda mucha gente como vos, y la mayoría termina volviendo a la ciudad y a sus espejismos.
— Yo no.
— Si tú lo dices... pero dicen que se vuelve insoportable, para el que conoce la otra vida. La gente teme acercarse por miedo a que desaparezcan de un día a otro, y ellos temen perder a alguien como solo puede temerlo el que no conoce la muerte.
— Por como hablas, supongo que no soy el primero de mi tipo que conoces.
El brazo de ella dudó un momento, y luego ascendió para un trago largo y lento.
— No. No lo sos. Conocí uno hace mucho tiempo.
— Y asumo que se fue.
Ella no dijo nada, pero no era necesario.
Él se sintió enfadado, por algún motivo. No le gustaba que lo compararan.
— Al fin y al cabo, morir y desaparecer es lo mismo, ¿no? ¿Qué carajo importa? De cualquier manera, es una decisión que uno toma.
Ella giró su rostro hacia él por segunda vez.
— Tenés razón. Pero desaparecer es negarle al otro la posibilidad de acompañarlo en ese momento. Es la acción más egoísta, no compartir la muerte.
— No compartir la vida, querrás decir.
— Es lo mismo, ¿no?
Ambos, como por una señal externa, levantaron sus botellas al mismo tiempo y bebieron.
— Mi nombre es Lily — dijo ella.
Se dio cuenta que iba a morir mientras limpiaba el armario. Encontró una manta de bebé entre las cosas que Lily había traído cuando se había mudado allí con él. No le preguntó si había pertenecido a ella, o si alguna vez había tenido un bebé. No importaba de cualquier modo, porque el pasado ya no estaba con ellos ahora.
Ya lo habían hablado, y no podían tener hijos. Ella ya había pasado esa etapa, y él lo había aceptado. Pero ver ese pequeño rectángulo celeste lo había afectado de una manera que ya no creía posible. Iba a morir, y ella iba a morir, y no iba a quedar nada de los dos.
Llevó la angustia encima desde ese día en adelante. Y cada señal que veía a su alrededor le recordaba la inminencia de su muerte. Aquello que durante tantos años había ignorado, de la cual era tabú hablar, lo rodeaba ahora constantemente. La gente hablaba de alguien que conocía que había muerto recientemente, o veía a aguien muy viejo caminando con dificultad por la calle, o cuando veía a un niño e imaginaba al que no estaría allí para sobrevivirlo.
Cuando el viejo Logan, que lo había empleado durante diez años, que lo había albergado y querido como a un hermano menor, murió, la angustia lo invadió nuevamente. Era la primera vez que conocía la pérdida, y la ignorancia de ese sentimiento lo había dejado incapaz para superarlo.
Tuvo un infarto al día siguiente.
Cuando estaba en el hospital recuperándose, Lily estaba todo el tiempo junto a él, hablándole. Pero él no podía escucharla, estaba tras un velo que lo separaba del presente. Sólo podía pensar en el pasado, en las decisiones que había tomado, la gente que había perdido para siempre, el mundo que ya no existía para él. Quiso escapar, quiso volver a esa vida que con tanta ligereza había abandonado, volver a ese lugar en el que el tiempo no pasaba, meramente transcurría. Donde los temores eran triviales en comparación con los que ahora sentía. Donde la pérdida no existía. Y se dio cuenta que ya había muerto. Todos los que había conocido sabrían que había desaparecido, que estaba muerto para ellos. Pensó en sus padres, en Emma, en sus amigos, todos los que gracias a él ahora conocían la pérdida como él la conocía.
Estuvo atrapado en sí mismo sin saberlo, con Lily aguardando pacientemente a su lado, esperando una recuperación que ya debería haber ocurrido. Entonces, una noche, despertó de su sopor y la vio, dormida junto a su cama, acurrucada en una silla. Las arrugas de preocupación se habían asentado en su rostro, y dormía intranquila. Pero estaba allí con él, existía, no era un recuerdo de un pasado ya desvanecido. Estaba allí, y seguía siendo hermosa, y lo seguiría siendo hasta que alguno de los dos muriera.
Entonces se enderezó en la cama, se puso de pie, se dirigió a ella y la besó.
— ¡Vení, Tango!
El perro corrió hacia él a través del campo de trigo, rápido como una flecha. Traía una rama pequeña, que él le había arrojado. Cuando llegó a su lado, la soltó y lo miró, expectante. Él tomó otra rama de un fardo que tenía en el techo del auto. Ya no podía agacharse sin un esfuerzo importante, por lo que simplemente le tiraba nuevas ramas para que él buscara, hasta que se formaba una nueva pila a sus pies.
Otra rama surcó el cielo.
Lily había muerto un año atrás. No había sufrido, no había señales de nada que la aquejara. Solo se había apagado de repente, durante la noche, y él no se había dado cuenta hasta el día siguiente. Y se quedó allí hasta que tocaron a la puerta, y tuvo que admitir para sí mismo y ante el mundo que ella había muerto, y él con ella. Desde entonces, el tiempo se había convertido en una sucesión de recuerdos nítidos, de ella, de su vida juntos, de otras personas que había conocido en el pueblo y habían desaparecido.
Pero no recordaba nada de esa otra vida, de esa vida anterior. A veces le parecía entreverla en sus sueños, pero los sueños ya no tenían sentido para él. Porque ella no estaba, y de él no quedaban más que restos, piezas que no encajaban, que no tenían sentido sin su presencia para justificarlas.
Sus amigos restantes habían intentado animarlo, y él les daba el gusto para que no se sintieran inútiles. Le habían regalado un perro, le llevaban libros, lo visitaban constantemente. Y él dejaba que lo hicieran. En el fondo, no significaba nada. Su vida había pasado, sólo estaba haciendo tiempo. Y no había nada malo con eso.
Otra rama surcó el cielo.
Se dedicó a enseñarle trucos a su perro. Cargó al nieto del viejo Logan entre sus brazos. Se rió con los chistes y disfrutó de sus días en el sol. Se dejó crecer la barba, algo que nunca había hecho, pero le gustó. Los dolores físicos ya no lo afectaban como antes. Eran algo que iba y venía, pero que no tenía nada que ver con él y con quien era.
El brazo le dolía un poco. No estaba acostumbrado a tanto esfuerzo últimamente, pero no quería detenerse. Lo único que quedaba en el mundo era ese campo, ese cielo, él y su perro.
Otra rama surcó el cielo.
Llegó más lejos que las otras. El perro corrió tras ella, pero no podía encontrarla entre los altos tallos. Dio varias vueltas en el lugar hasta que se decidió por una rama que le pareció similar, y emprendió la vuelta trotando. Llegó hasta el auto y dejó la rama con las otras en la pila. Entonces se acercó a su dueño, se tendió a su lado en el piso y lamió su rostro para despertarlo de su sueño.
FIN
Del mismo autor:
En la tradición de autores como Ursula LeGuin e Isaac Asimov, esta es la historia de un joven descubriendo algo desconocido para su pueblo: el miedo, y todo el poder contenido en él.
La historia de Arlan es una de dolor, triunfo y arrepentimiento. En un pueblo aislado, el único del que se tiene noticia, hombres y mujeres que no conocen el peligro ni el miedo se enfrentan por primera vez a lo desconocido. ¿Pero lo que descubren de sí mismos en esa lucha será aquello que los lleve a la grandeza, o a la destrucción de su existencia pacífica? ¿Puede un hombre erigirse en héroe sin sacrificar todo lo que conoce?

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Escritor bilingue, amante de los clásicos franceses, los genios de la literatura fantástica inglesa y americana, los maestros modernos japoneses y los atemporales autores latinoamericanos. Me ubico en un cruce entre todas estas influencias, además de incorporar elementos del cine y el cómic. Terminando de escribir "Así fue como perdí la luz del Sol" y empezando el primer borrador de "Flight of the Immortals", mi primer novela en inglés.