Hay 666 zombis por persona
por
Boris Dekker
SMASHWORDS EDITION
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Colección Púlpito on Smashwords
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Hay 666 zombis por persona
Copyright © 2012 Carlos Gómez
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La presente novela es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y sucesos en él descritos son producto de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.
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(v1.1)
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Hay 666 ZOMBIS POR PERSONA
ÚLTIMAS NOTICIAS
Una explosión conmociona al condado de Lewis
NY Herald News, 1 de abril de 2013
A altas horas de la madrugada, una explosión ha sacudido al condado de Lewis, al norte del estado de Nueva York. Los vecinos de la zona han salido conmocionados de sus casas, aturdidos por el incidente. Se desconoce aún el lugar exacto de la explosión así como su autoría. Aparentemente no ha habida daños personales.
Algunos lugareños acusan a la explotación minera recientemente reabierta como responsable del accidente. MyMine, la empresa gestora de la licencia, no ha querido hacer ninguna declaración al respecto.
La contaminación del agua causa la muerte de ganado.
Lewis County Chronicles, 2 de abril de 2013
Una decena de reses han aparecido muertas en el sur del condado. Los ganaderos perjudicados acusan a la nueva empresa minera MyMine de verter ilegalmente residuos tóxicos en el río. Un representante de la empresa niega cualquier responsabilidad en las muertes asegurando que cumplen todas las normativas medioambientales. Se han enviado unas muestras de agua a la universidad del estado para su análisis.
Maniobras militares en el condado de Lewis
NCC News, 3 de abril de 2013
La llegada esta mañana de un destacamento militar a la base de Fort Lincoln, en el condado de Lewis, ha sorprendido a todos los habitantes de la pequeña región.
Las autoridades del condado dicen desconocer totalmente el hecho y aseguran que sólo compete al estamento militar.
Según el coronel McKeegan, responsable de la base, sólo se tratan de unas maniobras de entrenamiento y que no representa ninguna anomalía ya que siguen el calendario establecido por el mando a principio de año. Ha negado con rotundidad que tenga algo que ver con los últimos sucesos acontecidos en el condado.
Tres días después….
UNA CABAÑA EN EL BOSQUE
La luz del alba penetró por la ventana posándose sobre la cara de George. Era la forma poética que tenía el sol de despertarle cada mañana. La cortina, una membrana de tela casi transparente, no podía amortiguarlo quedando su función en darle una mínima intimidad, más psicológica que real, en el lugar más tranquilo y despoblado de la tierra.
El rayo de sol le molestaba sin compasión, obligándole a levantarse rápidamente; pero eso ya le convenía a George, que quería aprovechar las máximas horas de luz ya que tenía mucho trabajo por hacer.
Se había instalado en una pequeña cabaña en medio del bosque, lejos de la ruidosa ciudad de Nueva York, con el fin de encontrar la tranquilidad necesaria para escribir su segunda novela. La primera había sido un éxito inesperado, sorprendiendo a todo el mundo, principalmente a él. La editorial, encantada con el resultado, le había dado un suculento anticipo para que escribiera una continuación. El dinero le permitiría dedicar todo su tiempo exclusivamente a ello, pero entonces sucumbió a la presión. El miedo al fracaso apareció en forma del temido bloqueo.
Las semanas pasaban, la fecha de entrega se acercaba con rapidez y su progreso no era el adecuado. Su rendimiento era muy deficiente y ya había gastado buena parte del adelanto por lo que no podía echarse atrás. Tenía que acabar como fuera.
Rick, su agente, le aconsejó que buscara un sitio tranquilo y sin distracciones, que se encerrara en él y acabara la novela de una, textualmente, "puta vez". Siguiendo su irrechazable consejo alquiló una cabaña en el lugar más recóndito y tranquilo del estado. Estaba dispuesto a trabajar lo que hiciera falta para cumplir los plazos.
Con una vida de ermitaño, sin lujos ni distracciones, luchaba contra los fantasmas de su inseguridad y la enorme expectación que su primera novela había puesto sobre sus hombros. Poco a poco, con tesón, esperaba conseguirlo.
Se incorporó de la cama y miró por la ventana. Era un día magnífico para trabajar; el cielo estaba despejado y el sol calentaba más que los últimos días. Se levantó deprisa, sin pereza; ya no le costaba después de haberse acostumbrado con el paso de los días.
Lo primero que hacía cada mañana era lo que él llamaba bromeando la “operación micción”, que consistía en el vaciado matutino de la vejiga. Pero no era tan sencillo como parecía ya que incluía una serie de tareas complementarias dificultadas además porque el urinario estaba situado en el exterior de la cabaña. Las tareas que debía realizar, después del vaciado, eran el llenado de un cubo y un depósito, mediante el repetido accionamiento de la manivela de una bomba. Con ello obtenía el agua necesaria para darse una ducha y poder desayunar un buen café.
Se puso el abrigo sobre el pijama y salió por la puerta con su cubo en la mano, sin miedo a miradas indiscretas. Enfrente de la cabaña había cuatro tablas de madera intentando simular una pequeña construcción donde estaban el lavabo, la ducha y el urinario. Junto a ellos había un pozo con una bomba que se accionaba manualmente. La presión de la bomba no era suficiente para llegar al depósito de la ducha por lo que tenía que llenarlo a cubos. Durante los primeros días había tenido el brazo dolorido, pero rápidamente se lo tomó como una forma de hacer ejercicio, alternando de brazo cada diez repeticiones.
Al regresar a la cabaña encendió el hornillo de gas que tenía en la cocina, vertió agua en la cafetera y la puso a calentar. Del armario de su habitación sacó una toalla y una muda limpia; mientras hervía el agua iba a darse una ducha. Salió de nuevo de la cabaña pensando, como cada día, que tenía que haber alguna forma de optimizar todas esas idas y venidas.
Colgó la toalla en la puerta y dejó la muda sobre el lavabo. Abrió el grifo del agua; un chorro gélido golpeó su espalda haciéndole estremecer. Le ayudaba a despejarse pero estaba condenadamente fría. Tal vez no estaba tan acostumbrado al campo como creía.
Comenzó con su ritual de limpieza de cada mañana. Era más breve que en su apartamento de la ciudad, allí tenía agua caliente y todas las comodidades.
Un ruido extraño le hizo cerrar el grifo precipitadamente. Escuchó atentamente tras cualquier señal anómala, ante la posibilidad de que no estuviera solo. En medio del bosque, como estaba, cabría la posibilidad de que algún animal salvaje se acercase demasiado a la cabaña. Hasta ahora había tenido suerte y no le habían molestado los osos o lobos, pero nunca se sabía cuando podía suceder por primera vez.
Se tranquilizó al no oír nada fuera de lo corriente, así que prosiguió con su tarea de aclararse el pelo que es lo que había dejado a medias. Al acabar de asearse cerró el grifo del agua, se secó con la toalla y salió de la ducha vestido con la muda limpia. Había olvidado el resto de la ropa en la cabaña, así que se puso el abrigo encima y se fue andando, con los pies descalzos y mojados, por entre las piedras hasta la puerta.
El silbido de la cafetera le avisó que el café ya estaba listo. Al abrir la puerta el pitido se hizo más agudo obligándole a retirarla rápidamente del fuego. Hoy había tardado más de la cuenta en la ducha. Sirvió el café en una taza, le dio un sorbo y lo dejó encima de la mesa. Mientras esperaba a que se enfriara un poco fue a cambiarse a la habitación.
Se acabó de vestir, recogió las toallas y metió la muda sucia en una gran bolsa llena de ropa amontonada que dejó sobre sus sabanas arrugadas. George, metódico y ordenado, no podía salir de la habitación sin ponerlo todo en su sitio. Hizo la cama, guardó el pijama bien doblado bajo la almohada y cogió con una mano la bolsa y con la otra un ordenador portátil. Salió de la habitación cargado y dejó el ordenador sobre una mesa rústica de madera que estaba en medio del salón.
Junto a su dormitorio había una puerta con otra habitación más pequeña que utilizaba de trastero. La abrió y le dio al interruptor instintivamente pero no se encendió la luz. El grupo electrógeno que le proporcionaba electricidad estaba apagado; lo utilizaba lo mínimo imprescindible ya que el ruido del motor no le dejaba concentrarse en su libro. Prácticamente sólo lo encendía por la tarde, para cargar la batería del ordenador. Se había acostumbrado a pasar las noches alumbrado sólo con velas.
Entró a tientas en el trastero porque, al carecer de ventanas exteriores, no tenía iluminación. En vez de lanzar la bolsa de ropa sucia sin más, como haría cualquier otra persona ya que no iba a empeorar su condición higiénica, George prefirió acomodarla en una esquina, donde tenía un cesto que utilizaba para ello. Se dio la vuelta, siguió con unos pasos dubitativos guiado por la pared hasta que un golpe en la pierna le detuvo. Esquivó el obstáculo y salió cojeando de la habitación.
TOC, TOC.
Unos golpes en la puerta principal le sorprendieron cuando estaba cerrando el trastero. Nunca tenía visitas, salvo el mozo del colmado que venía cada quince días, pero él no podía ser porque había venido anteayer. Al guarda forestal sólo le había visto una vez, cuando el primer día que se presentó junto con el casero a saludar y Rick, su agente, jamás se acercaría a menos de un kilómetro de un sitio sin cobertura telefónica; “los negocios son los negocios”, decía para justificar su falta de interés. Extrañado George fue a abrir la puerta esperando ver a algún campista perdido.
Un hombre herido cubierto de sangre estaba aturdido frente al dintel de la puerta. Era de mediana edad, alto y gordo. Vestía un traje oscuro que traía hecho jirones. Parecía que hubiera tenido un accidente de trafico o que algún animal salvaje le hubiera atacado. Se mostraba desorientado, con la cabeza gacha y sin reparar en que George le había abierto la puerta y le hablaba preocupado.
- Señor. ¿Se encuentra bien? ¿Qué le ha sucedido?
George le tocó el hombro intentando llamar su atención. Al notar el contacto, el hombre se giró hacia el joven. Con la mirada ausente se acercó hacia él sin decir nada con un paso lento y torpe.
- Señor, ¡señor! ¿Qué le ha pasado? – George intentaba que el hombre le aclarara lo sucedido pero estaba en un evidente estado de shock y no respondía a sus preguntas.
Seguía caminando, acercándose lentamente, con la mirada fija en su anfitrión. George se acercó a él para ayudarle a entrar, pensaba dejarlo tumbado en el sofá e ir a buscar ayuda; pero al rodearle el cuello con el brazo el hombre despertó de su letargo y se abalanzó sobre él con inusitada fiereza. Sorprendido, apenas si pudo evitar el intento de un mordisco que le lanzaba. Instintivamente le empujó con fuerza provocando que el hombre tropezara y cayera de espaldas. El impulso le proyectó fuera de la cabaña, golpeándose la cabeza contra el suelo.
George miró horrorizado el cuerpo. De su cabeza fluía la sangre que se extendía poco a poco formando un charco en la tierra. ¿Le habría matado?, pensó preocupado. Un pequeño movimiento de una de sus manos respondió a la pregunta. Lentamente, con movimientos torpes comenzaba a incorporarse.
Mirándole con detalle, George vio con repulsión que el hombre estaba parcialmente mutilado. Le faltaban dedos en una mano, que parecían haber sido arrancados de cuajo dejando una herida tosca. Su tobillo estaba dislocado, pero andaba sin mostrar síntoma alguno de dolor. En la cara le falta una oreja, de cuya herida un reguero de sangre había manchado su cara hasta el cuello donde tenía otra herida similar a una mordedura que estaba en carne viva.
Centrado en el hombre mutilado no se había fijado que junto a la cabina del lavabo aparecía otro hombre, más joven y delgado, caminando también erráticamente con la mirada perdida y totalmente ensangrentado. A lo lejos dos sombras más asomaban entre los árboles del bosque.
George corrió a refugiarse en la cabaña. Entró y cerró la puerta tras de sí. Echó el pestillo con la poca convicción de que aguantara una embestida. Buscó con la mirada algún objeto que pudiera utilizar para defenderse. Abrió un cajón de la cocina donde tenía los cubiertos y se puso a rebuscar tras algún cuchillo grande y afilado. Encontró uno un poco más grande que los otros pero no era suficientemente amenazador.
Los golpes en la puerta fueron creciendo en intensidad conforme los otros hombres iban llegando desde el bosque. Empujaban con fuerza, golpeando con los puños, intentando echar la puerta abajo.
La cara mutilada de un joven apareció tras la gran ventana del salón. Tenía la mandíbula completamente arrancada dándole un aspecto repulsivo. Comenzó a golpear el cristal, al principio con poca fuerza, pero aumentando el ritmo hasta que consiguió romperlo. George corrió hacia la ventana y pateó la cara del intruso destrozándole la nariz. El joven mutilado cayó de espaldas bruscamente sin mostrar ningún síntoma de dolor. Se levantó, lenta y torpemente, como lo había hecho antes el hombre ensangrentado del traje negro.
Los golpes en la puerta devolvieron a George a la otra amenaza que tenía. La puerta no resistiría mucho más las embestidas y la ventana estaba destrozada, era una entrada perfecta para cualquiera de esos indeseable. Tenía el impulso instintivo de huir, pero realmente no sabía que demonios estaba pasando ¿Por qué le estaban atacando? ¿Estaban colocados? ¿Por qué tenían ese aspecto tan extraño?
Sin esperar respuestas corrió hacia la parte trasera de la cabaña. Allí no había ninguna puerta al exterior pero podía salir por una pequeña ventana situada al final del pasillo, junto a la pequeña habitación. Antes de abrir la ventana, miró que tuviera campo libre para salir. Parecía todo despejado así que se encaramó por el agujero y, con no demasiada agilidad, consiguió salir de la cabaña. Tras él oyó como la puerta era derribada.
Echó a correr en dirección hacia la carretera cuando el sonido de un disparo le detuvo. Un nuevo disparo seguido de otro y otro y otro y después perdió la cuenta. En contra del sentido común volvió hacia la cabaña, caminando sigilosamente, camuflándose entre los árboles. Se detuvo a una distancia que calculó prudente, desde donde podía ver la entrada de la cabaña escondido entre la maleza.
Un hombre vestido con una cazadora militar raída y una gorra roja calada en su cabeza avanzaba hacia la cabaña con una escopeta en las manos. Se paró junto al primer hombre ensangrentado, que yacía inmóvil junto a la puerta de entrada. Apuntó con el arma y disparó a la cabeza que reventó manchando con sangre y sesos la puerta. El hombre de la escopeta entró en la cabaña, se oyó un nuevo disparo y volvió a salir. Se detuvo junto al umbral, se quitó la gorra y se secó el sudor de la frente, dejando a la vista una cabeza despejada con poco pelo. Sacó de su bolsillo un cigarrillo y lo encendió con un mechero. Apoyado en la puerta miraba su obra: tres hombres muertos yacían en el suelo sobre un charco de sangre. Un cuarto estaba dentro de la cabaña compartiendo el mismo destino que los otros.
George, ensimismado con el espectáculo, se incorporó imprudentemente delatando su posición. El hombre de la gorra roja, alertado por la repentina silueta, tiró el cigarro y disparó el arma a bulto, sin tiempo para apuntar.
- ¡No dispares! No estoy armado.
El hombre bajó el arma y buscó con la mirada la persona que había tras la voz. Cuando vio a George saliendo de su escondite se relajó y se puso a buscar algo por el suelo. Cogió la colilla que había tirado antes y se la puso en la boca, encendiéndola de nuevo con el mechero.
- Lo siento. Creía que eras uno de ellos.
- ¿Uno de quienes?
- De ellos- dijo el hombre de la gorra roja señalando a los muertos con la mano mostrando lo que era evidente.
George los miró. Todos estaban cubiertos de heridas y sangre; alguno, como el hombre del traje negro, con mutilaciones en alguno de sus miembros. Todos tenían una tez pálida y un aspecto enfermizo.
- ¿Qué son? ¿Locos?
-No son locos, son zombis.
-¡Zombis! ¿Pero qué dices? Los zombis no existen.
George no comprendía como podía decir semejante disparate. Comenzaba a pensar que la pesadilla no había acabado y que el hombre de la gorra roja estaba tan loco como los otros.
- No escuchan, no tienen sentimientos, se mueven con torpeza y son lentos. Y morderían a su madre sin dudarlo: o son zombis o son políticos – al ver la cara de incredulidad de George cambió de argumentos sin intentar convencerlo.- Yo los llamo zombis pero puedes cambiarles el nombre si quieres. A mí me recuerdan a los de las películas esas de Moreno.
- Romero, –corrigió George - Romero,…
No se lo acababa de creer, debía haber una explicación más racional que muertos vivientes. Se acercó a uno de ellos, el que tenía más cerca, y se agachó para examinarlo con detenimiento.
- Yo que tú no lo tocaría mucho.
- ¿Por qué? ¿Es contagioso?
- No lo sé, pero más vale no arriesgarse.
El hombre apuró el cigarrillo y lo tiró al suelo, apagándolo con el talón. Miraba como George observaba a distancia al hombre al que acababa de disparar.
- ¿En serio no sabes nada del tema? ¿Qué has hecho estos últimos días?
- Llevo encerrado en esta cabaña desde hace unos meses. Estoy buscando un poco de tranquilidad, por eso estoy aislado. ¿Tú sabes qué está pasando? Por cierto me llamo George.- dijo tendiéndole la mano.
- John- contestó devolviendo el apretón antes de comenzar su relato de lo ocurrido. – Realmente no sé mucho.
Voy de un pueblo a otro buscando trabajo, así me gano la vida. Estoy unos días aquí y después me voy allí, nunca me quedo mucho tiempo en el mismo sitio. Me gusta llevar una vida nómada, sin ataduras.
Llegué hace unos días a Fontrage. Es un pueblo pequeño como cualquier otro de la zona: una calle, cuatro casas y gente amable necesitada de brazos fuertes para el trabajo. Tuve suerte y no me costó encontrar uno de carpintero en una obra. Varios obreros estaban enfermos; me dijeron que había una epidemia de gripe así que había muchas vacantes. También me recomendaron alojarme en la casa de una anciana que alquilaba habitaciones a las afueras del pueblo.
Llevaba sólo un día en el pueblo, todo iba con normalidad, mejor que bien. En la obra, faltaba bastante gente porque habían caído enfermos pero a mí eso me daba igual. Más trabajo y más dinero para mí.
Ayer al mediodía estaba comiendo en el bar del pueblo cuando entró un hombre. Estaba pasado de vueltas, parecía bebido. Andaba torpe, tropezando con las sillas y molestando a la gente. Tenía el rostro ensangrentado, lleno de heridas, como si hubiera tenido una pelea o un accidente.
El camarero, que conocía al tipo, se acercó a él para ayudarle. De repente se abalanzó sobre él y le mordió el cuello arrancándole un trozo de carne. El camarero comenzó a chorrear sangre y cayó al suelo. El tipo raro se tiró encima y comenzó a morderle por todo el cuerpo, desgarrándole la carne. Entre varios pudimos separar al psicópata del pobre camarero que se desangraba en el suelo. Pero no quedó ahí la cosa, dio otro mordisco a uno de los que le sujetábamos. El grito de dolor paralizó a todo el mundo que le soltó, yo agarré una silla y se la estampé en la cabeza. El golpe le destrozó el cráneo y cayó muerto al suelo. Me quedé sorprendido porque no creía haberle golpeado tan fuerte como para matarlo.
Todos nos quedamos mirando al hombre en el suelo cuando, detrás de nosotros, el camarero se levantó del suelo sin síntomas de dolor, pero con la extraña mirada que tenía el otro. Instintivamente me aparté de él temiendo lo peor. Y así pasó, mordió a una chica en el hombro que chilló sorprendida. Después entraron dos pirados más en el local y se desató el pánico. Mordiscos, sangre, gritos,… Era un caótico sálvese el que pueda.
Como los zombis bloqueaban la puerta, subí a una mesa y rompí la ventana de una patada. Salí por ahí como pude mientras detrás de mí había una auténtica carnicería. Fuera había más de esos andando por la calle, con sus pasos lentos y torpes pero sin descanso. Algunos estaban agachados devorando lo que parecían los restos de un cadáver. La gente corría como loca, los coches iban disparados atropellando a todo el que estuviera por delante sin importarles si eran zombis o no. Aquello se había convertido en un infierno así que decidí largarme de ahí como fuera.
Fui al albergue a recoger mis cosas. Sólo hay cien pasos desde el restaurante al albergue pero fueron los más largos de mi vida. Me tuve que enfrentar a esa cosa a bofetadas, puñetazos y patadas. Y son duros, no basta con tirarlos al suelo de un golpe, se levantan una y otra vez. No paran hasta que les revientas la cabeza, solo eso parece detenerles.
Llegué a la casa de la señorita Smith, que no estaba en el porche como acostumbraba. Llamé a la puerta pero no me contestaron así que la tiré abajo y entré en la casa.
Mientras subía las escaleras corriendo noté que tras de mí habían entrado dos de ellos. Tenía tiempo suficiente para recoger mis cosas mientras subían las escaleras con su ritmo tan lento. Metí todo en mi bolsa como pude y salí pitando de ahí, pero por la escalera me bloqueaban el paso al menos cinco de esos locos, entre ellos la señorita Smith con la camisa destrozada y manchas de sangre en toda la cara. Otra vez tuve que romper la ventana para salir, comenzaba a ser una mala costumbre, salté desde el primer piso y caí en el jardín.
Me fui de aquel pueblo por piernas sin mirar atrás, oyendo los gritos a mis espaldas. Fue espeluznante, aquello era una locura. Era el Apocalipsis. Llevó todo el día caminando bosque sin parar, alejándome lo más que pueda del pueblo. Hasta que te he encontrado.
John estaba visiblemente perturbado al recordar lo ocurrido. Suspiró y, más calmado, fue hacia el bosque de donde, escondido tras unos árboles, sacó un viejo petate de color caqui.
- Si no te importa vamos dentro. Necesito descansar. – John se dirigía a la cabaña con el saco en la mano- ¿Tienes algo de comer? Tengo hambre.
Sin esperar respuesta entró en la cabaña y tiró el petate junto al sofá, después de todo lo pasado se sentía como si estuviera en su propia casa.
- Sí, tengo comida en la despensa - respondió George a la pregunta- Pero antes saquemos a este de aquí.
En el suelo había uno de los zombis al que John había disparado. La visión de sus sesos por el suelo le incomodaba y no era la más adecuada para pensar en comer. Entre los dos le agarraron por las extremidades y lo sacaron de la casa. John soltó la carga en cuanto atravesaron el umbral de la puerta, dispuesto a dar el trabajo por finalizado y regresar a dentro pero George le detuvo.
- Mejor dejémoslo lejos de la cabaña. Allí, en el bosque. – La ordenada meticulosidad de George no podía descansar ni en momentos tan dramáticos.- Creo que deberíamos dejarlos todos juntos. No me hace ninguna gracia tenerlos cerca de la cabaña.
John no protestó y, resignado, ayudó a trasladar el resto de cadáveres lo suficientemente lejos de la cabaña para contentar a su anfitrión. Al acabar regresaron a la casa. La puerta estaba dañada por los golpes de los zombis y el pestillo había quedado inutilizado. Además la gran ventana del salón estaba rota, no era un refugio muy seguro.
- Esto es un coladero.- comentó John observando el salón destrozado.- Creo que lo mejor sería irnos a algún lugar seguro, donde no haya llegado esta epidemia. Pero antes vamos a comer algo y descansar un poco.
- Supongo que el gobierno ya lo tendrán controlado. Habrá enviado al ejército y a sanitarios,..
- Yo no confiaría demasiado en el gobierno. – le interrumpió John- ¿Dónde está la comida?
Con absoluta confianza registraba los armarios buscando algo para comer.
- No deberíamos antes asegurar la casa-comentó George preocupado por la nula defensa que era en ese momento la cabaña.
- No me preocuparía mucho por eso. No vamos a quedarnos mucho tiempo aquí. Además si es fácil entrar también es fácil salir. Si vienen más zombis lo más sensato será huir. ¿Te gusta la cocina mexicana?- preguntó John cambiando de tema mientras tenía en sus manos un paquete de frijoles que había encontrado en un armario.- Sólo sé cocinar comida mexicana. Es por mi mujer que era mexicana.
A George le daba igual. Nervioso y sobrexcitado sólo podía pensar en largarse de ahí. Fue a su habitación y comenzó a recoger sus cosas. Sacó una maleta de debajo de la cama que la abrió sobre el colchón. Comenzó a meter ordenadamente la ropa que sacaba del armario y los cajones. Metió también unos libros que tenía sobre una caja que hacía de improvisada mesita de noche. Repasó la habitación con la mirada para no olvidarse nada y salió con la pesada maleta en la mano.
- ¿Dónde vas con eso? – le preguntó John esbozando una sonrisa mientras freía algo que parecía un sofrito en la sartén. - ¿No es mucha carga para una excursión?
- ¡Cómo coño puedes estar tan tranquilo! –estalló George, visiblemente nervioso, viendo la poca seriedad de su enquistado compañero que se dedicaba a cocinar con tranquilidad y despreocupación.
- Te llevo un día de ventaja. – se justificó con tono amable y condescendiente intentando tranquilizar a George – Tienes la misma cara que tenía yo ayer. Mete en una bolsa lo imprescindible, así podremos movernos deprisa en el caso de que tengamos “compañía”.
George, tragándose el orgullo, llevó la maleta al cuarto y la abrió de nuevo sobre la cama dispuesto a meter lo necesario en una bolsa, pero no encontró ninguna. Recordó la de la ropa sucia. Abrió la puerta del trastero para recordar que no había luz, pero esta vez no le apetecía entrar a oscuras. Tenía que encontrar todas sus cosas. Se dio la vuelta con la intención de encender el pequeño grupo electrógeno. Pasó por delante de John, que estaba acabando de cocinar el plato, y salió por la puerta.
- ¡Eh! ¿Dónde vas? La comida ya está lista
George salió sin contestar y rodeó la cabaña hasta llegar al pequeño aparato color azul. Lo puso en marcha rugiendo el motor al despertar. Ahora ya tenían luz en la cabaña. Inició el camino de regreso cuando a la mitad del recorrido tropezó con John, que preocupado por el ruido, había salido a buscarle.
- Apaga eso. Ese ruido atraerá a los zombis.
- No, necesito luz para recoger mis cosas.
- Pero eso puede ser peligroso. Es un reclamo para los zombis. Les dice: ¡Eh! Estoy aquí. Carne fresca, sírvase usted mismo.
- Es sólo un momento – replicó con tozudez George que no quería desprenderse de más cosas de las necesarias.- Si quieres quédate fuera con la escopeta haciendo guardia.
- La casa tiene cuatro paredes y yo sólo puedo estar frente a una. Quedarán tres libres. Si vienen estamos perdidos.
Pero George no pudo oír las últimas palabras de John porque había desaparecido dentro de la casa. Esta vez encendió la luz y buscó en la habitación algo de utilidad. No había gran cosa; trastos viejos del casero protegidos con sábanas, unos troncos para la chimenea que no había encendido todavía y una estantería metálica oxidada por la humedad repleta de viejas herramientas. Vio con decepción que suyo solo era la estúpida bolsa de la esquina.
La ropa no le serviría pero la bolsa podría serle de utilidad para recoger lo imprescindible. Salió deprisa, recordando que estaba John fuera intranquilo con la posibilidad de que el ruido alertara a los zombis. Asomó la cabeza por la puerta y le gritó que podía apagar la máquina. Al momento el motor del grupo electrógeno dejó de rugir devolviendo al entorno su perenne quietud natural.
Entró John malhumorado pero cambió el semblante al ver la sartén con la comida. Con una cuchara de madera que había sacado de un cajón removió el guiso y lo probó. Una sonrisa en su cara mostraba su aprobación.
- Vamos a comer – llevó la sartén a la mesa del salón – Es una receta de mi mujer. La llamaba “el aliento del diablo”. Te va a encantar, aunque no estará picante porque no tenías guindillas.
John comía directamente de la sartén con la cuchara de madera con la que había cocinado. George le puso un plato y cubiertos encima de la mesa. Dándose cuenta de la indirecta, John sirvió el guiso en el plato y retiró la sartén a un lado. Agarró una de las cucharas metálicas y continuó comiendo.
- ¿No quieres? – preguntó John al ver que sólo había sacado un plato.
- Acabo de desayunar. Además todo esto me ha quitado el apetito.
- Como quieras. ¿A qué te dedicas? – preguntó John para romper un poco el hielo durante la comida.
- Soy escritor.
- ¿Ah sí? ¿Y qué escribes? ¿Autoayuda?
George le miró resentido, con el orgullo herido. Se consideraba mucho más escritor que cualquiera de esos, aunque para ser sincero no llegaba a su nivel de ventas.
- No, escribo novelas, libros de ficción. ¿Igual has leído alguno de mis libros?- remarcó conscientemente el plural de la palabra a pesar de haber escrito sólo uno.
-No lo creo. No leo mucho – dudó un poco para después proseguir- Más bien no leo nada. ¿Y por qué has venido aquí? No encontraras nada de lo que escribir. Este es un sitio tranquilo y muy aburrido.
Como mi libro pensó George recordando la crisis creativa que le había traído ahí.
- Buscaba un lugar donde trabajar.
Atraído por el olor no pudo evitar agarrar la cuchara de madera y probar el guiso de la sartén. Estaba realmente bueno.
- ¿Por qué lo llamas “el aliento del diablo”?
- Bueno mi mujer le llamaba “el aliento del diablo” yo le llamaba “el silencio de los muertos”. Es porque repite mucho y deja un aliento fuerte, así que mi mujer me impedía hablar después de comerlo. Lo curioso es que cada vez lo cocinaba con más frecuencia.
Cuando John acabó de comer, George recogió la mesa y dejó el plato en el fregadero dispuestos a limpiarlo.
- No te molestes. Nos iremos enseguida y no tendremos que volver.
- Por si acaso. – respondió el George más maniático. – Confío en poder volver cuando todo esto acabe.
John se levantó de la mesa y se dirigió hacia el sofá que había en medio del salón.
- Me voy a echar un rato. Llevo toda la noche sin dormir. – agarró la escopeta que había dejado junto a la puerta y se la dio a George.- Ten. Vigila mientras duermo.
Después cogió su petate, rebuscó dentro hasta sacar tres cartuchos y los dejó encima de la mesa. George los cogió.
- No hay mucho. Tendremos que dosificar los disparos. – dijo George mientras cargaba la escopeta con ellas.
John no había oído nada porque ya dormía profundamente en el sofá. Un creciente silbido salía de sus fosas nasales rompiendo el silencio de la cabaña. George dejó la escopeta encima de la mesa y fue a la habitación con la bolsa de ropa. La vació encima de la cama, junto a su maleta que estaba abierta. Rebuscó entre la ropa sucia y descartó todo lo que había tirándolo en la caja que utilizaba como mesita, devolviéndole su uso original.
Miró el contenido de la maleta pensando qué podía necesitar. ¿En qué situación estaba realmente? ¿Era una epidemia, una catástrofe o el fin del mundo? ¿Cuántos días duraría eso? ¿Unos pocos o para siempre? Decidió ser lo más funcional posible. Metió en la bolsa la suficiente ropa para mudarse y dejar el resto. No tenía ningún objeto personal, los había dejado todos en su apartamento en Nueva York. Los libros tampoco los necesitaba, aunque tal vez podía llevarse el de "Sigmund Mauer y el maldito monstruo infernal". Lo metió también en la bolsa junto con su ordenador portátil. Allí estaba su progreso con la novela y su futuro como escritor. Después la cerró atándola con una cuerda.
La sombra de John asomó en la puerta mientras George cerraba la maleta y la volvía a colocar bajo la cama.
- ¿Ya te has despertado?
Pero John no le contestó. Permanecía de pie en la puerta sin moverse. George se giró y vio a un hombre extraño, no era el calvo que plácidamente descansaba en el sofá. Un zombi le bloqueaba la salida sin mostrar ningún síntoma de querer atacarle. George no tenía ninguna arma con la que defenderse así que, antes de que el zombi reaccionase, le dio una patada en el pecho que lo lanzó al salón, tirándolo al suelo.
Agarró la bolsa y salió corriendo de la habitación. Otro zombi le esperaba en el salón, la puerta estaba abierta y había entrado fácilmente por ahí. Tomó la escopeta de encima de la mesa y apuntó al hombre que estaba junto a la puerta. Antes de llegar a disparar, el que había pateado se había levantando lentamente hasta situarse detrás de él. Estaba rodeado.
No podía apuntar a los dos a la vez, tenía que elegir uno. Disparó precipitadamente contra el que estaba en la puerta dándole de lleno en el pecho expulsándole de la cabaña. Se volteó con rapidez pero el otro estaba demasiado cerca para poder apuntarle. Se abalanzó sobre él, defendiéndose con la escopeta del mordisco del zombi y le golpeó la cara con la culata. El zombi retrocedió unos pasos, lo suficiente para que George pudiera armar la escopeta y dispararle en la cabeza, enviándole al otro barrio.
Los disparos habían despertado a John que apenas había podido descansar. Incorporado en el sofá veía a los dos cadáveres en el suelo. Por la ventana pudo ver a dos más de esos seres acercándose a la cabaña.
- ¡Mierda! Tenemos que irnos. Ahí vienen más.
Le quitó a George la escopeta de las manos y comprobó cuantas balas les quedaban. Su cara se descompuso al comprobar que sólo tenían un disparo más. Se puso su bolsa al hombro y con el arma en las manos salió de la cabaña seguido de George. Lentamente iban llegando más zombis a los alrededores de la cabaña. Esparcidos por el bosque podían verse al menos una decena de ellos.
John golpeó con la culata a uno que llegaba a la puerta bloqueándoles la salida. Ahora tenía el camino lo suficientemente despejado para huir.
- ¡Sígueme! – le ordenó a George mientras corría hacia la zona de escape más segura.
John corría con todas sus ganas, pero aunque era mucho más rápido que ellos no era una persona ágil. Su evidente sobrepeso, sus pasados cuarenta años y su vida sedentaria habían hecho estragos en su condición física. Era fuerte pero no era ágil, ni tenía fondo. A ese ritmo iba a reventar en poco tiempo.
George en cambio estaba en mucha mejor forma. Era un hombre joven que aún no había llegado a la treintena; había practicado deporte con frecuencia en su época universitaria. Llegado al mundo laboral dejó su condición física a merced de dos días de gimnasio a la semana. Pero llevaba ya unos meses en esa cabaña con el único esfuerzo físico de darle a la manivela de la bomba. A pesar de eso, dejó atrás a John con humillante facilidad.
Unos metros más adelante, considerando que estaba lejos del peligro, se detuvo a esperar a John que corría con la lengua fuera al borde del colapso.
- No puedo más. Déjame aquí. Me sacrificaré por los dos.
John sonreía irónicamente con gestos sobreactuados. Resoplaba mientras descansaba apoyando sus manos sobre sus piernas, mientras tomaba aire. Tenían una apreciable ventaja sobre sus perseguidores, que eran mucho más lentos, pero les perseguían con infinita constancia.
- Pasemos esa colina. Confió en que dejen de perseguirnos en cuanto no nos vean.
John se incorporó asfixiado y miró la colina que le señalaba su compañero. No estaba muy lejos, podía conseguirlo, pensó. Corrieron hasta llegar a ella y después, tras girarse para comprobar que la ventaja era amplia, continuaron andando a ritmo de marcha.
- ¿Dónde vamos? – preguntó John.
- Por ahí creo que está la carretera. Podemos seguirla hasta llegar a algún pueblo o una vivienda. Algún sitio donde podamos pedir ayuda.
John asintió y siguieron campo a través hasta llegar a un pequeño camino forestal, que les facilitó la marcha. El camino desembocó rápidamente en una carretera secundaria. Ya estaban más cerca de la civilización.
Al llegar a la carretera John siguió uno de los sentidos al azar. No siendo de la zona, como tampoco lo era George, no tenía ni la más remota idea de dónde estaba el pueblo más cercano y probó uno dejando su suerte en manos del destino.
- Espera un momento, John. – George detuvo a su compañero. Mucho más racional, pensaba cual sería la mejor dirección ya que corrían el riesgo de acabar en el pueblo zombi que John había tenido que abandonar a toda prisa.- Venimos del Sudoeste, esta carretera tiene dirección Este-Oeste. Así que debemos ir al este si no queremos toparnos con los zombis de frente.
John le miraba confundido, esperando una respuesta más clara sobre la dirección a seguir.
- Por la derecha.- precisó a John que dio la vuelta cambiando el sentido de su marcha.
Prosiguieron en silencio el camino por la carretera. Estaban tensos, sobre todo George, en un estado paranoico que les hacía volverse continuamente ante al menor ruido. El haber llegado a la carretera principal les había elevado la moral, además era más fácil controlar los ataques teniendo un campo de visión más amplio. No estaban aún a salvo pero ya veían el final del túnel. Con un poco de suerte les recogería algún coche.
George caminaba cabizbajo. Después de la tensión del momento comenzaba a darle vueltas a la cabeza sobre lo sucedido. Los ataques de aquellas personas, sus rostros, la sangre, las balas,… En su cara se reflejaban toda su preocupación así que John, notándolo, intentó que sacara todo lo que tuviera dentro y desahogara. Si no aquella locura podría explotar en el momento más inoportuno.
- ¿Qué te pasa? Tienes mala cara. ¿No te habrán mordido, verdad?
- No, no. Es solo que… - dudó antes de seguir con la confesión - ¡He matado a alguien!
- Entiendo. Es la primera vez. La primera vez siempre es especial, pero recuerda que eran zombis, no personas.
- Fueron personas, ¡Eran personas! Y quien sabe tal vez podrían volver a serlo. No sabemos nada de lo que está pasando. Tal vez es una epidemia y tiene cura. Pero no para ellos. Yo los he asesinado.
- Fue en defensa propia.- matizó John temiendo que George enloqueciera – Nadie puede condenarte por eso.
- No es un tema de leyes – precisó George mientras seguía su cavilación.- Es un tema de conciencia.
Después callaron los dos y prosiguieron el camino en silencio. Llevaban andando por la carretera más de dos horas sin que hubieran pasado nadie. Temían, sobretodo John, hacer todo el trayecto andando. No sabían a que distancia estaba del siguiente pueblo y podía anochecer antes de llegar a cualquier refugio.
Tras una curva apareció un coche en la cuneta; la suerte parecía comenzar a sonreírles. Estaba abandonado, no se veía a nadie cerca de él. El conductor debía haber perdido el control y haber sufrido un accidente.
Se acercaron con cautela, asegurándose que no hubiera ningún zombi por los alrededores. El coche estaba inservible, totalmente destrozado por un choque frontal. Tenía el parachoques roto, el capó completamente abollado y el parabrisas hecho añicos. En el asiento del piloto había el cuerpo sin cabeza de una mujer. Había muerto en el fatídico accidente.
John abrió el capó y se puso a revisar el motor para ver los daños. George miró en el interior del coche a través de la ventanilla. Había una bolsa de piel en el asiento del copiloto y en los asientos traseros un bolso de mujer. Intentó abrir la puerta pero estaba atascada o con el seguro puesto. Miró en el maletero que se había abierto solo tras el impacto. Una caja de herramientas y la rueda de repuesto; no vio nada de utilidad.
- No tiene arreglo.- le comentó John que volvía del frontal del coche mientras se limpiaba las manos en la camisa. - ¿Has encontrado algo?
- No
- ¿Has mirado su bolso?
- La puerta está cerrada.
John dio un fuerte golpe al cristal con el codo y quitó el seguro. Abrió la puerta y vació el bolso sobre el asiento trasero del coche. Miró en su cartera, en un acto inconsciente se guardó el dinero en su bolsillo. Después le dio la cartera a George, quien la revisó buscando algún documento identificativo.
- Megan Campbell– leyó George en su carnet de conducir – Tenía 20 años.
Dejó la cartera entre el montón de trastos que había dejado John. Miró por encima lo que allí había y cogió un pequeño cilindro negro que se guardó en el bolsillo.
- Me llevo esta linterna de mano. Quizá nos sea de utilidad. - le dijo a John que no prestaba ninguna atención porque estaba tratando de sacar el cuerpo de la muchacha de dentro del coche.
- Ven, ayúdame.
George se acercó y agarró de los pies a la chica mientras John lo hacía por los brazos. Con dificultad consiguieron sacarla del coche.
- Dejémosla ahí.- dijo George indicando la cuneta, temiendo que su compañero la dejara tirada en el suelo sin ninguna consideración.
John, después de ayudar a su compañero a retira el cuerpo de la calzada, se sentó en el asiento del piloto. Abrió la guantera y la registró a conciencia sin encontrar nada interesante. Después intentó arrancar el coche aprovechando que la llave estaba puesta consciente de que no sucedería nada. No hubo el más mínimo síntoma de que aquello pudiera funcionar. Pero no se resignaba a continuar a pie. Comprobó los pedales y las marchas y giró el volante con violencia. Se le había ocurrido una idea.
- Ven, sube al coche.- dijo John sacando la cabeza por la ventanilla.
George se dirigió a la puerta del copiloto y la abrió. Se quedó paralizado ante la visión de una cabeza ensangrentada que le miraba desde el asiento. Era una joven rubia que se parecía a la de la foto del carnet de conducir.
- Venga, sube- le apremió John al ver las dudas de su compañero.
- La cabeza… - balbuceó George con aprensión.
- Sácala – le sugirió John sin darse cuenta del problema que eso le suponía a George.
Asqueado George agarró la cabeza por el pelo y la tiró fuera sin ninguna consideración. Cayó al suelo, cerca del cuerpo, con la mala suerte que la cara quedó al descubierto. La mirada fija de la joven se clavó en George, que le recorrió un escalofrío. Se montó rápido en el coche, incomodo y avergonzado de su actitud cobarde. John le miró sonriente, estaba orgulloso de su magnífico plan que acababa de idear. Confiaba en que les ahorraría una buena caminata.
- El coche no funciona, - informó John- pero a partir de ahí delante el camino es cuesta abajo. Podemos empujar el coche y lanzarlo por la carretera. La dirección y los frenos funcionan y no habrá ningún problema en controlarlo. No corremos ningún riesgo. Es todo muy seguro.
Este último comentario lo hizo al ver la cara de George, que mostraba una gran desconfianza en su idea.
- Vamos sube las bolsas.
George salió del coche, evitando la cabeza que, como una sangrienta Mona Lisa, le perseguía con la mirada. Metió las dos bolsas en el asiento posterior del vehículo.
- Ahora empuja un poco- le pidió John sin mostrar ningún intención de salir a ayudarle.
George comenzó a empujar desde la parte trasera del coche que se movió ganando velocidad lentamente.
- ¡Por ahí no, idiota! ¡Así no podrás montarte!- John gesticulaba nervioso sacando la cabeza por la ventanilla mientras le señalaba la puerta del copiloto.- Empuja desde el otro lado.
Pero el consejo llegó demasiado tarde, el coche comenzaba a acelerar y a deslizarse por la pendiente cuesta abajo. George corrió hacia la puerta pero tropezó con algo que le hizo caer. El coche aceleraba bajando por el desnivel, seguido de una cabeza que rodaba impulsada por la patada de George. John, subido en el coche, miraba hacia atrás buscando a su compañero sin darse cuenta que se estaba saliendo de la carretera y se dirigía montaña abajo. Al darse la vuelta y ver su situación giró el volante intentando reconducir el coche para descubrir que no iba la dirección. Apretó el pedal del freno pero tampoco funcionaba, no lo había revisado a fondo confiando en una rápida inspección visual. Desperado, saltó del coche en marcha. Cayó rodando hasta golpearse contra unos arbustos, que le detuvieron. El coche siguió montaña abajo hasta chocar contra un árbol, rebasado por la cabeza que continuó en su caída sin detenerse, perdiéndose por el bosque.
George alcanzó a John y le ayudó a levantarse. Estaba magullado, con arañazos en los brazos y en la cara. En su frente sangraba una pequeña herida sin importancia. En la caída había perdido la protección de su perenne gorra roja, dejando al descubierto su reluciente calva. Se levantó mareado, con la cabeza dándole vueltas, pero poco a poco se fue recuperando. Buscó la gorra, la recogió del suelo y se la volvió a poner.
George miró el coche que se había detenido a unos veinte metros. Había embestido a un árbol que lo había frenado
- Tenemos que bajar a buscar las bolsas. – y volviéndose enfadado hacia John le preguntó - ¿No dijiste que el coche funcionaba? ¿Qué coño ha pasado?
- Estoy bien. Estoy bien. No me he roto nada, gracias por preguntar.
Bajaron por la ladera hasta llegar al coche. Una de las bolsas había salido despedida del coche y estaba unos metros delante. John recogió la suya de dentro del coche, había tenido suerte y estaba en perfecto estado. George no tuvo tanta, al recoger la suya del suelo notó que algo no iba bien. Sonaba como la caja de un puzzle llena de piezas. Abrió la bolsa; el ordenador estaba destrozado. Todo su trabajo de los últimos meses se había perdido.
- ¿Vamos? – preguntó John que había vuelto a la carretera y le llamaba desde arriba.
George subió con la bolsa a hombros acompañado por el tintineo de las piezas rotas del ordenador. Pasó de largo junto a John y continuo la marcha hacia el pueblo sin esperarle. En dos pasos le atrapó y se puso a su altura, caminando juntos.
John, viendo que su joven compañero estaba visiblemente enfadado, intentó comenzar una conversación para calmar los ánimos.
- Desde que te encontré en la cabaña no hemos vuelto a ver ningún otro zombi.
- Sí, es extraño. Probablemente todo ya está controlado y haya sido sólo un susto.
- No cantes victoria tan pronto. Espera a que estemos a salvo con una taza de café en las manos rodeados de enfermeras macizas dispuestas a mimarnos.
- Tienes razón. -George estaba intranquilo, le incomodaba es tensa calma que les hacía volverse con temor a cada paso - ¿No te extraña que no hayamos visto a nadie en todo el día?
- Habrán evacuado a la gente y habrán puesto la zona en cuarentena. Me temo que podemos olvidarnos de las enfermeras. Nos esperan doctores con jeringuillas.
- ¿Por qué? – preguntó George.
- Bueno, nos podrán en cuarentena y nos harán pruebas médicas, digo yo. – respondió John - O se lo ahorrarán todo y nos eliminarán directamente.
George no había pensado en esa posibilidad, pero no podía o no quería creer que eso pudiera suceder en los Estados Unidos.
- Vivimos en un gran país – se dijo a si mismo para animarse.
- Mira ya se ve el pueblo. – Señaló John al ver a lo lejos las primeras casas. - En una hora, como mucho, ya estaremos a refugio. Espero que tengan un buen restaurante, tengo hambre.
En el horizonte comenzaban a formarse las primeras siluetas de un pequeño pueblo. Afortunadamente iban a llegar un antes de anochecer. Estaban salvados.