El Rey Torremar:
La Sombrilla Existencial
By
Paul Andreas Wunderlich
SMASHWORDS EDITION
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PUBLISHED BY:
Paul Andreas Wunderlich on Smashwords
El Rey Torremar
Copyright © 2012 by Paul Andreas Wunderlich
Thank you for downloading this free eBook. You are welcome to share it with your friends. This book may be reproduced, copied and distributed for non-commercial purposes, provided the book remains in its complete original form, with the exception of quotes used in reviews.
Your support and respect for the property of this author is appreciated.
This book is a work of fiction and any resemblance to persons, living or dead, or places, events or locales is purely coincidental. The characters are productions of the author’s imagination and used fictitiously.
Derechos de Autor © 2012 por Pablo Andrés Wunderlich
Todos los derechos reservados. El Rey Torremar es un cuento de ficción. Nombres, personajes, lugares e incidentes o son producto de la imaginación del autor o son usados de manera ficticia. Cualquier semejanza con gente actual, viva o muerta, eventos o lugares es completamente derivado de una coincidencia.
2012 Pablo Andrés Wunderlich
Arte de carátula por Pedro Alejandro Wunderlich
Fotografía por: Marcelo Gutiérrez. Esta obra fue creada en colaboración con el fotógrafo. El cuento corto describe la obra a detalle filosófico. Para más información del fotógrafo visitar: www.gutierrezmarcelo.com
Contacto al Autor:
Email: mailto:pablitowunderlich@gmail.com
Facebook: Paul Andreas Wunderlich
Página principal: www.epicasaga.tumblr.com
Índice
Capítulo I de la novela “El Lóbrego Pastor”
Poemario: Memorias en Purpúreas Malvas: Te Musito Ecos en Memorias
Introducción:
Querido lector, gracias por escoger a este cuento corto para dejar al mismo convertirse en su próxima fuente de entretenimiento. Le aseguro que el fotógrafo, por quien la obra surgió en primera instancia, también agradecido lo está.
El cuento corto describe los cimientos filosóficos del arte que el fotógrafo Marcelo Gutiérrez ha logrado plasmar al mundo, tras arduos intentos de capturar la esencia de su inquietud fundamental. Con tal cuento corto, usted querido lector, puede llegar a conocer la fuente donde yacen las raíces generadoras de su obra, y así, y ojalá, enamorarse de la misma tras su comprensión.
Le deseo un buen viaje a lo largo de estas letras fantásticas. Disfrute.
La Sombrilla Existencial
Iluminando el camino queda iluminado el mismo sin realmente estarlo por acción de alguna luz, al menos, de origen externo. Hay caminos algunos que deben ser iluminados, y eso es, por la luz del conflicto interno; o al menos eso es lo que algunos dicen por aquí y por allá, pensó el Rey Torremar, mientras ambulaba pensativamente, tocando el sendero trazado frágilmente por un dedo de luz.
Vagaba entonces el Rey Torremar por su Castillo Desolado, vacío de toda existencia posible, dado a que, solitario deambulaba su rumbo desde aquel entonces, cuando decidió omitir la existencia de toda vida posible, exceptuando la vida propia, y navegando por un universo paralelo, arribó al castillo mismo, pero ahora Desolado lo estaba, color grisáceo, un color opaco y de poca vitalidad; no necesariamente infeliz.
Por su Castillo Desolado entonces marchaba cabizbajo, resuelto a encontrar aquello que no había logrado encontrar desde el viejo antaño, ya que, buscaba desde que sintió un vacío entre sí aquella cosa que motivaba su diario persistir. Sin embargo, aquella cosa no aparecía por doquier, y dudaba de su cada paso si eventualmente la encontraría.
Dubitativo, cuando el Castillo estuvo poblado, sintió que la presencia de princesas y príncipes, Reina y bufones, hacía no más que ofuscar su visión, eso es, la visión interna. Fue por eso que se expropió del universo anterior, viajando al paralelo, al Castillo ahora desolado; solitario.Y ahora vagaba sintiendo que lo hacía sin un rumbo, por los pasillos y las salas, notando cada detalle, cada sombra, cada significante ausencia de posible luz; tal cual podría quizá darle un aliento a sugestión de aquella cosa que carecía y que por siempre seguiría persiguiendo; al menos hasta que la encontrase.
El Rey Torremar decidió tomar asiento y sopesar la suya pena, aquella cual no cesaba de generar furor calderas en su existencia. Fue así que inició a acariciar sus barbas caídas y aposentadas con viejos los recuerdos, y fue entonces que se le ocurrió entre aquellas ideas ir de puerta en puerta, abriendo una por una, a buscar si quizá la verdad tras ellas se ocultaba; aquella verdad ilusoria, hasta el momento, que parecía eludirle su cada movimiento.
Fue abriendo así de puerta en puerta, y es esto lo que sucedió al abrir la primera: La madera crujió bajo su mismo peso, y el mangoque giró lo hizo con un largo llanto de vejez. Al abrir la puerta, no encontró más que una oscuridad profunda; una ausencia total de luz. Con tremendo susto saltó hacia atrás y quedó velado con la visión de un esperpento: un dragón negro, envisionado con dientes largos y filudos, de lengua acolochada y serpentina, de ala mordaz y garra moribunda.
Tras el tremendo susto siguió abriendo puerta tras puerta, enloquecido con la posible noción de encontrar algo. En la tercera puerta creyó ver a un bufón descabezado por una espada; en la séptima puerta encontró a su hija tendida en llanto profundo, deprimida; en la veinteava puerta encontró un velo encubriendo el rostro de su madre difunta. No, no lo podía creer. Algo estaba completamente mal. ¿Qué sería?, se preguntó.
Fue entonces que sintió la noción que el abordaje a la puerta estaba siendo la incorrecta, aproximándose a ella con la tentativa idea de encontrar algo yacido entre la misma, cuando en realidad, toda puerta guarda tras sí es un misterio, y debe ser aproximada sin una idea, sin un concepto; debe ser únicamente aproximada con los ojos abiertos, curiosos, el corazón en mano, y la mente fluyente.
Fue entonces así que llegó a la última puerta del Castillo Desolado, la puerta que le llevaría al calabozo enterrado. El Rey Torremar sintió un terrible miedo al verla, ya que sus bisagras contenían más que un óxido errado, sino también serpentinas memorias de todo aquel que estaba siendo en el universo paralelo torturado. Pero el Rey Torremar supo que debía abrirla y saber la verdad, aquella que le había permanecido hasta ahora oculta, ilusoria, ensimismada.
Vitalizado por la posible emoción de resolver el misterio encontrado, extendió su mano hacia el mango de la puerta. Lo giró, lentamente, generando el chasquido de su apertura. Tiró de ella, y ésta lentamente se abrió. Congeló su mente, heló su corazón.
No vio nada. Pasmado. Silencio total. Negrura completa gobernó el momento existencial. Permaneció quieto, inmutado, inamovible por cualquier fuerza oculta. Sus ojos se movían de lado a lado, buscando alguna luz por ver. Pero no vio nada.
Nada estaba por verse; o quizá, nada deseaba ser visto. Impidió con ágil fuerza a su mente imaginar lo que su mente deseaba imaginarse, ya que tal es su fuerza que cuando permiso se le confiere, imagina lo que desea y lo plasma en tiempo real pero espacio intangible, generando una alterna posibilidad.
Percibió, por fin, estigma de luz alguna. Sí. Allá. Al fondo del calabozo un rayo único de luz viajaba friolento, serpenteando, tocando su rostro con temor fraguado en espesor ennegrecido. Entró al calabozo. Siguió el trazo de luz con la mirada. Observó, quedo. Quieto. No se movió.
Frente a él se esbozó lentamente el trazo de una silueta. La silueta de un ser, al parecer, humano, ya que brazos y manos tenía. El Rey Torremar no se movió. La silueta no se movió. Permanecieron quietos, sin dar a conocer que vivos están.
Muertos parecían, muerte al miedo. El Rey Torremar decidió mover la mano, y la silueta la movió, al mismo ritmo y al mismo furor. Decidió mover la cabeza, y la silueta también lo hizo. Fue entonces que dio un paso hacia la silueta, y la silueta también lo hizo hacia él. Quedaron cara a cara. El Rey Torremar respiraba pesado, y la silueta también. Debía saber qué o quién estaba frente a él y sintió que la silueta también estaba ansiosa por saber quién él es, fue, y será.
Extendió su mano, y la silueta también lo hizo, y a medio camino sus dedos hicieron contacto. Frío. Al son de la frialdad de un cadáver. Frío metálico. Frío muerto. Fue entonces que sintió el velo de la verdad esclarecer, y una luz vaga, tenue, gélida, grisácea, inició a bramar tímidamente.
Emitida, cantada por una voz sigilosa, el calabozo se empezó a iluminar. Quedó atónito al encontrar que estaba frente a un hombre. Éste era igual a sí, un Rey Torremar, de rostro compungido y de nariz uniforme.
Fue entonces que tras el susto reconoció a su imagen en espejo y comprendió el mensaje, y el reflejo de sí le dijo, sin él mismo mover la boca, impulsada la imagen por saber ni qué conjeturas: "La verdad está oculta de mí mismo, de ti mismo, de nosotros mismos. La verdad yace en mí mismo. En ti mismo. En nosotros mismos. Nunca la veré si no sé ver entre mí mismo; mírame a los ojos y dime qué escrutas. La visión interna es el fin último. He descubierto la verdad. Has descubierto la verdad. La mía, la tuya, escondida por mi propia fuerza. Escondida por tu propia fuerza."
En ese instante los universos paralelos colisionaron. Una galaxia interna pareció colapsar. El Rey Torremar se encontró en el Castillo, rodeado de bufones y al lado de su Reina, quien le volteó a ver con los ojos rebosados de amor, y le dijo, cálida con un beso elemental, "Ya era hora que regresaras de tu viaje por esa mente tuya que suele navegar por senderos pocos usuales. Bienvenido a la verdad. Pese a la ausencia de luz, siempre hay esperanzas. Ahora la has probado y no hay manera de retornar. Bienvenido al universo de los frutos amanecidos, donde verdades son ocultas por sombrillas que velan todo pero no por mal; por bienes quienes piensan pueden ver, por aquellos que no saben qué significa realmente observar. Bienvenido a ti mismo."
Fue así entonces que el Rey Torremar, a vagar en sí jamás volvió. Y su Castillo Desolado, permaneció poblado por sus seres queridos. Sonrió al son del desfile de bufones y soldados.
Fin.
Agradecimiento.
Muchas gracias, querido lector, por haberse tomado el tiempo para leer esta obra. Siéntase cómodo de repartirla a sus amigos, y si le ha gustado, le ruego que por favor deje un comentario en el sitio donde la haya descargado.
En esta versión del cuento corto he incluido el primer capítulo a mi novela “El Lóbrego Pastor”, y un poema ejemplar de mi Poemario I, ambas obras las podrá encontrar en Amazon.com, o Amazon.es. Espero le diviertan mucho. Muchas gracias.
“El Lóbrego Pastor”.
Capítulo I: Avena Tostada de la Semana Pasada
Rufus lo despertó con un lamido. El lamido, embalsamado con abundantes cariños y amores, corrió húmedamente sobre su rostro, acariciando así sus sentidos, cuales corrieron mañaneros quiquiriquíes a despertarlo. Lentamente amaneció de los sueños, enmelado con jugos somnolientos, sus ojos pegados por una densa bruma soñadora.
Pero el despabilar fue muy lento para el gusto de Rufus, quien viendo que su amo únicamente se revolcaba entre las sabanas, lo lamió una y otra vez con fervor hasta levantarlo.
«¡Ya voy chico! ¡Ya voy! ¡Ya … ya! ¡Suficientes lamidos!», gritó el patojo mal peinado y levemente malhumorado al ser convocado a tan rústica la forma. Con desdén limpió la baba de su rostro con la manga de sus pijamas, y aun de mala gana, se dispuso a empezar un nuevo día. Un maravilloso nuevo día. Porque todos los días son bellos, siempre y cuando se disponga del ánimo para reconocerlo.
Rápido cobró consciencia. Que levantarse temprano, aunque con sus ventajas, nunca había sido de sus placeres. Consciente de lo que porvenir estaba, velozmente se despojó de las pijamas, acelerando el paso al ver que por las ventanas ya perforaba signo de luz navegante; signo ominoso del amanecer en curso.
Vistió su pantalón café oscuro de telares suaves, sus botines de cuero negro, su camisón de lana, y su clásico y adorado chaleco de piel de lama, y salió en apuros de la estancia, temiendo no llegar a ver el amanecer, cosa que sería desastrosa.
Ver el amanecer era como tomar la taza de café por la mañana para su abuela: justo y necesario. Rufus salió corriendo detrás de su amo, ladrando y saltando de la felicidad absoluta, pese a que seguía la misma rutina diaria, para el canino, parecía ser siempre la última y la primera vez de hacerlo.
El gélido viento mañanero envolvió a su piel aun tierna, recién sacada de las sábanas, mientras el rocío fresco entre la grama humedeció sus botines. Las ramas de los árboles botaron una que otra gota, y apenas si los pajarillos afinaban sus cantos matutinos.
Llegó al Observador, seguido por el canino fiel, y sus cuatro ovejas. Las ovejas rápido se dispersaron sabiendo que habían arribado a ese sitio espiritual en la Finca, el Observador.
Luego de años de estar viniendo, al mismo sitio y a la misma hora, sabían ya muy bien que a su pastor le encantaba hacerlo. Quizá no advertían la importancia que tal ritual guardaba para su amo. Sin embargo, bien que gozaban del rocío sobre el pasto, el viento gélido, y una buena palmada de luz mañanera.
De alguna forma el pastor arribaba siempre y justo cuando los rayos partían desde el borde de las montaña, cortando nubes y vientos, justo durante el cabalístico risueño del despegar del sol, justo en el momento dramático cuando la flamante esfera emergía imperante. La experiencia tras los años le había enseñado a leer el cielo a la perfección para saber las horas del día.
El pastor sabía que este sitio era el mejor de toda la Finca para ver el alba, por algo llamado el Observador. No había mejor. Ni en las Fincas adyacentes había un punto tan especial para apreciar un amanecer.
Desde este punto en específico la luz viajaba sin interrupción por el espacio, a pegar divinamente en la pequeña colina de gramas verdes peinadas por el viento, sobre pinos altos aflechados apuntando al cielo. Eso es porque el sol sale justo entre una llanura existente entre las colinas que cubren el despertar del sol. Cosa más bella no podría existir.
Sentado sobre sus pompas, cruzó sus brazos para mitigar el frío, provocado por un viento congelado arrastrado desde el norte, que se arrimaba sobre su cuerpo como una friolenta serpiente.
Su espalda, la recostó contra del Gran Pino, tan cómodo, tan a gusto. El árbol sabio y vivido parecía agradecer la presencia del pastor feliz al acomodarlo bajo sus ramas. Las ramas empujadas por el viento parecían abrazar al pastorcito que se recostaba contra su lomo. El Gran Pino amando al pastor que lo amaba en torno, y juntos, aunque el Gran Pino siendo árbol, y el pastorcito, pastor, manaban en silencio apreciando la textura de pasteles magnolia y celestes pulverizados que lentamente se derramaban entre el cielo.
Sus ojos café claro viajaron por el cielo como el azor de cafés plumas que divaga en feliz vuelo. Sus pupilas perforaron el espacio en dos punzantes y conscientes túneles negros. Y su sonrisa, una melódica transfusión al viento que con su ritmo, de paso en paso, guiaba los pentagramas del amanecer con la batuta de su luminiscencia.
Faltarían minutos para ese momento. Para esa fusión de cielos pasteles y flamantes pensamientos, en donde, el sol saldría de su alcoba al mundo. Ese momento de euforia entre los cielos donde el bramido explosivo del sol derramaría sus aguas de líquido hirviente sobre la tierra a mancharla de luz angelical. Alba que su alma deseaba y gozaba en elixir existencial, día tras día, jamás por cansarse de verlo.
Se sintió tan relajado que se dejó llevar por las notas del viento, y como parte del corchete de negras notas, cerró los ojos, y recordó en armonía junto con el viento: memoró pasadas veces de pacífico encanto en el Observador. Se recordó. Sus memorias tan frescas y lúcidas que parecieron tornarse tangibles y reales:
La memoria se extrapoló de su mente a flotar entre el cielo, dirigiéndose hacia una nube gigante, como si fuese una flecha de voluntad propia. Juntas se acumularon en blancas mantas y dulces algodones.
La memoria aflote le recordaba a colores naranja matutino, parecidos al sabor mandarina y al aroma de pétalos ave del paraíso. La memoria misma se fusionó con la teutónica nube, y pesada, divagó flotante en lo alto del ojo de su mente. En la memoria fusionada con la nube logró verse apreciando el horizonte en verde, azul pavo, y capa de hielo pintando el cielo en velo congelado. La imagen pronto se desvaneció al abrir sus ojos y volver a apreciar la textura del mundo.
El viento sopló sobre su alma, y su alma como si fuese hecha de espigas se meció de lado a lado, como navío lo haría sobre mares salobres y oleados. Su alma pareció dejarse ser acarreada con el viento, a restar en el cielo, como campo de trigo que es soplado por el mismo. Su alma, como las espigas de un trigal, las sentía ausentes de su cuerpo, como un oasis flotante sobre el cielo, volando con alas largas y blancas, abstraído por completo de sí mismo, que aunque espigas separadas y únicas son, cada una seguía perteneciendo al mismo trigal, que en conjunto, formaban parte esencial de su elixir.
Las espigas de su alma se fusionaron, y su mente tomó consciencia, y cesó de volar, cayendo de aquel pensamiento hacia el suelo de la conciencia. Sintió el estómago entre la boca por la caída del cielo, y se sintió vivo, alerta, pero al mismo tiempo, somnoliento y tierno, en paz tan posible como el agua cristalina. Respiró profundo llenando sus pulmones de vitalidad, y durante la espiración abrió los ojos, quedando absorto por lo que vio:
El durazno del alba manchaba la cúpula del cielo, mientras se extendían los dedos de luz naranja, cuales perdían su tono original y potente, dejando trazos de sus colores alterados al ser refractados por cristales de agua, lanzando cohetes de luz tierna rosácea y malva al infinito. Admiró tales colores como si estuviesen trazados sobre un canvas, un fresco artístico y pintoresco, hecho por las manos de los dioses mismos, pintando activamente con un pincel invisible. Adoraba el fenómeno luminiscente de los amaneceres. Sobre sus pompas, se reacomodó, intentando enfocar mejor la luz que se transfiguraba entre una nube.
Su mirada no dejó al cielo reposar un segundo, sus ojos devorando toda vista posible. Amó a las nubes, y amó a los vientos, se imaginó a las nubes mismas como si fuesen ovejas salvajes, viajando hacia algún sitio, en busca del pasto fértil y casto.
Gramitas a su lado, mientras tanto, comía del pasto como si con hambruna, con sus dientes arrancando raíces y masticándola con la boca abierta, con media grama de fuera. Rufus no estaba por encontrarse, pero de seguro estaría dormido entre los arbustos, cuales, por alguna razón extraña producían placer somnoliento al canino. Bruno comía por otro lado, y Macizo perseguía a una mariposa verde, quizás creyendo que era la grama volante quien no cedía a la fuerza de su estómago.
El joven Pastor suspiró. Estiró sus brazos al cielo, y añoró una taza de café recién molido, hervido entre la olla de hierro, colado a la taza, para luego ser degustado con leche recién ordeñada de Mumu, la vaca de la Finca. El deseo le brindó a su mente el exquisito aroma a café.
Se sintió despejado. Su mente una ola de mar en un viaje a alguna playa blanca distante. Se sintió levitado, en éxtasis, aliviado. Sus penas una vaga memoria. Su existencia una idea casi imposible de tocar. Respiró y admitió estar tan vivo como el resto del mundo que le rodea. Sintió la energía del pulsátil viento. Estiró sus brazos y bostezó somnoliento, quedando en su ser ese tierno sentirse jugoso con sueños. Parpadeó un par de veces, y saboreó el gélido viento entre su boca y sobre su lengua.
De la masa de vida rodeándole, de los cielos celestes y astros inertes, de las hebras de nube y cultivos de trigo, una libélula vaga en vaga expresión se introdujo entre las corrientes del viento que soplaban al norte.
Estas llevaron al insecto a cercana proximidad con el joven pastor, quien sentado sobre sus pompas, apreciaba el resplandor del cielo en alba. Su vista se distrajo del cielo, y se concentró en el insecto. Lo persiguió con su mirada, atento, intrigado, amando su naturaleza, por alguna extraña razón que no comprendió.
El insecto de color verde metálico y azul purpúrea, de ojos abombados en burbuja de agua, alas de membrana en tul morado con brillo de iris en arco, por fin logró descansar sobre una rama de un árbol con muchas ramas en forma de flecha.
Rama e insecto se mecieron al unísono, y las gotas del rocío cayeron rítmicamente al suelo. La mirada del joven pastor contuvo al insecto, admirando el dragoncillo volador y su perfecta forma lanceolada. Sus alas que angelicales se extendían galantes y aperladas, por donde mágicamente la luz se quebraba en un espectro de azules y naranjas.
Pero pronto algo cautivó la atención del joven Pastor, y curioso, volteó a ver, para sorprenderse al ver una detonación silenciosa entre el cielo, que disparó una saeta de luz intensa que perforó el espacio y al infinito.
El joven Pastor sintió la luz sobre su rostro como si escuchase el reventar de una ola sobre el mar. Encandilado por la luz potente, rápido elevó su mano a cubrir sus ojos. El movimiento asustó a la libélula, por su puesto, cual viajó con los vientos al norte, en busca de alimento y hospedaje. Pero poco le importó, ya que estaba a punto de presenciar un momento de oro…
Entre los dedos del pastor, las luces naranjas se filtraron a pegar sobre su rostro sonriente, y la pulpa de la naranja luz se derramó sobre sus dedos, sobre su brazo, sobre su cuerpo, y sobre sus piernas, hasta quedar por completo cubierto por la luz del amanecer, tal como si le hubiesen decantado un vaso lleno de jugo de naranja sobre su cuerpo. El joven envuelto en cáscaras naranja sonreía al cielo, pasmado y sobrecogido por el fenómeno natural de luz del albor.
Recostado contra el Gran Pino, se sintió exaltado, en euforia. Sus pompas ya iniciaban a quejarse de tanto tiempo de estar prensadas bajo su peso, pero no le importaba tanto, al menos, aun no. El fenómeno de luz natural estaba siendo degustado en su exquisito color y fluidez. Las nubes manchaban sus faldas blancas en tinturas acuarelas. La visión era demasiada bella como para quitarle un ojo por tan solo siquiera un segundo.
Gramitas habló en su idioma inentendible, con un estrepitante «Beeeeee-e-e-eeeee-e Beeeeee-e-e-e-eee-ee» anunciando la llegada del rey de los cielos: el sol flamante. Tantos años juntos, el joven pastor había llegado a desarrollar una relación íntima con sus ovejas. No comprendía del todo los graznidos de las ovejas, pero sabía cuándo los hacían y por cuales razones.
De las cuatro ovejas que adueñaban, únicamente una sobresalía por su mente astuta y veloz, Gramitas. Ella había aprendido a comprender, en parte, el significado de los amaneceres para su pastor. Y quien sabe, quizás y a lo mejor habría ya desarrollado un gusto por el fenómeno luminiscente.
Las otras tres, Bruno y Macizo se la pasaban peleando, siendo las más jóvenes, y machos, en pleno juego el día entero. Pancha, la única oveja hembra, pero ya aviejada por los años en paso ligero, se aislaba más de lo usual del grupo, en busca de los pastos despejados y el silencio, quizá filosofando de la vida, apreciando diversas cosas que los más jóvenes suelen despreciar.
La vieja oveja de Pancha, perdía su vista en el horizonte por largas horas, viendo en el reflejo de los cielos su pasado en una tira de tiempo extendida. El joven pastor nunca cesaba de lanzarle miradas tiernas a Pancha, siempre intentando quedar bien con ella, lisonjeando y condescendiendo más de lo usual que con las otras ovejas. Pero ella, simplemente perdía su vista y ausentaba el gesto de amabilidad de su pastor.
El sol ya se elevaba a su diario labor de iluminar la tierra, y las alfombras de su luz iluminaron al mundo. El orbe de luz amarilla intensa dejó pensando al pastor en los frutos de un nuevo día de trabajo laborioso.
Trabajo de buen usufructo ya que estaba aprendiendo las formas de un finquero, pero a expensas de un alto costo: su tiempo libre para jugar. Su abuela insistía que trabajase aunque fuese a medio tiempo con Tomasa, la mucama y única trabajadora restante de la Finca, para -agarrar la buena mano y la mera maña- y así lograr aprender a realizar las tareas de un Finquero.
Tomasa no era ninguna finquera. Ella era explícitamente la mucama de la estancia, con la responsabilidad de hacer el de adentro, cocinar, y limpiar. Pero en vista que hubo una convocatoria de guerra hace ya casi cuatro meses, la mayor parte de los trabajadores tuvo que irse por obligación y deber a su Imperio.
Ahora ella había tomado la tarea de cultivar los campos y el resto de labores por hacer en la finca a diario, cosa laboriosa y de poca afabilidad. El joven pastor, no acostumbrado a tales penas, tuvo que acelerar el paso y aprender viendo a Tomasa hacerlo y a el puro dolor de tener que repetirlo.
Pero ni modo. La vida no es un dulce, al menos no para la gran mayoría. Y aunque en apenas sus trece años de vida, ya le estaba imponiendo un alto precio por pagar. Pero cuando la necesidad llama, hay que responder con tenaz fuerza, y sostener por cuanto tiempo sea necesario la potencia. Que como el buen dicho dice, solo hay un camino hacia el tope, y es trabajando duro; no hay atajos, no hay secretos: se trata de ser persistente.
Pero Manchego no era alguien que se da por vencido. No, no, eso jamás. Eso era inconcebible tras la filosofía de su diario vivir. Darse por vencido era para los de débil mente. Pero el simple hecho de no poder jugar tanto como antes lo hizo con su mejor amiga, Luchy, le resultaba algo intolerable y aborrecedor, cual le hacía en serio dudar si deseaba laborar tan largas horas. La real pregunta era entonces, ¿tenía voz y voto a la hora de tomar esa decisión?
Su abuela le aconsejaba trabajar, y no le quedaba otra más que responder complacientemente. De igual modo, él era el único y último heredero de la Finca. Si él no aprendía las forma de manejar la Finca, ¿quién entonces lo haría? No había nadie más. Era él, o por siempre el perecer del renombre de la Finca el Santo Comentario, que ya de por si estaba en decadencia desde hace catorce años, cuando Eromes trágicamente murió.
«¡¡Beeee-e-e-e-e! Beeee-e-e-e-e!!», exclamó Gramitas, exigiendo a su amo un masaje. El joven pastor acarició a Gramitas justo por detrás de las orejas, y la oveja cerró los ojos en complacencia.
La lana acolochada de la oveja estaba tiesa y sucia. Supo que debía de bañarlas, otra vez. La piel por debajo del pelaje se sentía áspera. Luego de varios minutos de acariciar a Gramitas, sintió la urgencia de levantarse. Las piernas lo estaban matando con hormigueos.
Se levantó, apoyando su brazo sobre la grama y empujando su cuerpo hasta estar de pie. Limpió la gramilla pegada en sus pompas, y achinados sus ojos, pegó el bostezo más grande que pudo.
Su rostro se deformó en una gigante caverna. Tragó aire por el millar, y sus brazos los tiró hacia atrás de su cuerpo, estirando los huesos del tórax, y llevando al límite las articulaciones de sus brazos. Se sintió aguado y fláccido, con ganas de arrojarse entre las sabanas de su cama. Pero no. Nunca lo haría. Nunca cambiaría a la cálida sabana por la vista de un amanecer.
El gallo tuvo que haber cantado hace momentos, pensó, mientras el sol finalizaba de salirse de la pijama de las montañas, pero el gallo estaba muerto. Se murió de fiebres inexplicables, y quedó tan solo la gallina de Chichona. Ella no cantaba el poema del amanecer. Ella era experta en poner huevos. Y comprar a otro gallo estaba fuera de su capacidad económica. No había dinero para otro gallo. No había dinero para muchas otras cosas tampoco.
Pero el dinero vendría con el tiempo, le decía su abuela. El dinero fluye como los vientos sobre los mares, y los mares sobre los valles, y los valles entre los ojos, y los ojos contra la luz, y la luz contra el cielo, y el cielo con el alma, y el alma con los dioses. De eso no había que preocuparse, decía ella.
Pero Manchego a veces la miraba preocupada, perdida entre sus memorias, como si pasase penas. Pero no penas recientes de las cuales uno habla y expresa con el cuerpo y el ceño. Estas parecían estar empolvadas con el tiempo, e ida, a veces se perdía recordando, su lanzada vista perforando el horizonte y perdida con las nubes, pensando, recordando, reviviendo una memoria desabrida y reseca, cuyos colores han demacrado y olores apagado. Quizá veía ya tan solo una tira de imágenes opacas, que se degustan más por recordarse del recuerdo en sentimiento, y no del sentimiento mismo que se siente de recordarse de la memoria intacta.
Escuchó su nombre a la distancia. Pensó que le llamaban. Una vez, tras otra, escuchaba su nombre en vagas ondas sugestivas. Hasta que por fin hubo una definitiva, «¡¡Manchego!! ¡¡¡Ya está el desayuno!!!», al mismo tiempo escuchó la campana resonar.
Hora de degustar huevitos y avena tostada de la semanas pasada. No logró pensar en una combinación más aburrida. ¿Pero qué más queda cuando no hay opciones? La avena de la cosecha reciente se había perdido, y no por la mala tierra, sino por la mala mano. Tomasa no estaba experimentada lo suficiente como para cosechar en su momento la avena, y Manchego, aun menos. Pero el estómago le estaba crujiendo. Debía de comer e iniciar la labor del día.
Manchego tomó su bastón, e inició a reclutar a su pequeña camada de ovejas. Bruno y Macizo obedecieron rápido, cesando de jugar a heroicas lanas. Gramitas no tardó en tomar el poder de la camada de ovejas e iniciar el retorno con la barbilla en alto. Pero Pancha permaneció indómita, perdida entre la visión del amanecer.
Detestaba tener que recurrir al canino para obligarla a regresar. Él no era un pastor para andar agrediendo a los animales. Él creía firmemente en el alma del universo, y las ovejas son parte del universo, compuestas por la misma materia del mundo. Ellas compartían el alma del universo con el resto de seres que viven y luces que guían. No, él no era de agredir a sus animales. Pero Pancha simplemente no hacía caso a sus órdenes, y se vio obligado a pegarle el chiflido, como todos los días.
De inmediato Rufus salió de entre el matorral, lleno de espinas y ramillas quebradas y hojas muertas entre su cabellera. El perro anciano respondió con vigor, ladrando a quejido estrepitante, a dar a conocer su llegada imponente, aunque imponente no lo fue.
Rufus supo que debía de jalarse a Pancha. Trotó a ladridos oxidados hacia la oveja anciana, quien al ver al canino, se incomodó de su mera presencia. Petulante inició el retroceso hacia el establo, ignorando por completo a Rufus. El perro se sintió insultado ante el gesto agresivo. Pero no le importó. Pancha así es. Depresiva.
Manchego suspiró, afectado por no lograr controlar a la anciana oveja. No sabía qué hacer con ella. Rufus la miraba con ternura. Encerrarla y no dejarla salir a comer el pasto era demasiado cruel de idea. Dejarla en las afueras era pésima idea, porque pronto un perro silvestre la tendría entre su mandíbula. No, la solución no era cruenta. La solución era entendimiento. Debía de comprender a Pancha. Los ancianos tienen caprichos como los niños, y hay que saberlos llevar, como corcho sobre las olas.
Le encantaría que fuese tan obediente como las demás. Pero las comparaciones son tediosas, y quien sabe las razones por las cuales Pancha se perdía entre las nubes. ¿Qué posible memoria podría guardar en su mente? ¿O es únicamente que ya de anciana encontraba sentido en las figuras del viento?
«¡¡Manchego!! ¡¡Mancheguito!! ¡¡Ya está el desayunooo!!», gritó su abuela concomitantemente con la campana, anunciando el matutino nutriente y su presta disponibilidad.
Manchego sonrió al pensar en su abuelita cocinando en sus pijamas de lana de oveja. A la distancia creyó olfatear el olor a yema de huevo quemada y el innegable y exquisito olor de la avena recién tostada.
Eso es, avena de la semana pasada, ¡recién tostada! La sonrisa de su rostro tomó posesión de cada y una de sus expresiones, y no contuvo una pequeña risa. Amando al viento y a la naturaleza, caminó a casa con el bastón en mano, canino saltando a su lado en felicidad, y cuatro ovejas andando como nubes diminutas sobre la tierra.
Pasada la matutina hora del amanecer, Tomasa había llegado a la cocina para preparar la fruta de Lulita, y a encender la madera para preparar el desayuno de Manchego. Las brasas se dejarían para más tarde, ya que servirían para incinerar nueva madera para el almuerzo y luego para la cena.
Pero desde hace mucho tiempo que Tomasa ya no prepara el desayuno de Manchego. Ahora lo hace Lulita. Tomasa ha estado muy atareada como para andar haciendo desayunos, entonces Lulita prestaba la mano para hacer las comidas y lavar los platos.
El freír de huevitos fue la invasora sensación que tuvo al entrar a la estancia. Se sentó en su puesto, y arregló los cubiertos colocados a medias. Pegó un sorbo al jugo de naranja exprimido por Tomasa, y esperó a su desayuno. Rufus sacaba y metía su lengua, en rítmica armonía, esperando su ración de comida.
Lulita meneaba el sartén, la paleta de madera raspando la superficie metálica para arrancar esos pedazos pegados. Lentamente un aroma a quemado invadió la cocina, y se escuchó la voz de Lulita, «¡Por los dioses! ¡No otra vez! ¡Ay no, pero que molesto es cocinar con esta Tomasa que pone la brasa a potencia solar!»
Con un trapo húmedo, Lulita sujetó la oreja de la olla hirviendo café, y vertió su contenido al colador. Sirvió en una taza el producto colado. Y caminando hacia Manchego, sirvió los huevitos aplastados sobre su plato, y colocó la taza de café al lado. Sujetó un segundo sartén del fuego, y vertió una porción de fríjol molido. La avena de la semana la sacó del horno, y la dejó caer en la panera, soltando migajas sobre la mesa.
Manchego rápido cogió los cubiertos, deglutiendo enérgicamente el desayuno. Aunque quizás temático el hecho de comer huevitos aplastados todos los días, ¡pero por los dioses que eran buenos! Lulita sabía darle cariño a su cocina. Ese amor tierno que se infunde entre las cosas. Ese amor sobre las cosas que las hace ser tan afables como el amor mismo.
Lulita empezó con el sermón, tal cual le daba y repetía todos los días, poco evidente de su nefasta obsesión, «No mijito, tu eres el próximo heredero de esta Finca El Santo Comentario. Y tenemos que tenerte bien nutridito, para que cuando sea la hora de la hora, logres hacer lo necesario para hacer con esta Finca lo que tu abuelo hizo, que en paz descanse.»
Lulita pareció perder su vista en el horizonte, y luego agregó, «… ¡y Buen provecho! ¡Y buen crecimiento! Te felicito mijito, estás haciendo las cosas como se deben. ¡Arriba el ánimo! ¿Verdad que si Rufus?» El canino soltó el jovial ladrido en asentimiento.
Lulita siguió hablando mientras Manchego comía, «Corren rumores por el pueblo que la batalla en la frontera cesa. Muchos dicen que pronto los hijos de San San-Tera regresarán a sus casas. Eso quiere decir, mijito, que pronto los trabajadores estarán aquí de regreso y los días de trabajo arduo finalizarán por fin. Tu podrás regresar a la escuela y podríamos iniciar a buscar algún finquero para que te tome cómo pupilo. Pero mientras permanezcan los tiempos así, debemos de ayudarnos a sacar el trabajo de la Finca.»
Lulita pegó un mordisco a una su manzana, y luego de haber tragado y limpiado la orilla de su boca prosiguió, «Ya cuatro meses sin trabajadores es demasiado. Es inhumano para una criatura de tan solo trece primaveras tener que trabajar como esclavo. No es normal, y nunca debería de serlo. Estoy totalmente en contra de explotar a los niños. ¿Pero qué otra tenemos? Eres tu mijito y Tomasa, los demás andan en plena lucha. Mira que muchas de las Fincas del complejo están igual. Jodidas con esto de los trabajadores yéndose a luchar a las fronteras. Sangre derramada por gusto. Ay no, que desgaste tan innecesario.»
Manchego ya había escuchado tales rumores, pero de la boca de su mejor amiga, Luchy. Ella, por alguna razón, siempre se enteraba de todo lo que pasaba en el pueblo y en el complejo de Fincas.
Quizás era porque su madre, Vilma, se juntaba dos veces por semana con las ‹chicas de la clase› a un cuchubal. Ahí intercambiaban chisme y noticia, tergiversaban cada rumor a modo de redistribuir la falsedad por doquier. Y Luchy, creyéndose adulta, participaba en los cuchubales y degustaba el té como señorita.
Tomó un pedazo de avena tostada de la panera, y se impresionó al sentirla tan tiesa como la madera. Cosa rara, ya que usualmente cuando la mordía, esta se disolvía en un polvo desagradable, restando en una masa inerte y desabrida. Comió la avena tostada, empujando el frijol contra su tenedor, mascando la combinación excéntrica.
Lo bueno de ser amigo cercano a Luchy, pensó, es que se enteraba de prácticamente todo lo que pasaba en San San-Tera y un poco de lo que pasaba alrededor del Imperio. Los chismes eran por lo general aburridos y de gente que no conocía y que probablemente nunca conocería. Eran irrelevantes para él. Aunque, en algunas ocasiones se mencionaban nombres grandes como el de Leor Buvarzo y Morgan Gramandam, en especial al veterano Leandro, el General del Ejercito Imperial.
Amaba a Luchy. La amaba por lo que representa en su vida: amistad incondicional. Le parecía sensacional como persona, y guapa también. Pero no le gustaba, no, jamás. Ella es solo una amiga. Nunca podría verla como algo más. ¿Igual para qué? Las relaciones son para los adultos. Es cosa complicada y enredada. En fin, eran amigos, y eso es lo que importa.
«Dicen que por fin van a llegar en un acuerdo en esto de la guerra en las fronteras. Espero que sea cierto, porque cada año nos vienen baboseando que por fin han llegado a un acuerdo en quien tiene sus límites donde. Nunca falta el idiota que quiere más y más y nunca se satisface. Ay no, problemas. Mejor termina tu desayuno mijito. Ya no escuches a esta viejita que siento que pierdo mis cabales. ¿Quieres otro huevito?»
La mención de huevito hizo recordar a Manchego de la gallina de la Finca. La última gallina. Desde hace tiempos que todas habían iniciado a perecer. Quizás por mal alimento o alguna enfermedad. La Chichona era la única restante, resistente al ataque de la muerte que sobrevino a las gallinas. «No gracias abuela.»
«Muy bien. Pero no vengas después diciendo que quedaste con hambre. Sabes, dicen que Doña Paca anda reventando las recetas en su cocina. Parece ser que ha llegado a un nivel superior culinario. Vamos a ir hoy con las chicas a ver que compramos. La pasada vez traje chuchitos de pollo y de res. Estaban magníficos. A ver qué delicias nos encontramos hoy.»
Lulita recogió el plato de Manchego y lo llevó al lava trastos. Remojó los platos en agua y los dejó a un lado, para que Tomasa, más tarde, los lavara y guardara en su lugar. En la taza de café ya servida, Lulita le agregó las dos cucharadas de miel que le gustaban al pastorcito, y lo mezcló con una cucharilla. Manchego probó el cafecito, y sus ojos en complacencia dieron a entender a Lulita que el café estaba aprobado.
«Corre la bola que el Alcalde anda con otra mujer. Dicen que es tan fea como una bruja. ¡Ja! Las cosas que complace al pueblo y sus deseos por escuchar algo superior a sus vidas. Es impresionante lo que entretiene a la voz del pueblo: el puro chirmol. Quizás solo sea por crear controversia. Pero dicen por ahí que tiene una terrible fama de ligera y que andan de arriba hacia abajo. Que salen de la casa del Alcalde entre noches por las calles a quien sabe ni que secreto sitio. Bien tú sabes Mancheguito que el Alcalde, Feliel, no tiene mucha popularidad con el pueblo. Por mentiroso fue elegido por aquellos creyentes en sus falacias. Y ahora mira como tiene de mal regulado el mercado de la canasta básica para aquellas personas de escasos recursos. Y los pobres vendedores se ven obligados a regular los precios. Si no, te cierran la tienda, o quizás y amanezcas muerto por el desagüe o los sumideros. Ay no, las cosas que pasan estos días. No es la mano del Alcalde que necesita el pueblo, ni su piedad, ni su entendimiento. Es su ausencia. ¡Lo que hace falta es trabajo! ¡Todos deberían de trabajar! ¡Mira a esos mendigos que merodean el pueblo por las noches! ¡Destructores y usurpadores son! A ellos deberían de sancionarlos. Ay no, las cosas que pasan… como cambian las cosas…»
Lulita perdió su mirada entre la vista del amanecer. Sus ojos flotando entre las nubes y el color naranja de sus faldas. Su mirada parecía hablar una historia larga y profunda, y por un instante creyó haber un dolor tangible, simbólico, y definitorio de su vida actual. Pero Manchego no logró ponerle un dedo a aquella sensación, y meramente contuvo el pensamiento entre la caja de dudas que llevaba del pasado de su abuela, del cual, hablaba poco. «Mijito lindo. Mira que el sol no demora en su alce al cielo, mientras que nosotros sí. El tiempo avanza y hay mucho por hacer. No demores mucho. Bien sabes que la pobre de Tomasa sufre cada vez que te ausentas. ¿Quieres más cafecito?»
Manchego aceptó la oferta. Otra tacita de café no le caería mal. De igual modo, necesitaba las energías para el trabajo de hoy. Los últimos días habían sido extremadamente calurosos, y ya una vez y por poco se desmaya a media jornada.
Manchego topó con sus ojos el fondo de la taza. Entusiasmado por un nuevo día, se levantó y llevó su taza al lava trastos. Con el pashte restregó la suciedad, y los puso a secar sobre el trapo seco. Caminó hacia su abuela, y le pegó un besito tierno en el cachete, «¡Gracias por todo abuela! ¡Estuvo delis!»
«Ay mijito, tan lindo que eres. Como me gusta que ayudes. Como me gusta. Eres un reflejo tan autentico de tu abuelo. Me encanta sentir que estás participando en elevar nuestra Finca. Ay no, las cosas que pasan … las cosas que pasan … Yo te mando tu limonada con azúcar al medio día y tus champurradas con arequipe. A trabajar pues mijito. ¡Suerte en tu día y nos vemos para la cena!»
«¿No vas a estar para el almuerzo abuelita?»
«No hombre, hoy no vamos a poder almorzar juntos mijito. Tengo reunión con las viejas vecinas. Vamos a ir a casa de Doña Paca a ver que compramos. Pero para la cena prometo traer algo delicioso. ¡Adiós!»
El joven pastor salió de la estancia, seguido por Rufus, quien a su lado ladraba de la felicidad. Caminó hacia en donde seguramente encontraría a Tomasa trabajando las tierras.
Tomasa maniobraba la pala como caballero la espada. Vez tras vez, cada palazo cavaba un agujero profundo en la tierra. El aire mismo parecía temblar tras cada golpe. Su fuerza era incomparable. Su tamaño, incalculable. Su piel de indígena de las tierras de Devnóngaron brillaba el potente tueste de sus pieles nativas, un color café acaramelado, grácil, poético en su color, único, que con la larga y duradera exposición al sol, relevaba el tueste del horno en potentes cafés. Su apodo lo había adquirido no más inició su labor en la Finca, El Oso. Los trabajadores le temían a Tomasa, que de carácter fuerte, y aunque cocinera, era la mano derecha de Lulita.
Tomasa había conocido a Eromes, antes de su muerte, y le había servido fielmente hasta su perecer. Ella era una de las pocas que logró conocer bien al finquero famoso. Ella era una de los pocos trabajadores de la Finca que llevaba ese orgullo entre sus manos: haber servido bajo el mandato de Eromes. Y con esa memoria motivaba sus días. Especialmente al ver al joven pastor crecer, quien era una imagen en espejo, aunque diminuta, de lo que fue su abuelo.
Desde que tenía el pañal puesto conoció a Manchego. Ella le cambiaba los trapos cuando los manchaba de heces. Ella de daba la pacha, le daba el agüita, las verduras cocidas, le hacía puré las manzanas y se las daba con cucharita. Ella vio crecer a Manchego. Ella ayudó a crecerlo, y en parte, a criarlo. Ella fue quien ponía el límite a las travesuras de Manchego, y aun hoy lo hacía con imponencia. Con permiso de Lulita para corregir a Manchego, este le temía más que a Lulita. Tomasa era cosa seria. Una trabajadora excelsa.
Incluso, leyenda corría por el complejo de Fincas, El Granjero ElquepeK´Baj, que Tomasa había matado a una manada de perros silvestres con sus propias manos. Que con sus manos de oso había roto el cuello de cada lobo, y que incluso, se había comido el corazón de uno mientras aun latía. Y ciertamente, si algo impresionaba de sobremanera de Tomasa, eran sus manos de león. Poderosas como la mordedura de un dragón, ásperas con callos y la cáscara gruesa de años de trabajo arduo y manos en fuego. Cada dedo era del grueso de una zanahoria. Tomasa bien podría ser un Brutal Fark-Amon de Omen, y de seguro, sería la guerrillera más capaz de todos, con la capacidad de descuartizar un cráneo entre sus manos como una nuez.
Manchego sentía que trataba con un general de guerra cada vez que le hablaba. Su voz era comandante, su mirada penetraba piedras. A ella era imposible mentirle. Su ojo raptaba falsedad en sus expresiones y rápido le succionaba las verdades, «¿¡Porque es›q ha venide tarde po!? ¡Ash hombre! ¡Que no mire que disciplin›e es lo que necesite este munde hombre! ¡Ash! ¡A trabajar po que la tarde camin›e y usted no hombre! ¡Ash! ¡Ash!»
Manchego estaba paralizado, recibiendo las palabras comandantes de Tomasa. Temiendo ver esa bofetada que nunca llegó a cruzar su cara. «¡A trabajar po! ¡Ash! ¡No se qued›e parad›e ahi po! ¡Ash! ¡Pataje!» Al recibir las ordenes de trabajo, rápido tomo la pala y piocha, e inicio a trabajar las tierras sin preguntar y sin dudar.
La mañana transcurrió pesada, y con cada segundo el sol aumentaba su capacidad para ser molesto. Casi al centro del cielo, sus lanzas fuego penetraban la piel de Manchego con calores intensos. Rápido el sudor respondía, a expensas de sentirse pegajoso y saturado por humedad.
No había forma de sacudirse los rayos de luz, ni por movimiento veloz ni por aguas sobre el cuerpo, y pesado se sentía el ambiente con vapores humedeciendo su nariz y sofocando sus pulmones. Cientos de veces corrió su camisón sobre su rostro para limpiarse del sudor.
Pasados los momentos bajo tal sofocación sus movimientos se tornaron letárgicos con el calor. Su mente se hizo lenta y humedecida como el ambiente, como si su cerebro estuviese relajándose en la sopa de su pensar. El sopor era insoportable. No lograba coordinar sus actividades.
Deseaba pensar en algo, pero simplemente los pensamientos no arribaban a tiempo, y se perdía el momento para hacerlo. O quizás, arribaba el pensamiento a medias, y se quedaba confuso, esperando esa otra mitad que nunca llegaba. Lo único que miraba y comprendía era a Tomasa dándole órdenes. Escuchaba a Tomasa gritarle y decirle que hacer, con el ‹¡Ash!› al final de cada oración como el graznido de un león enojado.
Escuchaba a Tomasa reprimirlo con regaños, con insultos, y cátedras de cómo se debía de cultivar. Era una excelente maestra, pero quizás muy rigurosa. Muy fuerte. Se desesperaba muy rápido. De paciencia escueta.
Habían abarcado vasto campo esa mañana, la gran mayoría hecho por Tomasa misma por su puesto, que con sus manos de oso, era más eficiente que cinco hombres juntos laborando en paralelo.
Pero Manchego observaba, y aprendía con sudores y gritos la manera de trabajar la tierra y cómo hacerlo eficientemente. Quizás Tomasa hacía las cosas rápido y a veces no muy bien. Pero su velocidad era incomparable.
Lamentablemente se notaba esa ausencia de amor, semanas después, cuando los cultivos se perdían ante el hecho que no se les dedicaba el tiempo suficiente ni el amor suficiente. Más por el hecho de carencia de factor humano que por amor mismo, que Manchego seguro estaba que amor entregaba a sus plantas. Pero con tan solo cuatro manos era imposible. Y ellos no contaban con el lujo del tiempo. Debían de hacer mucho en la Finca, con pocas horas de luz del día a su favor. Trabajo más matado no podría existir.
Hacía ya tiempos que no sufría el Imperio una convocatoria masiva como esta, y claramente, cobraba su precio en la productividad de los agricultores, y quien sabe a quienes más afectaba la ausencia de trabajadores en sus negocios. Manchego en unos años entraría en su ‹madurez› suficiente para irse a entrenar a la escuela militar y servir al Imperio.
Lulita temía el paso del tiempo por la llegada de ese día, miedo a perder a su único nieto, a su mijito querido. Y de alguna forma, no lograba ver a Mancheguito, al flaco y escuálido niño, de estacas piernas y brazos delgados, y tan dulce personalidad, con armaduras de guerra marchando en régimen militar.
Contrario a eso, Manchego se ilusionaba al ver en el pueblo a los jóvenes en su ‹madurez› iniciando en la escuela militar, guiada por Félix, el Alguacil del pueblo. Ellos entrenaban el día entero en las facilidades de la escuela, y aprendían a maniobrar la espada y escudo. Aprendían a utilizar la lanza y a marchar en grupo.
Era una etapa alegre para los jóvenes, ya que desarrollaban su hombruna, su poderío, y demostraban a las chiquillas su masculinidad con sus crecientes músculos y patéticas posturas inmaduras de soldado en creación. Jugaban a las peleas, y al graduarse, algunos se incluían en el ejército Imperial, mientras otros se quedaban en sus hogares, a seguir los pasos de sus padres. Pero Manchego sabía que le faltaba tiempo para llegar a su ‹madurez›. Y por lo tanto, no se preocupaba por eso. Se preocupaba por la Finca.
«¡Apurese po Manchegue!», le gritó Tomasa al verlo perderse entre su mente, cosa que comúnmente le pasaba a Manchego, «¡Mire que a su abuel’e le voy a decir si no se apure po! ¿¡No ve lo que tanto falte po!? ¡Mire que falta poque pa’ lal’muerce hombre! ¡Apresure po! »
Manchego apretó el paso. Pero el aroma a dalias y lirios invadió su mente, y de inmediato los motores de su emoción e ilusiones trotaron a galope incinerado. Imágenes corrieron por su mente, atardeceres en brasas y amaneceres en fuego, y esclarecida entre el centro como el molde morado y vacío de montaña distante que se rellena mientras uno se acerca, la imagen de Luchy se hizo tangible como monumento de mármol.
«¡Hola!» Manchego parpadeó, no creyendo la posibilidad de ver a Luchy en ese momento. Se restregó sus ojos, y volteó a verla con asombro, «Tontito, soy yo. Tu abuelita te manda esto.» Manchego saboreó de antemano la limonada con azúcar y las champurradas con arequipe.
Tomasa rápido vio el rostro sonrojado de Manchego, y tuvo que intervenir, «¿¡Qué diables pase aquí po ishtes mocoses imprudentes salvajes!? Mire que el pataje ni›a terminade de trabajash y ya vosotrs jodiendo la pita pue. ¡Ash! ¡Niñes! ¡¡Niñes!!»
«¡Hola Tomasa!», dijo con su voz cristalina la preciosa de Luchy, y con tierna inocencia extendió su brazo, en donde su mano sujetaba una vaso, «¡Le traje esto Tomasa! Pensé que tal vez usted también podría llegar a tener sed, pues veo que el sol abrasa fuerte con sus dedos fogosos y mente candente. A parte, sé que el trabajo puede ser pesado, entonces, a lo mejor y le traje algo para que se relaje.»
Tomasa se rompió, y su rostro se desfiguró apenado, «Ay.. Pero ay…», empezó a tartamudear la Tomasa, vencida por una niña en su adolescencia, «gracies mamita. ¡Que los dioses le bendiguen!»
El Oso rápido tomó la limonada con azúcar, y se notó en su rostro las facciones de satisfacción. Algo en el modo de Tomasa hizo darle a entender a los muchachos que El Oso de Tomasa se había sentido una niña de nuevo. ¿Quizá fue esa sonrisa estrecha en su rostro?
Manchego no pudo evitarlo y rápido estuvo encima del azafate en donde tomó su limonada y devoró la champurrada con arequipe. «¡Está delis! ?Cabal como me gusta!», dijo con la boca llena de champurrada media mordida y con migajas decorando sus labios. Luchy se rió de ver a Manchego devorar las champurradas. Le pareció cómico verlo degustarlas y mancharse los labios con arequipe. No sabía porque, pero le parecía maravilloso, especialmente el ver como de alguna manera lograba mancharse de arequipe hasta el pómulo.
Tomasa no pudo evitar sentir la ternura por los nenes. Y rápido se recordó de su infancia. Las memorias fueron dulces, y su corazón se suavizó, «Buene pues›m. Ya hems terminade por hoy. ¡Pero fijs! ¡Fijs po! ¡Que lo quiero aquí a las cuatre! ¡Que falta que hacer le digue! ¡Váyase a jugar pues›m! ¡Y nos vems!»
Manchego y Luchy se vieron, y sus ojos se cristalizaron en risas. Rápido salieron corriendo a jugar sus juegos, Luchy haciendo cuentas de tantas cosas y chismes de debía de contarle a Manchego, su único y mejor amigo.
La risa de los nenes en juego provocó un cosquilleo especial en el centro de Tomasa. Se recordó de aquellos días del amor inocente y la expresión inadulterada del ser. Regresó a aquellos días en su mente, y bailando a su ritmo, inició a cantar la Canción de la Semilla.
Doña Vilma Portacasa, madre de Luchy, no estaba por encontrarse en la casa. Había salido a hacer las compras de la semana al pueblo, y se había llevado a los hermanos de Luchy con ella, sabiendo que Luchy, ahora la más grande de la casa, ya que sus otros cuatro hermanos ya trabajan fuera, se quedaría para jugar con su mejor amigo.
Siempre hacía el gran berrinche y el melodrama por quedarse a jugar con el vecino, Manchego. Doña Vilma conoció a Manchego desde los pañales, y bien lo conocía por ser un excelente chico. Tímido y callado, clásico de Manchego. Observador, eso sí, particularmente observador. Pero a grandes rasgos, un gran chico. Y aparte, Doña Lulita era nada menos que la viuda de Eromes, el famoso y excelso finquero, que en paz descanse. Tener a Manchego como amigo de su hija era un honor y un orgullo. Cosa que podía presumir frente a sus amigas y sentirse un poco más valiosa.
Luchy y Manchego aprovecharon hacer una invasión. La cocina de la casa fue saqueada por el par de terremotos, y pronto desaguaron todo como tacuazines y ratas. Entre mordiscos de pan de la tienda de Bochorno y Chomipa, entre prepararse masa con harinas y banano para cocinar un pastel, entre calentar los frijoles y hacer una maleta, entre tostar las tortillas y preparar quesadillas, encontraron el escondite de Doña Vilma, en donde guardaba esos botes rellenos de dulce de leche.
Como abejas personas se nutrían de las mieles de leche en dulce, forjada por los hermanos de Luchy, los grandes, quienes trabajaban la Finca con su padre, Hector Buvarzo. Entre los productos que vendían, el dulce de leche era el más aclamado por el pueblo y los comerciantes del Imperio que negociaban directamente con el productor para distribuir dulce de leche a ciudades distantes.
Ciudades como Erliadon y Bonufor, en especial Vásufeld aclamaban el dulce de leche de la Finca Reinita del Diente Quebrado, nombre en honor a Doña Plumasa. Ella fue la fundadora de la Finca, tatarabuela de Hector y de Leor, quien era conocida como la Reinita. Apodo acuñado en la fiesta de sus ‹quince›. E incidentalmente tenía el diente incisivo quebrado por haber mordido un adorno de madera que parecía ser fruta real.
Fue un festejo. La cocina apestaba a dulce de leche y crujía a retorcijones de estómagos empachados. Manchego estaba más que satisfecho, estaba empalagado, sus manos pegajosas y labios resecos por el exceso de azúcar.
Sentía dulce de leche en el cerebro moler sus pensamientos en pegajosas hebras. Sentía el olor al dulce un insulto a su olfato, que por veces, sentía el sugestivo sentimiento nauseabundo surgir y venir, irse y regresar.
Luchy, al contrario, era golosa y comelona. Comía dulce de leche con, ya sea con banano, pan, champurrada, frijoles, con leche, con pollo, o incluso el día de hoy se había aventurado a probarlo con naranjas. El sabor fue singular. Aislado. ¡Pero satisfactorio!
Luchy sumergió la cuchara entre el bote a medias, y extrajo un colocho de dulce de leche, goteando redes e hilos, chupando la cuchara como helado en cono. Manchego casi vomita de verla lamer tanto dulce.