La quinta llave
By Miguel Ángel Carcelén
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Copyright 2012 Miguel Ángel Carcelén
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Para David Melar,
de los últimos Quijotes.
Participé en la investigación que condujo a la detención del famoso Solitario, yo fui —modestia aparte— quien facilitó el dato esencial del nombre del propietario de la Suzuki vendida al atracador de bancos más famoso de España, el coche con el que perpetró el asalto a la caja de ahorros de Castejón y desde el que disparó a dos guardias civiles hasta reventarlos. No voy a quejarme de la exigua recompensa que recibí, prácticamente la misma que la del resto de mis compañeros, una felicitación escrita con letra Baskerville Old Face de doce puntos (la elegante de los documentos importantes del Ministerio del Interior) firmada nada más y nada menos que por el Director General, y un día extra de libranza (eso sí, a disfrutar en períodos no vacacionales y cuando las necesidades del servicio lo permitan, o sea, a finales de enero o principios de febrero, lo que coloquialmente llamamos días de la basura). El hecho de que fuera yo quien cayese en la cuenta de que Antonio Lerín Tenorio, pese a llevar años parapléjico a causa de un accidente de tráfico, pudiese no haberlo sufrido con la Suzuki que, por maldita casualidad, había sido dada de baja el mismo mes en el que Antonio cambió el cuero tapizado de los asientos de potentes todoterrenos por la almohada acolchada de la silla de ruedas eléctrica bimanual, se debió a un golpe de suerte, lo reconozco, pero fue a mí a quien le sonrió la fortuna, y a ninguno más de los seiscientos treinta y dos compañeros que trabajaban en la búsqueda de pistas dejándose los ojos en los monitores para cotejar las más peregrinas bases de datos de las que disponíamos.
Acababa de cerrar de forma satisfactoria un caso espeluznante que habría dejado por cuentos para bebés las más truculentas historias de El Caso, periódico que contribuyó en gran medida al nacimiento de mi vocación policial (El Caso y las andanzas de Plinio y don Lotario, todo hay que decirlo), y, de premio, me endosan la papeleta del rastreo informático en el asunto del atracador. ¿Para eso me había sacado la plaza de inspector?, ¿para eso constaban en mi expediente años y años de patrullero eficiente?, ¿para eso era el funcionario con más cursos de actualización de toda la comisaría?, ¿con más seminarios realizados en la división de formación y perfeccionamiento? Que si el caso se les estaba yendo de las manos, que si se estaban recibiendo muchas presiones, que nos estábamos convirtiendo en el hazmerreír de la opinión pública, que si había dos picoletos fiambres que se habían podrido sin reparación alguna al menos de cara a los familiares, que si faltaba personal y las líneas de sondeo eran muy numerosas..., en fin, que si la abuela fuma. Esa fue la conclusión, las palabras finales del comisario antes de dejar sobre mi mesa una carpeta de más de diez centímetros de grosor con papeleo para contrastar con los archivos de la Central de los judiciales.
— En atención a tu cargo y, sobre todo, a quien eres, te he dejado un solo mamotreto. A Conde le han tocado tres, así que menos humos, que él es tan inspector como tú y con algo más de antigüedad.
Esto lo añadió cuando mostré mi entusiasmo por el encargo conjugando un bufido con el zapatazo maestro que le di al último cajón de mi escritorio, patada tan potente que propició la caída de varias hojas del ficus barbata que adornaba la cima de mi cpu. Otra cosa no, pero mi jefe es muy sutil captando indirectas.
Supuesto que una vez que terminara de escudriñar aquel legajo me iba a tocar en suerte otro mayor y así ad infinitum, resolví tomarme la tarea con mucha calma, de modo que el comisario Toribio se convenciese de que estaba desaprovechando a uno de sus mejores efectivos —vuelvo a decir, dejando aparte la modestia—. Conde se despachó diez carpetas en un solo día, mientras que la mía me duró una semana.
— No jodamos y no jodamos, Santisteban —me recriminaba Toribio—, que eso no es compañerismo y cuanto antes acabemos antes nos podemos dedicar a lo nuestro, ¿o no?
Y yo me hacía el ofendido argumentando que ya que había que sacar adelante tarea tan penosa, lo más profesional era emplearse a fondo. Los detalles importantes se pasan por alto porque el mucho trabajo trae consigo la rutina, y la rutina es prima hermana de la velocidad, le decía ensayando mi tono de voz más convincente. Quedaba con ganas de saber qué englobaba él dentro de la definición de “lo nuestro”.
Cuando encontré la pista decisiva que condujo a Jaime Jiménez Arbe, el Solitario, Toribio anduvo arrastrando una semana por comisaría el cargo de conciencia a causa de las palabras recriminatorias que había dedicado a mi insolidaridad laboral, al menos a lo que él pensaba que lo era —por supuesto que lo era—, y si no me visitó cuatro veces para excusarse no lo hizo ninguna. Incluso me compró un ficus barbata nuevo, pues el anterior, sin hojas por culpa de mis patadas a los cajones, mostraba un aspecto tan desolador como un liego lleno de tobas.
Fue suerte, sí, pero ¿cómo se lo iba a reconocer a Conde? Si no se mostrase tan insultantemente obsequioso con Toribio y, en general, con cualquier mando que visita nuestro Antro —más conocido por el público llano como comisaría de la calle de la Plata del casco histórico de Toledo— quizás habría tenido la elegancia de admitir que algo de fortuna sí me había acompañado en mis pesquisas, no obstante, como no se dieron esas condiciones bien que le restregué mi triunfo, es decir, el del afán cualitativo sobre la tozudez cuantitativa.
— Mira, compañero —lo adoctrinaba con el engolamiento de voz más hiriente que acertaba a modular—, en la academia me enseñaron que no hay plausibilidad sin estructuras de plausibilidad, y yo he sabido articular los mecanismos necesarios para ensamblar de forma efectiva esas estructuras, ¿me sigues?
— ¡Que te den por el culo! —evidentemente ni su riqueza de vocabulario ni su dominio de las muchas posibilidades sintácticas que ofrece el castellano eran comparables a mi verbo fluido.
— No dramaticemos, hombre.
— ¡Que te den por el culo, Santisteban! ¿Hasta cuándo vas a dar la barrila con el golpe de potra de la Suzuki?
— ¿Qué potra? Confundes términos. Profesionalidad condimentada con innata perspicacia, eso has querido decir, me juego lo que sea.
Al comisario no llegó jamás a cuestionárselo, sin embargo, en los corrillos que le eran afectos no se cansó de pontificar que a cuento de qué habíamos tenido que cargar con el trabajo sucio de los picoletos. Y en eso es en lo único que le doy la razón: cuando la Guardia Civil se vio abrumada por la cantidad de frentes abiertos y pidió colaboración a la policía nuestros jefes, o los cabezas pensantes que los asesoran, tuvieron a bien repartir los deberes entre comisarías de provincias con poco volumen de trabajo y cercanas a Madrid; ahora bien, cuando le pusimos al sospechoso en bandeja la Benemérita no tuvo reparos en apropiarse tanto de la resolución del caso como del operativo que llevó a detener al Solitario en Figueira de Foz. Ese mismo argumento sí me atreví a planteárselo a Toribio cuando me llevó la tercera carpeta para revisar en lo que llevábamos de mes (Conde habría despachado más de cincuenta, sin duda), y al comisario ya debían de haberle llegado rumores, porque estuvo presto a contestar.
— ¿Y qué coño pintamos nosotros en lo del Solitario? —inquirí, y en esta ocasión el ficus barbata no acusó daño alguno.
— Para empezar ese delincuente atracó años atrás una sucursal de Torrijos y otra de Calera y Chozas, y esos pueblos son de Toledo, que yo sepa; y el año pasado se hizo un banco en Aranjuez escapando, según todos los indicios, por carreteras secundarias de La Sagra, así que en algo nos toca.
— ¿Pero no es cosa de los picolos?
— El último atraco fue a doscientos metros de distancia de la comisaría del distrito cuarto de Madrid, la de Canillas. Se hicieron cargo de la investigación nuestros compañeros y ahí empezó la colaboración.
— Cojonudo. Hay que ser muy irresponsable o el chulo más chulo del barrio para hacer lo que hizo.
— Eso mismo. Y no es por volver a lo de siempre, pero el personal ya se está dando cuenta de lo poco que te cunde con el material, y alguien me ha dicho que luego el sueldo es el mismo para todos.
— Pues dile al personal, o directamente a William, que al buen callar llaman Sancho.
— No la tomes con el muchacho, que nadie ha mencionado aquí su nombre.
Cuando se trataba de algún chisme o de algún tipo de cizaña poca inteligencia había que emplear para ponerle nombre a su patrocinador: William, o William Wallace, o Salvaje del Norte, o Abanderado Pirolítico. La mano derecha de Conde, el último en llegar al Antro y el primero en destacarse por todo lo negativo. Nunca sabré si desarrolló en el Cuerpo esa obsesión por medrar a toda costa o la traía de su época de crupier en el Casino de La Coruña. Con un adjunto como ése al inspector Conde le conviene ser zurdo, no obstante, como son de parecida condición hicieron migas en cuestión de horas. A Toribio no le era necesario deletrearme que había sido William el que, siguiendo la voz de su amo, le había ido con las quejas sobre mi poca eficiencia. Le llamamos William Wallace por su aspecto escocés, especialmente por la intensa encarnadura de sus mejillas contrastando con la palidez del rostro; a él le gusta presumir más bien del segundo mote, Salvaje del Norte, apelando a que se debe a su carácter osado en situaciones críticas (hablar de situaciones críticas en nuestra ciudad es tan ridículo como sostener que una piruleta sin caramelo y sin palo sigue siendo una piruleta). No son malas lenguas, sino objetivas, las que explican que como vino de Galicia y en su primera semana de patrulla abolló dos coches por las callejuelas del casco histórico ningún apodo le vendría mejor que ése. Yo comencé llamándolo Abanderado Pirolítico cuando llegó a mis oídos que en casos de urgencia secaba su ropa interior en la cocina vitrocerámira. Este alias no lo avergonzaba tanto como el que le habían asignado los yonkis del Corralillo de San Miguel, don Heidi.
— Tienes razón, en lugar de tomarla con el chaval debería pedirle explicaciones a Conde, que está siempre a ver por dónde me la puede meter. A mí no me importa salir a la calle, en realidad eso es lo que me gusta, y si ahora no tenemos nada entre manos, salvo burocracia, casi prefiero volver a machacar asfalto antes que seguir con esto. Díselo a Conde, a ver si él estaría dispuesto a lo mismo.
— Estupendo, voy a poner a dos inspectores a patrullar y en su lugar empleo a dos manzanillos.
— No te extrañe que lo hicieran mejor que nosotros.
— ¡Déjate de historias! Cada uno vale para lo que vale. Conde y tú sois los pesos pesados de la comisaría.
Toribio empleaba el halago como último método disuasorio. Acaso le resultase con Conde, si es que había tenido que llegar a utilizarlo alguna vez, extremo que dudo mucho, pero, desde luego, conmigo no servía. Y como fue él mismo quien se metió en el berenjenal, no se me arrugó la boca cuando quise hacer sangre:
— No es que me moleste que me iguales con Conde, pero me repatea que pierdas la perspectiva.
Fue suficiente, el viejo zorro lo atrapó al vuelo y se despidió:
— Ya sé lo que sigue, es cuento viejo y mal contado, blablablá, blablablá. Nos vemos, Santisteban.
Sabía que a continuación le pediría que rindiese cuentas de los logros de mi compañero, y como la ausencia de plenitud no admite grados, acabaría antes de comenzar. Por eso huyó, no entraba en sus planes protagonizar un déjà vu, la sensación de repetición de una discusión en la que él sólo podía esgrimir como evidencia la resolución de un caso frente a los más de veinte que se podían leer en mi expediente. Cuando se atrevió a defender a Conde con ese caso, con ese único caso, acabé sacándole los colores. Conde Sayans, Joaquín, inspector de policía, había resuelto un asesinato, el apuñalamiento de un anciano en la calle Cobertizos de Toledo. El cadáver se encontró en el salón, la puerta no había sido forzada y todos los cajones habían sido registrados; un rastro de sangre conducía al piso de abajo, única vivienda del edificio habitada junto a la del malogrado rentista. Blanco y en botella. Allí vivía una mujer, sin muchas luces, huelga decirlo, a la que se le encontró ropa manchada de sangre en el tambor de la lavadora y varias cartillas de ahorro a nombre del asesinado, así como unos setecientos euros en billetes de cincuenta, firmados todos por el viejo, costumbre o manía que, según corroboraron sus deudos, tenía el buen hombre. Ahí no había caso, a la mujer sólo le faltó abrir la ventana de su casa y gritar que ella era la asesina. Pues Conde Sayans, Joaquín, inspector de policía, convocó una rueda de prensa en la subdelegación del gobierno para explicar cómo había llegado a la resolución del misterio. El Abanderado Pirolítico incluso se molestó con el comisario por no apoyarlo en su petición de que durante la celebración de los actos del Día de los Ángeles Custodios, patronos del cuerpo, se le entregase una medalla al mérito policial al inspector Conde por la celeridad y diligencia con la que llevó el asunto. Vivir para ver. “La asesina era gallega, ¿no? —le pregunté a Toribio a sabiendas de la respuesta—; es que no me extrañaría que William la hubiese convencido para que se cargase al abuelete”. Como era previsible, ante mi arranque de cáustico humor, se limitó a contestar: “No jodamos y no jodamos”.
El caso es que del segundo dossier de la tercera carpeta que me cayó en suerte relativa al atracabancos me llamó la atención un nombre: Antonio Lerín Tenorio. Y curiosamente estaba tachado de la lista de propietarios de Suzukis cuyo modelo se correspondía con el que había sido visto cuando el robo de Castejón, el Vitara. No había nada más que la friolera de cinco mil nombres, aproximadamente, y todos ya habían sido revisados en los años anteriores por compañeros con igual o mayor —seguramente mayor— capacidad de sufrimiento que la mía. Subrayados en verde estaban aquellos sobre los que había que volver, bien porque en su día faltó algún dato por contrastar, bien porque no había sido posible localizarlos. A ojo de buen cubero calculé que habría no menos de trescientos subrayados. Pensé que el comisario volvería a llamarme la atención tanto si hacía bien mi trabajo como si no, porque nada más que teclear trescientos nombres para ver qué nos chivaba el ordenador me llevaría el tiempo que no estaba en los escritos. Antonio Lerín Tenorio estaba descartado, mas sus apellidos coincidían con los de un compañero de universidad con el que compartí titularidad en el equipo de baloncesto de la Complutense; él cursaba Periodismo y yo estudiaba Derecho, él jugaba de pívot y a mí me empleaban de base, él era carne de gimnasio de caché y yo trabajaba abdominales y bíceps en mi habitación a ratos perdidos con mancuernas y pesas de los saldos del Decathlon, él tenía coche y yo un bonobús, él gastaba botas altas de Nike y yo zapatillas de Kelme (y gracias), él fue elegido mejor jugador de los Campeonatos Universitarios del 93 y yo sólo salté a la pista los últimos minutos del partido que nos enfrentó al vencedor, cuando perdíamos por una diferencia de veinte puntos; pero él no tenía novia, y yo sí, al menos cuando nos conocimos. A los dos meses era yo el que no tenía novia, y él sí, la mía. Por tal motivo recuerdo con tanta precisión aquellos apellidos y aquel nombre, Luis Lerín Tenorio, y por eso fue el primero sobre el que se detuvieron mis ojos al desplazarlos en vertical sobre el folio que sería la causa, a la postre, del crecimiento de la envidia de Conde hacia mi persona. La curiosidad mató al gato, mas a mi me sirvió para medrar (iluso de mí, eso pensé en su momento). Quise saber si era simple coincidencia o si aquellos apellidos pertenecían a algún familiar de Luis; a éste le perdí la pista cuando dejó su mediocre puesto de redactor de informativos en Telemadrid para acompañar a Laura Silvano, su esposa y ex novia mía, a su nuevo destino en Paraguay como Jefa de la Misión Diplomática. El expediente académico de Laura no era ni por asomo la mitad de presentable que el mío, pero ella rozaba el metro ochenta y el resto de sus medidas coincidían con las de Ava Gardner, amén de dominar cuatro idiomas —italiano por parte de padre, castellano por parte de madre, alemán por parte del primer novio que tuvo gracias a lo que años después en España se conocería como beca Erasmus, e inglés por parte de la Escuela Oficial de Idiomas, que algo debía de deberse al esfuerzo y no a las circunstancias. No le costó demasiado trabajo hacer carrera en el cuerpo diplomático mientras que yo sudé como con dolores de parto para aprobar la oposición que ahora me da de comer después de perder cuatro preciosos años de los estertores de mi juventud preparando notarías. Debo reconocer, muy a mi pesar y sin ocultar la incomodidad que me causa, que cuando vi el motivo de exclusión en la investigación de Antonio Lerín, accidente de tráfico con resultado de paraplejia, no pude por menos que pensar que a lo mejor el destino, por una vez, se había encargado de amargarle la fiesta de la vida al engreído de Magic, que así era como se le conocía en el equipo universitario a Luis Lerín: todo le había sonreído siempre, sin embargo, ahora contaba con el lastre de un familiar minusválido.
A final resultó que no eran familia, no obstante, a raíz de lo que descubrí, aquello pasó a ser anecdótico. En la anotación leí que Lerín no podía ser sospechoso porque, además de haber pasado a ser usuario de silla de ruedas, el coche había quedado siniestro total. En mi ansia de conocer más datos que pudieran relacionarlo con Magic consulté las fechas del accidente, dónde había sido, por culpa de quién... El atestado me informó que el coche siniestrado que lo había dejado inválido de por vida no era la Suzuki, sino un Galloper. La Suzuki había sido dada de baja, también por siniestro, una semana antes. Ese hombre haría bien no jugando a la lotería, porque la suerte no parecía ser nota definitoria de su persona, recuerdo que comenté para mis adentros al conocer estos antecedentes. Dos trastazos en una misma semana, el segundo de ellos definitivo. Estaba claro que ahí no iba a encontrar nada relativo al caso que ocupaba a la mitad de las comisarías del centro de la península y a todos los cuarteles de la Benemérita de España, pero podía haber argumento. En tiempos de ocio —y aquella pérdida de tiempo lo era— me gusta rastrear tramas para mis cuentos y novelas. Fue mi mujer la que me animó en el pasado a poner por escrito algunas de las peripecias que me sucedían estando de servicio, bien porque las encontraba interesantes, bien porque mientras yo escribía ella tenía el mando a distancia del televisor en exclusiva, y ahí nació mi interés por la literatura, hasta el punto de que llegué a ganar algún que otro concurso literario y a publicar dos novelas, la última de las cuales me trajo al Antro, pero eso es una historia que queda reservada para más adelante. Lo cierto es que andaba huérfano de argumentos desde hacía tiempo, el truculento sumario de la infanticida de Polán —sobre el que también amenazo volver— me había tenido absorbido durante semanas no dejando resquicio al desarrollo de mi vena creadora. A veces se me llenaba la cabeza de historias para llevar al papel, les iba dando forma con el pensamiento, puliendo pormenores, dejándolas madurar, y cuando se arremolinaban varias a un tiempo acababan pudriéndoseme; intentaba luego escribirlas y salían apestando. En cambio, en otras ocasiones se escapaban los días sin maquinar nada que llevarme al numen y al cacumen. El señor Lerín me sacaría de ese enésimo episodio de pánico al folio en blanco. La conversación telefónica discurrió, frase arriba, palabra abajo, en estos términos:
— Por favor, querría hablar con don Antonio Lerín.
— ¿De parte de quién, si es tan amable?
— Cómo no, de parte del inspector Santisteban.
— Un momentico, enseguida le paso —el diminutivo en ico y el acento confirmaron que me había atendido una asistenta sudamericana, probablemente colombiana, pero no arriesgaría más de cinco euros defendiendo mi conjetura.
— ¿Sí?
— Buenas tardes, soy el inspector Santisteban, de la comisaría de Toledo. Perdone que le moleste, pero me gustaría hacerle unas preguntas que quizá nos podrían ayudar en una investigación...
— ¿Yo? —me interrumpió, con toda la razón del mundo.
— Sí, ya sé que puede sonar un poco extraño, pero déjeme que le explique: llevamos tiempo buscando una Suzuki cuyas características coinciden con una que tuvo usted hace..., hace cinco años, si no recuerdo mal.
— ¡Mare de Deu! La Suzuki, ¿dónde estará ya la Suzuki?
— A eso voy; según nos consta el propietario, usted, dio de baja el coche el once de marzo por siniestro total; lo que ocurre es que también sabemos que a la semana siguiente, el dieciocho, se dio de baja un Galloper, también de su propiedad.
—Pues no me acuerdo de las fechas, para mí hablar de hace cinco años es como hablar de la prehistoria, pero le puedo decir que aquellas Fallas las pasé ya en silla de ruedas, las primeras que me perdí, de modo que puede ser, sí.
— ¿Tuvo dos accidentes la misma semana?
— ¿Dos? ¡Quite usted, por Dios! Con uno sobró para que me creciesen ruedas de por vida.
La asistenta era sudamericana, y el señor Lerín era más valenciano que las paellas. Que vivía en Alcudia lo sabía porque, como buen policía, al ver el prefijo de un número telefónico ya almaceno cierta información (para el examen de inspector memoricé todos los prefijos de la Unión Europea, y, para no hacer mala la ley de Murphy que dice que nunca preguntan lo que mejor te estudias, no apareció en el cuestionario nada relacionado con números telefónicos); sin embargo, no esperaba escuchar una pronunciación de la Albufera tan exagerada.
— Y entonces, ¿quién se estrelló con el Galloper?
— Un servidor.
— ¿Y con la Suzuki?
— Pues el tío que me la compró, pero a él no le pasó nada de nada.
Había argumento, me percaté, argumento y algo más.
— No teníamos noticia de que lo hubiese vendido, de hecho en Tráfico no consta ese cambio de titularidad. Cuando fue dado de baja todavía le pertenecía.
— Pues sí, el hombre tuvo mala suerte. Claro, que peor la tuve yo. Me compró el coche y al día siguiente me llamó para decirme que de regreso a su casa se había quedado durmiendo al volante, se había salido de la carretera y el coche parecía un acordeón. Para el desguace directamente. Me temí que fuera a pedir la devolución de parte del dinero o algo, como no lo conocía de nada no sabía por dónde iba a salirme. Pero no, sólo llamó para que no me molestase en cambiar el nombre de los papeles de la Suzuki, que podía darla de baja ya y así me evitaba un gasto.
— ¡Vaya, vaya! Usted quedó en hacerse cargo de la burocracia.
— Exacto. No me regateó ni un céntimo, me dio el dinero en mano y en todo momento se fió de mí, y eso que creo recordar que la itv estaba a punto de caducar, ¿cómo no le iba a hacer el favor de ocuparme de los papeles? Le dije que ya se los enviaría cuando estuviese todo tramitado.
— ¿Y se llevó el coche sin documentación?
— Esto..., no sé, claro, supongo..., o a lo mejor le hicimos fotocopia, no sé, ya le digo que eso pasó en el jurásico. En todo caso, si el coche no llevaba papeles el marrón se lo iba a comer él, a mí ni me iba ni me venía, ¿entiende?
— No, hombre, que no lo digo por eso..., a ver..., otra cosa..., le dio su dirección, claro..., ¿no la tendría por ahí todavía?
— Ya le adelanto que no, yo para los papeles siempre he sido un desbarajuste, y desde lo del accidente, ni le cuento.
— Le dejaría fotocopia de su carné de identidad, para hacer el cambio en Tráfico, digo.
— Sí, pero estará donde su dirección, ¡vaya usted a saber!
— ¡Cagüen! ¿Se acuerda por lo menos de la ciudad, o del nombre del comprador?
— Luis. En eso sí le puedo ayudar, Luis, como mi hermano. Y la ciudad era...
Si al final sí iba a ser pariente de Magic.
— ¿Su hermano se llama Luis? —no pude disimular la ansiedad en mi voz. En ese instante me interesaba mil veces más saber de mi antiguo compañero que del jodido Solitario.
— Se llamaba. Murió el pobre. Un cáncer de pulmón. Y no fumó en su vida.
Magic tampoco fumaba, y no tenía familia en Valencia, que yo recordara, pero había que asegurarse.
— Cuánto lo siento; sería un palo para la familia, sobre todo para su viuda.
— Quite, quite, si no se casó, era el soltero de oro de la lonja. Desde los quince años se dedicó a faenar en el mar y no tuvo tiempo para nada más.
Agua. Pensaba que tocado, pero agua y más agua.
— No somos nadie, no. Bueno, qué le iba a decir, que le dejo mi teléfono por si recordara algo más del comprador. ¡Ah!, la ciudad, me iba a decir la ciudad.
— Sí, pero es que se me vuelan los nombres. No sé si dijo Palencia, Guadalajara, Santander..., no me haga caso.
Como para hacerle caso; me acababa dar una lista de provincias limítrofes, y porque lo atajé, que si no presumo que todavía estaría recitando ciudades de España.
— ¡Válgame Dios!
— ¿Y qué es lo que están investigando?, sólo por curiosidad.
— Robos de bancos —dudé entre mentirle para no complicarme la vida o revelarle algo, por si tomaba interés y estrujaba un poco más la memoria.
— ¡Para robar bancos he quedado yo! Y al que me compró la Suzuki no le vi trazas de atracador, era algo apocado.
— ¿Cómo era físicamente?
— Físicamente, físicamente... Del montón, no destacaba por nada..., tendría cuarenta años, el pelo corto, moreno, no caigo en nada especial.
Con la fotografía del Solitario delante le fui preguntando (Toribio se sentiría orgulloso de mí si pudiera ver mi recobrada profesionalidad):
— ¿Pelo algo ondulado?, ¿ojos claros?, ¿frente cuadrada?, ¿bolsas bajo los ojos?, ¿cargado de hombros?...
A todo contestó que no. Quien hace lo que puede no está obligado a más, fue lo que me dije para dar por finalizado mi improductivo interrogatorio. Buscar agujas en un pajar nunca ha sido mi especialidad.
Antes de despedirnos le pedí —por deformación profesional, que no por convencimiento de que lo fuese a hacer o de que, aunque lo hiciese, nos fuese a ayudar en algo— que procurase buscar algún papel que pudiera servirnos. Sin tener que preguntarle me comentó que el comprador había visto el anuncio de la oferta en la revista Motor16 y que le había interesado el modelo porque era un capricho de su novia. A última hora parecía haberle cogido gusto a la conversación y me dio la clara impresión de que se resistía a dar por finalizada nuestra charla alargándola con puntualizaciones que no venían muy a cuento. Por eso me zafé recurriendo al pretexto de que tenía una llamada urgente por la otra línea. Ni disfruto de una segunda línea ni por el sonido del teléfono podría saber si la comunicación es urgente o rutinaria, pero...
Al colgar lamenté no haberle preguntado directamente si conocía a algún otro Luis Lerín Tenorio, por si sonaba la flauta. Si no me llamaba, que era lo más probable, aguantaría con la duda. Había vivido años sin pensar en él, podría continuar haciéndolo sin experimentar un vacío existencial. En Laura sí pensaba a menudo; para mí representaba lo que pudo haber sido y no fue, la gran oportunidad perdida. En Laura pensaba incluso cuando me casé con Andrea y me engañaba creyendo que era feliz. O a lo peor fui feliz y el tiempo y los acontecimientos se han encargado de tergiversar aquella sensación. A Andrea nunca llegué a quererla como a Laura; dicen que los primeros amores son difíciles de olvidar, y añado yo que con más motivo si además son los únicos. Porque a Andrea no la he amado nunca. Quiero decir que no he sentido por ella una pasión arrebatadora; cariño, ternura, preocupación sí, por supuesto, si no ¿a qué iba a casarme con ella?, ahora bien, cuando decidió, después de cuatro años de matrimonio, no acompañarme a Guipúzcoa escudándose en lo peligroso que resultaba mi nuevo destino, ni me lo tomé a mal ni me causó el más mínimo desgarro interno. Habíamos convivido como buenos amigos, sin crisis, sin infidelidades, sin incompatibilidades notorias, sin desengaños (como dice Sabina, si dos no se engañan, mal pueden tener desengaños), nos habíamos acostumbrado a estar juntos, pero no nos habíamos hecho imprescindibles el uno para el otro, y ahí caímos en la cuenta de que nos iba a resultar tan fácil seguir en pareja toda la vida como tirar cada uno por su lado. Al principio bajaba a Madrid cada quince días, luego una vez al mes, más tarde cada tres meses, por Navidad, para su cumpleaños, hasta que un buen día caí en la cuenta de que llevaba seis meses sin visitarla y ambos seguíamos tan felices. A ella le surgió una oportunidad laboral única, supervisora jefe de enfermeras en el Hospital Virgen del Mar de Almería, y allá que se trasladó. Sólo fui a verla una vez. Se había acomodado en un apartamento con mucha luz dentro de un complejo residencial bastante tranquilo y no dio muestras de añorar nada. Estábamos pagando la hipoteca de un ático vacío en Aluche además de dos alquileres, por lo que decidimos rentabilizar nuestro piso. Cuando fuimos a recoger del ático nuestras pertenencias la imagen que componíamos era la de una pareja recién divorciada, y ambos sabíamos que, en cierto modo, así era, sin embargo, las sensaciones que nos acompañaban desdecían tal impresión. De hecho aprovechamos para hacer el amor por última vez sobre aquella cama de nogal que fue el primer mueble que compramos (alquilamos la casa amueblada a pesar del cariño que le teníamos a todo el mobiliario, y a sabiendas de los más que probables destrozos que sufriría, porque casi nos salía más caro el transporte hasta los nuevos domicilios que la compra de otros muebles). No estamos separados ni nada por el estilo. O acaso algo por el estilo. Cada uno vive su vida, distanciados por quinientos veintiséis kilómetros, conservamos nuestros anillos de casados y la gestoría nos hace la declaración de la renta conjunta —si la hiciésemos por separado, misterios de Hacienda, nos saldría a pagar, y de este modo nos devuelven algo, calderilla, pero algo—. Alguna vez a Andrea le ha cuadrado viaje a Madrid y ha pasado conmigo un fin de semana en Toledo; alguna vez me ha apetecido airear las pantorrillas en la playa devorando tomates de invernadero y he dormido con mi mujer una semana. Y poco más. Estamos casados pero somos libres. Viviendo solos nos sentimos más acompañados. No sé si ella habrá tenido alguna aventura. Ni me importa. Sí sé que yo no he tenido ninguna. Y eso sí me importa. Porque mantener ocasional fornicio con una divorciada entrada en carnes más que una aventura lo he considerado una obra de caridad. Y cuando la moza estaba de buen ver resultaba que era de las de pagando, así que... vida sentimental, cero. Gracias a Dios. Vivir solo es un lujo; a mi edad, frisando en los cuarenta, no tener que aguantar a la suegra, ni las cenas con los compañeros de trabajo de la pareja, ni los enfados por la falta de colaboración en las tareas de la casa, ni la planificación conjunta de las vacaciones, ni la martingala del secador de pelo a primera hora de la mañana, justo cuando mejor se está en la cama, es una bendición se mire como se mire. Yo ya me he inutilizado para vivir acompañado, y creo que Andrea también. No descarto que cuando nos jubilemos le demos otro rumbo a nuestra relación, mas hoy por hoy nuestra situación es la ideal. Sé que Conde —o William, que para este caso es lo mismo— ha esparcido por el Antro el bulo de que soy impotente y por eso mi mujer se largó y por la misma razón no entré a saco con Ari, agente Ariadna Coloma (F.E.P. 43982) en el libro de servicios, la manzanilla que hizo las prácticas en Toledo y que me tiraba los tejos con gran descaro. Envidia cochina. La chica no era una Venus, no obstante tener un buen revolcón, empero le hice caso a lo que tantas veces repetía mi madre: “Nunca mezclar el azafrán con el ajo ni el amor con el trabajo”. Era la formulación elegante del “Donde tengas el trabajo nunca metas el badajo” que, a su vez, atemperaba la grosería del dicho original que no creo necesario reproducir. A mi madre la tuve por filósofa de secano y los años me van afianzando en esa creencia; también era ella la que sostenía que dentro del trabajo se pueden tener compañeros, malos compañeros y buenos compañeros, pero nunca amigos. ¿Cómo llegó a esa conclusión si ella jamás tuvo otro escalafón que el de ama de casa? Ni idea, pero tenía toda la razón. Aquellos amigos a los que el azar hace trabajar juntos, o dejan de serlo o, por el bien de su amistad, deciden buscar alternativas laborales distintas. Lo tengo comprobado en el cuerpo de Policía, y no creo que en otros ambientes, dentro o fuera de la Administración, varíe mucho la apreciación. Una vez que fichas, a trabajar o a dejar pasar el tiempo haciendo como que trabajas, nada de amistades ni amoríos. Esa es la máxima que siempre he procurado seguir, la que me dictó que con la agente Ari a lo más que podía llegar era a mirarle el culo cuando no se diese cuenta, y no entrar al trapo de sus provocaciones. Conde dice que soy impotente, salvo William nadie lo cree; yo no digo que él es estúpido, y salvo William, todos lo saben. Andrea sabe que no soy impotente, Laura lo supo en su momento. Sigo pensando en ella, más que en Andrea; a Andrea la veo, muy de tarde en tarde, sí, pero la veo; a ella no. La conversación con Antonio Lerín sirvió, entre otras cosas, para reavivar el recuerdo.
Volví a tachar de la lista el nombre de Antonio Lerín Tenorio. Comprobado de nuevo y... ¡agua! La historia que me había contado era extraña, pero no increíble. Fatalidad, compras un coche y al día siguiente lo destrozas. ¿Por qué iba a mentir alguien en algo así?
¿Por qué iba a mentir alguien en algo así? ¡Joder, estaba claro! Lo malo es que caí en la cuenta de eso cuando el amigo Antonio me volvió a llamar a la semana para decirme que Urbelinda, su asistenta, había encontrado el carné del comprador del Suzuki (a veces empleaba el masculino y otras el femenino, supongo que porque no tenía del todo claro si el vehículo era más todoterreno que furgoneta o viceversa). De paso, si bien ese era el motivo principal de la llamada, me pidió que me interesara por la regularización de los papeles de, precisamente, Urbelinda. Lo que me faltaba. Ni siquiera me reconfortó saber que había acertado en mi suposición de su nacionalidad, colombiana; amén de asistenta intuí que se empleaba de algo más con el amigo Lerín. Hacían bien, qué pijo. Garabateé los cuatro datos que me facilitó de la panchita y anoté con algo más de interés los que me leyó del carné de identidad de Luis Eladio Bohórquez Domínguez, nacido el 1 de setiembre de 1957 en Cifuentes, hijo de Jesús y Gregoria, soltero, domiciliado en la calle Teniente Figueroa, número 12, de Guadalajara. Tecleé su dni en el ordenador y los datos coincidían. ¿Antecedentes policiales? Ninguno. A ver qué encontraba en la base de la Brigada Central de la Judicial. Nada. Limpio. Pues a cruzar archivos a ver si sonaba la flauta. Menos aún. Los archivos de la Tesorería General de la Seguridad Social desinflaron mis expectativas, que tampoco eran enormes, Luis Eladio había causado baja. Finito, caput, fiambre, cadáver. Incógnita despejada, un muerto no podía continuar atracando bancos. De manera que le di las gracias a Lerín, le dije —mentí— que haría cuanto estuviese en mi mano por agilizar lo de Urbelinda, le pregunté por algún otro Luis Lerín Tenorio que conociese (ninguno, claro), y casi me despido. No llegué a hacerlo porque reparé en la fecha de la muerte de Luis Eladio Bohórquez, cuatro de marzo de dos mil uno, o sea, un año antes de comprar el coche. Como aún no se ha documentado caso alguno en el que los muertos compren coches de segunda mano (ni de flota ni kilómetros cero) comprendí que mi intuición primera era acertada: había argumento y caso. O los papeles de Tráfico estaban equivocados o alguien había suplantado la identidad de Luis Eladio. Como quiera que lo primero era imposible porque se trataba de documentaciones de dos coches distintos, sólo restaba la segunda opción.
— Antonio, ¿cómo no se dio cuenta de que la foto del carné no se correspondía con la del tío que le compró la Suzuki?
— Hombre, no es que fuera clavado, pero este de la foto es el que me compró el Suzuki.
No había manera de ponernos de acuerdo en el género del coche.
— Pero vamos a ver, ¿no me dijo que era moreno y con el pelo corto?
— No muy corto, pero sí, vaya, más corto que largo.
— Pues la foto de Luis Eladio Borhórquez que me da el ordenador es de un calvo cejijunto, y que me perdone el difunto, si es que de verdad está muerto.
— Se le caería el pelo después, digo yo —aventuró Antonio.
— El pelo, las uñas, los dientes y hasta la carne a trocitos. ¿Tiene el de su fotografía una especie de mancha bajo el ojo derecho?
— A ver..., Urbe, anda, tráeme las gafas de cerca...
Eso sí que era investigación interactiva.
— ... Debajo del ojo derecho no —contestó tras un rato de carraspeos al otro lado de la línea.
— ¿Y del izquierdo? —la pregunta era lógica, creo.
— Tampoco. ¿Su fotografía tiene manchas debajo de los dos ojos?
— No, sólo del derecho.
— Entonces ¿por qué me ha preguntado por los dos?
— No, sólo le he preguntado por..., bueno, Antonio, déjelo, no se preocupe —no quería embrollar todavía más ese atisbo de diálogo para besugos—; le voy a dar un número de fax para que me envíe cuanto antes ese carné, ¿de acuerdo?
— Ahora le digo a Urbelinda que baje al locutorio de la esquina, pero no deje caer en saco roto lo de sus papeles, ¿eh?
— Ya le he dicho que me voy a poner a ello —no llegó a cantar un gallo porque no los había cerca, pero creo que un milímetro sí pudo crecerme la nariz.
Conforme alisaba el rodillo del fax de mi escritorio la fotografía del supuesto Luis Eladio Bohórquez crecía mi convencimiento de que había encontrado petróleo en el desierto: las bolsas bajo los ojos, los ojos azules, las marcadas arrugas delimitando las mejillas. Ese rostro coincidía con el que se escondía tras la barba y bajo la gorra del retrato robot que habían hecho los picoletos del Solitario y todavía más con la imagen misma del escurridizo atracador captada por las cámaras de seguridad de la Caja Rural de Toro. Tan cuidadoso como decían que era y ni siquiera se había hecho una blefaroplastia ni se había molestado en ocultar su rastro al comprar la Suzuki Vitara o, al menos no lo suficiente. No hay crimen perfecto. Ya tenía la fotografía del Solitario, ahora sólo había que pasarla por el programa informático adecuado y rastrear algunas coincidencias. El problema era que desde el Antro no teníamos ni tenemos acceso a dicho programa, había que contar con amigos en la UCO (Unidad Central Operativa para los no iniciados) o con una autorización que se solicitaba vía fax y en la que había que explicar los motivos. Mandangas. Fui a ver a Toribio y le dije que me consiguiera esa autorización cuanto antes; a un comisario no le suelen poner tantas pegas como a un inspector, y más si este inspector está dentro de la lista negra.
— ¿Y para qué la quieres?, ¿sabes que me van a preguntar? —era previsible su suspicacia.
— ¡Bah!, para una nadería. Tengo que buscarle nombre al rostro del Solitario.
— En eso anda media España, Santisteban.
— No me he explicado bien. Digo que tengo la cara del Solitario, la suya, la verdadera, sin disfraces, y ya que me he puesto, quisiera saber cómo se llama.
— No jodamos y no...
— Y no jodamos, sí, ya sé —lo interrumpí—; ¿me la vas a conseguir?
— En atención a quien eres, que conste.
— No es seguro, comisario, pero si no es el Solitario por lo menos me voy a llevar por delante a un falsificador.
La desilusión se dibujó en su rostro. Toribio siempre me tenía en consideración precisamente por lo mismo por lo que en la Dirección General me habían expedientado, por mi condición de escritor, o de ex escritor, para no faltar a la verdad.
A la media hora me llamó para darme la clave de acceso, válida para una única sesión, de modo que o me cundía o tendría que alargar el turno. No fue necesario, los adelantos de la ciencia, que son una barbaridad, me sirvieron la identidad del figura con cara de borrachín nórdico que había falsificado el carné de un muerto: Jaime Jiménez Arbe. Comenzar a leer la pantalla y escuchar los gritos del comisario fue todo uno: “¿Qué has hecho ahora, desgraciado?, ¿es que no escarmentaste la primera vez?”. A los de la UCO les faltó tiempo para comprobar la ip de Intranet, el origen, para que nos entendamos, del equipo informático que había visualizado durante más tiempo del habitual una de las fichas —una de las sesenta y dos fichas, lo sabría después— que tenían bajo vigilancia. En cuanto supieron que los fisgones éramos los del Antro de Toledo llamaron para ver a qué se debía ese interés. Toribio se lo tomó a la tremenda, el pobre no tiene sentido de la medida ni del ridículo. No se le ocurrió otra cosa que decir que uno de sus hombres creía haber descubierto algo del Solitario. La bronca se la echaron a él por no comunicar las novedades significativas al responsable nacional del caso. De carambola había pulsado una tecla que interesó a los sesudos investigadores. Yo leí por vez primera el nombre de Jaime Jiménez Arbe a las dos menos diez, pues a las dos y treinta y ocho ya gozábamos en comisaría de la visita de los compañeros de la UCO. Sin darme mayor importancia les conté el proceso seguido, variando el dato de que mi interés por Lerín Tenorio se debió a una corazonada. Gracias por todo, ni una palabra a nadie y ya podíamos volver a nuestros quehaceres habituales. Al mes y medio atraparon al Solitario. Cuando sugerí la posibilidad de acompañarlos para profundizar en la línea de investigación que les había proporcionado me miraron como a un alienígena, ¿cómo iba a mezclarse uno de la tropa con la pura élite?, parecían decir sus sonrisas burlonas.
Nos enteramos mucho después de que hasta mi chivatazo Jaime Jiménez era un nombre más en una lista de probables sospechosos, un nombre al que habían realizado el seguimiento habitual sin encontrar nada llamativo. Lo tenían en la mira, para qué negarlo, y tarde o temprano habrían terminado apresándolo, sin embargo, yo —modestia aparte— adelanté la resolución del caso.
Y en atención a quien soy —como diría el comisario— y a ese servicio prestado a la patria, he suplicado que me desasignen el agente de refuerzo con el que tengo que trabajar en el nuevo caso, un caso de enjundia, no como los de Conde. La superioridad hace oídos sordos a mi petición.
Antonio Lerín llamó para agradecerme la rapidez con la que le había solucionado el tema de los papeles a Urbelinda. Mentí por comodidad al explicarle que era lo menos que podía hacer por ellos, dada su colaboración. En realidad no me preocupé en absoluto por la colombiana, iba contra mis principios. ¿Por qué tenía que beneficiarse nadie de algo que competía conceder a la Administración según unas normas bien claras? Cuando airearon que a los familiares de los inmigrantes ilegales que habían resultado afectados por los atentados del 11—M les iban a conceder la ciudadanía española me hirvió la sangre. ¿Qué tendrían que ver los zarajos con las zambombas? No soy racista, en absoluto, pero aquello me pareció un dislate. ¿Por qué a los familiares de los inmigrantes que mueren al caer de un andamio no les conceden también la ciudadanía española?, ¿o a los de los muchos que mueren en aguas españolas intentando alcanzar la costa en cayucos miserables? O a todos o a ninguno, o follamos todos o la puta al río, y perdón por la descompostura.
— Que no puede ser, Santisteban, ¿cómo quieres que te lo explique?
— Es que no quiero que me lo expliques, quiero que lo hagas y punto. Yo no quiero estar con ese manzanillo pisándome los talones, haciendo preguntas idiotas y liando pifostios a cada paso —le repetí al comisario.
— Es que ese manzanillo fue el que solicitó que lo asignaran al caso. Y ve haciéndote una composición de lugar cuando te digo que estando destinado en una comisaría de Segovia lo han mandado para acá. ¿Qué te sugiere tu sagacidad sobre eso?
— Dos cosas de las varias que podría expresar: primera, que el chavalote es hijo o sobrino de algún jerifalte (o le trabaja los bajos con mucha maestría y excelente juego de rodillas), y segunda, que tienes menos autoridad que un mosso d´escuadra en Mozambique. A cualquier otro en su lugar le habrían dado el pase pernocta nada más llegar, y éste, que encima está de prácticas, se está yendo de rositas.
— Nadie nace enseñado, Santisteban.
— Ese no es el problema; lo grave es que éste nació tonto.
Si el caso no me intrigara tanto me habría inhibido a favor de Conde con la esperanza de traspasarle también a Dieguito, el alhaja en bruto, y eso ya es decir mucho, pero ¡joder!, no todos los años aparecen misterios como éste en una capital provinciana, ni siquiera todos los lustros; aún voy a decir más, es la primera vez que me enfrento a un asunto tan inquietante como éste. Dos chicas amanecieron muertas en el número trece de la calle Alfileritos, domicilio de una de ellas; estaban completamente desnudas, tumbadas sobre el sofá, entrelazados sus cuerpos. La más joven tenía todavía un consolador fucsia chillón insertado en salva sea la parte. Habían sido asesinadas, estranguladas, para más señas. Un pastor alemán de orejas enhiestas montaba guardia junto a los cadáveres que cubrían mínimamente su desnudez con tallos y hojas destrozadas de un poto que adornaba, a manera de pobre y estilizada enredadera, dos paredes de la estancia. Pero el detalle que había logrado encandilarme era que para entrar a la casa había sido preciso utilizar una radial; ni siquiera los servicios de expertos cerrajeros pudieron violentar la puerta acorazada. Y, ¡sorpresa!, al franquear el umbral se descubrió que la llave estaba puesta por dentro. Ninguna ventana había sido forzada. Primera y evidente conclusión: el asesino estaba en el interior cuando entramos. Segunda y evidente conclusión: registramos el piso concienzudamente (incluso intentamos atravesar algunos espejos por influencia de los últimos éxitos de taquilla estadounidenses) y allí no había más ser vivo que el apesadumbrado perro.
Ahí tenía caso y argumento, y no iba a permitir que Dieguito Alhaja terminara pudriendo ambos. De todos modos, no del todo resignado a tener que acarrear el lastre del manzanillo en la investigación, quemé mi último cartucho:
— Comisario, y si haces valer en las altas instancias que el que aportó un dato esencial en el caso del Solitario es quien pide que manden de vuelta a casa a Dieguito, ¿qué tal?
— Eso ya lo he hecho valer para que se cancele cuanto antes de tu expediente lo que tú ya sabes —al decir esto movió los ojos de izquierda a derecha para hacerme entender que él había puesto todo de su parte para que no se airease la falta grave por la que me expedientaron, la misma que me impidió ser nombrado inspector jefe.
— No te esfuerces, Toribio, te lo agradezco de verdad, pero aquí hasta el gato sabe de mi pasado reciente, fue demasiado notorio como para hacernos los suecos, ¿no te parece?
— El jodido librito.
— Sí, el jodido librito, pero no es de eso de lo que estábamos hablando. Vamos a ver, ¿tú que prefieres, tener contento a algún mandamás de la Dirección General o que resuelva el caso de las tortilleras?
El comisario resopló, ya me había advertido tres veces que no quería salidas de tonos en la nueva indagación. Le había propuesto intitular el caso como el de Alfileritos, pero ora por el momento en el que lo expuse, ora por el rebuscado lenguaje con que lo hice, no estimó conveniente contestarme.
— Las dos cosas, quiero las dos cosas.
— Negativo, milagros no obro.
Nuevo resoplido, casi más bien sofión del jefe. Cuando no eran mis patadas al cajón, eran los bufidos de Toribio, el caso es que el nuevo ficus comenzaba a tomar conciencia de dónde había ido a parar, la caída de sus hojas era constante.
— Está bien —se arrancó, por fin, no sin antes cerrar la puerta de mi despacho (soy benévolo llamando así a una caseta que poco tiene que envidiar a una cabina telefónica)—; en confianza, Santisteban, como sé que te ibas a enterar antes o después, quiero que sepas que una de las fallecidas es viuda de un capitán de la Guardia Civil, y que ambos son, mejor dicho, eran del mismo pueblo que Diego; incluso podrían ser familia lejana o algo así.
— ¡Qué condenado el bolo!, ¡no será que me ha dicho nada!
— Le pidió a..., bueno, a quien fuese, que no se le diese publicidad a ese punto. Por tus muertos te pido que seas discreto y mantengas el pico cerrado.
— Ya veo. El recién llegado que se quiere apuntar un tanto porque conocía a una de las muertas y tiene enchufe y gordo en las alturas. Pues si quieres le dejo el caso de las lesbianas de Alfileritos todo para él, entero, por mí no hay compromiso.
— Santisteban...
En su tono leí lo siguiente: “Ya está bien, ya has tensado todo lo que estoy dispuesto a consentir, así que a callar. Ponte a trabajar ahora mismo apechugando con lo que lleva implícito el asunto o le digo a Conde que se haga cargo él y tú te pones con lo suyo, el destrozo de papeleras de los parques del Polígono”. El comisario es de las pocas personas que cuando callan dicen más que cuando hablan. Y yo sé interpretar sus silencios.
Me replantearía, pues, mi posición frente al caso. Contaba de forma irremediable con el estorbo de Dieguito y con la ayuda de Sonia, de la promoción del dos mil cinco, pero muy bragada, sustituta que lo fue de Ariadna y en nada parecida a ella. Ari pecaba de sensual e ineficaz, Sonia era la eficiencia y el pudor personificado. Algunos compañeros la llamaban Agente Palpebral, por un tic que la tenía todo el día parpadeando; otros Soni o Soni Crocket, y los más, Belleza Robada. Es fea, así de claro; de cuerpo, fenomenal, pero de cara un horror. Ahora bien, Conde y Dieguito también son más feos que Picio y nadie alude a su ausencia de donosura para referirse a ellos, por ejemplo. Por lo que a mi respecta agradecí que Toribio me asignase a Sonia porque de lo que se trataba era de trabajar, no de puntuar anatomías ni de regalarse la vista con el escote de la subordinada. Un estorbo, una ayuda, dos muertas, ninguna pista y pendientes todos los resultados de laboratorio. En tanto estos no llegaran podíamos adelantar trabajo hurgando en la vida de las perdularias, perdón, de las interfectas. A Dieguito le encargué que revisase los movimientos de sus cuentas bancarias del último semestre, que comprobase las llamadas de sus móviles, la correspondencia pendiente, sus historiales médicos y que hablase con los vecinos. Lo hice adrede; penosa resultaba la tarea de solicitar autorización judicial para meter las narices en todo ese papeleo, pero como el manzanillo disponía de contactos seguro que sus padrinos se encargaban de agilizar los trámites. A Sonia le asigné el callejeo, que se enterase de lo que se decía por Toledo, que se tomase un café en Milenio y un pincho en Mamola, los dos bares de la calle Alfileritos; que hiciese barra fija en el Garcilaso, en el Callejón del Gato y en el Buka, y que pusiese la oreja por donde ella sabía que había que ponerla. Sonia era bola por los cuatro costados, nacida en Polán (muchas putas y poco pan, dice el refrán), pero criada en Santa Bárbara. El primero es un pueblecito a diez kilómetros de la capital, el segundo es el barrio de la estación de trenes. Conoce a quinquis y mencheros, vida y milagros de los camellos que tienen plaza en propiedad y a toda la gitanería del arrabal del casco.