Mala sangre
Empar Fernández y Pablo Bonell Goytisolo
1ª Edición Digital
Febrero 2012
Smashwords Edition
© 2007 Empar Fernández, Pablo Bonell Goytisolo
© de esta edición:
Literaturas Com Libros
Literaturas Comunicación, S.L.
Parador del Sol 9. 28019. Madrid
ISBN: 978-84-15414-24-7
Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla
Smashwords Edition, License Notes
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Lunes, 3 de octubre
Al otro lado del hilo la voz de Dalmau suena intempestiva, como siempre. Poco importa que sean las ocho de la mañana y nada tiene que ver que el teléfono haya despedazado su primer sueño pasada la medianoche. Tampoco es relevante que unas horas antes haya sido reclamada de inmediato su presencia con la única explicación de que acababa de ser encontrado el cadáver de una mujer a los pies –quizás cabría decir a las patas– del ventrudo gato metálico de Botero. No resulta significativo que se haya visto obligado a llamar a un taxi para plantarse pocos minutos después, con la cabeza todavía turbia y el gesto roto, en la Rambla del Raval. Dalmau, el forense encargado de la autopsia de la víctima, tiene un carácter agrio sea cual sea el momento, sea cual sea el lugar. Por si lo dicho fuera poco, el inspector Escalona sabe, porque así se lo ha oído declarar muchas veces, que el forense detesta el calor y que aborrece este verano sostenido que parece que no vaya a acabar nunca.
—Este maldito calor no conviene ni a los vivos ni a los muertos. Y a mí me sienta como una patada en los huevos —le oyó sentenciar junto al cadáver mientras se retiraba el sudor con ayuda de una de las mangas de su americana.
Escalona no ignora que a estas alturas el forense debe de andar del peor humor imaginable, por eso sabe que pedirle un favor va a ser un mal trago.
—Inspector, ¿sabe qué hora es? No me diga que ahora duerme en comisaría. ¿O es que sigue usted de guardia?
—Disculpe, ya sé que es demasiado pronto, pero…
—¿Pronto? No han pasado ni diez horas desde el levantamiento del cadáver. ¿No le parece algo precipitado pedir el resultado de una autopsia? —aúlla Dalmau con la voz destemplada.
Escalona se carga de paciencia y busca entre las palabras de cortesía que reserva para estas ocasiones, aquellas que buenamente pueda dedicarle al malhumorado forense.
—Usted perdone, Dalmau, no pretendía que me diera usted un informe. Solo saber si tiene ya las primeras impresiones… Para empezar a establecer los hechos, ya sabe. De momento no hay por dónde coger este asunto. Nadie sabe nada, no hay testigos, solo el cuerpo. Y el cuerpo lo tiene usted.
—Si lo quiere… —replica el forense entre dientes—. Es todo suyo.
—Por eso pensé que quizás usted podría decirme algo —prosigue el inspector mientras reprime a duras penas un suspiro de impaciencia.
—Pues no piense usted tanto, no se vaya usted a cansar, que para lo que deben de pagar… Como a mí, para lo que cobramos…
Escalona no responde al envite, ha aprendido a ignorar las puyas de Dalmau. Puro fogueo. Aprieta los labios, tuerce el gesto y calla. Puede imaginar al forense tomando el pulso a las instalaciones recién inauguradas en las estribaciones de Collserola mientras rebusca en sus bolsillos en busca de quién sabe qué. Un cigarro, un caramelo, la libreta en la que toma sus notas, un escalpelo, el carné del Barça… Han dotado al departamento de nuevas cámaras frigoríficas, de nuevas camillas para las autopsias y de los aparatos más sofisticados para, en palabras de Dalmau, hacer cantar a los muertos.
—No he empezado con él. Mucho edificio, mucha tecnología, mucho analizador de espectros, pero cada vez tocamos a más… Si tiene usted tanto interés puedo echarle un vistazo. Yo no tengo inconveniente, pero no me venga ahora con que lo de ayer no fue penalti y con que les robamos el partido, que esa canción ya me la sé. Ustedes los del Zaragoza no saben hacer otra cosa, siempre salen con lo mismo. Porque jugar, lo que se dice jugar…
Escalona lo oye resoplar, es una de sus formas de manifestar su disconformidad. Puede imaginarlo acercándose al cadáver con el gesto contrariado.
—A ver… Un momento, que me lo miro. Escalona, ¿sigue usted ahí?
—Desde luego.
—No espere usted grandes revelaciones.
—Descuide.
Quizás al tiempo que sujeta el auricular contra el hombro palpe el cuerpo o levante un miembro para comprobar el rígor mortis. El inspector cree poder oír fluir el agua mientras Dalmau retira la sangre que entorpece su labor con ayuda de una manguera metálica que el forense maneja como si fuera un tercer brazo. Siempre en movimiento, como los ciclistas, que si no pedalean se caen.
—Mire, por lo que estoy viendo, las heridas son cuatro, todas ellas en el tórax y a poca distancia. Hubo una hemorragia masiva, pero eso ya lo vio usted. Si tiene en cuenta que la muerta era de baja estatura, es probable que su agresor fuera alguien mucho más alto, casi un palmo. O más. El arma… Es pronto para decirlo, pero probablemente corta, una navaja, un cuchillo pequeño, algo así… Pero todo esto no es oficial hasta que no pueda medir los cortes, la profundidad… ¿Me oye, Escalona? Lo dicho queda entre usted y yo, que luego todo se sabe. Todavía no sé qué órganos han resultado dañados ni si las incisiones afectaron alguna artería principal… ¿Qué más quiere que le diga? ¿Si pasó el sarampión? ¿Cuándo tuvo su último orgasmo?
Si algo ha aprendido el inspector a lo largo de sus muchos años de oficio es a no decir nunca, o casi nunca, lo primero que le sube hasta los labios. Mejor pensarlo dos, tres veces, las que haga falta. Por eso se esfuerza por recordar que los informes de Dalmau son certeros, que no los hay más fiables y que valen su peso en oro, que el forense trabaja rápido y bien y que, a Dios gracias, gasta toda su pólvora en salvas.
—Sería útil poder precisar la hora del crimen —apunta el inspector en el tono que emplearía para disculparse por una falta leve.
—La hora del crimen, la hora del crimen… —rezonga Dalmau mientras parece mascar alguna cosa—. ¿No saben ustedes decir otra cosa?
Recuerda el inspector que no solo las manos del desabrido patólogo rebuscan continuamente en sus bolsillos, se encabritan o se acarician torpemente la una a la otra; tampoco sus mandíbulas conocen reposo. Cuando no muerden, escupen o chupan, mascullan como si el forense hablara para sí mismo. Si uno cae en la cuenta, habituarse a hablar para sí mismo es lo mejor que puede hacer un forense en ejercicio.
—Ustedes los polis… Usted perdone, Escalona: ustedes, los mossos d’esquadra, siempre con la hora del crimen —corrige con sorna—. Por lo que me han dicho, usted es de los que cambian de cuerpo.
El inspector calla.
—Olvidaba que no es usted muy hablador. Bien, a lo que iba, a juzgar por el rígor mortis a esta la mataron poco antes de la medianoche, no mucho. Lo que no entiendo es por qué van y la dejan a los pies de ese animal. Eso sí que es ensañamiento. Y alevosía.
—¿Podría decirme la edad aproximada, si tiene alguna marca…? Lo que haya podido ver a primera vista, algo a lo que agarrarnos —sugiere el inspector, que ya no espera mucho de la ingrata conversación.
Dalmau permanece en silencio durante unos instantes. A través del auricular el inspector sigue oyendo el rumor de un grifo abierto.
—Yo le echaría unos treinta y cinco años, quizás alguno más. Y así, a ojo, una 110.
—Perdone, Dalmau. ¿Una 110 qué?
—La delantera, inspector, la delantera. Las… Una 110, inspector. Un notable alto.
—Ya, me hago una idea —responde Escalona ligeramente incómodo.
—Respecto a lo de las marcas, sí puedo decirle algo. Y no se lo va usted a creer.
El silencio se hace al otro lado de la línea. Cuando el forense reanuda la conversación, lo hace con un silbido que obliga a Escalona a alejar el auricular durante un instante mientras un escalofrío de sorpresa le recorre el espinazo.
—Atento inspector, esto le va a interesar, acabo de verlo al retirar la sangre. Alguien ha dibujado sobre el pecho derecho, a un palmo de las puñaladas recibidas en vientre y abdomen, el signo del dólar. No lo había visto hasta ahora. La verdad es que a primera vista me pareció sangre.
—¿Dibujado?
—Sí, eso he dicho, trazado, dibujado, estampado… La «s» mayúscula atravesada de arriba abajo por dos barras. El dólar, hombre, el dólar. El de las películas. Cómo se nota que ha visto usted muy pocos… —añade el forense, que no se priva de emitir comentarios desagradables si se presenta la oportunidad—. Han dibujado un dólar con lápiz de labios. Un rojo intenso, como el de las butacas de los teatros. En el teatro sí habrá estado usted… —añade por amor al arte del agravio.
Escalona no responde. En eso consiste el juego; si quiere información ese es el precio a pagar, aguantar las afrentas de Dalmau. Por lo menos dice lo que piensa, que no es poca cosa.
—O mucho me equivoco o es uno de esos lápices fijos que lo manchan todo y que parecen un barniz sintético para puertas.
El forense se ha interrumpido durante unos instantes. Escalona, por su parte, intenta procesar la información recibida.
—Tampoco era tan difícil si se tiene en cuenta la poca ropa que llevaba encima la difunta… —añade con saña.
Escalona recuerda el cuerpo ensangrentado y sin vida medio encajado entre las patas de la colosal figura. Extraño lugar para morir, había pensado a su llegada mientras se acercaba a la enorme mole negra de patas cortas y enorme tripa junto a la que había deambulado aquella misma tarde. Le costó hacerse una idea de lo ocurrido. Quizás ocurriera a medianoche, cuando ya todos los gatos son pardos, todos menos aquel, una gran mole redondeada y negra, como un fenomenal gato aerostático. Una presencia más, una presencia terriblemente grávida, demoledora, sobre el cuerpo de la mujer muerta. Quizás se tratara de los focos apuntando al cuerpo o de los numerosos curiosos que rodeaban la escena. Quizás, sencillamente, es que cada vez le impresionan más las infinitas maneras de morir. Las innumerables formas de matar.
La espalda de la mujer asesinada permanecía apoyada en una de las extremidades traseras, quizás fue apuñalada contra la estatua y, al escapársele la vida, había resbalado hasta el suelo. El cuerpo algo retorcido, el tronco en una dirección, las piernas en otra; como si la postura del cadáver hubiera sido forzada. La rubia cabeza vencida sobre el pecho, las piernas casi en la sombra, bajo el vientre del animal. Quizás el asesino las había colocado allí, a resguardo del gato, para ocultarlas. Para ganar tiempo.
Sangre por todas partes, sangre sobre la acera, sobre los dedos apenas apuntados del deforme felino, sobre las manos caídas de la mujer, sangre confundiéndose con sus uñas rojas. Escuetamente vestida y rodeada de curiosos, la mujer yacía junto a un par de latas vacías de cerveza, un preservativo y multitud de colillas esparcidas sobre la acera. Los tirantes de un top negro caían desmayadamente sobre sus codos y una falda corta del mismo color dejaba al descubierto buena parte de sus muslos, que parecían todavía más pálidos en la noche cerrada. El cabello de la fallecida, rubio y largo, se había manchado con la sangre que se le escapó a través de las heridas recibidas. Las sandalias de tacón alto se habían desprendido de sus pies y estaban siendo fotografiadas por una agente como si fueran a formar parte de un catálogo. Los de la Científica las habían señalado con las pirámides blancas y numeradas con las que acotan los elementos en la escena del crimen.
Los mirones, por su parte, estrechaban cada vez más el círculo y de nada servían las indicaciones de los agentes ni el perímetro que habían delimitado con ayuda de cinta plástica y de un par de vallas de las que señalan los socavones o las obras en curso. Un joven con cara de sueño silueteaba sobre la acera la figura de la muerta mientras otro arrugaba la nariz al advertir que dejaba huellas de sangre al caminar. En una esquina, Guerao interrogaba al hombre que había sido encontrado junto al cuerpo por una pareja mixta de mossos que patrullaba la zona. Un hombre viejo, casi un anciano, al que le faltaba algún diente y le sobraba ropa a cuestas. El hombre, encorvado, se apoyaba en un muro, como si no bastaran sus propias fuerzas para sostenerlo en pie. La mandíbula le temblaba ostensiblemente, tanto cuando respondía a las preguntas de Guerao como cuando se limitaba a escucharle con la cabeza fija en sus gruesas zapatillas de cuadros. Dada su avanzada edad y su frágil apariencia, difícilmente podía ser el autor material del crimen. Quizás en aquellos momentos se maldecía a sí mismo por no haber pasado de largo.
Dalmau llegó poco después, lívido, con cara de perro contrariado y tratando a los mossos a cajas destempladas. La juventud de algunos de ellos y su falta de pericia le incitan a mostrarse todavía más desagradable. No era la primera vez y, por descontado, no sería la última. Sin demasiados trámites se aproximó al cadáver, se arrodilló junto a él, tomó entre las suyas la mano de la mujer, comprobó la ausencia de pulso, levantó sus párpados, iluminó sus retinas con una linterna diminuta y, sin mayores trámites, certificó su muerte. Minutos más tarde, tras haber hablado con el juez y haber lanzado en dirección al tendido un agrio comentario que Escalona no recordaba, desapareció sin un mal adiós.
—Escalona, ¿sigue usted ahí? Escuche, todavía hay algo más. La muerta tiene un pequeño tatuaje en un tobillo en forma de cadena, con broche y todo, como una pulsera de esas que a veces las mujeres se ponen en los pies, pero falsa, completamente falsa. Tinta y buen pulso. El otro día, no se lo va usted a creer, trajeron a uno que se había hecho tatuar en las muñecas una línea de puntos. Sí, hombre, como las de un envase. Faltaba aquello de «cortar por aquí».
—Gracias, Dalmau. Ha sido usted muy amable.
—No joda, Escalona. Yo no he sido amable en toda mi puñetera vida. Y no tengo la menor intención. No me pagan por ser amable.
—Si usted lo dice… Perdone, otra cosa, Dalmau. ¿Usted diría que ese lápiz de labios podría ser el mismo que usaba la fallecida?
—Yo diría que no. El tono que usaba parece más rosado, sí, mucho más rosado, casi fucsia, un color espantoso, si he de decirle la verdad. Y, a juzgar por lo que estoy viendo, igualmente indeleble, resistente a casi todo. No va a hacer falta ni maquillar el cadáver. Con lo puesto…
Escalona prefiere no escuchar más apreciaciones escabrosas y da la conversación por acabada.
—¡Ah, inspector! De lo que acabo de decirle no hay nada oficial. Hasta que no tenga en sus manos mi informe, no dé nada por sentado. Usted me ha pedido las primeras impresiones. Y eso es todo lo que tiene, mis impresiones.
Le vienen al inspector a la memoria las palabras que su abuela utilizaba para referirse a sujetos como Dalmau, ariscos, intratables, de los que necesitan un planeta entero para habitarlo a solas. Decía de ellos que el diablo los cagó en ayunas. Y, a juzgar por el graznido indescifrable que el forense le ha dedicado a manera de despedida, algo de eso debe de haber.
Al comisario Perelló, que a finales de mes se incorpora a la comisaría del Cuerpo Nacional de Policía de la Via Laietana, le está costando encontrar su lugar en este mundo. Acostumbrado como estaba a imponer su autoridad en rellanos y corredores, a fajarse ante la adversidad y a crecerse en mala leche ante la inoperancia, Perelló se ha quedado algo mustio ante la perspectiva de abandonar su comisaría. Anda algo cabizbajo y trasiega sus cuitas en un silencio poco usual. El intendente de los mossos que se responsabilizará a partir del uno de noviembre del funcionamiento de las dependencias de Nou de la Rambla lo persigue a todas horas con objeto de avanzar en el traspaso de funciones. Perelló lleva días esquivando sus llamadas y pretextando múltiples e increíbles ocupaciones para no recibirlo en su despacho hasta que no quede otra salida. Con la varita transparente destrozada entre los dientes y el vaso de plástico vacío en su mano derecha, Perelló, el verbo a duras penas contenido, abre la puerta del despacho de Escalona y asoma la cabeza.
—¿Cómo va eso, Escalona? ¿Alguna novedad?
El gesto sombrío de Escalona no invita a más indagaciones.
—Manténgame informado. ¿Se sabe qué juez asume el caso?
—Vázquez Llorca —responde el inspector—, estaba de guardia.
El comisario apenas encuentra qué decir. Su semblante es grave y su aspecto parece el de un hombre al que le han caído a traición un par de décadas encima. Sabe que se ha acabado lo de plantarse en mitad de un pasillo, las piernas abiertas, los brazos en jarras, e impartir desde allí las cuatro cosas esenciales, los rudimentos del oficio. En la Via Laietana tampoco podrá abroncar a sus hombres como tenía por costumbre. De hecho, y si se detiene a pensar, sus hombres, los de toda la vida, han empezado a desperdigarse. Los hay que han marchado ya con rumbo a otras comisarías o lo harán en los próximos días. Otros, como el mismo Escalona, han solicitado ser asimilados al cuerpo de Mossos d’Esquadra. A Perelló todavía no le entra en la cabeza que a partir de noviembre corresponderá a los mossos investigar cuanto de malo ocurre en el Raval.
—Ha tenido usted suerte —concluye antes de arrugar entre los dedos el vaso vacío y de comprobar con una mueca de desagrado y un «joder» que siempre, siempre, siempre, por mucho que apure el café de máquina, queda alguna gota en su interior—. Ese juez los tiene bien puestos y no pone pegas a la hora de ordenar un registro.
Al comisario le pesa perder de vista a Escalona, aunque no lo reconocería ni bajo tortura. Comprende los motivos del inspector, sabe que ama profundamente las calles en las que lleva trabajando media vida. Reconoce que el terrorismo internacional, las redes de narcotráfico y la expedición de pasaportes, que son las competencias asignadas a la policía, no son plato de gusto. Sabe que Escalona prefiere los delitos con los que se ha acostumbrado a bregar, también el comisario los prefiere. Del robo al homicidio pasando por el maltrato o los abusos deshonestos, cualquier cosa antes que pasarse la vida estampando su firma en los malditos pasaportes. Por eso ha dejado de insistir, aunque de tarde en tarde todavía le dirija alguna puya.
Mientras se retira pasillo adelante en dirección a un despacho al que no piensa llegar, continúa Perelló renegando en voz baja. La retahíla de blasfemias resulta inaudible, pero tan familiar al oído como el rumor de las olas o el ruido en las calles. Otro que habla solo, piensa Escalona mientras le da vueltas y más vueltas al signo del dólar encontrado sobre el pecho de la mujer. Con un rotulador rojo lo dibuja varias veces sobre una hoja de papel en la que ha tomado cuatro notas que, por el momento, no tienen el menor sentido. Un símbolo rojo, de un rojo intenso, como la púrpura. Otros, mucho tiempo atrás, señalaban con una letra escarlata a las mujeres adúlteras. Quizás, no le sorprendería, el asesino quisiera marcar así a la mujer muerta. La que prefiere el dinero, la que cobra, la prostituta. A juzgar por su vestimenta quizás lo fuera, quizás ofreciera su cuerpo a cambio de un puñado de euros, quizás…
—Inspector, ya estoy aquí.
—Eso es evidente, Guerao.
—Tengo su nombre, su dirección y su oficio —se jacta el agente—. Han encontrado el bolso en una papelera en la misma Rambla del Raval algo más arriba. Lo de siempre. Vieron el bolso y lo afanaron. Se llevaron el dinero, pero dejaron todo lo demás, monedero, maquillaje, papeles… Lo he dejado a los del laboratorio para que intenten levantar alguna huella con cianocrilato. Nunca se sabe.
El agente se interrumpe durante unos instantes. Habla tan deprisa que se ve obligado a detenerse para recuperar el aliento.
—Pero es ella, jefe. Se llamaba Margarita Román Osorio, vivía muy cerca de aquí, en la calle Hospital, y por lo que cuentan era una prostituta.
—¿Cuentan, Guerao? ¿Quién cuenta? Vamos por partes.
—Una colega, la Riojana. Ya sabe usted, jefe. Unos cincuenta años y unos noventa kilos. Lleva años en las calles y últimamente ha estado aquí un par de veces… Cosas de poca monta.
Escalona la recuerda, una de tantas. La Riojana, una rubia platino con denominación de origen y una mala leche bíblica.
—La Riojana asegura que Margarita Román era una prostituta, inspector.
Margarita, ese era también el nombre de la esposa de Escalona. Marga, así la llamó siempre. Todavía ahora, en sueños, la llama Marga. Por eso el nombre de la mujer se le queda como anclado entre las cejas y el pensamiento se congela en su cabeza durante unos instantes.
—Por favor, vuelve a empezar, me he despistado.
—La fallecida es Margarita Román Osorio —repite Guerao con cierta impaciencia—. Vivía, según el DNI, en la calle Hospital y los que la conocen dicen que se dedicaba a la prostitución. En el monedero hemos encontrado una tarjeta de una productora y una cita, probablemente debió de acudir ayer sobre las seis. Del teléfono móvil, si lo tenía, no hemos encontrado ni rastro. Pondría la mano en el fuego que, si no lo tiene el asesino, se lo llevaron en menos que canta un gallo. El dinero y el móvil, lo que buscan todos.
Escalona también lo cree, el móvil desaparece siempre. Con un gesto el inspector le invita a proseguir.
—Además me consta que recibió una llamada durante la cena —añade Guerao.
—Vamos por partes. ¿Qué hay del hombre que la encontró?
—De Joan Carceller no he podido sacar nada. Y no porque no quiera hablar, sino porque solo quiere hablar con el responsable de la investigación. Se niega a decirme nada. Quiere hablar con el comisario. ¡Con el comisario! ¡Suerte que no pide ver al ministro de Interior! Y no lo sacas de ahí. ¿Y sabe qué, jefe?
—Si no me das más pistas…
—Cuando le dije que no se moviera de casa, que volveríamos a llamarlo para que firmase la declaración, me dejó helado. Me preguntó si no podría pasar la noche en comisaría. Me dijo que se le había quedado mal cuerpo y que prefería no volver a su casa. Casi me suplicó, dijo que no le quedaban cristales y que tenía miedo de pasar frío. Está en la sala de espera de esta planta. Antes de irme le saqué un café con leche de la máquina y allí lo dejé. Sé que le pidió una manta al agente de guardia, que se estiró sobre un par de asientos y que allí sigue. Acabo de verlo, le he dado los buenos días, le he sacado otro café con leche, y allí está. Tan campante. Como aquel que lleva años en un aeropuerto.
Durante unos instantes, los que tarda el agente en recuperar el resuello, ni Guerao prosigue su explicación ni a Escalona se le ocurren más preguntas.
—Pero lo mejor viene ahora.
—Tú dirás —invita el inspector.
—Sé dónde cenó la mujer, en la pizzería Ideal, en la Rambla, esquina con Nou de la Rambla, a diez minutos de donde se encontró el cuerpo. La ha visto usted mil veces.
Escalona recuerda el restaurante-pizzería Ideal, incluso cree haber cenado allí alguna vez antes de patearse media ciudad en dirección a su casa, por eso se limita a asentir.
—Estuvo cenando allí a eso de las diez, sola. Según me dijo el camarero, tiene por costumbre pasar por allí dos o tres noches por semana, casi siempre sola. ¿Quiere usted saber lo que cenó? —pregunta Guerao mientras se saca una libretita del bolsillo.
Guerao ha abandonado la agenda electrónica tras haber extraviado un par de palitos con los que presionar sobre la pantalla y ha regresado a formas más tradicionales de tomar notas. Escalona niega con un movimiento de su cabeza mientras escucha y continúa dibujando el signo del dólar sobre una hoja de papel. El asesinato de una prostituta siempre es mal asunto, todos callan y cuesta lo que no está escrito sacar algo en claro.
—Sigue, Guerao, pero no corras. No vendrá de un minuto.
—El camarero no advirtió nada extraño en el comportamiento de la mujer. Vestía como era habitual, de negro y enseñando carne, y se comportaba como siempre. En la pizzería todos sabían a qué se dedicaba, ella no lo escondía. Dice el camarero que más de una vez había levantado allí mismo algún cliente. Por lo que recuerda, se diría que estaba contenta. Mientras cenaba recibió una llamada al móvil y habló durante unos instantes. No se la veía alterada, ni asustada, ni molesta. Por el contrario, parecía que las cosas le iban bien, le dijo algo de una película que iba a rodar, pero no recuerda de qué iba. Y no me extraña, la terraza del Ideal sigue abierta y el hombre se pasa la noche cruzando la Rambla con la bandeja a cuestas y sirviendo cervezas y sangría a los guiris. No hace más que rezar para que llueva o para que apriete el frío de una vez y se ahorre tanto paseo. Y dicen que nuestro oficio es arriesgado… El caso es que…
—Respira, Guerao, respira —le indica Escalona mientras continúa tomando notas y salpicándolas de símbolos rojos.
—El camarero, que se pasó la noche yendo y viniendo de la terraza a la barra y de la barra a la terraza, la vio salir y acercarse a la otra esquina. Allí, delante de la tienda de bolsos, se encontró con un hombre. Quizás la estuviera esperando, quizás simplemente la vio salir y se acercó a ella. A veces quedaba allí con algún cliente. Era un buen lugar y ella lo sabía, la competencia es mayor un poco más abajo, cerca de Colón. El camarero no será de gran ayuda, no puede identificarlo, casi no llegó a verlo, no recuerda nada, solo que vestía de oscuro y que su estatura era normal y corriente. No le llamó la atención y tampoco recuerda haberlo visto antes, pero eso, si quiere que le diga la verdad, no quiere decir nada. Cuando uno cruza la Rambla cien veces en una noche mientras retira los vasos y las jarras e intenta recordar un pedido para doce, no le quedan muchas neuronas libres para fijarse en los detalles.
Escalona sabe que Franky, así le llaman en comisaría, tiene razón. Los ha visto miles de veces atravesar la calle con una bandeja repleta y en equilibrio mientras sortean motos y coches o aguantan los insultos de algún conductor escaso de escrúpulos.
—Me dijo algo que puede servirnos. Cree recordar que atravesaron la calle y que estuvieron un momento en el paseo central. Dice que el hombre hablaba con ella a gritos, que pegaba voces y que incluso se dirigió a los que circulaban Rambla arriba, como si les increpara. Quizás estuviera borracho, ya sabe que a veces, a la menor oportunidad, pegan cuatro voces, un par de traspiés y lían la de Dios es Cristo. El caso es que, si a usted le parece bien, iré a ver si alguien puede decirme algo más. Quizás si el del quiosco no había cerrado todavía…, pero ese callará, no es la primera vez, nunca sabe nada. El pelanas de las caricaturas se pone más abajo, no creo yo que llegara a ver nada, pero por intentarlo... Por lo demás, a los guiris no habrá quien los encuentre y en la Rambla, a esas horas, gente de paso. No creo que saquemos mucha cosa
—Dile a Evaristo que eche una primera ojeada al piso de la mujer, que apunte todo lo que vea, pero que no toque nada. Yo llamaré al juez para los trámites. Y tú, vete a la Rambla. Insiste, Guerao, por el momento tampoco hay más pistas. Me acercaré otra vez hasta el lugar en el que la mataron. ¡Ah! Y pregunta cómo anda lo de las huellas.
—Del gato no han sacado nada, aquello lo toca todo el mundo. No hay forma de saber. De la gente no espere usted mucho, inspector. Ayer pregunté a todo bicho viviente. Ni las putas que andaban por allí, que las hay a patadas. Ni los que venden cervezas a un euro, ni los de los bocatas, nadie. Ni el de los collares de cuentas, que vendería a su madre por algo de costo. ¿Qué le voy a contar? Ya sabe cómo son estas cosas, inspector. En este barrio, si no interesa hablar, no se habla. Todos saben, pero…
Demasiado bien lo sabe Escalona. Conoce como nadie esa ley no escrita que impide urbi et orbe abrir el pico para hacer declaración. Todo menos ayudar a los maderos. Algunos se dejarían cortar un brazo antes que facilitar información. Y si el camarero ha largado, probablemente ha sido porque es demasiado joven y no ha podido resistir la tentación de probar en qué consiste erigirse en protagonista por un rato. Aunque él todavía no lo sepa, un testigo no pasa de ser un artista menor, uno de esos que antes se llamaban artistas invitados y que normalmente ni tan siquiera cobran por el cameo.
—Guerao, antes de irte, dile al señor Carceller que venga. Le haré cuatro preguntas más y enviaré a alguien para que le acompañe a casa.
Arrastrando los pies pasillo adelante, el hombre se aproxima poco después hasta la puerta y se detiene antes de traspasar el umbral. Camina sin dificultad aparente, pero lo hace tan despacio que Escalona, impaciente por naturaleza y por enfermedad profesional, se apresura a pedirle que pase.
—Siéntese, por favor.
Tras concluir una maniobra que parece durar horas, Joan Carceller toma asiento con la espalda muy erguida, cruza una pierna sobre la otra y eleva la vista. Antes de que Escalona pueda formular la primera pregunta, el viejo se adelanta.
—Yo no fui, señor. Usted lo sabe, ¿verdad?
—Yo por el momento sé muy poca cosa, señor Carceller. Dígame su nombre completo, su dirección, su fecha de nacimiento…
—Me llamo Joan Carceller Medina, soy jubilado. Más que jubilado, menesteroso. Vamos, que no me alcanza, que donde no llega la pensión, llega la caridad, o la mala conciencia, que de todo hay. Tengo setenta y seis años y vivo en el número 1 del Pasaje de San Bernardino. Ya sabrá usted dónde cae, a dos pasos de aquí.
El inspector recuerda la callejuela a la que el hombre se refiere. Estrecha, sucia y del mal transitar. Peor, imposible. El que ha podido se ha ido y algunos de los que quedan malviven en la indigencia. Joan Carceller carece de ingresos suficientes, pero conserva una mente perspicaz y un discurso lúcido y bien organizado. También su compostura es la de un hombre que no ha extraviado la dignidad a pesar de los años y de las circunstancias.
—Sí, señor. Mire, verá, cuando no tengo cena me acerco al 101. En esta misma calle, casi en el Paral·lel. No es que yo lo pueda pagar, no, no es eso. Los domingos por la noche hay poca gente y si les ha sobrado algo… Y no es que yo lo pida, pero me conocen desde hace mucho, antes era un cliente habitual, pagaba al día, no tenía deudas...
—Entiendo, siga. Pero hábleme de lo que sucedió anoche. Todo lo que recuerde.
—Había comido un trozo de tortilla y unas cucharadas de sopa, había visto el fútbol. Si no tienen clientela, me permiten sentarme en un rincón. Estuve echando el rato con Isidro, otro que anda como yo, peor si cabe. Por eso volvía a casa. Era tarde, pero por allí siempre hay gente y está bien iluminado. Además, miedo no paso, qué me van a quitar a mí. No se me acercan ni las putas que andan a lo que caiga. Yo caminaba por la acera que da a Montjuïc, en el Tibidabo todavía había luz, lo recuerdo porque me gusta ver la montaña iluminada. Además por eso, por mirar, todavía no cobran. Como le decía, iba yo hacia mi casa y me acerqué a los contenedores. La gente lo tira todo. Uno no se fija cuando tiene la cartera llena, pero no es mi caso. A veces, señor, lo que a uno le sobra a otro le puede hacer servicio. El gato, no sé si lo recuerda, está casi enfrente.
El hombre refiere su historia con fluidez y, aunque le tiembla ligeramente la barbilla, parece mucho más sereno que la noche anterior.
—Yo, personalmente, lo encuentro espantoso, pero hay quien se hace fotografías con él. Ya me iba, en el contenedor no quedaba nada, acababa de pasar el camión de la basura. Fue entonces cuando la vi allí tirada. Al principio no pensé que estuviera muerta. Le vi las piernas, señor comisario, unas piernas muy blancas que llamaban la atención.
—Inspector, señor Carceller, solo soy inspector —sale al paso Escalona, al que no le gustan los malentendidos. Muy pronto, piensa, con la llegada de los mossos y la diferencia en el escalafón, dejará de ser inspector para pasar a ser subinspector. Corregir a sus interlocutores será todavía más penoso y exactamente igual de inútil.
—Usted perdone, inspector. ¿Pero lleva usted este caso? Eso es lo que acaban de decirme.
Escalona asiente.
—Verá, no me pareció que estuviera bien, estaba tan quieta… No parecía borracha, no se quejaba, no se movía... Aunque en este barrio de cosas raras hemos visto tantas que anda uno curado de espantos. Me acerqué, le pregunté si se encontraba mal, si podía ayudarla, pero no me respondió. Fue entonces cuando vi toda aquella sangre, la sangre no engaña. Aquello era espantoso, había sangre por todas partes, tenía sangre en el pelo, en los hombros, sobre la falda… Espantoso. Me manché las manos al agacharme, y me asusté, señor inspector. Me asusté mucho. Y, para acabarlo de arreglar, cuando me puse en pie me di un golpe con el maldito gato.
—¿Usted la tocó? ¿La cambió de sitio?
—No, apenas. Bueno, creo que le toqué el brazo. Solo para saber si…
—Ya, no se preocupe, siga. ¿Le rebuscó el bolso?
—No había bolso, señor.
—Se fijó usted.
—No me mire así, inspector. Cómo no me iba a fijar. Con cuatrocientos treinta euros al mes ya me dirá qué hago. La mitad se la lleva el alquiler. Yo, inspector, me fijo en todo y si veo algún céntimo en la acera, me agacho y lo recojo. Si me encuentro un bolso… Hay meses, señor, que no me alcanza para el agua, o para la luz. Ya no tengo teléfono y la estufa, ahora que llegará el frío, un par de horas cada noche y pare de contar. Y yo, a mi edad, siempre tengo frío, en todas partes, hasta en verano. Ya no le explico para comprar comida o ropa. Casi cada día voy al comedor social. Qué remedio. No crea que me gusta tratar con mendigos y con borrachos. No soy ni una cosa ni otra. Aquí donde me ve, tiempo atrás tuve una posición, un negocio… Yo era de traje y corbata. Y ahora… Si me encuentro un bolso, lo primero que hago es mirar. No crea, me avergüenza buscar en los contenedores y en las papeleras. ¿Cree que me gusta dejar que me acerquen un plato por compasión? Pero, ¿qué haría usted? ¿Dejarse morir? ¿Eso es lo que esperan de nosotros? Otros deberían sonrojarse. No yo. El alcalde, el president… Todos. Se les llena la boca cuando llega la hora de pedirte el voto, pero luego... Pero esta vez sí que no, a mí no me engañan más. Si no fuera porque a veces se encuentra uno con gente…
—¿No había nadie por allí? —le interrumpe el inspector, que demasiado bien imagina la miseria en la que transcurren los días del anciano y no necesita más detalles.
—Sí, claro que había gente, pero no sabría decir quién. No los conozco.
—¿No se acercó nadie?
—No, solo los policías. Pasaron por allí mientras todavía me dolía la cabeza del golpe. Me había apoyado en el gato y pensaron que me encontraba mal. Muy bien no estaba, puede usted imaginar... Pararon el coche, fueron muy amables. Se acercaron a mí, me preguntaron, y yo señalé a la mujer. ¿Qué iba a hacer? A partir de ahí…
—Bueno, si eso es todo…
—No hay nada más, inspector. No tengo nada más que decir, pero debe usted que saber que yo no fui. No la conocía. No sé quién era ni lo que hacía. A decir verdad, ni me importaba. Si la había visto alguna vez no lo tengo presente. No creerá usted que a mis años…
—En ese caso volverá usted a la sala, leerá lo que ha escrito el agente y, si está conforme, fírmelo. Un agente le acompañará a su casa y, si necesita algo, pídaselo, le ayudará. Y tranquilícese, hombre. Si ha dicho la verdad no tiene nada que temer.
—Desde luego, comisario. Es la verdad —añade Joan Carceller, que inicia trabajosamente su retirada.
Antes de salir y entre el aposentamiento de un pie y el avance del siguiente, Carceller gira la cabeza en dirección a la mesa del inspector.
—Usted, señor, que debe de conocer a mucha gente, ¿no podría hablar con alguien? Para que nos subieran la pensión, quiero decir. A veces moviendo algunos hilos… Es que con lo que nos dan…
—Yo no visto nada. No oído nada. Yo, dentro —contesta el responsable del alquiler de películas veinticuatro horas, filmes directamente llegados desde Bollywood hasta la Rambla del Raval. Mientras responde a los requerimientos de Escalona, el hombre señala más allá del mostrador y, al retirar una cortina con la mano, descubre un pasillo ocupado casi en su totalidad por un catre—. Yo, dentro. Yo, dormido. Yo, papeles.
Escalona sabe que está mintiendo. Recuerda haberlo visto apoyado en una valla mientras el forense acababa de examinar el cadáver y el juez ordenaba su levantamiento. Retuvo su mechón más claro en la sien, sus dientes grandes y blanquísimos, sus cejas oscuras y sus ojos inquietos. Y aunque pueda parecer mentira, Escalona recuerda las blancas lunas de sus uñas. Pero no insiste, no serviría de nada. Ha interrogado ya a cuantos, por la proximidad, pudieron haber sido testigos del asesinato. Todo en vano. Nadie más vio nada, nadie más oyó nada. Ni los de la carnicería halal, ni los del donner kebab, ni los ecuatorianos del locutorio, ni los chinos del bazar que no se pierden una y andan por todas partes. A dos pasos de los contenedores, a cuatro del gato negro de Botero, y nadie vio nada, nadie escuchó nada. Eso es lo que dicen. Se limitan a encogerse de hombros, a negar con la cabeza y a sonreír, especialmente los chinos. Sonríen y callan. Tampoco entre los vecinos de toda la vida ha encontrado mayor colaboración.
En la ciudad se habla ya de ravalear, aplicado el vocablo de reciente cuño a pasear por el barrio, a tomar unas copas en un local especial, a comprar ropa de segunda mano, a encontrar el objeto que no se halla en ninguna otra parte del mundo, a admirar unas calles en las que hay de todo y para todos los gustos y, si se tercia, a aliviarse en plena vía pública. Hasta se estampan camisetas, gorras y mecheros y se pintan muros con el infinitivo de moda. Escalona, de pie sobre la acera, acuña una nueva acepción para el término: callar, sonreír y cargar a cuestas la propia cruz. Eso al menos es lo que sucede al sur del Raval, el sur del sur en una ciudad admirada y admirable. Todas las lenguas, todos los colores, más procedencias de las que uno sabría determinar sobre un mapa. El mundo entero a escala, hacinado en un puñado de calles no siempre tristes que cambian a la velocidad de la luz de sus neones. Pasar estrecheces, llegar a comprender a tu vecino que apenas acierta a saludarte con un gesto, tener los ojos bien abiertos y la boca bien cerrada. También eso es ravalear, pero quizás no sirva para vender nada.
Por eso ha decidido que regresará temprano a casa, que llamará a Teresa. Necesita oír su voz, comprobar que todo anda como debiera. Le gustaría poder consolarla, decirle que las cosas se arreglarán, que pronto remitirá el alzhéimer avanzado que carcome inexorable la mente de su madre, que todo volverá a ser como antes. Pero Escalona sabe que para esos menesteres es un perfecto inútil, que no sabe mentir, que nunca ha sabido encontrar las palabras, que le aterroriza el llanto y que las emociones al descubierto le asustan tanto o más que las armas.
—¿Puedo hablar con Teresa?
—Puedes, si quieres —la voz de Teresa es tensa y Escalona reconoce el reproche en sus palabras. Han pasado tres días desde que hablaran por última vez. Tres días es mucho tiempo. Demasiado.
—Claro que quiero. Si no, no llamaría. ¿Cómo estás?
—Mal, cómo voy a estar. Ya ni me reconoce. Cuesta creerlo, pero es así. Si la vieras… Cuando no me confunde con mi hermana, me llama Rosario, como a nuestra vecina de toda la vida. Se ha olvidado de mi nombre y de mi cara. Hay momentos en que no sabe ni dónde está, ni si ha comido o si se acaba de levantar. ¿Cómo estarías tú?
No hay respuesta, por eso el silencio se apodera de la línea y la incomodidad de su ánimo. Probablemente Escalona andaría peor que mal. Cada vez le afecta más el dolor ajeno y no se atreve, de puro miedo, ni a pensar en el propio; por eso calla y pasados unos instantes se agarra como a clavo ardiendo a uno de sus lugares comunes, los homicidios. Le habla de la prostituta, del gato, de Carceller, de Perelló que no levanta cabeza… Y aunque no le guste explicar los casos que le tocan en suerte, sabe que ella necesita oírle hablar para salvar la distancia. Sabe que espera noticias como otros esperan el agua en mayo, por eso el inspector hace lo posible.
—Me gusta que me expliques todo eso, Santiago. Lo necesitaba. Le he hablado de ti a mi madre, de ti y de mí, de lo nuestro. Pero no te asustes, no hablará, no recuerda nada. No le va a ir a nadie con el chisme. No recuerda nada en absoluto. Si hablo es por mí misma, para convencerme de que existes, de que estás ahí, de que si no llamas es por… No te preocupes. No sabe ni quién soy. Si supieras cómo echo a faltar la comisaría...
—Por eso lo hago. Por eso y para que no te olvides de mí.
Es lo más tierno que el inspector sabe decirle, las palabras más íntimas que saldrán de sus labios, el deseo cierto de que no le olvide. Solo muy de tarde en tarde Santiago le susurra a Teresa que la necesita. Eso es todo. En comisaría nadie sabe nada. Solo un buen observador repararía en ciertos detalles, en las palabras al vuelo, en la complicidad de las sonrisas… El inspector lo prefiere así.
—La que tiene alzhéimer es mi madre. ¿Has ido al dentista, Santiago?
Como no hay respuesta, porque Escalona ha olvidado por completo su cita con el dentista, Teresa insiste.
—Tenías hora esta tarde. ¿No lo has visto? Yo misma lo anoté en tu agenda. Y te lo recordé el viernes, cuando me llamaste —en su voz hay un cansancio infinito—. ¿En qué piensas, Santiago?